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La memoria de la Otra Europa

Orientaciones

Pistas para un discurso de contestación: las ideas del Proyecto Aurora (2002)

Pistas para un discurso de contestación: las ideas del Proyecto Aurora (2002)

1. La hora de las grandes afirmaciones

En tiempos de crisis, es fácil que cunda el desánimo. Ha caído la noche y el horizonte se ha cerrado; en esas condiciones, ¿quién no siente la tentación de echarse a dormir? Sin embargo, ninguna noche es eterna. Por el contrario, la oscuridad anuncia siempre el retorno del alba, la Aurora. La crisis que hoy vivimos no es el último acto de la existencia humana sobre la tierra: basta mirar la Historia de nuestros pueblos para darse cuenta de ello. Vendrán nuevos tiempos y -seguramente- nuevas crisis. Pero tampoco estamos ante un episodio circunstancial, una enfermedad pasajera de ese "mejor mundo posible" que cantan los exegetas de la modernidad occidental. La crisis presente ha agudizado las contradicciones del sistema dominante y de la ideología que lo sustenta hasta unos límites inauditos: quienes aguardaban un mundo de felicidad edificado sobre el patrón del mercado han de asistir, impotentes, a la quiebra de su modelo económico, el des crédito de sus sistemas políticos y la disolución de sus culturas desarraigadas. Podemos decir, sin temor a errar, que estamos en una fase decisiva de nuestra historia. Así las cosas, sólo hay dos opciones: o aceptamos la invitación del sueño, y entonces nos resignamos a llevar la existencia pasiva que el sistema dominante espera de nosotros, o escogemos guardar vela hasta que amanezca, y entonces estamos obligados despertar a los demás. Si el Proyecto Aurora ha nacido es precisamente para eso: para despertar conciencias.

Para nosotros ha llegado la hora de las grandes afirmaciones. Durante siglos, la ideología del mundo moderno se ha empeñado en manipular la realidad para encajarla en sus moldes ideales, un mundo de fantasía creado por un racionalismo sin alma. Algunos llaman a eso Utopía. También podríamos llamarlo Desastre. Hoy ese mundo de mentira hace agua por todas partes. Y no podía ser de otro modo, porque la realidad siempre termina vengándose de quien la ha querido negar. En esa tesitura, en una época de incertidumbres donde la verdad se ventila en el mercado de la opinión, nosotros reclamamos aquello que el Zaratustra de Nietzsche llamaba "la habilidad del persa", a saber: decir la verdad y disparar bien las flechas.

Pretendemos una reconciliación con el mundo. Una reconciliación con todo aquello que el descarnado racionalismo moderno ha negado y que, sin embargo, constituye la esencia de lo humano: la naturaleza orgánica de todo lo vivo, la diversidad de las culturas, la permanencia de lo sagrado, la cualidad comunitaria del hombre... Proponemos por tanto una visión del mundo completa. Nosotros amamos la realidad. Y tanto la tradición como la ciencia nos están diciendo que la realidad está ahí, en esos elementos permanentes que el racionalismo moderno, un día, quiso negar. La realidad tiende, pues, un puente entre el viejo espíritu tradicional de nuestros pueblos y las conquistas del conocimiento contemporáneo.

Nuestra visión del mundo acepta la realidad sin violentarla. Todas las esferas de la vida quedan integradas así en un orden jerárquico y orgánico. La teoría y la práctica, el pensamiento y la vida, el arte y el trabajo, el individuo y la comunidad, la religión y la ciencia, el placer y el deber... Todo se vincula con todo en una misma armonía, ora polémica, ora pacífica. Nuestro trabajo es sacar a la luz la interrelación que existe entre todas las cosas y otorgarles un lugar. Podemos llamar a esa operación "el reencuentro con el Ser".


2. El hombre nuevo

El entorno dominante mantiene una poderosísima fuerza de seducción hacia su universo de valores. Nadie parece poder escapar a su influjo. Sin embargo, aún somos capaces de reavivar en nosotros una llama de resistencia contra ese beso del sueño que es el poder de la modernidad.

Ante un mundo que se derrumba, afirmamos el necesario advenimiento de un tiempo nuevo. Pero todo movimiento humano se hace desde dentro hacia fuera. Por eso, del mismo modo, afirmamos también la llegada de un hombre nuevo. Tal hombre nuevo, evidentemente, no es ese ser ficticio concebido por el mesianismo comunista, ni ese otro Narciso hedonista y sin memoria que nos propone el llamado "nuevo orden del mundo", sino que es el hombre de verdad, el hombre íntegro, el hombre que abraza el mundo con ese mismo espíritu trágico y heroico con que lo hicieron nuestros mejores antepasados. Allá donde haya un baluarte contra la descarnada civilización de la técnica y sus servidumbres, allá se están forjando los valores y los símbolos de una época nueva.

Nuestra misión más importante es edificar poco a poco, en nosotros mismos, los cimientos de ese hombre nuevo, ese hombre eterno ligado a la vida y que vuelca en la vida su cualidad interior. De nada sirve una concepción del mundo si está escindida de la vida. Lo que se tiene o lo que se hace sólo tiene valor por lo que se es. Por eso es crucial Ia formación en acción de la persona.

Fijamos la vista en el hombre de la antigua tradición europea, hoy interrumpida por un quebranto de siglos de decadencia. Es el nuestro un hombre arraigado en el pasado, en los dioses, los héroes y los mitos de una cosmovisión no del todo perdida. Pero lo hace con la mirada abierta hacia el futuro, porque él es nuevo y viejo a la vez. En definitiva, es el hombre que regresa a casa tras muchos años de exilio.


3. La dimensión espiritual

No es verdad que los dioses nos hayan abandonado. Más bien, somos nosotros quienes les hemos abandonado a ellos. El debate central de nuestro tiempo es el que opone lo sagrado y su negación. Nosotros no vamos a entrar en él para alumbrar una nueva religión -una de las tentaciones más características de este fin de ciclo-, sino para elaborar una concepción real del hombre y para revitalizar la idea de lo sagrado que existió en nuestra tradición heredada.

Dentro de una nueva Antropología realista, es preciso constatar la primacía de la dimensión espiritual del hombre, soslayada por las ideologías de la modernidad. Hay que subrayar que el abandono de la espiritualidad es un fenómeno único y exclusivo de esta época y de la civilización técnica de Occidente, con graves consecuencias en todas las esferas de la vida.

Por otra parte, como hombres vinculados a nuestro pasado sabemos que no somos libres ni de romper con él ni de adoptar una visión limitada del mismo, seleccionando sólo aquello que nos resulte más cómodo. El Proyecto Aurora mantiene una actitud de absoluta tole rancia para con las diversas vías espirituales que han alimentado la vi da religiosa de todos los pueblos. Al mismo tiempo, consideramos especialmente importante elucidar y rescatar la idea de lo sagrado que descansa en la cultura europea para reencontrar así nuestra identidad.

Creemos que es necesario profundizar de manera científica -es decir: objetiva, realista, tratando de ver las cosas como son- en la herencia recibida, para retomar el contacto con nuestra tradición y, simultáneamente, transmitir la necesidad de reespiritualizar nuestra época y devolver a lo sagrado sus atributos.

4. La idea comunitaria

El hombre es un ser social por naturaleza y por cultura. El hombre es tal en la medida en que crea comunidades. El atroz individualismo implantado por la visión economicista del mundo ha convertido la sociedad en un agregado sin forma constituido por la suma arbitraria de unos individuos anónimos, sin raíces y sin pasado. Pero tal sociedad es una ficción que crea desórdenes y desequilibrios de todo género, porque ignora deliberadamente aquello que es específicamente huma no. Nosotros, por nuestra herencia, pertenecemos a una determinada comunidad humana que se aprehendía a sí misma como comunidad histórica. Esa comunidad viene definida por multitud de parámetros culturales, lingüísticos, étnicos, etcétera. Hoy el sistema trata de eliminar sus últimos restos so pretexto de "cosmopolitismo". Pero ningún pretexto puede ocultar la verdadera naturaleza de esa operación: el exterminio. Nuestra obligación es enfrentarnos a ese exterminio y pugnar por la revitalización de la idea comunitaria.

Esta idea comunitaria lleva implícita la propuesta de un determinado orden social. Se trata de un orden que echa sus raíces en dos polos complementarios: la persona y la comunidad, y ello a través de sus células tradicionales: familia, cuerpos intermedios, estamentos, corporaciones, empresas, ayuntamientos... Si queremos superar las tendencias disgregadoras de nuestro tiempo -individualismo, desarraigo, pérdida de la identidad cultural, lucha de clases, separatismos, etcétera- es preciso revitalizar el papel de las instancias más próximas a la persona. Uno de los instrumentos necesarios para llevar a cabo este cambio en profundidad ha de ser el replanteamiento de la función del Estado: la misión del Estado es la de ser un instrumento al servicio de la comunidad popular, y no, como ocurre actualmente, un mero aparato técnico de opresión social a través de un obsesivo control burocrático de todos y cada uno de los ciudadanos. Todos los problemas de legitimidad del Estado contemporáneo provienen, en buena medida, del hecho de que el Estado se haya desligado de las características culturales e históricas de la comunidad. Apostamos por la soberanía del Estado que sirve al pueblo, en todas sus dimensiones, frente a la tiranía de los grupos de presión y las componendas económicas internacionales. Proponemos insuflar en el Estado una dimensión humana y comunitaria.


5. Una nueva economía orgánica

De nuestra visión comunitaria de la sociedad se deriva naturalmente un replanteamiento general no sólo de las ideas económicas vigentes, sino del mismo fundamento de la economía. Nadie parece plantearse hoy cuál es el objetivo, el fin último de una política económica. El desorden provocado por los actuales ciclos económicos, sometidos al caprichoso movimiento del dinero es de tal magnitud que se hace necesario echar nuevos cimientos. Porque el objetivo de la actividad económica no es la propia economía: no es sólo luchar contra la inflación, o mantener un índice de crecimiento elevado o -mucho menos- que el dinero fluya "libremente", sino que el objetivo último ha de ser el servicio a la comunidad. Y esta afirmación, que a primera vista parece una obviedad, supone por el contrario un cambio cualitativo de gran importancia respecto a las ideas vigentes, que han convertido la economía en una disciplina sin más rumbo que ella misma.

Desde nuestro punto de vista, la actividad económica debe tender a su subordinación a los fines sociales y a los objetivos políticos. El lugar de lo económico no puede separarse de lo político y de lo social, sino que ha de estar integrado con ellos en armonía orgánica. La empresa constituye el mejor ejemplo de esta operación: hoy la empresa no es más que una máquina, pero, por su esencia, cabría concebirla como el lugar donde lo humano y lo económico se funden. Esa es nuestra idea de la economía: una idea, insistimos, armónica. Para conseguir tal armonía es preciso desembarazarse de las doctrinas actuales del economicismo, el consumismo y el librecambismo mundial. Lo económico no puede estar sujeto a la tiranía del dinero, sino que ha de supeditarse a las realidades y a los fines de rango superior, estrictamente comunitarios. Para ello hay que reivindicar la protección y potenciación de la propiedad personal y corporativa, frente a la expropiación de hecho que está ejecutando el capitalismo internacional. Por la misma razón, es capital recuperar el control político de los bancos centrales y la capacidad del Estado para emitir su moneda, así como la lucha contra la usura y contra esa nueva esclavitud nacida del préstamo a desmesurado interés.


6. Naturaleza y comunidad

La tecnificación progresiva de los entornos humanos ha traído una destrucción de la naturaleza, destrucción enmascarada bajo el nombre del progreso. Actualmente, la propia ciencia ha puesto de relieve las graves repercusiones que para la vida humana -y para el planeta entero- acarrea la llamada "explotación de los recursos naturales". Del mismo modo, la reclusión de grandes masas de la población en enjambres inhumanos constituye una traducción a la vida diaria de la ruptura entre el hombre y la naturaleza.

Pero esto no siempre fue así, ni lo es actualmente en extensas áreas del planeta. Es verdad que la transformación del entorno es una de las formas humanas de estar en el mundo, pero sólo hoy tal transformación ha llevado a una situación tan crítica. Los orígenes de esta patología hay que rastrearlos en la visión del mundo propia del hombre moderno. La desespiritualización del mundo, la desacralización de la naturaleza y la desinstalación del hombre en su entorno natural ha terminado convirtiendo la naturaleza en mercancía.

Por el contrario, nuestra visión del mundo busca armonizar lo humano y lo natural. Del mismo modo que defendemos la idea orgánica como base de nuestro orden social, así concebimos la naturaleza como miembro de pleno derecho dentro de nuestra comunidad. La nuestra es una actitud auténticamente ecológica ante la vida- promover la defensa de la naturaleza, proteger el medio ambiente, organizar sin traumas la humanización del entorno y plantear una forma de vida natural, austera, sencilla y alejada de la excesiva artificialización de la gran urbe.

Uno de los pilares de este combate ecológico bien entendido es la defensa de la cultura agraria. Frente a la forma de vida industrial y urbana, que genera masas uniformes y grises, el campesinado representa la unión directa a la tierra y el esfuerzo orgánico de una sociedad con raíces.


7. Por la libertad de los pueblos, contra el nuevo desorden mundial

Hace tan sólo unos pocos años que los voceros del sistema vienen pregonando el advenimiento de un Nuevo Orden Mundial que solucionará las violentas convulsiones de nuestro siglo. La idea ha sido discutida por pocos, y de estos pocos, menos aún han sabido oponer una resistencia fundamentada a la irrupción de esta pretensión chulesca.

E! Nuevo Orden Mundial nace como consecuencia de la quiebra, por agotamiento, del poder soviético. Sin embargo, sería equivocado pensar que supone una victoria de un hipotético "mundo libre". Más bien, de lo que se trata es de la victoria definitiva de la visión moderna del mundo. Es preciso mirar los acontecimientos desde la perspectiva histórica. Desde el siglo XVIII, la ideología moderna siempre ha manifestado su ambición -así en Kant- de extenderse a escala planetaria. Para alcanzar ese objetivo había que vencer un obstáculo: los poderes tradicionales, simbolizados en la alianza entre el trono y el altar. La historia del siglo XIX y de parte del siglo XX es la historia de la guerra entre el mundo antiguo y el mundo moderno. La victoria final de este último, empero, no significó la pacificación final, sino que dio paso a una guerra civil entre dos concepciones distintas de la modernidad: el liberalismo y el marxismo, una guerra denominada "fría" que ha ocupado casi toda la segunda mitad de nuestro siglo. La caída del Muro de Berlín y la disolución de la URSS, víctima de sus propios errores, ha cerrado esta etapa de guerra civil y ha supuesto el triunfo de la versión liberal de la modernidad. Con todo, la pretendida paz final no ha llegado todavía, sino que la modernidad entra ahora en la última fase de su proyecto de dominio: la guerra contra todos aquellos pueblos y culturas que pretenden seguir su propia vía tradicional, y no la vía impuesta por el Occidente moderno. A esa operación de asalto final se le ha denominado "nuevo orden del mundo".

El Nuevo Orden Mundial no se impone como un dominio militar o político, sino que su objetivo es dominar las conciencias y los comportamientos mediante la instauración de unas aspiraciones sociales e individuales susceptibles de lograr la aprobación de todos y cada uno. Esas aspiraciones pueden definirse de forma muy simple: el bienestar económico individual y la sumisión colectiva a las reglas del mercado mundial. El individualismo y el economicismo son los dos ejes del orden social y político que corresponde a esta nueva fase de la modernidad. Tal paraíso de contables -ya presente en Marx, por otro lado- es expuesto por los aparatos ideológicos del sistema -medios de comunicación, clase intelectual oficial, etc.- como aspiración legítima e irrenunciable de todo hombre y toda sociedad. Identificado con la libertad universal, el individualismo economicista se convierte en el único punto de referencia válido para toda reflexión. Todo lo demás queda condenado como "regresivo" o como "peligroso". Milan Kundera definió este anhelo moderno de unificación universal con una aguda frase: "La unidad de la humanidad significa que nadie pueda escapar a ninguna parte". Nace así una nueva dictadura de proporciones inimaginables.

Desde nuestro punto de vista, sin embargo, este "nuevo orden del mundo" no va a ser capaz de desarrollar la última fase de su operación de dominio, en la medida en que el sistema sociopolítico que lo sustenta ha dejado ver ya sus muchos puntos débiles y, especialmente su incapacidad para entender la verdadera dimensión del hecho humano, en la medida en que las especificidades culturales, históricas o étnicas, negadas por el Nuevo Orden Mundial y condenadas con los epítetos de "fascismo", "fanatismo", "integrismo" o "nacionalismo", resurgen sin embargo por todas partes en el mismo momento en que se creía haberlas aniquilado. Y es que el Nuevo Orden Mundial adolece de la misma insuficiencia antropológica que ha caracterizado a las ideologías de la modernidad: una visión falsa, inadecuada e imaginaria de la naturaleza humana. Nosotros, por el contrario, partimos del realismo antropológico y, gracias a las ciencias contemporáneas, hemos aprendido que el hombre es inseparable de su herencia cultural e histórica. Por eso creemos descubrir en el Nuevo Orden Mundial un nuevo intento de tiranizar la naturaleza humana, comparable por sus dimensiones y por sus consecuencias al del comunismo soviético.

A nuestros ojos, en efecto, el Nuevo Orden Mundial no es más que una inmensa masacre de pueblos, de culturas y de tradiciones, sacrificadas en el altar de una hipotética sociedad de consumo planetaria. En ese sentido, nuestro trabajo seguirá dos vías: por un lado, la denuncia implacable de ese nuevo totalitarismo moderno y de aquellos poderes que bajo apariencia de paz, democracia, cosmopolitismo y progreso alimentan semejante operación de dominio; por otro, la defensa activa de todo cuanto hace de los pueblos y de los hombres entidades únicas, diferentes e irrepetibles: culturas, razas, religiones, tradiciones... No es cierto que la alteridad, la diferencia, suponga una amenaza para la paz en el mundo, porque el mundo se ha caracterizado siempre, precisamente, por albergar pueblos y hombres distintos, y eso es lo que constituye su riqueza. Es más bien al contrario: es el Nuevo Orden Mundial y su tiránico mercado mundial quienes representan una grave amenaza para las diferentes formas humanas de estar en el mundo. Frente al torvo proyecto de crear un mundo triste y gris, habitado por homúnculos fabricados en serie, reivindicamos el derecho a la diferencia y a la identidad de todos los pueblos y razas del planeta.

En coherencia con esta idea, consideramos urgente que los pueblos de Europa vuelvan a tomar conciencia de su verdadera identidad histórica. Desde nuestro punto de vista, los pueblos europeos han sido la primera víctima de la rapacidad ideológico-política del sistema. Este mundo de técnica ciega y de economicismo mundialista no es la única cara de Europa, y diremos más: tal horror se ha construido precisamente contra Europa, contra sus tradiciones y sus culturas, contra su verdadera identidad. Este Occidente moderno, motor del Nuevo Orden Mundial y sometido a los Estados Unidos, no es del mismo linaje que aquel otro viejo occidente europeo de reyes, sabios y emperadores. Por tanto, el Proyecto Aurora se manifiesta abiertamente hostil al occidentalismo de nuestros días, mera máscara retórica de intereses económicos transnacionales.


8. La "vuelta a casa"

La sensibilidad que nosotros proponemos no puede aceptar la con signa del discurso actualmente dominante, según el cual toda vinculación histórica es un estorbo para el individuo. Por el contrario, el tipo de hombre en que nos reconocemos abraza con gusto sus raíces, por que posee conciencia de su dimensión histórica, de hallarse ligado a un pasado y a una comunidad que proyecta en él su supervivencia. Nosotros consideramos que, por ser lo que somos, es nuestra obligación garantizar la continuidad y el crecimiento de la herencia que hemos recibido. Esa toma de conciencia es lo que entendemos por "vuelta a casa".


8.1. El Proyecto España

Nuestra comunidad histórica se llama España. Nos reconocemos en la historia rica, difícil, trágica y tantas veces gloriosa de nuestro país. Pero en tanto que españoles, y precisamente por serlo, reconocemos también proyecciones distintas, "por arriba" y "por abajo", de nuestra comunidad.

"Por abajo": la realidad española no es homogénea, sino que alberga en su seno peculiaridades regionales más acentuadas que en otros países europeos. Nosotros, que tenemos una visión del mundo organicista, pluralista y diferencialista, no encontramos oposición entre la identidad vasca o catalana, por ejemplo, y la española. Todas esas oposiciones son producto de la visión moderna del mundo, que tiende por naturaleza a homogeneizar todo cuanto toca. Para nosotros, por el contrario, España sólo existirá como comunidad si es plural y si transporta con respeto la identidad de sus pueblos, del mismo modo que esos pueblos sólo tendrán un destino si se proyectan en España.

Y "por arriba": el papel de España a lo largo de la historia no es el de una isla encerrada en sí misma, sino que ha sido el de motor de la historia universal. España sólo ha alcanzado plenitud como nación precisamente cuando se ha volcado hacia fuera y ha acometido empresas que iban mucho más allá de nuestro interés particular. La España aislada del mundo, encerrada en su propia existencia, no ha existido más que en contados episodios de nuestra historia, y no han sido, ciertamente, los episodios más brillantes. Basta examinar la historia para percibir que nuestro destino no está en el cultivo absorto de un maltrecho ego nacional, maldiciendo con envidia la sombra de nuestros antepasados, sino en la decidida inmersión en el mundo, proyectando lo que somos más allá de nosotros mismos.

La formulación de esos tres niveles: regional, nacional y supranacional, define nuestra circunstancia, así como la de otros pueblos. Los problemas vienen cuando se alteran las relaciones entre estos tres niveles, generalmente por hipertrofia de la función de alguno de ellos, lo cual produce tensiones y desórdenes de difícil solución. Hoy asistimos a manifestaciones de esos desórdenes que bajo la forma de hipernacionalismos, separatismos o mundialismo puro y duro, están desestabilizando el equilibrio de España.

A este respecto, es oportuno hacer algunas precisiones. El Proyecto Aurora contempla con ojos sumamente críticos el concepto moderno de nación y, en especial, la carga afectiva que hoy posee, causante de numerosos equívocos. Creemos que hay que superar el nacionalismo como idea ilustrada y redefinir el concepto de nación, en la medida en que el primero ha demostrado, al cabo, unos efectos devastadores incluso sobre la propia identidad de las naciones que se han acogido a él. Nosotros preferimos entender la Nación como una identidad puesta en marcha a través de la historia, una comunidad de destino en el sentido de Frobenius. Y sobre los dos polos de esa definición: la identidad-comunidad y la historia-destino, articulamos nuestra visión del presente problema nacional de España.

Por nuestra parte, nos declaramos vinculados de manera irrenunciable a la idea de España, del mismo modo que lo estamos a la sustancia de todos y cada uno de los pueblos que la componen. La herencia que recibimos es ésa: una y al mismo tiempo plural, y nuestro objetivo es encontrar las fórmulas que detengan la fragmentación de nuestra tierra.

Por una ironía del destino, a las puertas del siglo XX1 se hace realidad para nosotros el viejo mito godo de la "España perdida". En ese sentido, el Proyecto Aurora quiere expresar su intención de recuperar el alma de España. Es preciso recuperar España, regenerarla. ¿Cómo? Es ya casi un lugar común la constatación de que las grandes naciones se crean y fortalecen como tareas colectivas, como empresas que aglutinan a hombres y pueblos dispares pero que guardan semejanzas esenciales. España se muere porque se muere su razón de ser, su proyecto, y a nuestra generación le corresponde la tarea de fijar un proyecto histórico que signifique su vuelta a la vida. Ese proyecto, en la época de la economización de la vida, ha de pasar por la resurrección de lo político como puesta en marcha de fuerzas vitales ajenas al cálculo económico. En este caso, "lo político" significa ser capaces de marcarnos un destino colectivo. Y sobre este punto el Proyecto Aurora no tiene empacho en señalar su aspiración última: la resurrección de Europa. Como hemos señalado páginas atrás, el efecto narcotizante del Nuevo Orden Mundial y de la civilización técnica de masas ha arrancado de los pueblos europeos cualquier proyecto propio y, más grave aun, no ha cesado en su empeño de arrancarles también su identidad, su alma. Si esta "muerte tibia" amenaza al planeta entero es precisamente porque los pueblos europeos ya no son capaces de oponer un núcleo de poder alternativo. Así las cosas, el proyecto de España bien podría consistir en iniciar la resurrección de Europa. España puede ser la cuna del renacer europeo y encontrar en ello el medio para salir de su propia crisis. ¿Por qué no? Sólo seremos capaces de salir de nuestro marasmo cuando ya nadie se atreva a decir "eso no es posible".


8.2. El Proyecto Europa

En nuestra época el concepto de Europa se ha convertido en mito. Pero, paradójicamente, se trata de un concepto de Europa que refleja probablemente lo peor de nuestra historia, en la medida en que esa Europa no es más que un mercado tranquilo y obediente al servicio de los poderes económicos internacionales. La Europa que hasta hace poco se nos vendía como remedio a todos nuestros males es una Europa muerta. No es extraño, por tanto, que el europeismo apenas tenga arraigo popular en España -ni, por otra parte, en otros muchos países europeos-. Entre la vieja Europa emprendedoras madre de genios inmortales y dueña de un pasado grandioso, y esta otra Europa gris de Bruselas, llena de burócratas y concebida como simple zona de regulación económica, media un abismo. Esta Europa que ha renunciado a lo político y que se ha instalado cómodamente en las "delicias" del mercado, corno una furcia cansada, languidece y muere día a día por haber renunciado a su esencia más profunda.

Los europeos que aun guardan conciencia de su pasado no pueden seguir reconociéndose en este vulgar mercado. Un mercado que, por otra parte, ha demostrado su incapacidad para resolver problemas europeos tan graves como la guerra civil yugoslava. Por eso creemos que debe plantearse de nuevo la cuestión europea como un proyecto sugestivo de naturaleza metapolítíca y metahistórica, que no ahorre los lazos con otras civilizaciones igualmente amenazadas por el Nuevo Orden Mundial: entre los pueblos de Europa y los pueblos del Tercer Mundo puede haber un objetivo común. Europa debe volver a ser libre, soberana, dueña de su destino. Y para ello debe volver a ser europea. Pensamos que esta idea encaja perfectamente con el destino que queremos para España: una España que sea la primera piedra de la necesaria construcción de una Europa distinta. El destino que queremos para nuestro país es un destino europeo irrenunciable. Sólo la tensión espiritual de una empresa que vaya más allá de las generaciones presentes puede revertir la tendencia hacia la muerte que hoy nos domina.


8.3. La vía Hispanoamericana

Pero España posee también una segunda proyección supranacional, además de la europea: la hispanoamericana. España no puede renunciar al importante papel que juega respecto a Hispanoamérica, porque ese papel es la herencia de una de las páginas más trascendentales de la historia universal. La dimensión de la obra española en América fue de tal magnitud que ha marcado para siempre nuestro destino.

Sin embargo, es preciso constatar que tanto la interpretación tradicional como la interpretación socialdemócrata de nuestra proyección hispanoamericana han dejado de tener validez. La primera consistía en pensar que el papel de España era el de "faro misionero" en América, madre amorosa de unos pueblos menores de edad que habían de despertar para el Occidente moderno; eso era la llamada "Hispanidad", que ha definido las relaciones entre España e Hispanoamérica hasta bien entrados los años setenta. Con todo, la segunda vía, la socialdemócrata, manifestada con ocasión del Quinto Centenario del Descubrimiento, ha consistido en algo más grotesco, a saber: pedir perdón a los países iberoamericanos por haber conquistado a "sus antepasados", reparar los daños a base de créditos millonarios y, al cabo, facilitar la penetración del Nuevo Orden Mundial en Hispanoamérica por la vía de la Cooperación internacional.

Desde nuestro punto de vista, España no puede seguir pensando que Hispanoamérica es una gran guardería catecumenal, ni que nuestra función consiste en regalar créditos "por lo malos que hemos sido en nuestro pasado". Nosotros proponemos reorientar completamente la cuestión hispanoamericana, y hacerlo desde una perspectiva realista.

En primer lugar, queremos reconocer en la obra de conquista del continente americano uno de los episodios más trascendentales de la historia universal y de nuestra propia historia, que abrió para la civilización europea la mitad del mundo y que fundó pueblos y naciones. Ante la prodigiosa vitalidad de aquella España pasada, capaz de emprender semejantes empresas, no sentimos culpa, sino orgullo.

En segundo lugar, consideramos que la realidad de Hispanoamérica debe ser entendida en toda su complejidad: los pueblos hispanoamericanos no son ni los hijos pequeños de España ni simples "pobres" sobre los que ejercer la caridad y calmar así nuestra mala conciencia, sino un mosaico de pueblos y naciones donde conviven comunidades de diverso origen étnico, de diversas aspiraciones y de diversa visión del mundo, que van construyendo su identidad poco a poco y cuya natural tendencia a la soberanía efectiva ha de ser interpretada como manifestación de vitalidad.

En tercer lugar, hemos de tornar conciencia de la situación histórica: las pretensiones tiránicas del occidente moderno. Así, los pueblos de Hispanoamérica se enfrentan al mismo problema que nosotros: la extensión imparable del Nuevo Orden del Mundo, que trata de someterlos a los imperativos del mercado mundial bajo la máscara del progreso y del desarrollo.

Por último, hemos de levantar acta del peso real de España en Hispanoamérica: una comunidad efectiva de lengua hacia la cual los pueblos hispanoamericanos experimentan sentimientos encontrados, pero que puede permitir a España, en determinadas condiciones, una cierta capacidad de liderazgo.

¿Cuáles son esas condiciones que nos permitirán volcar otra vez hacia Hispanoamérica parte de nuestro impulso? Fundamentalmente, la comunidad de objetivos. Y es evidente que una España empeñada en defender su identidad y en encabezar la resurrección de Europa, puede tender puentes muy sólidos hacia una América cuyo proyecto es el mismo: la resistencia frente al Nuevo Orden Mundial en nombre de la libertad de los pueblos y de su derecho a la diferencia. Una Europa liberada y una América liberada habrán de encontrar un vínculo natural; ese vínculo es España. Consideramos, por tanto, que es viable proponer nuestro destino americano como un liderazgo efectivo en defensa de unos pueblos que se encuentran hoy sometidos a una amenaza neo colonial evidente: la amenaza del capitalismo internacional. Ante esa amenaza, los destinos de España, Europa e Hispanoamérica pueden volver a cruzarse, y a nosotros nos estimula pensar que ésa puede ser nuestra misión.

Publicado en Proyecto Aurora

Julius Evola en Italia: una sintesis del panorama tradicionalista

Julius Evola en Italia: una sintesis del panorama tradicionalista

Biblioteca Evoliana.- Sería difícil resumir en tan pocas líneas la persistencia del pensamiento evoliano en Italia treinta años después de su muerte. Sus obras, no solamente en Italia, sino en toda Europa han sido reeditadas regularmente, incluso en un país tan "difícil" para el mundo editorial como España. Antonio Lombardo nos indica las distintas tendencias y órganos evolianos en Italia. Evola jamás intentó crear en torno suyo un movimiento de "discípulos" disciplinados y sumisos, prefirió siempre que cada uno pensara en términos tradicionalistas. Esta artículo demuestra que el pensamiento evoliano sigue vivo treinta años después de su muerte.


Cuando Julius Evola murió, el 11 de julio de 1974, sus libros habian sido leidos por la gran parte de la derecha radical italiana.

El pensamiento tradicionalista de Evola, desde los años inmediatos que siguieron la postguerra, había sido un punto de referencia para todos aquellos que no aceptaban la decadencia y la destrucción espiritual de este país así como del mundo entero. Como todo el mundo sabe, y como Evola escribió en diversas ocasiones, no solo los paises vencidos perdieron parte de sus territorios nacionales, de su prestigio y de su autoridad internacional, sino también muchas de las naciones europeas perdieron en pocos años sus dominios y sus imperios coloniales. De todo esto se beneficiaron los dos bloques, uno el occidental y el otro oriental, el mundo de las Vegas, Coca-Cola y Hollywood y el imperio comunista.

Así pues, cuando en 1948, Evola retornó a Roma, después de largos periodos en hospitales austriacos e italianos, fué contactado por un grupo de jóvenes hombres "que no se habian dejado abandonar a la idea de la renuncia". Entre ellos recordamos: Clemente Graziani, Fausto Gianfranceschi, Roberto Melchionda, G. A. Spadaro, Enzo Erra, Paolo Andriani, Rutilio Sermonti e Pino Rauti: el cual nos relata literalmente su descubrimiento de Evola: " Nosotros no lo conociamos. En la época del régimen fascista, había tenido poca relevancia, a pesar de que sus artículos escritos en Diorama habian sido, a mi entender, fundamentales. Pero nosotros ignorábamos todo sobre la vida cultural del fascismo. (...) Nosotros descubrimos a Evola durante una de nuestras numerosas estancias en la carcel. Leimos Revuelta contra el mundo moderno que tuvo para nosotros una importancia decisiva".

Con todos estos jóvenes hombres Evola comenzó una relación importante. Para ellos, que estubieron en los años sucesibos en el centro de numerosas iniciativas políticas y culturales, el escribió sus principales ensayos políticos. Se trataba de la joven derecha intelectual, próxima al MSI (Movimiento Social Italiano) y sobre todo a Ordine Nuovo. Evola escribiría sobre este último más tarde:" Ordine Nuovo adoptó totalmente mis ideas". Estos jóvenes conservaron una relación preferencial con Evola hasta su muerte.

En los años sucesivos, entre aquellos que visitaron a Evola en su apartamento de Via Victorio Emanuele, destacan Mario Merlino, Gianfranco de Turris, Gaspare Cannizzo, Renato del Ponte y Adriano Romualdi que fué el primer biógrafo del maestro.

Numerosos universitarios y escritores de la derecha radical fueron inspirados, en Italia, por el pensamiento evoliano. Pero solo exitió un pensador en el centro del desierto, como escribió Adriano Romualdi: "Evola constituyo un punto de referencia obligatorio para los jóvenes hombres que, entre 1948 y 1968, se formaron en solitario en el desierto que era la cultura de la derecha radical. Es en este paisaje desolado que Evola se dirigía con su lógica y su estilo cristalino".

Después de la muerte de Evola, sus libros continuaron a circular en el movimiento nacional radical en Italia y sobretodo en la corriente tradicionalista. Algunas veces sus lectores estaban unidos a movimientos políticos pero no siempre era el caso. Y cuando así era, había un particular modo de aproximación a la política. Si bien algunas veces la lectura de Evola pueda ser una via para dejar la política, esto no era en ningún caso frecuente, contrariamente a lo que escribió Marco Tarchi que describió los libros del maestro como un " mito incapacitante".

En nuestro días existen numerosos centros culturales, políticos, editoriales y de tradución en Italia que se pueden relacionar con el pensamiento evoliano. No se pueden citar todos, pero es necesario con los más importantes. Está primero de todo la Fundación Julius Evola que fué creada después de la muerte del barón. Es una extructura cultural, alejada de lo político, y que su único objetivo es el de publicar libros de y sobre Evola y organizar conferencias sobre su pensamiento. Su presidente es Gianfranco de Turris. Desde 1998, la fundación publica una revista anual cuyo título es Estudios Evolianos. La fundación tiene su sede en Roma en los locales de la casa editorial y librería Europa.

Estando Evola todavía en vida, Renato del Ponte fundó un Centro de Estudios Evolianos que compuso el tejido de numerosos ligámenes en todo el mundo. Si bien el alma italiana ha desaparecido, algunos de sus apéndices en el extranjero todavía existen (por ejemplo en Argentina). Renato del Ponte publica una revista llamada Arthos que quiere ser en cierta medida el guardián de la ortodoxia evoliana.

Otro centro de sebera ortodoxia, muy activo y dotado de numerosos miembros, es Raido, cuya sede está en Roma y que publican un boletín del mismo nombre. Ligado a Raido el grupo siciliano el Cinabro que posee una librería y publican una revista trimestral llamada Heliodromos.

Otra revista siciliana muy importante es Vie della Tradizione. De periodicidad trimestral dirigido desde 1971 por Gaspare Cannizzo y que representa el símbolo de reencuentro de las diversas corrientes tradicionales nacidas del pensamiento de Evola: paganos y católicos, musulmanes y gnósticos, romanos y nórdicos, etc.

Existe también la revista Algiza - que yo mismo dirijo desde 1995 - y que es el órgano de expresión del Centro Studi la Runa, una asociación tradicionalista que tiene su sede cerca de Génova en el norte de Italia. Entre otras publicaciones , es de señalar Avalon, publicada del Cerchio otra librería tradicionalista de orientación evoliano-católica.

Existe todavía otra importante casa editorial de derecha radical, ediciones de AR, fundada hace más de 30 años por Franco Freda. Señalamos también All'insegna del Vetro dirigida en Parma por el profesor Mutti y ediciones Barbarossa que depende de la librería de Milán, La Bottega del fantastico, y que publican una revista mensual de caracter nacional-revolucionario con el nombre de Orion.

Alberto Lombardo

Publicado en La Biblioteca Evoliana

Blas Piñar: Mística y Política de la Hispanidad (1961)

Blas Piñar: Mística y Política de la Hispanidad (1961)

Conferencias pronunciadas a invitación del Gobierno de la República Argentina en el Palacio de las Artes Decorativas de Buenos Aires, el día 19 de abril de 1961.

La Hispanidad es un vocablo de uso corriente entre nosotros, y hasta se atisban o vislumbran de un modo confuso, al pronunciarlo, algunas de las ideas que en el vocablo se esconden y contienen. Hoy, la Hispanidad circula como una moneda de valor y cuño conocidos.

Pero a nosotros, ahora y en este momento, nos incumbe algo más que recibir la moneda, examinarla superficialmente y dejarla correr en el mercado. Desaprovecharíamos con estúpida frivolidad esta ocasión que la Providencia nos depara si no intentáramos -con la impresión de riesgo que la aventura implica- retirarnos con esa moneda a nuestro estudio a fin de considerarla con atención y minuciosa simpatía, de repasar, despacio y con amor, las honduras y el perfil de sus relieves, de recitar con pausa sus orlas y leyendas y de entrañarnos en su hechura para conocer con detalle su ingrediente y la ley que norma y preside su íntima aleación.

¿Cómo y cuando se ha elaborado y construido la doctrina de la Hispanidad? ¿Cuáles son sus principios ideológicos? ¿Cuál es la empresa, el programa, el quehacer de la Hispanidad?

Porque, ciertamente, nosotros no hemos inventado la Hispanidad. Nos hemos limitado a bautizarla, a darle un nombre. Monseñor Zacarías de Vizcarra, Obispo Consiliario general de la Acción Católica Española, fue el feliz descubridor de la palabra. Y Ramiro de Maeztu, uno de sus teóricos y expositores, el que la propaga y vulgariza. Pero la Hispanidad estaba ahí. Nosotros no la hemos edificado ni constituido. Nos hemos limitado a declararla, a proclamarla, a quitar los velos que la cubrían.

Nos ha sucedido con la Hispanidad aquello que acontece con los astros y con los dogmas. No son nuevos, no nacen de la noche a la mañana. No se crean, ni se inventan cada día.

El astro esta en su sitio, girando en su órbita desconocida para nosotros, hasta que llega un instante en que la triple concurrencia de un observador agudo, de un tiempo bonancible y de un instrumento hábil señalan, con precisión y exactitud, la diáfana presencia de la antes ignorada criatura sideral.

El dogma, igualmente, está embebido, navegando en el tesoro de la Revelación tradicional y escrita, vagamente percibido, expuesto a los choques de la discusión y la disputa, hasta que, agudizada la perspectiva histórica y asistido por la infalibilidad prometida cuando se trata de los graves asuntos que atañen a la Fe, el Romano Pontífice declara la verdad que, so pena de herejía, deben aceptar y creer los hijos de la Iglesia.

Los mismos contradictores de la Hispanidad, los de dentro y los de fuera de nuestra dimensión geográfica, han contribuido, sin saberlo, a aclarar sus contornos. La reciedumbre y agresividad de sus ataques nos revelaba que había algo de peso que atacar, y como reacción y contraste, aquello que insultaban, menospreciaban y zaherían atrajo la curiosidad de muchos; al principio. con las precauciones y cautelas de algo que se reputa vergonzante y prohibido y, al fin, con el ímpetu, el entusiasmo y la generosidad de una causa que se estima grande y bella a la vez.

Fue así como una generación, luego conocida como la generación de la esperanza, pudo tener la sensación, espiritual y física, de que una entera y prolija comunidad humana había vivido en la plenitud de la Hispanidad. La Hispanidad comenzó a percibirse cuando, por paradoja, empezó a retirarse, cuando dejo de vitalizar el conjunto, y ello por la sencilla razón de que, al igual que el hombre, las colectividades tienen un sistema nervioso que acusa la incomodidad y la falta de salud.
Estamos en el camino de retorno, enfermos, si, pero con la ilusión rejuvenecida y alimentada por el tesoro de la experiencia. Esa experiencia, necesaria siempre, que cursa a los hombres y a las sociedades, que les da un cierto sentido para discernir y ponderar, nos ha revelado ahora, de un modo clarividente, que nuestro error, error grave y colectivo, no fue otro que asociar la quiebra del Imperio a la quiebra de la Hispanidad, es decir, de los principios ideológicos que la habían estructurado en el curso de tres siglos de amorosa convivencia.

No fuimos capaces de percibir que el Imperio -aquel Imperio sin imperialismo, como alguien ha estampado con letras de molde- era tan sólo una fórmula política, un expediente pasajero, contingente, susceptible de mudanza y de cambio, sin que por ello padeciera la Hispanidad.
La Hispanidad era lo permanente, el espíritu con fuerza y energía creadora y fecundante, capaz de corporeizarse, de hacerse visible y operar a través de esquemas distintos. Estimamos que al devenir insuficiente e inservible la fórmula, también lo sustantivo se encontraba en liquidación, y con infantil alegría emprendimos la subasta. *

La independencia

De otro lado, no supimos tampoco caracterizar y calificar el hecho doloroso de la separación. Creímos que las Provincias emancipadas hacían, con el gesto independiente, una manifestación tajante, definitiva y pública de repudio a la España materna y progenitora que, cubierta de luto, lloraba la incomprensión de sus hijas, cuando la realidad era que la España de comienzos del XIX era la hija mayor que había desfigurado su rostro, la "vieja y tahúr, zaragatera y triste" que dibujara Antonio Machado y que repelía a la más noble juventud de América. Las provincias españolas de América y de Asia, Hispanoamérica y Filipinas, repudiaron a esa España en metamorfosis que se había traicionado a sí misma, pero no repudiaron a la Hispanidad. Más aún, por ser fieles a la Hispanidad, por entender que la España de su tiempo no respondía a las exigencias ideológicas del mayorazgo, se hicieron independientes y soberanas. No fue la Enciclopedia, ni un afán de mimetismo -aunque todo ello tuviera su influjo-, lo que produjo el parto de veinte naciones en la configuración política del universo. Fue un proceso desintegrador, incubado y desarrollado exclusivamente de puertas para adentro, la lucha entre el absolutismo centralizador de la monarquía borbónica de signo francés y el régimen tradicional criollo de los Cabildos abiertos y de los Congresos generales; y aunque después el alejamiento de la Hispanidad se generalizara -que no fue vano el grito suicida de "¡Libertémonos de nuestros libertadores!"-, lo cierto es que la Independencia fue desgajamiento de España y afirmación de Hispanidad *

La decadencia

La España oficial, el equipo dirigente de la Nación, había renegado de los valores que nos engendraron a la existencia histórica. Ya el 30 de marzo de 1751, el Marqués de la Ensenada escribía al embajador Figueroa: "Hemos sido unos piojosos llenos de vanidad y de ignorancia."

De aquí, al análisis exacerbado y punzante de los hombres del XIX no había mas que un paso. Como escriben Areilza y Castiella en su magnífica obra Revindicaciones de España, la postración nacional, subsiguiente la Independencia y emancipación americana, se halla atravesada por un río caudaloso de hipercrítica afrancesada y liberal que se suma satisfecha a la tesis de la "leyenda negra", que comparte, saboreándolos, los puntos de vista de nuestros enemigos y que asienta y consolida la tesis de la decadencia española como algo fatal e inherente a la Nación.

Cuando llega el año del desastre, cuando es preciso, ante la perdida de Cuba y Filipinas recoger la bandera y apretar los dientes, exclamando con versos del poeta Ramos Carrion:

"Hoy desmayada y triste con humildad se pliega

amarilla de rabia y roja de vergüenza",

España se hunde en una atmósfera de hastío y de fatiga. Hay como un dolor amargo, como una temperatura alocada y febril que hace, en su delirio, bancarrota de valores . Todo se ha vuelto triste y feo. Se diagnostica, con nausea, de nuestra Historia y de nuestro presente. Para Unamuno, "los pueblos de habla española están carcomidos de pereza y de superficialidad". Baroja asegura que América y el catolicismo son las dos trabas que habían entorpecido la grandeza de España. Costa propone que se cierre con dos llaves el sepulcro del Cid, y Canovas, el restaurador, comentando, a su modo, la Constitución de 1876, afirma con sarcasmo y con burla que "son españoles... los que no pueden ser otra cosa".

¿Cómo sorprendernos, pues, ante esta condenación brutal de nuestro pasado histórico, de aquellas generaciones hispanófobas y positivistas que subsiguen a los libertadores de América? ¿Cómo admirarnos de los insultos de Sarmiento y de la frase terrible del ecuatoriano Francisco Eugenio de Santa Cruz y Espejo: "Vivimos en la ignorancia y en la miseria"? ¿Cómo extrañarnos de aquel grito: "¡Despañolización!", que fórmula el chileno Francisco Bilbao, o del ímpetu soñador de Luis Alberto Sánchez, que quiere "hacerlo todo de nuevo, y todo sin España"?

Hoy, el transcurso del tiempo, la serenidad y la pausa de la investigación y el acontecer histórico nos permiten asignar a ese conjunto histérico y dramático de vejaciones y denuestos su alcance limitado.

Si en un principio los hombres que presentían la Hispanidad podían sentirse irritados e increpar a los enemigos como se increpa a Calibán, el monstruo shakesperiano: "te doy el don de la palabra y con ella me maldices", en la hora presente os habéis dado cuenta, vosotros los hispanoamericanos, de que "hablar mal de los conquistadores -como ha dicho el uruguayo José Enrique Rodó- es hablar mal de vuestros abuelos, porque más tenéis vosotros de tales conquistadores que aquellos que permanecimos en la Península"; y nos hemos dado cuenta, nosotros los españoles -como escribe Ramiro de Maeztu-, que al fin y al cabo es preferible que nos insulte un hombre de Hispanoamérica a que nos adule Mr. Taft, porque cuando alguno de vosotros nos insulta, nos insulta porque nos quiere, porque, a despecho de sus palabras, le hierve la sangre española, le duele España y quisiera transfundirla y rehacerla a imagen y semejanza de su ideal.

¡Bienvenido sea el dolor si es causa de arrepentimiento! Porque hay un dolor que naufraga en la angustia y que termina en la tragedia suicida del nihilismo. Pero hay también un enfoque cristiano del dolor que nos refugia en la eternidad, que nos hace humildes, que nos purifica y eleva, que nos devuelve y retorna la voluntad de vencer, con un firme y definitivo propósito de la enmienda.

Nosotros no detestamos el dolor de los hombres que vivieron la amargura del desastre. Lo que repudiamos en algunos es el derrotero espiritual y político de su dolor, el ver tan solo "una España que muere y otra España que bosteza", el no descubrir, como Rodó, la España niña, la España núbil que aguarda la hora propicia de enviar al mundo el mensaje nuevo de su eterna y vigorosa juventud.

Por eso, porque en mi Patria hubo una alegre y heróica juventud que creía en la España núbil, porque alguien dijo, frente al sarcasmo de Canovas, que "ser español era una de las pocas cosas serias que se podía ser en el mundo", porque no creímos en la decadencia que es fruto de una enfermedad interna, sino en la derrota por imperios rivales; porque entendimos que es estúpido dar la razón a los vencedores por el hecho simple de su victoria; porque hay una diferencia clara entre los vencidos después de la lucha y los cobardes que de la lucha desertan, nos pusimos en pie dispuestos a romper para siempre las dos grandes losas que angustiaban la vida de la Nación: por abajo, la losa de la injusticia social, y por arriba, la falta de un sano y auténtico patriotismo. Aspiramos a empalmar el ayer con el mañana, a fundir lo social y lo nacional bajo las exigencias religiosas, y a aupar a España buscando su esencia y su quehacer histórico, porque, como reza un himno: "del fondo del pasado nace mi revolución". *

Cultura común reconocida

Mas no creáis que aquella etapa de la amargura y del cansancio se presenta tan oscura y sombría. Un instinto casi irracional pugnaba por abrirse paso en una atmósfera saturada de reservas. A su conjuro, las naciones de nuestra común estirpe se sabían hermanas, compañeras de un destino unánime, personajes de igual categoría en una empresa universal y humana.

En la vía próxima de la auscultación, acercando el oído al aliento popular, estaba claro que una misma lengua permitía comunicarse y entenderse a los hombres que vivían del norte al sur y del este al oeste de aquella dilatada vastedad. Andrés Bello, el insigne venezolano, entiende que frente a todo separatismo lingüístico, "esta unidad de lengua hay que conservarla celosamente, como el vinculo inmortal de España con las naciones de América que de España descienden, como un medio providencial de comunicación y un vinculo fraterno entre las naciones de origen hispano". Por esta razón, Andrés Bello, al escribir su Gramática castellana para americanos, emula la misión de Antonio de Nebrija y, siguiendo su pauta, el argentino Amado Alonso, el venezolano Rafael María Baralt y los colombianos José Eusebio Caro, Rufino José Cuervo y Mario Fidel Suárez, con plenitud de facultad y de derechos, legislan acerca de nuestro idioma. José Marti, artífice de la independencia cubana, escribe sin ambages: "Buena lengua nos dio España", agregando: "Quien quiera oír Tirsos y Argensolas ni en Valladolid mismo los busque..., búsquelos entre las mozas apuestas y los mancebos humildes de la América del Centro, donde aún se llama galán a un hombre hermoso, o en Caracas, donde a las contribuciones dicen pechos, o en Méjico altivo, donde al trabajar llaman, como Moreto, hacer la lucha". Y es que, de una parte, mientras mas se estudia el habla criollo, tanto más se convence uno de que muchas voces y giros que en América se estiman de origen guaraní, quechua o araucano son genuinamente españolas, y, de otra, que siendo patrimonio común el castellano, un giro que nace en Castilla no tiene más razones para prevalecer e imponerse que otro nacido en Lima o en Tegucigalpa.

Se produce así un fenómeno de intercambio y ósmosis. Rubén Dario y Valle Inclan popularizan entre nosotros los llamados americanismos. Se fundan, en pleno siglo XIX, las Academias americanas de la Lengua correspondientes de la Española, y en el II Congreso de las mismas, celebrado en Madrid en el año 1956, se reafirma la unidad del lenguaje y, como una prueba de tolerancia y de abertura, se reconoce, admite y legitima el "seseo".

Ese examen de lo auténticamente popular, por encima de la extravagancia y desentrenamiento de las clases mas cultas, pone de relieve el origen peninsular del folklore de Hispanoamérica. Como dice Joaquín Rodrigo, la primera música que llega al Nuevo Mundo es la música popular española: los sones de guitarra, las coplas y los bailes del pueblo; y es esta música la que, al entrar en colisión con la música aborigen, la desaloja en parte de los oídos y de la memoria y en parte se mezcla y se funde con ella. De este modo, la ranchera de Méjico, el merengue de Santo Domingo, el son-chapín de Guatemala, el punto guanasteco de Costa Rica, el joropo de Venezuela, el bambuco de Colombia, la marinera del Perú, la cueca de Chile, la samba argentina, el yaraví de Bolivia y la guarania del Paraguay, responden a una temática común de ritmo y de armonía y denuncian el aire familiar hispánico. No hay en ellos, como escribe Barreda Laos, ni estridencias ni saltos acrobáticos; hay suavidad y dulzura de abandono. Hispanoamérica, cuando se aparta del snobismo de la moda y baila con su propio sentido, busca la gracia leve del arte y no el automatismo mecánico de los pies; se entrega a la melodía del alma y huye del ruidoso estrépito del "jazz".

En uno y otro lado se conservan, al través del tiempo, las mismas canciones populares. Pedro Massa, argentino, escucha emocionado, a la altura de Baeza, una seguidilla familiar en su patria:

"Me enamoré -jugando-
de una María;
cuando quise olvidarla
ya no podía."

Y en Santiago del Estero aún se escuchan coplas del cancionero medieval de España:

"Las estrellas del cielo
son ciento doce;
con las dos de tu cara,
ciento catorce."

¡Cómo admirarnos, pues, de la influencia de Albéniz en los músicos criollos y de la acogida fraterna en la península de vuestras canciones, que repiten sin cansancio de los oyentes las orquestas y los tríos musicales, y que se ponen de moda y se escuchan desde Madrid y Barcelona hasta los cortijos andaluces y los caseríos de Navarra! Es que existe un fondo lírico y musical común adentrado en la conciencia de los hombres hispánicos, los cuales, ante un ritmo concreto, levantan el espíritu, se contagian de alegría o de tristeza, esbozan una sonrisa de humor o empanan los ojos con lagrimas leves y furtivas. *

Conciencia colectiva

En esa vida diaria y popular, lejos de las urbes abigarradas y cosmopolitas, se conserva profundo y enraizado el sentimiento hispánico de las nacientes soberanías. En los campos abiertos, en la pampa, en la sabana y en el llano sobre los corceles que arrancan su linaje de los caballos andaluces que sirvieron de cabalgadura a los hombres de la conquista, los vaqueros de Méjico, los guasos de Chile, los gauchos del Río de la Plata, los llaneros de Venezuela y los cow-boys de los Estados Unidos, contribuyen, con su anónimo cabalgar, a la extensión de las fronteras.

La estampa airosa del caballo sirve de trampolín para el recuerdo de la conquista. "después de Dios, debemos la victoria a los caballos" había escrito Bernal Díaz. "A la Jineta -asegura el Inca Garcilaso -se gaño mi patria"

Sin duda por ello, Santos Chocano canta la epopeya de los corceles andaluces:

"¡Los caballos eran fuertes!
¡Los caballos eran ágiles!
Sus pescuezos eran finos y sus ancas
relucientes y sus cascos musicales.
¡No! No han sido los guerreros solamente
de corazas y penachos y tizonas y estandartes
los que hicieron la conquista
de las selvas y los Andes.
Los caballos andaluces, cuyos nervios
tienen chispas de la raza voladora de los árabes.
estamparon sus gloriosas herraduras
en los secos pedregales,
en los húmedos pantanos,
en los nos resonantes,
en las nieves silenciosas,
en las pampas, en las sierras y en los bosques y en los valles
Los caballos eran fuertes!
¡Los caballos eran ágiles!"
Todo aquello que sirve de talismán y de piedra de toque para que el alma del pueblo, sin engaño y sin artificio, se manifiesta y se desborda, trasluce de inmediato una misma conformación espiritual. Y así, el cine, ese espectáculo de masas, a pesar de la técnica y del respaldo económico de los que han convenido en llamarse países adelantados, no tiene eco y resonancia de taquilla, no desborda las salas de espectáculos, hasta que Cantinflas, Sandrini o José Luis Ozores no reproducen la comicidad de nuestros ambientes, hasta que Pedro Armendariz o Pablito Calvo no representan en la pantalla todo el tramado de pasión y de ingenuidad de nuestros hombres, hasta que María Féelix o Carmen Sevilla no dibujan, con su donaire y con su garbo, un modo especial de entender la belleza.

Este transfondo de unidad se palpa cuando lo "nuestro", lo de "todos", tiene que luchar y que enfrentarse con una circunstancia hostil o indiferente. Así, en Nueva York, todos los años se celebra el desfile de los "hispánicos", cuyo contingente más numeroso, los emigrados de Puerto Rico, han hecho del castellano un idioma familiar en la urbe y obligatorio en las escuelas; y en Los &AACUTEngeles, donde los nietos de mejicanos continúan hablando su lengua de origen, y donde los "espaldas mojadas", al rellenar los cuestionarios oficiales, ponen orgullosamente en la. casilla señalada para el país de procedencia, spanish, es decir, "hispánico".

Hombres de nuestros países luchan y trabajan en los países ajenos como en el propio. Los reveses de la fortuna o de la política no impelen ni constriñen a una radical expatriación, porque, sobre unas fronteras artificiales, se repite y reproduce el ambiente de familia.

Hay fenómenos que, no obstante afectar de un modo directo e inmediato a una de las naciones que integran nuestro mundo, dan origen en todas ellas a una tensión unánime, profunda y general. La guerra de España, el justicialismo de Perón, el A. P. R. A. del Perú, los movimientos políticos de Belice y el fidelismo cubano son hechos palpables y suficientes que explican, sin aclaraciones ni comentarios, la realidad operante de esta conciencia colectiva de los pueblos hispánicos.
Esa conciencia colectiva está como traspasada e impregnada de una profunda religiosidad. Los avatares de la Independencia, la ausencia de clero y su falta de ejemplaridad en muchos casos, la instigación y la propaganda de las sectas, el Estado agnóstico o beligerante en la persecución y la escuela laica, no han sido capaces de arrancar el sentido católico romano de nuestros pueblos. Aúnque es verdad, como alguien ha dicho, que son muchos los hispánicos que no acuden a las iglesias, la realidad es que, en su inmensa mayoría, en su unidad moral, viven en la Iglesia y se saben miembros de su mística corporeidad.

Por mucho que se haya intentado identificar a la Iglesia con la antigua Monarquía española, dando a entender que era patriótico luchar contra ambas, lo cierto es, como demuestra Hichard Patte, que la Independencia de las naciones hispanoamericanas. nada tuvo que ver con la Iglesia como tal; no hubo entonces, durante las jornadas difíciles y turbulentas de la emancipación, ni un solo caso de anticlericalismo ni de hostilidad a la Iglesia, y el mismo Bolívar, en sus consejos, tantas veces, por cierto, desatendidos, dice textualmente: "Me permitiréis que mi último acto sea el recomendaros que protejáis la santa religión que profesamos y que es el manantial abundante de las bendiciones del cielo."

Entre esas bendiciones, aquella que ha servido para mantener esa confirmación católica del Continente americano de origen español, ha sido, sin temor a dudas, la devoción a la Virgen. Bajo el signo de María se descubre América. La jornada memorable del descubrimiento estaba ya bajo el dulce y amoroso patrocinio de la Señora y como si ello no fuera bastante la misma Señora alzó en aquella mañana todo un mundo nuevo arrancado de las tinieblas de lo desconocido, pare elevarlo aún más alto en el trono de su reinado maternal.

Bajo el signo de María se fundan las ciudades como La Paz, La asunción o Nuestra Señora del Buen Aire, se bautizan ríos y ensenadas, se erigen escuelas y universidades, y en la roca del Tepeyac se aparece nuestra Madre al indio Juan Diego, se dibuja y reproduce en su tilma y, como queriendo refrendar desde la altura la Hispanidad naciente, le habla al indio en castellano e inunda su mantón, cuando el Obispo Zumarraga le exige las pruebas del prodigio, con un manojo fragante de rosas de Castilla.

María deviene así la Regina Hispaniarum Gentium E1 Gobierno independiente de Caracas jura defender; como lo habían hecho tantos municipios españoles, el privilegio de la Concepción Inmaculada de la Señora, y la Señora, bajo las bellas y emotivas advocaciones de Lujan, del Carmen y la Aparecida, de la Caridad del Cobre, de la Alta Gracia, de Caacupé, de Copacabana, de Chiquinquira, de Coromoto, de Suyapa, , de la Merced, es proclamada Patrona Celestial de los países soberanos e independientes de Hispanoamérica.


Este fenómeno de la unidad, lleno de vida y palpitación, no podía por menos de conmover y subyugar a quienes en América hispana y Filipinas advenían a la cultura libres de prejuicios y con lealtad, valor e intrepidez bastantes pare hacer tabla rasa de los mismos. Ellos son los que integran esa generación de la esperanza a que antes aludíamos, una generación cuya perenne fidelidad nos asegura, para un futuro quizá próximo e inmediato, un trueque de rotulo y bandera. Porque la esperanza, como la fe, en frase de San Pablo, son virtudes para la dureza, la austeridad, la zozobra y la incertidumbre del camino, y siendo la caridad la virtud que permanece a la llegada, cuando la unión y la entrega se consuman, nos es lícito entender que a muchos de estos esforzados caballeros de la Hispanidad, entrevistos por la mirada soñadora de Maeztu cabrá en suerte la providencial tarea de tejer y edificar, con su amor y su talento, la continuidad de los pueblos hispánicos. *

Leyenda negra

En esta línea de pensamiento, al proyectar sin celajes la mirada sobre el tremendo episodio de la conquista y del trasvase subsiguiente por España a los pueblos de América del tesoro envidiable de la cultura cristiana y occidental, que otros países europeos, por contraste, guardaron con celo para sí, se multiplican las frases, los párrafos, las estrofas, los libros de admiración, de agradecimiento y de sorpresa.

En Ecuador, Montalvo no vacila en decir: "¡España! Lo que hay de puro en nuestra sangre y de noble en nuestro corazón, de claro en nuestro entendimiento, de ti lo tenemos, a ti lo debemos. Yo, que adoro a Jesucristo y que hablo la lengua de Castilla, ¿cómo habría de aborrecerla?" Y Benjamín Carrión estampa sin miedo esta frase tan bella: "España, que nos hizo la visita de las carabelas, nos dejo la herencia de la cruz y la lengua, la lealtad, el honor y la aventura". Y José Rumazo, el poeta de hoy, escribe: "Recordada en la sangre, España mía."

"Renegar de España, el punto de partida -escribe el argentino Manuel Ugarte- , es edificar en el viento". "España -dice el también argentino Julio Soler Miralles- nos ha dado la concepción del hombre cabal. Por ello y porque nos ha dado aquello que vale más que la vida, que es el estilo y la fe, que Dios la bendiga." Y hasta el propio Juan Domingo Perón, hubo de afirmar: "Si la América española olvidara la tradición que enriquece su alma... y negara a España, quedaría instantáneamente baldía."

"Si hemos de mantener alguna personalidad colectiva -argumenta el uruguayo José Enrique Rodó- necesitamos conocernos en el pasado, divisarlo por encima de nuestro suelto velamen y confesar la vinculación con el núcleo primero. Sólo así -concluye- tendremos conciencia de continuidad histórica, abolengo, solar y linaje en las tradiciones de la humanidad civilizada."

"Hemos sido educados en la leyenda negra -grita con ademán airado el chileno Augusto Fontaine Aldunate- cuando nos son precisas y con urgencia lecciones de hispanidad, es decir, de un modo noble y señorial de ser y de comportarse como hombre."
«¿Por qué se oculta en las historias oficiales de mi país -nos dice el mejicano Alberto Escalona Ramos- que durante los siglos virreinales Méjico era la capital de un mundo que se alargaba desde Honduras. al Canadá?» «¿Es qué acaso se quiere -como protesta Vasconcelos con su indignación justificada- que reneguemos de un pasado grandioso, que liquidemos nuestra médula cristiana y española y nos transformemos y convirtamos en parias del espíritu?» «¿Es qué se olvida que tan sólo España es -como afirma don Alfonso Reyes- el camino de nuestra América?» «¿Es qué acaso España no es la Madre y -como asegura Porfirio Díaz- sigue siéndolo, porque las maternidades no prescriben?»

"Nosotros somos, amigos europeos -dice como en una arenga el nicaragüense José Coronel Urtecho-, la España americana" "España está en nosotros" -escribe su compatriota Ycaza Tijerino-. "Y nosotros -agrega el colombiano Eduardo Caballero Calderón- salvaremos la levadura española en los pueblos de Hispanoamérica, porque España es como una levadura sin la que el pan puede, desde luego, fabricarse, mas con el castigo casi bíblico de que ni la masa crece ni el pan se degusta.»

España está así como metida en el alma de Hispanoamérica, y son los versos, la expresión más alta y encendida de la belleza, los que se desbordan en rimas subyugantes.

En Méjico, Amado Nervo, en su poema "&AACUTEguilas y leones", escribe:

¡Oh España...!
Los pueblos hermanos que en ti fijos
tienen los grandes ojos, negros. soñadores,
te brindan sus estrellas, sus manos enlazadas,
sus vivos gorros frigios.
¡Somos de raza de águilas y de leones!
Tengamos esperanza.

Y en Guatemala, Manuel José Arce y Valladares, en "Los argonautas vuelven», dice:

Y una raza -india, núbil- desgarrada
en la violencia del primer encuentro;
y el abrazo de sangre del mestizo
como tierno maíz al sol granado.
La cruz proliferó las selvas vírgenes,
de sol de fe de España jamás puesto,
y mi sol tropical hinchó de zumos,
de oro y de glorias nuevas toda España.

Y en Panamá, Enrique Grenzier, grita:

¡Mentira! Tú no estás en decadencia,
noble, gloriosa, bendecida España.
No estás en decadencia como dicen,
estás en gestación cual la crisálida.

Y en Venezuela, Andrés Eloy Blanco, en su "Canto a España", casi reza:

Yo me hundí hasta los hombros en el mar de Occidente.
Yo me hundí hasta los hombros en el mar de Colón,
frente al sol, las pupilas, contra el viento la frente,
y en la arena sin mancha, sepultado el talón.
Halla en España mimos y en América arrullos,
¡el mismo vuelo tiendan al porvenir las dos!
y el mundo estupendo verá las maravillas
de una raza que tiene por pedestal tres quillas
y crece como un árbol hacia el cielo, hacia Dios.

Y en Colombia, José Joaquín Ortiz, se expresa de este modo

El recuerdo de España
seguíamos doquiera.
Todo nos es común: su Dios, el nuestro,
la sangre que circula por sus venas
y el hermoso lenguaje;
sus artes, nuestras artes, la armonía
de sus cantos, la nuestra;
sus reveses,
nuestros también, y nuestras
las glorias de Bailén y de Pavía.


Y en Chile, Gabriela Mistral, en "Salutación", amonesta:

"Y he dicho al descartado que destiñe lo nuestro que en español es más profundo el Padrenuestro. Soy vuestra y ardo dentro la España apasionada como el diente en el rojo millón de la granada. Os fue dada por Dios una virtud tremenda: el ganar el botín y abandonar la tienda; perder supieron sólo España y Jesucristo, y el mundo todavía no aprende lo que ha visto."

Y en Argentina, Ignacio B. Anzoátegui, en , proclama:

Presencia
del cielo de España
que puso una cruz en el cielo,
para que la ausencia
tuviera un poco de España y de anhelo.

Y en Paraguay, José Antonio Bilbao, se emociona:

Tú, madre España, patria antigua, gozas
tu piel de mar a mar bien extendida
-camino de tu sangre y de tus rosas-
estás con sangre a nuestra piel cosida.

En Filipinas, Manuel Bernabé, canta:

Filipinas, la Virgen marinera
salta de una ribera a otra ribera
montante en trampolín de nipa y caña,
y os trae, como regalos del Oriente,
los dos soles que bailan en su frente:
la fe de Cristo y el amor a España.

Y Claro Mayo Recto, en Elogio del Castellano, nos arenga:

No en vano por tres siglos tus ejércitos
han levantado en mi solar sus tiendas,
y vieron el prodigio de mis lagos
y de mis bellas noches el poema;
no en vano en nuestras almas imprimiste
de tus virtudes la radiosa estela
y gallardos enjoyan tus rosales
plenos de aroma las nativas sendas.
No morirás en este suelo
que ilumina tu luz; quien lo pretenda
ignora que el castillo de mi raza
es de bloques que dieron tus canteras.

Pero no basta con este cambio de mente. Era preciso que un soplo de primavera llegara hasta nosotros e hiciera florecer en nuestro invierno helado las flores fraternales de una misma esperanza. Fue Rubén, el poeta de los cisnes, las princesas y las crisálidas el que nos trajo el mensaje de las ínclitas razas ubérrimas, el que infundió, al brindarnos la estupenda y melodiosa, energías nuevas para deshacer la farándula deambulante y perezosa de la vida nacional y convertirla en una empresa dinámica, tensa y contagiosa:

"¿Quién será el pusilánime
que al vigor español niegue músculo
que al alma española
juzgase artera, ciega y tullida?
&UACUTEnanse, brillen, secúndense tantos vigores dispersos,
formen todos un solo haz de energía ecuménica.
Vuelva el antiguo entusiasmo, vuelva el espíritu ardiente.
Juntas las testas ancianas ceñidas de lincos lauros
y las cabezas jóvenes que la alta Minerva decora.
¡Y así sea Esperanza la visión permanente en nosotros.
Inclitas razas ubérrimas, sangre de Hispana fecunda!"

Ganivet, en su Ideario español, ya había escrito: "Noli foras ire: in interiori Hispaniae habitat veritas." Pero es Ramiro de Maeztu, el convertido, el que había anhelado ir "hacia la otra España", el que escribe, sembrando la fe: "La obra de España, lejos de ser ruina y polvo, es una fabrica a medio hacer, como la Sagrada Familia de Barcelona o la Almudena de Madrid o, si se quiere, una flecha caída a mitad del camino que espera el brazo que la recoja y lance al blanco, o una sinfonía interrumpida que esta pidiendo los músicos que sepan continuarla."

"E1 ideal hispánico esta en pie y, por mucho que se haga por olvidarlo, mientras lleven nombres españoles la mitad de las sierras del globo, la idea nuestra seguirá saltando de los libros de la mística a las paginas graves y solemnes de la historia universal."

Este bagaje ideológico y emotivo movilizo a los nuevos alarifes, a los músicos noveles, a los guerreros barbilampiños a continuar la obra interrumpida, la sinfonía inacabada, a encorvarse hasta el suelo, a tomar la flecha y acerarla con precisión pare abrirse camino en la fronda y en la maraña de los errores, de las calumnias y las desidias.

Ahí estaban las más recientes interpretaciones de la América española, que era preciso examinar con agudeza y desenmascarar con denuedo. *

Indigenismo

En primer lugar, la que estima el paso de. España como algo advenedizo y extraño que se yuxtapone a la población autóctona y que es preciso sacudir y expulsar con objeto de que aquellas espléndidas civilizaciones vernáculas recobren su vigor y su grandeza primitivos. La América española es una creación artificial, lo que cuenta es Indoamérica, e indigenismo se llama la doctrina redentora que es necesario predicar frente a la opresión de la conquista.

Se utilizan los tópicos conocidos, se montan leyendas con hecatombes de indios pacíficos e inocentes y de tal modo se exagera la nota de brutalidad de los españoles, que Clemente Orozco, uno de los mas grandes pintores mejicanos, no ha podido por menos, criticando el indigenismo, que escribir estas paginas humorísticas: "La Conquista no debió haber sido como fue. En lugar de capitanes crueles y ambiciosos, España debió mandar una delegación numerosa de etnólogos, antropólogos, arqueólogos, ingenieros civiles, cirujanos, dentistas, veterinarios, médicos, maestros rurales, agrónomos, enfermeras de la Cruz Roja, filósofos, filólogos, biólogos, críticos de arte, pintores murales y eruditos en Historia. A1 llegar a Veracruz, desembarcar de las carabelas carros alegóricos enflorados y en uno de ellos Hernán Cortes y sus capitanes, llevando sendas canastillas de azucenas y gran cantidad de flores, confetis y serpentinas para el camino de Tlaxcala. Y después de rendir pleito homenaje al poderoso Moctezuma, establecer laboratorios de bacteriología, neurología, rayos X, luz ultravioleta, un departamento de asistencia pública, universidades, kindergartens, bibliotecas y bancos refaccionarios... Poner a Alvarado, a Ordaz, a Sandoval y demás varones fuertes de gendarmes, a cuidar las ruinas... Aprender ellos mismos los 782 idiomas diferentes que se hablaban. Respetar la religión indígena... Impulsar los sacrificios humanos, con departamento de engorde y maquinaria moderna para refrigerar y enlatar y sugerirle, muy respetuosamente, al gran Moctezuma que estableciera la democracia en el pueblo, pero conservando los privilegios de la aristocracia."

Pero es que la construcción ideológica de Indoamérica es radicalmente falsa en su base y deletérea edemas, si de la misma se deducen sus naturales consecuencias.

Es falsa en su base porque, sin perjuicio de los abusos inherentes a toda empresa humana, la medula del quehacer español en América no fue otra que la expansión del Evangelio. La Conquista no fue encomendada a empresas comerciales, provistas de concesiones y privilegios, que asegurasen, en todo caso, rentas ajustadas a la Corona, ni fue tampoco el resultado de una huida de grupos disidentes que buscaban cobijo a su preciosa libertad. La empresa española fue una empresa del pueblo y del Estado, fieles, absolutamente fieles, a la convicción ortodoxa que pliega y subordina los intereses temporales al mas alto servicio de Dios y de las almas.

Por esto -y vuelvo a repetir que sin ocultar la existencia de pecados y pecadores-, cuando Alonso de Ojeda desembarca en las Antillas en 1509, no les dice a los indios que los descubridores pertenecen a una raza superior y distinta, sino que, animándoles, les enseña que "Dios Nuestro Señor, que es único y eterno, creo el cielo y la tierra y un hombre y una mujer de los cuales vosotros y yo, y todos los hombres que han sido y serán en el mundo, descendemos". "Nuestros amigos los indios", repetirán los Reyes de España, y para ellos, para que fueran respetados y amados como iguales, se dicta ese monumento de las Leyes. de Indias, que ahí está para gloria de los hispanos y vergüenza de los fariseos que han querido ocultar sus lacras vergonzantes lanzando manotadas de cieno sobre la estampa limpia de la verdad.

Pero la construcción ideológica de Indoamérica no solo es falsa en su base, sino que es absurda en sus resultados, sobre todo si entre ellos se aspira a buscar estímulos y resortes a la unidad de nuestros pueblos. En primer lugar, países como Argentina, Uruguay y Costa Rica, donde apenas si existen vestigios de la población autóctona, quedarían automáticamente separados del movimiento;. Por otro lado, habría que detener el mestizaje, que los auténticos indigenistas han de considerar como producto híbrido, como una yerba malsana que es necesario expulsar o destruir con tanto o con mas ahínco que aquellos cuyo color y contextura siguen representando la conquista. Finalmente, conseguidas las metas deseadas y repuesta la situación en el punto de partida, en el instante mismo en que las culturas aborígenes quedaron paralizadas, nos encontraríamos con el espectáculo desesperante de miles de tribus, ligadas tan solo por el vinculo lugareño, separadas por abismos de incomprensión y de idioma, sin conciencia histórica nacional, entregadas a practicas y costumbres primitivas y, en muchos casos, despóticas y sanguinarias.

La construcción ideológica de Indoamérica es inadmisible. Si hay algo en el indigenismo que merece beligerancia y que ha de recogerse con cariño y con amor es aquello que tiene de inquietud por mejorar el nivel de vida de los indios, en demasiadas ocasiones bajo, desolador e infrahumano; lo que tiene de afán por ir agregando a la cultura a las tribus en estado salvaje; lo que tiene de ambición por ofrecerles la posibilidad de ser, como ha escrito Lain, lo que fue en su época y con respecto a los hombres de su raza, el Inca Garcilaso.

Pero esto no es otra cosa que Cristianismo a secas, continuación de esa sinfonía inacabada que hemos llamado la Hispanidad. La que prolongan, ensanchan y continúan los misioneros en las auras avanzadas de los infieles; la que hace de lo español, como escribe el chileno Jaime Eyzaguirre, no un elemento más en el conglomerado étnico, sino el factor decisivo y aglutinante, con fuerza y genio capaz de atarlos a todos, de armonizar las lenguas dispares de Méjico y hacer de Chile, no ya el nombre de un valle, sino la denominación de una vasta y plena unidad territorial.

Si alguna vez hubo desprecio hacia los indios, no fue realmente durante la Colonia, sino en los años inmediatos y subsiguientes a la emancipación. Jamás fueron escuchados de labios peninsulares sentencias tan auras como esta de Sarmiento: "Los araucanos son indios asquerosos a quienes habríamos hecho colgar y mandaríamos colgar ahora"; y jamas, durante la época colonial, se produjo la situación de Guatemala en 1870, cuando el Presidente Barrios anuló e incluso ordenó destruir los títulos de propiedad otorgados a los indios quiché por la Corona de España, aboliendo una situación legal avalada por siglos de existencia y deshaciendo, con daño del país, un orden económico que había traído la paz y la ventura a los indígenas.

Lo que hay de auténtico y de valioso en el indigenismo es patrimonio de la Hispanidad, en cuanto que la Hispanidad tiene un núcleo medular cristiano.

Ramiro de Maeztu, al enfrentarse con el problema "nativista", como se llama en Brasil la doctrina que mantiene la postura indoamericana, ha escrito de modo admirable: "Cuando el azteca culto compare un día la gran promesa que significa la catedral de Méjico, con la miseria, la ignorancia y las supersticiones de muchos de sus hermanos, es muy posible que se le ocurra renegar de la promesa y declararse enemigo de la Iglesia católica. Pero también es muy posible que vislumbre que la obra de la Hispanidad no está sino iniciada, que consiste precisamente en sacar a los indios y a todos los pueblos de la miseria y de la crueldad, de la ignorancia y de las supersticiones. Y acaso entonces se le entre por el alma un relámpago de luz que le haga ver que su destino personal consiste en continuar la obra en la medida de sus fuerzas. A1 reflejo de esa chispa de luz, habrá surgido un caballero de la Hispanidad, que también podrá ser un duque castellano, o un estudiante de Salamanca, o un cura de nuestras aldeas, o un hacendado brasileño, un estanciero argentino, un negro de Cuba, un indio de Méjico o Perú, un tagalo de Luzón o un mestizo de cualquier país de América, así como una monja o una mujer intrépida, porque si un ideal produce caballeros, también han de nacerle damas que le sirvan.". *

Panamericanismo

Pues bien, si la construcción doctrinal de Indoamérica es inadmisible, no lo es menos la que, volviendo los ojos hacia el norte, defiende la postura panamericana y hace santo y seña de lo que Rodó ha llamado la "nordomanía" y que se conoce con el nombre de panamericanismo. E1 panamericanismo cuenta con una declaración publica, oficial y solemne en la doctrina de Monroe y con una formulación literaria, hecha desde un campo opuesto, en el mensaje a la América hispana, de Waldo Frank.
E1 atento examen de las fuentes mencionadas, pone de manifiesto que el panamericanismo parte de dos principios que considera incontrovertibles: que la concepción católica e hispánica es una concepción medieval fracasada y superada en la historia, que la concepción sajona y protestante constituye el nervio del porvenir. Por ello, el panamericanismo pretende la aglutinación de América y la unificación política y cultural del Continente, con arreglo a las normas e instituciones del pueblo norteamericano.
Con dicho fin, se han seguido los sistemas del "big stik" y de la ayuda económica y técnica, y se ha pasado del terreno puramente especulativo al terreno institucional, mediante la creación y perfeccionamiento de la Organización de los Estados Americanos.

En virtud de la política del "big stik", el balance para las naciones de origen español en América ha sido tan satisfactorio como el siguiente: Los Tratados de Guadalupe, que arrancan a Méjico e incorporan a la Unión los estados de Texas, Nuevo México, Arizona y California, es decir, la mitad del territorio patrio; Nicaragua y Costa Rica ven hollados sus puertos y aldeas, en 1853 por las tropas de Guillermo Walker, derrotadas, al fin en Santa Marta. Cuba y Santo Domingo son ocupadas por el ejercito yanqui, quedando intervenida la aduana; Panamá se transforma en república independiente, y los Estados Unidos adquieren la zona del Canal como una concesión perpetua, que viene a ser algo así como el precio que la joven nación americana tiene que abonar para obtener su anhelada soberanía.

De la política del "big stik" , el panamericanismo pasa a la ayuda económica y técnica, que va poniendo en manos de las grandes empresas de los Estados Unidos la enorme riqueza potencial de los países de Hispanoamérica y con carácter sucesivo, se han aplicado a: los bananos, el azúcar, el petróleo, las industrias extractivas, los nudos y sistemas de comunicación y de transporte. No se trata de préstamos a largo plazo para crear riqueza nacional, sino de inversiones absorbentes del patrimonio que monopolizan fuerzas económicas tan hábiles y potentes que, a despecho de las fórmulas, tienen en sus manos la orientación social y política de los partidos y de los gobiernos. La fijación de los precios topes a las material primas y la libertad de precio para los artículos manufacturados, hace deficitaria la balanza de pagos de muchos países de Hispanoamérica, clientes únicos en el doble juego de la importación y de la exportación de los Estados Unidos.

Pero, como antes apuntábamos, el panamericanismo no se ha limitado a una formulación doctrinal y a un aprovechamiento de las distintas coyunturas para adentrarse en Hispanoamérica. El panamericanismo ha cuajado, ademas, institucionalmente, en la Organización de los Estados Americanos, cuyo punto de partida corresponde al año 1890, en Washington, y cuya culminación se produce al firmarse, en abril de 1948, la Carta de Bogotá. Durante este lapso relativamente corto de tiempo, el panamericanismo ha dado sus frutos y las naciones americanas de origen español han visto mediatizada, manejada y dirigida desde fuera su política internacional, puesta al servicio de intereses distintos y a veces opuestos a los suyos.

En efecto, como escribe Mario Amadeo, en ningún caso el mecanismo de seguridad colectiva o de coordinación que preveén los acuerdos suscritos por los estados integrantes de la Organización, se ha puesto en marcha para defender puntos de vista que no son precisamente los de los Estados Unidos. Cuando los Estados Unidos eran neutrales en la segunda guerra mundial, la reunión de consulta de Panamá proclamó la neutralidad más estricta. Cuando los Estados Unidos comenzaron a aproximarse a la guerra, la reunión de consulta de La Habana declaró la solidaridad ante la amenaza exterior. Cuando los Estados Unidos entraron en la guerra, la reunión de Río de Janeiro recomendó declarar la guerra. Cuando los Estados Unidos empezaron a tener dificultades con Rusia, la Conferencia de Bogotá señaló el peligro de la infiltración comunista.
El panamericanismo ha despertado así una atmósfera de recelo y de resentimiento cada día más agudizado, estimándose, como dice Ycaza Tijerino, que Norteamérica no puede imponer, ni siquiera con el pretexto de la amenaza comunista, a la Organización de los Estados Americanos, al Continente y a las Repúblicas hispanoamericanas, su propio estilo de vida, sus preocupaciones políticas y sus concepciones para la realización ideológica de su destino.
La hora del momento es lo suficientemente trágica y decisiva para que soslayemos el problema bajo la excusa de la amistad. Precisamente porque nos damos cuenta del papel protagonista que los Estados Unidos desempeñan en la historia del momento y de la responsabilidad cósmica que la Providencia ha querido encomendarle, tenemos la obligación de apuntar los errores que, a la larga o a la corta, pueden redundar en su perjuicio y en perjuicio de la Humanidad.
Tarea de amigos, de amigos sinceros, es la de señalar los fallos, no para recrearse cuando los mismos se cometen, sino para avivar el punto de mira y evitarlos y prevenirlos en el futuro..
Pues bien, constituye un error tremendo y lamentable identificar con los intereses de los Estados Unidos la lucha contra el sistema comunista, de tal manera que cualquier movimiento político, cualquier reivindicación social, cualquier orientación de las corrientes comerciales que se oponga a sus programas deba estimarse que favorece al comunismo.
En primer lugar, los Estados Unidos no han sido siempre los campeones de la lucha anticomunista, ni son, desde luego, los más ejemplares. Durante la segunda guerra mundial, los Estados Unidos fueron aliados de la U. R. S. S., y a la U. R. S. S. entregaron una gran parte de Europa. En Asia cometieron la terrible torpeza de abandonar al ejercito nacionalista chino, dejando a merced de la "democracia popular" una inmensa área de territorio y más de seiscientos millones de almas. Y hoy en día, los Estados Unidos protege y ayudan, militar y económicamente, a Yugoslavia, que vive bajo la dictadura del mariscal Tito, en régimen comunista, aúnque este régimen, por circunstancias más bien de tipo personal, no se halle de acuerdo con Moscú.

Yo no voy a entrar en las razones de peso que justifican este proceder de los Estados Unidos; pero quiero afirmar, de un modo rotundo, que pueden existir otras líneas de conducta de signo anticomunista mucho más tajantes y enérgicas, como lo es, a no dudarlo, la que ha seguido y viene manteniendo la política española.

Frente a un anticomunismo de coyuntura, puede existir y de hecho existe un anticomunismo sustancial, fruto de una postura radical y esencialmente hispánica.

Realizar en los países hispánicos una política que menoscabe su personalidad, tolerar o admitir que los pastores protestantes disuelvan nuestra fe, anular el ímpetu y el coraje de los movimientos nacionalistas que pretenden la consolidación política y la superación económica de nuestros pueblos, equivale a seguir una política miope, dando a entender como, sin duda, lo entienden los grupos comunistas, ortodoxos o disidentes -y ahí esta el libro de Jorge Abelardo Ramos como prueba-, que determinadas exigencias de Justicia, irrebatibles o inexorables, pueden conseguirse solamente, únicamente, adoptando una postura opuesta y refractaria a los Estados Unidos.

El panamericanismo es, por consiguiente, rechazable. Implica una desviación de nuestro sentido histórico que desconoce y ahoga la personalidad cultural y política de Hispanoamérica.
No quiere decir ello, claro es, que no sea posible aúnar los esfuerzos y establecer, en el esquema mismo de la Organización de Estados Americanos, una atmósfera de convivencia fraterna. Mas para ello es preciso que, de buena gana, lealmente, con hidalga caballerosidad se reconozcan y rectifiquen los errores cometidos, se tracen las coordenadas de una actuación sincera y, sobre todo, exista un equilibrio de poder, de tal modo que no haya, como al presente -y según apunta Humberto Pasquini Usandivaras- algo así como unas acciones preferentes y de voto plural, privilegiadas y de soberanía, en la caja fuerte de los Estados Unidos y otras acciones vulgares, ordinarias, que aseguran un puesto en la Asamblea para hacer bulto y contribuir a la farsa y que están en manos de las naciones de Hispanoamérica. *

Latinoamericanismo

Pero si son falsas e inadmisibles, como acabamos de demostrar, las construcciones doctrinales del indigenismo y del panamericanismo, no lo es menos la tesis, más hábil, enguantada y sutil que, partiendo de una supuesta filiación espiritual, minoriza la aportación española a la creación de las naciones de Hispanoamérica y habla con desenvoltura y desparpajo de América Latina.

No solo se ha intentado, por toda clase de medios, arrancar a España la gloria del Descubrimiento de América, acotando y aislando la figura del Almirante para centrar las ofrendas y las conmemoraciones en torno al llamado "Día de Colon", sino que, además, y por añadidura, quiere desconocerse el esfuerzo, el tesón y la energía de más de trescientos años de entrega y sacrificio. Con tal fin, se inventó la frase, hoy vulgar y generalizada, de la América Latina, que muchos de vosotros y de nosotros repetimos haciendo el juego a quienes con interés y con falacia la han puesto en circulación, la han impuesto en las organizaciones oficiales y la han vulgarizado a través de sus medios poderosos de difusión y propaganda.

De acuerdo con su tesis, la noción de Hispanoamérica es incomprensible, porque en la constitución espiritual de las naciones oriundas de España, han intervenido tanto o más que los valores españoles, los italianos y los franceses.

No es posible negar que los valores franceses e italianos, como los alemanes, los ingleses o los eslavos, han producido un acrecentamiento del panorama cultural de los países de Hispanoamérica, pero negamos de una manera categórica que tales valores hayan influido en la constitución de aquellas naciones.

Si éstas -escribe el chileno Oswaldo Lira- son cada una de ellas, las mismas esencialmente que en los momentos de la Independencia -cosa que ningún patriota puede poner en duda sin renegar de si mismo-, es necesario admitir que la afluencia de valores extranjeros no pudo tener otro alcance que el de un prodigioso enriquecimiento adjetivo del espíritu nacional.

Los valores europeos llegaron y sus posibilidades de influjo y asimilación se debieron a que, como afirma el peruano Alberto Wagner de Reina las naciones americanas de origen español habían recibido la cultura de España. Fue esta cultura, forjada al amparo de la cruz y de las cinco declinaciones latinas la que, al convertirse en columna medular de dichas naciones, las hizo capaces de aprender y asimilar las otras culturas occidentales.

E1 argumento de la América Latina se vuelve así en contra de sus defensores. Si en ella hay algo que no sea estrictamente peninsular, algo del espíritu francés, del italiano, del inglés o del germánico, se debe a España, que no dudo en transferir sin reservas el tesoro de su idioma y de su bagaje intelectual.

Hoy, esta verdad, clara y tajante, empieza a ser reconocida por hombres ajenos a nuestro ambiente, y así Jaques de Lauwe, en su obra L’Amerique Iberique, escribe que la misma "constituye un mundo aparte y que es mentiroso el calificativo de Latina que se le atribuye", y Waldo Frank, al que antes hacíamos referencia, escribe que "España esta más próxima a América que las corrientes complejas de París".

Por tanto, si los términos Latinoamérica y América Latina sólo pretender con torpeza diluir el nombre español en fórmulas amplias y genéricas que den cabida y preponderancia -como apunta Jaime Eyzaguirre- a otras naciones, muy ilustres, pero que estuvieron ausentes en las etapas culminantes de la Conquista y de la Colonia, si dicha terminología supone, como escribe Lohman, una aberración conceptual, debemos con justicia exigir, en nombre de la historia, como pide Oswaldo Lira, y de los principios mas elementales de la filosofía de la cultura, que tales denominaciones son eliminadas y abolidas.

En los ambientes populares, incontaminados por los juegos del idioma, se palpa de inmediato lo artificioso de estas construcciones. "Vista desde Europa -dice Rodó-, -toda la América nuestra es una sola entidad que procede históricamente de España y que se expresa en idioma español." Y apreciada desde dentro esta claro, como señala el argentino Enrique V. Corominas, que, no obstante la presión artificiosa de indigenistas, panamericanistas y latinoamericanistas, hay como una fuerza emocional y telúrica que vincula y ata a los pueblos de América en lo español y que los convierte en comunidades de ciudadanos hispanoamericanos.

Toda la argumentación desemboca, pues, en el lógico e indiscutible corolario de que la única denominación ajustada y, a la vez, comprensiva de las naciones americanas que se emanciparon de la Península, es precisamente la de Hispanoamérica o Iberoamérica, bajo la cual se comprende a la América española y a la portuguesa.

Ahora bien, si lo ibérico es algo así como la infraestructura, lo espontáneo, lo étnico y temperamental subyacente en lo español y portugués, y lo hispánico, en cambio, es la alta estructura, la determinación cultural y la forma histórica de lo español y de lo luso, resulta congruente que el vocablo más preciso es Hispanoamérica.

Almeida Garret confirma esta tesis al decir, con harta razón: "Somos hispanos e devemos chamar hispanos a cuantos habitamos a peninsula hispánica". En el mismo sentido, Ricardo Jorge dice: "Chamese Hispana a peninsula, hispano, ao seu habitante ondequer que demore, hispanico ao que lhez diez respeito". Y Miguel Torga, el poeta portugués de nuestro siglo, no vacila en decir que su patria "termina en los Pirineos".

Por su parte, el escritor brasileño Gilberto Freire escribe que "Brasil es una nación doblemente hispánica, la nación más hispánica del mundo por el hecho feliz de haber tenido, a la vez, una formación española y portuguesa".

Y es que hay algo entrañable que enlaza y complementa a los dos pueblos de la Peninsula, cantados por Camoens en la época de su máxima extensión territorial con los versos hermosos:

"Del Tajo al Amazonas el portugués impera, de un polo al otro el castellano yoga y ambos extremos de la terrestre esfera dependen de Sevilla y de Lisboa.".Pero si son falsas e inadmisibles, como acabamos de demostrar, las construcciones doctrinales del indigenismo y del panamericanismo, no lo es menos la tesis, más hábil, enguantada y sutil que, partiendo de una supuesta filiación espiritual, minoriza la aportación española a la creación de las naciones de Hispanoamérica y habla con desenvoltura y desparpajo de América Latina.

No solo se ha intentado, por toda clase de medios, arrancar a España la gloria del Descubrimiento de América, acotando y aislando la figura del Almirante para centrar las ofrendas y las conmemoraciones en torno al llamado "Día de Colon", sino que, además, y por añadidura, quiere desconocerse el esfuerzo, el tesón y la energía de más de trescientos años de entrega y sacrificio. Con tal fin, se inventó la frase, hoy vulgar y generalizada, de la América Latina, que muchos de vosotros y de nosotros repetimos haciendo el juego a quienes con interés y con falacia la han puesto en circulación, la han impuesto en las organizaciones oficiales y la han vulgarizado a través de sus medios poderosos de difusión y propaganda.

De acuerdo con su tesis, la noción de Hispanoamérica es incomprensible, porque en la constitución espiritual de las naciones oriundas de España, han intervenido tanto o más que los valores españoles, los italianos y los franceses.

No es posible negar que los valores franceses e italianos, como los alemanes, los ingleses o los eslavos, han producido un acrecentamiento del panorama cultural de los países de Hispanoamérica, pero negamos de una manera categórica que tales valores hayan influido en la constitución de aquellas naciones.

Si éstas -escribe el chileno Oswaldo Lira- son cada una de ellas, las mismas esencialmente que en los momentos de la Independencia -cosa que ningún patriota puede poner en duda sin renegar de si mismo-, es necesario admitir que la afluencia de valores extranjeros no pudo tener otro alcance que el de un prodigioso enriquecimiento adjetivo del espíritu nacional.

Los valores europeos llegaron y sus posibilidades de influjo y asimilación se debieron a que, como afirma el peruano Alberto Wagner de Reina las naciones americanas de origen español habían recibido la cultura de España. Fue esta cultura, forjada al amparo de la cruz y de las cinco declinaciones latinas la que, al convertirse en columna medular de dichas naciones, las hizo capaces de aprender y asimilar las otras culturas occidentales.

E1 argumento de la América Latina se vuelve así en contra de sus defensores. Si en ella hay algo que no sea estrictamente peninsular, algo del espíritu francés, del italiano, del inglés o del germánico, se debe a España, que no dudo en transferir sin reservas el tesoro de su idioma y de su bagaje intelectual.

Hoy, esta verdad, clara y tajante, empieza a ser reconocida por hombres ajenos a nuestro ambiente, y así Jaques de Lauwe, en su obra L’Amerique Iberique, escribe que la misma "constituye un mundo aparte y que es mentiroso el calificativo de Latina que se le atribuye", y Waldo Frank, al que antes hacíamos referencia, escribe que "España esta más próxima a América que las corrientes complejas de París".

Por tanto, si los términos Latinoamérica y América Latina sólo pretender con torpeza diluir el nombre español en fórmulas amplias y genéricas que den cabida y preponderancia -como apunta Jaime Eyzaguirre- a otras naciones, muy ilustres, pero que estuvieron ausentes en las etapas culminantes de la Conquista y de la Colonia, si dicha terminología supone, como escribe Lohman, una aberración conceptual, debemos con justicia exigir, en nombre de la historia, como pide Oswaldo Lira, y de los principios mas elementales de la filosofía de la cultura, que tales denominaciones son eliminadas y abolidas.

En los ambientes populares, incontaminados por los juegos del idioma, se palpa de inmediato lo artificioso de estas construcciones. "Vista desde Europa -dice Rodó-, -toda la América nuestra es una sola entidad que procede históricamente de España y que se expresa en idioma español." Y apreciada desde dentro esta claro, como señala el argentino Enrique V. Corominas, que, no obstante la presión artificiosa de indigenistas, panamericanistas y latinoamericanistas, hay como una fuerza emocional y telúrica que vincula y ata a los pueblos de América en lo español y que los convierte en comunidades de ciudadanos hispanoamericanos.

Toda la argumentación desemboca, pues, en el lógico e indiscutible corolario de que la única denominación ajustada y, a la vez, comprensiva de las naciones americanas que se emanciparon de la Península, es precisamente la de Hispanoamérica o Iberoamérica, bajo la cual se comprende a la América española y a la portuguesa.

Ahora bien, si lo ibérico es algo así como la infraestructura, lo espontáneo, lo étnico y temperamental subyacente en lo español y portugués, y lo hispánico, en cambio, es la alta estructura, la determinación cultural y la forma histórica de lo español y de lo luso, resulta congruente que el vocablo más preciso es Hispanoamérica.

Almeida Garret confirma esta tesis al decir, con harta razón: "Somos hispanos e devemos chamar hispanos a cuantos habitamos a peninsula hispánica". En el mismo sentido, Ricardo Jorge dice: "Chamese Hispana a peninsula, hispano, ao seu habitante ondequer que demore, hispanico ao que lhez diez respeito". Y Miguel Torga, el poeta portugués de nuestro siglo, no vacila en decir que su patria "termina en los Pirineos".

Por su parte, el escritor brasileño Gilberto Freire escribe que "Brasil es una nación doblemente hispánica, la nación más hispánica del mundo por el hecho feliz de haber tenido, a la vez, una formación española y portuguesa".

Y es que hay algo entrañable que enlaza y complementa a los dos pueblos de la Peninsula, cantados por Camoens en la época de su máxima extensión territorial con los versos hermosos:

"Del Tajo al Amazonas el portugués impera, de un polo al otro el castellano yoga y ambos extremos de la terrestre esfera dependen de Sevilla y de Lisboa.". *

Primogenitura no española

La tradición hispánica pertenece por igual a las dos. naciones peninsulares, como pertenece y forma parte del de Hispanoamérica. E1 secreto con la continuidad, en contribuir y en mantener y desarrollar este sentimiento de tradición, en darnos cuenta del fraterno quehacer que se nos brinda y comprender a fondo aquellas palabras de Menéndez y Pelayo, según las cuales los pueblos no pueden renunciar a la cultura que les es propia, sin mengua de la parte mas noble de su ser, sin comenzar una segunda infancia muy próxima a la imbecilidad senil.

Tal es la tarea de nuestra generación y de nuestro tiempo: dar plenitud de vigencia al ser histórico de las naciones hispánicas. Cierto que son muchos los impacientes a los que ahoga y desespera la lentitud, que son muchos los que ambicionan una superación inmediata del estadio floral, pero también es cierto que, con independencia y aún a pesar de las disquisiciones líricas y de las evocaciones sentimentales, nuestra obra esta en marcha.

En un mundo industrial y mecanizado como el mundo moderno, la enorme empresa hispánica parece caminar con lentitud, con una engañosa impresión de retraso, más ello se debe, como apunta Coronel Urtecho, a que la misma no opera, en primer lugar, sobre la superficie de la tierra, modificando los aspectos aparentes de la civilización, sino que trabaja secretamente, como un fermento,
Un patrimonio cultural que consiste en rendir culto a un esfuerzo colectivo un sentimiento de tradición, en hacer que se nos brinda, en las profundidades oscuras de la vida del hombre, en la entraña insondable de las naciones, en el subsuelo de la cultura y en el humus fecundante del sentido católico de nuestros pueblos.
En este operar callado, hemos visto aparecer, limpia y recortada, la figura de Hispanoamérica, es decir, de un conjunto de naciones que, por encima y por debajo de su lozana diversidad, tienen el común apellido de hispánicas. Más al occidente de América, el archipiélago filipino, que los españoles descubrieron y civilizaron, constituye una nación de la misma raíz y estirpe. Por último, en Europa, Portugal y España, los dos países ibéricos, peninsulares y fundadores, son también, y por las razones señaladas, substantivamente hispánicos.

Es decir, que además de los hispanoamericanos, existen los hispanofilipinos y los hispanopeninsulares. Todos ellos gozan de la hispanofiliacion e integran, por consiguiente, la Hispanidad.

Pero la Hispanidad no es solo el conjunto de hombres que gozan de la hispanofiliación, ni el marco geográfico y político en que los mismos habitan Hispanidad es, sobre todo, como apunta Lain Entralgo, un modo de ser o, como nosotros indicábamos al comienzo, el conjunto de principios vitales que un día cuajaron en un cuerpo político y que hoy, por tener como nunca el más alto grado de vigencia histórica, pueden y deben operar y manifestarse de nuevo.

La diferencia en el modus operandi radica, con respecto al pasado, en que en la oportunidad presente, no es España (y Portugal con ella) la nación portadora de tales principios. Si las naciones peninsulares fueron entonces las que infundieron Hispanidad, ahora es el conjunto de pueblos en que la Hispanidad quedo trascendida, los que, de un modo solidario, han de incorporarse a la tarea. No es, por consiguiente, que Hispanoamérica, como han dicho Pablo Antonio Cuadra y Alfredo Sánchez Bella, comience en los Pirineos; es que la unidad de Hispanoamérica procede de España y luego la comprende con el nombre de Hispanidad. Lo hispánico no es, por consiguiente, lo español; la Hispanidad no fluye, en consecuencia, de la España del momento, sino que, partiendo de la España de entonces, mana a través de los pueblos hispánicos y nutre o deja nutrir la corriente del gran Amazonas de nuestro espíritu. La Hispanidad es como una llama que, encendida con la leña ancestral de los olmos, los robles y las encinas de la Peninsula, prende y a la vez se nutre, vigoriza y alimenta -como con bella metafora ha dicho el uruguayo Alejandro Gallinal -con las maderas y los troncos de vuestros montes y vuestras cordilleras vírgenes.

La España actual es una entre los pueblos hispánicos, tan hija de la España progenitora, como pueden serlo Ecuador o Venezuela. La Madre Patria de que hablan con tanto amor como respeto hispanoamericanos y filipinos, es también la madre de nuestra España, a la que solo corresponde, por razón de su mayorazgo, la custodia y no la propiedad de los viejos papeles de familia. E1 centro de gravedad de los pueblos hispánicos, su nivel, no esta aquí ni allá, en Europa, en América o en Oceanía, está en aquel grupo de hombres que representen, en cada instante, de un modo mas fiel, exacto y preciso, los ideales de la Hispanidad.

Por eso ha podido escribirse desde América que si España dejara de existir, tragada por el mar, o hiciera traición a sus propias esencias hispánicas, la Hispanidad realizaría su propia misión sin España, esforzándose como un primer objetivo en reconstituirla y en rehacerla.

Si la Hispanidad es, por consiguiente, un fluir de vida y exigencias, se equivocan aquellos que la reducen, empequeñecen y esterilizan, confundiéndola con una mera contemplación embobada y narcisista de España en los estratos históricos superados. *

Aspiraciones de la hispanidad

La Hispanidad, sin desentenderse del pasado, aspira a trascenderlo con una dinámica permanente, pensando en la España actual y concreta, con sus virtudes y defectos; en la nación filipina, enfrentada en una lucha heroica contra valores extraños a su plasma vital; en las naciones, grandes o chicas de América, pero orgullosas de su destino.

Bajo este punto de vista, la Hispanidad supone una auténtica revolución histórica. Es más que recuerdo, empresa; más que sentimiento, voluntad de fundación. En la Hispanidad ya estamos -escribe Mariano Picón Salas-; lo que nos hace falta es su actuación eficiente, crear -como arguye Sandro Tacconi- un orden hispánico nuevo; dar forma jurídica -como quiere Martín Artajo- al conjunto de naciones hispánicas.

Había, hasta la fecha, como una cierta timidez al llegar a este punto de las conclusiones. Expuesta la doctrina, se estancaba aquí, como temiendo que alguien se escandalizara ante el anuncio de un posible encuadramiento formal de la estirpe hispánica.

¿Acaso no sería todo ello una argucia, hábilmente tejida, por la España del momento que ideara para recobrar su pasada hegemonía? Más aún, ¿acaso no sería la Hispanidad si se llegaba a tales consecuencias, un artilugio para exportar de contrabando cierta mercancía política que puede no gustar o no ser apta para ciertos ambientes?

Pero hoy, tales reservas, han sido, afortunadamente, sujetadas. El esquema jurídico en que la Hispanidad cristalice no se encuentra a priori al servicio de ninguna hegemonía, sino al servicio perfecto y colectivo de la Comunidad.

De aquí que hoy se prolongue, sin rebozos, dar contenido plástico a la unión de nuestros pueblos y realizar de algún modo -como sea, dice Alfonso Junco - su unidad política. Aúnque la Hispanidad postula una actitud frente a la vida y una forma de catolicismo y de cultura pretende, como señala Ycaza Tijerino, una finalidad política. Por eso, el que no tiene conciencia política no entiende del todo la Hispanidad.

Esta exigencia política de la Hispanidad ha sido y es irrenunciable y permanente. La idea de una comunidad de naciones hispánicas -escribe el uruguayo Carlos Lacalle - no ha surgido de pronto ni la han discurrido en torno de una mesa un grupo de doctrinarios, sino que ha sido elaborada desde el día siguiente a la emancipación. *

Cronología de la unidad hispanoamericana

El examen de los años subsiguientes a la Independencia pone de manifiesto dos cosas: de un lado, la nostalgia de la unidad perdida, y, de otro, el anhelo, siempre reiterado, de lograrla.
Sarmiento no vacila en exclamar: "hace veinte años, un habitante de las pampas de Colombia se abrazaba en medio del Continente con otro de las pampas de Buenos Aires, y ya no ha quedado ni un solo vínculo entre los Estados vecinos", y Ugarte escribe "que no es posible regocijarse completamente de una emancipación que, multiplicando el desmigajamiento de los antiguos virreinatos en Repúblicas a menudo minúsculas e indefensas, ha venido a sembrar el porvenir de responsabilidades históricas".
La profunda miseria moral de las medianías que hostigaban al genio de América -dice el ecuatoriano Ulpiano Navarro-, el caudillismo montaraz de algunos jefes de Venezuela, la intriga del subsuelo, roedora y terrible, de los libertarios de Bogotá, la ingratitud de los antiguos áulicos del virreinato de los Reyes, la envidia de los estadistas del Plata fueron parte a que nuestra América, después de la guerra de la Independencia, no se constituyese con la integridad de los territorios patrimoniales.

La Independencia ha significado la disgregación -subraya Mariano Picón Salas- por haber sido realizada traicionando el ideal de los auténticos libertadores. Por ello, si la enfermedad, como asegura D'Ors, se llama nacionalismo, la salud debe llamarse anfictionía.
Y fue, efectivamente, una confederación, una anfictionía, lo que hoy, con términos más exactos, conocemos con el nombre de Comunidad, lo que se busco incluso antes de que aparecieran los primeros conatos libertadores.
En esta línea, el célebre Francisco de Miranda imaginó, por los años 1785 y 1790, formar, una vez terminada la Independencia, un Imperio Americano que se extendiera desde el Mississipi hasta la Patagonia con un monarca incaico y sistema parlamentario a la inglesa, que evitara la anarquía en el orden político y la desmembración en el orden geográfico; la Infanta Carlota-Joaquina, hermana de Fernando VII y esposa de Juan VI de Portugal, ofreció desde el Brasil, a los diferentes virreyes y a las diversas Juntas de Defensa hispanoamericanas, una serie de ideas políticas renovadoras que tendían a salvar la unidad supranacional, amenazada peligrosamente por la invasión napoleónica de la Península. José Gregorio Argomedo propuso en Chile, el 18 de septiembre de 1810, un Congreso de todas las provincias de América que habría de celebrarse en el caso de ser derrotada España por los franceses; y el mejicano Lucas Alaman pidió en las Cortes de Cádiz una relativa independencia de las Colonias y una confederación de las mismas con España.

De los libertadores, sabido es como José de San Martín sacrificó su presencia en América al logro de la Unidad; O`Higgins, después de Maipu, abogó por ella, y en favor de ella se pronunciaron las Constituciones de la Independencia; e Iturbide suscribió el Tratado de Córdoba con el último virrey de Méjico, tratando de establecer una interdependencia jurídica entre la Nueva España y la Corona.

Por su parte, Simón Bolívar, antes y después de Boyaca y de Carabobo, levanto la bandera confederal, y el de septiembre de 1815 escribía: "Puesto que estas naciones tienen un origen, una lengua, unas costumbres y una religión, deben tener igualmente un solo Gobierno que confedere los diferentes Estados que hayan de formarse."

Con absoluta fidelidad a esta idea, el Libertador como presidente de Colombia, y don Pedro Gual, como ministro de Asuntos Exteriores, facultaron a don Jaime Mosquera para la suscripción de tratados con los países fraternos, y así, después de penosas negociaciones, se firmaron, en 1822 con Perú, en 1823 con Méjico y en 1825 con Centroamérica. En el espíritu y en la letra de estos acuerdos aparece el deseo de constituir "una sociedad de naciones hermanas", "un cuerpo anfictionico o Asamblea de plenipotenciarios que de impulso a los intereses comunes y dirima las discordias que puedan suscitarse entre pueblos que tienen unas mismas costumbres".

Los acuerdos mencionados fueron el punto de partida del Congreso de Panama y de Tacubaya de 1826. Bolivar, al convocarlo en 7 de diciembre de 1824, insiste en la necesidad de una "asamblea de plenipotenciarios que nos sirva de consejo en los grandes conflictos, de punto de contacto en los peligros comunes, de fiel interpretacion de los tratados. y de conciliacion, en fin, de nuestras diferencias".

El Congreso de Panama, que terrninó suscribiendo el 15 de junio de 1826 un "Tratado de unión, liga y confederación perpetuas entre las Repúblicas de Perú, Colombia, Centroamerica y Estados Unidos mejicanos", vino a resultar inoperante no solo porque dicho acuerdo fue ratificado solo por Colombia, sino porque en 1830, la Gran Colombia, que había nacido en diciembre de 1819, se dividió en tres Estados independientes: la actual Colombia, Ecuador y Venezuela, y el 30 de mayo de 1838, el Congreso Federal de las Provincias Unidas de Centroamérica, que habia surgido el 1 de julio de 1821, dejó en libertad a las mismas para constituirse como gustaren, naciendo los Estados de Honduras, Guatemala, El Salvador, Costa Rica y Nicaragua.

Pero los esfuerzos comunitarios han proseguido sin desaliento, tratando de suturar las piezas desatadas. Y así, Ecuador, Colombia y Venezuela firmaron, el 29 de octubre de 1948, la Carta de Quito, en la que, reconociendo la existencia de los "vínculos especiales que unen entre sí a los Estados hispanoamericanos por su comunidad de origen y cultura", den nacimiento a la Organizacion Económica Grancolombiana. Honduras, Guatemala, El Salvador, Costa Rica y Nicaragua, con la conciencia de sentirse y saberse "partes disgregadas de una misma nación", suscriben, el 14 de octubre de 1951, en San Salvador, la Carta fundacional de la Organizacion de Estados Centroamericanos. Y Chile y Argentina, el 8 de julio de 1953, firman un tratado por el que constituyen su Union Económica.

A su vez, los países hispánicos de la Península, al calor de los embates de la última contienda universal constituyen el llamado "Bloque Iberico", confirmado después con las entrevistas de sus gobernantes y ampliando a colaboraciones y entendimientos que rebasan la esfera militar, como han puesto de relieve las conversaciones de Ciudad Rodrigo.

Es decir, que lenta y gradualmente, salvando prejuicios y distancias, se abre paso la empresa de comunidad inacabada en áreas regionales económica y geográficamente definidas, como un paso firme y seguro hacia la estructura mas amplia, completa y general. *

Revindicaciones políticas, económicas y territoriales

En este aspecto, estimamos un error de enfoque el considerar, como lo han hecho algunos escritores hispanoamericanos, la declaración de Salta -obsesos por sus graves problemas de vecindad con los Estados Unidos-, que lo más importante y urgente es conseguir la integridad de Hispanoamérica y luego ofrecer un status especial a los países peninsulares, toda vez que la ubicación europea de los mismos les desplazan de aquella órbita continental.

Y decimos que esta corriente de opinión es equivocada porque la urgencia por atender y cubrir frentes determinados no puede oscurecer el enfoque del movimiento y la vastedad de la estructura.

La Hispanidad, modo de ser, conjunto de principios vitales, anima y federa una comunidad, a un puñado de pueblos que de ella se alimentan con el fin de realizar, a través de los instrumentos de ayuda y de trabajo que constituyen, su qehacer histórico.

Si en la hora prima de la fundación de la Comunidad estuviera ausente alguno de nuestros pueblos, se apreciaría al instante, en ese Amazonas del espíritu a que antes hacíamos referencia, no solo una falta de caudal, sino también la especia o ingrediente propio de una forma especifica de vivir la Hispanidad por el ausente.

Por otro lado, el destino de la Hispanidad es ecumenico y necesita realizarse en todas las latitudes. Habrá pues una hispanidad operante en Europa, en América y en Asia que adoptará, acomodándose a las necesidades del clima y a las cooyunturas del momento, las formas de actuación que estime prudentes y acertadas.
Cada una de nuestras naciones, aisladas o desconfiante, devendría estéril y acabaría siendo anulada o absorbida. El ejemplo que nos ofrece la nación filipina, combatiendo a solas en el mar de la indiferencia, que ahora tan sólo comienza a transformarse en simpatía, pero que aún no ha llegado a cuajar en ayudas prácticas y concretas, es espectáculo y escándalo para todos y ejemplo bastante para no reducir y acotar nuestros puntos de mira.

El enfoque del movimiento hispánico y el conjunto de la estructura formal y jurídica en que el mismo se manifiesta, ha de reconocer como efectivo y operante el hecho de que en América constituimos, desde Méjico hasta la extremidad patagónica, como dice Federico García Godoy, "un gran todo sólidamente coohesionado" , y que en Europa los dos países hipánicos peninsulares, y en el Oriente Lejano la nación filipina están unidos por vinculos que nada ni nadie pueden desconocer o ignorar.
Estos vínculos hacen que la anhelada comunidad de naciones hispánicas sea mucho más hacedera de aquello que nosotros -encima de la menudencia y prolijidad de los hechos- nos figuramos.
Vivimos en la era de los grandes sujetos supranacionales. La Comunidad Británica, la Liga Arabe, las organizaciones de cooperación en Europa, la Agrupación Regional Soviética, la Seato, la misma Organización de Estados Americanos nos indican con claridad meridiana que ha llegado el mimento de hacer efectiva esa homogeneidad de que hacemos gala, y superar las disputas entre naciones pequeñas que sólo redundan en beneficio de las grandes; de consumar la unidad antes de que otros la consoliden y antes, incluso, de que nos sea impuesta con un signo ideológico distinto.

Porque el problema no está en si esa unión de nuestros pueblos, esa comunidad que armonice lo diverso y variado ha de consumarse. o no, sino en si tal fenómeno ha de producirse como señala Mario Amadeo bajo el lema "Cristianismo y libertad" o bajo el lema de "Comunismo y tiranía".

Vamos, pues, como dice el Padre Juan Ramón Sepich, a construir nuestro mundo según nuestro ser, a aúnar a la "gran familia", como añoraba el poeta uruguayo Alagarinos Cervantes, fundador de la "Revista española de ambos mundos", y a llevar a termino su doble tarea, una que mire hacia dentro de la comunidad y otra que mira hacia fuera.

Desde el punto de vista interno, la Comunidad tiene que partir de un hecho evidente, a saber: que bajo su rubrica no solo se federan los Estados, sino que se aglutinan también los hombres de la Hispanidad. ¡Ojo Colmeiro observa con exactitud que "los hispánicos no llegan entre si a considerarse extranjeros". Mariano PicorT Salas dice que "aún cuando empleen pabellones distintos, un chileno esta emocionalmente más cerca de un mejicano que un habitante de Australia de otro del Canada", y Calor Lacalle, avanzando aún más, estima "que es necesario fomentar la conciencia íntima de que el ser ciudadano de un país hispánico supone -con los derechos y deberes consiguientes- la afiliación a la Hispanidad".

No es -como dijera Menéndez Pelayo, todavía perplejo por la incertidumbre de su época -que "gentes con un mismo origen, un mismo culto y un mismo idioma, pueden ser de distintas naciones, pero ante Dios forman una sola familia"; no se trata de crear simplemente una pura nacionalidad literaria común que haga ciudadanos de nuestro mundo, sin vinculaciones provinciales, a Agustín de Foxa, a Enrique Larreta, a Gabriela Mistral y a Juan de Ibarbourou; no se trata, en fin, de una imprecación unamunesca: "la sangre de mi espíritu es mi lengua y mi patria esta allí donde resuene". Lo que se busca es la declaración y reconocimiento de la "común nacionalidad" que pide Barreda Laos, del hecho traslucido de que "somos parte de una misma nación", como dice Gustavo Kosling; de abolir entre hispánicos las fronteras, que el escritor salvadoreño Viera Altamirano considera malditas, y proclamar la existencia de la unidad supranacional hispánica que propugna Ycaza Tijerino, y que Menéndez Pelayo, en la villa europea de la Hispanidad, conoce por "Hispania Mayor", y José Enrique Rodó, desde la villa opuesta, denomina, con entusiasmo y con orgullo, "Magna Patria".

En esta línea, el Congreso Hispano-Luso-Americano y Filipino de Derecho Internacional, celebrado en Madrid en el año 1951, estudió la ponencia de Federico Castro Bravo sobre "El problema de la doble nacionalidad", recomendando la formación de un proyecto de ley uniforme y la concesión, por cada país, a los hispánicos de las otras naciones, de una condición jurídica especial que les separe de la rúbrica de extranjeros y les vaya gradualmente equiparando a los nacionales.

En España, la nueva Ley de 15 de julio de 1954, que ha derogado los artículos correspondientes del Código civil, admite la doble nacionalidad y, recogiendo las disposiciones especiales que se habían venido dictando, facilita la adquisición de la ciudadanía española a hispanoamericanos y filipinos.

Mas no basta, en el frente interior, con llegar, como sin duda llegaremos, a ser ciudadanos de la Hispanidad. Hace falta constituirnos en bloque cultural, económico y castrense.

El bloque cultural postula un libre intercambio y una circulación sin trabas aduaneras de libros y revistas; una depuración de nuestros textos escolares, arrancando de los mismos todo resabio de hostilidad y planteando en ellos el acontecer hispánico en un clima fraterno y de conjunto; un intercambio reciproco de profesores entre las facultades universitarias; un encuentro periódico de estudiantes, graduados, profesionales y artistas, como pretenden nuestros Colegios Mayores "Nuestra Señora de Guadalupe", "Hernán Cortes" y "Junípero Serra", y el propio Instituto de Cultura Hispánica, nacido en aquellas reuniones históricas celebradas en San Lorenzo de El Escorial en el verano de 1946; un especial interés por la pureza del idioma, apasionando en la tarea a periodistas y hombres de la radio; una validez universal de nuestros títulos académicos; una creciente unificación legislativa, que tiene su punto de arranque en un derecho histórico común y en una forma análoga de vivirlo y de aplicarlo; una sincera y eficaz colaboración en la esfera cinematográfica, y una agencia, en fin, de noticias, como aquella que propugna Fernando Mora, subdirector de Novedades, de Méjico, que transmita con fidelidad el latido diario de nuestro vivir, que evite el silencio de la noticia importante o su difusión con falta de espíritu constructivo de lo que, refiriéndose a otras agencias extrañas al mundo hispánico, se quejaba el colombiano Alberto Lleras, siendo secretario de la Organización de Estados Americanos.

En este orden, los esfuerzos de la Oficina de Educación Iberoamericana, cuyo III Congreso acaba de celebrarse en Santo Domingo, y los de la joven Asociación Iberoamericana de Periodistas, son un trampolín brindado y abierto a las mas anchas e ilusionadas ambiciones.

Y junto al bloque cultural, el bloque económico, cuyos postulados fundamentales han de ser los siguientes: la Hispanidad constituye un área económica y un mercado común. Sobre esta base, es preciso superar el estadio presente de coloniaje económico, salir del monocultivo (estaño en Bolivia, cobre y nitrato en Chile, petroleo en Venezuela, café en Colombia y Brasil, azúcar en Cuba y Santo Domingo, cane y 1ana en la Argentina y Uruguay), diversificando la producción; crear corrientes comerciales nuevas que eviten la tiranía de los monopolios, especializar la mano de obra; industrializar, de acuerdo con las necesidades generales, evitando los planes inorgánicos y haciendo posible que una fábrica de botones en Costa Rica, con una población de 800.000 habitantes, pueda construirse a sabiendas de que esta destinada no solo a saturar el reducido mercado del país, sino a suministrar el producto a una población adecuada de consumidores y de usuarios.

Las reuniones de la C. E. P. A. L. y las conferencias económicas celebradas al amparo de la Organización de Estados Americanos, han puesto de relieve la urgencia de la llamada emancipación económica. Mientras el ingreso anual per capita en los Estados Unidos excede de los 1.900 dólares, en los países iberoamericanos dicho ingreso alcanza solamente a 211,45, y ello a pesar de que Iberoamérica es hoy el mercado más grande para las exportaciones norteamericanas, la fuente principal de importaciones y el campo de mayor inversión privada en el extranjero.

Aúnque las cifras son engorrosas, tienen valor edificante y es necesario reproducirlas. Así, en el año 1953 Iberoamérica provee a los Estados Unidos del 100 por 100 del quebracho que importa; del 100 por 100 del asbesto; del 98 por 100 del cuarzo en cristales; del 65 por 100 de la bauxita; del 62 por 100 del antimonio; del 42 por 100 del berilio; del 43 por 100 del sisal; del 37 por 100 del cadmio; del 29 por 100 del cobre; del 25 por 100 del espatofluor; del 23 por 100 del manganeso; del 20 por 100 del vanadio; del 18 por 100 del estaño, y del 17 por 100 del wolframio.

En el mismo año, Iberoamérica importo de los Estados Unidos el 27 por -100 de su producción de maquinaria industrial; el 33 por 100 de la maquinaria eléctrica; el 52 por 100 de autobuses y camiones; el 43 por 100 de automóviles, y el 35 por 100 de grasas, leche, carne y otros productos alimenticios.

El desequilibrio de la balanza de pagos se debe, en gran parte, a que cuando el dólar norteamericano va a Hispanoamérica, en pago de material primas, materiales estratégicos o productos agrícolas, ese dólar sirve para pagar el salario de un hombre en un día; en cambio, cuando ese dólar retorna a los Estados Unidos solo alcanza a pagar el salario de un hombre en media hora.

El sistema actual, que se reduce, en suma, a vender barato y a precios determinados por el comprador, y a comprar cada vez mas caro, sólo puede romperse estimulando el comercio entre las naciones hispánicas, viendo la forma de autoabastecerse dentro de la Comunidad, reduciendo las tarifas aduaneras, dándose el trato reciproco de nación más favorecida, utilizando los servicios de la Organización Iberoamericana de Cooperación Económica y creando la Unión Iberoamericana de Pagos que, al facilitar la compensación múltiple, evite el movimiento improcedente de divisas y engrase y haga mas fluido el engranaje total de la economía.

Dentro de esta consideración económica, no puede olvidarse el aspecto demográfico. Hoy tiene Iberoamérica más de 160 millones de habitantes, es decir, una población absoluta superior a la de los Estados Unidos; y decimos absoluta porque la relativa es de 6,7 por kilometro cuadrado para Iberoamérica y de 27,4 pare la Unión. El aumento entre los años 1920 y: 1940 ha sido del 41 por 100 para la primera y del 26 por 100 pare los Estados Unidos. Pues bien, si el ritmo actual persiste, en 1970 las naciones americanas de origen peninsular tendrán una población de 225 millones que, unidos a los de los países fundadores y a los de Filipinas, hacen un total de 300 millones de habitantes.

Esta población no ha de verse obligada a buscar puestos de trabajo fuera de la órbita comunitaria. El caso de los "espaldas mojadas" de Méjico, que atraviesan a nado y clandestinamente el Río Bravo, y cuya situación ilegal aprovechan los granjeros norteamericanos haciéndoles efectivos salarios inferiores a los normales, es un motivo de sonrojo para la Hispanidad, como lo es, igualmente, la política de exterminio a base de prácticas neomalthusianas que oficialmente se divulgan en Puerto Rico por las entidades oficiales y por la Organizacion Mundial de la Salud, para limitar el incremento de la población puertorriqueña y cortar de raíz su inmigración a los Estados Unidos. Con una economía mas fuerte y: con un nivel de vida más alto, la Comunidad de naciones hispánicas, con tantas y tan fabulosas posibilidades, las ofrecerá sin duda y sin reservas a sus hermanos de Méjico y Puerto Rico.

En este orden de cosas, las corrientes migratorias debieran ser organizadas evitando que el ingreso masivo de grupos étnicos y espiritualmente distintos ahoguen y desfiguren la fisonomía del país. No se trata de adoptar una absurda política migratoria de puerta cerrada. Se trata de buscar una fórmula prudente que equilibre y armonice el legítimo derecho a desplazarse para encontrar un puesto de trabajo desde sitios o lugares donde dichos puestos no existen, y el derecho también legitimo a mantener la continuidad histórica de la nación.

De aquí que haya de buscarse preferentemente la cantera para las nuevas aportaciones demográficas en los países que integran la Comunidad de naciones hispánicas, o en aquellos otros que presenten con los mismos el mayor número de afinidades, pues la realidad demuestra que los grupos emigratorios muy diferenciados, se enquistan y endurecen dentro del país, hacen dentro del mismo su pequeño mundo y tardan en incorporarse plenamente al quehacer nacional. Por el contrario, la inmigración española o portuguesa a las naciones de su lengua, ha puesto de relieve que, a la primera generación se funde y entrana con el país al que estima y considera como su patria.

Todo el esfuerzo que en esta dirección se realice ha de ser coordinado y con una visión muy amplia y de gran alcance de la política migratoria. Así, nos parece equivocada, en principio, la emigración española al Canadá y a Bélgica, como nos pareció desafortunada la emigración masiva que hace unos años se produjo con dirección a Argelia y al entonces Marruecos francés. E1 balance ha sido una contribución humana de calidad insuperable al desarrollo de la riqueza de estos últimos países, y una deshispanización progresiva de los emigrantes.

Todo este potencial de riqueza y de hombres debe pensar en su defensa armada frente al agresor. No esta el mundo, desgraciadamente, en un lecho de rosas, sino en el carácter amenazador de un volcán que, de vez en cuando, manifiesta, con sus esporádicas erupciones, la temperatura del subsuelo.

En este trance, el bloque económico y cultural del mundo hispánico necesita completarse con un bloque militar. La unificación de táctica, armamento, enseñanza y altos mandos; el encuentro periódico de los Estados Mayores; la recepción por las Academias Militares de las distintas Armas y Cuerpos de alumnos procedentes de países donde tales Academias no existan y que hoy cursan sus estudios en naciones extrañas a la Comunidad; la coordinación de los ejércitos terrestres, marítimos y aereos y de sus programas de construcción y de compras en el futuro; el montaje de una industria con fines militares, cuyo secreto, como el de toda industria, no es otro que capital bastante, aprovisionamiento seguro, técnica competente y capacidad de absorción en el mercado, circunstancias todas ellas que si no concurren en cada uno de nuestros países, concurren, desde luego, en la comunidad que los integra; Y, sobre todo, la necesidad imperiosa de fortalecer en el soldado -el que combate con las armas y el que dirige la operacion -la conciencia de que sirve, no solo a su Patria-Argentina, Méjico o España-, sino a la Hispanidad entera, a la "Hispania Mayor" o a la "Magna Patria", a que antes hicimos referencia, son tareas y objetivos a través de los cuales puede y debe constituirse el bloque militar hispánico.

Pero de nada nos serviría este triple bloque cultural, económico y castrense, si los Estados que integran la Comunidad Hispánica no se proponen el servicio del bien común, si no hacen suyo un programa de justicia social de lucha y de combate contra la miseria, de aumento del nivel de vida de nuestras clases menesterosas.

Y ello por fidelidad a nuestro propio ideario, no por copia y mimetismo de proclamas sociales de signo diverso.

Toda esta atmósfera de resentimiento social y de lucha de clases que nos rodea y existe en el mundo, no puede imputarse a quienes, como nosotros, hemos permanecido ausentes del mismo. Lo que no es licito es afirmar que somos países subdesarrollados, económica y culturalmente inferiores, y luego sumarnos a la vorágine de las ideas creadas por una civilización industrial, inhumana y desaprensiva que ha nacido a nuestras espaldas.

Esa civilización y esos países que se dejaron arrastrar por el ansia de riqueza y por la filosofía de la acción, que dieron origen al proletariado de las urbes y a la alta burguesía de las grandes empresas, que asuman la responsabilidad absoluta de su obra y que nos dejen libres pare edificar nuestro mundo con un ansia de justicia social que no pretende mantener con alguna concesión determinadas prebendas, sino hacer efectiva la hermandad entre los hombres que nos predica el Evangelio.

Si vuestra justicia social -podemos decirles -es la justicia del miedo, la nuestra es y ha de ser la política del amor.

Y porque en el amor se cifra y resume todo el secreto de la convivencia fraterna y no en un amor filantrópico y vocinglero que se desmadeja y evapora al primer incidente, sino en aquel que fluye incesante de Dios, a la vez Creador, Redentor y Santificador, la Comunidad de los pueblos hispánicos tiene que vertebrales religiosamente, ahondar en Su espíritu católico romano, tradicional y verdadero, y vivirlo y practicarlo a fondo.

La época agnóstica y laica es ya, pare nosotros, anacrónica La humanidad, de vuelta de los errores del pasado, retorna la mirada a Jesucristo y entiende de nuevo que sólo en la Cruz y en el Sagrario están las palabras hermosas y los silencios humildes de la salvación y de la paz.

En este aspecto se abre todo un amplio horizonte de actuación: emprender una campaña por el denso tejido de nuestra sociedad que afiance la fibra y el sentimiento religiosos; cubrir los baches de vocación con ayudas y envíos de sacerdotes como quiere el Papa y como hace la Obra Hispanoamericana de Cooperación Sacerdotal; luchar contra quienes, con espíritu suicida, abren las fronteras a determinadas propagandas que pretender romper el don inestimable de la unidad católica del mundo hispánico; y entrañar, aún más si cabe, la devoción a la Señora, viva en nuestros pueblos, seguros de que Ella, la Madre, la regina Hispaniorum gentium arrancará del Señor todas las gracias que nos fueran precisas para el logro de tan nobles y elevados fines.

En este marco, viviremos en la "pax hispánica". Las diferencias que tienen que existir como inherentes a la contextura humana de la tarea serán dirimidas por la conversación y el arbitraje. Por ello, uno de los objetivos inmediatos de la comunidad tiene que ser el arreglo de los litigios que hoy día nos preocupan: estado permanente de ruptura de relaciones, litigios de fronteras, salidas al mar de los pueblos mediterráneos..., seguros de que la solución será fácil porque previamente, al crear el bloque cultural y económico, habrá quedado resuelta la inquietud y la desazón que provocan los mencionados conflictos.

Tal es, apresurada y casi esquemáticamente expuesta, la cara interior de la Comunidad de naciones hispánicas Pero, al lado de la misma, existe una cara exterior, un frente orientado hacia fuera que es necesario considerar.

En primer lugar, el mundo hispánico tiene que actuar, como lo viene haciendo afortunadamente, como un solo bloque, como una unidad granítica en la esfera internacional. Solo así será estimado y tenido en cuenta. Para el futuro, es decir, pare el tiempo que subsiga a la creación de la Comúnidad, las directrices de la politica externa de nuestros pueblos debe ser decidida en reuniones periódicas de Cancilleres, y en aquellas otras de urgencia que los acontecimientos históricos hagan necesario. En todos los supuestos, cuando un miembro de la organización hable o se presente a las elecciones mediante las cuales ha de ser provisto un cargo, quien habla o quien arriesga su nombre en la urna no es una nación concreta, sino el conjunto todo de la Hispanidad.

La unánime comparecencia del bloque hispánico reforzará su potencia pare exigir la plena satisfacción de las revindicaciones territoriales y aún culturales de la hispanidad.

Son muchas las situaciones de coloniaje que persisten en nuestra amplia geografía y contra las cuales han sido infructuosas las reclamaciones aisladas y aún las formulades colectivamente en la X Conferencia Interamericana de Caracas de marzo de 1954.

En el sur de la Península Ibérica, Gibraltar, que el New English Dictionary de Historics Principles, publicado por la Universidad de Oxford, define como territorio español y posesión británica y que la misma Enciclopedia de este nombre tiene que reconocer, haciendo historia de su adquisicion por los ingleses durante la guerra de sucesión, que en esa coyuntura el Gobierno de la Gran Bretaña procedió con falta absoluta de principios.

En Oceanía, la isla de Guam, en el archipiélago de las Marianas, que como indica y prueba Pastor y Santos, sigue siendo de iure tierra filipina.

En América, yendo de Norte a Sur, Belice, en manos de Inglaterra, que la sigue usurpando a Guatemala, cuya Constitución de 1945 reconoce a dicha zona como territorio nacional, considerando nacionales a aquellos que nacen en la misma.

La zona del Canal, cuya concesión a los Estados Unidos por la joven república panameña, no supone, como de hecho sucede, abandono de la soberanía.

Las Guayanas, que se acuestan sobre la ancha y extensa joroba de la América del Sur y sobre las cuales tres países europeos mantienen un sistema de explotación colonial que hasta en las zonas mas atrasadas ha entrado en fase de completa liquidación. Las Guayanas, que descubriera Yañez Pinzón y que recorrieran y colonizaran Diego de Ordaz, Jerónimo de Altar y los Gobernadores de Venezuela, pertenecen al mundo hispánico. Por ello, Venezuela ha protestado siempre contra aquel arbitraje leonino de 1889, dictado por un tribunal internacional reunido en París, que le arrebato, para la Guayana inglesa, un área de 200.000 kilómetros cuadrados, y ha hecho saber, pública y oficialmente, que continuara reclamando contra el despojo de una zona que con legítimo derecho le pertenece.

Las Islas Nuevas, Magallánicas o Malvinas, al pie de la América del Sur, ocupadas también, como un sino tragico, por Inglaterra, que las llama con el nombre extraño de Falkland. Al apoderarse de tales islas, Inglaterra no se hizo cargo de un archipiélago que mereciera la consideración de res nullius, sino de un territorio que en 1816 la Argentina soberana había heredado de la monarquía española, y que había sido parte del antiguo Virreinato del Río de la Plata.

Y más abajo, en la Antártida, de nuevo frente a la pretensión inglesa de adueñarse de su enorme extensión Chile y Argentina reivindican los sectores vecinos, y esta última, desde el año 1904 mantiene como prueba incontestable de sus legítimos derechos, servicios públicos adecuados en la zona demarcada a su propia soberanía.

Pues bien, todo este conjunto de tierras, hoy en manos foráneas, deben reintegrarse a los países de la Comunidad hispanica. Un objetivo primordial de la misma es patrocinar y hacer suyo el irredentismo con la voz incallable de la verdad y la doctrina del uti possidetis, que sirve de fundamento a una gran parte de las reivindicaciones apuntadas, y oponerse a todo intento de consagración definitiva del estado actual o de evolución hacia fórmulas ambiguas como los Estados Unidos de Guayana o la Federación Británica del Caribe.

Pero el bloque hispánico no tiene ante si únicamente revindicaciones de carácter territorial. Hay otras, tan importantes como estas, que es preciso defender con ahínco. En efecto, si un país de estirpe hispánica puede haber sufrido ciertas amputaciones materiales e incluso haberlas confirmado con su explícito asentimiento en el orden de la cultura, la Comunidad de naciones hispánicas no puede aceptar ni refrendar el desgaje y la separación. Así, la extensa faja que corre al norte del río Bravo y que integran California, Arizona, Nuevo México y Texas, actuales Estados de la Unión; la amplia zona que incluye a la Luisiana y a la Florida y que bordea el golfo de Méjico, y los archipiélagos de Carolinas, Marianas y Palaos cedidos por España el 30 de junio de 1899 al imperio alemán, pertenecen, sin perjuicio de su actual encuadramiento político, al ámbito cultural del mundo hispánico. La comunidad de nuestros pueblos no puede tolerar ni consentir el progresivo desalojo de su cultura por el simple hecho de un cambio de soberanía. Ahí están los vestigios históricos de una época gloriosa, la subsistencia de un pueblo autóctono, la conveniencia de mantener con el respeto integro hacia esa cultura, los principios de democracia y libertad que se predican, como argumentos innegables pare defender la tesis por nosotros mantenida.

Por si ello fuera poco, en este aspecto de la reivindicación cultural podría presentarse, desde un ángulo de vista distinto al acostumbrado, la misma historia de los Estados Unidos. Bastaría con seguir cronológicamente los establecimientos europeos en el territorio de la Unión y partir, no de las colonias fundadas por los peregrinos del Mayflower, sino del pueblo de San Agustín, el primero y mas antiguo de Norteamérica, fundado por españoles.. *

El mensaje hispánico

Para llevar a termino este ambicioso programa, la comunidad de nuestros pueblos necesita de hombres con carisma hispánico, sabedores de que en esta empresa son portadores de un mensaje henchido de valores éticos.

Porque la Hispanidad representa, como ha dicho García Morente, una concepción de la vida basada en el predominio de la realidad sobre la abstracción, en el hombre, portador de valores eternos, diferenciado y libre, frente a un mundo de enanos que pasan con el rostro hacia el suelo, ocultos entre la mesa del rebaño.

Para ello, los portadores del mensaje habrán de vivir con el espíritu de entrega y desprendimiento que, como apunta el argentino Eduardo Mallea, existe siempre en el genio hispánico en olor de heroísmo; con impaciencia de eternidad, pero sin olvido ni abandono de las realidades terrenas.

Porque quizá uno de nuestros fallos haya sido la interpretación literal de algunos preceptos, con olvido de que la letra mata y el espíritu vivifica y de que, junto a la invitación que el Maestro nos hace a no poner el corazón allí donde el ladrón y la polilla actúan, otro mandamiento del Génesis nos dice: "Creced, multiplicaos y sujetad la tierra".

Por ello, cuando hemos visto a una civilización racionalista olvidar el primer mandamiento y conseguir éxitos deslumbrantes y aparentes con la practica exclusiva del segundo, la reacción hispánica no puede consistir en un complejo de inferioridad para las ciencias aplicadas y experimentales o en la cuchufleta simpática pero inútil de Miguel de Unamuno. "¡Que inventen ellos!, porque, como dijo don Quijote a Sancho: "Nadie es más que otro si no hace mas que otro", y porque aun cuando es verdad que la civilización no consiste en conservar limpias las fachadas y hacer graciosa la alineación de la ciudad, lo cierto es que la civilización y la cultura, la virtud y el reino del espíritu, necesitan, en este valle de lagrimas, el logro de un cierto y moderado bienestar."

E1 secreto del mensaje hispánico radica en hacer de la riqueza, no fin, sino instrumento; en ordenar la economía, como quiere Nimio de Anquim, sub specie communitatis y en supeditar ese bien común sub specie hierarchie, a los intereses más altos de la Cristiandad.

El hombre, investido del carisma hispánico, será así en un mundo lleno de tinieblas, el español quijotizado que vislumbrara Miguel de Unamuno, el caballero de la Hispanidad o el caballero cristiano que soñaran Ramiro de Maeztu y García Morente, el que "habrá atravesado a la fuerza por el Renacimiento, la Reforma y la Revolución, aprendiendo, sí, de ellas, pero sin dejarse tocar el alma, conservando la herencia espiritual de aquellos tiempos que llaman caliginosos".

E1 hombre quijotizado, dice Lain anudando palabras de Unamuno, empeñará su existencia en dos quehaceres, uno tocante a la vida y atañadero el otro a la muerte. En el primero luchará a favor de la justicia y de la verdad. ¿Tropezáis con uno que miente? Gritadle a la cara: ¡Mentira! y ¡adelante! ¿Tropezáis con uno que robe? Gritadle: ¡Ladrón! y ¡adelante! ¿Tropezáis con uno que dice tonterías, a quien oye toda una muchedumbre con la boca abierta? Gritadles: ¡Estúpidos! y ¡adelante! (Unamuno)

¡Adelante siempre! Pero no tendrá sentido alguno esta empresa terrenal del hombre quijotizado si el no sintiera como hondo imperativo lo que atañe a la muerte, y a la inmortalidad. Por su propia inmortalidad lucha el hombre quijotizado: "para que Dios le salve, para que no le deje morir del todo". Y también pare edificar una civilización inédita en que la pasión por la inmortalidad encienda dentro del pecho de los hombres.

Si para ser nación hace falta el aplauso universal a un pasado histórico, como quiere Renan, o un programa de hacer colectivo, como exige Ortega y Gasset, o una adhesión plebiscitaría a un estilo de vida, como asegura García Morente, no vacilemos en abrir paso a la comunidad de nuestros pueblos, porque ese hombre quijotizado, ese caballero de la Hispanidad, ese caballero de Cristo, pasado y futuro, modo de ser y estilo de vida, bulle y suena en cada uno de nosotros, hombres de la estirpe Hispánica.

Dios quiera que algún día próximo, en el istmo de Panamá, como soñara Bolivar, y en la ciudad de Colón, que lleva el nombre del Almirante, reunidas las banderas de nuestros 23 países, veamos alzarse lentamente, majestuosamente, la bandera de la Hispanidad del uruguayo Angel Camblor, mientras las bandas de mil regimientos entonan el Himno de la Estirpe, del ecuatoriano Antonio Parra Velasco, y los poetas y los niños, con lagrimas en los ojos, recitan los versos de Ruben.

Al día siguiente, cuando aún permanezca en el alma y en el aire la emoción, yo tengo por seguro que algún hispano de los que tengan la dicha de asistir a la escena, repetirá modificada, al ver nacida la Comunidad de nuestros pueblos, la estrofa nostálgica y suave de José María Peman:

"Ramiro de Maeztu, señor y Capitán de la Cruzada: ¿Donde estabas ayer, mi dulce amigo, que no pude encontrarte? ¿Donde estabas? ¡Para haberte traido de la mano a las doce del día, bajo el cielo de viento y nubes altas, a ver, para reposo de tu eterna inquietud tu Verdad hecha ya Vida en la Plaza Mayor de las Españas. *

Publicada en Foro Arbil

Releyendo a Evola (IX): Americanismo y Bolchevismo

Releyendo a Evola (IX): Americanismo y Bolchevismo

 

Ensayo publicado en Nuova Antologia, nº 10, mayo de 1929

   Una antigua leyenda que circulaba entre los campesinos rusos mucho antes de la revolución, anunció la llegada de un tiempo, en el cual reinaría una "Bestia sin Nombre"... sin nombre, porque estaría compuesta por una multitud innumerable.

Aquel tiempo, parece que se acerca. Existe una gran sombra que desde las fronteras de oriente y occidente se cierne sobre nuestras razas y sobre nuestras tradiciones y está acompañada del presentimiento confuso de que algo está a punto de acabar; esto se traduce también en distintas imágenes extrañas que aparecen incluso en las mentes equilibradas, y entre las cuales destaca el tema del "Ocaso" de Occidente. 

En efecto, algo nuevo está afirmándose en el seno de nuestra cultura y el símbolo que mejor lo define es el de la "Bestia sin Nombre". Dos realidades, precisas e inequívocas, la anuncian en el mundo moderno. 

En Oriente, es Rusia. 

En Occidente, es América. 

Dos formas, dos polos de un peligro que, como las dos pinzas de una única tenaza, empiezan a cerrarse lentamente alrededor del núcleo de nuestra Europa. 

Este punto de vista le parecerá extraño a algunos. Lo es, efectivamente, para quien se limita a ver en la Rusia de hoy un fenómeno puramente político, cuando en realidad, se trata bien de algo completamente diferente, con un significado universal que la Rusia soviética trata de realizar en todas las formas, no creando solamente una nueva sociedad, sino además una nueva cultura y una nueva ética. 

En cada una de sus manifestaciones, el bolchevismo remite a una transformación efectiva ocurrida en todos los ámbitos, en todos los valores, en todos los sentidos de la existencia, siguiendo un principio central. Este principio, por una especie de reducción al límite, indica la conclusión lógica de procesos en marcha en formas múltiples del mundo contemporáneo, y sobre todo americano. 

Rusia, indudablemente, no es América: hay diferencias de raza, de mentalidad, de condiciones de vida, frecuentemente irreductibles. Una lleva la herencia inequívoca de una raza asiática, lo otra una realidad nacida hace poco y que ha producido con un movimiento espontáneo su “standard of living” [nivel de vida, NdT]. Pero si estas diferencias son patentes e incontestables sobre el plano de la realidad política, étnica y sencillamente social, cuando nos remontemos a los principios implícitos en las afirmaciones a las que tienden Rusia o América, el símbolo de una nueva visión de la vida (pues ambos tienen la pretensión de ser presentadoras como nuevos estadios de la cultura mundial); cuando, pues, se parte de este punto de vista, las diferencias se reducen, muestran aquí y allí un mismo motivo que se sitúa sobre los factores étnicos y empíricos, que jamás podrán ocupar el primer plano si atendemos a consideraciones de orden superior. 

Por otra parte, ante un "peligro", el mejor punto de vista para la acción consiste en describir lo mejor posible la fisonomía del adversario. 

El bolchevismo, considerado como doctrina, presenta una concepción total y radical, y una superación de los ideales precedentes y "burgueses", lo que supone la apertura de una nueva fase de la humanidad. Ante tal concepción, no se trata de simpatías o antipatías políticas o nacionalistas: se trata de decir sí o no íntegramente a nuestra tradición europea y, en particular, a nuestra tradición mediterránea, tomada en bloque, en su sentido más amplio, cultural y universal. 

Veremos en que aspectos especiales y en que términos, la visión americana de la vida termina confluyendo con el bolchevismo, hasta el punto de parecer un símbolo, ante el cual todo lo que es preciso realizar y atreverse, va mucho más allá de una simple “defensa de Occidente” que, en sí misma, no puede sino hacernos sonreír. 

  

I

La verdad central del bolchevismo es esta: busca la desintegración del individuo. El nuevo evangelio que proclama es el “hombre colectivo", el “hombre masa", el elemento impersonal de un ente múltiple, titánico, que no "tiene nombre", de la misma forma que carece de jefe. 

La potencia y el derecho absoluto corresponden a ese ente: de él será el imperio del futuro. Declarado de "categoría superior", ante él, el individuo asumirá la misma sensación de inutilidad, que puede tener ante las fuerzas fatales de la naturaleza. Y, además, lo deseará todo esto. 

Destruir, pues, partiendo de un núcleo negativo, todo lo que en el hombre puede tener algún valor de autonomía e individualidad, todo lo que puede constituir un interés distanciado por esta potencia subpersonal, es la tarea que el bolchevismo asume como misión y que forma parte de un método preciso, radical y lógico, cuya fórmula es: mecanización, desintelectualización y "racionalización" de cada actividad, sobre todos los planos. 

Conservando lo que es la conciencia social propia de los primitivos, el pensamiento ruso, a lo largo de toda su historia, siempre fue incapaz de percibir de otro modo la idea de un desarrollo más que en forma de colectividad mística: "pueblo" y "Dios", en el ruso como en el mazziniano, fueron dos términos que se acompañaron mutuamente sobre un fondo mesiánico recurrente. El bolchevismo ha liberado al elemento místico de esta concepción y sólo ha dejado el término "pueblo", restringiendo simultáneamente todo horizonte al de la vida práctica inmediata. A partir de ese momento, la máquina ha tomado el lugar del Dios. En los dibujos "constructivistas" de propaganda soviética de Klinskij, se pueden ver las grúas gigantescas que ocupan el lugar del ostensorio en lo alto de los templos bizantinos cuyos altares se han convertido en engranajes o en los cuales masas de obreros y campesinos han asistido a inmensos mítines. 

La idea de que el progreso pueda consistir en una "cultura" en sentido clásico, es decir en la tarea de dignificación, de superación interior, de desarrollo de los seres individuales, es objeto de burlas y rechazada como el más peligroso de los venenos de la era burguesa. Lo que único que puede conducir a un estadio superior, se cree que puede ser, por el contrario, una combinación social externa, mecánica, puramente acumulativo de los seres a través de la organización y del perfeccionamiento técnico de las condiciones de la existencia material. 

Cuando se aparta cada valor de la personalidad y de la interioridad, los elementos se transforman en partes, y su unidad tiene que ser propia de un mecanismo. Así mismo, la mecanización es el método a través del cual cada forma de vida puede ser despersonalizada y colectivizada: liberada del "mal" del yo, de la “inútil obstrucción de la espiritualidad", expresiones propias de la ideología bolchevique; cada forma de vida se reducirá a un simple elemento en fatal dependencia con todos los demás según relaciones exteriores colectivas. 

El bolchevismo espía lo que está antes de la vida del nuevo ente en aquellas manifestaciones que, en momentos en los que gracias a la uniformidad y simultaneidad, millares de seres se convierten en un único solista, un ser colectivo, elemental y asustadizo: se les llama "estados de masas" con el grito simultáneo de "hurrah!", o entonando el himno, o incluso mostrando su ímpetu en un único movimiento desencadenado por el pánico, el entusiasmo o la exaltación de las masas. En estas formas los ideólogos soviéticos ven solamente la manifestación "primordial" de la vida del “hombre colectivo"; superada en ella todo lo que es caóticamente vital" y "místicamente orgánico", sólo puede dar lugar a una forma gélida de estructura económico-social mecanizada y "racionalizada", de la que se excluirá cualquier forma de espontaneidad y personalidad, de la misma forma que se hará con "cada motivación sobrenatural, extraña a los intereses de clase", según la expresión de Lenin. 

Para experimentar todo el dominio de tal concepción de la experiencia bolchevique, hace falta correr el reciente libro de Füllop-Miller. El autor ha pasado un largo período en la Rusia de los Soviets, y ha conocido a los propios bolcheviques; políticos, artistas y estudiantes le han ayudado a recoger todos los elementos necesarios para definir la naturaleza del cambio en la visión del mundo y de la vida, operada por la revolución. El tema de este libro no surge de abstractos esquemas doctrinales, sino de mil formas de la vida concreta y de la cultura de la nueva Rusia: del nuevo teatro a la nueva pintura, del estilo del arte monumental al de las grandes manifestaciones populares, de los métodos de educación y de la formación de una nueva organización del trabajo. De todo esto subyace realmente la sensación de algo nuevo e incomprensible para nosotros, algo que muestra la terrible evidencia de una realidad desconocida antes de la revolución: la llegada del hombre colectivo mecanicizado e indiferenciado, en lugar del individuo humano y de aquella libertad, que fue definida por Lenin como "un prejuicio burgués". 

"La completa subordinación de todos los individuos a una colectividad automática en la Rusia soviética pasa  textualmente por el bien supremo –escribe textualmente Füllop Miller-. El ideal superpersonal del bolchevismo es concebido como una combinación puramente cuantitativa de individuo-partido-masa en el más amplio y homogéneo conglomerado posible. Mientras la creencia anterior era que la vía hacia una más alta humanidad universal residía en la perfección de la personalidad humana, el bolchevismo enseña que la verdadera vía de la salvación conduce al aniquilamiento del individuo, y a su desembocadura en un "hombre-masa" organizado de manera exterior a él. Por sintonía con esta visión nueva y desconocida, todos los que creen en el bolchevismo han ido, uno a uno, como corderos al matadero, se han ofrecido y han destruido su alma para siempre. Por tanto, no basta con considerar la mera abolición de la propiedad privada si queremos entender a que terrible haraquiri se ha sometido al antiguo ser humano en Rusia. Hace falta conocer la nueva filosofía y la nueva moral de los bolcheviques, escuchar a los poetas soviéticos que son ensalzados por el régimen hoy en día; hace falta tener presentas las ejecuciones de la música orquestal bolchevique y haber visto su teatro geometrizado y sus nuevas pinturas, haber tomado parte en esa alegría desprovista  alegría del bolchevismo, antes de poder medir que espantoso e insano gran sacrificio ha hecho Rusia a esa árida idea. En Rusia está surgiendo un mundo sin alegría personal de la vida, con pinturas sin colores, con música sin armonía, con una mirada a una vida vivida sin el soporte interior del espíritu, un mundo mecanizado que no contendrá en el futuro más que a máquinas desanimadas en el futuro”. 

Qué la tierra bolchevique no conozca los cielos; qué incluso cada concepción religiosa y cualquier forma de idealismo, y más en general, que cada punto de vista filosófico diferente del materialismo sea considerado por el bolchevismo como un “peligro” y un "veneno burgués" y hecho no tanto objeto de negaciones polémicas, cuánto y más eficazmente de una radical expurgación de cada escuela y universidad eso es bastante conocido, ya, a Europa. La filosofía oficial del bolchevismo es una forma de hegelianismo en que la “Idea” se transforma en “materia” y el juego dialéctico de las oposiciones sirve como inicio de una explicación puramente mecánica del proceso, con respecto al cual cualquier forma de "idealismo" es considerado como mera "superestructura." 

Menos notorio es, en cambio, la eficiencia de la concepción central del bolchevismo en las ramas de la cultura y en la vida rusa, que Füllop-Miller sigue estudiando en su esmerado análisis.

En arte, el estilo mecánico futurista está a la orden del día. Por su posibilidad de presentarse directamente a la colectividad y por su carácter público, el arte monumental es tomado en especial consideración. El arquitecto Tatlin declara incompatible con el nuevo espíritu proletario cada motivo heroico, estético o simbólico: él proclama la “imagen mecánica” y el "monumento" a la máquina en arquitectura, como las expresiones mas adecuadas para los tiempos modernos. Tatlin proyectó monumentos con partes móviles, compuestos por materiales variados como los que propuso para la conmemoración de la "Tercera Internacional" y por el Edificio del Trabajo en Moscú. Por una extraño coincidencia, a la mecánico se unió algo primordial e informe, con la intención de que "los accidentes anárquicos del arte individual" fueran desarraigados. Un coloso de hierro que se apoya en una estructura metálica se proyecta como monumento a la revolución comunista. Un montón de plástico cubofuturista recuerda a Bakunin. La imagen de Lenin es grabada de manera sumaria y gigantesca en una roca viva, como los monumentos de las épocas arcaicas. Una especie de monolito sobre bloques escuadrados recuerda a Danton. 

El tema de la “imitación de la máquina" dice el Füllop-Miller se está volviendo en Rusia casi en un equivalente de lo que en otras épocas fue la “imitación de Jesús”. Lanzado por una serie de manifiestos "costructivistas" de Grinskij, sin más es asumido en las profundas transformaciones antidecorativas del arte escénico y del teatro soviético de propaganda. Al entusiasmo despertado por los "danza-máquinas" lanzados por Foregger, se une la exigencia, de que el principio de organización penetre en la producción de la nueva poesía proletaria. La "tradición burguesa" de un Puskin, de un Gogol, de un Dostojewskij, es declarada "liquidada", y tres de los poetas promocionados en la nueva Rusia (Bednyi, Maiakowskij y Marienhof) exigen precisamente que a la humanidad colectivizada le corresponda también una poesía colectiva, llegando a la idea de que la poesía y la literatura bolchevique deben ser completamente impersonales, no servidoras del "gusto" y del “capricho estético” del intelectual, sino hacerse instrumentos y "martillos" que inciten el proletario a la acción. 

Así mientras la lírica toma un curso demagogico-meánico, empiezan a aparecer obras que en lugar del nombre de un autor individual, llevan el nombre de un grupo: "Grupo de los 23”, "Grupo de los 14” o el "Círculo comunista de Riasin", etcétera. Nada más característico, por ejemplo, que estos versos llevados por la introducción de la obra “Ciento cincuenta millones” de Maiakowskij uno de los poetas soviéticos más cotizados: 

Ciento cincuenta millones 

Tal es el nombre de quien ha compuesto este poema: 

El estrépito de los disparos y los tajos, 

Tal es su ritmo... 

Yo soy la máquina que habla. 

En la música, el mismo principio de liquidar todo lo que es individualidad y calidad, cristaliza con el principio del “humorismo” futurista en una lógica precisa: puesto que el ruido constituye el elemento general e impersonal de la vida, así la nueva música proletaria preferirá el ruido al sonido y a la voz, y abrazará "todos los ruidos de la edad mecánica, el ritmo de las máquinas, el silbido de los establecimientos, el ruido de las grandes ciudades y las granjas". Además, en un intento de superar a la orquesta burguesa, dedicada al placer privado de unos pocos, se han intentado ejecuciones sinfónicas abiertas, audibles a distancia y tocadas a distancia con sirenas, campanas, motores, ametralladoras y baterías, dirigidas megafónicamente. Por otra parte el profesor Zeitlin reafirmó el principio bolchevique de la cooperación en su intento de constituir una orquesta sin director, fundada en Moscú y todavía existente. 

Pero el tema de la mecanización y la despersonalización no se detiene aquí: pasa a aspectos más profundos. El rostro se vuelve máscara: sobre la base de la tendencia instintiva de todos los rusos a "dramatizar" sus experiencias personales, Nikolai Evreinoff enuncia la "teatralización" de la vida, que conduce al espíritu de grandes manifestaciones colectivas, estudiadas así para despertar al mismo tiempo el "estado de masas" en que se reaviva la representación del ente-masa exaltando el recuerdo de los fastos de la revolución y los ideales de la futura edad mecánica. 

La liquidación de cada vínculo de carácter tradicional e interior en la vida cotidiana, es suficientemente conocido en la Rusia soviética, para que insistamos ahora: se nivelan las clases sociales, los sexos y la mujer pasa a ser algo neutro con su completa equiparación al hombre en cada esfera de la vida pública, tal como se ha llegado actualmente en Rusia. La familia es virtualmente disuelta. Cada relación privada toma un color gris e indiferente con respecto del tema central de la omnipresencia de la conciencia colectiva. 

La misma espontaneidad vital del gesto humano se intenta suprimir a través de una oportuna "racionalización". Gasteff funda un "Instituto para la organización científica del trabajo y para la mecanización (sic) del hombre", que no tiene inconveniente en aplicar el taylorismo a la determinación científica de los movimientos a los que debería limitarse el ser humano en el ejercicio de cada oficio. Y como si eso no bastara, hay quien ha denunciado restos de "ideología burguesía" en los métodos de Gasteff, llegando incluso a considerar el gesto individual como un arte separado, sin percatarse de que el verdadero objetivo es disolver al individuo en la "gran máquina moderna, donde el individuo masa tiene que ser parte de un potente conjunto de turbinas". El mundo subterráneo de Cosmopolis o el de La Máquina del Tiempo de Wells, bastante similares, no podrían ser mejores símbolos de lo que la nueva época proletaria soviética siente como más próxima a su propio espíritu. 

Quién desee examinar otros cientos de aspectos de la nueva Rusia, se encontraría en todos el mismo espíritu y la misma intención: desintelectualización y mecanización, con el objetivo de destruir desde las raíces el sentido del hombre individual y el valor de lo humano. Está en un mundo sin matices, automático, sin color, donde nunca puede decirse "mío" o "tu" -el pensamiento menos que la tierra, el gesto menos que el ímpetu- y se despierta lentamente la forma titánica y oscura de la "Bestia sin Nombre." 

La representa un cartel de Kúpka, provisto de una morbosa potencia sugestiva, con el título de “La masa en marcha”. Se ve una extensión inmensa e igual de hombres que marchan con un idéntico movimiento como algo único y fatal. En los cielos desiertos y grises el mismo hombre se proyecta, agigantado y sobresaliendo, con el mismo gesto. Él indica: ¡Adelante! Su cabeza no tiene rostro. 

Trágica marcha, que no conduce a ningún sitio. Ya Tolstoi, precursor bajo varios aspectos del bolchevismo, en “Guerra y Paz” presentó con Napoleón la creencia en los "dominadores" de la historia. Para él, es la multitud anodina y amorfa la que, en cambio, hace la historia; y los "dominadores" que creen crearla, se parecen a quiénes, transportados en una carrera desenfrenada sobre una carroza, se agarran de los tirantes para mantenerse sobre ella, creyendo que son ellos quienes la dirigen. La filosofía bolchevique de la historia no es diferente. El historiador soviético Pokrowskij escribe: "Nosotros no vemos la personalidad como hacedora de la historia, porque para nosotros la personalidad es solamente el instrumento con que la historia misma trabaja". Dejado así, sin jefe y sin espíritu, al gran cuerpo mecánico del “hombre-masa", el cual, en su marcha irresistible, participa pues de la misma ley irracional y fatal de las fuerzas brutas de la materia. 

Tal es la pesadilla que la Rusia de hoy incuba asumiendo un carácter profético-místico de "nuevo era", de "nueva humanidad", de "categoría superior". El surco profundo dejado en el pueblo ruso por la servidumbre secular a señores despótico, próximo al aspecto fatalista asiático que siempre ha manifestado, bastan para iluminar la posibilidad psicológica de esta desintegración radical y consciente del individuo en la "Bestia sin Nombre"; loas como la que Preobrashenskij, fundador de una "Ética bolchevique", dedicó al jefe del Cheka, cuando le escribió: "La felicidad humana puede ser alcanzada solamente con la ausencia de la libertad, con la obediencia de esclavos". Por tanto, está en el espíritu de su misión que el bolchevismo usa todos los medios para "hacer felices a los hombres" a pesar de sí mismos, con la idea de liberarlos rigurosa y científicamente del “engorro del yo” y del “libre albedrío", y, si se nos apura, con una extraña concordancia con lo que fue la técnica de la Compañía de Jesús e incluso con idéntica intención. Equivalente a la inquisición a la que los jesuitas no recurrieron que para "salvar las almas", el Katorga el sistema de terror ya al servicio de los Zares pasa implacable al servicio del despotismo colectivo de los Soviets, en lucha por la causa del “hombre nuevo”. 

Sobre esta "novedad", sobre este intento de centrarse en el futuro, los bolcheviques se ilusionan ingenuamente. Sabemos, sin embargo, que el estado, en el cual el individuo como tal no existe, sino que vive en él una conciencia colectiva impersonal, "espíritu" del "clan" o de la tribu a la que se pertenece, es la forma propia a las sociedades primitivas de tipo "totémico", las cuales todavía hoy sobreviven en algunos pueblos primitivos. Fue una lenta y pesada ascensión la que despertó a los hombres de ese estado y, según una ley de diferenciación, determinó castas, ordenó jerarquías, distinguió calidades individuales, hasta llegar al cénit solar de los grandes imperios de nuestras tradiciones. 

Aquella antigua conciencia solamente difiere en un punto de la conciencia a la que el bolchevismo tiende a reconducir al individuo: que la máquina en lugar de lo que los pueblos primitivos llamaban “maná” es el elemento para constituir el gran cuerpo acéfalo del ente colectivo. Pero no por ello son distintos: es una dirección, no hacia el futuro, sino hacia el pasado, no hacia la “evolución”, sino hacia el retroceso y la degeneración… es un fenómeno de putrefacción. 

Qué este tipo de situaciones pueda concebirse en momentos en los que la historia experimenta períodos de postración y abandono puede concebirse sin dificultad. Pero que sea pensado como un “ideas superior”, que sea elevado a principio y a evangelio y hecho objeto de una cultura en el sentido más amplio, tal es la originalidad teratológica que para nosotros representa el bolchevismo. 

II

El llamamiento a América como a la “tierra prometida” del “hombre colectivo" en la Rusia soviética –como se prevé fácilmente por lo que precede- es declarado y explícito. 

Chicago, "metrópoli electromecánica", es glosada por un himno de Maiakowskij. Gasteff proclama el "superamericanismo", “la tempestad revolucionaria de la Rusia soviética tiene que unirse al ritmo de la vida americano". "Intensificar la mecanización practicada en América, y ampliarla a todos los campos –repiten otros- es la tarea de la nueva Rusia proletaria". El bolchevismo trata así de arrancar paradójicamente a Rusia del tronco asiático de su vida, y resolverla en el mundo americano del hombre-máquina. Sus ideales que por condiciones locales, industriales y étnicas, casi tendrían en la URSS un sentido de mitos utópicos, se perciben como realizados por América. De ahí el misticismo malsano que, a pesar de todo, siempre quedará en el espíritu ruso, partiendo de los antiguos Dioses, al asumir los nuevos ideales, desemboca en algo así como una "América como religión." 

Estando así las cosas, podemos plantear el problema de ver hasta que punto se trata de un acercamiento extrínseco y casual o hasta dónde es algo más. 

Como hemos dicho inicialmente, no se puede y no se debe descuidar el abismo que existe entre Rusia y América desde el punto de vista tanto de la raza como de la sensibilidad. Esto es tan evidente como la diferencia entre las formas políticas de ambos, uno es un Estado despótico comunista, el otro demócrata, federal y capitalista; el uno impuesto por una minoría de individuos que, con un golpe de mano, han tomado la dirección de las masas, el otro es un  producto espontáneamente generado por la organización y del impulso productivo de los individuos. 

También la psicología individual es podría ser más opuesta: a los elementos de apatía asiáticos favorables a la frecuente exaltación histérica, a un fatalismo unido a una hipersensibilidad pobre en carácter, frecuentes en el alma rusa, se opone el espíritu práctico, simplificador, activo, independiente, sano y lleno de iniciativas, del americano. Tampoco es posible olvidar que de los ideólogos soviéticos trabajan sobre un medio ruso en estado semi-medieval, en gran parte perdido entre comarcas despobladas, con medios industriales más que primitivos, muy alejados de la civilización y de la organización racional que en América está extendido a cada clase y a cada Estado de la Unión. 

Constatadas estas diferencias, si examinamos las impresiones que se han llevado algunos de nuestros intelectuales tras su primer viaje a América –pueden verse, por ejemplo, la correspondencia de Egisto Roggero y Silvio D’Amico, pero, esencialmente, la obra notable del Siegfried sobre los Estados Unidos de hoy- no podemos por menos de asombrarnos cuando percibimos concordancias con la impresión que sufrió Füllop-Miller cuando pasó revista a los ideales que la Rusia soviética intenta realizar. Se trata en ambos casos de la misma sensación del dominio de una grandiosidad sin alma, de naturaleza puramente colectiva, falto de un fondo de trascendencia, de luz interior y espiritualidad verdadera. 

Al igual que Rusia, América en los temas centrales de su "civilización" y su modo de considerar las cosas y la vida, ha buscado algo nuevo; ese “algo nuevo” cristaliza en una precisa contradicción con nuestra cultura y nuestra tradición europeas, en seno de la cual, sin embargo, penetra y siempre sobre la que se impone cada vez más. El americanismo ha introducido en nuestra época la religión de la práctica, ha enfatizado el interés de la renta, de la producción, de la realización mecánica, inmediata, visible, cuantitativa, por encima de cualquier otro interés. Construye un ente titánico que tiene oro por sangre, máquinas por elementos, técnica por cerebro, ante del que Europa que incluso ha sido la promotora de las formas modernas de la gran producción industrial se detiene: se detiene, porque percibe las extremas consecuencias que, lógicamente, proceden de aquel primer impulso, pero se divisa, al mismo tiempo, una especie de reducción al absurdo, que solamente podrá aceptar como su destino al precio de comprometer irreparablemente una civilización anterior e incompatible, que constituyó el más auténtico núcleo de su personalidad. Concluyendo su libro, Siegfried enseña que no son dos continentes sino dos concepciones de la vida las que entran en contradicción: aquella en la que el hombre es considerado calidad, vida independiente, valor por sí mismo y aquel otro en donde el hombre se vuelve un mero instrumento de producción y rendimiento material por el progreso del ente colectivo. 

Mientras las raíces de las que ha surgido la nueva mentalidad bolchevique son oscuras y casi místicas (Füllop-Milier ve la adaptación de algunos mitos eslavos teosóficos-mesiánicos sobre el “hombre Dios"), el muelle que ha conducido a la correspondiente transformación de valores en América es visiblemente la conquista material: para alcanzarla, América no ha titubeado a la hora de sacrificar lo que para nosotros fue la conquista más preciada del esfuerzo civilizador: la personalidad humana. Escribe Siegfried a propósito: "En su carrera hacia la riqueza y la potencia, América ha desertado el eje de la libertad para seguir el del rendimiento y el beneficio.... Todas las energías, incluidas las del ideal y hasta de la religión, conducen al mismo objetivo productivo: se está en presencia de una sociedad del “rendimiento”, casi de una teocracia del rendimiento, que tiende más a producir cosas que hombres”, u hombres tanto más eficaces y racionales en tanto que productores de cosas. 

"Una especie de mística exalta, en los Estados Unidos, los derechos supremos de la comunidad -continua el mismo escritor-; el ser humano se ha convertido en medio más que en objetivo, transformado en un engranaje de una inmensa máquina, sin pensar un instante que pueda ser disminuido. La religión, enrolada en la empresa, exalta a el rendimiento como una mística de la vida y el progreso", de donde deriva "un colectivismo de facto, querido por las élites y alegremente aceptado por la masa, al mismo tiempo que mina la autonomía del hombre y canaliza tan estrechamente su acción que, sin sufrir por ello y hasta sin saberlo, confirman ellos mismos su propia abdicación". De aquí que "ninguna protesta, ninguna reacción entre la juventud americana contra la tiranía colectiva: ella es aceptada libremente, como algo implícito, casi como si fuera justo lo que le conviene.... El beneficio que lleva es tan grande, la seguridad que depara es tan perfecta, que conduce a algo más grande que uno mismo; en este abandono aparece el misticismo, todo lo demás huye de su pensamiento”. 

Es pues gracias al impulso productivo que toma cuerpo en América, casi diríamos por elección, el mismo “hombre colectivo” que, en cambio, en Rusia muestra el aspecto feroz de una imposición ejercida por una pesadilla místico-fatalista. Pero el tema, desde un punto de vista especulativo, no es sustancialmente diferente: se aquí o allí, el núcleo de la individualidad como calidad y como valor desaparecen; en ambos casos lo que se produce es la llegada de un modo de vida materializada y sin rostro. 

Si América no busca, como el bolchevismo, "liquidar" todo lo que es intelectualidad, nutre, en cambio, un oculto desinterés hacia ella, casi como si se tratara de un lujo casi que impide estar absorto en las “cosas serias”, como el gel rich quick [esperar rápidamente la riqueza], el service, tal o cual manía social, etcétera. Cuando también en América acuden gracias a sus dólares, algunos exponentes de la intelectualidad europea, pues es allí donde se manifiestan los mecenazgos más generosos, todo esto muy raramente tiene una verdadera y raíz interior, y frecuentemente es, en cambio, una forma de esnobismo propio de advenedizos. En América –explica Roggero- el descubridor de un nuevo mecanismo que multiplique el rendimiento recibe más consideraciones sociales que el "señor", el «asceta", o el constructor de una nueva doctrina. En un laboratorio científico -añade Siegfried- el conjunto de los instrumentos apasionará al americano más que la la investigación en sí misma. "Dondequiera que hay algo que hacer, él se encuentra a gusto; cuando no actúa, se siente desorientado.... no le basta nunca de “ser”, siempre le hace falta de realizar, realizar de forma que se vea”. 

Si América no ha prohibido, como el bolchevismo, la antigua filosofía ha hecho algo mejor; William James ha declarado que lo útil es el criterio de lo auténtico, y que el valor de cada concepto, incluso metafísico, debe ser medido por su eficacia práctica y, en último análisis, colectivo-social. 

El bolchevismo ha abolido la religión. América no llega a tanto, pero sin enterarse, incluso convencida más bien de lo contrario, ya no es capaz de distinguir la “religiosidad” de lo que es realmente religioso. Ya en el protestantismo, la religiosidad, carecía de todo interés metafísico, ritual, ascético y simbólico, reduciéndose a un mero moralismo, que en los países anglosajones y sobre todo en América, trasvasan a la colectividad organizada. "La única verdadera religión nacional americana -sigue Siegfried- es el calvinismo, una concepción que convierte al grupo y no al individuo en la verdadera célula del organismo social", y dónde la misma riqueza es considerada, a los ojos propios y ajenos como una señal de la aprobación divina. Dice Siegfried: "resulta difícil discernir entre aspiración religiosa y caza de la riqueza”. El análisis que realiza sobre el núcleo católico de los Estados Unidos y sobre su eficiencia, no impide llegar a la conclusión de que "la corriente central que amenaza con arrastrar todo en América, y del que cada cual, protestante, católico o judío, sufre su atracción, es la necesidad de la realización material tangible. El objetivo de la sociedad religiosa ya no sea hacer vivir místicamente a los espíritus y a las almas, sino reclutar y organizar las energías.... Se admite como moral deseable que el espíritu religioso sea un factor de progreso social y desarrollo económico". Las virtudes relativas a una realización superior e interior son consideradas como inútiles, e incluso casi como nocivas. Realmente ¿estamos tan lejos del principio de Lenin, de "excluir cada concepción sobrenatural, extraña a los intereses de clase"? ¿No estamos, acaso en la misma línea de rebajar todos los puntos de vista al puramente humano y terrestre, que, en el fondo es lo que consiste la verdadera negación del religiosidad?

América no habla del “hombre-masa”: no habla, porque, de hecho, lo lleva contenido en su alma: el oro, la fuerza monstruosa e impersonal de un consorcio sin patria que conduce a la red inexorable de los trusts que pueblan América, que anima a las metrópolis de cemento y acero hacia la conquista del mundo y que mide a los individuos, dando a cada uno su sitio y su valor: el oro es verdaderamente el cuerpo en el que vive de forma invisible la "Bestia sin Nombre". Y aquí vale la pena tocar un punto importante: la diversidad del sentido que el dinero va adquiriendo en América respecto a lo que ha tenido siempre en Europa, partiendo de la civilización clásica y del feudalismo medieval. Aquí, el dinero fue un medio: al señor, el dinero le servía para ejercitar formas exquisitas que testimoniaron la magnificencia, la calidad, la sensibilidad por cosas diferentes y privilegiadas. En el americano, en cambio, el dinero está volviéndose un fin en sí mismo: sobre la base de la extraña desviación de la ética calvinista antes señalada, y que Max Weber ha analizado perfectamente, la conquista del dinero, el lucro y el beneficio, se realizan como una vocación y una misión, algo que casi debe ser buscada en si mismo y para sí mismo: es la ascesis capitalista. Más que poseer su dinero y ser libre con respecto a él, utilizándolo para trasmutar el poder en un sentido de majestad, el multimillonario americano casi parece un mero administrador, interiormente idéntico a cualquier empleado suyo u obrero, se limita a ser, a menudo, un instrumento impersonal y ascético cuya actividad se dedica a recoger dinero, convertirlo en rentas y ampliar el volumen de negocio en redes cada vez más amplias, que atraen a millones de seres y deciden la suerte de las naciones, mediante la fuerza impersonal del oro. 

El anti-individualismo revestido con la promiscuidad comunista y los mecanismos seudo-místicos en la Rusia soviética, en América tiene, en cambio, el aspecto de la estandarización, del prohibicionismo, del conformismo, de la moralización obligatoria y organizada, como si se tratara de una fotocopia de la mentalidad jesuítica hallada por Fülop-Miller en la educación soviética. "Cada americano, se llama Wilson, Bryan o Rockfeller, es un evangelista que no puede dejar tranquila a la gente, y que constantemente tiene el deber de predicar", convencido de su obligación hacia los otros para convertirlos, purificarlos, elevarlos al nivel moral de los Estados Unidos que no dudan es el más alto. Lucha contra el alcohol o el tabaco; propaganda feminista, pacifista, antivivisección, americanización de los inmigrados, hasta el apostolado eugenésico y neomalthusiano, el espíritu siempre es el mismo, y siempre prevalece la misma la voluntad de estandarización, la intolerancia hacia quienes tienen un criterio individual y quieren disponer de su propia existencia. Y esta aptitud –tal como reconoce Siegfried con precisión- es un peligro que va más allá de lo que es simple rectitud personal. Acreedora hacia el mundo entero, todo es permitido a América: puede estrangular o socorrer a  gentes y gobiernos, convencida de poderlos juzgar desde lo alto de su superioridad moral y de tener no incluso derecho, sino más bien el deber, de imponer sus lecciones y sus principios. 

La comodidad (el confort) al alcance de todo, la superproducción, es el milagro de América: pero "ha pagado por ella un precio trágico, el de millones de hombres reducidos al automatismo en el trabajo. El taylorismo [Evola utiliza la palabra “fordizzazione” NdT], sin el cual no existiría la industria americana, conduce a la estandarización del individuo mismo". El crear con personalidad, el trabajo como arte, en donde cada objeto casi tiene un poco del alma de quien lo hizo, desaparece sustituido por la producción en serie, rápida, automática, desanimada, cuantitativa. Unificado el producto, se trata de unificar quien lo consume. "El teatro, el cine, el cartel, asimismo estandardizado, concurren a esta unificación sin piedad, en el que las diferencias locales y hasta las distinciones de clase tienden a reducirse y a desaparecer”. 

Roggero en su correspondencia de Nueva York escribe textualmente: "Americanismo significa supresión del individuo, vida del rebaño, maquinismo, estandarización de las costumbres, supresión de los particularismos y los colores locales, uniformidad, simetría". Lo que es experimentado como complicación e interioridad, lo que es espíritu de delicadeza, de calidad y de matiz en los americanos se hace raro hasta lo increíble. Hasta en su alma están unificados, tampoco aquí quieren preocupaciones, es tan simple y natural como puede serlo una hortaliza: exorcizado cada sentido trágico de la vida, su existencia se desarrolla sin roces sobre dos dimensiones en las que puede percibirse toda su mediocridad y la uniformidad optimista-moralista de su concepción de la vida y del sentir: nos referimos a la cinematografía americana, tan admirablemente perfecta en todo aquello que es dominio de muerta técnica. 

En un exhibicionismo soso, sus mujeres parecen hasta castas, sin capacidad para llegar a las “complicaciones” de la sexualidad, considerada como pecaminosa. También aquí existen paralelismo con algunos aspectos bien conocidos de las costumbres de la Rusia Soviética; el sentido de indiferenciación pre-sexual y de contaminación entre camaradas (por que cada amor soviético siempre tiene cierto matiz de incesto) tiene su paralelismo en América cuando encontramos al tipo neutral y masculinizado, de sus mujeres, en su estilo, sus costumbres y su mentalidad. La emancipación soviética de la mujer con la equiparación de todos sus derechos a los del hombre, concuerda exactamente con la realizada en América gracias al feminismo: en ambos casos se ha logrado la desintegración de la familia. El ritmo, si no es idéntico, es indudablemente análogo. 

No son solamente estos los puntos comunes que podrían ser indicados en la vida y en la cultura de estos dos pueblos. Aquello con lo que el americano vibra más sinceramente que a cualquier motivo de un Bach, de un Palestrina o de un Wagner, lo expresa e incorpora a la misma lógica de la música hecha de ritmo y ruido similar a la del bolchevismo: es el jazz. En las grandes metrópolis americanas donde centenares de parejas se agitan juntos como fantoches epilépticos y automáticos a los ritmos sincopados negros de los charlestons y los blackbottoms, se percibe realmente el "estado de masas", la psique primordial del ente colectivo mecanizado que despierta. Lo mismo puede ser percibido en el delirio insensato de las competiciones deportivas americanas, realizadas con análogos objetivos a las expresiones teatralizadas de la "vida" en Rusia. 

Los poetas bolcheviques que quieren colectivizar y socializar la poesía ¿no tienen quizás su precursor en el americano Walt Whitman, cantor de las muchedumbres proletarios y sin rostro? ¿No hallan quizás su tema en la última filosofía de más allá de océano el neorrealismo cuya desintegración de la individualidad de los fenómenos, de los procesos mentales y de la misma personalidad en un atomismo lógico es expuesta en volúmenes formados por el trabajo colectivo de un grupo de autores? ¿Y aquella exigencia, de desinteletualizar y pragmatizar lo bonito ha tenido quizás una más radical eficiencia que en la transformación, realizada por las razas anglosajonas, del lujo en comodidad, y en el insensible, pero preciso, absorción del criterio de elegancia y "estilo" en aquel de la "funcionalidad" en los vestidos, en las modas, en las viviendas, en todo? 

Repitámoslo: en la Rusia soviética se trata de algo que permanece todavía entre tinieblas, trágico ideal de una utopía en lucha contra las costumbres asiáticas, mientras que en América temas análogos salen a la luz y al aire libre, en formas prácticas que prescinden de la ideología y de los matices mesiánicos. Al americano le falta el sentido de la renuncia fatalista, de la inminencia sobre él de la gran sombra casi personificada del “hombre colectivo”, del hombre-masa. Como hemos visto se cree, en cambio, libre a si mismo, quiere ser lo que es, y llama a su tierra, la “tierra de la libertad”. Pero nosotros europeos, pensamos acerca de esto lo mismo que Dostoiewskij dice en “Los Locos”, cuando plantea la doctrina social de Cigaleff, una verdadera anticipación profética del bolchevismo: pensamos en aquel estadio de la humanidad en que, después del tiempo necesario para una educación metódica y razonada durante generaciones, vuelven a la extirpación del "mal" constituida por el “QI” y el "libre albedrío", los hombres, no se percatan de ser esclavos, volverán a la inocencia de un nuevo Edén, diferente del bíblico por el mero hecho de se trabajarár. "El buen improvisador no precisa atar", observó Laotzé: el más profundo grado de intoxicación no reside en el que logra sentirse humillado e inútil, sino en el que ni siquiera percibe su condición de esclavo y, actuando, cree ser autónomo y espontáneo, mientras que, en realidad, nada de lo que supone el Yo, el fuego indomable de libertad infinita que sitúa más allá de cada límite y de cada forma, arde más en su sustancia interior. 

Quién está fuera de este engranaje, ve. Detrás de las formas titánicas de la nueva civilización de más allá de océano, divisa asimismo el espectro de la "Bestia sin Nombre." 

*        *        *

Dijimos pues: dos pinzas de una tenaza, desde Oriente y Occidente están cerrándose alrededor de nuestra Europa. 

Si el bolchevismo ha despertado, y todavía seguirá despertando, reacciones precisas de quienes lo ven como algo mortal para toda la tradición de nuestra cultura, sin embargo, Europa, de mil manera diferentes, va padeciendo la influencia del americanismo; incluso en el ámbito de la depravación de los valores e ideales que están detrás del americanismo y que el bolchevismo conduce en la cumbre. 

No podemos ilusionarnos: las medias tintas no son posibles: se trata de un mundo completo, que debemos aceptar o de rechazar en bloque. Roggero delante de América, lo ha visto de manera diferente: no se puede conservar el propio patrimonio intelectual, la misma tradición, la misma concepción del mundo él escribe y, al mismo tiempo, americanizarse. La americanización de algunos aspectos de la vida europea representa quizás una especie de caballo de Troya con el que América -acaso sin pensarlo y sin quererlo, queriéndolo en cambio nuestra debilidad- disolverá la civilización del viejo continente, en el que ya se han aposentado las ideologías comunista, pacifista, internacionalista, bolcheviques y demócrata, siembran el fermento de descomposición. 

Entre las naciones europeas, se puede decir que Italia haya sido la primera que de modo más definida ha planteado una reacción y una alarma. Con el fascismo el peligro bolchevique ha sido bloqueado, y además figura entre las naciones relativamente más inmunes al mal americano. ¿Será capaz de llegar hasta el final? 

Además, por largo que pueda ser el camino, no hay que olvidar el hecho que Italia es heredera de aquella tradición occidental, que más que cada otra es el anti Soviética y el anti América. Queremos hablar de la tradición mediterránea, y especialmente clásico y romana. 

De la misma forma que la finalidad de la "Bestia sin Nombre" es la destrucción y la desintegración del individuo cuyo valor con respecto a la psique colectiva e impersonal es nulo, la verdad de la Tradición Romana es, en cambio, la afirmación del valor de lo individual y plantea en la individualidad la medida de la realidad. Alejada de la promiscuidad informe de las sociedades primitivas y totémicas, puede asumir por precisamente la visión aristotélica, de donde los "géneros", las "ideas" o los "universales" son considerados como potencialidades abstractas, que se manifiestan solamente en individuos que son capaces de realizarlos bajo una ley de diferenciación y originalidad irreductible. Son mera "materia" que pide al mundo de lo individual su "forma." 

El mundo clásico y mediterráneo ha exaltado el sentido de la dignidad individual, de la diferencia, de la aristocracia y de la jerarquía: ha puesto por encima de todo el ideal de la cultura, en el sentido de realización del individuo, de creación de "tipos", obras vivientes de arte expresadas en personas realizadas interiormente. Y en la "autarquía" personal, florecida  en el dominio soberbio de los que se poseen a sí mismos, evoca al tipo dórico y homérico cuya pureza es fuerza y cuya fuerza es pureza, ha reconocido el "virtus", verdadero germen de la relación que hace comunicar lo humano no con el humano. 

Nuestro tradición no ha conocido jamás piedras atadas en el cemento inaprensible del vínculo colectivo, de la ley mecánica, del despotismo social pero valles y cumbres, fuerzas a lado de fuerzas y a fuerzas contra fuerzas, organizadas él libremente en relaciones directos y orgánicos guerreros, heroicos y sacrificales, en actos de absoluto mando y absoluta dedicación: núcleos fuertemente localizados y solarios, culminantes allá dónde el imperium fue sentido como la presencia de una fuerza por lo alto. Por lo tanto organización en sentido verdadero y viviente, no amalgama, no compuesto. Aquí el individuo está no parte impersonal, pero miembro unido directamente al todo y constituyente una función y una modalidad de vida distinguida e irreductible, que no debe ser borrada o nivelada, pero llevada a ser cada vez más perfectamente e intensamente si mismo para la mayor riqueza y determinación del gran cuerpo completamente. 

Nuestra tradición ha vitoreado a los "héroes", ha celebrado a los dominadores, ha celebrado los hombres dioses. Y si, a diferencia de algunas concepciones semíticas y asiáticas, no han separado lo espiritual de este mundo terrenal, de modo inequívoco han afirmado, sin embargo, el derecho soberano de la cualidad, de la idea y de la sabiduría sobre lo que es “práctico” y condicionado, que deben dominar mediante el acto de personas realizadas en el mismo modo que el sentido domina a la palabra y el alma al cuerpo. Y en la pax profunda propiciada por la potencia romana, difunde por todo el Mare Nostrum la luminosa civilización del helenismo. 

En la sensación de la unidad inmanente, despertó otros ojos, otras orejas, otros elementos de potencia, y no los conocidos por los novísimos bárbaros. En lugar de materializar y mecanizar incluso lo humano, escuchó el eco de fuerzas vivientes e inmortales en acto tras lo que los modernos llaman “materia” y “leyes mecánicas”, y estableció contactos reales con ellas por medio del ritual y del símbolo; de donde despertó en aquellos en quienes "dios se hizo carne" (en sarkì peripolòn teso), en el sentido de ser "todo en todo, compuesto por todos los poderes" (Corp. Hermet.), libre como "un mundo en el mundo" (Plotino) incluso en su no ser más que sí mismo, en la jerarquía de los seres. Y el Imperio -no la promiscuidad bolchevique, ni el federalismo o el democratismo de las modernas sociedades- coronó lógicamente esta concepción, y su jerarquía armoniosa adquirió el sentido de reflejo y símbolo de la jerarquía del mundo intelectual y divino. 

Es una concepción del mundo, de las cosas, de la vida, completamente diferente, entendida, no como una abstracción filosófica, sino como algo viviente y presente en la misma sangre; trasponiéndose como significado en el seno de todas las actividades, articuladas de forma inestable, pero organizadas en torno a un eje único. La contingencia de los tiempos la ha sepultado gradualmente y la gran sombra del “Ente sin forma" supone, finalmente, su negación definitiva. 

¿Estará en condiciones Italia de revivir tal tradición? ¿Será capaz de hacerla revivir incluso bajo otras formas, en otros espíritus, en otras potencias? El bolchevismo ha visto (y lo ha declarado por boca de uno de sus principales ideólogos) que "El mayor obstáculo que está ante el hombre nuevo es el mundo romano-germanico." 

Si Italia, que ha recuperado en el Águila y en el Fascio los símbolos del mundo de la tradición, sabe asumir todo lo que como tradición mediterránea está detrás de este símbolo, se liberará de las contingencias de una nación particular, y ascenderá asumiendo la defensa del occidente delante del peligro americano-bolchevique.

   (c) Edizioni di Ar, “I saggi della Nuova Antologia”

   (c) Ernesto Milà, por la traducción en lengua española.

PCN-NCP: Manifiesto Europeo

PCN-NCP: Manifiesto Europeo

1. CRISIS DE CIVILIZACION - QUIEBRA DE NUESTRA SOCIEDAD.

Los paises de Europa permacen aún atraidos por el brillo de una civilización que creen siempre existente ; de aqui se sigue una ruptura entre los hechos y su representación. La única crisis de civilización que nosotros conocemos es la de estos paises.
Una clase posedora y gobernante, desde hace treinta años en el poder, no responde a les afrentas y a la alienación más que con el mantenimiento de las ilusiones y de los artificios. A su sumisión y a su obediencia debe Europa la prolongación y la colonización. Esta clase no es libre, sino sólo  un rehen en manos de la superpotencia america.
Muy lógicamente, esa clase impone mitos y modelos del extraños al espiritu europeo, en particular el de la llamada sociedad de « consumo » y, más exactamente, de producción; sociedad masificada el extremo, en la cual  la comunidad popular ha desaparecido totalmente en provecho de la maquina, del papel moneda y, en general, de la  materia.
Considerando este estádo de cosas, es logico que nuestra sociedad se deshumanice más y más, que la prensa no tenga ya vida, finalmente, que nada serio sea tratado jamás..
Remediar esta situación, entonces, es decubrir las causas de la quibra. Siendo lo importante dar a Europa la Moral que le falta y la Estetica que necesita, la cuestión por plantearse es simple : nos basta ser señores de nosotros mismos.
Contra las ideologiás mundialistas, es decir, imperialistas, nosotros afirmamos que los Estados Unidos tienen su propia vida que nada tiene que ver con la de Europa ( o no tendria que ver nada). Europa se presenta, pues, coma una ruptura de la uniformación emprendida.
Las sociedades na escapan a ciertas significaciones históricas o procedentes del análisis de la realidad . La libertad es garantida por la fuerza. Europa debe ser de los europeos.

2. LIBERACION DE EUROPA - EUROPA PARA LOS EUROPEOS.

La Liberación significa la anulación de todos los poderes que los Americanos ejercen en Europa ; el fin de la colonización de Europa por los Americanos. Liberación que debe hacerse tanto el nivel militar - retirada de la Alianza Atlantica, como el nivel económico, nationalización de todas las firmas económicas instaladas en Europa.
La Liberación de Europa es un requisito previo a todo comienzo de unificación Europea. No puede haber unificación en tanto Europea sea dependiente de rusos y de norteamericanos, y no puede haber independencia de Europa mientras nuestro territorio ne sea liberado de sus opresores.
La unificación de Europa no podrá hacerce más que a partir de varios motores : una mistica -la nación europea- , ena voluntad politica -el Estado europeo- , único capaz de asegurar la potencia y la fuerza- , los medios, en particular un partido unitario que tenga la DIMENSION EUROPEA.

3. LA NACION EUROPEA.

Vivimos en la era de los grandes conjuntos politicos y ya no existen pequeñas naciones ralmente independientes. Es una ley de fisica politica, una cuestión de DIMENSION. Ya no es posible contar con Francia, con Alemania o con España. Si queremos ser libres, debemos ser fuertes, nos es necesario hacer Europa. La NACION EUROPEA o NACION-PORVENIR se opone radicalmente a los nostalgismos, a los partidarios de las antiguas naciones o a los revanchistas.
Por consiguiente, condenamos :

  • los nacionalismos que agitan tanto la izquierda como la derecha, que no son más que divisionistas de Europa y, por tanto, conscientemente o no, anti-europeos. Las fronteras actuales deben ser borradas para dejar lugar a una supranacionalidad garante de la independencia politica.

  • A fortiori, debemos rechazar los « micro-nacionalismos regionales », totalmente utópicos y, en tendo caso, nefasto a la causa europea. Si bien podemos comprender las motivationes de los pueblos vasco, corso o bretón, es preciso tener muy en cuenta que mientras más dividida esté Europa, más debil sera,  y mientras más debil sea, mas esterá bajo la dependencia de « protectadores », sean norteamericanos u otros.

Dicho esto, nos manifestamos favorables a las formas de regionalismo capaces de integrarse en el cuadro de la NACION EUROPA , y ello, para el bien de todos.

4. EL COMMUNAUTARISMO EUROPEO.

Nuestro COMMUNAUTARISMO EUROPEO es una voluntad de liberación por oposición a los expansionismos. Es la de los hombres que han tenido y que tienen un destino común. El marco natural donde esta voluntad debe ejercerse, y al único que puede hacerla eficaz, es, simplemente, Europa.

  • El COMMUNAUTARISMO EUROPEO resume en si solo nuestra originalidad. El Europeismo es un proyecto politico y social global, total. Los europeos consucuentes quiren la libertad de Europa, luego su independencia -politica y económica-, y la justcia. El integra, por consiguiente, el socialismo.

  • Nuestro COMMUNAUTARISMO EUROPEO es un PROGRESISMO  en la medida en que, sin renegar en nada del pasado de los diversos pueblos de Europa, toma en cuenta las mutaciones y las realidades socio-económicas de este siglo y quiere preparar al XXI. Tal es el proyecto que nosotros debemos propagar por doquiera.

Pero, que seria de este proyecto si no reposase sobre una voluntad politica, la de crear más alla de la Nacion Europea un Estado y un  Socialismo europeos ?

5. EL ESTADO Y EL SOCIALISMO EUROPEOS.

El problema es saber si los pueblos europeos quiren vivir libres o si, en el año 2000, aceptarán ser esclavos en una Europa dominada. Para ser dueños de su destino, disponer de ellos mismos, les europeos deben ser los artifices de su Liberación y los realizadores de la Europa unida, de un Estado Europeo único.
Lo que significa :

  • un Gobierno Europeo UNICO, este es, un EJECUTIVO y un poder legislativo únicos ; gobierno UNITARIO que tiendrá por tareas minimas da defensa, la politica exrerior, las finanzas y los grandes sectores de la economia (serán necesarias algunas nacionalizaciones), y la justicia.

  • la organización de este Estado europeo en Provincias o en Regiones (basándose esencialmente en criterios geo-económicos) que dispongan de autonomia administrativa y cultural.

El Socialismo Europeo, garante de la independencia económica y de la justicia social, implica y afirma la primacia de la politico sobre lo económico. Pero, la unificación de Europa es ante todo en problema politico, y los tecnócratas de Brusela o de Estraburgo muestran hasta qué punto son ellos incompetentes para la realización de esta Europa politica. La instauración de un PODER POLITICO es previa a toda unificación, economica y social, y todo debate, toda elección de socidad , son vanos en tanto que aquél na sea conseguido.
Esasi que el Mercado Común, privado de toda substancia politica, consiste en una unión aduanera y nada más, y se ha revelado como una formidable máquina al servicio de la penetración capitalista norteamericana. La liberación de Europa del capitalismo y de las multinacionales pasará por el socialismo europeo, pero, ante todo, por la constucción de un Estado europeo.

6. LOS MEDIOS Y UNA ORGANIZACION : - UN PARTIDO EUROPEO UNITARIO.

La instauración de un Estado europeo, la realización del COMMUNAUTARISMO EUROPEISMO y la creación de la nación europea implican cambios tales que se puede hablar, con propiedad, de una REVOLUCION EUROPEA. Y el único agente sesceptible de alcanzar esos objectivos consiste en el Partido Communitario Nacional - europeo.
El Partido Communitario National-europeo (PCN), hoy en gestación, en un futuro próximo debe poder desarollar una acción de dimensión continental contra les representantes del imperialismo americano,y denonciar a los professionales de la politica  complices -conscientes o no- de este imperialismo.
El PCN participa activamente en esta VANGUARDIA que será mañana el punto de convergencia de los constructores del año 2000.

¿Por qué somos anticomunistas?

¿Por qué somos anticomunistas?

Robert de Herte

Las necesidades de la lucha a menudo oscurecen las razones. El movimiento se basta a sí mismo: no se pregunta ya sobre las causas del compromiso. Esto es lo que ocurre con el anticomunismo, que se alimenta de las opiniones más contradictorias y constituye una zona de consenso ambigua, en la que, la Unión Soviética, estudiada en este número, constituye el punto de cristalización. La derecha es antisoviética, los liberales y los socialdemócratas también, sin olvidar a los marxistas criticos que piensan que Stalin "traicionó" a Marx, y los comunistas disidentes que supieron "tomar sus distancias". Alli no hay mas que confusión.

Nuestra oposición al comunismo es total, y no tenemos ningun deseo de vivir en un régimen soviético. Es innecesario decir eso, pero es bueno decirlo. Pero pensamos también que el anticomunismo debe encontrar su fundamento en otra parte que en sí mismo; que la hostilidad hacia el Kremlin no debe servir de pretexto para aceptar otras lealtades; y que la política tiene sus leyes propias, que no estan ligadas ni a la moral ni a la ideología.

Nuestro anticomunismo no tiene, pues, nada de "primario". Él se deriva de una oposición al universalismo igualitario, del que el comunismo no es más que un representante entre otros. No podría pues, a nuestros ojos, servir de coartada para aceptar, en particular, un liberalismo que se sitúa en la misma filiación genealógica, que cree también en la igualdad "natural" de todos los seres humanos, y que ve también en la economía el paradigma por excelencia de todos los hechos sociales. (Recordamos oportunamente que la sociedad existente que más se acerca a la sociedad comunista ideal tal como Marx la describió es la sociedad americana).

Los liberales, impulsores del antisoviétismo contemporáneo, razonan de forma diferente. Los objetivos de Marx les parecen, a menudo, totalmente aceptables. Son los medios para realizarlos lo que rechazan. Cuando critican el régimen soviético, es para denunciar los "ataques a la libertad", la "ferocidad de la represión" y la violación del sacro santo principio de los "derechos humanos". Y si critican su doctrina, es con la intención de poner de manifiesto que desembocara inevitablemente en el "despotismo". Esta opinión es un poco simple. El despotismo es, sin duda alguna, criticable. Pero el comunismo no se resume al hecho de que contradice la "libertad". (Y por otra parte, no es el unico que lo hace. La subversión, infiltración, el espionaje, los asesinatos y los golpes de Estado son métodos tanto de la CIA como de la KGB). No todos los anticomunismos tienen, pues, el mismo valor.  Que una derecha antes más segura de sus principios en Viena, sobre este tema acepte la crítica liberal dice mucho sobre su ceguera, y explica porqué algunos militantes de la "preferencia nacional" prefieren sobre todo... al régimen de Reagan.

En cuanto a la libertad, decimos claramente que hay una que, para nosotros, precede a todas las otras: es la libertad colectiva, la libertad del pueblo y de la nación. En este fin de milenio, es la libertad sobre todo de Europa la que nos ocupa. El concepto de "Occidente" es un concepto vacío de sentido, que permite a Estados Unidos de América hacer la ley sin declararlo abiertamente instituyéndose como el "líder natural" de este ectoplasma. La URSS procede así mismo pretendiendo actuar como el centro del socialismo real. Americanización por una parte, rusificación en la otra. Los Estados Unidos: un futuro sin pasado; la URSS: un pasado sin futuro. Al Oeste: el inmovilismo bajo la efervescencia. Al Este: la dinámica bajo la estabilidad. Los Estados Unidos funcionan según la lógica del espacio, la URSS juega al factor tiempo. A eso se añaden las dificultades de la geopolítica: el "bloque continental" es una realidad. El comunismo es una bonita palabra - la doctrina del "bien común" -, pero que hizo mala. Condenamos a los que dicen: "rojos antes que muertos". También a los que aceptan ser "americanos más que soberanos". Rechazamos a las dos superpotencias cosmopolitas, retoños de un mismo movimiento que sucesivamente engendro al liberalismo y a el comunismo. Nunca se evitara una dictadura aceptando otra tirania.

[Éléments n°57-58, primavera de 1986]

Releyendo a Evola (VIII):

Releyendo a Evola (VIII):

NEOFASCISMO, ANTIFASCISMO: MITOLOGIA Y DENIGRAMIENTO

Hoy tanto la democracia como el comunismo designan por "neofascismo" a las fuerzas "nacionales" que en Italia se les oponen más firmemente. En la medida en que esta designación fue aceptada sin reservas por las fuerzas en cuestión,se creó una situación compleja llena de equívocos y que se presta peligrosamente al juego de los adversarios. Entre otros, es también la causa de esto que puede definirse en un sentido evidentemente peyorativo como "nostálgicos". El fascismo ha sufrido un proceso que puede calificarse de MITOLOGIZACION y la actitud adoptada respecto a él por la mayor parte de las gentes reviste un carácter pasional e irracional, antes que crítico e intelectual. Esto vale en primer lugar para los que, precisamente, conservan una fidelidad a la Italia de ayer. En amplia medida estos últimos han hecho de Mussolini precisamente y del fascismo un "mito", y su mirada se ha vuelto hacia una realidad históricamente condicionada y hacia el hombre que ha sido el centro, antes que hacia las ideas políticas consideradas en sí mismas y por sí mismas, independientemente de estas condiciones, a fin de que puedan siempre guardar, eventualmente, su valor normativo en relación a un sistema político bien definido.

En el caso contemplado en el presente, la mitologización ha tenido naturalmente como contrapartida la IDEALIZACION, es decir, la valoración solo de aspectos positivos del régimen fascista, mientras que se relegaba en la sombra deliberadamente o inconscientemente a los aspectos negativos. El mismo procedimiento se ha practicado en sentido opuesto por las fuerzas antinacionales en vistas a una mitologización teniendo como contrapartida, esta vez, la denigración sistemática, la construcción de un mito del fascismo en el cual se evidencia, de manera tendenciosa, solo los aspectos más problemáticos del fascismo, a fin de desacreditarlo y hacerlo odioso en su conjunto.

Se sabe que en este segundo caso la mala fe y la pasión partisana están manifestándose en el origen de un procedimiento suplementario y de una argumentación privada de toda legitimidad: se pretende establecer un lazo causal entre lo que concierne exclusivamente a los acontecimientos y las consecuencias de una guerra perdida y el valor intrínseco de la doctrina fascista. Para todo pensamiento riguroso, un lazo de este tipo no puede ser sino arbitrario. Debe afirmarse que el valor eventual del fascismo como doctrina (abstracción hecha de una política internacional dada) está tan poco comprometido con las consecuencias de una guerra perdida como tampoco hubiera podido ser confirmado por una guerra victoriosa. Los dos planos son totalmente distintos aunque disguste a los partidarios del dogma historicista AL CUAL SE REFIEREN GUSTOSOS HOMBRES sin carácter.

Más allá de todo unilateralismo partidista, quienes a diferencia de los "nostálgicos" de la joven generación, han vivido el fascismo y han tenido en consecuencia una experiencia directa del sistema y de los hombres, saben que muchas cosas no funcionaban en el fascismo. Tanto como el fascismo existió y pudo ser considerado como un movimiento de reconstrucción en marcha, cuyas posibilidades no estaban todavía agotadas y cristalizadas, era incluso permisible no criticarlo en otros aspectos. Los que, como nosotros, aunque defendiendo ideas que no coincidían más que parcialmente con el fascismo (o con el nacional‑socialismo) no condenaron estos movimientos aun teniendo claramente conciencia de sus aspectos problemáticos o desviados, actuaron así porque esperaban precisamente otros eventuales desarrollos ‑que era preciso favorecer por todos los medios comprometiéndose‑ desarrollos que habrían rectificado o eliminado los aspectos en cuestión.

Pero siendo ahora el fascismo una realidad histórica pasada, ya no es posible mantener la misma actitud. Antes que la idealización propia del mito, lo que se impone es la separación entre lo positivo y lo negativo, no con una finalidad teórica, sino también con una función práctica en vistas a una posible lucha política. No debería pues aceptarse la etiqueta de "fascista" o "neo‑fascista" sin discusión: debería decirse fascista (si hay lugar) en relación con lo que hubo de positivo en el fascismo y no con lo que hubo de negativo.

Superados positivo y negativo, es preciso también recordar que el fascismo por su carácter, ya señalado, de movimiento susceptible de conocer desarrollos comprendía diversas tendencias, cuyo único porvenir ‑si el desastre militar y el hundimiento interno de la nación no lo hubieran paralizado todo‑ habría podido decir cuales debían prevalecer. En Italia ‑pero también en Alemania‑ la unidad no excluía las tensiones importantes en el interior del sistema. No haremos alusión aquí a simples tendencias ideólogicas representadas por tal o cual individuo, por tal o cual grupo; en amplia medida estas tendencias fueron inoperantes y no pueden ser tenidas en consideración en nuestro estudio. Se trata más bien de elementos concernientes a la estructura del sistema y del régimen fascista, tomados en su realidad concreta en su organización estética y, en general, institucional. Esta es la segunda razón y la más importante, de la necesidad de superar la mitologización y de no recuperar el fascismo de forma ciega. Si se piensa además en los dos fascismos, en el fascismo clásico del Ventennio (1) y en el de la República Social Italiana, ciertamente unidos por una continuidad de fidelidad y de combate, pero fuertemente diferentes sobre el plano de la doctrina política ‑en parte bajo el efecto de la influencia fatal de las circunstancias‑ el problema de la discriminación parecerá aun más evidente; y se verá como el mito lleva a peligrosas confusiones que perjudican la formación de un frente duro y compacto.

En relación con esto es preciso poner de relieve la necesidad de agrandar los horizontes y de mantener el sentido de las distancias. Hoy, en realidad, mientras que unos consideran al fascismo como un simple paréntesis y una aberración de nuestra historia más reciente, los otros dan la impresión de quien, apenas nacido, cree que nada ha existido fuera de su pasado inmediato. Estas dos actitudes son inadecuadas y sería necesario oponerse con la mayor energía a los que desearían imponer la alternativa fascismo‑antifascismo, para agotar toda posibilidad política y cualquier discusión. Una consecuencia de esta alternativa, es, por ejemplo, que puede uno no ser antidemócrata sin ser automáticamente "fascista" o "comunista". Este círculo vicioso es absurdo y para denunciar la perspectiva miope que implica es preciso hacer referencia a nuestras consideraciones preliminares.

Siempre en la investigación de lo positivo, hay efectivamente una diferencia esencial entre aquello cuyo único punto de referencia es el fascismo (y eventualmente los movimientos análogos de otras naciones: el nacional‑socialismo alemán, el rexismo belga, la primera Falange Española, el régimen de Salazar, la Guardia de Hierro rumana, se pudo hablar ayer de una "revolución mundial" como movimiento global opuesto a la revolución proletaria) en que hace comenzar y terminar el propio horizonte político, histórico y doctrinal; y aquel que, por el contrario, considera en estos movimientos lo que se presenta como formas particulares más o menos imperfectas, adaptadas a las circunstancias, formas en las cuales se habían manifestado y habían actuado (ideas y principios a los cuales es preciso reconocer un carácter de "normalidad" y constancia), haciendo así entrar los aspectos originarios "revolucionarios" en sentido estricto, de estos movimientos en el dominio de lo que es secundario y contingente. En pocas palabras, se trata de ligar por todas partes en donde sea posible, el fascismo a la gran tradición política europea y de poner de lado lo que, en él existe a título de compromiso, de posibilidades divergentes o de planteamientos desviados, de fenómenos que se resentían en parte de los males contra los cuales, por reacción se quería luchar.

Ya que hoy no tenemos ante nosotros la realidad concreta del fascismo, su situación histórica específica, todo esto es ciertamente posible y muestra la única vía que se ofrece prácticamente a las "fuerzas nacionales" dado que la nostalgia y la mitologización no sirven para gran cosa y no puede hacerse resucitar a Mussolini o fabricar otro a medida, por no hablar de la situación actual, diferente de la coyuntura que hizo posible el fascismo bajo este aspecto histórico determinado.

En estas condiciones, no es difícil descubrir que significado superior eventual puede adquirir el análisis del fascismo, análisis que, evidentemente, es también una integración. Más allá de toda confusión y de toda debilidad, ofrece en efecto a las vocaciones una piedra angular. Un gran espíritu del siglo pasado, Donoso Cortés, habló de los tiempos que preparaban Europa para las convulsiones revolucionarias y socialistas, como los de las "negaciones absolutas y las afirmaciones soberanas". A pesar del nivel bien bajo de la época actual, algunos pueden hoy aun tener este sentimiento.

En cuanto a la materia del breve estudio que vamos a emprender se limitará a lo que fue la realidad estructural e institucional, régimen y práctica concreta nacidas de las diferentes fuerzas que alimentaron el movimiento fascista con una atención particular por los principios que se pudo recoger en todo esto, directa o indirectamente. Habiendo sido Mussolini el centro de coagulación de estas fuerzas, es a la doctrina y a las posiciones de éste a quien nos referimos, tal como se definieron a través de la lógica interna del movimiento del cual fue jefe: pues, como se sabe, a diferencia del comunismo y, en parte, igualmente al nacional‑ socialismo, el fascismo antes de la acción y la "revolución" no tuvo doctrina exactamente formulada y unívoca (el mismo Mussolini lo afirma: "La acción es en el fascismo lo que ha precedido a la doctrina"). Tal como hemos señalado ignoraremos por el contrario las tendencias ideológicas a menudo discordantes que permanecieron simplemente así y que, tras la conquista del poder, formaron parte de grupos minoritarios particulares, grupos a los que, en su conjunto, se les dió una libertad de expresión bastante amplia, debida probablemente al hecho de que su influencia era prácticamente nula.

Este texto forma parte de la obra "El Fascismo visto desde la Derecha" y esta extraido de la web Biblioteca Evoliana

Releyendo a Evola (VII): Cabalgar el tigre

Releyendo a Evola (VII): Cabalgar el tigre

 En un mundo donde Dios ha muerto

3.- El nihilismo europeo. Disolución de la moral

Si quiere expresarse simbólicamente el complejo proceso que ha conducido a la crisis que hoy sufren la moral y la visión de la vida, la mejor fórmula es la de Nietzsche: "Dios ha muerto".

Podemos tomar la temática de Nietzsche como punto de partida para nuestro propósito, pues no ha perdido en absoluto su valor de actualidad. Se ha dicho con razón que la persona, que el pensamiento de Nietzsche, tienen también el carácter de un símbolo: Es por la causa del hombre moderno por lo que se lucha aquí, de este hombre que no tiene ya raíces en el suelo. sagrado de la Tradición, que oscila entre las cimas de la civilización y los abismos de la barbarie, que está a la búsqueda de sí mismo, es decir, que se esfuerza por encontrar un sentido satisfactorio a una existencia completamente abandonada a sí misma" (R. Reiniger).

Friedrich Nietzsche, mejor que cualquier otro, es quien hubo previsto el "nihilismo europeo" como un porvenir y un destino "que se anuncia en todas partes a través de mil signos y de mil presagios". El "gran acontecimiento oscuramente presentido, la muerte de Dios", es el principio del hundimiento de los valores. A partir de este momento, la moral, privada de su sanción, "es incapaz de mantenerse" y la interpretación y la justificación que se le habían dado anteriormente a todas las normas o valores, desaparecen.

Dostoyevsky había expresado la misma idea diciendo: "Si Dios no existe, todo está permitido".

"La muerte de Dios" es una imagen que sirve para caracterizar todo un proceso histórico. Expresa "el descreimiento hecho realidad cotidiana", esta desacralización de la existencia, esa ruptura con el mundo de la Tradición, aparecidas en Occidente en la época de¡ Renacimiento y del humanismo, que tienen cada vez más, en la humanidad actual, el carácter de un hecho consumado, evidente e irreversible. Este hecho consumado no es menos real allí en donde no queda nítidamente descubierto porque todavía subsiste un régimen de encubrimientos y sucedáneos del "Dios ha muerto".

Hay que distinguir diferentes grados en el proceso mencionado. El hecho primario es una ruptura ontológica: Toda referencia real a la trascendencia ha desaparecido en la vida humana. Todos los desarrollos del nihilismo están virtualmente contenidos en este hecho. Tras la muerte de Dios y para intentar ocultar esta a la conciencia, aparece un primer fenómeno: una moral desde ahora independiente de la teología y de la metafísica, fundada sobre la mera autoridad de la razón, lo que se llama "moral autónoma". Desde el nivel de lo sagrado -perdido ya- lo absoluto desciende a la moral puramente humana; tal es lo propio de la fase racionalista del "estoicismo del deber", del "fetichismo moral". Es entre otras una de las características del protestantismo. En el plano especulativo esta fase está simbolizada por la teoría kantiana del imperativo categórico, el racionalismo ético, la "moral autónoma".

Pero, al haber perdido sus raíces, es decir, el lazo efectivo y original del hombre con el mundo superior, la moral cesa de tener una base invulnerable, la crítica puede destruirla rápidamente. La moral ,,autónoma", es decir laica y racional, ya no puede oponer a los impulsos naturales, más que un mandamiento vacío y rígido, un "debes" -simple eco de la antigua ley viva-. Y cuando se intenta dar algún contenido concreto al "tú debes" y justificarlo, falta base. No hay ningún punto de apoyo para aquel que no sabe pensar hasta el final. Esto se aplica ya a la ética kantiana. En realidad, en este estadio, no existe ya un "imperativo" que no suponga otro no expresado a su vez, que atribuye un valor de axioma a ciertas premisas implícitas dependientes sencillamente de una ecuación personal o de la estructura de hecho -aceptada- de una sociedad determinada.

Después del racionalismo ético, el período de disolución prosigue con la ética utilitaria o "social". Renunciando a encontrar un fundamento intrínseco y absoluto del "bien" y del "mal", se propone justificar lo que queda de norma moral por lo que recomiendan al individuo su interés y la búsqueda de su tranquilidad material en la vida social. Pero esta moral está ya impregnada de nihilismo. Como ya no existe ningún lazo interior, todo acto, cualquier comportamiento se vuelven lícitos cuando se puede evitar la sanción exterior, jurídicosocial, o cuando uno es indiferente a ella. Ya nada tiene carácter interiormente normativo e imperativo, todo se reduce a amoldarse a los códigos de la sociedad, que reemplazan a la ley religiosa derribada. Tras haber pasado por el puritanismo y el rigorismo ético, el mundo burgués se orienta hacia formas de idolatría social y a un conformismo fundamentado sobre el interés, la cobardía, la hipocresía o la inercia. Pero el individualismo de finales del siglo pasado ha mascado a su vez el principio de una disolución anárquica que se ha extendido y agravado rápidamente, El individualismo ha preparado el caos tras la fachada de todo lo que es orden aparente.

Limitada a zonas restringidas, la fase precedente había sido la de los héroes románticos: el hombre que se siente solo ante la indiferencia divina y el individuo superior que se afirma a pesar de todo, en un marco trágico, que infringe las leyes comunes, no para impugnar su validez, todavía, sino para reivindicar en beneficio propio un derecho excepcional a todo lo que está prohibido, tanto al mal como al bien, En el plano de las ideas, sin embargo, el proceso se agota con un Max Stirner, que ve en toda moral la última forma de la divinidad fetichista que ha de ser derribada. En este más allá que subsiste en el interior del hombre y que querría dictarle una ley, denuncia "un nuevo cielo", transposición insidiosa del más allá exterior, teológico, cuya existencia es negada. Superando el "dios interior", exaltando el "Unico" sin ley que confía "su causa a la nada", oponiéndose él mismo a toda pretensión o valor de la sociedad, Stirner marca el limite de la vía que los revolucionarios sociales nihilistas (aquellos en los cuales la palabra nihilismo encuentra su origen) ya habían seguido, pero con el nombre de ideas sociales utópicas, en las cuales ellos todavía creían, en su interior, ideas "justicia", de "libertad" y de "humanidad" opuestas a la injusticia y a la tiranía que veían en el orden existente.

Volvamos a Nietzsche. El nihilismo europeo, anunciado por él como un fenómeno general y no esporádico, ataca, además de¡ dominio de la moral en un sentido restringido, el de la verdad, de la visión del mundo, y de la finalidad. La "muerte de Dios" tiene aquí como efecto quitar todo el sentido a la vida, cualquier justificación trascendente a la existencia. La temática nietzscheana es bien conocida: por necesidad de evasión, por falta de vitalidad, se había inventado un "mundo de la verdad", o un "mundo de los valores", que se había desgajado de este mundo y que incluso le era opuesto, lo que le confería un carácter de falsedad y le quitaba todo valor; se había inventado un mundo del ser, del bien y del espíritu que era la negación o la condena del mundo del devenir, de los sentidos y de la realidad viviente. Este mundo fabricado se ha deshecho; se habría descubierto que se trataba de una ilusión -incluso su génesis habría sido reconstruida y se habrían mostrado las raíces humanas, "demasiado humanas" e irrracionales. En tanto. que "libre espíritu" e "inmoralista", la contribución de Nietzsche al nihilismo ha consistido en demostrar que ciertos valores "superiores", "espirituales", no sólo eran simples impulsos vitales, sino que incluso, en la mayoría de los casos, impulsos de una vida "decadente" y debilitada.

Así, solamente permanece como real lo que había sido negado o condenado en el nombre de este otro mundo "superior", de "Dios", de la "verdad", de lo que no es, sino de lo que debe ser. La conclusión es que "lo que debería ser no es, y lo que es, es lo que no debería ser". Es lo que Nietzsche llama "la fase trágica" del nihilismo. Es el inicio de la "miseria del hombre sin Dios". Entonces la existencia parece perder todo significado, cualquier meta. Al mismo tiempo todos los imperativos, todos los valores morales, y todos los lazos, también se desmoronan, todos los apoyos. Encontramos una idea análoga en Dostoyevsky cuando hace decir a Kirilov que el hombre sólo había inventado a Dios para poder continuar viviendo y, por lo tanto, como una "alienación del yo". Sartre define brutalmente la situación a la que llega cuando declara que el existencialismo no es un ateísmo, en el sentido en que no se reduce a demostrar que Dios no existe, lo que él afirma es que "aun que Dios existiera, nada cambiaría". La existencia es abandonada a sí misma en su realidad desnuda sin ningún punto de referencia fuera de ella que pueda darle un sentido a los ojos del hombre,

Hay, por lo tanto, dos fases. La primera es una especie de rebeIi6n metafísica o moral. En la segunda, hasta los motivos que habían justificado e implícitamente alimentado esta revuelta, desaparecen, se disuelven, volviéndose ilusorios para un tipo de hombre nuevo -y ello es la fase nihilista o específicamente nihilista, cuyo tema dominante en el sentido de lo absurdo, de la irracionalidad pura de la condición humana.

4.- De los precursores a la "juventud perdida"

Es necesario constatar desde ahora que existe una corriente de pensamiento y una "historiografia" cuya característica ha consistido en presentar este proceso, al menos en sus primeras fases, como algo positivo, como una conquista. Esto es otro aspecto del nihilismo contemporáneo, con el trasfondo de una especie de "euforia del naufragado" inconfesada. Se sabe que desde el siglo de las luces y el liberalismo, hasta el historicismo inmanentista, primero "idealista", luego materialista y marxista, esas fases de disolución han sido interpretadas y exaltadas como las de la emancipación y de la reafirmación del hombre, del progreso del espíritu, del verdadero "humanismo". Veremos más lejos en qué medida la temática de Nietzsche relativa al período post-nihilista padece en sus peores aspectos de esta mentalidad. Por el momento es conveniente precisar el punto siguiente.

Ningún Dios ha atado jamás al hombre; no solo el despotismo divino es una invención fantasioso, sino también, en amplia medida, aquel que según las interpretaciones iluministas habría proporcionado al mundo de la Tradición su organización, recibida de lo alto y dirigida hacia lo alto, su sistema jerárquico, sus diferentes formas de autoridad legítima y de potencia sagrada. Todo este sistema, por el contrario, hallaba su fundamento verdadero y esencial en la estructura interna particular, las capacidades de recognición y los diversos intereses congénitos de un tipo de hombre ya casi completamente extinguido. El hombre, en un momento dado, ha querido "ser libre". Se le ha dejado hacer, incluso se le ha dejado sacar todas las consecuencias de su liberación; según una concatenación rigurosa, hasta que ha desembocado en la situación actual donde "Dios ha muerto" (Bernanos dice: "Dios se ha retirado") y donde la existencia se vuelve el dominio de lo absurdo, en donde todo es posible y todo es lícito. En todo ello sólo ha actuado lo que en Extremo Oriente se llama la ley de causa y efecto concordantes, objetivamente "más allá del bien y del mal", más allá de todas las moralinas.

En estos últimos tiempos la ruptura se ha extendido del plano moral al plano ontol6gico y existencias. Los valores que habían sido cuestionados ayer que solamente conmovían la critica de algunos precursores relativamente aislados, pierden hoy toda consistencia, en la vida cotidiana, para la conciencia general. Ya no se trata de "problemas", sino de un hecho consumado que hace aparecer al pozos inmoralista de los rebeldes de ayer como anticuado y anacrónico. Desde hace cierto tiempo, una buena parte de la humanidad occidental encuentra normal que la existencia esté desprovista de todo verdadero significado y que no deba ser ligada a ningún principio superior, aunque se ha arreglado para vivirla de la forma más soportable y menos desagradable posible. Sin embargo esto tiene como contrapartida y consecuencia inevitable una vida interior cada vez más reducida, informe, precaria, inestable y huidiza, así como la desaparición de toda rectitud y de toda fuerza moral.

Por lo demás, un sistema de compensaciones y de anestésicos actúa en la misma dirección y el hecho de no haber sido reconocido como tal por la mayoría de la gente, no le quita, por ello, este carácter. Un personaje de E. Hemingway hace el balance de hoy cuando dice; "Opio del pueblo, la religión... hoy también la economía es el opio del pueblo, como el patriotismo... Y las relaciones sexuales ¿no son acaso un opio para el pueblo?. Pero entregarse a la bebida, es el mejor de los opios: excelente, aun cuando los hay que prefieren la radio, este opio barato".

Sin embargo, cuando se presiente esta verdad la fachada tambalea, el entramado se disloca y, tras la disolución de los valores, llega un momento en que se denuncian todos los sucedáneos a los que se recurría para suplir la ausencia de significado de una vida abandonada a sí misma. Entonces aparece el tema existencias de la náusea, del asco, del vacío sentido tras todo el sistema del mundo burgués, el tema del absurdo de toda la nueva "civilización" impuesta a la tierra. En aquellos cuya sensibilidad es más aguda, se constatan diversas formas de traumatismos existenciales, se ven aparecer estados que se han calificado de "espectralidad del devenir", de "degradación de la realidad objetiva", de "alienación existencias". Aquí igualmente conviene observar que se pasa de experiencias esporádicas de algunos intelectuales y artistas de antaño, a formas de comportamiento que caracterizan, de una forma habitual, ciertas tendencias de las últimas generaciones en su conjunto.

Ayer aún se trataba de escritores, pintores y 11 poetas malditos" que vivían la desbandada, frecuentemente eran alcohólicos y mezclaban el genio con un clima de disolución existencias y con una revuelta irracional contra los valores establecidos. El caso de un Rimbaud es típico, su suprema forma de revuelta fue la renuncia a su propio genio, el silencio, el zambullirse en la actividad práctica llegando incluso hasta a buscar el lucro. Otro caso es el de Lautreamont, que fue empujado a la exaltación morbosa del mal, del horror, de la elementalidad informe por el traumatismo existencias (Maldoror, el héroe de sus cantos, dice: "He recibido la vida lomo una herida y he prohibido al suicidio sanar la cicatriz"). Como Jack London y otros más, comprendido el Ernst Junger de sus primeros tiempos, individualidades aisladas se volcaron a la aventura, a la búsqueda de nuevos horizontes, sobre tierras y mares lejanos, mientras que para el resto de los hombres, todo parecía estar en orden, seguro y sólido, bajo el signo de la ciencia se celebraba la marcha triunfal del progreso apenas turbado por el estallido de las bombas anarquistas.

Tras la primera guerra mundial, procesos aparecidos habían comenzado a desarrollarse, anunciando las formas extremas del nihilismo. En un primer momento, estos fenómenos precursores continuaron quedando al margen de la vida, en la frontera del arte. El más significativo y radical fue el dadaísmo, conclusión de los impulsos más profundos de los que se habían alimentado los diversos movimientos artísticos de vanguardia. Pero el dadaísmo niega las categorías artísticas mismas. Aspira a traducir en formas caóticas una vida desprovista de toda racionalidad, de todo lazo, de toda coherencia, tiende a aceptar, incluso a exaltar lo absurdo, lo contradictorio, lo que no tiene sentido ni fin y a asumirlos como tales.

Temas análogos fueron inmediatamente recuperados, en parte, por el surrealismo cuando éste rechazó adaptarse a la vida "en las condiciones irrisorias de toda existencia aquí abajo". Esta vía fue seguida algunas veces consecuentemente hasta el final por algunos surrealistas como Vaché, Crevel y Rigault, que se suicidaron, el último además había reprochado a los otros no saber hacer nada más que literatura y poesía. Por último cuando A. Brcton, aún muy joven, declara que el acto surrealista más sencillo seria bajar a la calle y disparar a los transeúntes al azar, anticipaba sólo lo que algunos representantes de las últimas generaciones debían realizar más de una vez tras la segunda guerra mundial, pasando así de la teoría a la práctica, y buscando alcanzar, a través de la acción absurda y destructivo, el único sentido posible de la existencia tras haber rehusado ver en el suicidio una solución radical para el individuo metafísicamente solo.

Con el traumatismo más violento provocado por la segunda guerra mundial y lo que siguió, con el hundimiento de un nuevo conjunto de valores de fachada, esta corriente se ha extendido efectivamente de una forma característica y casi endémica en la juventud que se ha llamado "quemada" o "perdida" y cuyo trasfondo, a pesar de un frecuente y amplio margen de inautenticidad, de pose y caricatura, tiene a menudo el valor de un signo de los tiempos.

Son, por un lado, los " rebeldes sin bandera" los young angry men, con su furor y agresividad contra un mundo en el que tienen la impresión de ser extranjeros, de] que no advierten el sentido o donde no perciben ningún valor que merezca que se luche o entusiasme por él. Como hemos dicho es la conclusión de un mundo en el que Dios ha muerto, de las formas anteriores de revuelta en el fondo de las cuales subsistía, a pesar de todo -como en el mismo anarquismo utópico- la convicción de tener una causa justa para defender, al precio de no importa qué destrucción y de¡ sacrificio de la propia vida; el nihilismo implicaba la negación de los valores del mundo y de la sociedad contra los que se sublevaba, pero no los que empujaban a esta revuelta. En las formas actuales no queda más que la revuelta en estado puro, la revuelta irracional, la revuelta "sin bandera".

Los teddy boys pertenecen a esta tendencia, así como el fenómeno de los halbstarken alemanes, de la "generación de las ruinas". Se sabe que unos y otros adoptan una forma de protesta agresiva, que se expresa también a través de explosiones vandálicas y fuera de la ley, exaltadas como "actos puros", como un frío testimonio de su diferencia de naturaleza. En los países eslavos son los holigans. Más significativa aún es la contrapartida americana, representada por los hipsters y la beat generation. Se trata igualmente aquí, antes de que actitudes intelectuales, de posiciones existenciales vividas por jóvenes, posiciones de las que un cierto tipo de novelas no da más que el reflejo: formas frías, más descarnadas, más corrosivas que las del equivalente británico, en su oposición a todo lo que es seudo-orden, racionalidad, coherencia, a todo lo que es square, que parece "cuadrado", sólido, justificado, seguro: "cólera de estructura sin voz" como ha dicho alguien, desprecio por la "ralea incomprensible que consigue apasionarse seriamente por una mujer, un trabajo o una casa" (Norman Phodoretz). El absurdo de lo que es considerado como normal, "la locura organizada del mundo normal", parecen a los hipsters particularmente evidentes en el clima de la industrialización y en el ambiente de activismo insensato que reina a pesar de todas las conquistas de la ciencia. Rechazo a identificarse con el medio, rechazo absoluto a colaborar, a tener un puesto definido en la sociedad. tales son las consignas de estos medios que, por lo demás, no comprenden exclusivamente a jóvenes, sino que agrupan a elementos surgidos de los bajos fondos, las capas sociales más afectadas, pero también a todas las clases. incluso de las más ricas. Al nuevo nomadismo de algunos se añaden, en otros, el hípsterism, el alcohol, el sexo, las drogas, la música negra del jazz, la velocidad, e incluso los actos que tienen un carácter de crímenes gratuítos, tales como los que había propuesto A. Breton, han servido como medios para soportar, gracias a sensaciones exasperadas, el vacío de la existencia. No se teme nada, se aspira, por el contrario, a recibir terribles golpes del propio Yo" en experiencias de todo tipo (Norman Mailer . Los libros de Jack Kerouac y la poesía de Allen Ginsberg se inspiran también, en cierta medida, en este clima).

Pero esta corriente se había dejado ya presentir en algunos autores llamados con razón los Walt Witman de un mundo que se hunde y no de¡ mundo optimista, lleno de esperanza y de vida, de la juventud democrática americana. A parte de un Dos Pasos y de algunos otros de¡ mismo grupo, es el Henry Miller del primer período quien puede considerarse con más derecho como el padre espiritual de estas corrientes. Se ha podido decir de él que era "más que un escritor o que un artista, una especie de fenómeno colectivo de la época; un fenómeno encarnado y vociferante como manifestación brutal y absurda de la desesperanza furiosa y de¡ horror infinito que se instalaban tras la fachada ruinosa" (prefacio de "Trópico de Capricornio", Ediciones du Chine, Pairís, 1946). Es el sentimiento de una tabula rasa, del silencio cósmico, de la negación de la liquidación de toda una época, "es un profeta que anuncia el fin del mundo en el momento en que este mundo florece y está radiante, en el apogeo de su grandeza y de su infección pestilente". Es del mismo Miller de quien son estas palabras características: "Desde el inicio, no he conocido más que el caos, como un fluido en el que se estaba envuelto, algo que inhalaba por las branquias". "Un bosque de piedra en cuyo centro está el caos", tal es la sensación que da el ambiente donde se mueve el hombre de hoy. "En ocasiones, en este punto muerto y central, en el corazón mismo del caos, danzaba y bebía hasta estar completamente atontado, hacía el amor o me envolvía con la amistad de alguien, hacía planes para una vida nueva, pero todo no era más que caos, piedra, desesperanza, extravío".

Testimonio que coincide en parte con este, aunque de otro origen H. Hesse había ya puesto en la boca de uno de sus personajes: "Prefiero sentirme quemado por un dolor diabólico antes que vivir en este ambiente de sana temperatura. Mientras se inflama en mí un deseo salva e de emociones intensas, de sensaciones, una rabia contra esta vida trivial, vulgar, normal, y esterilizada y un deseo de romper algo, no sé, un almacén o una catedral, o a mí mismo; de cometer locuras temerarias... Es, de hecho, lo que siempre he detestado, aborrecido y maldecido; esta satisfacción, esta salud pacífica, este graso optimismo del burgués, esta disciplina del hombre mediocre, normal, vulgar". Paul van den Bosch escribe en "Los hijos del absurdo ": "Somos fantasmas de una guerra que no hemos hecho... de haber abierto los ojos sobre un mundo desencantado, somos, más que cualquier otra cosa, hijos del absurdo. Algunos días el sin sentido nos pesa como una tara. Parece que Dios ha muerto de vejez y que nosotros existamos sin fin... no estamos amargados: partimos de cero. Hemos nacido entre las ruinas. Cuando hemos nacido, el oro se ha transformado en piedra".

La herencia de los precursores del nihilismo europeo, en las actuales corrientes de la juventud quemada se ha traducido pues, en buena medida, en las formas crudas de una vida vivida. Un rasgo importante aquí es la ausencia de cualquier reivindicación revolucionario-social, el no creer que una acción organizada pueda cambiar las cosas; es toda la diferencia que separa a estos movimientos, tanto de los nihilistas de ayer como de los intelectuales de izquierda que hacen el proceso a la sociedad burguesa. "Trabajar, leer, prepararse en células, creer, para luego romperse el espinazo; no, gracias, esto no es para mí" dice, por ejemplo, uno de los personajes de J. Kerouac. Tal es el balance de los resultados que han alcanzado prácticamente la "revolución" de las fuerzas de la izquierda, cuando han triunfado, cuando han superado la fase de la mera revuelta: Camus lo ha puesto bien a las claras, después del período de sus ilusiones comunistas: la revolución ha traicionado sus orígenes, instituyendo nuevos yugos, un nuevo conformismo, más obtuso y más absurdo.

Conviene no pararse por más tiempo en estos testimonios de una existencia traumatizada, como tampoco sobre los testimonios de lo que se podría llamar "los mártires del progreso moderno". Como hemos dicho, no nos interesan más que como índices que marcan los tiempos. Las formas actuales se han degradado también el olas extravagantes y pasajeras. Pero es incontestable el nexo causa¡ necesario que los une al mundo "en que Dios ha muerto" y no ha sido aún sust']cuido. Desaparecidas estas formas, surgirán otras homólogas, según las circunstancias hasta el agotamiento del ciclo actual.

5.- Coberturas del nihilismo europeo. El mito económico-social y la "contestación"

Acabamos de reconocer la importancia que conviene dar a la indiferencia adoptada por cierta juventud en crisis respecto a las perspectivas ofrecidas por la revolución social. No será inútil, a este respecto, ampliar algo el horizonte poniendo en evidencia el género particular de evasión y los procesos anestésicos que se ocultan, en una humanidad que ha perdido el sentido de la existencia, tras las diferentes variedades del mito económico-social moderno: prospeiity "occidental" o ideología marxista-comunista. En ambos casos nos encontramos siempre en la órbita del nihilismo que, materialmente, toma proporciones mucho más espectaculares que las de los grupos extremistas de los que hemos hablado, en los que la crisis se mantiene en estado agudo, desprovista de cobertura.

Ya hemos dicho que lo que sirve de base al mito en cuestión es el hecho de que una historiografía bien organizada presente como un progreso los procesos que han preparado el nihilismo europeo. Esta base es esencialmente la misma en el mito "occidental" y en el mito comunista. Uno y otro se encuentran en una relación, por así decirlo, dialéctica, que desvela su verdadero sentido existencias.

Por su pesada rusticidad y por su referencia directa al motivo de base -la economía- es más fácil deducir del mito comunista los elementos que indican su sentido final. Como se sabe, el comunismo se ha comprometido en una violenta polémica contra todos estos fen6menos de degeneración espiritual que ya hemos mencionado aquí; estos son ciertamente reconocidos, pero imputados al "decadentismo burgués", al "crepuscularismo", al "individualismo anárquico" que caracterizaba a estos elementos burgueses separados de la realidad; serían las formas finales de la descomposición del sistema, de un sistema económico condenado, el sistema capitalista. La crisis actual se presenta, pues, como la de los valores y los ideas que sirven de superestructura a este sistema y que convertidos en hipócritas y mentirosos, no pueden dirigir la conducta práctica de los individuos y de las fuerzas motrices de la época. La lesión existencias de la humanidad se presenta, en general, como una consecuencia de la organización económica, material, de una sociedad como la capitalista. El verdadero remedio, el principio de un "nuevo verdadero humanismo", de una integridad humana, de una felicidad "aún jamás conocida" residiría pues en un cambio en el sistema económico-social, en la abolición de] capitalismo y en la instalación de una sociedad proletaria comunista de los trabajadores parecida a la que se elabora en el mundo soviético. Ya Carlos Marx había exaltado en el comunismo "la toma de posesión real de la esencia humana por el hombre y para el hombre, la vuelta del hombre a sí mismo en tanto que el hombre social, es decir, en tanto que hombre humano", siendo este comunismo para él un perfecto humanismo y, por ello, el verdadero humanismo.

En sus formas radicales este mito -que allí donde se ha afianzado controlando movimientos, organizaciones y pueblos se acompaña de una lobotomía psíquica tendiente a neutralizar metódicamente desde la infancia toda forma de sensibilidad y de intereses superiores, cualquier modo de pensar que no se exprese en términos de economía o de procesos econ6mico-sociales- este mito es el que reposa sobre el vacío más absoluto y que, de todos los estupefacientes administrados hasta el presente a una humanidad desarraigada ejerce la acción más deletérea. Sin embargo la impostura es aquí la misma que en el mito de la prosperity, particularmente en las formas que reviste en "Occidente"; éstas, indiferentes al hecho que se viva material y políticamente sobre un volcán, en razón de la lucha por la supremacía mundial, se desarrollan en la euforia tecnológica favorecida por ciertas perspectivas de la "segunda revolución industrial" de la era atómica.

Hemos hablado de una especie de dialéctica en virtud de la cual esta teoría se encuentra interiormente minada: en los países comunistas el mito en cuestión extrae su fuerza motriz del hecho de ser presentado como estados futuros de realización, con el sentido de estados en los que los problemas "individuales" y las crisis "decadentistas" no existirán, condiciones económico-sociales que en el área "occidental" moderna o de los Estados nórdicos, existen ya de hecho. Es la fascinación de un fin que se desvanece en el momento en que se alcanza. El ideal económico-social, meta para la humanidad proletaria, en realidad aparece espiritualmente caducada en el momento presente. Precisamente en la sociedad occidental, donde a pesar de los pronósticos de Marx y Engels, un clima de prospeiity se ha extendido ya a amplias capas sociales, bajo la forma de una existencia reposada, fácil y confortable que el marxismo, en el fondo, no condena en sí, sino en la medida en que se convierte en el privilegio de una clase superior de "explotadores" capitalistas y no en el bien común de una colectividad proletarizada. Pero los horizontes permanecen siendo esencialmente los mismos.

El error y la ilusión de cada una de las ideologías económicosociales son idénticos: consisten en pensar seriamente que la miseria existencias se reduce a sufrir, de una manera o de otra, de la indigencia material, de la depauperación debida a un sistema económico-social dado que es más grande en la desheredad o en el proletariado antes que en condiciones económicas favorables o privilegiadas; que, en consecuencia, debe desaparecer automáticamente con "el alumbramiento de la necesidad", con la elevación general de las condiciones materiales de la existencia. La verdad, por el contrario, es que el sentido de la existencia puede faltar tanto en los unos como en los otros, y que la miseria material y la espiritual carecen de relación. Solamente en las capas más bajas y obtusas de la sociedad puede hacerse creer que el secreto de la felicidad y de la plenitud humana residen en lo que se llama justamente el "ideal animal", en un bienestar casi bovino. Hegel ha escrito con razón que las épocas de bienestar material son páginas en blanco del libro de la historia y Toynbee ha demostrado que el desafio que constituyen para el hombre condiciones ambientales y espirituales duras y problemáticas, provocan frecuentemente el despertar de fuerzas creadoras y el nacimiento de civilizaciones. En ciertos casos no resulta en absoluto paradójico decir que el hombre verdaderamente compasivo deberia procurar volver la vida más dicil a su prójimo. Que la virtud más alta se debilita en un clima de facilidad, es decir cuando el hombre no está obligado a probarse a sí mismo, de una forma u otra y no importa, para el resultado final, si en tales coyunturas, por selección natural, una buena parte cae y se pierde. Es precisamente lo que A. Breton escribió: "Es preciso impedir que la precareidad completamente artificial de las condiciones sociales vele la precareidad real de la condición humana".

Pero a fin de no alejarnos mucho del tema, constatemos que precisamente hoy en día, en el marco de una civilización de prosperitj es cuando se han manifestado las formas más agudas de la crisis existencia¡ moderna: reportémonos en particular a estas tendencias de las nuevas generaciones mencionadas precedentemente en donde la rebelión, el asco, la cólera se han manifestado, no ya en el subproletariado miserable y oprimido, sino también en jóvenes a los que no les faltaba nada, incluso en hijos de multimillonarios. Es significativo, entre otros, y esto está demostrado por las estadísticas, que es mucho menor en los paises pobres que en los países ricos: esto quiere decir que el carácter problemático de la vida es más sensible en los segundos que en los primeros. Lo que se llama la "desesperanza blanca" podría muy bien acechar al mesianismo económico-social al final de su carrera, como en la parodia de una comedia musical -"Mahagonny"- esta isla de la utopía en donde se tiene de todo, "juego, mujeres y whisky", pero donde siempre aparece el vacío de la existencia, el sentimiento de que "falta alguna cosa".

Por otra parte se han constatado en la misma URSS fenómenos parecidos al hípsterism, lo que prueba que tales fenómenos no son la consecuencia de un sistema económico-social particular. Aquí también algunos elementos que se complacen en acciones brutales, las desprecian, sin embargo, cuando se inspiran en un móvil material (como en la criminalidad corriente) o pasional lo que muestra la originalidad real y profunda de estas acciones.

Concluímos repitiendo que no existe ninguna relación –sino quizás una relación inversa- entre el sentido de la vida y el bienestar económico, ejemplo insigne y que no es de hoy sino perteneciente al mundo tradicional: aquel que sobre el plano metafísico denunció la vacuidad de la existencia y los engaños de¡ "dios de la vida" indicando la vía de¡ despertar espiritual, el Buda Sakyamuni, no era un oprimido ni un hambriento, ni un representante de las capas sociales sim - ilares a esta plebe que en el imperio Romano era la destinataria de la predicación cristiana revolucionaria; fue, por el contrario, un príncipe de raza en todo el esplendor de su potencia y en toda la plenitud de su juventud. El verdadero significado del mito económico-social, sea cual sea su variedad, es, pues, la de un medio de anestesia interior o de profilaxis tendiente no solo a eludir el problema de una existencia privada de todo sentido, sino a consolidar todas las formas de esta fundamental ausencia de sentido en la vida del hombre moderno. Podemos pues hablar sea de un opláceo mucho más real que el que, según los marxistas, habría sido administrado a una humanidad aún no ilustrada y evolucionada, mixtifiada por las creencias religiosas, o bien sea desde el punto de vista más elevado de la organización metódica de un nihilismo activo. Las perspectivas que ofrece una cierta parte del mundo actual podrían bien ser las que entrevé Zaratustra para el "último hombre": "Tiempos hay próximos en los que el hombre más despreciable no se sabrá despreciar a sí mismo". El último hombre "de raza tenaz y pululante". "Hemos inventado la felicidad, dicen, guiñando un ojo, los últimos hombres", que han "abandonado las comarcas en donde era duro vivir",

Por otro lado, un fenómeno más reciente toma todo su sentido en este contexto: el de la "contestación global". Inspirada parcialmente en este tipo de ideas que acabamos de mencionar, ha llegado, en la estela de las tesis de Marcusse, a afirmar que existe una concordancia profunda, que se manifiesta bajo la forma de la sociedad tecnológica y de consumo, entre el sistema de los países comunistas avanzados y el de la zona capitalista, puesto que en los primeros las reivindicaciones proletarias y revolucionarias se han vuelto mucho más débiles. De hecho están superadas ya, en parte, al menos, pues la "clase obrera" ha entrado en el sistema de consumo, lo que le ha asegurado un estilo de vida no ya "proletario" sino burgués cuya privación había sido precisamente el aguijón revolucionario. Pero fuera de esta convergencia, también se ha puesto de relieve el poder condicionante de es 11 sistema" único, poder que tiende a destruir todo valor superior de 1 vida y de la personalidad. Encontrándose, más o menos, al mismo ni ve¡ que el "último hombre" anunciado por Nietzsche. el individuo de la sociedad de consumo contemporánea estima ahora que renunciar al confortal bienestar medio que le ofrece esta sociedad evolucionada para reivindicar una libertad abstracta, costaría demasiado caro y seria absurdo. Es por ello que acepta gustosamente, concretamente, todos los condicionamientos liberadores del sistema. Esta constatación ha provocado el paso del marxismo revolucionario, privado de su dinámica original, a una "contestación global" del sistema. Pero ésta, no disponiendo de ningún principio superior, muestra por su carácter irracional, anarquizante e instintivo, y por sus llamamientos, a falta de otra cosa mejor, a miserables minorías marginales, incluso alguna vez al "Tercer Mundo" (en este caso son las manías marxistas las que reaparecen), o a los negros, como el único potencia¡ revolucionario, está puesto efectivamente bajo el signo de la nulidad, es una histérica "revolución de la nada y del subsuelo" (underground) - "avispas enloquecidas encerradas en un recipiente de cristal que chocan frenéticamente contra sus partes": con lo que se confirma, por otra parte, el carácter general nihilista de la época, a decir verdad, en un marco mucho más amplio, por lo que la "contestación" contemporánea ya no es más la de los individuos singulares y de círculos muy restringidos como los que hemos hablado hasta ahora, donde, sin embargo, el nivel intelectual era mucho más alto.

Otro punto merece ser considerado, aunque sea superficialmente, en el proceso actual de disolución. El desplome de las estructuras -de todo lo que no puede considerarse más que como superestructura- no se manifiesta solamente bajo la forma sociológica de una denuncia de las mentiras y de las hipocresías de la vida burguesa que recuerdan a Max Nordau y a las palabras de Relling a Gregers, en Ibsen: ("¿Por qué empleas la palabra extraña "ideales"?. Tenemos una palabra más bella y propia: "mentiras"), sino también bajo la forma del nihilismo moral y filos6fico. Hoy, esto se prolonga y se completa por una ciencia que, falsa y contaminadora cuando se aplicaba a hombres pertenecientes a otro tiempo y a otras civilizaciones, aparece bien fundada cuando trata al hombre moderno traumatizado. Nos referimos al psicoanálisis. El esfuerzo apasionado del filósofo que intenta remontarse al origen secreto, la "genealogía" de los valores morales predominantes a las raíces mismas de todos los impulsos vitales reprimidas o condenadas en su nombre, que intentó pues "naturalizar" la moral negándole toda dignidad autónoma y eminente, este esfuerzo apasionado ha sido reemplazado por los métodos fríos, cínicos "científicos" de la "psicología profunda" de la exploración del subconsciente y del inconsciente. Es el subconsciente, subsuelo irracional del ser, que ha sido reconocido como la fuerza motriz esencial de toda la vida del alma; a él se le han imputado los determinismos que hacen nacer el supramundo ilusorio de la conciencia moral y social, con sus valores, sus inhibiciones y sus prohibiciones, con su voluntad histérica de dominio, mientras que en esta zona subterránea no actúa más que una mezcla de impulso hacia el placer y de impulso hacia la muerte (Lustpinzip y Todertieb).

Como se sabe, tal es lo esencial del freudismo. Las otras corrientes psicoanalíticas no se apartan sustancialmente de este esquema. Tienen todas como tema evidente y constante la regresión al subsucio psiquico, estrechamente ligado a un profundo traumatismo de la personalidad humana. Es otro aspecto del nihilismo contemporáneo y, además, el signo de una conciencia enferma y muy debilitada como para poder enfrentarse a los bajos fondos del alma con sus presuntos "arquetipos" y todo lo que puede ser comparado con el "mundo de las Madres" de Goethe.
 
Vale la pena subrayar que estas destrucciones van en el mismo sentido que la tendencia reflejada por otro tipo de literatura contemporánea, donde el sentimiento de la "espectralidad de la existencia" se asocia al de un oscuro, incomprensible destino, de una fatalidad y de una condena absurda que domina la eterna soledad del hombre, incluso el conjunto de la condición humana: es casi el sentimiento de un fondo incomprensible hacia el cual la vida humana desciende gradualmente hasta una oscuridad impenetrable y angustiosa.

Este tema, afirmado de una forma típica con Kafka, no es ajeno al mismo existencialismo especulativo; de aquí en breve volveremos a ello. Lo que nos parece interesante subrayar es que no se trata solamente de una verdad captada "por quien ha sabido sentir y ver más profundamente" sino solo por aquel que está precipitado en la misma atmósfera del nihilismo europeo, a la humanidad que ha tomado forma tras la muerte de Dios.

6.- El nihilismo activo. Nietzsche

Después de esto volvamos a los problemas que nos interesan directamente.

La característica esencial de todas las situaciones que hemos examinado hasta ahora es que los hombres aparecen como objetos, o incluso víctimas de los procesos de destrucción que están en marcha; estos son simplemente padecidos por la humanidad actual. Esta constatación vale tanto para los hombres que se adaptan a una vida desprovista de toda base y de cualquier dirección verdadera ayudándose con un sistema de anestésicos y sucedáneos y haciendo eventualmente uso de las formas supervivientes de la existencia y de la seguridad burguesas, ya sea para aquellos otros que sienten en vivo y plenamente la crisis existencial del hombre moderno, lo que les lleva hacia las formas de revuelta y vidas desordenadas de las que ya hemos hablado.

Esto se aplica pues a la mayoría de nuestros contemporáneos. A pesar de todo, también es necesario considerar aquella otra categoría diferente y mucho más restringida de hombres modernos que, a pesar de sufrir los procesos nihilistas, buscan asumirlos activamente. Se trata, más exactamente, de los que, no solo reconocen la irreversibilidad de los procesos de disolución, sino también la ausencia de toda vía que permita dar marcha atrás y que ni tan siquiera precisen apoyos y de raices. Después de lo cual se plantea el problema de saber en qué medida es imposible transmutar en positivo lo que es negativo.

Aquellos cuya conformación permite adoptar esta actitud pueden interpretar diferentemente la aventura del hombre que ha querido ser libre y la crisis que de ello ha resultado. Se desprende entonces una noción de prueba y de destrucciones que son solamente la consecuencia de no haber estado a la altura de la prueba o del propio acto. A quienes esto interese puede recordárselas que ya en los antiguos mitos sabían que no era una audacia sacrílega en sí lo que había no haber poseido la dignidad o la fuerza necesaria pata realizar una acción que pudiera liberarlos del yugo divino.

El mismo punto de vista puede ser adoptado por el tipo de hombre que nos interesa y que pertenece, en cierta medida, a la categoría que acabamos de mencionar. Como se recordará su rasgo distintivo consiste en afrontar los problemas del hombre moderno sin ser él mismo un "hombre moderno", perteneciendo, por el contrario, a un mundo diferente y conservando en él una dimensión existencias diferente. El problema, para este hombre, contrariamente a los otros, no consiste pues en buscar dramáticamente una base (en principio la posee ya), sino en encontrar el medio de expresaría y de confirmarla en el seno de la época moderna y en su vida actual.

Teniendo a la vista este tipo humano, examinaremos la temática del "nihilismo positivo" o, si se prefiere, el paso al estadio postnihilista. Como es preferible partir, no de perspectivas extrañas, sino de perspectivas interiores al mundo moderno, recuperamos de nuevo a titulo de base provisional, algunas ideas fundamentales de Nietzshe para probar su solidez. En efecto, podremos ver que otros representantes más recientes del pensamiento moderno que han investigado un nuevo sentido de la vida no han ido mucho más lejos que Nietzsche, a pesar de todo lo que comporta de inconsistente y negativo el pensamiento nietzscheano.

Nietzsche se consideraba a sí mismo como el primer nihilista completo de Europa y que sin embargo lo había superado, habiéndole vivido en su alma, "teniéndolo detrás de sí, bajo sí, fuera de sí". Después de haber visto que el "nihilismo es la última conclusión lógica de nuestros grandes valores y de nuestro ideal" y habiendo afirmado que 1 es preciso pasar a través de este nihilismo para darse cuenta de la verdadera naturaleza de los "valores" del pasado", había considerado, no obstante, el nihilismo como "un estadio patológico intermedio" y había anunciado el "contra-movimicnto" destinado a suplantarlo, sin renunciar a las posiciones conquistadas.

Nietzsche ha demostrado que el momento en que se percibe que "Dios ha muerto", que todo el mundo del "espíritu", del bien y del mal no es más que una ilusión, que sólo es verdadero el mundo que hasta ahora se había negado rechazado en nombre del rimero, a este momento corresponde la prueba decisiva: "Los débiles se quiebran, los fuertes destruyen lo que no les quiebra y los que son aún más fuertes superan los valores que habían servido de medida". Nietzsche llama a esta fase la "fase trágica" del nihilismo, que conduce a una inversión de las perspectivas: el nihilismo, en este punto, aparece como un signo de fuerza, es decir que, el "poder de crear", de querer, se ha desarrollado hasta el punto de no tener una necesidad de esta interpretación general (de la existencia), de esta introducción de un sentido (en ella)". "Es una medida de la fuerza de la voluntad, el saber hasta qué punto uno puede prescindir de un significado de las cosas, hasta qué punto no soporta vivir en un mundo que no tiene sentido: porque entonces uno organizará una parte". Nietzsche llama a esto el "pesimismo de la fuerza" y hace de ella la condición previa para una ética superior. Si el hombre ha tenido primeramente la necesidad de un Dios, ahora se entusiasma por un desorden universal sin Dios, un mundo del azar en donde todo lo que es espantoso, ambiguo y seductor forma parte de su misma esencia". En este mundo, convertido en "puro", únicamente él mismo permanece en pie, "vencedor de Dios y de la nada". El problema del sentido de la vida se resuelve así por la afirmación de que la vida es y puede ser un valor en sí misma.

Esto nos lleva a la tesis formulada anteriormente. El significado de todas las crisis de los últimos tiempos puede fesumirse así: un hombre ha querido ser libre, sin embargo, para él, esta liberación solamente podía significarle la ruina, "Dios ha muerto" -se ha dicho- es una simple forma patética de indicar el estado de ánimo fundamental de la época. Sin embargo, el mismo Nietzsche constata: "¿Haber matado a Dios, no será una acción demasiado grande para nosotros?. ¿No deberíamos convertirnos en dioses para ser dignos de ella?". Reconocer que "nada existe, todo está permitido", hablar de la "libertad del espíritu" entraña inevitablemente esta consecuencia: "Ahora es preciso que demostréis la nobleza de vuestra naturaleza".

En un célebre fragmento del "Zaratustra" se expresa de una forma muy concisa la esencia misma de la crisis: "¿Tú te dices libre?. Quiero conocer los pensamientos que predominan en tí. No es saber si has escapado a un yugo lo que importa: ¿tienes tú derecho a sustraerte a un yugo?. Muchos son los hombres que pierden su último valor cuando cesan de servir. Libre ¿de qué?. ¡Qué importa esto a Zaratustra!: Tu mirada tranquila debe responderme: Libre ¿para hacer que?". Y Zaratustra advierte que lo terrible será estar solo, sin ninguna ley encima de uno mismo, con su propia libertad en un espacio desierto y un soplo helado, juez y vengador de su propia norma. Para quien no podía adquirir valor más que sirviendo, para aquel a quien los lazos no paralizaban, sino sostenían, la soledad tomará la forma de una maldición, el valor fallará, el orgullo inicial se plegará. Estos son sentimientos -continúa Zaratustra- que asaltan entonces al hombre libre, que no dejarán de matarlo sino es éste quien los mata. He aquí descrito en términos precisos, desde un punto de vista superior, el fondo esencial de la miseria del hombre moderno.

Esto había sido ya expresado de forma análoga por Dostoycvsky. Es la doctrina de Kitilov. El encuadre es idéntico: "El hombre no ha inventado a Dios más que con el fin de poder vivir sin matarse. Es en esto en lo que consiste la historia de¡ mundo desde su origen hasta nuestros días", dice Kirilov. La implicación es evidente: es la necesidad, para el hombre de tener un centro, un valor de base; no encontrándolo en sí mismo, lo había situado fuera de él, lo había proyectado en Dios, había supuesto que existía, si, pero encarnado en 1 otro", y la fe en este otro había resuelto provisionalmente problemas existenciales. Naturalmente, no reside aquí, como afirma Kirílov, el sentido de toda la historia de la humanidad; es solo el de su fase devocional de tipo deista que corresponde ya a una fisura de¡ mundo de la Tradición y precede al punto critico de la fractura metafísica de la que ya hemos hablado. El ojo de Kirílov "hombre libre" se abre: "No quiero creer. Sé que Dios no existe y no puede existir". La consecuencia es pues: "si Dios no existe, yo soy Dios... Reconocer que no hay Dios, es un absurdo, una inconsecuencia, pues de otra manera uno no dejaría de matarse". Puede dejarse de lado el suicidio, la idea fija de la locura de Kirílov, y puede hablarse simplemente de hundimiento, de desintegración, de extravío en el sin sentido. Esta situación hace nacer el terror y la angustia: "Es como si un pobre, habiendo recibido una herencia, se asustase y no osara tomarla por estimarse indigno de poseerla". No es preciso tomar en serio el acto por el cual Kirilov cree poder hacer desaparecer el terror ante la herencia divina que debe asumir, demostrando al mismo tiempo "su divinidad". Y se debe también separar esta forma enfática de hablar de Dios y de ser Dios: el verdadero problema que se plantea aquí es el del valor del hombre y del "ser" libre ¿para qué?".

Nada mejor caracteriza el fracaso en la prueba crucial, el éxito negativo de la experiencia nihilista, que el sentimiento expresado por esta frase de Sartre: "Estamos condenados a ser libres". El hombre hace suya la libertad absoluta; pero esta libertad no sabe sentirla más que como una condena. La angustia metafísica es la contrapartida. Más adelante examinaremos ampliamente los temas específicos del existencialismo.

Por el momento, es preciso ver lo que puede ser retenido de las opiniones expresadas por Nietzsche, no en tanto que nihilista, sino en tanto que pensaba haber superado el nihilismo e incluso haber cumplimentado la condición previa de una existencia más alta y de una nueva salud.

Una vez más, derribados los ídolos, una vez superados el bien y el mal y todo lo que queda del antiguo Dios, despejada la mirada, para Nietzsche no quedaría más que "este mundo", la vida, el cuerpo. El hombre nuevo afirmará este mundo, la vida, el cuerpo, quedará "fiel a la tierra". A lo que se añade, como se sabe, el tema del superhombre. "Dios ha muerto, ahora queremos que venga el superhombre". El superhombre será el sentido de la tierra, el justificador de la existencia. El hombre "puente y fin", "cuerda tendida entre la bestia y el superhombre, cuerda tendida sobre el abismo". No procederemos aquí a un análisis profundo de los tewas múltiples y diversos que han cristalizado en Nietzsche en torno a este motivo central, nos contentaremos con resumir las líneas esenciales.

La fase negativa, destructora, del pensamiento nietzscheano desemboca en la afirmación de la inmanencia: todos los valores trascendentales, los fines y las verdades "superiores", están interpretadas en función de la vida. A su vez, la vida y, más generalmente, la naturaleza, tendrán por esencia la voluntad de poder. Es también en función de la voluntad de poder y de dominio como se define al superhombre detiene a medio camino, propone un nuevo sistema de valores que comportan un bien y un mal. Presenta un nuevo ideal y lo afirma de una manera absoluta, cuando no se trata en realidad más que de un ideal entre los muchos que pueden cobrar forma en la "vida"; no se justifican pues, de ninguna manera en sí y para sí, sino implicando una elección particular, una creencia determinada. El hecho es que el punto sólido de referencia propuesto por Nietzsche está falto de un verdadero fundamento si solamente se basa en la inmanencia, es un hecho que, por otra parte, aparece ya en la parte crítico histórica y sociológica de¡ sistema nietzscheano. Todo el mundo de los valores "superiores" está interpretado como reflejo de una "decadencia". Pero al mismo tiempo Nietzsche ve también en estos valores, los instrumentos, las armas, de la voluntad de poder disfrazada que ha empleado una parte de la humanidad para subyugar a otra cuya visión e ideales eran próximos a los del superhombre. El instinto mismo de la "decadencia" se presenta pues como una variedad particular de la ' 'voluntad de poder". Por lo tanto, queda claro pues que con respecto a la voluntad de poder toda distinción desaparece; no hay "superhombres", ni "rebaño", los que "afirman", o los que "niegan" la vida. No hay más que una diferencia de técnicas, de medios (medios, que están lejos de reducirse a la simple fuerza material) tendientes a asegurar la dominación de una u otra categoría de hombres y que se califican indistintamente de buenos en la medida en que conducen al éxito. Si, en la vida y en la historia de las civilizaciones, existen tanto fases de destrucción y de "decadencia" ¿qué nos autoriza a atribuir un valor a unos antes que a otros?. ¿Por qué la "decadencia" debería ser un mal?. Todo es vida, todo es justificable en términos de vida, si se asume verdaderamente en su realidad desnuda, irracional, fuera de toda "teología" y "teleología", como Nietzsche lo habría, sin embargo, querido. La misma "anti-naturaleza", la misma "violencia contra la vida" forman ellas mismas parte de la vida y revierten a ella. Una vez más el suelo cede bajo sus pies.

Además, Nietzsche, que había querido devolver al "devenir" su "inocencia" liberándolo de todo finalismo, de toda intencionalidad, a fin de liberar al hombre y permitirle marchar sin apoyo, Nietzschc lo habría, sin embargo, querido. La misma "anti-naturaleza", la misma "violencia contra la vida" forman ellas mismas parte de la vida y revierten a ella. Una vez más el suelo cede bajo sus pies.

Además, Nietzsche, que había querido devolver al "devenir" su "inocencia" liberándolo de todo finalismo, de toda intencionalidad, a fin de liberar al hombre y permitirle marchar sin apoyo, Nietzsche que habla, con razón, criticado y atacado al evolucionismo y al darwinismo, al constatar que las figuras y los tipos superiores no representan más que triunfos esporádicos, posiciones que la humanidad no alcanza más que para perderlas luego, que no crea una continuidad, debido a que se trata de seres más expuestos que el resto a los peligros y a la destrucción, Nietzsche desemboca él mismo en una concepción finalista cuando, para dar un sentido a la humanidad actual, presenta como fin al cual ésta debe consagrarse y para el cual debe sacrificarse y perecer, el hipotético hombre futuro bajo la forma del superhombre.

Mutatis mutandis, esta forma de ver se parece bastante a la escatología marxista-comunista para la que el espejo de lo que será la humanidad futura tras la revolución social justifica todo lo que se impone al hombre de hoy en los países dominados por esta ideología. Esto contradice pues abiertamente la exigencia de una vida que sea ella misma su propio sentido. El segundo punto es que la pura afirmación de la vida no coincide necesariamente ni con la afirmación de la voluntad de poder en sentido estricto y cualitativo, ni con la afirmación del superhombre.

La solución de Nietische no es más que una seudo-solución. Un verdadero nihilismo ni siquiera dejaría a salvo a la doctrina del superhombre. Lo que puede retenerse más bien, si se quiere ser riguroso, y quiere seguirse una línea estrictamente coherente que pueda enmarcarse en nuestra búsqueda, es la idea expresada por Nietzsche en el mito del eterno retorno. Es la afirmación, entonces verdaderamente incondicionado, de todo lo que es y todo lo que se es de su propia naturaleza y de su propia situación. Es la disposición de quien se identifica consigo mismo, con la raíz última de su ser, se afirma a sí mismo, hasta el punto de ya no ser aterrorizado más, sino al contrario, exalta do, por la perspectiva de un regreso indefinido de ciclos cósmicos idénticos, en virtud de los cuales él fue y volverá a ser lo que es innumerables veces. Naturalmente, no se trata de nada más que de un mito, que sólo tiene el valor pragmático de una "prueba de fuerza". Pero eso también es una orientación que, en realidad, conduce más allá del mundo del devenir el carácter del ser, es una prueba suprema de poder". Esto, en el fondo, lleva a una apertura más allá de la inmanencia unilateralmente concebida, a la sensación de que: "todas las cosas han sido bautizadas en el origen de la eternidad y por encima del bien y del mal". Se enseñaba lo mismo en el mundo de la Tradición; es indiscutible que la obra de Nietzsche expresa una sed confusa de eternidad que llega incluso a provocar pasajeramente ciertas aperturas estáticas. Se conoce la invocación de Zaratustra a "la alegría que quiere la eternidad de todas las cosas, una profunda eternidad", parecida al cierto en lo alto, "puro, profundo, abismo de luz".

7.- Ser uno mismo

Por el momento, es preciso que dejemos de lado las alusiones a una dimensión superior de la experiencia de un mundo liberado. Nos dedicaremos, en primer lugar, a definir más exactamente lo que nos aporta de sólido esta visión de la existencia, a saber eípyincipio delpuro ser urío múmo. Es lo que queda después que se ha eliminado lo que la filosofía Rama "moral heteronóma", es decir, la moral basada en una ley exterior. Nietzsche ha podido escribir respecto a ello: "Se os llama destructores de la moral; pero no sois más que los descubridores de vosotros mismos", y también: "Debemos liberarnos de la moral para poder vivir moralmente"; en este "vivir moralmente" entiende precisamente vivir según la propia ley, según la ley definida por la propia naturaleza (lo que no puede desembocar en la vida del superhombre más que a título de excepciones).

Se trata de algo comparable con la "moral autónoma" del imperativo categórico de Kant, pero con la diferencia de que el mandamiento absoluto interior, distanciado de todo móvil extranjero, no se funda sobre una ley hipotética y abstracta de la razón práctica válida para todos y revelándose en tanto que tal a la conciencia del hombre, sino más bien sobre el ser es de cada uno.

Nietzsche mismo presentó a menudo esto como el equivalente de un naturalismo. La interpretación simplemente fisiológica, materialista, de la propia naturaleza, aunque es frecuente en él, en el fondo, es inauténtico, accesoria, dictada por un motivo de polémica contra el "espíritu puro". En realidad, también Nietzsche ha sido más profundo, no se ha detenido en el ser físico cuando ha hablado de la "gran razón" encerrada en el cuerpo y opuesta a la pequeña razón, de la gran razón que no dice "Yo, sino soy Yo", que se sirve del 1 espíritu" y de los mismos sentidos "como pequeños instrumentos y pequeños juguetes"; "potente dominador, sabio desconocido, que se llama el propio ser (Selbst)", "hilo que guía el Yo y le sugiere sus ideas y sus conceptos", que "busca con los ojos de los sentidos y escucha con las orejas del espíritu". Se trata, pues, no de lafysis, sino del "ser" en toda la plenitud ontológica de la palabra das Selbst puede ser también entendida también como el "Si-mismo", opuesto al Yo (Ich): oposición que recuerda la ya considerada de las doctrinas tradicionales, entre el principio supraindividual de la persona y lo que ha sido llamado "Yo Físico".

Una vez apartada la grosera interpretación "fisiológica", se precisa pues una actitud válida para quien debe mantenerse en pie como un ser libre en plena época de disolución: asumir su ser en un querer, haciendo de ello la propia ley, una ley marcada por el mismo absoluto y autonomía del imperativo categórico kantiano, afirmada sin tener en cuenta valores convenidos, de "bien" y "mal", como tampoco de felicidad, placer y dolor -hedonismo y eudemonismo en tanto que la búsqueda abstracta, inorgánico, del placer y de la felicidad, no siendo para Nietzsche también más que signos de debilitamiento y decadencia. Afirmar y actualizar, pues, el propio ser sin miedo de sanciones o esperanza de frutos, ni aquí, ni más allá, decir: "No existe la vía: esto es mi querer, ni bueno, ni malo, sino mío". En una palabra, es, a través de Nietzsche, la antigua fórmula "Sé tú mismo", "Conviértete en lo que eres", lo que se propone de nuevo, hoy, después del hundimiento de todas las superestructuras. Veremos que un tema análogo ha sido recuperado, aunque en términos menos netos, por los existencialistas. No nos referimos a Stirner como precursor, porque en él la abertura en el "único" de las dimensiones más profundas de¡ ser es casi inexistente. Nos podríamos, más bien, referir a M. Guyau, que se había propuesto igualmente el problema de una línea de conducta por encima de toda sanción o "deber". Había escrito: "Las metafísicas autoritarias y las religiones son andadores para niños: es tiempo de avanzar solos... Es preciso buscar en nosotros mismos la revelación. Ya no hay Cristo: que cada uno sea el Cristo para sí mismo, que esté atado a Dios como quiera o pueda, o que niegue a Dios". Es como si la fe subsistiese, pero "sin cielo que espere o una ley positiva que guíe", como un simple estadio. La fuerza y la responsabilidad no deben, sin embargo ser menores que los que ya, anteriormente, en un tipo de hombre diferente, en un clima diferente, nacían de la fe religiosa y de un punto de apoyo determinado. La idea de Nietzsche es idéntica.

Por lo que a nosotros concierne, si esta temática debe ser aceptada como válida para el problema que nos interesa, es preciso eliminar cualquier eventual restricción implícita susceptible de proporcionar un nuevo e ilusorio soporte.

Después de Rousseau, las doctrinas anárquicas habían comportado prcmisas de este género: el nihilismo de los clásicos de la anarquía postulaba el carácter fundamentalmente bueno de la naturaleza humana. El autor que acabamos de citar, Guyau, nos facilita otro ejemplo. Había intentado fundamentar sobre la "vida" una moral "sin obligación, ni sanción", una moral "libre". Pero, en él, esta "vida", no es totalmente la vida desnuda, verdadera, sin atributos, es, en su concepción, una vida preventiva y arbitrariamente "moralizada" o esterilizada, una vida en la que son consideradas como congénitas tendencias bien determinadas: la expansión, el don de sí, la superabundancia. Guyau había formulado una nueva idea del deber: el deber que deriva del poder, del empujón de la vida, del sentimiento de una vida que "pide ejercitarse" ("puedo, por lo tanto debo"). Las restricciones se vuelven evidentes cuando Guyau atribuye al impulso expansivo de la vida un carácter exclusivamente positivo, es decir, social, considerando la afirmación de sí mismo, la expansión, no hacia los otros como una autonegaci6n y una contradici6n de la vida, opuesta a su movimiento natural de expresión, a su florecimiento y enriquecimiento. Basta preguntarse lo que podría impedir una vida que quisiera "negarse" o "contradecirse" de hacerlo y lo que tendría que decir si intentara tomar esa vía, para darse cuenta que no se ha hecho totalmente tabula rasa, que le han sido introducidos subrepticiamente premisas que se intentaba superar debido a que la critica nihilista había demostrado su vulnerabilidad.

Pero eliminando verdaderamente todo postulado, se conmueve también una gran parte de la doctrina de¡ superhombre de Nietzsche, donde la importancia, a menudo dada a aspectos de la vida opuestos a lo que entrevé Guyau ("voluntad de poder", dureza, etc.) no es menos unilateral. Con todo rigor, para ser puramente "uno mismo", para tener una existencia absolutamente libre, es preciso poder asumir, querer, decir absolutamente "sí" a lo que es, incluso cuando nada exista en nuestra propia naturaleza que se aproxime al ideal del "superhombre", cuando nuestra vida y nuestro destino no presenten ni heroismo, ni nobleza, ni esplendor, ni generosidad, ni "virtud que da", sino decadencia, corrupción, debilidad, perversión. Un lejano reflejo de esta vía existe incluso en el mundo cristiano, en el calvinismo: es la doctrina del hombre decepcionado, roto por el pecado original, pero salvado por la "fe", fórmula del hombre justificado y pecador a un tiempo frente a lo Absoluto. Pero en el mundo sin Dios, el resultado de tal actitud es que se es abandonado a sí mismo ante una terrible prueba de fuerza, del desnudamiento del Yo. Así la pretensión nietzscheana de "haber reeencontrado la via que conduce a un s y a un no: enseño a decir no a todo lo que debilita y degrada, enseño a decir sí a todo lo que fortifica, acumula fuerzas, justifica el sentimiento del vigor", esta pretensión no es justa más que si se traspone, interioriza y purifica la correspondiente exigencia, separándola de todo contenido específico y especialmente de toda referencia a una vitalidad más o menos intensa. Se trata más bien de una alternativa: ser o no ser capaz de mantenerse firme interiormente, en su ser desnudo, absoluto, sin temer ni esperar nada.

A este plano puede entonces aplicarse lo que ha dicho sobre la liberación de todo pecado: "No hay ningún lugar, ningún fin, ningún sentido sobre los cuales pudiéramos descargarnos, de una forma u otra, del peso de nosotros mismos", ni en el mundo físico, ni en el ambiente social, ni en Dios. Es un modo existencia¡. En cuanto al contenido de la ley de cada uno, como hemos dicho, permanece y debe permanecer indeterminado.

Haciendo un primer balance, podríamos fijar en estos términos lo que de positivo tiene el sistema de Nietzsche y de otros pensadores que han seguido la misma línea. No olvidemos, sin embargo, que este análisis no sería conforme a nuestro propósito, si permaneciese en el plano de las abstracciones; debe, por el contrario, ayudarnos a encontrar lo que puede tener valor, no para el conjunto de los hombres, sino para un tipo humano especial.

Esto exige algunas consideraciones suplementarias, sin las cuales no puede servir verdaderamente de base s6lida la solución de ser uno mismo". Veremos más adelante, que no es más que una solución de primer grado". Por el momento indiquemos simplemente la siguiente dificultad. Está claro que la regla de "ser uno mismo" implica que se pueda hablar para cada uno de "naturaleza propia" (cualquiera que sea) como de algo bien definido y reconocible. Pero esto es problemático, sobre todo en nuestros días. La dificultad podría ser menor en las sociedades que ignoraban el individualismo, en las sociedades tradicionales organizadas en cuerpos y castas, donde los factores ligados a la herencia, al nacimiento y al medio favorecían un alto grado de unidad interior y de diferenciación de tipos, la articulaci6n natural era luego reforzada y sostenida por costumbres, una ética, un derecho, incluso algunas veces por cultos particulares, no menos diferenciados. Para el hombre occidental moderno todo ello ha cesado hace largo tiempo de existir, ha sido "superado" sobre la vía de la "libertad"; también el hombre moderno medio es un hombre cambiante, inestable, desprovisto de toda forma verdadera. La palabra pauliniana y fáustica "dos almas, ¡ay!, viven en mi seno" se ha convertido ya en una afirmación optimista, las gentes deberían admitir como hace un personaje característico de Herman Hesse, que estas almas son legi6n. El mismo Nietzsche ha admitido esta realidad cuando escribió: "Es preciso guardarse de suponer que muchos hombres son personas. Hay también quienes tienen varias personas en ellos, pero la mayor parte no tienen nada". Y aún: "Conviértete en ti mismo: es una llamada que no está destinada más que a un pequeño número de hombres que solo es superfluo ara una minoría restringida todavía". Por lo tanto vemos así que el principio mismo que habiamos considerado primeramente como positivo, es decir, la fidefidad a uno mismo y a la ley autónoma absoluta basada sobre el propio "ser", cuando se la considera en términos abstractos y generales. Todo puede ser discutido y ciertos personajes de Dostoymky, tales como Raskólnikov o Stavroguin, nos lo muestran de manera precisa. En el momento mismo en donde se apoyan solo en su sola voluntad buscando probársela a ellos mismos por un acto absoluto, se desmoronan: se desmoronan precisamente porque son seres divididos, porque se habían hecho ilusiones sobre su verdadera naturaleza y su fuerza real. Su libertad se vuelve contra ellos mismos y los destruye; se frustran en el mismo momento en que habrían debido afirmarse de nuevo, no encuentran nada en el fondo de ellos que los sostengan y los lleven hasta el final. Recuérdese el testamento de Stavroguin: "He querido probar mi fuerza en todas partes, me lo habéis aconsejado una vez para poderme conocer... ¿pero dónde aplicar esta fuerza?. He aquí lo que todavía no he visto, lo que todavía hoy no veo... Mis dedos dos demasiado débiles, no pueden dirigirme. Puede atravesarse un irlo sobre una viga, pero no sobre una viruta". El abismo vence a Stavroguín; el suicidio sella su fracaso.

El mismo problema se encuentra evidentemente en la doctrina nietzscheana de la voluntad de poder. El poder, en sí, es informe. No tiene sentido más que si se apoya sobre un "ser" preciso, con una dirección interna, con una unidad esencial. Sin esto, todo se hunde nuevamente en el caos. "Aquí se encuentra la fuerza suprema pero no se sabe para qué emplearla. Los medios existen pero el fin falta". Veremos más adelante de qué manera esta situación se agrava cuando la ilusión de la trascendencia se manifiesta de una forma activa.

Señalamos mientras tanto que, en general, el fenómeno del remordimiento se manifiesta cuando subsiste, a pesar de todo, en el ser una tendencia central que aflora de nuevo, después de haber realizado actos que lo han violentado o lo han renegado al haber nacido de impulsos secundarios demasiado débiles para suplantarla completa y definitivamente. Es en este sentido en el que Guyau habla de una moral que no es más que la unidad del ser", de una inmoralidad que "es, or el contrario un desdoblamiento una o oposición de tendencias que se limitan la una con la otra". Ya se conoce la imagen del "criminal pálido" de Nietzsche, verdadero espejo de los personajes dovstoyevskyanos anteriormente recordados, "cuya acción ha paralizado la pobre razón como la línea trazada con tiza ha paralizado a la gallina".

Todo esto demuestra claramente que hemos llegado a un punto en donde ya no se puede ser más "neutro" en la exposición del problema; conforme a nuestro propósito, es preciso trazar una línea de conducta que, en una época de disolución, no convenga a todos, sino solamente a un tipo diferenciado, y singularmente al que es el heredero del hombre del mundo de la Tradición y mantiene sus raíces en este mundo, aun cuando, en su existencia exterior ha quedado privado del apoyo que le daba una forma establecida.

8.- La dimensión de la trascendencia. "Vida" y "más que vida"

Solo para este hombre pueden servir como base elemental los elementos positivos revelados en nuestro precedente análisis, pues volviendo su mirada hacia el interior, no encontrará una materia cambiante y dividida, sino una dirección fundamental, una "dominante", incluso si impulsos secundarios la recubren o limitan. Lo más importante es que este hombre se caracteriza por una dimensi6n existencias, ausente en el tipo de hombre que predomina actualmente, a saber, la dimensión de la trascendencia.

El caso de Nietzsche es un ejemplo de los problemas que se plantean ahora, pues muchas de sus actividades implican tácitamente la acción, incluso inconsciente, de la dimensión de la trascendencia. No puede explicarse de otra manera el carácter arbitrario y contradictorio de sus diversas concepciones; además, no es más que partiendo de este punto de vista como se ofrece la posibilidad de integrarlos y consolidarlos de una forma satisfactoria, evitando la desviación "naturalista". El hecho mismo de que, por un lado, Nietzsche siente sustancialmente la vocación propia del tipo humano particular del que estamos tratando, tanto en la parte destructivo de su obra, como en aquella en la que busca llevarla más allá del punto cero de los valores, pero que, por otra parte, más que asumir conscientemente la dimensi6n esencial de la trascendencia, fue casi el súcubo de ella, lo que constituyó más bien el objeto que el sujeto de la fuerza correspondiente que actuaba en él, este hecho nos ofrece un hilo conductor para orientarnos a través de todo el sistema nietzscheano y para reconocer también los límites de éste, así como los valores superiores que puede ofrecernos.

No es menos evidente que la solución obtenida mediante una transmutación de la visión trágica y absurda de la vida en su opuesto, la soluci6n nietzscheana del problema del sentido de la vida, que consiste en afirmar que este sentido no existe fuera de la vida, que la vida tiene un sentido en sí misma (afirmación de la que se inspiran temas particulares que hemos examinado, incluido el del eterno retorno), tal solución, decimos, no es válida mis que si presupone un ser cuya componente esencial sea la trascendencia.

Un estudio desarrollado de esta tesis no tendría aquí su lugar adecuado, encontraba mejor su lugar en un estudio especializado sobre Nietzsche. En lo que concierne a la "voluntad de poder", hemos visto ya que más que corresponder al carácter general de la vida, corresponde a una de sus manifestaciones posibles, a uno de sus múltiples rostros. Que la vida "se supere siempre a si misma", que 1 quiera ascender y elevándose se supere a sí misma", que el secreto confiado por la vida sea; "Soy lo que debe siempre superarse a si mismo", todo esto que no es más que la proyección de una vocación muy particular, en el marco de una visión del mundo, no es más que el reflejo de una naturaleza dada y no constituye, de ninguna forma, e carácter general, objetivo, de la existencia. El verdadero fondo de 1 existencia es, en efecto, la interpretación de Schopenhaucr antes que la de Nietzsche: el la voluntad de vivir, en tanto que deseo eterno inagotable, y no la voluntad de poder en sentido propio, ni la tendencia positiva y ascendente a la superación.

Solo la virtud de la otra dimensión, la de la trascendencia, puede conferir a la vida los caracteres, que por generalización abusiva, Nietzsche ha creido poder atribuir cuando estableció sus nuevos valores. La conciencia imperfecta de lo que actuaba en él explica, no sol las oscilaciones de su carácter sino también el aspecto trágico de su existencia humana. Por una parte encontramos los temas de una exaltaci6n naturalista pura de la vida, alcanzando formas que representan un desfallecimiento evidente de¡ ser ante el mundo de los instintos y las pasiones; el hecho que la voluntad los afirme de manera absoluta corte el riesgo de significar sencillamente que son ellos quienes se afirman a través de esta voluntad, dominándola. Pero, por otro lado, son numerosos y decisivos los testimonios de una reacción sobre la vida, que no puede provenir de la vida misma, sino únicamente de un principio que le es superior, tal como revela un pasaje característico: "El espíritu es la vida que disecciona la vida misma" (Geist das Leben, das selber ins Leben schneidet).

Todos los rasgos positivos de la vía del superhombre están ligados con este segundo aspecto: el poder darse. una ley a sí mismo, el poder decir no, de no actuar, cuando uno es arrastrado por una fuerza prodigiosa, por una enorme tensión hacia el sí"; la áscesis natural y libre, que se ejercita en someter a prueba juzgando "la potencia de una voluntad al grado de resistencia, de dolor, del tormento que puede soportarse para transformarlos en ventaja suya" (si bien desde este punto de vista todo lo que la existencia ofrece de malo, de doloroso, de problemático, todo lo que h-a alimentada las formas populares de las religiones soteriológicas, es aceptado e incluso deseado); el principio de no obedecer a las pasiones, sino de refrenarlas ("la grandeza del carácter no consiste en no tener pasiones, al contrario, hay que poseerlas en grado máximo, pero refrenándolas; m-as aún, sin que esta dominación sea una fuente de alegría, con simplicidad") la idea que "el hombre superior se distingue del inferior por su intrepidez, su desafío a la desgracia" ("es un signo de regresión cuando los valores eudemonistas empiezan a ser considerados como los más altos"); y contemplar, estupefacto, a los que muestran "el camino de la felicidad" para incitar al hombre a comportarse de tal o cual manera: "¿Qué nos importa la felicidad a nosotros?"; reconocer que uno de los medios por los cuales se conserva una superior especie humana consiste en "arrogarse el derecho a actos excepcionales vividos como tentativas de victoria sobre uno mismo y actos de libertad... a asegurarse, a través de una especie de áscesis, una preponderancia y una certidumbre en cuanto a su propia fuerza de voluntad", sin huir de ningún tipo de privación; afirmar la libertad que consiste en "mantener la distancia que nos separa, el ser impasible delante de las penas, las durezas de la existencia, las privaciones, la vida misma", el tipo más elevado de hombre libre estaría representado por "aquel que constantemente supera las más altas resistencias... el gran riesgo hace de él un ser digno de veneración"; el denunciar la nefasta confusión entre disciplina y servilismo (el fin de la disciplina no puede ser más que una fuerza mayor, "el que no domina es débil, disipado e inconstante") y tener por cierto que "la disolución no es un argumento más que contra aquel que no tiene derecho a ello y que todas las pasiones han sido desacreditadas por culpa de aquellos que no eran suficientemente fuertes para orientarlas en ventaja propia"; mostrar la vía de aquellos que, libres de todo lazo, no obedecen más que a una sola ley, se adhieren inflexiblemente a ésta y están por encima de toda debilidad humana; en fin, todo lo que hace que el superhombre no es la "bestia rubia de presa", ni el heredero de una equívoca virtus de déspotas del Renacimiento, sino que también es capaz de generosidad, prontitud en la ayuda viril, de "virtud donadora", de grandeza de alma, de superación de la propia individualidad, todo ello representa un conjunto de elementos positivos que el hombre de la Tradición puede también apropiarse, pero que no se explican y solo son tales en la medida en que están relacionados, no con la "vida", sino con un "más que vida", con la trascendencia; son valores que solo pueden atraer a los hombres que llevan en ellos, dentro de sí, otra cosa y más aún que la simple "vida".

No examinaremos aquí en detalle las discriminaciones que conviene hacer en relación a estos datos de base en la mezcla confusa del sistema de Nietzsche, así como tampoco las confusiones que deberíamos denunciar, las desviaciones que deberíamos prevenir cuando se supera el punto en donde se han detenido generalmente los que han exaltado a Nietzsche, así como los que le han denigrado. Vida y trascendencia se encuentran siempre mezcladas en él, y de todas las consecuencias de su polémica anticristiano, esta confusión es una de las más nefastas. Cuando los valores negados por el ideal cristiano -ideal de aria de shandala- que constituirían el ideal opuesto afirmativo y anti-nihilista, son descritos en estos términos; "el orgullo, la distancia, la gran responsabilidad, la exuberancia, la soberbia animalidad, los instintos guerreros y conquistadores, la apoteosis de la pasión, de la venganza, de la cólera, de la voluptuosidad, del espíritu de aventura en el conocimiento"; cuando entre las "pasiones positivas" cuenta "el orgullo, la alegría, la veneración, las bellas actitudes, los buenos modales, la voluntad fuerte, la disciplina de la intelectual¡dad superior, la voluntad de poder, el agradecimiento hacia la tierra y la vida, todo lo que es rico, que quiere dar y justificar la vida, eternizarla, divinizarla", la mezcla a la que hemos hecho alusión es evidentísima; lo sagrado y lo profano se confunden aquí.

Pero otro punto nos patece todavía más importante. Incluso si uno constata y aisla en todo ello a formas efectivas de una superación de uno mismo se acaba uno encontrando ante una situación problemática, a propósito de la cual puede hablarse de una "áscesis que es su propio fin" y donde el superhombre aparece como un límite exasperado de la especie "hombre" y no como el "ya-no-más-hombre", el ser de una naturaleza diferente, representante y testigo de otra dignidad. Existe un peligro: el que estas experiencias, donde no se encuentra nada más que una simple adhesión al sustrato irracional e instintivo de la vida seguida no es la de dominación de los hombres y de las fuerzas exteriores, sino también la de la dominación de uno mismo, permanezcamos cerrados en el terreno de la mera sensación. En Nietzsche es significativo, a este respecto, un fragmento en donde el "decir no" a toda la fuerza que bulle en uno mismo es presentado como un "dionisismo", cuando quizás sería más exacto hablar de autosadismo. La disciplina, la áscesis desarrollada duramente a lo largo de la vía del bien, como de la vía del mal, a través de pruebas extremas, de forma inexorable frente a sí mismo y a los otros, puede tener sólo el valor de una sensación acrecentada y exasperada de la "vida", de un "yo" que solo atrae la sensación de si mismo a través de esta misma, salvaje y acre vivencia. Es demasiado frecuente que Nietzsche ha interpretado efectivamente su propia experiencia y la vía que ha señaldo. Es más importante, para nuestros fines resaltar este punto, esta falsa desviación, en tanto que, fuera de las teorias, es fácil reconocerla en la base de múltiples experiencias lúnites de las generaciones contemporáneas, lanzadas a una vía peligrosa, de la que ya hemos hablado anteriormente,

En cuanto a la interpretación interna, "esotérica", de la experiencia personal de Nietzsche, tomada en su conjunto más allá de estas seudo-soluciones, hemos ya mostrado la clave, que es la experiencia pasiva y la activación de la trascendencia. La ruptura de todos los lazos, la intolerancia por todo límite, el movimiento puro e incontenible, de las operaciones sin fin determinado, el avance incesante, más allá de todos los estados, de todas las experiencias y de todas las ideas y, naturalmente, con más razón, más allá de todo apego humano a una persona determinada, sin temor de las contradicciones, ni de las destrucciones, en resumen, el movimiento puro, con todo lo que ello comporta de disolvente -el acto "de avanzar corno un fuego devorador que no deja nada tras de sí", para emplear esta expresión de una vieja sabiduría tradicional, que sin embargo es necesario enmarcar en un contexto diferente- tales son las características esenciales que ya hemos encontrado en Nietzsche y que hay que comprender precisamente como tantas otras formas de acción y de manifestación de la trascendencia. Pero el hecho de que ésta no haya sido reconocida y asumida como tal, que la fuerza haya, pues, quedado en el circuito cerrado de la inmanencia, de la "vida", provocan un voltaje que este circuito no podía sostener, este hecho podría además ser la causa verdadera, la causa más profunda del hundimiento final de Nietzsche en tanto que hombre. Por lo demás tuvo constantemente la sensación d vivir peligrosamente: "Tengo la sensación de vivir una vida altamente peligrosa; soy una de aquellas máquinas que pueden saltar por lo aires", escribía en 1891 a Gast; habla también en otras ocasiones, d una "vecindad continua al peligro interior y exterior".

También bajo este especial punto de vista resulta clara toda la importancia que para nuestra investigación reviste Nietzsche con símbolo: es un ejemplo preciso de lo que puede e incluso debe verificarse en quien la trascendencia se ha despertado pero que está descentrado en relación a ella. Veremos que el existencialismo en sus temas esenciales ha de ser interpretado sobre las mismas bases.

Esta no es la vía del hombre que nos ocupa pues su estructura es diferente. Es preciso trazar una nítida línea de demarcación. No ha sido inútil, sin embargo, precisar en esta ocasión que si se permanece más aquí de esta línea de demarcación, lo que uno puede encontrar en ciertos casos particulares en donde uno sigue la via de la inmanencia, sin debilidad, sin vuelta atrás, sin descender de nivel, pero también sin ser capaz de llegar a esta metamorfosis que, solamente, puede compensar la inexistencia, en principio, de la cualidad por nosotros indicada en el hombre de la Tradición, en el hombre estructuralmente no moderno. Cuando uno se compromete en la via de la afirmación absoluta y se ha apropiado de todas las formas de "áscesis" y de activaci6n de una intensidad superior de vida, de las cuales ya hemos hablado, la única solución liberadora reside en un cambio consciente de polo: es necesario que en un momento dado, en ciertas situaciones, por una especie de ruptura ontol6gica de nivel, la extrema intensidad de la vida se transforme, casi se invierta, en una cualidad diferente, que el mehr leben deje lugar a un mehr-als-leben, según la afortunada fórmula propuesta por G. Simmel en un contexto diferente.

Es una posibilidad que puede contemplarse incluso en nuestra época. Realizándola, también en las condiciones actuales, algunos hombres pueden conseguir una cualificación análoga a la que es congénita en el tipo que estudiamos. Impulsos confusos hacia aberturas de este género, en relación con el traumatismo de la existencia, son bastante frecuentes en nuestros días. El interés por el Zen, manifestado por algunos representantes de la beat generation, por ejemplo, es un síntoma característico. Esta solución queda, sin embargo, condicionada por algo así como una brusca iluminación, el satoii del Zen. Sin ella, la via de aquellos que se han dedicado a experiencias semejantcs a las de Nietzsche y, en general, de aquellos que a merced de una circunstancia cualquiera, querida o no, la trascendencia se ha despcrtado como una energía manifestándose en el mundo donde Dios ha muerto, tal vía conduce al abismo. Y en este caso seria un miserable consuelo hablar de los "santos malditos de nuestro tiempo", o de los "ángeles con el rostro del criminal o del pervertido": sería un romanticismo vacío y gratuito.

En el caso opuesto, es decir, positivo, se podría expresar el resultado obtenido diciendo que del plano de "Dionisos" se ha pasad al de una superioridad espiritual, correspondiente, en la antiguodad, al símbolo apolíneo u olímpico. Es esencial ver que esta salida es la única que no comporta una vuelta atrás y se encuentra en el punto opuesto de una solución de tipo religioso o devocional. Excluye incluso definitivamente cualquier solución de este género. Las "conversiones" de algunos de nuestros contemporáneos incapaces de sostener la tensión del clima nihilista, o que lo habían vivido como simples intelectuales, las experiencias de las que hemos hablado, son hundimientos privados, para nosotros, de cualquier interés.

9.- Más allá del teísmo y del ateísmo

Antes de abordar la parte positiva de nuestro tema, es bueno volver a lo que hemos dicho anteriormente cuando hemos intentado precisar, lo que en el mundo moderno ha sido o está en vías de ser afectado por la crisis.

Ya hemos precisado, desde el punto de vista social, que se trata de la civilización y de la sociedad burguesa. Desde el punto de vista espiritual, hemos hablado del doble aspecto del proceso de "emancipaci6n" que ha conducido a la presente situación: primero su aspecto únicamente destructor y regresivo, luego su aspecto correspondiente a la prueba, llena de riesgos, de una total liberación interior que este proceso impone al tipo de hombre diferenciado. En relación a este segundo aspecto, es preciso poner de relieve otro punto, a saber, que una de las causas que han favorecido a las fuerzas de disolución ha sido la sensación confusa de una verdad de hecho, el sentimiento de que todo lo que, en el Occidente más reciente, ha tomado la iorma de una religión, la religión cristiana particularmente, pertenece al "demasiado humano", no teniendo gran cosa que ver con valores trascendentes y además ofrece un clima general o una línea interior poco compatible con las disposiciones y las vocaciones propias de un tipo de hombre superior.

En particular, un factor importante ha actuado en este sentido: el carácter mutilado del cristianismo en relación a la mayor parte de las demás formas tradicionales: mutilado que no posee "esoterismo", una doctrina interna de carácter metafísico que lo sitúe más allá de las verdades y de los dogmas de la fe propuestos al hombre ordinario. Las prolongaciones que representan las experiencias esporádicas, simplemente "místicas" e insuficientemente comprendidas, no podían, en el conjunto de¡ cristianismo, suplir esta carencia esencial. La obra de demolición se ha encontrado, por ello, facilitada a partir de la aparición de lo que se ha llamado el "libre pensamiento", mientras que en una tradición de tipo diferente y completo, la existencia de un cuerpo de doctrina de un nivel más elevado que el simple nivel religioso, la habría contenido probablemente.

¿Cual es el Dios cuya muerte se ha anunciado?. He aquí la respuesta que da el mismo Nietzsche: "Solo el Dios de la moral ha sido superado". Y se pregunta también: "¿Tiene acaso sentido concebir un dios más allá del bien y del mal?". La respuesta debe ser afirmativa. "Que Dios se despoje de su epidemia moral y se le verá reaparecer más allá del bien y del mal". Lo que desaparece no es el dios de una metafísica, sino el dios del teísmo, el dios personal que es una proyecci6n de los valores morales y sociales o un apoyo para las debilidades humanas. Concebir un dios en términos diferentes no es sólo posible, sino que ha sido lo propio de las doctrinas internas de todas las grandes tradiciones pre y extra-cristianas que insistían también en el principio de no-dualidad. De hecho, estas tradiciones han reconocido igualmente, como último fundamento del mundo, un principio anterior y superior a todas las antítesis, comprendida la de la inmanencia y de la trascendencia cuando son consideradas de forma unilateral: principio que confiere, pues, a la existencia, a toda la existencia, con lo que ella ofrece de problemático, de destructor y de "mal", esta suprema justificación, que se buscaba para tener una visión liberada del mundo que se afirmase más allá de las destrucciones nihilistas. Es verdad, nada nuevo anunciaba el Zaratustfa nietzscheano, cuando decía: "Todo devenir me parece como una danza divina y como un capricho divino, y el mundo libre vuelve a sí mismo"; es la misma idea que está contenida en el simbolismo hindú bien conocido de la danza y del juego del dios desnudo, de Shiva. podría hablarse también de la doctrina de la identidad trascendente del samsara (el mundo del devenir) y del nirvana (lo incondicionado), como última cumbre de la sabiduría esotérica. En el mundo mediterráneo, la fórmula de la iniciación última de los Misterios: "Ositis es un dios negro" se sitúa en un nivel análogo; puede relacionarse con esto las enseñanzas del neo-platonismo y suprapersonal y hasta la alegoría de William Blake de las "bodas del ciclo y del infierno" y la idea de Goethe sobre el Dios de la " visión libre", que no juzga según el bien y el mal, ideas que se encuentra a menudo, desde la antigüedad occidental hasta el taoismo extremo-oriental. Una de las expresiones más vigorosas de esta sabiduría se encuentra en las palabras de un asceta hindú a punto de ser matado por un soldado inglés: " ¡No me engañarás!. ¡Tú también eres Dios!".

En el curso del proceso involutivo del que hemos hablado en la introducción, tales horizontes han sido gradualmente perdidos. En algunos casos, como los del taoismo o el budismo, el paso del plano metafísico al plano religioso y devocional es muy visible; parece como una regresión debida a la difusión y a la profanación de la doctrina interna y original que la mayoiria es incapaz de comprender y de seguir. En Occidente, la concepción devocional y moral de lo sagrado y de lo trascendente que en los otros sistemas solamente es propio de las formas populares y regresivas, se volvió la concepción predominante y prácticamente exclusiva.

Es preciso, sin embargo, señalar, que incluso en el mundo cristiano, las alusiones no han faltado, al margen de la mística juanista, a una época futura de libertad superior; la "tercera época", la época del Espiritu, tras la del Padre y la del Hijo, de Joaquim de Fiote que fue considerada como la de la libertad, y en un orden de ideas análogo, los que se llamaron "Hermanos del Libre Espiritu" proclamaron una anomía", una libertad en relación a la Ley, al bien y al mal, en términos tales que incluso el superhombre nietzscheano habiria osado profesar. Se encuentran rcflejos de tales anticipaciones en cijacopone da Todi cuando dice en su Inno alía santa poverta e aí suo tríplice cielo, "no temer al infierno, no esperar el cielo' 1, cuando es cuestión de "no regocijarse con ningún bien, no atormentarse por niguna adversidad", cuando se refiere a una "vi"d que no tiene motivo", que incluso llega a despojarse de la virtud misma poseyendo a tod costa "en libertad de espíritu": esto corresponde para él al sentido interior, simbólico, de la verdadera "pobreza".

La conclusión a extraer de todo esto es que un conjunto de conceptos, que en el Occidente cristiano han sido considerados con esenciales e indispensables a toda "verdadera" religión (el dios personal de¡ teismo, la ley moral con sus sanciones de paraíso y de infierno, la concepción restringida de un orden providencia¡ y de un finalismo ,,moral y racional" de¡ mundo, la fe reposando sobre una base principalmcnte emotiva, sentimental y sub-intclectual) todo esto puede ser ajeno a una visión metafísisca de la existencia, visión universalmente testificada en el mundo de la Tradición. No es más que el Dios concebido como el centro de gravedad de todo este sistema exclusivamente religioso quien ha sido golpeado. Pero, por esto, la perspectiva de una nueva esencialidad puede abrirse a los que asumen, como una prueba de su fuerza -paramos decir: por su "fe" en sentido superiortodos los procesos de disolución a los que ha dado lugar la orientación reciente de la civilización occidental. La "epidermis moral" de un Dios que había terminado por servir de opio o contrapartida a la pequeña moral sustituida por el mundo burgués a la gran moral cae. Pero el núcleo esencial, representado por las doctrinas metafísicas del género del que ya hemos hablado, para quien sabe percibirlas y vivirlas, permanece intocable, inaccesible a todos los procesos nihilistas, a toda disolución.

Después de esta clarificación esencial y de esta ampliación de perspectivas, vamos a reunir lo que, en los diversos temas que hemos estudiado hasta aquí, es susceptible, hoy, de tener un valor positivo para el tipo de hombre que nos interesa.

La visión del mundo de la que se trata se funda sobre una concepción de la realidad liberada de las categorías del bien y del mal, pero con un fondo metafísico, no naturalista o panteista. El Ser no conoce el bien ni el mal, como tampoco la gran ley de las cosas. Un bien y un mal sólo existen en relación a un fin y ¿cual es el criterio para juzgar este fin y legitimar @i, en última instancia a un acto o una existencia?. En la misma concepción teológico de la Providencia, en las tentativas hechas por la teodicea teísta para fundamentar el concepto del Dios moral, se ha incluido necesariamente la idea de la Gran Economia, la cual comprende el mal, en la cual el mal aparece solamente como un aspecto particular de un orden superior que trasciende las pequeñas categorías humanas del individuo y de la colectividad de los individuos.

El "otro mundo" alcanzado por el nihilismo europeo, presentado por él como una simple ilusión o condenado en tanto que evasión, no es más que otra realidad; es otra dimensión de la realidad, allí donde lo real, sin ser negado, adquiere uná significación absoluta, en la desnudez inconcebible del ser puro.

En una época de disolución, aquí reside el fondo esencial de una visión de la vida apropiada para el hombre abandonado a si mismo y que debe probar su fuerza. Es preciso, en contrapartida, ser uno mismo su propio centro o hacer algo para convertirse en tal, constatar o descubrir la suprema identidad consigo mismo. Percibir en sí mismo la dimensión de la trascendencia y anclarse, hacet de gozne que permanece inmóvil incluso cuando se cierra la puerta (la imagen es del Maestro Eckehart). A partir de este momento toda "invocación" y toda plegaria se convierten en existencialmente imposibles. La herencia de "Dios", que no se osa asumir, no es la del delirio lúcido de lwllov: es el sentido sereno de una presencia y de una posesión intangible, de una superioridad a la vida inserta en la vida misma. Idéntico es el sentido más profundo de la palabra sobre la "nueva nobleza": "En esto consiste precisamente la divinidad, que existen los dioses y ningún dios existe". Para emplear una imagen: como el rayo de luz que lleva en él, en su carrera sin tener necesidad de volver hacia atrás la fuerza luminosa y el impulso del centro donde se originó. Es también asumir su posición de una manera absoluta, en términos que excluyen el tema de las crisis religiosas, es decir, el sentimiento de 1 sentirse abandonado por Dios". En este estadio, ello equivale a un Dios que se habría abandonado a sí mismo y del mismo modo no ha aquí una negación posible de Dios: negar o poner en duda a Dios se negarse a sí mismo o dudar de si mismo. Una vez desaparecida la idea de un Dios personal, Dios cesa de ser un "problema", un objeto de "creencia" o una necesidad del alma; el término "creyente", con el del "ateo") "librepensador" aparecen privados de sentido. Una y otra actitud son superadas.

Una vez establecido este punto, conviene indicar primeramente cómo es posible asumir el desafío existencia¡, asumir todo lo que la vida puede presentar de negativo, de trágico, de doloroso, de problemático y de absurdo. Séneca decía ya que ningún espectáculo es más agradable a los dioses que el del hombre superior enfrentado con la adversidad; sólo esto le permite conocer su fuerza. Y Séneca añade: "Estos son los hombres de valor que es preciso enviar a las posiciones más peligrosas o encargar las misiones más difíciles, mientras los cobardes y los débiles son dejados atrás". Se conoce la máxima: "Lo que no destruye, fortalece". Ahora, en nuestro caso, la intrepidez debe fundarse sobre la dimensión de la trascendencia en nosotros: es preciso atestiguarla y confirmarla en todas las situaciones en provecho propio. Es lo opuesto a un endurecimiento arrogante de la individualidad física, bajo todas sus formas, unilateralmente estoicas o nietzscheanas. Se trata, por el contrario, de la activación consciente en !rl mismo del otro principio y de su fuerza con ocasión de experiencias que no son simplemente sufridas, sino que son incluso buscadas, tal como expondremos más adelante. Esto no debe ser jamás perdido de vista.

Hoy, en algunos casos, el enftcntan-úcnto con la realidad y el traumatismo consiguiente, eventualmente, pueden servir, no para probar la existencia de una fuerza ya presente y a acrecentarla, sino más bien para despertarla. Son los casos en que sólo un sutil diafragma separa en una persona el principio del ser, del individuo puramente humano. Estados de depresión, de vacío o situaciones trágicas cuya soluci6n negativa es la vuelta a la religión, pueden, gracias a una feacción positiva llevar a este despertar. Es así como, incluso en cierta literatura moderna de lo más "avanzado", se encuentran en ocasiones curiosos testimonios de momentos de liberación nacidos en el seno de la desintegración. Un ejemplo bastará, sacado de un autor que ya hemos citado, Henry Miller, en medio de todas las manifestaciones de desintegración caótica, de una vida que no tiene sentido y de su estupor ante el "grandioso hundin-úcnto de todo un mundo", habla de una misión donde son justificadas las cosas tal como son -"una especie de eternidad en suspensión donde todo está justificado, supremamente justificado". Se busca un milagro fuera, dice "mientras que un contador cuenta en el interior y no hay mano que pueda alcanzarlo o detenerlo ". Solo un choque imprevisto lo consigue. Entonces en el ser fluye una nueva corriente, lo que le hace decir: "Quizás leyendo estas páginas se tiene aún la impresi6n del caos; pero estas líneas parten de un punto central viviente y lo que puede haber de ca6tico en ellas no es más que periferia, una franja tangencial, por así decirlo, de un mundo que no me interesa". Volvemos aquí, en cierta forma, a esta ruptura de nivel de la que hemos hablado, que tiene la virtud de inducir una cualidad diferente en el circuito de la simple "vida".

10.- Invulnerabilidad Apolo y Dionisos

Ser uno mismo. Tal es la regla que hemos expuesto precedentemente, pero ahora acabamos de enfocar una segunda que consiste en probarse a si mismo. Es preciso ahora reunir y articular estos dos principios refiriéndonos más particularmente al tipo de hombre que nos interesa. Como la estructura existencias de éste es doble -su ser determinado en tanto que individuo y la dimensi6n de la trascendencia- la doble tarea que consiste en ser uno mismo y conocerse a sí mismo, probándose, comporta dos grados muy distintos.

En lo que concierne al primer grado, hemos ya notado como, sobre todo en nuestra época, en raz6n de la ausencia de una unidad básica, es decir, una tendencia predominante y constante entre la multitud de los otros, es dificil, para la inmensa mayoría de los individuos, ser uno mismo. S61o ocurre en casos muy excepcionales el que puedan aplicarse estas palabras de Nietzsche: "Hay dos cosas muy altas de las que más vale no hablar: la medida y el medio. Bien pocos han aprendido a conocer sus fuerzas y sus límites por la via iniciática de experiencias y de trastornos interiores. Estos veneran en ellos alguna cosa de divino y aborrecen el parloteo ruidoso". Pero, en una época de disolución es difícil, incluso ara uicn una estructura interna de base, conocer esto y además conocerse a "si mismo", de otra forma que no sea a través de un experimento. Encontramos, una vez más aquí, la línea ya indicada que es preciso comprender, en realidad, como la búsqueda o la aceptación de estas situaciones o alternativas, en donde la fuerza superior, la "verdadera naturaleza", está obligada a manifestarse, a hacerse conocer.

Solamente pueden servir a este fin las acciones que vienen de la profundidad, con exclusión de las que tienen un carácter de reacción poriférica y sensitiva, casi de movimientos reflejos y mecánicos provocados por un estímulo y que se producen, por lo tanto, "mucho antes de que el fondo de nuestro ser se vea afectado, se vea interrogado", como precisa Nietzsche, viendo con razón en esta incapacidad de dejarse impresionar profundamente y a comprometerse, en esta forma de reaccionar a flor de piel, a la merced de cualquier sensación, una característica inoportuna de¡ hombre moderno. Para muchos es como si debieran reaprender a actuar en el sentido verdadero, activo (si puede expresarse así) y también típico. Esta agencia, incluso para el hombre de¡ que nos ocupamos, divisado en su aspecto mundano, es esencial hoy. Puede notarse a este respecto, que el "recuerdo de sí" o la "presencia en si mismo", han constituido una de las disciplinas esenciales de las doctrinas "internas" de la tradición. La condición inversa ha sido descrita por alguien que, en nuestros días ha propuesto enseñanzas del mismo género, como la de un ser "aspirado" o "absorbido" en la existencia ordinaria, sin tener ninguna conciencia, sin darse cuenta del carácter "sonambúlico" o automático que presenta desde un punto de vista superior, tamaña existencia (G.I. Gurdjief. "Soy aspirado por mis pensamientos, por mis recuerdos, por mis recuerdos, mis sensaciones, por el bistec que como, por el cigarro que fumo, el amor que hago, el buen tiempo, la lluvia, este árbol, este coche que pasa o este libro". Se es así la sombra de sí mismo. Se ignora lo que significa vivir siendo, el "acto activo", la "Sensación activa" y demás. Pero este no es el lugar para extendernos por más tiempo sobre este método específico de realización.

Si se desea, se puede asociar a esta prueba-conocimiento que estimulan las variadas experiencias y los diversos encuentros con lo real, la misma fórmula del amorfati, considerado bajo un enfoque particular. jaspers ha señalado con razón que no puede ser solamente la expresión de una obediencia pasiva a una necesidad de la que se presume que está predeterminada, sino que también puede convenir a quien afronta toda experiencia, todo lo que es incierto, ambiguo, peligroso, en la existencia, con el sentin-úcnto de que no se hará nunca otra cosa que no sea seguir su propia vía. Esta orientación está esencialmente constituida por una especie de confianza trascendental que es una fuente de seguridad y, al mismo tiempo, de intrepidez, pudiéndose ver en ella a uno de los elementos positivos de la línea de conducta que estamos en vías de desenredar poco a poco.

El problema de ser uno mismo puede encontrar en la unificaci6n una solución particular y subordinada a la primera; cuando se ha llegado a reconocer experimentalmente, entre sus múltiples tendencias, la que es central, es preciso identificarla a su propia voluntad, estabilizarla, organizando en torno a ella todas las tendencias secundarias o divergentes. He aquí lo que significa "darse una ley", su propia ley. Como ya hemos visto, la incapacidad de conseguirlo, la "multiplicidad heterogéneo de las almas reunidas en su seno", el rechazo de obedecer antes de ser capaz de dirigirse a si mismo, son las razones del hundimiento al cual puede desembocar la vía de un ser que ha avanzado hasta las situaciones límite de un mundo sin Dios. Es entonces cuando puede aplicarse la máxima: "El que no puede dirigirse a sí mismo, debe obedecer. Y hay quien sabe dirigir, pero dista mucho de saber obedecerse a si mismo".

En este contexto una referencia al mundo de la Tradición, quizás podrá presentar algún interés. Mucho antes del nihilismo, la fórmula "Nada existe, todo está permitido" ha sido dada en el Islam a la Orden iniciática de los Ismaelitas. Pero se dirigía exclusivamente a los grados superiores de la jerarquía; antes de alcanzarlos y de tener derecho de prevalecerse de esta verdad, hacía falta superar cuatro grados preliminares para los cuales regía, entre otros, el principio de un obediencia incondicional y ciega, llevada hasta límites casi inconcebibles para la mentalidad occidental: se debía, por ejemplo, estar dispuesto a hacer sacrificio de la propia vida a un a palabra de Gran Maestre, sin la menor razón o finalidad.

Este hecho nos lleva a estudiar el segundo grado de la prueba conocimiento de sí mismo, grado que se refiere a la dimensión de la trascendencia y que condiciona la solución última del problema existencial. En efecto, en el primer grado, consistente en reconocer la "propia naturaleza" y ejecutar su propia ley, sólo queda resuelto el problema en el plano de la forma, de la determinación, o, si se prefiere, de la individuación, lo que da una base suficiente para dirigirse, cualquiera que sean las contingencias; pero para quien quiere ir hasta el fondo este plano carece de transparencia, no puede encontrarse en él todavía un sentido absoluto. Permaneciendo la situación en este estadio, se es activo en tanto que se quiere ser uno mismo, pero no en tanto que se es tal como se es y no de otra forma. Esto puede ser sentido como algo irracional y oscuro hasta el punto de provocar, en un cierto tipo de hombre, el principio de una crisis y el cuestionamiento de todo lo que se habla alcanzado en la dirección indicada. Es entonces cuando se impone el segundo grado de la prueba en sí que consiste en probar, en verificar, experimentalmente, la presencia en sí, más o menos activa, de la dimensión superior de la trascendencia de¡ núcleo no condicionado que, en la vida, no pertenece al dominio de ésta, sino al dominio de¡ ser.

En un ambiente que no ofrece ningún apoyo, ni ningún "signo", la solución de¡ problema de¡ sentido último de la existencia depende de esta última prueba. Cuando, una vez todas las superestructuras están removidas o destruidas, se tiene por única base su ser propio, la última significación de la existencia, de la vida, no puede brotar más que de una relación directa y absoluta entre este ser (lo que se es en virtud de su propia determinación) y la trascendencia (de la trascendencia en si mismo). Esta significación no es dada por algo extrínseco o externo, por algo que se añade al ser cuando este se refiere a cualquier otro principio. Esto podía ser válido en un mundo diferente, en un mundo tradicionalmente ordenado. Sin embargo, en el dominio existencias que examinamos aquí mismo, esta significación no puede ser dada, por el contrario, más que por la dimensión de la trascendencia bida directamente or el hombre como la raíz de su ser, su "naturaleza propia". Y esto comporta una justificación absoluta, una marca indefectible e irrevocable, la destrucción definitiva del estado de negatividad y de la problemática existencia¡. Es exclusivamente sobre esta base como "ser lo que se es" cesa de constituir u límite. De otra forma todavía seria un limite, comprendida la de los superhombres " y cualquier otro modo de ser que por sus particularidades exteriores desemboque en distraer al hombre del problema d la significación última y a disimular una vulnerabilidad esencial.

Sólo esta unión con la trascendencia puede impedir, por otr parte, al proceso de unificación de sí mismo, tomar una dirección regresiva. Una unificación patológica del ser, por lo bajo, es en efecto posible: es el caso, por ejemplo, que se da cuando una pasión elemental se apropia de toda la persona y ordena todas las facultades para s propios fines. El caso del fanatismo y de la posesión son del mismo orden. Es preciso divisar también la posibilidad de una reducción al absurdo del "ser uno mismo" y de la unidad de sí mismo. Es esta un razón suplementaria para el tipo de hombre que nos ocupa, de afrontar el problema del conocimiento-prueba de sí mismo hasta el según do grado, que concierne, como hemos dicho, la presencia en uno mismo de lo incondicionado y de lo supra-individual en tanto que centro verdadero.

Es fácil comprender que es preciso, para esto, superar probándose más allá de su propia naturaleza y de su propia ley. La autonomía de aquel que hace coincidir su querer y su ser, no basta. Además, un ruptura de nivel se impone, que puede tener, en ocasiones, el carácter de una violencia que se hace a sí mismo y es igualmente necesario asegurarse que se sabe permanecer en pie, incluso en el vacío, en lo sin forma. Es la anomía positiva, más allá de la autonomía. Es un tipo d hombre menos cualificado, en quien lo que hemos llamado la herencia de los orígenes no está lo suficientemente viviente, existencialmente, esta prueba requiere casi siempre una cierta disposición "sacrificial": deben sentirse dispuestos a ser, eventualmente, destruídos, si ser, sin embargo, afectados. La salida de pruebas o experiencias de es te género permanece incierta: ello ha ocurrido en todos los tiempos, incluso cuando se buscaba la suprema consagración de la soberanía interior en el seno de marcos institucionales ofrecidos por la Tradición es, con más razón, dudoso en el clima de la sociedad actual , en un ambiente donde es casi imposible crear un círculo mágico de protección en esta confrontación con la trascendencia, en lo que a decir verdad, ya no es humano.

Pero, repitámoslo, el sentido absoluto del ser, en un mundo desprovisto de sentido, depende casi únicamente de esta experiencia. Si tiene una calidad positiva, el último límite cae; entonces, trascendencia y existencia, libertad y necesidad, posibilidad y realidad, se unen. Una "centralidad" y una invulnerabilidad absoluta son realizadas, sin restricciones, cualquiera que sea la situación, situaciones oscuras o luminosas, distanciadas o aparentemente abiertas a todos los impulsos o pasiones de la vida. Pero sobre todo, se habrá realizado la condición esencial que es necesaria para adaptarse, sin perderse, a un mundo convertido en libre pero abandonado a sí mismo, poseído por lo irracional y lo sin-sentido. Y es precisamente aquí donde está el problema del cual habíamos partido.

Tras esta precisión fundamental sobre la clarificación última de uno mismo, volvamos, definiendo algunos aspectos particulares, al problema que plantea la orientación general "completada" en la vida corriente.

Si, conforme al método ya adoptado, utilizamos categorías nietzscheanas como puntos de apoyo provisionales, es al "dionisismo" al que habremos de referirnos primeramente. De hecho, el filósofo de¡ superhombre ha dado al dionisismo sentidos diferentes y contradictorios. Su interpretación de los símbolos de Apolo y Dionisos, partiendo de una filosofía moderna como la de Schopenhaucr es una de las pruebas de su incomprensión de las antiguas tradiciones. Como habíamos dicho, asocia "Dionisos" a una especie de inmanencia divinizada, a una afirmación ebria y frenética de la vida, incluso en sus aspectos más irracionales y más trágicos. Por el contrario, hace de Apolo el símbolo de una contemplación de¡ mundo de las formas puras, casi de una fuga, destinada a liberar de la sensación y la tensión de este fondo irracional y dramático de la existencia. Todo esto carece de fundamento.

Sin entrar en el dominio particular de la historia de las religiones y de la civilización greco-latina, nos limitaremos a recordar que fuera de una cierta forma popular, degradada y espuria, la vía dionisíaca fue una via de los Misterios, como varias más que le corresponden en otras. culturas y puede ser definida por una fórmula que ya hemos empleado: una vida llevada a una intensidad particular que desemboca, se invierte y se libera en un "más que vida", gracias a una ruptura ontol6gica de nivel. Puede verse precisamente en esta salida, que equivale a la realización, a la rcviviflcaci6n o al despertar de la trascendencia en sí mismo, el contenido verdadero del simbolismo apolíneo. De aquí lo absurdo de la antítesis establecida por Nietzsche entre "Apolo" y "Dionisos".

Esto, a título de precisión preliminar. Sólo puede tener interés para nuestro propósito un "dionisismo" completado, por asi decir, por el apolinismo, de tal modo que tenga como característica esta estabilidad que es la culminación de la experiencia dionisíaca. no ante sí mismo como un fin, sino, en cierto modo, tras de sí. Si se prefiere, puede hablarse también de un "apolinismo dionisíaco" y definir una de las componentes esenciales de la actitud del hombre moderno, en su confrontación con la existencia, mas allá del dominio específico de sus pruebas.

Aquí no se trata, evidentemente, de la existencia normal. Se trata de sus formas posibles, ya diferenciadas, teniendo una cierta intensidad, pero definiéndose siempre, en un ambiente caótico en el dominio de la contingencia pura: formas que no son raras en el mundo de hoy y se multiplicarán probablemente en los tiempos futuros. El estado del que se trata es el del hombre que está seguro de si mismo, de por qué es el ser y no la vida el centro esencial de su persona, puede alcanzarlo todo, puede abandonarse a todo y abrirse a todo sin perderse: aceptar, por ello, no importa qué experiencia, tampoco para probarse y conocerse, ahora, sino para desarrollar todas las posibilidades en vista de las transformaciones que pueden producirse en él, en vista de los nuevos contenidos que puedan ofrecerse y revelarse por esta vía.

Nietzsche, entregándose a sus habituales y peligrosas confusiones, ha hablado, frecuentemente en términos análogos, del "alma dionisíaca". Para él es "el alma existente que se sumerge en el devenir ", la que puede correr más allá de sí, casi huir de sí, y reencontrarse en una esfera más amplia, teniendo la necesidad y el placer de aventurarse en el mundo del azar e incluso de lo irracional, la que, en el seno de todo esto "figurándose, transfigura la existencia"; la existencia que es preciso tomar bajo todos sus aspectos, es decir, "sin sustraccioncs, excepciones, ni elección". El dominio de los sentidos no queda excluído, sino incluído. Dionisíaco "es el estado en que el espíritu se reencuentra a sí mismo hasta en los sentidos, al igual que los sentidos se reencuentran en el espíritu". Esto concierne a los tipos de hombres superiores en quienes incluso las experiencias más estrechamente ligadas a los sentidos "terminan por transfigurarse en una imagen y una borrachera de la más alta espiritualidad".

Seria posible indicar múltiples correspondencias entre este último punto y las doctrinas, vias y prácticas muy elaboradas del mundo de la Tradición. Uno de los aspectos del dionisismo en sentido amplio es la capacidad de superar existencialmente la antítesis de "espíritu" y "sentidos", antítesis característica de la moral religiosa que hasta hace poco prevalecía en Occidente.

Lo que permite superar de hecho esta antítesis, es la otra cualidad, que insertada en el dominio de los sentidos, transforma catalíticamente, por así decirlo, la fuerza motriz.

En cuanto a la capacidad de abrirse sin perderse, sobre todo en un período de disolución, tiene particular importancia. Es el medio de permanecer por encima de toda eventual transformación, incluso de la más peligrosa: el limite extremo podría ser indicado por este fragmento de los Upanishad que trata de aquel contra quien la muerte no puede nada, porque ella se ha convertido en una parte de su ser. En este estado, lo que, viniendo del exterior, alteraba o conmovería nuestra época, puede, pues, convertirse en un estimulante para la activación de una libertad y de posibilidades siempre más amplias. La dimensión de la trascendencia que se mantiene en todos los flujos y los reflujos, en cada ascenso y en cada descenso, jugará, aquí también, un papel de transformador. Evitará cualquier identificación obnubilada con la fuerza de la vida, para no decir nada de todo lo que podría impeler a una sed de vivir, el impulso desordenado a buscar sólo en las sensaciones un sucedáneo a la significación de la vida y a aturdirse en las acciones y las "realizaciones". Hay, pues, coexistencia de un distanciamiento y de una existencia plenamente vivida, hay uni6n constante entre el calmado "ser" y la sustancia de la vida. La consecuencia de ello es, existencialmente, un tipo de embriaguez muy especial, lúcida, que podríamos casi decir intelectualizada y magnética, completamente opuesta a la que deriva de la apertura extática al mundo de las fuerzas elementales, de¡ instinto y de la "naturaleza". En esta especialísima embriaguez, sutil y clara, debe verse el alimento necesario para una exútencia en estado libre en un mundo caótico, abandonado a sí mismo.

Más adelante tendremos varias ocasiones para indicar algunas especificaciones de esta embriaguez. Pero, por el momento, lo importante es sentir de una forma precisa, la oposición esencial que existe entre el estado en cuestión y las actitudes de¡ mundo moderno que se han manifestado al margen de una especie de revuelta contra el racionalismo o el puritanismo, cualificándose frecuentemente como un ,,nuevo paganismo" y siguiendo vias análogas a las de un "dionisismo" negativo de Nietzsche ("la exuberancia, la inocencia, la plenitud, la alegría de vivir", el ágape, el éxtasis, el sexo, la crueldad, la embriaguez, la primavera, "toda una escala de luces y colores que va de formas semidivinas, en una especie de divinizaciones de¡ cuerpo, hasta las de una sana semianimalidad y a placeres humildes de naturalezas no corrompidas", esto fue escrito refiriéndose particularmente al mundo antiguo). Como hemos demostrado, es un espíritu parecido el que inspira una gran parte del culto moderno de la acci6n, a pesar de los aspectos mecánicos y abstractos que ésta presenta frecuentemente. En la perspectiva que, por el contrario, nos interesa aquí, se trata de la claridad y de la presencia de sí mismo, con ocasión de todo reencuentro y de toda evocación de la calma que coexiste con el movimiento y los cambios, y crea así, a lo largo de la vida recorrida, una continuidad que es también la de una invulnerabilidad y de una invisible soberanía.

Es preciso también para esto una especie de libertad en relación al pasado y al porvenir, la intrepidez de un alma libera a e os lazos del pequeño yo, el "ser" que se manifiesta bajo la forma de "ser en acto". La naturaleza necesaria en este modo de ser impide hablar de "heroísmo" para caracterizar algunas de sus manifestaciones particulares: es ajena a todo lo que se asocia, casi siempre patético o romántico, individualista, retórico, o incluso exhibicionista, con las concepciones modernas, del "heroísmo". Y esperamos que no sea necesario subrayar aquí que ésta palabra "acto" no debe prestarse a ninguna aproximación con una filosofía universitaria neo-hegeliana de ayer, la cual se centraba sobre este concepto.

1 1. - La acción sin deseo. La ley causal.

Dirigiremos ahora nuestra atención sobre un aspecto particular de la actitud que examinamos aquí, aspecto que puede aplicarse a un dominio más amplio y que no es necesariamente excepcional: el campo de la vida activa, entendido como el de las obras, actividades y realizaciones de las que el individuo toma deliberadamente la iniciativa. No se trata aquí de la simple experiencia vivida, sino de procesos ordenados para alcanzar un fin. La conformación ya indicada del tipo humano que nos interesa, debe desembocar, a tal efecto, en una orientación que el mundo de la Tradición había ya resumido esencialmente en dos máximas fundamentales. La primera de estas máximas dice que es preciso actuar sin tener en consideración los frutos, sin que sea determinante la perspectiva de éxito o fracaso, de victoria o derrota, de ganancia o de pérdida, así como tampoco, las de placer o dolor, de aprobación o desaprobación de los demás.

Se ha llamado también a esta forma de acción la "acción sin deseo", y en ella la dimensión superior, cuya presencia se presupone en uno mismo, se afirma en la capacidad de actuar con una aplicación no menor, sino, por el contrario, más grande, de la que puede dar prueba un tipo de hombre diferente en las formas ordinarias de la acción condicionada. Aquí puede hablarse también de un "hacer lo que ser hecho" con impersonalidad. La coexistencia de los dos principios, necesaria para ello, aparece más nítidamente en la segunda máxima tradicional a la que hacíamos alusión, que es la de "actuar sin actuar". Es una forma paradójica extremo-orienta de indicar una forma de acción que no entraña, ni "mueve" al principio superior, al "ser" en si, el cual permanece, sin embargo, como verdadero sujeto de la acción, aquel a quien debe su fuerza motriz primaria y que la sostiene y gula desde el principio al fin.

Es evidente que una orientación así se aplica sobre todo al dominio donde se ejerce sin obstáculos la influencia determinante, a la vez de la "naturaleza propia", y de todo lo que deriva de la particular situación que uno ha asumido activamente, como individuo, en la existencia. Es precisamente a este marco al que se refiere esencialmente la máxima que propone que se actúe sin pensar en los frutos y que se haga lo que debe ser hecho: el contenido de una acción así no es dado por iniciativas que nazcan de la negación de la pura libertad, sino que es definido por la propia ley natural interior.

Mientras que la actitud dionisíaca afecta principalmente al aspecto receptivo de la prueba de la confirmación de sí mismo en el seno del devenir y, eventualmente, ante lo imprevisto, lo irracional y todo lo que es problemático, la orientación de lo que acabamos de hablar se refiere al aspecto específicamente activo y, de alguna manera, exterior, del comportamiento y de la expresión personal. Otra máxima del mundo de la Tradición puede aplicarse a este segundo caso: "Ser entero en los fragmentos, recto en lo curvo". Hemos hecho alusión, evocando toda una categoría de actos que, en realidad, son periféricos y I pasivos", que no comprometen la esencia, son casi reflejos automáticos y reacciones irreflexivas de la sensibilidad. Incluso la pretendió plenitud de la simple "vida", en gran parte biol6gicamente condicionada, no pertenece, en el fondo, a un plano mucho más elevado. La acción que parte del núcleo profundo del ser, supraindividual en alguna medida y que toma la forma de un "ser en tanto que se es acto", ofrece otro carácter. Se permanece entero en estas acciones, cualquiera que sea su objeto. Su cualidad es invariable, indivisible e inmultiplicable: es una pura expresión de sí mismo, sea en la obra m modesta de un artesano como en un trabajo de mecánica de precisi6 o en la acción adecuada, realizada ante el peligro, en un puesto de mando, de control de grandes fuerzas materiales y sociales. Peguy n ha hecho más que enunciar en principio ampliamente aplicado en e mundo de la Tradición, cuando dice que el trabajo bien hecho es un verdadera recompensa en sí mismo y que el verdadero artesano ejecuta con igual cuidado un trabajo que será visto y un trabajo que no lo será. Volveremos sobre este tema en uno de los capítulos siguientes.

Un punto particular que merece quizás ser tenido en cuenta concierne a la verdadera significación de esta idea según la cual el placer y el dolor no deben tenerse en cuenta como móviles, cuando se hace lo que debe ser hecho. Esto podría fácilmente hacer pensar en una línea de conducta próxima a un "estoicismo moral", con la aridez y la falta de impulso que esto comporta. El hombre que actúa partiendo de la "vida" y no del ser", difícilmente conseguirá imaginarse que una orientación de este tipo sea posible cuando no se obedece a ninguna norma abstracta, a ningún "deber" superpuesto al impulso natural del individuo, porque este impulso incitarla, por el contrario, a buscar el placer y a huir del dolor. Se trata, aquí, en todo caso, de un lugar común que deriva, en realidad, de una generalización arbitraria de ciertas situaciones, donde el placer y el dolor son vistos en sí, como algo desgajado que consideraciones de orden racional transforman en móvil de acción. Pero en toda naturaleza "sana" (es el momento oportuno de emplear esta expresión) situaciones de este género son mucho menos frecuentes de lo que se cree: sucede a menudo que el punto de partida no es una reflexión, sino un cierto movimiento vital que, desarrollándose, tendrá como resonancia el placer o el dolor. Y puede hablarse, efectivamente, de una "decadencia" vital, cuando uno coloca en primer lugar en su vida, solamente los valores hedonistas y eudemonistas. Esto implica una escisión y una "desanimaci6n" que recuerdan la forma que puede tomar el placer amoroso para el depravado y el vicioso: en él, lo que brota naturalmente del movimiento del eros cuando éste encuentra su realización en la posesión de la mujer y en el abrazo, se convierte en un fin separado, al cual todo lo demás sirve de medio.

De todas formas, lo importante es establecer la distinción -conocida por las enseñanzas tradicionales- entre la felicidad (o el placer) ávido y la felicidad (o placer) heroico (empleamos aquí el término "heroico" con las reservas ya expresadas), distinción correspondiente también a dos actitudes y a dos tipos opuestos de hombres. El primer tipo de felicidad o de placer pertenece al plano naturalista y se caracteriza por la pasividad respecto al mundo de los impulsos, de los instintos, de las pasiones y las inclinaciones. El fondo de la existencia naturalista ha sido tradicionalmente descrito como deseo y como sed, y el placer ávido como aquel que se liga a la satisfacción del deseo en términos de un momentáneo desahogo de la sed ardiente que mueve la vida hacia delante. El placer "heroico" es, por el contrario, el que acompaña a una acción querida que parte del "ser", del plano superior a la vida; de una cierta forma se confunde con la embriaguez especial de la que ya hemos hablado.

El placer y el dolor prohibidos por la norma de la acción pura son los del primer tipo, es decir, del tipo naturalista. Pero la acción pura comporta la otra clase de placer o felicidad, de tal manera que sería falso pretender que se despliega en un clima árido, abstracto y sin vida; en ella también puede haber un fuego y un impulso pero de un género muy particular, caracterizados por la presencia y una transparencia constantes del principio superior, sereno y distanciado que es aquí, como ya hemos dicho, el verdadero principio actuante. Es importante en esta perspectiva no confundir la forma de acción (es decir su significado íntimo, el modo en que vale para el yo) con su contenido. Todo lo que puede servir de objeto de placer ávido y pasivo, puede, en principio, ser también objeto de placer heroico y positivo, y viceversa. Decimos "en principio", pues se trata de una dimensión diferente, que puede contenerlo todo, comprendidas posibilidades ajenas al dominio de la existencia natural condicionada. En la práctica son muchos, sin embargo, los casos en que esto es verdadero y posible con la única condición de que se produzca este cambio de cualidad, esta transmutación de lo sensible en lo hipersensible, en la que acabamos de ver uno de los aspectos principales de un dionisismo completado y rectificado.

Conviene poner en relieve, finalmente, la analogía existente entre el placer positivo o heroico y el que, incluso en el plano empírico, acompaña a una acción perfecta en todos los casos en que su estilo es, en alguna manera "comprometido" e "integral". Es una experiencia frecuente la de¡ placer particular que acompaña, en general, el ejercicio de una actividad, cuando después de los esfuerzos que han sido necesarios para asimilarla sin estar empujado por la idea de un "placer ávido", se vuelve una habilidad, una espontaneidad de orden superior, una maestria, casi un juego. Todos los elementos que hemos considerado en este párrafo se completan, pues, reciprocamente.

Añadiremos algunas consideraciones relativas a un aspecto más exterior, el de las interacciones a las que se expone el individuo "integrado", en el sentido que damos a este término en la medida en que está situado en una sociedad, una civilización y un medio cósmico determinado.

Acción pura no significa acción ciega. La regla que prohibe tener en cuenta las consecuencias se refiere a los móviles efectivos e individuales, y no a las condiciones objetivas, cuya acción debe tenerse en cuenta para ser, en la medida de lo posible, una acción perfecta, o al menos, para no estar abocada al fracaso desde el principio. No se puede triunfar: esto es secundario, pero ello no debe depender de una ignorancia de todo lo que condiciona la eficacia de la acción, es decir, en general, relaciones de causalidad y de la ley de las acciones y reacciones concordantes. Puede ampliarse esta perspectiva, a fin de precisar la actitud que puede adoptar sobre todos los planos el hombre integrado, tras haber eliminado las nociones corrientes de bien y mal. La superación objetiva del plano de la moral, sin pozos, ni polémica se realiza, en efecto, por el conocimiento de las causas y de los efectos y por una conducta que solo tiene este conocimiento como base. La noci6n moral de "pecado" debe sustituirse por la noción objetiva de "falta" o, más exactamente, de "error". Para quien ha situado su propio centro en la trascendencia, la idea de "pecado" tiene tan poco sentido como base. La noción moral de "pecado" tiene tan poco sentido como las nociones corrientes y, por lo demás, variables de bien y de mal, de licito e ilícito. Todas estas nociones están quemadas, no pueden reaparecer más. Si se prefiere, pierden su valor absoluto y son puestas objetivamente a prueba en función de las consecuencias de hecho derivadas de una acción interiormente liberada de tales nociones.

Al igual que para las demás formas de comportamiento y mencionadas, que convienen en una época de disolución, se encuentra, aquí también una correspondencia precisa en ciertas enseñanzas tradicionales. Podemos hacer referencia especialmente a esta concepción bastante conocida, pero casi siempre mal comprendida, debido a sobreañadidos moralizadores, la llamada ley de¡ karma. Concierne a los efectos producidos en todos los planos por actos determinados, de forma natural y directa, sin ningún carácter moral positivo o negativo, ni de sanción moral, sino simplemente porque esos actos contienen ya la causa. Es la extensión del carácter propio a las leyes físicas, tal como las concibe la ciencia moderna: no implican ninguna sujeción interior en cuanto a la conducta a seguir después de que se las ha reconocido. Por lo que concierne al "mal" hay un viejo proverbio español que expresa esta idea: "Dios ha dicho: toma lo que quieras y paga el precio" y el Corán dice también: "El que hace mal, se lo hace a sí mismo". Se trata, pues, de divisar la posibilidad de algunas reacciones objetivas; si se acepta, incluso cuando son negativas, la acción sigue siendo libre. Puede observarse que, en principio, los determinismos propios a los que se ha llamado el "destino" en el mundo Tradicional y que servían de base a diversas formas de adivinación y de oráculos, fueron, también, considerados desde este ángulo: se trataba de ciertas direcciones generales objetivas de los acontecimientos, que se podían tener o no en cuenta tras haber medido las ventajas y los riesgos inherentes al decidirse en uno u otro sentido. Por analogía: sabiendo que las previsiones metereol6gicas son desfavorables se puede abandonar o mantener un proyecto de ascensión difícil o un vuelo. Si no se renuncia al proyecto, se acepta el riesgo desde un inicio. Pero la libertad permanece. Ningún factor moral entra en juego. En algunos casos la "sanción natural' el karma, puede ser parcialmente neutralizado. Siempre por analogía: se puede saber con anticipación que una cierta forma de vivir extrañará probablemente enfermedades. Puede uno no inquietarse y recurrir luego, en caso de riesgo, a la medicina para neutralizar los efectos. Entonces todo se reducirá a un juego de reacciones diversas y la salida última dependerá de la que sea más fuerte. La misma perspectiva y el mismo comportamiento son igualmente válidos en un plano no material.

En el caso de un ser que ha alcanzado un alto grado de unificaci6n, todo lo que se asemeja a una "sanción interior" puede ser interpretado de la misma forma -sentimientos positivos en el caso de una determinada línea de acción, sentimientos negativos en una línea de actuación opuesta, es decir, según que esta línea sea conforme o no al "bien" y al "mal" en función del contenido concreto que pueden tener estos conceptos en relación a una sociedad o a una clase social, una civilización o una época dadas. Fuera de las reacciones puramente externas, sociales, se puede sufrir, experimentar un sentimiento de "falta" o de vergüenza cuando se actúa en contra de la tendencia que, a pesar de todo, prevalece en el fondo de uno (para el hombre ordinario, es siempre su condicionamiento hereditario y social, actuando en su subconsciente) y no ha sido más que aparentemente reducida al silencio por otras tendencias y por lo arbitrario del "yo físico"; cuando, al contrario, se siga esta tendencia, se obtendrá un sentimiento de satisfacción y apaciguamiento. En fin, la "sanción interior" negativa puede intervenir hasta el punto de provocar una catástrofe en el caso ya señalado, en que, partiendo de una vocación considerada como la más profunda y auténtica, se haya escogido un cierto ideal y una cierta línea de conducta, pero que luego se ha ido cediendo a otras tendencias y que se constata pasivamente su propia debilidad y el fracaso, dejando subsistir la disociación interna debido a la pluralidad no coordinada de las tendencias.

Estas reacciones efectivas tienen un carácter y una orientación puramente psicológicos; pueden ser indiferentes a la cualidad intrínseca de los actos, no tienen una significación trascendente, es decir, un carácter de "sanción moral" y no se debe superponerlos a una mitolología de interpretaciones morales si se ha alcanzado la verdadera libertad interior. Es precisamente en estos términos objetivos como Guyau, Nietzsche y varios otros más han hablado de esos fenómenos de la "conciencia moral" sobre la que diversos autores han intentado fundar casi experimentalmente -pasando ¡legítimamente del plano de los derechos psicológicos al de los valores puros- una ética no basada abiertamente en imperativos religiosos. Este aspecto desaparece automáticamente cuando el ser se unifica y la acción parte de esta unión; precisemos, para eliminar completamente todo lo que implicaría un límite o un apoyo cualquiera cuando el ser se convierte en uno queriéndolo, habiendo escogido la unidad: pues, aquí también se presupone una elección, cuya orientación no es obligatoria. Puede aceptarse o querer también la no-unidad; en la categoría de los tipos superiores de los que nos ocupamos, puede haber quienes puedan permitírselo. En semejante caso, la unidad, en el fondo, no está realmente ausente, sino que, más bien, dcsmaterializada, subsiste en un plano más profundo, invisible.

Se puede, por fin, recordar, entre parentésis, que, en la Tradici6n misma a la cual se refiere la doctrina de¡ karma, no se ha excluído la posibilidad de una desaparición, no sólo de las reacciones emotivas de las que acabamos de hablar ("impecabilidad", neutralidad interior en el bien y en el mal) sino también de la neutralización 1 1 mágica" (si podemos expresamos así) de las reacciones propiamente kármicas en el caso de un ser que haya realmente quemado su parte natural, estando, pues, activamente desindividualizado.

Esta parcial digresión podrá servir, quizás, a poner de relieve más claramente de qué manera puede eliminarse impersonalmente el plano "moral" sin ningún pasos, tomando en consideración la ley de la casualidad contemplada en toda su extensión. Anteriormente habíamos ya examinado el dominio de la acción exterior, donde se impone ya el conocimiento de esta ley. En el dominio interior, se trata de saber qué "golpes del propio yo" pueden eventualmente resultar de ciertos comportamientos y regirse, en consecuencia, con la misma objetividad. El complejo del "pecado" es una concreción patológica nacida bajo el signo del Dios-persona, del "Dios de la moral". La conciencia de un error cometido, que reemplazando al sentimiento del pecado ha sido, por el contrario, uno de los rasgos característicos de las tradiciones con un carácter metafísico, es un tema que el hombre superior puede hacer suyo en la época actual más allá de la disolución de los residuos religiosos, siguiendo la línea precedentemente indicada. Las observaciones siguientes de F. Schuon aportan, sobre este punto, esclarecimientos complementarios: "Los hindúes y los extremoorientales no tienen visiblemente la noción de "pecado" en el sentido semítico del término; no distinguen las acciones bajo la relación de un valor intrínseco sino bajo el de la oportunidad en vistas de las reacciones c6smico-espitituales y también bajo el de la utilidad social; n distinguen lo "moral" de lo "inmoral", sino entre lo ventajoso y 1 nocivo, lo agradable y lo desagradable, lo normal y lo anormal, ex puestos incluso a sacrificar el primer término -pero fuera de toda cla sificaci6n ética- al interés espiritual. Pueden llevar la renuncia, la ab negación, la mortificación, hasta el limite de lo que es humanamente posible, pero sin, por ello, ser "moralistas".

Podemos, pues, concluir con estas observaciones la parte principal de nuestra investigación. En resumen, el hombre para el cual la nueva libertad no significa la ruina porque posee, ya sea por su estructura especial o porque esté en condiciones de conquistarla gracias a una ruptura existencias de nivel que reestablczca el contacto con la dimensi6n superior del "ser" una base sólida en sí mismo, tal hombre hará suya una visión de la realidad despojada del elemento humano y moral, liberada de las proyecciones de la sentimentalidad y de la subjetividad, de las superestructuras conceptuales, finalistas y teístas. Esta reducción a la realidad pura en el plano de la visión general del mundo y de la existencia será precisada a continuación. Tiene por contrapartida el hecho de que la persona misma se refiere al ser puro: la libertad de la existencia pura, sobre el plano exterior, con su propia norma, norma de la que hará su propia ley, en la medida en que, desde el inicio, el ser no es uno, donde tendencias secundarias y divergentes coexisten y donde factores externos buscan ejercer una influencia.

Prácticamente, en el dominio de la acción, hemos considerado un régimen de experiencias que comportan dos grados y dos fines: el conocinimiento-prueba de si mismo, primero en tanto que ser determinado, luego como ser en quien está efectivamente presente la dimensi6n de la trascendencia. Esta constituye el fundamento último de la propia ley de cada ser y, por eso mismo, su suprema justificación. Tras el hundimiento de todo, en un clima de disolución, el problema de una significación incondicionado e intangible de la vida no comporta más que una solución: asumir, directamente su ser desnudo en función de la trascendencia.

En cuanto a la forma general de comportamiento a adoptar respecto al mundo, una vez obtenidas de la forma indicada, una clarificaci6n esencial y una confirmación de si mismo, hemos visto que consiste en una apertura intrépida a toda experiencia posible, sin lazos, estrechamente confundida con el desapego. El hecho de que implique una alta intensidad de vida y un régimen de superación propio para reavivar y alimentar en si el sereno principio de la trascendencia, esta orientación tiene algunos rasgos comunes con lo que Nietzsche ha llamado el estado dionisíaco: pero dada la forma en que ese estado debe ser completado, el término de "apolinismo dionisíaco" es quizás el más adecuado. Sin embargo, cuando en las relaciones con el mundo, se trata, no de la experiencia vivida en general, sino de una manifestaci6n de sí mismo a través de las obras y de las iniciativas activas, la actitud adecuada consiste en permanecer entero en cada acto, actuar de manera pura e impersonal, "sin deseo", sin apego.

Hemos hablado también de un estado particular de embriaguez lúcida ligada a toda esta orientación y muy esencial para el tipo de hombre que estudiamos aqui, pues reemplaza la animación que, en un mundo diferente, podría serle dada por un medio formado por la Tradición, lleno de sentido, en consecuencia, o por la adhesión subintelectual a la afectividad y a los impulsos, al fondo vital de la existencia, al puro bios. Hemos, por fin, consagrado algunos comentarios al realismo de la acción, el régimen de¡ conocimiento que conviene sustituir a la mitología de las sanciones morales interiores y del "pecado".

Quien conozca otras de nuestras obras podrá encontrar la correspondencia existente entre esas perspectivas y algunas orientaciones que caracterizaron, en otro tiempo, escuelas y corrientes del mundo de la Tradición, pero que pertenecían, casi siempre, sólo a la "doctrina interna". Repitamos lo que ya hemos dicho, a saber, que sólo por razones contingentes y de oportunidad, hemos examinado temas desarrollados por algunos espíritus modernos. Nietzsche en particular: más precisamente con el fin de establecer una relación con los problemas de los que ya se han preocupado espíritus europeos que ya habían visto la llegada a del ihilismo, del mundo sin Dios, y habían intentado superarlo de forma positiva. Debe quedar bien claro, en efecto, que podríamos haber eludido completamente tales referencias. Igualmente no es más que con el propósito de establecer un acercamiento oportuno con lo que ya había sido, más o menos confusamente, presentido por algunos autores contemporáneos, por lo que juzgamos oportuno tratar brevemente esta corriente conocida bajo el nombre de existencialismo, antes de estudiar algunos dominios particulares de la cultura y de las costumbres de hoy, para precisar la actitud que conviene adoptar frente a ellas.


Publicado en: Tradición Perenne