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La memoria de la Otra Europa

En la red: Libertad ¿sin ira? Juan Ignacio ¡¡Justicia !!

Documental de los tiempos de la pacífica Transición Española, algunas fotografías de las batallas en el centro de Madrid ocurridas en Abril y Mayo de 1978, asalto a la sede de Fuerza Nueva en Sevilla, linchamientos de falangistas por parte de grupos comunitas, represión policial tras el atentado de la cafetería California 47 y diversas acciones callejeras típicas de aquellos dias tranquilos.

¡¡Libre!! La historia de la canción de Nino Bravo

La canción habla del primer alemán que murió intentando atravesar el muro de Berlín.

Peter Fechter, un obrero de la construcción de 18 años, intentó huir junto con un amigo y compañero de trabajo, Helmut Kulbeik. Tenían pensado esconderse en el taller de un carpintero, cerca del muro, y, tras observar a los guardias de la "frontera" alejándose, saltar por una ventana hacia el llamado "corredor de la muerte", atravesarlo corriendo y saltar por el muro cerca del Checkpoint Charlie, a Berlín Oeste.

Hasta llegar al muro las cosas salieron bien, pero cuando se encontraban arriba, a punto ya de pasar al otro lado, los soldados les dieron el alto, y a continuación dispararon. Helmut tuvo suerte, Peter resultó alcanzado por varios disparos en la pelvis, cayó hacia atrás, y quedó tendido en el suelo en la "tierra de nadie", durante cincuenta angustiosos minutos, moribundo, desangrándose, a la vista de todos, y sin que nadie hiciera nada.

Gritó pidiendo auxilio, pero los soldados soviéticos que le habían disparado no se acercaron, y lo único que pudieron hacer los soldados americanos fue tirarle un botiquín, que no le sirvió de ayuda, ya que sus graves heridas internas le impedían moverse, y poco a poco fue perdiendo la consciencia. Durante casi una hora, los ciudadanos de ambos lados de Berlín contemplaron impotentes su agonía, gritando a los soldados de ambos lados para que le ayudasen.

Pero ambos bandos tenían miedo de que los del otro lado les disparasen, como había pasado en otras ocasiones anteriores; aunque ninguna en una circunstancia tan perentoria como esta y a las dos del mediodía, con tantos testigos presentes, incluyendo periodistas en el lado occidental.

Los soldados del lado oriental, zona a la que pertenecía en realidad la "tierra de nadie", tampoco le ayudaron, y no se acercaron hasta pasados 50 minutos, seguramente para que sirviera de ejemplo para cualquier otro que pensase huir.

(Aún así, entre 1961 y 1989 murieron más de 260 personas, sólo intentando cruzar el Muro; además de los que murieron al querer cruzar la frontera entre las dos Alemanias, y ya no hablemos de los que estuvieron en la cárcel por intentarlo, o por ayudar a otros).

Cuando por fin se acercaron los soldados de la RDA y se lo llevaron, los ciudadanos de ambos lados gritaron repetidamente "¡asesinos, asesinos!". En el lado occidental, se sucedieron las protestas y las manifestaciones los días siguientes, y los habitantes del Berlín Oeste comprendieron claramente lo difícil que sería para sus familiares y amigos del Berlín Este el intentar escapar. Asimismo, también se dieron cuenta, decepcionados, de que los soldados americanos, en pleno auge de la Guerra Fría, no harían nada para ayudarles en circunstancias similares. Fue un duro golpe para la esperanza de los berlineses.

La canción, escrita diez años después de los hechos, recoge una historia y unas fotos que dieron la vuelta al mundo, y que todavía hoy son símbolo de la crueldad humana. En el lugar donde murió Peter Fechter, se levantó en 1990 un monumento.

DF-ST-85-03789 A memorial on the western side of the Berlin Wall dedicated to Peter Fecter, a young man who died while attempting to flee East Berlin. Film

 

Ya en 1997, dos antiguos soldados de la RDA fueron juzgados, y admitieron haber disparado contra Peter Fechter. Se les declaró culpables, y fueron condenados a un año de cárcel. En el juicio el forense declaró que toda ayuda hubiera sido inútil, ya que la gravedad de las heridas le hubiera causado la muerte en cualquier caso. Pero es algo que nunca sabremos, ¿verdad?

La canción es símbolo de todo el pueblo alemán que soñó con huir, ya que si Peter fue la primera víctima del muro, el último, Chris Gueffroy, en 1989, tenía, precisamente, veinte años...

 

Fuente: El economista

En la red: Paris hoy... toda Europa mañana

En la red: ¡¡Excombatientes!!

En la red: ¡¡Excombatientes!!

 

En la ciudad de Segovia se inauguró el 16 de octubre [de 1952] el I Congreso Nacional de Excombatientes, que había sido convocado por la Delegación Nacional en una vibrante proclama firmada por el Delegado Nacional, camarada José Antonio Girón de Velasco.

La clausura de dicho Congreso, en el cual se adoptaron importantes conclusiones, tuvo como escenario el Alto de los Leones de Castilla, en la Sierra de Guadarrama.

Cincuenta mil excombatientes, en representación del millón doscientos mil soldados que combatieron en la Cruzada a las órdenes del Generalísimo Franco, asistieron a este acto.

Por la trascendencia de los discursos pronunciados por S. E. el Jefe del Estado y Generalísimo de los Ejércitos, Francisco Franco; el Ministro de Trabajo y Delegado Nacional de ex combatientes, José Antonio Girón de Velasco, y el Ministro Secretario general de la Falange, camarada Raimundo Fernández Cuesta, «Temas Españoles» dedica este número a recoger en sus versiones íntegras los citados discursos.

Discurso del Caudillo en el Alto de los Leones

Compañeros y camaradas:

La ocasión de la reunión del Congreso de ex Combatientes en Segovia y la aspiración y entusiasmo de los de ambas Castillas de reunirse en este próximo y ya histórico lugar, a fin de reiterarme, con su lealtad, la afirmación de su fe, de su energía y de su entusiasmo, ha permitido que, con las representaciones más lucidas de nuestros Ejércitos de Tierra, Mar y Aire, se reúnan también las Comisiones y representaciones de los combatientes de las distintas provincias españolas para reafirmar la unidad, la forma y el espíritu común que anima a todos los ex combatientes de la Nación.

Yo hubiera deseado que el término de las obras del grandioso monumento que estamos erigiendo en honor de los héroes y de los mártires de nuestra Cruzada, donde han de descansar sus gloriosos restos, nos hubiera podido ofrecer ya ocasión de reunir en aquel lugar un mayor número de combatientes y reiterar ante sus restos la solemne promesa de guardar sus mandatos.

El estado actual de las obras me permite hoy anunciar que, salvo dificultades imprevistas que no se esperan, antes de dos años podremos realizar al pie de estas montañas, en el ya conocido por el Valle de los Caídos, la magna concentración que los combatientes de nuestra Cruzada hace tiempo anhelan.

A través de los años transcurridos se apercibe de una manera clara que la Cruzada española no constituyó un episodio más de nuestra vida política contemporánea, un suceso más revolucionario de esos que se pierden entre los episodios de la Historia, sino un verdadero acontecimiento que en el orden nacional enlaza y se asemeja al que los Reyes Católicos realizaron al cambiar el signo de la Nación en otra época de revueltas y de turbulencias, rebasando los límites nacionales para tomar naturaleza en el acaecer de lo internacional, al constituir la primera batalla victoriosa que se libró en el mundo contra el comunismo.

Vosotros sabéis muy bien que no se trató de la victoria de un grupo o de una clase, como pretenden hacer ver los cabecillas exilados. Nuestros Ejércitos fueron compuestos, como vuestra propia naturaleza acusa, por la Nación en armas, [6] con sus estudiantes, trabajadores y campesinos, y que si la voz del Alzamiento salió de los cuarteles, y el Tradicionalismo y la Falange respondieron a aquel grito desde la primera hora con la riada de camisas azules y de boinas rojas a las filas de nuestros Ejércitos, llegó el mar de nuestra juventud desde todos los lugares de España. La victoria fue de todos, y por eso se administró para todos. Sabéis también cómo, frente a vuestras trincheras y posiciones, el nervio del Ejército contrario lo constituyeron las brigadas comunistas internacionales, cuyos miembros principales presiden, como ayer aquí, el terror en los países ocupados tras el telón de acero.

Aquellas esencias sagradas de la Patria y de la fe, cuidadosamente guardadas en el templo cívico de nuestros cuarteles y en el recinto íntimo de nuestros hogares, ante la persecución de que fueron objeto, se desbordaron con el Movimiento Nacional por todo el solar de la Patria, y a su conjuro se escribieron epopeyas de glorias y sacrificios heroicos que admiten parangón con los más grandes y sublimes de nuestra Historia.

Cuando, al mando de nuestros Ejércitos, rescatábamos en dura lucha y paso a paso toda la geografía española, con sus valles y sus montañas, sentía todo el dolor de la sangre generosa que derramabais y presentía que Dios, en sus inescrutables designios, quería unirnos más estrechamente por el heroico sacrificio de nuestros mejores. Mártires y héroes que más de una vez, en estos años difíciles de la posguerra, presentíamos hacían la guardia de su Patria en peligro; mas si en el cielo ellos forman legión para velar nuestra victoria, aquí en la tierra corresponde a vosotros, combatientes de nuestra Cruzada, el velar por que no se pierda, como tantas veces perdimos a través de la Historia y recientemente la hemos visto perder en los campos de Europa. Es necesario que esa insobornable lealtad frente a la crítica desmoralizadora, que esa forma noble y generosa con que supisteis vencer los años de escasez y necesidad, que esa moral de victoria y esa fe en la revolución nacional creadora se transmitan íntegras sobre las generaciones que nos sigan, si no queremos que nuestro esfuerzo se pierda en la dimensión del tiempo, como se perdieron hasta casi extinguirse los esfuerzos de aquella otra generación de nuestros siglos de oro. Pueblo el español de heroicas virtudes, somos propensos a la disgregación y necesitamos que la disciplina mantenga nuestra unidad, exaltando nuestras virtudes y combatiendo nuestros defectos.

La quiebra de nuestra fortaleza se logró siempre a través de nuestras disensiones internas. El impulso siempre vino de fuera, a través de las logias y de los servicios secretos de las otras naciones, aunque no hayan faltado en nuestro solar ciegos o miserables que los secundasen. De cómo aprovecharon los otros nuestras banderías la Historia es elocuente.

Desde que la victoria hizo posible el resurgimiento de España y una firme voluntad de ser se exteriorizó, comenzó la eterna conjura de la anti España. Vosotros conocéis bien cuántos esfuerzos se movilizaron para explotar las dificultades y el descontento, cualquiera que fuese el sector en que apuntase; la siembra de recelos y la explotación de las pasiones fueron el objetivo y la consigna perennes de los pasados años. No contaban nuestros enemigos con el frente unido de nuestro patriotismo y de vuestra lealtad. Esperaban una victoria sin alas, que [7] nuestro Movimiento fuera un movimiento negativo carente de contenido y de doctrina propia, que había de extinguirse en poco tiempo y que les había de permitir volver a saciar sus apetitos sobre el cuerpo lacerado de la Patria. En su miseria no podían comprender esta lealtad insobornable a nuestros muertos, el valor de nuestra responsabilidad ante la Historia y la voluntad firme de nuestra juventud de dar impulso a nuestra Nación por tiempo ilimitado.

Desde el día que, levantándome sobre el pavés, me elevasteis a la suprema jerarquía del Estado y los comisarios carlistas y los consejeros nacionales vinieron a depositar en mí su confianza y ofrecerse a la unidad política de nuestra Nación, se inició la instauración de la unidad política de nuestra Patria. Nuestro movimiento político se nutrió desde entonces de lo más puro de nuestras tradiciones, construyendo sobre lo que era común al anhelo de los españoles y al pensamiento de esos distintos grupos. Que a ello hayamos tenido unos y otros que sacrificar pequeñas cosas es evidente; pero, ¿qué representa esto en relación al enorme beneficio y la coincidencia en lo principal? Menguados son nuestros sacrificios frente al generoso de los que dejamos en el camino.

Las concreciones de nuestro Movimiento político no fueron una sorpresa para nadie, ya que desde los primeros momentos, cuando se convocaban nuestras juventudes para la guerra, se expresaron claramente los objetivos de nuestra Revolución Nacional. De cómo vamos cumpliéndola vosotros sois testigos, porque en todas las comarcas de España se acusa con caracteres claros la obra de transformación realizada, inigualada por ninguna otra época de nuestra Historia. No fue desde su nacimiento una expresión dialéctica, sino una realidad tangible que, como toda operación quirúrgica, está condicionada a la capacidad de resistencia del enfermo. No podemos olvidar que España era una Patria enferma, y cuando se analice la obra de estos años habrá que tener en cuenta tres factores: la debilidad heredada de nuestra economía, los resabios capitalistas y marxistas de la sociedad española y que nuestra Revolución, recogiendo las ansias de todos los españoles, tenía que realizarse con el mínimo daño y con el menor estrago. No en vano un millón doscientos mil combatientes se alistaron en la Cruzada bajo nuestras banderas, que unidos a los miles de mártires y de cautivos componen, con sus familias, la inmensa mayoría de la sociedad española. No bastaba que una minoría política selecta viese claro las necesidades de nuestra Patria; teníamos que conseguir llevarlas a la conciencia de los españoles y que éstos se apercibiesen, como se están apercibiendo, de las ventajas positivas de su realización.

Desde que terminó nuestra contienda no nos cupo momento de descanso; pese a la utopía de la paz, la vida se presenta como una constante batalla. Pugna el mal frente al bien, la mentira frente a la verdad, el vicio contra la virtud, los intereses y las ambiciones empujadas por el motor de las pasiones humanas. Sería quimérico el querer vivir en paz y sin preocupaciones. Se acabaron los tiempos en que, en un mundo menos poblado, las naciones aisladas, por lo lento de las comunicaciones, podían vivir egoístamente tras sus fronteras naturales. El futuro de los pueblos será siempre hijo de las inquietudes del presente.

Terminada nuestra guerra de Liberación la universal nos amenazó con sus [8] salpicaduras; en un momento cualquiera podía la voluntad ajena envolvernos en el conflicto. Frente a esos peligros tuvo su valor la unidad de nuestras juventudes, la buena forma demostrada durante nuestra guerra, el perfeccionamiento en la enseñanza de los cuadros, las mejoras de material, la creación de reservas y la revaloración de nuestros medios. Tuvimos que armonizar durante esta etapa la preparación de nuestra defensa con la realización de nuestro ideario, la instauración de los Seguros sociales, la creación y multiplicación de riquezas, la industrialización y la mejora de la agricultura y la gran lucha en un día en un mundo perturbado por la guerra para atender a las necesidades de cada día. Y terminada aquélla y la ingratitud de los beneficiados por nuestra firme posición de neutralidad y su conjura del peor estilo. Y cuando, desarmados los intentos de cerco, debieran venir otros tiempos más fáciles, la amenaza de una tercera guerra mundial que afecta a la vida de todos los pueblos.

En el gobierno de las naciones pasa lo mismo que en los campamentos. Mientras el ejército descansa, el jefe vela y cela por la paz. No es posible impresionar a la nación, como a los soldados, del peligro de cada hora que nos acecha, pero hay que vigilarlo y conocerlo para prevenirse contra sus golpes. Para el soldado, hasta que, consciente de su deber de soldado, se mantenga en la mejor forma. He aquí por qué es importante el mantenernos en forma y el sostener nuestra moral.

Vientos de guerra soplan desde hace varios años por Europa sin que se vea el término ni la solución. Frente a lo que pueda llegar, España se prepara armonizando el perfeccionamiento de sus armas y el resurgimiento de todos los órdenes de la Nación. Si esa guerra llega, no será como las que conocimos, en que se discutía la hegemonía de unas naciones que arrastran en su guerra a las vecinas, ya que la derrota del Occidente representaría el eclipse de toda una civilización bajo el terror materialista y despótico que el comunismo encarna. A los objetivos limitados de los anteriores conflictos suceden los ilimitados que el comunismo pretende sin medir los años ni los sacrificios para lograrlo. Sólo otra fortaleza parecida podrá contenerlo; de aquí los esfuerzos del Occidente para presentarle demografía, técnica y potencia industrial superiores que cohíba al agresor y, en su caso, asegure el triunfo.

Si para otros el peligro principal reside en la amenaza material de la máquina bélica que una nación, entregada exclusivamente a la preparación para la guerra, pueda lograr, para nosotros es todavía mayor el constituido por el virus corrosivo filtrado en la sociedad moderna por la falaz propaganda comunista al explotar estados de conciencia que los abusos capitalistas y las doctrinas marxistas prepararon. Si el factor hombre, con sus virtudes y sus pasiones, ha de ser el que ha de dar vida a la máquina bélica, se comprende mejor el valor que tiene el que no se pierda el hombre, y el oponer al comunismo en el campo ideológico nuevas ilusiones que le cautiven, respaldadas por realizaciones sociales efectivas. Mas no basta el ser eficaces; urge la rapidez de ser eficaces, y ante esta apremiante necesidad no puede concebirse el viejo Estado liberal, inoperante, paralizado por las discusiones bizantinas, sin capacidad para enfrentarse con los peligros que se le avecinan.

Nosotros, que derrotamos en nuestra [9] Nación al comunismo, sabemos que de poco nos hubiera servido haberlo vencido en los campos de batalla si dejábamos perennes las causas y debilidades que facilitaron su arraigo. Si, interesados como el país que más, en la derrota del comunismo, estamos dispuestos a defendernos de su agresión, discrepamos, sin embargo, en los medios y en los fines, y consideramos indispensable que, paralelamente a la preparación militar, se estimule y no se cierre el camino a que nuevas ideologías desplacen al comunismo; que se ayude desinteresadamente al progreso de las naciones de economía débil, estimulando las transacciones comerciales con miras a elevar su nivel de vida; el afirmar los principios de la no intromisión y el respeto de la soberanía de los otros Estados, reconociendo el derecho de cada uno a regirse por el sistema que mejor estime, sin interferencias, hostilidad ni coacciones extrañas, y el dar termino a la explotación económica de los pueblos más débiles.

El principal obstáculo que se ofrece para nuestra intimidad con el Occidente, se encuentra en el mal trato, ya secular, que venimos recibiendo en nuestras relaciones con determinados países europeos y en que todavía se retenga por uno de ellos ese pequeño trozo de nuestro solar, declarado como inalienable en el testamento de nuestra grande y previsora Reina. Por ello, una cosa es que sirvamos en cortés relación la necesidad imperiosa de nuestros comunes intereses, y otra, que pueda reinar entre nosotros cordialidades que a los españoles repugnarían.

No es la guerra, pese a sus graves rigores, lo que debe preocuparnos, sino las consecuencias de esa guerra, el destino que el mundo y nuestra civilización pueda sufrir. Por eso, si es importante nuestro armamento material para resistir el asalto, más trascendente es el fortalecimiento de nuestra unidad y de nuestras virtudes. No se trata sólo del peligro de hoy, sino del que puede acecharnos mañana, y el que, con mayor o menor intensidad, nos amenaza en esta guerra fría.

A vuestra lealtad corresponde mi plena confianza. Poco podrían la voluntad y la vida de un hombre para que el Movimiento Nacional alcance su proyección en el tiempo. Sólo la firme voluntad de las generaciones lo conseguirá si logra ir entregando de una en otra el depósito sagrado de una unidad y de unos ideales que, al correr de quinientos años, han demostrado su consustancialidad con nuestra grandeza.

Llevad, queridos camaradas, a los demás compañeros de nuestra Cruzada nuestra fe firme e inquebrantable en los destinos de la Patria, y a las madres, viudas y huérfanos de nuestros caídos, nuestro mejor recuerdo, con el reconocimiento de su sacrificio y la promesa de guardar fieles su sagrado mandato. [10]

Discurso del Delegado Nacional de excombatientes

Camaradas combatientes de Castilla: Que Dios os guarde, camaradas. Que Dios os conserve la juventud con que dais brillo a vuestras canas primeras. Camaradas de Castilla: Viejos amigos, hermanos de la hora dramática, hijos de la gleba y de la majada, que Dios os guarde para la prole, para la Patria y para la Historia.

Al contemplaros juntos y rectos, como chopos de los sotos, como pinos de los montes, como picachos y como espigas, con vuestras nobles y altas frentes tostadas y maduras bajo las cuales la mies de la experiencia ha granado en el ejemplo que dais a vuestros hijos, es imposible no evocar, con el corazón en la garganta, a aquellos que faltan a la cita. Vemos sus claros en nuestras filas, tocamos el aire que ocupaban a nuestro lado sus cuerpos, oímos su voz inextinta en nuestro recuerdo, percibimos el latir de sus corazones y, sobre todo, camaradas, tenemos presente su testamento: aquel testamento inexpresado, pero cierto, y que nos traspasa el alma y en virtud del cual estamos obligados, nosotros, precisamente nosotros, a transmitir a las generaciones que sucedan a la nuestra el mensaje dictado por la infinita generosidad que les llevó a morir por esta incómoda, noble y amada España, de la que es Castilla levadura y sal.

Camaradas: sea, pues, nuestro primer recuerdo para aquellos que cayeron a nuestro lado por todos los caminos de la ancha España. Eran los mejores, pues la Patria los eligió para su ara. Eran los mejores, porque estaban siempre con su intacto corazón lleno de pasión en el sitio de mayor peligro, y por eso la muerte los llevó y a nosotros nos negó el honor de seguirlos. Camaradas: que su presencia en nuestras jornadas sea permanente. Haced un sitio en esta parada para que quepa el aire que ellos ocuparon en vida y sintamos ese vacío a nuestros flancos como una congoja que nos haga estar despiertos y vigilantes. Camaradas combatientes de Castilla: nuestros muertos están presentes aquí. ¡Aquí! Camaradas, oído: Firmes. Camaradas caídos por Dios y por España: ¡Presentes! ¡Arriba España!

Y ahora, camaradas, invocados los eternamente presentes, vengamos a meditar sobre nuestro destino; nosotros, los que tenemos que marchar todavía con la historia de nuestra Patria a cuestas y los que tenemos que ganarnos cada [11] veinticuatro horas, con nuestra conducta y con nuestro ejemplo, el título de españoles de primera clase para poder ser fieles a nuestra condición de ex combatientes.

Y vamos a meditar aguantando, como aguantasteis los mayores peligros hasta alcanzar la victoria, las inclemencias del tiempo con las que Dios quiere que recordemos que nuestra vida es áspera y difícil.

Nuestra primera meditación sea para declarar una vez más que nosotros no fuimos a la guerra para obtener un privilegio posterior ni siquiera para dar muestras de valor. Nosotros fuimos a la guerra para cumplir sencillamente un deber y para obedecer un llamamiento maternal. Nosotros ni hemos pedido ni pediremos nada porque fuimos a la guerra, ni queremos que se nos dé nada porque fuimos a la guerra, porque lo contrario es una actitud de mercenarios que nos avergonzaría adoptar y que estaría bueno que al cabo de los siglos adoptara Castilla.

Nosotros, camaradas, no tenemos nada que ver ni nada de semejante con esos grupos de antiguos combatientes que en algunos países de Europa llegaron a constituir una verdadera plaga política y que llegaron a ser germen de disturbios, de inquietudes y de exigencias que acabaron por hacer odiosa una virtud, la virtud del valor, al convertirla en profesión.

Tenemos en cambio mucho que ver con esos otros ex combatientes que después de la victoria volvieron a sus fábricas y a sus trabajos con humildad, con espíritu auténticamente patriótico y que ofrecieron al mundo el espectáculo de seguir laborando con denuedo en la paz por la prosperidad de su Patria vencedora. Y tenemos que ver también con aquellos otros, que, derrotados, sobre un campo de ruinas humeantes y en un esfuerzo que despierta el orgullo de toda la estirpe europea, están levantando una patria vencida a tal altura que parece vencedora por el espíritu de sus ex combatientes.

Se os ha convocado aquí, se nos ha dado cita al pie de las piedras venerables que son el cimiento de Castilla para que oiga bien claro y bien alto España entera y para que sepan los pocos trabucaires que queden por ahí echando baladronadas, que a los castellanos no nos gusta la guerra y que vamos a ella cuando la Patria lo exige, sin dramatismo, sencillamente, llanamente, con esa llaneza que es en nosotros una condición que parece impuesta a nuestra alma por la propia llaneza de nuestro paisaje nativo. Y cuando vamos a la guerra vamos para volver. Si la muerte nos llama, obedecemos sin gestos teatrales y morimos con las palabras justas, por regla general palabras de amor y de paz, encomendadas a nuestros hijos, a nuestros hermanos menores, a nuestros camaradas. Si la vida nos devuelve a nuestras casas, empuñamos de nuevo la estela o la herramienta o el bisturí o la pluma y no pedimos nada. No añoramos la guerra, aunque la hagamos siempre que sea necesario hacerla por la independencia o por el honor de la estirpe que fundaron nuestros mayores. Ni siquiera amamos las supersticiones simbolistas y, por lo tanto, somos poco amigos de guardar recuerdos ni de transmitir a los hijos cancioneros ni de crear folklore guerrero. No nos gusta guardar herrumbrosas armas ni adoptar el paso jaquetón ni la actitud pendenciera. Los castellanos deseamos hacer historia sin saberlo, porque sentimos instintivamente que queda mucha por hacer y siempre nos falta tiempo para detenernos a mirarnos en [12] el espejo de nuestras propias hazañas.

No despreciamos los símbolos, y cuando están en nuestra presencia los respetamos, pero no los cultivamos. Nos cuesta un trabajo tremendo vivir de las rentas de la Historia y engañar nuestra quietud con el recitado de hazañas pretéritas: remotas o inmediatas.

Tenemos tal ansia de futuro, tal ambición para España, tan permanente agonía histórica de pueblo en marcha que a veces hasta podemos parecer injustos con nuestro pasado. Y es que, camaradas, para nosotros los caminos que nos trazaron los antepasados son caminos para andarlos y para seguirlos: no para contemplarlos.

Nada hay más interiormente apasionado, nada más turbulento, nada más hervoroso, nada más entrañablemente volcánico que esta aparente mansedumbre, esta aparente serenidad de Castilla bajo cuya quietud late una agitación casi cósmica que, por etapas de la vida del mundo, produce esos asombros periódicos que, a veces, hacen a la propia tierra multiplicarse por dos ante el paso de Castilla, como se multiplicó hace cuatrocientos sesenta años, en que la Patria que pisamos inventó un universo para ser poblado, blanqueado, adecentado y cristianizado por Castilla.

Camaradas: nosotros no tenemos derecho a exigir nada a cambio de ser fieles a nosotros mismos, de ser fieles a nuestro destino histórico y de ser fieles a los hermanos que cayeron junto a nosotros y cubrieron con su muerte nuestra vida. Pero vosotros tenéis derecho a exigir –y a eso hemos venido– que se os diga por dónde ha de discurrir la historia que vosotros habéis entregado en manos de los gobernantes y por dónde ha de discurrir la historia que todavía tenemos que hacer; y tenéis derecho a conocer la conducta de los administradores de la victoria que vosotros fraguasteis y que fraguaron, sobre todo, los que hoy han faltado a la formación. Han pasado tres lustros largos y ya es tiempo bastante el transcurrido para poderle ver la cara al futuro.

Nosotros no queremos participar clasistamente en el Poder. Nosotros, como ex combatientes, no queremos ser un grupo aparte y, os lo repito, mucho menos como aquellos grupos cargantes, inaguantables y molestos que un día formaron los ex combatientes en algunas partes del mundo. Nosotros no queremos privilegios nacidos de nuestra condición, porque entonces seríamos unos sucios especuladores con la sangre de nuestros hermanos. Pero nosotros tenemos un derecho, que nace de una experiencia que otros no tienen, a repasar las páginas de la Historia y a interpretarlas mejor que aquellos que tienen por único oficio leerla o cantarla en vez de hacerla.

Nosotros sabíamos a dónde íbamos. Porque ya es hora de acabar con el lugar común de que íbamos a la guerra cantando por espíritu de aventura. Eso de que el pegar tiros por los montes es cosa de jóvenes atolondrados podrá ser valedero para otros pueblos, pero para el pueblo de Castilla en plena recolección, cuando la mies se concentra en las gavillas apretadas, no es grato abandonar las eras ni es grato abandonar el provecho del trabajo en un año duro. Fuimos a la guerra conscientemente, y sabíamos que íbamos a luchar por una España más justa, más equilibrada, más cristiana, más honesta, más cortada por el molde castellano, más austera, más viril, más independiente. Fuimos a la guerra no para establecer privilegios, sino para derribar [13] todos los existentes nacidos de la injusticia y de la fuerza, establecidos como principios inmutables por los poderosos que vivían de los humildes. Fuimos a la guerra para acabar con un régimen depravado que corrompía las conciencias y los hogares. Fuimos a la guerra para echar de España a una turba de invasores producto de los suburbios físicos y morales de todos los pueblos. Fuimos a la guerra por devolver a España su independencia y la libertad de creer en Dios y la libertad de progresar y gobernarse por sí misma sin coloniajes, sin servidumbres, sin sometimientos. Fuimos a la guerra para hacer lo que quisiéramos de nuestro destino, sin necesidad de vender nuestra primogenitura por un plato de lentejas ni de hipotecar nuestro señorío a cambio de los centavos de la indignidad, como otros han hecho.

Fuimos a la guerra para desmontar aquel trágico tinglado que, revestido del noble ropaje sindical, atraía a los trabajadores españoles para devorarlos en banderías, huelgas y represiones mientras el más fuerte, en repulsiva complicidad con los agitadores profesionales, entregaba a los más débiles al hambre, a la cárcel o al exilio.

Fuimos a la guerra, precisamente y entre otras cosas, para levantar una doctrina verdaderamente sindicalista sobre la tierra de España y para dotar al hombre de un instrumento de justicia y de hermandad con el que poder defenderse, sin distinguir de condiciones sociales o de fuerzas económicas. Fuimos a la guerra para que en el mundo del trabajo imperaran la justicia y la razón y para aventar de él las sombras del crimen y del expolio. Fuimos a la guerra, no para crear dos castas de españoles, vencedores y vencidos, no para abrir abismos entre hermanos, no para dividir la Patria por credos políticos o por colores del arco iris, sino para evitar que las doctrinas secesionistas ahondaran las grietas que separaban unos españoles de otros y partieran a sangre y fuego la Patria en dos mitades, una de las cuales habría de perecer en océanos de sangre y en huracanes de crimen. Nosotros fuimos a la guerra en busca de la paz. Y en resumen: fuimos a la guerra, camaradas, para enseñarle al mundo, con quince años de anticipación, lo que se debía hacer para obtener la libertad y la dignidad del ser humano, amenazado por el comunismo. No teníamos más armas que un ejército improvisado, un pueblo iluminado por la adivinación histórica, como tantas otras veces, y un depósito moral guardado en el alma inexpugnable de los españoles. Y con eso, nada más y nada menos que con eso, enseñamos al mundo lo que ahora el mundo quisiera hacer con bombas atómicas, con armas fabulosas, con ejércitos mundiales: lo que ya está tardando en hacer acaso por no haber tenido la humildad de reconocer que un puñado de soldados, estudiantes y campesinos, de un áspero país llamado Castilla, le señala de cuando en cuando al mundo de los poderosos y de los soberbios el camino de la salvación, aunque el mundo de los poderosos y de los soberbios no lo quiera reconocer y nos insulte histéricamente por haberle avisado a tiempo y nos aborrezca por haberle aleccionado.

Por virtud de todo esto es por lo que nosotros podemos dejar oír nuestra voz. No nuestra voz bravucona y perdonavidas, sino nuestra reposada voz de jóvenes patriarcas con las sienes plateadas, con quince cosechas aradas y sembradas y recogidas, después de haber dado de comer quince veces a España y de haberle [14] dado trabajo y haberle dado hijos calladamente, sin hacer sonar en las calladas plazas de nuestros pueblos los clavos de hierro de nuestras botas de guerra, sino atravesando los caminos del trabajo, hacia el campo o hacia el taller, con la sandalia del caminante, silenciosa y humilde, obediente y segura, como nos enseñaron nuestros padres. Algunos fuimos llamados por nuestra condición de combatientes y en nombre de todos a la responsabilidad de gobernar, a la obediencia inmediata en lo civil al capitán que nos llevó a la victoria y que no hurtó su persona y su vida en el instante más difícil de la historia contemporánea –el instante de la paz cercada por una guerra imponente– y que ocupó su puesto de mando y de responsabilidad cuando tan fácil le hubiera sido traspasar, cubierto de laureles, el desafío que a su figura histórica hacía el destino y que él aceptó para vencer nuevamente. Y en nombre de los que en obediencia a él y como ex combatientes y sin otro título le hemos seguido en esta segunda parte de su mando victorioso, estamos aquí para ver qué es lo que se ha hecho.

Primero habrá que recordar lo que no habían hecho los demás. Pero lo más fácil es decir que en el orden de la justicia social, cuyo frente nos fue encomendado, los demás no habían hecho absolutamente nada. Habían hablado incesantemente, habían incendiado el alma de la juventud antes de incendiar físicamente otras cosas y habían llevado al trabajador español a la idea de que no tenía más salida ni más solución que la solución y la salida catastróficas de la subversión en sí misma, sin objetivo y sin meta, la subversión por la subversión, la desesperada actitud del que quiere morir, pero antes quiere que muera todo a su alrededor. Y el alma del español, tan abierta a todos los misticismos, estuvo a punto de caer en las simas nihilistas, en las simas de la negación pura, porque las clases dirigentes, o vendidas o degeneradas o acobardadas, no se atrevían a agitar en sus manos, como banderas brillantes, las reservas morales de la Nación, los tesoros de su alma, que, como en ningún sitio, estaban guardados en el arca de Castilla esperando la mano que los convirtiera en estandartes de paz, de optimismo y de redención. Ellos no habían hecho nada. Y nosotros, camaradas, si no lo hemos hecho todo, en estos años hemos echado los cimientos de una obra que constituye en este momento la mejor ofrenda que podemos traer a los pies de nuestra Patria, como ofrenda de ex combatientes en la paz. Y no olvidéis, camaradas, que llamo a esta obra obra de ex combatientes porque ha estado dirigida y mandada y vigilada y en lo esencial realizada por el primero de los ex combatientes, por el que tiene como nosotros, pero en grado sublimado por la gloria y por la Historia, aquella experiencia de que sólo nosotros podemos alardear y que en él tiene la grandeza y la clarividencia que Dios pone solamente sobre los elegidos. Esta obra, camaradas, es obra de nuestro jefe Nacional, del combatiente número uno: Francisco Franco, nuestro Caudillo.

Y esta obra es, en el orden de la dignidad del hombre español, el jornal más justo, la reglamentación más humana, la seguridad en el empleo, la vivienda más decente, la defensa contra el infortunio a la hora de la vejez, de la viudedad, de la orfandad y de la enfermedad. Y en el orden de la libertad, de esa cosa impalpable por la que nuestros abuelos lucharon durante [15] siglos, el ex combatiente, nuestro jefe, nos ha ordenado legar a las generaciones futuras, en su nombre y en nombre de todos los caídos, un instrumento permanente de liberación, una prenda segura de libertad, una escala firme por la que se puede llegar al dominio del propio destino, lo cual constituye la última meta de la libertad verdadera. El jefe ha descubierto, con esa videncia que sólo se tiene desde la cumbre, que si el hombre yace en la ignorancia, si el hombre está alejado de la responsabilidad, y si el hombre es eternamente pobre, por mucha que sea la prudencia del gobernante, el hombre será un esclavo. Y por eso quiere dar a los trabajadores la cultura suficiente para defenderse contra la ignorancia, la participación en la dirección de los negocios para defenderse de la ocultación de los bienes de disfrute y el crédito para defenderse de la soledad financiera, de la pobreza total en que se frustran tantas esperanzas, tantas ilusiones y tantos proyectos que podrían ser hermosa realidad para la Patria.

Este es el saldo que los ex combatientes presentan a la Patria, y que os presentamos a vosotros para que lo aprobéis. Todo esto que se ha hecho, esta labor que es visible a los ojos físicos de los hombres en unas ciudades mejores, en unas aldeas reconstruidas y continuamente mejoradas, en unas fábricas nuevas esparcidas por toda la Patria, en unas Residencias Sanitarias que han alejado para siempre la siniestra estampa del hospital, en unas conquistas que han transformado el trabajo del hombre español humanizándole y librándole de la tiranía del más fuerte, es obra de los ex combatientes y bajo su nombre está realizada. Vosotros podéis encontrarla mejorable. Probablemente tenéis razón, camaradas, pero tened en cuenta las condiciones bajo las que ha sido realizada. Nadie podrá deciros a qué instantes de desolación hemos llegado en esta lucha, porque no hay quien lo sepa. Sólo Dios, y un ex combatiente lo saben. Ese ex combatiente es Franco, que como caudillo ha conocido él solo el peligro, él solo ha sabido sobre qué abismo nos hallábamos y él solo, con la ayuda del cielo, supo salvarlo sin dejar de sonreír, para que nosotros pudiéramos seguir confiados nuestra marcha sin decaer.

Combatientes han sido los hombres que dotados de un poder casi taumatúrgico, enardecidos en la pelea civil bajo las consignas del Caudillo han hecho ese milagro de crear, pegadas a las viejas ciudades patricias de Castilla, las nuevas ciudades que doblan en población a las viejas pueblas y que parece que se ufanan en contrastar las venerables estructuras levantadas por las generaciones esforzadas de los abuelos con las atrevidas y arrogantes estructuras del presente ambicioso proyectado hacia el futuro como un dardo ilusionado cuya parábola no tiene fin. Combatientes han sido los hombres que han restablecido la jerarquía mundial de nuestro comercio y han abierto con los golpes de su tesón y de su talento el hosco muro que cerraba mercados que un día fueron enseñoreados por España y que se han entregado nuevamente a la honradez, a la seriedad y a la solvencia que fueron nuestro orgullo. La entera virilidad, la juvenil experiencia de camaradas ex combatientes ha devuelto a nuestras relaciones con el exterior la serena andadura hecha de paciencia y de agudeza ante la conducta de quienes incumplieron sus promesas formuladas con solemnidad y hasta con dramatismos en instantes en que nuestra caballerosidad y [16] nuestra responsabilidad como europeos fueron sometidas a prueba. Combatientes han sido los hombres que fieles a una venerable tradición, que llamó jueces a sus más altas jerarquías políticas, han llevado la justicia española, entre los arrecifes de la pasión, al puerto de la serenidad y del equilibrio sin que en un solo instante la toga del juez sirviera de manto encubridor de rencores ni venganzas. Combatientes fueron los legisladores que redactaron los Fueros de la nueva España y dieron cauce jurídico a una Revolución y dotaron de instrumentos institucionales a un estado social para cien años. Combatientes han sido los intelectuales que han llevado a la Universidad, con el aire puro de los campamentos y la disciplina de las trincheras, aquella alegre seriedad, juvenil y madura al mismo tiempo, con que han quedado para siempre desterradas de los claustros españoles las capitulaciones de la dignidad, la infamia del parricidio moral que se ejercía sobre las conciencias escolares y ha quedado en cambio establecida la alegría del trabajo y del progreso junta con la autoridad de los maestros. Combatientes fueron los que hoy constituyen las escuadras de Dios al mando de la jerarquía eclesiástica española; aquellos que luchaban por lo que tan brillantemente han conseguido: la libertad y exaltación de la Iglesia elevada por la victoria al lugar más alto de su historia en España, gracias a aquellos que repartían consuelos y absoluciones entre granizadas de balas y hoy están esparcidos por las parroquias, las catedrales, las casas de religión y las misiones de todo el mundo. Y gracias a la sangre que derramaron de sus venas o que enjugaron de las venas ajenas en una guerra que fue llamada con razón una Cruzada. Combatientes de los más calificados fueron los hombres que en las Academias Militares han forjado el nuevo Ejército de España y han creado esa Oficialidad que es un ejemplo no sólo de espíritu profesional, no sólo de capacidad técnica, sino de agudeza histórica, de responsabilidad nacional, que ha alejado para siempre la estampa del militar que solamente era valiente, para devolver a la Historia la estampa del militar que es espejo de todas las virtudes, acrisoladas en la suprema virtud de la disciplina, en el horno del valor y en el volcán del patriotismo.

Estas virtudes llevaron al ejército, que es el pueblo en su más pura y permanente expresión, a saber que del pueblo viene y al pueblo va y es el volante regulador de la historia que no podría funcionar sin un conocimiento perfecto de su propia sustancia popular, sin una conciencia social que ha penetrado en la médula del ejército que de esta manera denota su sensibilidad, su condición de conductor del paso de las generaciones por la Historia y su percepción de la tónica de nuestro tiempo. Ex combatientes, camaradas nuestros, de todas las profesiones, han sembrado España de fábricas que nos están redimiendo del coloniaje técnico a que veníamos sometidos desde hace un siglo, y hoy, hasta las industrias más progresivas, toman carta de naturaleza en nuestras viejas ciudades que se rejuvenecen al conjuro del espíritu de los ex combatientes. Ese espíritu, camaradas, es el que está haciendo el milagro de convertir lo seriales en vergeles y allí, en los páramos extremeños, donde toda esterilidad y toda aridez tenían su asiento unos ex combatientes intrépidos, han hecho surgir, no se sabe si con el riesgo de las entrañas de la tierra alumbradas o con el [17] riego caudaloso de sus corazones, vegas espléndidas que dentro de pocos años necesitarán tres millones de hombres para rendir toda la riqueza de que son capaces. Ex combatientes han botado al agua las naves de la reconquista mercantil de los mares en que fuimos señores. Ex combatientes han renovado con un esfuerzo heroico el material de transportes. Ex combatientes han hecho nuestros puertos y han triplicado la energía eléctrica bajo unas condiciones increíblemente difíciles y que hacen casi milagrosa una política.

Pero debemos meditar sobre lo que no se ha hecho porque ha habido que acudir por el momento a lo más urgente. No se ha podido desenroscar del cuerpo de la Patria la sierpe de la codicia ni la sierpe de la injusticia. Todavía hay españoles que viven de la explotación de sus semejantes y todavía hay mercaderes del hambre y usureros repelentes, y todavía se ciernen buitres de ambición sobre la flaca carne española. Todavía hay quien anida en su corazón ideas de esclavitud, ideas de egoísmo, que desconoce la existencia del hermano y del semejante. Todavía hay mentalidades zahínas, escondidas tras la cortina de la avaricia y de la crueldad, que no vacilan en marchar ciegamente hacia objetivos inmediatos atropellando el derecho de los demás. Todavía hay aventureros que al amparo de las dificultades aspiran a hacerse ricos en unas semanas, mientras sus compatriotas tienen que pagar el doble por los productos de sus especulaciones. Todavía hay siervos de potencias extranjeras que abominan de lo español por cursilería mental y por degeneración moral y tratan de sustituirlo por lo forastero, no porque sea mejor, que eso sería inteligente, sino porque no es español, lo cual es una infamia. Todavía hay españoles que entregarían a su Patria maniatada e inerme a las fuerzas de la destrucción y del mal.

Y la tarea que nos espera, la tarea que os espera, camaradas, a vosotros como ex combatientes, a Franco como nuestro Jefe, es hacer eso que no hemos podido hacer, porque tareas más urgentes nos reclamaban y antes de transformar el alma de los españoles nos urgía transformar sus condiciones de vida, su ser físico, su pobre humanidad entregada a todas las carencias y a todas las miserias y a todos los abandonos. Pero tenemos que transformar el alma española y desarraigar de ella todas las lacras que aún la afligen, y para disponernos a emprender esta segunda parte de nuestra marcha hemos sido convocados aquí en nombre del que en su puesto de mando va a recibir dentro de tinos momentos el mensaje de nuestra lealtad.

Tenemos que seguir transformando España en silencio. Tenemos que seguir nuestra tarea, apenas empezada, de recuperar al hombre español, pero en sus tres vertientes: la física, la intelectual y la moral. Nosotros, que recibimos de Franco las consignas de la Revolución como soldados que hemos sido suyos y que hemos recibido de labios de nuestros camaradas el mensaje directo de la juventud española en su trance más dramático, tenemos el deber de realizar esta transformación. Si en algo somos totalitarios, y si esta palabra, de tan vaga significación, define una manera de ser frente a un hecho, somos totalitarios ante el ser humano, ante la sociedad humana, en la que, si no acertamos a ver castas por el origen, tampoco acertamos a ver clases por las circunstancias económicas, ya que una clase económica no es un concepto tan permanente como el de hombre, y si [18] no se pueden cambiar las circunstancias que determinan el ser humano, se puede cambiar de situación económica, y no ya por un esfuerzo de la propia voluntad, sino por un simple golpe de la suerte. Nosotros queremos transformar al hombre allí donde esté emplazado y queremos que el reino de la justicia se establezca entre todos y para todos. Esta es nuestra manera de ser de ex combatientes, y así volvimos de las trincheras a nuestras casas después de haber visto cómo el aristócrata y el labrador, y el peón y el burgués, son un solo hombre frente a la soledad ante Dios, frente al tremendo instante de la muerte, frente a cualquiera de esos hechos elementales que transforman al hombre en niño y que nos igualan a todos y nos dejan el alma desnuda, sin que el traje exterior diferencie nada. Tenemos que transformar el hombre y hacerle justo y desarraigar de él la idea de que el regimiento de la sociedad es una cosa iría que obedece a una técnica que se puede ejecutar de un modo mecánico. Queremos llevar a todas nuestras instituciones un aliento humano. Tenemos que atender a todos, tenemos que defender a todos, y para nosotros no habrá privilegio alguno por el origen de los hombres, por su nombre, por su posición económica. Pero os digo, en nombre del Caudillo, que si los más desheredados, los más pobres, los más carentes de todo, los más abandonados que constituyen legión, que constituyen masa ingente, son los predilectos del Régimen y lo seguirán siendo, no es por el prurito de hacer una política clasista, ni mucho menos por hacer una política demagógica o de apaciguamiento, que ni Franco ni el Régimen necesitan. Franco, la Revolución, España, la España nueva y lavada, nacida de vuestro esfuerzo, camaradas, no ha mirado nunca más que la justicia. Y justicia es dedicar quince años a reparar las ferocidades esclavistas, las ferocidades morales, las vejaciones y las crueldades con que quince siglos de barbarie habían aplastado a las clases trabajadoras. ¿Rojos? ¿Blancos? A la hora de querellarse por principios políticos es posible que haya rojos y que haya blancos. Y en esas querellas nadie tiene por qué enseñarnos a nosotros lo que hay que hacer. Repetiríamos lo que hicimos, y en paz. Pero a la hora de establecer el reinado de la justicia social sólo hay hombres, seres humanos con hijos, y con hogares, y con ilusiones y con un alma trascendente redimida por Cristo, y sólo hay, para nosotros, españoles, camaradas y hermanos que sufren y carecen de todo, hasta de la defensa de una cultura con que poder evadirse de la esclavitud. Y a ellos hemos acudido en nombre de Franco antes que a los demás.

Estas verdades hay que clavarlas, corno clavasteis las banderas de las victorias, en las cumbres de España, camaradas. No podemos entretenernos, en el camino de la transformación de España y de los españoles, en distingos ni en pequeñeces. Todas las clases necesitan aquella transformación espiritual en la misma medida. Pero como no podemos abandonar la transformación de las condiciones de vida del español os repito que nada nos hará torcernos de la ruta emprendida y de continuar nuestra tarea, dando la preferencia a los más necesitados. No olvidamos, camaradas, a las clases heroicas, a las clases soporte de todas las demás, a las calladas y sufridas clases que se encuentran de paso en una zona económica responsable y pobre. Pero fijaos bien que digo que se encuentran de paso, es decir, camino de una zona mejor. Estas clases poseen sistemas de defensa intelectual de [19] que no disponen las clases proletarias, y si merecen el apoyo denodado, decidido, de una política que se llama social y cristiana, es cierto también que la urgencia de ese apoyo debe ir equilibrándose con la urgencia mucho mayor que reclaman las clases operarias abatidas por siglos de injusticia y servidumbre, en la indefensión y la ignorancia.

La escuadra de vanguardia de esta tarea gigantesca que espera a los españoles tiene que ir formada, durante algún tiempo, por ex combatientes. Pero hay que ir adelantando gente de refresco hacia nosotros y preparar el relevo.

Queremos declarar que hemos aceptado con gusto el papel que nos señaló Franco, que un día llamó a esta generación la generación que no descansa. Queremos, por tanto, que sobre nuestros hombros, que no esperamos ya ver doblados jamás, pasen las generaciones nuevas, a quienes daremos nuestra experiencia y nuestro consejo, y en las que queremos infundir aquel coraje, aquella alegre decisión, aquella iluminada arrogancia que llevó a nuestros mejores camaradas a ocupar un puesto en las estrellas del firmamento español.

Camaradas: Vosotros seguís formando el gran embalse, la gran reserva de la Patria. Sin vosotros casi se puede decir que no sería lícito marchar por la Historia de este país hacia un futuro distinto, porque vosotros sois los artífices de ese futuro y poseéis el santo y seña de todos los cruces del camino. Vosotros sois la levadura de la Revolución, la solera de la España nueva. Vosotros estáis por revelación en los secretos de la Historia presente, y, sin que nadie os lo diga con palabras, percibís por el pulso de vuestro corazón dónde está el peligro para la Patria. Vosotros, ahincados en la tierra sacra de Castilla, junto a los grandes ríos mansos y lentos, a cuyas márgenes se ha bordado la túnica del mayor imperio material y del mayor imperio moral del Universo. Vosotros, hijos de la llanura ondulada en que cada pueblo plantado entre los trigos es un centinela de Dios, hijos de las sierras madres por donde las estirpes mejores del planeta han cruzado, dejando la huella de las mejores culturas, Vosotros, camaradas, vieja familia unida bajo las sangres bravas y nobles de los hombres más valientes y las mujeres más santas. Vosotros sois los guardianes fieles de la doctrina y de la fe de España, por la que fuimos a la guerra. Vosotros sois los sacerdotes de su verdad, igual que nuestros camaradas caídos fueron sus mártires. A vosotros nadie os puede engañar ni vosotros aguantaríais el engaño.

Velad, camaradas. Velad a la sombra de los castillos y de las iglesias hasta el alba de España. Anunciadla con vuestra voz robusta de soldados. Nuestra actitud es siempre una actitud de centinela frente al amanecer. Anunciad la España nueva hasta vuestra muerte, hasta vuestra ancianidad si es preciso. Dios os dará tal vez la gloria de verla llegar un día, precedida del cortejo de los héroes y de los santos, por los caminos del César y de Isabel de Castilla y por los caminos de Santa Teresa y de San Juan de la Cruz. Porque la misma grandeza tiene en nuestra historia de ayer y en la de hoy y en la de mañana el carro de oro del César, atravesando el Puerto del Pico al mando de sus legiones contra Pompeyo, que la carreta de la Santa de Ávila yendo a fundar un convento con cuatro monjitas iletradas. Y la misma grandeza el caballo blanco de la Reina Isabel entrando en el patio de ese alcázar a someter a su [20] imperio a los levantiscos, que el asnillo que llevó a Duruelo a San Juan de la Cruz, menudo y frágil, adelgazado por el espíritu. Y la misma grandeza tiene la muerte de los comuneros, vencidos en Villalar, por querer defender a su modo la altiva honrilla de los hidalgos pagados de sus franquicias, que la muerte obscura del misionero castellano en el Amazonas, que defiende los derechos de Cristo al señorío sobre almas. Y la misma grandeza el emperador Trajano calando sobre el azul del cielo de Segovia el increíble artificio del Acueducto, que el lego de Villacastín que le da al Rey más poderoso del mundo la fórmula económica para terminar El Escorial. Y la misma grandeza el gesto desgarrado del héroe que se deja partir el corazón de un balazo al frente de un puñado de soldados, que la mansedumbre seráfica del Padre Nevares repartiendo por estas lomas, que tanto saben de vuestro patriotismo, bendiciones, sonrisas, consuelos y esperanzas entre una granizada de balas. En este país, camaradas, somos todos señores. Empezamos por ser señores de nosotros mismos y lo podemos decir sin petulancia alguna.

La petulancia no es nuestro vicio, y no es cierto que despreciemos aquello que no conocemos, y es cierto, en cambio, que conocemos muchas más cosas de lo que se cree. Conocemos, por ejemplo, el heroísmo de nuestros camaradas de otras regiones, el de los camaradas de las ciudades. Sabemos que desde la pequeña escuadra de una aldea serrana a las banderas de Madrid, que pudieran agruparse filtrándose por las filas hojas para dar su sangre por una España mejor en la Casa de Campo, y en Usera y en Garabitas, una misma vena de heroísmo corre. La misma vena que se agarrotaba de ira, de impotencia y, en tantas ocasiones, de sublime desesperación arrebatadora en aquellos camaradas, tan meritorios como el que más, que, de escondite en escondite, de catacumba en catacumba, muchas veces vistiendo con repugnancia pero con callada eficacia el uniforme enemigo, formaron aquellas falanges clandestinas y renunciaban como espartanos al placer de lanzarse al goce de una evasión para mejor servir a la Patria oscuramente, humilde y calladamente, en el más ingrato servicio que un hombre puede desempeñar, porque en este servicio se le niega hasta la más ligera exteriorización de alegría por el deber cumplido. Sabemos cuánta fue y hasta qué cimas de inmolación llegó la fabulosa amargura, pero al mismo tiempo el heroico goce que abrió las puertas de la gloria a los camaradas martirizados en las checas, inmolados en las trágicas madrugadas de las sacas, y que entraron en la inmortalidad cantando el «Cara al Sol». Sabemos bien de qué temple eran aquellas almas que en la soledad, en el trágico vaivén de esperanza y desesperanza, oyendo alternativamente el clarín de nuestras vanguardias o el bárbaro cerrojo de la mazmorra, no sabían cómo iba a terminar aquella espera desesperada, que casi siempre terminaba en la muerte, una muerte erecta, con el nombre de Cristo y de España en los labios y en el corazón abierta la rosa de una juventud cuya entrada en el Paraíso saludaban los arcángeles con espadas de que habló José Antonio. Y sabernos de la abnegación y la fortaleza con que las mujeres españolas, en un acto de superación de sus legendarias virtudes, sustituyeron a los hombres en el gobierno de la hacienda rural y en la dirección de los hogares; y cómo organizaron improvisadamente la institución de Frentes y Hospitales y la de [21] Auxilio Social y cómo finalmente, en la paz, con esa fidelidad sin segundo de la mujer española a la Patria y al ideal, han ido transformando hasta la imagen externa de la mujer de nuestra Patria y la han sabido presentar al mundo con todos los vigorosos perfiles de su personalidad, eligiendo para cuna de las mujeres de mañana el sagrado lugar donde cerró sus ojos la fundadora del Imperio: el Castillo de la Mota, de Medina del Campo, donde la bandera española, escoltada por los estandartes tradicionales y juveniles del Movimiento, saluda el paso del viajero en nombre de la criatura más dulce y más fuerte del Universo: la mujer española. Sabemos cómo a fuerza de sacrificio y de capacidad se ha rehecho una marina de guerra en un verdadero milagro de patriotismo, como si desde la tumba de acero del «Baleares» aquel grito inextinguido, aquel «¡Arriba España!», que llenó de asombro a los marinos británicos y de vergüenza a nuestros enemigos actuara sobre las mentes y los corazones de unos hombres que tantas veces sin medios y tantas veces incomprendidos supieron, contra todas las adversidades, mantener en alto la gloria de la que fue la primera marina del universo. Sabemos cómo de la nada física y sobre el tesoro moral que nos habían legado los precursores Ruiz de Alda, Morato, Franco, Haya y tantos otros, se hizo posible que la Aviación española improvisara técnicas e inventara aplicaciones tácticas del arma más nueva, abriendo, con la sangre y la audacia de los héroes de nuestras alas, caminos nuevos para la defensa de la cultura, de la paz y de la independencia de Europa. Sabemos cuánto fue el heroísmo de aquella oficialidad provisional, ejemplarizada por los gloriosos militares profesionales que comunicaron a sus nuevos camaradas las viejas virtudes castrenses y, al enseñarles a mandar y a morir, les enseñaron a dirigir la Patria en la paz. Sabemos de la legendaria bravura de la legión, escuela del arrojo, cuyo solo nombre evoca todas las virtudes castrenses y que tuvo el honor de ser mandada por quien se adelantó a Europa para marcarle el camino de su dignidad y de su salvación. Sabemos de la incontenible bravura, de la seca y eficaz bravura de los batallones y los regimientos de línea, donde hombres de todas las comarcas de España, encuadrados por unos mandos subalterno, de valor y de gran experiencia sin par en cuya veteranía descansaban los mandos superiores, escribiendo las páginas más imborrables que son y serán por mucho tiempo honor y gloria de las armas españolas. Sabemos que los bravos catalanes, vencedores de un ambiente antiespañol, vencieron luego en las lomas de Espinosa y de Santander con aquellos tercios que llevaban a la Virgen de Montserrat por guía y Señora. Sabemos cómo, después de batirse heroicamente en el Alto de los Leones de Castilla y en Asturias, los invencibles y duros gallegos de las inolvidables banderas de Teruel golpearon como arietes el muro rojo y abrieron el camino hacia el mar de la civilización. Sabemos cómo los alegres andaluces de Cerro Muriano recibían a tiros y a coplas los asaltos de las fuerzas enemigas, y cómo los aragoneses de Alcubierre y de las Peñas de Aholo eran el yunque de las desesperadas acometidas del Ejército comunista. Sabemos, camaradas, cómo los soldados de la Tradición bajaron, corno una riada constelada de boinas rojas, a tapar los huecos que nosotros no teníamos con qué defender, y preservaron la tierra burgalesa de la [22] penetración enemiga y de la infamia que la amenazaba. Sabemos cuánta sangre navarra regó los campos de Brunete. Y sabemos del fabuloso heroísmo, del increíble arrojo de aquellos leales voluntarios que taponaron con sus cuerpos el túnel de Somosierra por fidelidad a su Patria y a la milenaria Institución que fue medula y eje de nuestra Historia. Sabemos de la fortaleza inexpugnable de los corazones astures, que, en un nuevo Covadonga, sobre las ruinas venerables de Oviedo, fueron yunque y martillo a la vez. Sabemos de la áspera bravura incontenible de las banderas extremeñas que renovaban en su propia Patria laureles antiguos de los legendarios abuelos conquistadores, y de la tenaz acometividad del vasco que levantaba banderas con nombres como Montejurra, Oriamendi y Lacar, que hacían saltar de gozo juvenil a los veteranos de la tradición; y de la elástica agilidad de los valientes camaradas de Levante, que se filtraban por las sierras fronterizas hacia nuestras unidades y se sumaban ardorosamente al avance como puntas de flecha enderezadas al corazón de las huertas fecundadas. Sabemos de la entrañable y alegre exaltación de los isleños: Los canarios, que vaciaron las islas de hombres jóvenes y de bastimentos preciosos; los serenos y duros baleares, que defendieron hasta límites heroicos las playas ilustres y las preservaron de la huella infame. Y sabemos de la inflamada solidaridad de los creyentes del otro lado del mar. Sabemos cómo unos toledanos, nietos de las mejores estirpes españolas, escribían para ejemplo universal que las más gloriosas gestas de otros pueblos no han conseguido borrar, el nombre del Alcázar como símbolo de la bravura y de la fidelidad a la Patria. Y sabemos, en fin, de qué vena antigua, de qué mandato milenario surgió la voz aquella, una voz como geológica, que puso en pie, en otro mes de julio como el nuestro, a otra generación española a la que se sumaron tantos veteranos de nuestras filas para partir hacia aquella aventura, otra aventura universal de España que llevó rosas de sangre de las venas ibéricas a los hielos del lago Ilmen y ganó para el Ejército español el más fresco lauro de su historia y el asombro de los ejércitos más aguerridos de Europa y la gratitud del mundo creyente, absorto ante tanta generosidad. Sabernos muchas cosas y las proclamamos y las admiramos, porque a ello nos obliga nuestra nobleza nativa y porque cuando evocamos la muerte de Onésimo en las eras de Labajos queremos tener la medida exacta de nuestra estatura española sin deformaciones ni espejismos y queremos vernos asistidos del coro de los héroes, que, en todas las tierras de España, sin ninguna excepción, entendieron que bien valía la pena de entregar la vida en plena juventud para preservar de la profanación la heredad europea de que todos los pueblos se nutren para ser dignos y para ser libres y sobre todo la heredad española, donde siempre se forjaron en sueños ideales, aventuras del espíritu y esfuerzos del cuerpo que por los siglos de los siglos causarán la admiración y también la envidia de la humanidad. Y tampoco queremos olvidar a los camaradas que entendieron lo que nuestra rebelión tenía de Cruzada cristiana y se alistaron bajo nuestras banderas fraternalmente; camaradas germanos, irlandeses, rumanos, lombardos, toscanos y silicianos; camadas lusitanos, que también se unieron a nosotros bajo el águila que amparó las legiones del César de Europa. Muchos de ellos [23] quedaron bajo el cielo de España para siempre, y esos cementerios que esmaltan los páramos de la Lora, los Altos del Escudo, las llanuras de la Alcarria y las ásperas colinas de Aragón son un depósito sagrado que nos comprometemos a custodiar y a cuidar, porque en ellos está enterrado el oro de una solidaridad europea, que un día será cantada por los poetas de todo el continente como un ejemplo de coraje, de hermandad, de fe y de idealismo; como un ejemplo de religiosidad histórica en que los méritos del más pequeño como los méritos del más grande, igual que en la Comunión de los Santos, se suman al tronco común de los comunes merecimientos para la salvación de todos. Esos méritos, camaradas, que, como todo lo que nace del espíritu, no se detienen ni en el tiempo ni en la geografía y que han quedado fijos en el firmamento como un airón de esperanza para los hermanos que padecen el horrendo purgatorio del cautiverio en la propia Patria y que detrás del telón de acero esperan en los merecimientos de los mártires de la fe de Cristo que perecieron en la casi soñada España y brillan en el horizonte como la sonrisa de la Madre del Carmelo sobre las llamas de la Iglesia Purgante.

Campesinos de la Moraña y del Carracillo, pastores del Valle de Amblés y de Pedraza, labriegos de la Sagra y de la Orden, mozos de los campos de Calatrava y de Montiel, camaradas que partisteis el pan con José Antonio en los mesones de Don Quijote, soñando con la gran aventura de vuestra Dulcinea, España, por la que él murió cuando nuestros brazos y nuestra obediencia le esperaban, gente de Castilla, clara gente, noble y seca gente: vosotros poseéis la palabra secreta, vosotros poseéis la palabra santa; vosotros la pronunciaréis al unísono si la ocasión llega como llegó entonces y se la transmitiréis a vuestros hijos y ellos a los suyos hasta el fin de las generaciones. Y vendréis aquí o vendrán ellos o vendrán los hijos de ellos, porque aquí siempre se viene desde cualquier confín de las dos Castillas, desde donde el Ebro nace hasta el balcón por donde se avizoran los olivares de Andalucía, la gente de las dos Castillas, que abrazamos ahora con nuestros ojos desde este altar de rocas, escucha siempre esa voz abisal que recorre, en las altas noches estrelladas, los espacios, de la Patria de veinte patrias encerradas en ese arca de tierra y de pan que va desde el Sayago a las Conchas de Haro y desde Puerto Ventana a las Ventas de Cárdenas, el Alto de los Leones por medio. Ese arca que de cuando en cuando deja que de su seno salga un perfume que embalsama la historia del mundo.

Y si un día retumbara por la tierra augusta de Castilla el alerta de la guardia y los arcángeles centinelas hicieran sonar su trompa de guerra sobre las eras y las aulas y las plazas porticadas de nuestras villas castellanas, y si las campanas de nuestras iglesias tocaran a rebato, nuestra juventud, aquella que se puso en pie hace dieciséis años, rebrotaría en nuestros pulsos, herviría en nuestra sangre, y, seguida de la juventud de nuestros hijos que hemos engendrado para gloria Leones, y Castilla no sería mancillada y España se salvaría nuevamente con la sangre de nuestras venas y la sangre que hemos cedido hervorosa y pujante a los hijos, poblaría de banderas el Alto de los de una Patria que jamás llevará los hierros de la esclavitud.

Y porque ninguno de nosotros ha olvidado el camino y, sobre todo, porque [24] nos da la gana, porque la juventud nos salta en el corazón al vernos juntos, porque la mano echa de menos el calor aquel de la caja del mosquetón, porque nos piafa el corazón mismo como un potro encerrado, porque en el ara en que cayeron nuestros hermanos va a estar hoy con nosotros, Franco, camaradas, el General Franco, nuestro General, nuestro hermano en la guerra y nuestro padre en la paz, y porque para su alma es preciso nuestro aliento y para la nuestra es necesario el suyo. Camaradas, el grito sagrado de ¡Arriba! ha sonado en nuestros corazones y nos ha hecho subir otra vez a la cumbre igual que entonces. Con coraje y con fe, con alegría y con músculo, sin que nos pesen las canas ni los años, para dar esta lección a nuestros hijos.

Camaradas de las dos Castillas, ¡escuchad!: Más arriba de aquí, más arriba de este sitio no se puede subir en la Historia de la Patria española. Pero aquí no podemos estar solos, y estamos solos si nos falta el Capitán. Y éste es un Capitán, camaradas, que jamás nos ha dejado solos, y hoy no nos deja. Dentro de un rato Franco estará aquí. Viene a ver cómo anda la guardia vieja y a tomar el pulso a una generación elegida. Camaradas: si nuestro corazón no estalla de gozo y de orgullo es que ni somos castellanos ni somos nada.

Camaradas: Esperemos al jefe en nuestra guardia preferida. Camaradas. ¡Oído! ¡Firmes otra vez! El Caudillo avanza hacia nosotros. ¡Fir... mes! ¡Alinearse con los muertos! ¡Arriba España y vista al futuro! ¡Viva Franco!

Discurso del ministro secretario general

Caudillo de España:

Como Secretario General de un Movimiento que aglutina y unifica las más puras voluntades y las más nobles ambiciones españolas, me ha cabido el más alto honor que la vida podía depararme: el de presentar ante Vos, como primer combatiente de España que sois, a esos miles de hombres concentrados en esta altura de nuestra geografía, que ha visto desplazado su nombre por el coraje y la bravura de aquellos españoles que como leones lucharon en ella y que defendieron palmo a palmo estos riscos, estas peñas, estas laderas y collados, parando en seco el avance de los que, con fines de exterminio, pugnaban desparramarse por toda la llanura castellana.

Son los que lucharon en las filas de los batallones y de los regimientos, en escuadrones y baterías, en las mehalas y tabores, en la Legión, en las banderas de la Falange, en los tercios de Requetés; en bous, cruceros y submarinos; en cazas y bombarderos; son los voluntarios de todas las edades, los soldados de reemplazo, los alféreces provisionales, los capellanes castrenses, los militares de carrera, los retirados extraordinarios; los hombres de la División Azul, la Policía Armada, la Guardia Civil y la Guardia de Franco; son todos los que, al grito de ¡Arriba o Viva España!, fecundaron con su sangre la tierra de España y supieron hacer de vuestro Ejército un instrumento valioso para las mayores empresas patrias.

Merced a ellos, nuevos nombres españoles han entrado en la órbita de la epopeya, adquiriendo la dimensión universal de lo heroico, y Otumba, Lepanto, Mullberg, San Quintín o Garellano han encontrado su eco glorioso, su versión moderna, en el Alcázar, en el Ebro, en Oviedo, en Simancas, en Brunete, en Santa María de la Cabeza y en tantos otros sitios y lugares que han reafirmado el prestigio de España ante el mundo y han convertido el suelo de la Patria en inmenso latifundio en el que florecen la abnegación y el heroísmo español.

Vienen en nombre propio y en el de todos los que a vuestras órdenes combatieron por aire, tierra y mar, a renovaros públicamente su lealtad a vuestra persona y a todo lo que simbolizáis en la historia de España.

Vienen también en nombre de los que formaban en los patios y en las galerías [26] de las cárceles rojas, de los que marchaban en las lívidas madrugadas conducidos por sus crueles verdugos a ser inmolados, de los que durante meses y años hicieron una trágica peregrinación por checas y presidios, cárceles y campos de concentración de la zona marxista.

Vienen en nombre de los que murieron para que nosotros pudiéramos vivir, y en el de las nuevas generaciones españolas, de las actuales juventudes, que aprendieron de ellos una moral nueva, una nueva concepción de la muerte y de la vida, el ímpetu revolucionario creador de la nueva España y la ofrenda absoluta de sus actos en servicio de Dios y de la Patria.

Vienen, en fin, como símbolo y encarnación humana de todos los españoles que no quisieron que la Patria se deshiciese corroída por el odio del marxismo, el egoísmo capitalista, la irreligión masónica, la disgregación separatista y las intrigas de los partidos políticos; de los que lucharon por la defensa del catolicismo en cuanto dogma de fe y en cuanto clave de los mejores arcos de nuestra Historia; porque España volviera a ocupar el puesto que le correspondía por todo cuanto había aportado al progreso de la Humanidad; porque los trabajadores tuvieran una vida más justa, no sólo en lo económico, sino también en la valoración personal; porque no se vieran en ellos tan sólo unas máquinas que hay que alimentar más y mejor para que rindan más, sino unos hombres españoles con todas las consideraciones y respetos que esta cualidad lleva implícitas, y que hemos proclamado como concepto imborrable desde el primer día del Alzamiento; vienen en nombre también de los que, desde entonces, con reiteración machacona, están repitiendo de palabra y por escrito –que también nuestra conciencia social es viva y sensible– que les escandalizan, como al que más puedan escandalizar, y las irritantes desigualdades sociales y de fortuna, y que precisamente el reducirlas al mínimo posible y acortar las distancias ha sido una de las consignas de nuestro Movimiento y una de las más tenazmente perseguidas, no con persecución retórica, sino con afanes de realidad.

Vienen en nombre del pueblo español, de este magnífico pueblo que en los tiempos posteriores a la Cruzada, no menos difíciles y duros, con su trabajo, su inteligencia, su tesón y su unidad en torno a vos, ha hecho posible que aquélla no resultara estéril.

Vienen sin jactancia, sin desplantes, pero sí con todo el aplomo y la seguridad de haber cumplido con su deber de hombres y de españoles. No vienen con nostalgias del ayer trágico ni para que les admiremos como glorias pretéritas, sino para que ese pasado aleccione y se tenga presente en la formación del mañana; no como depositarios del espíritu de odio al enemigo, sino como guardianes de una victoria que llevaba en sus alas precisamente la unidad entre los vencedores y los vencidos; no como grupo asistencial o de clase, tal que en otros países acontece, sino con el sentido político que les da el hallarse encuadrados en una Delegación del Movimiento que, como jefe Nacional, acaudilláis.

Pero vienen también para afirmar con su presencia que, pese a los años transcurridos, conservan íntegros el coraje, la energía y el entusiasmo que les impulsaron a la lucha, la fe en vos y en los ideales de la Revolución Nacional, la firme creencia de que todos irán convirtiéndose en hechos y realidades y la resuelta voluntad de ayudarnos a vencer los obstáculos que se opongan a conseguirlo –como [27] muchos, desde hace años, lo vienen haciendo desde los puestos que les confiasteis– y de empuñar de nuevo el fusil, si necesario fuera, marchando, a vuestra voz de mando, donde les ordenarais.

Quieren que el sentido castrense de la vida, que es principal ingrediente de la doctrina de nuestro movimiento en cuanto significa disciplina, austeridad y servicio, siga inspirando conductas y siendo norma de comportamiento, sin que el tiempo ni la paz y tranquilidad que vuestra política nos ha proporcionado puedan servir para que esas virtudes se olviden o reblandezcan y sean sustituidas por el afán de lucro excesivo o la feria de las vanidades.

Quieren que sigamos siendo exigentes con nosotros mismos para poder serlo con los demás, y que el esfuerzo de todos ellos, la sangre que muchos derramaron y la muerte de los que cayeron no sirvan de trampolín a nadie para encaramarse en la vida sin ningún otro mérito por su parte, que nuestra guerra no se hizo para ser salvaguarda de la vida, de la hacienda y de las comodidades de unos cientos o miles de españoles, entre los cuales, en general, se encuentran los que más sé quejan y protestan, sino para algo más importante: para salvar todo nuestro pasado glorioso y también para llevar a cabo una revolución total de la vida española; y todo lo que ella se retarde retardará igualmente su satisfacción íntima y el logro de sus más caras ilusiones.

Estos ex combatientes no se contentan con una actitud negativa y crítica de la España del 36, sino que tienen una actitud afirmativa: niegan y reniegan de muchas cosas, pero en esa negativa llevan implícita la afirmación de las contrarias. Y como tienen capacidad e ímpetu creador no se contentan con defender todas las conquistas políticas y sociales que la Revolución que acaudilláis ya ha alcanzado, sino que quieren ayudaros a lograr todas las aún pendientes, sin que nadie deba ajustarse por esta inspiración llena de sentido profundamente humano y social, que es una de las finalidades de nuestro Movimiento, el cual debe ser lo suficientemente ancho y profundo para que en él quepan todos los que de buena fe quieran venir a él, para que no quede fuera ningún sector valioso de opinión, pero también lo suficientemente puro, auténtico y aséptico para resistir absolutamente todos los contagios.

Al Estado, para subsistir, no le basta ni la fuerza material ni el poder de coacción. Necesita de una base política de sustentación, de una doctrina que le justifique y le infunda contenido y de un sistema de formas que desenvuelvan su proceso de vida. Nuestro Estado, gracias al Movimiento, dispone de todos esos ingredientes perfectamente definidos. Si con arreglo a ellos se ha constituido y funciona en plena normalidad, lógico y necesario en darle la máxima vitalidad para que la máquina estatal rinda cuanto deba rendir, pues lo contrario nos llevaría al absurdo de un Estado opuesto a sus propios principios, montado sobre una estructura exclusivamente burocrática o administrativa, sin saber a dónde iba ni para qué existía, a menos de que fuese sustituido por un Estado de partidos o de dictadura, pero claro está que entonces ello implicaría un planteamiento radicalmente nuevo del problema.

El Movimiento Nacional, del que vosotros sois principales artífices, aspira a una dimensión universal, tanto por lo que valga en sí como por lo fecundo que pueda ser en consecuencias políticas, que así como el liberalismo ha servido de [28] común denominador a todos los partidos políticos de centro, derecha e izquierda, igualmente nuestro Movimiento, en lo que tiene de fundamental y no de circunstancial, puede ser el punto de partida de una nueva etapa política y de rescate de muchos conceptos, justicia, Patria, Democracia, no para suprimirlos, sino para darles un nuevo contenido más de acuerdo con la realidad de los tiempos, ya que en muchos de ellos la sustancia se había evaporado y estaba reducida a mera retórica.

Nuestro Movimiento, pues, ni es reacción, ni contrarrevolución, ni dictadura transitoria que busca vencer los obstáculos y resistencias que se oponen a una tarea de restauración, sino un Régimen nuevo, instaurado por la Revolución Nacional en julio de 1936 con una doctrina política, social y filosófica que en lo fundamental sigue siendo hoy tan válida como cuando se formulara, pero, en lo contingente y circunstancial, perfectamente adaptable a la realidad de cada momento, por lo mismo que más que un programa concreto –y ésta fue su originalidad– era una manera de entender la vida y de reaccionar ante los problemas que ésta presenta, entendimiento y reacción basados en las ideas de servicio, de espiritualidad y de solidaridad humana y nacional.

Estos ex combatientes saben que los españoles en general valoran y agradecen sus esfuerzos, pero quieren también que el mundo libre de Occidente valore lo que su esfuerzo y nuestro Movimiento representan en su beneficio.

Contra el comunismo se alzaron y al comunismo vencieron. Si así no hubiera sido, si nuestra guerra hubiera tenido un resultado contrario, la situación total de Europa sería también contraria a la actual, y probablemente en este momento España, en vez de ser un factor importante para la defensa del mundo libre, representaría justamente un peligro para él. Bien merecen, pues, ellos, vos y España entera la gratitud en lugar de la injusticia con que ha sido tratada por ese mundo, que no ha sabido, a pesar de su victoria, romper el nudo gordiano de sus propios problemas, sin duda porque para romperlo tenía que llegar con el cuchillo hasta su carne, llevándose en el corte los trozos putrefactos. Su victoria fue pírrica y no tenía alas. La nuestra las tiene como aquella de Samotracia, y con ellas ha sabido elevarse por encima de todo rencor y de todo odio, y pagar la injusticia con moneda de solidaridad cristiana y europea, demostrando así la alta calidad moral de nuestra Patria.

Pero como ese comunismo sigue fuerte y amenazador, no obstante intentar disimular ahora la amenaza tras la cortina de una aparente política de paz y de mano tendida, de posible convivencia entre el capitalismo y el comunismo, esos dos monstruos materialistas que recíprocamente se temen y aspiran a dominar al mundo, esa amenaza, repito, aparte de otras razones más, exige que se mantenga entre todos los españoles, civiles y militares, la unidad de 1936, siendo la presencia aquí de estos ex combatientes el mejor exponente de ella. Esta presencia viva de lo que fue aquella unidad del 18 de julio y de todos los momentos difíciles de los últimos años pregona bien a las claras la perfecta utilidad de su esfuerzo y de su sacrificio, porque se mantiene intacta a lo largo del tiempo, proclamando el derecho histórico a garantizarla en el futuro.

Caudillo de España: del desorden, que [29] es peor que la nada, iniciasteis, vuestra tarea; de la España de campamento, fortín, trinchera, parapeto, y dividida en bandos, habéis hecho la España unida, del trabajo, la paz, la justicia, abriendo a los españoles unas perspectivas de inmensas posibilidades culturales, económicas y de prestigio nacional que añadir a las también inmensas realidades que ya habéis logrado. Por eso los ex combatientes y los españoles todos, que no sólo ven en vos el Capitán invicto y el estadista preclaro, sino el recuerdo de todas sus luchas y heroísmos pasados, de la voluntad de trabajo y recuperación presente y de la esperanza del mañana; que os consideran símbolo del prestigio y la dignidad patria, la encarnación de las mejores cualidades de la raza, y que os quieren, os respetan y os admiran con la sobriedad de expresión que su estilo militar requiere, pero con la exaltación entrañable de su entrega total a la Patria, en esta ocasión memorable que hace la sinceridad irreprimible y la buena fe indudable, en estas alturas serranas batidas por el viento y el cierzo de Castilla, cuadrados ante vos, con la mirada puesta en vos, por todos los sacrificios pasados y por los que resten por hacer, os piden no cejéis en la empresa titánica que estáis realizando, para que por obra de vuestra voluntad y previsión, esa unidad, ese esfuerzo y ese sacrificio sean como el puente tendido hacia el futuro que garantice la permanencia y continuidad de vuestra obra sin que nuevas oleadas de odio ni manos inexpertas derriben con el tiempo la obra y el afán de hoy, y para que sus hijos os bendigan el día de mañana a la sombra de las banderas que habéis levantado en triunfo y que serán las auténticas banderas victoriosas que han vuelto al paso alegre de esta paz que nos habéis dado a los españoles. ¡Arriba España!

Temas españoles nº10 Madrid 1952

Fuente: Filosofia.org

Julius Evola: El Cuestionario de Ernst von Salomon (1954)

Julius Evola: El Cuestionario de Ernst von Salomon (1954)

En Alemania tuvo una triste fama el denominado “Cuestionario”: der Fragebogen. Era un formulario que había que llenar y que comprendía 131 preguntas, las cuales no solamente representaban un sistema de información sobre cada mínimo detalle de la persona, de la vida y de las actividades del interrogado, sino que implicaban un verdadero y propio “examen de conciencia”. La única diferencia estaba en que quien lo solicitaba no era la Iglesia sino el gobierno militar aliado.

Justamente con el título El Cuestionario Ernst von Salomon ha escrito un libro que ha tenido en Alemania una vasta resonancia y que ahora ha salido a través de Ediciones Longanesi en versión italiana con el título modificado de Yo sigo siendo prusiano (Io resto prussiano). Von Salomon es ya conocido por otros libros exitosos tales como La ciudad, Los proscriptos, Los cadetes. Aquí emplea casi 900 páginas para darle al aludido “cuestionario” aliado la respuesta deseada de acuerdo a su conciencia. Las diferentes preguntas son ocasiones para una especie de sugestiva autobiografía, que comprende al mismo tiempo el encuadre de acontecimientos, de experiencias y de encuentros de todo tipo, desde el período de la primera posguerra al de la ocupación aliada.

El rubro reservado a las “observaciones” es quizás el más impresionante: se refiere a todo aquello que el autor experimentó con los norteamericanos en sus campos de concentración. En su objetividad es un terrible documento respecto de una brutalidad inaudita, cuanto más odiosa en tanto ha sido producida por aquellos que presumieron de dar a su guerra el carácter de una cruzada en nombre de la humanidad y de la dignidad de la persona humana. Aun queriendo establecer un paralelo con aquello que pudo acontecer en algún campo de concentración alemán, aquí no era ahorrado ni el combatiente heroico, ni el general, ni el alto o digno funcionario, agregándose también aquellas personas arrestadas casualmente que no estaban en condiciones de responder sobre nada en especial. Lo cual fue el caso del mismo von Salomon, nunca inscripto en el partido nazi, y de su compañera, una judía protegida por éste en contra de las medidas anti-hebraicas, a la cual le había hecho poner un nombre falso. Ambos no fueron liberados sino después de más de un año de vida degradante, luego de haberse dado cuenta de que… se trataba de un equívoco.

Respecto al contenido del libro, queremos tan sólo hacer mención a todo aquello que se refiere a aspectos poco conocidos de las fuerzas políticas que en Alemania actuaron durante el advenimiento de Hitler y, en parte, también durante su dictadura. Tal como se ha dicho, Salomon no era nazi. Pertenecía más bien a aquel movimiento que puede denominarse como de la “revolución conservadora“. Luego del derrumbe de 1918 en Alemania tomó forma un movimiento múltiple de entonación nacionalista el cual se proponía la renovación resuelta de formas y métodos, conservando sin embargo los principios fundamentales de la tradición y de la concepción germánico-prusiana del Estado. Con este espíritu estuvieron animadas las formaciones de voluntarios que, al mando del capitán Erhardt, se batieron en la frontera oriental aun luego del derrumbe y que luego, al lado de otras corrientes, actuaron como fuerzas políticas en contra de la Alemania de Weimar, la socialdemocracia y el comunismo. Aquí la consigna era la “revolución desde lo alto”: es decir, una revolución que partiera del Estado y desde la idea de Estado y desde el concepto de autoridad legítima. Estos mismos ambientes forjaron entonces por vez primera la famosa fórmula del “Tercer Reich”.

Y bien, todo este nucleamiento vio en el nacionalsocialismo no tanto la realización cuanto la traición de sus ideas. Tal como dice von Salomon, el primer serio y gran tentativo del movimiento nacional de provocar un vuelco histórico decisivo partiendo desde lo alto, desde el Estado, fracasó a causa de la existencia de Hitler. Con Hitler, nos agrega, el acento decisivo del nacionalismo se desplazó del Estado al pueblo, a la pura autoridad de la nación como colectividad, y ello fue formulado en el hecho de que para defender una concepción política totalmente opuesta fue utilizada una terminología que se remontaba en gran parte al patrimonio tradicional germano-prusiano.

Todo sumado, nos dice Salomon, el régimen totalitario instaurado por Hitler no sale de los marcos de la democracia, más aun es una democracia exasperada en una especie de tribunado del pueblo. El poder se lo conquista a través de las masas, la legitimación formal del poder es recabada de las masas, mientras que el Estado tradicional autoritario se basa en la jerarquía y sobre un concepto autónomo y superior de la soberanía. Por esto von Salomon no podía ser nacionalsocialista; ni tampoco lo fueron muchos otros que, luego del advenimiento de Hitler y del “partido de masas”, se echaron atrás o bien se afiliaron al movimiento con la sola intención de accionar desde lo interno del mismo en el momento oportuno, luego de que hubiesen sido resueltos algunos problemas improrrogables de política interna y externa. Muchos de tales elementos figuraron entre aquellos que intentaron liberarse de Hitler en junio de 1944. Esta veta escondida de la “revolución conservadora” es en general muy poco conocida, a pesar de su importancia. También a tal respecto los libros de von Salomon son interesantes documentos.

Respecto del último punto, corría por Alemania la siguiente historieta. Se preguntaba: “¿Qué es peor, que se gane la guerra y los nazis sigan estando, o bien que se la pierda y que los nazis desaparezcan?” La respuesta humorista era: “Lo peor de todo es perder la guerra y que a pesar de ello los nazis sigan estando”. Von Salomon nos refiere que, aparte de la broma, los ambientes que le resultaban cercanos habrían considerado una cuarta posibilidad: Ganar la guerra y sobre la base de ello liberarse luego del gobierno de los nazis. Ello en la medida que aun sin ser tan radicales, se hubiese hablado de una acción que, partiendo de las fuerzas combatientes más puras, hubiese removido las estructuras del Estado totalitario tribunalicio en nombre del ideal de un verdadero Estado nacional jerárquico, en esto se habría quizás tenido la fórmula de un futuro mejor, válido no sólo para la Alemania sino quizá también para la misma Italia.

Roma, 2 de julio de 1954

Fuente: Centro Studi La Runa

Novedad: Diario de un Falangista de Primera Linea

Novedad: Diario de un Falangista de Primera Linea

Ediciones Nueva República

Santiago Montero Díaz: Fascismo (1932 )

Santiago Montero Díaz: Fascismo (1932 )

Preliminar

El fascismo, por su radical novedad histórica y por su original concepción y táctica del Estado, ha desorientado a innumerables tratadistas. En pocos países como en España se han difundido ideas tan lamentablemente equivocadas sobre este régimen. Interpretaciones inexactas, puntos de vista opuestos a la verdad e ineficaces completamente para un conocimiento aproximado de la realidad fascista. Este trabajo aspira a contribuir a la renovación de las ideas populares sobre el régimen fascista. Es un enjuiciamiento al mismo tiempo más severo y más justo que el que ha popularizado la prensa burguesa española. La brevedad de esta exposición me ha decidido a abordar el tema de una manera sustantiva; esto es, apiñando las ideas fundamentales en torno al fascismo, señalando las normas directrices básicas de este movimiento. Así he formado un núcleo de puntos de vista esenciales, más que un rosario de páginas descriptivas o de fáciles reseñas históricas al alcance de cualquiera. Presumo que los lectores habituados a buscar lo sustantivo, buceando bajo la fronda de lo formal, se darán cuenta de mi esfuerzo. Si he conseguido o no mi propósito, es ya cuestión distinta. Si el lector tiene interés en ello, lo sabrá dentro de pocos instantes.

I. Significación del Fascismo

El fascismo significa un nuevo ensayo de concepción del estado burgués para sostener contra el proletariado un predominio de clase.

Toda forma social oculta un contenido económico; el fascismo no es más que una nueva forma del contenido económico capitalista. El capitalismo poseía dos formas fundamentales de organización política: el Estado democrático o el despotismo absoluto. Ambas habían quedado retrasadas con respecto a las actuales necesidades de defensa del estado burgués.

En efecto, la revolución es una estrategia, pero también una táctica. Como estrategia tiene sus métodos lentos, sus caminos preparatorios; como táctica, sus ataques inesperados, rápidos, inevitables. La sociedad burguesa, los políticos de la burguesía, a través de una larga experiencia, han podido darse cuenta de la insuficiencia de sus antiguos métodos de defensa. No bastaba ya un aparato defensivo del estado, una organización policiaca, un frente de combate. Era necesario algo más: más que rechazar el ataque, prevenirlo; más que preparar el remedio, matar los gérmenes mismos de la revolución.

Para esto era necesario variar sustantivamente la estructura del Estado. No bastaba ya resguardarlo, era preciso transformarlo; darle una forma específica que posibilitase exclusivamente la vida de la burguesía, pero que crease para el proletariado revolucionario una atmósfera asfixiante, dentro de la cual no pudiera existir ni una sola de sus organizaciones legales o clandestinas.

Ese es el papel del fascismo. Esencialmente distinto de un Estado liberal parlamentario, distinto también de un simple poder absoluto, el fascismo ha significado sencillamente el más genial ensayo realizado hasta el día para dotar a la sociedad burguesa de una estructura política tal que se imposibilite la existencia de todo organismo revolucionario.

Para realizar este objetivo ha acometido, por cauces de vigorosa novedad, toda la gama de soluciones dilatorias imaginables para aplazar los conflictos sociales, inspiradas especialmente en el reaccionario concepto de paritaridad.

Ha empleado antiguas tácticas revolucionarias, ha aprovechado para las finalidades burguesas las enseñanzas de los movimientos proletarios; y se ha estratificado en una fórmula que si no logra un equilibrio total, porque eso es imposible, llega, en cambio, a una enérgica toma de posiciones por parte de la burguesía para sostener su dominio de clase sobre los obreros y los campesinos.

Y esto se realiza en el fascismo, no solamente por el formidable aparato defensivo externo del Estado, sino por su misma construcción interna, por su misma ordenación interior, que tiende a imposibilitar toda actividad, toda vida revolucionaria dentro de las fronteras de Italia.

Tal es la significación del fascismo. Una nueva organización estatal de combate contra el proletariado. Más inteligente que los despotismos antiguos y más audaz que las contradictorias repúblicas demoliberales, condenadas a muerte por la Historia.

II. El momento italiano prefascista

Era trágica la situación para la burguesía italiana en los años inmediatamente anteriores a la conquista del poder por Benito Mussolini.

Desmoralizado el pueblo por la guerra; abrumada la economía, por una usuraria deuda de guerra; entorpecido el proceso burgués de producción por las gloriosas huelgas revolucionarias sindicalistas y comunistas; debilitado el poder de los gobiernos por la impotencia y el descrédito, Italia, ante los ojos de Europa, seguía el camino de la revolución.

No bastaba la fuerza pública, ejército, guardia ni carabinieri como frente de choque contra la revolución triunfante, aunque caóticamente desorganizada.

Vencido, impotente, el Gobierno no podía contener la descomposición total del régimen capitalista y del Poder burgués en Italia.

Por otra parte, la revolución proletaria, escindida en frentes distintos, no acertaba a apoderarse de la máquina del Estado para organizar el nuevo régimen. En 1921 se había producido la disidencia comunista en la social democracia; por su parte, la Confederación General del Trabajo, los anarcosindicalistas, el proletariado bakuniano, llevaban otra línea revolucionaria alejada por completo de los métodos y las tácticas comunistas. No surgía la cohesión, no aparecía el hombre o los hombres de genio que redujesen a una consigna, que amparasen bajo la augusta trayectoria revolucionaria del marxismo leninista todos los movimientos tumultuarios e inconexos en que se agitaba el proletariado italiano.

De esta ocasión pudo aprovecharse Mussolini. No en balde tenía una formidable preparación revolucionaria; no en balde conocía admirablemente cuál era la situación de las fuerzas del proletariado.

Fue el momento preciso para la toma del Poder, mediante la sofocación violenta de la revolución, mediante el combate con las fuerzas obreras. Y, especialmente, mediante el demagógico viraje del partido fascista.

El fascismo, que en los primeros momentos había lanzado consignas plenamente revolucionarias; que había nacido como una escisión nacionalista revolucionaria del Socialismo; que en 1919 llevaba a las elecciones un programa, socializante, en que proponía el desarme internacional, la inspección de los Bancos, la entrega a las organizaciones obreras de la alta industria; que en 1920 alentaba a los obreros revolucionarios a que se posesionaran de las fábricas en Lombardía; el fascismo, que en precisos momentos parecía una división de sentido clasista dentro del proletariado, aprovecha las condiciones de escisión y desorientación dentro del movimiento obrero, la separación comunista de la socialdemocracia, el fracaso de la huelga general de agosto de 1921, para iniciar un viraje rapidísimo y poner al servicio de la contrarrevolución sus organizaciones de choque y su formidable sentido de la disciplina.

Le amparaban para ello las condiciones objetivas de Italia; el peso de la deuda de guerra; la descomposición de la economía burguesa; la impotencia del Gobierno; la desorientación de las fuerzas del proletariado.

III La toma del poder

La consecución del Poder para los fascistas se presentaba como un proceso de dos fases perfectamente definidas.

En primer término era necesario vencer al proletariado revolucionario; desarmarle; desorganizarle; decapitar la revolución. En segundo, presentarse como el salvador de Italia, reclamando el Poder a la burguesía, temblorosa y cobarde.

No se escapaba, sin embargo, al sagaz Giolitti, el plan de Mussolini. Así él supo azuzar al proletariado italiano contra el fascismo, sin descuidarse por su parte de combatir por bajo cuerda a ambos temibles enemigos. Como una tremenda impedimenta, lanzó contra Mussolini la enemistad de las organizaciones sindicales: el entorpecimiento creado por esta maniobra al partido fascista fue gigantesco.

Sin embargo, las organizaciones perfectas, matemáticas, violentas e inexorables del partido fascista no podían por menos de resistir aquel embate; contando, además, con la simpatía tácita de la gran burguesía y parte no pequeña de la clase media.

Durante dos años, la guerra civil de carácter social se hizo épica en Italia. Los fascistas destrozaban, quemaban, arrasaban organizaciones obreras; los obreros, por su parte, ya socialistas revolucionarios, ya anarquistas o comunistas, combatían bravamente y organizaban trágicas matanzas.

«En julio de 1921 -dice Malaparte-, en la ciudad de Sarzana, medio centenar de camisas negras fueron degollados; los heridos, estrangulados en sus mismas camillas; otro centenar, que había buscado la salvación en la huída, dispersándose por el campo, fue perseguido a través de los bosques con horcas y guadañas.» En esta contienda, sin embargo, el proletariado, desarmado, combatido por todos los frentes, llevaba la peor parte.

La violencia fascista completaba la desorganización con el exterminio. Decapitó totalmente la revolución, en la vida de sus mejores caudillos. Trituró los organismos legales e ilegales de la revolución. Días, semanas, meses enteros las ocupaciones militares, protegidas y aplaudidas por el Estado liberal, acobardado y agradecido, pesaban sobre la vida de los campesinos y los obreros revolucionarios. Funcionaban sin cesar los fusiles, las ametralladoras y los rompecabezas. La táctica del incendio carbonizaba y pulverizaba las energías proletarias.

Por otra parte, la revolución italiana no había producido un solo hombre genial. Ni un gran estratega como Lenín, ni un genio de la táctica, como Trotzki. La revolución se posesionaba de las fábricas, pero no se posesionaba del Poder; la incapacidad del partido comunista para controlar a las masas permitió que se desviase la línea del movimiento proletario; y Mussolini, que no hacía sino realizar un plan vasto, complejo, arquitrabado, para la toma del Poder, llegó a ser el amo de la situación.

La burguesía italiana respiró satisfecha. Los fascios habían pulverizado la revolución. El fascismo quedaba como vencedor; deshechas las organizaciones obreras; debilitado el Estado.

Entonces, como había previsto Giolitti, el fascismo se encaminó ya, directamente, sin ambages ni rodeos, a la toma del Poder.

No contaba, ciertamente, el gran capitalismo italiano con aquella maniobra. Procediendo como siempre, el capitalismo no había querido ver en Mussolini sino un genial defensor del Estado; pero el duce aspiraba a la reconstrucción de Italia, no a su defensa.

Si Giolitti fracasó interponiendo entre el fascismo y el Poder las organizaciones obreras, no menos fracasó Bonomi pretendiendo estrangular con organizaciones policíacas lo que era ya una fuerza incontrastable, dueña de los resortes vitales del país; prestigiosa entre la pequeña burguesía que veía allí la expresión política de sus ambiciones; necesaria incluso a los mismos capitalistas que intuían la inestabilidad del régimen liberal parlamentario.

En agosto de 1922 se anuncia la decisión irrevocable de tomar el Poder, y la cabal preparación del partido para ello. El 3 de octubre se ocupa Bolzano; se suceden con rapidez vertiginosa las fechas históricas; el 24 celebra el partido su gran fiesta en Nápoles; dimite el Gobierno Facta el 27, y el 28 de octubre se realiza la marcha sobre Roma, la toma definitiva del Poder.

La violencia fascista había trazado ya un nuevo cauce en la facciosa y convulsiva historia de Italia. Se sabía y se sabe el comienzo de la nueva era. Del pasado, sabemos que no retornará jamás. Del porvenir, solamente el marxismo tiene la clave.

El hecho era que un nuevo poder iba a emprender, con las velas desplegadas, rumbos inéditos en la Historia; métodos absolutamente nuevos para defender finalidades absolutamente viejas.

Aquella gestación laboriosa, violenta, de la toma del poder, combatiendo día por día y fábrica por fábrica a la revolución; aquel plan de conquista del Estado, erizado de banderas acribilladas, de insignes demagogias y de himnos patrióticos, movilizando masas y venciendo facciones, no se parecía en nada, absolutamente en nada a las podridas combinaciones ministeriales, a los bajos cuartelazos palaciegos como el de Primo de Rivera, que solamente la inefable ignorancia de algunos sectores puede equiparar a la conquista mussoliniana del Poder, heroica y criminal, nutrida de arrogancias y de traiciones.

Dice, con harta razón, el gran polemista del fascismo, Malaparte: «Los golpes de Estado de Kapp, de Primo de Rivera y de Pilsudski parecen haber sido concebidos y ejecutados según las reglas de una táctica que no tiene nada de común con la táctica fascista.»

No hay propiamente diferencia; hay antítesis. Son distintos los arrestos, las tácticas y hasta el campo de operaciones. Mussolini toma el Poder después de años de lucha, tomando como campo de operaciones a Italia entera. Para un Primo de Rivera no hubo otro campo de operaciones que los muros de un despacho regio.

IV La organización del estado

Después de tomado el Poder estaba perfectamente trazada la línea de tareas que se presentaba ante el partido fascista. Era preciso organizar el nuevo Estado, reconstruir la sociedad italiana, formar los nuevos moldes sociales que habían justificado ante los ojos de la pequeña y la gran burguesía italiana el advenimiento del régimen fascista.

Era lo de menos en los primeros momentos que la organización técnica fuese más o menos perfecta. Lo importante era presentar un objetivo ideal ante los ojos de la nación; tremolar principios que apareciesen como subsuelo ideal del programa. Había que enarbolar consignas, acumular factores y fuerzas espirituales en cuya función se organizase el Estado y se justificase la política a seguir y al mismo tiempo injertar el partido dentro de la máquina estatal de tal manera que prácticamente fuese una misma cosa, un ente indiviso, la voluntad del partido como fuente originaria y la actuación del Estado como aparato de realizaciones.

Examinemos, pues, estos dos aspectos tan distintos y tan definidos dentro de los problemas que se presentaban al partido.

a) Dictadura de principios. Lo interesante, lo sustantivo, innegablemente era salvar a la burguesía italiana; organizar y estabilizar rápidamente la contrarrevolución. Esto exigía un cambio profundo en el complejo social; cisuras hondísimas, tremendas intervenciones de quirúrgica política en el seno de la sociedad italiana, desmoralizada con la guerra, destemplada con los tremendos años de convulsiones sociales.

Para justificar aquel cambio, para dar una razón suprema y elevada a cambios radicales, a actuaciones implacables sobre los organismos sociales en sus centros nerviosos más sensibles, era necesario poseer y tremolar principios simples, demagógicos, fanatizantes, de una fuerza inmediata, de un urgente motorismo, que galvanizasen la burguesía italiana y nutriesen de espíritu sus egoísmos, disfrazando de ideal la realización de las apetencias clasistas de los poderosos.

La psicología de las clases, cuya expresión social política era el fascismo, exigía que estos principios, en aquel momento histórico, fuesen los de patria, tradición, historia. Y así el fascismo inició rápidamente la trayectoria que ya se había señalado en el momento anterior a la toma del Poder: un contenido nacionalista del que no faltaban precedentes bien cercanos, bien inmediatos, como Corradini o Federzoni.

Pronto se estableció una concatenación de principios e ideas, cuyo esquema lógico podría bocetarse de esta manera: la patria, fuente de todo bien espiritual e histórico; la patria exaltada a la categoría de entidad abstracta, supresensible, por encima de tiempo y espacio; la nación, como expresión humana inmediata de la Patria, concepto sagrado y eterno; el estado, sagrado como expresión jurídica y legal de la nación; principio supremo e inexorable, como una categoría; y el partido fascista, inatacable y sagrado también por ser la fuente vitalizadora del Estado.

Manejando tales principios, y manejándoles precisamente con esa lógica, Mussolini derivó hacia las actuales formas del Estado fascista.

b) Enraizamiento del Partido en el aparato estatal. Con esa dialéctica, Mussolini iba directamente a la inserción del Partido en el Estado, incrustándolo como una institución sagrada y como un método insuperable de defensa.

Era necesario reservar al fascismo el control del Estado, y esto se logró injertándolo práctica y legalmente en todas las instituciones fundamentales.

El proceso de realización del fascismo culminó seis años después de apoderarse del Poder, en el decreto de 21 de septiembre de 1928, que erigió en órgano del Estado el Gran Consejo Fascista, con amplia autonomía, sesiones secretas y control sobre la presidencia del Gobierno y nombramiento de ministros.

Esta institución, nexo supremo del partido con el Estado, ha estabilizado a éste de tal manera en las instituciones, que la disolución del fascismo como partido, traería consigo la disolución de la actual forma de Estado.

De la misma manera que en este órgano de las altas esferas del Poder se unen Partido y Estado, fusionándose indisolublemente, en otros aspectos de la administración y del Poder se funden también personas e instituciones, estrechando cada día más el abrazo entre fascismo y estado, evolucionando hacia un monopolio absoluto, prácticamente conseguido ya, del Estado por el Partido.

V Características reales y características convencionales del fascismo

Es necesario distinguir con toda nitidez, en cualquiera manifestación de la política burguesa, las finalidades de los medios. La finalidad del fascismo es el afianzamiento de las posiciones de clase de la burguesía; los medios son los principios manejados para justificar su actitud y regir su política.

El examen de las finalidades no ofrece dificultad alguna. Basta examinar el aparato externo e interno del Estado fascista para darse cuenta de que todo él no es sino una especie de ocupación militar tomada por el capitalismo contra la revolución.

Es necesario, en cambio, agudizar algo más el análisis en el examen de los medios.

El fascismo es un sistema construido alrededor de un eje de principios. Estos principios son dos: uno político y otro social. Políticamente, hemos visto el carácter nacionalista, patriota y tradicionalista del fascismo; socialmente, se asienta sobre el principio corporativo, de considerar los organismos de producción como instrumentos del Estado, el trabajo como función estatal y los trabajadores como funcionarios del Estado.

Es necesario hacer una observación sobre cada uno de estos principios.

El principio político. Si buceamos un poco en la dialéctica fascista, veremos que, bajo toda la retórica nacionalista, bajo los lirismos oficiales y convencionales, no queda sino una vigorosa, una expresiva afirmación: todo en el Estado, nada fuera del Estado; nada contra el Estado.

Enseguida observamos que ese mismo principio puede vitalizar y robustecer otra especie cualquiera de tópicos. Lo esencial es precisamente establecer la supremacía categórica del Estado, callándose el hecho de que el Estado tiene un contenido de clase estrictamente burgués.

Despojada la concepción política de todo su colorido nacionalista, que no es sino el pretexto, la hojarasca retórica, las soflamas conmovedoras que necesita la Dictadura, nos encontramos con la primera esencia del fascismo: afirmar de una manera mucho más radical que los demás países burgueses el poder absoluto del Estado y al mismo tiempo identificar en la práctica el Estado con los intereses de la burguesía.

Ahora bien: notemos que cualquier otro país burgués puede lanzar las mismas afirmaciones, sentar su política sobre idéntica concepción y no derivar el pretexto, el colorido, si así queremos llamarlo, de los mismos postulados nacionalistas y tradicionalistas.

Vemos, pues, cómo hay una esencia del fascismo bajo toda su literatura oficial, incluso bajo aquellos principios que, al parecer, le son más íntimos, más inseparables.

El principio social. La otra característica esencial del fascismo es su legislación del trabajo. Habíamos dicho que el fascismo no es precisamente una dictadura que venga a detener el movimiento revolucionario, limitándose a reprimirlo con la fuerza y mantenerse a la defensiva; sino, por el contrario, una dictadura orgánica, que va más lejos: a dar una estructura tal al Estado, que el movimiento revolucionario sea imposible; que en la lucha de clases la burguesía tenga permanentemente el pie sobre la garganta de la clase trabajadora.

Esto pretende lograr el fascismo por medio de su legislación social. Teóricamente, es una legislación del trabajo inspirada en paradisíacos principios de justicia. No falta ni siquiera una declaración teórica de libertad sindical, establecida por las leyes de 3 de abril de 1926.

Pero la realidad es muy distinta. La Carta del Trabajo, de 21 de abril de 1927, dice en el párrafo III: «La organización profesional o sindical es libre», y, a renglón seguido, escribe: «Pero sólo el Sindicato, reconocido por la ley y sometido al control del Estado, tiene el derecho de representar legalmente todas las categorías de patronos o de obreros por las cuales fue constituido, defender los intereses de estas categorías frente al Estado o a las otras asociaciones profesionales, fijar contratos colectivos de trabajo obligatorios para todos los miembros de las susodichas categorías, imponer a estos miembros contribuciones y ejercer respecto a ellos funciones delegadas de interés público.»

Es decir: hay libertad sindical, pero la eficiencia sindical no existe sino es bajo el control del Estado.

Los Sindicatos son, por lo tanto, órgano del Estado. Y los obreros son, como dicen los fascistas, sus funcionarios. Ahora bien: como quiera que el Estado es absoluto, como quiera que su poder es tan vasto que, según frase de A. Mussolini, es inútil intentar fijar sus límites, y como quiera que ese Estado absoluto y omnipotente es burgués, ocurrirá que los obreros son funcionarios movidos ciegamente en manos de un Estado omnipotente que represente intereses de clase opuestos a los suyos.

Y la realidad es que el obrero no es un funcionario, sino un esclavo del Estado, como dice Hilario Belloc.

Al mismo tiempo que se maniata así al proletariado y se entrega el control de la producción, por medio de la unidad sindical a un estado antiproletario, la legislación va evolucionando, ya sin oposición, ya sin trabas, hacia un mayor beneficio para la burguesía. Así, valiéndose de este control sindical sobre la masa trabajadora, se toman medidas brutales y cesáreas: un día se reducen los jornales entre un 10% y un 30%, durante quince meses (1927 a marzo de 1928), y otro día, el 20 de junio de 1926, se implanta la jornada de trabajo de nueve horas. Son las reivindicaciones de la burguesía.

Estas medidas de legislación general y los miles de pequeñas batallas que a diario gana el fascismo contra los trabajadores, en cada pequeña industria, en cada caso concreto, son debidos a este principio de unificación del control sindical bajo el poder omnímodo del Estado absoluto burgués.

Esa es la segunda característica del fascismo: la utilización de una política sindical para las finalidades de la burguesía, como en el caso anterior vimos la utilización, para las mismas finalidades, de un principio político.

Observemos ahora que este principio sindical, esta manera de argollar a la clase trabajadora, manera mucho más eficaz y definitiva que cualquiera de las antiguas concepciones sindicales de otros estados burgueses, puede ser también utilizada por otro país europeo contra el proletariado, y en virtud de principios distintos a los utilizados por el fascismo.

Es decir: sin invocar los mismos temas líricos (Patria, Tradición, Nación, Historia), y sin seguir los mismos caminos tácticos de Mussolini (golpe de Estado, demagogia, viraje reaccionario) pueden instaurarse en otros países europeos los mismos métodos, las mismas premisas sociales del fascismo, y obtener con ellas idénticas finalidades, aunque vistiéndolas, eso sí, de ropaje distinto.

Hay, pues, dos características reales, efectivas, esenciales, del fascismo: a) principio de la soberanía absoluta, ilimitada, del Estado, sobre todos los derechos, identificando al Estado con los intereses de la burguesía; y b) unidad sindical forzosa, control sindical absoluto que entregue la clase trabajadora a las finalidades y arbitrio de ese Estado ilimitado y burgués.

Nada importa realizar esos objetivos esenciales en el nombre del tradicionalismo o en el nombre de la democracia (demagógicamente interpretada). Ellos son la esencia del fascismo, y realizarlos será realizar el fascismo, aunque se cubran con motivos opuestos a los manejados hábilmente por Mussolini y su jauría literaria oficial.

Esos principios realizados en nombre de la Tradición, la Patria y la Nación serán el fascismo italiano; y los mismos principios, realizados en nombre de otra serenata política cualquiera, serán esencialmente tan fascismo como el anterior, aunque lleve el nombre de otro país.

Lo que quiero hacer palmario es que los ejes teóricos vitales y eficaces del fascismo, los postulados en cuya virtud ha permitido a la burguesía tomar rotundamente sus posiciones de clase, son, en la dialéctica y en la realidad, absolutamente distintos y separables de la literatura de que estos postulados aparezcan rodeados, que puede ser no sólo distinta, sino contradictoria.

Supongamos que existe en Europa un país que viva dentro de un régimen republicano, liberal parlamentario. La burguesía de este país ve comprometido su equilibrio económico por las organizaciones sindicales y políticas revolucionarias del proletariado. Un día se inicia en un rincón del país un movimiento, que es ahogado con fusilamientos, cárceles y deportaciones. Al día siguiente, el movimiento se reproduce más lejos. Y así una y otra vez, debilitando la autoridad de los gobiernos burgueses, minando el equilibrio de la economía capitalista.

Y un buen día, a pretexto de estabilizar el orden, a pretexto de que la República es autoridad, a pretexto incluso de que hay que librar de convulsiones y demagogias a la clase trabajadora, empieza a lanzarse el mito del Estado; a reprimir sangrientamente toda la libertad en nombre del Estado, a exaltar idolátricamente el Estado en el Parlamento, la tribuna, la calle y el Poder y a identificar el Estado con los intereses concretos de la burguesía.

Supongamos que en ese mismo país existiesen, por ejemplo, dos centrales sindicales. Una de ellas, de gran moderatismo histórico; la otra, de firme trayectoria y violenta decisión revolucionaria. Supongamos que la táctica de aquel Gobierno burgués fuese atraerse una de estas centrales sindicales (la moderada, como es lógico), aproximarla al Poder, amamantarla al calor del presupuesto, introducirla, inclusive, en la responsabilidad del Gobierno. Esta política de protección, de preferencia injusta, de halagos para los dirigentes, de ventajas transitorias y demagógicas para las masas, haría totalmente afecta, totalmente gubernamental a esta organización. Al mismo tiempo, con la otra central sindical, con la revolucionaria, se intentaría parecida política. Visto, sin embargo, que solamente unos cuantos dirigentes se prestaban al doble juego, pero que la base sindical, la masa no se dejaba engañar demagógicamente, visto que los sindicatos revolucionarios persistían en su actuación netamente clasista, el Gobierno trataría de aniquilarlos, los reprimiría duramente, sangrientamente, fusilando, encarcelando, deportando, y al mismo tiempo procuraría destruir y dificultar la vida de aquellos partidos revolucionarios (supongamos que el comunista, supongamos que las organizaciones anarquistas) que ejerciesen control sobre la masa de la central sindical revolucionaria.

Con esta política, el Gobierno no haría sino debilitar el frente sindical revolucionario y fortalecer una línea sindical afecta, de la cual tuviera el control absoluto porque los dirigentes, frenando las masas y entregándolas desorientadas y engañadas al arbitrio de la burguesía, posibilitaban sus designios.

Al cabo de algún tiempo de esta política, el Gobierno, que por otra parte no habría tenido inconveniente en presentarse cínicamente como un Gobierno de izquierda, habría logrado el control sindical del país.

Habría realizado, por lo tanto, en virtud de principios aparentemente opuestos al fascismo, un proceso fascista. Y de continuar en la misma línea, de no poner fin el proletariado revolucionario a la dirección fascistoide del Estado, se llegaría, por caminos enteramente distintos, a los mussolinianos, a resultados enteramente idénticos: a tomar rotundamente las posiciones clasistas de la burguesía frente al proletariado.

Queda claro, pues, de qué manera el fascismo es algo genérico, una nueva orientación, una nueva directriz de la política burguesa contra la revolución, dentro de la cual caben muchos matices, muchos caminos distintos, pero orientados todos en igual sentido.

En ese país hipotético que hemos puesto como ejemplo sería innegable el proceso fascista y serían enteramente opuestos los tópicos oficiales manejados como motivo, como enseña del Poder.

Ahora bien: acerca del fascismo se han difundido, por ignorancia o por habilidad, ideas totalmente distintas. Se ha presentado al fascismo como una de tantas dictaduras nacidas al calor de un cuartelazo e inspiradas por la voluntad de un monarca absoluto.

Se ha comparado el fascismo a los cuartelazos de Carmona o Pilsudski, y a la carnavalada sangrienta de Primo de Rivera, sin echar de ver que estas dictaduras tomaron algún que otro elemento fascista (como lo toman muchos regímenes que se proclaman liberales y democráticos), pero que un matiz no es un sistema, y que va una honda diferencia de principios, estructura y procedimientos.

Se ha querido, sobre todo, escamotear ante los ojos de los trabajadores esas dos características fascistas, que acabamos de señalar, y que se desprenden de un análisis objetivo y exacto. La razón de intentar ese escamoteo es bien sencilla. La burguesía de todos los países, convencida en su fuero interno de que más tarde o más temprano tendrá que refugiarse, como último recurso, en concepciones fascistas, quiere ocultar a los pueblos en qué consisten realmente esas concepciones.

La burguesía ha aprendido de Italia, y bien lo demuestra el presente panorama de las luchas políticas europeas. La burguesía trata de ocultar al proletariado cuál es la esencia del fascismo, para que los trabajadores no ahoguen en sangre cuando los vean nacer, los síntomas de una evolución hacia los procedimientos y los principios fundamentales del fascismo.

Por eso la Prensa burguesa trata de dar al proletariado una visión y una referencia inexactas del fascismo. Tiene empeño en no manifestarle sus verdaderos puntales políticos y sociales, que más tarde o más temprano tendrán que soportar los trabajadores de los demás países. Aleja de valores contrarrevolucionarios primordiales, y coloca en primer plano características convencionales, que aunque sean en el régimen fascista una realidad, no son una realidad básica, sino una realidad transitoria.

Así leeremos a diario en la Prensa burguesa, con reiterada insistencia, que el fascismo es un régimen político dictatorial, cuyo objeto es sostener la monarquía y la iglesia italianas. Veamos brevemente la inexactitud de esta afirmación, analizando estas dos características convencionales del fascismo:

a) Monarquía. Las buenas relaciones entre la monarquía y el fascismo, es solamente una posición táctica en Mussolini. El duce necesitaba rodear al fascismo de motivos líricos, de mitos que, como el mito nacionalista o tradicional, le vitalizasen sentimentalmente. Uno de estos mitos es la monarquía italiana. Entre la burguesía tradicionalista, a quien últimamente utilizó Mussolini para el golpe de Estado, la casa de Saboya representaba la unidad de Italia, las grandezas románticas y oropélicas de una dinastía que había reinado en Italia bajo los convulsivos y dramáticos momentos del siglo XIX, que definieron la nueva nacionalidad italiana. Mussolini aceptó el trono y la dinastía como un valor nacional. Como un elemento auxiliar. En sus orígenes, el fascismo era republicano, y en los días inmediatamente anteriores a la marcha sobre Roma, vacilaba Mussolini, manteniéndose a la expectativa para determinar su posición ante la monarquía.

Oficialmente, el rey no ha hecho sino aceptar el hecho fascista; y, por su parte, el fascismo, dice uno de sus mejores conocedores, Eschmann, no ha llegado a hacerse fundamentalmente monárquico. Es más: en previsión de que un posible sabotaje real contra el régimen pusiera a éste en peligro, el Gran Consejo ha impuesto a la monarquía una serie de limitaciones (fijar el mandato real, determinar al heredero y hasta excluírle del trono).

Es, pues, secundaria la posición monárquica del fascismo; no es, ni mucho menos, forzosa ni esencial, sino cuestión de oportunidad para los fines concretos del fascismo.

b) Iglesia. Lo mismo, aproximadamente, ocurre con la Iglesia, aunque aquí las relaciones se han teñido alguna vez de abierta hostilidad por ambas partes. La Iglesia es políticamente una institución dominadora, avasallante, autoritaria. Estas son precisamente las características del Estado fascista. «Nada fuera del Estado ni contra el Estado.» Ni siquiera la Iglesia.

La Iglesia es un valor nacional, es una tradición italiana, y en tal sentido el fascismo la respeta, la considera y marcha ocasionalmente a su compás. Pero los valores tradicionales no pueden estar sobre el Estado ni a su margen, sino bajo él.

El Estado necesita las conciencias, pero las necesita en absoluto, integralmente, sin límites. Las organizaciones de balillas se apoderan de esas conciencias infantiles. Pero la Iglesia las necesita también, de la misma manera dominante y exclusivista. Ahí surgió la primera colisión en que Mussolini hizo ver a los católicos de Italia que el fascismo está sobre la Iglesia.

El Estado no puede tolerar, por otra parte, poderes políticos en su seno. Para restar fuerzas a la Iglesia siguió el camino aparentemente opuesto: conceder al papa la ciudad del Vaticano. Aparentemente, claudicación. En realidad, profunda habilidad diplomática: el papa ya no es un perseguido; ya no puede explotar la situación de mártir; ya no afluye el río de oro destinado a hacer llevadero el martirio.

La Iglesia se ve rodeada de una serie de limitaciones, tales como el reconocimiento del Poder italiano, que todo obispo debe hacer y declarar expresamente. La hostilidad que en su juventud todos los actuales jefes supremos del fascismo sintieron hacia la Iglesia, pues todos ellos, comenzando por el propio Mussolini, proceden de sectores del librepensamiento, no puede disimularse. Hay, por lo menos, una actitud de recelo y de tirantez tal que podemos calificar de verdadera necedad la afirmación de que el fascismo ha venido para mantener una institución, como la Iglesia, cuya Prensa ha clausurado varias veces, cuyos centros cierra con frecuencia, cuyo dominio va exterminando en las conciencias, arrebatándoselas a las organizaciones balillas, cuya situación económica ha debilitado con el hábil Tratado de Letrán de 1929.

No: Monarquía y Fascismo, Iglesia y Fascismo, se toleran, se respetan mutuamente; pero ni un solo momento el Partido Fascista abandona su actitud de dominio y, si fuere necesario, de violencia.

No es ese, ciertamente, el verdadero peligro, las esenciales características del fascismo. Son las otras, las que antes hemos visto, las que la burguesía oculta a las masas trabajadoras, porque sabe que ha de tener que recurrir a ellas, y quiere evitar que sean arrasadas en sangre cuando el proletariado revolucionario, en una u otra forma, bajo uno y otro disfraz, las vea surgir en la historia de la lucha de clases.

VI La demagogia del Fascismo aprendizaje, elementos y tacticas revolucionarias.

Habíamos aludido al carácter demagógico del fascismo, queriendo indicar con ello que en sus antiguas consignas, abandonadas en cuanto la toma del Poder se vio como una posibilidad, había contenidos de verdadero sentido revolucionario.

Aquellas consignas sirvieron al Mussolini de entonces, apegado aún a la idea de la revolución, para reunir bajo el control del Partido masas que habían de ser traicionadas rotundamente en el viraje de las consignas fascistas.

Pero su éxito contrarrevolucionario, éxito dilatorio, pero innegable, estribaba precisamente en el conocimiento que poseían los cabecillas fascistas de las fuerzas revolucionarias, precisamente por haber militado en ellas, ocupando, como Mussolini, estratégicos lugares de avanzada.

Los precedentes revolucionarios de Mussolini fueron su mejor escuela de capacitación para el golpe de Estado y más aún para la organización de la reacción burguesa. Mussolini trataba de organizar un estado antiproletario, y no podía olvidar que, como antiguo revolucionario, conocía el terreno que pisaba. Esto dio una seguridad a sus métodos que están muy lejos de disfrutar los demás dictadores pseudofascistas, llámense Carmona o Pilsudski.

Vayamos, pues, con método, analizando cuáles son esos precedentes revolucionarios:

a) Sorel y Marx. Mussolini, como discípulo de Jorge Sorel, poseía un conocimiento detallado de la doctrina y del panorama de las fuerzas sindicalistas en Italia. Un renegado, Rossini, colaboró con el Duce en la tarea de nutrir de ingredientes sindicales el fascismo.

En primer lugar aprendieron la táctica soreliana de la violencia, explicada en las Reflexiones sobre la violencia, del propio Sorel, libro, quizá, el más significativo del fundador del Sindicalismo.

En segundo término, se dieron cuenta del interés que podría tener la organización sindical de la producción, y esto les sirvió para comprender la definitiva importancia que para la hegemonía del Partido Fascista tendría el llegar a someter los Sindicatos al control del Estado.

Tienen, pues, raíces sorelianas los métodos y parte de la ideología fascista. Solamente que esos aspectos revolucionarios los toma el fascismo parcialmente, utilizándolos como arma contra la revolución; contra los intereses del proletariado.

De Marx aprendió Mussolini, antiguo socialista, una multitud de cosas, también para volverlas contra la revolución. Pero fundamentalmente una: la disciplina, que había de ser el arma que centralizase, realizando un modelo de regularidad y control, sus organizaciones fascistas.

b) Mussolini y la socialdemocracia. Este es otro aspecto de interés. Su permanencia en la socialdemocracia, viviendo horas emocionantes y eminentes, en la historia del Partido, le sirvió más tarde de mucho. Conocía con precisión cuáles eran las flaquezas, las debilidades y errores de aquellas organizaciones, y así operaba sobre seguro.

No solamente sus dotes de polemista y su audacia política le destacaron entre los mejores militantes italianos, especialmente durante la época de su labor en Avanti, sino su energía revolucionaria, probada en innumerables ocasiones, que hacía aparecer como imposible que Mussolini fuese el mismo hombre, que años más tarde iba a realizar la tremenda traición histórica del fascismo.

He aquí cómo le describe Pedro Nenni, en la cárcel, en una de las ocasiones en que padeció prisión: «Era lo que podía decirse un preso modelo. Su bondad con los compañeros de prisión no tenía límite. Todo lo excusaba y ponía en la cuenta de la iniquidad social... Y partía su comida con ellos, gustosamente.»

Este aspecto humano, unido a sus aptitudes revolucionarias, le convirtieron en uno de los líderes más estimados de los socialdemócratas. Más tarde iba a reclutar entre sus camaradas de entonces no pocos camisas negras, entregados, como él, a la reacción.

La socialdemocracia iba a ser uno de los obstáculos que se interpusieran entre su Partido y el Poder; una de las barreras que tendría que franquear, destrozándola. De mucho le sirvió conocerla como muy pocos en Italia.

c) Estrategia y táctica marxista. Reconocen los mismos apologistas italianos del fascismo que el triunfo de Mussolini fue debido a su dominio de la táctica marxista. Sabía cómo se hace y cómo se inutiliza la revolución proletaria. Aprovechó esos conocimientos para realizar la toma del Poder contra el proletariado, combatiéndole antes en sus centros nerviosos.

Malaparte dice, con absoluta verdad: «La táctica seguida por Mussolini para apoderarse del Estado no podía haber sido concebida más que por un marxista. No hay que olvidar nunca que la educación de Mussolini es marxista.»

No quiere decir esto que la táctica fascista para apoderarse del Estado fuese la misma que la que hubiera seguido el proletariado, sino que sólo un hombre educado revolucionariamente en Carlos Marx, había podido adivinar que la táctica para apoderarse del Estado su Partido debía ser precisamente la de impedir que lo conquistase el proletariado.

La situación revolucionaria era clara y precisa para el Partido comunista; pero la falta de control de éste sobre las masas, no permitió que la revolución social triunfase; el duelo por el Poder no se libraba sino entre la guardia roja y las camisas negras, con un cien por cien de ventajas a favor de Mussolini.

El duce supo en todo momento, tanto en el período de lucha contra las organizaciones obreras como en el de hostilización a los gobiernos liberales burgueses, observar aquellos dos inolvidables principios de Marx: la revolución debe mantenerse siempre en la ofensiva; la revolución debe comenzarse y llevarse hasta el final.

Y, con amplio éxito para su Partido, aplicó este sistema de combate al movimiento reaccionario que se enseñoreó de Italia.

d) Etapas y consignas. Donde se manifiesta el sentido demagógico de Mussolini, la utilización de principios falsamente revolucionarios, es en el viraje de su Partido, cuyas etapas fundamentales conviene bocetar brevemente.

Primera. La primera etapa del fascismo, es lo que pudiéramos llamar prehistoria del Partido. Expulsado Mussolini del Partido Socialista por su criterio intervencionista en la guerra, expuesto en un violento e inesperado artículo en Avanti, se escinde con él un importante grupo de intervencionistas. En 1919, firmada la paz, Mussolini reúne estos antiguos partidarios en Milán, durante el mes de marzo, y constituye sus fascios de combate. No tenían entonces consignas fijas; era un período de indefinición. Los fascios no se distinguían sino por un sentido absoluto, categórico, de la disciplina. El mismo año, después de algunas uniones infructuosas, actúa como partido autónomo en las elecciones, con éxito menos que mediano.

Segunda. A partir de 1919 empieza el Partido Fascista a desentenderse de sus contactos radicales con los socialistas y a buscar afiliados entre la burguesía. Abandona las antiguas consignas de reforma agraria, la industria a los obreros, &c. Comienzan a aparecer las consignas nacionalistas económicas, y la dirección sindical sentida por Rossoni y por el mismo Mussolini, adulterando la doctrina sindicalista con el criterio de paritaridad. Aún figuran en este período consignas, como la jornada de ocho horas, que iba a combatir en el Poder.

Tercera. A partir de 1921, cuando ya la toma del Poder se presenta como un hecho indudable y fatal, se condensan en su forma actual las consignas fascistas, y se da el viraje completo, enrolando partidarios fanáticos y decididos en las filas de la burguesía.

e) Premisas revolucionarias del sofisma fascista: Estado y Sindicatos. La dialéctica fascista, de carácter sustantivamente sofístico, ha extraído su consecuencia reaccionaria, su organización antiproletaria del Estado de dos principios auxiliares de la revolución, forjados al calor de ella.

Uno de esos principios es el postulado político de la fortaleza del Estado, postulado político transitorio de marxismo, ya que se concibe el Estado proletario como arma de realización del comunismo.

El segundo es el postulado social de control sindical por parte del Estado y sindicación necesaria de todos los trabajadores, principio de máxima eficiencia para el bienestar de la clase obrera y campesina, cuando el Estado es también un Estado de los campesinos y de los obreros.

Mussolini proclamó, indudablemente, en el subsuelo teórico del fascismo ambos principios, exagerándolos si cabe: supremacía indiscutible e ilimitada del Estado y actividad sindical sometida al control y potestad del Estado.

Pero en el primero de esos principios se encierra el sofisma de la identificación del Estado ilimitado y omnipotente con la burguesía. La conclusión ha de ser, necesariamente, la sumisión del proletariado a los intereses de la burguesía, expresados en el fascismo.

Es, pues, un manejo demagógico de dos principios nacidos y llevados a la práctica al calor de la revolución. Es uno de los muchos aprendizajes que el traidor Mussolini extrajo de la revolución.

VII El problema económico italiano: sus tres aspectos fundamentales.

Visto ya cómo el fascismo se apoderó el Poder y examinada su significación política y social, veamos cómo se ha conducido el Estado fascista ante los irresolubles problemas económicos que se planteaban en Italia, como en todo el mundo capitalista.

a) La economía del Estado. La situación financiera del Estado italiano, como consecuencia de los gastos de la guerra, es angustiosa, y mucho más desde que se concertó con la casa Morgan un empréstito de cien millones de dólares. El fascismo se encontró con un verdadero bloque de deudas de guerra que creaban una situación insostenible. Ideó una solución clasista de inmediato resultado: facilitar la creación de capitales; suprimir la mayor cantidad posible de tributos (sobre beneficios, sucesiones, &c.), para fomentar la concentración y desarrollo de los capitales; suprimir -sobre todo el 1923- impuestos y gravámenes sobre la gran industria, para sanear así la riqueza de las clases capitalistas y recibir más tarde de éstas la solución.

Pero el reverso de esta medalla era, por otra parte, la presión económica sobre el proletariado, que por algo estaba política y sindicalmente aplastado bajo la mano de hierro del Estado burgués.

Así pudo realizar el fascismo una leve mejora de la Hacienda pública, con un sentido de clases, a costa de los trabajadores.

Al tiempo que este leve respiro de la situación económica del Estado, se creaba una angustiosa situación para los Municipios, que veían ser absorbida por el Estado en su casi totalidad la capacidad tributaria de las personas.

Los principales municipios italianos viven bajo un déficit aplastante, que hace insostenible la vida financiera.

Por otra parte, las grandes empresas no han sido en general lesionadas en sus intereses. Teóricamente, el estado fascista tiene potestad para encargarse de ciertas industrias, estableciéndolas él mismo, si pareciese conveniente.

La realidad es, sin embargo, lo contrario. Las grandes empresas privadas siguen adueñadas de la situación, sobre todo, las industrias guerreras.

b) La situación del proletariado. Todo el desequilibrio económico del Estado y del Municipio pesa sobre el proletariado. Este, aprisionado en todos sentidos, coaccionado y sometido por todo género de organizaciones de fuerza, arrastra una vida desesperanzada, sosteniendo sobre sus hombros toda la vida económica de Italia.

Un mínimum de seguros y de ventajas mezquinas y relativas (seguro contra accidentes, retiro obrero, seguro contra la tuberculosos, el ineficaz seguro contra el paro, &c.), se opone como compensación a un máximum de cargas que hacen insoportable y desesperada la situación real del proletariado.

En todo momento, las crisis y apuros económicos se resuelven, sin indemnización alguna, a costa de los trabajadores. Un ejemplo de ello es lo ocurrido durante la crisis de 1926-27. No se logró resolver la crisis, ni siquiera con un sentido exclusivamente burgués. Se logró solamente aliviarla y de una manera artificial, a costa del esfuerzo de los obreros y los campesinos, pues se obtuvo una reducción de los precios mediante una tiránica disminución de los salarios.

Las leyes de rebaja de salarios, la sumisión de las organizaciones obreras como instrumentos en manos del Estado burgués y la ley de aumento de la jornada de trabajo, puede dar una idea de lo que es este paraíso de los trabajadores, modelo y final inevitable de la evolución de la burguesía en los demás países, incluso en aquellos donde los gobernantes y los gubernamentales fingen hacer más aspavientos de repugnancia.

c) Fase presente del proceso fascista. Los fascistas, que han convertido el Sindicato en órgano de las finalidades del Estado (burgués) más que en agrupación para la defensa de los intereses de los afiliados; que ha organizado al servicio de la burguesía lo que debieran ser sociedades de resistencia del proletariado; que saben perfectamente la imposibilidad de realizar totalmente el Estado corporativo, dadas las contradicciones económicas internas del régimen, no vacilan en afirmar que van hacia esa realización corporativa, que están todavía en la primera fase, en la fase sindical, anterior a la corporativa.

La realidad es distinta: la fase actual del proceso fascista es la de la acumulación de la propiedad, la de un centralismo ascendente, que marcha hacia una verdadera concentración del capital, fase, a su vez, última e insostenible del capitalismo, que no podrá indefinidamente prolongarse con ningún régimen.

VIII El Fascismo y Europa

Habíamos visto ya la distinción que hay entre los elementos genéricos o esenciales y los elementos específicos o adjetivos del fascismo. Según el país en que se produce, el fascismo, que ya es un fenómeno internacional, toma caracteres específicos distintos.

Lancemos una breve ojeada a los síntomas fascistas en el panorama internacional.

a) Hitler. La silueta voluminosa del hitlerismo se nos presenta como primera réplica europea al fascismo. Hitler toma gradualmente todos los elementos esenciales que caracterizaron al fascismo italiano.

La misma procedencia revolucionaria del líder, la misma leyenda heroica del frente, idénticas organizaciones de choques, parecidas luchas con la socialdemocracia y el comunismo, aunque en condiciones objetivas distintas.

Hitler, demagogo, sin el genio de Mussolini, ha querido hacer una servil imitación de lo italiano, así en lo genérico como en lo específico, añadiendo alguna otra nota o motivo demagógico que la situación especial de su país le ofrecía, tal como la revisión del tratado de Versalles.

En realidad, su movimiento trae aparejadas iguales consignas, igual trayectoria, idéntico compromiso de exterminar el comunismo, quimera que no conseguirán, pues mal exterminarán el glorioso partido comunista alemán los hitlerianos, cuando no han podido los fascistas exterminar el modesto y agrietado partido comunista de Italia. La decisión revolucionaria del proletariado permanece inextinguible contra todos los atentados y todas las ofensivas de la burguesía.

Hitler (imitador de Mussolini hasta en su libro Mi lucha), no ha merecido en general más que la indiferencia de los fascistas, que, por bajo de todas las alabanzas oficiales y corteses, sienten un auténtico desdén por el pendentiff germánico de Mussolini.

Por otra parte, Hitler, que no reúne ni el talento, ni la decisión audaz del duce, ha perdido, a juicio de los fascistas, ocasiones distintas de tomar el Poder, y ha derivado su táctica hacia una actuación parlamentaria, que podrá darle o no el Poder, pero que le llevará ya gastado a la conquista del Estado alemán.

b) Las dictaduras. Por lo que respecta a las distintas dictaduras europeas, ya tuvieran, tras la pantalla anodina de un Primo de Rivera, la voluntad de un rey absoluto, ya sean poderes personales de un Pilsudski o un Carmona, no tienen, por lo que se refiere a la toma del Poder ni a los contenidos sustantivos del Estado, contacto esencial alguno con el fascismo.

Tendrán, todo lo más, alguno de sus procedimientos de fuerza, alguna de sus organizaciones de choque o de sus maneras de abordar y cortar el nudo de los problemas sociales.

Representan, en realidad, tipos de Gobierno desprovistos de la novedad del fascismo, y mucho más ineficaces para el sostenimiento de la burguesía.

c) Instituciones democráticas y métodos fascistas: democracia liberal parlamentaria y socialdemocracia. La burguesía sabe muy bien que el régimen fascismo es un camino cuyo principio se conoce y cuyo fin se ignora. Sabe que representa la última carta de su existencia, porque los cambios son tan hondos que ya no se podrá volver al pasado ni intentar nuevas fórmulas.

Y por eso retarda todo lo posible y por todos los medios el decidirse por esta fórmula suprema y peligrosa, esforzándose en vivir dentro de un régimen liberal, que es su más querida expresión política.

Para defender el régimen liberal toma métodos fascistas. Y así como un fascista diría: todo, dentro del fascismo; nada, fuera de él, así las dictaduras parlamentarias de muchos países rectifican el antiguo principio de la convivencia y la libertad absolutas, y dicen: nada fuera de la democracia, el Estado democrático es para nosotros, posición enteramente sofística, pero que significa la adopción de métodos fascistas.

Al mismo tiempo, estos países donde se señala esta tendencia que ya se ha hecho notar varias veces (como Alemania, como Francia, &c.), tienden a la utilización de la enseñanza del fascismo sobre el control sindical y tratan de establecer, si no una organización sindical del Estado, como la fascista, sí una organización afecta que, pactando con la burguesía, ateniéndose a criterios reformistas, paritarios y colaboracionistas, frenen y detengan el impulso revolucionario de las masas.

Es evidente que este papel lo juega la II Internacional. Lo jugó durante la guerra europea; lo juega en los conflictos sociales del occidente de Europa. Por esto, el proletariado revolucionario denomina a los dirigentes de estas organizaciones con el neologismo político de socialfascistas.

d) Reflexiones sobre España. Dejando aparte el examen de las condiciones históricas objetivas de España y la realidad o irrealidad de una evolución hacia los principios esenciales del fascismo, haremos solamente alusión a un intento de imitación del fascismo italiano en todos sus aspectos. Me refiero a La conquista del Estado. Con este nombre se constituyó en Madrid, en los últimos tiempos de la monarquía, una entidad política que pretendía como su título y el de su semanario dejaba traslucir, la toma del Poder.

Era, realmente, un producto elaborado por una peña de intelectuales, inclinados hacia las soluciones políticosociales del fascismo. Todos los postulados de éste en Italia: nacionalismo, supremacía del Estado, corporativismo, culto a la patria, eran proclamados en el periódico.

La diferencia era táctica, pues el fascismo desarrollaba la táctica de la violencia y de la lucha contra el comunismo, como medio de conquistar el Poder burgués, mientras que La conquista del Estado, órgano de los fascistas platónicos, no hacía sino prometer actuar con iguales procedimientos, sin realizar la menor acción.

De todas maneras, es digno de citarse aquel ensayo fascista, realizado por unos jóvenes de talento, para que se vea el formidable poder mimético de este régimen, que tales entusiasmos despierta entre los medios financieros e intelectuales neta y específicamente burgueses.

Por lo demás, el panorama de las influencias fascistas en España, de las verdaderas influencias fascistas al margen de tresillos políticos como el de los jóvenes conquistadores, es complejo y digno de análisis detenido, pero cae fuera del objeto inmediato de nuestro estudio.

e) Tópicos y contratópicos sobre el fascismo. Ocurrió en España que, después de despistarse el público acerca de la verdadera realidad del fascismo, engañado por Prensa demasiado ignorante o excesivamente hábil, comenzó a valorar algo más justamente el fenómeno fascista.

Ya no se vio, como antes, en el fascismo, el tópico del dictador que viene a sostener la monarquía, ni del rey absoluto que realmente gobierna como el último Borbón español tras los dictadores, ni de la reacción primitiva de tipo clerical e insolvente. Fueron abandonándose estos tópicos, hasta estereotiparse el contratópico -mucho más cercano a la realidad- expresado en estos términos, que se oyen hoy en boca de muchos españoles, liberales hasta poco hace:

- No queda otra solución: fascismo o comunismo; dictadura y organización corporativa o revolución social; el Estado democrático liberal no podrá resolver los problemas sociales.

Este contratópico tampoco es rigurosamente exacto. Es cierto que todo Estado burgués que quiera sostener su contenido de clase, tarde o temprano, con uno u otro procedimiento, en nombre de uno u otro principio, adoptará la fórmula fascista. Pero es cierto también que en algunos países, la revolución social no dará tiempo a la burguesía para el tránsito, especialmente si la política internacional no se orienta (y es imposible que se oriente) por derroteros distintos.

También es inexacto que el dilema sea «comunismo o fascismo», pues no hay tal dilema. El porvenir, más o menos cercano, pero inexorable, no es dilemático, sino unilateral: comunismo. El fascismo será un ensayo de aplazamiento. Nada más. En algunos casos, tal vez algo menos.

La revolución social, bajo la gloriosa línea política de la Tercera Internacional, es el fin que espera a la burguesía de todos los países.

Por último, también se habla por los intelectuales acostumbrados a las más inefables confusiones, de la semejanza existente entre el Estado fascista y el soviético.

Es cierto, es exactísimo que el Estado fascista ha intentado aprovechar la lección rusa del año 17 y asimilarse para su defensa los procedimientos creados por el régimen soviético. Es cierto que ha imitado de la Rusia soviética la política de captación de la infancia; la atención predominante por la agricultura; el cuidado más extremado del ejército; el principio de autoridad del Estado; el arte genial de incrustar un partido político en el aparato estatal, fundiendo las organizaciones estatales con las del partido...

Es cierto que toda esa genial red de defensa y seguridad de que se rodeó el régimen soviético ha intentado Mussolini ponerla al servicio del Estado burgués, y que esto puede darle, para las personas de corta mirada, una semejanza relativa con el Estado ruso.

Pero basta un examen del sentido de las instituciones, de las finalidades del Estado y del funcionamiento mismo de sus organismos, para darse cuenta de la ligereza imperdonable que supone el hablar del parecido existente entre el Soviet, proceso de una construcción, y el Fascio, esfuerzo en la agonía de una clase.

IX Política de futuridad en el Fascismo

No bastaba al régimen fascista asegurarse las posiciones defensivas del Estado contra la revolución. Necesitaba también proyectar su política hacia el futuro, tendiendo a la conservación y afianzamiento del régimen.

En este sentido orientó toda la actual estrategia de las fuerzas nacionales burguesas, y en especial la misión educativa del Estado, tratando de captarse el espíritu de la infancia y de la juventud.

Es preciso que, a guisa de epílogo, examinados ya los fundamentos intrínsecos y las influencias exteriores del fascismo examinemos estos dos elementos de su política de futuridad: estrategia y conquista de la juventud.

a) Estrategia presente. Analicemos brevemente la disposición de las fuerzas nacionales de la burguesía para la conservación y garantía del régimen.

Fuerzas del partido. En primer término, destacan las organizaciones mismas del partido. El partido es la más firme garantía del Estado, pues es una institución del Estado mismo. Sus tres órganos supremos son el Gran Consejo, el Directorio y el Consejo Nacional. El Directorio es el eje vital del partido, del que dependen las organizaciones, federaciones provinciales y fascios locales. Su organización, fundamentalmente militar, corresponde a un concepto de defensa del Estado.

Ejército y milicia. El partido, que salvo grandes sectores de la grande y pequeña burguesía, no está enraizado en el pueblo, se esfuerza por conectarse e infundir su espíritu a las organizaciones estatales y sindicales más necesarias. El partido, por medio del jefe del Gobierno, es el amo supremo del ejército, pues sólo nominalmente compite el mando al rey. La flota está totalmente, como la aviación, en manos del partido, que ha puesto máximo interés en estos dos aspectos del armamento nacional. La milicia fascista, otra gran fuerza de la nación, es la garantía armada del partido.

Organos de opinión. Las leyes de Prensa, elaboradas por el Estado fascista, y el concepto de Prensa como un instrumento para la plasmación de la voluntad del Estado, hacen que prácticamente sea fascista toda la Prensa italiana. Unos periódicos, como el Pópolo d’Italia, son netamente fascistas; los demás, como Il Corriere della Sera, lo son prácticamente. Organos espirituales del partido son Gerarchia, Critica Fascista y Anti-Europa, revistas típicamente fascistas. El Gobierno, con su presión incesante sobre la legislación de Prensa, ha logrado una uniformidad casi absoluta en todos los periódicos italianos, destinados al servicio, propaganda y afianzamiento del régimen. No hay más periódico independiente que el Osservatore Romano, periódico pontificio que frecuentemente marcha en desabrido desacuerdo con el régimen. Frente a este género de Prensa están las publicaciones revolucionarias clandestinas, impresas o manuscritas, que coadyuvan al triunfo de la revolución, más o menos lejano, pero inevitable.

b) Infancia y adolescencia. Uno de los aspectos en que más ha trabajado el fascismo, ha sido el educativo. Lucha por obtener una cultura fascista, por captarse definitivamente el alma de los niños y los jóvenes.

La atención consagrada a la disciplina escolar y universitaria; el cuidado por evitar toda lectura o difusión de ideas antinacionales; el esfuerzo en crear un arte y una literatura exclusivamente fascistas, ponen de relieve el esfuerzo del partido por la conquista de la Universidad.

Pero donde con más empeño se lucha por la captación de las conciencias jóvenes es en las organizaciones juveniles, aspecto en que Mussolini ha pretendido aprender de los Soviets para provecho de su Estado.

En primer término aparece la organización Balilla (llamada así en recuerdo del joven italiano que en 1746 dio la señal de rebelión contra los invasores austríacos, apedreando a los soldados de aquel ejército). En esta organización forman los niños de ocho a catorce años; se les forma culturalmente fascistas y se les educa con rigurosa disciplina militar.

De los catorce a los dieciocho ingresan en las vanguardias, que continúan el mismo espíritu nacionalista y militar.

Paralelamente a estas organizaciones, hay otras juveniles femeninas, de parecidas finalidades.

Es una lucha hosca y cruel por perpetuar el Estado fascista en las conciencias jóvenes. Se trata de una organización compleja y perfectamente estudiada desde el punto de vista pedagógico, que tiene por objeto garantizar al futuro fascista.

Contra este sentido clasista de la educación opone el proletariado revolucionario, con mayor eficacia, sus pioneros y su internacional juvenil comunista.

Conclusión: El porvenir y el Fascismo

Llegamos, evidentemente, al final de nuestra tarea. Más que un farragoso intento descriptivo de instituciones y aspectos del Estado fascista, he procurado ofrecer un núcleo cohesivo de ideas fundamentales, que explican cuál es el sentido, la finalidad y el origen del fascismo, y cuál debe ser la posición revolucionaria frente a esta fórmula del Estado burgués.

El fascismo constituye, por lo que hemos visto, un perfecto Estado burgués, donde todos los aspectos de la vida, absolutamente todos, tienen un contenido antirrevolucionario y clasista, y donde se ha procurado que no exista una sola faceta de la sociedad en que la burguesía no realice una ofensiva, traducida en una toma militar de sus posiciones de clase.

Pero, por grande que haya sido la sagacidad organizadora del partido fascista, por agudas que sean las enseñanzas extraídas de los hechos revolucionarios, no han podido superarse las contradicciones internas del Estado.

No ya la lucha de clases, que sigue en pie, más fieramente que nunca, con más vigor, a pesar de todas las coacciones y las más sangrientas medidas represivas, pero ni siquiera la dualidad dentro de las capas burguesas, pues en el Estado fascista se agudiza, de día en día, de momento en momento, el conflicto entre el gran capital, que tiende a la concentración financiera, y la pequeña burguesía, que, en último término, ha constituido el frente de choque del fascismo.

El porvenir, a pesar de todos los esfuerzos, se presenta brumoso y hostil. La evolución de todas las potencias hacia fórmulas imperialistas, por necesidades económicas, crea conflictos entre los intereses de la burguesía de todos los países.

El capitalismo ha intentado ya, y lo intentará de nuevo, constituir su internacional, su frente único contra la revolución. No ha de conseguirlo. No se lo permitirá el desarrollo lógico de los sucesos; no se lo consentirá el propio proceso económico, que determina la inevitable incompatibilidad de los capitalismos. Ni le daría tiempo el proletariado de todo el mundo, cada día más unánime en el sentimiento revolucionario, cada día más compenetrado con la línea revolucionaria de la Tercera Internacional.

La burguesía buscará vanamente nuevas formas. El proceso económico tiene sus etapas fijas, y éstas se cumplen inexorablemente hasta llegar a su final: la revolución mundial.

El fascismo, bajo una y otra máscara, se impondrá como un mal menor en todos los países burgueses, si es que a todos les queda tiempo para realizarlo. Se atrasará cuanto se pueda, pues no desconoce la burguesía que al adoptarlo entra en un cauce irrevertible.

Pero será necesario poner en juego la última carta. El proletariado, sin embargo, está alerta. Aquellas palabras de Malaparte, cuando afirmaba que la Europa burguesa aprovecharía las enseñanzas de Rusia, se vuelven ahora contra ellos: la Europa proletaria aprovechará las enseñanzas de Italia.

El advenimiento de un régimen fascista, no significa sino dotar de suprema tensión las cadenas que oprimen al proletariado. Y el proletariado no ignora ya, que cuando las cadenas adquieren su tensión máxima, están más próximas que nunca a quebrarse.

Advertencia

Aprovecho esta nueva oportunidad de ponerme en comunicación con el público de Cuadernos de Cultura para hacer una advertencia a los lectores de mi anterior Cuaderno, Los separatismos.

Es la siguiente: Los separatismos fueron escritos en el verano de 1930, durante el Berenguerato, y, por causas ajenas completamente a la voluntad de mi querido amigo el señor Civera, y ajenas también a las mías, no pudo salir hasta después de proclamada la República.

Quedó, pues, retrasado (en lo informativo) con respecto a los acontecimientos, pero inalterable en cuanto a lo doctrinal y lo histórico, que era su carácter esencial.

Con respecto a mi propia evolución, quedó retrasado también. Desde 1931 a nuestros días han ocurrido tales cosas que las actitudes no pueden ser las mismas. Mis opiniones han cambiado de aquella fecha a la presente, en el sentido de una mayor radicalización, la radicalización que supone haber encontrado -por fin- la verdad política, en la línea revolucionaria que propugna este Cuaderno.

Y es, amigos, que la opinión no es sino una reacción entre las cosas y el sujeto. Cambian imprevistamente las cosas, y, permaneciendo el mismo sujeto, cambian también las opiniones, como resultado dual de circunstancia y sujeto.

Fuente: Filosofia.org

Sobre Santiago Montero Díaz

Nuestros orígenes: Ruiz de Alda en el Cine Madrid

Nuestros orígenes: Ruiz de Alda en el Cine Madrid

El 29 de octubre, en el teatro de la Comedia, empecé diciendo que España no tenía más que dos caminos: volver a tener la decisión de imperar o morir depauperada y desgarrada. Hoy vuelvo a repetir la misma afirmación: imperar o  languidecer. No puede ser de otro modo.

Cuando se hizo la unidad de España, nació el Imperio. La unidad fué la reunión de todo el potencial vital, varonil y volitivo que tenían los pueblos españoles de la Edad Media, los cuales sentían una identidad espiritual, y una misma decisión de dominio. Tan verdad es que esta es la medula del ser de España, y que esta medula es el superar al mundo en todas las luchas universales, que en todo España se siente lo mismo, se vibra al mismo tiempo cuando uno de estos hechos se produce.

Al llegar nosotros a Buenos Aires en el "Plus Ultra" cumplíamos una misión de la que no nos dimos cuenta antes de empezar el raid. ¿Sabéis cuál fué nuestra principal misión? En la América española viven, luchan y trabajan cinco millones de compatriotas rodeados de un ambiente hostil. Cuando nosotros llegamos a Buenos Aires esos hombres se sintieron orgullosos de ser "gallegos", nombre despectivo que les dan los argentinos; se sintieron orgullosos de ser españoles y fueron felices durante muchos días. Tan españoles eran los del Casal Català, como los del Centro Andaluz, como los del Lar Gallego, como los del Euzko-Echea vasco, y entonces eran españoles, hasta nuestros hermanos, los argentinos y los uruguayos, los hispanoamericanos todos.

Tan cierto es que la medula de España es el proyectarse hacia fuera, que el domingo pasado en el "stadium" de Colonia estoy seguro de que había nacionalistas vascos y separatistas catalanes llorando de alegría al ver triunfar a ¡España!

El Estado Español, la colectividad española ha abandonado esta verdad hace muchos siglos. Desde que España admitió esa puñalada en el corazón, esa puñalada que tenemos que recordar todos los días todos los españoles, que es el hecho de ser Gibraltar inglés; desde ese momento, España está languideciendo. Eso representa que había ya algo podrido, algo exhausto, o, lo que es peor, que traidoramente se posponía la nación a una dinastía, porque fijaos en que Gibraltar dejó de ser español en una época en que España era aún Imperio.

Esa amputación fué legitimada por un tratado, y desde ese momento, España, que había conquistado mundos, que había creado nuevos pueblos, empezaba a declinar. España, en vez de imperar en esos pueblos, quiso comerciar y aquellas colonias se han perdido. Desde entonces, España no es una nación independiente; desde entonces está mediatizada por las grandes potencias europeas; desde se momento comienza la mediatización tenaz, constante, continua de nuestro pueblo y cuando desde cualquier parte de España se intentaba un atisbo de rebeldía, de renacimiento, esos poderes extraños lo frustraban desde su país. Y por si fuera poco han venido a carcomernos todas las internacionales, las rojas, las negras y las blancas, y pensad en que siempre, detrás de una Internacional hay un deseo de imperio, bien real o bien en potencia.

Así llegamos a la situación en que estaba España en el momento de salir Falange Española a la luz. Había un casero Estado, que por ser casero estaba fracasado. No tenía ninguna misión grande que cumplir y las misiones pequeñas tampoco las cumplía. Una colectividad nacional que, por no tener un ideal común, tomaba siempre el camino fácil, pero también el camino mezquino, pequeño. España estaba sin esas clases directoras, que son las que en el mundo dan continuidad a la política de los Estados, clases directoras que son el puntal del Imperio Inglés, las que han sostenido a Francia, Alemania y que hoy están creando Rusia e Italia. Y así sucede el siguiente hecho, en el que debéis fijar mucho la atención, porque es fundamental y revela lo que es la vida española. En Europa, las muchedumbres, las masas viven hoy acuciadas por grandes ideales, por grandes fines. Siguen trabajando y produciendo porque están disciplinadas y porque tienen fe en sus clases directoras. En cambio, en España perdemos todos la mitad del tiempo y de nuestros días en pequeñas luchas internas, vivimos preocupados por cuestiones políticas y de escaso relieve; y ello permite hacer una comparación, cual es que Europa puede representar, en la actualidad, organización y trabajo, y España discusión y anarquía. Y si se ve el panorama político de nuestro país, vemos que parece que la unidad está hecha otra vez con fines económicos. Aquí todas las clases y regiones luchan por cuestiones de arancel y por cuestiones de producción, y yo que no creo en la interpretación materialista de la Historia y que me acuerdo cómo se perdieron las Colonias, estoy completamente seguro de que si España siguiese por este camino acabaría desgarrada.

En Cataluña y en las Vascongadas el virus antiespañol está en marcha ; si continuamos así las secundarán Galicia y Valencia y, es tristemente fatal, estad absolutamente ciertos de que si no fuese por nosotros y por lo que voy a decir, España hubiera quedado hecha jirones. Primo de Rivera presintió ya esta verdad, y solamente voy a remarcar un hecho: él trajo optimismo, fe en España y alegría, pues aunque fracasó políticamente fué el primer gobernante español que, después de cuatrocientos años, había conquistado una nueva tierra para España. Fue el que puso la primera piedra en el futuro Imperio Español.

El movimiento del 14 de abril no cabe duda que trajo una esperanza a todos los españoles, porque vieron un porvenir más abierto, pero el 14 de abril y lo que ha seguido, ha fracasado rotundamente, porque han intervenido todos los valores internacionales, todas las influencias disgregadoras. Yo os digo que podéis olvidaros de Asturias, pero tened siempre clavada en vuestro corazón esta fecha: la de la noche del 6 al 7 de octubre último en Barcelona. Esa trágica noche, que no nos damos cuenta aún de lo trascendental que ha podido ser para nosotros, es la que ha compendiado todos los crímenes que se han cometido en nuestra Patria en estos últimos años.

Pues bien, contra esta mediocridad, contra esta desesperanza, salió Falange Española a la luz. Por eso desde el primer momento hemos dicho que somos rebeldes y revolucionarios, pues nosotros no podemos concebir que España desaparezca porque unos señores voten una cosa o puedan votar otra; por eso desde le primer momento hemos pedido sólo hombres y soldados. Y fijaos ahora en la grandiosidad de nuestra obra: esos hombres y esos soldados sois vosotros; sois todos los que estáis desparramados por las tierras de España, sintiendo y vibrando con nosotros en este momento. Y esta asistencia significa que España tiene alguien que lucha, que combate y que muere por ella. Hoy existen ya unas masas, una colectividad alegre, optimista y con amor, decidida a reconquistar y rehacer nuestra España. Todos los políticos dicen que se necesita un ideal (inter)nacional para unir a los españoles y yo afirmo, camaradas, que ese ideal existe, que ese ideal está en el haz y en el yugo y en los compañeros muertos. ¿sabéis por qué han muerto esos hombres? Por ser de Falange Española, por ser integralmente españoles, ideal que encarnan ellos, y ese ideal es nuestra decisión de rehacer y recobrar España.

Podemos ser hoy optimistas porque estamos seguros de que España vuelve a ser inmortal, porque no es posible que los laico-esquerristas se lleven un jirón de España y los católicos vascos otro jirón; y vuelve España a ser inmortal porque aunque todos, coligados, nos derrotasen, nuestra sangre y nuestro espíritu harían que nuetros hijos y nuestros nietos volviesen a hacer la España que todos queremos.

Fuente: Obras completas de Ruiz de Alda

Libro: "Escritos y discursos" Ediciones nueva república