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La memoria de la Otra Europa

Literatura

Libros: Gli occhi della guerra (Italia)

Libros: Gli occhi della guerra (Italia)

Reportaje fotográfico sobre los principales conflictos de nuestro tiempo.

"los ojos de la guerra somos nosotros, los periodistas, fotógrafos, cámaras fatalmente atraídos por los conflictos exóticos, olvidados o en las puertas de las casas."

"Un libro para contar, con imágenes y miradas fugaces, de 25 años de servicio de la más caliente frentes en el mundo. Un libro sobre el vigésimo aniversario de la muerte en el trabajo y en la Batalla de Almerigo Grilz, Nuestro maestro, amigo y compañero de aventuras. Con él, se fundó la Agencia de Prensa de Albatros"

Fuente

Libros: Aristóteles y el Islam

Libros: Aristóteles y el Islam

Aristóteles y el Islam. Las raíces griegas de la Europa cristiana.

Autor: Gouguenheim, Sylvain

Se suele pensar que Occidente descubrió el saber griego en la Edad Media gracias a las traducciones árabes. Sylvain Gouguenheim rompe de plano con esta idea al demostrar que Europa siempre preservó sus contactos con el mundo griego. Al mismo tiempo descubrimos que, al otro lado del Mediterráneo, la helenización del mundo islámico, más limitada de lo que se cree, se debió sobre todo a los árabes cristianos. Así, parece ser que la helenización de la Europa cristiana fue ante todo fruto de la voluntad de los propios europeos. Si el término «raíces» tiene algún sentido en el caso de las civilizaciones, las raíces del mundo europeo son, por tanto, griegas, y no lo son las del mundo islámico.


272 págs.
Año de publicación: 2010
Lugar de publicación: Madrid

Knut Hamsun: Escritores destruidos por el bien

Knut Hamsun: Escritores destruidos por el bien

Se cumplen 150 años del nacimiento del noruego Knut Hamsun, premio Nobel que destruyó su futuro apoyando a los nazis. No fue, ni es hoy, el único perseguido.

En Europa acogemos a los represaliados del islam que escribieron obras de arte y tuvieron que huir por no ser suficientemente cuidadosos. El arte de ser cuidadoso ha acompañado a los europeos en distintas épocas oscuras, pero siempre hubo valientes que dijeron lo que tenían que decir pesase a quien pesase. El héroe ruso Bulgakov, que desafió a Stalin dando su verdad sobre la URSS con su novela Corazón de perro y más tarde le escribió una carta suplicándole el exilio, es quizás uno de los ejemplos que más emocionan. O Stefan Zweig, que tuvo que alejarse de los que habían sido sus amigos intelectuales por decir que la I Guerra Mundial era un acto de inconsciencia. Acogemos en París al afgano Atiq Rahimi, un novelista de estilo descarnado que tiene en España otro hogar literario gracias a las traducciones de Siruela y Lengua de Trapo. Cuidamos de la seguridad de Salman Rushdie, condenado a muerte por los ayatolás por su novela Los versos satánicos. Escuchamos al hombre que, tras el velo de Yasmina Khadra, disecciona con novelas naturalistas la realidad podrida de Argelia. Y a lo largo de la historia, ¿cuántos no habrán venido aquí y a EEUU buscando el derecho de hablar sin encontrar la muerte o el ostracismo?

La moral reinante siempre vence al escritor con el arma más peligrosa: el silencio. Pero la moral islámica ortodoxa no es la única que ha silenciado, porque no sólo los que entran en nuestro esquema moral han quedado mudos en la historia de la literatura. Hay tantos esquemas morales... Mikel Azurmendi y Fernando Savater viven fuera de su patria chica por hablar claro sobre el nacionalismo radical. La diferencia con los anteriores es que estos dos son ensayistas y su escritura es vecina de la política. ¿Qué hay de Ayaan Hirsi Ali, la somalí que denuncia la situación de la mujer en los países islámicos, o el difunto Samir Kassir, brutalmente asesinado por preferir un islam moderado y defender la idea de que los árabes tuvieron su ilustración en momentos en que el monstruo fanático dormía? Los ejemplos de arte acallado o denostado por una mala decisión, a veces una decisión abyecta, son numerosos y dispares. El factor común es la muralla que separa los lectores y las obras: la red de desconocimiento, la ignorancia, el prejuicio. Hay personas que dedican la última parte de su vida a enmendarse y buscar la redención por sus actos equivocados.

Hay otros que cometen el error en sus últimos momentos y van a la tumba con un cortejo fúnebre de hostilidad. Para hablar de ejemplos dolientes es necesaria una gradación, porque los crímenes de los escritores son como los del resto, desiguales: Raúl Barón Biza, autor de El desierto y su semilla (Ed. Fahrenheit 451), destruyó la cara de su mujer con ácido antes de suicidarse. Knut Hamsun, premio Nobel en 1920, hirió al país que lo consideraba su hijo predilecto cuando apoyó la invasión nazi de Noruega. El francés Céline fue condenado a muerte por su colaboración con los hitlerianos. Mircea Eliade lloraba cuando el Eje se desmoronaba. Cuando las ideas o los actos son nefastos, como en estos casos, escritor y obra se escinden. La vida está hecha de leyes que castigan al criminal y, mientras el corazón palpita, la ley es buena. Si Barón Biza se adelantó a la ley pegándose un tiro, haciéndose esa fotografía del perfecto monstruo, y a Hamsun lo hundieron en la miseria los tribunales médicos de la renaciente Noruega, ¿no fue suficiente castigo? El caso de Barón Biza y su crimen es algo sobre lo que nadie pondrá la defensa, pero su obra no deja de ser magnífica por ello, pese a compartir el trasfondo vil del escritor.

La obra continúa con vida después de la existencia benigna o maligna del autor, pero frecuentemente el juicio moral sobre él (la persona) hace metástasis en la obra. No tenemos por qué comulgar con las ideas de escritores que amamos. ¿Debe García Márquez condenar el castrismo? ¿Fue más inteligente que el resto Albert Camus al alejarse del estalinismo cuando sus coetáneos hablaban del asesinato masivo con la boca pequeña? ¿Es el giro al liberalismo de Vargas Llosa algo más o menos malo que la comodidad en el viejo socialismo de José Saramago? Hay quien piensa que defender a un escritor que apoyó a los nazis es inmoral. Quizá es un acto de justicia artística.

Knut Hamsun


Se cumplen 150 años del nacimiento de Hamsun, al que algunos llaman nazi. Cuando el rey de Noruega viajó a su antigua casa en 1992 y dio la mano al hijo de Hamsun, uno de los diarios de mayor tirada escribió: “Harald V da la mano al hijo de un traidor”. Camilo José Cela hizo de Hamsun una emocionante defensa: “Se equivocó con su apoyo a Vidkun Quisling y su gozo ante el invasor alemán no fue un prodigio de oportunidad, pero su fallo fue dejarse arrastrar por los engañosos y melodiosos cantos de sirena de la política”. Knut Hamsun nació en Noruega en 1859 y murió en 1952. Pasó hambre, buscó fortuna en EEUU sin encontrarla, publicó 37 obras y ganó el premio Nobel de Literatura en 1920. Veinticinco años después quedó fascinado por el III Reich y apoyó al nazismo que invadía su país, regaló su medalla del Nobel a Goebbels y dijo que Hitler había sido un “luchador por la humanidad y el derecho de todas las naciones”, palabras de las que no se desdijo jamás hasta su muerte en 1952.

Quien toma partido por la idea equivocada tiene muy mala fortuna, pero es peor si esa idea resulta además derrotada y maldita. Diego Moreno, editor de Nórdica, que sacará antes de fin de año la primera biografía sobre Hamsun en español, llama la atención sobre una curiosa paradoja: si el nazismo hubiera triunfado en Europa, la obra de Hamsun seguiría teniendo exactamente la misma calidad, aunque él fuera un héroe. Kirsti Baggethun vive en España y se ha convertido en una promotora de la obra literaria de Knut Hamsun. Sus traducciones son las primeras directas del noruego en nuestro país y abren una brecha de conocimiento en la ignorancia. Hasta los años sesenta la publicación española de Hamsun fue bastante sólida (y mediocre, con traducciones del alemán y un aspecto de novela romántica en la mayor parte de los libros) pero con la Transición y la necesidad de publicar a quienes habían sido censurados la estrella distante declinó.

El incoherente nazismo


Dice Kirsti Baggethun que “escritores por encima de toda sospecha defienden a Hamsun como autor”. ¿Ocurrió esto antes o después de su resbalón político? Thomas Mann dijo que “nunca antes alguien mereció tanto recibir el premio Nobel”, homenaje al que se sumó Maxim Gorki, pero esto ocurrió en el 29. Franz Kafka se refirió a La bendición de la tierra con palabras muy elogiosas, también antes de que el noruego cometiera su crimen. Walter Benjamin demostró su admiración por Vagabundos, pero el autor murió en 1940, de forma que se fue a la tumba sin saber lo que deparaba a los admiradores de Hamsun. Saltando en el tiempo, encontramos palabras elogiosas de Paul Auster, quien dice que “en Hambre se plantea un pensamiento nuevo sobre la naturaleza del arte”. Pero, ¿qué pasó cuando todos le dieron la espalda? Esta indefinición ha sido la constante en todo lector relacionado con Knut Hamsun. Kirsti Baggethun cuenta que a la muerte de Hamsun los periódicos dedicaron escuetas necrológicas al que había sido el paladín de las letras junto a Ibsen. “Precisamente porque estaba en lo más alto, su caída fue terrible –explica–, pero nadie entiende por qué hizo lo que hizo, el país se quedó absorto y se ha mantenido así, entre la ira y la reflexión, durante cincuenta años”.

Poco después de su muerte, mientras los periódicos bogaban entre el desprecio y la discreción, se editaron sus obras completas y la edición tardó muy poco en agotarse. Frases como “no digas a nadie que estoy leyendo a Hamsun” comenzaron a escucharse en voz baja: la obra de Hamsun se estudiaba en la escuela, se emitía en forma de radionovela por la emisora estatal, pero toda mención al autor era... incómoda. Esta incoherencia dolorosa, mezcla de admiración por una obra y dolor por el ángel caído, fue atenuándose con los años. En 2009, año del sesquicentenario de su nacimiento, se ha construido en Hamaroy, donde tuvo su última residencia, una espectacular torre diseñada por Holl, torcida y negra: el Centro Hamsun, homenaje y recuerdo de una vida con doble sentido. Se han celebrado festivales y conferencias, se ha reeditado, ha vuelto a los medios de forma más positiva.

Eso sí, sigue habiendo voces disonantes: colectivos de memoria sobre el Holocausto, políticos de ambas tendencias ideológicas. En la plaza de Grimstad, donde los tribunales lo condenaron, se erige hoy un monumento en su honor que alguien decoró después con esvásticas. La reina de Noruega respondió entonces a la indignación diciendo que los homenajes a Hamsun serían una lección contra el totalitarismo. Repasando su última obra, La senda por la que crece la hierba, Kirsti Baggethun nos dice que Hamsun no se defiende de forma escandalosa. Sencillamente espera a que la tormenta pase, habla de lo que fue su amor por la vida rústica, su creencia en el individuo libre, y espera que “dentro de 100 años todo se haya olvidado”. El tiempo pasa mientras su genialidad sigue brillando en los libros. Europa, la que acoge a las víctimas de todas las ideologías, comienza a perdonar a los que más daño le hicieron. Porque toda obra de arte es un bien indispensable.

Autor: Juan Soto Ivars

El mismo día en el que recibió la sentencia, ese anciano de ochenta y nueve años garabateó la última frase del manuscrito que se convertiría en su último libro, Por las sendas donde la hierba crece: "

San Juan 1948. Hoy el Tribunal Supremo ha emitido el veredicto y yo pongo punto final a mi obra".

Obras de Knut Hamsun

- Hambre (descargar)

- Pan (descargar)

Juan Pablo Vital: Berlín

Juan Pablo Vital: Berlín

Poema hallado, en el bolsillo de un soldado

Caído durante la defensa de Berlín.

 Viviremos sin alma, y eso será el Apocalipsis.

Cuando otros hombres, barran la sangre y los escombros

Ya no habrá espíritu, en la ciudad de piedra.

Los lugares, hasta el núcleo, serán arrasados por las bestias

Nuestra memoria, se enterrará muy hondo

Para que sea imposible, llegar a ella.

 

Esta ciudad, que fue símbolos y sueños, habrá caído.

Nadie contará la última batalla, sobre su suelo

 Se convertirá en pura materia, sola y errante.

Morir no es el peor destino, sino entregar el alma

Vivir día tras día sin fervor, sin nación y sin luna

Sin occidente, sin Olimpo, sin tribuno.

 

Una ciudad sitiada para siempre por fantasmas

Trémula de sangre y de canciones.

Ciudad de niños, soldados leales e inocentes

Héroes del sol que corren por mi sangre

Últimos soldados de una Europa escarnecida.

 

Tiendo la mano a mi Orden. A mi antigua Orden

Bajo el humo y los escombros de  Berlín.

Ninguna flor, nada, nacerá después

De tu brutal cautiverio. Pero la victoria

 Es una  elipse extraña que regresa.

 

Los mármoles crecen, de una ciudad blanca.

Blanca de amor. Roja de sangre

Y negra, de memoria negra.

La veo viajar hacia lo alto y lo profundo

Como una Atlántida renacida.

 

La flor roja de los vientres

De los millones de vientres desgarrados

Es nuestro último altar. Nuestro único altar.

Todo está oculto, pero se sabe

viaja sin cesar por la memoria de la sangre.

Nace de pronto, en algún sitio, desconocido.

Asoma la cabeza, durante los partos de la estirpe.

Los niños blancos sobrevivientes

Se bautizan con el trueno de los panzer.

 

Viajamos lejos, los lobos grises.

Nos dimos una vida nueva.

Forjamos un centro, de sangre y escombros

Y una cruz de cuatro rumbos

Tensa de almas y gemidos de dolor.

 

Todavía suenan las botas de Asia

Los tambores negros y su lujuria

Sobre nuestra ciudad.

 

Todavía busca la sangre vaginal

La justicia eterna.

Volveremos, por aquellos ríos

De sangre de niños y de hombres.

Serán anchos entonces los cursos del deshielo

Desde los Andes hasta el Himalaya,

Cuando el alto espíritu dormido

Muy dentro, en nuestra sangre

Vuelva a iluminar, toda la tierra.

 

Juan Pablo Vitali: El Templario

Juan Pablo Vitali: El Templario

 

Cuando vuelvan los días apacibles, yo lucharé sólo por dos cosas: la bandera negra y los camaradas.

 Frase citada en una carta por Robert Brasillach, de su amigo Henri P., encarcelado como él en la prisión de Fresnès. No sé qué habrá sido de Henri P., pero espero que haya tenido más suerte que Robert Brasillach.

El templario plasmó su perfil, contra un fondo de arena y de roca.

Con su mano izquierda, tanteaba la empuñadura adornada con piedras preciosas;  y con la diestra apoyada sobre la frente, protegía sus ojos claros de la luz, mientras observaba el horizonte, desde lo más alto de la fortaleza de planta circular.

Usar esa espada le había valido recriminaciones del senescal, porque el ascetismo templario no se correspondía con su lujo; que era en realidad, sólo expresión de la inclinación por la belleza de la raza visigótica, de la cual el hombre descendía por vía paterna.

No se había criado en el continente -al que su estirpe había llegado siglos atrás- sino en la isla de Irlanda, donde su madre celta le infundió un cristianismo particular, de clara influencia druídica.

Semejante confluencia sanguínea, junto a una rígida educación, dio por resultado una personalidad enérgica y compleja, enriquecida por los libros sagrados, y por galopes tendidos a lo largo de las playas de los mares nórdicos.

Jamás podría haber aceptado el destino de ser un campesino, con la espera de sumisiones y catástrofes, que ningún rey ni señor puede a veces evitar a sus súbditos.

En su Patria verde, los antiguos dólmenes y los bosques sagrados, convivían con los monasterios y los monjes de Cristo, en un maridaje de brumas y de hombres.

Cuando los caballeros del temple anclaron sus barcos en el puerto y bajaron a tierra, para atender los asuntos de la orden, una sensación hipnótica se apoderó de su alma. Se fue con ellos; y Jerusalén, Trípoli y Antioquía, fueron testigos de su sólida presencia en el combate. Los misterios de varios pueblos se  le hicieron familiares; cánticos sufíes y herméticos mensajes del milenario Egipto, se añadían sin esfuerzo a la curiosidad de su estirpe migratoria indoeuropea.

Con precisión y equilibrio, definía combates de dudoso resultado, lo que le  valió ascensos y respeto. Aquel hombre estaba del lado de la victoria, y todos lo querían consigo a la hora de protegerse las espaldas.

Pese a su creciente prestigio, no aventuraba opiniones políticas, tan corrientemente vertidas por los monjes-soldados. En ocasiones, esa actitud le era recriminada. Algunos lo consideraban soberbia, otros, falta de compromiso con el destino de la Orden. Su independencia de criterio, ponía nerviosos a quienes querían asirle, a la organicidad de un proyecto y a los mandatos de una jerarquía. Algo le hacía refractario a hablar de reyes y de obispos, del papa y de la corte, manteniéndose al margen de toda especulación política.

Llegó el día, como llega siempre, en que triunfó la intriga. Fue la hora del fuego y del exilio.

Entonces los señores trocaron en mendigos, los héroes en mercenarios. Tampoco habló de política ese día. Pensó en los tuaregs, en los nubios, y en Egipto y en  el  Sudán.

Pensó en el Nilo y en sus verdades ocultas,  en los faraones nubios, y en los ojos atroces de aquellas mujeres.

El ya lo sabía antes de la hoguera: ninguna especulación política superaría la avidez, y ningún gran maestre daría la orden de cortar las cabezas necesarias.

Hacia tiempo que prefería a los tuaregs,  a los nubios, y soñaba con esas mujeres que eran panteras y gacelas libres del desierto.

Buscaba pueblos de espíritu libre, como había sido el suyo hasta que detuvo su marcha.

Pensó en la lejana isla -a la que amaba todavía-, en la voz de su madre y en su canto profundo, en su cabellera roja derramada de reflejos, cayendo sobre el rostro del niño asombrado.

Tanteó nuevamente la espada de su padre, mientras recordaba sus últimos años, su exilio de caudillo y su vejez de agricultor.

Ni ellos ni la orden existían ya. Él lo sabía antes de la hoguera. Lo supo siempre.

Juan Pablo Vitali: El Castellano

Juan Pablo Vitali: El Castellano  

Sonó áspero el idioma

En las gargantas

De aquellos hombres

Con los pies sumidos

En el barro del río.

La tierra

Absorbió hasta el tuétano las voces

El murmullo del acero

Las pesadas lágrimas de los hidalgos

El sueño profundo de las bestias.

Con el primer paso

Ya eran criollos.

Hombres de la tierra y del idioma

Abrumados por la extensión de la llanura.

Europa fue entonces

Un apéndice de España

De los inmensos territorios

Regados con su sangre.

Ningún idioma

Caminó tanto con el casco puesto

Como la dulce lengua de Castilla.

El galope

Generó una reacción en cadena del espacio

Una tensión

Llevada en ristre, por una montonera de centauros.

Sin el idioma

La medida cósmica de América

Los hubiera devorado.

En el vacío abisal

La voz parecía, a veces

Ajena al hombre.

La conquista no fue un desarraigo

Sino, la conversión de Europa

En un espacio

Cósmico, visceral, del castellano.

Juan Pablo Vitali: Ciudad de los Césares

Juan Pablo Vitali: Ciudad de los Césares

 

El Capitán midió la extensión:

El mundo infinito que ningún hombre de su raza conocía.

Vio el sol mortecino del ocaso, devorando las distancias.

Esa noche durmió sobre el acero del casco

Y sobre el mito.

La noche fue larga.

Estaban solos, como mojones nuevos de una historia recién comenzada.

Sin embargo el territorio ya era propio.

No por el dominio de las armas, que resultaba irrisorio,

Sino más bien, por la voluntad infinita de conquista

Que traía con ellos la memoria de la estirpe.

Un centro inmóvil, gestaba lo que sería luego la expansión de un orden nuevo, indómito, sagrado.

Con ellos llevaban las astillas del dominio, que están todavía

 esparcidas y ocultas en sitios imprecisos,

Esperando otros Césares

Otros capitanes de conquista.

Esperan dormidas bajo los hielos andinos,

Cubiertas de nieve, bajo la luz fértil

 del lucero,

Que derrite los macizos poco a poco,

Los disuelve

Mientras los hombres afrontan su destino,

Agotan su ansiedad cósmica de ser; de cerrar el círculo

De la última migración,

con la primera.

Buscan el retorno, el fin de los destierros,

De todos los exilios.

La Ciudad está cerca,

Preservada,

Bajo los hielos que se alimentan

del fuego de las almas que esperan,

Que tienen todo el tiempo del mundo para esperar

Mientras la lenta rotación de los astros

Templa el acero dormido del mito.

Juan Pablo Vitali: Luna roja

Juan Pablo Vitali: Luna roja  

Sabemos que en los años sucesivos a la derrota de Malvinas, cientos de veteranos argentinos se suicidaron.              

A ellos, está dedicado este cuento.

Por la comarca pasaba un tren de madera y de trocha angosta. Los baldíos, eran grandes espacios con el pasto crecido, repletos de flores, atravesados por senderos en diagonal, que acortaban camino a través de las retamas.

Se pescaba en los arroyos, a la sombra de los álamos. La gente se conocía, y un sabor pueblerino la abarcaba.

Nada de eso ha permanecido; rumiando ese amargo pensamiento como un persistente dolor, sentado en un banco de la estación, esperaba, mientras El Roca se anunciaba con su familiar sonido, que en  los  días de humedad, llegaba por la bruma hasta la casa.

La penumbra de los días me envolvía, con ese confuso contenido de amor y dolor, que el pasado a menudo tiene.

Mi vida no había sido un lecho de rosas, ni un ejemplo de virtudes. Después de la guerra, a menudo se sucedían ciclos negativos, en ocasiones, insostenibles.

Subí al vagón del tren, avatar de los suburbios, como si abordara la nostalgia misma, ya que poco había cambiado su aspecto, desde que en la niñez, lo veía pasar desde la casa, distante una cuadra de la vía. Cuadra misteriosa, hundida definitivamente en el tiempo, con sus árboles de mora.

Como un viejo carruaje sobre el acero de los rieles, corría el tren. La herida interminable del desarraigo, me llevaba a través de la luz marrón hacia el sol final.

Mis camaradas, habían hecho alguna vez ese camino, y habían sentido el olor del campo, a través de las ventanillas sin vidrio, para retornar al andén helado de la estación La Plata, bien entrada la noche, después del franco. Ahora, que el tiempo se los había devorado, sus fantasmas avanzaban sobre mí, sentimentales y violentos como un tango.

Dos veteranos de Malvinas ocuparon el pasillo. Dos palabras me bastaron para saber, que en realidad, eran los vencidos de otra guerra,  peleada y perdida en el gran Buenos Aires.

Como si hubieran abierto las celdas de una inmensa prisión, la marea humana ahogó la inmensa boca de Constitución. Los bares servían licuados de banana o de durazno con leche, en las mismas jarras de plástico anaranjadas o amarillas de aquellos años.

El hedor del baño me señaló el camino. Un apocalipsis, se reflejaba en los ojos de los jóvenes mendigos: los mismos rostros, casi la misma edad que la nuestra cuando partimos hacia el Sur.

Entré al baño con el bolso azul debajo del brazo. Lo abrí, lo apoyé transversalmente en un inodoro sin tapa; vi los sobres con las cartas amarillas por el paso del tiempo, pero no me atreví a tocarlas. Me puse el uniforme rápido, en silencio. Prendí el par de medallas sobre la chaquetilla. Noté lo mal pulido y lo ordinario del metal.

Me senté, me peiné ceremonialmente, miré de frente el redondo túnel de calibre no reglamentario. Abrí la boca... y vi el estampido de una luna roja, como aquella luna roja sobre los acantilados, antes de la guerra.