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La memoria de la Otra Europa

Literatura

Juan Pablo Vitali: La Cruz de Hierro

Juan Pablo Vitali: La Cruz de Hierro  

                                    Este es otro destino posible de un hombre, el que ocurrirá cuando los dioses así lo dicten.

                                    Por ahora, sabemos que el honor, hizo que Hans Langdorff, comandante del acorazado alemán Graf Spee,  se pegara un tiro en la cabeza, en Buenos Aires, el 20 de Diciembre de 1939.

        

El tiempo había amarrado profundas arrugas a su rostro, como en un mapa secreto.

Por comentarios de los viejos del pueblo, se sabía que no era de aquí. Costaba creerlo, sabiendo de su amor por esta tierra y este cielo. Parco y sencillo, era un criollo más en la llanura, aunque la gente a veces, le dijera gringo.

Las estrellas del Sur se reflejaban en su expresión, siempre un poco lejana.

Sin duda era distinto a los demás: un fuego secreto, un momento sagrado. Algo fuera de nuestro alcance, lo había moldeado de una materia inasible.

Pocas palabras, una ginebra y una multitud de símbolos, nos acercaron en la  inmensidad de la llanura.

Su hogar era un rancho, en medio de la infinita extensión del campo. En ese lugar austero, solíamos matear largamente. Su atuendo sencillo, consistía en unas alpargatas, una camisa y un pantalón de trabajo, sostenido éste por un cinturón con una hebilla metálica, que tenía grabada un ancla en relieve.

El hombre era medido para hablar hasta lo estoico, como si de su exactitud ascética, dependiera algo en el curso de la realidad. Cuando hablaba, sus palabras eran las de quien sabe ejercer el mando.

Los caballos, la llanura, el desierto y los cuchillos, eran algunos de los temas que solían ocuparnos.

Conocía las tradiciones y secretos, que los paisanos poco a poco abandonaban; los manifestaba con dedicación, como si sólo de eso, dependiera su olvido o su conservación.

Encavaba cuchillos como nadie más podría hacerlo, con hojas de metal forjado en capas, sin que pudiera saberse cómo ni donde las hacía.

Quienes habitamos aquel paraje perdido, estábamos orgullosos de la calidad de ese acero.

Los objetos, su estética, su sentido simbólico, su secular intercambio con el hombre, y las recíprocas influencias suscitadas, eran objeto frecuente de nuestras charlas.

Solía volver a casa pensando en esos símbolos, meditando sobre sus significados, influenciado por sus opiniones.

De tanto en tanto, nuestros encuentros se coronaban con el obsequio de un cuchillo, encavado con esas hojas de acero forjado en capas, como las antiguas katanas japonesas, o las finas espadas toledanas.

Su cosmovisión se expandía sobre el sol de las tardes, por la oscuridad de las noches, sobre el agua de las heladas, y sobre las tropillas matutinas cubiertas de rocío.                 

Noté sin querer que nunca hablaba del mar, pese a que no nos encontrábamos lejos de él. Desviaba sutilmente mis referencias al respecto, dejando entrever que no era de su agrado hablar del tema.

Nuestras cabalgatas se hacían siempre hacia la llanura, nunca hacia el océano. El respeto reverencial que me inspiraba, y su actitud de mando natural, impedían los cuestionamientos. Además, yo estaba demasiado ocupado, en descubrir los viejos mostradores de las pulperías y sus marcas de cuchillos, las rejas y las puertas de las estancias perdidas, todos los secretos de una Patria que antes intuía, pero que jamás se me había revelado como ahora.

Su influencia sobre las personas abría las tranqueras, las puertas de los cascos de las estancias, las casas de los encargados y las cocinas de los peones.

Al llegar a casa, muchas veces con el alba, observaba largamente los cuchillos, y las iniciales grabadas en sus hojas: J.J.L.,  Juan José Laguna, porque ese era el nombre con el que se lo conocía en el pago.

 Aquellas piezas únicas, llevaban impresa la personalidad de su autor. Como talismanes, los llevo al cinto. Me protegen del rayo y la centella, calman la ansiedad, conjuran el dolor.

Cierta madrugada, desperté al alba, sobresaltado. La extraña certeza de un sueño me sacudió. Soñé que aquel hombre, se había disipado en la llanura, que había muerto y que su alma, estaba ahora en la tierra y en las cosas.

Salí del pueblo hacia su casa. El trayecto fue avanzar con un solo temor en el pecho.

Llegué jadeante al rancho, tratando de normalizar la respiración.

Me recibió con su habitual dominio de sí mismo, pero noté de algún modo que no estaba como siempre. Di una excusa poco convincente, para justificar mi presencia intempestiva.

Su aire de señor invencible, por momentos se quebraba con un gesto oscuro. Ensayó una excusa para quedarse sólo. Lo saludé brevemente y me retiré preocupado. 

Esa noche, los rayos precedían una violenta tormenta. Parecía que se iba a incendiar el campo. Me forcé por convencerme que mañana todo sería como siempre. Empapado y rendido, me tiré en la cama y me dormí.

Al día siguiente, la quietud del ambiente era notable. Era un día gris y denso, de esos en que los mugidos de las vacas no logran despegarse del suelo.

Llegué a lo de Don Juan en medio de un ominoso silencio. Supe de inmediato, que yo había sido el último en cerrar el portón. Sentí entonces el impulso de caer de rodillas, pero dominé esa actitud indigna del hombre que venía a ver. Traspuse la puerta, con la certeza de que no estaría cerrada.

Al ingresar, me enfrenté a la antigua mesa de madera, sobre ella había clavada una daga de confección muy fina. La empuñadura estaba envuelta en múltiples hilos de oro. A su lado, una vaina de plata. La hoja, era un símbolo gris, atravesando los tiempos y los mares.

Detrás estaba la otra puerta, la inevitable. Abrirla era mi deber y mi destino.

Yacía un dios griego sobre la cama de roble, con la boca apenas torcida, dominando el último dolor. En el piso, un reguero de ampollas de morfina...

Luego de un tiempo impreciso pude reponerme, y fijar mi atención en algo más, que en la escultórica imagen.

Vi entonces que las puertas del ropero estaban abiertas, y que dentro de él, azul-gris como la niebla del océano, colgaba el viejo uniforme de marino, con una cruz de hierro de primera clase prendida sobre el  paño.

Sobre la tela impecable, a la altura del pecho, lucía grabado un nombre desconocido para mí, y de uno de los bolsillos, prolijamente doblado, emergía un viejo periódico, que informaba sobre el hundimiento del Admiral Graf Spee en el Río de La Plata. Sobre él,  escrito con grandes trazos oscuros, podía leerse: "te quise mucho hijo, la cruz de hierro es tuya".

Juan Pablo Vitali: Imperio Pagano.

Juan Pablo Vitali: Imperio Pagano.

 

Sombras de muerte sobre el agua

Soldados que descarnan sus almas

Hasta la última gota de sangre.

Imperio del sol y de la luna

Estallando al sur del arco iris

Oigo tu sonido

Acudo a tu llamado

Tallo en los hielos el rostro del vacío

Perfora la luna mis entrañas

Puedo entrever el nacimiento

De las voces arcaicas del dolor.

El águila quieta te saluda

Desde el fondo negro de la historia.

Estepas de nieve

Llanuras de sal sobre tu herida

Algún día estaré contigo

Carnadura solar de mi simiente

Imperio del galope, oscuridad del signo

Estoy junto a ti

Sellando el vuelo del hombre blanco y su misterio

Buscando la cueva sin sonido

Donde la elipse llega a su final

Generando sin culpas el fuego del principio

Páramo de voces

Lucha de pájaros heridos

Acudo a tu presencia

Te invoco nuevamente

Atravieso el espesor de la moneda

Sin valor, con el acero afilado de tus huesos

Imperio, guarida, proyecto del ocaso

Del arca, de la miel y del veneno.

Te espero al Sur del Sur, en la frontera

De nuestro símbolo.

Aguardo el tambor, la marcha, la memoria

La roca hostil y el bronce opaco,

El último avatar del alarido

El eco rector, la cordillera.

Imperio del silencio, de barcos encallados

En los interminables fiordos congelados.

Voy en tu ayuda

Por el costado del mundo que me mira

Sin aceptar la esclavitud de la espera.

Voy, muerto de morir desde el principio

Cansado de correr, consustanciado

Con los guías del imperio impenetrable.

No hay nada más que decir

Se ha roto el arco y la cuerda

Y la flecha viaja sola buscando su objetivo

Como la estrella muerta que proyecta su luz

Sobre la faz de mundos que le son ajenos.

Palabra de fuego

Me arrodillo ante tus dioses vencidos

Elevo mi recuerdo hasta tus luces

Apagadas como llamas después de la batalla

Ocultando el rictus como el César

Galopando sobre pechos perforados

Como quien descubre la brisa matutina.

Agradezco la visión de tu estandarte

Imperio del viento, del agua, del latido

Te imploro que vuelvas

Ascético y gentil como un santo

Terrible y cruel como el líder

De una manada de lobos.

Te extraño

Quiero tu vida,

La reconstrucción de tu final y tu principio

Tu inmolación

Tu caída

El nuevo rechazo de la rendición inútil

Déjame morir en tu búnker de diamante

Sin aristas oscuras

Déjame cegarme, con el reflejo de tu pura energía

Permíteme entrever el bosque sombrío

Donde yacen las almas de todos tus guerreros

Imperio de caballos

Erguidos de sudor y de galope.

Falange  de nubes bendecidas por tu jefe

Discúlpame con la victoria

Ve, y dile que más no pude dar

Y pese a eso, he infringido algún dolor al enemigo

Dile también, que no hay juicio para mí

Mi espíritu pagano solo espera un camarada

Para brindar junto al fuego

La noche del solsticio de verano

Volar hecho ceniza

Y dispersarme en las corrientes del deshielo

alimentar el roble, nutrirlo

Y ser luego el navío que transporte

A la nueva falange y al escudo.

Recibir el sol hecho madera

Guardar el secreto del amante

El odio del cuchillo

La empuñadura vibrante de la espada.

Ir a buscar al enemigo

Ardiendo de venganza en el galope

Golpear el timbal que nos convoque

Y el vino y el rocío que nos una

Nuevamente.

Imperio del sabor

Rubio de tu piel

A  tus pies  dejo mi osamenta envejecida

Y a los pies de los lugares donde hemos resistido.

Botellas de diamante

Viajan por el cosmos,  como por un mar oscuro

Con su mensaje

Deshaciendo tinieblas para encontrar su destino

De almas ardiendo.

En el barro de la costa

Caminará eternamente mi fantasma

Humilde sacerdote del reino de mi gente

Prendiendo jazmines en los jardines oscuros

Flotando en las duras humedades del sudeste.

Sitiaré la capital con mi aliento de nube

Despertarán sus habitantes con la sangre en los tobillos

Les costará entonces

Conservar la sonrisa del burgués

Ya no les servirá

la protección de sus máquinas infernales.

Golpes del amanecer

Aclararán el agua

Las almas atravesarán los ojos

Que se atrevan a mirarlas.

Será una victoria

Quizás no definitiva, pero suficiente

Para que nuestros hijos ejerzan

Su dominio solar.

Juan Pablo Vitali: Yukio Mishima.

Juan Pablo Vitali: Yukio Mishima.

 

Morir

En el viento

Del suicida.

 

Morir combatiendo

La única muerte

de un guerrero.

 

Morir

por el filo del sable

De muerte ritual.

 

Morir

 sabiendo

Que morir no es

Más que mejorar

El instante último.

 

Morir de olvido

Como morimos todos

Finalmente, a los pies

De un tiempo criminal.

 

Morir de rosas

De crisantemos

De flores de ciruelo

Atravesadas por un grito.

 

Morir del otro lado

Del mundo

Donde haya un guerrero

Bajo el sol.

 

Morir imperial

Sin pedir perdón

Matando al enemigo

Y siendo muerto por él.

 

Morir

Caudillo del cielo

Solitario jefe

De un idioma.

   

Morir

Con el sol en la frente

Como mueren los nuestros.

 

Morir

De rodillas al sable

Al símbolo divino

De los tiempos.

 

Morir

De caballos desbocados

De ideogramas, en la frente

De seppuku, al amanecer.

 

Morir 

Del otro lado

De las cosas.

 

Morir con honor

Por el acero entrañable

Decapitado por el camarada

Más querido.

 

Morir de mar

De isla

De antiguos corceles

de estampido.

 

Morir

de sangre nueva

                                                         junto al escudo medieval

de los guerreros.

 

Morir

Y olvidarse de un mundo

Sin honor.

 

Morir incomunicado

Aislado por el ruido

Que el enemigo trajo

Para ayudarnos

a morir.

 

Morir con honor

Como un samurai

Como un poeta.

Juan Pablo Vitali: Exilios

Juan Pablo Vitali: Exilios   Caminos del Sur abandonados a su suerte, tibios de la última luz del sol cuando sus fuerzas se agotan.Caminos transitados por vientos lentos, calurosos, y densos de polvo mágico y de nubes.Caminos nuestros, rutas propicias para las huestes perdidas de ejércitos vencidos.Un lugar inhóspito para el ojo inadvertido, pero no para los desterrados, que maduran su lejanía en el confín, donde ruedan las piedras y los faros agotan sus luminarias. Los pájaros, llevan en su memoria las cifras del naufragio. Alas secas de sal y ojos lívidos, hundidos en el gris.Sólo las plegarias amojonan de tanto en tanto, los vientos blancos y las costas hundidas en sus derivas inermes.Los hombres son figuras que se aferran a lo lejos, tambaleando sobre caballos sedientos, buscando una frontera donde abandonar sus amargos recuerdos de anteriores travesías.Marchamos hacia un glaciar, donde las lágrimas jamás se mezclan con otros elementos. Un lugar donde mineros que abandonaron su oficio, engarzan pequeñas piedras del pasado en los ojos vacíos del metal. Arena del mar y del centro de la tierra. Arena de viajeros hundidos en sí mismos, hasta renacer en el vacío en que nuestra latitud fue concebida. Porque nuestra memoria, alcanza el centro inmóvil de todas las distancias, y huye del dominio innoble, tendido como una persecución interminable, sobre nosotros.

Juan Pablo Vitali: Lupus domine

Juan Pablo Vitali: Lupus domine

        

 Sus ojos transparentes atravesaban la reja como cortándola. La carga de hielo de su mirada resultaba peligrosa, pero a la vez atrayente, hipnótica; como un rayo de luz surgido de las entrañas de un iceberg, donde moraran corazones congelados por  milenios.            Inquieto, intentaba aligerar la tensión de su destino, encapsulado en la densidad de aquel ignoto cuadrado.Las nubes oscuras lo llamaban, pero él no podía ir; entonces la tristeza y la ira poblaban su alma de una energía devastadora, que en ocasiones lo devoraba.Por momentos me parecía ser él, y que él también era yo, en cierto sentido.Mi experiencia en prisión, y en transitar las márgenes más filosas de lo que llaman civilización, nos acercaba. ¿Acaso no había lugar donde la mano perseguidora del hombre no nos alcanzara?. Mi pensamiento vagaba por las mismas sendas que su instinto, percibiendo ambos, al unísono, la devastación de las praderas, de las islas irremediablemente hundidas, de los riscos que van perdiendo sus antiguo filo. Ya nadie remonta los ríos. Los océanos carecen de misterios.Los dólmenes se figuran una expresión de barbarie. Las gentes niegan su propio idioma.Él, intentaba decirme algo cada mañana, sosteniendo en mis ojos su expresiva mirada, hasta que las sombras lo llevaban nuevamente al redil, y acaso a los senderos remotos de su origen. Yo desconocía las coordenadas geográficas de su Patria, mas no hacía falta saberlas, para imaginar aquel lugar que de alguna forma ignorada nos pertenecía.La estela de fuego de cuatro ojos encontrándose: dos azules, los de él, y dos verdes, los míos, encendía vectores de guerra en el sol crepuscular.Los árboles centenarios que poblaban las amplias avenidas del predio, asistían a la repetida escena de su mirada sin tiempo, sumergiéndose en las primeras tinieblas de la noche.Los arquitectos masones que trazaron la ciudad, y diagramaron sus fuentes y sus plazas, arrojaron a éste rincón de sus planos, algunas cosas negadas u olvidadas por su doctrina, pero que aún así, maduraron por fuera de la metódica razón en que confiaban. Cosas que estaban allí, aún antes que sus compases soñaran trazaran una línea.Los movimientos circulares de la manada se relacionaban unos con otros, y la rotación de su energía llegaba hasta mi espíritu, afín a ella y bien dispuesto a recibirla.Peregrinas ideas pasaban por mi mente. La noche venía una y otra vez, y las antiguas rejas daban la impresión de conservar en sí, hechos y situaciones ignorados, vividos a través de los años en el vasto perímetro.Al filo de la hora en que los portones se cierran, caminaba hacia la salida sin hacer ningún ruido; iba al encuentro de la bestialidad mecánica de la calle, cuyos animales atravesaban la tarde, émulos de antiguas manadas perdidas de su ruta.Los pequeños carteles de hierro, amojonaban la senda a cada paso con su viejo latín oxidado, tributo a la sapiencia de los naturalistas del ochenta.Mis días eran páginas iguales, en la soledad nocturna del altillo. Detrás de los sugestivos y numerosos libros apilados en la pieza, se escondían multitud de autores desconocidos, vencidos finalmente por los misterios que les arrancaran la vida. Las madrugadas avanzaban sobre el cuarto atiborrado de tiempo. Las luces del día esperaban que el tren, produjera finalmente la hendidura por la que habitualmente ingresaba al mundo en las mañanas. Al rato, con el sol renacido, la yerba crujía en el mate de la virola de plata, y luego, los pasos fatigaban el  empedrado siempre en  la misma dirección. Nunca encontraba al líder durmiendo. Él velaba, como un caballero cuya única gloria fuera velar. Acaso su misión consistía en invocar, a través de la elipse de sus pasos, a los dioses de sus antiguas posesiones, y a las manadas de sus congéneres pasados, cuyos lares moran todavía en lugares desconocidos por nosotros.Quizá sólo sean mitos futuros, recreándose ahora mismo con nutrientes de una materia cuya conducta desconocemos. Unas pocas leyendas, perduraban todavía en las montañas que la orden gris hubo abandonado. Busqué los pocos hombres y los libros que pudieran recordarlas. Y comprendí las analogías entre ellos y yo; supe también que hay mucho más oculto en este mundo, de lo que la gente imagina. Siempre a la misma hora, un empleado municipal arrojaba la carne dentro de la jaula con desprecio. Pero aquel día esa hora parecía distinta: una rara inquietud habitaba el aire. Sé que mi mirada ponía incómodo a aquel hombre, y lo confirmé cuando tuve que entablar una  inquisitiva charla con el policía de consigna. El agente dio un rodeo – no se atrevió a hacer preguntas directas, que hubieran resultados violentas e infundadas -. Fue un diálogo tonto y sencillo. A poco se fue convencido de que no existía en mi actitud, transgresión legal alguna. En realidad era así, tomando en cuenta los aspectos jurídicos formales. Al otro día y al siguiente del improvisado interrogatorio, la sonrisa irónica del empleado consiguió realmente molestarme, y algunos gestos y comentarios de aquella caterva humana que eran sus compañeros, rayaban en la provocación. Opté por el silencio, por una aparente sumisión absoluta. Reflexioné entonces profundamente sobre la ignorancia y la maldad de los hombres, y me impuse un duro auto control para calmarme, y poner en orden mis pensamientos.Insatisfecho con mi actitud, el empleado opta por una abierta actitud provocadora, y comienza a arrojar con fuerza, los pesados huesos con carne sobre el lomo de los lobos grises, que a cada golpe aúllan de dolor. El miserable me mira de soslayo, esperando alguna reacción de mi parte. Nada, no hago nada.Todo ese día me quedo dialogando mentalmente con el líder, que comienza a aullar con toda la manada cuando el sol se esconde.           Esto exacerba al grupo humano referido anteriormente, que a cierta distancia, ensaya  pasos de  baile soeces, y algunos eructos y gestos obscenos dirigidos a mí.Por la noche, por un motivo que puedo sospechar, pienso en Rumania y en su idioma dulce, enclavado en sólido latín. Sueño con sus montañas y me veo caminando con precisión por sus senderos. En el sueño, llevo el cabello largo y una ropa extraña, una espada de empuñadura adornada con gemas, y una cruz latina sobre el pecho.Tomo entonces algunas decisiones que parecen gestarse fuera de mí. Todo el día me persiguen las voces rumanas, y unas fogatas que luchan contra la niebla eterna. Tomo mi puesto cotidiano en la lomada, sin preocuparme por el rocío, que busca mis huesos con sus agujas de hielo.  La cuadrilla municipal hoy no está de humor, hace lo justo, se mueve con una prudencia desconocida, puede deberse a algún vago temor, acaso al frío. Mi rostro está quieto, y trato de no desviar la mirada hacia ellos por ningún motivo. El líder está mortalmente inmóvil, ni siquiera se sacude los restos de escarcha, que la helada depositó sobre su pelaje como en una cima nevada. La manada lo acompaña en su quietud.Todo el día transcurre así, inmóvil. Quietud de águila quieta, de garzas quietas, de árboles sin hojas,  y de muros arañados por generaciones de bestias encerradas.Recibo la niebla con la primera oscuridad, es como una ceremonia, ya nada se oye, que no sea amortiguado por vidriadas gotas de agua sobre la vegetación. Sólo una veintena de ojos se atreven a brillar de fijo azul entre la bruma.La situación me favorece, mi prolongada paciencia recibirá su recompensa. Ningún ruido percibe el oído humano. Sólo fue necesario un preciso movimiento sobre la cerradura  del  viejo candado. En tantos descuidos incurrían habitualmente los negligentes empleados, que no haberlo cerrado esa noche no provocaría el asombro de nadie. Por todo un año había mantenido bien guardada aquella llave, desde que cayera del bolsillo agujereado del encargado, en uno de sus alcohólicos descuidos.Una gran paz me invadió entonces, y recuerdo lo bien que dormí aquella noche.Al otro día encontré el zoológico cerrado. La gente, horrorizada, comentaba que una veintena de lobos habían escapado, devorando a algunos trabajadores que tomaban su turno por la mañana. Nadie más que ellos, por fortuna,  resultó herido. Luego de su nefasta tarea –así decía la información periodística- los animales permanecieron en la lomada  que está ubicada frente a su jaula, e ignorando algunos niños y ancianos que permanecían inmóviles de miedo, caminaron por largo rato en círculo olisqueando la gramilla, para dispersarse luego con rumbo ignorado. Pese a los esfuerzos de la policía al llegar al lugar –continuaba la información- ningún rastro se halló de ellos, esto último dio pie a las más diversas y disparatadas conjeturas, como ocurre siempre en estos casos. La causa penal y el correspondiente sumario administrativo se cerraron –como resulta lógico- sin ningún imputado, ya que la imputación hubiera recaído, sin duda, sobre alguno de los occisos, que eran, precisamente, quienes tenían la responsabilidad de mantener cerrado el candado de la jaula de los peligrosos animales. Las autoridades municipales manifestaron que vistos los acontecimientos, no repondrán los ejemplares perdidos en el hecho.   

Séneca o los fundamentos estoicos del fascismo (FE enero de 1934)

Séneca o los fundamentos estoicos del fascismo (FE enero de 1934)

Córdoba fue el núcleo matricular de la España romana. Repitámoslo. De Córdoba salieron los dos Césares famosos: Trajano, conquistador del Danubio. Y Adriano, conservador máximo de todas las conquistas del Imperio.

Pero de Córdoba salió algo que nos interesa más para nuestro estudio. La familia Annea: una de las más representativas de lo que Roma sería ante el mundo del espíritu antiguo. Aquella familia Annea: que dio a Marco Anneo Séneca, el Retórico. A Lucio Annea Séneca, el Filósofo. Y a Marco Anneo Lucano, el poeta.

Dejemos al retórico Marco, padre del filósofo. (Así como a otro notable retórico cordobés: Marco Portio Latrón). Y para después, al poeta Lucano. Y ahora concentrémonos, con todo nuestro ímpetu y clarividencia, en la figura decisiva de Séneca el filósofo: vértice de nuestro estudio en estas primeras relaciones espirituales de España con Roma.

Ya que es la figura de Séneca la que deseamos destacar –enérgica y máximamente significativa– en la España romana del mundo antiguo.

¿Qué representó Séneca para Roma? ¿Y Roma para Séneca? No quiero referirme sólo con esto a la opinión que los romanos tuviesen de Séneca o Séneca de Roma. {(1) En algunas de sus obras, Séneca alude concretamente a su estimación de Roma: «Una ciudad es que, sin duda alguna, puede considerarse como la mayor y más hermosa del mundo.» «De ella puede afirmarse que es universal y que puede pasar revista a todas las otras ciudades» (Consolación a Helvia, VI). A Séneca se debe la definición del mundo antiguo: el mundo antiguo llegaba hasta donde «romana pax desinit». Hasta donde Roma llegaba.}

Yo quiero al decir esto pensar en que no se ha visto todavía con claridad y exactitud –por nadie– lo que estos españoles antiguos a lo Trajano y Séneca, representaron para Roma.

Y es algo tan evidente y alucinante, que se me escapa de la pluma y de la boca el poderlo blandir.

Trajano y Séneca, en el mundo antiguo romano, representaron lo mismo que Carlos V y Loyola en el mundo católico romano, y quizá lo mismo de otras figuras incógnitas aún, que habrán de aparecer a su tiempo en el mundo social romano, que ahora se desarrolla.

Representaron los españoles ante Roma –pagana y cristiana– el «sentido máximo de catolicidad». «El supremo esfuerzo de la universalidad», cuando Roma comenzaba a perecer en su clasicismo nacionalista y en su estrictez católica.

Séneca, para Roma antigua, fue algo así como Loyola en la Roma cristiana. Los que la levantan en vilo, como titanes, y la muestran al orbe, cuando el orbe se iba fatigando de contemplar la urbe sacra, cuando el mundo comenzaba a mirar al Oriente evangélico y luego al Occidente luterano.

No es un azar que Séneca surja en Roma, en la llamada «edad de plata». Loyola, al final del Renacimiento, en el «barroco».

Es decir: cuando las cumbres romanas encanecían de nieves invernales. Cuando la vejez se aproximaba, y, con la vejez, la muerte.

Tengo mucho ansia por escribir alguna vez todo un libro sobre nuestro Séneca. Ese libro, que ya debiera existir en una España que tuviera conciencia de su hispanidad. Me ensayé hace años con una pequeña tesis para un examen de Filosofía. Luego, siempre que he podido, he vuelto a Séneca, lleno de una atracción en la que se mezclan el entusiasmo y la antipatía.

Para mí Séneca es una de esas figuras españolas que yo he llamado verticilares. Que son como vértices. Es decir: cimas donde se biselan dos vertientes: una que asciende, y otra que declina. Ese siglo verticilar me parece el más característico de los grandes representantes del espíritu español. Lo es Séneca en el mundo antiguo. Un Arcipreste de Hita o un Alfonso X en el Medieval. La Celestina, en el Renacimiento. Cervantes en nuestra edad áurea. Quevedo en el Barroco. Goya y Jovellanos en el siglo XVIII. Larra, Ganivet, en el XIX. Hoy, un Unamuno.

Séneca llega a Roma, como llegaron los otros españoles de la época: en calidad provincial: a educarse. Es decir, con un sustrato bárbaro, de lejanías deformadas y ruralidades subconscientes. Con ese sentimiento concentrado luego falsamente llamado «complejo de inferioridad», del que arrancan siempre, como explosiones, los ímpetus, lo revolucionario. La timidez desbordada en ímpetus, es lo que suele caracterizar al provinciano con talento. Hoy a Trajano, a Séneca, se les hubiese denominado arribistas. Y es que comportaban el impulso fresco, virgen, de su natividad bárbara, a un mundo demasiado capitalicio ya, y fatigado. Demasiado batido y peinado por una cultura ciudadana. Lo esencial en Séneca no fue su sabiduría. Sino su barbarie. Esto, que puede sonar a paradoja, es una gran verdad. Yo entiendo por barbarie de Séneca la aportación que hizo de un espíritu contrario y subversivo al imperante en la civilización normativa de Roma.

Séneca, que pasa por uno de los ejemplares más perfectos del hombre romano antiguo, no lo fue más que a medias. Y en la parte más externa y superficial.

A mí Séneca me recuerda esos rusos de tipo Dostoyewski que usan la cultura de la época con ademanes correctos, ordinarios, confundibles con los de cualquier otro hombre de la calle. Pero que al usar de ella, la abusan, al abrazarla, la estrangulan. La túnica de Séneca no era diferente de las túnicas que cruzaban por el foro o que aparecían en los escenarios plautinos. Como la chaqueta de Dostoyewski se confundía en París o Berlín, con las de los transeúntes más vulgares y de todos los días. Y, sin embargo, Dostoyewski, con sus novelas imitadas de originales europeos, preparó la revolución bolchevique, la ruina de Occidente. Y Séneca, con sus filosofías imitadas de Grecia, preparó el Cristianismo, la ruina del imperio cesáreo.

La vida y la obra de Séneca es algo tan dramático y paradójico, que sólo un español que vaya sabiendo el secreto de lo español, puede, en el fondo, comprenderlas.

Es indudable que Séneca significó por un lado la maximalidad del espíritu antiguo: la virtud, el culto al héroe, el respeto de las jerarquías. Pero no es menos indudable que Séneca fue el primer sensible al nuevo espíritu que iba a avecinarse, al espíritu más anticesáreo: el de los débiles, los enfermos, los esclavos, los inferiores, los cobardes, el espíritu de masas gregarias de los «humillados y ofendidos», que diría luego Dostoyewski.

Por eso en Séneca se encuentran igualmente los fundamentos de una filosofía de la voluntad, de la virtud pagana, del Héroe, que las bases de una doctrina de resignación, de despojamiento, de la pobreza y de lo miserable que es la vida.

Y es que la clave de Séneca no es sólo la época en que florece, tan apta para esa incertidumbre, para ese barroquismo moral. La clave de Séneca es que Séneca era un alma de Córdoba (llena de gérmenes orientales, de renunciación y nihilismo), con cultura y educación griega, occidental, «europea». Y en ese choque de entrañas cordobesas con dialécticas áticas, surge su patético y dramático sentido de la vida: el senequismo.

Algo tan complejo y hermoso, que el senequismo parece haber quedado como el sustrato definidor de toda una filosofía española que no existe, que no existe más que en nuestro aire, nuestra sangre, y entre las páginas estremecidas de los mejores espíritus de España.

Ese cruce y patetismo del genio del Oriente y del genio del Occidente, tan característico y definidor del genio de Séneca, era, sin embargo, el mismo crismático de Roma. Por eso Séneca representa a Roma fundamentalmente, en sus fundamentos más permanentes, no en los contingentes y pasajeros de «lo antiguo» o de «lo moderno».

Nadie entenderá de veras a Séneca, si lo enfoca de otro modo. Todo lo más tomará de Séneca la vertiente que mejor le vaya a sus particularismos políticos o ideales.

Séneca, por eso, sufrió a lo largo de la historia, deformaciones interpretativas, singularistas e incompletas.

Unos, potenciaron su aspecto puramente cristianizante. Otros, su aspecto liberal, individualista y demoníaco.

Toda una corriente que empieza en San Pablo y quizá termina en el socialismo actual, quiso ver exclusivamente en Séneca el filósofo de los humildes y los pobres de la vida.

Se sabe que es apócrifo el Epistolario cruzado entre Séneca y San Pablo, en los orígenes del Cristianismo. Lo cual lo estudiaron Fléury, en «Séneque et Saint Paul», y Aubertín en «Rapports supposés de Senéque et de St. Paul». Pero el hecho de que no se escribiera en realidad, no quiere decir que no hubiera podido escribirse idealmente. Tan es así, que los cristianos lo dieron por escrito, y tuvieron de Séneca una veneración cercana a la de un Padre de la Iglesia. San Agustín le envidiaba su ardor de mílite moral. «Ha hecho por la patria de la tierra lo que no hacemos nosotros por la patria del cielo», escribió en su Ciudad de Dios (V, 18) (Walter Burley, en pleno siglo XIV, le creía cristiano a Séneca.) San Jerónimo le llamada maestro Séneca. En el Concilio de Trento se le citó.

El cristianismo vio en Séneca todo lo que había en él de defensa ardorosa de lo débil e inválido para esa cosa tan ardua que es atravesar este valle de lágrimas. Non est delicatares vivere, había dicho Séneca.

La vida misma de Séneca había sido la de «un pecador» a la cristiana. Enfermo, cobarde, adúltero, traidor en ocasiones, solitario, soberbio, este alma constantemente atormentada luchó de modo desesperado por ponerse a flote, por serenarse, por encontrar una paz divina y una felicidad que era casi la cristiana. Dios para Séneca no fue el Dios cristiano, no estaba en la ultratumba. Pero Séneca, con el instrumento de la «virtud», algo así como el cilicio espiritual de los anacoretas, buscó una consolación inefable, un aniquilamiento final y decisivo, un «nihil admirari», un acallamiento tan absoluto de las pasiones, que Séneca se acercó no sólo al evangelio, a un Dios Padre Todopoderoso, sino a los mismos orígenes orientales del Evangelio: a un paraíso nihilista, al de Buda, al nirvana. Era su esencia cordobesa, oriental, la que a ello le empujaba. Hasta tal punto, que andando el tiempo, otro cordobés ilustre, el filósofo Abenhazan, se hermanaría con él en esos sentimientos. Eso lo vio muy bien el investigador de Abenhazan, nuestro Miguel Asín y Palacios: «Sin grande esfuerzo podrían encontrarse pensamientos de Abenhazán análogos, hasta en la forma de expresión, a sentencias de su paisano Séneca; sin embargo, no estimo que tal analogía se deba a nexo real y directo entre el pensador musulmán y la tradición senequista española, sino más bien a influjo de los moralistas árabes del Oriente.»

Es indudable que en la doctrina estoica de Grecia y Roma tuvo que tener el Oriente un influjo más decisivo del que se cree. Quizá está estudiado ese influjo. Yo no lo sé, pero lo intuyo y me complacería que alguien me lo indicare. Lo cierto es que en Séneca, con mucha más fuerza que en Zenón, en Atalo, en Epicteto o en Marco Aurelio, surge ese sentido moral tan contrario al típico de Occidente, creador, optimista, fuerte, demoníaco.

El estoicismo fue una filosofía para vencidos y para humillados, o para almas reblandecidas y románticas.

Fue la filosofía de un esclavo: Epicteto. De un político fracasado: Cicerón. De un príncipe soñador: Marco Aurelio. De un tísico y asmático, desterrado y condenado a muerte, como Séneca, que despreciaba el cuerpo. («Da a tu cuerpo lo suficiente para ir tirando». «Creo haber padecido todas las enfermedades, hasta las más peligrosas. Pero ninguna tan terrible como ésta que los médicos llaman la 'meditación de la muerte' (el asma).»

Séneca es el cantor de la muerte, el filósofo que mejor acaricia la «agonía y tránsito de la muerte», como diría luego otro senequista nuestro, el beato Avila. Siempre la tiene presente: «Mi disposición de ánimo al escribir esta carta es como si la muerte hubiese de llamarme mientras estoy escribiendo», escribe a Lucilio en la Epístola LXI. Y toda su preocupación es cómo habrá de distribuirse el tiempo, [9] que es un camino o viaje hacia la muerte (De temporis usu).

Junto a la contemplación de la muerte, la de la pobreza: «El camino más corto para poseer riquezas es despreciarlas.» Y junto a la pobreza y la muerte, el consuelo de la enfermedad: «Morirás porque vives, no porque estás enfermo.»

Muerte, pobreza, enfermedad, ¿no fueron las tres pruebas de Sakyamuni, de Gautama, del más eminente representante del genio de Oriente Buda? O bien, ¿no es ese sentir senequista el mismo, bíblico, de Job? «Todo se debe soportar con paciencia.» «¿Estoy enfermo? Disposición es del destino. ¿Han muerto mis esclavos? ¿Me apremian mis acreedores? ¿Se ha derrumbado mi casa? ¿Me sobrevienen pérdidas, heridas, desgracias y temores? Común es todo esto, amigo, y debe acontecer. La Providencia lo ordena y no la casualidad.» ¿No es esto Job? ¿No es esto el fatalismo esencial de Oriente? Por eso una de las claves de Séneca es su concepción del Sino, de lo Fatal, del Hado. «Darse y obedecer al Hado»: he ahí su consigna «Sequere naturam».

Pero precisamente en ese «sequere naturam» es donde el Catolicismo, alarmado abandonaría a Séneca, para los herejes y los paganos. Nuestro tratadista Antonio de Torquemada, lo puso bien en claro en su «Jardín de flores curiosas» (1573).

Además, Séneca representó para el Cristianismo –por lo demás, como los otros estoicos– el tipo del futuro confesor, del cura de almas. No sólo en casa de los ricos y los poderosos, sino cerca de todo el que sufría. Los Consuelos de Séneca a Marcia, a su madre Helvia y a Polibio, son los libros más cristianos escritos antes del Cristianismo. La prueba es que tuvo imitadores como Boecio en De consolatione, autor que tendría una larga influencia en las literaturas románicas medievales.

Y como los «Consuelos» de Séneca, fueron sus concepciones de la Vida beata, feliz, su tratado de la Ira, de los Beneficios: yacimientos de moral cristiana.

Creer que Séneca representó a lo largo de la Edad Media y luego en el Renacimiento solamente una precursión del liberalismo, del laicismo pagano, es un error, como ya avancé hace un momento. De ahí que en pleno Renacimiento reformista, en que los heréticos trataban sacar de Séneca sólo la parte individualista y rebelde, haya ingenios católicos que busquen la adecuación y armonía de las dos vertientes senequistas por mí señaladas.

Esa fue la tarea de un Justo Lipsio, bastante afortunada. Y, la menos dichosa, de nuestro gran Quevedo. Quizá es hoy la misma mía, interrumpida un día español del siglo XVII por el autor del «Nombre, origen, intento, recomendación y descendencia de la doctrina estoica».

Si los cristianos vieron en Séneca un evangélico, ¿qué vieron luego los renacentistas y los criticistas –Petrarca, Erasmo, Montaigne, Kant– para exaltarle a un puesto magno de precursor? Vieron la otra vertiente senequista. La puramente pagana: la humanista. De ahí que pueda afirmarse, con la misma razón, que del cristianismo, que Séneca fue un antecedente imprescindible del humanismo en el Renacimiento.

El renacer del neo-estoicismo durante el siglo XVI, fue ya estudiado por L. Zanta.

Pero ese renacer tenía fuentes anteriores a ese siglo. Ya Averroes, en la España del siglo XIII –otro cordobés– niega la recompensa ultraterrena para el hombre justo. Era la idea axial de Séneca en lo que se refería a un ultramundo, a la inmortalidad del alma y a la existencia de Dios. Era el clásico «materialismo» senequista, como hubiera dicho un descendiente de esa teoría: Carlos Marx.

Para el Séneca humanista, pagano y revolucionario, el Hombre era él centro del cosmos. Y la Razón, un principio autónomo. La Razón era el instrumento único para combatir esos grandes enemigos del hombre que se llaman las pasiones: «movimientos absurdos, alógicos, irracionales y contra la naturaleza del alma.» El Hombre que lograba mediante el ejercicio de la Virtud, de la Razón, combatir esos enemigos, alcanzaba el sumo grado beato de felicidad: la apatía, la impasibilidad. Ese hombre, era el Sabio.

El Mundo para este Séneca racionalista, que predica la autonomía de la moral, era un orden fatal, al que había que adecuarse. Seguir el Sino, la Naturaleza: sequere naturam. Ese sino englobaba a los hombres y a los dioses con igual fuerza. Existía una predestinación. Por eso el luteranismo se alzó con esa teoría.

El premio de la virtud en sólo la virtud consiste. Y ese fue el secreto de la concepción Kantiana de la Moral. El secreto de Séneca. Y el que quiso adivinar Petrarca en su «De remediis utriusque fortunae» que tanto influiría en todos los Renacimientos europeos, singularmente en el español. Pero realizar en la vida humana la felicidad por medio de la virtud era una quimera. De ahí las flaquezas de todos «los humanistas» que les conducía, como le condujeron a Séneca, a la atmósfera típica de esa concepción vital: el pesimismo. Y el suicidio.

Séneca no se suicidó voluntariamente. Le suicidó Nerón. Pero él se abrió las venas con la misma impasibilidad –impasibilidad o rencor endemoniado– con que Sócrates bebiera la cicuta.

El suicidio era la máxima libertad del hombre: la de poder quitarse la vida voluntariamente. Y como todo lo que era voluntario era honestus, el suicidio resultaba algo decente. Por eso Séneca se pondría siempre de moda en las épocas de suicidios literarios. En la época de La Celestina y de la Cárcel de Amor. En la época kantiana del Werther. Y luego en la schopenhaueriana de Figaro y Ganivet y del Andrés del Arbol de la Ciencia barojiano.

¡La libertad! «Nada es honesto cuando se hace por acción, contra el propio querer. Todo lo honesto es voluntario», había dicho Séneca. ¿No estaba ahí toda la doctrina del individualismo contra un Estado coactivo, contra una religión dogmática? ¿No estaba ahí Erasmo, y luego Voltaire? ¿No estaba ahí, en esa preformación del sabio, todo el superhombre de Nietzsche?

El hombre podía identificarse con Dios. He ahí el gran secreto milenario del genio de Occidente, que Séneca interpretó con su Sabio. El satanismo de Adán, de Prometeo, de Sócrates, de Fausto: El Hombre sobre Dios.

En España –ese Séneca– alboreó, a finales del siglo XV, suscitado por el humanismo petrarquesco e italiano, bajo la Corte de Juan II. Ya en 1482 se interpretaban los Proverbios de Séneca como hizo Díaz de Toledo.

En el año de 1491 tradujo a Séneca el obispo Alonso de Cartagena, de origen judío por cierto. «Cinco libros de L. A. Séneca.» Y tuvo tres ediciones más esa traducción: 1510 (Toledo), 1530 (Alcalá) y 1551 (Amberes).

Sus Epístolas aparecieron en cuatro ediciones sucesivas de 1502, 1510, 1529 y 1551. Y una antología senequista que fue muy leída por los españoles fue la de «Las Flores», traducidas por el erasmista Juan Martín Cordero (1555). Y el Pinciano escribe sus famosas «Castigationes» senequistas en 1536.

Las traducciones y comentarios sobre Séneca abundaron durante todo el siglo XVII. Se atribuye sentido senequista a Cervantes, a Mateo Alemán, a Calderón, a Quevedo, a muchos de nuestros místicos. Y en el XIX resucita con cierta originalidad y gracia, en el «Idearium», de Angel Ganivet. «Cuando yo, siendo estudiante, leí las obras de Séneca me quedé aturdido y asombrado, como quien perdida la vista y el oído, los recobrara repentina e inesperadamente» dice Ganivet en ese libro. «Yo soy entusiasta admirador de Séneca», afirma en «El porvenir de España». El suicidio de Séneca le da motivo para algunas humoradas sobre la sangría suelta, en el agua, como medicina. Pero le da otro motivo mucho más serio: el de suicidarse en las aguas del Vilna.

Recientemente, con el triunfo del «liberalismo» más completo de la historia española en el Gobierno republicano de Azaña (1931-1933), la vuelta a Séneca se ha reproducido, como buscando un apoyo humanista, anticristiano. La representación de la tragedia «Medea», traducida por Unamuno, en el anfiteatro romano de Mérida y ante el Palacio Real de Madrid, ha sido muy significativa. «Medea» era el rencor que incendia palacios, templos, que asesina y embruja con tenacidad inextinguible, como una ménade o una fuerza natural. Es decir: un poco, como la España pagana, laica, bárbara anticatólica, que Azaña soñó con instaurar.

Hemos visto, pues –de modo sucinto, pero claro–, las dos vertientes del genio de Séneca el cordobés. Por una vertiente, Séneca resulta como un oriental, como un cristiano primigenio. Por la otra, un perfecto hombre antiguo, pagano, bárbaro. De una ladera, Séneca es el consolador de los débiles, de los doloridos, de las masas, vencidas y decadentes, de almas que poblaban el imperio en sus postrimerías. De otra ladera, Séneca es el revalorizador de lo individual hasta hacer heroica la vida del Sabio. Por un lado, Séneca ve el nihilismo del cosmos. Por otro, sólo salva la virtud del héroe para hacer frente a esa nada cósmica.

Todo esto –y otras cosas– me ha llevado a pensar muchas veces en el fondo estoico que nutre el actual Fascismo. Me ha llevado a meditar sobre el fundamento que pudiera tener el Fascismo en las doctrinas de Séneca el cordobés.

No se crea, que, al decir yo esto, es porque deseo, arbitraria y patrióticamente, dar una base genuinamente española a la nueva doctrina universalista, salida de la ciudad eterna. Quien conozca mis teorías sobre el Fascismo, como «nueva catolicidad», sustentadas en libros anteriores, no podrá extrañarse de tal pensamiento mío.

Yo afirmo que el Fascismo tiene una amplia base estoica en general, y, concretamente: senequista.

Una de las características esenciales del Fascismo es su antidemocracia, que lo es, a su vez del senequismo. «Argumentum pessimi turba est», dijo Séneca en De vita beata II. Luego Petrarca, imbuido por Séneca, lo expresó, eso mismo, de tal forma, que llegó a nuestra «Celestina» en el siglo XV: «Ninguna cosa es más lejos de verdad que la vulgar opinión.» Y Erasmo, redondeó esa máxima de Séneca al decir: «La verdad es que el juicio común de la gente nunca jamás fue ni es regla muy cierta ni muy derecha para regirse hombre por ella.»

Es lo que diría luego Mussolini con otras palabras: «Il fascismo nega che il numero, per il semplia fatto di essere numero possa dirigere le societá umane».

Otra característica genuina –quizá la más pura– del Fascismo es la de considerar la vida como una lucha.

«Il Fascismo concepisce la vita como lotta», dijo Mussolini. «Vida est militia homonis superterram», había dicho Séneca. «Per noi fascisti, la vita e un combatimento continuo incessante, che noi accetiamo con grande corazzio...» Puro senequismo. «Lo primero que le aconsejó es que una y muchas veces traiga a la memoria que toda la vida de los mortales no es aquí sino una perpetua guerra», dijo un gran intérprete de Séneca en el Renacimiento. El hombre, el fascista –dice Mussolini– deberá «conquistarse quella vita che sia veramente degna di lui». «Una vida feliz es aquella que es digna de su naturaleza.» «Cada uno es el artesano de su vida», había dicho Séneca. «Fare ditutta la propia vita tatto il propio capolavoro», diría luego Mussolini. Ese carácter práctico, ético, de la vida, que se había señalado a la filosofía de Séneca es el que aparece como estructura del Fascismo: «Questa concezion positiva della vita e evidentemente una concezione ética», «vita seria, austera, religiosa: in un mondo sorretto dalle forze morale», «Il fascista didegna la vita comoda», «Il nóciolo della filosofia fascista: noi siamo contro la vita comoda». Senequismo esencial: esencia de la vita beata, del Caballero Cristiano que diría el Renacimiento, traduciendo el concepto del Varón virtuoso, siempre en guardia contra los acontecimientos, endurecido contra toda comodidad engañosa. «Yo aprecio en más los bienes de trabajo, los que cuentan fatiga y se basan en la acción, luchando constantemente contra la Fortuna», «Vencer la costumbre», aconseja Séneca a Lucilio. Y esto otro: «Es necesario habituar el ánimo por medio de continuos, incesantes ejercicios.»

La concepción que del hombre tiene el Fascismo, como ser dotado para alcanzar las más altas cimas de la Voluntad por medio de ejercicios heroicos, es, en el fondo, la de Séneca. Donde Séneca escribe «el sabio», «el varón fuerte», hay que escribir hoy el «Duce», el «Führer», el «Héroe». Séneca es, mucho antes que Nietzsche, el gran forjador de la voluntad como poderío.

«La fuerza de las cosas adversas no mueve el corazón del varón fuerte; antes está firme en su estado. Porque es más poderoso que todas las cosas que fuera le acaecen. No digo yo que no las sienta, mas digo que las vence», traduce nuestro Cartagena en 1551.

Era ese un concepto que recogería Séneca, el Petrarca, León Bautista Aberti, Maquiavelo, Montaigne, y llegarían, a través de Nietzsche, hasta Mussolini. ¡Amar lo difícil! ¡Vivir en peligro!, ha repetido el Duce más de una vez.

Así decía Séneca en De Providencia, haciendo resaltar el heroísmo de Fueton: «Porque estas cosas que me piensas espantar más me avivan. Y allí me place estar donde el mismo sol ha miedo. Porque al hombre bajo y [10] para poco pertenece buscar lo seguro. Por lo alto va la virtud.» He ahí Séneca: ¡Contra lo seguro! ¡Contra la vida cómoda!

Ese concepto del «ardito», del «héroe», del «sabio senequista», comportó, en la Roma del siglo I, el mismo concepto de «aristocracia natural», de «realeza natural», que el Fascismo traería al mundo de hoy.

«¿Quién, pues, es el noble? Aquel a quien naturaleza ha hecho para la virtud.» «No estimo a uno por hombre diferente del vulgo, habiendo respeto al lugar y preeminencia que posee, sino al corazón que veo que tiene...» Y luego nuestro Vives ajustaría: «La verdadera y firme nobleza nace de virtud.»

Esta tesis senequista es la base de «la nueva jerarquía fascista». Séneca descubre así a su héroe, a su Duce: «Tal hombre será equilibrado y pleno de ordenación uniendo, a su natural majestad, un sentido de piedad en todas sus acciones.»

El Fascismo no emplea hoy la palabra virtud para designar lo que Séneca designaba con ella. Pero utiliza otra tan sinónima que su reiteración en todos los discursos y doctrinarios fascistas la hace equivalente: «fática.» Cuando el Duce emplea el término «fática» se refiere exactamente a la misma concepción que Séneca tenía de la Virtud. Al esfuerzo, trabajo, al coraje, a la tensión que el vivir, el varón fuerte necesita para vencer esa cosa dura y difícil que es la vida. «Non est delicata res viverlo.»

No debo olvidar que este estudio mío no puede tocar más a fondo un tema como éste que aquí va englobado en otro más general. Pero para terminar este apunte de «senequismo y fascismo», transcribiré las expresas alusiones de Benito Mussolini: «Se il fascismo non fosse una fede, come darebbe lo stoicismo e il coraggio ai suvi fregani?» (Muss. Vincoli di sangue, «Popolo d'Italia», 19 gen. 1922).

«L'orgoglioso motto squadrista me ne frego, scrit o sulle berde di una ferita, e un atto di filosofia non soltanto stoica, e il sunto di una dottrina non soltante politica: e l'educazione al combattimento, l'accettazione dei rischi che esso comporta, e un nuovo stile di vita.» (Muss. La dottrina del Fascismo, treves Milano 1932.)

El Fascismo, como el senequismo, «puodo stile di vito» es, en el fondo, el estilo eterno de Roma. La concepción que luego de Séneca, se llamaría cristiana, y hoy, fascista. O sea de que la vida es milicia. Frente al Oriente, donde la vida es despojamiento absoluto, y al Occidente, donde la vida, según Fausto, «es acción», Roma la concibe a través de sus más geniales hijos (Séneca, Loyola, Mussolini), como combate, como virtud, como fe, como fatiga. Por algo se da uno la pena de considerar el fascismo doctrina nueva para España, como una vieja sabiduría donde España dio sus mejores frutos. Como el viejo secreto, hoy cada vez más nuevo, que a Roma musitara el gran cordobés Lucio Anneo Séneca, por los años primeros de la rea del Cristo.

Autor: E. Giménez Caballero

Ernst Jünger: Memorias de un guerrero

Ernst Jünger: Memorias de un guerrero

Ernst Jünger, filósofo alemán, testigo de un siglo, espectador atónito del abismo más obscuro, impertérrito de los hechos más gélidos… el nihilismo contemporáneo… La muerte de Dios y el ocaso de los ídolos. Sin duda, Es el último sabio de occidente que nos legó todo un acervo vivencial y la más radical experiencia del ser.

Jünger nace en Heidelberg un 29 de marzo de 1845, hijo de Ernst Jünger, farmacéutico, y de Lily Lampl. Alrededor del 1900 asiste a la Escuela de Hannover, luego en Schwarzenberg, para luego volver a Hannover. Recorre diversas escuelas destacándose por ser un alumno de bajo desempeño, pero con un alma inquieta y rebelde que lo impulsó a alistarse en la Legión extranjera y a viajar a Argelia en 1913, situación que tiene una corta diración, ya que es repatriado a Alemania por solicitud de su padre, mas el alma de un guerrero espera ansiosamente una nueva oportunidad, la que le presenta la aparición de la Primera Guerra Mundial, lo que lo conduce a enrolarse, no sin antes inscribir un bachillerato de emergencia en la Universidad de Heidelberg.

Su fecunda mente da fruto a sus primeras reflexiones que se convierten en "catorce cuadernillos" del pensar, que dieron el inicio de una fecunda obra, mas el alma guerrera brilla y desplaza sus tensiones haciendole caer herido en catorce batallas y logrando de esta manera la más alta condecoración para un héroe de guerra.

En Hannover, en el año 1920, tiene sus primeros contactos con el expresionismo donde conoce a los poetas Kurt Schwitters y Klabernal, de paso, publica su primer libro "Tempestades de acero", en el que continúa con una fecunda creación intelectual que incluye poesías, cuentos y ensayos.

Estudia filosofía y biología en la Universidad de Leipzig y continúa estudios de zoología en Nápoles en 1925. Se casa con Gretha von Feinsen y fruto de este matrimonio nace su primer hijo, Ernst. En 1932 tiene una intensa actividad política, actividad heredada desde sus primeros años cuando militaba en grupos nacional-revolucionarios de "Deutsche Wandervogel" dedicando por esos tiempos sus esfuerzos vertidos en numerosas revistas nacionalistas y revolucionarias, tendencia que cristaliza en la llamada "Revolucion Conservadora" y se mantiene próximo a los círculos "nacional-bolcheviques", partidarios de una forma de nacionalismo germano socializante y con políticas de alianza con el bloque del este. Al acceder al poder el nacionalsocialismo, Jünger manifiesta su desagrado con esta nueva doctrina que la juzga plebella y demagógica.

Goebbels hace numerosos intentos por convencer a Jünger a militar en el NSDAP, intento que una y otra vez terminan finalmente con la ruptura entre ambos, dando como resultado la publicación "los acantilados de marmol" en 1939, una clara y directa crítica al nacionalsocialismo.

Tras el estallido de la Segnda Guerra Mundial se enrola en el Ejército, siendo trasladado a Francia, lugar donde toma numerosos contactos con intelectuales de la talla de Picasso y Brague. Se destaca su insesante preocupación por el buen trato a los prisioneros franceces y a los monumentos y a los bienes individuales.

En 1942 publica "Jardines y carreteras", su diario de 1939 a 1940. Ese mismo año, Goebbels le ordena la prohibición de publicar, siendo enviado al frente ruso, donde plasma sus experiencias en el libro "Anotaciones del Caucaso".

Tras el atentado a Hitler, Jünger es apartado de ejército por su amistad con varios implicados en el complot. Finalmente se radica en Kerchhorst, una aldea ubicada en la zona de ocupación inglesa. Se niega profundamente al cumplimiento del cuestionario de desnazificación, por lo cual el mando militar inglés le prohibe publicar. En 1950, se traslada a vivir en Wieplengen, en Suavia, publicando "Sobre la linea", donde homenajea a su amigo Martin Heidegger.

Continúa su fecunda obra publicando numerosas más, como "La emboscadura" (1951), "Visita a Bodenholm" (1952), "El nudo jordiano" (1953), "Viaje a Cerdenal" (1954), "El trabajador" (1964), y otras obras.

Al llegar 1995 recibe un homenaje del mundo, premio que viene a reforzar numerosos premios recibidos en el transcurso de su vida. El 16 de febrero de 1998, en la ciudad de Wilflingen, muere el último testigo de un siglo.

Ernst Jünger, el gran filósofo de este siglo agónico, su vida fue el ideal hecho práxis y carne y sus ideas concentradas en "El trabajador" describe apocalípticamente el fin de esta época.

"La tarea consiste en descubrir el monstruoso proceso de muerte de que somos testigos. Esta muerte concierne al mundo burgués y a los valores que en la medida el burgués mismo es sólo un heredero(1)".

La domesticación burguesa y el hiperindividualismo de la técnica produce que el último hombre, el más feo de todos, según Nietzsche, disponga de grandes medios que contrastan con su mediocridad y su bajeza de la orfandad espiritual de las urbes modernas, donde miles de hombres mueren anónimamente en los hospitales, siendo incorporados al lenguaje del antidios en la forma de prolegómenos epidemiológicos o casuísticas estadísticas, más esta fealdad de hombres sin destino, de números solitarios deambulando por las calles, dispuestos a destruir a otros símiles por un poco de confort o diversión que esconde la gran nada de tristes existencias vacías como el papel blanco. Este hombre que cree a pie juntillas lo que se escribe en los periódicos, pero desdeña leer lo que está escrito en las estrellas, hombre temeroso, cobarde y descomprometido. Este hombre feo y bajo lo describe nuestro poeta será un hombre despierto, activo, desconfiado, sin relación con las musas, será un denigrador nato de todos los tipos superiores, de todas las ideas superiores.

Mas será el mundo de las musas y los misterios lo que reencarne el mundo e incorpore y revitalice la técnica, ahora al servicio del dios impersonal y la soledad más lúgubre. "La enorme superioridad de este reino del arte y de la beneración, podrá proporcionar al mundo de la técnica el milagro del ser y entonces quién sabe qué sorpresas nos estén deparadas".

El mundo de la illustración, la arquitectira de las ciudades sin alma, las torres de vidrio enhiestas contra el cielo gris, las serpientes de la usura con sus colmillos clavados en el corazón de los hombres en fuga, alzan, en el desierto que crece, la bandera de la peste, el dominio univerbal de la decadencia y del nihilismo, mediante la planetarización de la técnica. En las alcanzalas de los soñadores, en el centro del mito, en las fráguas en que se martilla la espada del trabajador, la técnica deja de ser neutral, se carga de un nuevo significado. En al cielo con los dioses, en los reinos subterráneos con los titanes, se forja el centro espiritual en el que rinde la soberanía fáustica: El tiempo del trabajador se concentra y se abisma más allá del interregno y de la catástrofe, en la comarca que ningún enemigo puede hollar o destruir.

¿Pero es que un bebito va a llorar por cualquier dolor? La madre lo regaña con éstas palabras: ¡Qué cobarde! llorar por el dolor de nada. ¿Qué harás cuando en la batalla te corten un brazo? ¿Y qué cuando hayas de hacerte el harakiri?

Autor: Mauricio Castillo Videla. Extraido de la web Nueva Derecha

Habla Mishima