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La memoria de la Otra Europa

Literatura

Konrad Lorenz, moralista

Konrad Lorenz, moralista

Insistiendo a justo título en el derecho de cada uno a la igualdad de oportunidades –afirmaba Konrad Lorenz–, se ha llegado, en un espíritu de confusión pseudodemocrática, a la convicción de que la aptitud para la utilización de oportunidades es también la misma para todos, y que se puede hacer paralelamente de todo no importa qué. Para negar que existen entre los hombres diferencias innatas, se ha postulado que es posible condicionarlo para cualquier cosa. Gracias a Dios, este no es el caso".

La especie humana atraviesa actualmente un periodo de "cambio". El orden antiguo ha muerto. El nuevo orden aun no ha nacido. Estamos en un interregnum, el momento que precede a la regeneración y al "retorno" (Umschlag) de la historia.

La aptitud a la cultura es la que sufre la mayor amenaza. Ahora bien, nos asegura Konrad Lorenz que esta aptitud no es otra cosa que "el órgano de la civilización".

Aquí, pueden descubrirse, explica, "la dualidad de dos mecanismos antagonistas: uno que tiende a fijar lo que es adquirido, en tanto que otro intenta suprimir gradualmente lo fijado a fin de reemplazarlo por una realidad superior. La falta de fijeza provoca la formación de monstruos, tanto en el dominio de la herencia genérica como de la tradición cultural. La falta de cambios entraña la pérdida de poder de adaptación, la muerte del arte y de la cultura". En otros términos: cuanto más se escleriotiza el orden, más se destruye.

Conclusión: "Cada generación debe recrear un nuevo equilibrio entre el mantenimiento de la tradición y la ruptura con el pasado".

Y, precisamente porque este mecanismo está fallando, Konrad Lorenz se hizo moralista, inquieto ante "la degradación de la calidad de la vida".

Un ser de cultura

En el libro que publicó, apresuradamente, en 1973, Los siete pecados capitales de la civilización (que se continúa con El reflejo del espejo, 1975), Lorenz enumera los siete grandes "errores" principales que amenazan no solamente nuestro futuro inmediato, sino la existencia misma de la especie humana.

La obra comienza con esta declaración: "La humanidad es, hasta el momento, un todo funcional que está completamente perdido en busca de su camino".

Cada uno de estos "pecados capitales" se remite a las amenazas del conjunto, dejando ver que la solución es imposible para cada uno de ellos por separado: la superpoblación y (sobre todo) el desequilibrio demográfico, la contaminación y el expolio de los recursos naturales, el stress provocado por el terrorismo y la posibilidad de ser un objetivo potencial, el peligro atómico, etc. Pero (sorpresa) no es en estos peligros "evidentes" en los que Konrad Lorenz más insiste, sino en los otros menos conocidos, a saber: "las perturbaciones de un comportamiento que tiene, en su origen, un valor para el mantenimiento de la especie".

En primer lugar, la ruptura del equilibrio entre las pulsiones agresivas y las inhibiciones tradicionales.

En sus trabajos anteriores, Konrad Lorenz había dejado establecido que la agresividad, lejos de ser una "pulsión patológica", tiene como finalidad la supervivencia de los individuos y los grupos. En un mundo donde el antagonismo es la regla, contra más un organismo esté desprovisto de agresividad, más vulnerable es y más inadaptado a la vida se encuentra.

La agresividad, como la mayor parte de las pulsiones instintivas, pone en juego las reacciones afectivas emocionales ("animales"), que se ponen en marcha espontáneamente. Estas reacciones encuentran su localización física en lo que el fisiólogo Paul McLean denominó "viejo cerebro" (situado en el hipotálamo), por oposición al neocortex, lugar de las reacciones racionales y "humanas".

En el individuo normal, las pulsiones que se forman a nivel del paleocortex son en general dominadas por el neocortex. En caso contrario, el hipotálamo bloquea el cortex y la razón parece paralizada: esto explica ciertas características de la psicología de los locos y los dementes.

En el seno de la sociedad, se descubre esta misma interacción entre el orden y el desorden, entre las pulsiones racionales y las pulsiones afectivas.

"Como justamente comentó Arthur Gehlen –nos dice Lorenz–, el hombre, por su naturaleza, es decir su filogénesis, es un ser de cultura. Por decirlo de otra forma, sus impulsos naturales y su control consciente, impuesto por la sociedad forman un sistema único en el interior del cual estos dos factores son complementarios".

En La ley natural (1971), Robert Ardrey dejó escrito: "Sin el orden, que solamente puede crear la sociedad, el individuo vulnerable perece. En revancha, sin un cierto desorden permitiendo y favoreciendo el pleno desarrollo de la diversidad de sus miembros, la sociedad se marchita y se disgrega en las competiciones de la selección del grupo".

Normalmente, entre las tendencias contradictorias se establece un equilibrio mediante un fenómeno de regulación interna análogo al feed-back ("retroalimentación") de la cibernética.

Konrad Lorenz piensa que este equilibrio, en la sociedad humana contemporánea, se ha roto, y por ello estamos pasando por "oscilaciones" cuya amplitud puede devenir temible.

"La opinión que se eleva contra una opinión siempre responde a una razón –observa. Pero si en este enfrentamiento la oposición adopta formas tan exageradas que no se toma tiempo en comprender al contrario, si la opinión reinante se enfrenta toda y de golpe, entonces, el péndulo oscila en sentido inverso hacia una opinión igualmente exagerada". Las pasiones y las ideologías acentúan este fenómeno, que desemboca ya en la dictadura ya en la anarquía. Ambas, por cierto, "dictadura" y "anarquía" pueden estar encubiertas "democráticamente".

Es probable que en este sentido pueda apreciarse mejor el problema de la demografía. Porque "Es importante no solamente saber cuántos hombre puede sustentar la Tierra, sino también a partir de qué densidad, de qué proximidad, los hombres comienzan a agredirse los unos a los otros".

¿Qué hacer para que la agresividad no adopte formas patológicas? Lorenz señala que sería vano esperar hacerla desaparecer suprimiendo las "situaciones estimulantes" en las cuales se pone en marcha el comportamiento agresivo, o bien oponiendo al mismo un veto moral: "La puesta en práctica de uno u otro de los dos métodos equivaldría a pretender disminuir la presión de una caldera cerrando la válvula de seguridad".

Lo único humanamente posible sería reorientar la agresividad natural hacia formas de actividad que permitan una "descarga catártica": la competición científica, el deporte, que provoca el "entusiasmo militante", etc.

La "tibieza mortal" del mundo contemporáneo

Otro peligro: la desviación del sentimiento innato que posee todo individuo normalmente constituido para proteger a los más débiles y revolverse contra la injusticia.

En su estado natural, este sentimiento contribuye, también, a la supervivencia del grupo. En una sociedad evolucionada, donde la selección natural ya no actúa, tal sentimiento puede, por el contrario, provocar la disolución de la sociedad.

En 1940, Konrad Lorenz había escrito: "En los tiempos prehistóricos de la humanidad, la selección por medio de la dureza, el heroísmo, la utilidad social, etc., se había efectuado únicamente por factores exteriores hostiles. En la actualidad, este rol ha sido sustituido por una organización humana" (Zeitschrift für angewand Psychologie und Charakterkunde).

En una entrevista con Friedrich Hacker (Agresión y violencia en el mundo moderno, 1972), Lorenz comenta: "Desgraciadamente, los intereses de la especie se oponen a las exigencias humanas".

En 1973 precisaba: "Los sentimientos humanos que debemos tener para cada uno en particular se oponen a los intereses de la especie humana en general. La piedad que debemos hacia nuestros congéneres, cuya inferioridad puede provenir de lesiones irreversibles de la infancia o de taras hereditarias, nos empuja a protegerlos de los seres normales. Por otra parte, no podemos emplear los calificativos de "superior" e "inferior", hablando de seres humanos, sin ser sospechosos de defender la cámara de gas".

Ejemplo: "En sus conferencias en la clínica Menniger de Topeka, Hacker citaba el caso de un asesino sometido a un tratamiento psicoterapéutico, más tarde considerado sano y puesto en libertad. Al poco tiempo, cometió un nuevo asesinato, y después otro más. Fue necesario que este hombre ejecutase a su cuarta víctima para que una sociedad engreída de principios humanitaristas democráticos y conductistas admitiese que tal hombre presentaba un peligro público".

"La convicción elevada al rango de religión –prosigue Lorenz– de que todos los hombres son iguales y que las taras y defectos del criminal son debidas a una educación fallida por la falta de los educadores, contribuye a aniquilar el normal sentimiento del bien y del mal, premiando moralmente al culpable, que se considera a sí mismo como una víctima de la sociedad (...) El individuo deficiente en el dominio afectivo y social es un enfermo digno de compasión. Pero la deficiencia es el mal en sí".

Konrad Lorenz llama nuestra atención sobre la "debilidad mortal" (Wärmetod: la "muerte caliente") reinante en el mundo contemporáneo.

En la naturaleza, "cada aprendizaje de un comportamiento, conformado con una recompensa, empuja al organismo a acomodarse a situaciones penosas, a causa del placer obtenido. Dicho de otra forma, el organismo acepta sin protestar situaciones que, antes del entrenamiento, habrían provocado por su parte reacciones de aversión e inhibición. Un perro o un lobo, por ejemplo, para apoderarse de una fuente de alimentos suculentos, sería capaz de hacer una serie de cosas que normalmente se negaría a hacer, como atravesar zarzas, saltar sobre agua fría, exponerse a peligros para él evidentes, etc."

Brevemente, cuanto más se desea una cosa, más se acepta sufrir para obtenerla. Este equilibrio entre "placer" y "sufrir" es la base de toda economía.

Durante siglos, los hombres han dado valor a las cosas que les ha costado trabajo procurarse. "A las rudas semanas, felices fiestas", decía Goethe. Esos tiempos han pasado. "Por la dominación progresiva de su medio, el hombre moderno ha desplazado, por la fuerza de las cosas, el equilibrio "placer-sufrir" en el sentido de una hipersensibilidad creciente en desconsideración de toda situación penosa, y por ello su capacidad de juicio de ha debilitado".

"No somos conscientes de hasta qué punto dependemos del "confort" moderno. La más modesta empleada del hogar se revolvería violentamente si pusiesen a su disposición una habitación con la misma calefacción, la iluminación y la litera que en su tiempo pudieron disponer el emperador Carlos V o la duquesa de Weimar".

La hipersensibilidad al sufrimiento hace inaccesible la alegría: "Helmut Schulze ha señalado el hecho sorprendente de que ni la palabra ni el concepto de "alegría" aparecen en toda la obra de Freud. Freud conoce el goce y el placer, pero no la alegría. Cuando, dice Schulze, se accede a la cima de una montaña difícil de subir, con los músculos dolorosos, los dedos entumecidos por la escalada y la perspectiva de afrontar los mayores riesgos y dificultades en el descenso, uno no piensa en el placer, sino en la alegría".

Gracias a la manipulación de la moda, una cierta industria tiende a fomentar este deseo de satisfacción inmediata, creando necesidades y produciendo "objetos-inmediatamente-obsoletos" (built-in-obsoletion).

"La intolerancia a la pena, que no cesa de aumentar en nuestros días, transforma los altos y los bajos naturales de la vida humana en una planicie artificialmente nivelada. Y esta tendencia engendra un aburrimiento mortal".

El hombre cuyo placer está debilitado por el hábito y la facilidad está, en efecto, predispuesto a buscar emociones siempre nuevas, siempre más fuertes, a desear aquello que está más allá de la norma: la droga, las perversiones, la violencia...

"Los hombres –continúa Lorenz– están hoy día aquejados de un estado de ablandamiento peligroso que puede conducir verdaderamente a la ruina de la cultura".

El amor enfermo por la novedad se denomina "neofilia". Una exageración patológica de este rasgo característicamente humano es la "neotenia", la exigencia de una satisfacción inmediata de todo deseo en germen, que es un rasgo característico de la infancia, comenta Lorenz. Antaño, al transformarse en adulto, el adolescente aprendía la paciencia. Hoy, la paciencia es una cualidad inútil: la "infancia mental" se extiende en el tiempo más allá de la "infancia psicológica". El igualitarismo, que alinea a todos por lo más bajo, además de infantilizar a los adultos, añade las desventajas de una civilización fool-proof, valga decir donde los "imbéciles" pueden ocupar los primeros puestos.

"La cuestión está en saber si las características infantilizantes del programa genético están en trámite de desarrollarse en proporciones desastrosas".

El desmoronamiento de la tradición

Konrad Lorenz constata grandes analogías entre el desarrollo de los individuos y la evolución de las civilizaciones, y la filogénesis de las especies.

La ideología que domina en el presente, nos comenta, es una ideología del menor esfuerzo, que rechaza toda jerarquía y toda contrariedad. Ahora bien, la aceptación de la contrariedad, bajo todas sus formas, es una de las características de la madurez. En las doctrinas igualitarias, se da, al contrario, un utopismo pueril que encuentra en el culto a lo infantil ("el niño al poder") una prolongación natural. Según Rousseau, el hombre, en su estado de naturaleza, es intrínsecamente "bueno": la sociedad le corrompe: según ciertas tesis a la moda, el carácter del niño es naturalmente inocente: el adulto le corrompe. La querella generacional ocupa así su lugar ideológico-socio-político.

"La revolución de la juventud actual está fundada sobre el odio. La juventud revuelta reacciona contra la generación anterior como lo haría un grupo cultural contra una etnia extranjera".

Konrad Lorenz señala, sin embargo, que la revolución juvenil no es un mal en sí. El adolescente, como el cangrejo, debe refugiarse en su caparazón para crecer: para liberar su personalidad propia debe tomar distancias frente a ese mundo con que se identificó siendo infante. Los tiempos de la "justa medida" vendrán después. Hasta aquí todo es normal.

"En la época de la pubertad, los jóvenes se desapegan de la tradición paternal. Su función generacional debe ser la de criticar, hasta cierta medida, los antiguos ideales, de investigar nuevos caminos y tácticas (...) pero, al mismo tiempo, la coherencia de la tradición jamás debe ser verdaderamente rota".

Konrad Lorenz responsabiliza a los padres, por la dimisión de su responsabilidad, del desmoronamiento de la tradición. La denominada "educación anti-autoritaria" no es mas que un bonito pretexto para evitar las fatigas de una educación bien comprendida.

"Estamos criando generaciones de miles, cuando no millones de niños neuróticos por culpa de la célebre "educación anti-autoritaria" destinada a evitar frustraciones. Millones de personas frustradas de por vida son la causa de una educación que pretende evitar frustraciones".

Explica: "El niño educado en el interior de un grupo no-jerárquico se encuentra en una situación absolutamente artificial. No puede reprimir su tendencia instintiva a ocupar el primer lugar, tiraniza a los padres que le oponen resistencia y se ve obligado a asumir un rol de jefe en el cual, en verdad, no se siente nada cómodo. Cuando ensaya molestar a sus padres para provocar de su parte una justa indignación, no recibe la respuesta agresiva que inconscientemente espera, sino que se choca contra un muro de goma de bellos discursos y de frases pseudo-racionales que para él no significan nada".

"Pero ningún hombre se ha sentido jamás identificado con un pobre esclavo, y ninguna persona está dispuesta a admitir los valores culturales respetados por este esclavo. Y esta es la "imagen del padre" que manifiestan gran parte de los adolescentes de la actualidad".

Frente a una contestación que afirma el antagonismo irreductible de la autoridad y del amor, Lorenz proclama: "El reconocimiento de una situación jerárquica no es un obstáculo para el amor. Siendo niños, todos y cada uno de nosotros hemos amado tanto y mejor que a nuestros iguales e inferiores a las personas que hemos admirado y a las que hemos estado sumisos".

"Un hombre en el cual el comportamiento social no haya alcanzado el grado de madurez suficiente, permanecerá en un estado de infantilismo y no podrá ser sino un parásito de la sociedad. Continuará siempre demandando la solicitud de los adultos, igual que cuando era niño. Innumerables jóvenes que se revuelven hoy día contra el orden social lo hacen, en realidad, contra sus padres. A despecho de esta actitud, pretenden estar bien cuidados por esta misma sociedad y sus padres. Este es un signo de un comportamiento infantil irreflexivo. Si estos estados frecuentes de infantilismo, junto al progreso creciente de la criminalidad juvenil, reposan en el hombre civilizado, como me inclino a creer, sobre anomalías genéticas, corremos un grave, muy grave peligro de autodestrucción".

A fin de cuantas, afirma Lorenz, los "ocho pecados capitales" son los signos más visibles de un proceso de deshumanización. Y este proceso está favorecido por esta "doctrina pseudo-democrática según la cual el comportamiento social y moral del hombre no está absolutamente determinado por la evolución filogenética de su sistema nervioso o de sus órganos sensoriales, sino que únicamente está influenciado por el "condicionamiento" que ha sufrido en el curso de su ontogénesis".

"Es insensato suponer –continúa– que se puede destruir un bosque para reemplazarlo automáticamente por otro nuevo. Ahora bien, asistimos en nuestros días al desmoronamiento continuo de factores irremplazables que aseguran la trasmisión de la tradición y que refuerzan los factores de ruptura. Destruyendo las instituciones y los dones antiguos, nos estamos condenando a una verdadera regresión (...) Si esta evolución continúa de modo incontrolado, si ningún mecanismo, ninguna institución de conservación hace aparición, el fenómeno bien podría significar el fin de la civilización y, yo al menos lo pienso muy seriamente, la regresión del hombre a un estado pre-cromagnoide".

Es de señalar que el marxista Jean-Michelle Goux, profesor en la universidad de París VII, reprocha al autor de La agresión "tratar como fenómenos biológicos aquellos que están manifiestamente ligados a la concurrencia capitalista" (L´Humanité, 2-10-1973) !!!

Para Konrad Lorenz, la solución de los problemas actuales no pasa solamente por "la especulación ideológica" sino por "un paciente trabajo de investigación inductiva, consistente en identificar las verdaderas causas y actuar sobre ellas".

Y para ello es necesario, para comenzar, conocer la realidad de la vida.

"No considero utópico –declaró Konrad Lorenz–, dar a todo ser humano sensible un conocimiento suficiente de los hechos esenciales de la biología. La biología no es sólo una ciencia fascinante, sino que nos concierne directamente en cuanto que somos seres vivos (...) La enseñanza cualificada de la biología constituye el único fundamento sobre el cual establecer sanas opiniones concernientes a la humanidad y sus relaciones con el universo".

Robert Ardrey diría más tarde: "Es verdaderamente dramático que dos siglos después de Rousseau sus errores sigan influenciando a miles de personas, como si las evidencias de las ciencias naturales no los hubiesen desmentido hace ya mucho tiempo".

Una perspectiva fisiológica del conocimiento

En El reflejo del espejo. Una historia natural del conocimiento (1975) obra que pretendía ser una continuación a Los siete pecados capitales de la civilización, Konrad Lorenz intentó ofrecer una visión de conjunto de los mecanismos cognitivos humanos. Precisa que esta tarea es la previa indispensable a un "autoanálisis del hombre civilizado fundado sobre conocimientos biológicos".

Desbordando ampliamente la etología para asentarse en la antropología y la sociología sobre bases nuevas, recuerda que nuestro conocimiento del mundo está estrechamente ligado a la apariencia fisiológica (el "espejo" humano) que nos da el reflejo. Esta apariencia perceptiva y cognitiva reposa en las bases innatas, heredadas de la evolución de la especie. No existe, pues, ni "razón" ni "conocimiento" autónomos: las relaciones entre el hombre-percibidor y el mundo-percibido forman un sistema orgánico de interacciones. Por lo mismo, no existen "experiencias a priori": la evolución en sí misma es un "stock" de informaciones, a las que el hombre añade lo que adquiere de propio. Progresivamente, todas las actividades espirituales, intelectuales y tecnológicas de la humanidad se ven así reemplazadas en una perspectiva filogenética.

La teoría de la percepción y la teoría del conocimiento propuestas por Konrad Lorenz contradicen a los racionalistas, que pretenden poder conocer el mundo "objetivamente", y a los idealistas, que pretenden estudiar la "naturaleza humana" sin tener en cuenta el mundo en el que está "reflejada".

Autor: Alain de Benoist

Ernesto Giménez Caballero (1899-1988)

Ernesto Giménez Caballero (1899-1988)

Ideólogo, político y profesor español, nacido en Madrid el 2 de agosto de 1899, en una familia industrial por parte de padre y de propietarios agrícolas por parte de madre. Su padre (nacido circunstancialmente en La Habana y fallecido en 1935), Ernesto Giménez, había sabido construir una próspero negocio de artes gráficas a partir de una humilde imprenta (en la calle Huertas de Madrid, en la casa donde se cree vivió Cervantes): en los años veinte ya había adquirido una fábrica de papel en Cegama (Guipuzcoa) y talleres de manipulados, y la familia había pasado a vivir al mismo edificio de la Plaza de las Cortes donde lo hacía el millonario Juan March y tendría su sede Acción Española en 1931. El padre impresor hizo seguir a su primogénito cursos prácticos de artes gráficas mientras estudiaba el bachillerato en el Instituto de San Isidro, que no sirvieron para que perpetuase el negocio familiar, pero sí para acercarle al terreno editorial y literario. En 1919 Giménez Caballero se licenció en Letras en la Universidad de Madrid y continuó sus estudios para graduarse en Filosofía. Fue compañero de curso de Javier Zubiri y llegó a colaborar en la revista Filosofía y Letras, que habían promovido estudiantes ligeramente mayores, como Pedro Sáinz Rodríguez o Vicente Aleixandre. Fue Américo Castro el profesor con el que mantuvo más relación mientras fue estudiante, y fue Castro quien facilitó al recién licenciado un puesto en la Universidad de Estrasburgo, como profesor de Lengua y Literatura, ciudad en la que vivió durante el curso 1920-21.

Vuelto a España ingreso en la milicia para cumplir el servicio militar: le destinaron a Marruecos, donde acababa de producirse «el desastre de Annual». Tras dieciocho meses en el ejército escribió el libro Notas marruecas de un soldado (1923): él mismo lo compuso como tipógrafo en la imprenta de su padre y, nada más aparecer, en marzo de 1923, se agotó en dos semanas y convirtió de repente a su autor en un escritor serio y famoso. El ejército acusó a Giménez Caballero por desacato, y fue arrestado en una prisión militar de Madrid mientras se decidía la petición del fiscal, una condena de dieciocho años. Tras el pronunciamiento militar de septiembre de 1923, y por mediación del propio general Primo de Rivera, acabó siendo absuelto, pudiendo reintegrarse durante el curso 1923-24 a la plaza de profesor que le conservaban en Estrasburgo. En 1929 escribió que había vuelto entonces a Europa «como una misión patriótica, para lograr la levadura, el 'fermento' europeo que pudiera rejuvenecer a España»: pero en esta segunda estancia europea quedó desencantado del pensamiento germánico, que a raudales comenzaba a importar la Revista de Occidente de Ortega, y rechazó aquel «culto ariánico» que condenaba a los intelectuales españoles a la imitación y el seguidismo.

Pero la estancia en Estrasburgo no fue estéril: allí conoció a una italiana, Edith Sironi, hermana del cónsul de Italia e hija de un físico famoso, con la que se casó en Madrid el 4 de mayo de 1925. Esta relación fue determinante en su progresivo acercamiento a Roma y a Italia. Publicó por entonces varios ensayos y reseñas en Revista de Occidente (donde agradece a Ortega «aceptarle aun no siendo hijo de un vikingo») y El Sol (estos recogidos en 1927 en un libro singular, Carteles, que firmó con el pseudónimo Gecé y publicó Espasa-Calpe).

Colaboró desde su primer número (junio de 1926) en la Revista de las Españas, que publicaba La Unión Ibero-Americana en Madrid (y se imprimía en la imprenta familiar). La revista buscaba estrechar las relaciones entre los pueblos hermanos de España, Portugal y las Naciones americanas. Allí mantuvo como sección estable una «Revista Literaria», luego desdoblada en dos, la «Revista Literaria Ibérica» y la «Revista Literaria Americana» (de la que se encargó Guillermo de Torre y más tarde Benjamín Jarnés).

La relación con Guillermo de Torre (que en 1925, tras abandonar el ultraísmo, había publicado su famoso libro Literaturas europeas de vanguardia, que popularizó los conceptos de «Vanguardia» y «vanguardismo») dio como resultado la aparición el 1º de enero de 1927 de La Gaceta Literaria, la revista cuya «criatura fue llamada Generación del 27». Giménez Caballero dirigía esta publicación quincenal, que tenía a Guillermo de Torre por subdirector (hasta que las desavenencias determinaron su marcha a la Argentina en agosto de 1927, donde se casó con la pintora Norah Borges, hermana de Jorge Luis). A Guillermo de Torre le sustituyó César Muñoz Arconada, a través del cual conocería ese mismo 1927 a Ramiro Ledesma Ramos:

«César Muñoz Arconada que, al marchar Guillermo de Torre a Buenos Aires, quedó de Secretario un tiempo, al principio se sintió fascista y me ayudó a traducir En torno al casticismo de Italia, título unamunesco que puse a la obra de Curzio Malaparte, y que llevaba como Prólogo mi Manifiesto del 15 de febrero de 1929. Libro que publicaría Rafael Caro Raggio, el cuñado de Baroja, tras leerlo y aprobarlo el gran don Pío. Arconada fue el que me presentaría a Ramiro Ledesma Ramos, su vecino de Cuatro Caminos, calle de Santa Juliana, 6, y empleado de correos y estudiante de Filosofía y Matemáticas. Pero Arconada, en su pobreza y lirismo y sus amores románticos por Greta Garbo, derivaría al comunismo, con pureza y humildad.» [Md 78]

Fue Ortega quien abrió el primer número de La Gaceta Literaria, «Sobre un periódico de las letras», revista que en sólo unos meses iba a convertirse en referencia de las vanguardias y contó con una nómina impresionante de colaboradores: Antonio Espina, Benjamín Jarnés, José Moreno Villa, Melchor Fernández Almagro, Amado Alonso, Luis Buñuel, Salvador Dalí, Jorge Guillén, José Bergamín, Federico García Lorca, Rafael Alberti, Pedro Salinas, Pablo Neruda, Gabriela Mistral, Rosa Chacel, Vicente Aleixandre, Gerardo Diego, Ramiro Ledesma Ramos, Juan Aparicio, Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Menéndez Pidal, Américo Castro, Gregorio Marañón, Luis de Araquistain, Max Aub, Corpus Barga... [De Unamuno, exiliado en Francia, sólo se publicó una carta sobre Góngora, en el número 11, aunque se le dedicó un número extraordinario el 15 de marzo de 1930.]

«El primer gran trueno lo provocó nuestro Editorial Madrid, meridiano intelectual de Hispanoamérica (15 de abril de 1927), escrito por Guillermo de Torre, rechazando el galicismo de latinoamérica. La revista Martín Fierro, que creo dirigía Jorge Luis Borges, futuro cuñado de Guillermo, arremetió contra nosotros seguido por bastantes escritores, y luego otras publicaciones hispanoamericanas. Duró mucho aquella tormenta.» [Md 63]

Giménez Caballero procuraba desde La Gaceta potenciar el iberismo que anhelaba, organizando en diciembre de 1927 una exposición del libro catalán en Madrid, y a principios de 1928 otra del libro portugués. Por esos meses se aprecia en La Gaceta un incremento de la presencia de asuntos que tienen que ver con Italia: el 15 de febrero aparece una entrevista de Giménez Caballero con Marinetti, que visitaba Madrid, el 15 de marzo se combinan en una misma página los reportajes de dos corresponsales: «El fascismo y los escritores italianos» y «El comunismo y los escritores rusos». Dos meses después vuelve Giménez Caballero a Italia, en una visita decisiva para la evolución de su pensamiento político: en los dos números de agosto de 1928 publicó esa etapa italiana, luego recogida en el libro Circuito imperial (1929).

En 1928 fundó el primer Cine-Club de España. Allí se estrenó el primer film surrealista: Un chien andalou de Buñuel y Dalí. Giménez Caballero realizó la película Esencia de la Verbena, con Ramón Gómez de la Serna como actor y un Noticiario del almuerzo ofrecido en Canarias 41 –hoy 45–, sede de La Gaceta y de la imprenta familiar, en el que reunió a representantes de las tres generaciones del 98, del 15 y del 27 para filmarlas luego en la azotea.

Giménez Caballero no sólo promovía el nuevo arte, sino que hizo sus pinitos en él, practicando de creador en Yo, inspector de alcantarillas (1928), doscientas páginas que mezclan versos libres y relatos: «más que el surrealismo reveló un influjo freudiano muy de moda en 1927 pero sirviéndome de él, al relatar, con delicada y alta literatura, lo que profesores y psiquiatras tenían y siguen teniendo al alcance de sus diarias experiencias.» [Md 67]

La Gaceta abordó la edición de libros, promovió exposiciones, organizó banquetes y abrió La Galería

«La Galería era un establecimiento en la calle Miguel Moya, 4 (plaza del Callao madrileña) cuyos socios capitalistas fueron Sangróniz, Ignacio Olague y Manuel Conde. Desde allí lancé tres fabulosos negocios para un inmediato porvenir: la Arquitectura funcional y rascaciélica, el Mueble metálico y la Artesanía española. Pero la revolución republicana malogró La Galería pues mis socios no estaban para tal contingencia. Y hubo que traspasarla a un restorán de nombre Or-kom-pom. Pero tenía tal predestinación a la fama que en ese local se compuso la letra del Himno de Falange, ya que la música en el órgano de la iglesia de Cegama, ya que Juanito Tellería, su autor, estaba vinculado, como sus hermanos, a nuestra Papelera.» [Md 74]

«La Gaceta fue la precursora del Vanguardismo en la Literatura, Arte y Política. Una política que por dos años resultó unitiva y espiritual y desde 1930 divergente, pues la juventud se fue politizando. Y de La Gaceta saldrían los inspiradores del comunismo y del fascismo en España.» [Md 66]

A finales de 1929 La Gaceta Literaria pasó a depender del grupo CIAP, «que preparaba la otra revolución, la del berenguerismo y la República, con dinero hebraico», el del banquero Bauer: el monárquico Pedro Sáinz Rodríguez fue impuesto como co-director. Al proclamarse en 1931 la República las posiciones políticas de Giménez Caballero, su defensa del fascismo, el ser miembro fundador de La Conquista del Estado, determinaron que sus colaboradores le fuesen dejando solo, y aunque La Gaceta se mantuvo hasta 1932, Giménez Caballero tuvo que escribir en solitario seis números (112, 115, 117, 119, 121 y 122) que llevan como subtíitulo El Robinsón literario de España.

Ernesto Giménez Caballero, «el D'Annunzio español», «el primer fascista español» (honor o deshonor que algunos atribuyen a Rafael Sánchez Mazas), mantuvo una gran admiración por los judíos, en particular por los judíos hispanoparlantes, por los sefarditas. En La Gaceta Literaria mantuvo una constante atención por lo sefardita, rechazando el antisemitismo (en el que se mantenía por ejemplo Pío Baroja). Incluso Primo de Rivera le envió a una gira por los Balcanes para pronunciar conferencias a las comunidades sefardíes.

En 1931 aparece como uno de los firmantes del manifiesto inicial de La conquista del Estado, donde fue colaborador activo hasta que Ramiro Ledesma Ramos decidió apartarle de su movimiento político. En 1932 publica Genio de España (exaltaciones a una resurrección nacional. Y del mundo). En marzo de 1933 es uno de los impulsores de El Fascio, publica La nueva catolicidad (teoría general sobre el fascismo en España) en octubre de 1933 participa en la fundación de Falange Española y desde diciembre colabora en la revista F.E.

En 1935 obtuvo la cátedra de Literatura del Instituto Cardenal Cisneros de Madrid: «Yo había hablado dos veces con don Miguel [de Unamuno], en la Cacharrería del Ateneo, mientras hacía pajaritas y apretaba bolitas de pan. Pero ya no le torné a contemplar, admirar y agradecer hasta mi oposición a cátedra de Literatura en el Cisneros de Madrid. Era el presidente. 1935. Y además, lo era de una Liga Antifascista de los Derechos del Hombre, y yo alternaba la oposición con el I Congreso de Falange, llevando la pistola en la cartera al Instituto de San Isidro, donde opositábamos 300 para esa cátedra. Sobre don Miguel llovieron las más altas presiones hasta de Alcalá Zamora para que no me votara. Unamuno decidió la oposición levantándose y exclamando: "Voto a Giménez Caballero, que sabe más que todos."» (Retratos españoles, págs. 98-99).

Al estallar la guerra se hallaba en Madrid, distanciado de Falange y de José Antonio. En noviembre de 1936, vía Italia, logró llegar a Salamanca, donde Franco le confió, a las órdenes del general Millán Astray, la organización de la propaganda. Con dinero procedente del negocio familiar y la colaboración de antiguos camaradas, como Juan Aparicio, pudo organizar el núcleo de lo que sería la eficiente estructura de la propaganda del bando que acabaría por ganar la guerra. En Pamplona, tras el cursillo correspondiente, se convirtió en alférez provisional.

En abril de 1937 colaboró activamente en «la Unificación», redactando incluso (si hemos de creerle) el decreto firmado por Franco, por el que el Caudillo se convertía en jefe único del partido único, resultado de la conjunción de los falangistas-jonsistas con los requetés: Falange Española Tradicionalista de las JONS, organización de cuyo secretariado pasó a formar parte.

Al terminar la guerra volvió a desempeñar su cátedra en Madrid, actividad que simultaneaba con los cargos de consejero nacional del Movimiento, procurador en Cortes y consejero de Educación, pero su influencia en la política ya había declinado, sin duda por su peculiar estilo y extravagancia, aunque mantuvo una notable prolijidad literaria.

A finales de 1941, en plena guerra mundial, protagonizó uno de los episodios más surrealistas de la política europea, recogido por extenso en sus Memorias de un dictador (1979). Había acudido a Weimar, invitado al Europaische Schrisfsteller Vereinigung (23-26 octubre 1941), presidido por el ministro Goebbels. El hispanista Arturo Farinelli le presentó a Magda, la esposa de Goebbels, «una mujer maravillosa que me impresionó desde el primer instante», a la que sondeó sobre sus planes. Se trataba de «catolizar a Hitler» y lograr la paz mediante un matrimonio. Para navidades ya estaba de vuelta en Berlín, tras haber consultado su plan con Franco y con el Vaticano. «Dos días antes de Nochebuena, Goebbels me invitó a cenar en su hogar, con su esposa y sus hijos.» Giménez Caballero había llevado como regaló al lugarteniente de Hitler un capote: «Antes de sentarnos a la mesa, durante los aperitivos, enseñé al pequeño y cojito Jerarca del Propagandismo germánico a manejar el capote, el modo de ceñirlo para el paseillo y de veroniquearlo. Y a los niños les monté un Belén junto a la chimenea. Magda estaba radiante y conmovida.» Tras la cena quedó a solas con la esposa, y al poco tuvo ocasión de presentarle su acabado plan:

«Guardó un breve silencio que yo acogí para encarecer la urgente reanudación de la estirpe hispano-austriaca, que traería el armisticio a Europa, con un enlace tradicional y revolucionario. –Y ¿cuál sería la candidata a emperatriz? –Sólo podría ser una. En la línea de princesas hispanas como Ingunda y Brunequilda y Gelesvinta y Eugenia... Sólo una, por su limpieza de sangre, por su profunda fe católica, y, sobre todo, porque arrastraría a todas las juventudes españolas: ¡la hermana de José Antonio Primo de Rivera!... Nada respondió Magda. De pronto, sus ojos se humedecieron. Y tomó mis manos y las estrechó. Y, en voz muy baja, me dijo así: –Su visión es extraordinaria... Su misión también... Y además, audaz, valiente y concreta... Calló de nuevo para proseguir: –Mi marido está encantado con usted. Y el Führer desea conocerle. Yo les hablé de esto que ahora vuelve a proponerme de esta manera ya concreta y certeramente personificada. Y que sería posible... –¿Sería posible? ¿Sería posible? ¡Magda!... –Sería posible... si Hitler no tuviera un balazo en un genital, de la primera guerra... que le ha invalidado para siempre... Imposible, gran amigo, imposible. ¡No habría continuidad de estirpe!... –¿Y Eva Braun? –Un piadoso enmascaramiento para la galería... Me levanté. Tomé sus manos. –Entonces, ¿adiós para siempre, Magda? –¿Y por qué para siempre?– Y depositó sus manos sobre mis labios y luego los suyos.» [Md 173-175]

Coincidiendo con el declinar político de la Falange y el ascenso de la tecnocracia desarrollista del Opus Dei, en 1957 es nombrado agregado cultural en Paraguay y Brasil y a partir de 1958 ejerce como Embajador de España en Paraguay, hasta su jubilación en 1969. Obtuvo dos veces el Premio Nacional de Literatura. En 1985 obtuvo con su libro Retratos españoles (bastante parecidos) el Premio Espejo de España (ex aequo con Emilio Romero), concedido por un jurado compuesto por Manuel Fraga Iribarne, teniente general Díez Alegría, Ramón Garriga Alemany, José Manuel Lara Hernández y Rafael Borrás Betriu. Ernesto Giménez Caballero falleció en Madrid en 1988.

Bibliografía de Ernesto Giménez Caballero

  • Notas marruecas de un soldado, Imp. Ernesto Giménez, Madrid 1923, 254 págs.
  • Carteles [por Gecé], Espasa Calpe, Madrid 1927, 302 págs.
  • Los toros, las castañuelas y la Virgen, Caro Raggio, Madrid 1927, 192 págs.
  • Yo, inspector de alcantarillas (epiplasmas), Biblioteca Nueva, Madrid 1928, 222 págs.
  • Hércules jugando a los dados, La Nave, Madrid 1928, 215 págs.
  • Julepe de menta, La Lectura, Madrid 1929, 117 págs.
  • Prólogo a Curzio Malaparte, En torno al casticismo en Italia, Tipografía de Caro Raggio, Madrid 1929, XXVII+156 págs.
  • Circuito imperial, La Gaceta Literaria [Cuadernos de La Gaceta Literaria. La Joven España, 1], Madrid 1929, 124 págs.
  • Trabalenguas sobre España, itinerarios de Touring-Car, guía de Touring-Club, Baedeker espiritual de España, Ernesto Giménez, Madrid 1931, 358 págs.
  • Manuel Azaña: profecías españolas, La Gaceta Literaria, Madrid 1932, 238 págs.
  • Genio de España. Exaltaciones a una resurrección nacional y del mundo, Ediciones de La Gaceta Literaria, Madrid 1932, 341 págs. 2ª ed., Ediciones de La Gaceta Literaria, Madrid 1934, 270 págs. 3ª ed., Ediciones Jerarquía, Zaragoza 1938 (II Año Triunfal), 288 págs. 4ª ed., Ediciones Jerarquía, Barcelona 1939 (Año de la Victoria), XXIII+249 págs. 5ª ed., Ediciones Jerarquía, Barcelona 1939, XXIII+249 págs. 6ª ed., 1939. 7ª ed., Doncel, Madrid 1971, 230 págs. 8ª ed., Planeta, Barcelona 1983, 244 págs. (con Prólogo de Fernando Sánchez Dragó y epílogo de Rafael García Serrano).
  • La nueva catolicidad. Teoría general sobre el fascismo en Europa: en España, Ediciones de La Gaceta Literaria, Madrid 1933, 220 págs.
  • El Belén de Salzillo en Murcia (origen de los nacimientos en España), Gaceta Literaria, Madrid 1934, 134 págs.
  • Arte y Estado, Gráfica Universal, Madrid 1935, 260 págs.
  • Exaltación del matrimonio. Diálogos de amor entre Laura y Don Juan, E. Giméne, Madrid 1936, 123 págs. E. Giménez, Madrid 1939, 120 págs. 2ª ed. Studium, Madrid 1976, 99 págs. 3ª ed. Fundación Universitaria Española, Madrid 1982, 99 págs.
  • Exaltaciones sobre Madrid, Jerarquía, s.l. 1937, 24 págs.
  • La Falange, hecha hombre, conquista el Estado, Salamanca 1937, 15 págs.
  • Prólogo a Pío Baroja, Comunistas, judíos y demás ralea, Reconquista, Valladolid 1938, 286 págs. 2ª ed., Cumbre, Valladolid 1939, 286 págs.
  • España y Franco, Los Combatientes [Fe y acción, fascículo doctrinal, 1], Cegama 1938, 31 págs.
  • Camisa azul y boína colorada, Los Combatientes [Fe y acción, fascículo doctrinal, 2], Madrid 1939, 48 págs.
  • La Legión C.T.V., Los Combatientes [Fe y Acción doctrinal, fascículo 4], s.l. 1939, 85 págs.
  • ¡Hay Pirineos! Notas de un alférez en la IV de Navarra sobre la conquista de Port-Bou, Editora Nacional, Madrid 1939, 93 págs.
  • Los secretos de la Falange, Yunque, Barcelona 1939, 155 págs.
  • Roma madre, Jerarquía, Madrid 1939, XXXII+236 págs.
  • Lengua y Literatura de España y su Imperio, 3 vols., EGC, Madrid 1940-1944, 304+228+299 págs. Nueva edición, Madrid 1950, 7 vols. Madrid 1951, 4 vols.
  • La Infantería española, Vicesecretaría de Educación Popular, Madrid 1941, 156 págs.
  • Amor a Cataluña, Ruta, Madrid 1942, 226 págs.
  • España nuestra. El libro de las juventudes españolas, Vicesecretaría de Educación Popular, Madrid 1943, 261 págs.
  • Despierta Inglaterra: mensaje a Lord Holland, Ediciones Toledo, Madrid 1943, 37 págs.
  • El cine y la cultura humana, Conferencias y Ensayos [nº 21], Bilbao 1944, 48 págs.
  • Amor a Andalucía, Editora Nacional, Madrid 1944, 206 págs.
  • Madrid nuestro, Vicesecretaría de Educación Popular, Madrid 1944, 253 págs.
  • Afirmaciones sobre Asturias, Tipografía de la Residencia Provincial, Oviedo 1945, 48 páginas.
  • Don Ernesto o el procurador del pueblo en las Cortes Españolas, Ediciones y Publicaciones Españolas, Madrid 1947, 250 págs.
  • Amor a Galicia progenitora de Cervantes, Editora Nacional, Madrid 1947, 75 págs.
  • Amor a Argentina o El genio de España en América, Editora Nacional, Madrid 1948, 151 págs.
  • Amor a México, 1948
  • Amor a Portugal, Cultura Hispánica, Madrid 1949, 269 págs.
  • La Europa de Estrasburgo (visión española del problema europeo), Instituto de Estudios Políticos, Madrid 1950, 154 págs.
  • Valladolid (la ciudad más romántica de España), Publicaciones Españolas [Temas españoles, 75], Madrid 1954, 28 págs.
  • Maravillosa Bolivia, clave de América, Cultura Hispánica, Madrid 1957, 182 págs.
  • Revelación del Paraguay, 1958
  • El dinero y España, Afrodisio Aguado, Madrid 1964, 318 págs.
  • Paulo VI y su Iglesia, Ministerio de Educación Nacional, Madrid 1965, 40 págs.
  • Genio hispánico y mestizaje, Editora Nacional, Madrid 1965, 130 págs.
  • Las mujeres de América, Editora Nacional, Madrid 1971, 446 págs.
  • Asunción, capital de América, Cultura Hispánica, Madrid 1971, 30 págs.
  • Junto a la tumba de Larra, Salvat [Biblioteca Básica Salvat, Libro RTV, 99], Estella 1971, 158 págs.
  • Rizal, Publicaciones Españolas [Temas españoles, 525], Madrid 1971, 36 págs.
  • Cabra, la cordobesa: balcón poético de España, Publicaciones Españolas [Temas españoles, 533], Madrid 1973, 53 págs.
  • Cartageneras, Publicaciones Españolas [Temas españoles, 541], Madrid 1975, 74 págs.
  • Memorias de un dictador, Planeta (Espejo de España, 49), Barcelona 1979, 330 págs. Planeta (Documento, 45), Barcelona 1981, 299 págs.
  • Retratos españoles (bastante parecidos), Planeta (Espejo de España, 104), Barcelona 1985, 236 págs.

Filmografía de Ernesto Giménez Caballero

  • Noticiario de cine club (1930) Director y guión. Documental, b&n, mudo, 35mm, producido por EGC. Cinematografía: EGC. Intervienen: Rafael Alberti, Álvaro de Albornoz, José María Alfaro, Luis Araquistain, Marqués de Auñón, Pío Baroja, José Bergamín, Clara Campoamor, José Castillejo, Américo Castro, Conde de Bailén, Salvador Dalí, Gerardo Diego, Gala Eluard, Vicente Escudero, Juan Estelrich, Ernesto Giménez Caballero, Marqués de Guad-el-Jelú, Ramón Gómez de la Serna, Hermann, Julio Just, Conde de Keyserling, Rafael Marquina, Ramón Menéndez Pidal, Edgar Neville, Santiago Rusiñol, Pedro Salinas, Pedro Sangro, José Antonio de Sangróniz, Antonio María Sbert, Pedro Sáinz Rodríguez, Ricardo Urgoiti, Ramón Pérez de Ayala, Ros de Olano, Julio Álvarez del Vayo. Exteriores: Chinchón (Madrid), Paseo de Gracia (Barcelona), Madrid, Pastrana (Guadalajara), Avila.
  • Esencia de la verbena (1930) Director. Corto, b&n, mono, 35 mm. Intervienen: Polita Bedrosan, Goyanes, Ramón Gómez de la Serna, Samuel Ros.
  • Los judíos de patria española (1931) Director y guión. Documental, b&n, mudo, 35mm, producido por EGC. Intervienen: Señor Agramonte, Kalmi Baruch, Luzuriaga, Ramón Menéndez Pidal, Saul Mezán, Manuel L. Ortega, Ángel Pulido, Samuel Ros, Fernando de los Ríos, Señor Saavedra. Exteriores: Córdoba, Sevilla, Toledo, Yepes.
  • La sustitución de la enseñanza religiosa en España (1932) Director y guión (en colaboración con Joaquín del Valle). Documental, b&n, mudo, 35 mm (375 metros), producido por EGC. Cinematografía: Tomás Terol. Exteriores: Madrid.
  • Paraguay, corazón de América (1961) Director y guión. Documental, 35 mm, producido por No-Do. Locutor: Ignacio Mateo. Música de José Pagán y Antonio Ramírez Ángel. Cinematografía: Juan Manuel de la Chica, Joaquín Hualde. Exteriores: Paraguay.
  • Aranjuez (1971) Director y guión. Documental, color, 35mm, producido por No-Do. Locutores: José Ángel de Juanes, Adelina Luna. Cinematografía: Juan Manuel de la Chica, Emilio García de Castro. Exteriores: Aranjuez, El Escorial, El Pardo, La Granja.
  • Cabra, la cordobesa (1973) Director y guión. Documental, color, 35 mm, producido por No-Do. Locutor: Matías Prats. Música de Pablo Sorozabal. Cinematografía: Fernando Martín de las Heras y José Luis Sánchez de Blas. Exteriores: Cabra (Córdoba).
  • Revelación del Escorial (1974) Director y guión. Documental, color, 35 mm, producido por No-Do. Locutor: Matías Prats. Música de Pablo Sorozabal. Cinematografía: Fernando Martín de las Heras y José Luis Sánchez de Blas. Exteriores: Burgos, Covadonga, El Escorial, Granada, León, Navarra, Nájera, Oviedo, Tarragona, Toledo.

Sobre Ernesto Giménez Caballero

  • Douglas W. Foard (1939-), Ernesto Giménez Caballero (o la revolución del poeta). Estudio sobre el Nacionalismo Cultural Hispánico en el siglo XX, Instituto de Estudios Políticos, Madrid 1975, 241 págs.
  • Lucy Tandy, Ernesto Giménez Caballero y La Gaceta Literaria (o la generación del 27), Turner, Madrid 1977, 170 págs.
  • María Luisa López-Vidriero, Bibliografía de Ernesto Giménez Caballero, Universidad Complutense [Trabajos del Departamento de Bibliografía, serie A, nº 6], Madrid 1982, 50 págs.
  • Enrique Selva, Ernesto Giménez Caballero, entre la vanguardia y el fascismo, Pre-Textos, Valencia 2000, 330 págs.

Textos de Ernesto Giménez Caballero en el Proyecto filosofía en español

Artículo aparecido en la web Transversal

Homenaje a Giorgio Locchi (1923-1992)

Homenaje a Giorgio Locchi (1923-1992)

Giorgio Locchi murió en la única forma que habría juzgado aceptable: de manera imprevista, casi sin informar a nadie, mientras intentaba escribir un libro sobre Martin Heidegger. Seguramente, ha tenido un atisbo de conciencia, entre el momento en que la muerte se anunció y aquél cuando llego, algunos minutos más tarde, y muy ciertamente agradeció a los dioses ofrecerle una salida tan súbita, ya que la idea de seguir estando por mucho tiempo enfermo o disminuido lo hacía sufrir inmensamente. Al final del mes de junio de 1992, en su última visita a Roma, me habló del mal que lo había afectado dos años antes. Me decía que la perspectiva de convertirse en un tronco inerte le hacía estremecer porque con el tiempo que pasa, uno se cuelga más estrechamente, más profundamente, más egoistamente a la vida. Palabras de Locchi que no me sorprendieron. En realidad, habían sido un presagio.

Para alguien que era uno de sus amigos, no es fácil rendir homenaje a Giorgio Locchi y recapitular todo lo que nos legó. Podría intentar trazar un perfil del periodista y corresponsal en París del periodico italiano Il Tempo durante más de treinta años. Y decir una infinidad de anécdotas sobre sus relaciones con Renato Angiolillo. O también de destacar la importancia de todos los servicios que prestó a la prensa en Italia: sobre los acontecimientos de Argelia, sobre el nacimiento del existencialismo, sobre el mayo del 68 parisino. Sus puntos de vista eran motivados por un anticonformismo extraordinariamente valiente e inteligente. Querría también destacar el papel capital que desempeñó Giorgio Locchi en la evolución de la derecha francesa, hacer hincapié en su carrera con Alain de Benoist, sobre la pasión con la que formaba a los jóvenes intelectuales, sobre sus actividades en el GRECE y sobre sus contribuciones a la revista Nouvelle École.  Querría también poder reunir aquí todos los elementos del extenso mosaico que era su personalidad, dar cuenta de su amor por la música y el cine, de su control de las cosas físicas y científicas. Y podría también decir la historia de nuestra amistad e informar sobre su refugio parisino que me fue tan agradable, así como a un puñado de otros Italianos, donde nos encontrábamos para hablar del pasado o para manifestar nuestra hostilidad al sistema dominante. Mejor: para escuchar a Locchi que nos hablaba de Nietzsche o Wagner, Heidegger o la Revolución Conservadora, de sus experiencias en Alemania o los momentos cruciales de la segunda Guerra Mundial que vivió como protagonista del "frente interior". Nos hablaba también de la "derecha imposible" y de una Europa igualmente imposible. Y nos comunicaba sus proyectos, comentaba las publicaciones a las que colaboraba, mencionaba los artículos que quería escribir y las libros que quería publicar. Nos reuniamos en "Meister Locchi" y Saint-Cloud en París, dónde vivía prácticamente recluido, lugar que fue, durante numerosos años, el punto de encuentro de muchos de nosotros.

El periodista, el amigo, el organizador de manifestaciones culturales, el agitador de ideas que viven siempre y vivirán en el grupo de los que conocieron a Giorgio Locchi y fueron sus amigos. Sus libros, sus ideas, sus ensayps dispersos en Nouvelle École, la Destra, Uomo Libero y Elementi, sus artículos del Tempo y el Secolo de Italia seguirán siendo los testimonios escritos de un compromiso intelectual y político en sentido más noble del término, pero que consideró como la consecuencia de una derrota europea durante más de cuarenta años. En primer lugar vimos a Giorgio escéptico y que desconfiaba, luego tal confianza no volvimos a verla de nuevo en él hasta que se habló de la reunificación alemana. No es por nada que quiso estar en Berlín cuando Alemania se reunifico: aquello era para él, me decía, un sueño que se realizaba, un acontecimiento que se desarrollaba bajo sus ojos y que no había imaginado ver realizarse, incluso si no había dejado nunca de creer más allá de los límites que impone el pesimismo, actitud justificada.

Las ideas de Locchi eran las ideas de una Europa que ya no existe: pero cuya inexistencia no era para él una razón para no defender o ilustrar tales principios. Pero cuando se le hacía el reproche, contestaba: sus ideas eran las ideas de la Europa eterna que esta Europa coyuntural de nuestra posguerra no quería, momentaneamente, reconocer.

Su actitud respecto al fascismo, por ejemplo, distaba mucho de ser simplemente reivindicativa o incluso revanchista. Giorgio Locchi quería, en el hervor cultural del paréntesis fascista, recoger todos los elementos que no eran caducos. Nos comunicó sus reflexiones a este respecto en su opúsculo titulado La esencia del Fascismo (ediciones Tridente, 1981). Se refiere allí a la visión del mundo que fue la inspiradora del fascismo histórico pero que no desapareció de ninguna manera con la derrota militar de este último. Esta obra constituye hoy aún un extraordinario "discurso de verdad", en el sentido griego, que pretende retirar del fascismo todas esas explicaciones fragmentarias que tienen curso actualmente y todas las formas de demonología que generan prejuicios sobre prejuicios. Locchi, en realidad, desarrolló una reflexión histórica propia según un esquema filosófico coherente, apoyado en una opción interdisciplinaria, que preparo una teoría sintética de la esencia del fascismo.

En su investigación, Locchi mantenía que no era posible entender el fascismo si no se daba cuenta de que era la primera manifestación política de un fenómeno espiritual y cultural más extenso, cuyo origen se remonta a la segunda mitad del siglo XIX y que él llamaba "suprahumanismo". Los polos de este fenómeno, que se asemeja a un enorme campo magnético, son Richard Wagner y Friedrich Nietzsche que, por sus obras, "agitaron" el "nuevo principio" y lo difundieron y diluyeron en la cultura europea entre el final del XIX y el principio del siglo XX.

Este principio es el "sentimiento del hombre" como voluntad de poder y sistema de valores. En este sentido, el principio suprahumanista, con el cual el fascismo está en relación "genética/espiritual", se articula como el rechazo absoluto del "principio igualitario" que se le opone y que domina al mundo de hoy, orígen de nuestra situación actual.

Locchi avanzaba la siguiente tesis: "Si los movimientos fascistas individualizaron al "enemigo" -espiritual antes que político - en las ideologías democráticas -liberalismo, parlamentarismo, socialismmo, comunismo y anarquismo - es justamente porque, en la perspectiva histórica instituida por el principio superhumanista estas ideologías se configuran como otras tantas manifestaciones, aparecidas sucesivamente pero aún presentes todas, del opuesto principio igualitarista; todas tienden a un mismo fin con un grado diverso de conciencia y todas ellas causan la decadencia espiritual y material de Europa, el "envilecimiento progresivo" del hombre europeo, la disgregación de las sociedades occidentales."

Conectando estas consideraciones con la prospectiva histórica en la cual opera el fascismo, al unísono con los otros fascismos europeos, Locchi realiza una tesis del más alto interés que contribuye a la "desocultación" del fascismo, sacando a la luz su esencia propia.

Estos temas, Locchi los desarrolló en su obra Wagner, Nietzsche e il mito sovrumanista  (Akropolis, 1982; nota: se trata parcialmente de una edición de sus artículos de musicología aparecidos en francés en Nouvelle École,  n°30 y 31/32). En su brillante prólogo, Paolo Isotta preciso, con minucia, cuáles son las tendencias igualitarias y cuáles son las tendencias suprahumanistas que entran en juego y las coloca como dos concepciones del mundo antitéticas e irreconciliables. Es un libro muy denso, especialmente difícil, a veces repelente en algunos de sus capítulos; sin embargo cuando Isotta y yo mismo lo presentamos frente a una audiencia llena de estudiantes napolitanos, en diciembre de 1982, parecía verdaderamente cautivar a estos jóvenes que permanecieron atentos durante dos horas y luego acosaron a Locchi con cientos de preguntas pertinentes, que no tenían realmente nada de banales. El autor no pareció sorprendido.

Además de este libro, tengo de Locchi otro gran recuerdo: el de su polémico libro El mál americano (Lede, 1979), al cual Alain de Benoist añadio algunas pequeñas notas complementarias (nota: en francés, este texto aparece en Nouvelle École  n°27-28, bajo el seudónimo de Hans-Jürgen Nigra, también utilizado en la edición alemana). Este texto es capital a mi juicio ya que desmonta la mecánica del colonialismo cultural americano y nos permite echar otro vistazo sobre América. A Locchi, en cambio, le no gustaba demasiado este texto, considerando que él destacaba que era más combativo que formativo, que era más polémico que filosófico.

En los cajones de la oficina de Giorgio Locchi, se encuentran numerosos proyectos, bosquejos de textos, el esquema de un libro sobre Heidegger y de otro sobre la concepción del tiempo en los Indoeuropeos. Permanecerán ciertamente tal como Giorgio los dejó porque antes de todas las cosas, él era un perfeccionista y no quería publicar nada sin estar convencido plenamente de que valía la pena.

Permanece aún, entre las innumerables cartas que constituyen su correspondencia, una espléndida novela sobre un héroe italiano que combate en Alemania una guerra desesperada para defender a Europa. No se sabrá nunca si fue por pudor o por orgullo que Giorgio Locchi siempre se nego a presentarla a un editor.

 Autor: Gennaro Malgieri

Montherlant o la expiación del vacío (1896 - 1972)

Montherlant o la expiación del vacío  (1896 - 1972)

 El 21 de abril de 1996 Henry de Montherlant habría cumplido cien años, igual que el multicelebrado André Breton; su aniversario, sin embargo, pasó casi inadvertido. Esto es explicable porque Montherlant nunca buscó formar parte de ninguna vanguardia y entendió el oficio literario como una forma de cultivo del espíritu y de dominio de sí, que puede muy bien prescindir de la fama e, incluso, de los lectores. Su consigna existencial, llegar hasta el extremo de sí mismo, la forjó en la aleación de su voluntad y la perfección estilística, en la fusión de los espacios ajenos a su individualidad y su concepción agónica del arte.

Desde su interior, Montherlant emprendió el trabajo de escritor como un destino y como una disciplina de la vida activa, no como elucubración erudita sino como algo que es, con plenitud, también la vida misma. Mientras los surrealistas indagaban y experimentaban por caminos ignotos la expresión formal del lenguaje, Montherlant se resguarda en los clásicos, especialmente en el mundo romano y en las situaciones límite de los conflictos.

Los mitos y los símbolos tradicionales son fundamentales para entender la mayor parte de la producción literaria montherlanteana. Nacido justo el día en que el toro zodiacal inicia su periplo solar –y que coincide también con la fecha más aceptada de la fundación de Roma– Montherlant tendrá una vinculación permanente con la fiesta brava, que no se limitara a la mera exaltación de la belleza profunda que recrea el misterio de la muerte, la sangre y el Sol. Durante su juventud, Montherlant incursionará como aprendiz y torero práctico y será un gran amigo de Juan Belmonte, quien inaugura formalmente las faenas modernas. Ese vínculo orgánico no se circunscribe a su nacimiento y al Canto de Minos; se suicidará el 21 de septiembre de 1972, día del equinoccio de otoño, con lo que señala su subordinación a los ciclos cósmicos y a los ritmos del universo.

Montherlant, a pesar de ser un autor teatral prolífico que frecuentemente trataba con rigor pascaliano muchos de los conflictos de la fe, mantuvo incólume su posición nihilista, que se edifica a partir de la alternancia. Epígono francés de Nietzsche, heredero y admirador de Maurice Barrés y de Gabriel D'Annunzio, asume su propia existencia como un complejo donde coexisten sistemas de valores contradictorios. El eterno retorno a lo idéntico se traduce en el código de valores de Montherlant en una visión unificadora de la alternancia, en que los absolutos están en rotación alrededor de ellos mismos y la vida transcurre con su carga de paradojas e intermitencias. Quizá por eso ve en la vida activa la resolución superior, sin fisuras e incondicionada, de axiologías incompatibles en sus formas pero solidarias en su fondo. Alban Bricoule, personaje central de el trilogía novelística dedicada a la acción (Los bestiarios, Los muchachos, El sueño) encarna precisamente la confrontación con el mundo real y la necesidad intínseca de reflexionar y cantar, en consonancia con los mitos, el sometimiento del destino personal a las fuerzas y desavenencias del mundo y a la convivencia humana. También es el epítome de la soledad del mundo pero sin la angustia existencial kirkegaardiana, pues Montherlant plantea la necesidad de un retorno fundacional y no de una apertura abismal y desasida hacia lo incierto. Su nihilismo está preñado de la nobleza frontal y desafiante del romano, en donde existen algunos resquicios que permiten adivinar la existencia del espíritu, así se encuentre bajo una coraza de hierro o simulada con un máscara funeraria. Es un nihilismo que difiere de la decepción estercolizada de Cioran, pero que tampoco convoca a un desasimiento absoluto; es, ante todo, una expiación del vacío. Le concede a Dios una suerte no lejana a la del hombre; en ese sentido participa de la definición de Tertuliano: «Dios es la soledad en la inmensidad».

En sus Cuadernos deja muchas pistas acerca de la asíntota de su sentimiento religioso y de su perspectiva de vacío. Allí, se autonomina como un escritor nihilista que ha escrito dramas profundamente cristianos (como Port-Royal o El cardenal de España) y agrega que, por eso: «Montherlant no cree en Dios; pero me parece que Dios, después de escribir esas obras, sí debería de creer en Montherlant».

La obra donde el propio autor se presenta con mayor transparencia es la novela El caos y la noche, cuyo personaje central es un anarquista que, a su manera, logra conciliar su fervor religioso con la tradición senecista de la España romana, a la que suma el desencanto anárquico por la modernidad.

Noctium phantasmata

Montherlant-escritor es un ícono trágico del siglo XX. Por su temática, por su pasión por la vida activa, por su gusto por la tragedia clásica y lo marcial, muchos han visto en él a un representante de la estética fascista. La ambigua relación de la política de entreguerras con su obra y su postura individual y poco gregaria hacia los movimientos artísticos, dificultan aún más el escudriñamiento de su visión de la política. Algunos de sus libros fueron prohibidos durante la ocupación alemana, y él personalmente vivió esa época con el temor de que la Gestapo lo detuviese, al punto que durante varios años llevó en su cuello una dosis de cianuro; esto le produjo una terrible decepción años después, cuando se enteró que la sustancia que atesoraba era más inofensiva que cualquier pastilla para el dolor de cabeza.

A pesar del entusiasmo que le despertó la exultación militante y nacionalista de D’Annunzio, sus personales opiniones políticas prefería relacionarlas con la antigüedad clásica. De allí el título de una de sus obras: El XIII César. De acuerdo con su perspectiva peculiar del tiempo y de la historia como «un camino que anda» (que por otro lado es también su premisa del «corredor de fondo», mucho antes que Sillitoe publicara su narración introspectiva), el imperio inaugurado por los césares no ha terminado de colapsarse. Vivimos la época del XIII César, no como encarnación individual sino como símbolo de una época, en donde el materialismo ha terminado por cimentar una especie de hombre débil que busca permanentemente escamotear a la muerte. Este libro es una puesta a punto del mundo de mitad del siglo XX de cara al estoicismo, un poco a la manera en que Yukio Mishima contrastó al Japón moderno con la ética samurai en su libro Introducción al Hagakure. Para Montherlant, la vida se lleva siempre como forma de prueba.

Vivimos una era fantasmal en el más prístino sentido de la palabra: la noctium phantasmata, de la que nos revela uno de sus sentidos en la novela de guerra El sueño. Al igual que en Los bestiarios, el protagonista, Alban Bricoule, vive la tensión del mundo de la lucha y la muerte paralelamente a un conflicto amoroso, como si se tratara de pruebas iniciáticas secularizadas. Reconoce, desde luego, el valor metafísico de la existencia difícil y la riqueza ontológica de vivir peligrosamente; para ello, recuerda uno de los pensamientos de Pascal: «no mostramos nuestra grandeza con estar en un extremo, sino tocando los dos a la vez».

Anota que el drama esencial de esta centuria es el despertar de las fuerzas titánicas y fáusticas sin que, por contraparte, opere una nueva axiología acorde con esas fuerzas. Es decir, con la irrupción de la técnica y el imperio de la energía mecanizada e impersonal, Montherlant no advierte un desarrollo ético que no desnaturalice al hombre y que, por el contrario, lo afiance como centro de la voluntad del mundo. Parece redescubrir, en el estoicismo de Séneca y en la vitalidad hirviente de la herejía jansenista, así como en el mundo de los samurai y en la indoblegable permanencia de los mitos, elementos que podrían coadyuvar a formular esa nueva altura ética, posición en la que parece coincidir con Ernst Jünger, quien recuerda con nostalgia, cuando se suicida su propio hijo, a Montherlant: «el suicidio es parte del capital de la humanidad».

La anterior es la diferencia básica que separa a Montherlant de otros escritores de acción, como Hemingway (con quien comparte la afición por la tauromaquia) o Antoine de Saint-Exupéry, pero que lo hacen más cercano a literatos como Drieu la Rochelle, Ernst von Salomon o Dionisio Ridruejo.

La primer influencia literaria decisiva en su obra la proporciona una novela histórica basada en hechos de fe y en acciones incontenibles del imperio: Quo Vadis del premio Nobel Enrique Sinkwiewicz. Entrando apenas a la adolescencia, escribe su primer obra novelada, Pro una terra, texto en el que ya se trazan algunos rasgos que posteriormente encontraremos en el resto de sus obras: el mundo latino como telón de fondo; la tensión dramática de personajes que, solitarios, combaten por internarse en los laberintos del sentido último del mundo; la acción como argumento indivisible e inapelable de lo humano; el destino como operador de la voluntad; la violencia como condición enriquecedora de las perspectivas humanas.

Posteriormente se sumará un tema obligado y sobre el que escribirá una tetralogía que suscitó, en su momento, las más variadas reacciones: Las Jóvenes. Allí, revisa con gran visión la condición femenina, no sin ciertos sesgos hipervirilizantes que hicieron que se le calificara como un escritor chauvinista. Esa acusación la revirtió fácilmente, pues en su libro Las Olímpicas, obra compuesta en diversos estilos (epístolas, poemas, viñetas, descripciones líricas, introspecciones), reivindica e iguala las proezas de los atletas olímpicos en el terreno incontestable del estadio; en ese espacio sagrado, como en el paraíso cristiano forjado a la sombra de las espadas, los hombres y las mujeres asumen su presencia y su fuerza sin los condicionamientos artificiales de la sociedad moderna, en que se vive con la «siniestra broma del insensato optimismo, con la confianza automática, como la del fonógrafo que sigue sonando sobre el puente del barco que se hunde».

La posesión de sí mismo

Un texto muy interesante y poco conocido, aparecido en 1937, La posesión de sí mismo, es un breviario ético escrito para una minoría. En su obra En las fuentes del deseo había apuntado ya: «Al no tener el mundo ningún sentido, lo correcto es que se le dé tan luego uno como otro». La posesión de sí mismo parece ser el dogma basal de la acción de sus personajes; encontramos esa necesidad en todos ellos, incluso en los literariamente menores, como el adolescente que es guía y acompañante de viaje en la Africa septentrional y que da título a su breve novela Moustique, así como en otros personajes más elaborados y complejos: su teatral Don Juan sexagenario, La Infanta de Castilla o en Exupère, protagonista de su novela Mi jefe es un asesino.

La trama de esta última novela –que es una mezcla de personajes cervantinos y dostoyevskianos– constituye también una crítica a la pérdida de la centralidad del ser humano en virtud del marasmo de la razón. Exupère, hombre tímido y aislado tanto por la aridez del clima norafricano como por su trabajo en una biblioteca poco frecuentada, comienza a leer obras de Freud y a psicoanalizarse a sí mismo; es decir, comienza a desposeerse.

En un mundo de apariencias, donde lo cerca y lo lejos definen siempre la visión personal de los acontecimientos y de los problemas, Montherlant recuerda a Lucrecio: «En el Campo de Marte, los jinetes caracolean alrededor de los ejércitos. Y sin embargo, existe un paraje en lo alto de las montañas desde donde parece que estuvieran quietos, desde donde no se advierte sino una resplandeciente mancha, inmóvil en el llano». Esa perspectiva es la que le sugiere tener presente a los dioses y a los héroes del panteón latino pues, a final de cuentas, los planteamientos morales suelen estar asociados a la cercanía o lejanía con la que se vive la intensidad del momento. Esta ética de intensidades y finita no riñe con la perspectiva temporal e histórica del mundo de los mitos; la identidad entre momento y eternidad se presenta en el hombre mismo, cuya carne se corrompe en el momento en que abraza la muerte. Ese trenzamiento fatal es, sin duda, el único atisbo de eternidad del que podemos dar cuenta.

Poseerse entraña también la virtud del temple («es preciso que las cosas exteriores lleguen enfriadas a nosotros, como si antes de alcanzarnos hubieran atravesado una vasta masa de agua»), pues a la luz de la concepción montherlanteana del mundo y de la vida, los hombres pueden ser tan semejantes que, como prescribe su maestro Barrés, no hay que odiarlos tanto pero tampoco amarlos mucho.

Otro aspecto de esta ética de la propia posesión es saber desdeñar y despreciar, jerarquizar los afectos y las preferencias, lo carnal y lo espiritual, pues «siempre existe, gracias a Dios, un último lugar». Y añade con una expresión paradójica: «Sed, pues, de lo temporal, ya que el prurito de serlo es tan poderoso en vosotros; pero sedlo con reserva y negligencia; para decirlo todo, sedlo como un eterno ausente».

Se trata de perder todo lo que está a nuestro alrededor para volver incólumes sobre nosotros mismos. En ocasiones, se trata de no optar por nada, porque el juicio que un hombre tiene acerca de la civilización es distinto si está en su escritorio o inmerso en una trinchera con una máscara antigás. Su visión no es excluyente, porque el mundo es un escenario en el que se necesitan toda clase de hombres para hacer un universo feliz. El hombre, como el universo, es también tan rico y tan extenso, que sería una verdadera lástima que no pudiera darles expresión a todas sus bellas posibilidades, y que el que es rudo tuviera que renunciar a la ternura, el racionalista a la poesía, el cínico a los sublimes absurdos del alma y el ateo a Dios.

Montherlant de puño y letra

En Los bestiarios, Montherlant pone al descubierto el maridaje entre la locura y la prudencia, entre el peligro y la fe religiosa, única, esta última, capaz de permitirnos soportar cualquier finalidad inescrutable. El peligro no es privativo de la fiesta de los toros o de los deportes olímpicos. Hasta antes de que padeciera de una ceguera casi total, Montherlant gustaba conducir su automóvil a grandes velocidades para experimentar el vértigo y la posibilidad inmediata de morir. Cada final de aventura, incluso las amorosas, es un renacimiento. Así, señala:

Para aquellos que sienten con fuerza la vocación del espíritu, en el sentido religioso de esta expresión, existen los claustros: buscan refugio en Dios. Para aquellos que sienten la vocación del espíritu, en el sentido humano de la expresión, hay otros claustros: los poetas, los pensadores, los sabios, los escritores, los artistas, se refugian en sus obras y resurgen en ellas, como los amantes se refugian y vuelven a resurgir en las criaturas a las cuales aman.

Sin embargo, la filosofía de la acción no la concibe como un en sí; la contempla siempre como una epifanía, como una revelación de designios míticos supremos. Alban Bricoule, en El sueño, es un soldado que asiste a la gran ceremonia funeraria de la especie, sin que nada pueda evitar el dolor, la lejanía y la muerte. En Los bestiarios, el mismo Bricoule es el artífice de la tauromaquia que, cuando pisa el centro de la arena, reconoce cómo estaba actuando un poder soberano, el único capaz de ese desprendimiento matizado casi de desdén. Todos vieron la soberanía del hombre. Ya no era un combate; era un encantamiento religioso que se elevaba de aquellos puros ademanes, más hermosos que los del amor.

La unión de la acción y el mito engendra las distintas formas del heroísmo. Nuestra época desconoce ese estado del ser que siempre es necesario para proporcionarle hondura y sustancia a la existencia. Montherlant, héroe insumiso de la suya propia, encontró su final por sus propios medios. Un balazo en la sien y la ingestión de una pastilla de cianuro aseguraron que hasta el último segundo se poseyera a sí mismo. Una reflexión acerca del fútbol en Las Olímpicas parece coincidir con su final:

Es correcto, es saludable, sentir que mañana podemos o nos pueden matar. En las manos de la vida amenazada podemos encontrar un cuerno de la abundancia. Mirar, amar, poseer siempre como si fuese la última vez. «¡Más tarde!» murmura la esperanza, que es la voluntad de los débiles. Pero no hay un más tarde y por ello se hacen las cosas. Hay un instante. ¡Que sea mío!

Autor: José Antonio Hernandez Garcia

Bernard Shaw

Bernard Shaw

El Premio Nóbel de 1925, no era solamente uno de los dramaturgos más brillantes de la historia moderna, sino asimismo uno de los genios más excepcionales e interesantes que conoce la cultura fáustica. Irlandés de nacimiento, pero inglés de pluma y corazón; ingenuo protector y amigo de toda suerte de animales - acaso debiera colocarse esta inscripción sobre su tumba como la de cuño similar que recuerda a Axel Munthe en la villa de San Michele de Capri-, pero implacable enemigo de los filisteos de la época; ibseniano empedernido, pero wagneriano anímico; sexageriano ya cuando en su obra maestra exalta a la juventud eterna e ideal encarnada en una alouette de Domrémy cuyo espíritu se identificó de la más prodigiosa de las maneras; éste es el hombre a quien no le importó convertirse en discípulo de Wagner y en su Juan Bautista británico: Bernard Shaw.

Shaw nació en Dublín en 1856; a los quince años dejaba ya de ser un recibo de Colegio para convertirse en oficinista; de ahí nacería su vocación socialista que más tarde había de cuajar en diversos ensayos. A los veinte, abandona el chupatintado para dedicarse a las Letras.

Escribió primero cinco novelas, de las que ninguna vio la imprenta; luego, pasó a ser crítico literario y musical en varios diarios de Londres, ciudad a la que se había trasladado y que se convertiría en su feudo, en su ridiculizado y despreciado feudo. No obstante su fecundo paso por la crítica de Arte, abandonó ésta cuando, después de asistir a una representación de "Casa de muñecas", decidió, fuertemente impresionado por el teatro ibseniano, ser dramaturgo. Su carrera como tal sería prolija en obras y de alta calidad, y a su nacimiento asistieron dos genios que fueron sus padres literarios y los presidentes de su vida ideológica: Henrik Ibsen y Richard Wagner.

Shaw no solamente adoptó los Weltanschauugen de éstos, transladando sus situaciones y sus fines dramáticos de sus propias obras, sino que también comentó sus producciones, de las que era experto conocedor. De ahí nacieron sus ensayos "The Quintessence of Ibsenism" ("La quintaesencia del Ibsenismo") y "The perfect Wagnerian" ("El perfecto wagneriano") . Si con el primero iniciaba su defensa de Ibsen en particular y de la nueva literatura nórdica, en general que le conduciría a aceptar el Premio Nobel con la condición de utilizar su anexo en metálico en la creación de una sociedad cultural que la propagara ("Fundación literaria Anglo-Sueca") con el segundo, además de defender y comentar a Wagner, se alineaba junto a los grandes escritores wagnerianos -Nietzsche, Baudelaire, Liszt, Chamberlain… con cuyos escritos valdrá la pena un día ver recopilada esta obra, escrita en 1898, y que desgraciadamente aún no se ha traducido al español.

Su firme wagnerismo condujo a Shaw no solamente a ello, sino asimismo a reflejar el espíritu de los dramas wagnerianos en los suyos propios. Así, encontramos que cita en innumerables ocasiones al titán de Bayreuth. En el prefacio a "Fascinación" ("The Philanderer"), escribe: "…el Teatro de los Festivales de Bayreuth no hubiese llegado a existir, de no haber sido por la Tetralogía de los Nibelungos, de Wagner", y más adelante expresa este pensamiento de neta índole wagneriana, y una de las bases del drama musical: "Y los lectores de Ibsen y Maeterlinck, los que en el piano estudian a Wagner, han de saber que pueden apreciar plenamente la fuerza de una obra maestra dramática sin la ayuda del teatro". En el prefacio a "El discípulo del Diablo", dice, refiriéndose a su wagneriana costumbre de autoanalizar su obra:

"Escribo prefacios como lo hacían Dryden, y disertaciones como hacía Wagner, porque puedo", y cuatro páginas después afirma rotundamente: "Nadie escribirá jamás mejor tragedia que la del Rey Lear, ni mejor comedia que Le Festin de Pierre o que Peer Gynt, ni mejor ópera que Don Giovanni ni mejor drama musical que El Anillo del Nibelungo". Hay también alusiones a los dramas de Wagner propiamente dichos, y así dice en el prefacio a "La casa de las penas": "... amazonas intrépidas que se dormían a los primeros acordes de Schuman nacían, horriblemente desplazadas, en el jardín de Klingsor", y en la misma obra, cuando uno de los personajes, Mistress Hushabye, quiere describir una noche maravillosa a su acompañante se expresa de esta manera: "Venga Alfredo, verá que luna más hermosa. Es una noche como en "Tristán e Isolda".

Estas y otras citas rozan no ya la anécdota, sino lo ideológico de su nexo wagnneriano; veamos sino cómo Shaw se manifiesta contra el materialismo al decir: ". . . teniendo en sus estantes a Butler, Bergson y Scott Haldane junto a Blake y otros poetas mayores (para no hablar de Wagner y los poetas menores). la Casa de las penas no fue tan segada por el lerdo materialismo de los laboratorios como el mundo inculto del exterior".

Shaw, como Wagner, fue vegetariano a causa de su amor a los animales, lo que le obligó a soportar innumerables chanzas y burlas, aunque ello no le impidió alcanzar la respetable edad de 94 años. Esta sensibilidad con respecto a la especie animal no merece ser juzgada como un sentimentalismo del que siempre estuvo alejado, toda vez que preconizaba, como Nietzsche, el triunfo de los fuertes sobre los débiles y los tarados, y era partidario de la "Fuerza Vital" y la "Evolución Creadora", conceptos que oponía al materialismo darwinista y en los que se integra buena parte de sus obras, como "Hombre y Superhorribre" y, sobre todo, y como ha apuntado Spengler, "La Comandante Bárbara".

Shaw creía que el capitalismo, que fundaba su existencia en la inmoralidad y el robo explotador, debía morir para dar paso a un socialismo ético, de corte nacional y sin relación alguna con el capitalismo de Estado marxista y, como Wagner, defendió esta idea regeneradora en sus escritos y en la práctica, pues de igual modo que el poeta-músico prestó su brazo a la revolución de 1848, él se adscribió a la ideología fabiana.

Shaw, como Wagner, creyó en que había que emancipar a la mujer y elevarla al rango de protagonista del drama de la vida, y como Wagner y como lbsen defendió esta idea y la trasladó al ámbito del teatro. Si Wagner había abierto una senda revolucionaria al señalar que el camino de la redención del hombre pasa por el amor de la mujer y otorgó a ésta la capacidad de abrir el espacio infinito a aquél en el rol de Senta ("El Holandés Errante"), de Elisabeth ("Tannháuser"), de Brünnhilde ("El Anillo del Nibelungo"), de Isolda ("Tristán"), Shaw unió esta vocación redentora a la fuerte personalidad de la Nora ibseniana ("Casa de muñecas"), en Santa Juana, un tipo femenino que a la vez es nietzschiano, wagneriano, shopenhaueriano e ibseniano, porque el prototipo del "superhombre" esto es, del héroe, porque es espiritual como Elisabeth, porque en ella ha muerto la voluntad de vivir como en Brünnhilde y en Isolda, porque tiene la férrea y dominante voluntad de las mujeres de lbsen. Ello a la vez en una mujer paradójicamente grácil y diecinueveañera que es la palanca para una exaltación patética del idealismo y de la lucha individual, que tiene como telón de fondo el Medioveo, al que presenta románticamente erguido por encima de sus abominables lacras la Inquisición y el feudalismo que él mismo denuncia, sin perjuicio de alterar un soplo de esa "atmósfera medieval" que él echaba de ver en las obras de Shakespeare, porque sabe que hoy tienen sus correspondencias sociopoliticas.

Autor: Ramón Bau

Ezra Pound

Ezra Pound

 

"Simplemente quiero una nueva civilización".

Ezra Pound

Uno de los casos más dramáticos de la represión de la democracia contra la cultura, Ezra Pound nació en Hailey, Idaho, en pleno corazón del "lejano oeste", el 30 de octubre de 1885. A los cuatro años fue llevado a Filadelfia; trabajando su padre en la Casa de la Moneda de los EEUU, desde niño se acostumbró a ver el oro y la plata fundidos y convertidos en monedas, origen probable de su preocupación constante por la política monetaria, que le llevará a escribir diversas obras sobre dicho tema.

Habiendo acabado en 1906 sus estudios en la Universidad de Pensilvania, cruza el Atlántico para buscar documentación para una tesis sobre Lope de Vega. Nuevo viaje en 1907, quedándose definitivamente en Europa. En 1912 inicia, desde Londres, su colaboración con la revista "Poetry ", de Chicago. Como corresponsal de la misma, publica en ella y promociona a otros escritores; gracias a él, Tagore o Elliot (1 ) empezarán a ser conocidos. Es tradicional la generosidad con que Pound, incluso a pesar de su precaria situación, se volcaba en la promoción de jóvenes autores que consideraba especialmente dotados. Así pudo influir en toda una generación poética, constituyéndose indiscutiblemente como el más destacado poeta del siglo en lengua inglesa. Joyce no disfrutaría hoy del renombre que posee si no hubiese sido por la desinteresada e incondicional ayuda de Pound, e incluso su "Ulises" o su "Finnegan's Wake" tal vez jamás hubiesen sido escritos.

Yeats mantuvo igualmente con Pound una amistad que se reflejó en una influencia mutua. Pound trabajó con W. Lewis, fundando el Vorticismo. En 1918 dedicaría un número entero a Henry James, que había muerto dos años antes en el olvido, iniciando su recuperación. Pound consiguió publicar la primera novela de Hemingway, ayudando no poco a este autor y, al igual que envió dinero a Joyce, ayudó a Elliot a dejar su trabajo de oficinista para dedicarse a escribir. Por eso escribiría Pound a H. Monroe: "Mi problema es mantener vivo un cierto número de poetas vanguardistas, colocar las artes en el lugar que merecen como guia reconocida y como lámpara de la civilización.

Su obra principal, los "Cantares" ocuparían 50 años de su vida. En 1921 se traslada a París, y cuatro años más tarde, cansado de las intrigas artísticas, se retira a Rapallo. en Italia. Allí piensa Pound realizar su obra y, efectivamente, Rapallo será su hogar durante 20 años y allí trabajará hasta el final de la guerra.

En su retiro de Rapallo, Pound organiza conciertos, compone música e incluso óperas, hace alguna escultura, y sobre todo escribe. Pound analiza el mundo moderno y toma cada vez más conciencia de su rotunda oposición al mismo. Considerando sus luchas para lograr la edición de autores noveles como los antes reseñados, escribe: "Dentro de treinta años, la absoluta estúpidez de dos décadas de editores será quizá más aparente. Me refiero a su cortedad de vista; y particularmente, su política de falsificar la moneda literaria hasta el punto de que ya no engaña ni a los tontos" (El tiempo le daría la razón, sin duda; pero es que también ahora la historia se repite).

En Rapallo, Pound elabora sus teorías sobre el Crédito Social y sus estudios sobre el dinero, destacando la profunda culpabilidad de la finanza internacional. Traduce a Confucio y se interesa por la cultura oriental.

En "Jefferson and/or Mussolini", elogia a Mussolini y se pone decididarriente de su lado por considerar que el fascismo es la única posibilidad de vencer a la Banca Internacional: 'La usura es el cáncer del mundo, sólo el bisturí del Fascismo puede extirparla de la vida de las naciones’, escribe en 1929. Atacando duramente lo que él llama "la usurocracia demoliberal", afirma: "Es la tarea de esta generación hacer lo que no han hecho los primeros demócratas. El sistema corporativo, que concede al pueblo poderes en relación con su trabajo y vocación, le proporciona medios para protegerse eternamente contra las potestades del dinero".

Cuando estalla la II Guerra Mundial, Pound no duda en atribuir la culpabilidad a la Finanza Internacional, que es la que ha provocado el desastre. Así afirma "Esta guerra no ha nacido de un capricho de Hitler o de Mussolini. Esta guerra forma parte de la guerra milenaria entre usureros y trabajadores, entre la usurocracia y todos los que hacen una jornada de trabajo honrado con el brazo o con el intelecto".

La meta de Pound siempre ha sido el estado que rindiese culto a la personalidad y al arte. Por eso no siente simpatía alguna con los sistemas democráticos, y en "El Renacimiento" afirma: "Las democracias siempre han sido derribadas porque la humanidad desea con vehemencia al individuo sobresaliente. Y hasta el presente, ninguna democracia ha proveido el espacio suficiente para la expansión de dicha personalidad". Se pronuncia así por una vuelta masiva de las sociedades al arte y a la cultura, para concluir: "Cuando una civilización vibra de vida, apoya y fomenta a todas las artes: pictórica, poética, escultórica, musical y arquitectónica. Cuando es apagada y anémica, ampara a una chusma de sacerdotes, a instructores ineptos y a loros que no hacen más que repetir todo de segunda mano. Si la literatura ha de resurgir en Norteamérica, tendría que reaparecer a través de, aunque, a pesar del actual sistema comercial de publicaciones".

Deseando evitar la guerra, se traslada a los Estados Unidos, y no siendo posible, obtiene de Radio Roma la autorización para hablar regularmente con la condición de que jamás se le pediría que dijera algo que su conciencia no le permitiera o en contra de sus deberes de ciudadano de los Estados Unidos, condición ésta que debía hacerse constar específicamente en cada programa. El gobierno italiano cumplió su promesa, y desde enero de 1941 hasta julio de 1943, Pound habló por Radio dos veces por semana. En sus charlas, bramaba contra la guerra, contra el mayor culpable, el presidente Roosevelt, contra el "sistema de usura" y contra los judíos. Atacó el Talmud y recomendó repetidamente los Protocolos de los Sabios de Sión.

Indicó que la guerra era organizada por unos cuantos financieros contra los mismos ciudadanos americanos. Maldijo a Churchill, a Baruch, a Morgenthau, e incluso acusó al Judaísmo norteamericano de haber creado el bolchevismo. Pero también trató de Confucio, de literatura y de los mejores autores de nuestro siglo.

Cuando más tarde fuese condenado por estas emisiones por los aliados, Ezra Pound declararía: "La libertad de prensa se ha convertido en una farsa, pues todo el mundo sabe que la prensa está controlada, si no por sus propietarios titulares, por lo menos por los anunciantes. La libre expresión bajo las condiciones modernas se convierte en una burla si no se incluye el derecho de libre expresión a través de la radio".

Como dándole la razón a estas declaraciones, el 5 de mayo de 1945, Pound era detenido por soldados americanos y llevado a un Centro Disciplinario de Entrenamiento de Pisa. No sabía que iba a tener que demostrar hasta la saciedad, con hechos, su propia frase: "Si un hombre no está preparado a correr riesgos por sus opiniones, es porque o bien sus opiniones no valen nada, o él no vale nada", Fue metido en una jaula de hierro (En los Cantares la llama "la jaula del gorila"), en una línea de jaulas en que se guardaban a los condenados a muerte. El sol y la lluvia le daban encima, y de noche poderosos reflectores le impedían conciliar el sueño. A las tres semanas de semejante tratamiento, Ezra Pound tuvo que ser trasladado a la zona médica.

Los tratos recibidos en Pisa violaban, como indicó luego el profesor Giovannini, varias cláusulas de la Constitución de los EEUU y, por descontado, los derechos Humanos por los que los aliados creyeron deber combatir al Fascismo.

A los seis meses (sin proceso, sin un abogado, sin derecho a fianza), fue trasladado en avión a Washington y acusado allí de haberse aliado a los enemigos de los Estados Unidos. Sin juicio ni veredicto de ningún tipo, se dijo que Pound "no estaba en posesión de su juicio ni en condiciones de declarar", por lo que se decretó que se había vuelto loco ("... y ahora me llaman loco, porque aparté de mi toda locura..." dirán unos versos de "Personae") El Dr. Marion King, del Servicio de Sanidad Pública de los EEUU, consideró que Pound era "una persona sensible, excéntrica y cínica, que estaba en "un estado paranoico de proporciones psicóticas que le impide hacer frente a un juicio", y el jurado declaró al escritor como enfermo mental, ingresándolo en el Hospital de Santa Isabel. La realidad es que así pudo Pound estar 13 años encarcelado sin haber sido sentenciado por ningún delito. En el Hospital, su "enfermedad" no recibió tratamiento médico alguno, prueba evidente de la intencionalidad del hecho, y durante el primer año y medio no vio la luz del dia, permaneciendo en la misma sala con otros enfermos dotados todos de su correspondiente camisa de fuerza.

Ezra Pound en contra de todo tipo de psiquiatría; preguntado sobre si prefería a Freud o Jung, contestaba que no podía diferenciar entre los distintos contenidos de una cloaca. Los doctores americanos no consiguieron, a pesar del encierro, que el "enfermo" se sometiera al psicoanálisis. En varias ocasiones, Pound explicó que, de hecho, estaba encerrado en un manicomio dentro de otro, considerando a la sociedad americana como una inmensa casa de locos.

Cuando en 1948 le fue concedido el Premio Bollingen de Poesía por sus Cantos Pisanos, premio dotado con 1.000 dólares por la Biblioteca del Congreso, la protesta que se levantó contra los miembros del jurado fue bestial; la prensa atacó brutalmente a Pound, los miembros del Congreso de los EEUU rasgaron sus vestiduras, y desde entonces el premio Bollingen no fue concedido nunca más por la Biblioteca del Congreso, trasladándose su jurisdicción a la universidad de Yale. Una prueba resplandeciente de la objetividad de la democracia aliada... Incluso Radio Moscú atacó a las sociedades occidentales que carecen de poetas como para tener que premiar a los locos...

Ezra Pound mantuvo sus convicciones políticas, económicas y artísticas hasta el final de sus días. A sus visitantes en Santa Isabel, les enseñaba las fotos de Mussolini colgado y en los "Cantos Pisanos" llama al caudillo italiano "el dos veces crucificado". Mantuvo sus ataques a los judíos y su responsabilidad en la guerra durante toda su reclusión, afirmando finalmente: "La única oportunidad de salir victorioso del lavado de cerebro es el derecho que todo hombre tiene a que sus ideas sean juzgadas una por una". Los más prestigiosos nombres de las letras de todo el mundo acudieron a visitarle a Santa Isabel; evidentemente, para ser loco, sus últimos años de estancia en el manicomio fueron altamente prolíficos.

Cuando en 1954 Hemingway recibió el Premio Nobel de Literatura, dijo que hubiera preferido que se lo hubieran dado a Pound en vez de a él. Numerosos escritores e intelectuales hicieron escritos pidiendo su puesta en libertad, e incluso todos los vecinos de Rapallo enviaron una petición de gracia al congreso de los EEUU.

Pero no sería hasta 1958 que Pound pudiera salir, totalmente libre, de su reclusión. Jamás tuvo un juicio ni una excusa. La represión sorda continuaría toda su vida: la Academia de Artes y Ciencias de Norteamérica no aceptó su nombre para la concesión de la Medalla Emerson, negándose -cosa sin precedentes- a aceptar el innforme de su propio comité. Año tras año se le negó la concesión del Premio Nobel, incluso después de haber sido concedido a escritores (como Yeats, Elliot, Hemingway, etc) influidos por él y desde luego inferiores. Elliot dejaría escrito, entre tantos testimonios de su enorme valor literario: "Ningún hombre vivo puede escribir como él y me pregunto cuántos escritores tienen la mitad de su talento".

Ezra Pound moría en 1972. Su nombre quedaba como el del pensador, el artista, que había sabido refrendar con su atormentada vida toda una ideología tremendamente personal. Y la historia de Pound es la misma historia del descrédito de sus enemigos: humillándole, éstos demostraban su error.

De su Canto LXXVI suenan aun esos versos que acaban así: “¡ay, de los que conquistan con ejércitos y cuyo solo derecho es su fuerza!

Autor: Ramon Báu

Sorel y el Sindicalismo Nacional

Sorel y el Sindicalismo Nacional

Si alguien se atreve a levantar su voz contra las ilusiones del racionalismo en el acto es considerado como un enemigo de la democracia

Georges Sorel (1847-1922) era un ingeniero francés, padre del revisionismo revolucionario que supera el carácter materialista del marxismo y llegará a ser básico para la génesis del fascismo. El ambiente intelectual de Sorel se enmarca en el Barrio Latino de París, muy lejos de las frías escuelas teoréticas de Viena.
Marxista confeso, Sorel pretende, originalmente, completar el pensamiento de su maestro. A principios del siglo XX el pensamiento socialista debe enfrentarse a una serie de problemas nuevos, difícilmente explicables mediante el análisis marxista ortodoxo. Sorel se desmarca de las estructuras racionalistas y destaca que el marxismo es la construcción de un mito revolucionario para ilusionar a las masas, negando su valor como explicación racional de la realidad.
Sorel niega el valor del racionalismo, al que acusa de corruptor. Antepone a Pascal y a Bergson frente a Descartes y a Sócrates. Sorel sustituye los fundamentos racionalistas y hegelianos del marxismo por:
1.- La nueva visión de la naturaleza humana que predica Le Bon, quien aconseja que "para vencer a las masas hay que tener previamente en cuenta los sentimientos que las animan, simular que se participa de ellos e intentar luego modificarlos provocando, mediante asociaciones rudimentarias, ciertas imágenes sugestivas; saber rectificar si es necesario y, sobre todo, adivinar en cada instante los sentimientos que se hacen brotar". Resume Le Bon que "la razón crea la ciencia, los sentimientos dirigen la historia".
2.- Por el anticartesianismo de Bergson. Las enseñanzas de Bergson permiten sustituir el contenido racionalista, es decir, utópico, del marxismo por los mitos revolucionarios. Sorel afirma que todo gran movimiento viene motivado por mitos. El método psicológico toma el relevo al enfoque mecanicista tradicional (1899), frente al método científico, el recurso a una teoría de los mitos sociales. Sorel no repudia el marxismo, incluso llega a defenderlo contra algunos socialistas democráticos. Se debe a que considera que no existe ninguna relación entre la verdad de una doctrina y su valor operativo en tanto que instrumento de combate. Sorel desplaza el mito de la esfera del intelecto y lo instala en la de la afectividad y la actividad. Una mentalidad religiosa contra la mentalidad racionalista. Sorel recuerda que Bergson nos ha enseñado que la religión no ocupa en exclusiva la región de la conciencia profunda, la ocupan también, por las mismas razones, los mitos revolucionarios. Con ello, Sorel rechaza el presunto carácter científico del marxismo y niega la posibilidad de la explicación social en términos cuasi matemáticos.
3.- Por la rebelión de Nietzsche. La única actitud coherente del revolucionario es la negación de los valores imperantes y la afirmación de otros nuevos y rebeldes. En Reflexiones sobre la violencia, Sorel afirma: Los mitos no son descripciones de cosas, sino expresiones de voluntad... conjuntos de imágenes capaces de evocar en bloque y exclusivamente a través de la intuición, previamente a cualquier tipo de análisis reflexivo, la masa de los sentimientos que corresponden a las diversas manifestaciones de la guerra librada por el socialismo en contra de la sociedad moderna. Sorel identifica mito y convicciones, entendiendo éstas en términos de las ideas y creencias de Ortega. Sorel distingue entre la ética del guerrero, que apoya, y la del intelectual, que condena: Ya no hubo soldados ni marinos, sólo hubo tenderos escépticos.

Fases del pensamiento soreliano

Socialismo marxista

En una primera fase, los sorelianos metamorfosean el marxismo, construyen una nueva ideología revolucionaria, desechando las teorías marxistas de plusvalor y de clase. Sorel vacía el marxismo de hedonismo y de materialismo, haciéndolo pasar de ser una máquina intelectual esclerotizada a una fuerza movilizadora en pos de la destrucción de lo que existe, el mundo materialista burgués. La teoría de los mitos se vuelve el motor de la revolución y la violencia su instrumento: La violencia proletaria, no sólo puede garantizar la revolución futura, sino que, además, parece ser el único medio de que disponen las naciones europeas, embrutecidas por el humanismo, para recobrar su antigua energía. Para Sorel, sólo los hombres que viven en estado de tensión permanente pueden alcanzar lo sublime. En esa vía, Sorel reivindica el cristianismo primitivo y el sindicalismo de combate de su tiempo. No nos molestaremos en demostrar que la idea de violencia revolucionaria no se ciñe al derramamiento de sangre ni a la brutalidad, que son inherentes a la explotación del trabajador, camuflada bajo la cortina de humo del sufragio partitocrático. Por esa vía, también la crítica del sociólogo Pareto al marxismo, base de su teoría de las élites, se acerca a la de Sorel.

Sindicalismo nacional

En una segunda fase, a partir de que Sorel abandona el socialismo (1909), el mito nacional sustituye al mito exclusivamente proletario, ya desalentado en la lucha contra la decadencia democrática y racionalista. La enseñanza obligatoria, la alfabetización en las zonas rurales, el acceso lento pero continuo de la clase obrera a la cultura, no favorecen la conciencia de clase del proletariado, sino más bien una nueva toma de conciencia de la identidad nacional. Los sorelianos ven la organización de la sociedad en términos sindicalistas. Sorel cree que el sindicalismo, en su lucha contra la dictadura de la burguesía y la dictadura del proletariado, ambas materialistas, posee un alto valor civilizatorio. La influencia de Sorel se refleja en el parlamento de productores defendido por José Antonio, así como en la afirmación: Concebimos a España como un gigantesco sindicato de productores. Ledesma asumirá, además, el término de sindicalismo nacional que se extiende entre los sorelianos franceses e italianos. A la postre, lo nacional vira hacia formas de sindicalismo al igual que los sindicalistas varían hacia diferentes escuelas de nacionalismo. Asumen, también, de Sorel que la disciplina, la autoridad, la solidaridad social, el sentido del deber y del sacrificio, los valores heroicos, son otras tantas condiciones necesarias para la supervivencia de la nación. El mito nacional releva al mito meramente social como motor revolucionario. Para ello, es preciso que la convicción se apodere absolutamente de la conciencia y actúe antes que los cálculos de la reflexión hayan tenido tiempo de aparecer en el espíritu. Es decir, opta por la opción de la nueva civilización que nace de la acción directa antes de la reflexión teórica. Aquí Ledesma recibe una mayor influencia soreliana que José Antonio, que a pesar de su renuncia a la torre de marfil de los intelectuales siente una cierta nostalgia por ella, visible en su Elogio y reproche a Ortega y Gasset.
La vanguardia cultural de la primera década del siglo XX, los futuristas, reciben con entusiasmo las ideas sorelianas prefascistas: Los elementos esenciales de nuestra poesía serán el coraje, la audacia y la rebelión. Queremos derribar los museos, las bibliotecas, atacar el moralismo (...) Ensalzamos las resacas multicolores y polifónicas de las revoluciones. En pie en la cumbre del mundo, lanzamos una vez más el desafío a las estrellas. (Marinetti, 1909).
Un hecho crucial en la opinión pública occidental está en 1920. Cuando, respaldados por numerosas huelgas parciales y ocupaciones de fábricas en el norte de Italia, los nacionalsindicalistas italianos presenten su propuesta de autogestión de la industria al ministro de Trabajo, Arturo Labriola. El primer ministro Giolitti reconoce el derecho de participación de los trabajadores en las empresas. El nacionalsindicalismo italiano obtiene así una victoria épica.
Con todo ello, los sorelianos abren la tercera vía entre las dos concepciones totales del hombre y la sociedad que son el liberalismo y el marxismo, ideologías presas del racionalismo donde se prescinde de la intuición y del sentimiento en favor de un imposible concepción matemática de las ciencias sociales. El discurso de Sorel se hace transversal, basado fundamentalmente en el poder de los sindicatos pero repudiando el carácter meramente reivindicativo de éstos, es decir, su domesticación en brazos del socialismo parlamentario. Sorel repudia los pactos y acuerdos con la burguesía, así como el sistema de dominio del liberalismo democratizado: el parlamentarismo. Sorel odió tanto a la burguesía y la democracia liberal que recibió con expresiones de júbilo la revolución rusa, a pesar de haber criticado enérgicamente el leninismo de los revolucionarios profesionales. Sorel ve en Lenin la revancha del genio creador del jefe contra la vulgaridad democrática. Aconsejaba a los sindicatos alejarse del mundo corrupto de los políticos y de los intelectuales burgueses, distinguiendo entre conspiración y revolución. Sólo la segunda da vida a una nueva moral. Sólo los trabajadores más militantes -dice Sorel- son sindicalistas: El obrero de la gran industria sustituirá al guerrero de la ciudad heroica. Por tanto, los valores de ambos son comunes y el ascetismo y la eliminación del individualismo suponen características compartidas por el soldado-monje y por el obrero-combatiente. Podemos encontrar coincidencias entre el desarrollo de Sorel y el de Spengler.

Fascismo

Sorel no desacreditó el uso que los fascistas hacían de su nombre. De hecho, el fascismo nace de la crítica sindicalista, con un fuerte componente soreliano, al marxismo racionalista ortodoxo. El fascismo se revela contra la deshumanización introducida por la modernización en las relaciones humanas, pero, al contrario que el tradicionalismo, desea conservar celosamente los logros del progreso. La revolución fascista busca transformar la naturaleza de las relaciones entre el individuo y la comunidad sin que por ello sea necesario desbaratar el motor de la actividad económica moderna. Los sorelianos son los primeros revolucionarios surgidos de la izquierda que se niegan a cuestionar la propiedad privada. Consideran que atacarla supone confundir al enemigo real: la concepción burguesa y materialista de la existencia, que también encarnan el jacobino y el socialdemócrata.
Los sorelianos se mantienen fieles a la idea de que todo progreso depende, y dependerá, de una economía de mercado, al igual que hoy defiende el economista joseantoniano Velarde Fuertes, distintas de los planteamientos estatistas de Dionisio Ridruejo. En este punto del debate, los nacionalsindicalistas se escinden, la mayoría pasa a apoyar directamente al fascismo, incluso cuando éste modera su aspecto de transformación económica de la sociedad. Otro pequeño sector, el ala izquierda, rompe con el fascismo y recupera el viejo axioma del sindicalismo revolucionario: la sociedad de trabajadores libres.
El paso de uno a otro es visible en José Antonio en la comparativa del Discurso de la Comedia de 1933 al Discurso de la revolución Española de 1935, en el que enumera cuatro tipos de propiedad: la personal, la familiar, la comunal y la sindical. Están ausentes la estatal y la correspondiente a sociedades anónimas.
En cualquier caso, con la síntesis fascista, la estética revolucionaria y heroica se convierte en parte integrante de la política y de la economía.

Conclusión

Sorel, en los artículos reunidos en las Ilusiones del Progreso, denuncia a Descartes, dado que sus ideas lo son de la clase dominante. Desecha el racionalismo que deviene en optimismo al entender el mundo como un inmenso almacén donde todos pueden satisfacer sus necesidades materiales. Sorel pide que el socialismo se transforme en una filosofía de comportamiento moral, donde las relaciones de los trabajadores generen una nueva ética, absolutamente distinta de la moral burguesa, el enemigo real de Sorel.
Sorel abandona el proletarismo cuando comprueba que la violencia obrera, sustentada en las reivindicaciones materiales, no eleva al proletariado al nivel de una fuerza histórica susceptible de engendrar una nueva civilización. Sorel anuncia que el sindicalismo se separa del socialismo racionalista y repudia, finalmente, a Marx y a Hegel. Sorel asume la frase de Croce y afirma: El socialismo ha muerto, cuando descubre, con amargura, que las ideas, preocupaciones, fines y comportamientos del trabajador no difieren de aquellas de los burgueses. El carácter pactista del parlamentarismo liberal ha seducido a los partidos socialistas europeos occidentales y los sindicatos, animados por la acción directa y el mito de la huelga revolucionaria, o se amoldan o se separan radicalmente del socialismo parlamentario.
Sorel se desentiende de las construcciones teóricas que anteceden a la acción. Él es un enamorado del hecho revolucionario, lo que ayuda a comprender su paso del marxismo de combate, que abandona cuando la socialdemocracia se domestica en los parlamentos, y da su posterior adhesión a los procesos de revolución nacional que sacuden Europa.
Cuando el 23 de marzo de 1919, en la plaza San Sepolcro de Milán, Mussolini funda el fascismo italiano, entre los presentes se encuentran muchos sindicalistas sorelianos, hastiados de la connivencia de la burguesía con el Partido Socialista Italiano del que también procede el futuro Duce.
En resumen, el fascismo no nace de la burguesía sino que es una escisión de la izquierda socialista, la fracción de aquellos que abominan del liberalismo parlamentario y consideran que la misión histórica del proletariado no es imponer una dictadura sino crear una civilización.
A la postre el fascismo pierde su empuje revolucionario, es decir, cuando inicia su política de pactos con la burguesía industrial, los partidos nacionales del resto de Europa rompen con él y buscan un nuevo engarce de la revolución nacional con el brío puro y antipolítico de las masas anarcosindicalistas. El mejor ejemplo lo tenemos en Ramiro Ledesma y La Conquista del Estado. Ledesma no opta por el fascismo, a pesar de su viva la Italia de Mussolini o viva la Germania de Hitler, ni por el bolchevismo, también a pesar de su viva la Rusia de Stalin, sino por algo consustancial a todos ellos, el fin de la democracia liberal, ese régimen basado en palabras del soreliano Berth, en el voto secreto...el símbolo perfecto de la democracia. Ved a ese ciudadano, ese miembro de lo soberano, que temblorosamente va a ejercer su soberanía, se esconde, elude las miradas, ninguna papeleta será lo suficientemente opaca para ocultar a las miradas indiscretas su pensamiento...
Ledesma, como Sorel y José Antonio, entienden que el trabajador está llamado a recuperar el sentimiento heroico de la existencia, antaño en manos del guerrero.
Sorel es la superación del mecanicismo marxista. José Antonio da un paso más, superando el fascismo corporativista y enlazando la cuestión social y la nacional con el compromiso humano y utópico.
En resumen, el fascismo es un revisión del socialismo. El nacionalsindicalismo, al final, supone una superación del carácter material y pactista de ambos, entroncando con el sindicalismo revolucionario y la nacionalización del proletariado, construyendo una sociedad vertebrada sin estatismo.

Autor: Gustavo Morales

Jean Cau, amigo de España.

Jean Cau, amigo de España.

Cuando falleció Jean Cau (18-VI-93), Robert Schener escribió en la revista «Le Choc du Mois» que fue «una ironía del destino: el cáncer ha vencido al que tanto combatió, con por arma principal un singular talento, contra el cáncer ideológico, cultural, social y político, que se ha abatido sobre Occidente, le mina y desvitaliza». No se equivocaba el columnista galo, Cau ha sido quizás el último de los intelectuales que se atrevieron a levantar la pluma para combatir como anticonformista en medio del pensamiento único que azota Europa.

Nacido en Bram, en el mediodía de Francia, el 8 de julio de 1925, autor de más de cuarenta volúmenes (novelas, ensayos, poesía, discursos políticos, etc.) y centenares de artículos periodísticos, Jean Cau ocupa un papel central en las letras europeas. Su itinerario cultural e ideológico es el del prototipo anticonformista, quizá el último del círculo de los intelectuales que iniciaran su andadura con Drieu La Rochelle y «Nouvel Ordre» en el período de entreguerras.

Tras la Segunda Guerra mundial participa y se inicia en el joven grupo de intelectuales que se reunían en el despacho de «Les Temps Modernes» con André Malraux, Simone de Beauvoir, y Jean-Paul Sartre. Sus simpatías eran claramente filocomunistas por aquella época. En palabras de Herbert Lottman, que ha estudiado este grupo de intelectuales, «la reunión parecía entonces más imponente que la Academia francesa» por la gran valía intelectual de los asistentes que discutían de política, filosofía y literatura. Allí se convertirá en el secretario privado de Sartre hasta el año 1956 en que rompe con su maestro y comienza un peregrinar solitario en las filas anticonformistas como articulista en «L'Express», «Figaro Littéraire», «France-Observateur» y, después, «París Match». Escribe en la flor y nata de la prensa respetable de la época, abandonando sus extremistas posturas anteriores.

La izquierda asimiló mal su conversión a lo que ellos llamaban la «extrema derecha» y mucho peor la defensa que hará, en un principio, de la figura del general De Gaulle. Jean Cau nunca fue de la extrema derecha, ni de izquierdas desde que comprendió la mentira del igualitarismo marxista. A mediados de los años sesenta asume una postura claramente anticomunista, cuatro años después de haber recibido en 1961 el premio Goncourt, el máximo galardón de las letras francesas, por su inmortal La piedad de Dios. Sin embargo, ya entraba en la marginalidad en que el sistema relega a los que no juegan con las cartas trucadas (ese mismo año se daba a conocer en España con Las orejas y el rabo editado por Plaza y Janés). Sustituirá su producción narrativa (editada principalmente por la prestigiosa editorial parisina Gallimard) por obras de ensayo y pensamiento: Un testament de Staline, Lettre ouverte á tout le monde, Les écuries de l'Occidente, La grande prostituee, etcétera.

Poco conocido en España a no ser por la labor de divulgación que de él hiciera Ramón Bau en febrero de 1982 en una crítica literaria del ensayo de Cau Reflexiones duras sobre una época decadente, y la publicación de un breve trabajo suyo (Ediciones Nuevo Arte Thor, Barcelona 1986) donde aparecerá una de las obras más comprometidas de este autor: El Caballero, la Muerte y el Diablo. En esta novela, escrita con tonos autobiográficos y en un estilo ensayístico, Cau introduce a los lectores, en fecha temprana pues recordemos que la edición francesa es de 1975, en el mundo de las ideas anticonformistas que abrirán paso, casi una década después, a la llamada «Nueva Derecha» liderada por Alain de Benoist. Se atreve a escribir que: «nadie hoy en día se atreve a esculpir a negros como porteadores, pues sería acusado de racista. Ningún Balzac osaría escribir su Avaro pues sería tratado de antisemita. Nunca hemos sido tan poco libres de ser inocentes. Frente a cada uno de nuestros pensamientos, de nuestros actos, infinitos jueces nos interrogan e investigan y, bajo pena de ser culpables, debemos parar nuestra marcha» (Reflexiones duras sobre una época decadente).

En su calidad de convencido europeista, superador de los nacionalismos, Jean Cau tampoco duda en creer que la salvación de Europa puede venir del Este y será de los pioneros de esta concepción, que propagase el también fallido Jean Thiriart. Dice Cau: «Rusia, única nación en el Occidente blanco que no siente la vergüenza de vivir el siglo... orgullosa de ser rusa, fuerte, mostrándonos, a plena luz y en primer plano, sus soldados de piel blanca y ojos claros. Rusia, cuya tierra endurecida por la tiranía habrá protegido la semilla de los héroes» (El Caballero, la Muerte y el Diablo).

Es antiliberal y aborrece el igualitarismo pseudodemocrático y, por ello, desenmascara a sus antiguos compañeros de viaje recordando que la desgracia de la democracia reside en haber «multiplicado las cobardías por millones... Los enanos gritan que es culpable (la raza blanca). Ella se calla. Los enanos han inventado una nueva lengua de la que han sido expulsadas las antiguas palabras hasta el punto que el pensamiento-enano es el único que describe el mundo a través de las rejas que sobre él aplica». (Ibid.).

Pero Jean Cau en el fondo es optimista, cree en los valores eternos de nuestros pueblos. Se considera a sí mismo como introductor de una literatura que busca el pasado de Europa y muchos de sus personajes son valerosos caballeros andantes y cruzados de Occidente. Sobre la infinita capacidad de superación de Europa, opinaba: «Sin embargo, siempre han quedado rescoldos de fuego bajo las cenizas y Occidente se ha fortalecido con una contradicción que ha producido el caballero, el cruzado, el constructor de catedrales, el conquistador y el colonizador». (Ibid.).

Otra faceta de este autor galo fue su pasión por España. Una profunda pasión que se enraiza en la antigua tradición hispanófila de los intelectuales franceses desde que Corneille escribiera su inmortal Cid. Así, mientras que la intelectualidad hispana era tradicionalmente antifrancesa, nuestros vecinos veían en España un mundo romántico y atrayente que correspondía al país de sus sueños. No es una casualidad que autores tan dispares como Albert Camus, André Malraux, Maurice Barrés (padre del nacionalismo político francés), Víctor Hugo, o Drieu La Rochelle buscasen inspiración en España. Otro enamorado de España, Robert Brasillach, igualmente reconocía que «era España el país que... hablaba mejor a sus corazones después de Francia... en la cuál nunca se sentirían desplazados». La obra maestra de Cau, La Pitié de Dieu, es precisamente un relato sobre el ambiente taurino como lo será Vida y muerte de un toro bravo (1963), Matador (1967) y Toros (1973). Este tema le apasionó aunque podamos tener nuestras discrepancias con él sobre la excesiva práctica reduccionista que identifica lo español con lo meridional. No le atrajo el mundo de los toros por su carácter festivo, sino porque representaba la España que era capaz de despertar sus más íntimas sensaciones.

También Jean Cau había percibido el cambio copernicano que la sociedad española había sufrido desde la entrada en la Europa de Bruselas, no porque prefiriese el régimen anterior, sino porque no podría aceptar que el progreso significase la destrucción de los valores tradicionales del pueblo español. Hace algunos años, Espasa Calpe publicó una de las últimas obras de Cau, Por sevillanas, (1988), en la que el autor confesaba, al igual que hiciera Brasillach poco antes de morir, que «Desde hace muchos años, me paso el tiempo haciendo declaraciones de amor a España, porque si Francia es la patria de mis ideas, España es la de mis pasiones». «Ser andaluz. Como ser español». Estimaba que Sevilla encarnaba el genuino espíritu de esa España que se resistía a morir a manos del progreso: «No quiero volver a verla, porque la he amado todavía para desearla todavía... nos callaremos si no nos reconocemos».

Con su muerte, España ha perdido uno de los defensores intelectuales que tenía en Europa, y ésta perdió a uno de los últimos pensadores anticonformistas. Cau fue de los que supieron abrir camino a las nuevas generaciones de intelectuales que se niegan a formar parte del sistema impuesto; éste es su legado. Es triste comprobar que, aparte de una breve nota necrológica aparecida en el periódico «El País» y un digno artículo en «Diario 16» -edición de Andalucía- de la mano de Antonio Burgos su desaparición pasase inadvertida. Que esta nota sirva para atenuar el olvido de un verdadero amigo de España.

[Razón Española n°87]

Autor: Erik Norlig