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La memoria de la Otra Europa

Los precursores: Pierre Drieu La Rochelle

Los precursores: Pierre Drieu La Rochelle

 El verdadero socialismo francés

En esta época en la que hay tantas miserias, podríamos inspirarnos en lo que fue el alma del socialismo francés. Quiero referirme al primer socialismo francés, al que nació y creció rápidamente hace justamente un siglo, entre los años 1830-1840, al socialismo de Saint-Simon , de Fourier, de Cabet, de Toussenel (quien descubrió simultáneamente el anticapitalismo y el antisemitismo; se debería reeditar su libro, hoy inencontrable: Les Juifs rois de l’Epoque. Histoire de la Féodalité financière, 1847), de Proudhon .

Este socialismo, que fue calumniado y estrangulado por Marx y los marxistas, no era en absoluto materialista sino humano. Concedía la parte primordial al libre arbitrio y a la voluntad del hombre, y hacía un llamado a la generosidad de sus pasiones y de su amor; se erigía como adversario de cualquier fatalidad en lugar del sometimiento a una dirección histórica que pudiera considerarse ineluctable.

En los primeros años del siglo XX, el espíritu de este socialismo había revivido en el sindicalismo revolucionario de Sorel y de Pelloutier . Una parte de los obreros y de los intelectuales se había reorientado contra la degeneración vergonzosamente rápida en favor del socialismo oficial, en contra del conformismo lóbrego e inerte que ya flotaba entre las filas de la II Internacional.

Desafortunadamente, este hermoso y noble sindicalismo revolucionario no sobrevivió a la hecatombe de 1914-1918, al menos en Francia. Su genio pasa a Italia a través de Mussolini y de sus amigos anarco-sindicalistas.

Sería muy bueno que hoy encontrásemos algo de ello, pues actualmente estamos frente a la convulsa y roída realidad del pan y el carbón –y del alimento espiritual, que es tal vez más difícil y amargo que el alimento corporal.

Y es esta la realidad que sufrimos tanto en el cuerpo como en el alma. Estos dos elementos que evidentemente son inseparables en el ser humano, se mantienen escindidos, desconocidos uno del otro y maltrechos por separado tanto por el marxismo como por el liberalismo. En la comunidad y en cada uno de nosotros han periclitado cada uno por su lado. De allí procede nuestra decadencia, nuestra insensible inadaptación a las inexorables condiciones de la vida, y también la pérdida del verdadero sentido de unidad de pensamiento y acción. De allí también nuestra derrota, nuestro infortunio, nuestra hambre actual. Hambre del alma y del cuerpo. Pero si nuestra alma tiene aún hambre de certeza y dirección, ¡peor para nosotros! Porque es demasiado fácil abastecernos en los almacenes de la devoción y la caridad.

¿Cómo pueden existir hoy día franceses y francesas que ladran, gritan y van por ahí repitiendo: "no sé qué pensar, no sé que creer…los alemanes…los ingleses…"? Cuando hoy es fácil trabajar; cuando para los jóvenes hay campos y para los viejos la Ayuda de Invierno. Los servicios de prisioneros demandan brazos y cerebros.

Frecuentemente recibo cartas de personas que me escriben: "Usted nos la hace buena y nos dice que debemos trabajar, pero ¿dónde está el trabajo?"

Y me obstino y respondo que siempre se puede trabajar, que se pueden reunir varios e inventarse un trabajo –en el campo, si no se puede en la ciudad– sobre cualquier asunto si el que habíamos elegido ya está saturado. Yo mismo, que vivía demasiado irrealmente en mi rincón de escritor y que tenía horror de la febrilidad de nuestro tiempo, me he lanzado a muchas otras tareas. Hago malabares con el teléfono, galopo en el metro, saco chispas por los cuatro pies. Y reencuentro en todas las esquinas personas que se me revelan ingeniosas de manera sorprendente, descubridores sensitivos y casi cómicos que hallan la forma de ocuparse y emplearse, de ganarse el pan y de brindar un servicio a los demás.

Cierto, como nunca antes, éste es también tiempo de intrigantes, de moscas de carruaje, de intermediarios y mercachifles; pero es también el tiempo en el que la gente enaltecida se reordena dentro de la jerarquía de los méritos como lo preconizaba el conde de Saint-Simon, el primer socialista francés. Es el tiempo en que la gente que a primera vista consideramos párvula despliega este "vuelco", esta facultad de imaginar e inventar que encomiaba Fourier, el humilde tendero y filósofo de clóset. Es el tiempo en que los franceses se reagrupan y parten rumbo a la aventura a nuestras campiñas y bosques, tal y como lo soñaba Cabet, el valiente utopista de Icaria. El tiempo en que los funcionarios exaltados, los bisoños recién llegados a la tierra y los hombres de negocios olvidan el lucro y se mezclan con el mismo esfuerzo espontáneo y cooperativo, como demandaba Proudhon, el más robusto y fecundo agricultor francés elevado por fuerza a la intelectualidad.

Aprendamos del ejemplo de los prisioneros que, en los campos alemanes, se agitan y movilizan para llenar los vacíos laborales y ocupar las horas, para extraer algo de la nada, para forzar a la vida a mostrarse menos desoladora y punitiva. Componen música, cantan, hacen teatro. Eso no es en vano. Sólo el trabajo llena el vientre y genera confort; el trabajo por el trabajo: un don para quien asimila la idea, un don para quien expande esa idea.

Y aquí la estadística del paro laboral deja de crecer. Esta buena nueva debería hacer hervir a los retardatarios, a los errabundos, a quienes se complacen en el fracaso.

Nuestros ancestros desconocieron el bistec cotidiano y no tuvieron calefacción central alguna en las catedrales, abiertas a todos los vientos, y en donde ellos construían y esculpían.

Notas:

* El Conde de Saint Simon (Claude Henry de Rouvroy, 1760-1825), representante destacado del llamado socialismo utópico, luchó por la independencia de los Estados Unidos y, al regresar a Francia, se arruinó debido a ciertas maniobras especulativas financieras. Se dedicó entonces a promover un nuevo sistema de análisis de la sociedad y del trabajo junto con Agustín Thierry y, después, con Augusto Comte. Una idea fundamental que Drieu La Rochelle rescata del pensamiento saintsimoniano es la de la paz europea, basada en una confederación de naciones con un Parlamento paneuropeo que organizaría los intereses industriales y suprimiría a la gente ociosa (nobles, funcionarios inútiles, rentistas). Saint Simon propuso la modificación radical del cristianismo, del que debería abolirse el culto y el dogma para que subsistiera solamente la moral evangélica. Teórico también de la abolición de la propiedad privada y de la socialización de los medios de producción, antecedió en muchas décadas al socialismo científico y al pensamiento marxista. Sus epígonos publicaron en 1829 el trabajo colectivo Exposición de la doctrina y pronto transformaron su escuela en una religión. El movimiento pasó poco apoco a manos de empresarios que elaboraron en Egipto el proyecto del Canal de Suez, y en Francia fundaron ferrocarriles y crearon el Crédito territorial y el Crédito mobiliario.

** François Marie Charles Fourier (1772-1837). De ocupación comerciante, se dedicó a la reflexión filosófica en torno al trabajo. Sus teorías cobran cuerpo en la creación de falansterios, donde el trabajo se cumple como en los gremios de la Edad Media y también se armoniza el esfuerzo colectivo con el individual. Entre sus obras se encuentran: Teoría de los cuatro movimientos y los destinos generales; Teoría de la unidad universal; El nuevo mundo industrial. Quizá la más interesante es El futuro del nuevo mundo amoroso, ensayo en el que teoriza sobre la necesidad de socializar nuestras pasiones e inclinaciones eróticas y sexuales.

*** Étienne Cabet (1788-1856) participó en los primeros movimientos socialistas de Francia. Su novela Icaria (1842) es una síntesis de su pensamiento. En Estados Unidos fundó, con poco éxito, colonias icarianas similares a las comunidades owenitas.

**** Alphonse Toussenel (1803-1885). Escritor nacido en Montreuil-Bellay, conocido sobre todo por sus libros sobre cacería y animales. Además del libro que aquí cita Drieu La Rochelle (Los judíos, reyes de la época. Historia de la feudalidad financiera, 1847), es autor más conocido por otros libros como El espíritu de las bestias. Montería francesa y zoología pasional; El mundo de las aves. Ornitología pasional; y Tristia. Historia de las miserias y las plagas de la caza en Francia. Se interesó por las ideas de Fourier, de quien se convirtió en colaborador.

***** Pierre Joseph Proudhon (1809-1865). Economista y político francés nacido en Besançon. Se considera el principal teorizador del anarquismo moderno, debido a su oposición al derecho de propiedad y a su defensa de las libertades individuales contra cualquier forma institucionalizada de coacción (Iglesia, Estado). Autor del Sistema de las contradicciones económica o Filosofía de la miseria (que Marx refutó en Miseria de la filosofía), ¿Qué es la propiedad?, Solución del problema social y de Nuevos principios de filosofía práctica, entre otros escritos. De él deriva el anarquismo radical de Bakunin y, en cierto sentido, su pensamiento se proyecta en el concepto de anarca que Ernst Jünger concibió como una mística del aristócrata solitario del bosque, nostálgico de la nobleza antigua forjada en las tempestades de acero.

* Georges Sorel (1847-1922). El gran teórico del sindicalismo revolucionario nació en Cherburgo. Sus Reflexiones sobre la violencia inspiraron a Mussolini el componente activo y frontal del movimiento fascista. En otras obras, como Las ilusiones del progreso y La descomposición del marxismo expone que son los factores económicos y sociales, y no los conceptos sociológicos, los que conforman las doctrinas que, bajo forma de mitos racionales, encarnan las aspiraciones de la clase obrera. Conceptos políticos contemporáneos, como la revolución permanente de Trotsky o la ruptura del sistema, del neofascista Giorgio Freda, encuentran un precedente irrefutable en las reflexiones de Sorel. (N. del T.)

** Fernand Pellutier (1867-1901). Aunque en un principio militó en el sindicalismo revolucionario, intentó convencer a los anarquistas de participar en los sindicatos, que entonces serían verdaderamente revolucionarios, partidarios de la acción directa, del sabotaje, del paro forzoso e independientes de los partidos políticos. Sin embargo, posteriormente se inclinó hacia posiciones anarquistas y animó la creación de la Federación de las Bolsas de Trabajo, de la que se vuelve secretario en 1895. Desde entonces enfatizó su actividad hacia la educación y la propaganda, y creó la revista El obrero de los dos mundos. Un año antes, se convirtió en el principal impulsor del principio de la huelga general y universal, lo que lo hizo enfrentarse con Jules Guesde. Póstumamente se publicó su libro Historia de las Bolsas de Trabajo (1902). En su juventud se rebeló contra la educación religiosa, y se orientó hacia el periodismo. Colaboró en el periódico La Démocratie de l'Ouest. Este extracto puede resumir su anarquismo individualista: "Partidarios de la supresión de la propiedad individual, somos algo distinto a los políticos. Apoyamos la revuelta de todo el tiempo, somos hombres verdaderamente sin Dios, sin amos y sin Patria; somos enemigos irreconciliables de cualquier despotismo, sea moral o colectivo - es decir, que obedezca a las leyes de la dictadura, incluida la del proletariado- y amantes apasionados de la cultura de sí mismo". (N. del T.)

Autor: Pierre Drieu La Rochelle

Releyendo a Evola (VI): Civilización Americana

Releyendo a Evola (VI): Civilización Americana

El texto "Civilta Americana" se publicó en 1945. Consiste de una critica evoliana del American way of life. Mas allá de algunos párrafos en Revuelta contra el mundo moderno, contiene todos los aspectos importantes del análisis de Julius Evola de la sociedad americana.

En aquellos tiempos EE.UU. se descubría la nación líder del mundo y el modelo de civilización a seguir. Después de la Segunda Guerra Mundial parecía que el futuro de la Humanidad seria definido por el enfrentamiento entre EE.UU. y la URSS. En un lado estaba la Unión Soviética, como encarnación pura del ideal proletario; en el otro, estaba Estados Unidos, ofreciendo la ideología mas burguesa que el mundo haya visto. Esos dos ideales eran percibidos modelos opuestos e irreconciliables de existencia, dos alternativas sociales, ideológicas, políticas y culturales contrapuestas; sin embargo,  Evola afirmaría la similitud entre los dos sistemas en un articulo de 1929 en Revuelta contra el mundo moderno. Pese a las diferencias culturales, en comportamiento, en temperamento, y trayectoria histórica, habían aspectos que hacían converger a los dos sistemas: la ausencia de significado de una vida centrada en la esfera económica y productiva, la tendencia a la mecanización y despersonalización de toda actividad humana, la colectivización de inmensas masas de individuos alienados por la movilidad de una sociedad frenética e incansable, la negación de toda noción de transcendencia (ya sea por la imposición del ateísmo estatal o por medio de la reducción de toda perspectiva religiosa a un moralismo banal y ridículo); el carácter sin forma y sin alma del arte, la utilización de todos los recursos intelectuales en exclusivo beneficio del crecimiento cuantitativo. Según Evola, los dos sistemas solo tenían una diferencia relevante: la que radicaba en el tipo de estructura política que tenia cada uno y en la forma de proceder en la implementación de su programa común. La dictadura soviética se sostenía en la propaganda y en el uso de métodos brutales de administración que negaban todo derecho cívico, entre los que se incluía la represión armada de cualquier rebelión popular. En la América "democrática" y capitalista el mismo fin se lograba con el discurso sobre el inevitable desarrollo de la sociedad que era realizado solo una vez que el hombre se hiciera mas materialista y desligado de todos los lazos con la realidad espiritual y se absorbiera en una existencia unidimensional. En ese sentido el modelo de existencia americano era mas destructivo que el marxista. 

Evola afirma que la "igualdad" es el principio dominante de la sociedad americana, aunque, no es mas que una igualdad en degradación. Un principio que es el resultado de la laicización del discurso igualitario de los Evangelios del "Nuevo Testamento", en el que, por ejemplo, Jesús promete que después de haber destruido completamente la Tierra y torturado a los pecadores entre la población durante el Apocalipsis, sus escogidos se levantaran de sus tumbas, transformados milagrosamente en seres iguales sin diferencias sexuales, étnicas, económicas, cronológicas o de estatura, e indistinguibles unos de otros como abejas de un panal y vivirán para siempre felices en una Jerusalén dorada carente de las privaciones padecidas en la tierra. América seria otra materialización herética de la utopía milenarista cristiana.  

Evola acusa a la sociedad americana de crear un tipo de ser humano vacío, cuyo único punto de referencia es el enriquecimiento personal, financiero o "psicológico"; un ser incapaz de criterio autónomo, conformista, que ha sido domesticado por una vida fácil material desprovista de todo impulso idealista. Mas que ser la cumbre del progreso humano, la sociedad americana representa la etapa mas avanzada de desintegración de la civilización moderna. Y así sucede porque la regresión que sufre América se realiza en todos los niveles sociales y no es resistida por nadie: por lo tanto es un fenómeno espontaneo y natural que permea también a Europa (gracias a la influencia política de EE.UU.). 

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El recientemente fallecido John Dewey ha sido declarado por la prensa norteamericana la figura mas representativa de la civilización americana. Esto es bastante acertado. Sus teorías son representativas del concepto del hombre y de la vida que tienen el Americanismo y su "democracia."

La esencia de esas teorías es esta: todos pueden convertirse en lo que quieran, dentro de los limites que marquen los medios tecnológicos disponibles. Igualmente, una persona no es lo que dicta su verdadera naturaleza,  por lo que no hay diferencias reales entre las personas, solo diferencias en cualificaciones. Según esta teoría todos pueden ser como otra persona si saben como entrenarse a si mismos.

Este es el ideal del "self-made man"; en una sociedad que ha perdido todo sentido de tradición el ideal del engrandecimiento individual se extiende a todos los aspectos de la existencia humana, reforzando la doctrina igualitaria de la democracia pura. Si se aceptan tales ideas, entonces toda la diversidad natural tiene que ser abandonada. Así, cada persona puede presumir de poseer el mismo potencial que otra y los términos "superior" e "inferior" pierden su significado; también toda noción de distancia y respeto; ya que todos los estilos de vida están abiertos a todos. Frente a todas las concepciones orgánicas de la vida, los americanos oponen una concepción mecanicista.  En una sociedad que "empezó desde abajo," todo tiene la característica de ser fabricado. En la sociedad americana las apariencias son mascaras y no rostros. Al mismo tiempo, los proponentes del American way of life son hostiles al ideal de la personalidad.

La "apertura mental" de los americanos que a veces es citada a su favor, es simplemente la otra cara de su vacío interior. Igual sucede con su "individualismo." El individualismo y la personalidad no son lo mismo: el primero pertenece al mundo sin forma de la cantidad, el otro al mundo de la cualidad, la diferencia y la jerarquía. Los americanos son la refutación viviente del axioma cartesiano "pienso, luego existo": los americanos no piensan, sin embargo, existen. La "mentalidad" americana, pueril y primitiva, no tiene una forma característica y así esta abierta a todos los tipos de estandarización.

En una civilización superior, como, por ejemplo, aquella de los indoarios, el ser que carece de una forma característica o casta (en el sentido original de la palabra), es un paria. En este aspecto, América es una sociedad de parias. Hubo un papel para los parias: someterse a seres que tienen forma y leyes propias definidas. Sin embargo, los parias modernos se han emancipado y desean ejercer su dominio en todo el mundo.

Hay una idea popular que sostiene que Estados Unidos es "una nación joven" con "un gran futuro por delante." Así, los defectos americanos son descritos "errores de la juventud" o "dolores del crecimiento." No es difícil observar como el mito del progreso ha tenido una gran influencia en tal juicio de valor. Según la idea de que todo lo nuevo es bueno, América tendría un papel privilegiado que jugar entre las naciones civilizadas. Estados Unidos intervino en la Primera Guerra Mundial como el defensor del "mundo civilizado" por excelencia. La nación "mas evolucionada" no solo se creyó con el derecho sino también con el deber de intervenir en los destinos de otros pueblos. Sin embargo, la estructura de la historia es cíclica mas no evolutiva. La mayoría de las civilizaciones recientes no son necesariamente "superiores". Mas bien, son seniles y decadentes. Hay una correspondencia entre la etapa mas avanzada de un ciclo histórico y la mas primitiva. América es la etapa final de la trayectoria histórica de Europa moderna. Guenon llamo a América "el lejano oeste", en el sentido que EE.UU. representa el reductio ad absurdum de los aspectos mas negativos y seniles de la Civilización occidental. Lo que en Europa existe en forma diluida es magnificado y concentrado en Estados Unidos revelándose como los síntomas de desintegración y de regresión cultural y humana. La mentalidad americana solo puede ser interpretada como un ejemplo de regresión, que se manifiesta en su incapacidad e incomprensión de toda sensibilidad superior. La mente americana tiene horizontes limitados, reducidos a todo lo que es inmediato y simplista, con la consecuencia inevitable de que todo lo que existe es banalizado, reducido y nivelado hasta que pierde todo carácter espiritual. La vida en sentido americano es enteramente mecánica. El sentido del "Yo" en América es reducido enteramente al plano físico-material de existencia. El americano típico no tiene dilemas ni complicaciones espirituales: es un conformista "natural" que se integra fácilmente al resto del enjambre sin rostro.  

La primitiva mentalidad americana solo puede ser comparada a una mentalidad infantil. La mentalidad americana es característica de toda sociedad regresiva.

La moralidad americana

Es ficticio el tan admirado sex appeal de la mujer americana que es mostrado en las peliculas y revistas. Una reciente investigación medica en EE.UU. mostró que el 75% de las jóvenes americanas carecen de una fuerte sensibilidad sexual y que en vez de satisfacer su libido prefieren buscar el placer narcisista en el exhibicionismo, la vanidad del culto al cuerpo y la salud en sentido estéril. Las chicas americanas no "tienen problemas con el sexo", son "fáciles" para el hombre que ve el proceso sexual como algo aislado y por consiguiente poco interesante. Así, por ejemplo, luego de ser invitada a ver una película o a bailar, es positivo, según las costumbres americanas, que una chica se deje besar sin que tal acto signifique nada en el plano sentimental. Las mujeres americanas son frías, frígidas y materialistas. El hombre que "tiene algo" con una chica americana esta bajo obligación material con ella. La mujer le ha concedido un favor material. En el divorcio la ley americana favorece mayoritariamente a la mujer. Las mujeres americanas piden el divorcio una vez que han conseguido un mejor candidato. Es un caso frecuente en América que una mujer este casada con un hombre pero que ya este "comprometida" con el futuro esposo, el hombre con el que piensa casarse luego de un divorcio muy enriquecedor. En América, el matrimonio no es mas que una relación monetaria, una forma de prostitución legal.   

"Nuestros" medios de comunicación americanos

La americanización de Europa se extiende y se hace cada vez mas evidente. En Italia, es un fenómeno que se ha desarrollado rápidamente en estos años de la posguerra y que es considerado por la mayoría de las personas, sino en forma entusiasta, al menos algo natural. Hace algún tiempo escribí que de los dos grandes peligros que confronta Europa - el americanismo y el comunismo -- el primero era el mas negativo. El comunismo solo es un peligro por las consecuencias represivas que acompañarían a la imposición de la dictadura del proletariado. Mientras que la americanización se impone por medio de un proceso de infiltración gradual, que modifica las mentalidades y costumbres, y que parece inofensivo pero realiza una perversión y degradación contra la cual es imposible de luchar directamente. 

Los italianos son débiles para empezar una lucha tal. Al olvidar su propia herencia cultural, rápidamente ven en EE.UU. una especie de guía en el mundo. Cualquiera que desee ser moderno tiene que medirse según el criterio americano de vida. Es triste ver a una nación europea devaluarse así. La actual veneración de América no tiene nada que ver con el interés cultural respecto a como otro pueblo vive. Al contrario, el servilismo hacia Estados Unidos lleva implícita la idea que no hay otra forma de vida aceptable que la americana. 

Nuestro servicio radial ha sido americanizado. Sin ningún criterio de lo que es superior o inferior, solo sigue los temas de moda del momento y de lo que es considerado "aceptable" -- es decir, aceptable para el segmento mas americanizado del publico, el cual también es el mas degenerado.  El resto de nosotros simplemente es arrastrado por esta ola. El estilo de presentación de la radio también ha sido americanizado. "¿Quien, luego de escuchar un programa de radio americano, no puede sino considerar que la única forma de escapar al comunismo es americanizandose?" Esas no son las palabras de observador externo sino de un sociólogo americano, James Burnham, profesor en la Universidad de Princeton. Tal juicio de parte de un americano debería avergonzar a los programadores italianos de la radio. 

Una de las consecuencias de la "democracia" es la intoxicación de la gran mayoría de la población, la cual no es capaz de discriminar y que cuando no esta guiada por un poder y un ideal, rápidamente pierde todo sentido de identidad. 

El orden industrial en América

Werner Sombart resumió en su estudio clásico sobre el capitalismo, el significado de la ultima etapa del capitalismo en el adagio "Fiat producto, pareat homo" [Un producto de Fiat, parece el Hombre"].   Asi, el capitalismo es un sistema en el que el valor del hombre es estimado según la cantidad de mercancía que produzca o invente. Las doctrinas socialistas nacieron en reacción a la inhumanidad de este sistema.

Una nueva fase se ha iniciado en los Estados Unidos donde hay un incremento del interés en las llamadas relaciones laborales. En vez de una mejora: realmente es un fenómeno nocivo. Los empresarios y los patronos terminaron por reconocer la importancia del "factor humano" en una economía productiva, y que es un error ignorar el individuo implicado en la industria: sus motivos, sus sentimientos, su vida en el trabajo. Así pues, se ha desarrollado toda una escuela que estudia las relaciones humanas en la industria, basada en el conductismo. Estudios como Human Relations in Industry por B. Gardner y G. Moore proporcionan un análisis desmenuzado del comportamiento de los empleados y de sus motivaciones con el objetivo preciso de definir los mejores medios de hacer frente a todos los factores que pueden obstaculizar la maximización de la producción. Algunos estudios no vienen ciertamente de trastienda sino de la dirección, fomentados por especialistas de distintas escuelas. Las investigaciones sociológicas llegan hasta a analizar el ambiente social entre los empleados. Esta clase de estudio tiene un objetivo práctico: el mantenimiento de la satisfacción psicológica del empleado es tan importante como la física. En los casos donde un trabajador está vinculado a un trabajo monótono que no pide una gran concentración, los estudios llamarán la atención sobre el "peligro" que su espíritu pueda extraviarse en una dirección que pueda finalmente reflejarse negativamente en su actitud hacia el trabajo. 

Las vidas privadas de los empleados no se olvidan -- por ello el aumento de la denominada asesoría personal. Se llama a especialistas para disipar la ansiedad, las perturbaciones psicológicas y los "complejos" de no adaptación, hasta el extremo de dar consejos relativos a los problemas más personales. Se utiliza mucho la técnica psicoanalítica para hacer "hablar libremente" al individuo y de poner de relieve los resultados obtenidos por esta "catarsis".

Nada de eso intenta la mejora espiritual de los seres humanos o la solución de problemas verdaderamente humanos, tal como los comprendería un Europeo en esta "edad de la economía". Del otro lado de la Cortina de Hierro, se trata al hombre como una bestia de carga y su obediencia es garantizada por el terror y el hambre. En los Estados Unidos se ve al hombre también como un factor de trabajo y consumo, y ningún aspecto de su vida interior se descuida, y cada factor de su existencia tiende a la misma finalidad. En el "país de la libertad", por todos los medios de comunicación, se le dice al hombre que alcanzó un grado de felicidad inigualada. Se le invita a olvidar quien es, de dónde vino, y a simplemente gozar del presente.

La "democracia" americana en la industria

Hay una contradicción significativa y creciente en los Estados Unidos entre los valores de la ideología política dominante y las estructuras económicas efectivas de la nación. Se ha consagrado una gran parte de los estudios sobre la "morfología del trabajo" a este tema. Los estudios corroboran la impresión de que la empresa americana está muy lejos de ser una organización que corresponda al ideal democrático señalado por la propaganda americana. Las empresas americanas tienen una estructura "piramidal". Constituyen la cumbre de una jerarquía articulada. Las grandes empresas americanas son dirigidas de la misma manera que los Ministerios gubernamentales y son organizadas según líneas similares. Tienen cuerpos de coordinación y control que separan a los dirigentes de la empresa de la masa de los empleados. Más que devenir más flexible, en sentido social, "la élite gerencial" (Burnham) se hace más autocrática que nunca - lo que permite que sintonice bien con la Política Exterior americana. 

Es el fin de otra ilusión americana. América: "el país donde todo el mundo tiene su oportunidad", dónde todas las posibilidades existen para todo el que sepa aprovecharlas, un país donde cada uno puede elevarse de la miseria a la riqueza. Al principio había una "frontera abierta" que conquistar, para todos. Aquella fue cerrada y la próxima nueva "frontera abierta" era el cielo, el potencial ilimitado de la industria y el comercio. Como Gardner, Moore y muchos otros lo mostraron, también ha alcanzado sus limites, y las oportunidades van reduciéndose. Por la especialización del trabajo, siempre creciente en el proceso productivo, y de la insistencia en la valoración de las "calificaciones", es evidente para los Americanos que sus hijos no "llegaran más lejos" que ellos. Así es que en la democracia política de los Estados Unidos, la fuerza y el poder del país, es decir, la industria y la economía, son cada vez más manifiestamente antidemocráticos. El problema es entonces: ¿la realidad debe adaptarse a la ideología, o viceversa? Hasta una fecha reciente, se demandaba la solución antigua, es decir, el retorno a la "verdadera América" igualitaria de la empresa sin obstáculos y del individuo emancipado de todo control del Gobierno central. Sin embargo, hay también quienes preferirían limitar la democracia para poder adaptar la teoría política a la realidad comercial. Si se retira la máscara de la "democracia" americana, se vería claramente hasta qué punto la "democracia" en América (y en otras partes) es solamente el instrumento de una oligarquía que utiliza un método "de acción indirecta", garantizándose la posibilidad de abusar y engañar a una gran mayoría de aquellos en otra circunstancia aceptarían un sistema jerárquico porque simplemente es el único que funciona. Este dilema de la "democracia" en los Estados Unidos podría un día dar lugar a interesante evolución. 

[Artículo publicado en 1945]

Konrad Lorenz, moralista

Konrad Lorenz, moralista

Insistiendo a justo título en el derecho de cada uno a la igualdad de oportunidades –afirmaba Konrad Lorenz–, se ha llegado, en un espíritu de confusión pseudodemocrática, a la convicción de que la aptitud para la utilización de oportunidades es también la misma para todos, y que se puede hacer paralelamente de todo no importa qué. Para negar que existen entre los hombres diferencias innatas, se ha postulado que es posible condicionarlo para cualquier cosa. Gracias a Dios, este no es el caso".

La especie humana atraviesa actualmente un periodo de "cambio". El orden antiguo ha muerto. El nuevo orden aun no ha nacido. Estamos en un interregnum, el momento que precede a la regeneración y al "retorno" (Umschlag) de la historia.

La aptitud a la cultura es la que sufre la mayor amenaza. Ahora bien, nos asegura Konrad Lorenz que esta aptitud no es otra cosa que "el órgano de la civilización".

Aquí, pueden descubrirse, explica, "la dualidad de dos mecanismos antagonistas: uno que tiende a fijar lo que es adquirido, en tanto que otro intenta suprimir gradualmente lo fijado a fin de reemplazarlo por una realidad superior. La falta de fijeza provoca la formación de monstruos, tanto en el dominio de la herencia genérica como de la tradición cultural. La falta de cambios entraña la pérdida de poder de adaptación, la muerte del arte y de la cultura". En otros términos: cuanto más se escleriotiza el orden, más se destruye.

Conclusión: "Cada generación debe recrear un nuevo equilibrio entre el mantenimiento de la tradición y la ruptura con el pasado".

Y, precisamente porque este mecanismo está fallando, Konrad Lorenz se hizo moralista, inquieto ante "la degradación de la calidad de la vida".

Un ser de cultura

En el libro que publicó, apresuradamente, en 1973, Los siete pecados capitales de la civilización (que se continúa con El reflejo del espejo, 1975), Lorenz enumera los siete grandes "errores" principales que amenazan no solamente nuestro futuro inmediato, sino la existencia misma de la especie humana.

La obra comienza con esta declaración: "La humanidad es, hasta el momento, un todo funcional que está completamente perdido en busca de su camino".

Cada uno de estos "pecados capitales" se remite a las amenazas del conjunto, dejando ver que la solución es imposible para cada uno de ellos por separado: la superpoblación y (sobre todo) el desequilibrio demográfico, la contaminación y el expolio de los recursos naturales, el stress provocado por el terrorismo y la posibilidad de ser un objetivo potencial, el peligro atómico, etc. Pero (sorpresa) no es en estos peligros "evidentes" en los que Konrad Lorenz más insiste, sino en los otros menos conocidos, a saber: "las perturbaciones de un comportamiento que tiene, en su origen, un valor para el mantenimiento de la especie".

En primer lugar, la ruptura del equilibrio entre las pulsiones agresivas y las inhibiciones tradicionales.

En sus trabajos anteriores, Konrad Lorenz había dejado establecido que la agresividad, lejos de ser una "pulsión patológica", tiene como finalidad la supervivencia de los individuos y los grupos. En un mundo donde el antagonismo es la regla, contra más un organismo esté desprovisto de agresividad, más vulnerable es y más inadaptado a la vida se encuentra.

La agresividad, como la mayor parte de las pulsiones instintivas, pone en juego las reacciones afectivas emocionales ("animales"), que se ponen en marcha espontáneamente. Estas reacciones encuentran su localización física en lo que el fisiólogo Paul McLean denominó "viejo cerebro" (situado en el hipotálamo), por oposición al neocortex, lugar de las reacciones racionales y "humanas".

En el individuo normal, las pulsiones que se forman a nivel del paleocortex son en general dominadas por el neocortex. En caso contrario, el hipotálamo bloquea el cortex y la razón parece paralizada: esto explica ciertas características de la psicología de los locos y los dementes.

En el seno de la sociedad, se descubre esta misma interacción entre el orden y el desorden, entre las pulsiones racionales y las pulsiones afectivas.

"Como justamente comentó Arthur Gehlen –nos dice Lorenz–, el hombre, por su naturaleza, es decir su filogénesis, es un ser de cultura. Por decirlo de otra forma, sus impulsos naturales y su control consciente, impuesto por la sociedad forman un sistema único en el interior del cual estos dos factores son complementarios".

En La ley natural (1971), Robert Ardrey dejó escrito: "Sin el orden, que solamente puede crear la sociedad, el individuo vulnerable perece. En revancha, sin un cierto desorden permitiendo y favoreciendo el pleno desarrollo de la diversidad de sus miembros, la sociedad se marchita y se disgrega en las competiciones de la selección del grupo".

Normalmente, entre las tendencias contradictorias se establece un equilibrio mediante un fenómeno de regulación interna análogo al feed-back ("retroalimentación") de la cibernética.

Konrad Lorenz piensa que este equilibrio, en la sociedad humana contemporánea, se ha roto, y por ello estamos pasando por "oscilaciones" cuya amplitud puede devenir temible.

"La opinión que se eleva contra una opinión siempre responde a una razón –observa. Pero si en este enfrentamiento la oposición adopta formas tan exageradas que no se toma tiempo en comprender al contrario, si la opinión reinante se enfrenta toda y de golpe, entonces, el péndulo oscila en sentido inverso hacia una opinión igualmente exagerada". Las pasiones y las ideologías acentúan este fenómeno, que desemboca ya en la dictadura ya en la anarquía. Ambas, por cierto, "dictadura" y "anarquía" pueden estar encubiertas "democráticamente".

Es probable que en este sentido pueda apreciarse mejor el problema de la demografía. Porque "Es importante no solamente saber cuántos hombre puede sustentar la Tierra, sino también a partir de qué densidad, de qué proximidad, los hombres comienzan a agredirse los unos a los otros".

¿Qué hacer para que la agresividad no adopte formas patológicas? Lorenz señala que sería vano esperar hacerla desaparecer suprimiendo las "situaciones estimulantes" en las cuales se pone en marcha el comportamiento agresivo, o bien oponiendo al mismo un veto moral: "La puesta en práctica de uno u otro de los dos métodos equivaldría a pretender disminuir la presión de una caldera cerrando la válvula de seguridad".

Lo único humanamente posible sería reorientar la agresividad natural hacia formas de actividad que permitan una "descarga catártica": la competición científica, el deporte, que provoca el "entusiasmo militante", etc.

La "tibieza mortal" del mundo contemporáneo

Otro peligro: la desviación del sentimiento innato que posee todo individuo normalmente constituido para proteger a los más débiles y revolverse contra la injusticia.

En su estado natural, este sentimiento contribuye, también, a la supervivencia del grupo. En una sociedad evolucionada, donde la selección natural ya no actúa, tal sentimiento puede, por el contrario, provocar la disolución de la sociedad.

En 1940, Konrad Lorenz había escrito: "En los tiempos prehistóricos de la humanidad, la selección por medio de la dureza, el heroísmo, la utilidad social, etc., se había efectuado únicamente por factores exteriores hostiles. En la actualidad, este rol ha sido sustituido por una organización humana" (Zeitschrift für angewand Psychologie und Charakterkunde).

En una entrevista con Friedrich Hacker (Agresión y violencia en el mundo moderno, 1972), Lorenz comenta: "Desgraciadamente, los intereses de la especie se oponen a las exigencias humanas".

En 1973 precisaba: "Los sentimientos humanos que debemos tener para cada uno en particular se oponen a los intereses de la especie humana en general. La piedad que debemos hacia nuestros congéneres, cuya inferioridad puede provenir de lesiones irreversibles de la infancia o de taras hereditarias, nos empuja a protegerlos de los seres normales. Por otra parte, no podemos emplear los calificativos de "superior" e "inferior", hablando de seres humanos, sin ser sospechosos de defender la cámara de gas".

Ejemplo: "En sus conferencias en la clínica Menniger de Topeka, Hacker citaba el caso de un asesino sometido a un tratamiento psicoterapéutico, más tarde considerado sano y puesto en libertad. Al poco tiempo, cometió un nuevo asesinato, y después otro más. Fue necesario que este hombre ejecutase a su cuarta víctima para que una sociedad engreída de principios humanitaristas democráticos y conductistas admitiese que tal hombre presentaba un peligro público".

"La convicción elevada al rango de religión –prosigue Lorenz– de que todos los hombres son iguales y que las taras y defectos del criminal son debidas a una educación fallida por la falta de los educadores, contribuye a aniquilar el normal sentimiento del bien y del mal, premiando moralmente al culpable, que se considera a sí mismo como una víctima de la sociedad (...) El individuo deficiente en el dominio afectivo y social es un enfermo digno de compasión. Pero la deficiencia es el mal en sí".

Konrad Lorenz llama nuestra atención sobre la "debilidad mortal" (Wärmetod: la "muerte caliente") reinante en el mundo contemporáneo.

En la naturaleza, "cada aprendizaje de un comportamiento, conformado con una recompensa, empuja al organismo a acomodarse a situaciones penosas, a causa del placer obtenido. Dicho de otra forma, el organismo acepta sin protestar situaciones que, antes del entrenamiento, habrían provocado por su parte reacciones de aversión e inhibición. Un perro o un lobo, por ejemplo, para apoderarse de una fuente de alimentos suculentos, sería capaz de hacer una serie de cosas que normalmente se negaría a hacer, como atravesar zarzas, saltar sobre agua fría, exponerse a peligros para él evidentes, etc."

Brevemente, cuanto más se desea una cosa, más se acepta sufrir para obtenerla. Este equilibrio entre "placer" y "sufrir" es la base de toda economía.

Durante siglos, los hombres han dado valor a las cosas que les ha costado trabajo procurarse. "A las rudas semanas, felices fiestas", decía Goethe. Esos tiempos han pasado. "Por la dominación progresiva de su medio, el hombre moderno ha desplazado, por la fuerza de las cosas, el equilibrio "placer-sufrir" en el sentido de una hipersensibilidad creciente en desconsideración de toda situación penosa, y por ello su capacidad de juicio de ha debilitado".

"No somos conscientes de hasta qué punto dependemos del "confort" moderno. La más modesta empleada del hogar se revolvería violentamente si pusiesen a su disposición una habitación con la misma calefacción, la iluminación y la litera que en su tiempo pudieron disponer el emperador Carlos V o la duquesa de Weimar".

La hipersensibilidad al sufrimiento hace inaccesible la alegría: "Helmut Schulze ha señalado el hecho sorprendente de que ni la palabra ni el concepto de "alegría" aparecen en toda la obra de Freud. Freud conoce el goce y el placer, pero no la alegría. Cuando, dice Schulze, se accede a la cima de una montaña difícil de subir, con los músculos dolorosos, los dedos entumecidos por la escalada y la perspectiva de afrontar los mayores riesgos y dificultades en el descenso, uno no piensa en el placer, sino en la alegría".

Gracias a la manipulación de la moda, una cierta industria tiende a fomentar este deseo de satisfacción inmediata, creando necesidades y produciendo "objetos-inmediatamente-obsoletos" (built-in-obsoletion).

"La intolerancia a la pena, que no cesa de aumentar en nuestros días, transforma los altos y los bajos naturales de la vida humana en una planicie artificialmente nivelada. Y esta tendencia engendra un aburrimiento mortal".

El hombre cuyo placer está debilitado por el hábito y la facilidad está, en efecto, predispuesto a buscar emociones siempre nuevas, siempre más fuertes, a desear aquello que está más allá de la norma: la droga, las perversiones, la violencia...

"Los hombres –continúa Lorenz– están hoy día aquejados de un estado de ablandamiento peligroso que puede conducir verdaderamente a la ruina de la cultura".

El amor enfermo por la novedad se denomina "neofilia". Una exageración patológica de este rasgo característicamente humano es la "neotenia", la exigencia de una satisfacción inmediata de todo deseo en germen, que es un rasgo característico de la infancia, comenta Lorenz. Antaño, al transformarse en adulto, el adolescente aprendía la paciencia. Hoy, la paciencia es una cualidad inútil: la "infancia mental" se extiende en el tiempo más allá de la "infancia psicológica". El igualitarismo, que alinea a todos por lo más bajo, además de infantilizar a los adultos, añade las desventajas de una civilización fool-proof, valga decir donde los "imbéciles" pueden ocupar los primeros puestos.

"La cuestión está en saber si las características infantilizantes del programa genético están en trámite de desarrollarse en proporciones desastrosas".

El desmoronamiento de la tradición

Konrad Lorenz constata grandes analogías entre el desarrollo de los individuos y la evolución de las civilizaciones, y la filogénesis de las especies.

La ideología que domina en el presente, nos comenta, es una ideología del menor esfuerzo, que rechaza toda jerarquía y toda contrariedad. Ahora bien, la aceptación de la contrariedad, bajo todas sus formas, es una de las características de la madurez. En las doctrinas igualitarias, se da, al contrario, un utopismo pueril que encuentra en el culto a lo infantil ("el niño al poder") una prolongación natural. Según Rousseau, el hombre, en su estado de naturaleza, es intrínsecamente "bueno": la sociedad le corrompe: según ciertas tesis a la moda, el carácter del niño es naturalmente inocente: el adulto le corrompe. La querella generacional ocupa así su lugar ideológico-socio-político.

"La revolución de la juventud actual está fundada sobre el odio. La juventud revuelta reacciona contra la generación anterior como lo haría un grupo cultural contra una etnia extranjera".

Konrad Lorenz señala, sin embargo, que la revolución juvenil no es un mal en sí. El adolescente, como el cangrejo, debe refugiarse en su caparazón para crecer: para liberar su personalidad propia debe tomar distancias frente a ese mundo con que se identificó siendo infante. Los tiempos de la "justa medida" vendrán después. Hasta aquí todo es normal.

"En la época de la pubertad, los jóvenes se desapegan de la tradición paternal. Su función generacional debe ser la de criticar, hasta cierta medida, los antiguos ideales, de investigar nuevos caminos y tácticas (...) pero, al mismo tiempo, la coherencia de la tradición jamás debe ser verdaderamente rota".

Konrad Lorenz responsabiliza a los padres, por la dimisión de su responsabilidad, del desmoronamiento de la tradición. La denominada "educación anti-autoritaria" no es mas que un bonito pretexto para evitar las fatigas de una educación bien comprendida.

"Estamos criando generaciones de miles, cuando no millones de niños neuróticos por culpa de la célebre "educación anti-autoritaria" destinada a evitar frustraciones. Millones de personas frustradas de por vida son la causa de una educación que pretende evitar frustraciones".

Explica: "El niño educado en el interior de un grupo no-jerárquico se encuentra en una situación absolutamente artificial. No puede reprimir su tendencia instintiva a ocupar el primer lugar, tiraniza a los padres que le oponen resistencia y se ve obligado a asumir un rol de jefe en el cual, en verdad, no se siente nada cómodo. Cuando ensaya molestar a sus padres para provocar de su parte una justa indignación, no recibe la respuesta agresiva que inconscientemente espera, sino que se choca contra un muro de goma de bellos discursos y de frases pseudo-racionales que para él no significan nada".

"Pero ningún hombre se ha sentido jamás identificado con un pobre esclavo, y ninguna persona está dispuesta a admitir los valores culturales respetados por este esclavo. Y esta es la "imagen del padre" que manifiestan gran parte de los adolescentes de la actualidad".

Frente a una contestación que afirma el antagonismo irreductible de la autoridad y del amor, Lorenz proclama: "El reconocimiento de una situación jerárquica no es un obstáculo para el amor. Siendo niños, todos y cada uno de nosotros hemos amado tanto y mejor que a nuestros iguales e inferiores a las personas que hemos admirado y a las que hemos estado sumisos".

"Un hombre en el cual el comportamiento social no haya alcanzado el grado de madurez suficiente, permanecerá en un estado de infantilismo y no podrá ser sino un parásito de la sociedad. Continuará siempre demandando la solicitud de los adultos, igual que cuando era niño. Innumerables jóvenes que se revuelven hoy día contra el orden social lo hacen, en realidad, contra sus padres. A despecho de esta actitud, pretenden estar bien cuidados por esta misma sociedad y sus padres. Este es un signo de un comportamiento infantil irreflexivo. Si estos estados frecuentes de infantilismo, junto al progreso creciente de la criminalidad juvenil, reposan en el hombre civilizado, como me inclino a creer, sobre anomalías genéticas, corremos un grave, muy grave peligro de autodestrucción".

A fin de cuantas, afirma Lorenz, los "ocho pecados capitales" son los signos más visibles de un proceso de deshumanización. Y este proceso está favorecido por esta "doctrina pseudo-democrática según la cual el comportamiento social y moral del hombre no está absolutamente determinado por la evolución filogenética de su sistema nervioso o de sus órganos sensoriales, sino que únicamente está influenciado por el "condicionamiento" que ha sufrido en el curso de su ontogénesis".

"Es insensato suponer –continúa– que se puede destruir un bosque para reemplazarlo automáticamente por otro nuevo. Ahora bien, asistimos en nuestros días al desmoronamiento continuo de factores irremplazables que aseguran la trasmisión de la tradición y que refuerzan los factores de ruptura. Destruyendo las instituciones y los dones antiguos, nos estamos condenando a una verdadera regresión (...) Si esta evolución continúa de modo incontrolado, si ningún mecanismo, ninguna institución de conservación hace aparición, el fenómeno bien podría significar el fin de la civilización y, yo al menos lo pienso muy seriamente, la regresión del hombre a un estado pre-cromagnoide".

Es de señalar que el marxista Jean-Michelle Goux, profesor en la universidad de París VII, reprocha al autor de La agresión "tratar como fenómenos biológicos aquellos que están manifiestamente ligados a la concurrencia capitalista" (L´Humanité, 2-10-1973) !!!

Para Konrad Lorenz, la solución de los problemas actuales no pasa solamente por "la especulación ideológica" sino por "un paciente trabajo de investigación inductiva, consistente en identificar las verdaderas causas y actuar sobre ellas".

Y para ello es necesario, para comenzar, conocer la realidad de la vida.

"No considero utópico –declaró Konrad Lorenz–, dar a todo ser humano sensible un conocimiento suficiente de los hechos esenciales de la biología. La biología no es sólo una ciencia fascinante, sino que nos concierne directamente en cuanto que somos seres vivos (...) La enseñanza cualificada de la biología constituye el único fundamento sobre el cual establecer sanas opiniones concernientes a la humanidad y sus relaciones con el universo".

Robert Ardrey diría más tarde: "Es verdaderamente dramático que dos siglos después de Rousseau sus errores sigan influenciando a miles de personas, como si las evidencias de las ciencias naturales no los hubiesen desmentido hace ya mucho tiempo".

Una perspectiva fisiológica del conocimiento

En El reflejo del espejo. Una historia natural del conocimiento (1975) obra que pretendía ser una continuación a Los siete pecados capitales de la civilización, Konrad Lorenz intentó ofrecer una visión de conjunto de los mecanismos cognitivos humanos. Precisa que esta tarea es la previa indispensable a un "autoanálisis del hombre civilizado fundado sobre conocimientos biológicos".

Desbordando ampliamente la etología para asentarse en la antropología y la sociología sobre bases nuevas, recuerda que nuestro conocimiento del mundo está estrechamente ligado a la apariencia fisiológica (el "espejo" humano) que nos da el reflejo. Esta apariencia perceptiva y cognitiva reposa en las bases innatas, heredadas de la evolución de la especie. No existe, pues, ni "razón" ni "conocimiento" autónomos: las relaciones entre el hombre-percibidor y el mundo-percibido forman un sistema orgánico de interacciones. Por lo mismo, no existen "experiencias a priori": la evolución en sí misma es un "stock" de informaciones, a las que el hombre añade lo que adquiere de propio. Progresivamente, todas las actividades espirituales, intelectuales y tecnológicas de la humanidad se ven así reemplazadas en una perspectiva filogenética.

La teoría de la percepción y la teoría del conocimiento propuestas por Konrad Lorenz contradicen a los racionalistas, que pretenden poder conocer el mundo "objetivamente", y a los idealistas, que pretenden estudiar la "naturaleza humana" sin tener en cuenta el mundo en el que está "reflejada".

Autor: Alain de Benoist

Alexis Carrel

Alexis Carrel

Un rostro de trazos regulares, completamente dominado por la caja craneana y unos labios finos perfectamente paralelos, unas gafas de montura negra que no dejaban ver sus ojos, una camisa inmaculada, recién planchada todas las mañanas. Tal era, a principios del siglo XX; Alexis Carrel, el apóstol de la vida sana.

Después del asesinato de Sadi Carnot en Lyón, en 1894, ciertos medios médicos se preguntaron si una intervención rápida no pudo haber salvado la vida del presidente. Alexis Carrel, un joven con el título aun caliente bajo el brazo, a quien sus compañeros bautizaron, por temperamento explosivo, con el sobrenombre de "Polvorilla" ("Petit-poudre") no solamente estaba de acuerdo con sus colegas; se propuso probar el buen fundamento de su hipótesis.

Siendo profesor en la facultad de Lyón, Carrel fue invitado a los Estados Unidos, presentándose en 1905 en Chicago. Un año más tarde se instala en el Instituto Rockefeller, donde ejercerá toda su carrera.

En el espacio de pocos años, sus métodos de sutura de las venas y los vasos sanguíneos (la célebre "técnica de la costura") le valen un renombre mundial. Paralelamente, realiza junto a G.C. Guthrie, los primeros injertos de órganos y experimenta con el cultivo de tejidos in vitro: en el curso de una de sus experiencias, logra mantener en actividad orgánica un fragmento de corazón de embrión de pollo durante un lapso de tiempo superior a la duración total de la vida del animal.

En 1912, Carrel recibe el premio Nóbel de medicina y fisiología. Ese mismo año concibe la posibilidad de fundar establecimientos que pongan "a disposición de los cirujanos un "stock" suficiente de tejidos e injertos conservados para responder a los casos urgentes", lo que popularmente conocemos como "bancos de órganos".

Muy vinculado al aviador Charles Lindbergh, con quien escribirá un libro sobre El cultivo de los órganos (1938), Carrel presenta a los periodistas un "corazón artificial", aparato que se compone de un depósito conteniendo, en un medio nutritivo líquido, el órgano destinado a la conservación, y un segundo cuerpo que permite, gracias a una presión de gas intermitente, un ritmo pulsativo.

"Conócete a ti mismo"

Pero Carrel se daría a conocer, sobre todo, por sus obras destinadas al gran público. La más célebre, El hombre, ese desconocido (1935), será publicada en veinte lenguas diferentes

Comienza con una doble constatación: desde el Renacimiento, nuestro conocimiento de los seres vivos y de nosotros mismos ha sido más lento que nuestro conocimiento de la materia inanimada; paralelamente, hemos hecho sufrir a nuestro medio transformaciones considerables, sin medir las consecuencias, de tal modo que hemos abierto un foso entre nosotros y la naturaleza. Ha llegado el momento de meditar sobre nuestro devenir.

Para ver claro, dice Carrel, es necesario practicar la máxima apolínea "conócete a ti mismo", es decir, fundar una ciencia del hombre susceptible de conducir a una "regeneración" fundada sobre la naturaleza y sobre la observación. "Como nuestros hermanos inferiores, los cetáceos de los mares polares, o los antropoides que vagan por los bosques tropicales, nosotros también formamos parte de la naturaleza. Estamos sumisos a las mismas leyes que el resto del mundo terrestre. Y porque formamos parte de la naturaleza, debemos, como enseñaba Epicteto, vivir conforme a sus órdenes".

Gracias a su inteligencia, el hombre puede (y debe) dominar la naturaleza. Pero, en su dominio, tiene tendencia a olvidar las leyes más imperiosas. Carrel propone una nueva perspectiva.

En el interior de un cuerpo vivo, cada parte se define por su relación con las demás partes. Las partes se benefician de una real autonomía pero, al mismo tiempo, el organismo en su conjunto prima sobre cada parte considerada aisladamente. No sucede nada diferente en el interior de un cuerpo social. El individuo se define por su relación con los que le rodea en el espacio (y que constituyen la sociedad) y por su relación a los que le han precedido en el tiempo (y que constituyen su linaje). Existe una cadena ininterrumpida de la vida. Nosotros no somos mas que los relevos y las continuaciones.

"Cada hombre está ligado a sus predecesores y a sus descendientes. La humanidad no está compuesta por elementos separados, como las moléculas de un gas. Se asimila a una red de filamentos que se extienden en el tiempo, llevando, como las cuentas de un rosario, las generaciones sucesivas de individuos".

La "libertad" de los hombres frente a sus ancestros es, pues, relativa. Su igualdad lo es aun más.

Se han confundido durante mucho tiempo, afirma Alexis Carrel, la noción abstracta de ser humano y la noción concreta de individuo. "Los seres humanos son iguales, pero no así los individuos. Los sexos tampoco son iguales. Sería muy peligroso ignorar todas estas desigualdades. El principio democrático ha contribuido al debilitamiento de la civilización impidiendo el desarrollo de la élite. Es evidente que las desigualdades naturales deben ser respetadas. Existen, en la sociedad moderna, funciones apropiadas a los grandes, a los pequeños, a los medios y a los inferiores. Pero no podemos buscar formar a los individuos superiores por los mismos procedimientos que a los mediocres (...) El mito de la igualdad, el amor del símbolo, el desdén por lo concreto, en gran medida, son culpables del debilitamiento del individuo. Ya que resulta imposible elevar a los inferiores, el único medio de producir la igualdad entre los hombres es reducirlos a todos al nivel más bajo. Así, desaparece la fuerza de la personalidad".

El programa propuesto por Carrel es completamente diferente: "Cada individuo debe utilizar sus características propias. Intentando establecer la igualdad entre los hombres, hemos suprimido las particularidades individuales, que son las más útiles, porque la felicidad de cada uno depende de su adaptación exacta a su género de trabajo, y en una nación moderna existen muchas tareas diferentes. Debemos, pues, en lugar de uniformarlos, variar los tipos humanos, aumentando las diferencias por la educación y los hábitos de vida".

Alexis Carrel denuncia violentamente la degradación de las costumbres, el alcoholismo, la blandura, la licencia, pues la mala salud de una población está muy vinculada a su relajación, a su falta de energía.

El progreso de la medicina permite atender los casos más graves. De hecho, el verbo "remediar" comparte la misma raíz etimológica que "remendar" (los medicamentos cumplen el papel que ya no desempeña la resistencia natural). Cuando se trata de adquirir una "gran salud", el legislador cuenta con la medicina. Carrel declara a este respecto: "Siempre es preferible la salud natural, la que procede de la resistencia del organismo a las enfermedades infecciosas y degenerativas, del equilibrio del sistema nervioso, a la salud artificial, que reposa en los regímenes alimenticios, las vacunas, los sueros, los productos endocrinos, las vitaminas, los exámenes periódicos, y sobre la costosa protección de las medicinas, los hospitales y las enfermeras".

No se trata, ni mucho menos, de rechazar las técnicas modernas, sino de emplearlas con mayor discernimiento: "La cultura sin el confort, la belleza sin el lujo, la máquina sin la servidumbre del uso, la ciencia sin el culto de la materia, permitiendo a los hombres desarrollarse indefinidamente, guardando su inteligencia, su moral y su virilidad".

En sus Reflexiones sobre la conducta de la vida (1950), Carrel distingue tres grandes leyes de la vida, "inseparables, aun cuando distintas: las leyes de la conservación de la vida, de la propagación de la raza y de la ascensión del espíritu".

En otros términos, la vida "tiende a la vez a su conservación, propagación y espiritualización", y a estos tres planes corresponden tres datos fundamentales: la supervivencia orgánica, la reproducción genética y el ascenso del psiquismo por la evolución.

De ahí una concepción natural del bien y del mal, que concuerda plenamente con las conclusiones de la etología moderna: "Nuestras acciones, nuestras instituciones sociales favorecen o impiden el desarrollo de la vida. Son, pues, buenas o malvadas. Es malvada, por ejemplo, toda forma de sociedad que amontona grandes masas de seres humanos en las fábricas y los barrios-hormiguero, en donde la conservación de la vida y la propagación de la raza son precarias y el ascenso del espíritu resulta imposible. En las instituciones, como en los individuos, el bien es aquello que está conforme a la estructura de nuestro cuerpo, y el mal todo lo que se le opone".

Por una aristocracia

Por sí sola, la ley de propagación de la vida impone tres obligaciones: "La primera, el deber de tener hijos, e hijos de buena calidad, gracias a la puesta en práctica de los principios de la eugenesia. Segunda, educar a estos hijos de tal modo que se actualicen y desarrollen sus potencialidades hereditarias del modo más óptimo. Tercera y última, adquirir nosotros mismos y enseñar a nuestros niños las cualidades morales e intelectuales indispensables para el triunfo de la vida social; porque el devenir de la raza, su felicidad y su infelicidad, depende del valor de la familia y de la comunidad".

El eugenismo, explica Alexis Carrel, no trata de eliminar, sino de promover. Mejorando cualitativamente la población, se actúa en el sentido del bien común. "Es necesario hacer una elección –afirma. La inutilidad de nuestros esfuerzos para mejorar a los individuos de mala calidad resulta evidente. Resultaría mucho mejor mejorar a aquellos de buena calidad. La masa prefiere siempre las ideas, las invenciones de la élite y las instituciones creadas por ella. Es necesario abandonar la idea peligrosa de restringir a los fuertes, elevar a los débiles y hacer, así, pulular a los mediocres (...) El eugenismo voluntario no solamente conduciría a la producción de individuos más fuertes, sino también más familiares a la resistencia, la inteligencia y el coraje, haciendo hereditarias estas virtudes. Estas familias constituirían una aristocracia, de la cual surgirían, probablemente, los hombres de élite. El establecimiento, por medio de la eugenesia, de una aristocracia biológica hereditaria sería una paso importante para la solución de los problemas de ayer y de hoy".

Al comenzar la Segunda Guerra Mundial, Alexis Carrel es a la vez miembro de honor de la Academia de Ciencias de la URSS y de la Academia Pontificia. Pero no es un profeta en su tierra.

Regresa a Francia en 1941, después de un año de estancia en España. El 16 de abril es recibido por Petain. El 5 de diciembre, el Journal officiel publica un texto-ley anunciando la creación de una Fundación para el Estudio de los Problemas Humanos, cuya creación se retrasará hasta el 17 de noviembre del siguiente año. Alexis Carrel es nombrado director regente.

La "Fundación Carrel" (como todos la conocen) tiene por objeto "el estudio, bajo todos sus aspectos, de las medidas más apropiadas para la mejora y el desarrollo de la población francesa en todas sus actividades". Debe, especialmente, "Buscar todas las soluciones prácticas y proceder con todas las demostraciones en vistas de mejorar el estado fisiológico, mental y social de la población".

Para realizar esta tarea, Carrel se rodea de jóvenes médicos con ideas originales: Jean Sutter, futuro animador del Instituto de Estudios Demográficos, Dujarric de la Riviere, Ménétrier, Gessain, etc.

En el espacio de dos años, los dirigentes de la fundación crean cuatro departamentos y seis equipos especializados para el estudio de los problemas de natalidad, biología del linaje, desarrollo de la infancia, hábitat, economía rural, biotipología, nutrición, etc. Fundan también un laboratorio de investigaciones bioquímicas, un centro de estadísticas y sondeos, un instituto de fisiopsicología, un Centro de la madre y de la infancia, y un centro de síntesis.

El tiempo de los "hombres civilizados"

Después de 1935, el número de fallecimientos, por vez primera en Occidente, supera al de nacimientos. En siete años, la población francesa ha disminuido en medio millón de individuos. La fundación lucha contra la desnatalidad y favorece la elaboración de una nueva legislación social. "La cantidad de niños es insuficiente –se afirma en la revista de oficial de la fundación. En general, podemos decir lo mismo de su calidad. No serviría de nada aumentar la natalidad si el crecimiento de la población se hace a costa de elementos tarados. Los subsidios familiares practicados en estos momentos están lejos de favorecer la propagación de las mejores cepas".

A los educadores y a los especialistas de orientación profesional, la "Fundación Carrel" les hace conocer los últimos avances en materia de biotipología. A los médicos, les apremia "a prevenir antes que a curar, a considerar que las visitas a los talleres son más útiles que las horas de presencia en los dispensarios de las fábricas".

La fundación promueve además el deporte en los centros industriales, se dedica al estudio de la fatiga psicológica (tarea novedosa en todo el mundo), vela por la mejora de las condiciones de trabajo, la higiene, el hábitat. Procede a un inventario de la población.

Toda esta actividad reposa sobre un credo, que el doctor Soupault explica en estos términos: "La Fundación comprende la diferencia que existe entre la materia inerte y la materia pensante. Pero también sabe que la consciencia, siendo inseparable de la materia, responde al perfeccionamiento de su "substratum" orgánico por la mejora de su calidad. Sabe, en fin, que, en el curso de la evolución de las formas vivas, existe un paralelismo constante entre el auge del espíritu y el progreso estructural y funcional de los órganos, en particular de los cetros nerviosos".

Alexis Carrel precisa él mismo los datos de base de la obra a cumplir: "La ciencia del hombre engendra necesariamente una antropotecnia. Y esta antropotecnia hará para el hombre lo que la tecnología ha hecho para los aviones. Pudiera ser que la ciencia del hombre construya, un día, individuos tan superiores a nosotros mismos como los aparatos modernos lo son al biplano con el que los hermanos Wright volaron por vez primera. La Fundación se presenta como la primera institución científica dedicada a la construcción de hombres civilizados".

En Día tras día, Carrel esboza un programa: "Es necesario establecer nuevas relaciones entre los hombres; sustituir las antiguas ideologías por los conceptos científicos de la vida; desarrollar armoniosamente en cada individuo todas sus potencialidades hereditarias suprimir las clases sociales y reemplazarlas por clases biológicas, la biocracia en lugar de la democracia; hacer a los hombres aptos para conducirse racionalmente a: la fraternidad y la ley del amor; el objetivo de la vida no es el acopio de beneficios ..."

El programa no será jamás aplicado, pues la época desata las pasiones. El 21 de agosto de 1941 Carrel es suspendido de sus funciones por el gobierno provisional de la "Francia libre" a propuesta del profesor Pasteur Vallery-Radot, nombrado secretario general de Sanidad. La Fundación para el estudio de los Problemas Humanos, que se había mantenido al margen de toda actividad política, es disuelta.

Pocos meses más tarde Alexis Carrel sufre dos crisis cardiacas consecutivas. Fallece el 4 de noviembre de 1944. Ningún representante oficial asiste a su funeral.

La unidad de todos los seres vivos

Toda la cirugía vascular moderna estaba en germen antes de los trabajos de Alexis Carrel. Las técnicas del transplante de órganos de deben mucho más de lo que se atreven a reconocer. Pero el moralista ha sido aun más incomprendido.

De El hombre, ese desconocido, el decano Jean Lépine ha dicho: "Es, a la vez, un homenaje a la ciencia y una afirmación de lo desconocido, una demostración de la unidad del ser vivo, irreducible tanto a un principio material como a una unidad espiritual".

El reverendo J.T. Durkin precisó al respecto: "La pasión de Alexis Carrel fue la de llegar a nuevas ideas por nuevos medios. Resulta extraño constatar fuese que su rechazo deliberado a aceptar ideas admitidas lo que le situó en la picota por la vanguardia de los "intelectuales" de su época".

"Carrel pertenece a la élite –concluye el doctor Soupault–, en el sentido de que pudo ver lo que no vieron la mayor parte de sus contemporáneos, especialmente sus colegas. Intentó poner de relieve ciertas grandes relaciones de la sociedad humana del siglo XX, distinguiendo los riesgos que amenazaban su buen curso. Indicó las vías para buscar con urgencia las soluciones. Podemos sin exageraciones clasificarlo entre los profetas. Pero sus esfuerzos no resultaron suficientes. Y el destino implacable nos empuja a las sombras profundas que Carrel temía".

Autor: Alain de Benoist

[Vu de Droite]

Ernesto Giménez Caballero (1899-1988)

Ernesto Giménez Caballero (1899-1988)

Ideólogo, político y profesor español, nacido en Madrid el 2 de agosto de 1899, en una familia industrial por parte de padre y de propietarios agrícolas por parte de madre. Su padre (nacido circunstancialmente en La Habana y fallecido en 1935), Ernesto Giménez, había sabido construir una próspero negocio de artes gráficas a partir de una humilde imprenta (en la calle Huertas de Madrid, en la casa donde se cree vivió Cervantes): en los años veinte ya había adquirido una fábrica de papel en Cegama (Guipuzcoa) y talleres de manipulados, y la familia había pasado a vivir al mismo edificio de la Plaza de las Cortes donde lo hacía el millonario Juan March y tendría su sede Acción Española en 1931. El padre impresor hizo seguir a su primogénito cursos prácticos de artes gráficas mientras estudiaba el bachillerato en el Instituto de San Isidro, que no sirvieron para que perpetuase el negocio familiar, pero sí para acercarle al terreno editorial y literario. En 1919 Giménez Caballero se licenció en Letras en la Universidad de Madrid y continuó sus estudios para graduarse en Filosofía. Fue compañero de curso de Javier Zubiri y llegó a colaborar en la revista Filosofía y Letras, que habían promovido estudiantes ligeramente mayores, como Pedro Sáinz Rodríguez o Vicente Aleixandre. Fue Américo Castro el profesor con el que mantuvo más relación mientras fue estudiante, y fue Castro quien facilitó al recién licenciado un puesto en la Universidad de Estrasburgo, como profesor de Lengua y Literatura, ciudad en la que vivió durante el curso 1920-21.

Vuelto a España ingreso en la milicia para cumplir el servicio militar: le destinaron a Marruecos, donde acababa de producirse «el desastre de Annual». Tras dieciocho meses en el ejército escribió el libro Notas marruecas de un soldado (1923): él mismo lo compuso como tipógrafo en la imprenta de su padre y, nada más aparecer, en marzo de 1923, se agotó en dos semanas y convirtió de repente a su autor en un escritor serio y famoso. El ejército acusó a Giménez Caballero por desacato, y fue arrestado en una prisión militar de Madrid mientras se decidía la petición del fiscal, una condena de dieciocho años. Tras el pronunciamiento militar de septiembre de 1923, y por mediación del propio general Primo de Rivera, acabó siendo absuelto, pudiendo reintegrarse durante el curso 1923-24 a la plaza de profesor que le conservaban en Estrasburgo. En 1929 escribió que había vuelto entonces a Europa «como una misión patriótica, para lograr la levadura, el 'fermento' europeo que pudiera rejuvenecer a España»: pero en esta segunda estancia europea quedó desencantado del pensamiento germánico, que a raudales comenzaba a importar la Revista de Occidente de Ortega, y rechazó aquel «culto ariánico» que condenaba a los intelectuales españoles a la imitación y el seguidismo.

Pero la estancia en Estrasburgo no fue estéril: allí conoció a una italiana, Edith Sironi, hermana del cónsul de Italia e hija de un físico famoso, con la que se casó en Madrid el 4 de mayo de 1925. Esta relación fue determinante en su progresivo acercamiento a Roma y a Italia. Publicó por entonces varios ensayos y reseñas en Revista de Occidente (donde agradece a Ortega «aceptarle aun no siendo hijo de un vikingo») y El Sol (estos recogidos en 1927 en un libro singular, Carteles, que firmó con el pseudónimo Gecé y publicó Espasa-Calpe).

Colaboró desde su primer número (junio de 1926) en la Revista de las Españas, que publicaba La Unión Ibero-Americana en Madrid (y se imprimía en la imprenta familiar). La revista buscaba estrechar las relaciones entre los pueblos hermanos de España, Portugal y las Naciones americanas. Allí mantuvo como sección estable una «Revista Literaria», luego desdoblada en dos, la «Revista Literaria Ibérica» y la «Revista Literaria Americana» (de la que se encargó Guillermo de Torre y más tarde Benjamín Jarnés).

La relación con Guillermo de Torre (que en 1925, tras abandonar el ultraísmo, había publicado su famoso libro Literaturas europeas de vanguardia, que popularizó los conceptos de «Vanguardia» y «vanguardismo») dio como resultado la aparición el 1º de enero de 1927 de La Gaceta Literaria, la revista cuya «criatura fue llamada Generación del 27». Giménez Caballero dirigía esta publicación quincenal, que tenía a Guillermo de Torre por subdirector (hasta que las desavenencias determinaron su marcha a la Argentina en agosto de 1927, donde se casó con la pintora Norah Borges, hermana de Jorge Luis). A Guillermo de Torre le sustituyó César Muñoz Arconada, a través del cual conocería ese mismo 1927 a Ramiro Ledesma Ramos:

«César Muñoz Arconada que, al marchar Guillermo de Torre a Buenos Aires, quedó de Secretario un tiempo, al principio se sintió fascista y me ayudó a traducir En torno al casticismo de Italia, título unamunesco que puse a la obra de Curzio Malaparte, y que llevaba como Prólogo mi Manifiesto del 15 de febrero de 1929. Libro que publicaría Rafael Caro Raggio, el cuñado de Baroja, tras leerlo y aprobarlo el gran don Pío. Arconada fue el que me presentaría a Ramiro Ledesma Ramos, su vecino de Cuatro Caminos, calle de Santa Juliana, 6, y empleado de correos y estudiante de Filosofía y Matemáticas. Pero Arconada, en su pobreza y lirismo y sus amores románticos por Greta Garbo, derivaría al comunismo, con pureza y humildad.» [Md 78]

Fue Ortega quien abrió el primer número de La Gaceta Literaria, «Sobre un periódico de las letras», revista que en sólo unos meses iba a convertirse en referencia de las vanguardias y contó con una nómina impresionante de colaboradores: Antonio Espina, Benjamín Jarnés, José Moreno Villa, Melchor Fernández Almagro, Amado Alonso, Luis Buñuel, Salvador Dalí, Jorge Guillén, José Bergamín, Federico García Lorca, Rafael Alberti, Pedro Salinas, Pablo Neruda, Gabriela Mistral, Rosa Chacel, Vicente Aleixandre, Gerardo Diego, Ramiro Ledesma Ramos, Juan Aparicio, Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Menéndez Pidal, Américo Castro, Gregorio Marañón, Luis de Araquistain, Max Aub, Corpus Barga... [De Unamuno, exiliado en Francia, sólo se publicó una carta sobre Góngora, en el número 11, aunque se le dedicó un número extraordinario el 15 de marzo de 1930.]

«El primer gran trueno lo provocó nuestro Editorial Madrid, meridiano intelectual de Hispanoamérica (15 de abril de 1927), escrito por Guillermo de Torre, rechazando el galicismo de latinoamérica. La revista Martín Fierro, que creo dirigía Jorge Luis Borges, futuro cuñado de Guillermo, arremetió contra nosotros seguido por bastantes escritores, y luego otras publicaciones hispanoamericanas. Duró mucho aquella tormenta.» [Md 63]

Giménez Caballero procuraba desde La Gaceta potenciar el iberismo que anhelaba, organizando en diciembre de 1927 una exposición del libro catalán en Madrid, y a principios de 1928 otra del libro portugués. Por esos meses se aprecia en La Gaceta un incremento de la presencia de asuntos que tienen que ver con Italia: el 15 de febrero aparece una entrevista de Giménez Caballero con Marinetti, que visitaba Madrid, el 15 de marzo se combinan en una misma página los reportajes de dos corresponsales: «El fascismo y los escritores italianos» y «El comunismo y los escritores rusos». Dos meses después vuelve Giménez Caballero a Italia, en una visita decisiva para la evolución de su pensamiento político: en los dos números de agosto de 1928 publicó esa etapa italiana, luego recogida en el libro Circuito imperial (1929).

En 1928 fundó el primer Cine-Club de España. Allí se estrenó el primer film surrealista: Un chien andalou de Buñuel y Dalí. Giménez Caballero realizó la película Esencia de la Verbena, con Ramón Gómez de la Serna como actor y un Noticiario del almuerzo ofrecido en Canarias 41 –hoy 45–, sede de La Gaceta y de la imprenta familiar, en el que reunió a representantes de las tres generaciones del 98, del 15 y del 27 para filmarlas luego en la azotea.

Giménez Caballero no sólo promovía el nuevo arte, sino que hizo sus pinitos en él, practicando de creador en Yo, inspector de alcantarillas (1928), doscientas páginas que mezclan versos libres y relatos: «más que el surrealismo reveló un influjo freudiano muy de moda en 1927 pero sirviéndome de él, al relatar, con delicada y alta literatura, lo que profesores y psiquiatras tenían y siguen teniendo al alcance de sus diarias experiencias.» [Md 67]

La Gaceta abordó la edición de libros, promovió exposiciones, organizó banquetes y abrió La Galería

«La Galería era un establecimiento en la calle Miguel Moya, 4 (plaza del Callao madrileña) cuyos socios capitalistas fueron Sangróniz, Ignacio Olague y Manuel Conde. Desde allí lancé tres fabulosos negocios para un inmediato porvenir: la Arquitectura funcional y rascaciélica, el Mueble metálico y la Artesanía española. Pero la revolución republicana malogró La Galería pues mis socios no estaban para tal contingencia. Y hubo que traspasarla a un restorán de nombre Or-kom-pom. Pero tenía tal predestinación a la fama que en ese local se compuso la letra del Himno de Falange, ya que la música en el órgano de la iglesia de Cegama, ya que Juanito Tellería, su autor, estaba vinculado, como sus hermanos, a nuestra Papelera.» [Md 74]

«La Gaceta fue la precursora del Vanguardismo en la Literatura, Arte y Política. Una política que por dos años resultó unitiva y espiritual y desde 1930 divergente, pues la juventud se fue politizando. Y de La Gaceta saldrían los inspiradores del comunismo y del fascismo en España.» [Md 66]

A finales de 1929 La Gaceta Literaria pasó a depender del grupo CIAP, «que preparaba la otra revolución, la del berenguerismo y la República, con dinero hebraico», el del banquero Bauer: el monárquico Pedro Sáinz Rodríguez fue impuesto como co-director. Al proclamarse en 1931 la República las posiciones políticas de Giménez Caballero, su defensa del fascismo, el ser miembro fundador de La Conquista del Estado, determinaron que sus colaboradores le fuesen dejando solo, y aunque La Gaceta se mantuvo hasta 1932, Giménez Caballero tuvo que escribir en solitario seis números (112, 115, 117, 119, 121 y 122) que llevan como subtíitulo El Robinsón literario de España.

Ernesto Giménez Caballero, «el D'Annunzio español», «el primer fascista español» (honor o deshonor que algunos atribuyen a Rafael Sánchez Mazas), mantuvo una gran admiración por los judíos, en particular por los judíos hispanoparlantes, por los sefarditas. En La Gaceta Literaria mantuvo una constante atención por lo sefardita, rechazando el antisemitismo (en el que se mantenía por ejemplo Pío Baroja). Incluso Primo de Rivera le envió a una gira por los Balcanes para pronunciar conferencias a las comunidades sefardíes.

En 1931 aparece como uno de los firmantes del manifiesto inicial de La conquista del Estado, donde fue colaborador activo hasta que Ramiro Ledesma Ramos decidió apartarle de su movimiento político. En 1932 publica Genio de España (exaltaciones a una resurrección nacional. Y del mundo). En marzo de 1933 es uno de los impulsores de El Fascio, publica La nueva catolicidad (teoría general sobre el fascismo en España) en octubre de 1933 participa en la fundación de Falange Española y desde diciembre colabora en la revista F.E.

En 1935 obtuvo la cátedra de Literatura del Instituto Cardenal Cisneros de Madrid: «Yo había hablado dos veces con don Miguel [de Unamuno], en la Cacharrería del Ateneo, mientras hacía pajaritas y apretaba bolitas de pan. Pero ya no le torné a contemplar, admirar y agradecer hasta mi oposición a cátedra de Literatura en el Cisneros de Madrid. Era el presidente. 1935. Y además, lo era de una Liga Antifascista de los Derechos del Hombre, y yo alternaba la oposición con el I Congreso de Falange, llevando la pistola en la cartera al Instituto de San Isidro, donde opositábamos 300 para esa cátedra. Sobre don Miguel llovieron las más altas presiones hasta de Alcalá Zamora para que no me votara. Unamuno decidió la oposición levantándose y exclamando: "Voto a Giménez Caballero, que sabe más que todos."» (Retratos españoles, págs. 98-99).

Al estallar la guerra se hallaba en Madrid, distanciado de Falange y de José Antonio. En noviembre de 1936, vía Italia, logró llegar a Salamanca, donde Franco le confió, a las órdenes del general Millán Astray, la organización de la propaganda. Con dinero procedente del negocio familiar y la colaboración de antiguos camaradas, como Juan Aparicio, pudo organizar el núcleo de lo que sería la eficiente estructura de la propaganda del bando que acabaría por ganar la guerra. En Pamplona, tras el cursillo correspondiente, se convirtió en alférez provisional.

En abril de 1937 colaboró activamente en «la Unificación», redactando incluso (si hemos de creerle) el decreto firmado por Franco, por el que el Caudillo se convertía en jefe único del partido único, resultado de la conjunción de los falangistas-jonsistas con los requetés: Falange Española Tradicionalista de las JONS, organización de cuyo secretariado pasó a formar parte.

Al terminar la guerra volvió a desempeñar su cátedra en Madrid, actividad que simultaneaba con los cargos de consejero nacional del Movimiento, procurador en Cortes y consejero de Educación, pero su influencia en la política ya había declinado, sin duda por su peculiar estilo y extravagancia, aunque mantuvo una notable prolijidad literaria.

A finales de 1941, en plena guerra mundial, protagonizó uno de los episodios más surrealistas de la política europea, recogido por extenso en sus Memorias de un dictador (1979). Había acudido a Weimar, invitado al Europaische Schrisfsteller Vereinigung (23-26 octubre 1941), presidido por el ministro Goebbels. El hispanista Arturo Farinelli le presentó a Magda, la esposa de Goebbels, «una mujer maravillosa que me impresionó desde el primer instante», a la que sondeó sobre sus planes. Se trataba de «catolizar a Hitler» y lograr la paz mediante un matrimonio. Para navidades ya estaba de vuelta en Berlín, tras haber consultado su plan con Franco y con el Vaticano. «Dos días antes de Nochebuena, Goebbels me invitó a cenar en su hogar, con su esposa y sus hijos.» Giménez Caballero había llevado como regaló al lugarteniente de Hitler un capote: «Antes de sentarnos a la mesa, durante los aperitivos, enseñé al pequeño y cojito Jerarca del Propagandismo germánico a manejar el capote, el modo de ceñirlo para el paseillo y de veroniquearlo. Y a los niños les monté un Belén junto a la chimenea. Magda estaba radiante y conmovida.» Tras la cena quedó a solas con la esposa, y al poco tuvo ocasión de presentarle su acabado plan:

«Guardó un breve silencio que yo acogí para encarecer la urgente reanudación de la estirpe hispano-austriaca, que traería el armisticio a Europa, con un enlace tradicional y revolucionario. –Y ¿cuál sería la candidata a emperatriz? –Sólo podría ser una. En la línea de princesas hispanas como Ingunda y Brunequilda y Gelesvinta y Eugenia... Sólo una, por su limpieza de sangre, por su profunda fe católica, y, sobre todo, porque arrastraría a todas las juventudes españolas: ¡la hermana de José Antonio Primo de Rivera!... Nada respondió Magda. De pronto, sus ojos se humedecieron. Y tomó mis manos y las estrechó. Y, en voz muy baja, me dijo así: –Su visión es extraordinaria... Su misión también... Y además, audaz, valiente y concreta... Calló de nuevo para proseguir: –Mi marido está encantado con usted. Y el Führer desea conocerle. Yo les hablé de esto que ahora vuelve a proponerme de esta manera ya concreta y certeramente personificada. Y que sería posible... –¿Sería posible? ¿Sería posible? ¡Magda!... –Sería posible... si Hitler no tuviera un balazo en un genital, de la primera guerra... que le ha invalidado para siempre... Imposible, gran amigo, imposible. ¡No habría continuidad de estirpe!... –¿Y Eva Braun? –Un piadoso enmascaramiento para la galería... Me levanté. Tomé sus manos. –Entonces, ¿adiós para siempre, Magda? –¿Y por qué para siempre?– Y depositó sus manos sobre mis labios y luego los suyos.» [Md 173-175]

Coincidiendo con el declinar político de la Falange y el ascenso de la tecnocracia desarrollista del Opus Dei, en 1957 es nombrado agregado cultural en Paraguay y Brasil y a partir de 1958 ejerce como Embajador de España en Paraguay, hasta su jubilación en 1969. Obtuvo dos veces el Premio Nacional de Literatura. En 1985 obtuvo con su libro Retratos españoles (bastante parecidos) el Premio Espejo de España (ex aequo con Emilio Romero), concedido por un jurado compuesto por Manuel Fraga Iribarne, teniente general Díez Alegría, Ramón Garriga Alemany, José Manuel Lara Hernández y Rafael Borrás Betriu. Ernesto Giménez Caballero falleció en Madrid en 1988.

Bibliografía de Ernesto Giménez Caballero

  • Notas marruecas de un soldado, Imp. Ernesto Giménez, Madrid 1923, 254 págs.
  • Carteles [por Gecé], Espasa Calpe, Madrid 1927, 302 págs.
  • Los toros, las castañuelas y la Virgen, Caro Raggio, Madrid 1927, 192 págs.
  • Yo, inspector de alcantarillas (epiplasmas), Biblioteca Nueva, Madrid 1928, 222 págs.
  • Hércules jugando a los dados, La Nave, Madrid 1928, 215 págs.
  • Julepe de menta, La Lectura, Madrid 1929, 117 págs.
  • Prólogo a Curzio Malaparte, En torno al casticismo en Italia, Tipografía de Caro Raggio, Madrid 1929, XXVII+156 págs.
  • Circuito imperial, La Gaceta Literaria [Cuadernos de La Gaceta Literaria. La Joven España, 1], Madrid 1929, 124 págs.
  • Trabalenguas sobre España, itinerarios de Touring-Car, guía de Touring-Club, Baedeker espiritual de España, Ernesto Giménez, Madrid 1931, 358 págs.
  • Manuel Azaña: profecías españolas, La Gaceta Literaria, Madrid 1932, 238 págs.
  • Genio de España. Exaltaciones a una resurrección nacional y del mundo, Ediciones de La Gaceta Literaria, Madrid 1932, 341 págs. 2ª ed., Ediciones de La Gaceta Literaria, Madrid 1934, 270 págs. 3ª ed., Ediciones Jerarquía, Zaragoza 1938 (II Año Triunfal), 288 págs. 4ª ed., Ediciones Jerarquía, Barcelona 1939 (Año de la Victoria), XXIII+249 págs. 5ª ed., Ediciones Jerarquía, Barcelona 1939, XXIII+249 págs. 6ª ed., 1939. 7ª ed., Doncel, Madrid 1971, 230 págs. 8ª ed., Planeta, Barcelona 1983, 244 págs. (con Prólogo de Fernando Sánchez Dragó y epílogo de Rafael García Serrano).
  • La nueva catolicidad. Teoría general sobre el fascismo en Europa: en España, Ediciones de La Gaceta Literaria, Madrid 1933, 220 págs.
  • El Belén de Salzillo en Murcia (origen de los nacimientos en España), Gaceta Literaria, Madrid 1934, 134 págs.
  • Arte y Estado, Gráfica Universal, Madrid 1935, 260 págs.
  • Exaltación del matrimonio. Diálogos de amor entre Laura y Don Juan, E. Giméne, Madrid 1936, 123 págs. E. Giménez, Madrid 1939, 120 págs. 2ª ed. Studium, Madrid 1976, 99 págs. 3ª ed. Fundación Universitaria Española, Madrid 1982, 99 págs.
  • Exaltaciones sobre Madrid, Jerarquía, s.l. 1937, 24 págs.
  • La Falange, hecha hombre, conquista el Estado, Salamanca 1937, 15 págs.
  • Prólogo a Pío Baroja, Comunistas, judíos y demás ralea, Reconquista, Valladolid 1938, 286 págs. 2ª ed., Cumbre, Valladolid 1939, 286 págs.
  • España y Franco, Los Combatientes [Fe y acción, fascículo doctrinal, 1], Cegama 1938, 31 págs.
  • Camisa azul y boína colorada, Los Combatientes [Fe y acción, fascículo doctrinal, 2], Madrid 1939, 48 págs.
  • La Legión C.T.V., Los Combatientes [Fe y Acción doctrinal, fascículo 4], s.l. 1939, 85 págs.
  • ¡Hay Pirineos! Notas de un alférez en la IV de Navarra sobre la conquista de Port-Bou, Editora Nacional, Madrid 1939, 93 págs.
  • Los secretos de la Falange, Yunque, Barcelona 1939, 155 págs.
  • Roma madre, Jerarquía, Madrid 1939, XXXII+236 págs.
  • Lengua y Literatura de España y su Imperio, 3 vols., EGC, Madrid 1940-1944, 304+228+299 págs. Nueva edición, Madrid 1950, 7 vols. Madrid 1951, 4 vols.
  • La Infantería española, Vicesecretaría de Educación Popular, Madrid 1941, 156 págs.
  • Amor a Cataluña, Ruta, Madrid 1942, 226 págs.
  • España nuestra. El libro de las juventudes españolas, Vicesecretaría de Educación Popular, Madrid 1943, 261 págs.
  • Despierta Inglaterra: mensaje a Lord Holland, Ediciones Toledo, Madrid 1943, 37 págs.
  • El cine y la cultura humana, Conferencias y Ensayos [nº 21], Bilbao 1944, 48 págs.
  • Amor a Andalucía, Editora Nacional, Madrid 1944, 206 págs.
  • Madrid nuestro, Vicesecretaría de Educación Popular, Madrid 1944, 253 págs.
  • Afirmaciones sobre Asturias, Tipografía de la Residencia Provincial, Oviedo 1945, 48 páginas.
  • Don Ernesto o el procurador del pueblo en las Cortes Españolas, Ediciones y Publicaciones Españolas, Madrid 1947, 250 págs.
  • Amor a Galicia progenitora de Cervantes, Editora Nacional, Madrid 1947, 75 págs.
  • Amor a Argentina o El genio de España en América, Editora Nacional, Madrid 1948, 151 págs.
  • Amor a México, 1948
  • Amor a Portugal, Cultura Hispánica, Madrid 1949, 269 págs.
  • La Europa de Estrasburgo (visión española del problema europeo), Instituto de Estudios Políticos, Madrid 1950, 154 págs.
  • Valladolid (la ciudad más romántica de España), Publicaciones Españolas [Temas españoles, 75], Madrid 1954, 28 págs.
  • Maravillosa Bolivia, clave de América, Cultura Hispánica, Madrid 1957, 182 págs.
  • Revelación del Paraguay, 1958
  • El dinero y España, Afrodisio Aguado, Madrid 1964, 318 págs.
  • Paulo VI y su Iglesia, Ministerio de Educación Nacional, Madrid 1965, 40 págs.
  • Genio hispánico y mestizaje, Editora Nacional, Madrid 1965, 130 págs.
  • Las mujeres de América, Editora Nacional, Madrid 1971, 446 págs.
  • Asunción, capital de América, Cultura Hispánica, Madrid 1971, 30 págs.
  • Junto a la tumba de Larra, Salvat [Biblioteca Básica Salvat, Libro RTV, 99], Estella 1971, 158 págs.
  • Rizal, Publicaciones Españolas [Temas españoles, 525], Madrid 1971, 36 págs.
  • Cabra, la cordobesa: balcón poético de España, Publicaciones Españolas [Temas españoles, 533], Madrid 1973, 53 págs.
  • Cartageneras, Publicaciones Españolas [Temas españoles, 541], Madrid 1975, 74 págs.
  • Memorias de un dictador, Planeta (Espejo de España, 49), Barcelona 1979, 330 págs. Planeta (Documento, 45), Barcelona 1981, 299 págs.
  • Retratos españoles (bastante parecidos), Planeta (Espejo de España, 104), Barcelona 1985, 236 págs.

Filmografía de Ernesto Giménez Caballero

  • Noticiario de cine club (1930) Director y guión. Documental, b&n, mudo, 35mm, producido por EGC. Cinematografía: EGC. Intervienen: Rafael Alberti, Álvaro de Albornoz, José María Alfaro, Luis Araquistain, Marqués de Auñón, Pío Baroja, José Bergamín, Clara Campoamor, José Castillejo, Américo Castro, Conde de Bailén, Salvador Dalí, Gerardo Diego, Gala Eluard, Vicente Escudero, Juan Estelrich, Ernesto Giménez Caballero, Marqués de Guad-el-Jelú, Ramón Gómez de la Serna, Hermann, Julio Just, Conde de Keyserling, Rafael Marquina, Ramón Menéndez Pidal, Edgar Neville, Santiago Rusiñol, Pedro Salinas, Pedro Sangro, José Antonio de Sangróniz, Antonio María Sbert, Pedro Sáinz Rodríguez, Ricardo Urgoiti, Ramón Pérez de Ayala, Ros de Olano, Julio Álvarez del Vayo. Exteriores: Chinchón (Madrid), Paseo de Gracia (Barcelona), Madrid, Pastrana (Guadalajara), Avila.
  • Esencia de la verbena (1930) Director. Corto, b&n, mono, 35 mm. Intervienen: Polita Bedrosan, Goyanes, Ramón Gómez de la Serna, Samuel Ros.
  • Los judíos de patria española (1931) Director y guión. Documental, b&n, mudo, 35mm, producido por EGC. Intervienen: Señor Agramonte, Kalmi Baruch, Luzuriaga, Ramón Menéndez Pidal, Saul Mezán, Manuel L. Ortega, Ángel Pulido, Samuel Ros, Fernando de los Ríos, Señor Saavedra. Exteriores: Córdoba, Sevilla, Toledo, Yepes.
  • La sustitución de la enseñanza religiosa en España (1932) Director y guión (en colaboración con Joaquín del Valle). Documental, b&n, mudo, 35 mm (375 metros), producido por EGC. Cinematografía: Tomás Terol. Exteriores: Madrid.
  • Paraguay, corazón de América (1961) Director y guión. Documental, 35 mm, producido por No-Do. Locutor: Ignacio Mateo. Música de José Pagán y Antonio Ramírez Ángel. Cinematografía: Juan Manuel de la Chica, Joaquín Hualde. Exteriores: Paraguay.
  • Aranjuez (1971) Director y guión. Documental, color, 35mm, producido por No-Do. Locutores: José Ángel de Juanes, Adelina Luna. Cinematografía: Juan Manuel de la Chica, Emilio García de Castro. Exteriores: Aranjuez, El Escorial, El Pardo, La Granja.
  • Cabra, la cordobesa (1973) Director y guión. Documental, color, 35 mm, producido por No-Do. Locutor: Matías Prats. Música de Pablo Sorozabal. Cinematografía: Fernando Martín de las Heras y José Luis Sánchez de Blas. Exteriores: Cabra (Córdoba).
  • Revelación del Escorial (1974) Director y guión. Documental, color, 35 mm, producido por No-Do. Locutor: Matías Prats. Música de Pablo Sorozabal. Cinematografía: Fernando Martín de las Heras y José Luis Sánchez de Blas. Exteriores: Burgos, Covadonga, El Escorial, Granada, León, Navarra, Nájera, Oviedo, Tarragona, Toledo.

Sobre Ernesto Giménez Caballero

  • Douglas W. Foard (1939-), Ernesto Giménez Caballero (o la revolución del poeta). Estudio sobre el Nacionalismo Cultural Hispánico en el siglo XX, Instituto de Estudios Políticos, Madrid 1975, 241 págs.
  • Lucy Tandy, Ernesto Giménez Caballero y La Gaceta Literaria (o la generación del 27), Turner, Madrid 1977, 170 págs.
  • María Luisa López-Vidriero, Bibliografía de Ernesto Giménez Caballero, Universidad Complutense [Trabajos del Departamento de Bibliografía, serie A, nº 6], Madrid 1982, 50 págs.
  • Enrique Selva, Ernesto Giménez Caballero, entre la vanguardia y el fascismo, Pre-Textos, Valencia 2000, 330 págs.

Textos de Ernesto Giménez Caballero en el Proyecto filosofía en español

Artículo aparecido en la web Transversal

Homenaje a Giorgio Locchi (1923-1992)

Homenaje a Giorgio Locchi (1923-1992)

Giorgio Locchi murió en la única forma que habría juzgado aceptable: de manera imprevista, casi sin informar a nadie, mientras intentaba escribir un libro sobre Martin Heidegger. Seguramente, ha tenido un atisbo de conciencia, entre el momento en que la muerte se anunció y aquél cuando llego, algunos minutos más tarde, y muy ciertamente agradeció a los dioses ofrecerle una salida tan súbita, ya que la idea de seguir estando por mucho tiempo enfermo o disminuido lo hacía sufrir inmensamente. Al final del mes de junio de 1992, en su última visita a Roma, me habló del mal que lo había afectado dos años antes. Me decía que la perspectiva de convertirse en un tronco inerte le hacía estremecer porque con el tiempo que pasa, uno se cuelga más estrechamente, más profundamente, más egoistamente a la vida. Palabras de Locchi que no me sorprendieron. En realidad, habían sido un presagio.

Para alguien que era uno de sus amigos, no es fácil rendir homenaje a Giorgio Locchi y recapitular todo lo que nos legó. Podría intentar trazar un perfil del periodista y corresponsal en París del periodico italiano Il Tempo durante más de treinta años. Y decir una infinidad de anécdotas sobre sus relaciones con Renato Angiolillo. O también de destacar la importancia de todos los servicios que prestó a la prensa en Italia: sobre los acontecimientos de Argelia, sobre el nacimiento del existencialismo, sobre el mayo del 68 parisino. Sus puntos de vista eran motivados por un anticonformismo extraordinariamente valiente e inteligente. Querría también destacar el papel capital que desempeñó Giorgio Locchi en la evolución de la derecha francesa, hacer hincapié en su carrera con Alain de Benoist, sobre la pasión con la que formaba a los jóvenes intelectuales, sobre sus actividades en el GRECE y sobre sus contribuciones a la revista Nouvelle École.  Querría también poder reunir aquí todos los elementos del extenso mosaico que era su personalidad, dar cuenta de su amor por la música y el cine, de su control de las cosas físicas y científicas. Y podría también decir la historia de nuestra amistad e informar sobre su refugio parisino que me fue tan agradable, así como a un puñado de otros Italianos, donde nos encontrábamos para hablar del pasado o para manifestar nuestra hostilidad al sistema dominante. Mejor: para escuchar a Locchi que nos hablaba de Nietzsche o Wagner, Heidegger o la Revolución Conservadora, de sus experiencias en Alemania o los momentos cruciales de la segunda Guerra Mundial que vivió como protagonista del "frente interior". Nos hablaba también de la "derecha imposible" y de una Europa igualmente imposible. Y nos comunicaba sus proyectos, comentaba las publicaciones a las que colaboraba, mencionaba los artículos que quería escribir y las libros que quería publicar. Nos reuniamos en "Meister Locchi" y Saint-Cloud en París, dónde vivía prácticamente recluido, lugar que fue, durante numerosos años, el punto de encuentro de muchos de nosotros.

El periodista, el amigo, el organizador de manifestaciones culturales, el agitador de ideas que viven siempre y vivirán en el grupo de los que conocieron a Giorgio Locchi y fueron sus amigos. Sus libros, sus ideas, sus ensayps dispersos en Nouvelle École, la Destra, Uomo Libero y Elementi, sus artículos del Tempo y el Secolo de Italia seguirán siendo los testimonios escritos de un compromiso intelectual y político en sentido más noble del término, pero que consideró como la consecuencia de una derrota europea durante más de cuarenta años. En primer lugar vimos a Giorgio escéptico y que desconfiaba, luego tal confianza no volvimos a verla de nuevo en él hasta que se habló de la reunificación alemana. No es por nada que quiso estar en Berlín cuando Alemania se reunifico: aquello era para él, me decía, un sueño que se realizaba, un acontecimiento que se desarrollaba bajo sus ojos y que no había imaginado ver realizarse, incluso si no había dejado nunca de creer más allá de los límites que impone el pesimismo, actitud justificada.

Las ideas de Locchi eran las ideas de una Europa que ya no existe: pero cuya inexistencia no era para él una razón para no defender o ilustrar tales principios. Pero cuando se le hacía el reproche, contestaba: sus ideas eran las ideas de la Europa eterna que esta Europa coyuntural de nuestra posguerra no quería, momentaneamente, reconocer.

Su actitud respecto al fascismo, por ejemplo, distaba mucho de ser simplemente reivindicativa o incluso revanchista. Giorgio Locchi quería, en el hervor cultural del paréntesis fascista, recoger todos los elementos que no eran caducos. Nos comunicó sus reflexiones a este respecto en su opúsculo titulado La esencia del Fascismo (ediciones Tridente, 1981). Se refiere allí a la visión del mundo que fue la inspiradora del fascismo histórico pero que no desapareció de ninguna manera con la derrota militar de este último. Esta obra constituye hoy aún un extraordinario "discurso de verdad", en el sentido griego, que pretende retirar del fascismo todas esas explicaciones fragmentarias que tienen curso actualmente y todas las formas de demonología que generan prejuicios sobre prejuicios. Locchi, en realidad, desarrolló una reflexión histórica propia según un esquema filosófico coherente, apoyado en una opción interdisciplinaria, que preparo una teoría sintética de la esencia del fascismo.

En su investigación, Locchi mantenía que no era posible entender el fascismo si no se daba cuenta de que era la primera manifestación política de un fenómeno espiritual y cultural más extenso, cuyo origen se remonta a la segunda mitad del siglo XIX y que él llamaba "suprahumanismo". Los polos de este fenómeno, que se asemeja a un enorme campo magnético, son Richard Wagner y Friedrich Nietzsche que, por sus obras, "agitaron" el "nuevo principio" y lo difundieron y diluyeron en la cultura europea entre el final del XIX y el principio del siglo XX.

Este principio es el "sentimiento del hombre" como voluntad de poder y sistema de valores. En este sentido, el principio suprahumanista, con el cual el fascismo está en relación "genética/espiritual", se articula como el rechazo absoluto del "principio igualitario" que se le opone y que domina al mundo de hoy, orígen de nuestra situación actual.

Locchi avanzaba la siguiente tesis: "Si los movimientos fascistas individualizaron al "enemigo" -espiritual antes que político - en las ideologías democráticas -liberalismo, parlamentarismo, socialismmo, comunismo y anarquismo - es justamente porque, en la perspectiva histórica instituida por el principio superhumanista estas ideologías se configuran como otras tantas manifestaciones, aparecidas sucesivamente pero aún presentes todas, del opuesto principio igualitarista; todas tienden a un mismo fin con un grado diverso de conciencia y todas ellas causan la decadencia espiritual y material de Europa, el "envilecimiento progresivo" del hombre europeo, la disgregación de las sociedades occidentales."

Conectando estas consideraciones con la prospectiva histórica en la cual opera el fascismo, al unísono con los otros fascismos europeos, Locchi realiza una tesis del más alto interés que contribuye a la "desocultación" del fascismo, sacando a la luz su esencia propia.

Estos temas, Locchi los desarrolló en su obra Wagner, Nietzsche e il mito sovrumanista  (Akropolis, 1982; nota: se trata parcialmente de una edición de sus artículos de musicología aparecidos en francés en Nouvelle École,  n°30 y 31/32). En su brillante prólogo, Paolo Isotta preciso, con minucia, cuáles son las tendencias igualitarias y cuáles son las tendencias suprahumanistas que entran en juego y las coloca como dos concepciones del mundo antitéticas e irreconciliables. Es un libro muy denso, especialmente difícil, a veces repelente en algunos de sus capítulos; sin embargo cuando Isotta y yo mismo lo presentamos frente a una audiencia llena de estudiantes napolitanos, en diciembre de 1982, parecía verdaderamente cautivar a estos jóvenes que permanecieron atentos durante dos horas y luego acosaron a Locchi con cientos de preguntas pertinentes, que no tenían realmente nada de banales. El autor no pareció sorprendido.

Además de este libro, tengo de Locchi otro gran recuerdo: el de su polémico libro El mál americano (Lede, 1979), al cual Alain de Benoist añadio algunas pequeñas notas complementarias (nota: en francés, este texto aparece en Nouvelle École  n°27-28, bajo el seudónimo de Hans-Jürgen Nigra, también utilizado en la edición alemana). Este texto es capital a mi juicio ya que desmonta la mecánica del colonialismo cultural americano y nos permite echar otro vistazo sobre América. A Locchi, en cambio, le no gustaba demasiado este texto, considerando que él destacaba que era más combativo que formativo, que era más polémico que filosófico.

En los cajones de la oficina de Giorgio Locchi, se encuentran numerosos proyectos, bosquejos de textos, el esquema de un libro sobre Heidegger y de otro sobre la concepción del tiempo en los Indoeuropeos. Permanecerán ciertamente tal como Giorgio los dejó porque antes de todas las cosas, él era un perfeccionista y no quería publicar nada sin estar convencido plenamente de que valía la pena.

Permanece aún, entre las innumerables cartas que constituyen su correspondencia, una espléndida novela sobre un héroe italiano que combate en Alemania una guerra desesperada para defender a Europa. No se sabrá nunca si fue por pudor o por orgullo que Giorgio Locchi siempre se nego a presentarla a un editor.

 Autor: Gennaro Malgieri

El viento divino o la muerte voluntaria

El viento divino o la muerte voluntaria

Nuestra sombría discusión fue interrumpida por la llegada de un automóvil negro que venía por la carretera, rodeado de las primeras sombras del crepúsculo".

 

Rikihei Inoguchi, oficial del estado mayor y asesor del grupo Aéreo 201 japonés, charlaba con el comandante Tamai sobre el giro adverso que había tomado la guerra. Aquel día, 19 de octubre de 1944, había brillado el Sol en Malacabat, un pequeño pueblo de la isla de Luzón, en unas Filipinas todavía ocupadas por los ejércitos de Su Majestad Imperial, Hiro-Hito. "Pronto -recuerda Inoguchi- reconocimos en el interior del coche al almirante Takijiro Ohnishi..." Era el nuevo comandante de la fuerzas aeronavales japonesas en aquel archipiélago. "He venido aquí -dijo Ohnishi- para discutir con ustedes algo de suma importancia. ¿Podemos ir al Cuartel General?"

 

El almirante, antes de comenzar a hablar, miró en silencio al rostro de los seis oficiales que se habían sentado alrededor de la mesa. "Como ustedes saben, la situación de la guerra es muy grave. La aparición de la escuadra americana en el Golfo de Leyte ha sido confirmada (...) Para frenarla -continuó Ohnishi- debemos alcanzar a los portaviones enemigos y mantenerlos neutralizados durante al menos una semana". Sin una mueca, sentados con la espalda recta, los militares de las fuerzas combinandas seguían el curso de las palabras del almirante. Y entones vino la sorpresa.

 

"En mi opinión, sólo hay una manera de asegurar la máxima eficiencia de nuestras escasas fuerzas: organizar unidades de ataque suicidas compuestas por cazas Zero armados con bombas de 250 kilogramos. Cada avión tendría que lanzarse en picado contra un portaviones enemigo... Espero su opinión al respecto".

 

Tamai tuvo que tomar la decisión. Fue así como el Grupo Aéreo 201 de las Filipinas se puso al frente de todo un contingente de pilotos que enseguida le seguirían, extendiéndose el gesto de Manila a las Marianas, de Borneo a Formosa, de Okinawa al resto de las islas del Imperio del Sol Naciente, el Dai Nippon, sin detenerse hasta el día de la rendición.

 

Tras celebrar una reunión con todos los jefes de escuadrilla, Tamai habló al resto de los hombres del Grupo Aéreo 201; veintitrés brazos jóvenes, adolescentes, "se alzaron al unísono anunciando un total acuerdo en un frenesí de emoción y de alegría". Eran los primeros de la muerte voluntaria. Pero, ¿quién les mandaría e iría con ellos a la cabeza, por el cielo, y caer sobre los objetivos en el mar? El teniente Yukio Seki, el más destacado, se ofreció al comandante Tamai para reclamar el honor. Aquel grupo inicial se dividiría en cuatro secciones bautizadas con nombres evocadores: "Shikishima" (apelación poética del Japón), "Yamato" (antigua designación del país), "Asahi" (Sol naciente) y "Yamazukura" (cerezo en flor de las montañas).

 

Configurado de este modo el Cuerpo de Ataque Especial, sólo restaba buscarle una identidad también muy especial, como indicó oportunamente Inoguchi; y fue así como se bautizó a la "Unidad Shimpu". Shimpu, una palabra repleta de la filosofía del Zen. En realidad no tiene ningún sentido, es una mera onomatopeya, pero es otra de las formas de leer los ideogramas que forman la palabra KAMIKAZE, "Viento de los Dioses".

 

"Está bien -asintió Tamai-. Después de todo, tenemos que poner en acción un Kamikaze". El comandante Tamai dio el nombre a las unidades suicidas japonesas, llamando a sus componentes los "pilotos del Viento Divino".

 

La escuadrilla Shikishima, al frente de la cual se hallaba el teniente Seki, salió, para ya no regresar, el 25 de octubre de 1944, desde Malacabat, a las siete y veinticinco de la mañana. Sobre las once del día, los cinco aparatos destinados divisaron al enemigo en las aguas de las Filipinas. El primero en entrar en picado y romperse súbitamente, como un cristal, fue el teniente Seki, seguido de otro kamikaze a corta distancia, hundiendo el portaviones "St.Lo", de la armada norteamericana. Ante los ojos incrédulos de los yanquis, los restantes tres pilotos se lanzaron a toda velocidad en su último vuelo, a 325 kilómetros por hora en un ángulo de 65 grados, hundiendo el portaviones "Kalinin Bay" y dejando fuera de combate los destructores "Kitkun" y "White Plains". Siguiendo su ejemplo, la unidad Yamato emprendió vuelo un día después, el 26 de octubre, al encuentro certero con la muerte, después de brindar con sake y entonar una canción guerrera por aquel entonces muy popular entre los soldados:

 

"Si voy al mar, volveré cadáver sobre las olas.

 

Si mi deber me llama a las montañas,

 

la hierba verde será mi mortaja .

 

Por mi emperador no quiero morir en la paz del hogar".

 

Tras el primer asombro, un soplo gélido de terror sacudió las almas del enemigo, los soldados de la Tierra del Dólar.

 

Lo asombroso del Cuerpo Kamikaze de Ataque Especial no fue su novedad, ni siquiera durante la Segunda Guerra Mundial. Fue su especial espíritu y sus numerosísimos voluntarios lo que les distinguió de otras actitudes heroicas semejantes, de igual o superior valor. La invocación del nombre del Kamikaze despertaba en los japoneses la vieja alma del Shinto, los milenarios mitos inmortales anclados en la suprahistoria, y recordaba que cada hombre podía convertirse en un "Kami", un dios viviente, por la asunción enérgica de la muerte voluntaria como sacrificio, y alcanzar así la "vida que es más que la vida".

 

De hecho, la táctica del bombardeo suicida ("tai-atari") ya había sido utilizada por las escuadrillas navales en sus combates de impacto aéreo contra los grandes bombarderos norteamericanos. Pero aisladamente. Asímismo, otros casos singulares de enorme heroísmo encarando una muerte segura tuvieron lugar durante esa guerra. Yukio Mishima, en sus "Lecciones espirituales para los jóvenes samurai", nos narra una anécdota entre un millón que, por su particular belleza, merece ser aquí recordada. Y dice de este modo: "Se ha contado que durante la guerra uno de nuestros submarinos emergió frente a la costa australiana y se arrojó contra una nave enemiga desafiando el fuego de sus cañones. Mientras la Luna brillaba en la noche serena, se abrió la escotilla y apareció un oficial blandiendo su espada catana y que murió acribillado a balazos mientras se enfrentaba de este modo al poderoso enemigo".

 

Más lejos y mucho antes, también entre nosotros, tan acostumbrados a la tragedia de antaño, de siempre, en la España medieval, se produjo un caso parecido a este del Kamikaze, salvando, claro está, las distancias. Con los musulmanes dominando el sur de la Península, surgieron entre los cristianos mozárabes, sometidos al poder del Islam, unos que comenzaron a llamarse a sí mismos los "Iactatio Martirii", los "lanzados", los "arrojados al martirio", es decir, a la muerte. Los guiaba e inspiraba el santo Eulogio de Córdoba, y actuaron durante ocho años bajo el mandato de los califas, entre el año 851 y el 859. Su modo de proceder era el siguiente: penetraban en la mezquita de manera insolente, siempre de uno en uno, y entonces, a sabiendas de que con ello se granjeaban una muerte sin paliativos, abominaban del Islam e insultaban a Mahoma. No tardaban en morir por degollamiento. Hubo por este camino cuarenta y nueve muertes voluntarias. El sello lo puso Eulogio con la suya propia el último año.

 

Tampoco se encuentra exenta la Naturaleza de brindarnos algún que otro ejemplo claro de lo que es un kamikaze. De ello, el símbolo concluyente es el de la abeja, ese insecto solar y regio que vive en y por las flores, las únicas que saben caer gloriosas y radiantes, jóvenes, en el esplendor de su belleza, apenas han comenzado a vivir por primavera. Igual que la abeja, que liba el néctar más dulce y está siempre dispuesta para morir, así actúa también el kamikaze, cayendo en a una muerte segura frente al intruso que pretende hollar las tierras del Dai Nippon. El marco tiene todos los ingredientes para encarnar el misterio litúrgico o el acto del sacrificio, del oficio sacro.

 

En "El pabellón de oro", Yukio Mishima describe una misión simbólica. Una abeja vela en torno a la rueda amarilla de un crisantemo de verano (el crisantemo, la flor simbólica del Imperio Japonés); en un determinado instante -escribe Mishima- "la abeja se arrojó a lo más profundo del corazón de la flor y se embadurnó de su polen, ahogándose en la embriaguez, y el crisantemo, que en su seno había acogido al insecto, se transformó, asimismo, en una abeja amarilla de suntuosa armadura, en la que pude contemplar frenéticos sobresaltos, como si ella intentase echarse a volar, lejos de su tallo". ¿Hay una imagen más perfecta para adivinar la creencia shintoísta de la transformación del guerrero, del artesano, del príncipe, del que se ofrenda en el seno del Emperador, a su vez fortalecido por el sacrificio de sus servidores? Desde hace más de dos mil seiscientos años, el Trono del Crisantemo (una línea jamás ininterrumpida) es de naturaleza divina: ellos son descendientes directos de la diosa del Sol, Amaterasu-omi-Kami; los "Tennos", los emperadores japoneses, son las primeras manifestaciones vivientes de los dioses invisibles creadores, en los orígenes, de las islas del Japón. No son los representantes de Dios, son dioses... por ello, Mishima, en su obra "Caballos desbocados", define así, con absoluta fidelidad a la moral shintoísta, el principio de la lealtad a la Vía Imperial (el "Kodo"): "Lealtad es abandono brusco de la vida en un acto de reverencia ante la Voluntad Imperial. Es el precipitarse en pleno núcleo de la Voluntad Imperial".

 

Corría el siglo XIII, segunda mitad. El budismo no había conseguido todavía apaciguar a los mongoles, cosa de lo que más tarde se ha ufanado. Kublai-Khan, el nieto de Temujin, conocido entre los suyos como Gengis-Khan, acababa de sumar el reino de Corea al Imperio del Medio. Sus planes incluían el Japón como próxima conquista. Por dos veces, una en 1274 y otra en 1281, Kublai-Khan intentó llegar a las tierras del Dai Nippon con poderosos navíos y extraordinarios efectos psíquicos y materiales; y por dos veces fue rechazado por fuerzas misteriosas sobrehumanas. Primero, una tempestad y después un tifón desencadenados por los kami deshicieron los planes del Emperador de los mongoles. Ningún japonés olvidaría en adelante aquel portentoso milagro, que fue recordado en la memoria colectiva con su propio nombre: "Kamikaze", viento de los kami, Viento Divino.

 

El descubrimiento del país de Yamato, al que Cristobal Colón llamaba Cipango, y que fue conocido así también por los portugueses y después por los jesuitas españoles, por los holandeses e ingleses que les siguieron en el siglo XVI, no fue del todo mal recibido por los shogunes del Japón. Sin embargo, un poco antes de mediados de la siguiente centuria, el shogunado de Tokugawa Ieyashu había empezado a desconfiar de los "bárbaros" occidentales, por lo que decide la expulsión de los extranjeros, impide las nuevas entradas y prohibe la salida de las islas a todos los súbditos del Japón. En 1647 se promulga el "Decreto de Reclusión", por el cual el Dai Nippon se convertiría de nuevo en un mundo interiorizado, en un país anacoreta. Japón se cerró al comercio exterior y a las influencias ideológicas de Occidente, ya tocado irreversiblemente por el espíritu de la modernidad. De esta forma es como se vivió en aquellas tierras hasta bien entrado el siglo XIX, de espaldas a los llamados "progresos". Japón ignorará también el nacimiento de una nueva nación que para su desgracia no tardará en ser, con el tiempo, la expresión más cabal de su destino fatídico, como le sucedería igualmente a otros pueblos de formación tradicional. La nueva nación se autodenominará "América", pretendiendo asumir para sí el destino de todo un continente. Intolerable le resultará al Congreso y al presidente Filemore la existencia de un pueblo insolente, fiel a sí mismo, obstinado en seguir cerrado por propia voluntad al comercio y a las "buenas relaciones". Japón debía ser abierto, y, si fuera preciso, a fuerza de cañonazos. Todo muy democráticamente. Todavía hoy, en el Japón moderno y americanizado, los barcos negros del almirante Perry son de infausta memoria.

 

Los estruendos de la pólvora y el hierro hicieron despertar bruscamente a muchos japoneses, para quienes la presencia norteamericana indicaba con claridad que la Tierra del Sol Naciente había descendido a los mismos niveles que las naciones decadentes, de los que antes estuvieron preservados. Muchos pensaron que la causa de tal desgracia le venía al Dai Nippon por haberse olvidado de los descendientes de Amaterasu, del Emperador, recluido desde hacía centurias en su palacio de Kioto. Por ello se alzó enseguida una revuelta a los gritos de "¡Joy, joy!" (¡fuera, fuera!, referido a los extranjeros) y de "¡Sonno Tenno!" (¡venerad al Emperador!). La restauración Meiji de 1868 se apuntaló bajo el lema del "fukko", el retorno al pasado. Pero la tierra de Yamato tuvo que aceptar por la fuerza la nueva situación y ponerse a rivalizar con el mundo moderno, pero sin perder de vista su espíritu invisible, al que siguió siendo fiel. Cuando Yukio Mishima escribe sobre esa época, piensa lo que otros también pensaron como él. Y, así, anota: "Si los hombres fuesen puros, reverenciarían al Emperador por encima de todo. El Viento Divino (el Kamikaze) se levantaría de inmediato, como ocurrió durante la invasión mongola, y los bárbaros serían expulsados".

 

Año de 1944. Mes de octubre. El Japón se encuentra en guerra frente a las potencias anglonorteamericanas. La escuadra yanqui está cercando las islas Filipinas, y en sus aguas orientales se aproxima, golpe tras golpe, hacia el mismo corazón del Imperio... El almirante Onhisi concibe la idea de lanzar a los pilotos kamikaze...

 

El mismo día en que el Emperador Hiro-Hito decide anunciar la rendición incondicional de las armas japonesas y se lo comunica al pueblo entero por radio (¡era la primera vez que un Tenno hablaba directamente!), el comandante supremo de la flota, vicealmirante Matome Ugaki, había ordenado preparar los aviones bombarderos de Oita con el fin de lanzarse en vuelo kamikaze sobre el enemigo anclado en Okinawa. Era el 15 de agosto de 1945. En su último informe, incluyó sus reflexiones finales...: "Sólo yo, Majestad, soy responsable de nuestro fracaso en defender la Patria y destruir al ensoberbecido enemigo. He decidido lanzarme en ataque sobre Okinawa, donde mis valerosos muchachos han caído como cerezos en flor. Allí embestiré y destruiré al engreído enemigo. Soy un bushi, mi alma es el reflejo del Bushido. Me lanzaré portando el kamikaze con firme convicción y fe en la eternidad del Japón Imperial. ¡Banzai!". Veintidós aviadores voluntarios salieron con él, sólo por seguirle en el ejemplo de su última ofrenda. No estaban obligados. La guerra había concluido. Pero... no obstante, tampoco podían desobedecer las órdenes del Emperador, que mandaba no golpear más al adversario. Se estrellaron en las mismas narices de los norteamericanos, que contemplaron atónitos un espectáculo que no podían comprender... Ugaki hablaba del Bushido -el código de honor de los guerreros japoneses-. ¿Acaso no es el kamikaze, por esencia y por sentencia, un samurai?

 

En los botones de sus uniformes, los aviadores suicidas llevaban impresas flores de cerezo de tres pétalos, conforme al sentido del viejo haiku (poema japonés de dieciséis sílabas) del poeta Karumatu:

 

"La flor por excelencia es la del cerezo,

 

el hombre perfecto es el caballero"

 

El cerezo es una flor simbólica en las tierras japonesas, nace antes que ninguna otra, antes de iniciarse la primavera, para, en la plenitud de su gloria, caer radiante; es la flor de más corta juventud, que muere en el frescor de su belleza. Siempre fue el distintivo de los samurai.

 

Al encenderse los motores, los pilotos kamikaze se ajustaban el "hashimaki", la banda de tela blanca que rodea la cabeza con el disco rojo del Sol Naciente impreso junto a algunas palabras caligrafiadas con pincel y tinta negra, al modo como antaño lo usaron los samurai antes de entrar en batalla, al modo como cayeron los últimos guerreros japoneses del siglo XIX con sus espadas catana siguiendo al caudillo Saigo Takamori frente a los "marines" del almirante Perry. En la mente fresca y clara, iluminada por el Sol, no había sitio para las turbulencias. Sobre todos, unos ideogramas se repetían hasta la saciedad: "Shichisei Hokoku" ("Siete vidas quisiera tener para darlas a la Patria"). Eran los mismos ideogramas que por primera vez puso sobre su frente Masashige Kusonoki cuando se lanzó a morir a caballo, en un combate sin esperanzas, allá por el siglo XIV; los mismos ideogramas que se colocó alrededor de la cabeza Yukio Mishima en el día de su muerte ritual.

 

Yukio Mishima, obsesionado por la muerte ya desde su niñez y adolescencia, estuvo a punto de ser enrolado en el Cuerpo Kamikaze de Ataque Especial. Se deleitaba pensando románticamente que si un día se le diera la oportunidad se ser un soldado, pronto tendría una ocasión segura para morir. Sin embargo, cuando fue llamado a filas y se vio libre de ser incorporado al tomársele erróneamente por un enfermo de tuberculosis, el mejor escritor japonés de los tiempos modernos no hizo nada por deshacer el engaño del oficial médico, saliendo a la carrera de la oficina de reclutamiento. Aquello, pese a todo, le pareció a Mishima un acto de infamante cobardía, como lo confesará más tarde en repetidas ocasiones. El desprecio de su propia actitud fue uno de los factores de menor importancia en el día de su "seppuku" (el "hara-kiri", el suicidio ritual), pero que le llevó a meditar durante años sobre la condición interior del kamikaze. Para Mishima no cabía la menor duda: aquellos pilotos que hicieron ofrenda de sus vidas, con sus aparatos, eran verdaderos samurai. En "El loco morir", afirma que el kamikaze se encuentra religado al Hagakure, un texto escrito entre los siglos XVII y XVIII por Yocho Yamamoto, legendario samurai que tras la muerte de su señor se hizo ermitaño. El Hagakure llegó a ser el libro de cabecera de los samurai, el texto que sintetizó la esencia del Bushido. En cinco puntos finales, venía a decir:

 

- El Bushido es la muerte.

 

- Entre dos caminos, el samurai debe siempre elegir aquél en el que se

 

muere más deprisa.

 

- Desde el momento en que se ha elegido morir, no importa si la muerte

 

se produce o no en vano. La muerte nunca se produce en vano.

 

- La muerte sin causa y sin objeto llega a ser la más pura y segura,

 

porque si para morir necesitamos una causa poderosa, al lado

 

encontraremos otra tan fuerte y atractiva como ésta que nos impulse a vivir.

 

- La profesión del samurai es el misterio del morir.

 

Para el hombre que guarda la semilla de lo sagrado, la muerte es siempre el rito de paso hacia la trascendencia, hacia lo absoluto, hacia la Divinidad; por esa razón suenan, incluso hoy, sin extrañezas, las primeras palabras del almirante Ohnisi en su discurso de despedida al primer grupo de pilotos kamikaze constituido por el teniente Seki:

 

"Vosotros ya sois kami (dioses), sin deseos terrenales..."

 

Ya eran dioses vivientes, y como tales se les veneraba, aunque todavía "no hubieran muerto"; porque, sencillamente, "ya estaban muertos". Los resultados de sus acciones pasaban al último plano de las consideraciones a evaluar. No importaban demasiado... Aunque realmente los hubo: durante el año y medio que duraron los ataques kamikaze, fueron hundidos un total de 322 barcos aliados, entre portaviones, acorazados, destructores, cruceros, cargueros, torpederos, remolcadores, e, incluso, barcazas de desembarco; ¡la mitad de todos los barcos hundidos en la guerra!

 

Para Mishima, el caza Zero era semejante a una espada catana que descendía como un rayo desde el cielo azul, desde lo alto de las nubes blancas, desde el mismo corazón del Sol, todos ellos símbolos inequívocos de la muerte donde el hombre terreno, que respira, no puede vivir, y por los que paradójicamente todos esos hombres suspiran en ansias de vida inmortal, eterna. "Hi-Ri-Ho-Ken-Ten" fue la insignia de una unidad kamikaze de la base de Konoya. Era la forma abreviada de cuatro lemas engarzados: "La Injusticia no puede vencer al Principio. El Principio no puede vencer a la Ley. La Ley no puede vencer al Poder. El Poder no puede vencer al Cielo".

 

Aquel 15 de agosto de 1945, cuando el Japón se rendía al invasor, el almirante Takijiro Ohnishi se reunió por última vez con varios oficiales del Estado mayor, a quienes había invitado a su residencia oficial. ¿Una despedida? Los oficiales se retiraron hacia la medianoche. Ya a solas, en silencio, el inspirador principal del Cuerpo Kamikaze de Ataque Especial se dirigió a su despacho, situado en el segundo piso de la casa. Allí se abrió el vientre conforme al ritual sagrado del seppuku. No tuvo a su lado un kaishakunin, el asistente encargado de dar el corte de gracia separándole la cabeza del cuerpo cuando el dolor se hace ya extremadamente insoportable... Al amanecer fue descubierto por su secretario, quien le encontró todavía con vida, sentado en la postura tradicional de la meditación Zen. Una sola mirada bastó para que el oficial permaneciera quieto y no hiciera nada para aliviar o aligerar su sufrimiento. Ohnishi permaneció, por propia voluntad, muriendo durante dieciocho horas de atroz agonía. Igonaki, Inoguchi y otros militares que le conocían que el almirante, desde el mismo instante en que concibiera la idea de los ataques kamikaze, había decidido darse la muerte voluntaria por sacrificio al estilo de los antiguos samurai, incluso aunque las fuerzas del Japón hubieses alcanzado finalmente la victoria. En la pared, colgaba un viejo haiku anónimo:

 

"La vida se asemeja a una flor de cerezo.

 

Su fragancia no puede perdurar en la eternidad".

 

Poco antes de la partida, los jóvenes kamikaze componían sus tradicionales poemas de abandono del mundo, emulando con ello a los antiguos guerreros samurai de las epopeyas tradicionales. La inmensa mayoría de ellos también enviaron cartas a sus padres, novias, familiares o amigos, despidiéndose pocas horas antes de la partida sin retorno. Ichiro Omi se dedicó, después de la guerra, a peregrinar de casa en casa, pidiendo leer aquellas cartas. su intención era publicar un libro que recogiese todo aquel material atesorado por las familias y los camaradas, y fue así como muchas de aquellas cartas salieron a la luz. Bastantes de éstas y otras fueron a parar a la base naval japonesa de Etaji. Allí también peregrinó Yukio Mishima, poco antes de practicarse el seppuku, releyéndolas y meditándolas. Una, sobre las otras, le conmovió, actuando en su interior como un verdadero koan (el "koan" es, en la práctica del budismo Zen, la meditación sobre una frase que logra desatar el "satori", la iluminación espiritual). Mishima tuvo la tentación de escribir una obra sobre los pilotos del Viento Divino, y así apareció su obra "Sol y Acero". Un breve párrafo de estas cartas y algunos otros de las tomadas por Omi son las fuentes de esta antología:

 

"En este momento estoy lleno de vida. Todo mi cuerpo desborda juventud y fuerza. Parece imposible que dentro de unas horas deba morir (...) La forma de vivir japonesa es realmente bella y de ello me siento orgullo, como también de la historia y de la mitología japonesas, que reflejan la pureza de nuestros antepasados y su creencia en el pasado, sea o no cierta esa creencia (...) Es un honor indescriptible el poder dar mi vida en defensa de todo en lo creo, de todas estas cosas tan bellas y eminentes. Padre, elevo mis plegarias para que tenga usted una larga y feliz vida. Estoy seguro que el Japón surgirá de nuevo".

 

Teruo Yamaguchi.

 

"Queridos padres: Les escribo desde Manila. Este es el último día de mi vida. Deben felicitarme. Seré un escudo para Su Majestad el Emperador y moriré limpiamente, junto con mis camaradas de escuadrilla. Volveré en espíritu. Espero con ansias sus visitas al santuario de Kishenai, donde coloquen una estela en mi memoria ".

Isao Matsuo.

 

"Elevándonos hacia los cielos de los Mares del Sur, nuestra gloriosa misión es morir como escudos de Su Majestad. Las flores del cerezo se abren, resplandecen y caen (...) Uno de los cadetes fue eliminado de la lista de los asignados para la salida del no-retorno. Siento mucha lástima por él. Esta es una situación donde se encuentran distintas emociones. El hombre es sólo mortal; la muerte, como la vida, es cuestión de probabilidad. Pero el destino también juega su papel. Estoy seguro de mi valor para la acción que debo realizar mañana, donde haré todo lo posible por estrellarme contra un barco de guerra enemigo, para así cumplir mi destino en defensa de la Patria. Ikao, querida mía, mi querida amante, recuérdame, tal como estoy ahora, en tus oraciones".

 

Yuso Nakanishi

 

"Ha llegado la hora de que mi amigo Nakanishi y yo partamos. No hay remordimiento. Cada hombre debe seguir su camino individualmente (...) En sus últimas instrucciones, el oficial de comando nos advirtió de no ser imprudentes a la hora de morir. Todo depende del Cielo. Estoy resuelto a perseguir la meta que el destino me ha trazado. Ustedes siempre han sido muy buenos conmigo y les estoy muy agradecido. Quince años de escuela y adiestramiento están a punto de rendir frutos. Siento una gran alegría por haber nacido en el Japón. No hay nada especial digno de mención, pero quiero que sepan que disfruto de buena salud en estos momentos. Los primeros aviones de mi grupo ya están en el aire. Espero que este último gesto de descargar un golpe sobre el enemigo sirva para compensar, en muy reducida medida, todo lo que ustedes han hecho por mí. La primavera ha llegado adelantada al sur de Kyushu. Aquí los capullos de las flores son muy bellos. Hay paz y tranquilidad en la base, en pleno campo de batalla incluso. Les suplico que se acuerden de mí cuando vayan al templo de Kyoto, donde reposan nuestros antepasados".

 

Autor: Isidro Juan Palacios

El comandante y la décima musa

El comandante y la décima musa

 La fascinante historia de D'Annunzio en Fiume 

Quizá sería más justo conocer a D´Annunzio por su amplia y rica obra literaria. Alguien ha dicho que él "dió fondo a todas las posibilidades de la literatura" y que tuvo "una fe absoluta en el valor de la literatura" (1). Pero el nombre de este Leonardo da vinci de las letras está indisolublemente unido a la acción, a Fiume. Antes de ponerme a redactar estas líneas he rebuscado por curiosidad en varias librerías, tratando de conocer qué puede leer el público en español de D´Annunzio; sólo he podido encontrar una edición de los "Cuentos del río Pescara" en Alianza Ed. (col. Alianza Tres), otra del "Canto nuevo", bilingüe, de Ed. Lumen y una tercera, traducción al catalán de "El placer" de Ed. 62... Aunque me consta que ha habido otras ediciones de obras suyas una conclusión se impone: uno de los escritores italianos más importantes de este siglo, reverenciado en vida por sus compatriotas, que mantienen hoy tan vivo su interés por él como para conmemorar ampliamente el 50 aniversario de su muerte, es –en España- un autor del samiszdat (2).

Mientras que en nuestro país se conmemora de forma prácticamente institucional el mítico mayo del 68, queriéndonos imponer la idea de que aquel gigantesco "bluf" fue uno de los momentos estelares de la historia nadie parece querer recordar que fue D´Annunzio quien acuñó la idea de "la imaginación al poder". Pero entremos en materia. La aventura de D´Annunzio en Fiume es inseparable de su participación en la I Guerra Mundial e, incluso más, de su actividad en el movimiento intervencionista. En un mundo intelectual dominado por el discurso irenista como el de hoy, casi cuesta trabajo imaginarnos a un intelectual de prestigio predicando ardorosamente la participación de su país en una guerra. Hay que anotar, en primer lugar, que en 1914 la guerra era una realidad que tiene poco que ver con el conflicto concebido por los estrategas actuales (con armas de destrucción masiva –químicas y nucleares- y sistemas de armas convencionales basados en tecnologías de punta, capaces de destruir al enemigo sin tan siquier verlo) y casi se parecía más a la que se había librado en la Edad Media. Hoy estar a favor de una guerra es predicar la llegada del Apocalipsis, ya que existe en la actualidad la temible posibilidad de acabar con toda forma de vida en el planeta, derivada de la ideología igualitaria-pacifista que, en su deseo de abolir la historia, de suprimir el conflicto ha creado los medios para conseguir que la próxima guerra sea la última... No era esta la modalidad de guerra que se presentaba ante los intervencionistas italianos; sin duda sería una guerra cruel, pero estaría muy lejos de toda posibilidad de aniquilación masiva.

Pero aún queda otra pregunta: ¿por qué entrar en guerra? En el intervencionismo italiano debemos distinguir entre una corriente de izquierdas y otra de derechas. Los últimos veían en la guerra una posibilidad para Italia de recuperar las regiones irredentas: una típica guerra nacionalista. Mucho más interesante fue el intervencionismo de izquierda, donde confluyeron futuristas (Marinetti), sindicalistas revolucionarios (Panunzio, Michels) y socialistas disidentes (Mussolini). Los futuristas, en su ferviente deseo de acabar con la moral pequeño-burguesa, estaban dispuestos a todo con tal de liquidar aquel mundo y no dudaban en predicar que la guerra era "la única higiene del mundo" (3). Los sindicalistas revolucionarios y socialistas disidentes habían descubierto que las masas obreras eran enteramente permeables a las ideas nacionalistas con motivo de la guerra italo-turca por Libia (en 1911) y habían extraído de ahí una lección importante: la nacionalidad era más eficaz como motor de la movilización de las masas que las ideas de clase. Si se conseguía llevar a los italianos a la guerra, venciendo la oposición del Parlamento, éste quedaría totalmente desacreditado, y con él todo el sistema de dominación político construido por la burguesía, abriendo así la posibilidad a una crisis revolucionaria (4). La guerra era sí entendida y presentada como una guerra revolucionaria.

D´Annunzio participaba en esta última tendencia. Aunque había iniciado una breve carrera política en las filas de la derecha, en una famosa ocasión abandonó su escaño para dirigirse "hacia la Vida", sentándose entre los diputados de la izquierda. La más conocida contribución de D´Annunzio a la causa intervencionista fue la "Oración de Quarto" (5), magnífica pieza oratoria, con una significativa transvaloración implícita de las bienaventuranzas del Sermón de la Montaña, en la mejor tradición de la religiosidad pagana:

"Bienaventurados los que tienen, porque podrán dar más, porque podrán arder. Bienaventurados los que tienen veinte años, una mente casta, un cuerpo templado y una madre animosa. Bienaventurados aquellos que, esperando y confiando, no disipan sus fuerzas, sino que las preservan con la disciplina del guerrero (...) Bienaventurados los que tienen hambre de gloria, porque serán saciados (...) Bienaventurados los puros de corazón, felices al retornar victoriosos, porque verán la nueva faz de Roma, la frente coronada de Dante, la belleza triunfal de Italia" (6).

Después de pronunciar palabras tan encendidas cabía esperar que D´Annunzio se alistara como soldado... pese a que contara ya con más de 50 años (nació el 12 de marzo de 1863). Esto no desanimó al celebrado poeta, que movió todos los hilos de sus influencias hasta conseguir ser alistado. Su hoja de servicios militar resulta abrumadora: tres Cruces al Mérito de Guerra, una Medalla de Bronce al Valor Militar, tres ascensos por méritos en campaña, Cruz de Oficial de la Orden Militar de Saboya, seis Medallas de Plata y la codiciadísima Medalla de Oro al valor Militar. Lo más singular es que en los años de guerra D´Annunzio sirvió en las tres ramas de las Fuerzas Armadas. En tierra combatió como oficial de Lanceros (no fue casual, desde luego, su elección de la Caballería) y en el mar como tripulante de lanchas torpederas. En una audaz incursión en las bases adriáticas de la Marina de guerra austro-húngara echó a pique un acorazado enemigo. El fue quien redefinió las siglas, M.A.S., de estas frágiles embarcaciones que de "motoscafo antisomergibili" (lanchas motoras antisubmarinos) pasaron a representar un épico "motto". "memente audere semper" ("recordar siempre el ser audaces"). Pero sus aventuras más celebradas las vivió en el aire. Eran otros tiempos, eran los tiempos del Barón Rojo. Hoy un piloto de "Thomcat" puede disparar, gracias a la sofisticada electrónica de su avión, hasta 14 misiles letales hacia enemigos que ni tan siquiera tiene al alcance de la vista; entonces el solo hecho de atreverse a montar en aquellos frágiles aparatos exigía dosis de valor más que considerables. Pilotando un hidroavión, D´Annunzio perdería un ojo en un amerizaje forzoso. Su hazaña más famosa consistió en dirigir una escuadrilla que, tras sobrevolar los Alpes, bombardeó Viena... con propaganda redactada por el poeta. Toda la mística del "beau geste" está reunida en este hecho: desafiar los colosales Alpes, a la aviación y la artillería antiaérea enemigas, tan sólo para demostrar su voluntad y su audacia.

La guerra fue una catarsis para D´Annunzio, que la sufrió acosado por el estruendo de la artillería en enfangadas trincheras, meciéndose en solitario en su lancha en medio de la oscuridad de las noches del Adriático y frágilmente orgulloso a bordo de su endeble avión. El poeta se había transmutado en el poeta-soldado y los italianos ya no dejarían de conocerlo salvo con esta definición. Pero el tiempo de los guerreros pasó y llegó el de los políticos. Tras la derrota de los Imperios centrales se reúnen las Conferencias de Paz (7) que deben definir las fronteras de Europa. Y pronto Italia va a sufrir un amargo descubrimiento: sus aspiraciones nacionales no son admitidas. En el llamado "Pacto de Londres", el Reino Unido y Francia habían reconocido a Italia la anexión de amplias regiones en la costa adriática, en Dalmacia. Pero los grandes vencedores del conflicto, los Estados Unidos, por obra y gracia de su presidente Woodrow Wilson, no reconocían aquel pacto. "La América de W. Wilson era la América del proceso a Sacco y Vanzetti (8) y esta América estaba difícilmente dispuesta a hacer concesiones importantes a los representantes italianos en las Conferencias de Paz" (9).

Un nuevo estado iba a crearse en los Balcanes, Yugoslavia. De hecho no era sino un "cocinado geopolítico" de dudosa viabilidad y estabilidad, tanto ayer como hoy mismo, y sería más apropiado llamarlo Gran Servia. Conviene recordar que Servia había sido el detonante del conflicto por su enfrentamiento con el Imperio Austro-Húngaro y ahora, vencidos los Imperios Centrales, había que premiar su dedicación a la causa aliada. La más profunda indignación sacudió a los excombatientes italianos. La rabia más feroz afloraba en sus expresiones. Tanta sangre vertida, tanta angustia, esfuerzo, dolor, ¿para qué? Sólo D´Annunzio supo dar una expresión magistral a esos sentimientos: "Nuestra victoria no será mutilada".

D´Annunzio había arrastrado, con su oratoria y con su ejemplo, a miles de hombres hasta los campos de batalla. Permitir ahora que las Conferencias de Paz traicionaran las aspiraciones de aquellos oscuros soldados era romper vilmente los silenciosos lazos de fidelidad establecidos entre los combatientes. En su "Lettera ai Dalmati" (enero de 1919) el poeta-soldado escribía:

"Hemos combatido por la Italia Grande. Queremos la Italia Grande (...) Yo y mis compañeros no queremos ser italianos en una Italia chocha por las influencias transatlánticas de Wilson, ni de una Italia amputada por la cirugía transalpina de Clemencau (...) estoy dispuesto a sacrificar todo amor, toda amistad, toda conveniencia por la causa de la Dalmacia italiana. Me tendréis con vosotros hasta el fin".

La situación era explosiva. Los EUA amenazaban con interrumpir toda ayuda económica (vital en aquellos momentos) si el Gobierno italiano persistía en reclamar la Dalmacia. Pero el gobierno que, como es habitual –casi diría que atávico- en la democracia italiana, se hallaba en una situación de extraordinaria debilidad política, difícilmente podía renunciar a una aspiración tan ampliamente compartida por el pueblo italiano. La inestable y potencialmente revolucionaria situación (la Europa de la primera postguerra mundial era campo abonado para toda suerte de experiencias revolucionarias) se complicaría extraordinariamente si el gobierno no acogía el clamor popular a favor de la Dalmacia italiana. Este clamor popular encontraba su mejor mentor en D´Annunzio. Aunque había nacido en Pescara, en los Abruzzos, el poeta-soldado era un veneciano adoptivo. Y, el 25 de abril de 1919, en la Plaza de San Marcos, el corazón de una Venecia que había construido su imperio en el Adriático, D´Annunzio volvía a alzar su voz ante un público expectante:

"Hoy, en todos los puertos de las ciudades dálmatas, en los muros de la ardiente Fiume, el libro está cerrado (10). Si lo reabrimos, lo haremos por la página donde está escrito, con la sangre de Montello, con la sangre de Vittorio Veneto, como sobre la puerta de Rovigo, VICTORIA TIBI MARCE, VICTORIA TIBI INTEGRA ITALIA" (11).

Días después, en mayo, bajo el recuerdo de la entrada de Italia en la guerra, tres años antes, vestido con su uniforme de Lanceros y con un parche sobre su ojo vacío, arengaba a las masas en el "Augusteo" de Roma:

"Nuestro mayo épico vuelve a comenzar y de nuevo estoy ante vosotros. Una vez más, yo estoy dispuesto y vosotros también (...) Levantaos, levantaos de nuevo con todo vuestro ardor contra los que os deshonran, contra los políticos que os traicionan... Allí, en las rutas de Istria y de Dalmacia, construidas por los romanos, ¿no oís el paso cadencioso de un ejército en marcha? Los muertos avanzan más rápido que los vivos. ¿Qué esperáis para uniros a ellos?".

Y en la tarde del 6 de mayo, desde el Capitolio, se dirige a más de 50.000 absortos oyentes:

"El heroísmo ha resplandecido durante cuatro años de guerra se ha extinguido en todas partes, salvo en Italia. Todo aquello que ha arrojado los destellos más vivos no es ahora sino carbón apagado, bueno tan sólo para escribir sobre un muro blanco las cotizaciones de la Bolsa".

Llegados aquí se hace imprescindible alguna información sobre la ciudad de Fiume. Situada geográficamente en la costa croata, había pertenecido a la doble corona austro-húngara. Si Trieste había sido la salida al mar de Viena, Fiume lo había sido para Budapest. Ciudad de gran interés estratégico y económico, estaba habitada por croatas y húngaros pero, sobre todo, por italianos, que eran el grupo nacional que impulsaba el desarrollo de la ciudad. Si el lector desea localizarla en el mapa debe buscarla bajo su actual nombre de Rijeka, en el extremo oriental del itsmo de la península de Istria. Durante los años de pertenencia al Imperio había tenido un estatuto de autonomía muy amplio, que garantizaba a los italianos el dominio de la ciudad. Ahora el nuevo Estado yugoslavo pensaba incorporarla a su soberanía y el fin de su italianidad se presagiaba como inminente. Los fiumanos eran, de entre todos los italianos que poblaban las costas dálmatas (había fuertes colonias en Pola, en Zara, en Spalato, en Ragusia...) los más decididos a mantener libre y viva su italianidad.

La lucha por Fiume se inició en octubre de 1918. Fuertes contingentes italianos se hallaban desplegados en toda la Dalmacia, ocupando los despojos del Imperio Austro-Húngaro hasta que se firmara la Paz. Pero el día 28 tropas yugoslavas entraron en la ciudad. Los ciudadanos italianos reaccionaron constituyendo un Consejo Nacional que proclamó su voluntad de unirse a Italia y pidió ayuda en este sentido a los soldados del III Ejército italiano. Buques de guerra italianos anclaron en el puerto y, simultáneamente, la crisis devino internacional. Los franceses apoyaban, casi sin reservas, a los yugoslavos, ya que esperaban transformarse en la potencia hegemónica en los Blacanes, gracias a una estrecha alianza con la nueva nación y con Rumanía. Los ingleses, como siempre, practicaban una política más sibilina: Fiume era un gran puerto, con importantes astilleros y si no caía en manos italianas los navieros y comerciantes del Reino Unido (que veían con temor el crecimiento de la marina italiana) harían mejores negocios en los Balcanes que con una Fiume italiana. La opinión de los EUA, ya la hemos visto.

Por espacio de varios meses se vivió una guerra fría internacional en la ciudad. Fiume era campo de lucha de agentes yugoslavos, norteamericanos, franceses, ingleses e italianos. La ciudad fue ocupada por tropas de todos los aliados: contingentes franceses, ingleses y norteamericanos flanqueaban a los italianos. Y las relaciones entre los antiguos aliados se hicieron crecientemente tensas. A lo largo del verano de 1919 hubo varias explosiones de violencia, incluyendo choques armados entre soldados italianos y franceses, con un saldo de varias decenas de muertos. Mientras, los diplomáticos reunidos en los alrededores de París eran incapaces de encontrar una solución al conflicto de intereses. Si el conflicto preocupaba en las Cancillerías europeas, en Italia apasionaba hasta al último hombre de la calle. El gobierno se debatía entre un moderado apoyo a los irredentistas, cuyas manifestaciones masivas e intransigentes eran una baza más en sus negociaciones en París, y el temor a que el movimiento se desbordase y, tomando un cariz revolucionario, subvirtiera el sistema político.

La explicación de este temor está en los veteranos de guerra, que se habían convertido en un grave problema: se les habían hecho grandes promesas a los soldados (participación política, repartos de tierras, etc.) que el gobierno ahora no estaba en condiciones o no estaba dispuesto a conceder. El país atravesaba una espantosa crisis económica (en 1921 el coste de la vida había aumentado en un 560% respecto a 1914). Los soldados echaban la culpa de sus males y de los de Italia a la inepcia y venalidad de los políticos. Las críticas eran especialmente feroces entre los "Arditi" (las tropas de asalto) que habían sido la elite del Ejército. Estos soldados, que habían vivido la guerra como una aventura épica, estaban ahora dispuestos a transferir sus energías a la vida política, combatiendo tanto al gobierno liberal como a la oposición socialista, que siempre se había opuesto a la guerra y denostado a los combatientes. En 1919 los "Arditi" habían asaltado, codo a codo con los fascistas, la sede del periódico socialista "Avanti". Pero si el líder socialista Turati los calificaba de mercenarios en manos de la reacción, el gobierno prohibía a sus soldados la lectura de "L´Ardito" (el periódico de los "Arditi") por considerarlo bolchevique.

Los italianos de Fiume estaban dispuestos a usar la explosiva situación interna de Italia a su favor. Los intervencionistas de le pre-guerra y los veteranos "Arditi" eran sus aliados naturales. A lo largo de la primavera y el verano de 1919 se tramaron varios complots para realizar una conquista violenta de la ciudad, a la sazón ocupada por contingentes inter-aliados. Implicados en ellos aparecían autoridades militares, líderes nacionalistas (como Federzoni), miembros de la Casa reinante (como el Duque de Aosta), sindicalistas revolucionarios y fascistas. Pero si un nombre sonaba era el de D´Annunzio. El gobierno trataba de alejar el peligro ofreciéndole al poeta-soldado medios para la realización de un sueño largamente acariciado: un vuelo en solitario entre Italia y Japón. "Era un proyecto propio del genio del poeta y le habría permitido finalmente visitar Oriente, con todos los exóticos misterios que le esperaban (años después D´Annunzio se volvió de nuevo hacia Oriente en busca de inspiración, cuando había llegado a la conclusión de que Occidente era ya estéril y de que sólo Oriente poseía la sabiduría y la profundidad capaces de revitalizar la creatividad europea). Los hombres del gobierno vieron en el vuelo la posibilidad de mandar al poeta lejos de las fronteras italianas y animaron por todos los medios posibles este sueño, mandándole a Venecia, donde vivía, un cortejo de generales y almirantes para pedirle que volara a Japón" (12).

Sin duda D´Annunzio no trataba sino de lanzar una cortina de humo sobre sus verdaderos propósitos. La situación en Fiume le obsesionaba, porque no dejaba de empeorar. Con los grandes mítines ya comentados de Venecia y Roma, pese a su eco y a la masiva audiencia, no había logrado hacer caer al gobierno de Roma, ni siquiera modificar la actitud de éste hacia Fiume. Había que decidirse a una acción directa, en el mismo Fiume, antes de que fuera tarde. Y el tiempo trabajaba en su contra. La Comisión Inter-aliada que se ocupaba de los problemas de la ciudad había dado varias órdenes significativas: disolver la "Legión Fiumana" creada por el Consejo Nacional italiano de la ciudad, y también el Consejo mismo, así como sustituir en la ciudad a las tropas italianas allí establecidas, consideradas demasiado próximas a los ideales irredentistas, por otras unidades. El gobierno, presidido por Nitti, estaba dispuesto a cumplir estas disposiciones y fueron emitidas las oportunas órdenes a las tropas, pertenecientes a una de las unidades italianas de más largas y gloriosas tradiciones, los "Granatieri di Sardegna". El 25 de agosto de 1919 se producía la evacuación del primer contingente, entre gigantescas manifestaciones de los fiumanos, que imploraban a los soldados que no les abandonaran. Estos dejaron atrás la ciudad con el corazón encogido y los ojos llenos de lágrimas de rabia. Apenas salidos de la ciudad un grupo de oficiales decidió conjurarse y pasar al ataque. Siete oficiales juramentados ("¡Fiume o Muerte!") se dirigen a D´Annunzio para que encabece el movimiento rebelde. Aunque el poeta-soldado se hallaba aquejado por una altísima fiebre, parte precipitadamente hacia Ronchi, donde los oficiales rebeldes le esperan. Lo hace tan rápido que no da tiempo a que le alcance el único hombre político con el que había estado íntimamente en contacto los últimos meses, Benito Mussolini (los "Granatieri di Sardegna" habían ofrecido en fechas anteriores la posibilidad de liderar su revuelta al escritor Sam Benelli, al líder sindicalista revolucionario Enrico Corridoni, al jefe del partido nacionalista Luigi Federzoni, auno de los descendientes del héroe nacional, Peppino Garibaldi, y al mismo Mussolini).

Alea iacta est. La suerte estaba echada. D´Annuzio, al frente de un reducido número de soldados rebeldes (186 granaderos) sale desde Ronchi (cerca de Trieste), hacia Fiume. La "Marcha de Ronchi" es el primer acto de la epopeya. Es el día 12 de septiembre. Cuando esta Marcha sobre Fiume acabe, ese mismo día, la columna del soldado-poeta habrá crecido con sucesivas incorporaciones espontáneas hasta 2.250 soldados. En vez de oponerse a su paso, los hombres –que reconocen al héroe por sus medallas y sus cicatrices- se unen a él. En cuanto a las unidades militares de otras nacionalidades, comprenden que oponerse a esta aguerrida y bien pertrechada tropa es una temeridad y abandonan el campo. D´Annunzio entra en Fiume aclamado frenéticamente por unas multitudes que están al borde de la histeria. Sus cálculos habían sido ciertos: ha bastado una demostración de valor y orgullo para que las potencias coaligadas contra Italia retiren sus peones del terreno de juego.

Benoist-Mechin, a mi parecer justificadamente, ha puesto en relación estos hechos con otros que él mismo ha estudiado minuciosamente en su magistral "Historia de Alemania y de su Ejército". Me refiero a la marcha de los "Freikorps" alemanes hacia el Báltico: "la marcha de los Arditi sobre el Adriático se realiza mientras los Cuerpos Francos alemanes progresan hacia el Báltico, a través de Curlandia. Estas dos aventuras son estrictamente contemporáneas (...) es de esos raros momentos de la Historia en las que una fracción del Ejército, rechazando el seguir jugando el papel al que el Estado quería reducirlo- el de guardián y protector de una situación dada- se lanza a la aventura de abrir el camino a un nuevo Derecho humano" (13). En efecto, si el 12 de septiembre los "Arditi" tomaban Fiume, el 6 de octubre del mismo año los hombres de los Cuerpos Francos ocupaban Dunaburg (Daugavpils, en Letonia). ¿Es sólo la resistencia de Europa Occidental ante el avance de los eslavos? No lo creo: "la patria ardía en aquellos corazones atrevidos", como escribió Von Salomon. Pero no sólo para defender sus límites, sino también, y aún más, para renovar su misma vida nacional, tanto política como culturalmente. Pero volvamos a Fiume.

Los "Arditi" que entran en Fiume cantando hasta enronquecer su himno, "Giovinezza", se juntan con los voluntarios de la "Legión de Fiume". Del Palacio de Gobierno se arrían todas las banderas, salvo la italiana. D´Annunzio es designado "Comandante". El poeta-soldado se dirige desde el balcón a las masas, inaugurando un ritual que se hará característico:

"Italianos de Fiume (...) En un mundo loco y vil, Fiume es hoy el signo de la libertad; en un muno loco y vil hay sólo una cosa pura: Fiume; hay una sola verdad: Fiume; hay un solo amor: Fiume. Fiume es como un faro luminoso que brilla en un mar de abyección".

¿No suena un poco exagerado todo esto para lo que parece ser apenas uno más de los innumerables conflictos fronterizos que en el mundo han existido, existen y existirán? Muchos han explicado esta oratoria recurriendo tan sólo al característico estilo ampuloso de parte de su obra literaria. Pero esto, por sí solo, es absurdo. No entenderemos jamás la epopeya de Fiume si no nos acercamos al pensamiento del poeta. "En la contraposición delineada por D´Annunzio entre Fiume y el resto del mundo se manifiesta una concepción elitista que desde hacía tiempo caracterizaba los escritos y declaraciones públicas edel poeta. Para D´Annunzio el mundo se dividía en dos campos, incluso podríamos hablar de dos niveles de realidad moral, cuyos símbolos eran Fiume y Roma. Fiume, donde se había expresado en un único acto de heroísmo viril la voluntad de un pueblo oprimido; y Roma, que se limitaba a vegetar, como de costumbre, entre las rutinarias preocupaciones por los asuntos de Estado, es decir, donde se desarrollaba una política manejada por viejos estadistas enclaustrados en cuatro paredes y entre la vulgaridad del mundo post-bélico" (14). Fiume no era un pedazo de tierra. Fiume era un símbolo, un mito, algo que quizá no pueda entenderse en nuestros días, en una época tan refractaria al mito y a los ritos. La empresa de Fiume tiene más de rebelión cultural que de anexión política. No está de más señalar aquí que ocupando Fiume, D´Annunzio se proponía darle una bofetada a Woodrow Wilson, el hombre que había frustrado las esperanzas italianas ("el mentiroso cuya sonrisa descubre treinta y dos falsos dientes") ¿Simple exabrupto contra una potencia extranjera poco amiga? No, D´Annunzio tenía razones íntimamente más profundas: desde lo más íntimo de su alma odiaba a "esa pseudocivilización fundada en el culto al dólar".

Pero estoy desviándome del hilo de esta exposición. D´Annunzio sí que valoraba los ritos y los mitos. La experiencia de Fiume fue elocuente en este punto. Apenas llegado a la ciudad empezó a orear un ritual, una liturgia, destinada a tener unos ecos muy amplios. Ante los ojos de los civiles de Fiume y de sus legionarios desplegó una bandera italiana que había llevado uno de sus amigos, oficial de infantería, cuando murió en combate. Con este símbolo sagrado galvanizó la voluntad de aquellos hombres, haciéndoles jurar que lucharían hasta la muerte. El culto a los héroes caídos por el ideal ocuparía en adelante el lugar central de una liturgia fiumana. No menos significativo fue que entre las primeras medidas del Comandante estuviera el diseñar un símbolo para Fiume. Y ese símbolo fue el de la llama de fuego; símbolo que ya había sido utilizado por los "Arditi" en la guerra y que entroncaba perfectamente con la definición danunziana de Fiume como "ciudad-holocausto". Pero sin duda lo más famoso y trascendente habría de ser la nueva forma de liderazgo político, basada en las arengas a las masas, que se convertían en un auténtico diálogo entre el poeta-soldado y un gran conjunto de hombres y mujeres, que respondían unánimemente a sus preguntas y secundaban con una sola voz sus invectivas y sus gritos de guerra. Esta comunicación electrizante (mejor diríamos comunión) convertía cada mitin en un plebiscito. Las masas eran arrastradas por una oratoria creadora y brillante a una nueva forma de manifestación política, más noble y trascendente que la anodina anécdota de depositar un voto de papel en una urna. Los hombres que gritaban hasta enroquecer los estentóreos "Eia!, Eia!, Alalaaa!" –el célebre grito de guerra danunziano-, se sentían partícipes de una comunidad orgánica de ideales y voluntades y se vinculaban a un líder carismático que sabía captar cuál era su genuina voluntad mucho mejor que cualquier político al uso. La regeneración de la política que muchos, empezando por Max Weber, han considerado necesaria para que el mundo no caiga en manos de los burócratas, tuvo en Fiume uno de sus primeros y más afortunados ejemplos.

Volvamos a temas más prosaicos. ¿Cómo reaccionó Italia y el mundo ante la conquista de Fiume? En Roma fue el momento del pánico. El gobierno y los parlamentarios temían una "marcha sobre Roma" de D´Annunzio y sus legionarios. En las Cancillerías extranjeras se dudaba sobre si todo esto no sería una maniobra apoyada clandestinamente por el gobierno italiano, para dar más fuerza a sus negociaciones, o bien se temía el inicio de una revolución que fuera el final de la débil democracia italiana. Sorprendentemente, nada ocurrió. El Comandante, ingenuamente, pensó que su gesto bastaría para levantar a los italianos contra Nitti y esto, evidentemente, no sucedió. Nitti aprovechó la coyuntura y reaccionó declarando fuera de la ley a D´Annunzio y a sus legionarios, así como decretando el bloqueo a la ciudad, con el apoyo del parlamento.

Se abría un largo período de 16 meses, a lo largo de los cuales Fiume y su Comandante desafiaron a Italia y al mundo. "Más que molestias impuestas al gobierno fiumano, convertido en ilegal por las autoridades de Roma, el verdadero obstáculo de la empresa de Fiume fue la larga espera" (15). Los primeros días fueron aún exultantes: las tropas italianas destinadas a cercar la ciudad –al mando de un personaje que se hará famoso, el general Badoglio- desertaban y se incorporaban a los legionarios fiumanos en tan gran cantidad que el Comandante tuvo que rechazar a unidades enteras, por carecer de medios para abastecerlas. Desde Italia llegaban testimonios de apoyo y, aunque el gobierno censuraba la prensa para impedir manifestaciones de solidaridad, el periódico milanés "Il Popolo d´Italia", dirigido por Mussolini, sostenía ardorosamente la causa fiumana. El líder del futurismo, Filippo Tommaso Marinetti, fue uno de los primeros en visitar la Fiume liberada. También lo haría, más tarde, Guglielmo Marconi, el inventor de la radiodifusión. Hubo otros muchos, pero la visita más significativa sería la de Mussolini (el 7 de octubre) quien se esforzó por hacer comprender a D´Annunzio que no podía encerrarse en Fiume, que debía lanzarse sobre Roma, desembarcando sus soldados en los puertos del Adriático, para abolir después la monarquía y tomar el poder. En ese momento aquello era aún imposible, pero D´Annunzio cometió aquí su primer error histórico. ¿Por qué el Comandante no se aprovechó de la ocasión, se pregunta Benoist-Mechin? "Se le veía dudar, contemporizar, perder un tiempo precioso. Pero no era audacia lo que le faltaba. Lo había probado. Esta vez parece haber pecado de exceso de presunción. En vez de saltar sobre su presa, adueñándose por la fuerza de Roma, parece haber imaginado que el Rey, viniendo hasta él, le ofrecería el poder sobre una bandeja. En esto es en lo que se equivocó". Mussolini, un profundo admirador de D´Annunzio, era sin embargo un hombre realista. Y de hecho no confiaba ni en la capacidad de análisis político del Comandante ni en sus dotes de organizador. Conquistar Fiume no debía tener otro objetivo que saltar de allí con destino a Roma. Y eso no lo vio el poeta-soldado.

De hecho, D´Annunzio miraba en dirección contraria: hacia la costa dálmata. El conde Nino De Fangogna había desembarcado inesperadamente con un grupo de seguidores en la ciudad de Trau el 25 de septiembre y, aunque había sido obligado a reembarcar por los marines norteamericanos, pareció por un momento que el ejemplo podía extenderse. El Comandante tenía sus ojos puestos en Zara y en Pola. La visita de Corridoni, para animarle a marchar sobre Venecia, no tuvo más éxito que la de Mussolini. Esto no quiere decir que el Comandante no comprendiera que era vital para sus proyectos el hacer caer al gobierno de Nitti, pero era esta una tarea que confió a los políticos del Consejo Nacional italiano de Fiume. Eran estos unos políticos de viejo cuño, sólo preocupados por la anexión de su ciudad al Reino de Italia y ajenos a todo proyecto revolucionario, que no dudarían en negociar con Badoglio y con los políticos de Roma, incluyendo al gobierno, con tal de conseguir sus pragmáticas aspiraciones.

Los hombres del entorno inmediato del Comandante eran de una naturaleza totalmente distinta. Uno de ellos se hacía notar especialmente: Guido Keller. Había sido uno de los ases de la aviación italiana en la guerra y en Fiume destacó por organizar un grupo de singulares piratas que era capaz de adueñarse de cualquier barco, italiano o extranjero, que navegase por las aguas comprendidas entre el Estrecho de Messina y Venecia. En el Fiume cercado la llegada de los buques capturados era motivo de una alegría indescriptible, no sólo porque contribuía a solventar la penuria de abastecimientos de la ciudad (por causa del bloqueo establecido por el gobierno) sino -aún más- por lo que estos hechos tenían de desafío y reafirmación de su voluntad. Estas incursiones no se limitaban al mar. En tierra, los hombres de Keller fueron capaces de interceptar las líneas de comunicaciones enemigas, manteniendo así puntualmente informado al Comandante. Incluso se dio un golpe de mano para capturar a uno de los más destacados enemigos de la empresa dannunziana en Fiume, el general Nigra -uno de los comandantes de las tropas que cercaban la ciudad- quien una vez en presencia del Comandante se vio obligado a retractarse públicamente... En otra ocasión, ya hacia el final de la aventura fiumana, Keller voló en solitario hasta Roma para lanzar un orinal sobre la sede del Parlamento. El mismo D´Annunzio participaba en operaciones similares y así, el 14 de noviembre, desembarca en la ciudad de Zara (bajo administración militar italiana) para anexionarles simbólicamente por unas horas.

En la ciudad misma el ambiente no podía ser mejor. Fiume parecía vivir una fiesta permanente: "La vida en la Fiume dannunziana era un continuo espectáculo (...) esta eterna fiesta contribuía a mantener el apoyo de los legionarios y de los ciudadanos a los planes del Comandante. La eficacia de la movilización de las masas fiumanas será mejor valorada si se la considera sobre el fondo de la grave situación económica que padecía la ciudad y teniendo en cuenta las dificultades sociales que gravitaban sobre Fiume en el otoño e invierno de 1919" (16). En efecto, la otrora activa ciudad portuaria y mercantil estaba paralizada. Los suministros escaseaban. La moneda se había hundido. Y el panorama italiano evolucionaba en sentido totalmente contrario al deseado por el Comandante, ya que Nitti había sido capaz de ganar las elecciones de noviembre de 1919.

En esta situación desesperada eran pocos los hechos que llevaban hasta Fiume la esperanza. Y el más relevante de ellos fue la arribada del buque mercante "Persia". Cargado hasta reventar de armas y municiones, el buque había sido fletado para llevar estos suministros al Ejército Blanco del Almirante Koltchak, que en Siberia combatía a los bolcheviques. Pero, en vez de dirigirse hacia Vladivostok, su comandante, el Capitán Giuletti, había puesto su proa en el rumbo de la ciudad asediada de Fiume. Giuletti no era un capitán cualquiera de la marina mercante: era el presidente de la "Gente del Mare", el sindicato socialista de los marinos. Y también un amigo íntimo de Enrico Malatesta. El suceso estaba destinado a tener amplias consecuencias. Hasta entonces las fuerzas nacionalistas conservadoras habían constituido el sector más amplio de los que apoyaban a D´Annunzio (junto con los ex-intervencionistas de izquierda). Pero estas fuerzas habían sido incapaces de derribar a Nitti. Ahora eran los hombres de izquierda los que empezaban a prestarle un apoyo capital y D´Annunzio –en consonancia con este hecho- iba a reorientar su política en sentido netamente radical.

Para empezar, el Comandante quiso situar el conflicto en una nueva perspectiva internacional. El discurso del 24 de octubre (titulado "Italia y Vida") marcó la nueva época. En él, D´Annunzio, tras repasar la lucha por la anexión de Fiume a Italia en sus distintas fases, daba un nuevo enfoque al problema que la ciudad-holocausto suponía en la política mundial:

"Podremos perecer todos bajo las ruinas de Fiume; pero de las ruinas emergerá, vigilante y activo, el Espíritu. Desde la Irlanda del indómito "Sinn Fein" hasta la bandera islámica de Egipto, todas las insurrecciones del Espíritu contra los devoradores de carne cruda y contra los explotadores de pueblos inermes se encenderán con nuestra chispa (...) Todos los expoliados de todas las especies se reagruparán bajo nuestro signo. Y los inermes serán armados. Y la fuerza se opondrá a la fuerza. Y la nueva Cruzada de todas las naciones pobres y empobrecidas contra las naciones usurpadoras y acumuladoras de toda riqueza, contra la raza de los depredadores, contra la casta de los usureros que explotaron ayer la guerra y hoy la paz, la novísima cruzada, restablecerá la verdadera justicia, crucificada por un maníaco gélido con catorce clavos (17) (...) Fiumanos, italianos, cuando gritasteis que la historia escrita con lo más generoso de la sangre italiana no podía cerrarse en París (...) anunciasteis el fin del mundo viejo. Por eso vuestra causa es la más grande y la más bella que se opone hoy a la demencia y a la villanía en el mundo (...) Vuestra causa acoge hoy a las razas blancas y a las naciones de color, concilia a los seguidores del Evangelio y del Corán (...) Toda insurrección es un esfuerzo de creación. No importa que sea truncada por la sangre, porque los supervivientes la transmitirán al porvenir".

Alejándose de forma tan elocuente del nacionalismo pequeño burgués de los miembros del Consejo Nacional, el Comandante se acercaba a los ideales de revolución mundial de Giuletti y Malatesta; y se hacía eco a la vez de la teoría de la "nación proletaria" desarrollada por Roberto Michels y otros sindicalistas revolucionarios, como nuevo modelo de Estado Nacional que debería arrancar su lugar al sol en el concierto internacional a los imperialismos de las naciones plutocráticas. Micahel A. Ledeen ha interpretado estos hechos presentando al Comandante como un profeta del tercermundismo avant la lettre. Quizá sea más exacto decir que en él, después de siglos de hablarse incansablemente de los derechos del hombre, aparece por vez primera la temática de los derechos de los pueblos.

Esta nueva orientación suponía un cambio radical en la actitud hacia los vecinos eslavos. Yugoslavia, el Estado artificial surgido de los sueños expansionistas servios y de los oscuros intereses geopolíticos de las potencias occidentales, no era tan sólo el enemigo de Fiume. También lo era de los nacionalistas croatas, montenegrinos, macedonios y albaneses. El Comandante empezaba a comprender que poco podía esperar de un pueblo italiano que seguía votando a Nitti. Quizá la salvación de Fiume procediera de las nacionalidades eslavas que veían cómo el poderío de Servia crecía amenazador.

Mientras D´Annunzio evolucionaba hacia esta nueva forma de pensar, los líderes dell Consejo Nacional proseguían frenéticamente sus negociaciones con Roma. Pero la autonomía decisoria de Nitti era mínima. Sin el apoyo financiero de los EUA el país iría al caos económico. Y los norteamericanos seguían inflexibles en su oposición a la anexión de Fiume. Aún así el Consejo Nacional fue capaz de llegar a unos acuerdos de mínimos con el Gobierno a finales de noviembre. Se contempla en ellos la anexión de la ciudad dentro de determinadas condiciones. Tras algunas vacilaciones, D´Annunzio rechazó este "modus vivendi". Muchos de los apacibles burgueses de Fiume se sentían satisfechos con él, pero no los hombres como Keller y sus guerreros (no podemos calificar de soldados, en el sentido usual de la palabra, a los singulares especímenes reunidos en torno suyo y que formaban la Centuria "La Disperata"). D´Annunzio y sus legionarios se resistían a aceptar un fin tan prosaico para una aventura tan fascinante. Aunque el pueblo de Fiume votara –como en efecto votó- a favor del acuerdo, el Comandante se negó a aceptarlo y a finales de diciembre se suspendían todas las negociaciones con Roma y con Badoglio. El 31 de diciembre de 1919 el Comandante volvía a dirigirse a las masas:

"Hoy se cumple un año milagroso: no el año de la Paz, sino el año de la Pasión (...) no el año de Fiume, sino el de la marcha de Ronchi. Versalles significa juventud, belleza, novedad profunda. Contra una Europa que vacila, se tambalea y balbucea; contra una América que no consigue desembarazarse de la mitad de un mentecato que ha sobrevivido a la enfermedad vengadora (18) (...) contra todos y contra todo, nosotros tenemos la gloria de dar nombre a este año de fermentos y de tormentos (...) No hay lugar de la tierra donde el alma humana sea más libre y novedosa que en estas orillas (...) celebremos esta creación y preservemos este privilegio".

Lo decisivo de este giro ha sido clarividentemente subrayado por Ledeen: "D´Annunzio había decidido dar un significado nuevo a su aventura adriática; un significado mucho más vasto que el propósito de "completar" la Italia victoriosa y defender el derecho a la autonomía de los fiumanos". Para alcanzar estos propósitos el Comandante invitó a Alceste De Ambris a venir a su lado, con el propósito explícito de redactar una Constitución para Fiume. De Ambris, líder del sindicalismo revolucionario (era secretario general de la "Unione Italiana del Lavoro"), intervencionista de izquierda y por algún tiempo enlace entre el Comandante y Mussolini, fue nombrado Jefe del Gabinete del Comandante.

Desde septiembre a diciembre D´Annunzio se había apoyado en los hombres del Consejo Nacional (Giurati, Sinaglia), pero estos hombres de derecha conservadora sólo habían actuado con calma y prudencia, buscando el pacto. En cambio, hombres de izquierdas como Giuletti y De Ambris prestaban un apoyo entusiasta y comprometido. En la mente del Comandante llegó a fraguarse la idea de una marcha sobre Roma codo con codo con las fuerzas políticas de izquierda. Malatesta y Bombacci (19), sondeados, dieron su apoyo, pero el Partido Socialista se negó en redondo.

El nuevo rumbo, inequívocamente revolucionario, entusiasmaba a Keller y a sus hombres. Mientras los legionarios conservadores y monárquicos abandonaban la ciudad, los restantes (en general veteranos "arditi") aspiraban a metas cada vez más ambiciosas, Keller organizaba a sus "orgullosos y salvajes" guerreros en el grupo "Yoga", definido como "unión de espíritus libres tendentes a la perfección". Fiume estaba inmóvil, como en una postura de yoga, pero en su seno se iban creando las fuerzas espirituales renovadoras que el mundo esperaba.

Y el mismo Comandante profundizaba en su peculiarísima concepción de la actividad política: "D´Annunzio en Fiume –escribe Ledeen- estaba empeñado en la creación de un nuevo tipo de liturgia que tendría la máxima importancia en la evolución de las fiestas públicas y en el desarrollo de la política de masas en el mundo contemporáneo. Pero las formalidades exteriores (las cotidianas marchas al campo con los soldados, los discursos desde el balcón, el diálogo con las masas, la invención de nuevas fiestas "cívicas") no habrían sido por sí solas suficientes para mantener a los legionarios en ese constante entusiasmo característico de los hombres del mundo de Keller. En el curso de 1920 D´Annunzio creó una nueva visión del mundo, que acabó por ser el lenguaje "oficial" de Fiume".

Definitivamente, la empresa de Fiume ya no era la de los venerables pequeño-burgueses nacionalistas. Y la novedad no era tan sólo la subyugante liturgia diseñada por el Comandante. Fiume era también un laboratorio de ideas y proyectos políticos, algunos realmente ambiciosos: la redacción de una nueva Constitución y la creación de la Liga de Naciones antiimperialistas (una réplica a la ginebrina Sociedad de Naciones) eran los proyectos más ambiciosos y , junto a ellos, los planes, más antiguos, para realizar una conquista revolucionaria del poder en Italia, los tendentes a desmembrar el Estado yugoslavo y los intentos de crear unas fuerzas armadas de nuevo cuño, con un carácter más acorde con el espíritu "freikorps" de los guerreros libres de "La Disperata".

La "Liga de Fiume" debía ser la concreción del deseo del Comandante de oponerse al "complot de ladrones y estafadores privilegiados" de la Sociedad de Naciones. D´Annunzio soñaba con unir bajo la bandera de Fiume desde irlandeses a hindúes, pasando por húngaros y egipcios: todos los pueblos sometidos a los imperialismos vencedores y también los pueblos humillados por los tratados de paz firmados en los suburbios de París. Leon Kochnitzky, un poeta belga llamado a Fiume en el otoño de 1919, y nombrado Jefe de la Oficina de Relaciones Exteriores, fue el impulsor del proyecto, estableciendo contactos con distintos grupos nacionales con vistas a la organización de un congreso internacional. Aunque llegaron adhesiones de Irlanda, de Egipto y de la India, y se establecieron contactos firmes con numerosas nacionalidades balcánicas, las angustiosas penurias financieras de Fiume impidieron realizar el Congreso, y a fines de abril de 1920 la idea podía darse ya por abortada. Pero nadie puede negar la trascendencia de este intento, que se adelantó en varias décadas a la Conferencia de Bandung y a la aparición con contornos precisos del Tercer Mundo (movimiento en cuya génesis estuvieron, precisamente, los países en que D´Annunzio había pensado: la India, Egipto y Yugoslavia... convertida hasta entonces en Estado Federal) apuntando, además, hacia una política que cada día más vemos como la única positiva para el futuro de Europa: la alianza entre el Viejo Continente y el Tercer Mundo.

Idéntica suerte siguieron las muy avanzadas negociaciones realizadas con líderes albaneses, croatas y montenegrinos para apoyar los levantamientos nacionalistas en todos esos países: el Comandante jamás logró disponer de la masa de armas y dinero que tales proyectos exigían. Los acuerdos con estos nacionalistas balcánicos preveían que las en las nuevas organizaciones estatales surgidas de las revueltas habría un amplio margen de autonomía cultural y política para las nacionalidades minoritarias que quedaran incluidas en las nuevas fronteras.

Pero si era materialmente imposible echar los cimientos de un nuevo orden internacional, no había tantos inconvenientes para fijar un nuevo modelo de estructura estatal. Aunque estoy de acuerdo con De Ferette en que "el proyecto de Constitución nace de la situación inconexa en que se encontraban los poderes del Comandante, del Consejo Nacional y de la Autoridad Militar" sería un error, y grave, el limitarse a ver en esta sorprendente Constitución, conocida como Carta del Carnaro (20) el intento por regular las relaciones entre el poeta-soldado y los pequeño-burgueses del Consejo Nacional. Como ha subrayado Benoist-Mechin, la Carta del Carnaro, publicada el 27 de agosto de 1920, "está muy lejos de ser un Código Civil o de los preceptos del Derecho Romano" y su análisis llenará de perplejidad a cualquier estudiante de Derecho Constitucional.

Aunque partía de un texto original de De Ambris, la redacción definitiva correspondía al Comandante. El título oficial del texto, "Reggenza Italiana del Carnaro. Disegno di un nuovo ordinamento dello Stato Libero de Fiume" ("Regencia Italiana del Carnaro. Proyecto de un nuevo ordenamiento...") no es, lo subraya Benoist-Mechin, casual: "D´Annunzio ha evitado hacer una Constitución estática, simple "constatación" de un estado de cosas determinado. No quiso imponer a los hombres los límites de una ley-marco inmutable y rígida, sino proponerles una Constitución susceptible de una evolución constante. No una obra acabada sino destinada, voluntariamente, a no estar acabada nunca, lo que es algo muy distinto".

La Constitución estaba bajo la advocación de la Décima Musa. ¿Cuál es esta Musa? En el curso de un viaje a Grecia, al oráculo de Apolo en Delfos, el poeta se había quedado extasíado ante la estatua de una mujer joven en cuyo basamento se leía: ENERGEIA. D´Annunzio narraba así a Benoist-Mechin la impresión que aquello le produjo:

"Era una Musa, me dije con una iluminación súbita; la Décima Musa, ¡la Musa Energía! La Antigüedad no la había reconocido porque aquella época estuvo limitada y como cerrada en sí misma. La Antigüedad no cantaba alabanzas más que de las obras acabadas. La Décima Musa es la de los tiempos modernos, la del futuro, la del porvenir. Sus hermanas son estáticas, sólo ella es dinámica. Sin ella Clío se inmovilizaría y Melpómene estaría muda. Ella inspira las revoluciones y los "coups de force" victoriosos, todo lo que no existe aún y aspira a nacer. Es la Musa del esfuerzo, del dinamismo creador, la Musa de las comunidades emergentes y de los pueblos en génesis. Inspira las fuerzas misteriosas que yacen en el fondo de las colectividades humanas y actúa en ellas como la levadura, asegurando su ascensión. Es lírica, porque todo lo que en el mundo hay vivo es poesía: el canto, la danza, el trabajo, el combate. En fin, esta Musa es la Imaginación, es decir, la percepción consciente de lo que podría ser. Sin ella las multitudes no serían sino tristes agregados de individuos, aplastados por la opresión y la mentira. Ella infunde a los Estados la fuerza necesaria para hacer que los pueblos que gobiernan alcancen a ser lo que realmente deben: una plenitud ascendente. Hasta aquí el mundo no ha conocido más que nueve Musas. No había descubierto la Décima, porque el grado de evolución que le permite tener conciencia de ella no se había alcanzado. Hoy es de otra manera, porque esta conciencia se despierta. El siglo XX se distingue de los precedentes por la irrupción de la Décima Musa en los asuntos públicos. Será el siglo de la energía. O bien perecerá por sus excesos o bien sabrá integrarla en sus instituciones. Será un giro decisivo: se traducirá por la instauración de LA IMAGINACIÓN EN EL PODER. Es lo que intenté hacer an la Constitución que proyecté para Fiume... Era una hija de la Décima Musa. No era sino el comienzo..."

El proyecto constitucional del Comandante se abría con una declaración "de la voluntad perpetua del pueblo" donde exponía las razones históricas, culturales y morales de la italianidad de Fiume y presentaba a la ciudad como ejemplo para la renovación de Italia. La preceptiva declaración de derechos del hombre, común a todas las Constituciones redactadas después de la norteamericana y la francesa era así sustituída por una declaración de los derechos del pueblo, de la nación. A continuación se establecían los Fundamentos de la nueva Constitución. Leamos:

"La Regencia del Carnaro es un gobierno intrínsecamente popular. Res populi. Este gobierno tiene por fundamento el poder del trabajo productivo y por normas directrices las formas más amplias y variadas de autonomía, tal como fueron aplicadas en los cuatro siglos gloriosos del período de las comunas italianas" (21).

Basándose en las fuerzas populares productivas, el Comandante soñaba con un modelo de Estado descentralizado, donde la persona disfrutaría de todas las garantías del Estado liberal (la Carta desarrollaba la protección de las libertades individuales, el habeas corpus, la igualdad ante la ley, etc.) y de las por entonces aún inéditas ventajas del Estado-Providencia y el Estado Socialista (se recogían los derechos a la educación gratuita, a la asistencia sanitaria, al seguro de desempleo, a las pensiones, etc.) pero en el que el sacrosanto principio liberal de la propiedad privada estaría limitado:

"Aunque el Estado considera el uso de la propiedad como la más útil de las funciones sociales, no considera la propiedad como un derecho absoluto (...) el único título legítimo de un medio de producción o cambio es el trabajo".

Tras exponer los Fundamentos, la Carta desarrollaba los deberes y derechos de los ciudadanos, de los municipios y de las corporaciones. También aquí el tono de las palabras es totalmente ajeno al que estamos habituados a leer en un documento institucional. Al hablar de los ciudadanos, por ejemplo, leemos:

"La vida es bella y digna sólo cuando es vivida grave y magníficamente por el hombre enteramente renovado por la libertad. El hombre completo es aquel que sabe reinventar cada día su propia "virtud" (22) y ofrecer cada día a sus hermanos un nuevo don".

Y las palabras no son la única novedad. Una aportación fundamental es el reconocimiento de las corporaciones -colectivos de los trabajadores y profesionales de las distintas actividades económicas- como órganos del Estado. Las Constituciones al uso dan existencia jurídica estatal a las colectividades geográficas de hombres (los municipios, las provincias, las regiones) pero no reconocen a las colectividades laborales. Para el Comandante, las corporaciones, órganos integrantes del Estado, debían gozar no obstante de una autonomía absoluta y en ningún caso ser empleadas como correas de transmisión del poder ejecutivo. Todos los ciudadanos debían pertenecer a una de las diez corporaciones previstas; cada una de ellas sería libre para darse sus propios estatutos, contaría con sus propios recursos y órganos directivos; también serían –en un rasgo muy dannunziano- las responsables de organizar sus propias festividades cívicas, diseñando sus rituales, y encargadas de honrar a sus propios héroes y mantener el recuerdo de sus muertos.

El genio dannunziano, que atribuyó a las nueve primeras corporaciones distintas categorías de trabajadores y empleados, reservó la décima corporación para los hombres inspirados por la Décima Musa:

"Esta corporación es el receptáculo de las formas misteriosas que actúan como una levadura en el fondo de un pueblo que trabaja para asegurar su ascensión. Casi es una figura votiva consagrada a este genio desconocido, a la aparición del hombre nuevo, a las transfiguraciones ideales de los trabajos y los días, a la liberación del espíritu realizado en el esfuerzo, a las conquistas obtenidas por el sudor y la sangre. Está representada en el Panteón cívico por una lámpara siempre encendida, que ostenta una vieja inscripción toscana de la época comunal, sorprendente alusión a una forma espiritualizada del trabajo humano: FATICA SENZA FATICA".

En cuanto a las municipalidades, modeladas según el ejemplo de las Comunas italianas del Bajo Medioevo y el Renacimiento, gozarían también de una amplia autonomía. El poder legislativo se articulaba en dos cámaras –una de ellas formada por representantes de las corporaciones- que se reunirían por breves períodos y cuyos debates debían ser "de una brevedad lacónica"... Como se puede ver, un futuro muy negro para nuestros parlanchines políticos profesionales y para los leguleyos inveterados. El gobierno sería elegido por las cámaras y dirigiría la administración. Para casos de emergencia nacional y a imitación de la República romana se preveía la figura de un dictador temporal, que sería el Comandante (D´Annunzio o quien le sucediese en el cargo). En un modelo estatal tan descentralizado, gracias a las corporaciones y las municipalidades, las dimensiones y atribuciones del poder ejecutivo quedaban automáticamente limitadas. Finalmente, el poder judicial se articulaba en distintos tipos de tribunales, y sólo en los superiores las plazas de jueces estaban reservadas a hombres de formación académica jurídica.

La Carta también regulaba otros aspectos de la vida comunitaria. En el capítulo de defensa se preveía un ejército popular nacional, con un breve servicio militar. La Cultura era objeto de una atención prioritaria ya que, como se leía en el texto, "para todo pueblo de noble origen la cultura es la más luminosa de las armas de largo alcance", y para Fiume amenazada de perder su identidad cultural en una región predominantemente eslava:

"la cultura es más que un arma: es una fuerza indomable, como el derecho y la fe".

El Comandante fue siempre un hombre de letras y un hombre de acción. Como nos sugiere la figura del Doncel de Sigüenza, como vemos en los literatos del Siglo de Oro español, ha habido siempre hombres creadores que han sabido combinar admirablemente las letras y las armas. A imagen y semejanza de un Garcilaso, soldado del César Carlos y poeta insuperable; de un Cervantes, combatiente de los Tercios de su Católica Majestad Felipe II en Lepanto y suprema gloria de la prosa castellana, D´Annunzio supo siempre que las armas, que la acción, debían estar al servicio de la Cultura. "La Cultura es un bálsamo contra la corrupción, un viático contra la degradación", leemos en la Carta, donde se afirma expresamente que "la Regencia Italiana del Carnaro coloca en la cúspide de sus leyes la cultura del pueblo". La Constitución establecía qué centros académicos debían ser creados y qué tipos de materias debían ser cursadas...

Sorprende en la Carta la amplitud de los derechos individuales reconocidos a los ciudadanos: igualdad ante la ley, derecho al voto, derecho de petición a las autoridades y las cámaras, posibilidad de revocar y de pedir responsabilidades a todo tipo de cargos públicos, todo tipo de derechos asistenciales sociales. No menos sorprendente es el grado de descentralización del Estado, articulado en numerosas instancias intermedias (municipios y corporaciones). Pero lo que nos deja definitivamente boquiabiertos son capítulos como los referidos a la Edilidad y a la Música, frutos del genio dannunziano. Muchísimo antes de que los epígonos de mayo del 68 pasaran de las barricadas a la nouvelle cuisine française o a la pasión por el diseño y de que, donde habían puesto los maximalistas afanes revolucionarios instalaran ahora el discurso sobre la "calidad de vida", la Carta del Carnaro ya contemplaba aspectos tales como la generalización del deporte, la protección del entorno ecológico y la mejora de la calidad de vida como objetivos estatales.

"Un Colegio de Ediles –leemos- se crea en la Regencia. Es elegido con discernimiento entre los hombres de gusto, de experiencia y de educación moderna. Más que inspirarse en la edilidad romana este Colegio hace revivir la función de los "oficiales propuestos para el ornamento de la ciudad" que en las Comunas de nuestro siglo XIV trazaban las perspectivas de una avenida o de una plaza con el mismo gusto musical que el que inspiraba el austero ordenamiento de un desfile republicano o la alegre decoración de un carnaval (...) Este Colegio de Ediles estudiará el medio de devolver al pueblo el amor por las bellas líneas y los bellos colores en los objetos que utilizan en su vida cotidiana".

Hoy parece ya aceptada la idea de que una parte de los gastos públicos de las administraciones debe emplearse en promover actividades culturales de masas. Por desgracia esto sólo conduce en nuestros días a chabacanos conciertos de rock y a financiar ampliamente a intelectuales y artistas próximos al gobierno de turno. Con un sentido mucho más elevado, D´Annunzio ya había intuido la importancia de lo que en nuestros días es presentado por las administraciones como su "oferta cultural" (una expresión bien significativa de la mentalidad mercantil imperante) y en el capítulo dedicado a la Música (algo inimaginable en cualquier Constitución que no sea la fiumana) escribía:

"En la Regencia Italiana del Carnaro la Música es una institución religiosa y social. Cada mil o dos mil años brota de las profundidades de un pueblo un himno inmortal. Un gran pueblo no es solamente el que crea un Dios a su imagen y semejanza, sino aquel que crea un himno para su Dios".

No fue casualidad que uno de los últimos eventos de la Fiume dannunziana fuera un gran concierto protagonizado por el maestro Toscanini, invitado, junto a su orquesta, por el Comandante, para "respirar el aire más resonante del mundo". ¡Qué gran Constitución será aquella que, como la de Fiume, regule cómo y dónde deben crearse orquestas, teatros y masas corales!

Un texto como este (calificado por unos como "monumento capital en la historia de la utopía" y por otros como "constitución prefascista") despertó el entusiasmo de los dannunzianos incondicionales como Keller. En un texto donde comentaba la Carta, el líder del grupo "Yoga" y comandante de "La Disperata" escribía que la tarea del Estado moderno era la de volver a dar significado al trabajo, degradado desde el comienzo de la Revolución Industrial, al hacerlo mecánico y repetitivo, rebajando al hombre de creador a herramienta. El trabajo debía ser valorado y honrado: "El trabajo –escribía Keller- será un placer, una de las necesidades humanas". Se comprende así mejor la algo críptica frase "Fatica senza fatica" (que podríamos ahora traducir como "trabajo sin esfuerzo"). Ledeen toma de nuevo la palabra: "Situar al trabajo como realización de las energías creadoras del hombre, tal fue el objetivo de la Regencia. La estructura corporativa que De Ambris ideó para el nuevo Estado estaba destinada a dar a cada hombre el máximo posible de participación en el mundo de su trabajo (...) Además, la Carta garantizaba una vasta gama de servicios y derechos tendentes a hacer más digna así la vida del trabajador". Pero la dignificación del trabajo (presentado como hace Ernst Jünger en "Der Arbeiter" [ El Trabajador] como héroe de los tiempos modernos) no era sino un peldaño hacia la aparición del hombre superior que D´Annunzio, uno de los mayores nietzscheanos de Italia, soñó siempre:

"He querido –declararía el Comandante años más tarde- establecer un equilibrio entre las dos tendencias fundamentales del hombre: la sed de libertad y la necesidad de asociación, porque sin ella no existiría la sociedad".

Benoist-Mechin ha desarrollado más explícitamente esta idea básica del pensamiento dannunziano: "Este doble proceso hacia la libertad y la asociación existe permanentemente en el hombre y genera una especie de movimiento pendular. En un primer momento el hombre se abalanza hacia la periferia. En tanto que individuo, aspira a organizar su vida con el máximo de independencia. Pero pronto, otra fuerza, actuando en sentido inverso, le lleva hacia el centro, donde reencuentra a sus semejantes y establece lazos con ellos. En la primera fase toma conciencia de su identidad. En la segunda, conquista su plenitud e imprime a su vida un carácter ascensional. La mejor Constitución es, pues, aquella que permita este doble movimiento ejercerse con el mínimo de limitaciones, evitando a la vez los peligros que se presentan en los dos extremos del péndulo: la disolución en el anarquismo y la fosilización en la tiranía" (23). Comprendemos así mejor esta Constitución que es anti-estatista, laica, con amplísimas libertades individuales y grandes avances sociales, pero que en vez de ser una Constitución inorgánica e individualista, como todas las Constituciones modernas, es patentemente orgánica y federadora, como ha subrayado Benoist-Mechin. Ello se debe a que, como anota el historiador francés, "los tres pilares en los que reposa son las Comunas (Municipalidades), las regiones y las corporaciones". No deja al individuo solo y desnudo ante la ley, sino que lo inserta en un haz de realidades vivas y concretas que dan más riqueza y diversidad a su vida. No lo deshumaniza, despojando al hombre de su complejidad para no dejar de él más que un esquema abstracto. Le anima a desarrollar todas sus potencialidades, otorgándole un conjunto de funciones y responsabilidades. La Constitución de Fiume, en fin, asegura el predominio del desarrollo sobre el crecimiento, del despliege de la capacidad creadora del hombre en vez de la proliferación de las cosas" (24).

La Constitución de Fiume no era el producto de una fantasía febril, ni el resultado del "dilettantismo" de un esteta metido a revolucionario. Creo que la breve ojeada que le hemos echado bastará para convencer al lector de que nos hallamos ante un auténtico texto revolucionario en la historia de las ideas políticas. De hecho esto lo comprendieron muy bien sus coetáneos enemigos ya que, no por casualidad, coaligaron a partir de ese momento sus esfuerzos para acabar con la experiencia fiumana. Los primeros ataques procedieron del mismo Consejo Nacional, firmemente conservador, que, en las mismas fechas en que se proclamaba la Constitución, pasó a enfrentarse frontalmente con las organizaciones sindicalistas de la ciudad, que contaban con el apoyo del Comandante. A la vez, el Partido Socialista daba orden a sus afiliados en Fiume de no apoyar a D´Annunzio y la dirección del PSI rechazaba la invitación de éste para que secundara su política. Leon Kochnitzky escribía, amargado: "una responsabilidad tremenda recae sobre los dirigentes del PSI". Benoist-Mechin –de nuevo- da en el clavo al escribir: "La tentativa fiumana, como sabemos, no tuvo futuro. Ni los capitalistas ni los socialistas tenían interés en dejarla instaurar ni siquiera en los estrechos límites de la Regencia del Carnaro. Podía haberse extendido como una mancha de aceite. Los historiadores que estudian los hechos de Fiume no han insistido más que en las reivindicaciones italianas frente a Yugoslavia, en la polémica entre los delegados italianos y los representantes de las potencias Occidentales en la Conferencia de París, en el duelo entre D´Annunzio y el gobierno romano. Pero ¿basta esto para entender todo?". No, desde luego que no basta. Las fuerzas políticas de derecha e izquierda, dentro de Fiume, en Italia y también a escala internacional, harían todo lo posible para acabar con el mal ejemplo que el poeta-soldado estaba dando.

Para desgracía del proyecto dannunziano había, además de la fuerte oposición de sus enemigos (casi podríamos decir que existió conspiración en su contra), graves problemas internos, fundamentalmente los derivados del agotamiento de las energías de los legionarios fiumanos. El "impasse" en el que se debatía la cuestión fiumana quebraba el ánimo de aquellos hombres, de temperamento activista. La situación italiana no mejoró porque, aunque finalmente cayó Nitti, su sucesor –Giolitti- no abandonó su oposición frontal a D´Annunzio. Y, aún más, supo atraerse hacia su coalición parlamentaria a los fascistas. El pueblo italiano, por otra parte, se desinteresaba cada día más de la suerte de sus connacionales de Fiume. Finalmente, el nuevo jefe de gobierno supo llegar a un acuerdo diplomático con Yugoslavia. El tratado de Rapallo, firmado en noviembre de 1920, establecía las fronteras italo-yugoeslavas. Zara, la ciudad dálmata que un año antes había ocupado simbólicamente D´Annunzio, quedaba incorporada a Italia; Fiume pasaba a ser una Ciudad Libre; y se reconocía a los italianos de las restantes ciudades dálmatas el derecho a mantener su pasaporte italiano. La mayor parte de las fuerzas políticas que habían apoyado la aventura fiumana (los nacionalistas de Ferderzoni, los ahbitantes de Fiume, incluso De Ambris y Mussolini) consideraban que los intereses italianos quedaban bastante bien parados. Quienes se habían levantado contra la "victoria mutilada" veían al menos una parte de sus aspiraciones satisfechas (25). El Comandante no. El no había combatido por un pedazo de tierra sino por crear un hombre nuevo en un mundo nuevo. Su sueño era anexionar Italia a ese microcosmos innovador que fue Fiume. Podemos comprender su desolación. Se sintió traicionado por todos, cayó en un profundo abatimiento. Y el gobierno aprovechó la ocasión para darle la puntilla. El 21 de diciembre de 1920 las tropas del gobierno se desplegaron en torno a la ciudad y pidieron la rendición. Ante la negativa, el día 26 la Marina de guerra italiana hizo acto de presencia en la rada y cañoneó el palacio donde residía el Comandante. Fue la "Navidad Sangrienta". En esta miniguerra civil morirían 22 legionarios fiumanos y 25 soldados gubernamentales. El Comandante capituló, no por falta de valor personal, sino porque –como le diría De Ambris al mismo D´Annunzio- todo había cambiado desde los días de la Marcha sobre Fiume: "En el momento de la marcha de Ronchi, contigo tenías dos inmensas fuerzas morales: la desesperada voluntad de Fiume y el consenso de una gran parte de la opinión pública italiana. Estas dos fuerzas hoy no existen ya". Prolongar el sacrificio de sus legionarios y el de los civiles de Fiume era una actitud sin sentido y sin futuro. Acababa el año 1920 y D´Annunzio celebraba su última ceremonia tras 16 meses en Fiume: un acto religioso en memoria de los caídos.

¿Qué trascendencia tuvo la aventura de D´Annunzio en Fiume? Para muchos la respuesta es simple: el Comandante fue el San Juan Evangelista del fascismo de Mussolini, el creador de su liturgia, de sus rituales. Resulta imposible negar la filiación dannunziana de una gran parte del fascismo. Es lo que muchos no le perdonarán jamás (26). No está demás recordar, sin embargo, que Lenin lo definió como "el único revolucionario de Italia", que Gramsci buscó un acercamiento al poeta-soldado y que el también comunista Bordiga trató de levantar a los veteranos de Fiume contra el fascismo ascendente. Incluso se ha anotado recientemente su vinculación con la extrema izquierda italiana contemporánea, refractaria a la vía parlamentaria y partidaria de la lucha armada: "Basta con leer los escritos de Toni Negri y de Franco Pipperno, los líderes de Autonomía Obrera y Poder Obrero, para darse cuenta de quienes son hoy los verdaderos herederos del poeta-soldado" (27). Decir que D´Annunzio fue el San Juan Evangelista del fascismo será decir poco o nada trascendente mientras que sigamos careciendo de una buena definición de lo que en realidad fue el fascismo. Mientras se siga viendo en él "la dictadura terrorista del gran capital", como dijo en su día Dimitriv, definir a D´Annunzio como fascista es absurdo. Quizá sea la adecuada comprensión de la experiencia de Fiume una de las vías para acceder a un conocimiento más correcto de lo que fue y lo que significó el fascismo.

En todo caso, la experiencia de Fiume trasciende también los límites del fascismo. Ha sido Michael A. Ledeen quien ha sabido situar mejor la experiencia dirigida por el Comandante en un amplio contexto: "Por dieciséis meses D´Annunzio gobernó la ciudad de Fiume y la mantuvo a despecho del mundo entero. No se trata sólo de unos hechos fascinantes y atractivos por derecho propio, sino también de un modelo verdaderamente revelador y sugestivo, puesto que Fiume, bajo D´Annunzio, representó un microcosmos del mundo político moderno y un análisis del Fiume dannunziano es una gran ayuda para explicar gran parte del comportamiento político de las sociedades Occidentales después de la Gran Guerra. El tipo de manipulación política elaborado por D´Annunzio ha sido el precedente de afortunados movimientos de masas en los decenios siguientes (...) somos los herederos de una tradición política que, en gran parte, se desarrolló en los 16 meses en los cuales Fiume estuvo bajo el control del poeta. La edad de la política de masas ha sido una realidad gracias a los hombres que han aprendido cómo forjar a las masas en un bien afiliado cuerpo político y, entre ellos, D´Annunzio ocupa un lugar importante".

Todo el electrizante ritual dannuziano permitía lograr un crisol donde ideas y fuerzas antes opuestas podían fundirse. "Fiume fue uno de los primeros gobiernos –afirma Ledeen- que consiguió una nueva forma política de consenso. D´Annunzio consiguió convencer a fuerzas aparentemente contrapuestas de que su gobierno era el que representaba mejor sus intereses (...) La esencia de la idea política de D´Annunzio consistió en la intuición de que intereses contrastados podían encontrar su superación, incluso su "sublimación" en un movimiento de nuevo tipo". La Liga de Fiume y la Carta del Carnaro (ese "código napoleónico reescrito por un Ezra Pound" como alguien ha escrito) son dos ejemplos de estas afirmaciones.

Aún podemos llegar más lejos. "La revuelta capitaneada por D´Annunzio estaba dirigida contra el viejo orden existente en Europa Occidental y fue realizada en nombre de la creatividad y de la virilidad juvenil (...) la esencia de tal revuelta fue la liberación de la personalidad humana". Son palbras de Ledeen. Tan ambiciosos sueños son incomprensibles sin acercarse directamente a la figura de D´Annunzio; lo que, por otra parte, debe conducirnos al objetivo final de este artículo: analizar el papel del intelectual y de la Cultura en nuestro tiempo.

Él, que no era una líder político en el sentido clásico, ni tampoco un intelectual volcado en el análisis socio-político, demostró que el artista capaz de establecer el lenguaje de la política ejerce, de hecho, un gran poder. Su ingente capacidad mitopoiética hizo girar en torno a sus ideales –a su favor o en su contra- toda la vida política italiana. Supo cubrir, además, el vacío que ordinariamente se abre entre los intelectuales y las masas. En resumen, D´Annunzio va más allá del modelo de intelectual "engagé", presentándosenos como el prototipo de creador en la letra y en la acción.

Pero ¿qué lleva a un creador literario hasta la acción política revolucionaria? La Revolución Liberal (en lo político) y la Revolución Industrial (en lo económico-social) han supuesto la aparición de la sociedad de masas. Pero de masas amorfas controladas por intereses mercantiles: es la sociedad del consumismo. La literatura y el arte no han podido escapar a la lógica implacable de las leyes de la oferta y la demanda y de la máxima rentabilidad como objetivo supremo. ¿Qué arte y qué literatura suministrar a las masas? Un arte y una literatura plebeyizadas. Es el mundo del "best-seller", en el que el artista es valorado por la cotización que sus obras puedan alcanzar en una subasta, o por el número de ejemplares vendidos, independientemente de su calidad intrínseca. La comercialidad es el valor supremo. D´Annunzio se rebeló siempre contra esta perversión. En su obra literaria y en su epopeya fiumana hay un denominador común: el afán por transformar a las masas plebeyizadas del mundo contemporáneo en una comunidad orgánica de hombres y mujeres elevados por la cultura. Sólo en una sociedad donde la persona haya sido así dignificada, el poeta, el creador, podrá liberarse de la dictadura del mercader, desplegar su potencialidad creadora en vez de obsesionarse por el éxito de ventas.

Cuando, el 1 de marzo de 1938, moría Gabriele D´Annunzio, Europa perdía a uno de sus más notables creadores contemporáneos, a un apóstol de la imaginación y de la energía, a un hombre que supo entender que lo que nuestro siglo necesita es, antes que nada y por encima de todo, una Revolución Cultural.

NOTAS

(1) Son opiniones de G. Barbieri Squarotti, recogidas por Juan Arias, en "El País", 2.3.1988.

(2) No es éste un artículo donde se pretenda estudiar la obra literaria de Gabriele D´Annunzio, pero imprescindible, para una adecuada comprensión de su figura, reseñar sucintamente sus libros.

En poesía sus principales títulos son "Primo Vere" (1878), "Canto Nuovo" (1882), "Intermezzo di Rime" (1883), "La Chimera" (1885-1888), "Elegie Romane" (1887-1891), "Odi Navali" (1891-1893), "Poema Paradisíaco" (1893) y, sobre todas ellas, "Laudi del Cielo, del mare, della terra e degli Eroi" (1902-1912).

En el capítulo de teatro destacan "La Citta morta" (1898), "La Gioconda" (1899), "Francesca de Rimini" (1902), "La Nave" (1908) y "Fedra" (1909).

La novela fue el género de otras obras: "Il piacere" (1889), "Giovani Episcopo" (1892), "L´innocente" (1893), "Il triunfo della morte" (1880-1894), "Le vergini delle rocce" (1894) e "Il fuoco" (1899).

Escribió también en francés, con títilos como "La Pisanelle" y –sobre todo- la obra de teatro "Le martyre de Saint-Sebastien". Otros libros suyos son "Per la Morte di Carducci" (1907), "La Leda senza cigno" (1916), "Notturno" (1921), "Il venturiere senza aventura" (1924), "Il sudore di sangue" (1931)... Sus discursos a favor de la causa fiumana y los pronunciados en la ciudad dálmata están recogidos en "Il livro ascetico della Giovane Italia" (1926).

(3) F.T. Marinetti, "Manifiestos y textos futuristas" Ediciones del Cotal, Barcelona, 1978. Cfr. Pág. 62.

(4)Cfr. Mi artículo "Sergio Panunzio", REVISION, vol. III, nº 1.

(5) El nombre de "Oración de Quarto" deriva del lugar desde donde, en 1860, Garibaldi partió con sus "camisas rojas" hacia la conquista de Sicilia.

(6) Las arengas intervencionistas de D´Annunzio aparecen recopiladas en "Per piu grande Italia; Orazione e Messagi", 1915.

(7) La Paz entre los Imperios Centrales y las Potencias Aliadas se realizó gracias a una serie de tratados negociados y firmados en distintas localidades de los alrededores de París: Versalles (con Alemania), Saint-Germain (con Austria), Neuilly (con Bulgaria), Trianon (con Hungría) y Sevres (con Turquía).

(8) El caso de los italianos Sacco y Vanzetti fue mucho más que un ejemplo de error judicial. Acusados, juzgados y ejecutados por un delito que no habían cometido, su caso reveló la xenofobia latente en los países anglosajones contra los hombres de origen latino.

(9) Micahel A. Ledeen, "D´Annunzio a Fiume", Edizioni Laterza, Roma, 1975.

(10) Esta alusión resulta difícilmente comprensible sin conocer una peculiaridad del símbolo heráldico de la ciudad de Venecia, el león de San Marcos. Cuando la ciudad estaba en guerra el libro del Evangelio que el león lleva entre sus garras se representaba cerrado, mientras que cuando se halla en tiempo de paz el libro se representa abierto.

(11) Montello y Vittorio Veneto son los nombres de dos de las principales victorias italianas en la I Guerra Mundial. Rovigo es una ciudad del Veneto, en la carretera de Venecia a Bolonia. El "Victoria a ti, Marcos" es –de nuevo- una alusión al santo patrón de Venecia.

(12) Ledeen, op. cit.

(13) "Benoist-Mechin presente l´imagination au pouvoir ou la Constitution de Fiume" La Pensee Nationale, nº 9, noviembre-diciembre de 1975.

(14) Ledeen, op. cit.

(15) Guillaume de Ferette, "Autosie d´un itineraire politique: Gabrielle d´Annuzio",Defenese de l´Occident, nº 138 y nº 139 (marzo y junio de 1976)

(16) Ledeen, op. cit.

(17) Alusión al "Programa de los 14 puntos" del presidente Woodrow Wilson, donde se definían los objetivos norteamericanos para la postguerra.

(18) Alusión a la grave enfermedad padecida por el presidente Wilson, interpretada por D´Annunzio como un castigo divino.

(19) Enrico Malatesta fue uno de los discípulos italianos de Bakunin. "Anarcocomunista", vivió una vida revolucionaria muy agitada a partir de las insurrecciones anarquistas italianas de 1874, participando en actividades políticas revolucionarias, además de en su país, en Argentina, Francia, Gran Bretaña, EUA y España (donde organizó grupos anarquistas en Madrid y en Andalucía). Durante los primeros años del fascismo italiano editó "Pensero e volonta" (1924-1926). Murió en 1932, en Roma. Ha sido definido como uno de los mayores revolucionarios italianos de la era contemporánea. Nicola Bombacci fue otro de los grandes revolucionarios italianos de la primera mitad del siglo XX. Líder del ala "maximalista" del Partido Socialista, fue después uno de los fundadores del PCI, del cual ostentó cargos directivos hasta 1924. El aplastamiento por parte del terror estalinista de los auténticos revolucionariosbolcheviques le fue apartando del comunismo. Su acercamiento progresivo al fascismo culminó con su adhesión plena a la República Social italiana. Fue ejecutado por partisanos comunistas al final de la guerra.

(20) Carnaro es el nombre italiano de la región donde se encuentra Fiume.

(21) Las ciudades italianas del bajo Medioevo y del Renacimiento (la Florencia de los Médicis, el Milán de los Sforza, la Venecia de los Dogos, etc.) fueron siempre para el Comandante ejemplos de comunidades políticas en las que el arte y la cultura brillaron de manera inigualable.

(22) La palabra italiana "Virtu" no puede ser traducida directamente por la española "virtud" ya que implica también "valor", "carácter", "energía". Se comprende mejor por relación a la idea griega de la "arete".

(23) Estas ideas de D´Annunzio enlazan perfectamente con el modelo de análisis político de Ludwig Van Bertalanffy, la "teoría sistemática". Van Bertalanffy rechazaba la separación entre las ciencias que se ocupan de lo órganico y de lo inorgánico. Su concepto clave es el de "sistema", definido grosso modo como una unidad en la que existen fuertes tendencias que niegan la entropía del universo, o tendencia constante existente en la materia hacia el máximo grado de desorganización, como han demostrado las leyes de la termodinámica. Pero van Bertalanffy ha recordado que existen, en la materia y en las sociedades, tendencias que niegan la entropía (neguentrópicas). D´Annunzio supo captar instintivamente lo que Van Bertalanffy iba a teorizar en 1937: el doble juego de las tendencias entrópicas y las neguentrópicas existentes en toda sociedad, que tienden a equilibrarse (en un proceso de homeostasis) que mantiene la unidad.

(24) De nuevo encontramos aquí una notable anticipación dannunziana sobre la evolución del pensamiento contemporáneo. El antropólogo francés Louis Dumont, en sus libros donde ha analizado la génesis de la ideología occidental, ha llamado abrumadoramente la atención sobre el hecho de que ésta, individualista y economicista, desemboca en una sociedad donde la posesión de cosas (la "reificación" o "cosificación") se erige en valor supremo, en vez de colocarse como tal las relaciones hombre/hombre y hombre/sociedad, a través de las cuales el hombre se realiza y despliega. El crecimiento (la multiplicación de los objetos que han de ser producidos y adquiridos) prima así sobre el desarrollo orgánico de la sociedad y del hombre. Cfr. "Homo Aequalis. Génesis y apogeo de la ideología económica", Taurus.

(25) En 1923 Mussolini anexionó Fiume, lo que fue reconocido diplomáticamente por Yugoslavia en 1924. En 1944 Tito la incorporó a la República Federal de Croacia, una de las integrantes de la Federación Yugoslava.

(26) Leonardo Sciascia, "D´Annunzio, el fascismo y su eco", El País, 31.1.1988.

(27) Juan Arias, "Revisión en Italia de la figura de D´Annunzio en el 50 aniversario de su muerte", El País, 2.3.1988.

Publicado en REVISION, vol. IV, nº2, octubre 1990

Autor: Carlos Caballero Jurado