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La memoria de la Otra Europa

Literatura

Victor Ricardo Azuaje: Cantos al amanecer

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La Resistencia: Versos para resistir en un mundo en ruinas

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Juan Pablo Vitali: Cuando muera España

Juan Pablo Vitali: Cuando muera España

Cuando muera España con ella moriremos
Los que no supimos que España es nuestra sangre.

Cuando muera España Europa se hará pequeña
Más pequeña aún que en estos tristes días.

Cuando muera España su eslabón de acero
Se hundirá para siempre en las aguas del océano.

Cuando muera España también la lloraremos
Los desterrados al Sur de su trágico destino.

Cuando muera España fundaremos
Una gran España todavía más terrible.

Con un pueblo nuevo que ya no será celta
Ni íbero, romano o visigodo.

Levantaremos los dioses olvidados
Y seremos solamente: banderas negras, acero y territorio.

Cuando muera España habrá un cataclismo
Que correrá algunos grados el eje de la tierra.

Cuando muera España nacerán sus hijos
De la tierra virgen y el sol negro entre cenizas.

Desde las entrañas de un nuevo continente
En el olvido del llanto y sin remordimientos.

Forjaremos la España de la resurrección
Quemando las aguas del nuevo desembarco.

Juan Pablo Vitali

Memoria y olvido de Rafael Garcia Serrano

Memoria y olvido de Rafael Garcia Serrano

Lo conocí por otros escritos que me lo nombraban, y en el ardor de los dieciocho años lo busqué para leerlo. A mí es que los títulos siempre me han podido, y un heptasílabo tal, levemente aliterativo y sobradamente heroico como La fiel infantería, no podía sino atraerme.

Era bronca la novela, y escrita con la premura del hombre de acción que condesciende a hacer líneas que una detrás de otra componen un artículo, un libro. Pero tenía prosa y estilo vigorosos, algo que no quiso ver Antonio Muñoz Molina en una columna suya publicada en El País hace meses. De las muchas opiniones que sobre García Serrano se puedan emitir, ninguna que afirmase su tibieza podría sostenerse. De muchos hierros salen muchos yerros, y él participó mucho en el vivir y en las armas de su época. Tomó una bandera y luchó por ella, primero con el ahínco del joven enamorado, tiempo después con la fidelidad del adulto al amor de juventud. Violencia hubo, y refrendada por el autor de La fiel, pero también generosidad, ideal y altruismo.

Ya a su primer libro, Eugenio o proclamación de la primavera (1938), asoma su falangismo militante, que se hace tan omnipresente que asfixia a quien no comulgue con el movimiento político que fundara José Antonio Primo de Rivera (precisamente a él está dedicada la breve obra o novella). El rojo y el negro teñirán ya para siempre su prosa, que cuando no está claramente mediatizada por el mensaje político brilla como pocas: es apasionada y de una riqueza formidable, y al mismo tiempo sencilla, nada barroca, o al menos de un lujo nada versallesco. La de un joven que se estrenaba en la hombría y que, si no la sangre, sí tiene azul el corazón, y de ahí su tinta.

Yo no sé si por vallisoletano (allí nacieron las JONS), por culto o respondón ante unos y otros, Francisco Umbral es, desde presupuestos políticos opuestos, uno de los escritores españoles que mejor ha sabido ver qué cosa fue la Falange y quién José Antonio, al margen de la conversión de ambos en apoyaturas y símbolos del Régimen del 18 de Julio. Y Umbral ha tenido palabras elogiosas para nuestro escritor. García Serrano fue, como he dicho, una de las voces de la Falange, pero por muchos motivos diferente a otras con las que se podría comparar.

Más joven que Foxá, Sánchez Mazas y el propio José Antonio, no aportó nada al ideario o estilo del movimiento político en el que se encuadró a una edad demasiado escasa para ello. Pero luchó, sí, y fue herido en la contienda, y desde entonces ésta quedó como una fijación, sobre la que gravitaron el resto de sus años y muchas de sus innumerables páginas.

Por ejemplo, las de la ya citada La fiel infantería (1943), que obtuvo el Premio Nacional de Literatura (en aquel momento se llamaba Premio Nacional de Literatura José Antonio Primo de Rivera) y que fue inmediatamente secuestrada, según el autor “gracias a la denuncia del arzobispo primado de Toledo y a la pasión eclesial de Gabriel Arias Salgado”. De alguna forma, este hecho llevado a la categoría de emblema es el acta de defunción de lo que de nacionalsindicalista o revolucionario y juvenil tuviera el Régimen, y su sustitución por un modelo nacionalcatólico y ñoño. Eran también los días en que se desmantelaba la Divisón Azul. Para mí que en la cuenta del debe de García Serrano está el no haberse opuesto con mayor afán a esta conversión forzada. Pero lo que es indudable es que fue fiel a sus ideas hasta el final, y sin voces revolucionarias y de genuino patriotismo como la suya el Movimiento, con ese aluvión de recién llegados de la CEDA y otros cuerpos extraños, hubiese sido algo más como una derecha torpe, miope y timorata.

Tal vez por su procedencia navarra (nació en Pamplona el año de la revolución rusa), García Serrano no vio como un hecho antinatural la unificación de falangistas y requetés en ese engendro híbrido —mulo que tiraba del carro triunfal de Franco— que fue Falange Española Tradicionalista y de las JONS. Camaradas suyos evolucionaron: Ridruejo se hizo socialdemócrata, Foxá escéptico y gordo, a Sánchez Mazas se le fue yendo la combatividad con las nostalgias de sus Pedritos de Andía y Tarines. Sólo él quedó apegado a ese verano perpetuo de 1936, mas con una particularidad que lo ennoblece: como el púgil que se parte la cara y al sonar la campana abraza al contrincante, siempre estuvo más cerca del enemigo corajudo que del espectador que se apoltrona en su almohadilla y todo lo más apuesta.

Publicó mucho: Plaza del Castillo, Los ojos perdidos, Diccionario para un macuto... y tantos y tantos títulos que aquí se omiten. En los últimos años redobló sus esfuerzos en el artículo y llevó su “Dietario personal” a las páginas de El Alcázar. Escribía muy bien —nadie de ese periódico le llegaba al final de sus días a la altura del zapato, con excepción de Vintila Horia, otro olvidado—, y yo alternaba su lectura con el hojeo del “rojo” y efímero diario Liberación.

Tantos años después sigue siendo víctima de otra censura, esta vez tácita (no tanto por razones políticas como por el adocenamiento del público). Hoy echo en falta una reedición de sus escritos menos circunstanciales. Era orgulloso y combativo, y, aunque yo creo que a él se le daría una higa, por placer, por egoísmo, alguien debería plantearse antologarlo.

 

Antonio Rivero Taravillo


Publicado: en La mirada, 121 (El Correo de Andalucía, 23-5-97)

Semblanza del escritor Angel María Pascual

Semblanza del escritor Angel María Pascual

 

Cuenta Rafael García Serrano que estando en el frente de Somosierra recibió el primer número del periódico Arriba España, donde aparecía una colaboración suya. Le echó un vistazo y quiso adivinar que el editorial, titulado Con las Cinco Flechas en el Yugo, era obra de un joven sacerdote intelectual, ganador en 1937 del premio Mariano de Cavia, Fermín Yzurdiaga; pero el artículo Oración a tres Caballeros, «traslucía la prosa gentil de Ángel María Pascual», un joven con fama de muy inteligente, suave e irónico como persona, fino y culto como escritor, que nació en la ciudad de Pamplona, «más que ciudad, ciudadela», escribió él más tarde, el 18 de diciembre de 1911. Fue, al parecer, un niño prodigio que recibió una educación muy disciplinada de sus padres y profesores. Estudió siempre por libre y no le costó ningún trabajo sacar los estudios adelante gracias a su clara inteligencia y a su desmedida afición por la lectura. A estos dos hombres se les unirían después en el periódico, Pedro Laín Entralgo, Luís Rosales, Gonzalo Torrente Ballester, Luís Felipe Vivanco, Carlos Foyaca, etc. Más tarde –alternando manteles, tertulias y devotas audiencias en San Sebastián–, se incorporaría a ellos Eugenio d’Ors, que en el nuevo diario de Pamplona reemprende la escritura cotidiana del Glosario.

Cuando Ángel María Pascual finaliza el bachiller decide estudiar la carrera de Arquitectura, pero por circunstancias muy diversas no llegó a realizarla, aunque siempre tuvo una gran afición por el dibujo. Cursó estudios de Derecho y se doctoró en Filosofía y Letras, a la vez que también estudió Magisterio. Dominó varias lenguas: «el latín, el griego, el francés, el inglés y el vasco», y hay quien dice que poco antes de morir estaba aprendiendo el japonés. Además de la lectura, escribía, dibujaba, rebuscaba en los archivos, y tocaba el piano. Hacia el año 1925 comenzó a colaborar en el Diario de Navarra, de la mano de su mentor el sacerdote Fermín Yzurdiaga, en unas secciones que llevaban por títulos Cymbalum Mundi y Tijerefonemas; «hacían página no sé –dice García Serrano– si semanal, decenal o quincenal, muy bien compuesta de texto y con nuevos gustos tipográficos, más influidos por Cruz y Raya que por la Revista Occidente, por así decirlo para definirla, aunque la verdad es que esta página bien pudiera ser, a lo que recuerdo, anterior a Cruz y Raya. Se adivinaba el gusto por la Obra Bien Hecha y pronto supe que don Fermín y Ángel María, además de falangistas, eran dorsianos, como muy bien lo demostrarían llevándose, ya en tiempo de la guerra, al propio don Eugenio a Pamplona, donde su Glosario sentó plaza en Arriba España». Pero su colaboración más importante fue la sección Silva curiosas de historias, con una periodicidad diversa. El primer artículo lo publicó el 4 de junio de 1931, bajo el seudónimo de Biyek; el último, 26 de noviembre de 1938, salió publicado en el diario Arriba España. En 1987 se publicó una serie de estos artículos, que seleccionó y prologó Miguel Sánchez-Ostiz quien, al referirse al autor, escribe: «De su generación ha sido el que peor suerte ha tenido. Cierto que tiene algunos títulos publicados; pero con excepción de Capital de tercer orden (1947) y Glosas a la ciudad, publicadas en 1963 y de forma incompleta, su obra se convirtió rápidamente en algo inencontrable, inaccesible, una mera curiosidad literaria, cuando no en algo proscrito».
Cuando se funda Falange Española, Ángel María Pascual es de los primeros que van a formar parte de ella. Después, tras una brevísima estancia en el frente durante la guerra civil, funda, junto con el sacerdote Yzurdiaga, el diario Arriba España, del que fue director y redactor jefe, y que había comenzado siendo solamente semanario. Asimismo, Ángel María Pascual, fue el editor y artífice, que además cuidó desde el punto de vista gráfico, de la revista Jerarquía, la revista negra de Falange, y que para Guillermo Díaz-Plaja «sorprendió por su gracia y por su sabiduría. Traía este prosador la gran tradición de la que se llamó en tiempos escuela del Pirineo (Basterra, Mourlane, Sánchez Mazas, Quadra Salcedo) entendida como una actualización lírica del gran saber humanístico; como un entronque con lo ecuménico romano en su doble signo católico e imperial. Traía también Ángel María Pascual un gusto por la fantasía histórica, viendo el revés de los tapices, un poco a la manera de Benjamín Jarnés». También sorprendió por su impecable tipografía, fruto, como señalaba el propio Ángel María Pascual en el número 3, del deseo «de lanzar el pensamiento de los intelectuales nacionalsindicalistas de un modo acorde, exaltado y grave, como en los coros de las grandes abadías se levanta el canto de la mañana».

Los cuatro números de Jerarquía correspondieron al invierno de 1936, octubre de 1937, marzo de 1938 y un ultimo simplemente fechado en 1938. La revista representó «las dimensiones ideológicas del peculiar momento de Falange –el ferviente heroísmo y la defensa de los valores religiosos–, pero también supuso la aportación de un grupo joven y valioso, preocupado en la búsqueda del ethos del perfecto militante. A este respecto –escolio obligado de la frase joseantoniana el hombre es portador de valores eternos– contribuyeron artículos de Alfonso García Valdecasas, Pedro Laín Entralgo, Ángel María Pascual y Juan Pablo Marco». Tampoco faltaron las colaboraciones de Gonzalo Torrente Ballester, Eugenio Montes, Eugenio d’Ors, ni los poemas de Luís Rosales, Luís Felipe Vivanco, Dionisio Ridruejo, Agustín de Foxá, Ramón de Basterra, etc.

Fue colaborador frecuente del semanario El Español, que dirigía Juan Aparicio. Sus Cartas de Cosmosía, en este semanario, eran breves artículos de actualidad, literarios y políticos, desde su posición falangista. Tenía otro tipo de colaboraciones en este mismo semanario, como aquellas líneas que dedicó a Matías Montero cuando se cumplieron trece años de su asesinato: «Nadie podía imaginar que aquella muerte subrayada por las más graves palabras de José Antonio, había de promover una disputa sobre el estilo y sin embargo la produjo, porque la violencia y el estilo, la lucha y la poesía, las armas y las letras están muy próximas en la metafísica de España». También colaboró, con breves artículos, en las revistas Santo y Seña, Juventud, La estafeta literaria, y algún cuento que publicó, por ejemplo, en la revista Vértice como el titulado Rayo Verde, que comenzaba así: «Ya no recuerdo si era otoño o fin de verano, pero todos los cristales de la bahía y los mástiles de los navíos estaban amarillos de tarde…».

Mientras seguía con sus colaboraciones literarias en los distintos medios, él seguía empeñado en publicar sus versos que algunos críticos dicen que estaban muy lejos de los Luís Felipe Vivanco o Luís Rosales, por ejemplo, ni a la altura de sus prosas más imaginativas, ni tampoco de sus fantásticas viñetas que ilustraban muchos de sus trabajos. Pero él estaba empeñado en publicarlos y así se lo dice a Dámaso Santos en una carta que le escribe el 15 de agosto de 1946:

Queridísimo Dámaso:
Acabo de acabar mi primer libro de versos. ¿No te extraña la noticia?

Su título es Capital de Tercer Orden (Versos del Amor de disgusto).

Se compone de 19 poesías. Varias en endecasílabo libre y otras en asonante con varia medida. Hay una lira, dos pareados, un romance y un soneto.

Son de tono amargo y muy impuros (te digo en cuanto sea pura la poesía de Rosales).
Pero si Dios quiere editarlo. Tú recibirás el segundo ejemplar. Y ahora una pregunta: ¿Hay alguna casa distribuidora de ediciones? Cuando me contestes a esto escríbeme mucho de ti y sobre tu obra…

Miguel Sánchez-Ostiz, prologuista de la tercera edición de Capital de tercer orden, dice que los versos de Ángel María Pascual son «desgarrados que resultan extraños en la visión y en la pluma de alguien tachado de delicado, de esteticista, de hacedor de virguerías, incluso con un cierto desdén –como por ejemplo Laín Entralgo–, y sólo de eso. Son versos violentos incluso, se sienten en ellos las cosas vistas, se ve la trama zarrapastrosa de país del que Tovar o Ridruejo hablarían algunos años después». Este punto de vista no parece coincidir mucho con lo que un día preguntaba Eugenio d’Ors: «¿y los versos mientras tanto; los versos, adivinados en sus noches negras de Pamplona, que nos habían de entregar, por fin, el secreto de una fidelidad donde todos empezaban a ver un poco de suicidio?». Pesadilla es el título de uno de esos poemas:

En la noche aletargada
se ha oído un grito de mujer…
¿Qué puede ser?
¿Que puede
ser?
Una carrera, una sombra.
¿Sonó un tiro?, luego pasos.
Pasos.
¿Qué puede ser?
Tímidos balcones se abren
parando al amanecer.
¡El rondín de la Secreta!
¿Qué puede ser?
Dígame: ¿Qué puede
ser?
Una vieja encamisada
asoma su candelero.
Con las solapas subidas
sale el vecino del tercero.
Por favor, ¿qué puede ser?
Rebullos de voces yertas
caen por los barandales.
¿Qué puede ser?
Extendida entre dos sillas
desiguales
con un chal sobre la cara
la llevan a todo correr.
¿Está muerta? Las canillas
le bailan. ¿Qué puede
ser?...

Es evidente que Ángel María Pascual tuvo bastante influencia de Eugenio d’Ors, primero a través del sacerdote Fermín Yzurdiaga, y después a causa del trato personal con el propio escritor. Así lo reconoce el mismo Pascual cuando contesta a un cuestionario que la revista La Estafeta Literaria le presentó, y que llevaba por título: «¿Cuándo, cómo y por qué comenzó a dedicarse a la Literatura?»:

Creo necesaria antes una confesión. Estas palabras solemnes: literatura, cultura, sabiduría, arte, me asustan mucho. Yo veo la literatura a través de los oficios humildes y gloriosos de la tipografía y del periodismo que imprimen su carácter artesano violento, ofensivo, actual y tendencioso a todo lo que sus siervos podamos lanzar por otros caminos de las letras.

¿Cuándo? En 1928, siendo todavía estudiante, a los diez y siete años.

¿Cómo? Escribiendo artículos sobre política internacional, sobre artes viejas y nuevas, y sobre humildes, inéditas y antiguas historias de Pamplona, que yo, lleno entonces de ilusiones casi medievales, soñaba que fuesen, para mi ciudad, una sombra de istorie fiorentine.

¿Por qué? Por las lecciones diarias de inquietud y buen gusto que recibía de don Fermín Yzurdiaga, y porque en su mesa de trabajo abrí por primera vez unos meses antes La Gaceta Literaria, de Ernesto Jiménez Caballero, y los volúmenes del Glosario, de Eugenio d’Ors.

El propio Giménez Caballero nos habla también de ese influjo de d’Ors: «Muy influido por don Eugenio estuvo Ángel María Pascual, el sobresaliente de Jerarquía, el verdadero Ángel de Fermín Yzurdiaga. Todo el teoricismo de don Eugenio sobre lo sindicalista, las fórmulas que vuelan, la categoría y la anécdota artesanal, Ángel María logró aplicarlo en la confección de su revista y en sus propios escritos. Pero Ángel María se nos marchó al cielo prematuramente».

Ese influjo orsiano, podemos verlo en los artículos que publicó, desde octubre de 1945 hasta abril de 1947, en el diario Arriba España bajo el título Glosas a la ciudad y que son, sin ningún género de duda, lo más valioso de Pascual. Las glosas aparecían firmadas con el seudónimo de Atelier, y sólo en 1947, poco antes de morir, aparecen firmadas con su nombre y apellido. En una de sus Glosas critica a Ernesto Hemingway con motivo de su novela The Sun Also Rises, que más tarde se publicó en español con el título de Fiesta: «Hemingway –escribe Pascual– tiene prestigio en la literatura norteamericana. Pero conseguirlo debe de ser allí muy fácil, porque Fiesta exhala una idiotez inimaginable. Cuando quiere presentar un diálogo irónico hay que bostezar sin remedio. Sus personajes están tomados de aquella sociedad rica, cosmopolita, escéptica y errante que trajo consigo la “prosperidad” de la anterior postguerra, entre el primer jazz, los ritmos de Picasso y de la judería alemana, y los viajes a “for-fait” de la “Coook”. Lo único terriblemente serio en ese ambiente es Pamplona con su “Plaza Mayor”, su “Paseo” de anochecer y su Catedral, donde el protagonista tiene, al fin, que arrodillarse». Así, pues, Pamplona tuvo la suerte de que pocas ciudades tuvieran un cronista como él. De ella fue teniente alcalde y presidente de la Comisión de Gobierno del Ayuntamiento que se ocupaba de los principales problemas que tenía el consistorio.

También prestó su colaboración en la prensa del Movimiento con algunos artículos; no fueron muchos, es cierto, pero los suficientes para recordarnos su admiración por José Antonio: «Desde el momento en que José Antonio alza su bandera, su primer cuidado tiende a restablecer un sistema completo de ideas católicas y españolas: el predominio del hombre, el respeto a su libertad profunda, la urgencia a una justicia social basada en las enseñanzas del Evangelio para dar a cada hombre la dignidad inherente a sus valores eternos, y por último, la absoluta originalidad de la Falange frente a cualquier sistema extranjero: frente al socialismo, donde lo clasificaban las “derechas”, y frente al fascismo donde lo clasificaban simultáneamente los que por esa visión parcial de la vida se decían “las izquierdas”».

Además de las obras ya citadas, Pascual es autor de novelas o narraciones como Amadís (1943), Catilina (1948), San Jorge o la política del dragón (1949) y de un cuento o fábula que lleva por título Don Tritonel de España (1944). De Amadís, que fue representada en el teatro por estudiantes falangistas del SEU, se puede decir que es una pura fantasía literaria en la que el autor recrea al propio personaje Amadís de Gaula transportándolo a la época que le tocó vivir a Ángel María Pascual tratando de introducir al mismo tiempo personajes contemporáneos como Rafael Sánchez Mazas, Luys Santa Marina, Giménez Caballero, Eugenio d’Ors, Ramiro de Maeztu que son otros tantos homenajes a ellos. Amadís, que muy bien puede ser José Antonio como lo demuestra lo que escribe al final de sus días cuando cansado se sienta en la mesa, coge la pluma, mira con ojos dolientes el papel y redacta, con inspiración templada: «Pido a Dios que al juzgar mi alma no le aplique la medida de mis méritos, sino la de su infinita misericordia… Espero que todos perciban el dolor de que se haya vertido tanta sangre por no habernos abierto una brecha de serena atención entre la saña, de un lado, y la antipatía, del otro […]. Que los camaradas que me precedieron en el sacrificio me acojan como el último de ellos […]. En cuanto a mi próxima muerte, la espero sin jactancia, porque nunca es alegre morir a mi edad, pero sin protesta. Acéptela Dios Nuestro Señor en lo que tenga de sacrificio para compensar en parte lo que ha habido de egoísta y vano en mucho de mi vida […]. Dios haga que su ardorosa ingenuidad no sea aprovechada en otro servicio…». El mismo año en que comenzaba a escribir Amadís se casó con Josefina Ripa con la que tuvo tres hijos.

Una vez que finalizó Amadis escribió Catilina que trata de la justicia social, el intento de crear un orden social nuevo, y que al parecer le costó muchos disgustos y amarguras. El original se lo remite a Rafael García Serrano para que haga gestiones ante Carlos María Rodríguez de Valcárcel y vea la forma de que pueda publicarse; pero por olvido, o por las razones que sean, a García Serrano se le pasa hacer esta gestión y motiva que más tarde le envié una carta bastante patética:

Creo Rafael que te costaría muy poco después de recibir esta carta mía coger Catilina y llevarlo por fin a Valcárcel. Hazme por caridad este pequeño favor y te prometo no volver a molestar en la vida. Es poco el camino que hay desde San Bernardo hasta Alcalá.

Pascual no vería publicado su Catilina, acaso su mejor obra, ni tampoco San Jorge o la política del dragón, una fábula llena de personajes conocidos donde Agustín de Foxá «con un ligero sofoco, va al lugar donde yace el Dragón lleno de endecasílabos libres, candentes, pánicos, al óleo, para escribir un poema corto», Adriano del Valle, «con una botella verde que lleva dentro un navío, va por la orilla del río cogiendo nenúfares y cazando alondras con liga mientras Luís Rosales, en un bosquecillo de follaje gris y transparente, sobre el trazo negro de los jóvenes troncos, escribe:

Contigo, abril, Primavera
el nombre nace contigo.

Don Tritonel de España un libro de bolsillo «de tu camisa azul –dice el autor– estará bordado el haz de flechas bajo el yugo durante unos días irá dentro de él este pequeño libro que empiezo a escribir en la noche de Santiago bajo su camino de estrellas. La luna y el silencio llenan las altas horas. Vibra el canto de un gallo. La primera campana de maitines salta en el dormido aire. Una vaga claridad se insinúa sobre la cima negra de los montes. Comienza el alba». Y en este libro de bolsillo, de 37 páginas, en el que pide acabar con los Grandes de una Patria pequeña; para sustituir a los Grandes de España por la Grandeza de España, vuelve a recordar al fundador de Falange: «La España típica comienza con los Borbones, con nuestro descenso por el camino de las vergüenzas. La España típica nace con el primer contrabandista de tabaco de Gibraltar, porque Gibraltar es ya nuestro mal inglés. Es la España de la gaita que todos conocen en vez de preferir –según una genial imagen de José Antonio– la lira que nadie ha visto pero que ocupa la cima de los instrumentos. Ninguno como ella acompañó los versos y amansó las fieras».

El día 1 de mayo de 1947, cuando contaba con 35 años de edad, murió Ángel María Pascual y Eugenio d’Ors le dedicó un recuerdo en el diario Arriba que tituló Noches de Pamplona, noches del tiempo de la guerra. Al día siguiente, en el mismo periódico, otra vez el insigne pensador va a recordar a Pascual publicando y recordando su poema titulado Envío con que se cierra el libro de versos Capital de tercer orden, y que según el autor del Glosari, debe citarse íntegramente porque aunque «parece el autor dirigir este Envío a un camarada. Ya se entenderá que es a sí mismo»:

A ti, fiel camarada, que padeces
El cerco del olvido atormentado.
A ti, que gimes, sin oír al lado
aquella voz segura de otras veces.
Te envío mi dolor. Si desfalleces
al acoso de todos y, cansado,
ves tu afán como un verso malogrado,
bebamos juntos en las mismas heces.
En tu propio solar quedaste fuera.
Del orbe de tus sueños hacen criba.
Pero, allí donde estés, cree y espera.
El cielo es limpio y en sus bordes liba
claros vinos del alba, Primavera.
Pon arriba tus ojos. Siempre arriba.

D’Ors sigue escribiendo de este hombre que él entendía que «era nuestro», por eso dice: «¿De un grupo, un partido? ¿De una ciudad? No. De una raza. De la raza de los cultivadores del amor en disgusto». Y termina con estas palabras: «Para las greyes, se había formulado antes un grito de alistamiento. Se invitaba con él a lo más sumido y oscuro en ellas, a los proletarios. Nosotros invitaríamos a inteligencia a lo más claramente exento de las mismas, a los solitarios. Diríamos: ¡Solitarios del mundo, uníos! Por lo menos, y por hoy, los de las dos Españas».

El semanario El Español, en donde él tantas veces había colaborado, «el colaborador más asiduo» –decía el propio semanario–, recoge la noticia del fallecimiento con estas palabras: «Ángel María Pascual ha muerto. Ángel María era joven –treinta y seis años (sic)– y seguía disciplinadamente la suerte de España desde un rincón provinciano al que no había querido renunciar. Su último libro, muy reciente, Capital de tercer orden, ofrecía quizá parte de esta su clave, el secreto de su localización geográfica. Navarro de nacimiento y de entraña, constante y entusiasta, puro y ortodoxo, era desde hacía años redactor-jefe del diario Arriba España de Pamplona, y uno de los escritores más fluidos e intencionados de las últimas generaciones…». A continuación anunciaba que sus páginas centrales del próximo número, que pensaban sería la próxima semana, estarían dedicadas a la obra y figura «de este magnífico camarada», pero el número siguiente no se publicó hasta seis años después, es decir, hasta el año 1953 (segunda época del semanario) y ya entonces no hubo ni una sola línea dedicada a Ángel María Pascual.

 

Autor: José Mª García de Tuñón Aza

Juan Van Halen entrevista a Rafael Garcia Serrano

Juan Van Halen entrevista a Rafael Garcia Serrano

 

Le caí bien y desde aquel momento se notó. Ya entonces supe que la entrevista la salva el entrevistado y la cobra el entrevistador.
Rafael García Serrano estaba siempre en guardia, como si mantuviese la alerta del parapeto. Tenía una mirada interrogante, muy viva. Era culto, acogedor y sin dobleces. Atesoraba una coherencia vital que inquietaba a los acomodaticios y una sinceridad que molestaba a los mentirosos. Ya entonces su reino no era de este mundo y no quiero pensar cómo se sentiría ahora en esta España de pinochos zigzagueantes. A lo mejor la muerte le vino a su tiempo y además para bien, evitándole disgustos, aunque él no se hubiese acoquinado.
Rafael producía una cierta incomodidad en ciertas personas que él conocía de antiguo, desde antes del diluvio, pero nunca sintió la necesidad de complacer a los complacientes. No tuvo que descargar su conciencia –Descargo de conciencia tituló Laín el libro en el que entonó su mea culpa político– pidiendo perdón a quienes nunca piden perdón. No había por qué. Jamás calló aunque por ello recibiera papirotazos y sinsabores; de los primeros se defendió con su bien afilada pluma; supo recibir los segundos con indulgencia que no dañaba su entereza. Era un idealista sin complejos, como el del soneto de Ángel María Pascual, su amigo. Como buen navarro, le encantaba la fiesta de los toros –es delicioso su libro de relatos Los toros de Iberia– y nunca apostó por los cabestros.
Luego le seguí como articulista acerado de prosa impecable. Era un tiempo de grandes articulistas, algunos de ellos raptados ya por la muerte, otros ninguneados por el olvido, y no pocos, vivos y muertos, tiznados por la envidia, que es el vicio nacional. Rafael García Serrano tenía a veces asperezas de legionario y su estilo literario no admitía tributos a la ñoñería; escribía “a trancas y barrancas y echando el carro por el pedregal” como aconsejaba Azorín, escritor con el que no podrían encontrársele afinidades apreciables. Parecía escribir cabalgando, como Garcilaso.
Lo primero que leí de Rafael fue Eugenio o la proclamación de la primavera, una novelita –el diminutivo atiende sólo a su extensión– militante, ilusionada, sin concesiones a la melancolía. La novela de los diecinueve y veinte años. Dice que Eugenio, su amigo y protagonista de la narración, es “el muerto que yo hubiera querido ser”. Afortunadamente no lo fue, aunque estuvo a un paso de serlo; recibió una herida de guerra y convaleciente en un hospital avanzó en la construcción de su Eugenio, la historia de un muchacho que nada tiene que ver con el ideal que parece desear Marina Geli, consejera de Salud de Cataluña.
La novela más conocida de Rafael es La fiel infantería, luego llevada al cine, y con numerosas ediciones. Recibió el Premio Nacional de Literatura, lo que no la libró de ser retirada de las librerías por la censura. Así se movían quienes se empeñaban en ser más papistas que el Papa. La fiel infantería y Madrid, de Corte a checa, de Foxá, son las dos grandes novelas de la Guerra Civil desde la perspectiva de los nacionales. Foxá es otro personaje políticamente incorrecto. Se ejerce sobre él una persecución post mórtem por los sucesores ideológicos de quienes fueron a su casa para darle matarile en las tapias de la Casa de Campo y le dejaron en paz cuando enseñó su pasaporte diplomático y su nombramiento de cónsul de la República en Bombay. Un miliciano se dirigió a sus colegas: “Vámonos, casi nos cargamos a un indio”. Tal cual.
Rafael García Serrano publicó una obra muy interesante en el mimo de las palabras, Diccionario para un macuto, que debería haberle abierto las puertas de la Real Academia, aunque esa venerable institución no ha cambiado demasiado desde que se meó en sus tapias el joven Alberti. A veces, como el lago Ness, es más conocida por sus monstruos que por sus bellezas. Pienso en Galdós, derrotado en su primer intento de ingresar en la Academia por un señor Commelerán, que en nombre y fama literaria no ha resultado inmortal, pero que ganó aquella votación.
Como novelista brilla en las descripciones, en el andamiaje de las situaciones y en el retrato de sus personajes. Plaza del Castillo, Los ojos perdidos, Cuando los dioses nacían en Extremadura, entre otras, son grandes novelas.
Recuerdo a Rafael en su salsa de gran conversador; hablamos mucho. Aprendí de él y conocí su generoso apoyo a los jóvenes que queríamos abrirnos camino al olor de las linotipias como él lo había hecho de muchacho al olor de la pólvora.

Fuente

Juan Pablo Vitali: Ser disidente

Juan Pablo Vitali: Ser disidente

“Ser Disidente”, resulta ser un libro próximo, personal y humano. Tan próximo y humano como resulta ser Juan Pablo Vitali en su día a día.

Las páginas que el lector tiene entre manos, por sí solas, están llenas de sentimentalismo y simbolismo. Sentimentalismo y simbolismo que surgen del hecho, tan emotivo, de que estas páginas acaban siendo escritas el día en que se cumplía los 36 años de la muerte de Juan Domingo Perón, por el que Vitali siente profunda admiración.

Conforme nos vamos adentrando en el libro, y el autor va compartiendo con el lector inquietudes y reflexiones, esa proximidad que antes mencionamos, nos va convirtiendo en compañeros de vivencias y experiencias del escritor, haciéndonos sentir protagonistas de los hechos narrados en las próximas páginas.

[…] Como no podía ser de otra forma en un libro que haga referencia al peronismo, Juan Pablo Vitali dedica unas páginas a hablar de quién fue Evita. Porque no es posible entender el peronismo sin la figura de Evita, porque Evita puso la cuota de amor, el fanatismo y la espiritualidad que requieren las grandes causas. Entendiendo por fanatismo la entrega de la vida a una idea, que adquiere más valor que la vida misma. Lo que explica que la aportación de Evita, al igual que la del General Perón, trascendiese su vida, como tan acertadamente señala Vitali. 

[del prólogo de Javier de Francisco Moure]

Ortega y Gasset: Prologo a la Decadencia de Occidente

Ortega y Gasset: Prologo a la Decadencia de Occidente

 

Oswald Spengler (Bad Blankenburg, 29 de mayo de 1880 - Munich, 8 de mayo de 1936).

Cursa estudios de matemáticas y economía. Entre 1918 y 1922 escribe "La decadencia de Occidente", obra que le consagra como filósofo. Ante el ascenso del nazismo, en un primer momento se muestra partidario. Sin embargo, en poco tiempo cambiaría de opinión respecto a este movimiento. Como filósofo se adhiere a la corriente historicista. Para Spengler la cultura humana se caracteriza por su diversidad. A partir de los ciclos biológicos -nacimiento, juventud, madurez y muerte- define el proceso de la historia y califica como "las cuatro edades de la cultura". Es también autor de obras como "Prusianos y socialismo" o "Años decisivos".
 

¿Qué es la obra de Spengler? Ante todo una filosofía de la historia. Los que siguen la publicación de esta biblioteca habrán podido advertir que la física de Einstein y la biología de Uxküll coinciden, por lo pronto, en un rasgo que ahora reaparece en Spengler y más tarde veremos en la nueva estética, en la ética, en la pura matemática. Este rasgo, común a todas las reorganizaciones científicas del siglo XX, consiste en la autonomía de cada disciplina. Einstein quiere hacer una física que no sea matemática abstracta, sino propia y puramente física. Uxküll y Driesch bogan hacia una biología que sea sólo biología y no física aplicada a los organismos. Pues bien; desde hace tiempo se aspira a una interpretación histórica de la historia. Durante el siglo XIX se seguía una propensión inversa: parecía obligatorio deducir lo histórico de lo que no es histórico. Así, Hegel describe el desarrollo de los sucesos humanos como resultado automático de la dialéctica abstracta de los conceptos; Buckle, Taine, Ratzel, derivan la historia de la geografía; Chamberlain, de la antropología; Marx, de la economía. Todos estos ensayos suponen que no hay una realidad última y propiamente histórica.

Por otra parte, los historiadores de profesión, desentendiéndose de aquellas teorías, se limitan a coleccionar los «hechos» históricos. Nos refieren, por ejemplo, el asesinato de César. Pero ¿«hechos» como éste son la realidad histórica? La narración de ese asesinato no nos descubre una realidad, sino, por el contrario, presenta un problema a nuestra comprensión. ¿Qué significa la muerte de César? Apenas nos hacemos esta pregunta caemos en la cuenta de que su muerte es sólo un punto vivo dentro de un enorme volumen de realidad histórica: la vida de Roma. A la punta del puñal de Bruto sigue su mano, y a la mano el brazo movido por centros nerviosos donde actúan las ideas de un romano del siglo I a. de J. Pero el siglo I no es comprensible sin el siglo II, sin toda la existencia romana desde los tiempos primeros. De este modo se advierte que el «hecho» de la muerte de César sólo es históricamente real, es decir, sólo es lo que en verdad es, sólo esta completo cuando aparece como manifestación momentánea de un vasto proceso vital, de un fondo orgánico amplísimo que es la vida toda del pueblo romano. Los «hechos» son sólo datos, indicios, síntomas en que aparece la realidad histórica. Esta no es ninguno de ellos, por lo mismo que es fuente de todos. Más aún: qué «hechos» acontezcan depende, en parte, del azar. Las heridas de César pudieron no ser mortales. Sin embargo, la significación histórica del atentado hubiera sido la misma.

Quiero decir que la realidad histórica latente de que el acto de Bruto surgió, como la fruta en el árbol, permanece idéntica más allá de la zona de los «hechos»—piel de la historia—en que la casualidad interviene. En este sentido es preciso decir que la realidad histórica no sólo es fuente de los «hechos» que efectivamente han acontecido, sino también de otros muchos que con otro coeficiente de azar fueron posibles. ¡De tal modo rebosa la realidad histórica el área superficial de los «hechos»!

No basta, pues, con la historia de los historiadores. Spengler cree descubrir la verdadera substancia, el verdadero «objeto» Histórico en la «cultura». La«cultura», esto es, un cierto modo orgánico de pensar y sentir, sería, según él el sujeto, el protagonista de todo proceso histórico. Hasta ahora han aparecido sobre la tierra varios de estos seres propiamente históricos. Spengler enumera hasta nueve culturas, cuya existencia ha ido sucesivamente llenando el tiempo histórico. Las «culturas» tienen una vida independiente de las razas que las llevan en si. Son individuos biológicos aparte. Las culturas son plantas—dice—. Y, como éstas, tienen su carrera vital predeterminada. Atraviesan la juventud y la madurez para caer inexorablemente en decrepitud.

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