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La memoria de la Otra Europa

El presidente de Amical de Mauthausen: Todo era mentira

El presidente de Amical de Mauthausen: Todo era mentira

Si a un investigador español se le hubiera ocurrido poner en duda al más famoso de nuestros deportados a los campos nazis hubiera significado su suicidio social. Se le habría tildado de “neonazi", de insultar la memoria de las víctimas, habría sido masacrado por los “medios de comunicación” oficialistas y, finalmente, la comunidad judía, acompañada de SOS Racisme y el Movimiento Contra la Intolerancia, hubieran llevado el caso al juez. La policía hubiera entrado de madrugada en su casa y llevado a la fría mazmorra de cualquier comisarían como un vulgar criminal. Con el Código Penal español (fabricado por el PP) le hubieran podido caer hasta dos años de cárcel. Sin embargo, hubiera tenido razón y la injusticia hubiera dado el nivel del totalitarismo de los políticamente correcto que sufrimos en España, porque en España NO HAY LIBERTAD para poder investigar episodios históricos de la II Guerra Mundial, como es el caso de los campos de concentración. De esta forma, la mentira y la estafa encuentran abonado el campo y así, un tal Enric Marco ha podido engañar, estafar y burlarse durante 30 años de todos nosotros. Él ¿y cuántos más?

Tiene 82 años y durante 30 ha sido en España la víctima por antonomasia de los nazis. Enric Marco, el hombre más conocido de la deportación española, ha engañado a todos durante casi 30 años. Marco, que hasta hace una semana presidía la asociación Amical de Mauthausen, nunca estuvo preso en un campo de concentración, ni luchó en la resistencia, ni pudo ver ningún exterminio, al contrario de lo que aseguraba en cientos de entrevistas, charlas en colegios, e incluso en un libro autobiográfico, “Memoria del infierno", publicado en 1978.

Marco ha reconocido que “la mentira surgió en 1978″ y la mantuvo porque “parecía que me prestaban más atención y podía difundir mejor el sufrimiento de las muchas personas que pasaron por los campos de concentración". Este estafador, ensalzado por toda la progresía, ha tenido que confesar al saber que el historiador Benito Bermejo estaba cuestionando su trayectoria como deportado. El ex-presidente de Amical ha añadido que sabía que “tarde o temprano” se descubriría la mentira, pero que esperaba “ganar tiempo para retirarse". Las luchas de poder dentro de la Asociación han provocado que la verdad saliera a la luz “antes de su retirada".

Enric Marco recibió en 2001 la Cruz de Sant Jordi y el pasado 29 de enero, en el Parlamento español , hizo saltar las lágrimas de sus señorías contando cosas d elos nazis como: “No fueron locos, ni sádicos, fueron más que eso, fueron funcionarios de aquella Europa fascista con la que soñaban y que pensaban duraría 1.000 años".

La biografía de Enric Marco señalaba que trabajó en Barcelona de mecánico hasta la derrota republicana, momento en que se habría pasado a Francia. Hacia final de la Guerra Civil, ante el avance de las tropas franquistas, muchos republicanos se exiliaron a Francia, donde fueron destinados a campos de acogida en el sur del país.

Al cabo de unos meses estalló la Segunda Guerra Mundial y muchos de ellos entraron a combatir con el Ejército francés y fue allí, entre las filas de los aliados, donde fueron capturados por los nazis, que los deportaron a Mauthausen. Unos 7.000 españoles fueron recluidos en Mauthausen y 5.000 perdieron allí la vida por agotamiento y hambre. Tras la liberación del campo, habría seguido su lucha clandestina en el escenario del sindicato anarquista Confederación Nacional del Trabajo (CNT).

El 27 de enero pasado Marco fue uno de los participantes de honor en el Congreso de los Diputados en Madrid en el acto en memoria del holocausto. Su testimonio fue entonces el más emotivo para los deportados. Ahora, el más indignante y desolador.

Las sospechas sobre la trayectoria de Marco comenzaron al circular un informe, hecho por el historiador Benito Bermejo, en el que se cuestionaba la trayectoria de Marco como deportado. El historiador advirtió de que el nombre de su presidente no aparecía en los archivos de Flossenburg, lo que confirmaba sus sospechas de que la biografía de Marco no fuera real. Bermejo ha confesado a elmundo.es en una conversación telefónica desde Austria, que conocía a Enric Marco desde hace unos tres años y “desde el principio tenía sospechas” de la autenticidad de lo que contaba Enric Marco.

El historiador siguió investigando porque la circunstancia anterior unida a que Marco “relataba cosas extrañas que no se correspondían con los hechos históricos generales, como por ejemplo, que había sido detenido y entregado en Marsella a la Gestapo en el 41, y ese año Marsella era zona no ocupada de Francia, y normalmente los republicanos españoles no eran entregados a los alemanes, eso ocurrió mas tarde, me hizo pensar que más bien se trataba de la trayectoria de una persona que había ido voluntaria a trabajar a Alemania".

Una sospecha que Bermejo ha podido comprobar y contrastar hace unas semanas en los archivos del Ministerio de Asuntos Exteriores de Madrid.

El expresidente, en su nota, admitió haber salido hacia Alemania en 1941 en una expedición “de trabajadores españoles” y haber vuelto a España a comienzos de 1943, mucho antes de la liberación de los campos nazis en 1945. No estuvo en el campo de Flossenburg.

Marco siempre fue convincente y sabía ser prolijo en sus relatos, aseguró: “Sobrevivir en un campo de concentración es tanto una cuestión de suerte como de fuerza mental". Siempre sostuvo que su número de deportado fue el 6.448. El 29 de enero pasado, cuando habló en el Congreso de los Diputados, aseguró: “Cuando llegábamos a los campos de concentración nos desnudaban, nos mordían sus perros…".

¿Cuántos “Marco” habrá habido desde 1945 en un tema que es tabú, que no se puede investigar y que ha dado grandes dividendos a sus “beneficiarios"? Imaginen. Nuestro Marco daba alrededor de 120 conferencias al año, desde el Congreso de Diputados hasta colegios.

Extraído de la página de la Agencia Informativa Novopress

Releyendo a Evola (V). Dos Derechos.

Releyendo a Evola (V). Dos Derechos.

En 1948 una comisión especial de la ONU presentó, como resultado de sus trabajos, una especie de Charta en la que se definía la concepción del derecho. Una vez aprobada, y obtenido su reconocimiento también en los ambientes católicos, la misma sancionaba en mayor o menos medida las ideas del denominado "derecho natural", con un lugar destacado para los principios jacobinos del ’89 y los de la Declaración de la Independencia Norteamericana, fijando por lo tanto la base universal para la democracia. Con la misma, era también convalidada la famosa "ideología de Nüremberg", es decir, de aquella macabra farsa jurídica con la cual, para desprecio de toda anterior tradición de honor militar, los vencedores se han unilateralmente constituido en jueces de los vencidos refiriéndose así a principios tan sólo por ellos elaborados y hechos valer retroactivamente y por encima de cualquier frontera.

En efecto, éste es uno de los aspectos fundamentales del denominado derecho "natural" en su oposición a lo que es denominado como "derecho positivo" o "político". El fondo último de tal doctrina (el "iusnaturalismo"), el cual ha tenido un papel relevante en todas las ideologías subversivas modernas, es éste: para lo justo y lo injusto, para lo lícito y lo ilícito existirían principios inmutables y congénitos en la naturaleza humana, de carácter universal, que aquella que es denominada como la "recta razón" podría siempre reconocer de manera directa. El punto esencial es el de atribuir al conjunto de estos principios una superior validez y dignidad, de hacerlos valer no tanto en términos de derecho cuanto en términos de moral. Éstos tendrían una autoridad y una fuerza íntimamente imperativa que el "derecho positivo", es decir las leyes concretas que rigen todo Estado y toda sociedad organizada, no poseen puesto que estas leyes se basarían en la simple necesidad o sobre la coerción, no tendrían un crisma superior y deberían ser simplemente medidas, en su legitimidad, justamente sobre la base del "derecho natural" del hombre.

Hemos hablado de un uso subversivo de este derecho puesto que es evidente que, refiriéndose al mismo, puede ponerse bajo acusación al Estado, se pueden sancionar rebeliones, contestaciones y desobediencias de los individuos y de las masas, sin excluir la "objeción de conciencia" y posturas análogas por un lado y por el otro hasta arribar a la mencionada "ideología de Nüremberg" y a la pretensión de constituir un tribunal universal democrático al cual todo Estado debería plegarse renunciando así a lo que constituye su misma esencia, es decir su soberanía. Los ataques múltiples, hoy tan frecuentes, sostenidos sea contra uno u otro régimen reputado como "fascista", con ingerencia en los asuntos internos de otros países (aunque sin abrir la boca en general cuando se trata de regímenes marxistas), proceden evidentemente de presupuestos análogos.

Ahora bien, sobre todo esto es dable hacer una serie de consideraciones.

Por un lado tal "derecho natural" no es sino una abstracción, lo cual resulta históricamente del hecho de que después de siglos de controversias jurídico-filosóficas nadie ha podido arribar nunca a definir exacta y unívocamente cuál sea la "naturaleza humana" en singular, la naturalis ratio y el criterio objetivo para juzgar qué cosa se encuentre realmente en conformidad con la misma y qué es lo que le sería congénito como si se tratase de una sagrada herencia. En su ausencia, se ha podido hacer referencia tan sólo a algunos principios elementales que se juzgan como necesarios a fin de que una vida social fuese posible. Pero con esto viene a menos la "trascendencia" del derecho natural, su pretendida superior dignidad, puesto que se nos manifiestan entonces como evidentes un conjunto de condicionamientos históricos y puesto que (sobre este punto esencial volveremos enseguida) para la "vida social" son concebibles formas sumamente diferentes. En efecto, cuando de lo abstracto se ha pasado a lo concreto, al derecho natural, de acuerdo a los autores y las épocas, se le ha agregado ahora uno u otro principio. Baste pensar que en la antigüedad hubo quien hizo ingresar dentro del derecho natural a la misma esclavitud.

Puede ser interesante una ejemplificación histórica respecto de los orígenes del "derecho natural". Por parte de la Corona británica habían sido reconocidos a los ciudadanos paulatinamente una serie de derechos en el plano puramente político, luego de conflictos y diferentes circunstancias locales. Y bien, estos derechos, por parte de filósofos como Locke y luego por la Declaración de independencia norteamericana, fueron "absolutizados", fue olvidado su origen empírico y político, los mismos fueron transformados en "derechos naturales" autónomos y superiores a cualquier sociedad política, inalienables y conferidos nada menos que por Dios a toda criatura humana.

Sin embargo el punto fundamental es éste: allí donde se habla de derecho natural se encuentra a pesar de todo, un cierto común denominador, se encuentran ciertos principios que, por lo demás, son intrínsecos no de la naturaleza humana en general, sino más bien de una determinada naturaleza humana y ofician de presupuesto no de todo tipo posible de sociedad, sino de un determinado tipo de sociedad. En otros términos, no se trata para nada del derecho en singular, sino tan sólo de un derecho, de la especial concepción que del derecho tuvieron (y tienen) un determinado tipo de sociedad (la liberal) y un determinado tipo humano (el burgues). Todo lo demás, su presunto carácter ético y casi sagrado, su correspondencia nada menos que a la "ley divina impresa en el corazón de los hombres", su ser normativo en sí mismo, no es sino pura mitología (un marxista diría que es una superestructura); es un aparato especulativo al servicio de quienes defienden y buscan de hacer prevalecer lo que corresponde a una determinada mentalidad y a un determinado ideal de vida asociado: es decir los que han hallado una esencial expresión en la democracia y en el igualitarismo democrático.

Pero no nos debemos detener aquí: es necesario ir más a fondo y rastrear el origen o la genealogía de este derecho.

Para hacer esto, nos debemos remitir a tiempos remotos y a una morfología de las civilizaciones, utilizando concepciones como las formuladas por el suizo J. J. Bachofen, genial estudioso del derecho y de los mitos y de las tradiciones antiguas, contemporáneo de Nietzsche y de Burckhardt. La "constante" de toda la teoría iusnaturalista se encuentra en la igualdad y la indiscriminada, innata, intangible libertad atribuida a todo ser humano, más aun, de acuerdo a algunos escritores antiguos, a todo ser viviente. Todos los hombres son iguales y hermanos. Toda autoridad es violencia, las leyes políticas positivas fueron ya llamadas magis violentiae quam leges. En rigor, el corolario sería una concepción comunista de la propiedad, la communis omnium possessio, en tanto que es igual el derecho de los iguales.

Y bien, todo ello tiene un preciso trasfondo cultural y religioso, que es la concepción "matriarcal" del mundo y de la vida. "Matriarcal" aquí debe ser tomado no en sentido literal material, sino en sentido generalizado. Se trata de las civilizaciones que vieron el supremo principio del universo en una divinidad femenina materna, sobre todo en la Madre Tierra, Magna Mater. Frente a la Madre generadora todos los seres son iguales. Su ley no conoce exclusivismos o diferencias, su amor aborrece todo límite, su soberanía no admite que el sujeto se arrogue un derecho particular sobre aquello que por naturaleza pertenece colectivamente a todos los seres. La cualidad de "hijo de la Madre" asegura una intangibilidad e iguales derechos a cada uno. A la igualdad se le acompaña la intangibilidad física y en el conjunto viene definido como "conforme a la naturaleza" un ideal fraterno-social y promiscuo de la vida organizada. Los orígenes pueden ser olvidados, este trasfondo religioso con la primacía del principio femenino-materno y ctonio (es decir vinculado a la Tierra) puede hacerse totalmente invisible, y sin embargo subsistir como un espíritu y un ethos bien determinados, como una interna conformación: lo cual se vincula justamente con el hecho de que se hacen valer por sí mismos, en abstracto, los principios del derecho natural.

El cual, por lo demás, desde tal perspectiva parece corresponder tan sólo a lo que es propio de una determinada línea espiritual y, si se lo puede decir así, a una determinada "raza interior". Es así como Bachofen ha indicado la existencia, ya en los orígenes, de una orientación opuesta, de una concepción "paterna", base, a su vez, de otro derecho, de otro ideal de sociedad, de otro ethos, teniendo como trasfondo a otra concepción religiosa: mitológicamente, la primacía es atribuida a las divinidades masculinas paternas de la luz y del cielo luminoso (en especial en las civilizaciones de origen indoeuropeo) frente a las divinidades femeninas-maternas de la tierra y del mismo cielo. Y a las primeras divinidades, uránicas y olímpicas, les fue referido el mundo concebido como kosmos y ordo, es decir como un todo ordenado y bien articulado que tiene su reflejo en una concepción no menos articulada, orgánica y jerárquica de la sociedad así como del derecho (se vincula aquí el clásico dicho sui cuique); se puede decir que la misma funda el principio y el derecho del verdadero Estado, en oposición a lo que es simple sociedad naturalista. Bachofen ha puesto en luz también que en las grandes civilizaciones antiguas basadas en el derecho viril, en lo que con Vico se podría llamar "el derecho natural de los pueblos heroicos", en forma notoria en la civilización romana, el derecho promiscuo propio del otro tipo de civilización no subsistió sino en los estratos inferiores, en la plebe. Así en Roma es significativo que una antigua designación de la plebe fue justamente la de "hijos de la Tierra", que los cultos predominantes de la plebe fueron de divinidades femeninas y que a las mismas se hizo siempre alusión en las sublevaciones en contra de las malignae leges, es decir en contra de las formas del derecho positivo político y patricio. Sólo con el derrumbe y decadencia de la antigua romanidad aristocrática este substrato volvió a emerger y pasó casi a la contraofensiva y es desde tal perspectiva que debe verse la génesis del "derecho natural" cual fue profesado por varios juristas, incluso Ulpiano, en el tardío período de decadencia universalista del Imperio. Desde varios puntos de vista el cristianismo contribuyó a esta acción dando un crisma religioso al principio de la igualdad de todos los hombres, principio que demasiado fácilmente desde el plano teológico (igualdad de todos ante Dios o lo Absoluto) fue hecho valer absurdamente en el plano social.

Considerando los desarrollos sucesivos en el sentido de una secularización, es así como se arriba al "derecho natural" del cual se empezó a hablar en especial a partir del siglo XVII y al cual se remite la democracia moderna, que lo ha convertido en una cosa sagrada, intangible, originaria por un lado y por el otro como una conquista del progreso humano.

Pero si se considera aquello que aquí, aun sea en una forma necesariamente sumaria (en otras oportunidades nos hemos referido con un mayor desarrollo a este orden de ideas), ha sido expuesto, se debe reconocer que justamente lo opuesto es lo verdadero: se trata de un fenómeno regresivo. La ideología democrática, la revalorización del "derecho natural" en contra de cualquier ley política articulada, el presunto humanismo que convierte en fetiche a una libertad indiscriminada y todo lo demás, hasta la Charta formulada por los juristas de la ONU, de lo cual se ha hablado al comienzo de este artículo, que debería tener un valor supranacional mundial, no son sino las señales indicativas de una involución, de la emergencia y del predomino del hombre de una determinada raza interior, paralelos con el declinar de un tipo humano superior con sus símbolos y su derecho.

La crisis del mundo tradicional ha propiciado la reviviscencia, aun secularizada, de un substrato de trasfondo "matriarcal", naturalista y plebeyo, a expensas del principio que antes tenía el símbolo paterno, que ha subsistido en las mayores civilizaciones dinásticas europeas de "derecho divino", con el ideal de la autoridad y de la jerarquía, fundamento del verdadero Estado. Muchas son las variedades del fenómeno: democracia, masa, "pueblo",   societarismo y socialismo, "comunidad" en función antitética con respecto a todo lo que es Estado, y así sucesivamente. El comunismo constituye el término final de tal regresión. Es significativo cómo los distintos filósofos marxistas de la historia, comenzando por el mismo Engels, remitiéndose también, aunque de manera obtusa y unilateral, a las teorías de Morgan y del mismo Bachofen, han hablado de una fase matriarcal comunista de los orígenes, absurdamente exaltada por ellos, y en ella han visto casi el estado normal al cual el régimen de propiedad privada y todo el resto le han hecho violencia. Es pues un "iusnaturalismo" en estado puro.

["Radiografía de la Democracia", Il Conciliatore, Enero 1969]

Los precursores: José Antonio

Los precursores: José Antonio

 Germanos contra bereberes

 

1. ¿Qué fue la Reconquista ? Un criterio superficial de la victoria tiende a considerar España como una especie de fondo o substratum permanente sobre el cual desfilan diversas invasiones, a las que nos hacen asistir como solidarios con aquel elemento aborigen. Dominación fenicia, cartaginesa, romana, goda, africana... De niños hemos presenciado mentalmente todas esas dominaciones en calidad de sujetos pacientes; es decir, como miembros del pueblo invadido. Ninguno de nosotros, en su infancia romancesca, ha dejado de sentirse sucesor de Viriato, de Sertorio, de los numantinos. El invasor era siempre nuestro enemigo; el invadido nuestro compatriota.

Cuando la cosa se considera más despacio, ya al apuntar la mañana, cae uno en esta perplejidad: después de todo -se pregunta- no sólo mi cultura, sino aún mi sangre y mis entrañas ¿tienen más de común con el céltico aborigen que con el romano civilizado? Es decir, ¿no tendré un perfecto derecho, aún por fuerza de la sangre, a mirar la tierra española con ojos de invasor romano; a considerar con orgullo esta tierra no como remota cuna de los míos sino como incorporada por los míos a una nueva forma de cultura y de existencia? ¿Quién me dice que, en el sitio de Numancia, hay dentro de las murallas más sangre mía, más valores de cultura míos, que en los campamentos sitiadores?

Quizá podamos entender esto señaladamente bien los que procedemos de familias que hayan visto nacer muchas de sus generaciones en la América hispana. Nuestros antepasados trasatlánticos, como nuestros actuales parientes de allá, se sienten tan americanos como nosotros españoles; pero saben que su calidad americana les viene como descendientes de los que dieron a América su forma presente. Sienten a América como entrañablemente suya porque sus antepasados la ganaron. Aquellos antepasados procedían de otro solar, que ya es, para sus descendientes, más o menos extranjero. En cambio la tierra en que actualmente viven, siglos atrás extranjera, es ahora la suya, la definitivamente incorporada por unos remotos abuelos al destino vital de su estirpe.

Estos dos puntos de vista descansan sobre dos maneras de entender la patria: o como razón de tierra o como razón de destino. Para unos, la patria es el asiento físico de la cuna; toda su tradición es una tradición espacial, geográfica. Para otros, la patria es la proyección física de un destino; la tradición, así entendida, es predominantemente temporal, histórica.
2. Con esta previa delimitación de conceptos cabe resumir la cuestión inicial: ¿qué fue la Reconquista ? Ya se sabe: desde el punto de vista infantil, el lento recobro de la tierra española por los españoles contra los moros que la habían invadido. Pero la cosa no fue así. En primer lugar, los moros (es más exacto llamarles «los moros» que «los árabes»; la mayor parte de los invasores fueron berberiscos del norte de África; los árabes, raza muy superior, formaban solamente la minoría directora) ocuparon la casi totalidad de la Península en poco tiempo más del necesario para una toma de posesión material, sin lucha. Desde Guadalete (año 711) hasta Covadonga (718) no habla la Historia de ninguna batalla entre forasteros e indígenas. Hasta el reino de Todomir, en Murcia, se constituyó por buenas componendas con los moros, toda la inmensa España fue ocupada en paz; España, naturalmente, con los «españoles» que habitaron en ella. Los que se replegaron hacia Asturias fueron los supervivientes de entre los dignatarios y militares godos; es decir, de los que tres siglos antes habían sido, a su vez, considerados como invasores. El fondo popular indígena (celtibérico, semítico en gran parte, norteafricano por afinidad en otra, más o menos romanizado todo él) era tan ajeno a los godos como a los agarenos recién llegados. Es más, sentían muchas más razones de simpatía étnica y consuetudinaria con los vecinos del otro lado del estrecho que con los rubios danubianos aparecidos tres siglos antes. Probablemente la masa popular española se sintió mucho más a su gusto gobernada por los moros que dominada por los germanos. Esto fue el principio de la Reconquista ; al final no hay ni que hablar. Después de seiscientos, de setecientos, de casi (en algunos sitios) ochocientos años de convivencia, la fusión de sangre y usos entre aborígenes y bereberes era indestructible; mientras que la compenetración entre indígenas y godos, entorpecida durante doscientos años por la dualidad jurídica y, en el fondo, rehusada siempre por el sentido racial de los germánicos, no pasó nunca de ser superficial.

La Reconquista no es, pues, una empresa popular española contra una invasión extranjera; es, en realidad, una nueva conquista germánica; una pugna multisecular por el poder militar y político entre una minoría semítica de gran raza -los árabes- y una minoría aria de gran raza -los godos-. En esa pugna toman parte bereberes y aborígenes en calidad de gente de tropa unas veces y, otras veces, en actitud de súbditos resignados de unos y otros dominadores, quizá con marcada preferencia, al menos en gran parte del territorio, por los sarracenos.

Hasta tal punto es la Reconquista una guerra entre partidos y no una guerra de la independencia que a nadie se le ha ocurrido nunca llamar «españoles» a los que combatían contra los agarenos, sino «los cristianos» por oposición a «los moros». La Reconquista fue una disputa bélica por el poder político y militar entre los pueblos dominadores, polarizada en torno de una pugna religiosa.

Del lado cristiano, los jefes preminentes son todos de sangre goda. A Pelayo se le alza en Covadonga sobre el pavés como continuador de la Monarquía sepultada junto al Guadalete. Los capitanes de los primeros núcleos cristianos tienen un aire inequívoco de príncipes de sangre y mentalidad germánica. Más: se sienten ligados desde el principio a la gran comunidad catolicogermánica europea. Cuando Alfonso el Sabio aspira al trono imperial no adopta una actitud extravagante: pleitea, con el alegato de la madurez política de su reino, por lo que podía alentar desde siglos antes en la conciencia de príncipe cristianogermánico de cada jefe de los citados reconquistadores. La Reconquista es una empresa europea, es decir, en aquella sazón, germánica. Muchas veces acuden de hecho, para guerrear contra los moros, señores libres de Francia y de Alemania. Los reinos que se forman tienen una planta germánica innegable. Acaso no haya Estados en Europa que tengan mejor impreso el sello europeo de la germanidad que el condado de Barcelona y el reino de León.
3. En esquema -abstracción hecha de los mil acarreos e influencias recíprocas de todos los elementos étnicos removidos durante ochocientos años-, la Monarquía triunfante de los Reyes Católicos es la restauración de la Monarquía góticoespañola, católicoeuropea, destronada en el siglo VIII. La mentalidad popular distinguía entonces difícilmente entre nación y rey. Por otra parte, considerables extensiones de España, singularmente Asturias, León y el Norte de Castilla habían sido gemanizadas, casi sin solución de continuidad, durante mil años (desde principios del siglo V hasta finales del XV, sin más interrupción que los años que van desde el Guadalete hasta el recobro de las tierras del norte por los jefes godocristianos) sin contar con que su afinidad étnica con el norte de África era mucho menor que la de las gentes del sur y levante. La unidad nacional bajo los Reyes Católicos es, pues, la edificación del Estado unitario español con el sentido europeo, católico, germánico, de toda la Reconquista , y la culminación de la obra de germanización social y económica de España. No se olvide esto, porque quizá por ahí va a encontrar la «constante bereber» su primera rendija para la rebelión.

En efecto, el tipo de dominación árabe era preponderantemente político y militar. Los árabes tenían vagamente el sentido de la territorialidad. No se adueñaban de las tierras, en el sentido jurídicoprivado. Así pues, la población campesina de las comarcas más largamente dominada por los árabes (Andalucía, Levante) permanecía en una situación de libre disfrute de la tierra, en forma de pequeña propiedad y, acaso, de propiedades colectivas. El andaluz aborigen, y la población bereber que nutrió más copiosamente las filas árabes, gozaba, pues, una paz elemental y libre, inepta para grandes empresas de cultura, pero deliciosa para un pueblo indolente, imaginativo y melancólico como el andaluz. En cambio, los cristianos germánicos traían en la sangre el sentido feudal de la propiedad. Cuando conquistaban las tierras erigían sobre ellas señoríos, no ya pluralmente politicomilitares como los de los árabes, sino patrimoniales al mismo tiempo que políticos. El campesino pasaba, en caso mejor, a ser vasallo; tiempo adelante, cuando por la atenuación del aspecto jurisdiccional, político, los señoríos van subrayando su carácter patrimonial, los vasallos, completamente desarraigados caen en la condición terrible de jornaleros.

La organización germánica, de tipo aristocrático, jerárquico, era, en su base, mucho más dura. Para justificar tal dureza se comprometía a realizar alguna gran tarea histórica. Era, en realidad, la dominación política y económica sobre un pueblo casi primitivo. Toda aquella enorme armadura -Monarquía, Iglesia, aristocracia- podía intentar la justificación de sus pesados privilegios a título de cumplidora de un gran destino en la Historia. Y lo intentó por doble camino: la conquista de América y la Contrarreforma.
4. Es un tópico (puesto en circulación por la literatura «bereber» de que se hablará más tarde) el decir, que la conquista de América es obra de la espontaneidad popular española, realizada casi a despecho de la España oficial. No se puede sostener esa tesis en serio. Muchas de las expediciones se organizaron, ciertamente, como empresa privada; pero el sentido de la cristianización y colonización de América está contenido en el monumento de las Leyes de Indias, obra que encierra el pensamiento constante del Estado español a través de vicisitudes seculares. Y la conquista de América es también una tesis catolicogermánica. Tiene un sentido de la universalidad sin la menor raíz celtibérica y bereber. Sólo Roma y la Cristiandad germánica pudieron transmitir a España la vocación expansiva, católica, de la conquista de América. Lo que se llame el espíritu aventurero español, ¿será español de veras en el sentido aborigen o bereber, o será una de las señales de sangre germánica? No se desdeñe el dato de que, aún en nuestros días, las regiones de donde sale mayor número de emigrantes, es decir, de aventureros, son las del Norte, las más germanizadas, las más europeas, las que, desde su punto de vista castizo y pintoresco, podrían llamarse menos españolas. En cambio, es todavía abundantísimo el número de andaluces y levantinos que se trasplanta a Marruecos, a Orán, a Argelia y que vive allí absolutamente como en su casa, como una cepa que reconoce la tierra lejana de donde arrancaron a su ascendiente. Esta derivación meridional y levantina hacia África no tiene la menor homogeneidad con las expediciones colonizadoras hacia América. Incluso África y América han sido constantemente como las consignas de dos partidos políticos y literarios españoles. De dos partidos que coinciden exactamente en casi todos los instantes con el liberal y el conservador; el popular y el aristocrático; el bereber y el germánico. Era casi cosa obligada que un escritor aristocrático, antieclesiástico, antimonárquico, incorporase a su repertorio frases como ésta: «Más valía que la Monarquía española, en vez de extenuar a España en la empresa de América, hubiera buscado nuestra expansión natural, que es África».

Al lado de la conquista de América, la España germánica (doblemente germánica ahora bajo la dinastía de los Habsburgo) riñe en Europa el combate católico por la unidad. Lo riñe y, a la larga, lo pierde. Y, como consecuencia, pierde a América. La justificación moral e histórica de la dominación sobre América se hallaba en la idea de la unidad religiosa del mundo. El catolicismo era la justificación del poder de España. Pero el catolicismo había perdido la partida. Vencido el catolicismo, España se quedaba sin título que alegar para el imperio de Occidente. Su credencial estaba caducada. Ya lo vió el astuto Richelieu que, para hundir a la casa de Austria, no vaciló en auxiliar a los paladines de la reforma. Sabía muy bien que la piedra angular de los Habsburgo era la unidad católica de la Cristiandad.

Y así, perdida la partida en Europa primero, en América después, ¿qué tarea de valor universal alegaría la España dominadora -Monarquía, Iglesia, aristocracia- para conservar su situación de privilegio? Falta de justificación histórica, dimitida toda función directiva, sus ventajas económicas y políticas quedaban en puro abuso. Por otra parte, con la falta de empleo, las clases directoras habían perdido el brío, incluso de la propia defensa. Se observa una colección de fenómenos, semejantes en extremo a la decadencia de la monarquía visigótica. Y la fuerza latente, nunca extinguida, del pueblo bereber sometido, inicia lentamente su desquite.
5. Porque, aún en las horas cenitales de la dominación, la «constante bereber» no había dejado de existir y de obrar nunca. Los pueblos superpuestos, dominador y dominado, germánico y aborigen bereber, no se habían fundido. Ni siquiera se entendían. El pueblo dominador vigilaba el no mezclarse con el dominado (hasta 1756 no se deroga una pragmática de Isabel la Católica que exigía probar pureza de sangre, es decir, condición de cristiano viejo, sin mezcla de judío o moro, aún para desempeñar modestísimas funciones de autoridad). El pueblo dominado, entre tanto, detesta al dominador. Con un giro típico, adopta respecto de los dominadores apariencia de sumisión irónica. En Andalucía se llega a los más exagerados extremos de adulación; pero bajo esa adulación aparente se venga la más desdeñosa zumba hacia el adulado. Esta actitud, la burla, es la más dulcemente resignada que adopta el pueblo desposeído. Más arriba aparece ya el odio y, sobre todo, la afirmación permanente de la separación. En España la expresión «el pueblo» guarda siempre un tono particularista y hostil. El «pueblo hebrero» comprendía naturalmente, a los profetas. El «pueblo inglés» incluye a los lores, ¡a buena hora permitiría un inglés consciente que no le considerasen solidarizado, bajo la denominación popular de inglés, con los primeros jerarcas del país! Aquí no: cuando se dice «el pueblo» se piensa decir lo indiferenciado, lo incalificado, lo que no es aristocracia, ni Iglesia, ni milicia, ni jerarquía de ninguna especie. El mismo don Manuel Azaña ha dicho: «no creo en los intelectuales, ni en los militares, ni en los políticos; no creo más que en el pueblo». Pero entonces los intelectuales, los militares, los políticos, como los eclesiásticos y los aristócratas ¿no forman parte del pueblo? Sin especificar, se alude al sojuzgado, al sustraído a su siempre añorada existencia primitiva, indiferenciada, antijerárquica y que, por lo mismo, detesta rencorosamente toda jerarquía, característica del pueblo dominador.

Tal realidad ha penetrado todas las manifestaciones de la vida española, incluso las de apariencia menos popular. Por ejemplo, el fenómeno europeo de la Reforma tuvo en España una versión reducida, pero absolutamente impregnada de la pugna entre germánicos y bereberes, entre dominadores y dominados. En España no se dió un solo caso de hereje príncipe, como en Francia o en Alemania. Los grandes señores se mantuvieron aferrados a su religión de castas. Todo hereje, pequeño burgués, o letrado, era como un vengador de los oprimidos; en su disidencia alentaba más que un tema teológico una incurable inquina contra el aparato oficial, formidable, de Monarquía, Iglesia, aristocracia...

Y así hasta las fechas más recientes. La línea bereber, más aparente cada vez según ve declinar la fuerza contraria, asoma en toda la intelectualidad de izquierda, de Larra hacia acá. Ni la fidelidad a las modas extranjeras logra ocultar un tonillo de resentimiento de vencido en toda la producción literaria española de los cien últimos años. En cualquier escritor de izquierdas hay un gesto morboso por demoler, tan persistente y tan desazonante que no se puede alimentar sino de una animosidad personal, de casta humillada. Monarquía, Iglesia, aristocracia, milicia, ponen nerviosos a los intelectuales de izquierda, de una izquierda que para estos efectos empieza bastante a la derecha. No es que sometan aquellas instituciones a crítica; es que, en presencia de ellas, les acomete un desasosiego ancestral como el que acomete a los gitanos cuando se les nombra a la bicha. En el fondo los dos efectos son manifestaciones del mismo viejo llamamiento de la sangre bereber. Lo que odian, sin saberlo, no es el fracaso de las instituciones que denigran, sino su remoto triunfo; su triunfo sobre ellos, sobre los que la odian. Son los bereberes vencidos que no perdonan a los vencedores -católicos, germánicos- haber sido los portadores del mensaje de Europa.
El resentimiento ha esterilizado en España toda posibilidad de cultura. Las clases directoras no han dado nada a la cultura, que en ninguna parte suele ser su misión específica. Las clases sometidas, para producir algo considerable desde el punto de vista de la cultura, tenían que haber aceptado el cuadro de valores europeo, germánico, que es el vigente; y eso les suscita una repugnancia infinita por ser, en el fondo, el de los odiados dominadores.

Así, grosso modo, puede decirse que la aportación de España a la cultura moderna es igual a cero, salvo algún ingente esfuerzo individual, desligado de toda escuela, y algún pequeño cenáculo inevitable envuelto en un halo de extranjería.
6. Tras las escaramuzas tenía que llegar la batalla. Y ha llegado: es la República de 1931; va a ser, sobre todo, la República de 1936. Estas fechas, singularmente la segunda, representan la demolición de todo el aparato monárquico, religioso, aristicrático y militar que aún afirmaba, aunque en ruinas, la europeidad de España. Desde luego la máquina estaba inoperante; pero lo grave es que su destrucción representa el desquite de la Reconquista , es decir, la nueva invasión bereber. Volveremos a lo indiferenciado. Probablemente se ganará en placidez elemental en las condiciones populares de vida. Acaso el campesino andaluz, infinitamente triste y nostálgico, reanude el silencioso coloquio con la tierra de que fue desposeído. Casi media España se sentirá expresada inmejorablemente si esto ocurre. Desde luego, se habrá conseguido un perfecto ajuste en lo natural. Pero lo malo es que entonces será pueblo único, ya dominador y dominado en una sola pieza, un pueblo sin la más mínima aptitud para la cultura universal. La tuvieron los árabes; pero los árabes eran una pequeña casta directora, ya mil veces diluida en el fondo humano superviviente. La masa, que es la que va a triunfar ahora, no es árabe sino bereber. Lo que va a ser vencido es el resto germánico que aún nos ligaba con Europa.

Acaso España se parta en pedazos, desde una frontera que dibuje, dentro de la Península , el verdadero límite de África. Acaso toda España se africanice. Lo indudable es que, para mucho tiempo, España dejará de contar en Europa. Y entonces, los que por solidaridad de cultura y aún por misteriosa voz de sangre nos sentimos ligados al destino europeo, ¿podremos transmutar nuestro patriotismo de estirpe, que ama a esta tierra porque nuestros antepasados la ganaron para darle forma, en un patriotismo telúrico, que ame a esta tierra por ser ella, a pesar de que en su anchura haya enmudecido hasta el último eco de nuestro destino familiar?.

Prisión de Alicante, 13 de agosto de 1936

Ernst Niekisch: Un revolucionario alemán

Ernst Niekisch: Un revolucionario alemán

Ernst Niekisch, nacido en 1.889 en una familia de artesanos, militante y periodista del partido Social-demócrata, fue elegido en 1.918 presidente del Consejo Central de Baviera. Convertido al nacionalismo durante su estancia en la cárcel, comenzó a publicar en 1.926 Widerstand (Resistencia) "Escritos para una política socialista y nacionalista-revolucionaria". Colaboró con la mayoría de personalidades relacionadas con NR (entre ellas Ernst Jünger), y se convirtió en la figura proa, y principal teórico, del nacional-bolchevismo alemán y del anti-occidentalismo europeo. La revista dobló en seguida el número de simpatizantes (de 5 a 600 miembros, un movimiento de unas 5.000 personas) y se dotó del semanario Entscheidung (Decisión). El conjunto fue prohibido por los nazis tras subir al poder y Niekisch fue encarcelado algunos años después en una verdadera resistencia interior. Liberado por la Armada Roja el 27 de abril de 1.945, se afilió al Partido Comunista Alemán, y luego al Partido Socialista Unificado, formó parte de la dirección del Frente Nacional, fue diputado e impartió clases en la Universidad de Humbolt. Sin embargo, tras el aplastamiento de la sublevación del 17 de junio de 1.953, renunció a todas sus responsabilidades y se estableció en la Republica Federal, donde murió en 1.967. Su influencia sobre el europeismo revolucionario y el nacionalismo europeo resulta inconmensurable.

Ernst Niekisch es tal vez la figura más representativa del complejo y multiforme panorama que ofrece el movimiento nacional-bolchevique alemán de los años 1918 a 1933. En él se encarnan con toda claridad las características y las contradicciones evocadas por el término de "nacional-bolchevismo" y que responden mucho más a un estado de ánimo que a una actitud activista, a una ideología de contornos precisos o a una unidad organizativa, pues este movimiento estaba compuesto por infinidad de pequeños círculos, grupos, revistas, etc., sin que hubiera jamás un partido que se calificara a sí mismo de "nacional-bolchevique". Es curioso constatar que casi ninguno de estos grupos o personalidades usó este apelativo (si exceptuamos la revista de Karl Otto Paetel, "Die Sozialistische Nation", cuyo subtítulo era"Nationalbolschewistische Blätter"), sino que el adjetivo les fue lanzado con carácter despectivo, teñido de sensacionalismo por la prensa y los partidos sostenedores de la República de Weimar, de la que todos los nacional-bolcheviques fueron encarnizados enemigos, no habiendo a este respecto diferencias entre los grupos procedentes del comunismo que incorporaron la idea nacional y entre los grupos nacionalistas dispuestos a asumir cambios económicos radicales y la alianza con la U.R.S.S. para destruir el odiado sistema nacido del Dicktat de Versalles.

Ernst Niekisch nació el 23 de mayo de 1889 en Trebnitz (Silesia). Era hijo de un limador que se trasladó a Nördlingen im Reis (Baviera-Suabia) en 1891. Niekisch realizó estudios de magisterio que termina en 1907, pasando a ejercer en Ries y Augsburg. No era corriente en la Alemania guillermina -aquel estado en el que había tenido lugar"la victoria del burgués sobre el soldado", en palabras de Carl Schmitt- que un hijo de obrero estudiara, por lo que Niekisch debió sufrir las burlas y la hostilidad de sus compañeros de clase. Ya en esta época estaba hambriento de saber ("una vida de nulidad es insoportable", dirá) y devorado por un fuego interior revolucionario; se lanza sobre Hauptmann, Ibsen, Nietzsche, Schopenhauer, Kant, Hegel y Maquiavelo, a cuya influencia se añadirá la de Marx, desde 1915. Alistado en el ejército en 1914, serios problemas oculares le impiden llegar al frente, por lo que ejercerá, hasta febrero de 1917 funciones de inspección de reclutas en Augsburg. En octubre de 1917 entra en el Partido Socialdemócrata (S.P.D.) y se siente fuertemente atraído por la Revolución Bolchevique. De esta época data su primer escrito político hoy perdido, titulado significativamente "Licht aus dem Osten" en el que ya formulaba lo que será una constante de su acción política: la idea de la "Ostorientierung". La difusión de este folleto será saboteada por el propio S.P.D., en cuyo periódico de Augsburg "Schwäbischen Volkszeitung" colaboraba Niekisch.

El 7 de noviembre de 1918 Eisner proclama en Munich la República. Niekisch funda el consejo de obreros y soldados de Augsburg, y se convierte en su presidente, siéndolo igualmente del Consejo de Obreros, Campesinos y Soldados de Munich durante febrero y marzo de 1919. El es el único miembro del Comité Central que vota en contra de la proclamación de la primera República Soviética de Baviera, pues considera que ésta es la provincia alemana menos adecuada para realizar el experimento, debido a su carácter agrario. Sin embargo, a la entrada de los Freikorps en Munich, Niekiksch es encarcelado el 5 de mayo -día en el que pasa del S.P.D. al Partido Socialdemócrata Independiente (U.S.P.D.)-. El 22 de junio es condenado a dos años de prisión en fortaleza por su actividad en el Consejo de Obreros y Soldados, aunque no ha tenido nada que ver con los crímenes de la República Soviética Bávara. Niekisch cumple su sentencia íntegramente, pues si bien es elegido al parlamento bávaro como jefe de fracción del U.S.P.D., no será liberado hasta agosto de 1921. Entre tanto, se encuentra de nuevo en el S.P.D. debido a la reunificación con éste del U.S.P.D. (la anterior escisión se había verificado durante la guerra mundial).

Niekisch no está en absoluto de acuerdo con la política contemporizadora del S.P.D. -temperamentalmente era incapaz de soportar las medias tintas y los compromisos- y añadiéndose a ésta situación de disgusto las amenazas contra él y su familia (habiéndose casado en 1915 tenía un hijo), renuncia a su mandato parlamentario y se traslada a Berlín, donde entra en la dirección del Secretariado de la Juventud del Gran Sindicato Textil, un trabajo burocrático en el que tampoco se sentirá a gusto. Sus relaciones con el S.P.D. se van deteriorando paulatinamente, debido a que Niekisch se opone al pago de reparaciones a Francia y Bélgica y apoya la resistencia nacional cuando Francia ocupa la cuenca del Ruhr en enero de 1923. También se opone desde 1924 al Plan Dawes, que regula el pago de las reparaciones impuestas a Alemania en Versalles. Niekisch atacó frontalmente la postura del S.P.D. de aceptación del Plan Dawes en una conferencia de sindicalistas y socialdemócratas, enfrentándose con Frank Hilferding, principal representante de la línea oficial.

En 1925, Niekisch que es el redactor jefe de la revista socialista "Firn" ("El nevero"), hace aparecer en una serie de folletos editados por ésta los dos primeros trabajos suyos que han llegado hasta nosotros "Der Weg der deeutschen Arbeioterschaft zum Staat" y "Grundfragen deutscher Aussenpolitik". Ambas obras testimonian una influencia de Lassalle mucho mayor que la de Marx/Engels -un rasgo que hace asemejar estas primeras tomas de posición de Niekisch a las que asumieron en la inmediata postguerra los comunistas de Hamburgo que se separaron del Partido Comunista Alemán (K.P.D.) para fundar el Partido Comunista Obrero Alemán (K.A.P.D.), bajo la dirección de Laufenberg y Wolffheim y que era decidido partidario de la lucha de liberación contra Versalles (este partido, que llegó a disponer de una base de masas bastante amplia ocupa un lugar destacado en la historia del nacional-bolchevismo"). En sus folletos de 1925, Niekisch propone que el S.P.D. se haga campeón del espíritu de resistencia del pueblo alemán contra el imperialismo capitalista de las potencias de la Entente, al tiempo que sostiene que la liberación social de las masas proletarias tienen como presupuesto inexcusable la liberación nacional. Estas ideas, unidas a su oposición a la política exterior profrancesa del S.P.D. y a su lucha contra el Plan Dawes le atraen la desconfianza de las altas instancias socialdemócratas. El célebre Eduard Bernstein le atacará por su actitud nacionalista en el periódico "Glocke". En realidad, Niekisch jamás fue un marxista en el sentido ortodoxo de la palabra; concedía al marxismo valor de crítica social, pero no de Weltanschaung e imaginaba al estado socialista por encima de cualquier interés de clase, como "ejecutor de los testamentos de Weimar y Könisberg" (es decir, de Goethe y Kant). Se comprende fácilmente que este género de ideas no fueran gratas a la aburguesada dirección del S.P.D.... Pero Niekisch no estaba aislado en el seno del movimiento socialista, pues mantenía estrechas relaciones con el "Círculo Hofpgeismar" de las Juventudes Socialistas, cuya ala nacionalista fuertemente influenciada por la "Revolución Conservadora", representaba. Niekisch escribió frecuentemente en la revista de este círculo "Rundbrief" del que saldrían fieles colaboradores cuando comience la etapa de "Widerstand", entre estos colaboradores estaba Benedikt Obermayr, que trabajaría con Darré en el Reichsmährstand.

Poco a poco, el S.P.D. empieza a deshacerse de Niekisch: por presiones de su primer presidente, Niekisch es excluído de su puesto en el sindicato textil y en julio de 1926 se anticipa con su marcha del S.P.D. al expediente de expulsión incoado contra él y cuyo resultado no era dudoso.

Comienza ahora el período que ganará para Niekisch un puesto en la historia de las ideas revolucionarias del siglo XX: considerando como altamente problemático el esquema "derecha-centro-izquierda", se esfuerza por reagrupar a las mejores fuerzas de la derecha y de la izquierda, (conforme a la célebre imagen de la "herradura", los extremos de ésta se encuentran más cerca entre sí que del centro) para la lucha contra un enemigo que se designa claramente: en el exterior el Occidente liberal y el Tratado de Versalles; en el interior, el liberalismo de Weimar. En julio de 1926 edita el primer número de la revista "Widerstand" ("Resistencia") y logra atraer a fracciones importantes -por su número y por su activismo- del antiguo Freikorps "Bund Oberland", al tiempo que se adhiere al Alt Sozialdemocratische Partei (A.S.P.) de Sajonia, intentando utilizarlo como plataforma para sus planes de reunión de fuerzas revolucionarias. Se traslada para ello a Dresde, desde donde dirige el periódico del A.S.P.("Der Volkstaat"), llevando a cabo una dura lucha contra la política pro-occidental de Stresemann, oponiendo al tratado de Locarno en el que Alemania reconocía sus fronteras occidentales como definitivas y su obligación de pagar reparaciones, el espíritu del Tratado de Rapallo (1922) en el que la Rusia Soviética y la Alemania derrotada-los dos parias de Europa- estrecharon sus relaciones solidarizándose contra las potencias vencedoras. La experiencia con el A.S.P. termina cuando este partido sea derrotado en las elecciones de 1928, quedando reducido a una fuerza insignificante.

Este fracaso no significa, ni mucho menos, que Niekisch abandone la lucha descorazonado. Al contrario, es en esta época cuando escribirá sus obras fundamentales: "Gedanken über deutsche Politik","Politik und idee" (ambas de 1929), "Entscheidung" (1930: su obra maestra), "Der Politische Raum Deutschen Widerstandes" (1931) y "Politik deutschen Widerstandes" (1932). Paralelamente a esta actividad publicista, continúa editando la revista "Widerstand", funda la editorial del mismo nombre en 1928 y viaja a todos los rincones de Alemania como conferenciante. La sola enumeración de las personalidades con que se relaciona (desde mayo de 1929 se traslada definitivamente a Berlín) es impresionante: el filósofo Alfred Baümler le presenta a Ernst y Friedrich Georg Jünger, con los que comienza una estrecha colaboración, mantiene lazos con el ala izquierda del N.S.D.A.P.: el conde Ernst zu Reventlow, Gregor Strasser (que le ofrecerá convertirse en jefe de la redacción del "Volkischer Beobachter") y Goebbels que se encuentra entre los admiradores más resueltos de su libro "Entscheidung" ("Decisión"). También es determinante su amistad con Carl Schmitt.

En octubre de 1929, Niekisch es el animador de la acción juvenil contra el Plan Young (otro plan de "reparaciones"), publicado en el periódico "Die Kommender", el 28 de febrero de 1930, un ardiente llamamiento contra este plan, suscrito por casi todas las asociaciones juveniles alemanas -entre ellas la Liga de Estudiantes Nacional-Socialistas y la Juventud Hitleriana- y que fue seguido por manifestaciones de masas.

Los simpatizantes de su revista fueron organizados en "Círculos Widerstand", que celebraron tres congresos nacionales durante los años 1930-32, año éste en que Niekisch realiza un viaje a la U.R.S.S. en el otoño organizado por el ARPLAN (Asociación para el Estudio del Plan Quinquenal Soviético, fundada por el profesor Friedrich Lenz, otra figura destacada del nacional-bolchevismo).

Estos datos biográficos eran indispensables para presentar a un hombre como Niekisch que es prácticamente un desconocido y para poder comprender sus ideas, ideas que, por cierto, él no expuso nunca de un modo sistemático -era un revolucionario y un escritor de combate- y voy a intentar reconstruir a continuación.

Desde 1919 Niekisch era un atento lector de Spengler (lo que más nos puede sorprender en un socialista de aquella época en la que existía a nivel intelectual y político entre "derecha" e "izquierda" una interpenetración, casi diaria, una ósmosis, impensables en las circunstancias actuales). De él retendrá sobre todo, la famosa oposición entre "Kultur" y "Zivilisation". Pero sus concepciones políticas quedaron fuertemente marcadas por la lectura de un artículo de Dowstoyevski que ejerció gran influencia en la Revolución Conservadora a través del Thomas Mann de las "Consideraciones de un Apolítico" y de Arthur Moeller Van der Bruck "Alemania, Potencia Protestante"(del "Diario de un Escritor", mayo/junio de 1877,capítulo III). El término "protestante" no tiene aquí ninguna connotación religiosa,sino que alude al hecho de que Alemania, desde Arminius hasta hoy siempre ha "protestado" contra las pretensiones "romanas" al dominio universal, que han sido recogidas por la Iglesia Católica y por las ideas de la Revolución Francesa, prolongándose, como señalará Thomas Mann hasta los objetivos de la Entente que luchó contra Alemania en la I Guerra Mundial.

A partir de este momento, el odio del mundo "romano" se convierte en un aspecto esencial del pensamiento de Niekisch, pues las ideas de este artículo de Dowstoyevski vienen a reforzar sus propias concepciones. Niekisch hace remontar la decadencia del germanismo a los tiempos en que Carlomagno realizó la matanza de la nobleza sajona y obligó a los supervivientes a convertirse al cristianismo; éste es un veneno mortal para los germanos cuya función ha sido la de domesticar lo germano-heroico con el fin de hacerlo maduro para la esclavitud romana. Niekisch no duda en proclamar que "todos los pueblos que (debían) defender su libertad contra el imperialismo occidental (estaban) obligados a romper con el cristianismo para sobrevivir". El desprecio del catolicismo se acompaña en Niekisch de una exaltación del "Protestantismo" alemán, no en cuanto confesión religiosa (Niekisch censuraba ásperamente al protestantismo oficial, al que acusaba de reconciliarse con Roma en su común lucha anti-revolucionaria), sino en cuanto "toma de conciencia orgullosa del ser alemán" y "actitud aristocrática opuesta a los estados del alma de las masas católicas"; una posición muy similar a la de Rosenberg, defendiendo ambos la libertad de conciencia contra el oscurantismo dogmático (Niekisch comentó en su revista "El Mito del Siglo XX").

Esta actitud hostil del imperialismo romano contra Alemania ha continuado a lo largo de los siglos, pues "judíos, jesuítas y francmasones han sido quienes desde siglos han querido esclavizar y domesticar a los Bárbaros germánicos". La unanimidad del mundo contra Alemania, que se manifiesta sobre todo cuando ésta se ha dotado de un estado fuerte, se reveló con especial claridad durante la I Guerra Mundial, después de la cual, las potencias vencedoras impusieron a Alemania la democracia (vista por Niekisch como un fenómeno de infiltración extranjera) para destruirla definitivamente.

La primacía de lo político sobre lo económico siempre fue un principio fundamental del pensamiento de Niekisch. Fuertemente influido por Carl Schmitt, y partiendo de esta base. Niekisch tenía que ver como enemigo irreductible al liberalismo burgués que valora sobre todo los principios económicos y no ve al hombre más que considerado aisladamente, como una unidad en busca de su exclusivo provecho. Individualismo burgués (con sus correlativos de estado liberal de derecho, libertades individuales, consideración de estado como un mal) y materialismo aparecen individuados en el pensamiento de Niekisch como características esenciales de la democracia burguesa. Al mismo tiempo desarrolla una crítica no original, pero si efectiva y sincera del sistema capitalista como sistema cuyo motor es el beneficio privado y no la satisfacción de las necesidades individuales y colectivas y que, además, genera continuamente paro. De esta forma queda designada la burguesía como enemigo interior que colabora con los estados occidentales burgueses que oprimen a Alemania. El sistema de Weimar (encarnado en demócratas, socialistas y clericales) representaba lo opuesto al espíritu y voluntad estatal de los alemanes y era el enemigo contra el que había que organizar la "Resistencia". El de "Resistencia" es otro concepto fundamental en la obra de Niekisch. La revista del mismo nombre lleva bajo el subtítulo (primero: Blátter fur sozialistische und nationalrevolutionäre politik, luego: Zeitschrift für nationalrevolutionäre politik) una reveladora frase de Clausewitz:"La resistencia es una actividad mediante la cual deben ser destruídas tantas fuerzas del enemigo que éste tenga que renunciar a sus propósitos". Si Niekisch consideraba posible esta actitud de resistencia es porque creía que la situación de decadencia de Alemania era pasajera, no irreversible y aunque a veces señalara que su pesimismo era "ilimitado" hay que considerar sus declaraciones en este sentido como meros efectos retóricos, pues su contínua actividad revolucionaria es la mejor prueba de que nunca cedió al pesimismo y al desánimo.

Hemos visto quien era el enemigo contra el que había que organizar la resistencia: "la democracia parlamentaria y el liberalismo, la forma francesa de vida y el americanismo". Con la misma exactitud designa Niekisch los objetivos de la actitud de resistencia: la independencia y libertad de Alemania, la alta valoración del estado, la recuperación de todos los alemanes que se hallan bajo dominio extranjero. Consecuente con su rechazo de los valores económicos, Niekisch no contrapone a este enemigo una mejor forma de distribución de los bienes materiales y el logro de una sociedad de bienestar. Más adelante veremos como jamás le interesaron los aspectos meramente socio-económicos de la Revolución Rusa ni de la actitud del K.P.D.; lo que Niekisch buscaba era la superación del mundo burgués, cuyos bienes hay que "desterrar ascéticamente". El programa de "Resistencia" de 1930 no deja dudas a este respecto: en él se pide "el rechazo decidido de todos los bienes que Europa acaricia (punto 7a), la retirada de la economía internacional (7b), la reducción de la población urbana y la reconstrucción de las posibilidades de vida campesina (7c-d), la voluntad de pobreza y un modo de vida simple que debe oponerse orgullosamente a la vida refinada de las potencias imperialistas occidentales (7f) y, finalmente, la renuncia al principio de la propiedad privada en el sentido del derecho romano, pues 'a los ojos de la oposición nacional, la propiedad no tiene sentido ni derecho más que si implica el servicio del Pueblo y del Estado'".

Para realizar sus objetivos, que Uwe Sauermann define con acierto como idénticos a los de los nacionalistas, aunque los caminos y medios para conseguirlos sean nuevos, Niekisch busca las fuerzas revolucionarias adecuadas, no puede sorprender que un hombre procedente de la izquierda como él se vuelva en primer lugar al movimiento obrero. Constata Niekisch que el abuso que la burguesía ha realizado del concepto "nacional" empleado como cobertura de sus intereses económicos y de clase, ha provocado en el trabajador la identificación entre los términos "nacional" y "socialreaccionario", lo cual ha llevado al proletariado a separarse demasiado de los lazos nacionales para crear por sí solo un estado y aunque esta actitud del conjunto del movimiento obrero está parcialmente justificada no pasa desapercibido para Niekisch el hecho de que un trabajador en cuanto tal apenas es otra cosa que un "burgués frustrado sin más aspiraciones que la de lograr un bienestar económico y un modo de vida idéntico al de la burguesía". Esto era una consecuencia necesaria del hecho de que el marxismo es una ideología burguesa, nacida en el mismo terreno que el liberalismo y compartiendo con éste una valoración de la vida en términos exclusivamente económicos.

La responsabilidad de esta situación recae en gran parte sobre la socialdemocracia que "no es otra cosa que liberalismo popularizado" que ha obstinado al trabajador en su egoísmo de clase buscando convertirlo en burgués. Esta actitud del S.P.D. es la que le ha llevado después de 1918 no a la realización de la indispensable revolución nacional y social sino "a la búsqueda de cargos para sus dirigentes" y a convertirse en una "oposición" dentro del sistema capitalista, pero no en un partido revolucionario: "el S.P.D. es un partido liberal y capitalista que emplea una terminología socialrevolucionaria para engañar a los trabajadores". Este análisis es el que lleva a Niekisch a decir que todas las formas de socialismo basadas en consideraciones humanitarias son "tendencias corruptoras que disuelven la sustancia de la voluntad guerrera del pueblo alemán".

Muy influido por el "decisionismo" de Carl Schmitt, la actitud de Niekisch hacia el K.P.D. es mucho más matizada. En primer lugar, y en oposición al S.P.D., firmemente asentado en las concepciones burguesas, el comunismo descansa "sobre instintos elementales". Especialmente aprecia Niekisch en el K.P.D. su "estructura autocrática", su "aprobación en voz alta de la dictadura". Estas características posibilitan que pudiera utilizarse el comunismo como "medio" y que se pudiera recorrer junto con él "una parte del camino". Niekisch acogió con esperanza el "Programa de Liberación Nacional y Social" del K.P.D. (24 de agosto de 1930) en el que se declaraba la lucha total contra las reparaciones y el orden de Versalles, pero cuando este se reveló como mera táctica -orientada a frenar los crecientes éxitos del N.S.D.A.P.-, al igual que lo había sido la "línea Schlageter" en 1923. Niekisch denunció la mala fe de los comunistas en el problema nacional y los calificó de incapaces para realizar la tarea a la que él aspiraba porque eran "sólo socialrevolucionarios" y además "poco revolucionarios".

El papel dirigente en el partido revolucionario debería corresponder, pues, a un "nacionalista" de nuevo cuño, sin conexiones con el viejo nacionalismo (es significativo que Niekisch considerara al partido tradicional de los nacionalistas, el D.N.V.P., como incapaz para llevar a cabo la resurrección alemana porque se orientaba hacia la época guillermina, definitivamente desaparecida). El nuevo nacionalismo debía ser socialrevolucionario, incondicionado, dispuesto a destruir todo lo que obstaculizara la independencia alemana y el nuevo nacionalista, entre cuyas tareas estaba la de utilizar al obrero comunista revolucionario, debería tener la característica fundamental de querer sacrificarse y querer servir. Según una bella imagen de Niekisch, el comunismo no sería otra cosa que "el humo que inevitablemente asciende donde un mundo comienza a arder".

Se ha visto la imagen ofrecida por Niekisch de la secular decadencia alemana, pero en el pasado alemán no todo es sombrío; hay un modelo hacia el que Niekisch se volverá permanentemente: la vieja Prusia, o, como él dice: "la idea de Postdam", una Prusia que con su mezcla de sangre eslava puede ser el antídoto contra la Alemania romanizada. Es así como exigirá desde los primeros números de "Widerstand" la resurrección de "una Alemania prusiana, disciplinada y bárbara, más preocupada del poder que de las cosas del espíritu". ¿Qué significaba exactamente Prusia para Niekisch? O. E. Schüddekopf lo ha indicado exactamente al decir que en la "idea de Postdam" Niekisch veía todas las premisas de su nacional-bolchevismo: "El Estado Total, la economía planificada, la alianza con Rusia, el estado de espíritu antirromano, la defensa contra el Oeste, contra Occidente, el incondicionado estado guerrero, la pobreza... ". En la idea prusiana de soberanía reconoce Niekisch la idea que necesitan los alemanes: la del "Estado Total", necesaria en cuanto que Alemania, amenazada por un entorno hostil debido a su situación geográfica, necesita convertirse en un estado militar. Este Estado Total debe ser un instrumento de combate al que debe subordinarse todo -economía tanto como cultura y ciencia- para que el pueblo alemán obtenga su libertad. Es evidente para Niekisch -y aquí hay que buscar una de las razones más poderosas de su nacionalbolcvhevismo- que el estado no puede depender de una economía capitalista en la que oferta y demanda determinan el mercado; al contrario, la economía debe estar subordinada al estado y sus necesidades.

Durante cierto tiempo Niekisch confió en determinados sectores de la Reichswehr (pronunció muchas de sus conferencias en este ambiente militar) para realizar "la idea de Postdam", pero a comienzos de 1933 se distanció de la concepción de una "dictadura de la Reichswehr" pues no le parecía lo suficientemente "pura" y "prusiana" para ser la portadora de la "dictadura nacional", y esto se debía, por cierto, a sus conexiones con las fuerzas del dinero.

Otro de los aspectos clave del pensamiento de Niekisch es la primacía concedida a la política exterior (la única política verdadera para Spengler) sobre la interior. Sus concepciones al respecto están fuertemente marcadas por Maquiavelo (de quien Niekisch era un gran admirador, llegando a firmar varios de sus artículos con el seudónimo de Niccolo), y por su amigo Karl Hausofer. Del primero se conservará siempre su Realpolitik, su convicción de que la verdadera esencia de la política es siempre la lucha entre estados por el poder y la supremacía, del segundo aprenderá a pensar según dimensiones geopolíticas, considerando que en la situación de entonces y con mayor motivo en la actual -sólo tienen peso en la política mundial los estados construidos sobre grandes espacios- y como en 1930 la Europa Central no sería por sí sola más que una colonia americana, sometida no sólo a la explotación económica, sino a la "banalidad, a la nulidad, al desierto y a la vacuidad de la espiritualidad americana", Niekisch propone un gran Estado "desde Vladivostok hasta Vlessingen", es decir, un bloque germano-eslavo dominado por el espíritu prusiano en el que imperaría el único colectivismo que puede soportar el orgullo humano: el militar.

Aceptando decididamente el concepto de "pueblos proletarios" (como lo harían los fascistas de izquierda), el nacionalismo de Niekisch era un nacionalismo de liberación, desprovisto de chauvinismo, cuyos objetivos debían ser la destrucción del orden europeo surgido de Versalles y la liquidación de la Sociedad de Naciones, instrumento de las potencias vencedoras.

En un primer momento de su pensamiento, Niekisch soñaba con un "juego en común" de Alemania con los dos países que habían sabido rechazar la "estructura intelectual" occidental: la Rusia bolchevique y la Italia fascista (es una coincidencia más de las muchas que hay entre Niekisch y Ramiro Ledesma). En su programa de abril de 1930 pedía "relaciones públicas o secretas con todos los pueblos que sufren como el pueblo alemán de la opresión por las potencias imperialistas occidentales" (7-1). Entre estos pueblos contaba a la U.R.S.S. y a los pueblos coloniales de Asia y África. Más adelante veremos su evolución respecto al fascismo, ahora nos ocuparemos de la imagen que Niekisch tenía de la Rusia soviética. Ante todo, hemos de decir que esta imágen no era privativa de Niekisch, sino que era patrimonio común de casi todos los exponentes de la Revolución Conservadora y del nacional-bolchevismo desde Moeller van den Bruck, y lo sería también de los más lúcidos fascistas de izquierda: Ledesma Ramos y Drieu la Rochelle. Porque, en efecto, Niekisch consideraba a la revolución rusa de 1917 ante todo como una revolución nacional. Mucho más que como una revolución social. Rusia, que se encontraba en peligro de muerte por la infiltración de los valores occidentales ajenos a su esencia, "incendió de nuevo Moscú" para acabar con sus invasores, empleando como combustible el marxismo. En palabras del mismo Niekisch: "Tal fue el sentido de la Revolución Bolchevique: Rusia, en peligro de muerte, recurrió a la idea de Postdam, la llevó hasta el extremo, casi hasta la desmesura, y creó este estado absoluto de guerreros que somete la misma vida cotidiana a la disciplina militar, cuyos ciudadanos saben soportar el hambre cuando hay que batirse, toda cuya vida está cargada hasta la explosión de una voluntad de resistencia". Kerenski había sido solamente un testaferro de occidente que quería introducir la democracia burguesa en Rusia (Kerenski era, desde luego, el hombre en quien confiaban las potencias de la Entente para que Rusia continuara a su lado la guerra contra Alemania); la Revolución Bolchevique había sido dirigida contra los estados imperialistas de occidente y contra la propia burguesía extranjerizante y antinacional.

Consecuente con esta interpretación, Niekisch definirá el leninismo como "lo que queda del marxismo cuando un hombre de Estado genial lo utiliza para fines de política nacional" y citará con frecuencia la célebre frase de Lenin que se convertirá en un leit-motiv de todos los nacional-bolcheviques "Haced de la causa del pueblo la causa de la nación y la causa de la nación se convertirá en la causa del pueblo". En las luchas por el poder que tuvieron lugar en la jefatura soviética tras la muerte de Lenin, las simpatías de Niekisch iban dirigidas a Stalin, su hostilidad hacia Trotski (actitud compartida entre otros muchos por Ersnt Jünger y los Strasser). Trotski y sus partidarios encarnaban a los ojos de Niekisch a las fuerzas occidentales, el veneno del oeste, las fuerzas de descomposición hostiles a un orden nacional en Rusia. Por esto acogió con satisfacción la victoria de Stalin y dio a su régimen el calificativo de "organización de la defensa nacional que libera los instintos viriles y combatientes". El Primer Plan Quinquenal en el curso de la época en que Niekisch escribía era "un prodigioso esfuerzo moral y nacional destinado a lograr la autarquía". Era pues el aspecto político-militar de la planificación el que fascinaba a Niekisch, los aspectos socio-económicos (como en el caso de su valoración del K.P.D.) apenas le interesaban. Es así como pudo acuñar la fórmula: Colectivismo más planificación igual a militarización del pueblo. Lo que Niekisch apreciaba en Rusia es exactamente lo contrario de lo que pudo atraer a los actuales intelectuales marxistas degenerados: "la violenta voluntad de producción para fortalecer y defender el Estado, la barbarización consciente de la existencia... la actitud guerrera, autocrática, de la élite dirigente, que gobierna dictatorialmente, el ejercicio como forma de practicar la áscesis por un pueblo...". Era lógico que Niekisch viera en la Unión Soviética el compañero ideal de alianza para Alemania, ya que encarnaba los valores antioccidentales por los que abogaba Niekisch. Además, hay que tener en cuenta que en aquella época la U.R.S.S. era un Estado aislado visto con recelo por los países occidentales y excluído de todo sistema de alianzas, por no decir rodeado de Estados hostiles que eran prácticamente satélites de Francia e Inglaterra (Estados Bálticos, Polonia, Rumania), a lo que hay que añadir que hasta bien entrada la década de los treinta, la U.R.S.S. no formó parte de la Sociedad de Naciones ni tuvo relaciones diplomáticas con los EE.UU.

Niekisch consideraba que una alianza Rusia-Alemania era necesaria también para la primera, pues "Rusia tiene que temer a Asia" y sólo un bloque desde el Atlántico al Pacífico podría contener "la marea amarilla" de la misma forma que sólo con la colaboración alemana podría Rusia explorar los inmensos recursos de Siberia. Hemos visto porque razones Rusia se le aparecía a Niekisch como un modelo. Pero no se trataba para Alemania de copiar la idea bolchevique, de aceptarla sin más. Alemania -y aquí Niekisch comparte la opinión de todos los nacionalistas- debe buscar sus propias ideas y formas y si Rusia era ejemplar, la razón era que había organizado su Estado siguiendo la "ley de Postdam" y ésta debía volver a inspirar a Alemania organizando un Estado total antioccidental, Alemania no imitaba a Rusia, sino que recuperaba su especificidad, enajenada durante todos aquellos años de sometimiento al extranjero y que se había encarnado en el Estado ruso.

Aunque los acuerdos con Polonia y Francia tanteados por Rusia serán observados con inquietud por Niekisch, éste defenderá apasionadamente a la Unión Soviética contra las amenazas de intervención y contra las campañas llevadas a cabo contra ella por las confesiones religiosas: "el imperialismo católico 'romano' y sus lastimosos aliados protestantes", fue para Niekisch "una participación de Alemania en la cruzada contra Rusia que significaría... un suicidio. Este sería el reproche más esencial y convincente de Niekisch contra el nacionalsocialismo, con lo cual llegamos a un punto que no deja de provocar cierta perplejidad: la actitud de Niekisch frente al nacionalsocialismo.

Y esta perplejidad no es sólo nuestra; durante la época que estudiamos, Niekisch era visto por sus contemporáneos más o menos como un "nazi". Desde luego, la revista paracomunista "Aufbruch" le metía en el mismo saco que a Hitler en 1932; más matizada, la revista soviética "Moskauer Rundschau" (30 de noviembre de 1930) calificaba su libro "Entscheidung" de "obra de un romántico que ha sacado de Nietzsche su tabla de valores". Para críticos modernos como Armin Mohler "mucho de lo que Niekisch había exigido durante años será realizado por Hitler" y Fayé señala que la polémica contra los nacionalsocialistas, por el lenguaje que emplea "le coloca en el terreno de éstos". ¿Qué es por tanto, lo que llevó a Niekisch a oponerse al nacionalsocialismo?

Desde una óptica retrospectiva, Niekisch considera al N.S.D.A.P. hasta 1923 como un "movimiento nacionalrevolucionario genuinamente alemán", pero desde la nueva fundación del partido en 1925, éste le merece otro juicio al igual que se modificará su valoración del fascismo italiano. Lo esencial de las críticas de Niekisch hacia el nacionalsocialismo se encuentra en un folleto de 1932 "Hitler, ein deutsches Verhägnis" ("Hitler, una fatalidad alemana") que apareció ilustrado con impresionantes dibujos de un artista de valor: A. Paul Weber. Dupeux señala acertadamente que estas críticas no se efectúan desde el punto de vista del humanitarismo y la democracia como es habitual en nuestros días y Sauermann le califica de "adversario en el fondo esencialmente semejante".

Niekisch consideraba como "católico", "romano" y "fascista" el hecho de dirigirse a las masas, llegó a expresar el "absurdo" (Dupeux), de: "quien es nazi será pronto católico". En esta crítica hay que ver para intentar comprenderla, la manifestación de una actitud muy común en todos los autores de la revolución conservadora que despreciaban como "demagogia" todo trabajo entre las masas y hay que recordar también que Niekisch no fue jamás un táctico ni un "político práctico".

Hay que relacionar asimismo su desconfianza hacia el nacionalsocialismo con los orígenes austríacos y bávaros de éste pues ya vimos que Niekisch consideraba con recelo a los alemanes del sur y del oeste como influidos por la romanización. Por otra parte, Niekisch reprocha al nacionalsocialismo su "democratismo" rousseauniano que cree en el pueblo. Para Niekisch, lo esencial es el Estado, siempre desarrolló un verdadero "culto del Estado", incluso desde su época socialdemócrata por lo que resulta por lo menos grotesco calificarlo de "sindicalista ácrata" (sic). Niekisch cometió errores graves en su estimación del nacionalsocialismo, como tomar en serio el "juramento de legalidad" pronunciado por Hitler en el curso del proceso al teniente Scheringer, sin sospechar que se trataba de mera táctica (en palabras de Lenin, un revolucionario debe saber utilizar todos los recursos legales e ilegales, servirse de todos los medios según la situación y esto Hitler lo realizó a la perfección), y considerar que Hitler se hallaba muy lejos del poder... en enero de 1933. Estos errores pueden muy bien explicarse, como ha hecho Sauermann, por el hecho de que Niekisch juzgaba al N.S.D.A.P. más basándose en su propaganda electoral que en el estudio de la verdadera esencia de este movimiento.

Sin embargo, el reproche fundamental concierne a la política exterior. Para Niekisch, repetidamente su admiración hacia Stalin en contraste por el absoluto desprecio que sentía hacia Roosevelt y Churchill. En marzo de 1937 Niekisch es detenido junto con setenta de sus partidarios (gran número de miembros de los círculos Resistencia habían cesado en su actividad, significativamente, al constatar que Hitler estaba llevando a cabo realmente la demolición del Diktat de Versalles que ellos habían combatido tanto). En enero de 1939 es juzgado ante el Tribunal Popular acusado de alta traición e infracción de la ley de fundación de nuevos partidos, y condenado a cadena perpetua. Parece que los cargos que más pesaron contra él fueron los manuscritos encontrados en su casa en los que criticaba a Hitler y otros dirigentes del III Reich. Fue encarcelado en la prisión de Brandenburgo hasta el 27 de abril de 1945 en que es liberado por tropas soviéticas, casi completamente ciego y semiparalítico.

En el verano de 1945 entra en el K.P.D., que, después de su fusión en zona soviética con el S.P.D. en 1946 se denominará Partido Socialista Unificado de Alemania (S.E.D.) y es elegido al Congreso Popular como delegado de la Liga Cultural. Desde este puesto aboga por una vía alemana al socialismo y se opone desde 1948 a las tendencias a la división permanente de Alemania. En 1947 es nombrado profesor en la Universidad Humboldt de Berlín y en 1949 director del "Instituto de Investigación del Imperialismo"; en este año publica un estudio sobre el problema de la élite en Ortega y Gasset. Niekisch no era desde luego, un "colaboracionista" servil: desde 1950 se hace claro que los rusos no quieren una "vía alemana" al socialismo, sino solamente tener un satélite dócil (igual que los americanos en la República Federal Alemana). De acuerdo con su costumbre, hace sus críticas abiertamente y va cayendo poco a poco en desgracia; en 1951 su clase es suspendida y el Instituto cerrado. En 1952 tiene lugar su excomunión definitiva en el órgano oficial del Comité Central del S.E.D. a propósito de su libro de 1952 "Europäische Bilanz". Niekisch es acusado de "...llegar a erróneas conclusiones pesimistas porque, a pesar del ocasional empleo de terminología marxista, no emplea el método marxista... su concepción de la historia es esencialmente idealista...". El golpe final lo constituyen los acontecimientos del 17 de junio de 1953 en Berlín, que Niekisch considera como una legítima sublevación popular. La subsiguiente represión destruye sus últimas esperanzas en la R.D.A. y se retira de la política.

A partir de ahora, Niekisch, viejo y enfermo se dedica con sus memorias a intentar dar a su antigua actitud de resistencia el sentido de oposición a Hitler, intentando borrar las huellas de su oposición al liberalismo. En esto fue ayudado por el círculo de sus pocos partidarios de antaño que habían sobrevivido. El más influyente de ellos fue su antiguo lugarteniente Josef Drexel, antiguo miembro del Bund Oberland y convertido en la segunda postguerra en el magnate de la prensa de Franconia. Esta tentativa puede explicarse, además por el mencionado estado de Niekisch, por sus pretensiones de lograr de la R.F.A. (vivía en Berlín oeste) una pensión por sus años de cárcel. Esta pensión le será siempre negada, a través de una interminable cadena de procesos. Los tribunales basaron su negativa en dos puntos: Niekisch había formado parte de una secta nacionalsocialista (sic) y había colaborado posteriormente en la consolidación de otro totalitarismo: el de la R.D.A.

Lo que hay que pensar de estos intentos de hacer inocuo a Niekisch se deduce de lo expuesto hasta aquí. La historiografía más reciente los ha desbaratado por completo.

El 23 de mayo de 1967, prácticamente olvidado, moría Niekisch en Berlín.

A pesar de que sus obras anteriores a 1933 son casi imposibles de encontrar por no haber sido reeditadas y haber desaparecido en gran parte de las bibliotecas A. Mohler señala que Niekisch vuelve a hacerse virulento, y fotocopias de sus escritos circulan de mano en mano entre los jóvenes alemanes desengañados del neomarxismo (Marcuse, Escuela de Frankfurt). La crítica histórica le concede cada vez mayor importancia como muestra la pequeña nota bibliográfica incluida a continuación de este hombre que se opuso a todos los regímenes habidos en la Alemania del siglo XX, hay que decir que jamás obró movido por el oportunismo. Sus cambios de orientación fueron siempre producto de su incesante búsqueda de un Estado que garantizara la liberación de Alemania y del instrumento adecuado para lograr este objetivo. Sus sufrimientos -reales- merecen el respeto debido a quienes mantienen consecuentemente sus ideas. Niekisch podría haber seguido una carrera burocrática en el S.P.D., haber aceptado el espléndido puesto ofrecido por Gregor Strasser, haberse exiliado en 1933, haberse callado en la R.D.A. ...pero siempre fue fiel a su ideal y obró como creía que debía hacerlo sin tener en cuenta la disposición -explicitada en "Mein Kampf"- de Hitler a un entendimiento con Italia e Inglaterra y la hostilidad a Rusia eran los errores esenciales del nacionalsocialismo, pues esa orientación haría de Alemania un "gendarme de occidente". Esta crítica es mucho más coherente que las anteriores. La absurda confianza de Hitler en poder llegar a un acuerdo con Inglaterra, le haría cometer graves errores (Dunkerque por citar uno), sobre su alianza con Italia, determinada por el sentimiento y no por los intereses, lo que es fatal en política, él mismo se explicaría abundante y amargamente. Por lo que respecta a la U.R.S.S. entre los colaboradores de Hitler, Goebbels siempre fue partidario de un entendimiento, incluso de una alianza con ella, y ello no sólo en la época de su colaboración con los Strasser, sino hasta el mismo final del III Reich, como ha demostrado inequívocamente su último jefe de prensa Wilfred von Owen en su Diario ("Finale Furioso. Mit Goebbels bis zum Ende") editado por vez primera -en alemán- en Buenos Aires (1950) prohibido en Alemania hasta 1974, en que apareció en la prestigiosa Grabert-Verlag de Tübingen, y esto mal que les pese a los antisoviéticos y pro-occidentales profesionales.

La denuncia que Niekisch realizó de toda cruzada contra Rusia adquirió tonos proféticos cuando evocaba en una imagen sobrecogedora "las sombras del momento en que las fuerzas... de Alemania, dirigidas contra el este, despilfarradas, excesivamente tensas, estallen... ".

"Quedará un pueblo agotado, sin esperanza y el orden de Versalles será más fuerte que nunca". No cabe duda que Ernst Niekisch ejerció durante los años 1926-1933 una influencia real en la política alemana a través de la difusión y aceptación de sus escritos en los ambientes nacionalrevolucionarios que lucharon contra el sistema de Weimar. Esta influencia no debe ser medida, ciertamente, en términos cuantitativos: la actividad de Niekisch nunca se orientó a la conquista de las masas ni el carácter de sus ideas era el más adecuado para ello. Para dar algunas cifras, diremos que su revista "Widerstand" tenía una tirada que oscilaba entre los 3.000 y 4.500 ejemplares, lo que está lejos de ser despreciable para la época y más tratándose de una revista bien presentada y de alto nivel intelectual; los círculos Resistencia agrupaban unos 5.000 simpatizantes, de los cuales unos 500 eran políticamente activos. Esto es poca cosa comparado con los grandes partidos de masas, pero la influencia de las ideas de Niekisch debe valorarse teniendo en cuenta sus conferencias, el círculo de sus amistades, al que ya nos hemos referido, sus relaciones en los ambientes militares, su actividad editorial y, sobre todo, la especial atmósfera de la Alemania de aquellos años, en la que las ideas transmitidas por "Widerstand" encontraban un ambiente muy receptivo en las ligas paramilitares, el movimiento juvenil, las innumerables revistas afines y también en las grandes agrupaciones como el N.S.D.A.P. el Stahlhelm y cierto sector de militantes del K.P.D. (como se sabe el paso de militantes del K.P.D. hacia el N.S.D.A.P. y a la inversa, fue un fenómeno muy común en los últimos años de la República de Weimar, aunque los historiadores modernos admiten que hubo una mayor proporción de revolucionarios que recorrieron el trayecto en el primer sentido, aun antes de la llegada de Hitler al poder). Con estas breves observaciones puede tenerse por cierto que la influencia de Niekisch fue mucho mayor de lo que haría pensar la mera consideración del número de sus simpatizantes.

El 9 de marzo de 1933, Niekisch es detenido por un grupo de S.A. y su domicilio registrado. Es puesto en libertad inmediatamente, pero la revista "Entscheidung", fundada en el otoño de 1932 es suspendida, Widerstand, por el contrario continúa apareciendo hasta diciembre de 1934 y la editorial del mismo nombre publica libros hasta bien entrado 1936. A partir de 1934 Niekisch viaja por casi todos los países de Europa, donde parece haber tenido contactos con círculos de la emigración. En 1935, en una visita a Roma, es recibido por Mussolini. No deja de emocionar representarse esta entrevista distendida y cordial entre dos grandes hombres que habían comenzado su carrera política en las filas del socialismo revolucionario. A la pregunta de Mussolini de qué tenía contra Hitler, Niekisch respondió: "Asumo vuestras palabras sobre los pueblos proletarios". Mussolini replicó: "Eso es lo que yo digo siempre a Hitler". (Recuérdese que éste escribió a Mussolini una carta -6 de marzo de 1940- en la que explicaba su acuerdo con Rusia porque "lo que ha llevado al nacionalsocialismo a la hostilidad contra el comunismo es sólo la postura -unilateral- judaico-internacional, y no, en cambio, la ideología del Estado -stalinista- ruso-nacionalista"). Durante la guerra, Hitler expresaría las consecuencias personales que pudieran derivarse. Su colaboración con el S.E.D. puede comprenderse, y más a la vista de como acabó.

Hoy que Europa está sometida a los pseudovalores del "Occidente" americanizado, sus ideas y su lucha continúan teniendo un valor ejemplar. Es lo que comprendieron los nacionalrevolucionarios de "Sache des Volkes" cuando, en 1976, colocaron en la antigua vivienda de Niekisch una placa con su frase: "O somos un pueblo revolucionario o dejamos definitivamente de ser un pueblo libre".

Autor: José Cuadrado Costa

Montherlant o la expiación del vacío (1896 - 1972)

Montherlant o la expiación del vacío  (1896 - 1972)

 El 21 de abril de 1996 Henry de Montherlant habría cumplido cien años, igual que el multicelebrado André Breton; su aniversario, sin embargo, pasó casi inadvertido. Esto es explicable porque Montherlant nunca buscó formar parte de ninguna vanguardia y entendió el oficio literario como una forma de cultivo del espíritu y de dominio de sí, que puede muy bien prescindir de la fama e, incluso, de los lectores. Su consigna existencial, llegar hasta el extremo de sí mismo, la forjó en la aleación de su voluntad y la perfección estilística, en la fusión de los espacios ajenos a su individualidad y su concepción agónica del arte.

Desde su interior, Montherlant emprendió el trabajo de escritor como un destino y como una disciplina de la vida activa, no como elucubración erudita sino como algo que es, con plenitud, también la vida misma. Mientras los surrealistas indagaban y experimentaban por caminos ignotos la expresión formal del lenguaje, Montherlant se resguarda en los clásicos, especialmente en el mundo romano y en las situaciones límite de los conflictos.

Los mitos y los símbolos tradicionales son fundamentales para entender la mayor parte de la producción literaria montherlanteana. Nacido justo el día en que el toro zodiacal inicia su periplo solar –y que coincide también con la fecha más aceptada de la fundación de Roma– Montherlant tendrá una vinculación permanente con la fiesta brava, que no se limitara a la mera exaltación de la belleza profunda que recrea el misterio de la muerte, la sangre y el Sol. Durante su juventud, Montherlant incursionará como aprendiz y torero práctico y será un gran amigo de Juan Belmonte, quien inaugura formalmente las faenas modernas. Ese vínculo orgánico no se circunscribe a su nacimiento y al Canto de Minos; se suicidará el 21 de septiembre de 1972, día del equinoccio de otoño, con lo que señala su subordinación a los ciclos cósmicos y a los ritmos del universo.

Montherlant, a pesar de ser un autor teatral prolífico que frecuentemente trataba con rigor pascaliano muchos de los conflictos de la fe, mantuvo incólume su posición nihilista, que se edifica a partir de la alternancia. Epígono francés de Nietzsche, heredero y admirador de Maurice Barrés y de Gabriel D'Annunzio, asume su propia existencia como un complejo donde coexisten sistemas de valores contradictorios. El eterno retorno a lo idéntico se traduce en el código de valores de Montherlant en una visión unificadora de la alternancia, en que los absolutos están en rotación alrededor de ellos mismos y la vida transcurre con su carga de paradojas e intermitencias. Quizá por eso ve en la vida activa la resolución superior, sin fisuras e incondicionada, de axiologías incompatibles en sus formas pero solidarias en su fondo. Alban Bricoule, personaje central de el trilogía novelística dedicada a la acción (Los bestiarios, Los muchachos, El sueño) encarna precisamente la confrontación con el mundo real y la necesidad intínseca de reflexionar y cantar, en consonancia con los mitos, el sometimiento del destino personal a las fuerzas y desavenencias del mundo y a la convivencia humana. También es el epítome de la soledad del mundo pero sin la angustia existencial kirkegaardiana, pues Montherlant plantea la necesidad de un retorno fundacional y no de una apertura abismal y desasida hacia lo incierto. Su nihilismo está preñado de la nobleza frontal y desafiante del romano, en donde existen algunos resquicios que permiten adivinar la existencia del espíritu, así se encuentre bajo una coraza de hierro o simulada con un máscara funeraria. Es un nihilismo que difiere de la decepción estercolizada de Cioran, pero que tampoco convoca a un desasimiento absoluto; es, ante todo, una expiación del vacío. Le concede a Dios una suerte no lejana a la del hombre; en ese sentido participa de la definición de Tertuliano: «Dios es la soledad en la inmensidad».

En sus Cuadernos deja muchas pistas acerca de la asíntota de su sentimiento religioso y de su perspectiva de vacío. Allí, se autonomina como un escritor nihilista que ha escrito dramas profundamente cristianos (como Port-Royal o El cardenal de España) y agrega que, por eso: «Montherlant no cree en Dios; pero me parece que Dios, después de escribir esas obras, sí debería de creer en Montherlant».

La obra donde el propio autor se presenta con mayor transparencia es la novela El caos y la noche, cuyo personaje central es un anarquista que, a su manera, logra conciliar su fervor religioso con la tradición senecista de la España romana, a la que suma el desencanto anárquico por la modernidad.

Noctium phantasmata

Montherlant-escritor es un ícono trágico del siglo XX. Por su temática, por su pasión por la vida activa, por su gusto por la tragedia clásica y lo marcial, muchos han visto en él a un representante de la estética fascista. La ambigua relación de la política de entreguerras con su obra y su postura individual y poco gregaria hacia los movimientos artísticos, dificultan aún más el escudriñamiento de su visión de la política. Algunos de sus libros fueron prohibidos durante la ocupación alemana, y él personalmente vivió esa época con el temor de que la Gestapo lo detuviese, al punto que durante varios años llevó en su cuello una dosis de cianuro; esto le produjo una terrible decepción años después, cuando se enteró que la sustancia que atesoraba era más inofensiva que cualquier pastilla para el dolor de cabeza.

A pesar del entusiasmo que le despertó la exultación militante y nacionalista de D’Annunzio, sus personales opiniones políticas prefería relacionarlas con la antigüedad clásica. De allí el título de una de sus obras: El XIII César. De acuerdo con su perspectiva peculiar del tiempo y de la historia como «un camino que anda» (que por otro lado es también su premisa del «corredor de fondo», mucho antes que Sillitoe publicara su narración introspectiva), el imperio inaugurado por los césares no ha terminado de colapsarse. Vivimos la época del XIII César, no como encarnación individual sino como símbolo de una época, en donde el materialismo ha terminado por cimentar una especie de hombre débil que busca permanentemente escamotear a la muerte. Este libro es una puesta a punto del mundo de mitad del siglo XX de cara al estoicismo, un poco a la manera en que Yukio Mishima contrastó al Japón moderno con la ética samurai en su libro Introducción al Hagakure. Para Montherlant, la vida se lleva siempre como forma de prueba.

Vivimos una era fantasmal en el más prístino sentido de la palabra: la noctium phantasmata, de la que nos revela uno de sus sentidos en la novela de guerra El sueño. Al igual que en Los bestiarios, el protagonista, Alban Bricoule, vive la tensión del mundo de la lucha y la muerte paralelamente a un conflicto amoroso, como si se tratara de pruebas iniciáticas secularizadas. Reconoce, desde luego, el valor metafísico de la existencia difícil y la riqueza ontológica de vivir peligrosamente; para ello, recuerda uno de los pensamientos de Pascal: «no mostramos nuestra grandeza con estar en un extremo, sino tocando los dos a la vez».

Anota que el drama esencial de esta centuria es el despertar de las fuerzas titánicas y fáusticas sin que, por contraparte, opere una nueva axiología acorde con esas fuerzas. Es decir, con la irrupción de la técnica y el imperio de la energía mecanizada e impersonal, Montherlant no advierte un desarrollo ético que no desnaturalice al hombre y que, por el contrario, lo afiance como centro de la voluntad del mundo. Parece redescubrir, en el estoicismo de Séneca y en la vitalidad hirviente de la herejía jansenista, así como en el mundo de los samurai y en la indoblegable permanencia de los mitos, elementos que podrían coadyuvar a formular esa nueva altura ética, posición en la que parece coincidir con Ernst Jünger, quien recuerda con nostalgia, cuando se suicida su propio hijo, a Montherlant: «el suicidio es parte del capital de la humanidad».

La anterior es la diferencia básica que separa a Montherlant de otros escritores de acción, como Hemingway (con quien comparte la afición por la tauromaquia) o Antoine de Saint-Exupéry, pero que lo hacen más cercano a literatos como Drieu la Rochelle, Ernst von Salomon o Dionisio Ridruejo.

La primer influencia literaria decisiva en su obra la proporciona una novela histórica basada en hechos de fe y en acciones incontenibles del imperio: Quo Vadis del premio Nobel Enrique Sinkwiewicz. Entrando apenas a la adolescencia, escribe su primer obra novelada, Pro una terra, texto en el que ya se trazan algunos rasgos que posteriormente encontraremos en el resto de sus obras: el mundo latino como telón de fondo; la tensión dramática de personajes que, solitarios, combaten por internarse en los laberintos del sentido último del mundo; la acción como argumento indivisible e inapelable de lo humano; el destino como operador de la voluntad; la violencia como condición enriquecedora de las perspectivas humanas.

Posteriormente se sumará un tema obligado y sobre el que escribirá una tetralogía que suscitó, en su momento, las más variadas reacciones: Las Jóvenes. Allí, revisa con gran visión la condición femenina, no sin ciertos sesgos hipervirilizantes que hicieron que se le calificara como un escritor chauvinista. Esa acusación la revirtió fácilmente, pues en su libro Las Olímpicas, obra compuesta en diversos estilos (epístolas, poemas, viñetas, descripciones líricas, introspecciones), reivindica e iguala las proezas de los atletas olímpicos en el terreno incontestable del estadio; en ese espacio sagrado, como en el paraíso cristiano forjado a la sombra de las espadas, los hombres y las mujeres asumen su presencia y su fuerza sin los condicionamientos artificiales de la sociedad moderna, en que se vive con la «siniestra broma del insensato optimismo, con la confianza automática, como la del fonógrafo que sigue sonando sobre el puente del barco que se hunde».

La posesión de sí mismo

Un texto muy interesante y poco conocido, aparecido en 1937, La posesión de sí mismo, es un breviario ético escrito para una minoría. En su obra En las fuentes del deseo había apuntado ya: «Al no tener el mundo ningún sentido, lo correcto es que se le dé tan luego uno como otro». La posesión de sí mismo parece ser el dogma basal de la acción de sus personajes; encontramos esa necesidad en todos ellos, incluso en los literariamente menores, como el adolescente que es guía y acompañante de viaje en la Africa septentrional y que da título a su breve novela Moustique, así como en otros personajes más elaborados y complejos: su teatral Don Juan sexagenario, La Infanta de Castilla o en Exupère, protagonista de su novela Mi jefe es un asesino.

La trama de esta última novela –que es una mezcla de personajes cervantinos y dostoyevskianos– constituye también una crítica a la pérdida de la centralidad del ser humano en virtud del marasmo de la razón. Exupère, hombre tímido y aislado tanto por la aridez del clima norafricano como por su trabajo en una biblioteca poco frecuentada, comienza a leer obras de Freud y a psicoanalizarse a sí mismo; es decir, comienza a desposeerse.

En un mundo de apariencias, donde lo cerca y lo lejos definen siempre la visión personal de los acontecimientos y de los problemas, Montherlant recuerda a Lucrecio: «En el Campo de Marte, los jinetes caracolean alrededor de los ejércitos. Y sin embargo, existe un paraje en lo alto de las montañas desde donde parece que estuvieran quietos, desde donde no se advierte sino una resplandeciente mancha, inmóvil en el llano». Esa perspectiva es la que le sugiere tener presente a los dioses y a los héroes del panteón latino pues, a final de cuentas, los planteamientos morales suelen estar asociados a la cercanía o lejanía con la que se vive la intensidad del momento. Esta ética de intensidades y finita no riñe con la perspectiva temporal e histórica del mundo de los mitos; la identidad entre momento y eternidad se presenta en el hombre mismo, cuya carne se corrompe en el momento en que abraza la muerte. Ese trenzamiento fatal es, sin duda, el único atisbo de eternidad del que podemos dar cuenta.

Poseerse entraña también la virtud del temple («es preciso que las cosas exteriores lleguen enfriadas a nosotros, como si antes de alcanzarnos hubieran atravesado una vasta masa de agua»), pues a la luz de la concepción montherlanteana del mundo y de la vida, los hombres pueden ser tan semejantes que, como prescribe su maestro Barrés, no hay que odiarlos tanto pero tampoco amarlos mucho.

Otro aspecto de esta ética de la propia posesión es saber desdeñar y despreciar, jerarquizar los afectos y las preferencias, lo carnal y lo espiritual, pues «siempre existe, gracias a Dios, un último lugar». Y añade con una expresión paradójica: «Sed, pues, de lo temporal, ya que el prurito de serlo es tan poderoso en vosotros; pero sedlo con reserva y negligencia; para decirlo todo, sedlo como un eterno ausente».

Se trata de perder todo lo que está a nuestro alrededor para volver incólumes sobre nosotros mismos. En ocasiones, se trata de no optar por nada, porque el juicio que un hombre tiene acerca de la civilización es distinto si está en su escritorio o inmerso en una trinchera con una máscara antigás. Su visión no es excluyente, porque el mundo es un escenario en el que se necesitan toda clase de hombres para hacer un universo feliz. El hombre, como el universo, es también tan rico y tan extenso, que sería una verdadera lástima que no pudiera darles expresión a todas sus bellas posibilidades, y que el que es rudo tuviera que renunciar a la ternura, el racionalista a la poesía, el cínico a los sublimes absurdos del alma y el ateo a Dios.

Montherlant de puño y letra

En Los bestiarios, Montherlant pone al descubierto el maridaje entre la locura y la prudencia, entre el peligro y la fe religiosa, única, esta última, capaz de permitirnos soportar cualquier finalidad inescrutable. El peligro no es privativo de la fiesta de los toros o de los deportes olímpicos. Hasta antes de que padeciera de una ceguera casi total, Montherlant gustaba conducir su automóvil a grandes velocidades para experimentar el vértigo y la posibilidad inmediata de morir. Cada final de aventura, incluso las amorosas, es un renacimiento. Así, señala:

Para aquellos que sienten con fuerza la vocación del espíritu, en el sentido religioso de esta expresión, existen los claustros: buscan refugio en Dios. Para aquellos que sienten la vocación del espíritu, en el sentido humano de la expresión, hay otros claustros: los poetas, los pensadores, los sabios, los escritores, los artistas, se refugian en sus obras y resurgen en ellas, como los amantes se refugian y vuelven a resurgir en las criaturas a las cuales aman.

Sin embargo, la filosofía de la acción no la concibe como un en sí; la contempla siempre como una epifanía, como una revelación de designios míticos supremos. Alban Bricoule, en El sueño, es un soldado que asiste a la gran ceremonia funeraria de la especie, sin que nada pueda evitar el dolor, la lejanía y la muerte. En Los bestiarios, el mismo Bricoule es el artífice de la tauromaquia que, cuando pisa el centro de la arena, reconoce cómo estaba actuando un poder soberano, el único capaz de ese desprendimiento matizado casi de desdén. Todos vieron la soberanía del hombre. Ya no era un combate; era un encantamiento religioso que se elevaba de aquellos puros ademanes, más hermosos que los del amor.

La unión de la acción y el mito engendra las distintas formas del heroísmo. Nuestra época desconoce ese estado del ser que siempre es necesario para proporcionarle hondura y sustancia a la existencia. Montherlant, héroe insumiso de la suya propia, encontró su final por sus propios medios. Un balazo en la sien y la ingestión de una pastilla de cianuro aseguraron que hasta el último segundo se poseyera a sí mismo. Una reflexión acerca del fútbol en Las Olímpicas parece coincidir con su final:

Es correcto, es saludable, sentir que mañana podemos o nos pueden matar. En las manos de la vida amenazada podemos encontrar un cuerno de la abundancia. Mirar, amar, poseer siempre como si fuese la última vez. «¡Más tarde!» murmura la esperanza, que es la voluntad de los débiles. Pero no hay un más tarde y por ello se hacen las cosas. Hay un instante. ¡Que sea mío!

Autor: José Antonio Hernandez Garcia

Bernard Shaw

Bernard Shaw

El Premio Nóbel de 1925, no era solamente uno de los dramaturgos más brillantes de la historia moderna, sino asimismo uno de los genios más excepcionales e interesantes que conoce la cultura fáustica. Irlandés de nacimiento, pero inglés de pluma y corazón; ingenuo protector y amigo de toda suerte de animales - acaso debiera colocarse esta inscripción sobre su tumba como la de cuño similar que recuerda a Axel Munthe en la villa de San Michele de Capri-, pero implacable enemigo de los filisteos de la época; ibseniano empedernido, pero wagneriano anímico; sexageriano ya cuando en su obra maestra exalta a la juventud eterna e ideal encarnada en una alouette de Domrémy cuyo espíritu se identificó de la más prodigiosa de las maneras; éste es el hombre a quien no le importó convertirse en discípulo de Wagner y en su Juan Bautista británico: Bernard Shaw.

Shaw nació en Dublín en 1856; a los quince años dejaba ya de ser un recibo de Colegio para convertirse en oficinista; de ahí nacería su vocación socialista que más tarde había de cuajar en diversos ensayos. A los veinte, abandona el chupatintado para dedicarse a las Letras.

Escribió primero cinco novelas, de las que ninguna vio la imprenta; luego, pasó a ser crítico literario y musical en varios diarios de Londres, ciudad a la que se había trasladado y que se convertiría en su feudo, en su ridiculizado y despreciado feudo. No obstante su fecundo paso por la crítica de Arte, abandonó ésta cuando, después de asistir a una representación de "Casa de muñecas", decidió, fuertemente impresionado por el teatro ibseniano, ser dramaturgo. Su carrera como tal sería prolija en obras y de alta calidad, y a su nacimiento asistieron dos genios que fueron sus padres literarios y los presidentes de su vida ideológica: Henrik Ibsen y Richard Wagner.

Shaw no solamente adoptó los Weltanschauugen de éstos, transladando sus situaciones y sus fines dramáticos de sus propias obras, sino que también comentó sus producciones, de las que era experto conocedor. De ahí nacieron sus ensayos "The Quintessence of Ibsenism" ("La quintaesencia del Ibsenismo") y "The perfect Wagnerian" ("El perfecto wagneriano") . Si con el primero iniciaba su defensa de Ibsen en particular y de la nueva literatura nórdica, en general que le conduciría a aceptar el Premio Nobel con la condición de utilizar su anexo en metálico en la creación de una sociedad cultural que la propagara ("Fundación literaria Anglo-Sueca") con el segundo, además de defender y comentar a Wagner, se alineaba junto a los grandes escritores wagnerianos -Nietzsche, Baudelaire, Liszt, Chamberlain… con cuyos escritos valdrá la pena un día ver recopilada esta obra, escrita en 1898, y que desgraciadamente aún no se ha traducido al español.

Su firme wagnerismo condujo a Shaw no solamente a ello, sino asimismo a reflejar el espíritu de los dramas wagnerianos en los suyos propios. Así, encontramos que cita en innumerables ocasiones al titán de Bayreuth. En el prefacio a "Fascinación" ("The Philanderer"), escribe: "…el Teatro de los Festivales de Bayreuth no hubiese llegado a existir, de no haber sido por la Tetralogía de los Nibelungos, de Wagner", y más adelante expresa este pensamiento de neta índole wagneriana, y una de las bases del drama musical: "Y los lectores de Ibsen y Maeterlinck, los que en el piano estudian a Wagner, han de saber que pueden apreciar plenamente la fuerza de una obra maestra dramática sin la ayuda del teatro". En el prefacio a "El discípulo del Diablo", dice, refiriéndose a su wagneriana costumbre de autoanalizar su obra:

"Escribo prefacios como lo hacían Dryden, y disertaciones como hacía Wagner, porque puedo", y cuatro páginas después afirma rotundamente: "Nadie escribirá jamás mejor tragedia que la del Rey Lear, ni mejor comedia que Le Festin de Pierre o que Peer Gynt, ni mejor ópera que Don Giovanni ni mejor drama musical que El Anillo del Nibelungo". Hay también alusiones a los dramas de Wagner propiamente dichos, y así dice en el prefacio a "La casa de las penas": "... amazonas intrépidas que se dormían a los primeros acordes de Schuman nacían, horriblemente desplazadas, en el jardín de Klingsor", y en la misma obra, cuando uno de los personajes, Mistress Hushabye, quiere describir una noche maravillosa a su acompañante se expresa de esta manera: "Venga Alfredo, verá que luna más hermosa. Es una noche como en "Tristán e Isolda".

Estas y otras citas rozan no ya la anécdota, sino lo ideológico de su nexo wagnneriano; veamos sino cómo Shaw se manifiesta contra el materialismo al decir: ". . . teniendo en sus estantes a Butler, Bergson y Scott Haldane junto a Blake y otros poetas mayores (para no hablar de Wagner y los poetas menores). la Casa de las penas no fue tan segada por el lerdo materialismo de los laboratorios como el mundo inculto del exterior".

Shaw, como Wagner, fue vegetariano a causa de su amor a los animales, lo que le obligó a soportar innumerables chanzas y burlas, aunque ello no le impidió alcanzar la respetable edad de 94 años. Esta sensibilidad con respecto a la especie animal no merece ser juzgada como un sentimentalismo del que siempre estuvo alejado, toda vez que preconizaba, como Nietzsche, el triunfo de los fuertes sobre los débiles y los tarados, y era partidario de la "Fuerza Vital" y la "Evolución Creadora", conceptos que oponía al materialismo darwinista y en los que se integra buena parte de sus obras, como "Hombre y Superhorribre" y, sobre todo, y como ha apuntado Spengler, "La Comandante Bárbara".

Shaw creía que el capitalismo, que fundaba su existencia en la inmoralidad y el robo explotador, debía morir para dar paso a un socialismo ético, de corte nacional y sin relación alguna con el capitalismo de Estado marxista y, como Wagner, defendió esta idea regeneradora en sus escritos y en la práctica, pues de igual modo que el poeta-músico prestó su brazo a la revolución de 1848, él se adscribió a la ideología fabiana.

Shaw, como Wagner, creyó en que había que emancipar a la mujer y elevarla al rango de protagonista del drama de la vida, y como Wagner y como lbsen defendió esta idea y la trasladó al ámbito del teatro. Si Wagner había abierto una senda revolucionaria al señalar que el camino de la redención del hombre pasa por el amor de la mujer y otorgó a ésta la capacidad de abrir el espacio infinito a aquél en el rol de Senta ("El Holandés Errante"), de Elisabeth ("Tannháuser"), de Brünnhilde ("El Anillo del Nibelungo"), de Isolda ("Tristán"), Shaw unió esta vocación redentora a la fuerte personalidad de la Nora ibseniana ("Casa de muñecas"), en Santa Juana, un tipo femenino que a la vez es nietzschiano, wagneriano, shopenhaueriano e ibseniano, porque el prototipo del "superhombre" esto es, del héroe, porque es espiritual como Elisabeth, porque en ella ha muerto la voluntad de vivir como en Brünnhilde y en Isolda, porque tiene la férrea y dominante voluntad de las mujeres de lbsen. Ello a la vez en una mujer paradójicamente grácil y diecinueveañera que es la palanca para una exaltación patética del idealismo y de la lucha individual, que tiene como telón de fondo el Medioveo, al que presenta románticamente erguido por encima de sus abominables lacras la Inquisición y el feudalismo que él mismo denuncia, sin perjuicio de alterar un soplo de esa "atmósfera medieval" que él echaba de ver en las obras de Shakespeare, porque sabe que hoy tienen sus correspondencias sociopoliticas.

Autor: Ramón Bau

Marcel Deat

Marcel Deat

La bandera del "socialismo constructivo" fué recuperada en 1930 por un joven diputado socialista francés: Marcel Deat. La lectura de la obra cumbre de De Man le había transformado. En "Más allá del socialismo" y "El Placer de Trabajar", Deat encontró nuevos enfoques al socialismo: siendo el socialismo una lucha de los explotados, éstos no son solamente obreros sino campesinos, intelectuales, inquilinos, pequeños comerciantes, etc.; la lucha contra el capitalismo, mejor dicho, la necesidad de luchar contra el capitalismo, es el común denominador de todas estas franjas de la sociedad.

Ahora bien, la lucha contra el capitalismo requiere una estrategia que Deat considera debe consistir en la lucha por una economía comunitaria y cooperativa (socialización de la propiedad), la lucha contra la tiranía del interés del capital (socialización de los beneficios), la lucha contra el vacío de poder y el Estado débil (socialización del poder). ¿Y las tácticas? Las distintas luchas parciales contra el capitalismo, la participación en las elecciones democráticas que harán avanzar a los explotados y recuperar parcelas del poder. ¿El objetivo? Un Estado planificado y coordinador de las distintas ramas de la actividad humana. Tal es el esquema completo que animaba a Marcel Deat poco antes de su conversión decidida al fascismo.

Estamos en 1940, la evolución hasta esa fecha había sido larga...

Marcel Deat es sin duda la figura más atractiva, junto a Jacques Doriot, del fascismo francés. Frangois Duprat lo definió como "el ideólogo de la colaboración" con los alemanes durante la ocupación. Había nacido en 1894 en el Nievre y cursó estudios en la famosa Escuela Normal de rue Ulm. El año 1914 es trascendental para su vida, en él se producirán dos acontecimientos que le marcarán profundamente: ingresa en la S.F.I.0. (partido socialista francés, entonces llamado Sección Francesa de la Internacional Obrera) y marcha al frente como soldado de infantería. Su valor será reconocido en ambos campos: como socialista llegará al parlamento y como militar obtendrá la Legión de Honor y el grado de capitán. En 1928 escribió su primer libro "Perspectivas Socialistas", cuyo editor fué precisamente Georges Valois (1). Sus tesis son el eco y la traducción en Francia de las expuestas por de Man en Bélgica. Quizás la tesis que más ampollas levantó durante la guerra, fué la que negaba el carácter revolucionario a la SFIO.

En el congreso socialista de 1930 agrupa tras de sí a una tendencia denominada "Derecha NeoSocialista", que representa prácticamente la mitad del partido. Pero poco a poco, la tendencia oficialista irá recuperando terreno hasta que en 1933 son expulsados, tras un Congreso Extraordinario del partido en el que Deat y los suyos (especialmente Marquet) defenderán una moción titulada "¿Neo-Socialismo?: Orden, Autoridad, Nación". León Blum, el futuro presidente bajo el nefasto Frente Popular, tildará esta moción de "fascismo puro y simple".

Los expulsados - aproximadamente un 20 por ciento de la SFIO- constituyeron el "Partido Socialista de Francia- Unión Jean Jaurés", organización de vida corta y agitada y que terminará convergiendo con otros escindidos del partido radical para constituir la Unión Socialista Republicana, de vida no menos agitada. Deat profesaba por entonces tesis antifascistas y no dudó en adherirse al "Comité de Vigilancia de los Intelectuales Antifascistas", pero sus colaboraciones con intelectuales reputados como "derechistas" e incluso "fascistas", como Jules Romains, menudeaban cada vez más. Junto a Romain y Lacoste, redacta el "Plan del 9 de julio", destinado a dar una salida -al menos sobre el papel- a la crisis social y económica de la Francia de principios de los años treinta. Ministro del aire en el gobierno centro-izquierdista de Sarraut (enero 36), pierde su escaño en mayo. Secretario General de la USR, vive alejado del "Frente Popular", aunque es partidario de un "apoyo crítico", lo que traducido quiere decir "enfrentamiento limitado". Pero poco a poco la oposición entre Deat y Blum irá en aumento.

Aplaudirá los acuerdos de Munich como un paso adelante para la pacificación europea. Volverá al parlamento en abril de 1939 con un programa anticomunista, y pocos meses después, cuando se presagiaba ya la guerra en Europa, escribirá un famoso artículo que pasará a la Historia del periodismo y de la política: "¿Morir por Danzig?", decidido alegato pacifista. Más tarde dirigirá el diario "L'Oeuvre", manteniendo bajo la ocupación alemana sus teorías anticapitalistas y anticomunistas y atacando frecuentemente a los "reaccionarios de Vichy". Sus campañas contra los reaccionarios tendrán como primeros resultados el enfrentamiento entre tendencias del gobierno de Vichy y la caida de Laval el 13 de diciembre de 1940.

El 9 de julio de 1940 Deat, en su periódico, escribía un histórico editorial cuyo párrafo más importante decía: "Los partidos han muerto... Francia no será reconstruida sobre el equívoco de una “unión nacional"... como todos los pueblos que han hecho su revolución... nos hace falta un partido, un partido único que resalte y oriente las aspiraciones comunes. Un partido que, al lado del estado y del gobierno, encuadre, anime, sostenga a la nación. El parlamento ha desaparecido, el partido asumirá el contacto entre el gobierno y la opinión"... El Ressemblament National Populaire iba a nacer como fruto maduro de estas líneas unos pocos días después.

Deat y su RNP consiguieron cierta notoriedad, si bien es cierto que quedaron distanciados años luz de ser "el partido único" que pretendían. El turbulento período de la ocupación alemana en Francia, la división que duró hasta 1943 entre la "Zona ocupada" y el territorio del gobierno de Vichy, y la convergencia de otros partidos (el PPF principalmente) y grupúsculos (el Francismo sobre todo) le privaron de la audiencia que en buena lógica le hubiera correspondido. Por otra parte, algunos de sus militantes fueron asesinados por la resistencia comunista. Con todo, y a pesar de sus diferencias, fueron precisamente Jacques Doriot, excomunista y líder del PPF, junto con Deat, ex-socialista y líder del RNP, quienes más énfasis pusieron en la creación de una Legión de Voluntarios Franceses que lucharon en el Frente del Este, participando en el común combate de Europa contra el comunismo. Los alemanes no concedieron la petición de los dirigentes franceses de que sus voluntarios marcharan a la lucha en uniforme galo; la LVF, como la División Azul y el resto de voluntarios de todo Occidente, lucieron así en hermandad viril y combatiente el uniforme "feldgrau" alemán.

Después de la guerra, Marcel Deat fue juzgado por colaboracionista y, naturalmente, condenado a muerte... en rebeldía.

Sería muy extenso explicar los distintos avatares del RNP hasta el final de la guerra. Baste decir que con él las formulaciones neo-socialistas de Henri de Man, unido a la personalidad política de Marcel Deat, encuentran una 'línea de masas" propia que coincide exactamente -la prueba es justamente su "colaboracionismo", aunque preferimos llamarlo "su patriotismo" durante la guerra mundial- con el movimiento de juventudes nacional revolucionarias que se estaba desarrollando por toda Europa.

Pero si Deat y de Man habían ido "más allá del socialismo", el colectivo "Ordre Nouveau", por esas mismas fechas, pretendía marchar, "más allá del nacionalismo". Las intenciones del colectivo quedaban diáfanamente expuestas en el párrafo final de la obra que dió fama al personaje más representativo del grupo, Thierry Maulnier: “La conciencia nacional y la conciencia revolucionaria separadas, erigidas frente a frente, no constituyen, una con mejor título que la otra, las fuerzas dialécticas de la creación del futuro, son tan solo estériles productos de una sociedad que muere. La conciencia nacional se hace conservadora, es decir, asocia estúpidamente al esfuerzo para perpetuar la realidad nacional, el esfuerzo para conservar en ella el poder de las fuerzas que la destruyen; la conciencia revolucionaria se hace antihistórica y antinacional, es decir trabaja para aniquilar lo que quiere liberar. Las mismas palabras ‘nacional’ y ‘revolucionario’ han sido hasta tal punto deshonradas por la demagogia, la mediocridad y el verbalismo, que son ya recibidas en Francia con una indiferencia bastante parecida al disgusto. El problema consiste hoy en superar esos mitos políticos fundados sobre los antagonismos económicos de una sociedad dividida; en liberar al nacionalismo de su carácter burgués y a la revolución de su carácter proletario; en interesar de una manera orgánica y total a la nación en la revolución, ya que sólo la nación es capaz de llevarla a cabo; en interesar igualmente a la revolución en la nación ya que sólo la revolución puede salvarla" (Más allá del nacionalismo).

Así como el fenómeno de Marcel Deat y Henry de Man se le llamó "neo-socialismo", a estos círculos se les apodó "neo-tradicionalismo" y también "nueva derecha", nombres que en realidad no nos dicen gran cosa.

El desencanto por el socialismo y el rechazo hacia la derecha y el capitalismo liberal hizo que algunos intelectuales que no mantenían inicialmente excesivas simpatías por los regímenes fascistas se agruparan en torno a revistas y sociedades culturales que defendían en la práctica los mismos postulados fascistas, pero sólo a nivel intelectual: Jean Pierre Maxence fundó "Les Cahiers" en 1928, dos años después Jean de Fabregues publicaba el primer número de "Reaction" y, por fin, en mayo de 1933, Arrnand Dandieu y Robert Aron iniciaba la edición de "L'Ordre Nouveau". Más tarde y en su misma tónica aparecerán "La lutte des jeunes" teniendo a Bertrandt de Jouvenel como animador, "L'Homme reel" y "Combat", de Roditi y Maulnier respectivamente, y así varios más. Toda esta amplia gama de publicaciones nos indica que el colectivo no tenía un carácter unitario, es la síntesis que estamos realizando la que sí lo tiene en función de que resalta los aspectos comunes, fuera de los dilettantismos que no fueron pocos. El interés revolucionario, la superación de las derechas y de las izquierdas, el rechazo al parlamentarismo, la definición que de ellos mismos se hacen en "Manifeste pour l'Ordre Nouveau" ("tradicionalistas pero no conservadores, realistas pero no oportunistas, revolucionarios pero no rebeldes, constructores pero no destructores, ni belicistas ni pacifistas, patriotas pero no nacionalistas, socialistas pero no materialistas, personalistas pero no anarquistas, humanos pero no humanitarios) y una visión planificada y corporativa de la economía, dan la idea de lo que unía y separaba a este colectivo con el fenómeno nacional y revolucionario, que en teoría era poco. También se puede traslucir lo que les unía con la escuela personalista de Enmanuel Maunier (que rechazaba el stalinismo y el capitalismo en nombre del redescubrimiento de la persona humana, todo ello enmarcado dentro de una visión cristiana de la vida y cuyo pensamiento ha sido utilizado por elementos renovadores del catolicismo desde la derecha y desde la izquierda) y con el pensamiento nietzscheano.

Durante la guerra, la vorágine de los acontecimientos sumergió en el olvido todas estas teorías. Sin embargo, algunas personalidades siguieron trabajando en parecidas coordenadas. Thierry Maulnier, por ejemplo, en 1942, bajo la ocupación pudo escribir "Violencia y conciencia" y en 1951, "El rostro de medusa del comunismo" que, junto con "sociología del marxismo", de Jules Monnerot, pueden considerarse las "Biblia" del anticomunismo contemporáneo. Jouvenel y Aron también han seguido escribiendo pero, como en el caso de Junger en otro terreno, sus obras están desprovistas ya del carácter juvenil y rebelde de sus primeros escritos, se han transformado en conservadores a ultranza. El mismo título de la obra de Maulnier, "El rostro de Medusa..." es significativo: como aquel ser mitológico, el comunismo es la nueva Medusa que hiela la sangre de los civilizados y rectifica, disculpándose, sus arrebatos juveniles de antaño: "El derecho a equivocarse es el derecho fundamental del ser humano...... No menos se puede decir de Aron, quien considera que sólo la afirmación de los valores "cristianos y occidentales" puede detener al marxismo (curiosamente apenas llega a explicar cuáles son esos valores).

Pero esto poco importa. Lo escrito, escrito está, poco importa que quienes lo escribieran rectificaran luego su pensamiento si no hacían la crítica de lo que pensaran antes. De la "revolución del orden" de antes de la guerra, al "orden por el orden", es decir al conservadurismo reaccionario posterior, no había una secuencia evolutiva lógica, sólo un salto repentino. Nosotros nos quedamos con su pensamiento revolucionario, el que intenta hacer la síntesis del socialismo desprovisto de su componente materialista y del nacionalismo desprovisto de chauvinismo pequeño burgués. Y eso no se quedó en mera teoría: el PPF y el RNP lo asumieron... y lo pagaron con su sangre noble.

(1) George Valois fue un sindicalista en la preguerra que fundó en 1923 "Le Faisceau", primer movimiento fascista hecho a imagen y semejanza del modelo italiano. Más tarde, después de distintos avatares, Valois disolvió "Le Faisceau", adhiriéndose a SFIO. Resistente durante la guerra, fundó una editorial.

Autor: Ernesto Milá

Requiescat in pacem.

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