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La memoria de la Otra Europa

Orientaciones

Julius Evola: Espiritualidad Pagana

Julius Evola: Espiritualidad Pagana

I. INTRODUCCION

Quien haya tenido ocasion de leer regularmente nuestros artículos y especialmente los publicados en diversas ocasiones en Vita Nuova, conoce ya el punto de partida que será el hilo conductor de las presentes notas: nos referiremos a la idea de una oposición fundamental entre dos actitudes distintas del espiritu en las que es preciso ver el origen de dos tradiciones bien diferenciadas, tanto sobre el plano histórico como suprahistórico.

La primera, es la actitud guerrera y real, la segunda, la actitud religiosa y sacerdotal. Una constituye el polo viril, la otra, el polo femenino del espíritu. Una tiene como símbolo el Sol, el "triunfo", corresponde al ideal de una espiritualidad cuyas consignas son la victoria, la fuerza, el poder ordenador y que afecta a todas las actividades y todos los individuos en el seno de un organismo simultáneamente temporal y supratemporal (el ideal sagrado de Imperium), afirmando la preeminencia de todo lo que es diferencia y jerarquía. La otra actitud tiene por símbolo a la Luna, es como ella, recibe de otro la luz y la autoridad, se remite a otro y vehiculiza un dualismo reductor, una incompatibilidad entre el espíritu y la potencia, pero también una desconfianza y un desprecio por toda forma de afirmación superior y viril de la personalidad: lo que la caracteriza es el pathos de la igualdad, del "temor de Dios", del "pecado" y de la "redención".

Lo que la historia -hasta nuestros días- nos ha mostrado sobre la oposición entre autoridad religiosa y poder "temporal", no es sino un eco, una forma tardía y materializada, en la que ha degenerado un conflicto que, desde el origen, se refiere a esos dos términos, es decir, un conflicto entre dos autoridades, igualmente espirituales, entre dos corrientes referidas con el mismo título, aunque de manera opuesta, al supramundo.

Hay más: la actitud "religiosa", lejos de corresponder sin más a lo espiritual y agotar lo que emana del dominio supremo del espíritu, no es más que un producto, relativamente reciente, de procesos degenerativos que han afectado a una tradición espiritual más antigua y primordial, de tipo precisamente "solar". En efecto, si examinamos las instituciones de las civilizaciones tradicionales más grandes -de China a Roma antigua, de Egipto a Irán, del Perú precolombino al viejo mundo nórdico-escandinavo- encontramos constantemente, bajo rasgos uniformes, la idea de una fusión absoluta de los dos poderes, el real y el espiritual; respecto a la jerarquía, no encontramos una iglesia, sino una "realeza divina", no el ideal del santo, sino el de aquel que, por su naturaleza superior misma, por la fuerza imprecante del rito en tanto que "técnica divina", juega, en relación a las potencias espirituales (o "divinidades") el mismo papel viril y dominador que un jefe militar ante sus hombres. Es un proceso de desvirilización espiritual que, a partir de aquí, ha conducido a la forma religiosa, luego -aumentando constantemente la distancia entre el hombre y Dios, y la servidumbre del primero respecto al segundo en beneficio exclusivo de la casta sacerdotal- ha terminado por minar la unidad tradicional dando lugar a la doble antítesis de una espiritualidad antiviril (sacerdotalidad) y una virilidad material (secularización de la idea de Estado y de Realeza, materialización de las aristocracias antiguas y sagradas). Si se debe a las ramas arias las formas luminosas de las antiguas civilizaciones "solares", en Occidente, hay que atribuir sobre todo al elemento levantino el triunfo del espíritu religioso, desde la asiatización del mundo greco-latino, hasta la decadencia de la idea imperial augusta y la llegada misma del cristianismo. En las presentes notas nos proponemos aclarar algunos aspectos poco conocidos de la civilización medieval, a fin de demostrar que incluyó el intento (tanto visible como oculto) de una gran reacción, la voluntad de reconstruir una tradición universal cuyo fin, a pesar de las apariencias formales y la concepción corriente de la Edad Media como una edad "católica"por excelencia, es anticristiana o, más bien, supera el cristianismo.

II.EL DESPERTAR NORDICO-ARIO DE LA ROMANIDAD

Muy verosimilmente, esta voluntad de restauración extrae su origen primigenio de las razas nórdico-bizantina, es un hecho universalmente reconocido.

En los más antiguos testimonios -comprendidos, desde cierto punto de vista, las indicaciones del mismo Tácito-, estas razas aparecían como un tipo extremadamente próximo a los Aqueos, los paleo-aranas, los paleo-romanos y, en general, los nórdicos-arios, que se habría conservad, por decirlo de alguna manera, en el estadio de una pureza "pre-histórica".

Y el hecho de que, en razón de sus rasgos superiores rudo, sin florituras, groseros y agriamente esculpidos en su existencia y en sus costumbres, estas razas hayan podido aparecer como "bárbaras" frente a una civilización que, por un lado había degenerado bajo el peso de estructuras jurídico-administrativas y, por otro, se había ablandado en afanes de refinamiento hedonistas, literarios y ciudadanos, siendo casi sinónimos de decadencia, este contraste no pudo impedir casi que estas razas vehiculizaran en propiedad y albergasen en sus mitos y en sus leyendas la profunda espiritualidad de una tradición aria original, cuyo soporte era una existencia impregnada de relaciones guerreras y viriles, de libertad, de honor y fidelidad.

Por otra parte constatamos que no era el espíritu "religioso", sino el perteneciente al espíritu "heroico", emanado de las encarnaciones de las divinidades principales el que, en su origen, estas razas desconocían y veneraban.

Es el panteón de los Asen, en lucha perpetua contra los "gigantes" y las naturalezas elementales de la tierra; es Donnat-Thor, destructor de Thyr y de Hymir, el "fuerte entre los fuertes", el "irresistible", el dueño del "abrigo contra el terror"; es Odin-Wotan, el dador de la victoria, el detentador de la sabiduría, el huésped de los héroes inmortales que las Walkirias elegían sobre los campos de batalla a los que hacían sus propios hijos -el Señor de los batallones tempestuosos, aquel cuyo símbolo es idéntico al de la grandeza romana y de la "gloria" -hvareno irania-, el Aguila, cuya fuerza alimenta la sangre no-humana de las dinastías reales.Además, ya mezcladas con los hombres, tenemos razas heroicas, como la de los Wälsungen, a la que pertenece Sigmun y Sigurd-rökr, contra el obscurecimiento de los dioses, símbolos de las edades sombrías que serán el destino de las generaciones futuras; tenemos a las razas reales góticas que se consideran como âmals, los "puros" o los "celestes" y que hacen remontar su origen a la simbólica Mitgarhz,la "tierra media", situada -como la Hiperbórea del Apolo solar y el Airymen-vaêjo de los aranas- en el extremo- Norte; tenemos una variedad de otros temas y mitos de origen ario muy antiguo, igualmente y siempre impregnados de espiritualidad guerrera y ajenos a toda relajación "religiosa".

Si, desde el exterior, la irrupción de los "bárbaros" ha podido parecer destructora por su contribución al hundimiento de la ordenación material del Imperio romano asiatizado, por el contrario, desde el punto de vista interior, significa una aportación vivificadora des espíritu ario, un nuevo contacto galvanizador con una fuerza aún en estado puro y que debía dar lugar a una lucha y a una reacción bajo el signo, precisamente de esta Romanitas y de este Imperium, que había extraído su grandeza, en el mundo antiguo, de su conformidad con un tipo de espiritualidad viril y solar. Tras los primeros siglos de nuestra era, los invasores tomaron en efecto conciencia de una misión de restauración. Su "conversión" deja casi intactos su ethos y su íntima tradición original que, un vez adoptado el símbolo de la antigua Roma, debía dirigirse contra la usurpación y la voluntad hegemónica de la Iglesia, mientras que al mismo tiempo emprenderían la formación, espiritual y material, de una nueva civilización europea. Sabemos que ya en el momento de la coronación del rey de los francos, que tenía lugar el día considerado por la Antigüedad como el del renacimiento del dios solar invencible (Natalis solis invicti), se adoptó la fórmula Renovatio Romano Imperii. Tras los francos, fueron precisamente los germanos quienes asumieron de una manera aún más neta esta función. La designación de su ideal imperial ecuménico, no fue "teutónico", sino "romano"; hasta en las tierras más alejadas, llevaron las señas y las divisas romanas; basilei y augusti, sus reyes se apropiaron del título de Romanorum Reges, y Roma permaneció siempre como la fuente simbólica de su Imperium y de su legitimidad.

Lo semejante se reconoce en lo semejante. Lo semejante despierta e integra a lo semejante. El águila paleonórdica de Odín se renueva con el águila romana de las legiones y del dios capitolino. El espíritu antiguo renace bajo nuevas formas. Se crea una gran corriente a la vez formadora y unificadora. La Iglesia, por una parte, se deja dominar -"romanizada" su propio cristianismo- para poder dominar a su vez, mantenerse en la cresta de la ola; y, por otra parte, resiste, quiere llegar al poder, privar sobre el Imperio. Si es en la tensión donde se liberan las luces más claras en significados, no es menos cierto que, si la Edad Media se presenta ante nosotros bajo el aspecto de una gran civilización "tradicional" en su expresión más perfecta, esto no es gracias al cristianismo, sino a pesar del cristianismo, en virtud de la aportación nórdica que no hacía sino uno con la idea antigua de la Roma pagana, y determina una fuerza actuante en dos direcciones: sobre el plano político y ético, a través del régimen feudal, de la ética caballeresca y del ideal gibelino; y sobre el plano espiritual de una manera oculta en el aspecto "interno" de la caballería e incluso de las Cruzadas, a través del mito pagano que reunía en torno a la idea imperial, a través de venas ocultad de una tradición que desembocará en Dante y en los Fieles de Amor.

III.EL ETHOS PAGANO DEL FEUDALISMO

Evidentemente es necesario detenerse sobre el carácter anticristiano del régimen social y de las ideales éticos de la Edad Media, en tanto que se trata de cosas conocidas por todos, con rasgos demasiado evidentes.

El régimen feudal caracterizó a la sociedad medieval. Tal régimen nació directamente del mundo nórdico-ario; se basaba en dos principios: individualidad libre y fidelidad guerrera, y nada le era más extraño que el pathos cristiano de la "socialidad", de la colectividad, del amor. Antes del grupo se encuentra aquí al individuo.

El valor más alto, la verdadera medida de la nobleza, desde la más antigua tradición nórdica (como desde la paleoromana), residía en el hecho de ser libre. La distancia, la personalidad, el valor individual eran elemento absolutamente unidos a toda expresión de la vida. El Estado, bajo su aspecto político temporal -al igual que según el antiguo concepto aristocrático romano- se resumía en el consejo de los jefes, permaneciendo cada uno de ellos libre y señor absoluto de su tierra, pater dux y sacerdote de su propia gens. A partir de tal consejo, el Estado se imponía como idea suprapolítica a través del rey, ya que este, en la antigua tradición nórdica, no lo era sino por su sangre "divina", por el hecho de no ser finalmente más que un avatar del mismo Odin-Wotan. Pero, en el caso de una empresa común de defensa o conquista, una condición nueva se superponía sobre la otra: se formaba espontáneamente una jerarquía rígida, un principio nuevo de fidelidad y disciplina guerrera se afirmaba.Un jefe -dux o heretigo- era elegido, y el libre señor se transformaba entonces en vasallo de un jefe cuya autoridad se extendía hasta el derecho de matarlo si dejaba de cumplir los deberes que había aceptado. Al termino de la empresa, sin embargo, se retornaba al estado normal, anterior, de independencia y de individualidad libre. El desarrollo que, de esta constitución paleonórdica, se desemboca sobre el régimen feudal, puede ser ante todo caracterizada por una identificación con la idea sacral del rey con la idea militar del jefe temporal. El rey encarna la unidad del grupo, incluso en tiempos de paz, mediante el refuerzo y la extensión a la vida civil del principio guerrero de la fides o fidelidad. En torno al rey, se forma una corte de "compañeros" -fideles- libres, pero encontrando en el ideal de la fidelidad, en el servicio a su señor, en el hecho mismo de combatir por su honor y su gloria, un privilegio y la realización de un modo de ser más elevado que el que, en el fondo, les correspondía en sí mismos.

La constitución feudal se elabora a través de la aplicación progresiva de este principio. Exteriormente, parece alterar la antigua constitución aria: la propiedad terrenal, de origen absoluto e individual, parece ahora condicionada; es un beneficium que implica lealtad y servicio. Sin embargo, no lo altera en profundidad más que allí donde la fidelidad dejó de ser concebida como una vía que permitiera alcanzar una libertad verdadera, bajo una forma superior y supraindividual. Sea como fuere, el régimen feudal fue un principio y no una realidad petrificada; fue la idea genérica de una ley de organización directa que dejaba campo libre al dinamismo de las fuerzas, así mismas, libres, alineadas unas bajo las otras o unas junto a otras, sin medios términos y sin alteraciones -vasallo frente soberano y señor frente a señor- de manera tal que todo -libertad, gloria, honor destino- pudo reposar sobre el valor y sobre el factor personalidad, y no - o de manera mínima- sobre un elemento colectivo o sobre un poder "público". Aquí puede decirse que el mismo rey podía perder y reconquistar en cualquier momento sus prerrogativas.

Probablemente, el hombre no ha sido tratado jamás de una manera más severa e insolente, y sin embargo este régimen fue una escuela de independencia y de virilidad, y no de servidumbre; en este marco, las relaciones de fidelidad y de honor supieron ofrecer un carácter de pureza y de absolutez que, posteriormente, no se alcanzaría jamás.

Llegados a este punto, no hay necesidad de extenderse mucho para demostrar como esta constitución, que fue característica del espíritu de la Edad Media, no tenía gran cosa en común con el ideal social judeo-cristiano. En ella, por el contrario, reaparecía esta fides que, antes de ser la deutsche Treue, fue la fides de los romanos; objeto de uno de los más antiguos cultos, hizo decir a

Tito Livio que caracterizaba de la manera más rotunda al Romano del "bárbaro", y nos remite al ideal de la bhakti de los arios d la India, recordando sobre todo el ethos pagano que anima a las sociedades iranias; si, junto con el principio de autoridad y de fidelidad hasta el sacrificio (no solo en la acción sino también en el pensamiento) volcada a los soberanos deificados, se afirmaba también el principio de la fraternidad, esta última permanecía como totalmente extraña al sentimentalismo femenino y comunistizante introducido por el cristianismo. Las cualidades viriles, hasta sobre el plano de la iniciación (cfr. el mitraismo), tenían un valor más elevado que la compasión y la mansedumbre, de forma que tal fraternidad -parecida a la de los pares y los hombres libres de la Edad Media- se mostraba leal, clara, fuertemente individualizada y, podemos incluso añadir, romana, que podía existir entre guerreros unidos por una empresa común.

IV.LA TRADICION SECRETA DEL IMPERIO

La fides que cimentaba las unidades feudales particulares en virtud de una especie de purificación, de sublimación en lo intemporal, hacía nacer una fides superior, que remitía a una entidad situada más alto, universal y metapolítica, representada, como se sabe, por el Imperio, -sobre todo tal como se afirma idealmente con los Hohenstaufen- se presenta como una unidad de naturaleza tan espiritual y ecuménica como la Iglesia.

Como la Iglesia, el Imperio reivindica un origen y una finalidad supranaturales y se ofrece como una vía de "salvación" a los hombres. Pero, aunque dos soles no puedan coexistir en un mismo sistema planetario (y esta dualidad Imperio-Iglesia) fue, precisamente, representada frecuentemente por la imagen de dos soles), igualmente el conflicto entre estos dos poderes universales, puntos culminantes de la gran ordenatio ad unum del mundo feudal, no debió tardar estallar.

El sentido de tal conflicto escapa fatalmente a quienes, se deteniendo en las apariencias exteriores y en todo l que, desde un punto de vista más profundo, no es más que simple causa fortuita, no viendo más que una competición política, un choque brutal de orgullos y voluntades hegemónicas, mientras que se trató en cambio de una lucha a la vez material y espiritual, debida al choque de dos tradiciones y actitudes opuestas de las que hemos hablado al inicio de este texto. Al ideal universal de tipo "religioso" de la Iglesia, se oponía el ideal imperial como voluntad oculta de reconstruir la unidad de dos poderes, del real y del espiritual, de lo sacro y lo viril. En lo que respecta a sus expresiones exteriores, la idea imperial se limita frecuentemente a no reivindicar más que el dominio del corpus y de la ordo de la Cristiandad; Pero es clara que en lo que respecta a la idea imperial en sí se reencuentra finalmente en ella la idea nórdico-aria y pagada de la realeza divina que, conservada por los "bárbaros", supero , al contacto con los símbolos de la romanidad antigua, los límites de una raza específica, es decir, de las tradiciones de las razas nórdicas particulares, se universalizó, alzándose frente a la Iglesia como una realidad ecuménica tan verdadera como la Iglesia y como el alma más auténtica, el centro de unión y de sublimación más adecuado para este ethos guerrero y feudal de tipo pagano que, ya, transcendía las formas particulares y simplemente política de la vida en aquella época.

La misma pretensión de la Iglesia y la ideología antiimperial que le fue propina confirman este carácter de la lucha. La idea gregoriana es una idea antitradicional por excelencia: es la de la dualidad de poderes y de una espiritualidad antiviril que se afirma superior a una virilidad guerrera que se intenta rebajar mezquinamente a un plano completamente material y político: es la idea del clero soberano dominando encima del jefe de un Estado concebido como poder puramente temporal, en consecuencia por encima de un "laico" que extrae únicamente su autoridad del derecho natural y recibe el Imperium como si se tratara de un beneficium concedido por la casta sacerdotal.

Naturalmente no puede tratarse sino de una pretensión nueva, prevaricadora y subversiva. Sin referirnos a las grandes tradiciones precristianas, en la Iglesia de este imperio "convertido" que fue el del período bizantino, no sólo los obispos eran dependientes del Estado, sin que desde los concilios se remitían a la autoridad de los príncipes para sancionar y aprobar definitivamente sus decisiones, comprendidas las relativas al dogma, sino que la consagración de los reyes, por consiguiente, no podía distinguirse de forma esencial de la de los sacerdotes.

Hay que señalar a continuación que, si los reyes y emperadores, desde el período franco, adquirían el compromiso de defender a la Iglesia, esto está muy lejos de suponer una "subordinación a la Iglesia", sino todo lo contrario. En el lenguaje de la época, "defender" tenía un sentido muy diferente del que ha adoptado en nuestros días . Asegurar la defensa de la Iglesia, era, según el lenguaje y las ideas del momento, ejercer sobre ella, simultáneamente, protección y autoridad. Lo que se llamaba "defensa" era un verdadero contrato que implicaba la dependencia del protegido, sometido a todas las obligaciones que la lengua de entonces resumía en la palabra fides.

Según el testimonio de Eginhard, tras las aclamaciones, el pontífice se postra ante Charles, según el rito establecido en el tiempo de los antiguos emperadores"; y el mismo Carlomagno, además de la defensa de la iglesia, reivindica el derecho y la autoridad de "fortificarla desde el interior según la verdadera fé", mientras que no faltaban las tomas de posición que iban en el mismo sentido, como esta: Vos gens sancta estis atque regale estis sacerdotium (Esteban III a los Carolingios) y también: Melkisedh noster, merito rex atque sacerdos, complevit laïcus religionis opus.

La oposición guelfa contra el Imperio es pues una pura y simple revuelta que recupera como slogan la palabra de Gelasio I: "Tras Cristo, ningún hombre puede ser a la vez rey y sacerdote" y tiende a desacralizar la idea de imperio, a ahogar el intento nórdico-romano de la reunificación "solar" de los dos poderes y, en consecuencia, de la reconstrucción de una autoridad superior a la que la Iglesia, en tanto que institución religiosa, no habría debido reivindicar jamás para sí misma.

Y cada vez que la Historia no habla más que implícitamente de esta aspiración superior, es el mito quien lo hace: el mito que no se opone, aquí a la Historia, sino que se integra en ella revelando una dimensión más profunda. En el período franco se vuelve frecuentemente a aplicar al rey (y la frase citada antes nos da un ejemplo) el símbolo enigmático de Melquisedek y de su religión regia: de este Melquisedek rey de Salem, sacerdote de una religión de rango más alto que la de Abraham y que debe ser considerado como la representación bíblica de la idea extrabíblica, pagana y tradicional en el sentido superior del Señor Universal (chakravarti hindú), aquel que reúne en sí de forma solar los dos poderes y encuentra como punto de unión entre el mundo y el supra-mundo. Pero este mismo significado reaparece también en las muy numerosas leyendas relativas a los emperadores germánicos, en las que lo real se interfiere con lo irreal, la historia con el mito. Además de Carlomagno, Federico I y Federico II, según la leyenda, no habrían muerto jamás. Habrían recibido como don del misterioso "Preste Juan", -que no es otro que una representación medieval des "Señor Universal"- los símbolos de una vida eterna y de un poder no humano de victoria (la piel de salamandra, el agua viva, el anillo de oro). Proseguirían se existencia en la cúspide de una montaña (por ejemplo, el Odemberg o el Kyffhaüser), otras veces en un lugar subterráneo. Aquí igualmente retornan los símbolos que podemos definir como universales, de una tradición pagana muy antigua.

En efecto, es sobre una montaña o en un lugar subterráneo donde había encontrado refugio y se encontraría siempre el rey paleo iranio Yima, es "resplandeciente, aquel, que entre los hombres es semejante al sol"; el Walhalla nórdico, sede de los reyes divinizados y de los héroes inmortalizados, fue concebido frecuentemente bajo la forma de una montaña (la montaña de los Ancestros) donde, según las leyendas budistas, desaparecerían los "despertados" y los "seres libres y sobrehumanos", como suelen ser los héroes griegos divinizados comprendido Alejandro Magno, en algunas leyendas del mundo helénico.

En Agarta, nombre tibetano de la residencia del "Señor Universal" que corresponde por otra parte, etimológicamente hablando, al Asgard de los Edda, residencia de los Aseen y de los reyes divinos primordiales) estaría en el corazón de una montaña. En general, las montañas simbólicas de las leyendas medievales, como también el Monte Merhu hindú, el Kef islámico, el Mont Salvat de las leyendas del Graal e incluso el Olimpo, no son más que diversas versiones de un tema único; a través del símbolo de la "altura", expresan estados espirituales trascendentes y "celestes" (convergencia con el simbolismo de los lugares subterráneos, es decir, ocultos, sise piensa en la relación entre coelum, cielo y celare, ocultar), que confería, tradicionalmente, la autoridad y la función absoluta, metafísica del Imperium.

La leyenda de los emperadores jamás muertos y ocultos en una montaña nos confirma el hecho de que en estas figuras se quería ver a las manifestaciones de la función eterna, en sí misma inmortal, del terreno espiritual universal que, por otra parte, según un tema tradicional recurrente (cfr. el Edda, el Brahamaâna, el Avesta, etc.) debe manifestarse de nuevo con ocasión de una crisis decisiva de la historia del mundo. En efecto, en las leyendas medievales, se encuentra también la idea de que los Emperadores del Sacro Imperio Romano se despertarán el día en que hagan irrupción las hordas de Gog y Magog -símbolos del demonismo de la pura colectividad- antiguamente encerrados por Alejandro Magno tras una muralla de hierro. Los emperadores librarán la última batalla de la que dependerá la floración del "Arbol Seco", el Arbol de la Vida y del Mundo, que no es más que la "planta despojada" de Dante, y también el Ydrasgil del Edda, cuya muerte marcará el inicio del Ragna-Rökkr, es obscurecimiento de los dioses.

Es pues significativo que, entre los mitos que evidencian la relación del ideal imperial medieval con la idea "solar" tradicional -pero igualmente superan la concepción "religiosa" del espíritu y de la limitación política y laica del imperio y de la realeza- hay en algunos (cfr. por ejemplo, el Speculum Theologiae) que plantean la oposición a la Iglesia y al cristianismo hasta el punto de dar al Emperador resucitado, que hará florecer el Arbol Seco, los rasgos del Anticristo; naturalmente, no en sentido Habitual (ya que seguirá siendo aquel que combate a las hordas de Gog y Magog), sino probablemente a título de símbolo de un tipo de espiritualidad irreductible a la de la Iglesia, hasta el punto de ser obscuramente asimilada, en la leyenda, a la figura del enemigo del dios cristiano.

El fermento gibelino, la áspera lucha por la reivindicación imperial, además de su aspecto visible, tenía también un aspecto invisible. Tras la lucha política se escondía una lucha entre dos tradiciones espirituales opuestas, y, en el momento en que la victoria parecía sonreír a Federico II, ya las profecías populares anunciaban: "El Cedro del Líbano será cortado. No habrá más que un solo dios, es decir, un monarca. ?Desgracia al clero! Si cae, un orden nuevo habrá nacido"!

V.EL SENTIDO DE LA CABALLERIA

La caballería es la Imperio, lo que el sacerdote a la Iglesia.Y así como el Imperio conoció el intento de reconstruir la unidad suprema de los dos poderes según el ideal pagano, igualmente la caballería conoció un intento de referir a un plano ascético, es decir, metafísico e iniciático, el tipo del guerrero, del aristócrata y del héroe. En el ideal político medieval, donde hemos señalado un doble aspecto -uno relativo al "ethos" feudal, el otro al aspecto interno del mito del Imperio- de irreductibilidad, ética y esotérica.

Por lo que respecta al primer aspecto, relativo al ethos, la constatación es casi banal. La caballería, teniendo por ideal al héroe antes que al santo y al vencedor antes que al mártir; para quien todos los valores se resumían en la fidelidad y el honor, más que en la caridad y el amor; viendo en la dejadez y la vergüenza males peores que el "pecado": poco inclinado a no resistir al mal y a devolver bien por mal, sino, más bien, habituada a castigar la injusticia y devolver mal por mal; excluyendo de sus filas aquellos que mantuvieran el principio cristiano de "No matarás", teniendo por principio no amar al enemigo sino combatirlo y no demostrar magnaminidad con él sino tras haberlo vencido; en todo esto la Caballería afirma, casi sin alteración, una ética heroico-pagana y aria en el seno de un mundo que tenía de católico solo el nombre.

Hay más. Si la "prueba de las armas", la solución de las conflictos por l fuerza, considerada como una virtud concedida por Dios al hombre para hacer triunfar la justicia y la verdad, es la idea fundamental sobre la que reposa el espíritu caballeresco y se extiende del derecho feudal al plano teológico proponiendo el uso de las armas y el "juicio de Dios", incluso en materia de fé, tal idea pertenecía, también, al espíritu pagano; más directamente aún, se refería a la doctrina mística de la "Victoria", que, extraña a los dualismos propios de las concepciones religiosas, unía el espíritu a la potencia, transformando la victoria en una especie de consagración divina, al vencedor y al héroe en un ser tan próximo a los "cielos" como podía estarlo un santo o un asceta; mientras que asimilaba al vencido, por el contrario, al culpable y casi al pecador. Las edulcoraciones teístas en nombre de las cuales, en la Edad Media se quería ver, alegóricamente, una intervención personal y directa de Dios, no muestran nada del fondo anticristiano presente en las costumbres de los que acabamos de hablar y que restituye al concepto de "gloria" (reducida por el cristianismo a la aureola de los santos y de los mártires) su significado original y viril, ya que la "gloria", es el varenô iranio, el arr de las más recientes tradiciones, es decir, el fuego divino propio de las naturalezas solares que alumbra a los reyes de la victoria su derecho de orden trascendental. Se nos objetará: la caballería ¿acaso no ha reconocido la autoridad de la Iglesia? La caballería ¿no emprendió las cruzadas en defensa del cristianismo? si, esto es cierto, pero debe ser situado en su justo lugar, sin olvidar todo lo demás. Si el mundo caballeresco, en general, proclama su fidelidad a la Iglesia, y también, al mismo tiempo al Imperio, demasiados elementos hacen pensar que, más que una aceptación de la creencia cristiana, se trataba de un homenaje similar al que se rendía igualmente a los diversos ideales y a las "damas" hacia las cuales el caballero se volvía de forma desindividualizada, pues, para él, y conforme a la vía que se había trazado, solo era decisiva la facultad genérica del sacrificio heroico de su propia felicidad y de su vida, y no el problema mismo de fe en el sentido específicamente teológico. En realidad, el espíritu mismo de las Cruzadas no fue diferente. En el ideal de las Cruzadas, se reencuentra aquel, no reductible evidentemente solo al cristianismo evangélico, pero fácilmente reconocible, por el contrario, tanto en la tradición irania como en la hindú (Bhagavad-gita) o en el Corán, sin hablar de las concepciones clásicas referidas a la mors triunphalis o la "guerra santa" como vía heroica de superación de la muerte y de inmortalización.

Incluso admitiendo que se combatiese para liberar a la tierra en la que murió el apóstol galileo, en las Cruzadas se encuentra una vez más, un fenómeno que, por su origen, entraba en el marco de estas visiones del mundo a las cuales pertenece la máxima: "La sangre de los héroes está más cerca Dios que las oraciones de los devotos y la tinta de los sabios", que mantenía el Walhalla (el

"palacio de los héroes") como ideal celeste, la "isla de los héroes" donde reina el rubio Radamante sobre el trono de los inmortales -y no de la concepción que participando del horror pelasgo-meridional hacia la sangre, había adoptado la sentencia agustiniana: "Aquel que puede pensar en la guerra y soportarla sin grave dolor, verdaderamente ha perdido todo sentido de lo humano", y expresiones aun más drásticas como las de un Tertuliano, fiel al evangelio de "quien a hierro mata a hierro muere" y al mandato de Jesús a Pedro de retornar la espada a su vaina.

En realidad, si los cruzados pudieron aparecer como cristianos y ser queridos y santificados por la Iglesia, la conclusión que debe extraerse de todo esto, es que la tradición heroica, nórdico-germánica, ha terminado por privar sobre el cristianismo, incluso durante las Cruzadas. En lugar de una edulcoración de esta tradición en cristianismo, se constata, por el contrario, tras las formas cristianas, la restauración de la antigua virilidad espiritual, donde la vía del guerrero sacro, sustituye a la del santo y el devoto.

El tipo de guerrero sacro es, en el fondo, el tipo del caballero de las grandes órdenes medievales. En ellas la idea ascética se une al ethos nórdico, y fueron órdenes que practicaban, no en el sentido religioso, sino en el heroico, los mismos votos que los monjes: en fortalezas, en lugar de la del incienso. Poseyeron ceremonias regulares de consagración, llegaron en ocasiones hasta a ser dotados de iniciaciones en el sentido propio y de símbolos enigmáticos propios de una espiritualidad superior. A este respecto, la orden de los Templarios fue naturalmente una de las más significativas: y aún más significativa, fue su feroz destrucción bajo los golpes de la Iglesia y de un soberano, enemigo de la aristocracia y ya próximo al tipo laico moderno, como Felipe el Hermoso. Se sabe que, entre las acusaciones llevadas contra los Templarios, existía, en el grado preliminar de su iniciación, el imponer al neófito el rechazo al símbolo de la cruz, de ver en Jesús un falso profeta cuya doctrina no conducía a ninguna salvación. Otra acusación se refería a ritos abominables entre los cuales, se decía, figuraba, la quema de los niños. La colaboración sacrílega expresamente dad a estas supuestas confesiones arrancadas mediante la tortura: a pesar de la declaración clara y concordante de parte de los acusados de que se trataba de símbolos, no debe impedirnos presentir un sentido mucho más profundo.Rechazando la cruz, no se trataba, con toda seguridad, más que de rechazar una forma inferior de creencia, en nombre de una forma superior. La famosa acción de quemar a un recién nacido no significa otra cosa que el bautismo del fuego destinado a la regeneración (este símbolo puede ser aproximado al de la salamandra animal que, como el Fénix inmortal, se baña en el "fuego" del renacimiento heroico) -que es también uno de los signos que Federico II habría recibido del "Preste Juan"- rito que puede también hacer pensar en la ceremonia ritual de los cadáveres practicada por casi todas las grandes civilizaciones arias, y especialmente prescrita por Odín para aquellos que están destinados a entrar en el WalHalla.

Por otra parte, el simbolismo del Templo, al cual se habían consagrado los templarios, y por el cual la mayor parte de los cruzados luchaban y morían en la esperanza de transmutar la muerte en vida nueva e inmortalidad, de obtener la "gloria absoluta" y "conquistar un lecho en el paraíso", no se reduce sin más a ser un sinónimo de Iglesia. Justamente se ha dicho que el Templo es un término más augusto, vasto y menos condicionado que el de "Iglesia". El Templo está por encima de la Iglesia: las iglesias pueden destruirse, pero el Templo permanece como el símbolo del parentesco de todas las grandes tradiciones espirituales y de la peremnidad de su espíritu. Es por ello que el gran movimiento universal de las Cruzadas hacia Jerusalem, hacia el Templo en vista del cual Europa realiza, por primera y última vez, el ideal imperial de una unidad supranacional a través del rito de la acción y de la guerra santa, no está desprovisto, en nuestra opinión de un significado esotérico. El papel que jugaron los albigenses y los templarios, su carácter eminentemente gibelino, deberían bastar para atraer la atención. En realidad, en la corriente hacia Jerusalen se esconde frecuentemente una corriente oculta contra la Roma de los papas y que Romo, sin percibirlo, alimentaba ella misma, de la que la caballería era la militia y que debía encontrar su apoteosis con un emperador estigmatizado por Gregorio IX como aquel "c que amenaza con sustituir a la fe cristina por los antiguos ritos de los pueblos paganos y, acusado en medio del templo, de usurpar las funciones del sacerdocio".

La figura de Godofredo de Bouillon -representante más significativo de la caballería de las Cruzadas, llamado lux monachorum (lo que nos lleva de nuevo a la unidad del principio ascético y espiritual y del principio guerrero propio de estas órdenes)- tal figura es la de un príncipe que no acepta ascender al trono de Jerusalem, sino después de haber traído a Roma la sangre y el fuego, matando con su propia mano al anticésar Rodolfo de Rhinfeld, y expulsa al papa de la ciudad d los Césares.

Además, la leyenda establece un "parentesco" significativo entre este rey de los Cruzados y el mítico "Caballero del Cisne" (el Helias francés, el Lohengrim germánico) quien, a su vez, se refiere a símbolos imperiales paganos (se piensa incluso en una conexión genealógica con el mismo César), solares (ver las relaciones etimolóligas entre Helias, Helio y Elías) y pagano- hiperbóreas (el cisne que conduce Helias o Lohengrin a la "sede celeste" es el mismo animal emblemático que lleva Apolo entre los Hiperbóreos y aparece frecuentemente en las huellas paleográficas del culto nórdico-ártico prehistórico). Tal conjunción de elementos hace de Godofredo de Bouillon fuera un símbolo más -en relación con las mismas Cruzadas- dando el verdadero sentido a esta fuerza secreta que, en la lucha política de los emperadores germánicos y en el triunfo mismo de un Otón I, no revela más que su manifestación superior más visible.

VI.EL "GRAAL" Y LA "DAMA"

Además, el Templo se encuentra en el centro de la caballería so solo en tanto que Templo de Jerusalem, sino igualmente en tanto que Templo del Graal. El Graal, en muchos aspectos encarna la faz esotérica de la caballería, pero el conjunto de leyendas que se refieren a él no hace sino evocar su significado secreto.

Ya en la forma cristiana de esta leyenda, el Grial, el vaso místico de propiedades maravillosas, que hace innecesario cualquier alimento terrestre y procura una eterna juventud, habría sido transportado, después de la Ultima Cena, por los ángeles del Cielo, de donde habría descendido solo en el momento en que apareció sobre la tierra una raza de héroes capaces de constituirse en guardianes suyos. El jefe de este linaje hizo construir para el Graal un Templo a imagen del de Jerusalem, e instituyó la Orden del Graal, compuesta por doce caballeros llamados "caballeros perfectos" e incluso "celestes". Si este objeto místico, cuya búsqueda es el ideal más elevado del caballero -y que, desde cierto punto de vista, encarna la tradición espiritual antigua perdida o convertida en invisible (el Graal secuestrado en los "cielos", puede relacionarse con lo ya dicho a propósito del coelum y celare, ocultar) puede unirse a la ortodoxia de Roma y a la tradición sacerdotal de la Iglesia, si se piensa que esta tradición es directamente posterior al Cristo, ?cómo puede explicarse la idea de que el Grial haya podido desaparecer, así como la idea de que haya sido necesaria que se alce una nueva raza,no la de los sacerdotes sino de los héroes, de los caballeros, a fin de que el Graal pueda volver nuevamente sobre la tierra, en su Templo? Está claro que aquí, una vez más, se hace alusión a otra espiritualidad, a algo que no se encuentra en la Iglesia y para la cual la tradición de esta última no es de ningun utilidad.

Por otra parte, la leyenda del Grial no es más que la adaptación cristiana de una tradición pre-cristiana, pagana. Los des objetos místicos de la leyenda del Graal, al copa y la lanza, se reencuentran, en efecto entre los que los miembros de la raza divina de los Tuatha Da Dannan (verosímilmente llamados Cro-Magnon, y también los "Helenos del paleolítico") se habría llevado en ella al abandonar Avalon, "donde la muerte no existe", residiría, por otra parte, el rey arturo, a quien se atribuye la institución de la Orden de los Caballeros del Graal: y las representaciones del castillo en el cual habría sido guardado -según la antigua leyenda celta- un recipiente que prodigaba un alimento sin fin (que, posteriormente, tomará el nombre de Graal), coincidiendo frecuentemente con las de la sede simbólica del "rey universal", del palacio del Preste Juan, del Asgard del Edda, sede de los Asen y fundadores de las casas reales nórdicas, y con numerosas otras representaciones alegóricas del "lugar" de la autoridad espiritual suprema, detentadora de los dos poderes. Antes de ser la copa de la que se sirvió Jesús para la Cena, el Graal, idealmente, es el recipiente mágico dado por el hijo de Llyr, Brân, a Marholwch, recipiente que contiene el poder de resucitar a los "muertos" y curar cualquier herida, no sin relación con numerosos otros vasos del mismo tipo conocidos en las leyendas celtas, de los que en ocasiones se dice que rechazaban dar el contenido místico no a los pecadores sino a los perjuros y perezosos. Pero hay algo aún más "curioso", Numa habría recibido del "cielo" a título de pignus imperii, de garantía para la eternidad de Roma, un escudo sagrado, correspondiente a la antigua vasija destinada a contener la ambrosía, es decir, el alimento no terrestre de los inmortales. En la romanidad pagana, el escudo sagrado era guardado por el colegio de los Salii; estos últimos, además del escudo, poseían la lanza y su número era de doce, como los caballeros del Graal y del rey Arturo que, también tenían bajo su custodia un objeto inestimable: el Graal, la copa de la bebida inmortal y una lanza. He aquí que de nuevo, por las vías subterráneas, reaflora un simbolismo idéntico, una misma tradición enigmática relacionada con las formas de antiguas civilizaciones heroico-paganas.

Todo esto evoca de una forma significativa, los entre bastidores de la caballería y de sus misterios, por emplear la expresión de Aroux. Aroux, y con él Rossetti, aunque la ignorancia de una cierta cultura académica apenas lo haya entrevisto, habían abierto ya la vía a otros descubrimientos; habían demostrado la existencia de un lenguaje cifrado, alegórico, en los restos y los relatos de la Caballería hasta el mismo Dante y los que pueden llamarse "Fieles de Amor". Gracias a este lenguaje, no se disimulaba solamente una enseñanza poco ortodoxa que se salía de los límites impuestos por el cristianismo, sino que igualmente estaba presente, en ocasiones una viva y radical aversión hacia a Iglesia. No es este el lugar para desarrollar este tema; por lo demás, en nuestros días, el llorado Luigi Valli ha facilitado a este respecto una notable contribución demostrando el doble aspecto, gibelino e iniciático de una literatura únicamente considerada como "poética" en la época del Stil Nouvo. Nos limitarmos a decir que cualquiera que piense que la reacción contra la Iglesia, de la que se encuentran huellas n las sectas y en las tradiciones secretas hasta los tiempos de Dante, era debida a la corrupción y a la decadencia de la Iglesia misma, se equivoca burdamente. Aquí se trata -una vez más- de otro ideal que, por su misma naturaleza, se opone al de la Iglesia, corrupta o no, en tanto que órgano del cristianismo, es decir, de una simple religión y que jamás ha podido representar. Aquí también, existe oposición política y simultáneamente, oposición espiritual. A este respecto y antes de concluir, conviene evocar el simbolismo caballeresco de la "Dama".

Como se sabe, el culto a la "dama" era propio de la caballería y fue llevado tan lejos que, si se toma al pie de la letra, puede aparecer como aberrante, tal como algunos han pensado. El hecho de volcarse a una "Dama", consagrarle fidelidad incondicional, fue uno de los temas más frecuentes de las cortes caballerescas. A la "Dama" se dejaba el juzgar sobre el valor y el honor de los caballeros y, según la teología de los castillos, no era dudoso que el caballero muerto por su "Dama" participase del mismo destino de inmortalidad bienaventurada asegurado al cruzado muerto por la liberación del Templo. Cosa curiosa, si se consideran algunos ritos, se constata que la "Dama" del aspirante a caballero debía desvestirlo para conducirlo al baño a fin de que pudiera purificarse y revestirlo nuevamente -como los neófitos de los misterios paganos- con los vestidos inmaculados de la Vela de Armas y, recibir finalmente, la investidura caballeresca. Vemos, por otra parte, que los héroes de las aventuras, en ocasiones escabrosas, en las cuales figura la "Dama", héroes como Tristán (Sir Tristán) y Lancelot, son simultáneamente caballeros del rey Arturo en busca del Graal, es decir, miembros de la misma orden mística a la que pertenecían tanto Parsifal como Kundry seducido en vano y los caballeros celestes, como el hiperbóreo "Caballero del Cisne".

La verdad, es que tras todo esto se escondían significados más profundos, no destinados ni a los jueces de la Inquisición ni al público grosero, sino a inteligibles simbólicamente bajo la cobertura de costumbres extrañas y relatos eróticos. En la mayor parte de los casos, por "Dama" de la antigua caballería es preciso entender lo que vale igualmente para la "Dama" de los "Fieles de Amor" y revela, por otra parte, un simbolismo tradicional bien preciso. La "Dama" a la que se jura fidelidad incondicional y a quien uno se entrega haciéndose cruzado, la "Dama" que conduce a la purificación ( que el caballero considera como su recompensa y que le vuelve inmortal cuando muere por ella), es en el fondo el equivalente al mismo Graal.

Es -como ha demostrado Valli- para los Fieles de Amor, la "inteligencia" en el sentido trascendente, la "santa sabiduría", la personificación, pues, de una espiritualidad transfigurante y de una vida que ignora la muerte; es, por así decirlo, un avatar de Hebe, la eterna juventud que se convierte en la esposa del héroe Herakles, del "hermoso vencedor", en el seno del Olimpo y de Atenea, nacida de la frente divina, que sirve de guía a este héroe; de la Freya del Edda, diosa de la luz,constantemente cortejada por seres telúricos, los Elementarwesen, que buscan en vano conquistarla; de Sigrdrifa-Brynhilde, que Wotan destina a convertirse en la esposa terrestre del héroe que atraviesa la barrera de fuego (y aquí volvemos a encontrar un equivalente del "bautismo de fuego" de los Templarios); de la Virgen Sofía, representación que, en todo el ciclo mítico tradicional de Oriente y Occidente, está en relación con el Arbol del Mundo y de la Vida, personificación de la fuerza vital original, la vida de la vida, e incluso la potencia, conforme al doble significado del término sánscrito shakti, a la vez esposa y potencia.Con el Arbol, está presente no solo en las diversas leyendas relativas a la conquista de la inmortalidad o de la sabiduría por l héroe, sino también y de manera más significativa aún en nuestro caso, en las que se refieren al poder real y sacerdotal de un "vencedor" (cfr. por ejemplo, la leyenda itálica del Rex Nemorensis). ?Habría una aspiración religiosa tras todo este simbolismo femenino y erótico? No lo creemos. En la medida en que, hablando de resurrección en el sentido religioso, no se encubría evidentemente, en el marco del cristianismo, el peligro de ser acusado de herejía, el empleo de tal enmascaramiento por la caballería y los Fieles de Amor sería completamente incomprensible si, efectivamente, se tratara de esto...

Algo diferente e incomprensible para los profanos y los adeptos al cristianismo debía ser ocultado: otra aspiración, irreductible a los límites religiosos, vuelto a una esfera más alta; algo que, sin duda pertenecía a las grandes tradiciones del paganismo ario, tradiciones que ignoraban el pathos del pecado y de la salvación, los terrores del más allá y la Redención; que, en lugar de la verdad "democrática" que transforma cualquier alma mortal en inmortal, reconocía la doble vía, el doble destino, la doble posibilidad: de un lado, la vía de los ancestros y los demonios de la tierra , el Hades, el glacial Niflheim, las aguas de la disolución y del olvido, de la otra, la vía de los dioses -devayana- y de los héroes, la religión olímpica de los inmortales, el Walhalla, las aguas del despertar, la "vida sin sueño" del Avesta. Al igual que en la cumbre de la sociedad medieval se encontraba el ideas del Imperio que entroncaba con la Tradición pagana de una suprema autoridad "solar", al igual que el símbolo del Templo y del Grial era una transposición cristiana de una idea superior a l religión; así como en las premisas de la ética feudal y caballeresca, se reencontraba el tipo viril y pagano de la espiritualidad y, en las Cruzadas y en la "prueba de las Armas", la doctrina antigua de la mors triunphalis y de la victoria, igualmente es posible que en el simbolismo de la "Dama" y en la relación entre ella y los caballeros del Graal se hayan ocultado los elementos propios a la doctrina y a las iniciaciones paganas, los temas del despertar y del tránsito, no místico ni sentimental, sino real, de un modo de ser a otro, realizado según una vía viril y heroica, ajena a cualquier evasión de tipo religioso y a toda servidumbre ante lo divino. Y que se haya querido mantener la actitud solar según la cual el elemento de la sabiduría, de la vida espiritual y de la potencia, a la cual se consagra y a la que es "fiel" hasta la muerte, debe, sin embargo, conservar los rasgos femeninos respecto a la virilidad espiritual del iniciado en tanto que valor central. En definitiva, el significado exacto de todo esto, se encuentra, en los Fieles de Amor, tras el símbolo aún más impenetrable de la literatura hermético-alquímica, propia a la tradición que, hecho significativo, toma el nombre de "Ars Regia", arte real, y recupera los temas de las iniciaciones de la realeza divina egipcia misma estableciendo el "mito" de una "raza inmortal y autónoma", de los "sin rey", "herederos de la sabiduría de los siglos", "esposo de la Dama" y "Señores de ambos poderes".

VII.CONCLUSION

Todo lo que precede no constituye más que algunos aspectos de un material documental extremadamente amplio, que podría ser objeto de más vastos desarrollos, aptos para demostrar nuestros puntos de vista.

Las civilizaciones y las grandes épocas históricas tienen un aspecto visible (una Oberwelt) y un aspecto oculto (Underwelt) en donde reside el significado más auténtico de las formas de la conciencia exterior sin tener la menor idea de los entre bastidores del subconsciente y de los procesos internos de los que estas formas no son más que el resultado. Un método histórico que diera cuenta del "subsuelo" de la Historia, de esta Unterwelt der Kultor, se anuncia apenas en nuestros días, obscurecidos aún d ignorancia positivista.

Aplicándolo a la Edad Media, nos ha parecido reconocer en este momento de la Historia algo radicalmente diferente de las suposiciones de los que no ven con nostalgia más que una especie de edad de oro de la cristiandad, la realización más diáfana del ideal católico. Nos ha parecido, por el contrario, reconocer, predominantes e indomables, fuerzas de otra naturaleza muy diversa, fuerzas que llevaron la marca de las más radiantes civilizaciones antiguas y convergieron hacia el glorioso símbolo que debía hacer decir al gran gibelino, a Dante, que "el Cristo mismo fue romano".

 

L'ORDRE NATURAL

L'ORDRE NATURAL

Tots els éssers vius tenen un comportament que respon a la seva naturalesa, es a dir un comportament instintiu propi segons cada espècie, sent el que ens caracteritza als humans el fet de ser socials.

El primer àmbit en el qual es troba la persona és la família i posteriorment el municipi, poble o vila. Antigament fou la tribu, tot i que si observem els pobles indígenes veurem que encara perduren els àmbits tribals i mai trobarem una persona deslligada de la tribu.

Però aquest sentit tribal o per dir-ho de manera més actual, aquest sentit de comunitat s’està perdent. Aquesta pèrdua del sentit de comunitat és entre d’altres coses un dels motius que fa que molta gent estigui sola. L’home inconscientment busca aquest grup de persones en el qual es troba integrat, on sense perdre la seva pròpia individualitat ell és el grup i el grup és ell. O sigui, la comunitat no és res sense la suma dels seus individus i l’individu no és res sense la comunitat. Es per això, per aquesta naturalesa social, que les persones tenim tendència a l’associacionisme de tot tipus.

Varis són els factors que han dut a la soledat a molta gent, però entre d’altres trobem principalment la pèrdua d’un projecte comú amb les persones que ens envolten, doncs fins i tot les zones rurals on hi ha nuclis de població reduïda, moltes persones se senten soles, perquè cadascú mira per si mateix sense importar-li gaire el que li passi a l’altre. A més, molts pobles són vertaders nius de xafarderies i enveges.

A nivell de grans poblacions, el trencament del sentit de comunitat i per tant la soledat de molta gent ho han propiciat les grans massificacions urbanes, les pèrdues de consciències nacionals, les massives mescles racials i ètniques dins d’un mateix espai geogràfic, les profundes diferencies ideològiques, socials i religioses, i el tipus de sistema actual, materialista i consumista que procura per aquests medis i d’altres fomentar l’individualitat.

Tot això provoca l’home solitari, envoltat de gent però gent amb la qual no té cap lligam. Això és l’home modern i segons totes les tendències que es poden observar cada vegada hi haurà més d’aquestes situacions.

El que ha sigut l’orde natural de la persona, el seu paper en aquesta vida, està sent alterat. Degut a moltes idees i actituds diverses com ara el liberalisme, l’individualisme, l’igualitarisme, la promiscuïtat i llibertat sexual, el trencament de les normes d’urbanitat i de les tradicions, l’enfrontament generacional, la set de consum, i l’aburgesament en tots els àmbits, la difusió com a normal de lo degradant, de poc gust, vulgar i extravagant, etc... han anat creant canvis d’hàbits i de costums en les nostres poblacions, així com la creació de persones infantils, immadures i asocials.

Cadascú te el seu paper natural. Els infants, els joves, els adults i els avis i tots entrellaçats entre ells. Les persones som com l’anella d’una cadena; heretem uns costums, unes tradicions, una cultura, una llengua, uns hàbits, una terra, unes propietats, una espiritualitat i idiosincràsia pròpia de l’ètnia a la que pertanyem i una línia racial dels nostres pares, avis i avantpassats. I ho treballem, cultivem i mantenim per poder-ho transmetre als nostres fills millor de com ho hem heretat. Però avui aquesta cadena l’estan trencant.

Els nens pel seu bon desenvolupament han de créixer en una família estable de mare i pare, on existeix estimació i respecte. Ara cada vegada són més les famílies trencades entre separacions, divorcis, mares solteres, parelles homosexuals, etc...

Els avis són fonamentals en l’estructura familiar, són sobretot per als més menuts, un reflex viu de la serenitat, de la saviesa i de l’experiència, de les tradicions i costums del seu poble i de la seva ètnia.

I aquí ens trobem amb un altre símptoma de malaltia de la nostra civilització. Per primera vegada ens han arribat a destorbar els avis, els apartem de nosaltres posant-los en residències i privem als nostres fills d’una de les millors relacions, la del avi/a-net/a. Però què hem de fer amuntegats en les ciutats i en pisos de 80 metres quadrats de mitjana amb dos o tres habitacions, una per el matrimoni i una o dues per als dos fills que tindrem com a molt? Què hem de fer amb els nostres avis si materialment no tenim espai? I si volem tenir més fills? S’ha deixat de recolzar la formació de les famílies. La noia sempre ha cercat un noi que pugui ser bon pare de família i ell una noia que sigui una bona mare de família i tot això amb una atracció física natural. Però actualment, en que s’han de fixar molts dels nostres joves(no tots afortunadament) a les 5 de la matinada del dissabte, carregats d’alcohol o pastilles? Tot es fantasia, il·lusió, bombolles de sabó que quan exploten es queden astorats. Un món virtual que “Matrix” ha preparat i programat pels nostres joves, de llums de color, música estrident, gas a fons i “a viure que són dos dies”. Elles vivint de castells en l’aire i ells atribolats de sexe a totes hores és l’únic que busquen. I així és molt difícil que criem famílies estables i per tant continuïtat amb la nostra herència sanguínia..

Una persona sense família és una persona desestructurada. Estan minvant els fonaments de les famílies i si les famílies cauen, la civilització s’ensorra, doncs les famílies són els pilars de les comunitats.

 

Movimiento Social Republicano (MSR)

ORION FILM - J.Evola Dalla trincea a Dada

Alain de Benoist: El arraigo

Alain de Benoist: El arraigo

La mayoría de los seres vivos se hallan en un estado de dependencia ecológica; es decir, que hay una íntima relación entre sus logros, sus posibilidades de desarrollo y la presencia (o ausencia) de un entorno específico al que se encuentran adaptados. Fuera de ese medio natural, al que deben sus modalidades de inserción en la cadena evolutiva, y en el que generan sus potencialidades hallan modo de actualizarse, las especies degeneran o perecen. Esta dependencia puede ser, por supuesto, más o menos acentuada. En la esfera del comportamiento se traduce, no obstante, de forma bastante general por un instinto (en el animal) o una disposición instintiva, pulsional (en el hombre), que algunos etólogos, siguiendo a Robert Ardrey, denominan «imperativo territorial» (territorial imperativo).

La existencia de este «imperativo» es hoy bien conocida. Se sabe, por ejemplo, que no son posibles las relaciones ordenadas entre los miembros de un grupo sin una clara definición del territorio de cada uno (véase Edwad T. Hall, La dimensión cachée, Seuil, 1971). Se sabe también que la indiferenciación de los hábitat deteriora las relaciones sociales y provoca el aumento de la delincuencia y de los actos de violencia sin objetivo material concreto,(véase Gerald B. Suttles, The Sociat Ord*r, of the Slum, Chicago, 1966). Robert Ardrey llega incluso a decir que «las investigaciones actualmente en curso no dejan la menor duda en cuanto, a la realidad de la existencia de un lazo fisiológico entre el comportamiento territorial y el instinto sexual» (La loi naturelle, Stock, 1971, págs. 216).

El imperativo territorial es esencialmente defensivo, y en eso se distingue (sin por ello serles extraño) de las tendencias agresivas y expansionistas. A él se debe que una intrusión sea siempre rechazada con mayores probabilidades de éxito que las que se tienen en cualquier otro tipo de conflicto. «El hombre posee un instinto territorial, y si defendemos nuestro hogar y nuestra patria es por razones biológicas; no porque decidamos hacerlo, sino porque debemos hacerlo.» (Robert Ardrey, op. cit.). De ahí el vigor y el sabor de las guerras de liberación y los levantamientos coloniales, que son los legítimos por excelencia. Su fuerza se debe a que tienen raíces profundas, a que movilizan los resortes de la desesperación.

La actualidad ofrece mil ejemplos de puesta en acción del imperativo territoriai: guerra de Biafra, secesion de Pakistán, separación de los dos Congos, conflicto del Cercano Oriente... En todo el mundo, las etnias plantean reivindicaciones y bullen inquietas las regiones. La tendencia al policentrismo cuartea las Internacionales. Durante la última guerra, el Ejército Rojo sólo se hizo verdaderamente ofensivo a partir del día en que Stalin, renunciando a apelar a su «conciencia de clase», pidió a sus tropas que defendiesen la patria rusa. Al proclamar ayer su derecho a disponer de sí mismos, los pueblos colonizados expresaban ante todo el deseo de ser dueños en su propia casa. En Vietnam, el himno del FNL se titulaba: La llamada del país natal. Mañana, cuando suene la hora del conflicto chino-soviético, los escritores del partido hallarán inspiración en el azul horizonte de los confines siberianos.

Despertar de las regiones y eterno renacer de los nacionalismos. Sean o no fundadas tales aspiraciones, algo permanece: quienesquiera que sean y vivan donde vivan, los hombres sienten apego por una tierra que consideran suya y están dispuestos a luchar por su independencia e integridad. Si la humanidad no formase más que una gran familia indistinta, ¿qué les importaría vivir aquí o allá? Los mismos que hoy pretenden que no existan fronteras, sino sólo unos «seres humanos» tan impalpables como las entidades escolásticas, han llamado a la lucha contra el ocupante y apoyado a los nacionalismos más inquietos. Esa edad lírica de la vida de los Estados que fue la época de las «liberaciones nacionales», época que está a punto de terminar (para renacer en seguida, bajo formas más sutiles), ¿les habrá conmovido más de lo que se atreven a confesar?

Como animal social, el hombre tiene una disposición instintiva a identificarse con quienes se le parecen. Ella le hace en una primera etapa supervalorar el grupo al que pertenece, y en otra segunda intentar racionalizar los fundamentos psicosociales de esa asociación preferente. Pero el hombre no se contenta con identificarse con respecto a su grupo. Necesita también hacerlo dentro de ese grupo; es decir, puesto que es a la vez semejante y único, determinar su sitio y su personalidad. El doble sentido del verbo identificarse viene a resumir esa doble disposición, sólo en apariencia contradictoria: «Parecerse a» y «distinguirse de». Es preciso, pues, que el individuo sea miembro de un grupo (y consciente de su pertenencia), pero también que esté claramente situado dentro de ese grupo (y consciente de su personalidad). De la misma manera, el grupo ha de integrarse en un conjunto mayor, que puede ser la especie, pero también debe estar claramente situado con relación a él. Diversidad en la semejanza, diferencia en la repetición (véase la distinción entre repetición parada, o repetición estribillo, y repetición en movimiento o repetición diferencia (Clément Rosset, Logique du pire, PUF, 1971, página 65).

Un doble peligro acecha a quien trata de liberarse de ese equilibrio: excesivamente semejante, no podrá imponerse; demasiado diferente, se verá excluido. Muy adaptado (masificado) y muy inadaptado (desarraigado) son extremos que se tocan. Precisamente porque se siente excesivamente heterogéneo con respecto a su medio, heterogeneidad que le desconcierta y que su sistema neurosíquico ya no controla, el individuo desarraigado aspira a una homogeneidad, juguete del instituto de la muerte.

Ya no cabe dudar de la existencia de un nexo entre el paisaje y la personalidad. Es un hecho, extraño sin duda y difícil de abarcar, que los hombres están atados carnalmente a la tierra que los ha visto nacer y con la que se fundirán cuando, eslabones que han desaparecido pero no faltan, sólo sobrevivan por las cosas grandes que hayan hecho, y de las que sus descendientes hayan conservado y más tarde transmitido el recuerdo. Ha podido afirmarse que el psiquismo de la estepa segrega de un modo natural la idea de Absoluto, y que el psiquismo del desierto no incita a la organización social. Según el padre Lammens, la Arabia Saudí está «abocada a la disgregación política desde el momento en que la retirada de una mano de hierro la abandone a su temperamento». No otra cosa decía Ibn Jaldum en sus Prolegómenos: «La historia del califato pertenece a otros climas.» La autoridad debe venir de fuera cuando no nace del -fondo del corazón, pero entonces mata la verdadera libertad. El equilibrio de lo mental, el sentido de la medida y los matices, florecen mejor en los paisajes eminentemente variados de los climas templados.

Cada romano lleva a Roma consigo. Movidos por el espíritu de aventura, los hombres de Europa no han cesado de emprender viajes, de explorar el mundo, de lanzarse al descubrimiento de tierras desconocidas, pero siempre con la preocupación de instalarse, de fundar algo que les perteneciese y que pudiesen llamar suyo. Sólo aspiraban a lo nuevo para recrear en ello lo familiar: «cierto calor de hogar, que designa tanto el entorno próximo como el yo íntimo, y que, más allá de la inutilidad de cualquier discurso a su propósito, se define precisamente por su carácter inefable» (Clément Rosset, op. cit., págs. 61 y 62).

«El lugar desempeña un papel en la identificación: piénsese en el sudista borracho que llora su whisky con acentos de Dixie, en el perro que vuelve a la casa de la que le ha echado su amo, en el salmón del Pacífico que regresa, tras pasar años en el mar, al arroyo donde nació, e incluso en Leonardo tomando el nombre de su ciudad natal: Vinci.» (Robert Ardrey, op. cit., pág. 199.). Cuando llega a adulto, el adolescente vuelve a sentirse solidario de la generación de hombres hechos a la que ayer se oponía, cuando de lo que se trataba para él era de personalizarse; se solidariza después de haberse insolidarizado. Igualmente, por lejos que haya ido, el hombre experimenta un día la necesidad de volver a casa. El perro, el salmón, y el hombre vuelven. El pueblo judío, al que en la época de los ghettos se suponía de natural vagabundo, ha dado al mundo una admirable lección de energía al volver a la tierra que tenía por suya (título del editorial del International Herald Tribune de 6 de abril de 1971: Israel's Territorial Imperatives), y al resucitar una lengua, el hebreo, en la que se reconocía. El 14 de mayo de 1948, día de Pessah, David Ben Gurion proclamaba la Ley del retorno y declaraba abolida la diáspora. Esta ley tiene un valor ejemplar. Los hombres, como los acontecimientos, vuelven eternamente a sí mismos. De ese modo se realizan.

Hay, en La ley natural, una bella página en la que Robert conjuga la critica antiigualitaria con la de la sociedad de consumo. «Lúgubre será la mañana -dice- en la que al despertarnos ya no estén ahí los leopardos, en la que ya no gorjeen las bandadas de gorriones en los plátanos, no vuelva el gato solitario de sus aventuras nocturnas y los pardillos no emitan su grito de desafío hacia los matorrales que hay más allá del césped; cuando ya no haya alondras en el cielo ni conejos en el monte, cuando los halcones dejen de describir sus giros y las rocas de resonar con el grito de las gaviotas, cuando la diversidad de las especies no iluminen ya el amanecer y se haya borrado la diversidad de los,-hombres. ¡Si tal es la mañana que nos aguarda, quiera Dios que muera durante el sueño! Y, sin embargo, tal es la mañana que, a sabiendas o no preparamos, vosotros y yo, capitalistas, socialistas, blancos, amarillos y negros. Es la mañana que reclaman profesores y policías, que los filósofos llevan dos siglos exaltando, la mañana de la uniformidad, del reflejo condicionado, del mejor de los mundos, del orden absoluto, de la realidad igualitaria, de lo gris, de la reacción uniforme a unos mismos estímulos, la mañana en que sonará la campana que hará tomar al rebaño el camino del pasto. Es también la mañana por cuyo advenimiento rogamos en nuestras organizaciones sindicales, nuestras granjas colectivas, nuestros concilios eclesiásticos, nuestros sistemas de gobierno, nuestras relaciones entre Estados, nuestras nobles peticiones de un gobierno mundial. Es la mañana a que aspiramos cuando rezamos para que llegue el día en que seamos los mismos siempre. Es la mañana contra cuya venida, lo sepan o no, alzan los jóvenes su protesta. Y es una mañana que esperemos no llegue nunca.»

Cuando el hombre queda desconectado de sus orígenes, cuando vive a un ritmo que ya no es el suyo, inmerso en estructuras que no le van, persiguiendo objetivos carentes para él de sentido, cuando ya no logra reconocer su herencia entre la niebla tenaz que forman el aturdimiento y las obsesiones, cuando se convierte en un extraño en su propio mundo, es cuando está, en el verdadero sentido, alienado.

La mayor parte de las enfermedades mentales, si no todas, se reducen a alteraciones de la personalidad y es sin duda una enfermedad mental lo que provoca el desarraigo. Inestabilidad permanente (política, económica, social) de las regiones y de los pueblos alienados, a quienes han robado su alma, y que vacilan a todas horas entre su propio ritmo, del que sólo les llega un eco sordo, y el que les han impuesto. Comunidades cuyo ego no es ya lo -bastante fuerte para volver a quedar encima en la lucha y cuya constitución, aunque robusta, se hunde ante unas agresiones que ya no sirven para fortalecería. Poblaciones parapáticas, que oscilan sin tregua entre la insuficiencia del yo y su excesiva afirmación, compensadora de la personalidad; entre la amnesia y la provocación, la autohumiIlación y el desafio.

En sus Nuevas conferencias sobre el psicoanálisis, Freud observaba que entre los colonizados abundan los impulsos «masoquistas». Más tarde, otros muchos autores han descrito los estragos de la colonización en el equilibrio mental de los pueblos conquistados (véase Albert Memmi, Robert Jaulin). ¿Cómo no ha de sentirse el hombre alienado, desarraigado, inclinado a rechazar una existencia con la que ya no puede identifícarse? En ciertos pueblos llamados «primitivos», la aculturación ha provocado un debilitamiento de la energía que equivale a un deseo de morir. Es entonces cuando entran en acción los inmunodepresores del psiquismo, cuando interviene la ilusión dualista con el consuelo de los «trasmundos», cuando surgen las visiones deseantes que tienden a la homogeneidad definitiva. ¿Qué es la muerte sino el instante en que, al no actualizarse ya los potenciales biológicos, el organismo cae en la materia que, siempre presente de manera potencial, era hasta ayer tenida a raya por la actividad energética del sistema viviente? «A lo que aspira el candidato al suicidio -dice Sthéphane Lupasco- es precisamente a la paz, a la desaparición de una existencia presa de las vicisitudes; es decir, de unas heterogeneidades que han llegado a serle insoportables, a las que ya no puede adaptarse por múltiples razones, que, a fin de cuentas, se reducen a la imposibilidad de aceptar la agresión, el conflicto, lo contradictorio. A lo que aspira, de una u otra forma, es a la homogeneidad. Si quiere morir, es porque no puede seguir viviendo. Desea la homogeneidad, en la que todo, él y el mundo, se borrará, porque es ya presa de esa homogeneidad» (Du réve, de la matémathique et de la mort, Christian Bourgois, 1971, pág. 181). También los pueblos, como los individuos, pueden llegar a ser «candidatos al suicidio».

En nuestros días falta un marco para la afirmación del individuo. La patria es el territorio de un pueblo y la tierra de los padres. El pueblo no es un concepto abstracto, ni la patria una escuela filosófica. Se trata de realidades concretas. Pero en Francia, para las minorías étnicas, la patria no puede identificarse por entero con una nación que a lo largo de la historia les ha robado tantas veces su alma. Esta evidencia es la que, desde fines del siglo pasado, encarna el regionalismo. «La palabra región -dice Eric Le Naour- marcha hoy en vanguardia de las ideas renovadoras de Europa.» (L’Avenir de La Bretagne, marzo de 1971.) Esto se debe a que la región es en concreto algo que la nación no essiempre: el marco en que se afirman las culturas minoritarias. Regionalismo y etnismo son los nombres modernos del eterno renacer de las patrias carnales.

Soy muy partidario del regionalismo, e incluso del autonomismo (que no hay que confundir con el independentismo), pero les asigno unos límites. Ante todo, la región no es un fin en sí. Lo es sólo en la medida en que permite un verdadero arraigo; aunque este arraigo puede adoptar Múltiples formas, que en último extremo se reducen a cierta autenticidad. Una región que toma conciencia de sí misma tiende a volver a encontrar, por definición, su personalidad; es decir, sus rasgos distintivos y sus afinidades. A este respecto, cualquier política, cualquier vía de acceso puede ser buena. Excepto, por supuesto, la que contradice por su propia naturaleza tales intenciones.

Y, sin embargo, como nuestra época no repara en contradicciones, a veces asistirnos a ese curioso espectáculo. Movimientos que dicen buscarse a sí mismos se entregan a corrientes ideológicas que les son extrañas. Los mismos rupos que proclaman el derecho a la diferencia y hacen de su región un caso particular, se alienan con segundas intenciones o sin ellas, a ideologías igualitarias, niveladoras, cuyos principios se oponen radicalmente a las ideas de diferencia y autenticidad. Hay en esto algo tan chocante como inadmisible. Regionalismo y marxismo, más que concordar, se dan de patadas. No es posible arraigar en el desarraigo. Se me dirá: las ideologías ponen en marcha un proceso que pronto no podrán ya dominar y que se volverá contra ellas. Y también: más valen marxismo y región que marxismo a secas. La verdad es lo contrario: vale más el jacobinismo más obtuso que un marxismo regionalizante. Y no es difícil comprenderlo. Cuanto más contra natura es un sistema, menos probabilidades tiene de durar, y viceversa. Das Kapital sigue siendo Das Kapital, aunque se traduzca a la langue d'oc. Otro tanto ocurre con La Internacional, aunque la interprete una gaita bretona. Siguen siendo lo que son, pero no como son: se hacen más nocivas al ser en apariencia más aceptables. En otras palabras, el «regionalismo marxista» es «mejor», y, por tanto, es peor. Desde una perspectiva marxista, el peor patrono es el buen patrono, pues suscita la aprobación, y esta aprobación recae sobre el sistema que representa. Por el contrario, el mal patrono justifica las críticas al capitalismo; es, a contrario, el «aliado objetivo» de sus adversarios, quienes se regocijan por ello. Lo temible no es la ideología violenta, provocadora, que se desacredita por sí misma y crea las condiciones para su reemplazo, sino la sutil y epidémica, que juega con la ambigüedad y se sirve de lo aceptable para hacer pasar de contrabando lo perjudicial. Una ideología así es irreprimible, puesto que se disfraza. No muerde, sólo roe lentamente.

Confiar en la inevitable «reacción» es de una gran ingenuidad. Sólo las situaciones claras producen efectos definidos. Las demás van trampeando a base de medias tintas, de compromisos. El paganismo sufrió al verse desafiado, pero murió cuando fue asimilado. La evangelización le habría delibitado, el sincretismo lo mató. También Luis XVI jugaba a la política de lo peor, y acabó bajo la cuchilla de monsieur Guillotin. Hoy hay quienes apuestan por un apocalipsis. Olvidan que la decadencia no es una plaga que acomete súbitamente, sino un cáncer que va royendo. La vieja historia del león devorado por las pulgas.

La riqueza de la humanidad está en la personalización de los individuos en el seno de su comunidad; la riqueza de Europa, en la personalización de las regiones en el seno de la cultura y la civilización de que son hijas. Unos y otras sólo existen en relación: la pluralidad es necesariamente dialéctica. Podríamos ampliar el paralelismo. Una comunidad se encuentra siempre amenazada a un tiempo por el individualismo y el colectivismo. De igual modo, el repliegue total sobre una región no es menos nefasto para Europa que el estatismo a lo Richelieu, ese absolutismo jacobino que tanto mal ha hecho a Francia. Hay, a este propósito, una relación evidente entre autonomismo y personalización, de una parte, y separatismo e individualismo, jacobinismo y colectivismo, de otra. El genio de Europa es esencialmente comunitario. Una Europa «unitaria», enfrentada a las diferencias de temperamento, mentalidad y costumbres de las regiones, sería tan perjudicial como sería utópica la coexistencia (puramente provisional, no lo dudemos) de mininaciones «independientes, supuestamente ignorantes unas de otras. Nunca ha sido menos posible que hoy, para cualquiera, la secesión.

Reencontrar su personalidad supone para un individuo o una región tomar conciencia de lo que es, pero también de cómo y dónde está situado. La pertenencia forma parte de su definición. Demasiados individuos y grupos parecen creer hoy que para conocerse les basta con buscar en qué difieren radicalmente de los demás, con determinar en qué son acomunitarios, anacionales o asociales. Semejante individualismo nada tiene que ver con la personalización. Por el contrario, la enmascara y la borra. Así, ciertos «nacionalistas occitanos», en su afán de distinguirse de los «francianos», han acabado, en aras de su «antinordismo», por exaltar de manera exclusiva (o poco menos) su pasado mediterráneo. Se trata de una actitud muy peligrosa, pues conduce con la mayor naturalidad a arrojar a las tinieblas exteriores a todos los demás, ya sean individuos o regiones. Sería inadmisible que el movimiento regional se emancipase del nacionalismo jacobino para llevar sus taras a una escala menor. La revuelta es quizás una etapa inevitable; pero tras ella viene la hora de las realidades, de las actitudes adultas. Es preciso que, resueltos los «complejos de Edipo geográficos», las diferentes personalidades se afirmen dentro de la tolerancia y el mutuo respeto. Es no sólo normal, sino necesario, exaltar los caracteres de cada región; pero esta exaltación sería intolerable a partir del momento en que condujese a un enfrentamiento. No otra cosa expresa Eric Le Naour cuando escribe, desde su punto de vista bretón: «Hay una Europa del Norte y una Europa del Sur, la una vuelta hacia el canal de la Mancha, el Atlántico Norte y el Báltico, la otra hacia el Mediterráneo. Pero esta realidad, que no podemos subestimar, no debe cegarnos hasta el punto de hacernos olvidar que el Norte y el Sur constituyen las dos caras de un mismo conjunto, de una misma unidad de civilización: Europa. Bretaña pertenece a la Europa del Norte. Debe, pues, tener en cuenta sus afinidades. Pero ¿por qué habríamos de imponer a los demás el dogma de un “nordismo” obligatorio? Si fuésemos occitanos, si hubiésemos nacido en Nimes o en Martigues, en el país de la cigarra y el olivo, “ser latino” significaría mucho para nosotros. Pero somos hijos del país de las landas y los manzanos. Seremos europeos a nuestro modo, a nuestro ritmo, y encontraremos muy natural que los sardos, los catalanes y los noruegos lo sean también al suyo. Eso es todo No hay peor deficiencia mental que la incapacidad para concebir a los demás como diferentes de uno. Esto es algo tan cierto en el plano individual como en el étnico. El interés superior de Europa exige una mutua tolerancia. Tal es el precio de la libertad de nuestros pueblos.» (L’Avenir de la Bretagne,. febrero de 1971).

(Marzo de 1971)

Guillaume Faye: Siglo XXI: Europa, un árbol en la tempestad

Guillaume Faye: Siglo XXI: Europa, un árbol en la tempestad Permítanme una “metáfora arqueofuturista” en torno al símbolo eterno del árbol, al que yo personalmente compararía con el del cohete. Pero antes, evoquemos la dura imagen del siglo que se nos viene encima.

Marte y Hefaistos: el retorno de la historia

El siglo XXI será un siglo de hierro y de tempestades. No se parecerá en absoluto a esas predicciones armoniosas proferidas hasta los años setenta. No tendrá lugar la aldea global profetizada por Marshall MacLuhan en 1966, ni el planeta en red (network planet) de Bill Gates, ni la civilización mundial liberal y sin historia, dirigida por un único Estado “onusino” descrita por Francis Fukuyama. Será el siglo de los pueblos en competición y de las identidades étnicas. Y paradójicamente, los pueblos vencedores serán aquellos que permanezcan fieles o que retornarán a los valores y realidades ancestrales, ya sean éstos biológicos, culturales, éticos, sociales o espirituales, y que, al mismo tiempo, serán también quienes dominen con maestría la tecnociencia. El siglo XXI será aquél en el que la civilización europea, prometeica y trágica mas eminentemente frágil, operará una metamorfosis o llegará a conocer su propio e irremediable crepúsculo. En definitiva, será un siglo decisivo. 

En Occidente, los siglos XIX y XX han sido los de la creencia en la emancipación de las leyes de la vida, en los que se ha creído que era posible alcanzar la mente después de haber alcanzado la Luna. El siglo XXI muy probablemente reubicará las cosas en el sitio que les corresponde y operará el “retorno a lo real”, también muy probablemente a través del camino del dolor. 

Los siglos XIX y XX han visto el apogeo del espíritu burgués, esa pequeña sífilis mental, monstruosa y deformada fotocopia de la noción de elite. El siglo XXI, tiempo de tormentas, verá cómo se renuevan conjuntamente los conceptos de pueblo y aristocracia. El sueño burgués se hunde en la podredumbre de sus propios principios y de sus promesas pusilánimes: No son, necesariamente, tiempos de bonanza y felicidad para el materialismo y el consumismo, el capitalismo transnacional triunfante y el individualismo. Y no mucho más para la seguridad, la paz o la justicia social. 

Cultivemos el optimismo pesimista de F.-W. Nietzsche. «Ya no hay ningún orden al que salvar, es necesario rehacer uno nuevo», escribía Pierre Drieu La Rochelle. Y surgen las preguntas: ¿Acaso va a ir todo mal durante los primeros pasos del siglo XXI? ¿Acaso están todos los indicadores al rojo vivo? Pues tanto mejor. ¿Acaso no nos predecían el fin de la historia tras el hundimiento de la U.R.S.S.? Estamos asistiendo justamente a su retorno atronador, belicoso y arcaico. El Islam reemprende sus guerras de conquista. El imperialismo americano se desencadena. La China y la India ambicionan llegar a ser superpotencias, etc. El Siglo XXI estará emplazado bajo el doble signo de Marte, el Dios de la Guerra, y de Hefaistos, el Dios forjador de espadas, maestro-patrón de las técnicas, de los fuegos telúricos.

Hacia la cuarta edad de la civilización europea

A la civilización europea, civilización superior, no hay que dudar lo más mínimo en afirmarla como tal frente a los cantores lánguidos del etnomasoquismo xenófilo, y deberá, para poder sobrevivir en el Siglo XXI, operar una revisión desgarradora de ciertos de sus principios. Y sólo será capaz de ello si permanece anclada en su eterna personalidad metamórfica: Deberá transformarse toda ella permaneciendo como ella misma al mismo tiempo, cultivar el enraizamiento y la desinstalación, la fidelidad identitaria y la ambición histórica.

La Primera Edad de la civilización europea reagrupa a la Antigüedad y la Edad Media: Momento de gestación y de crecimiento. La Segunda Edad va desde los Grandes Descubrimientos hasta la Primera Guerra Mundial: Es la asunción. La civilización europea conquista al mundo. Pero del mismo modo que Roma o el Imperio de Alejandro el Magno, ella misma se hace devorar por sus propios hijos pródigos: Occidente y América, y por aquellos pueblos que ella misma ha (superficialmente) colonizado. Se abre entonces, en un trágico movimiento de aceleración de la historia, la Tercera Edad de la civilización europea tras el Tratado de Versailles y el fin de la guerra civil de 1914-18: El funesto siglo XX ¡Tan sólo cuatro generaciones fueron suficientes para precipitar en la decadencia el trabajo ascendente, la labor solis de más de cuarenta generaciones! La historia se parece a las asíntotas trigonométricas de la “teoría de las catástrofes”: Es en el pináculo de su esplendor cuando la rosa marchita, es tras un tiempo asoleado y calmado cuando el ciclón estalla. ¡La roca Tarpeya está ya cerca del Capitolio! 

Europa fue víctima de su propio prometeismo trágico, de su propia apertura al mundo. Víctima de ese exceso de toda expansión imperial: El universalismo, olvidadizo de toda solidaridad étnica interna global, víctima en consecuencia también de los micro-nacionalismos. 

La Cuarta Edad de la civilización europea se abre hoy. Y será la del renacimiento o la perdición. El siglo XXI será para esta civilización heredera de los pueblos-hermanos indoeuropeos, el siglo fatídico, el del fatum, del destino que distribuye o la vida o la muerte. Pero el destino no es el azar absoluto. Contrariamente a las religiones del desierto –el cual simbólicamente no representa más que a la nada absoluta– los pueblos europeos saben en el fondo de sí mismos que el destino y que las divinidades no son siempre todopoderosos frente a la voluntad del hombre (1). Como Aquiles, como Ulises, el hombre europeo de los orígenes se mantiene en pie y nunca acostado, posternado o arrodillado frente a sus dioses. No hay sentido de la historia.

Incluso herido, el Árbol puede continuar creciendo. Con la condición de que reencuentre la fidelidad a sus propias raíces, a su propia fundación ancestral, al suelo que nutre su savia.

La metáfora del árbol

El Árbol, son las raíces, el tronco y el follaje. Es decir, el germen, el soma y la psique.

1) Las raíces representan al “germen”, el zócalo biológico de un pueblo y su territorio, su tierra materna. Ellas no nos pertenecen, las transmitimos. Ellas pertenecen al pueblo, al alma ancestral y por venir del pueblo, denominada por los griegos Ethnos y por los germanos Volk. Vienen desde los ancestros y están destinadas a las nuevas generaciones. (Es por ello que todo mestizaje es una apropiación indebida de un bien a transmitir y, de nuevo, una traición). Si el germen desaparece, ya no es posible nada más. Podemos talar el tronco del árbol, mas podrá eventualmente rebrotar. Pero si arrancamos las raíces o contaminamos la tierra, todo ha terminado. Es por ello que las colonizaciones territoriales y las desfiguraciones étnicas son infinitamente más graves y mortales que las lacayas servidumbres culturales o políticas, de las que un pueblo puede, llegado el caso, reponerse perfectamente.

Las raíces, principio dionisíaco, crecen y se hunden en el suelo, a través de nuevas ramificaciones: Vitalidad demográfica y protección territorial del Árbol contra las malas hierbas. Las raíces, el “germen”, jamás llegan a estar yertas. Profundizan en su esencia, tal y como lo entendía Martin Heidegger. Las raíces son a la vez “tradición” (lo que se transmite) y “materia ígnea” (fuente viva, eterno reinicio). Las raíces son pues en conjunto la manifestación de la memoria y lo ancestral más profundos y del eterno carácter juvenil dionisíaco. Y tal manifestación nos remite al concepto capital de profundización.

2) El tronco, es el “soma”, el cuerpo, la expresión cultural y física de un pueblo, siempre en constante innovación mas alimentada por la savia venida desde las raíces. No está cuajado o petrificado, gelificado. Engorda en capas concéntricas elevándose todo él hacia el cielo. Hoy en día, aquellos que quieren neutralizar y abolir la cultura europea intentan “conservarla” como si fuera un monumento del pasado, como si estuviera dentro de un frasco de formol, destinada a los eruditos “neutros”, o bien abolir la memoria histórica para las jóvenes generaciones. El tronco, sobre la tierra que lo mantiene, es, edad tras edad, crecimiento y metamorfosis. El Árbol de la larga cultura europea está a un mismo tiempo enraizado y desinstalado (socavado). Un roble de diez años no se parece a un roble de mil años. Mas es siempre el mismo roble. El tronco, aquél que recibe y afronta al rayo, obedece al principio jupiterino.

3) El follaje. Es el más frágil y el más bello. Muere, se marchita y renace como el Sol. Se expande en todos los sentidos. El follaje representa a la “psique”, es decir a la civilización, a la producción y la profusión de nuevas formas de creaciones diversas. Es la razón de ser del Árbol, su asunción. Por otro lado, ¿a qué ley obedece el crecimiento de las hojas? A la fotosíntesis. Es decir a “la utilización de la fuerza de la luz”. El Sol nutre a la hoja que, en cambio, produce el oxígeno vital. El eflorescente follaje sigue pues al principio apolíneo. Pero atención: Si crece desmesurada y anárquicamente (como es el caso de la civilización europea que ha querido al convertirse en el Occidente mundial extenderse al planeta entero), será sorprendido por la tempestad, como si de una vela mal cardada se tratase, y hará abatir y desenraizar al Árbol que le mantiene. El follaje debe ser podado, disciplinado. Si la civilización europea quiere subsistir, no debe abrirse a toda la Tierra ni practicar la estrategia de brazos abiertos..., al igual que un follaje en exceso curioso que se extiende por todas partes o se deja asfixiar por las hiedras. Deberá concentrarse sobre su propio espacio vital, es decir la Eurosiberia. De ahí la importancia del imperativo de etnocentrismo, término políticamente incorrecto pero que ha de ser preferido al modelo “etnopluralista” y de hecho multiétnico que algunos equivocados o calculadores intentan teorizar desorientando al espíritu de resistencia de la elite rebelde de la juventud.

Podemos comparar la metáfora tripartita del Árbol con la del Cohete, extraordinaria invención europea. Correspondiendo los reactores ardiendo y los propulsores a las raíces, al fuego telúrico. El cuerpo cilíndrico del ingenio se parece al tronco del árbol. Y la cofia del proyectil, desde la que se desplegarán los satélites o las naves alimentadas por la energía de los paneles solares, hacen pensar en el follaje.

¿Es acaso verdaderamente un azar si los grandes programas de cohetes espaciales construidos por europeos -incluso expatriados en EE.UU., adivinándose, obviamente, de quién hablamos- se han denominado respectivamente Appolo, Atlas, Mercury, Thor y Ariane? El Árbol, es el pueblo. Al igual que el cohete, sube hacia el cielo, pero parte de una tierra, de un suelo fecundo en el que ninguna otra raíz parásita puede ser admitida. En una base espacial, se asegura una protección perfecta, una limpieza total de la área de lanzamiento. Del mismo modo, el buen jardinero sabe que para que el árbol crezca en altura y en fortaleza, es necesario que al mismo tiempo se libere la base sobre la que se asienta de las inoportunas malas hierbas que secan sus raíces; liberar su tronco de la opresión de las plantas parásitas; pero también desramar los ramajes demasiado prolijos que carecen de verticalidad. 

Del crepúsculo al alba

Este siglo será el del renacimiento metamórfico de Europa, como el Fénix, o de su desaparición en tanto que civilización histórica y su transformación en Luna Park cosmopolita y estéril, mientras que los otros pueblos, por lo que a ellos respecta, conservarán sus identidades y desarrollarán su poder. Europa está amenazada por dos virus emparentados: El del olvido de sí mismo, de la desecación interior, y el de la “apertura al Otro”, excesiva. En el siglo XXI, Europa, para sobrevivir, deberá al mismo tiempo reagruparse, volver de nuevo a su memoria y perseguir su propia ambición, fáustica y prometeica. Tal es el imperativo de la coincidentia oppositorum, la convergencia de los contrarios, o la doble necesidad de la memoria y de la voluntad de poder, del recogimiento y de la creación innovadora, del enraizamiento y de la desinstalación. Heidegger y Nietzsche...

El inicio del Siglo XXI será como esa medianoche del mundo, desesperante, de la que hablaba Friedrich Hölderlin. Pero en lo más obscuro de la noche, sabido es que por la mañana, el Sol regresará, Sol Invictus. Tras el crepúsculo de los dioses: El alba de los dioses. Nuestros enemigos han creído siempre en la Gran Noche, y sus banderas están ornadas con símbolos de estrellas nocturnas. Por el contrario, sobre nuestras banderas está acuñada la Estrella de la Gran Mañana, con rayos arborescentes: La rueda, la flor del Sol de Mediodía. 

Las grandes civilizaciones saben pasar de las tinieblas de la decadencia al renacimiento: El Islam y la China lo han demostrado. Los Estados Unidos de América no son una civilización, en absoluto, si no una sociedad, la materialización mundial de la sociedad burguesa, al igual que un cometa, con un poder tan insolente como efímero. No tienen raíces. No son nuestros verdaderos competidores en lo que corresponde a la escala de la historia, en absoluto, simplemente son parásitos. 
El tiempo de la conquista ha terminado. Ahora viene el de la reapropiación interior y exterior, la reconquista de nuestra memoria y de nuestro espacio: ¡Y qué espacio! Catorce husos horarios sobre los cuales el Sol no se pone nunca. Desde Brest hasta el Estrecho de Béring, qué duda cabe, éste es verdaderamente el Imperio del Sol, y es de hecho el espacio vital y de expansión propio de los pueblos indoeuropeos. Sobre el flanco sureste, tenemos a nuestros primos hindúes y sobre nuestro flanco este, a la gran civilización china, que podrá ser según ella determine aliada o enemiga. Sobre el flanco oeste, venida desde más allá del Océano: La América cuyo objetivo será siempre impedir la unión continental (del espacio eurosiberiano). Mas, ¿Lo podrá eternamente? 

Y además, sobre el flanco sur: La principal amenaza, resurgida desde el fondo de las épocas del pasado, aquélla con la que no podemos transigir (absolutamente para nada). 

Ciertos leñadores intentan abatir el Árbol. Entre ellos se hallan muchos traidores, muchos colaboradores. Defendamos a nuestra tierra, preservemos a nuestro pueblo. La cuenta hacia atrás ha comenzado. Todavía tenemos tiempo, si bien esta vez no por mucho tiempo. 

Es más, aun cuando logren cortar el tronco o si la tempestad lo abate, quedarán todavía las raíces, siempre fecundas. Una sola brasa es suficiente para reavivar el incendio. 

Puede darse, evidentemente, que abatan al Árbol y troceen su cadáver, en un canto crepuscular, y en tanto que anestesiados, los europeos no sientan el dolor. Pero la tierra es fecunda y una sola semilla es suficiente para relanzar al retoño. En el siglo XXI, preparemos a nuestros hijos para la guerra. Eduquemos en la juventud una nueva aristocracia, incluso aunque sea minoritaria. 

Mucho más que la moral, es necesario practicar a partir de ahora mismo la hipermoral, es decir la ética nietzscheana de los tiempos difíciles: Cuando uno defiende a su pueblo, es decir a sus propios hijos, cuando uno defiende lo esencial, sigue la regla de Agamenón y de Leónidas mas también de Carlos Martel (2): Es la ley de la espada la que prevalece, aquélla en la que el bronce o el acero refleja al brillo del Sol. El árbol, el cohete, la espada: Tres símbolos verticales que parten del suelo hacia la luz, erguidos desde la Tierra hacia el Sol, animados por la savia, el fuego y la sangre.


 

Notas

(1) El europeo se afirma a sí mismo propiamente como hombre, como ser también portador de la divinidad, capaz, mediante su voluntad, de dominar y señalar el destino a seguir (N del T).

(2) Y nuestro Jaime I (N del T).

[Traducción y notas por Enrique Bisbal-Rossell. El texto precedente apareció originalmente en el número 2, del solsticio de invierno de 1999, de la revista hermana gala Terre et Peuple. La Revue]

Julius Evola: El ejército y la obediencia

Julius Evola: El ejército y la obediencia

Es posible pensar que hoy en día el ejército sea la única institución en la cual aun se conservan algunos de los valores superiores pertenecientes a un mundo ya pasado, los cuales, luego del advenimiento de la sociedad burguesa y democrática, se encuentran en vías de disolución. Así pues no resulta asombroso que, simultáneamente con el “progreso”, desde varios sectores y de múltiples maneras se traten de rechazar los principios fundamentales y el espíritu que constituyen el fundamento del ejército.

Aquello que en la ética del honor y del deber del soldado hasta ayer aparecía como algo claro y natural, hoy en día se tiende a ponerlo en discusión influenciando en todas las maneras posibles a la opinión pública por medio de escritos, películas y novelas. Así pues hoy en día vemos que mientras por un lado se avanza en la pretensión y en la ideología de los denominados “objetores de conciencia”, con un trasfondo humanitario-pacifista y derrotista, por el otro se impugna abiertamente el principio de la disciplina y de la obediencia militar. Se pretende que el soldado no tenga más que obedecer simplemente y que cumplir impersonalmente con su deber, sino que tenga el derecho de discutir, de juzgar al que manda, de sustentar un criterio propio individual por encima de la autoridad a la cual se encuentra sometido.

Tal como se sabe, este último punto ha sido la bisagra con la que se sustentó la famosa ideología de Nüremberg, de esta macabra farsa jurídica sin precedentes, mezcla de hipocresía, de prepotencia y de fanatismo. El vencedor, en vez de respetar al adversario al cual no lo había favorecido la suerte de las armas, tal como siempre había sido el código de honor de las mejores tradiciones militares, se ha transformado en un juez, arrogándose una autoridad que trasciende a la de cualquier Estado, pretendiendo así de hacer valer incluso retrospectivamente y para toda la humanidad sus propios dictámenes. Así es como se ha fabricado e impuesto un código de los denominados deberes humanos que todo soldado estaría obligado a seguir ante todo, teniendo no el derecho sino el deber de no obedecer y de rebelarse cuando él reputara, de acuerdo a su criterio personal, de tener que hacerlo.

Naturalmente que esto significa hacer saltar por el aire el mismo principio de toda autoridad y de cualquier disciplina y quitarle al ejército su espina dorsal. Con mucha razón se ha resaltado la relación que existe entre una tal ideología y el protestantismo anglosajón, dado que la primera refleja todo lo que ha sido propio, en el campo religioso, de la Reforma: con el protestantismo el sujeto ha rechazado la autoridad positiva de la Iglesia, ha constituido la propia conciencia de individuo como juez supremo en materia de fe, presumiendo poder estar inspirado directamente desde lo alto. Naturalmente que la anarquía de las diferentes sectas y confesiones contrastantes y rivales ha sido, en el área protestante, la consecuencia de todo ello. En el caso del soldado, de acuerdo a la ideología de Nüremberg se tiene algo análogo. Más propiamente retorna también el denominado iusnaturalismo, la oposición entre el “derecho natural” y el “derecho positivo”, imaginando para el primero un conjunto de valores que serían evidentes en sí mismos, reconocidos por parte de todo el género humano, y que tendrían un carácter verdaderamente moral y hasta divino: mientras que el derecho positivo sería tan sólo el creado ocasionalmente por el hombre y los Estados, quedando privado de cualquier validez moral intrínseca.

No es necesario decir que ésta es una mera ficción, puesto que el presunto derecho natural no ha sido nunca demostrado por nadie y precisado en términos unívocos: sus principios aparecen como mutables, varían de acuerdo a los pueblos y las épocas. Baste hacer mención que en el mundo antiguo el “derecho natural” aceptaba la esclavitud, la cual naturalmente el “derecho natural” de los tiempos sucesivos ha rechazado con horror.

Lo mismo puede decirse respecto de estros presuntos valores “humanos” de la ideología de Nüremberg en nombre de los cuales el soldado y el oficial tendrían eventualmente el deber de no obedecer, de rebelarse, de traicionar. De todo esto la única consecuencia puede ser tan sólo el arbitrio y la anarquía. En verdad, el tenue barniz jurídico y humanitario nos deja fácilmente ver de qué es lo que en realidad se ha tratado, cual es que por tal vía se pueda difundir un peligrosísimo fermento de desmoralización: todo soldado y todo oficial que hayan aprendido la lección de Nüremberg (en un mañana puede incluso suceder con los vencedores de ayer) deberían prestar mucha atención, pues en caso de derrota deberían esperarse ser arrastrados como criminales ante un farsesco tribunal extranjero que juzga en función de un concepto de “humanidad” fijado por su cuenta por parte del vencedor. (1)

Pero prescindiendo de estas absurdidades, que además de la hipocresía mantienen un cierto valor sintomático, se debe reconocer en general la crisis a la cual la ética y las tradiciones militares son expuestas a través del transformismo de los sistemas políticos. Puede decirse que la moral principal del soldado se resume en la antigua máxima del Sachsenspiegel: “Mi honor es mi fidelidad”. La expresión más típica de tal orientación quizás se la ha tenido, hasta ayer, en la tradición prusiana, con su carácter casi ascético de una disciplina severa e impersonal: tan firme que pudo decirse que el oficial que había jurado sobre su bandera y sobre su soberano no se pertenecía más a sí mismo, de la misma manera que el monje que ha hecho voto de obediencia. No por nada en el mundo feudal la fidelidad tuvo el valor de un sacramento: sacramentum fidelitatis. No sin una cierta relación con todo ello más recientemente ha sido afirmado el principio de la apoliticidad o neutralidad del ejército: el soldado en cuanto tal no debe tener ideas políticas; debe simplemente servir al Estado en cuanto Estado (por supuesto que aquí se prescinde de las coyunturas extraordinarias en las cuales se imponen regímenes militares).

Pero obviamente todo esto presupone una firme base, algo estable y superior, es decir el Estado según su concepto tradicional. Todos los valores de honor, de lealtad y de disciplina de la profesión militar aparecen claros y obvios en el clima de un Estado monárquico y dinástico, no sólo porque el soberano como jefe supremo del mismo tenía una conexión directa, viva y personal con las fuerzas armadas, era el primero entre los soldados, sino también porque la soberanía estaba encarnada en algo estable, continuo, sustraído a las ideologías y a los intereses de las partes. El ocaso del Estado tradicional debido a la revolución burguesa del Tercer estado y al sistema parlamentario no pudo pues no implicar también un principio latente de incertidumbre para la misma ética militar.

En efecto, en los Estados “modernos”, en los nuevos sistemas democráticos, en la cúspide del Estado se encuentra el elemento “civil”, “burgués” o como se lo quiera llamar. Éste es el que gobierna. Y éste es el que hace la “política” siguiendo la línea impuesta por las coyunturas parlamentarias y por los partidos, por los humores de un electorado masificado y en mayor o menor medida maniobrado por influencias oscuras. El jefe del Estado es uno u otro Tipo sin un nombre y sin una tradición, sin un especial carisma, es simplemente un “funcionario” que ocupa una oficina durante un tiempo limitado. Así pues el vértice, o centro natural de gravitación, ya no existe más. Nos hallamos en un clima de contingencia y de mutabilidad, esto es, lo opuesto exacto a lo que es el Estado, el que significa por su mismo nombre algo estable. Y el ejército se encuentra en un cierto modo desorientado; no ve más reflejarse sobre el plano superior, político, aquellos principios de autoridad y de jerarquía que le son intrínsecos; se convierte en un instrumento de burgueses politiqueros, los cuales lo usan en los casos de una “triste necesidad”, puesto que a la democratización del Estado le hace de contraparte justamente la ideología humanitaria, la cual tiene muy poca simpatía por los valores guerreros; a las virtudes heroicas y viriles ella tiende a sustituirle las “cívicas” de la vida pacífica y hedonista, con “las artes y las ciencias”, las conquistas sociales y materiales en primer plano cuales expresiones de la “verdadera” civilización. Cuanto más se recurre a la retórica de la “defensa de la Patria” y cosas similares, avergonzándose de hablar de la guerra de otra manera que no sea como defensa de una agresión. En relación con esto debe notarse el cambio significativo que en Italia tuvo la designación Ministerio de Guerra por el de Ministerio de Defensa: quizás en la idea de la eficacia mágica de esta designación puesto que, evidentemente, si todos “se defienden” y nadie ataca, la guerra desaparecería en forma automática del mundo entero, lo cual por otra parte ha significado una simple utopía pues no solamente la guerra no ha desaparecido, sino que las mismas se han hecho cada vez más encarnizadas y sanguinarias.

Aparte de las más recientes ideologías en contra del ejército, hasta arribar a las objeciones de conciencia, el suelo permanece minado justamente a causa de tal sistema, y se debe reconocer que lamentablemente luego de tales modificaciones las cosas para el ejército, para el oficial y para el soldado, dejan de resultar claras y evidentes como lo eran en otros tiempos. Como consecuencia de la inexistencia de quien encarne el vértice estable del Estado como soberano y alto exponente de una verdadera, superior e inobjetable autoridad, vinculado orgánicamente con el ejército, antes que con cualquier otra institución o cuerpo, y de crearse por lo tanto un vacío en lugar de aquel vértice en los regímenes de tipo burgués y democrático, pueden producirse fenómenos lamentables. Uno de éstos es la emancipación anárquica del mismo ejército, como en los múltiples casos de “pronunciamientos” o “golpes” recurrentes por parte de generales u otros jefes militares, que realizan efímeras revoluciones sin lograr crear un orden nuevo, tal como sucede generalmente en América Latina (2) (tal como se ha ya mencionado, resulta una excepción cuando se impone un régimen militar en situaciones de emergencia).

Pero en la situación mencionada pueden también presentarse casos en los cuales el principio de fidelidad jurada se convierte en problemático por razones sumamente diferentes de las derrotistas y anárquicas antes mencionadas. Uno de estos casos se lo tiene cuando, en lo alto, en la esfera puramente política, se caiga en la traición. La fidelidad no puede pues no ser puesta en discusión por parte del que obedece, cuando aquel que de la fidelidad y del honor debería dar el ejemplo más algo viene a menos. Así ayer partes del ejército francés se habían considerado libres del vínculo de fidelidad militar ante De Gaulle cuando éste se apartó de los principios en el caso de la sublevación de Argel. Algo análogo pudo acontecer ayer entre nosotros en las muy notorias contingencias (3).

Sin embargo es claro que se trata aquí de casos-límite. Los mismos no pueden ser sustentados por parte de quien trata de socavar las bases sobre las que se apoyan la consistencia del ejército y su mejor tradición: o en nombre de una deletérea ideología, o también, en muchos otros casos, actuando en razón de fines subversivos precisos pero no declarados.

En efecto, si nos referimos a Italia, si bien la tradición militar italiana no tenga raíces tan profundas como las tuvieron otras naciones  a raíz de una más larga historia y de una más adecuada estructura política, el ejército es la única fuerza sobre la cual quizás se puede contar, sobre el cual se pueda apoyar en eventuales horas decisivas. La disolución democrática interna, la claudicación ante las fuerzas de la Izquierda parece hoy tener en Italia un tal ritmo, que aquellas horas bien podrían avecinarse. Y si las fuerzas políticas de una verdadera Derecha que aun defienden un más alto ideal del Estado tuviesen, en aquel momento, que buscar un aliado, probablemente podrán hallarlo tan sólo en el ejército: en un ejército que resista contra las influencias disgregadoras de las cuales hemos hablado, y restituya el antiguo prestigio a la profesión de las armas.

(de Il Conciliatore, abril de 1973)

(1)        Lamentablemente nuestros militares argentinos no leyeron en su momento tales premonitorias indicaciones, sino que con una ingenuidad absoluta entregaron el poder a los políticos democráticos, quienes serían más tarde los encargados de juzgarlos y condenarlos como en Nüremberg.

(2)        Afirmación realmente acertada en lo relativo a nuestro país en donde los pretendidos golpes de estado, lejos de significar revoluciones que restauraran el perdido principio antidemocrático de autoridad, significaron intentos de corrección de tal sistema caduco, con las consecuencias nefastas vividas luego por los mismos militares. Por lo tanto los mismos no fueron sino efectos de una subversión previa acontecida.

(3)        Se refiere aquí a lo acontecido con el gobierno italiano en 1943 cuando su monarca traicionó los compromisos pactados por su aliado de ayer pasándose de manera traicionera al bando de los enemigos. En tal caso muchos militares italianos se sintieron liberados del vínculo de fidelidad.

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Julius Evola: La Navidad Solar

Julius Evola: La Navidad Solar

Sobre el plano espiritual, la doctrina de la raza debería tener al menos, entre otros, dos resultados de una gran importancia. En primer lugar, provocando un retorno a los orígenes, debería aclarar los significados más profundos de la tradición y de los símbolos, oscurecidos en el curso de los milenios y que hoy no sobreviven sino fragmentados y bajo la forma de costumbres o fiestas convencionales. A continuación, la doctrina de la raza debería revivificar la concepción del mundo y de la naturaleza, limitar todo cuanto de racionalismo, de profano, de cientifista, y de fenomenológico, desde hace siglos, seduce al hombre occidental, pues todo ello está estrechamente relacionado. En cuanto al sentido viviente y espiritual de las cosas, de los fenómenos, encontraremos las mejores referencias en las concepciones solares y heroicas que son propias a las más antiguas tradiciones arias.

Pocos sospechan hoy que estas fiestas aún celebradas en la época de los grandes rascacielos, la televisión, los grandes movimientos de masas en las ciudades, perpetúan una antiquísima Tradición, que nos refieren a los tiempos, donde, casi en el alba de la humanidad, se inició el movimiento ascendente de la primera civilización aria. Una tradición en la que se expresa menos una creencia particular de los hombres que la gran voz de las mismas cosas.

A este respecto, es preciso decir, ante todo, que en el origen, la fecha de Navidad y la del principio de año, detalle generalmente ignorado, coincidían. Esta fecha no era arbitraria, sino que estaba en relación con un acontecimiento cósmico preciso: el solsticio de invierno. En efecto, el solsticio de invierno cae el 25 de diciembre, que posteriormente se convirtió en la fecha de Navidad pero que en el origen tenía un significado especialmente "solar", y esto ya en la Roma antigua. La fecha del nacimiento, en Roma, era la del nuevo Sol, Dios invencible –Natalis Solis Invicti-. Con ella, día del sol nuevo –Dies Solis Novi- en la época imperial comenzaba el año nuevo, el nuevo ciclo. Pero esta "Navidad Solar" de Roma en la época imperial, nos remite a su vez a una tradición más antigua de origen nórdico-ario. Por lo demás, el Sol, la divinidad solar, se menciona ya entre los dei indigetes. Las divinidades de los orígenes romanos, herederas de ciclos de civilizaciones todavía más antiguas. En realidad, la religión solar del período imperial, fue muy ampliamente recuperada, casi como un renacimiento, lamentablemente alterado por diferentes factores de descomposición, de la antigua herencia aria.

La prehistoria itálica pre-romana es por otra parte muy rica en rastros de cultos solares: carros solares, discos con radios, cruces de todos los tipos, sin exclusión de la svástica, grabadas, por ejemplo, sobre hachas arcaicas encontradas en el Piamonte y la Liguria. Se puede así constatar el paso, en Italia antigua, de una tradición que, desde la Edad de Piedra, deja, huellas idénticas a lo largo de los itinerarios de las grandes migraciones ario-occidentales y nórdico-arias. Símbolos, signos, hierogramas, rudimentarias anotaciones de calendarios o de astrología, representaciones sobre vajillas, armas, ornamentos, enigmáticas disposiciones de piedras rituales o de cavernas; luego, más tarde, ritos y mitos que sobrevivieron en las civilizaciones más tardías. Si se estudian estos vestigios según los nuevos puntos de vista, propios a las investigaciones espirituales y raciales del mundo de los orígenes, se encuentran testimonios concordantes y unívocos sobre la presencia de un culto solar unitario, centro de la civilización de los pueblos arios primordiales, pero también de la importancia que tenía la fecha "de Navidad" para ellos, es decir, de la fecha del solsticio de invierno, el 25 de diciembre.

Para evitar cualquier equívoco en el espíritu de algunos lectores, subrayamos que cada vez que hablamos de un culto solar prehistórico, no entendemos una forma inferior de religión naturalista e idolatrica. Si es una fábula estúpida que la antigua humanidad y sobre todo la de la gran raza aria, divinizara supersticiosamente los fenómenos naturales, por el contrario, es del todo exacto que la Antigüedad concibió los fenómenos naturales, esencialmente como símbolos sensibles de albergar significaciones espirituales, es decir, más o menos, como soportes ofrecidos a los sentidos, por la naturaleza, para presentir estos significados transcendentales. Quien haya podido decir en ocasiones que aquello sucedió en otros troncos y en otros pueblos, podemos decirle, aunque ello no pruebe nada, que el paso de ciertos cultos cristianos a formas supersticiosas, es bastante frecuentes en algunas poblaciones incultas y fanáticas.

Superada cualquier forma de malentendido, el significado simbólico de expresiones arcaicas arias como "Luz de los hombres", o "Luz de los campos" (Landa Ljome) aplicadas al sol quedan perfectamente claras. Se puede pues comprender que el curso del sol a lo largo del año, con sus fases ascendentes y descendentes, se haya planteado en términos de un grandioso símbolo cósmico. En esta trayectoria, el solsticio de invierno constituyó una especie de punto crítico, vivido en una perspectiva dramática durante el período en que los arios originarios no habían abandonado aún las regiones, sobre las que se había abatido un clima ártico y la pesadilla de una larga noche. En estás condiciones el punto del solsticio de invierno -el más bajo de la eclíptica- aparecía como aquel donde "la luz de la vida" parecía apagarse, desaparecer, precipitar en la tierra helada y desolada, en las aguas o en la sombra do los bosques, de donde, inmediatamente se eleva de nuevo desprendiendo una nueva claridad. Entonces, nace una nueva vida, se inicia un comienzo, se abre un nuevo ciclo. La "Luz de la vida" se vuelve a alumbrar. El "héroe solar" surge o renace de las aguas. Más allá de la oscuridad y del frío mortal, se vive una nueva liberación. El Árbol simbólico del Mundo y de la vida se anima con nuevas fuerzas. Está en relación con todos estos significados que, ya en la época de la prehistoria, milenios antes de la era vulgar, un gran número de fiestas sagradas celebraron la fecha del 25 de diciembre, como fecha del nacimiento o renacimiento, en el mundo como en el hombre, de la fuerza solar.

Pocos saben que incluso el tradicional Árbol de Navidad, todavía en uso en numerosos países, pero relegado al papel de juguete para niños y de costumbre para las familias burguesas, es una supervivencia miserable de la antigua y severa tradición aria y nórdico solar. Este árbol, siempre de la familia dé las coníferas, semper virens, planta que no muere durante el invierno, reproduce el arcaico Árbol de la Vida o del Mundo que, en el solsticio de invierno, se ilumina de una nueva luz, expresada precisamente por las velas que lo decoran y que se alumbran en esa fecha. En cuanto a los regalos que se cargan en sus ramas -hoy simples regalos para niños- representan efectivamente el simbólico "don de la vida", propio de la fuerza solar que nace o renace. Pero el momento donde el semper virens  (la planta que permanece verde y que no muere jamás) se renueva y se ilumina en el simbolismo primordial es idéntico a aquel en el que el "héroe solar" surge de las aguas. Según un mito que se ha perpetuado hasta la Edad Media, tras haber jugado un papel importare en las leyendas relativas a Alejandro Magno, el Árbol Cósmico es también un Árbol Solar en relación estrecha con el llamado "Árbol del Imperio",  Arbor Solis, Arbor Imperii.

Esto nos lleva a considerar otro aspecto interesante de estas tradiciones, que nos permitirá referirnos más particularmente a la antigua romanidad. El mitraismo, o el culto a Mitra es la forma más tardía asumida por la antigua religión ario-irania (mazdeísmo) en una formulación particularmente adaptada a una mentalidad guerrera. Este culto se extendió en el Imperio romano; bajo Aureliano, la fecha de la "navidad solar" o solsticio de invierno, el 25 de diciembre, se identificaba con la del Natalis Invicti, es decir, con el nacimiento de Mitra considerado como un héroe solar.

A propósito del mitraísmo en Roma sería muy superficial por no decir equivocado, hablar sic et simplicer, de "importación" o de "influencias orientales". Oriente en aquella época era muy complejo, figuraban elementos muy heterogéneos, y entre ellos, indudablemente, algunos rasgos importantes y no corruptos de la más antigua herencia espiritual de los pueblos arios e indo-europeos.

En cuanto a la relación que se estableció entre Mitra y la Navidad solar romana, un eminente estudioso confirmó pertinentemente que no constituía una alteración, sino más bien una renovación del calendario romano según el antiguo aspecto astronómico y cósmico, que había tenido en los tiempos primordiales de Rómulo y de Numa y que confería a las fiestas el significado de grandes símbolos en la coincidencia de sus fechas con las grandes épocas de la Vida del Mundo.

Tras lo cual, se vuelve importante examinar el atributo de Invictus-Aniketos, dado a Mitra, al héroe solar en la nueva concepción romana. Es un atributo "triunfal". En las tradiciones ario-iranias originarias, y en las que les son próximas, es el atributo de cualquier naturaleza celeste y, en particular del sol (cuya luz triunfa sobre las tinieblas) fuerza uránica luminosa contra la cual las potencias de la noche y de la sombría tierra son importantes. Pero en Roma, vemos que el epíteto, Invictus, se convierte en el título imperial de los Césares; y sabemos, por otra parte, que el mitraísmo era menos el culto a una divinidad abstracta que la voluntad de infundir a los iniciados, gracias a una cierta transformación de su naturaleza, la cualidad misma de Mitra. Lo que explica la tendencia a concebir simbólicamente y analógicamente el atributo solar, dotando de él al hombre y haciéndolo la marca y el tipo de un ideal superior de humanidad, es decir, de una supra-humanidad. Al igual que el sol renace, eterna y victoriosamente de las tinieblas, igualmente una eterna victoria interior sobre la naturaleza mortal e instintiva se realiza en el individuo que una virtud mística vuelve, en general, verdaderamente digno de la función regia, el jefe, el Dux. Es así como Roma veneró a Mitra y en Mitra veneró al héroe solar, un fautor imperii y como se establecía una estrecha relación de simbolismo solar con las ideas de realeza y de Imperio, bajo su forma más elevada.

Tal relación un relieve particular en las tradiciones heroicas de los antiguos pueblos arios, como ya hemos dicho estudiando la doctrina mística de la "gloria". No deseando detenernos en ello, nos limitaremos a recordar la presencia de significados idénticos en la antigua Roma. La Victoria Caesaris, es decir, la fuerza triunfal mística simbolizada por una estatua que se transmitía de un César a otro, refleja exactamente las más antiguas tradiciones ario-iranias de la realeza y del Hvareno; pues no olvidemos que el Hvareno equivalía a una misteriosa fuerza solar de invencibilidad y de gloria que investía a los jefes, haciendo algo más que simples mortales y testimoniando su victoria.

Una antigua efigie del Sol representa este dios simbólico con la mano derecha elevada en gesto "pontifical" de protección y la mano izquierda manteniendo un globo, símbolo de la dominación universal. En otra representación, sin embargo, se puede ver a este Dios que transmite el globo al Emperador, junto a una inscripción refiriéndose a la "solidaridad", a la estabilidad y al Imperium de Roma: SOL CONSERVATOR ORBIS, SOL DOMINUS ROMANI IMPERII. Otra medallón particularmente interesante lleva, en el anverso, la imagen del Emperador con la cabeza ceñida del semper virens, con el follaje siempre verde, mientras que el reverso representa al dios solar con el globo y además, una svástica (de lo que constatamos así la presencia igualmente en la Roma antigua de este símbolo) y la inscripción: SOLI INVICTO CONITI (al Dios solar, compañero invencible). Otra imagen, conservada en el Museo del Capitolio, nos muestra la asociación del símbolo del Sol Sanctissimus con el águila, el animal fatídico de Roma, del que se creía que portaba el espíritu y el alma de los Emperadores muertos lejos de la pira funeraria, hacia el cielo. No pensamos que sea casual afirmar que estos testimonios, que se podría multiplicar, nos hablan de un verdadero y real mandato divino solar, alma viviente de la función imperial de los Césares que, para nosotros, en el mundo antiguo, fue una especie de última luz de significados arcaicos que se perdieron poco a poco.

En la antigua semana romana, el "Día del Sol", era el día del maestro, y este sentido se conservó en las épocas sucesivas bajo el vocablo domenica en italiano, sonntag en alemán o sunday en inglés para este día que festeja literalmente el "Día del Sol" reflejando así la antigua concepción solar aria. Algo de la sabiduría de los orígenes parece pues haberse conservado, de cierta manera, en la fiesta anual de Navidad, aunque la celebración del nuevo año se haya disociado. El simbolismo de la luz se ha conservado -y si recordamos también en el Evangelio de Juan se dice: "Erat Lux vera, quae illuminat omnem hominem venientem in hunc mundum"- así como el atributo de "gloria" que permanece posteriormente. En los monumentos del primer período romano el símbolo solar está unido al de la cruz.

En la tradición aria y nórdico-aria y en Roma, el mismo tema tuvo un alcance no sólo religioso y místico, sino también sagrado, heroico y cósmico al mismo tiempo. Fue la tradición de un pueblo, a quien la naturaleza, la gran voz de las cosas hablaron de un misterio de resurrección, de nacimiento o de renacimiento de un principio no sólo de "luz" y de vida nueva, sino también de Imperium, en el sentido más alto y más augusto de la palabra.

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España ante el Islam

España ante el Islam

Hace unos meses se me ofreció la oportunidad de dar mi opinión sobre el Islam en una conferencia para un grupo de patriotas. Petición que he tenido el honor de recibir de Raúl y Yordi, y a quienes agradezco la oportunidad poder dárosla. Vaya por delante mi compromiso de lealtad, es decir, de deciros la verdad de lo que pienso sobre este asunto. Por tanto mi papel no es el de exponer una lección al estilo académico, sino de trasladaros mi verdadero parecer sobre un tema que es necesario afrontar sin vendas sobre los ojos, con vistas a tomar una actitud respecto a un problema actual. Esas vendas que pueden ser de diverso tipo, bien para esconder la realidad tras excusas de tipo económico, bien tras supuestos valores religiosos, humanistas, etcétera. Cualquier cosa sirve con tal de no reconocer la magnitud del problema que ya está entre nosotros. Una de las primeras carencias detectadas al acercarnos al fenómeno actual del Islam es que muy pocos autores son verdaderamente útiles para elaborar un pensamiento de defensa frente a la invasión que estamos padeciendo. Pero no todo es desechable, y existen en verdad algunos dignos de elogio de los que me siento deudor en algunos de los argumentos que voy a exponer. Ya para empezar habréis notado que he introducido dos conceptos: “pensamiento de defensa” e “invasión”. Posteriormente veremos por qué, porque sólo puede hablarse de invasión respecto de algo extranjero. Los separatismos son un problema, un grave problema, pero forman parte de nuestros demonios nacionales, a nadie se le ocurre decir que los separatismos son problemas exteriores a España. Sin embargo, ante el problema del Islam hay que establecer una actitud distinta puesto que se trata de un elemento alógeno por completo a nuestra cultura y a nuestra idiosincrasia. Pero antes de extenderme más, quiero dejar una cosa clara: Que no voy a realizar una exposición desde el punto de vista verdadero/falso en el sentido metafísico del término, sino desde la disyuntiva nuestro/ajeno, como pueblo. El compromiso que merece el planteamiento religioso, exige una prudencia que aconseja soslayar dicha perspectiva en esta ocasión, puesto que probablemente habría que dedicar antes una o varias sesiones monográficas al problema de la religión en Occidente, cuestión muy grave, y que constituye, por el gran vacío existente, una brecha de penetración en las gentes de Europa. Por el momento el Islam, independientemente del seguimiento que goza por parte de las nuevas generaciones nacidas de inmigrantes mahometanos, ha cautivado a reducidos sectores con cierta formación intelectual. Pero no cabe duda de que existe un peligro de expansión ideológica fruto del vacío interior de Occidente. El Islam no nace por generación espontánea en una tierra de arena y simples beduinos, sin más circunstancia cultural que las dunas del desierto de la península de arábiga. Arabia era una región fronteriza con el Imperio Romano y luego con el Bizantino. Asimismo tenía en frente al Imperio Persa, la propia vega del Éufrates y Tigris no queda lejos de sus límites, es decir en su entorno ha habido desde tiempos muy lejanos acontecimientos culturales de primer orden, sin olvidar el imperio faraónico y la influencia israelita. Es importante señalar esto, porque se ha pretendido presentar al Islam como una religión tan revelada, que nace prácticamente sin ninguna influencia cultural, cuando lo cierto es que los árabes en el momento del surgimiento de Mahoma como jefe religioso eran un universo de intensos consumidores de las opciones religiosas de la época. En el siglo XXIV a.C. la región oriental de Arabia, Bahrain, se había convertido en un lugar de paso entre Mesopotamia, el sur de la península e India. Hacia fines del segundo milenio a.C. comenzó el tráfico de mercancías mediante caravanas entre el sur y la parte fértil de Arabia.  Se cree que la domesticación del camello sucedió hacia el siglo XII a.C., hecho que contribuyó a facilitar las travesías del desierto y el desarrollo del reino de Saba, en la parte meridional. Más adelante, la observación de los ciclos de los vientos monzones dio lugar a un intenso flujo de navíos entre India (en algunos casos incluso China) y el sur de Arabia. Dicho tráfico comercial seguía también hasta los puertos del norte del Mar Rojo y el Mediterráneo. De modo que no nos encontramos ante unas tierras ajenas a las corrientes de pensamiento que ocurrían en aquellos siglos, sino con un pueblo que estaba al corriente de lo que sucedía y que tenía influjos de su entorno y de las corrientes de ideas que llevaban y traían los mercaderes que atravesaban la inmensa tierra arábiga.  

Panorama religioso en Arabia antes de mahoma

 Detengámonos especialmente en los sabeos, por la evidente semejanza de algunos de sus ritos con los coránicos.SabeísmoNo era un politeísmo en el sentido estricto pues adoraban a un sólo Dios,(Allah Taala) pero consideraban como agentes de éste a los Siete Angeles que presidían los astros y los llamaban al-Ilaat.Entre sus prácticas religiosas ocupaba un lugar relevante la oración; la realizaban tres veces al día  : al salir el sol rezaban ocho plegarias, posternándose tres veces por cada una ; al medio día cinco e igual número en el ocaso.La Kaaba, en la Meca, era centro espiritual del SabeísmoAllí se encuentra la famosa piedra negra, que en un tiempo fue diamante en llamas (meteorito), la cual, dicen, en su caída del cielo iluminó toda Arabia como la luz de la aurora y que la maldad humana hizo que fuese tomando color negro.A la Kaaba iban en peregrinación todos los años los devotos sabeos, dando siete vueltas a su alrededor, besando siete veces la piedra negraEn el sabeísmo también está presente la creencia en los genios.MandeanosDe acuerdo con la cosmología de los mandeanos,  el Universo está constituido por dos fuerzas: el mundo de la luz situado al norte y el de las tinieblas al sur. Hay un principio rector de ambos y alrededor de los superiores hay pequeños dioses llamados reyes. Entre ambas fuerzas hay hostilidad y un fruto de esta lucha fue la creación del mundo, sin el permiso supremo de la luz. El ser humano fue creado por las fuerzas de la oscuridad, pero en cada uno de nosotros hay un Adán o una Eva ocultos, es decir: el alma, la cual tiene origen en el mundo de la luz.NestorianosAsí como de manera análoga hay dos naturalezas en Cristo, es necesario admitir también que existen en Él dos sujetos o personas distintas.Por la encarnación el Logos-Dios no se ha hecho hombre en sentido propio, sino que ha pasado a habitar en el hombre JesucristoMonofisistasEran otra iglesia cristiana con predicamento en Arabia, su origen está en una reacción frente al nestorianismo. Eutiques, un monje que presidía un convento en Constantinopla, sostenía que el Verbo Encarnado no era de dos naturalezas sino que éstas se unieron para formar una sola naturaleza personal, la cual era divina.Así llegamos al año 570, en que nace Mahoma. Huérfano desde niño, se casa con una viuda acaudalada. Comenzó a predicar su fe en Alá. Habiendo sido rechazado al principio en La Meca, logró el apoyo de los jefes tribales de Medina, a donde ser traslada en el 622 d.C., año en que comienza la cuenta de la era musulmana. La gran conquista mahometana comienza con la entrada de su líder en La Meca en el año 630. Tras la muerte del caudillo fundador, Omar, segundo califa, asumió la dirección de la conquista árabe. En sólo diez años los  árabes ocuparon Siria, Palestina, Egipto y Persia. Aunque el centro de gravedad político se traslada a Damasco, son los árabes la casta de gobierno de tan bastos territorios. La península arábiga no logró superar su estructura de ciudades rodeadas por desiertos de arena y tribus cruzándola en toda su extensión. En los siglos sucesivos además sufriría una sangría demográfica, que alimentaba a las clases gobernantes de la Unma. En el siglo VIII las fronteras del Islam se extendieron desde África del Norte y España, en Occidente, hasta Pakistán y Afganistán, en el Este.  Posteriormente surgió el califato de Bagdad y las amplias conquistas comenzaron su fragmentación. Los abbasíes sucedieron a los omeyas de Damasco. El califato de Bagdad fue fundado por Abú-Abbas, que mató a todos los miembros de la familia Omeya.  

El Islam invade España

  Las disputas intestinas de la aristocracia visigoda llevaron a uno de sus nobles, Witiza, a pedir la entrada de los sarracenos (palabra que significa “habitante del desierto”) en España para apoyar sus pretensiones dinásticas. Tras vencer a D. Rodrigo en la batalla de Guadalete el 26 de julio del 711, los árabes se hacen con toda la península en pocos años. Pero no era ésta la primera vez que pueblos semitas cruzaban el estrecho de las Torres de Hércules. En el siglo II de nuestra era hubo un par de invasiones de pueblos "mauri". La primera afectó a la Bética. La segunda, a la Bética y a la Lusitania. Ambas fueron frenadas echando mano de la VII legión acantonada en Hispania. En la segunda, además, los romanos les persiguieron al otro lado del estrecho.  Es necesario recordar que en plazas importantes los invasores contaron con la colaboración de una minoría no asimilada que, llegada la hora decisiva para la tierra que le había dado cobijo, se puso del lado del expoliador: Me refiero a los judíos, que llegaron incluso a abrir las puertas de la capital del reino godo, Toledo, para que entrasen las tropas invasoras. Recordemos que los israelitas tampoco nombran a España por su nombre, sino que tienen el suyo para llamarla, Sefarad. La tropa invasora está compuesta principalmente por sirios y mauritanos. Situémonos en aquel momento, el Islam la anega todo, como una presa que ha roto las compuertas y reventado el muro de contención. Nada se resiste a los nuevos amos. Unas veces por la fuerza de las armas, otras por acuerdos de vasallaje, pero al final toda la península hasta los Pirineos cae bajo su soberanía. Todo, excepto un pequeño territorio del norte, donde un reducido contingente de patriotas decide plantar cara al enemigo. En las montañas de Asturias, en la zona conocida como Covadonga, la grandeza de los irreductibles no consistió en estar dispuestos a luchar hasta la muerte. Esa es una gran gesta, pero como esas hay alguna más en la historia de los pueblos. La grandeza de la resistencia de los combatientes agrupados en torno a Pelayo fue que, pese a que el enemigo les rodeaba, no se trataba de una lucha sin cuartel, ni se les exigía una rendición incondicional. Al contrario, se les ofrecía la conservación de vidas, haciendas y categoría social, tan sólo tenían que pagar un simbólico tributo al Califa. Pero eso es precisamente lo que los resistentes españoles no estaban dispuestos a conceder al enemigo ni concederse a si mismos. Es más, el príncipe de la Iglesia española de aquel entonces, el Obispo de Toledo, Opas, viajó exclusivamente a entrevistarse con los combatientes cristianos para legitimar su rendición al Islam sin cargo de conciencia alguno. No sabemos si Opas, como gesto ecuménico, llegó a besar el Corán ante Pelayo… El resultado de las gestiones de Opas y de los parlamentarios musulmanes es de todos conocido, así como el resultado de la batalla de Covadonga.  ¿Quiénes componían aquel grupo de resistentes? No sólo lugareños, sino también aquellos que, viniendo del sur, no se habían avenido a negociar su rendición, aquellos que no habían admitido transacción con lo fundamental, que está por encima de la hacienda y de la propia vida individual. El naciente reino de Asturias creció sin frontera con cualquier otro reino cristiano, incomunicado con las referencias de la Cristiandad europea. Pero, superada la primera fase de la reconquista, se tomó contacto con la Europa de Carlomagno, se observó que, sin seguir el modelo del otro lado de los Pirineos, en las montañas del norte español crecía una cultura similar a la de los  restantes reinos de Europa. Esto ha llevado a decir a Claudio Sánchez Albornoz que Asturias es la región más europea de las españolas, no la catalana, que creció como europea con tan sólo alzar la vista sobre la valla pirenaica para mirar el modelo francés. Asturias fue europea sin referencias, sin modelo al que seguir, porque el modelo estaba dentro de ella misma. Naturalmente que hubo contactos, viajes, enlaces matrimoniales, el Camino de Santiago, etc, pero Asturias decidió ser Europa siguiendo su propia fuerza interior, y con ello dotó a España de un carácter que la haría inasimilable por el Islam, estableció la semilla de la refractariedad entre ambas culturas, entre ambos modos de entender la existencia. 

Los invasores aprovecharon parte de la aristocracia goda que cedió a la presión, para dirigir algunos territorios, como en el sureste y en Zaragoza. Pero mayoritariamente fueron colocando a árabes y sirios en los puestos de responsabilidad.

 

Una vez conseguido el asentamiento, los métodos para hacerse obedecer no se corresponden con la idea que algunos panegiristas pretenden hacernos creer. Las revueltas dentro del propio territorio andalusí fueron numerosísimas, reprimidas expeditivamente, entre cuyas medidas la crucifixión no era excepcional.

 

Además, en los mejores tiempos de la permisividad religiosa, durante la época omeya, que relativamente duró poco, ya no se podían construir más templos que no fuesen musulmanes, ni tañer las campanas de las iglesias, ni culto público de otra fe que la musulmana.

 

El propio estilo de dominación conllevaba un despotismo de tipo oriental, que repugnaba a las propios muladíes (antiguos hispanos convertidos al Islam) y mozárabes (hispanos en territorio andalusí). Es muy  significativa la conocida rebelión de Omar ibn Hafsún, un caudillo muladí, que trajo en jaque al Emir de Córdoba, llegando a controlar la mayor parte del sur de Al-Andalus. Cuando se vio con suficiente poder, el hispano se hizo bautizar, lo que levantó la ira irrefrenable del fanatismo islámico, hasta que Abderramán III acabó con la sublevación. Por cierto, que este individuo, autoproclamado Califa, y que pasa por ser uno de los personajes más significativos de la cultura andalusí, se reiteraba en su crueldad, estando registradas en su haber numerosas matanzas masivas, de propios y cristianos, como la realizada en el Monasterio de San Pedro de Cardeña, donde ordenó degollar a los doscientos monjes que lo habitaban.

 Eran los tiempos de la permisividad andalusí, cuando florece su recordada cultura, la época omeya, en el siglo X. Luego vendrían tiempos peores. A propósito del cuidado que los árabes mostraron con los monumentos que había en la España conquistada, baste con recordar que la magnificente residencia califal de Medina Azahara, en los alrededores de Córdoba, fue destruida en el transcurso de una revuelta intestina. Si esto hacían con sus propias obras, imaginemos lo que hicieron con las ajenas.  El que una parte importante de las edificaciones árabes realizadas en España hayan sobrevivido ha sido gracias al cuidado de los españoles que, una vez reconquistadas las ciudades, conservaban los monumentos. Prueba de ello es la comparación que se puede hacer hoy entre Córdoba con Damasco, donde ha desaparecido la gloria monumental del pasado califal.  

Las infraestructuras creadas por los romanos dejan de tener la atención necesaria para su mantenimiento. La creación de nuevos núcleos urbanos se concentra, principalmente, en cambiar el nombre a los ya existentes. Es falso que la casa típica andaluza tenga origen árabe, sino que es de procedencia romana, la aparcería estaba calcada de los bizantinos y en agricultura seguían los patrones de riego y canales que habían dejado los romanos. Lo que sí implantaron fue el sistema latifundista, que sobrevive en el sur de España, como herencia de aquel sistema de propiedad acumulativa con que el Islam premiaba a la casta árabe dirigente, especialmente a la persona del Califa, el gran terrateniente.

 El aprovechamiento de los recursos minerales no sólo sufrió retroceso, sino el abandono total, como fue el caso de las minas de cobre en Huelva. 

Sin embargo Al-Andalus se convirtió en el gran centro comercial de trata de humanos. Traían negros del Sudán que vendían en los grandes mercados y prisioneros blancos que lograban en las aceifas o ataques que cada verano realizaban contra los reinos del norte. También procedían de la piratería mediterránea y, algo, del comercio con germanos, a los que compraban prisioneros eslavos.

 En base a la arquitectura visigoda, popularizaron el arco de herradura como algo típico de su cultura, cuando en realidad es un elemento arquitectónico sobre cuya creación el árabe ha sido absolutamente ajeno.  En el año 1031 se da por concluido el Califato y comienzan los reinos de taifas. A partir de entonces se acentúan aun más las peculiaridades agarenas en el modo de conducir el gobierno de los pueblos. Despotismo unido a continuas disputas intestinas parecen haber transcendido hacia los reinos del norte, traspasando los siglos y proyectando esta deformación gubernativa hasta nuestros días.   

La marcha hacia el sur

 Los godos se establecen en España hacia la segunda década del 400. Eran un pueblo de los que Roma llamaba bárbaros, un apelativo onomatopéyico por el efecto que les causaba su lengua. Otros pueblos ya les habían precedido en su entrada en la provincia más occidental del Imperio, como los alanos (arios de las montañas de Irán), o vándalos y suevos (ambos del tronco germánico). El pueblo visigodo, originario de la península escandinava, que tras un largo período en el noroeste de Alemania, se adentró en los territorios del Imperio Romano, acabando su periplo en la provincia más occidental de éste. Es importante recordar que los visigodos ni cambiaron el nombre, ni, lo que sería mucho más grave, negaron la civilización de la que España formaba parte. Hecho imposible, desde el mismo momento en que son los visigodos los que la abrazan como propia. Más bien habría que afirmar que los godos al adoptar la cultura latina toman para si un ropaje que cubría unos valores comunes a bárbaros y romanos. Cuando los árabes entran en la Península Ibérica a principios del siglo VIII, Hispania era un reino consolidado. Aunque padecía luchas intestinas entre los aristócratas, sin embargo su concepción territorial estaba netamente definida. El reino visigodo era el heredero de la antigua provincia romana de Hispania, a la que le había dado cuerpo político y continuidad en su vinculación con la cultura greco-romana. Tan claro era este concepto, que los godos, pudiendo haberle cambiado el nombre a la provincia conquistada (hubo un momento de cierta indecisión y España pudo haber pasado a llamarse Gotia) como había sucedido en la Galia (que perdió su denominación, siendo reconocida hoy como Francia, o reino de los francos) sin embargo mantuvieron el milenario nombre de Hispania, que por evolución fonética se conoce hoy como España. Por el contrario la invasión agarena cambia el nombre al nuevo territorio botín de su expansión, y, lejos de mantener el antiguo, implanta uno nuevo: Al-Andalus, de origen discutido y sobre el que existen distintas interpretaciones, pero, en cualquier caso, lo que está claro es que se rechazó el nombre clásico de España. Esta transmutación  expresaba por sí sola la pérdida de la naturaleza “occidental” de cuanto Hispania había sido hasta entonces. España no sólo perdía el nombre, sino que dejaba de formar parte de la latinidad y del  conjunto de pueblos europeos que habían poblado el continente y habían irradiado su cultura desde el Mediterráneo. Así que con la llegada del Islam España perdía nombre, territorio, civilización y raza. Sí, incuso raza, pues por un lado, en la casta dominante estaban los árabes, bien procedentes de Siria, del Yemen o de otros territorios por donde se habían extendido. Y por la base, se produjo una continuada inmigración de gentes africanas, los conocidos como “moros”, que, junto con los primeros, hacen que no se le pueda negar el calificativo de racial a la invasión sufrida. Tal era la conciencia de filiación patria que existía en el reino antes de la invasión semita, que S. Isidoro de Sevilla (siglo VII) en las Etimologías dice: “¡Oh, España! La más hermosa de todas las naciones que se extienden desde Occidente hasta la India. Tierra bendita y feliz, madre de muchos pueblos… De ti reciben la luz el Oriente y el Occidente. Tú, honra y prez de todo el orbe; tú, el país más ilustre del globo… Con razón, ya hace tiempo, te deseó la dorada Roma, cabeza de gentes y, aunque vencedor, aquel empuje romano te desposara primero, luego el muy floreciente pueblo de los godos, tras haber conseguido numerosas victorias, a su vez te tomó y te amó…” 

Es importante dejar bien sentado que España no nace en 1492, con la reconquista del sur peninsular, sino que en el cuatrocientos, con los visigodos asentados definitivamente en España, tenemos una antigua provincia romana que en pocos años se va a convertir en un auténtico reino.

 Insisto en que es fundamental retener este dato, porque toda la legitimidad de la Reconquista está basada en la “recuperación del reino de los godos”, y la idea de la “pérdida de España”, tal como aparece en numerosos documentos de los largos siglos de marcha hacia el sur.  La etapa visigoda fundamental para nutrir de legitimación la recuperación territorial. Con una constancia sin par en todos los pueblos de la tierra, que en palabras de Sánchez Albornoz hacen que España sea una excepción, los hispanos recuperan palmo a palmo la península en una hazaña que ni siquiera la imaginación de las canciones de gesta o las sagas nórdicas habrían imaginado.  Desde los primeros tiempos los reyes del norte pretenden ser Rex Hispaniae o Imperator Hispaniae. Así tenemos a Alfonso III (866-910), Alfonso VI (1072¨-1109), Alfonso VII (1105-1109), o Alfonso X que fue pretendiente a la corona del Sacro Imperio Romano-Germánico. Así también tenemos a Sancho III de Navarra, que también se tuvo a si mismo por Rex Hispaniae. 

Es decir, en todo momento, en una cadena que no se rompe en ninguna generación, existe una continuidad de no darse por vencidos, en no admitir la situación como definitiva. España se encuentra bajo la losa de la sepultura islámica, anegada por un océano que ahogaba todo cuanto no fuese islámico. Y sin embargo existió un pueblo que no se dio jamás por vencido, que nunca reconoció en los invasores a unos connacionales, pese a que cuando la Reconquista llega a Granada ya han pasado casi ocho siglos. Hay que añadir que el sentimiento era recíproco. En todo momento existió la conciencia de estar viviendo bajo la opresión de una identidad ajena. Esta fue la clave de la refracción innata. Un proyecto de esta magnitud no hubiera sido posible si sólo hubiera sido sentido por las clases dirigentes. Fue una conciencia colectiva de todos, de todos los estamentos sociales, que se sentían como expulsados al exilio dentro de su propia tierra.

 En varias ocasiones el impulso español pudo haber echado al invasor al otro lado del Estrecho, pero esta materialización tan deseada se retrasó durante siglos. Creo que hay que tener en cuenta algunos factores que han tenido un peso muy importante en la demora de la recuperación total de la Península. De un lado tenemos que las Cruzadas polarizaron durante largo tiempo el esfuerzo militar contra el Islam. Los reinos cristianos enviaban sus principales contingentes a los Santos Lugares, mientras que en Occidente seguía la lenta reconquista. El apoyo de otros reinos europeos existió, y en la Reconquista participaron caballeros de distintas partes de la Cristiandad, pero era una participación que más bien significaba un testimonio de  compromiso e identificación con nuestra causa, que una ayuda eficiente. Después de Carlomagno, poco más, y lo que se realizó tuvo que ser con recursos propios. Por otro lado había escasez demográfica. Es reconocido por todos los historiadores el despoblamiento de la cuenca del Duero, durante un largo período de la Reconquista. Pero Sánchez Albornoz afirma que esta carencia de población ya existía en la época visigoda. Es decir, las carencias demográficas de España venían desde muy atrás y con los hombres que había era necesario hacerlo todo. El territorio denominado Al-Andalus, sin embargo, no tenía estos problemas. Cuando de verdad se veían apurados de recursos humanos y materiales, acudían a África, por lo general, cuando no al Yemen, Siria u otras regiones del inmenso Islam. Así, tras la recuperación de Toledo por Alfonso VI, las taifas dan la voz de alarma y llaman a los almorávides. El norte de África fue el foco de nutrición migratoria para cubrir las fuerzas que faltaban. La invasión almohade es también otro ejemplo de cómo el Islam echaba mano del fondo inagotable de población africana para tapar la incontenible reedificación del edificio hispano. Cuando los  españoles contemplaban este fenómeno, el efecto debía ser aún más encorajinador. Al ver cómo las mermadas huestes enemigas se nutrían del saco inagotable africano, por un lado debían de notar una sensación de impotencia al ver cómo de nuevo al árbol intruso le crecían las ramas tan costosamente arrancadas. Pero a la vez, les debía de reforzar la legitimidad de su lucha ver aquellos recién llegados rostros africanos que se presentaban con derechos sobre su tierra. Imaginemos qué sensación podrían tener los españoles de la época al encontrarse cara a cara con un almorávide, de tez muy oscura, cuya fe imponía una vestimenta que cubría el rostro no sólo de las mujeres, sino también de los hombres. 

Esta lentitud en el avance, no obstante, tuvo sus efectos positivos. Por un lado servía para recuperar pobladores perdidos. Se trataba de los muladíes, españoles convertidos al Islam, como el caso del mencionado caudillo Omar. Al ir cambiando las tornas, la población que a regañadientes había profesado la religión del intruso, volvía, a pesar del transcurso de las generaciones, a la fe cristiana, y con ello a la civilización occidental. Pero a la vez, con la lenta marcha hacia al sur de la frontera, el corrimiento poblacional era en una doble dirección, pues los irreductibles, los fieles al Islam, especialmente de origen árabe y berebere, en vez de permanecer en los territorios ahora cristianos,  donde por generaciones habían vivido sus antepasados, emigraban hacia el sur. Este paso bien podía ser súbito, con la captura de las nuevas posiciones por las fuerzas españolas, o bien, si permanecían durante un tiempo, como bolsas musulmanas dentro del  territorio liberado, a la larga optaban por seguir el camino de los primeros. En ocasiones, se les “ayudaba” a tomar tan desgarradora decisión, en justa reciprocidad a las presiones y masacres que habían sufrido los cristianos que habían vivido entre enemigos durante siglos.

 

La larga persistencia del rincón musulmán del sur, en particular el reino de Granada, facilitó la emigración hacia tierras islámicas, sin necesidad de tomar el barco. Por otro lado, antes de las expulsiones realizadas tras la conquista del último reino moro, había habido diferentes “empujones”, como el acaecido en 1270, donde los insurrectos moriscos que subsistían en la Bética reconquistada fueron expedidos hacia Granada. O el que sucedió a la reconquista de Valencia, el 28 de septiembre de 1238, en que sus 50.000 habitantes abandonaban la ciudad por voluntad propia o ajena, pero la abandonaban, hacia Denia y Cullera. Otro tanto sucedió en Sevilla.

 

Aún así, cuando la Reconquista llega al mar del sur, el arco atlántico que conduce al estrecho hoy llamado de Gibraltar, o en el lado opuesto, por la zona de Málaga, también se produjo un goteo continuo de población desde la parte musulmana hacia el norte de África.

 

Fue inútil ya todo intento de refuerzo con sangre nueva de la irremisiblemente perdida Al Andalus. La llegada de una nueva horda fanática, digna heredera de los almorávides o almohades,  como la de los benimerines, fue un esfuerzo inútil.

 

Este casi inacabable combate está jalonado de múltiples gestas y batallas, que no vamos a relacionar ni es el objeto de esta exposición. La referencia a los hechos históricos, no obstante, es necesaria para reforzar el concepto, la idea subyacente tras este suceder de acontecimientos, que no ocurrieron como los vientos alisios, ni fueron fruto de un choque zoológico entre especies distintas, que lo eran, sino que hubo algo más, había una Idea, un Principio común que alentó a todos los reyes de la Reconquista, y ante el que se identificaron todos los cristianos de aquende y allende los Pirineos.

 

Podemos recordar como ejemplo de este empeño común la decisiva batalla de las Navas de Tolosa, donde juntaron sus fuerzas Castilla, Aragón, Navarra y caballeros francos y alemanes.

 

Allí acudieron los caballeros de las Ordenes de Calatrava y Santiago, del Hospital y del Temple, los portugueses, leoneses, gallegos y asturianos que fueron por su propia iniciativa.

 

La batalla se había planteado como una Cruzada, querida y deseada por el pueblo de ambos lados de los Pirineos. El trovador Gravaudan la comparaba a las Cruzadas de Oriente: Saladino ha tomado ya Jerusalén, y los "perros marroquíes" amenazan a la Provenza: que "los Cruzados alemanes, franceses ingleses y bretones" -dice- vayan a España antes de que sea tarde.

 

Allí, en una de esas grandes ocasiones que vieron los siglos (parafraseando a Cervantes), Diego López de Aro, Señor de Vizcaya, vasallo del rey de Castilla, al mando de la vanguardia cristiana se lanzó resueltamente al combate. Fue rompiendo las líneas enemigas hasta que le fue imposible avanzar, pues el último cordón estaba protegido por soldados encadenados. A punto de fracasar en la embestida, mermado por una lluvia de flechas provenientes de un contingente de arqueros turcos, Alfonso VIII estuvo atento al momento crítico de la batalla y cargó creyendo que estaba casi perdida, despidiéndose antes del arzobispo de Toledo que le acompañaba "Arzobispo, muramos aquí yo y vos"... El choque fue brutal. Las cifras de combatientes varían, desde 60.000 a 12.000 por parte de los cristianos, hasta 150.000 o 22.000 por los musulmanes. La gloria de romper las cadenas que unían por las piernas a los defensores del recinto de Miramamolín correspondió al Rey de Navarra, que desde aquel 16 de julio de 1212 se incorporaron a su escudo.

 

La intención almohade iba más allá de la recuperación de la península. El plan pretendía remontar de nuevo los Pirineos. En las Navas de Tolosa se cortaron de raíz tales pretensiones. Según el historiador Paul Fregosi, su transcendencia es equivalente a la da Waterloo, el Marne o Stalingrado.

 

Prácticamente toda la campaña de recuperación exige enfrentarse a un enemigo que numéricamente era muy superior.

   Tras la conquista de Granada 

Con la conquista de Granada en 1492 se completaba la recuperación de territorio, pero aún quedaba pendiente la expulsión de los elementos alógenos que no cesarían de conspirar en situaciones muy delicadas para España en el tablero internacional.

 

Ese mismo año más de 150.000 judíos eran expulsados del solar que con su colaboración habían contribuido a arruinar. El mismo pueblo que había abierto las puertas de las ciudades para que los invasores musulmanes se hiciesen dueños de España la abandonaba el mismo año en que se recuperaba la patria perdida ocho siglos antes. 

 

La península contaba en ese momento con una población que no llega a los ocho millones de habitantes

 

Quedaban los moriscos, que apoyaban en las costas a los piratas turcos. En ellos latía la esperanza de una inminente recuperación de la península y habían hecho del apoyo exterior un elemento que combinaban con la continua situación levantisca.

 

Habían fracasado las dos políticas emprendidas para asimilarlos. Primero se encargó a Fernando de Herrera, primer arzobispo de Granada, que intentase convertirlos al Cristianismo. Como tardaban en llegar los resultados y las conversiones eran nulas, los Reyes Católicos cambiaron de política e hicieron al Cardenal Cisneros encargado del asunto. La propuesta incluía el perdón para los sublevados a cambio del bautismo. Esta medida fue nefasta en una doble dirección. Por un lado fomentó las falsas conversiones, pues insurrectos musulmanes sabían que, si las cosas les iban mal, al final siempre les quedaba la opción de bautizarse y esperar tiempos mejores para intentarlo otra vez. Que fue lo que habría de suceder. Y por otro lado enfurecía a los líderes ortodoxos, que tenían sometida a su grey y la lanzaban en armas contra la población española. Así fue como comenzó la primera insurrección de las Alpujarras.

 

En 1502 hubo un edicto de expulsión para los musulmanes de Castilla y León. La expulsión no fue completa y más adelante Carlos I se lamentaría de la política de paños calientes seguida por sus abuelos, ante el problema que habían dejado a las generaciones futuras. En 1526 el Emperador tuvo que emplear fortísimos recursos militares para reprimir la sublevación de Segorbe y Espadán. En la represión intervinieron, entre otras tropas, cuatro mil soldados alemanes.

 

Pero los problemas no se paraban ahí, sino que, con el apoyo morisco, Barbarroja asaltó Valencia en 1529, llevándose numerosos cautivos.

 

Dicho con otras palabras, los moros seguían en España. La monarquía española tenía una venda en los ojos que le impedía acometer con realismo el problema. Por un lado la creencia en las conversiones (las hubo, pero mucho más menguadas que lo que deseaba y que alguna historiografía afirma en tributo al idolatrado mestizaje), que ahorrase recursos militares tan útiles en otras latitudes. Por otra parte estaban los intereses económicos de parte de la aristocracia, que se verían quebrantados de llevarse a cabo la total expulsión de los invasores.

 

Y como el problema no se había acometido correctamente, nuevamente, en 1568, estalló una nueva sublevación. La que se recuerda como Guerra de las Alpujarras, que no fue una guerra menor. El plan era consolidar una base para el desembarco de sus hermanos turcos o africanos que tanto ansiaban. Felipe II tuvo que hacer frente a la realidad, nombrando comandante de las fuerzas españolas a Don Juan de Austria. Hasta 1570 no se logró la victoria.

 

Eran años decisivos para Occidente, donde el papel de Francia destacó por una descarada traición a los valores de nuestra civilización, apoyando a los turcos en todo cuanto pudo. Esta política era ocultada al pueblo, ejerciendo la monarquía francesa una estricta censura de su política pro-turca al tiempo que se transmitía una imagen de la potencia asiática muy conmovedora para la mentalidad francesa, mientras se denigraba la política española.

 

Occidente se lo jugó todo en Lepanto (1571), donde el contingente más numeroso lo aportó España, así como la dirección del combate, secundada por italianos de Venecia y el papado. Y allí Europa adquirió otra deuda impagable con España.

 

Pero el problema musulmán continuaba dentro de la España peninsular y los moriscos seguían dando refugio a los piratas que desembarcaban en las costas mediterráneas. Imaginad las presiones que sufrió la monarquía, desde que toma la decisión de la expulsión, en 1582, hasta el comienzo de su  ejecución unos años después. Los nobles alegaban el grave perjuicio que para la economía española supondría la pérdida de tanta mano de obra. Pero un contingente tras otro tuvo que ir a los puertos, completándose la expulsión definitiva 1614.

 

Es decir, que desde 711 que entran hasta 1614 que se les termina de echar han pasado más de 900 años. En este último empujón Romeu de Armas estima la cantidad en 500.000 los musulmanes expulsados, que respecto al total de habitantes, era un porcentaje importante en términos absolutos. Pero en realidad la proporción era mayor, pues había zonas de la península absolutamente vacías de alógenos, y por lo tanto esa cantidad hay que referirla a las zonas mediterráneas, llegando a estimarse que en Valencia la población morisca suponía más del 20% del total, según unas fuentes. Otras la sitúan en el 30%.

 

Que hubo quebranto económico nadie lo niega, pero se imponía la salvaguarda de intereses superiores a los económicos, sin los cuales éstos también acaban por venirse abajo.

 

Como hoy, también entonces se metía la cabeza debajo del ala para no hacer frente a los problemas. Aún en 1605 se reunían en Toga, Valencia, síndicos moriscos para preparar la sublevación general, con la presencia de observadores de otros países enemigos de España. Era escandaloso que aún entonces se intentasen políticas de apaciguamiento o asimilación, dada la experiencia que venía aconteciendo desde 1492.

 

El creciente peso de los intereses económicos de la clase adinerada también aquí iba a cruzarse con el bien general. Respecto a la postura del clero, la Iglesia había dado no sólo el visto bueno, sino alentado la medida. ¡Qué lejos queda Juan de Ribera, a la sazón Arzobispo de Valencia, de ese ridículo personaje llamado Padre Pateras! Mientras que aquél alentaba a la expulsión de niños y ancianos incluidos, éste se dedica en las playas del sur de España a dar cobijo a los invasores marroquíes.

 

Como decíamos antes, el sentimiento de repugnancia era recíproco. Es un fenómeno que recogen distintos cronistas del largo periplo de convivencia forzosa. Así, Mártir de Anglería, a principios del siglo XVI, en el transcurso de su embajada a Egipto, se preguntaba “por qué esta raza bárbara y salvaje de hombres nos tiene desde su origen en tan poco y por qué razones piensa este pueblo grosero desprovisto de toda clase de virtudes, encenegado en la liviandad, enredado en errores detestables, privado totalmente de razón”.

 

José de Cadalso, en “Cartas Marruecas” nos informa del elevado concepto que de nosotros tienen los marroquíes: “En el imperio de Marruecos todos somos igualmente despreciables en el concepto del emperador y despreciados en el de la plebe”

 

La auténtica impresión que percibían los hispanos hay que buscarla en sus propios escritos, en los de aquella época, no en los panegiristas de la cultura global. Así lo recoge un documento medieval: “Las sus caras dellos negras como la pez, el fremoso dellos era negro como la olla, así luzían sus oios como candelas (…) . La vil yente de los africanos que se non solíe preciar de fuerça nin bondad, et todos sus fechos fazie con art et eganno” (Primera Crónica de las Crónicas de los Reyes de Castilla, del Rey Don Pedro Primero, por Pero López de Ayala)

 

Cuando tratan de describir a los “hermanos hispanos” de “Latinoamérica”, por decirlo en lenguaje políticamente correcto, Diego de Ocaña habla así de las indias: “Me pareció este traje más lascivo que el de las moriscas de Granada, que pintan hasta la media pierna; que al fin aquellas están cubiertas con ropa y estotras andan desnudas con unas carnes como un alabastro” (Fray Diego de Ocaña, “A través de la América del sur”). Y en Tucumán da cuenta de que los indígenas “trabajan poco; son muy viciosos, en particular las mujeres, y esto es en general en todas las Indias, tener las mujeres mucha libertad; y así viven, como dicen, en el Paraíso de Mahoma, comiendo mucho y durmiendo sin cuidado de trabajar”.

 

Y Reinaldo de Lizárraga, un fraile viajero, coetáneo de Ocaña dice que “los mapuches creen que después de muertos van allá de la otra parte del mar, donde tienen muchas mujeres y se emborrachan; es el paraíso de Mahoma” (Reinaldo de Lizárraga,”Descripción del Perú, Tucumán, Río de la Plata y Chile”). Es decir, cuando se trataba de expresar el máximo aborrecimiento hacia un comportamiento social, se le encontraba un paralelismo o semejanza con el mundo musulmán.

 

Una prueba más del “crisol de razas” habido en la Península es la extendida creencia popular de que se evitasen “nodrizas moriscas o marranas por el riesgo de que a través de su leche inocularan creencias, hábitos culturales o la maldad intrínseca a su comunidad a los tiernos infantes, provocando la eclosión exitosa de las montañesas (de hecho santanderinas, asturianas y gallegas) que a sus buenas dotes físicas sumaban la seguridad de no estar contaminadas de moros en grado alguno” (Serafín Fanjul , obra citada)

 

Asimismo hay que negar la derivación del flamenco de cantes árabes o beréberes.

 

A quienes afirman que el español o castellano está penetrado de arabismos, hay que recordarles que “El Quijote” tiene un arabismo por cada doscientas palabras, o, lo que es lo mismo, unos cinco arabismos por cada mil palabras.

 

Es decir, un número de extranjerismo razonable y que cualquier idioma toma de su vecino, pero que en el caso del español es insignificante si tenemos en cuenta que el árabe no era vecino, sino que estaba dentro.

 

Y respecto a la fonética de las palabras españolas de origen árabe, es tan diferente respecto a la de los hablantes de este idioma, que éstos difícilmente reconocerían aquéllas (Serafín Fanjul, “Al-Andalus contra España”)

 

En cuanto a qué términos relevantes se introdujeron en nuestra lengua, sólo algunos referentes a oficios, aperos agrícolas, etcétera,

 

Es necesario rubricar dos hechos de capital significado: que la estructura gramatical de todas las lenguas hispanas quedó intacta tras la invasión y que no se produjo introducción terminológica de “voces de etimología árabe referentes a la vida moral o espiritual, o tan siquiera a nociones abstractas” (Serafín Fanjul, o.c.)

 

Dicho de otro modo, significa que la anatomía intelectual, el modo de pensar, de reflexionar, había quedado a salvo de la invasión. No sólo eso, sino que además los conceptos que circulaban por ella continuaban perteneciendo al tronco común indoeuropeo.

El Islam, la religión 

Al enfrentarnos al estudio del Islam nos encontramos con una religión con obligaciones simples. Esta es una de las características que reclaman la atención del observador, su sencillez. Sencillez que comienza por la aparente resolución de los complejos problemas teológicos que se presentan en otras religiones.

 

Mahoma pretendió traer a la humanidad la tercera y definitiva religión bíblica, a través de la revelación por él recibida, contenida en un libro llamado Corán, dividido en ciento catorce capítulos o suras.

 

Por principio se parte de la fe en el Dios único, pero de esencia monolítica, valga la expresión, sin articulación alguna, si la comparamos con el monoteísmo cristiano. Esta simplicidad se proyecta también sobre el ethos, sobre la moral que se exige a todo musulmán, que se contiene en unos preceptos muy fáciles de entender.

 

Primero se exige la expresión de la fe coránica. “No hay más Dios que Alá y Mahoma es el enviado de Alá”. Esta fórmula es el reconocimiento de la conversión, de algún modo puede compararse al bautismo cristiano. Desde ese momento el creyente pasa a formar parte de la comunidad islámica y Alá le abraza para siempre. La comunidad también, pero con un abrazo que puede ser de muerte si decide un día cambiar sus creencias.

 

La oración diaria,  que ha de rezarse cinco veces.

 

El ayuno durante el mes del Ramadán, un mes de estrictas prohibiciones diurnas, pero de noches tolerantes.

 

La limosna es otro de sus preceptos.

 

Al menos una vez en la vida ha de peregrinarse a La Meca. Se trata de un viaje ritual: a la llegada al santuario el peregrino dará siete vueltas a la Kaaba. El rito comprende otros extremos, que confirman los antecedentes preislámicos, pero es evidente la resonancia del rito sabeo, que citábamos el principio de la exposición.

 

Otras obligaciones incluyen la prohibición de comer carne de cerdo ni de animales cuya sangre no se haya vertido. Asimismo le queda prohibido al creyente beber vino.

 

Se permiten hasta cuatro esposas simultáneas, aunque esta norma no fue tan estricta con el Profeta, a quien Alá le autorizó a tener doce.

 

“¡Profeta! Declaramos que te son lícitas tus esposas: aquellas a las que diste tus dotes, a las que posee tu diestra porque Alá te las ha dado, a las hijas de tu tío paterno, a las hijas de tus tías paternas, a las hijas de tu tío, etcétera, etcétera”. Así hasta doce. El Corán prosigue en los siguientes términos tan tolerantes para el Profeta: “Aparta de ellas a las que quieras; atrae hacia ti a las que quieras y a la que quieras de aquellas a las que apartaste. No cometes transgresión. Eso es completamente adecuado para que alivies su mirada, para que se pongan tristes y para que se satisfagan con lo que les das”. (suras 33, 49 y 51).

 

Es particularmente llamativo el papel tan participativo de la mujer, tal como se desprende de este mismo texto. El Profeta aparta esposas, recupera, vuelve a apartar, vuelve a coger, en fin.

 

Por eso alguien le preguntó: “¡Oh, enviado de Alá! ¿Cómo podemos saber si (la mujer) concede su permiso?” El dijo: “Su silencio (indica que ha concedido su permiso)” (hadiz 7, 51-52, 62.42.67)

 

Una niña de nueve años tuvo la dicha de recibir en sus entrañas la unión carnal con el Profeta, a la que tenía por esposa desde hacia tres, pero, en gesto de sublime continencia, demoró durante ese tiempo la consumación del matrimonio.

 

“Narró Aisha que el profeta se casó con ella cuando tenía seis años de edad y consumó el matrimonio cuando tenía nueve años y después siguió con ella nueve años” (h. 7,50,62.39.64)

 

El Corán incluye preceptúa la guerra santa como medio de santificación. Es éste un concepto ante el que hay que reconocer al Profeta su gran astucia, pues en base a la yihad, así la llaman, el Islam adquirió su gran dimension geográfica. Se puede decir que primero ha ido siempre por delante la conquista, luego llegaron las “conversiones”.

 

“Haced la guerra a los que no creen en Dios ni en el día último, a los que consideran prohibido lo que Dios y su apóstol han prohibido y a aquellos hombres de las Escrituras que no profesan la creencia de la verdad. Hacedles la guerra hasta que paguen el tributo a todos sin excepción, aunque estén humillados” (s. 9, 28)

 

Podríamos traer más referencias a la yihad, pues son numerosas las referencias coránicas y hadices. Aunque posteriormente se le ha dado por intérpretes posteriores un carácter de guerra interior, de combate interno del hombre contra las potencias inferiores, lo cierto es que la primera manifestación yihad consistió en la toma de La Meca por la fuerza de las armas.

 

En cualquier caso, es evidente el componente guerrero del Islam, el cual no es privativo de él, sino que existe en otros credos. San Bernardo, mentor espiritual de la Orden del Temple, alentaba así a los combatientes cristianos: “Alegraos, bravos guerreros, si vivís y conquistáis en el Señor; pero alegraos aún más y dad gracias si morís y marcháis a uniros con Él. Esta vida puede ser fructífera y la victoria es gloriosa, pero una muerte santa en la vía de la rectitud es aún más valiosa. Si ciertamente ‘bienaventurados son los que mueren en el Señor’, cuanto más no lo serán los que murieron por Él”.

 

Hay pues un cierto paralelismo, que no semejanza, entre la yihad y la cruzada. Mientras que aquella tiene un carácter “erga omnes”, contra todos los infieles, la cruzada se hace por el resarcimiento de un daño grave para el honor de los cristianos, como fue en su día la caída de Jerusalén, o, en tiempos más recientes, la lucha contra el comunismo en la década de 1930.

 

Pero no cabe duda de que el concepto de yihad es una idea que denota vigor por parte de la fe que hace de ella su instrumento, y el Islam con la predicación de la guerra santa demuestra su  vitalidad.

 

Naturalmente que esto es un desafío para la mentalidad modernista, para quien los desplantes violentos de algunos grupos islámicos causan rubor y escándalo, mientras disfrutan de los placeres hedonistas de una sociedad que se ha construido sobre una victoria lograda a base de masacrar al enemigo, llegando a la utilización de bombas atómicas, sin que los pilares de su humanismo no temblasen lo más mínimo.

 

Creo que frente a un mundo en completa decadencia, el componente guerrero del Islam contiene un gran atractivo que ha polarizado la atención de ciertos sectores de la intelectualidad europea, críticos con la decadencia que vive nuestra civilización. Dicho magnetismo ha hecho, que, incluso, algunos hayan llegado a profesar la fe mahometana.

 

La depravación cada vez más evidente por la que cae nuestra sociedad provoca movimientos de asimiento a planteamientos sólidos, que de alguna manera supongan una detención en el camino de caída. La reciente legalización en España del “matrimonio” entre homosexuales es la evidencia escandalosa de que el final de Occidente está aquí ya. Las fuerzas del abismo emergen con descaro y pretenden ocupar el lugar que siempre han ocupado los valores principios rectores en cualquier sociedad sometida a norma, de cualquier latitud y época.

 

Es tal el vacío espiritual, la falta de referencias desde adentro, que es explicable el paso dado por algunos, así como el peligro que representa el Islam como alternativa colectiva.

 

Pero no nos confundamos. Observemos un detalle significativo: el Islam también ha sido adoptado por gentes provenientes de las antiguas fuerzas materialistas de disolución de nuestra cultura. Excomunistas y elementos pretendidamente anti-sistema han adoptado la propia fe mahometana o una filia por el Islam, porque creen haber encontrado en él una herramienta renovada para asestar a Occidente el golpe mortal que el comunismo no pudo dar.

 

Como pequeña muestra de esta actitud ignominiosa, tenemos la de J. Goytisolo, en su obra “Reivindicación del conde Don Julián”, con una frase que resume cuanto tratamos de advertir: “La patria es la madre de todos los vicios: y lo más expeditivo y eficaz para curarse de ella consiste en venderla, en traicionarla” (pág. 134), “hacer almoneda de todo: historia, creencias, lenguaje: infancia, paisajes, familia: rehusar la identidad, comenzar a cero”( p. 135)

 

Cuando comencé a estudiar más detenidamente el Islam, hace dos años, me reclamó mi atención su significado literal. Islam significa sumisión, estar sometido a Dios.

 

Creo que en esta expresión se halla la quintaesencia de la religión mahometana. No propone simplemente creer, sino creer sometido.

 

Y lo cierto es que noté cierta repugnancia. Todo el atractivo que pueda tener una propuesta teológica tan simple como la coránica, se esfuma al percibir  que el precio de la fe que nos reclama su dios es la total sumisión.

 

Esta teología sitúa al creyente inmediatamente en una actitud fatalista, inclinado ante un destino que entra en él por cada uno de sus poros, en manos de un dios que está más próximo que su yugular.

  Occidente 

Nada tiene que ver con la religiosidad que ha caracterizado al hombre de Occidente, que desde tiempos remotos ha tenido una actitud de sujeto activo ante la vida y ante la muerte, lo cual, para la mentalidad agarena, es una irreverencia.

 

Lejos de la sumisión, el hombre occidental ha mantenido una actitud viril ante sus dioses, en épocas del politeísmo, o ante Dios, ya en tiempos de la Cristiandad «Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti», S.Agustín

 

Hasta cierto punto parecería que el hombre europeo ha mantenido una actitud de desafío frente a la divinidad. Así podemos recordar el expresivo mito de Prometeo, el titán que roba el fuego a Zeus par dárselo a los hombres.

 

Como dije al principio, no pretendo realizar una exposición de tipo metafísico, pero es imprescindible referirnos a algunos elementos de este carácter para apreciar la incompatibilidad de idiosincrasia entre Occidente y el Islam.

 

El fuego que Prometeo entrega a los hombres procede del mismo logos celestial, que Zeus se negaba a entregar a la especie humana, la inteligencia creadora proveniente del dios superior, Urano.

 

Occidente ha manifestado desde tiempos inmemoriales una actitud insumisa ante el destino, no se ha conformado con un mundo lleno de incertidumbre y con el fuego del verbo, de la razón domesticadora de fuerzas muy superiores a él, las ha ido sometiendo y poniendo a su servicio.

 

Este es en mi opinión es el mito de Prometeo, no es una rebelión contra Dios, sino la actitud que precisamente Dios espera de nosotros, de los hijos de Occidente, que no se rinden ante la fatalidad, ante el destino.

 

Nosotros somos las antípodas del Islam.

 

Nosotros tenemos proclividad al logos, ellos al pathos, a un dios pathético, sin verbo, inmanifestado, inescrutable, ante el que todo movimiento indagatorio por parte de la razón resulta una osadía, una incompostura.

 

Pero eso es precisamente lo que ha sido Occidente desde siempre, una irreverencia, pero no ante la divinidad, sino ante todo cuanto pueda significar fatalidad o destino, al que no vamos a inmolar nuestra razón ni nuestra libertad, piedras angulares de los conceptos de dignidad y mérito.

 

Por tanto, en nuestros hechos históricos hemos ido afirmando nuestra voluntad de dominio ante un mundo hostil, pero al que hemos plantado cara, desde Platón y Aristóteles, hasta las últimas herramientas que salen de los laboratorios de los ingenieros. Entre todos ellos existe una continuidad, de modo que sin aquéllos no  serían posible éstas.

 

Por nuestra actividad creadora, por ese culto al logos divino, fue posible el descubrimiento de las Indias Occidentales y la circunvalación del mundo. América guarda la misma distancia desde las costas europeas que desde las norteafricanas, pero fue España y no el Islam quien realizó la proeza.

 

Los hombres del desierto pretenden imponernos su repugnancia hacia las imágenes y todas las artes plásticas. Ellos sienten aversión hacia todo lo que sea helenismo. En cambio, para nosotros nunca ha habido inconveniente en dar imagen antropomórfica a los dioses, porque siempre hemos encontrado sugestiva la idea del dios hecho hombre, Mientras que para el Islam todo esto es materia de escándalo, pura idolatría.

 

Si aparentemente el Islam podría parecer una religión viril por su actitud combativa, sin embargo una observación más detenida revela que el sentido del guerrero musulmán responde a la actitud fatalista que exige la entrega de la propia voluntad por la victoria de la Umma a cualquier precio, incluido el suicidio en combate del soldado coránico.

 

La Umma, o comunidad de los mahometanos, es un magma incompatible con la máxima expresión occidental de comunidad social, el Imperio, que es nuestro concepto de Ecumene.

 

Mientras que aquélla tiende a formar una masa indiferenciada, de razas entremezcladas, bajo la férula de un despotismo implacable, el Imperio tiende a una articulación orgánica de estamentos y razas, basado en el respeto de la diferencia.

 

En su última expresión histórica, el Sacro Imperio Romano-Germánico, establece la doctrina de las dos espadas, la temporal y la espiritual. Por el contrario, esta separación es ajena a la Umma, para la cual, el cumplimiento de la ley no es como un deber religioso, sino que es un deber religioso

 

Pero hoy no estamos en tiempos de Imperio y los dioses parecen habernos abandonado, o quizá sea que nosotros los hemos abandonado a ellos.

 

En cualquier caso es evidente que somos presos de demonios internos y externos. Por internos entendemos aquellos que han llevado a la utilización inicua de nuestras destrezas, de la perversión de la ciencia y de la técnica, puestas al servicio de la degradación del género humano. En fechas recientes, se ha aprobado en España la utilización de embriones para extraer de ellos elementos útiles para un hermano ya nacido. Se ha abierto la puerta para la incubación de hombres plenamente formados, de los que se les irán extrayendo órganos al servicio del que pague por ello.

 

Podríamos continuar dando detalle de la lepra que corroe nuestra piel, pero el cometido de hoy está orientado hacia ese demonio exterior que ya está entre nosotros, que anda por nuestra calles a cientos de miles, quizá ya a millones, pues las estadísticas de los musulmanes residentes en España se nos ocultan,

 

Hoy también tenemos a los Witiza, Don Julián y Opas. Los hubo ayer y no hay época sin grandes traidores. Pero a mayor  dificultad, mayor empeño y entrega para ser dignos de nuestros antepasados.

 No creáis la falsificación de la historia que se nos trata de imponer. Entre la Cristiandad española y el Islam invasor no se produjo el crisol de razas, que falsamente se predica desde las factorías de la multiculturalidad, ni una simbiosis de pueblos, sino por el contrario lo que efectivamente sucedió fue una antibiosis, según feliz expresión de Sánchez Albornoz 

La tarea no es fácil, pues la historia nos enseña que no fueron pocos los muladíes, los acomodaticios que se avinieron a transigir con las corrientes triunfantes en su tiempo. Pero fueron suficientes cuarenta, cuarenta asnos salvajes -como dice la crónica árabe- en una insignificante cueva en las montañas del norte, para volver a recuperar la España perdida.

 

España es un pueblo de frontera, y sabremos ser dignos del papel que la providencia nos ha encargado, en el sur del continente. Nosotros, después de ocho siglos, nos reintegramos a la comunidad de pueblos de la que formamos parte, y devolvimos a Europa su extremo suroccidental. No todos los pueblos pueden decir eso. Recordad el caso de los eslavos en los Balcanes, ahí hay una bolsa musulmana, que es como un puñal de Turquía en medio del continente.

 

Llegados a este punto, recuerdo la claridad del análisis histórico de Onésimo Redondo, aquel que fundó las Juntas Castellanas de Actuación Hispánica, posteriormente integradas en las JONS, y más tarde en la Falange

 

Hagamos nuestro su pensamiento, no consintamos que España se convierta para siempre en una prolongación del continente oscuro.

  

Juan Álvarez

Gijón, 14 de mayo de 2005