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La memoria de la Otra Europa

En la red: Tirachinas para el nene (Pérez-Reverte)

En la red: Tirachinas para el nene (Pérez-Reverte)

Hoy vamos a jugar, si les parece, al bonito juego de imaginar absurdos. Imaginemos, por ejemplo, que usted lleva a sus niños a las fiestas del cole, o al recinto infantil de las de su pueblo; y allí, presidiendo el despliegue de globos, chuches, cuentacuentos, columpios y colchonetas de gomaespuma, ve un cartelón enorme en el que, junto a la imagen de un muchacho con rostro oculto por pasamontañas, que tensa en las manos un tirachinas con tornillo gordo o bola de acero dentro, figuran las palabras «Prepárate para luchar». Sé que suena a barbaridad, en efecto. La estúpida posibilidad. En el sentido, además, literal de la palabra bárbaro. Pero, en fin. Una vez imaginado eso, imagine también cuál sería su reacción. O permítamelo a mí, si le da pereza. Como cualquier padre normal, se llevaría -nos llevaríamos- de allí a las criaturas con una rapidez que pulverizaría varios récords olímpicos. Y acto seguido, tras poner a los niños a buen recaudo, y en unión de otros padres a los que supongo tan indignados como usted o yo, montaría un pifostio de aquí te espero. Exigiendo, como mínimo, la cabeza del director del colegio o del alcalde responsables de tolerar semejante atrocidad.

Parece lógico, ¿verdad? Pues se equivoca usted y me equivoco yo. Valga como prueba una foto que, hecho curioso, apenas ha merecido comentarios en este país delirante donde cualquier disparate se considera lo más natural del mundo. Se tomó durante las fiestas del pueblo navarro de Leiza, y sobre ella podrían escribirse varias tesis doctorales. Muestra una carpa municipal, la del recinto infantil, presidida por un cartelón enorme cuyo centro está ocupado por la imagen amenazadora -estéticamente muy lograda, estilo Banksy- de un joven con gorro de lana y rostro cubierto por un pañuelo, que tensa su tirachinas junto a una estrella roja y solitaria que también decora el pañuelo. Y la imagen, situada dentro de un círculo negro, está flanqueada por dos frases en letra mayúscula y con signos de exclamación: «Independetzia eta sozialismoa», que no necesita traducción, y «Borrokatu Antolatu»; que, si mi limitadísimo euskera no me engaña -aunque todo puede ocurrir-, significa prepárate para luchar, asume la lucha o algo parecido.

Pero oigan. Lo estremecedor no es el cartel, que a fin de cuentas puede verse pintado en cualquier pared del País Vasco o la Navarra irredenta, sino las mamás. Porque la escena, tirachinas y borrokatu aparte, está llena de niños y mamás. Los enanos, de ambos sexos y sexas, tienen entre tres y siete años, y andan por allí con globos y chupando caramelos pringosos. Las madres atienden a sus retoños en compañía de monitoras -deliciosa estética Nekane- con absoluta naturalidad, inflándole el globito a uno, limpiándole los mocos a otra y cosas así. Incluso hay una mamá, a la izquierda, que sostiene lo que a primera vista parece una pistolita amarilla monísima, perteneciente a su criatura de tres años, pero que tras una observación detenida resulta ser una bolsa de patatas fritas apretada en la mano. Y todas esas mamás, como digo, están ahí con sus tiernos infantes, dejándolos impregnarse bien del espíritu festivo del pueblo leizatarra, o como se diga. Esperanzadas y orgullosas, supongo -ante ese cartelón descomunal, indiferentes o distraídas sería imposible-, de que sus vástagos tomen buena nota de cuáles son las urgencias del pueblo y de la patria. Y así, el día de mañana, cada vez que esos niños, para entonces hombres y mujeres hechos y derechos y hechas y derechas, vean un tirachinas y un pasamontañas, les pasará lo que a los trianeros les ocurre en Semana Santa cuando pasa el Cachorro; que lloran como magdalenas, y a quienes los miran asombrados les comentan: «Es que para entender esto, que por la gloria de mi madre es lo más grande del mundo, hay que haber nacido en Sevilla».

Y es que ciertas cosas hay que verlas en su contexto. En Leiza -tres asesinados por ETA en su limpio historial-, las madres, los niños y el resto de la sociedad, privados por la cara de independencia y socialismo, gimen bajo la bota de España, cuyos txakurras y cipayos encarcelan a heroicos gudaris mientras el Estado fascista construye carreteras y trenes de alta velocidad que destruirán el paisaje de una Euskadi utópica y feliz, parecida a la Irlanda postiza de El hombre tranquilo: vacas pastando, humo de caseríos entre la foresta y fornidos aizkolaris socios del Atlético de Bilbao. De ahí la necesidad de formar, desde la cuna, a pequeños gudaritos que el día de mañana, cada vez que vean un pasamontañas y un tirachinas, lloren emocionados recordando los festejos entrañables de su tierna infancia. Diciendo, como en Sevilla, que para entender eso -por la gloria de sus madres- hay que tener el orgullo de haber nacido en Leiza.

Arturo Pérez-Reverte

Fuente: Patente de Corso

En la red: De un tiempo de un pais

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711- 2011: 1300 años de la invasión musulmana de España

711- 2011: 1300 años de la invasión musulmana de España

El historiador Victor Davis Hanson en su último libro Guerra. El origen de todo (Turner, Madrid 2011) afirma que la guerra no ha cambiado tanto desde la antigüedad hasta hoy. Lo que significa que no ha cambiado tanto desde que en el año 711, los musulmanes entraron en España. Esta entrada se verá favorecida por dos factores esenciales, además de otros que en el artículo se señalarán: primero, la división que existía en la España visigoda, y la ignorancia de los dirigentes visigodos sobre lo que era la yihad y los principios del mundo musulmán. Curiosamente, algo muy parecido a lo que hoy en día nos encontramos en España.

1. El problema de las fuentes

La historia militar de la conquista de España es difícil de estudiar: solamente tenemos una fuente fiable y que se puede considerar como poco problemática, que es la Crónica mozárabe del 754 escrita por un clérigo que pudo oír en primera persona a muchos de los que participaron y estuvieron durante la conquista musulmana del año 711. El problema de esta crónica es que abunda más en desarrollos retóricos que en precisiones topográficas y cronológicas.

Además, existen una serie de historias andalusíes como las de ibn Jaldún, la Crónica seudoisidoriana o el anónimo manuscrito de la biblioteca tunecina de Raq-qada. Pese a todo, es mejor basarse en estas fuentes, teniendo en cuenta que no siempre son compatibles con la verdad histórica. Y es que habitualmente muchas veces estas fuentes intentan magnificar la fuerza de las tropas visigodas para aumentar de esta forma el valor de la conquista musulmana.

2. Antecedentes
 
Tras la reconquista africana del emperador Justiniano en el 533, el centro del poder bizantino se encuentra en las zonas orientales del Magreb. Aún así, Constantinopla no perdió nunca el interés por la antigua y occidental Mauritania Tingitana, controlando la zona del Estrecho.

El avance islámico, en especial la expedición de Uqba hasta Sus al-Aksa en el extremo occidental marroquí, en el 682, así como la aparición naval islámica en el Mediterráneo, aumentaron la importancia estratégica de las posesiones imperiales en el lejano occidente.

En el 687 Ceuta era la sede de una importante fuerza naval bizantina, mandada por Urbano, que sería fundamental en la conquista islámica de nuestra península. Poco después, en el 698 cae Cartago en manos musulmanas, y reduce las posesiones bizantinas en el Magreb a las más occidentales.

Mientras tanto, el sistema político visigodo del reino de Toledo estaba en una situación crítica. Los visigodos tenían una vieja tradición asamblearia y “democrática” que venía de los pueblos nómadas germanos, lo que llevaba a una monarquía electiva entre los nobles. Cuando moría un rey, se elegía otro que no tenía por qué tener relación de parentesco con el difunto. Esto provocaba conspiraciones, rebeliones e insurrecciones para poder obtener el poder. Lo que implicaba una rivalidad constante entre las diferentes facciones que aspiraban al trono. Los reyes visigodos intentaban evitar esto mediante la asociación a él de quien consideraban que debía ser su sucesor: generalmente, un hijo, o hermano más joven.

Cuando el cristianismo pasa a ser la religión oficial, la iglesia intenta contribuir a la estabilidad política: especialmente desde el IV Concilio de Toledo (año 633) donde se establece que el rey también debía ser elegido por los obispos, que el poder real era de naturaleza divina, y que si no se juraba fidelidad al rey electo se cometía un pecado de sacrilegio. En estas circunstancias, Chindasvinto, que llega al trono en el 642, intenta reafirmar el poder monárquico, pero no lo logra, como ocurrie también con su hijo Recesvinto, que reina desde el 653.

La decadencia final de este sistema llega con Wamba en el 672. Pese a que intenta consolidar el poder, los nobles actúan como reyezuelos independientes, y se rebelan a la mínima oportunidad. El problema se agudiza con los sucesores, y aumenta el problema hasta que la estabilidad se rompe por completo.

3. La situación de la España visigoda y la primera acción musulmana
 
Ya en el 694 la España visigoda se había dado cuenta del peligro que tenía el avance musulmán. Urbano había intentado conquistar algunas plazas de la Península para afianzar su poder, pero había fracasado: se extendía así la mentalidad de una alianza entre los visigodos y Urbano que lo consolidasen. Así es como Urbano se convierte en Conde Juliano, y controlará Ceuta, la bahía de Algeciras y territorios hispanos colindantes. Con esta alianza lograron diferentes victorias ante los jeques bereberes.

Se mantiene así la situación hasta que en el 707 los musulmanes avanzan en el extremo occidental africano. Principal protagonista es Taric ibn Ziyad, lugarteniente y liberto del nuevo gobernador islámico de Ifriqiya, el tabi Muza ibn Nusayr. En una situación cada vez más peligrosa, los apoyos bereberes se iban perdiendo y los jeques iban convirtiéndose sucesivamente al Islam: es el caso de Tarif ibn Malic Abuzara. Así es como Tánger cae y se convierte en el cuartel general de Taric ibn Ziyad. Una leyenda, que pudo ser real, señala que el rey Witiza realizó una ofensa sobre la hija de Urbano, lo que llevó a éste, junto a sus clientes a ambos lados del Estrecho, a ponerse a disposición de Muza y el califa al-Walid (705-715).

Puede ser que la traición viniese también por el caos que se produce en el reino toledano ante la muerte de Witiza, a finales del 709 o principios del 710. Hubo muchas dificultades para poder encontrar un sucesor de consenso entre los nobles visigodos. La sucesión enfrentaba particularmente a dos grupos de nobles: por un lado los que propugnaban como sucesor a un hijo del difunto, Agila, que había sido asociado al trono de su padre; y por otro, los partidarios de un nuevo rey designado por el sistema de elección, procedente de la familia de Chindasvinto, Rodrigo. Al final la nobleza del nordeste y Septimania eligieron por rey a uno de los suyos, Agila II. Mientras esto ocurre en Toledo, las expediciones musulmanas desde el otro lado del Estrecho provocan el pronunciamiento de la nobleza cordobesa a favor de uno de los suyos, el duque de la Bética Rodrigo. Pero tras un largo interregno que duró casi un año, en el que Rodrigo tenía el apoyo de un potente grupo nobiliario, pero con más de un miembro con la ambición de suplantarle si se presentaba la oportunidad.

Es en estos terribles meses del interregno, en junio del 710, cuando se producen los primeros desembarcos musulmanes en la Baja Andalucía. El más importante estaba comandado por Tarif Abuzara, en solitario o con la ayuda de Urbano. Participaron 500 hombres casi todos de infantería, bastantes pertenecientes a la clientela y milicias de Urbano. El resto eran bereberes. Todos ellos cruzaron en barcos de Ceuta pertenecientes a Urbano: exactamente en cuatro de ellos. Parece ser que este primer desembarco se produce en la isla que se encuentra en frente de la actual Tarifa. Pese a que la acción duró pocas semanas, sirvió para saquear buena parte de la zona. Los invasores no tomaron ninguna localidad, pero la facilidad de la travesía, la riqueza del botín y la fiabilidad mostrada por Urbano, incitan a los mandos islámicos a repetir la expedición al año siguiente, en un número mucho mayor.

4. La invasión del 711 y la batalla de Guadalete
 
Seguramente, la segunda invasión tuvo el apoyo de varios nobles que deseaban ocupar el puesto de don Rodrigo. Creían que iba ocurriría como muchas veces había ocurrido en el mundo godo con otra serie de pueblos: que se pagaría con grandes riquezas a los invasores musulmanes que, tras cambiar de gobernante, dejarían el territorio. Los nobles desconocían varios de los presupuestos ideológicos de la expansión islámica. Especialmente dos: la yihad y la extensión del territorio y de los miembros de la umma.
 
Esta segunda invasión tiene lugar en la primavera del 711. Los invasores desembarcan en Algeciras y se hacen fuertes en Gibraltar y en Carteya, territorios estaban vinculados patrimonialmente a la familia política del conde Urbano. Con los últimos refuerzos mandados por Muza, la fuerza llegaría a tener unos doce mil guerreros, en su mayor parte bereberes. A ellos luego se unirían una serie de jinetes judíos, que habían sido expulsados de España por la acción de los visigodos y que querían volver a sus antiguos territorios. Taric, cuenta la leyenda, quemó las naves para que nadie pudiese volver a África.
 
Al comienzo el número de musulmanes era menor, pero su impacto en la política goda suponía la necesidad de enviar un ejército a su encuentro. Siguiendo lo ordenado por la ley militar de Ervigio, es posible que fuese el duque de la Bética el encargado de enfrentarse al enemigo que se estaba reforzando en sus bases de Algeciras. Posiblemente fuese Teodomiro, jefe visigodo en el sur, el que se enteró de lo ocurrido. Fue con unos mil hombres y quiso enfrentarse a los árabes, pero, dada la inferioridad de las fuerzas, fue rechazado. Teodomiro envió emisarios a Pamplona -Rodrigo se encontraba en Navarra para acabar con una nueva rebelión de los levantiscos vascones- para informarle de la situación. Ante estas noticias, el monarca envió como vanguardia a su sobrino Iñigo, junto con algunas tropas, pero fue derrotado y muerto. El ejército godo sería derrotado, y esta derrota fue fundamental: las tropas de infantería musulmanas se convirtieron en tropas de caballería, por el simple hecho de tomar las cabalgaduras de los godos caídos. De esta forma podían los invasores enfrentarse con alguna opción al gran ejército real godo.
 
Rodrigo, realizando operaciones en la otra punta de la Península, tuvo que dejar esta operación para marchar contra su nuevo y peligroso enemigo. Aunque las fuentes árabes hablan de un gran ejército godo, lo más probable es que las tropas de don Rodrigo fuesen menos numerosas que las de Taric. Sin embargo, el núcleo de su ejército, el séquito del Rey y los principales nobles, poseía una elevada profesionalidad y potencia: se trataba de caballería pesada, aunque su número fuese pequeño. Al llegar a Córdoba, Rodrigo convoca bajo su mando a todo su ejército. A la llamada acuden los hijos y hermanos de Witiza. Rodrigo está muy confiado y entrega el mando de las alas de su ejército a los dos hermanos de su difunto rival.
 
El encuentro de los dos grupos tuvo lugar entre mediados y finales de julio del 711, a lo largo de varios días. En verdad, se trató de una serie de escaramuzas y combates formales entre los montes que separan las actuales Algeciras y Tarifa. El combate principal tuvo lugar cerca de la laguna de la Janda, sobre el río Guadalete, entre las actuales localidades de Jerez y Sidonia.
 
Es muy difícil saber con certeza los datos de la batalla, porque todas las fuentes son muy propagandistas. Desconocemos lo ocurrido con exactitud. Como hemos señalado antes, lo lógico es que las fuerzas de don Rodrigo fuesen menores que las musulmanas, aunque hay otras fuentes que señalan que fueron 40.000 visigodos contra 15.000 musulmanes. Sabemos que los musulmanes tenían unos 1.000 jinetes; el resto era infantería. El armamento era ligero, basado, sobre todo, en espadas, puñales y lanzas. Su fuerza radicaba en los arcos, pequeños pero potentes, que prácticamente portaban todos los combatientes. Sus armas defensivas se reducían a escudos y algún yelmo o cota de malla ligera, que llevaban los jinetes y jefes. Su táctica era la movilidad y la rapidez. Su táctica era desplegarse en media luna para envolver al enemigo cerrándole todas las salidas.
 
Frente a ellos, Rodrigo contaba con un número de jinetes que triplicaba las huestes invasoras. La fuerza principal de Rodrigo, su caballería pesada, estaba fuertemente armada, con una poderosa lanza asida con las dos manos (contus), con los jinetes protegidos por cota de malla y casco. El ejército había heredado el modelo organizativo de los romanos, en cuanto a agrupamiento de unidades, y estaba dividido en fuerzas permanentes: el exercitus, formado por nobles y quienes dependían de ellos; y el hostis, los reclutas que se escogían entre la población en caso de necesidad. Eran tropas disciplinadas. Además, Rodrigo tenía una guardia personal, los spatarios (los portadores de espada) en número de cien, que se seleccionaban entre los del cuerpo de guardia de palacio, los cubiculari.
 
La táctica visigoda era cargar con todo el ímpetu de la caballería contra el enemigo abriendo paso, con la infantería detrás o quedando en reserva a la espera de acontecimientos. La caballería era el centro de su fuerza, y la infantería tenía un papel secundario, pero en su ausencia, la infantería se regía por las tácticas romanas.
 
El armamento consistía en lanzas, espadas, arcos, puñales, hondas y flechas. Eso sí, los visigodos tenían menos flechas en su carcaj que los musulmanes. Habían copiado de los francos el hacha de doble filo, la francisca, y de los romanos toda su artillería, torres de asalto y maquinaria de asedio. El armamento defensivo estaba compuesto por escudos grandes y casi todos los guerreros llevaban yelmos metálicos combinados con cuero; también eran frecuentes las cotas de malla que tenían hierro y cuero en diferentes proporciones.

El 31 de julio del 711 se lanzaron así los visigodos al combate. Copiando de los romanos su forma disciplinada de combatir. Embistieron con la caballería y trataron de dispersar a los jinetes enemigos, mientras la infantería buscaba envolver al enemigo lanzando todo tipo de proyectiles para, una vez debilitados, lanzarse sobre con las espadas. Pero las alas de Rodrigo no respondieron y se retiraron del campo de batalla. Los hermanos de Witiza habían pactado la traición a Rodrigo la noche anterior, en una reunión en el campamento árabe: obtendrían a cambio mantener sus derechos al trono y sus propiedades.

Los musulmanes nunca cumplirían lo que había prometido, pero el efecto fue demoledor para Rodrigo: al desertar las alas, quedó totalmente aislado del contingente central visigodo, en el centro con sus tropas. Cundió la desmoralización ante la retirada de los traidores. Además, otro hecho jugaba en su contra: los visigodos hacía tiempo que no habían combatido contra ningún ejército exterior, y solamente habían luchado en guerras civiles y contra revueltas de campesinos. Así que pronto cundió el desconcierto ante la forma de luchar de los musulmanes, caracterizada por su agilidad y rapidez; preferían atacar con los arqueros, atacar y retirarse, a lanzarse a combatir contra la pesada caballería visigoda.

Los arqueros descabalgaron, con su lluvia de flechas, a Rodrigo y sus caballeros, y entonces fue cuando los musulmanes cargaron entre gritos y alabanzas a Alá. Uno a uno fueron cayendo todos los hombres de Rodrigo. Lo más probable es que Rodrigo muriese en el combate, aunque diferentes fuentes señalan que pudo sobrevivir y continuar combatiendo en otros lugares . Otras cuentan que salió con vida y se dedicó a rezar en algún monasterio de la Península.

5. Continúa la conquista.
 
El ejército godo no fue destrozado del todo, entre otras razones porque una parte de las tropas abandonaron la pelea traicioneramente. Pero tras la derrota, en su huída hacia Medina Sidonia, y en los lodazales de la laguna de la Janda, se convierte el encuentro en una derrota completa y significativa. Mueren allí todos los nobles que aspiraban a la corona.
 
La huida de una parte significativa del ejército godo de Rodrigo, y no su completa aniquilación, forzó el siguiente movimiento de Taric. Mandó a los suyos tras los pasos de los huidos por la calzada romana que, a través de los pasos del Hozgarganta, conducía a Écija por Estepa. Era una maniobra arriesgada: Taric dejaba a sus espaldas plazas fuertes como Medina Sidonia y Sevilla. En Écija, las fuerzas godas que huyen consiguen frenar a Taric. Pero pronto vuelve a avanzar gracias al apoyo de las fuerzas de Urbano y de algunos nobles godos: estos refuerzos se pueden considerar fundamentales, así como la información proporcionada por Urbano a los invasores. Por consejo de éste, Taric divide el ejército en tres: Uno de los ejércitos marcha a Córdoba; otro se dirige sobre Málaga, Granada y Orihuela; y el tercero bajo el mando de Taric se dirige rápidamente al norte. A Toledo.

Este es el movimiento fundamental. Taric y Urbano se reúnen en Écija, y estudian la situación creada: ha muerto don Rodrigo y todos aquellos que querían sucederle, lo que deja a los hispanos descabezados. Para que la nobleza goda no se pueda reorganizar, era necesario tomar rápidamente Córdoba y Toledo, por ser el enraizamiento de esa nobleza y por su enorme valor simbólico, político y administrativo. Aunque eso provocaba división de los ejércitos musulmanes, y suponía la necesidad de ser apoyado por las tropas de Urbano y algún otro noble godo. Por su origen, Urbano no podía ser rey: su movimiento suponía simple y pura destrucción para el orden godo, y los musulmanes premiarían de forma muy considerable a todos aquellos que colaborasen con ellos. Así que Córdoba cae a finales de año, tras una numantina defensa de varios meses por parte de la selecta guarnición, cuatrocientos guerreros de élite visigodos.

Las escenas más terribles de la guerra tendrían lugar en Toledo, con los miembros de la alta nobleza del reino pasados por las armas. Los musulmanes tomaban así el Tesoro Regio. Muza tiene que intervenir, ante el peligro de pervertir el concepto de yihad: se pasaba de una expedición en busca de botín a una auténtica conquista, pero en la que las tropas no musulmanas habían tenido una importante función. Eso ponía en el riesgo la justificación por la yihad. A comienzos de la primavera del 712 Muza desembarcaba en Algeciras, rodeado de bereberes y con una significativa presencia de árabes, incluidos algunos tabies. La presencia de estos prestigiosos “discípulos de un compañero del Profeta” legitimaba la conquista en términos islámicos. Su presencia sería decisiva para el reparto del botín, y para realizar el asentamiento de los combatientes islámicos según las precisas normas coránicas. A Muza se debe la conversión de la conquista en estrictamente islámica, con la toma de los confines del Reino de Toledo. Muza estuvo 15 meses en España: serían fundamentales para la historia posterior.

Muza, antes de reunirse con Taric, decide acabar con la resistencia que había en el sur y en el oeste. Va de Medina Sidonia a Sevilla; de ésta a Mérida. En la campaña de limpieza, tuvo que llevar fuerzas a Sevilla, al mando de su hijo Abdelaziz, porque se había levantado con la ayuda de grupos de Béja y Niebla. Por fin, Taric y Muza se juntan cerca de Talavera. Mandarán más tarde tropas hacia Burgos y Astorga.

A partir de ahí, Muza inicia la conquista del noreste de la Península, donde aún se mantenía independiente Agila II. Pero a finales del 712, o comienzos del 713, se había tomado ya Zaragoza. Hubo un levantamiento en Orihuela, posiblemente al mando de Teodemiro, que logra alguna victoria parcial, pero en abril del 713 logra un pacto de rendición (aman) que le es muy favorable dadas las circunstanicas. En la primavera del 719 se tomarían los últimos reductos godos en el nordeste de la Península.

Rodrigo se consideró un rey importante dentro de la mentalidad musulmana. Hasta el punto de que menos de 10 años después se construyó en el desierto jordano la residencia califal de Qusayr Amra, y el derrotado Rodrigo fue pintado al nivel del Negus, los emperadores persa y chino, y un rey turco o hindú.

Luego España comenzaría su reconquista y como en tantas otras ocasiones la motivación espiritual se convirtió en la más eficaz arma contra el enemigo.
Conclusiones
 
El fracaso hispano tiene como punto fundamental la debilidad crónica que atenazaba al reino visigótico; la monarquía hispánica, dividida en reyertas y ambiciones de todo tipo, era presa fácil de cualquier poder en expansión. Y ahí estaban los árabes, que en contraposición a los godos, eran un poder fuerte y unitario. Por si fuera poco, los expulsados judíos se unieron a los musulmanes en la conquista, con el objetivo volver desde el norte de África a España. Así es como el sur de España conoce las primeras incursiones musulmanas: por la debilidad visigoda.
 
El gran acontecimiento histórico, la batalla de Guadalate, tiene en la deserción de los caballeros visigodos y el abandono del núcleo duro de Rodrigo a manos de los musulmanes, la principal causa de la derrota. Las divisiones políticas se trasladaron al campo de batalla, y fue demoledor: tras la retirada de los caballeros visigodos, Rodrigo quedó en inferioridad, y sufrió la táctica envolvente de los musulmanes.
 
Después se inician siglos de ocupación y de reconquista. Junto a la romanización, la invasión musulmana ha sido el hecho histórico que más ha condicionado la Historia de España. A partir del 711, los musulmanes se convirtieron en el enemigo común de todos los reinos cristianos que se fueron configurando poco después en el norte peninsular. La conciencia de reconquista del territorio cristiano fue, por tanto, el principal aglutinante de los reinos cristianos.

Bibliografía
 
HANSON, Victor Davis, Guerra. El origen de todo, Turner, Madrid, 2011.
“La Reconquista. Moros vs. Cristianos”, en Historia de Iberia Vieja, Revista de Historia de España, nº 73, pp. 34-45.
LOSADA, J. C., Batallas decisivas de la Historia de España, RBA, Barcelona, 2006.
NICOLLE, David, La España Islámica y la Reconquista, Osprey, RBA, Barcelona, 2011.
O´DONNELL (dir.), Hugo, Historia Militar de España, Tomo II, LADERO QUESADA, Miguel Ángel, Edad Media, Laberinto, Ministerio de Defensa, Madrid, 2010.
ORLANDIS, José, Historia del Reino visigodo español, Rialp, Madrid, 2003.

Publicado por Grupo de Estudios Estratégicos
 
Autor:  Jesús María Ruiz Vidondo
Cuadro: Batalla de Guadalete (Martínez Cubells)

Novedad: Revista de Historia del Fascismo

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En la red: La Guerra infinita (bitibajk)

En la red: La Guerra infinita (bitibajk)

Era difícil caminar…la sangre resbalaba por mi pierna a pesar de que Mercedes me había taponado la herida con esmero. La bala sólo había hecho carne, pero al saltar por la ventana del Cuartel de la Montaña había caído mal y me dolía.

No dejaba de ver los rostros de los camaradas, sus ojos inertes en aquella habitación agujereada por la ametralladora que “El Campesino” había situado en dirección a la plaza de España. La explosión de una granada me había hecho caer por la ventana, donde estaba acurrucado disparando con una del nueve largo, me lo había cambiado por el mauser el bueno de Santi después de que me dieran el balazo.

- Tira con ésto que con una mano te vale….

Tras rodar barranco abajo, me arrastre por el pequeño arroyo que había en la parte de atrás. Allí me encontré con un miliciano muerto y no dudé en ponerme su mono y taponándome la herida me dirigí al único lugar seguro que estaba cerca.

Mercedes era de esas chicas, que son tan guapas que te da miedo invitarlas al cine. Me ocultó en su sótano hasta que presa de los nervios y temiendo por mi madre y mi hermana decidí salir.

- No vayas Luís, todos sabes que eres de Falange y te estarán esperando…. Yo les llevaré un mensaje… los legionarios y las centurias de Valladolid marchan sobre Madrid... será cuestión de días.

- Mercedes… tengo que ir, tengo que sacarlas de Madrid como sea.

- Eres un cabezón…. Toma esta pistola y ten cuidado. Cuando vuelvas tenemos que hablar.

Su mano acarició mi rostro y me dio un beso que me hizo olvidarlo todo durante un segundo. No sabía que era la última vez estaría con ella. Su cadáver apareció una semana después en un descampado de Villaverde. Apenas a doscientos metros de donde habían aparecido los cuerpos acribillados de madre y de mi hermanita.

Empezaba entonces una guerra que no terminaría nunca.

Parecía increíble que algo tan frágil pudiera sobrevivir en aquellas circunstancias. Entre el humo y la metralla, seguía viva aquella flor, diminuta y bella, incluso entre el ruido sordo de las granadas de mortero. Muchos se trajeron de Rusia recuerdos de hielo y amputación, de traición y hambre en un campo de concentración. Yo, en cambio, preferí traerme ese trozo, también blanco, de la lejana Rusia. Tal vez, mi alma ya estaba saciada de sangre y muerte. Con apenas 18 años había pelado durante tres en las milicias de Falange, buscando una revolución que no llegaba y apagar un odio ciego, nacido una tarde de agosto en un descampado de Villaverde.

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Las manos de mi hermanita estaban manchadas de la sangre de mi madre... había cubierto con su cuerpo a Clara, seguramente esperando que el mismo destino que la había llevado allí la salvara en el último momento. No pudo ser. Cuando llegué sus cuerpos ya estaban fríos; un camarada de la Primera Línea de Falange y antiguo jonsista, conocido como “Fitis”, les acompañaba. Estaba tan conmocionado que no recuerdo ni el tiempo que estuve allí. Una mano tocó mi espalda levemente.

- ¡Oiga, oiga...!.

Era la voz suave de un señor anciano y demacrado que tiraba de un carrito tirado por una mula. Llevaba el cadáver reventado a culatazos de un chico de unos 15 o 16 años. Al ver que fijaba mi mirada en él, una voz seca y de ultratumba, que no parecía la suya, contestó:

- Es mi hijo Antonio, seminarista...

Aquella última palabra era una explicación en si misma, me hizo razonar y salí levemente del aturdimiento. El hombre, con ojos todavía llorosos, me agarró del brazo.

- Debemos irnos, si le cogen aquí y siendo joven, lo matan.

Subimos los cuerpos al carrito y fuimos a Móstoles, pueblo natal de padre e hijo. Nada más llegar fuimos al cementerio, era ya de noche, y a la luz de un candil enterramos a los tres juntos en una tumba falsa. En tan difícil trabajo nos ayudó un vecino de Eugenio, aquel hombre muerto en vida, que roto por el destino, mascullaba oraciones. Fuimos luego a su casa y en un viejo papel escribí lo sucedido tres veces; una copia para cada uno, alguno de los tres sobreviviría y podría recuperar los cuerpos en un futuro.

Esquivando a las patrullas de milicianos logré alcanzar Guadarrama, y subiendo por la sierra, tras unos días de hambre y silencio, un reguero de camisas azules me iluminó la vista. Llegaba a Ávila.

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- Pasa camarada, ¿Has comido algo?.

Quién hablaba era un viejo camarada de Madrid, Marcelino Cifuentes, “Cifu”, que estaba al mando de una centuria que peleaba en Somosierra.

- Sí, algo me han dado. Gracias por la gestión. Me alegro de saber que si me pasa algo alguien se encargará de los cuerpos.

- Nada hombre, mi familia es la tuya para lo que quieras.

- ¿Y lo otro? –inquirí-.

- Bueno... hay un problema.... Los jefes no te quieren en el frente, quieren que vayas a Barcelona y te encargues de alguien.

Suavemente, sobre la mesa, dejó una foto de un hombre con uniforme soviético sonriente.

- Que lo haga otro.... O al frente o a Madrid.

- Mira… les tengo localizados, dos de la V columna están cerca de ellos todo el rato.... Ya tendrás tiempo.... Esto es muy importante. En Barcelona no queda nadie, tú conoces la ciudad y nadie se acuerda de ti allí…. Luego te prometo que te mando a Madrid o dónde haga falta, a un palabra tuya los mando eliminar….

- ¡No!, ¡son míos!. ¿¡Me oyes!?... ¡m-í-o-s¡... ¡Si alguien los toca, le mato!.

“Cifu” se asustó, nunca me había visto así. Aquel chico tranquilo y amable que alistó junto a él en el SEU le agarraba descompuesto, con los ojos brillantes y rojos como los de quién no duerme desde hace días.

- Está bien Luís, tranquilo…nadie los tocará…, pero lo de Barcelona es importante… Es cosa de Franco.

- Vale Marcelino… perdona… yo….

- ¡Tranquilo hombre!. Sabía que entrarías en razón. Mañana te cuento los detalles. Y ahora un pacharán de Navarra, como en los viejos tiempos…

Román era un hombre, de todo, menos agradable. Forjado como estibador del puerto de Barcelona había sido un histórico de la CNT barcelonesa. Gatillo fácil, verbo corto, en los sucesos de mayo del 37 lo había perdido todo. Su sección había sido barrida por las milicias del PSUC, y su propio hijo había sido asesinado por pistoleros de la NKVD estalinista. A él, sólo le salvo su enorme prestigio, una intervención “in extremis” de Cipriano Mera y el hecho de que no había participado en las sacas de derechistas cometidas por la FAI, dónde tampoco le sobraban los amigos.

Por órdenes de Madrid se encontraba bajo arresto domiciliario acusado de “socialfascismo” y seguramente le esperaba un juicio sumario y un paredón. Mi misión en Barcelona pasaba por contactar con él y ofrecerle una fuga, a cambio me ayudaría a matar al asesino de su hijo que no era otro que mi objetivo en Barcelona.

- Sí señor… muy buena esta documentación del PCE.
- Entonces, Román, ¿hay trato?….
- Mucha gracia no me hace… ustedes los fascistas no son muy de fiar y en cuantico pise zona nacional me limpian el forro -alegó-.
- Tal vez un pasaje Marsella-Buenos Aires, con su hija Paula, le resulten más atractivos.
- Sí… la verdad es que sí…. Ahora bien, usted es consciente de que sólo tendría que gritar por esa ventana y los perros de ahí fuera le darían “matarile”.
- Bueno, serían entonces dos fusilados….
- ¡No es usted la alegría de la huerta precisamente!, -dijo Román entre irónico y feliz-.

Dos certeros disparos acabaron con la vida de Nicola Ricci, comisario de la NKDV en Barcelona y miembro del PCE con el nombre supuesto de Francesco Rotellí. Román se acercó al cadáver clavándole dos veces una navaja de un palmo a la altura de las costillas. Miguelito, su hijo, había conocido a tan siniestro personaje en una cheka que PSUC tenía en la calle del Clavel. Tras tres días de torturas había muerto de un tiro en la cabeza en una cuneta tras haber delatado a todos los miembros de su sección de la CNT que estaban ocultos en la Barceloneta tras los sucesos de mayo del 37.

- Por si acaso… que no me gusta tener que mirar por encima del hombro.

Corrimos por las calles del barrio gótico y en un coche facilitado por un viejo “faista” nos trasladamos hasta la frontera. Allí un pastor, también anarquista, nos hizo cruzar hasta Perpiñán donde un veterano “cruz de fuego” nos acogió unos días. Los agentes comunistas batían el Rosellón en nuestra búsqueda y tuvimos que pasar una temporada en un convento de clausura de los concepcionistas hasta que la red franquista en el sur de Francia pudo facilitar la salida de Román y su hija Paula para Buenos Aires.

- Adiós y buena suerte. Si algún día quieres volver a España localízame a través de la embajada y lo gestionamos.
- No sé yo si el enano y yo somos compatibles…suerte y salud amigo, tal vez si gente como tú y como yo nos hubiésemos conocido mejor España hubiera conocido mejores horas y menos sufrimientos
- Tal vez, o nos hubiésemos matado mejor….

Luís estrechó la mano de Román afectuosamente y le metió en el bolsillo un sobre con el dinero suficiente para empezar de nuevo en aquellas lejanas tierras de la Argentina. Todavía no sabía que el destino me llevaría allí unos años después a requerimiento del General Perón.

La sangre manchaba mis manos y no era la primera vez.... Aún recuerdo la sangre de Javier, falangista turolense, confundida con el rojo bordado de su uniforme. Era Rusia, cerca de Leningrado, y aquel muchacho jovial y valiente había sido partido en dos por una ráfaga de ametralladora. Su cuerpo inerte lo pudimos arrastrar hasta retaguardia y por la noche, musitando la oración de los caídos, le dimos cristiana sepultura en un tierra donde era muy difícil creer que Dios existiera.

Recuerdo que a la luz del candil de la choza ví mis manos manchadas de sangre y tierra, salí al frío y las froté con la nieve helada hasta que casi no las notaba.

- ¡Qué haces hombre!... ¡se te van a congelar!.

El sargento Eulogio era el de la reprimenda, casi sin pedirlo me puso una taza de caldo en las manos.

- Era un buen chico este Javier.
- ¿Se acuerda que siempre andaba con lo de “En Gea si que hace frío, ésto de aquí es pa señoritingos de la capital…”?.
- La verdad es que el buen humor no le faltaba.

Al mirarme las manos, de nuevo ensangrentadas, recordé casi de inmediato aquel día en Rusia. Fueron días y sensaciones difíciles de olvidar. Y ahora, después de casi 20 años, volvía a tener entre mis manos el cuerpo de un joven muerto. En la manga de su camisa un rudimentario brazalete escribía un resumen de su vida: “OAS.”.

Los dos tiros que la gendarmería móvil le había acertado en la espalda eran los suficientemente certeros como para que Jean Luc Gudrat no viera las hermosas playas de Alicante. En el último velero de Orán habíamos salido él, yo y otros 25 franceses de Argelia perseguidos por De Gaulle y el FLN. Cientos de embarcaciones inundaban la ruta hacía Alicante ya que Francia había bloqueado sus puertos a sus propios nacionales. Sólo Franco se digno a acoger y ayudar a aquellos europeos, muchos de ellos republicanos españoles, que habían hecho de Argelia su hogar y parte de su Patria. Asesinado por su propio ejército Jean Luc Gudrat fue enterrado como un patriota y un soldado al llegar a tierra española.

Nada más llegar a la orilla me lavé las manos en las cristalinas playas alicantinas. Las miraba con tal fijeza que los oraníes me miraban extrañados esperando algún tipo de instrucción. Al poco, llegó la Guardia Civil. Entre ellos un Capitán que me reconoció enseguida.

- La ha liado usted buena, su cara está en todos los periódicos franceses. Que sepa que le han condenado a muerte por terrorismo y que en Madrid están por deportarle con su verdadero nombre…

Mi nombre supuesto, “Manuel Fuentes”, aparecía en la prensa gala como uno de los comandos más peligrosos de la OAS en Orán. A pesar del balazo que llevaba en el hombro me metieron, con las primeras curas aún frescas, en un coche de la Guardia Civil rumbo a Madrid.

En la antesala del despacho del general Franco los gritos no eran habituales, pero el Ministro de Asuntos Exteriores, Fernando Maria de Castiella, no dudó en dedicarme lo mejor de su repertorio, aplaudido por buena parte de los personajillos que rodeaban a Franco en el palacio de El Pardo.

- ¡Pero quién coño se ha creído usted que es!... ¡poniendo bombas en Argelia!... ¡un alto cargo del Servicio Exterior de la Falange!.... ¡Es usted un dinosaurio!. ¡Si le llegan a descubrir…no quiero ni imaginarme la reacción francesa!. ¡No necesitamos gente como usted creando problemas por ahí fuera¡. ¡¿Me entiende?!.... ¡Voy a acabar con su carrera!. ¡Bueno…pero qué digo!, ¡qué carrera, si es usted un simple camisa vie…

En eso estaba cuando entró Franco y el silencio se impuso en la sala. Con ademán gallego se acercó a mí lentamente.

- Gayarre, ha cumplido usted con la misión que personalmente le encomendé, diría que incluso con exceso de celo.... Nunca me ha gustado De Gaulle, lo que le hizo a Petain no lo hace un oficial ni un caballero. Les ha liado una buena, allá en Orán. A veces, tengo nostalgia de África, allí era todo más sencillo....
- La verdad es que sí, mi General.

A los allí presentes casi les dio un infarto cuando vieron que no le trataba de “Excelencia”. El general, esbozando una sonrisa al ver lo contrariado que estaba su Ministro de Exteriores, se despidió.

- Gayarre, cuando se encuentre bien de ese rasguño, venga a verme. Tengo un asunto que tratar con usted.

Se retiró por la misma puerta por la que había entrado con la misma parsimonia que un tabor de regulares. Estupefactos, empezaron a marcharse uno tras otro aquellos paniaguados de la corte franquista. Estoy seguro de que el viejo General me tenía afecto. Había pasado por la mesa de su despacho tantas veces,que sin duda pensaba que era una especie de chiste recurrente. Al fin y al cabo, una laureada, una palma de plata, una condena a muerte y un destierro no se acumulan llevando una vida tranquila.

- Sé que el 18 de julio morirá conmigo, pero, por favor, vengue a Carrero. Era un amigo y como españoles se lo debemos…. Confío en usted para tan delicada misión que... que ya no veré cumplida. Me queda poco. Gracias por los servicios extraordinarios que ha prestado a España, ha sido usted fiel a nuestra Patria y a sus convicciones, pese a que en muchas ocasiones no fueran las mías. Le tengo por un patriota y hombre de bien y quiero que sepa que le guardo un sincero afecto.

Lentamente el viejo general me tendió la mano y, al estrecharla, su otra mano cubrió la mía con entrañable afecto. Yo nunca había sido franquista, no había sido uno de esos aduladores de su corte. Ni siquiera me había alineado con los Girón y Arrese, falangistas cortesanos y buscaprebendas. Tal vez me refugié en esa vida militar del servicio exterior de Falange pensando en alejarme de aquella chusma de folclóricas, meapilas y curas del Opus.

Sin embargo, sentía un afecto especial por aquel anciano. No le odiaba y, con el tiempo, fue descubriendo la soledad de aquel militar gallego que había metido a España, aunque a empujones, en el primer mundo. Me daba pena, rodeado de aquellos cuervos que buscaban la continuidad en el timón de España de alguien que garantizara sus privilegios. Estas personas estaban muy lejos de los jóvenes criados en el Frente de Juventudes, de los obreros de las fábricas, de los conserjes excombatientes, de todas esas personas que no hubieran dudado en levantarse a una orden de su viejo general.

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Aquella breve llamada, recibida en el Hogar de la Falange en Buenos Aires, me había alegrado el día….

- Antonio, ya he enviado la corona. Mañana se lo diré a tu prima de Madrid.
- Gracias Manuel. Yo, en cuento pueda, le envió un telegrama.

Al día siguiente, Radio Nacional de España daba la noticia: José Miguel Beñarán Ordeñana, alias Argala, moría en el pueblo de Anglet (Iparralde) al estallar su vehículo por acción de una bomba colocada por un fantasmagórico Batallón Vasco Español. Las agencias de prensa en seguida se hicieron eco de que era uno de los asesinos de Carrero.

A veces, en la vida hay que aprender a delegar, especialmente si uno tiene otras cosas más importantes que hacer…y más difíciles. Ricardo “el Sastre” era uno de los dobles agentes del KGB más veteranos. Curtido en la clandestinidad del PCE en España, tras el asesinato de Carrero había puesto tierra de por medio. Instalado en el Buenos Aires de la dictadura se había infiltrado con éxito en “Montoneros” contribuyendo a su deriva comunista. Al tiempo se ganaba la amistad de los militares “gorilas”, vendiendo a quienes dentro de “Montoneros” se resistían a las directrices del “pequeño timonel”.

- Aquí lo podrás encontrar, fue él –dijo alargando una foto su viejo camarada Rafael-. Ten cuidado es un viejo zorro como tú. Por cierto, no será fácil salir del país, los “milicos” y “los montos” están a su alrededor, cualquiera que te coja….
- No te preocupes, estoy mayor para correr.

Un seco y certero disparo abatió al viejo espía comunista en el Café Español, casi al instante, sus guardaespaldas “montos” empezaron a tirotearme. Abatí a dos y salí como pude del café mientras el que quedaba se afanaba en recargar su Browning. Sangraba a mares del balazo que me habían dado en el estómago. Dos “milicos” de paisano enseguida me identificaron como al “monto” rebelde que se había “limpiado” a uno de sus mejores agentes en la organización. Tres disparos más terminaron conmigo en el suelo, no si antes vaciar mi cargador en uno de los “gorilillas de Videla”. Caí al suelo, mi espalda tocaba el ardiente asfalto del verano austral bonaerense… miraba al cielo azul, muy azul…como el de España.

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“D. Luis Gayarre Alonso, Coronel de Infantería, Camisa Vieja de la Primera Línea de Falange, Divisionario, Laureado de San Fernando, Palma de Plata de la Falange, Mutilado de Brunete. Fallecido por causas naturales…”.

- No sé si poner lo de “condenado a muerte e indultado” -dijo con cierta nostalgia el teniente Cifuentes.

Había desenterrado el cadáver de su padrino clandestinamente una calurosa noche de Buenos Aires y ahora redactaba un obituario para “El Alcázar”. Allí había sido enterrado con el nombre de su pasaporte y sin muchas preguntas gracias a la gestión llevada a cabo por su amigo Rafaelillo, “el Flecha de Coria”, ante el Coronel Seineldín, “el Turco”.

- ¿Dónde lo vas a enterrar?
- Junto a su madre y su hermana, para que por fin descanse…
- Me parece bien… al menos terminó su guerra.
- No Antonio, hay guerras infinitas, que no acaban nunca, ni cuando mueres, porque es la luz frente a las tinieblas… él lo entendió como nadie.

Dragases

Oración a los caidos

Oración a los caidos

Señor, acoge con piedad en tu seno a los que mueren por España y consérvanos siempre el santo orgullo de que solamente en nuestras filas se muera por España y de que solamente a nosotros honre el enemigo con sus mayores armas. 
Víctimas del odio, los nuestros no cayeron por odio, sino por amor, y el último secreto de sus corazones era la alegría con que fueron a dar sus vidas por la Patria. Ni ellos ni nosotros hemos conseguido jamás entristecernos de rencor ni odiar al enemigo, y tú sabes, Señor, que todos estos caídos mueren para libertar con su sacrificio generoso a los mismos que les asesinaron, para cimentar con su sangre joven las primeras piedras en la reedificación de una Patria libre, fuerte y entera. 
Ante los cadáveres de nuestros hermanos, a quienes la muerte ha cerrado sus ojos antes de ver la luz de la victoria, aparta, Señor, de nuestros oídos las voces sempiternas de los fariseos, a quienes el misterio de toda redención ciega y entenebrece, y hoy vienen a pedir con vergonzosa ingencia delitos contra los delitos y asesinatos por la espalda a los que nos pusimos a combatir de frente. 
Tú no nos elegiste, Señor, para que fuéramos delincuentes contra los delincuentes sino soldados ejemplares, custodios de valores augustos, números ordenados de una guardia puesta a servir con amor y con valentía la suprema defensa de una Patria. Esta ley moral es nuestra fuerza. Con ella venceremos dos veces al enemigo, porque acabaremos por destruir no sólo su potencia sino su odio. A la victoria que no sea clara, caballeresca y generosa preferimos la derrota, porque es necesario que, mientras cada golpe del enemigo sea horrendo y cobarde, cada acción nuestra sea la afirmación de un valor y una moral superiores. 
Aparta así, Señor, de nosotros, todo lo que otros quisieran que hiciésemos y lo que se ha solido hacer en hombre de vencedor impotente de clase, de partido o de secta, y danos heroísmo para cumplir lo que se ha hecho siempre en nombre de una Patria, en nombre de un Estado futuro, en nombre de una cristiandad civilizada y civilizadora. Tú sólo sabes con palabra de profecía para qué deben estar" aguzadas las flechas y tendidos los arcos" (Isa. V, 28). Danos ante los hermanos muertos por la Patria perseverancia en este menosprecio hacia las voces farisaicas y oscuras, peores que voces de mujeres necias. Haz que la sangre de los nuestros, Señor, sea el brote primero de la redención de esta España, en la unidad nacional de sus tierras, en la unidad social de sus clases, en la unidad espiritual en el hombre y entre los hombres, y haz también que la victoria final sea en nosotros una entera estrofa española del canto universal de tu gloria. 


Rafael SÁNCHEZ MAZAS: Oración por los caídos de Falange en FE, 22 de Febrero de 1934.

Cine: Love and Honor (2006)

Cine: Love and Honor (2006)

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Yo no quiero olvidar: Juan Carlos Beiro Montes (Leiza)

“Hemos venido a plantar cara a esta gentuza y si ellos públicamente pueden homenajear a etarras, yo, con más motivo puedo venir aquí a homenajear a mi marido, asesinado por sus amigos”.

Mª José Rama