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La memoria de la Otra Europa

Los asesinos de Lorca, vendetta familiar

Los asesinos de Lorca, vendetta familiar

Por fin ya hay algo que sabe a verdad, respecto al asesinato de Lorca en la Granda del verano del 36. Fueron sus primos, lejanos primos, a los que hago el desprecio de ignorar su nombre. Rencillas familiares, acaso más profundas que las ideológicas que marcaban la guerra civil, llevaron a los que hicieron la saca de la cárcel aquella noche estival en la capital de Darro. El Faro ha informado puntualmente de la película que se estrenará en Septiembre sobre el asunto.
Y todo parece como una premonición del propio Lorca, en aquellos versos de Antoñito el Camborio, en el Romancero Gitano: Antonio Torres Heredia. / Camborio de dura crin, / moreno de verde luna, / voz de clavel varonil: / ¿Quién te ha quitado la vida /  cerca del Guadalquivir?   //  Mis cuatro primos Heredias, / hijos de Benamejí. / Lo que en otros no envidiaban, / ya lo envidiaban en mí. / Zapatos color corinto, / medallones de marfil, / y este cutis amasado / con aceituna y jazmín.

Cuando estuve en Valderrubio, el pueblo donde ocurrieron los hechos dramatizados en La Casa de Bernarda Alba, un pueblo antes llamado Asquerosa, analogía de Acqua Rosa, en latín Agua roja, departí algo con los nativos, que habían hecho casa museo lorquiano en la villa. Ahora me casan algunas piezas sobrantes. El padre de Federico hacía, no sé si esporádicamente, de prestamista particular. Y cuando se presta dinero en la familia, suelen pasar estas cosas. España entera está llena de estas envidias, a caballo entre la usura de unos, el aprovechamiento de otros, y la inquina en todos. La indiferencia es tomada por desprecio, y una mirada perdida, como portadora de odio.

Acaso haya que pensar que la salida de la casa de los Rosales no fuera tan dramática, si el fulano aquel de la CEDA, cuyo nombre también prefiere ignorar esta crónica, acudiera acompañado por estos primos lejanos, de los que Federico no podía desdecirse delante de las mujeres de los falangistas granadinos.

El caso es que agonizando la tiniebla de aquella noche agosteña, lo sacaron junto al maestro cojo y al banderillero. Antes de que amaneciera, les bajaron del camión, y los tirotearon, seguramente por la espalda. Una venganza familiar disfrazada de suceso de guerra, criminal suceso de guerra, me apresuro a distinguir. Lorca fue víctima de esa España nagra y profunda, enraizada en una ruralidad pobre y violenta, de la que no era detentadora exclusiva Puerto Hurraco, aquel pueblo de Extremadura de hace algún año. Fue protagonista, malhadado protagonista, de un suceso primo hermano del de Bodas de Sangre o la Bernarda; un suceso sangriento, propio de una España ignorante y hambrienta, siciliana, en la que su pecado fue ser hijo de quien era, no ser él mismo quien él mismo era. Vale.

La marcha sobre Roma

La marcha sobre Roma

Una aproximación a los albores del fascismo 

Acercarse con curiosidad al fascismo a finales de nuestro siglo no es fácil. Son muchas las dificultades que se alzan entre el afán de conocimiento de las nuevas generaciones, y una información veraz y exacta del fenómeno fascista. Entre todas las dificultades, la primera que hallamos es la pérdida de significado del término fascista. Hoy en día, este significante no pasa de ser un epíteto vacío de contenido real, generalmente asimilado al empleo irracional de la violencia, al carácter autoritario de una persona o institución independientemente de cuál sea su ideología o significado político. Lo mismo sirve para descalificar al concejal que pretenda cerrar a una hora más temprana los locales nocturnos que a la dictadura que haga al caso, ya sea el militar de una república bananera o el reyezuelo tribal de alguna república del África negra. Utilizada así, esta expresión descalifica intelectualmente más al que lo lanza como ofensa, generalmente el politiquillo de turno, que al que lo recibe, generalmente como un tremendo insulto síntesis de todas las maldades.

La segunda dificultad, que sólo surge para aquellos que intentan forjarse su propio criterio, radica en la obtención de información veraz y suficiente entre la aluvión de propaganda generado por las potencias vencedoras en la última guerra mundial.

La tercera, y quizás más importante, es la de establecer qué es realmente el fascismo. ¿Es posible dar una definición del mismo? ¿Pueden englobarse en una misma categoría sistemas y regímenes tan dispares como el de la España de Franco y el heterogéneo y confuso ideario del partido falangista que le sirvió de soporte, el ‘Estado Novo’ de Salazar, la Croacia de Ante Pavelic, la Francia petenista o la del antiguo comunista Doriot, o los clásicos: el nacionalsocialismo alemán y el fascio italiano? Parece difícil, cuando menos, lograr reducir a la unidad en una categoría sistemática lo que ya nació como cauce de muy diversas corrientes, procedentes casi todas ellas del romanticismo y del irracionalismo del siglo anterior. Quizás pueda afirmarse, sin intención de dar una definición completa y acabada, ni de polemizar, que el fascismo es fundamentalmente un intento de dar respuesta a los problemas del hombre desde una perspectiva comunitaria, no colectivista, en la que el elemento espiritual y psicológico de los hombres no sea ignorado.

Mas, ¿cómo surgió el fascismo? Setenta y cinco años después, pocos parecen recordar que el fascismo tuvo su origen en la conjunción de distintas ideas, hechos y circunstancias sociales. En cuanto a las ideas, su paternidad debe atribuirse por igual al romanticismo nórdico y a la idea de romanidad clásica, y si no siempre reconocieron la paternidad de Hegel o de Nietzsche, ninguno negó la de Spengler, que estaba en el espíritu de la época. Venían a representar un regreso a lo sacro y al misticismo, frente al ideal agnóstico o ateo del liberalismo o del marxismo. El mismo léxico fascista toma elementos teológicos para su formación, como el carácter ‘carismático’ de sus líderes. En cuanto a los hechos, el fascismo no puede ser concebido sin la Gran Guerra y la crisis del socialismo, que dará lugar al comunismo soviético y al socialismo revolucionario bajo el nombre de fascismo. Por último, en cuanto a las circunstancias sociales, debe recordarse la crisis del Arte provocada por el marchantismo extraeuropeo y las vanguardias que representarán una ruptura con los sentimientos populares, ruptura que sólo será salvada por la incorporación de las nuevas artes y técnicas, como el cine o la publicidad, y el empleo por primera vez masivo y moderno de los medios de comunicación.

El fascismo, que pretendía ser una jerarquía, una tradición y un culto a la autoridad, supo hallar el equilibrio entre una absoluta modernidad en un marco tradicional de retorno a la esencia de cada pueblo, complaciéndose, en el caso italiano, en escoger como telón de fondo de sus celebraciones públicas las más genuinas ruinas romanas. Pero entremos en la época.

El tiempo previo a la Gran Guerra: la crisis del socialismo

En 1913, Mussolini era uno de los más radicales dirigentes del Partido Socialista Italiano y el joven director del diario del partido, Avanti. En él escribía: "Nosotros consideramos los acontecimientos con una satisfacción legítima, la misma satisfacción que ha de sentir el artista contemplando su propia obra. Si el proletariado italiano está adquiriendo una psicología, más ofensiva y feroz se lo debe a nuestro periódico". En aquel tiempo, el que sería Duce del fascismo, consolidaba su posición en el partido socialista e imponía la radicalización revolucionaria del socialismo en Italia. Aún no había sonado en Sarajevo el pistoletazo que acabaría con la vida del Archiduque Francisco Fernando, heredero de la corona del Imperio Austrohúngaro, y con la política al modo en que era entendida en el S. XIX, dando la señal de salida al concepto de política absoluta e inmisericorde que ha caracterizado al S.XX.

En 1914, los trabajadores de todos los países europeos marcharían a los frentes de batalla marcando con su paso el fin del internacionalismo socialista, dejando el socialismo convertido en mera pantomima socialdemócrata dominada por la masonería. El 18 de octubre, en las páginas del socialista Avanti, su director Mussolini dirá: "¿Es que queremos ser, como hombres o como socialistas, espectadores inertes de este drama grandioso?". Dos días después dimite de su cargo despreciando la indemnización económica que le correspondía, y funda Il Popolo d’Italia. En el congreso del 24 de noviembre hará una renovada profesión de fe socialista ante los delegados de toda Italia, de los que se despedirá con estas palabras: "¡Vosotros hoy me odiáis porque todavía me amáis! Estoy solo. Pero yo soy fuerte a pesar de estar solo. Es más: os diré que soy fuerte precisamente porque estoy solo. La decisión de abandonar el partido fue tomada decididamente al entender que ya no representaba los intereses de los trabajadores italianos".

El Mussolini de la guerra

Con el abandono del partido por parte de Mussolini y de los delegados que le eran afines, se inicia con una renovada profesión de fe socialista una nueva etapa del socialismo italiano que advertirá, igual que el francés, que la verdadera lucha de clases no se da entre clases sociales, entre clases económicas de un mismo pueblo, sino entre clases de hombres y de naciones. Así llegará a hacerse intervencionista, la guerra, el ideal de la Patria, de la identidad nacional, lo último que el capitalismo puede arrancar a los miserables, debía ser defendido de los internacionalismos representados por la usura y el comunismo.

Las naciones ricas, capitalistas, burguesas y plutócratas, explotan y esquilman a las humildes, incapaces o menos poderosas. Mussolini se convierte progresivamente en el defensor de una nueva clase de explotados: la de los italianos. Su prosa se verterá fieramente en el periódico alrededor del cual gira la vida política italiana: "La propaganda antiguerrera la ejercen los bellacos: los curas, los jesuitas, los burgueses, los monárquicos. ¡Los neutrales jamás dominaron los acontecimientos, sólo los padecieron! ¡Sólo la sangre pone en movimiento la rueda sonora de la Historia! ¡Lo inevitable se cumplirá: los viejos mundos de la vida política y social de Italia se convertirán en polvo miserable! No querer distinguir entre guerra y guerra y pretender oponerse a todas las guerras, sean las que sean, es una conducta propia de imbéciles".

El 24 de mayo de 1915 Italia entró en guerra contra Austria y Alemania. El 2 de septiembre Mussolini llegaba al frente, en el 11º Regimiento de Bersaglieri, como soldado. Previamente había rehusado el grado de oficial que le correspondía. Ascendido a cabo por méritos en el campo de batalla, Mussolini cayó en combate, como dijo de él el Morning Post británico: "lleno de heridas como César".

"Vittoria nostra, tu non sarai mutilata"

De nuevo en Milán tras el fin de la contienda, durante la celebración de la victoria se dirigió a los ‘arditi’, los soldados de asalto: "¡Arditi! ¡Compañeros de armas! Yo os defendí cuando los cobardes filisteos os difamaban...". Luego añadió: "El relámpago de vuestros puñales y el diluvio de vuestras bombas harán justicia de todos los miserables que pretendan cortar el camino a una Italia más grande". Contestaron levantando sus puñales: "A noi! A noi!". Se acababa de inventar el saludo ritual fascista.

Italia había entrado en guerra para recuperar su propio ‘Gibraltar’, tierras irredentas ocupadas por extranjeros cuyo símbolo fue Fiume. La decepción italiana al final del conflicto fue terrible, el 98 de Italia dejaba a cuatro millones de proletarios y trabajadores italianos, que sólo tenían sus medallas, sus heridas y sus recuerdos de guerra, sin aquello por lo que arriesgaron sus vidas: ‘la Nación, la Patria, la Italia más grande’. El 16 de enero de 1919, Mussolini, el único portavoz autorizado de los ex combatientes, grita: "¡Señores del Gobierno, señores de la clase dirigente!: ¡tenéis que escucharnos!". Sin embargo, la gran burguesía hacía oídos sordos a las reivindicaciones populares, celosa de sus beneficios obtenidos mediante la especulación durante la guerra. Mussolini repetía sin cesar: "Venimos proclamando la necesidad de dar un contenido social interno a la guerra, no solamente para recompensar a las masas que han defendido a la Nación, sino también para vincularlas al porvenir de la Nación, y a su prosperidad".

La fundación del fascismo

El 21 de marzo de 1919 se forma en Milán el primer Fascio Milanese di Combattimento, a cuyo frente estaba el triunvirato formado por Ferrucio Vecchi, Michele Bianchi y Benito Mussolini. Sus miembros provenían de diversas fuerzas políticas. El día 23 se fundó la organización nacional, los Fasci Italiani di Combattimento. En ellos formaban anarcosindicalistas, republicanos, conservadores, socialistas disidentes, nacionalsindicalistas, futuristas como Marinetti, intelectuales como Giuseppe Bottai y hombres de acción como Roberto Farinacci. Los ‘arditi’ prestaron al movimiento su estilo y formas, la camisa y el fez negro con la calavera y el puñal, a todo lo cual se incorporó la frase populachera del dialecto romano ‘me ne frego!’ —¡qué me importa!—, con el entusiasmo de Mussolini, que escribió: "El orgulloso lema de los ‘squadristi’, escrito sobre las vendas de una herida, no es solamente una expresión de filosofía estoica o simplemente el resumen de una doctrina política: es la educación a la batalla, a la aceptación de los riesgos que ésta conlleva, es un nuevo estilo de vida ideal".

Del bautismo de fuego a Fiume

El 15 de abril de 1919 se produjo una concentración en la Arena de Milán. Exaltada la masa por los discursos de sus cabecillas, cien mil socialistas y anarquistas se dirigieron a la plaza del Duomo por la Via Mercanti con intención de aplastar a los escasos fascistas allí congregados. A su encuentro salieron los estudiantes del Politécnico, algunos fascistas y futuristas, el choque fue violentísimo y se saldó con varios muertos. Como represalia, los fascistas atacaron el Avanti, protegido por el ejército. En la acción murió un soldado. Aquella noche, Mussolini fue aclamado por el pueblo milanés bajo los balcones de Il Popolo d’Italia.

El 25 del mismo mes llegó el mensaje de Wilson con su infame y humillante decisión, servilmente acatada por el Gobierno. Wilson, presidente de los EE UU, se mostró inflexible durante la Conferencia de Paz: "Fiume no será nunca para Italia". Desde el 16 de mayo, la ciudad quedó bajo control de la Sociedad de Naciones. Mussolini viajó a Fiume para hablar contra Wilson y el Tratado de Versalles en el Teatro Verdi de la ciudad. Después del discurso, Host Venturi formó en el Campo de Marte un batallón de voluntarios con los asistentes al mitin. La tensión se puso de manifiesto en el choque entre los soldados franceses de la Sociedad y los de Italia. D’Annunzio, con 287 voluntarios y ‘arditi’, ocupó Fiume el 12 de septiembre al grito de: "Fiume o morte!". En octubre convocó un referéndum. Sobre 7155 votantes, 6999 votaron a favor de reintegrarse en Italia.

El ‘golpe’ de la izquierda y la crisis económica

A principios de 1920, el anarquista Enrico Malatesta, intentaría establecer un acuerdo con el Partido Socialista encaminado a efectuar su propia ‘Marcha sobre Roma’. Descubierto por Mussolini y publicado en Il Popolo d’Italia, los socialistas, sorprendidos, dieron marcha atrás temporalmente. Trotsky advertiría a los comunistas italianos: "La única carta seria la han perdido ustedes; el único hombre que hubiera podido hacer la revolución en serio".

Tras la caída del gobierno Nitti, el gobierno sucesivo de Giolitti ordenó la evacuación de Albania, permitió la ocupación de las fábricas, y después de firmar el Tratado de Rapallo con Yugoslavia, mandó bombardear a D’Annunzio para expulsarlo de Fiume.

En el verano de 1920 la huelga agraria causó la pérdida de la cosecha en la llanura del Po. Los piquetes marxistas dominaban la situación, los fascistas se enfrentaron a ellos asaltando las Cámaras del Trabajo, los locales socialistas y las Municipalidades. Bolonia, Ferrara y Módena cayeron bajo el control de los escuadristas.

En 1921 las huelgas se sucedieron hasta llegar a paralizar a Italia, aumentaron la miseria y el paro, se cerraron las fábricas izando sobre ellas la bandera roja con el martillo y la hoz, los miembros de la ‘guardia roja’, organización militarizada del Partido Socialista, fueron armados con fusiles y bombas de mano y adiestrados en los patios de las fábricas. Se crearon oficinas de prensa, cooperativas y se llegó a emitir moneda. Por último, los socialistas más radicales crean el Partido Comunista. Los choques con las escuadras fascistas eran inevitables. El 3 de abril, Mussolini, que ya empieza a ser llamado Duce, en el escenario del Teatro Comunale de Bolonia dirá: "Si la burguesía no sabe defenderse por sí sola, que no espere que la defendamos nosotros. Nosotros defendemos a la Nación. Queremos la fortuna material y moral del pueblo". La poetisa Ada Negri vio a los camisas negras como: "Jóvenes de cuerpo y alma tan resplandeciente que más bien parecen jóvenes reyes". Se reprodujeron las incursiones fascistas y las escaramuzas callejeras por toda Italia. La violencia alcanzó la intensidad de una guerra civil. Así se detuvo el intento golpista de la izquierda.

Los fascistas, al Parlamento

El 13 de mayo de 1921 se convocaron elecciones generales. Treinta y cinco fascistas entraron en el Parlamento, entre ellos Roberto Farinacci, Dino Grandi y Mussolini. Este último, en su discurso, se ofreció a todos para colaborar: "El fascismo no predica ni practica el anticlericalismo. Hay que reducir el Estado a su expresión puramente jurídica y política. La violencia no es para nosotros un sistema. Estamos dispuestos a desarmarnos si vosotros lo hacéis también. Y sobre todo, hemos de desarmar los espíritus".

El Primer Ministro Bonomi creyó poder detener los enfrentamientos por medio de medidas de fuerza. En Sazarna y en Módena, numerosos escuadristas fueron torturados por la policía o asesinados los comunistas. Se firmó a instancias de Mussolini el Pacto de Pacificación con los socialistas, al que no se adhirieron los comunistas, que continuaron con los ataques a los fascistas y a los restantes grupos nacionalistas. El acuerdo entró en vigor sin llegar a menguar el clima de guerra civil.

Fundación del Partido Nacional Fascista

El 4 de noviembre de 1921 se organizó la ceremonia al ‘milite ignoto’ —soldado desconocido—. Cuatro días después, en el Congreso del Fascio, se funda el Partido Nacional Fascista. Mientras, el Gobierno de Bonomi era paulatinamente desbordado por la extrema izquierda. La incapacidad de los partidos democristianos y liberales para mantener a raya a la revolución marxista, forzaba la intervención de las escuadras fascistas, no con el fin de mantener el orden establecido, como era deseo de las clases burguesas, sino para evitar una revolución de signo opuesto al propio. Ante las agresiones sufridas, el 15 de noviembre se denuncia el Pacto de Pacificación. El PNF proclama: "Nosotros sustituiremos al Estado cada vez que éste se muestre incapaz de combatir las causas y los elementos de la desintegración interior".

1922: el año definitivo

Durante este año, la crisis económica continuaba con toda su gravedad, cayó el gobierno Bonomi y se formó el gobierno de Luigi Facta, un hombre aún más mediocre que su predecesor. En la primavera, cuarenta mil braceros fascistas al mando de Italo Balbo ocuparon Ferrara como protesta por las miserables condiciones de vida. Los sindicatos socialistas injuriaron a los que habían sido sus miembros. Los jornaleros, más de 400.000, se habían pasado a los sindicatos fascistas en toda la península italiana. La ofensiva alcanzó en junio su cenit. En julio, decía Mussolini: "Nuestros adversarios continúan llamándonos bandidos, canallas, bárbaros, esclavistas, bandoleros, vendidos. Nos importa un bledo. Vosotros publicáis, señores, inútiles palabras injuriosas. Nosotros os contestamos saboteando política y sindicalmente vuestros huesos. Con quirúrgica inexorabilidad".

El día 20 de julio es asesinado en Rávena un fascista por la izquierda. Italo Balbo y Dino Grandi ocupan la ciudad con miles de trabajadores fascistas. Los comunistas y socialistas declaran la huelga general. Durante el entierro de la víctima, al paso del cortejo fúnebre, se producen disturbios provocados por varios disparos efectuados desde la Casa del Pueblo, con pobres resultados para los agitadores marxistas que verían su sede devastada.

El 31 de julio, el sindicato socialista, que veía debilitada su fuerza por el abandono masivo de los obreros para engrosar el fascista, proclama, en una vuelta más de tuerca dentro de la táctica marxista del golpe de estado, la huelga general. Los fascistas dieron un ultimátum a la Confederación General del Trabajo y se dispusieron a frustrar la acción de la izquierda. El Gobierno mostró su ineptitud para dominar la situación, de nuevo se produjeron choques por toda Italia entre las milicias socialcomunistas y las fascistas.

A finales de julio de 1922, más de 700.000 trabajadores se habían afiliado a la Confederazione Nazionalle delle Corporazioni, sindicato del PNF. La derrota de la izquierda era evidente.

No toda la prensa democrática era hostil al fascismo. Éste contaba con las simpatías de la mayor parte de la opinión pública y de buena parte de la prensa sindicalista y católica, en especial entre las clases medias, disminuyendo la influencia y el apoyo entre las clases altas conforme se acercaban al poder. Como ejemplo, entre julio y septiembre de 1921 las subvenciones recibidas por el PNF descendieron un 20%.

La decisión final

Mussolini inició una campaña de propaganda con un discurso en Udine el 20 de septiembre. Por primera vez no planteaba el derrocamiento de la monarquía como un fin inexcusable. Realizaba así un desplazamiento de la monarquía hacia una posición de no beligerancia frente al fascismo. Mussolini sabía que sus ‘camisas negras’ no podían enfrentarse con éxito al Exercito Reale, y que colocando al trono al margen de las incipientes hostilidades se aseguraba la neutralidad de los militares.

A finales de mes, los fascistas junto con algunos elementos nacionalistas, ocuparon Bolzano y Trento. El día 6 de octubre, Mussolini consideraba junto a Balbo la ejecución de una incursión contra Roma que condujera al Partido Fascista al poder. El 7 de octubre, con el fin de contribuir a una imagen de moderación, Bianchi negaba, durante una entrevista publicada en el Giornale d'Italia, la inminencia de un movimiento revolucionario fascista. Al tiempo, en el medio rural, los ‘carabinieri’ y la gendarmería, al compás del resto de la sociedad rural, se inclinaban claramente por los fascistas.

El día 16 de octubre, el Duce convocó a los jefes de las milicias en la sede del Fascio provincial en la calle San Marco de Milán. Acudieron: Mussolini, Grandi, de Vecchi, de Bono, Balbo, Teruzzi, Fara, Igliori, Ceccharini, Farinacci y Bianchi. Estos dos últimos, decididos partidarios de la insurrección, apoyaban la propuesta de Balbo y de Mussolini de hacerse con el poder en un golpe de audacia. Grandi, por el contrario, mantenía una táctica legalista. De Bono y de Vecchi adujeron la falta de preparación de la Milicia y la necesidad de aguardar un periodo de tiempo. Se decidió unificar el mando de la Milicia y la entrega de su jefatura a un triunvirato compuesto por Balbo, de Vecchi y el general de Bono, un militar de carrera recientemente retirado del servicio tras ejercer la jefatura del Ejército en Verona. Se decidió la insurrección en el primer momento que resultase posible. Acerca de la estrategia a utilizar, se decidió la formación de tres columnas: una cerca de Civitavecchia; otra en las proximidades de Monterotondo, para los contingentes de Emilia, Venecia y Lombardía, y la última en Tívoli, para las tropas de Marches, Abruzos, el Lacio y las regiones del Sur, el cuartel general estaría en Perugia, y las reservas se situarían en Foligno. Por último, Mussolini decidió que en cuanto comenzasen las acciones militares la jefatura del Partido debería resignar todas sus funciones en un cuadrunvirato integrado por los comandantes de la Milicia a los que se sumaría el Secretario del Partido, Bianchi.

El 22 del mismo mes se reunían en Bordighera los jefes de la Milicia para elaborar los planes del operativo. Su convicción acerca del triunfo se vio ratificada al conocer el triunfo en las elecciones locales de Reggio Emilia, un síntoma del apoyo popular que les confirmaba en sus planes de insurrección.

Se había convocado para el 24 de octubre en Nápoles el congreso del Partido, al que asistieron más de 40.000 fascistas. La primera reunión se efectuó en el teatro San Carlos. Al margen de reiterar el respeto por la corona, Mussolini dijo: "Nosotros los fascistas no pensamos entrar en el Gobierno por la puerta de servicio; nosotros los fascistas no pensamos renunciar a nuestra formidable progenie ideal contra un plato de lentejas ministeriales. Porque nosotros tenemos la visión que podemos llamar histórica del problema frente a la otra visión, que se puede llamar política y parlamentaria (...) Se trata de injertar en el Estado liberal toda la fuerza de las nuevas generaciones italianas hijas de la guerra y de la Victoria. (...) Esto es esencial a los fines del Estado. Y no sólo del Estado sino también de la Historia y de la nación (...) Por esto hemos reunido, encuadrado y férreamente disciplinado a nuestras legiones: porque si el choque hubiera de decidirse sobre el terreno de la fuerza, la victoria sea para nosotros. Nosotros somos dignos de ella". Al final del discurso, las siete mil personas que ocupaban el teatro expresaron un delirante entusiasmo. Por la tarde, minuciosamente preparado por el Foglio d’Ordine nº1 del mando de la milicia fascista, se celebró un gran desfile desde el campo de deportes hasta la plaza de San Ferdinando. Allí, vestido de negro y con una banda cruzada con los colores de Roma, Mussolini pasó revista a las legiones de camisas negras. Éstas prorrumpieron en gritos: "¡Roma! ¡Roma!: ¡Todos a Roma!". Mussolini improvisó: "Yo os digo con toda la solemnidad que el momento requiere: o nos entregan el gobierno o iremos nosotros a Roma para conquistarlo. Ya es sólo cuestión de días, quizá de horas. ¡Hay que coger por el cuello a la miserable clase dirigente!".

La noche del día 24 de octubre de 1922, el Presidente del Gobierno, Luigi Facta, telegrafió al rey: "Yo creo que ya ha sido abandonado todo proyecto de marcha sobre Roma". A la misma hora, en el hotel Vesuvio de Nápoles, Mussolini y los cuadrunviros —de Bono, Balbo, de Vecchi y Bianchi— establecían la movilización general de los camisas negras para el día 27 próximo, y el asalto a Roma para el 28 a las ocho de la mañana, el Congreso finalizó el día 26, los jefes de la Milicia habían partido hacia sus unidades el día anterior".

Las fuerzas políticas liberales desunidas y atemorizadas, maniobraron tratando de impedir lo que se perfilaba como inevitable. Giolitti ofrecía a los fascistas una modesta participación en un gobierno dirigido por él. El 27 de octubre, el prefecto de Milán telefoneó a Facta informando de que Giolitti buscaba una acuerdo con los fascistas. A la vez Mussolini llamaba a Salandra para inquirir si, en el caso de que se produjera la dimisión de Facta se le permitiría formar nuevo Gobierno. Salandra le instó a viajar a Roma para discutirlo. Mussolini se negó.

La primera noche de la movilización, las escuadras fascistas habían ocupado la mayor parte de las ciudades armados con fusiles, pistolas y algunas pocas granadas y ametralladoras, para las que apenas había munición. Con grandes dosis de audacia se hicieron con el control de los medios de comunicación, oficinas de Correos, Prefecturas, etcétera. Los cuadrunviros habían establecido su cuartel general en el Hotel Brufani de Perugia, tal y como estaba planeado. Al tiempo, Mussolini, para no alertar al gobierno, se dejaba ver en el Teatro Manzoni asistiendo a una representación de ‘El Cisne’ de Molnar. A lo largo de todo el día habían estado llegando noticias alarmantes a Roma. El gobierno Facta se reunió y acordó su dimisión. El Primer Ministro marchó a ver al rey. Tras la entrega de su renuncia, que fue rechazada, habló de la necesidad de defender Roma y de proclamar el ‘estado de sitio’. El rey consideró esta proclamación como una medida imprudente y prematura.

En Perugia las tropas fascistas estaban acuarteladas y su dominio de la situación era absoluto. Los cuadrunviros creyeron oportuno suspender la acción durante cuarenta y ocho horas. Cuando Farinacci recibió la orden en Crémona, se puso en contacto por teléfono con Mussolini y le advirtió del desastre que en un momento así podía producir la indecisión. Mussolini se mostró de acuerdo. Lo cierto era que el plan no se había ejecutado conforme a lo acordado y tan sólo se habían producido diversos choques violentos esporádicos, y además al cuadrunvirato le faltaba de Vecchi que aún estaba en Roma regateando acuerdos. La confusión reinaba en el mando revolucionario.

Mussolini envió a Constancio Ciano a Roma a continuar las negociaciones. Éste debía pedir como mínimo las carteras de Gobernación, Justicia, Guerra, Trabajo, Educación y Obras Públicas, así como la disolución del Parlamento. Esto no era más que una maniobra táctica. Antes de que Ciano llegase a Roma se agravó la inestabilidad política de Facta. A las 3:30 de la madrugada, Bianchi telefoneaba al secretario del dimitido Primer Ministro conminando a Facta para que no provocase un derramamiento de sangre innecesario. A las 5:00 de la madrugada, Facta convocó al Gabinete urgentemente. En contra de su opinión, se decidió la proclamación del ‘estado de sitio’ a mediodía. A las 8:30 horas de la mañana la proclama figuraba en las paredes de la ciudad de Roma. El Consejo ordenó al general Pugliese, comandante militar de Roma, la defensa a ultranza de la capital con sus 25.000 hombres. Facta se dirigió a entrevistarse nuevamente con el rey en Villa Savoia con el fin de que firmase la declaración. El rey, decidido a no agravar la situación, y sintiéndose seguro en su posición, se negó a acceder a la petición del hasta entonces Jefe del Gabinete. Facta admitió su escasa autoridad tras su dimisión. De nuevo ante sus ministros, Facta se mostró decepcionado. Ante la presión de éstos, volvió a visitar al rey con la pretensión de que se declarase el ‘estado de guerra’, obteniendo idénticos resultados. Víctor Manuel III se negó a firmar una vez más sabiendo que era la forma más conveniente de actuar para salvar su Corona. Su respuesta fue: "No voy a constituir un Gobierno durante la violencia, lo abandono todo y me voy al campo con mi mujer y con mi hijo".

El Estado Mayor fascista estaba casi aislado de las acciones desarrolladas en provincias. Sólo mantenían contacto con las columnas que caminaban, bajo un frío severo y una lluvia torrencial, hacia Roma. La marcha dio comienzo entre grandes dificultades. Apenas estaba armada la décima parte de los hombres que se dirigieron a Roma. Al término del día 27 los fascistas se apostaban en Santa Marinella, Monterotondo, Tívoli y otras localidades cercanas a Roma, con tropas llegadas de Milán, Turín, Génova, Bari y Palermo. A las 0:45 del día 28, llega la noticia de la declaración del ‘estado de sitio’ y la orden de detener a los dirigentes del movimiento. En ese momento se hizo caso omiso de esta noticia. Ya habían caído Florencia, al mando de Farinacci, una ciudad a la que se había llegado a llamar ‘Fascistopolis’, Verona, Trieste, Venecia, Padua, Piacenza, Ferrara, Bolonia, Módena...

El 28 de octubre transcurrió entre negociaciones. Federzoni solicitó de Mussolini su presencia en Roma para tomar parte en unas conversaciones en Palacio. Éste, sabedor de la debilidad del gobierno, contestó que no le era posible abandonar Milán. En su lugar llegó a Roma Constanzo Ciano con la petición ya señalada. Mientras tanto, el rey se entrevistaba con los antiguos políticos y con De Vecchi, autoerigido portavoz del fascismo en Roma. El resultado de estas consultas fue el encargo a Salandra de formar gobierno. Salandra planeó integrar al Duce en el gobierno. Una vez más, Mussolini rehusó el ofrecimiento.

Las dos principales líneas de ferrocarril del Norte habían sido cortadas dejando incomunicada la ciudad por tren. Hacia el mediodía del día 28 era clara la falta de coherencia y de combatividad del Gobierno. Al inicio de la noche, el general Pugliese retiró las tropas a sus acuartelamientos. Todavía el día 29 el liberal Salandra hizo un último intento de formar gobierno con la participación de Mussolini, un compromiso radicalmente rechazado por éste. Salandra, habiendo comprendido su fracaso, le hizo saber al rey la conveniencia de encargar al líder fascista la formación de gobierno. A primeras horas de la tarde del día 29, el general Cittadini telefoneó al Duce fascista transmitiéndole el encargo del rey de formar Gobierno. Mussolini exigió un telegrama, un parte por escrito de su victoria. Cuando lo recibió, no habiendo tren para trasladarse a Roma, pasó la tarde preparando una edición especial de Il Popolo d'Italia. Después, ordenó a Cesare Rossi la destrucción de los locales del Avanti y del Gustizia. Al caer la noche llegaba al Quirinal. Allí recibió, solemnemente, el encargo de formar gobierno.

En realidad, el aspecto militar de la Marcha fue un rotundo fracaso, el mando de la Milicia no tuvo el control sobre la situación en ningún momento. A las inmediaciones de Roma sólo pudieron llegar unos catorce mil hombres, al margen de los tres mil en la reserva de Foligno, mal armados, sin alojamiento ni apoyo logístico de ningún género, y en clara desventaja numérica frente a las fuerzas del Ejército, bien armadas, descansadas y con suficientes pertrechos. Afortunadamente para los fascistas nunca llegaron a tener que combatir, fue la voluntad firme y decidida de Mussolini lo que derribó un parlamentarismo que ya estaba maduro para la desintegración.

El nuevo Gobierno quedó formalmente constituido el día 31 de octubre de 1922, con tres ministros fascistas, dos socialdemócratas y con otros de diversas tendencias, desde la derecha a la izquierda, pero excluida la extrema izquierda, y con Mussolini como presidente, ministro del Interior y de Asuntos Exteriores de forma interina. El cuadrunvirato no había demostrado ninguna capacidad durante la revolución. Tan sólo De Vecchi se había mostrado útil, y de hecho fue el único de sus cuatro miembros que entró en el gobierno. Mussolini ordenó avanzar a sus columnas y entrar en Roma. En realidad, era innecesario, mas quiso recompensar así a los que le habían seguido. Las legiones fascistas desfilaron por las calles de Roma: desde la Piazza del Popolo, pasando por el estrecho Corso Umberto, hacia la Piazza Venezia, subiendo por el empinado desfiladero de la Via 4 de Novembre para llegar ante el balcón del Quirinal y formar en posición de firmes en absoluto silencio, desfile que se prolongó durante más de seis horas. Después de la gran parada, el nuevo Duce ordenó el regreso de los fascistas a sus casas. El mismo día 31, los camisas negras iniciaron la vuelta a sus puntos de origen desde la Estación Termini en sesenta trenes especiales. Comenzaba el mito de la puntualidad de los trenes fascistas. Así, con una revolución incruenta, se inició un nuevo periodo de la Historia: la Era Fascista, veinte años de Italia con sus luces y sus sombras.

Autor: Francisco José Fernandez

Friedrich-Georg Jünger (1898- 1977)

Friedrich-Georg Jünger (1898- 1977)

Nacido el 1 de septiembre de 1989 en Hannover, hermano del celebérrimo escritor alemán Ernst Jünger. Friedrich-Georg Jünger se interesa desde edad muy temprana por la poesía, despertándose en él un fuerte interés por el clasicismo alemán, en un itinerario que atraviesa a Klopstock, Goethe y Hölderin. Gracias a esta inmersión precoz en la obra de Hölderin, Friedrich-Georg Jünger se encapricha por la antigüedad Clásica y percibe la esencia de la helenidad y de la romanidad antiguas como una aproximación a la naturaleza, como una glorificación de la elementaridad, al tiempo que se dota de una visión del hombre que permanecerá inmutable, sobreviviendo a través de los siglos en la psique europea, a veces visible a la luz del día, a veces oculta. La era de la técnica ha apartado a los hombres de esta proximidad vivificante, elevándolo de forma peligrosa por encima de lo elementario. Toda la obra poética de Friedrich-Georg Jünger es una vehemente protesta contra la pretensión mortífera que constituye este alejamiento. Nuestro autor quedará siempre profundamente marcado por los paisajes idílicos de su infancia, una marca que quedará reflejada en su amor incondicional a la Tierra, a la flora y a la fauna (sobre todo a los insectos: fue Friedrich-Georg quien introdujo a su hermano Ernst en el mundo de la entomología), a los seres más elementales de la vida sobre el planeta, al arraigo cultural.

La Primera Guerra Mundial pondrá fin a esta joven inmersión en la naturaleza. Friedrich-Georg se alistará en 1916 como aspirante a oficial. Gravemente herido en el pulmón, en el frente de Somme, en 1917, pasa el resto del conflicto en un hospital de campaña. Tras su convalecencia, se matricula en derecho, obteniendo el título de doctor en 1924. Pero nunca seguirá la carrera de jurista, sino que pronto descubrió su vocación de escritor político dentro del movimiento nacionalista de izquierdas, entre los nacional-revolucionarios y los nacional-bolcheviques, uniéndose más tarde a la figura de Ernst Niekisch, editor de la revista "Widerstand" (Resistencia). Desde esta publicación, así como desde "Arminios" o "Die Kommenden", los hermanos Jünger inauguraron un estilo nuevo que podríamos definir como "del soldado nacionalista", expresado por los jóvenes oficiales recién llegados del frente e incapaces de amoldarse a la vida civil. La experiencia de las trincheras y el fragor de los ataques les demostraron, por medio del sudor y la sangre, que la vida no es un juego inventado por el cerebralismo, sino un bullicio orgánico elemental donde, de hecho, reinan las pulsiones. La política, en su esfera propia, debe asir la temperatura de ese bullicio, escuchar esas pulsiones, navegar por sus meandros para forjar una fuerza siempre joven, nueva, vivificante. Para Friedrich-Georg Jünger, la política debe aprehenderse desde un ángulo cósmico, fuera de todos los "miasmas burgueses, cerebralistas e intelectualizantes". Paralelamente a esta tarea de escritor político y de profeta de este nuevo nacionalismo radicalmente antiburgués, Friedrich-Georg Jünger se sumerge en la obra de Dostoïevski, Kant y los grandes novelistas americanos. Junto a su hermano Ernst, emprende una serie de viajes por los países mediterráneos: Dalmacia, Nápoles, Baleares, Sicilia y las islas del Egeo.

Cuando Hitler accede al poder, el triunfante es un nacionalismo de las masas, no ese nacionalismo absoluto y cósmico que evocaba la pequeña falange (sic) "fuertemente exaltada" que editaba sus textos desde las revistas nacional-revolucionarias. En un poema, "Der Mohn" (La Amapola), Friedrich-Georg Jünger ironiza y describe al nacional-socialismo como "el canto infantil de una embriaguez sin gloria". Como consecuencia de estos versos sarcásticos se ve envuelto en una serie de problemas con la policía, por lo cual abandona Berlín y se instala, junto a Ernst, en Kirchhorst, en la Baja Sajonia.

Retirado de la política después de haber publicado más de un centenar de poemas en la revista de Niekisch -quien ve poco a poco aumentar sobre sí las presiones de la autoridad hasta que por fin es arrestado en 1937-, Friedrich-Georg Jünger se consagra por entero a la creación literaria, publicando en 1936 un ensayo titulado "Über das Komische" y terminando en 1939 la primera versión de su mayor obra filosófica: "Die Perfektion der Technik" (La Perfección de la Técnica). Los primeros borradores de esta obra fueron destruidos en 1942, durante un bombardeo aliado. En 1944, una primera edición, realizada a partir de una serie de nuevos ensayos, es reducida otra vez a cenizas por culpa de un ataque aéreo. Finalmente, el libro aparece en 1946, suscitando un debate en torno a la problemática de la técnica y de la naturaleza, prefigurando, a despecho de su orientación "conservadora", todas las reivindicaciones ecologistas alemanas de los años 60, 70 y 80. Durante la guerra, Friedrich-Georg Jünger publicó poemas y textos sobre la Grecia antigua y sus dioses. Con la aparición de "Die Perfektion der Technik", que conocerá varias ediciones sucesivas, los intereses de Friedrich-Georg se vuelcan hacia las temáticas de la técnica, de la naturaleza, del cálculo, de la mecanización, de la masificación y de la propiedad. Rehuyendo, en "Die Perfektion der Technik", el enunciar sus tesis bajo un esquema clásico, lineal y sistemático; sus argumentaciones aparecen así "en espiral", de forma desordenada, aclarando vuelta a vuelta, capítulo aquí, capítulo allá, tal o cual aspecto de la tecnificación global. Como filigrana, se percibe una crítica a las tesis que sostenía entonces su hermano Ernst en "Der Arbeiter" (El Trabajador), quien aceptaba como inevitables los desenvolvimientos de la técnica moderna. Su posición antitecnicista se acerca a las tesis de Ortega y Gasset en "Meditaciones sobre la Técnica" ( 1939 ), de Henry Miller y de Lewis Munford (quien utiliza el término "megamaquinismo"). En 1949 Friedrich-Georg Jünger publicó una obra de exégesis sobre Nietzsche, donde se interrogaba sobre el sentido de la teoría cíclica del tiempo enunciado por el anacoreta de Sils-Maria. Friedrich-Georg Jünger contesta la utilidad de utilizar y problematizar una concepción cíclica de los tiempos, porque esta utilización y esta problematización acabará por otorgar a los tiempos una forma única, intangible, que, para Nietzsche, está concebida como cíclica. El tiempo cíclico, propio de la Grecia de los orígenes y del pensamiento precristiano, debería ser percibido bajo los ángulos de lo imaginario y no desde la teoría, que obliga a conjugar la naturalidad desde un modelo único de eternidad, y así el instante y el hecho desaparecen bajo los cortes arbitrarios instaurados por el tiempo mecánico, segmentarizados en visiones lineales. La temporalidad cíclica nietzscheana, por sus cortes en ciclos idénticos y repetitivos, conserva -pensaba Friedrich-Georg Jünger- algo de mecánico, de newtoniano, por lo cual, finalmente, no es una temporalidad "griega". El tiempo, para Nietzsche, es un tiempo-policíaco, secuestrado; carece de apoyo, de soporte (Tragend und Haltend). Friedrich-Georg Jünger canta una a-temporalidad que se identifica con la naturaleza más elemental, la "Wildnis", la naturaleza de Pan, el fondo-del-mundo natural intacto, no-mancillado por la mano humana, que es, en última instancia, un acceso a lo divino, al último secreto del mundo. La "Wildnis" -concepto fundamental en el poeta "pagano" que es Friedrich-Georg Jünger- es la matriz de toda la vida, el receptáculo a donde ha de regresar toda la vida.

En 1970, Friedrich-Georg Jünger fundó, junto a Max Llimmelheber, la revista trimestral "Scheidwege", en donde figuraron en la lista de colaboradores los principales representantes de un pensamiento a la vez naturalista y conservador, escéptico sobre todas las formas de planificación técnica. Entre los pensadores situados en esta vertiente conservadora-ecológica que expusieron sus tesis en la publicación podemos recordar los nombres de Jürgen Dahl, Hans Seldmayr, Friederich Wagner, Adolf Portmann, Erwin Chargaff, Walter Heiteler, Wolfgang Häedecke, etc.

Friedrich-Georg Jünger murió en Überlingen, junto a las orillas del lago Constanza, el 20 de julio de 1977.

El germanista americano Anton H. Richter, en la obra que ha consagrado al estudio sobre el pensamiento de Friedich-Georg Jünger, señala cuatro temáticas esenciales en nuestro autor: la antigüedad clásica, la esencia cíclica de la existencia, la técnica y el poder de lo irracional. En sus textos sobre la antigüedad griega, Friedrich-Georg Jünger reflexiona sobre la dicotomía dionisíaca/titánica. Como dionisismo, él engloba lo apolíneo y lo pánico, en un frente unido de fuerzas intactas de organización contra las distorsiones, la fragmentación y la unidimensionalidad del titanismo y el mecanicismo de nuestros tiempos. La atención de Friedrich-Georg Jünger se centra esencialmente sobre los elementos ctónicos y orgánicos de la antigüedad clásica. Desde esta óptica, los motivos recurrentes de sus poemas son la luz, el fuego y el agua. fuerzas elementales a las cuales rinde profundo homenaje. Friedrich-Georg Jünger se burla de la razón calculadora, de su ineficacia fundamental, exaltando, en contrapartida, el poder del vino, de la exuberancia de lo festivo, de lo sublime que anida en la danza y en las fuerzas carnavalescas. La verdadera comprensión de la realidad se alcanza por la intuición de las fuerzas, de los poderes de la naturaleza, de lo ctónico, de lo biológico, de lo somático y de la sangre, que son armas mucho más eficaces que la razón, que el verbo plano y unidimensional, descuartizado, purgado, decapitado, desposeído: de todo lo que hace del hombre moderno un ser de esquemas incompletos. Apolo aporta el orden claro y la serenidad inmutable; Dionisos aporta las fuerzas lúdicas del vino y de las frutas, entendidos como un don, un éxtasis, una embriaguez reveladora, pero nunca una inconsciencia; Pan, guardián de la naturaleza, aporta la fertilidad. Frente a estos donantes generosos y desinteresados, los titanes son los usurpadores, acumuladores de riquezas, guerreros crueles carentes de ética enfrentados a los dioses de la profusión y de la abundancia que, a veces, consiguen matarlos, lacerando sus cuerpos, devorándolos.

Pan es la figura central del panteón personal de Friedrich-Georg Jünger; Pan es el gobernante de la "Wildnis", de la naturaleza primordial que desean arrasar los titanes. Friedrich-Georg Jünger se remite hasta Empédocles, quien enseñaba que el forma un "contiuum" epistemológico con la naturaleza: toda la naturaleza está en el hombre y puede ser descubierta por medio del amor.

Simbolizado por los ríos y las serpientes, el principio de recurrencia, de incesante retorno, por el que todas las cosas alcanzan la "Wildnis" original, es también la vía de retorno hacia esa misma "Wildnis". Friedrich-Georg Jünger canta al tiempo cíclico, diferente del tiempo lineal-unidireccional judeocristiano, segmentado en momentos únicos, irrepetibles, sobre un camino también único que conduce a la Redención. El hombre occidental moderno, alérgico a los imponderables escondrijos en donde se manifiesta la "Wildnis", ha optado por el tiempo continuo y vectorial, haciendo así de su existencia un segmento entre dos eternidades atemporales ( el antes del nacer y el después de la muerte ). Aquí se enfrentan dos tipos humanos: el hombre moderno, impregnado de la visión judeocristiana y lineal del tiempo, y el hombre orgánico, que se reconoce indisolublemente conectado al cosmos y a los ritmos cósmicos.

La Perfección de la Técnica

Denuncia del titanismo mecanicista occidental, esta obra es la cantera en donde se han nutrido todos los pensadores ecologistas contemporáneos para afinar sus críticas. Dividida en dos grandes partes y un excurso, compuesta de una multitud de pequeños capítulos concisos, la obra comienza con una constatación fundamental: la literatura utópica, responsable de la introducción del idealismo técnico en la materia política, no ha hecho sino provocar un desencantamiento de la propia veta utópica. La técnica no resuelve ningún problema existencial del hombre, no aumenta el goce del tiempo, no reduce el trabajo: lo único que hace es desplazar lo manual en provecho de lo "organizativo". La técnica no crea nuevas riquezas; al contrario: condena la condición obrera a un permanente pauperismo físico y moral. El despliegue desencadenado de la técnica está causado por una falta general de la condición humana que la razón se esfuerza inútilmente en rellenar. Pero esta falta no desaparece con la invasión de la técnica, que no es sino un burdo camuflaje, un triste remiendo. La máquina es devoradora, aniquiladora de la "sustancia": su racionalidad es pura ilusión. El economista cree, desde su aprehensión particular de la realidad, que la técnica es generadora de riquezas, pero no parece observarse que su racionalidad cuantitativista no es sino pura y simple apariencia, que la técnica, en su voluntad de perfeccionarse hasta el infinito, no sigue sino a su propia lógica, una lógica que no es económica.

Una de las características del mundo moderno es el conflicto táctico entre el economista y el técnico: el último aspira a determinar los procesos de producción en favor de la rentabilidad, factor que es puramente subjetivo. La técnica, cuando alcanza su más alto grado, conduce a una economía disfuncional. Esta oposición entre la técnica y la economía puede producir estupor en más de un crítico de la unidimensionalidad contemporánea, acostumbrado a meter en el mismo cajón de sastre las hipertrofias técnicas y las económicas. Pero Friedrich-Georg Jünger concibe la economía desde su definición etimológica: como la medida y la norma del "okios", de la morada humana, bien circunscrita en el tiempo y en el espacio. La forma actualmente adoptada por el "okios" procede de una movilización exagerada de los recursos, asimilable a la economía del pillaje y a la razzia ( Raubbau ), de una concepción mezquina del lugar que se ocupa sobre la Tierra, sin consideración por las generaciones pasadas y futuras.

La idea central de Friedrich-Georg Jünger sobre la técnica es la de un automatismo dominado por su propia lógica. Desde el momento que esta lógica se pone en marcha, escapa a sus creadores. El automatismo de la técnica, entonces, se multiplica en función exponencial: las máquinas, "per se", imponen la creación de otras máquinas, hasta alcanzar el automatismo completo, a la vez mecanizado y dinámico, en un tiempo segmentado, un tiempo que no es sino un tiempo muerto. Este tiempo muerto penetra en el tejido orgánico del ser humano y somete al hombre a su particular lógica mortífera. El hombre se ve así desposeído de "su" tiempo interior y biológico, sumido en una adecuación al tiempo inorgánico y muerto de la máquina. La vida se encuentra entonces sumida en un gran automatismo regido por la soberanía absoluta de la técnica, convertida en señora y dueña de sus ciclos y sus ritmos, de su percepción de sí y del mundo exterior. El automatismo generalizado es "la perfección de la técnica", a la cual Friedrich-Georg, pensador organicista, opone la "maduración" ( die Reife ) que sólo pueden alcanzar los seres naturales, sin coerción ni violencia. La mayor característica de la gigantesca organización titánica de la técnica, dominante en la época contemporánea, es la dominación exclusiva que ejercen las determinaciones y deducciones causales, propias de la mentalidad y la lógica técnica. El Estado, en tanto que instancia política, puede adquirir, por el camino de la técnica, un poder ilimitado. Pero esto no es, para el Estado, sino una suerte de pacto con el diablo, pues los principios inherentes a la técnica acabarán por extirpar su sustancia orgánica, reemplazándola por el automatismo técnico puro y duro.

Quien dice automatización total dice organización total, en el sentido de gestión. El trabajo, en la era de la multiplicación exponencial de los autómatas, está organizado hacia la perfección, es decir, hacia la rentabilización total e inmediata, al margen o sin considerar la mano de obra o del útil. La técnica solamente es capaz de valorarse a sí misma, lo que implica automatización a ultranza, lo cual implica a su vez intercambio a ultranza, lo que conduce a la normalización a ultranza, cuya consecuencia es la estandarización a ultranza. Friedrich-Georg Jünger añade el concepto de "partición" (Stückelung), donde las "partes" ya no son "partes", sino "piezas" (Stücke), reducidas a una función de simple aparato, una función inorgánica.

Friedrich-Georg Jünger cita a Marx para denunciar la alienación de este proceso, pero se distancia de él al ver que éste considera el proceso técnico como un "fatum" necesario en el proceso de emancipación de la clase proletaria. El obrero (Arbaiter) es precisamente "obrero" porque está conectado, "volens nolens", al aparato de producción técnico. La condición obrera no depende de la modestia económica ni del rendimiento, sino de esa conexión, independientemente del salario percibido. Esta conexión despersonaliza y hace desaparecer la condición de persona. El obrero es aquel que ha perdido el beneficio interior que le ligaba a su actividad, beneficio que evitaba su intercambiabilidad. La alienación no es problema inducido por la economía, como pensaba Marx, sino por la técnica. La progresión general del automatismo desvaloriza todo trabajo que pueda ser interior y espontáneo en el trabajador, a la par que favorece inevitablemente el proceso de destrucción de la naturaleza, el proceso de "devoración" (Verzehr) de los sustratos (de los recursos ofrecidos por la Madre-Naturaleza, generosa y derrochadora "donatrix"). A causa de esta alienación de orden técnico, el obrero se ve precipitado en un mundo de explotación donde carece de protección. Para beneficiarse de una apariencia de protección, debe crear organizaciones -sindicatos-, pero con el error de que esas organizaciones también están conectadas al aparato técnico. La organización protectora no emancipa, sino que encadena. El obrero se defiende contra la alienación y la "piezación", pero, paradójicamente, acepta el sistema de la automatización total. Marx, Engels y los primeros socialistas percibieron la alienación económica y política, pero estuvieron ciegos ante la alienación técnica, incapaces de comprender el poder destructivo de la máquina. La dialéctica marxista, de hecho, deviene en un mecanicismo estéril al servicio de un socialismo maquinista. El socialista permanece en la misma lógica que gobierna a la automatización total bajo la égida del capitalismo. Pero lo peor es que su triunfo no pondrá fin ( salvo caso de renunciar al marxismo ) a la alienación automatista, sino que será uno de los factores del movimiento de aceleración, de simplificación y de crecimiento técnico. La creación de organizaciones es causa de la génesis de la movilización total, que convierte a todas las cosas en móviles y a todos los lugares en talleres o laboratorios llenos de zumbidos y de agitación incesante. Toda área social tendente a aceptar esta movilización total favorece, quiera o no quiera, la represión: es la puerta abierta a los campos de concentración, a las aglomeraciones, a las deportaciones en masa y a las masacres colectivas. Es el reino del gestor impávido, figura siniestra que puede aparecer bajo mil máscaras. La técnica nunca produce armonía, la máquina no es una diosa dispensadora de bondades. Al contrario, esteriliza los sustratos naturales donados, organiza el pillaje planificado contra la "Wildnis". La máquina es devoradora y antropófaga, debe ser alimentada sin cesar y, ya que acapara más de lo que dona, terminará un día con todas las riquezas de la Tierra. Las enormes fuerzas naturales elementales son desarraigadas por la gigantesca maquinaria y retenidas prisioneras por ella y en ella, lo que no conduce sino a catástrofes explosivas y a la necesidad de una supervivencia constante: otra faceta de la movilización total.

Las masas se imbrican, voluntariamente, en esta automatización total, anulando al mismo tiempo las resistencias aisladas obra de los individuos conscientes. Las masas se dejan llevar por el movimiento trepidante de la automatización hasta tal punto que en caso de avería o paro momentáneo del movimiento lineal hacia la automatización experimentan una sensación de vida que les parece insoportable.

La guerra, también ella, en adelante, estará completamente mecanizada. Los potenciales de destrucción se amplifican hasta el extremo. El reclamo de los uniformes, el valor movilizante de los símbolos, la gloria, se esfuman en la perfección técnica. La guerra solamente podrán ser soportadas por los soldados tremendamente endurecidos y de coraje tenaz, solamente podrán soportarlas los hombres que sean capaces de exterminar la piedad en sus corazones.

La movilidad absoluta que inaugura la automatización total se revuelve contra todo lo que pueda significar duración y estabilidad, en concreto contra la propiedad (Eigentum). Friedrich-Georg Jünger, al meditar esta aseveración, define la propiedad de una manera original y particular. La existencia de las máquinas reposa sobre una concepción exclusivamente temporal, la existencia de la propiedad se debe a una concepción espacial. La propiedad implica limites, definiciones, vallados, muros y paredes, "clausuras" en definitiva. La eliminación de estas delimitaciones es una razón de ser para el colectivismo técnico. La propiedad es sinónimo de un campo de acción limitado, circunscrito, cerrado en un espacio determinado y preciso. Para poder progresar vectorialmente, la automatización necesita hacer saltar los cerrojos de la propiedad, obstáculo para la instalación de sus omnipresentes medios de control, comunicación y conexión. Una humanidad desposeída de toda forma de propiedad no puede escapar a la conexión total. El socialismo, en cuanto que niega la propiedad, en cuanto que rechaza el mundo de las "zonas enclaustradas", facilita precisamente la conexión absoluta, que es sinónimo de la manipulación absoluta. De aquí, se desprende que el poseedor de máquinas no es un propietario; el capitalismo mecanicista socava el orden de las propiedades, caracterizado por la duración y la estabilidad, en preferencia de un dinamismo omnidisolvente. La independencia de la persona es un imposible en esa conexión a los hechos y al modo de pensar propio del instrumentalismo y del organizacionismo técnicos.

Entre sus reflexiones críticas y acerbadas hacia la automatización y hacia la tecnificación a ultranza en los tiempos modernos, Friedrich-Georg Jünger apela a los grandes filósofos de la tradición europea. Descartes inaugura un idealismo que instaura una separación insalvable entre el cuerpo y el espíritu, eliminando el "sistema de influjos psíquicos" que interconectaba a ambos, todo para al final reemplazarlo por una intervención divina puntual que hace de Dios un simple demiurgo-relojero. La "res extensa" de Descartes en un conjunto de cosas muertas, explicable como un conjunto de mecanismos en los cuales el hombre, instrumento del dios-relojero, puede intervenir de forma completamente impune en todo momento. La "res cogitans" se instituye como maestra absoluta de los procesos mecánicos que rigen el Universo. El hombre puede devenir en un dios: en un gran relojero que puede manipular todas las cosas a su gusto y antojo, sin cuidado ni respeto. El cartesianismo da la señal de salida de la explotación tecnicista a ultranza de la Tierra.

BIBLIOGRAFÍA

1) Obras jurídicas, filosóficas o mitológicas, ensayos y aforismos: "Über das Stockwerksegentum", disertación presentada en la facultad de derecho de la Universidad de Leipzig, 3 de mayo de 1924; "Aufmarsch des Nationalismus", 1926; "Der Krieg", 1936; "Über das Komische", 1936; "Griechische Götter", 1943; "Die Titanien", 1944; "Die Perfektion der Technik", 1946; "Griechische Mythen", 1947; "Orient und Okzident", 1948; "Nietzsche", 1949; "Gedanken und Merkzeichen", 1949; "Rythmus und Sprache in deutschen Gedicht", 1952; "Die Spiele", 1953; "Gedanken und Merkzeichen, Zweite Sammlung", 1954; "Sprache und Kalkül", 1956; "Gedächtnis und Erinnerung", 1957; "Sprachen und Denken", 1962; "Die vollkommene Schöpfung", 1969; "Der Arzt und seine Zeit", 1970; "Apollon", en "Nouvelle Ecole" nº 35, invierno 1979.2) Poesía: "Gedichte", 1934; "Der Krieg", 1936; "Der Taurus", 1937; "Der Missouri", 1940; "Der Westwind", 1946; "Die Silberdistelklause", 1947; "Das Weinberghaus", 1947; "Die Perlensschnur", 1947; "Gedischte", 1949; "Iris im Wind", 1952; "Ring der Jahre", 1954; "Schwarzer Fluss und windewisser Wald", 1955; "Es Pocht an der Tür", 1968; "Sämtliche Gedichte", 1974. El poema "Der Mohn" (1934) fue reproducido en la obra "Scheidewege", 1980.3) Obras dramáticas, recitales, novelas, coversaciones, etrevistas y relatos de viajes: "Der verkleidete Theseus. Ein Lustspiel in fünf Aufzügen", 1934; "Briefe aus Mondello", 1943; "Wanderungen auf Rhodos", 1943; "Gespräche", 1948; "Dalmatinische Nacht", 1950; "Grüne Zweige", 1951; "Die Pfauen und andere Erzählungen", 1952; "Der erste Gang", 1954; "Zwei Schwestern", 1956; "Spiegel der Jahre", 1958; "Kreuzwege", 1961; "Wiederkehr", 1965; "Laura und andere Erzählungen", 1970.4) Principales artículos publicados en las revistas nacional-revolucionarias y nacional-bolcheviques: "Das Fiasko der Bünde", en Arminius nº 7; "Die Kampfbünde", "Der Soldat", "Kampf!", "Normannen", en Die Standarte nº 1; "Deutsche Aussenpolitik und Russland", en Arminius nº 7; "Gedenkt Schlageter!", en Arminius nº 8; "Opium fürs Volk", en Arminius nº 9; "Der Pazifismus: Eine grundsätzliche Ausführung", en Arminius nº 11; "Die Gesittung und das soziale Drama", en Die Standarte nº 2; "Des roten Kampffliegers Ende: Manfred von Richthofen zum Gedächtnis", en Der Vormarsch nº 1; "Dreikanter", "Die Schlacht", en Die Vormarsch nº 2; "Chaplin", "Der Fährmann", "Konstruktionen und Parallelen", en Die Vormarsch nº 3; "Bombenschwindel", "Vom Geist des Krieges", en Die Vormarsch nº 4; "Revolution und Diktatur", en Das Reich nº 1; "Die Kommenden", en Das Reich nº 2; "Vom deutschen Kriegsschauplätze" en Widerstand nº 6; "Die Innerlichkeit", en Widerstand nº 7; "Über die Gleichheit", "Wahrheit und Wirklichkeit", "E.T.A. Hoffmann", en Widerstand nº 9.5) Participación en obras colectivas: En la obra editada por Ernst Jünger titulada "Die Unvergessenen" (1928), FGJ escribió las monografía sobre Otto Braun, Hermann Löns, Manfred von Richthofen, Gustav Sack, Albert Leo Schlageter, Maximilian von Spee y Georg Trakl; "Krieg und Krieger", en el libro de Ernst Jünger "Krieg und Krieger", 1930: Introducción en la obra sobre la iconografía de Edmund Schlutz, "Das Gesicht der Demokratie. Ein Bilderwerk zur Geschichte der deutschen Nachkriegszeit" (1931); "Glück und Unglück", en "Was ist Glück?", actas del simposium organizado por Armin Mohler sobre Carl Friedrich von Siemens en la Universidad de Munich, 1976.6) Sobre Friedrich-Georg Jünger: Franz Joseph Schöningh, "Friedrich-Georg Jünger und der preussische Stil", en Hochland, febrero 1935; Emil Lerch, "Dichter und Soldat: Friedrich-Georg Jünger", en Schweizer Annalen, julio-agosto 1936; Wilhelm Schneider, "Die Gedichte von Friedrich-Georg Jünger", en Zeitschrift für Deutschkunde, diciembre 1940; Walter Mannzen, "Die Perfektion der Technik", en Der Ruf der jungen Generation, noviembre 1946; Stephan Hermlin, "Friedrich-Georg Jünger und die Perfektion der Technik", en Ansichten über einige neue Schriftsteller und Bücher, 1947; Sophie Dorothee Podewils, "Friedrich-Georg Jünger: Dichtung und Echo", Hamburgo 1947; Joseph Wenzl, "Im Labyrinth der Technik: Zu einem neuen Buch Friedrich-Georg Jüngers", en Wort und Wahrheit nº 3 1948; Max Bense & Helmut Günther, "Die Perfektion der Technik: Bemerkungen über ein Buch von F.G. Jünger", en Merkur 1948; Karl August Horst, "Friedrich-Georg Jünger und der Spiegel der Meduse", en Merkur 1955; Curt Hohoff, "F.G. Jünger" en Jahresring, 1956; Idem "Friedrich-Georg Jünger zum 60" en Geburtstag, 1958; Hans Egon Holthusen, "Tugend und Manier in der heilen Welt: Zu F.G. Jünger", en Hochland, febrero 1959; Hans-Peter des Coudres, Friedrich-Georg-Jünger-Bibliographie", en Philobiblon, Hamburgo ¿1963?; Franziska Ogriseg, "Das Erzählwerk Friedrich-Georg Jünger", Innbruck 1965; Heinz Ludwig Arnold, "Friedrich-Georg Jünger: ein Erzähler, der zu meditieren weiss", en Merkur 1968; Sigfrid Bein, "Der Dichter am See: Geburtstag Friedrich-Georg Jünger" en Welt und Wort, 1968; Dino Larese, "Friedrich-Georg Jünger: Eine Begegnung" en Amriswil, 1968; Robert de Herte, "Friedrich-Georg Jünger" en Éléments nº 23, 1977; Armin Möhler, "Friedrich-Georg Jünger", en Criticon nº 46, 1978; Wolfgang Hädecke, "Die Welt als Maschine. über Friedrich-Georg Jüngers Buch Die Perfektion der Technik", en Scheidewegw nº 3, 1980; Anton H. Richter, "A thematic aproach to the works of F.G. Jünger" Berna 1982; Robert Steuckers, "L´itinérarie philosophique et politiques de Friedrich-Georg Jünger", en Vouloir, nº 45 marzo 1988.

7) Para la comprensión del contexto familiar y político: Karl Otto Paetel, "Versuchung oder Chance? Zur Geschichte des deutschen nationalbolschewismus", Gotinga 1965; Marjatta Hietala, "Der neue nationalismus in der Publizistik Ernst Jüngers und des Kreises um ihn", Helsinki 1975; Heimo Schwilk, "Ernst Jünger, Leben und Werk in Bildern und Texten", Klett-Cotta 1968; Martin Meyer, "Ernst Jünger". Munich 1990.

Artículo aparecido en: Los resistentes Autor: Robert Steuckers

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