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La memoria de la Otra Europa

Releyendo a Evola (II)

Releyendo a Evola (II)

 Doctrina aria de lucha y victoria

 

Conferencia impartida en el INSTITUTO KAISER WILHEMM de Roma, el 7 de Diciembre de 1940.

La "Decadencia de Occidente", según la concepción de una crítica reputada de la civilización de occidente, es claramente reconocible en dos características principales: en primer lugar, el desarrollo patológico de todo aquello que es Activismo; en segundo lugar, el desprecio hacia los valores del Conocimiento interior y de la Contemplación.

Esta crítica, no entiende por Conocimiento, racionalismo, intelectualismo u otros vacíos juegos de palabras; no entiende por Contemplación un alejamiento del mundo, una renuncia o un alejamiento monacal mal comprendido. Al contrario, Conocimiento interior y Contemplación representan las formas de participación normales y más apropiadas del hombre a la Realidad sobrenatural, supra-humana y supra-racional. A pesar de esta aclaración, en la base de la concepción indicada existe una premisa inaceptable para nosotros. Ya que, tácitamente y de hecho, es admitido que toda acción en el dominio material es limitativa y que el más alto dominio espiritual sólo es accesible por otras vías que no sean las de la acción.

En esta idea se reconoce claramente la influencia de una concepción de la vida básicamente extranjera al espíritu de la raza aria; pero que, sin embargo, está tan profundamente unida ya al pensamiento del Occidente cristiano, que se la encuentra igualmente en la concepción imperial dantesca. La oposición entre Acción y Contemplación era, por el contrario, desconocida por los antiguos arios. Acción y Contemplación no estaban enfrentados como los dos términos de una oposición. Designaban únicamente sólo palabras distintas para la misma realización espiritual. Dicho de otro modo, se estimaba entre los antiguos arios que el hombre podía sobrepasar el condicionamiento individual no solamente por la Contemplación sino también por la Acción.

Si nos alejamos de esta idea primera, entonces el carácter de decadencia progresiva de la civilización occidental debe ser interpretado de diferente forma. La tradición de la acción es típica de las razas ario-occidentales. Pero esta tradición se desvía progresivamente. Así es en el Occidente actual, donde se ha llegado a conocer y honrar solamente una acción secularizada y materializada, privada de toda forma de contacto trascendente, una acción profanada que, fatalmente, debía degenerar en fiebreo en manía resolviéndose en el obrar por el obrar: o bien en un hacer que está ligado solamente a efectos condicionados por el tiempo. A una acción así degenerada no responden, en el mundo moderno, valores ascéticos y auténticamente contemplativos sino únicamente una cultura brumosa y una fe pálida y convencional. Tal es nuestro punto de vista sobre la situación.

Si la "vuelta a los orígenes" es el concepto base de todo movimiento actual de renovación, entonces debe valer como tarea indispensable, de vuelta consciente, el comprender la concepción aria primordial de la Acción. Esta concepción aria debe tener un efecto transformador y evocar en el Hombre Nuevo, de Buena Raza, unas fuerzas vitales dormidas.

Hoy y aquí, queremos atrevernos a hacer un breve "excursus" precisamente justo en el universo del pensamiento del mundo ario primordial, con el objetivo de sacar, de nuevo, a la luz algunos elementos fundamentales de nuestra tradición común, poniendo una atención especial en los significados arios de guerra, de lucha, y de la victoria.

Naturalmente, para el antiguo guerrero ario la guerra, como tal, respondía a una lucha eterna entre fuerzas metafísicas. De un lado está el principio olímpico de la luz, la realidad solar y uraniana; de otro, la violencia brutal del elemento "titánico- telúrico", bárbaro en el sentido clásico, "femenino-demoníaco". Este tema de aquella lucha metafísica aparecería de mil formas, en todas las tradiciones de origen ario. Así, toda lucha a nivel material era tomada con una consciencia más o menos grande, como un episodio de esta antítesis. Ya que la arianidad se consideraba como milicia del principio olímpico, es necesario hoy, por tanto, devolver esta vía de los antiguos arios; e, igualmente, conceder la legitimidad o la consagración suprema del derecho al poder y de la concepción imperial misma, ahí donde, en el fondo, parece bien evidente su carácter anti-secular.

En la imaginación de este mundo tradicional toda realidad se transformaba en símbolo... Esto también vale para la guerra desde el punto de vista subjetivo e interior. Así, podrían ser fundidas en una sola entidad: guerra y camino hacia lo divino.

Los significativos testimonios que nos ofrecen las varias tradiciones nórdico-germánicas son, para todos, bien conocidos. De todos modos, debemos decir que estas tradiciones y tal como nos han llegado, se ven fragmentadas y mezcladas; muy a menudo ya representan la materialización de las mas altas tradiciones arias primordiales, caídas a nivel de supersticiones populares. Esto no nos impide fijar algunos puntos.

Ante todo, como todos sabemos, el «Walhalla» es la capital de la inmortalidad celeste, y principalmente reservado a héroes caídos en el campo de batalla. El señor de estos lugares, ODIN- WOTAN, es representado en la saga «Ynglinga» como aquel que por su sacrificio simbólico al árbol cósmico «Ygdrasil» ha indicado el camino a los guerreros, camino que conduce a una residencia divina, donde siempre florece la vida inmortal. Conforme a esta tradición, de hecho ningún sacrificio o culto es más agradable al dios supremo, ningún otro esfuerzo obtiene más ricos frutos supra-terrestres, que aquel que han ofrecido los que han muerto combatiendo en el campo de batalla. Pero hay mucho más; tras la oscura representación del «Wildes Herr»(1) se esconde también, el siguiente fundamental significado: a través de los guerreros que, cayendo, ofrecen un sacrificio a ODIN, se forman aquellas tropas que el dios necesitará para la última definitiva batalla del «Ragna-rökk»; es decir, contra ese fatal "oscurecimiento de lo divino" que ya desde los tiempos antiguos planea, amenazante sobre el mundo.

Hasta aquí, por consiguiente, el genuino motivo ario de la fuerte lucha metafísica es claramente expuesto a la luz. En los «Edda» quedaría igualmente dicho: "Por muy grande que pueda ser el numero de los héroes reunidos en el «Walhalla» nunca será lo suficientemente grande, cuando el lobo irrumpa(2)". El lobo es aquí, la imagen de esas fuerzas oscuras y salvajes que el mundo de los «Ases» ha logrado someter. La concepción ario-iraniana de MITHRA, "el guerrero sin sueño" es de hecho análoga. El que a la cabeza de los «Fravashi» y de sus fieles, libra batalla contra los enemigos del dios ario de la luz. Hablaremos, inmediatamente después, de los «Fravashi» y examinaremos su estrecha correlación con las «Walkyrias» de la tradición nórdica. Por otra parte intentaremos clasificar también el significado de la "Guerra Santa" a través de otros testimonios concordantes. No hay que sorprenderse si hacemos, en este contexto, ante todo, referencia a la
tradición islámica. La tradición islámica tiene aquí el lugar de la tradición ario-iraniana. La idea de la "guerra santa" -y al menos, en lo que concierne a los elementos aquí examinados- llegará a las tribus árabes por el universo del pensamiento iranio: tiene por tanto, al mismo tiempo, el sentido de un tardío renacimiento de una herencia aria primordial y desde este punto de vista puede ser utilizada sin ninguna duda.

Está admitido que se distingue en esa tradición en cuestión, dos "guerras santas"; es decir la "grande" y la "pequeña" Guerra Santa". Esta distinción se funda en unas palabras del Profeta que afirma a la vuelta de una incursión guerrera "Hemos vuelto de la pequeña guerra a la gran guerra santa". En este contexto, la gran guerra santa pertenece a niveles espirituales. La pequeña guerra santa es por el contrario la lucha psíquica, material, la guerra conducida en el mundo exterior. La gran guerra santa es la lucha del hombre con sus propios enemigos, los que lleva en si mismo. Más exactamente, es la lucha del elemento sobrenatural del propio hombre contra todo lo que resulta instintivo, ligado a la pasión, caótico, sujeto a las fuerzas de la naturaleza.

Tal es la idea, también, que aparece recogida en el «Bhagavad-Gitâ», ese antiguo gran tratado de la sabiduría guerrera aria: "Conociendo aquello que está sobre el pensamiento, afírmate en tu fuerza interior y golpea, guerrero de los largos brazos, a ese temible enemigo que es el deseo"(3). Una condición dispensable para la obra interior de liberación es que este enemigo debe quedar aniquilado de forma deliberada. En el cuadro de la tradición heroica, aquella pequeña guerra santa -es decir, una guerra como lucha exterior-, sirve solamente de medio por el cual se realiza justamente esa gran guerra santa.

Y por esta razón, en los textos, "guerra santa" y "camino de vía a Dios" son a menudo sinónimos. Así leemos en el Corán: "Combaten en el Camino de Dios" -es decir, en la Guerra Santa- aquellos que sacrifican esta vida terrestre a la vida futura; pues a aquel que combate y muere, sobre el camino de la Vía de Dios; o a aquel que consigue la victoria, le daremos una gran recompensa"(4). Y, más adelante: "A aquellos que caen sobre el camino de la Vía de Dios, El nunca dejará que se pierdan sus obras; les guiará y dará mucha paz a sus corazones; y les hará entrar en el Paraíso, que El les revelará"(5). Se hace alusión aquí a la muerte física en guerra, a la «mors triunphalis» (muerte victoriosa); y que, se encuentra en correspondencia perfecta para todas las tradiciones clásicas. La misma doctrina puede de todas formas ser también interpretada en un sentido simbólico... Aquel que en la "pequeña guerra" vive una "gran guerra santa" crea en si una fuerza que le prepara para superar la crisis de la muerte. Pero, igualmente sin haber muerto físicamente, puede, mediante la ascesis de la Acción y la Lucha, experimentar la muerte; puede haber vencido interiormente y haber logrado un "más que vida". Entendiendo esotéricamente, "Paraíso", "Reino de los cielos" y expresiones análogas no son nada más que unos símbolos y unas figuraciones forjadas por el pueblo, de unos transcendentes estados de iluminación, ya en un plano más elevado que la vida o la muerte. Estas consideraciones deben valer también, como premisa para reencontrar los mismos significados bajo el aspecto externo del Cristianismo; que la tradición heroica nórdico-occidental se vio apremiada a adoptar durante las Cruzadas, para poder manifestarse al exterior. Mucho más de lo que, hoy y en general, la gente está inclinada a creer, en las cruzadas medievales para la "liberación del Templo" y realizar la "conquista de la Tierra Santa", existen evidentes puntos de contacto con la tradición nórdico-aria, donde se hace referencia a la mítica «Asgard», la lejana tierra de los Ases y de los Héroes, donde la muerte no tiene prisa y donde los habitantes gozan de una vida inmortal y una paz sobrenatural. La guerra santa aparece como una guerra totalmente espiritual hasta el punto de poder llegar a ser comparada, por los predicadores, literalmente, a una "purificación, como el fuego del purgatorio antes de la muerte". "Que mayor gloria que no salir del combate, sino cubierto de laureles. Que gloria mayor que ganar, sobre el campo de batalla, una corona inmortal". afirma a los Templarios un BERNARDO DE CLAIRVAUX(6). La "Gloria Absoluta", aquella que atribuyen los teólogos a Dios, en lo más alto del cielo (con su «in Excelsis Deo»), es también encargada como propia al cruzado. Sobre este telón de fondo se situaba la «Jerusalén Santa», bajo ese doble aspecto: como ciudad terrestre y como ciudad celeste, y la Cruzada como una gran elevación que conduce realmente a la inmortalidad. Los actos de los militares de las cruzadas, altos y bajos,produjeron inicialmente sorpresas, confusión, y hasta crisis de fe, pero tuvieron después como único efecto purificar la idea de la «Guerra Santa» de todo residuo de materialismo. Sin dudarlo, el fin desafortunado de una Cruzada es comparado a la Virtud que es perseguida por el Infortunio; y en el cual el valor puede ser juzgado y recompensado solamente en relación a una vía, en forma no terrestre. Así se concentraría -mucho más allá de la victoria o de la derrota-, el juicio de valor sobre el aspecto espiritual y genuino de la Acción. Así la «Guerra Santa» vale por si misma, independientemente de su resultado material visible, como medio para alcanzar por el sacrificio activo del elemento humano, una realización supra-humana.

Y justo, esa misma enseñanza, elevada al nivel de expresión metafísica, reaparecerá en un texto indo-ario citado y conocido, el «Bhagavad-Gitâ». La compasión y los sentimientos humanitarios que impiden al guerrero ARJUNA batirse en liza contra el enemigo, son juzgados por dios "turbios, indignos de un «ârya» (...), que no conducen ni al cielo ni al honor"(7). El mandato le dice así "Si muerto, tu irás al cielo; si vencedor, gobernarás la tierra. Alzate, hijo de Kuntî, dispuesto a combatir"(8). La disposición interior que puede transmutar a de la forma siguiente: "...Trayéndome toda acción, el espíritu plegado sobre si mismo, es libre de esperanza y de visiones interesadas, combate sin escrúpulos"(9). En expresiones tan claras se afirma la pureza de la acción: debe ser deseada, por si misma, más allá de toda pasión y de todo impulso humano: "Considera que están en juego el sufrimiento, la riqueza o la miseria, la victoria o la derrota. Prepárate, por tanto, para el combate; y de esta forma evitarás el pecado"(10).

Como fundamento metafísico suplementario, el dios aclara la diferencia entre aquello que es espiritualidad absoluta -y, como tal, será indestructible- y lo que solamente tiene como elemento lo corporal y humano, en una existencia ilusoria. De un lado, el carácter de irrealidad metafísica de aquello que se puede perder como cuerpo y vida mortales que pasan, o bien es revelada en los que la pérdida puede ser un condicionante. De otro, Arjûna queda conducido, en aquella experiencia de una fuerza de manifestación de lo divino, a una potencia de irresistible transcendencia. Así frente a la grandeza de esta fuerza, toda forma condicionada de existencia aparecía como una negación. Allí donde está negación es activamente negada, es decir, allí donde, en el asalto, toda forma condicionada de existencia es invertida o destruida, esta fuerza llega a tener una manifestación terrorífica. Sólo sobre esta base, exactamente, se puede captar energía adecuada para producir la transformación heroica del individuo. En la medida en que el guerrero obra en la pureza y el carácter de lo absoluto, aquí indicados, rompe las cadenas de lo humano, evoca lo divino como una fuerza metafísica, atrae sobre sí esta fuerza activa y encuentra en ella su ilusión y su liberación. La palabra crucial corresponde a otro texto -perteneciente también a la misma tradición- dice: "La vida es como un arco; el alma es como una flecha; el espíritu absoluto como la diana a traspasar. Uníos a este gran espíritu, como la flecha lanzada se fija en la diana"(11). Si sabemos ver aquí la más alta forma de realización espiritual por la lucha y el heroísmo, es entonces verdaderamente significativo que esta enseñanza sea presentada, en el «Bhagavad-Gitâ» como continuación de una herencia primordial ario-solar. De hecho, le fue dada por el "Sol" al primer legislador de los arios, MANU; y fue guardada seguidamente, por una gran dinastía de reyes consagrados. En el curso de los siglos, esta enseñanza se perdió y, sin embargo fue de nuevo revelada por la divinidad, no a un devoto sacerdote, sino a un representante de la nobleza guerrera: Arjûna. Lo que hemos tratado hasta aquí permite también comprender los significados más interiores que se encuentran en la base de un conjunto de tradiciones clásicas y nórdicas. Así, como punto de referencia, habrá que reseñar aquí que, en estas tradiciones antiguas algunas imágenes simbólicas precisas aparecían con una frecuencia singular: estas son, primero la imagen del alma como demonio, doble y genio; y enseguida la imagen de las presencias dionisiacas y de la diosa de la muerte y la imagen de una diosa de la victoria; que aparecía a menudo bajo la forma de diosa de la batalla. Para la exacta comprensión de todas estas relaciones será muy oportuno clasificar la significación que tiene el alma; que, es aquí entendida como demonio, genio o doble. El hombre antiguo simboliza en el demonio o propio doble una fuerza yacente en las profundidades, que es, por decirlo así, "la vida de la vida", en la medida en que ella dirige en general todos los sucesos, tanto corporales como espirituales, a los que la consciencia normal no tiene acceso; pero que condicionan, sin embargo e indudablemente la existencia contingente y el destino del individuo. Entre esas entidades y las fuerzas místicas de la Raza y de la Sangre existe una bien estrecha ligadura. Así por ejemplo, el Demonio aparece y bajo numerosos aspectos, parecido a los Dioses Lares, las entidades místicas de un linaje, o una generación; de los cuales MACROBE, por ejemplo, nos afirma: "Son dioses que nos mantienen vivos. Ellos alimentan nuestro cuerpo y guían nuestra alma". Así, se puede decir que entre el demonio y la consciencia normal existe una relación del mismo tipo que entre el principio individuante y el principio individuado. El primero, es según las enseñanzas de los antiguos como una fuerza supra-individual y por tanto superior al nacimiento y a la muerte. La segunda, es decir, el principio individuado, consciencia condicionada por el cuerpo y el mundo exterior, destinada normalmente a la disolución o esta supervivencia muy efímera propia del mundo de las sombras. En la tradición nórdica, la imagen de las «Walkyrias» tiene más o menos el mismo significado que el demonio. La imagen de una «Walkyria» se confunde, en muchos textos, con aquella de una «Fylgja»(12); es decir, con una entidad espiritual activa en el hombre y a cuya fuerza su destino está sometido. Como «Kynfylgja», una «walkyria» es -de igual forma que lo son los dioses lares romanos- la fuerza mística de la sangre. Y lo mismo ocurre con las «Fravashi» de la tradición ario-iraniana. La «Fravashi» -explica un bien conocido orientalista- "es la fuerza íntima de cada ser humano, es la que le sostiene desde el momento que nace y subsiste". Al mismo modo que los dioses lares romanos, las «Fravashi», están en contacto, simultaneamente, con las fuerzas primordiales de una raza y son -como las «Walkyrias»-, diosas preponderantes de la guerra, que dan la fortuna y la victoria. Tal es la primera relación que debemos desvelar y descubrir ¿Qué es lo que esta fuerza tan misteriosa, que representa el alma profunda de la raza y lo trascendental en el interior del hombre, puede tener en común con las diosas de la guerra? Para comprender bien este punto habrá que recordar que los antiguos indo-germanos tenían una concepción de la propia inmortalidad, por así decirlo, aristocrática, diferenciada. No todos escaparían a la disolución, a esta supervivencia lemúrica de la que «Hades» y «Niflheim» eran antiguas imágenes simbólicas... La inmortalidad fue un privilegio de bien pocos; y, según la concepción aria, un privilegio heroico principalmente. El hecho de sobrevivir -no como sombra, sino como semidios-, está reservado solamente a aquellos a los que acciones espirituales han elevado de una a otra naturaleza. Aquí, no puedo por desgracia, suministrar las pruebas para justificar lo que doy como afirmación: técnicamente, estas acciones espirituales logran transformar el yo individual, el de la consciencia humana normal, en una fuerza profunda, supra-individual, la fuerza individuante, que está más allá del nacimiento y de la muerte y a la cual, como se dijo, corresponde el concepto de "demonio". Pero, sin embargo, el demonio está mucho más allá de todas las formas finitas en que se manifiesta, y esto no solamente ya porque representa la fuerza primordial de toda una raza, sino que también bajo el aspecto de la intensidad. El paso brusco de la consciencia ordinaria a esta fuerza, simbolizada por el demonio, suscitaba, por consiguiente, una crisis destructiva; parecida a un relámpago como fruto de una tensión de potencial demasiado alta en y para el circuito humano. Suponemos por ello, que en condiciones excepcionales, el demonio puede igualmente aparecer en el individuo y hacerle experimentar el tipo de una transcendencia destructiva; y así. en este caso, se produciría una especie de experiencia activa de la muerte, y la segunda relación aparecía por tanto muy claramente, es decir, porque la imagen de doble o demonio en los mitos de la antigüedad ha podido confundirse con la divinidad de la muerte. En la vieja tradición nórdica, el guerrero ve su propia walkyria en el mismo instante de la muerte o del peligro mortal.

Vayamos más lejos. En la Ascesis religiosa, mortificación, renuncia al Yo, tensión en el desamparo de Dios, son los medios preferidos; a través de los que se busca, precisamente, provocar la crisis mencionada y superarla positivamente. Expresiones como "muerte mística" o bien "noche oscura del alma", etc., etc., que indican esta condición, son de todos conocidas. De forma opuesta, en el cuadro de una tradición heroica, el camino hacia el mismo fin está representado por la tensión activa, por la liberación dionisiaca del elemento Acción. Observamos por ejemplo, al nivel más bajo de la fenomenología correspondiente,la danza empleada como técnica sacra para evocar y suscitar a través del éxtasis del alma, fuerzas subyacentes en las profundidades. En la vida del individuo liberado por el ritmo dionisiaco se inserta otra vida casi como el florecimiento de su raíz basal. Las Erinias, Furias, "Horda salvaje", y otras varias entidades espirituales análogas representan esta fuerza en términos simbólicos. Todas corresponden por consiguiente a una manifestación del demonio en su transcendencia aterradora y activa. A un nivel más elevado se sitúan ya los sacros juegos guerreros y deportivos y aún todavía más alto se encuentra la misma guerra. Así retornamos de nuevo a la concepción aria primordial y la ascesis guerrera. En la cumbre del peligro del combate heroico, se reconoce la posibilidad de esta experiencia supra-normal. Así la expresión latina "ludere", jugar o desempeñar un papel, combatir-, parece contener la idea de resolución(13). Esa es una de las numerosas alusiones a la propiedad comprendida en el combate, de desatarse de las limitaciones individuales; de hacer emerger fuerzas libres escondidas en la profundidad. De aquí deriva el fundamento de la tercera asimilación: los Demonios, los Dioses Lares, como el Yo individuante, son idénticas no solamente a las Furias, Erinias y a las otras naturalezas dionisiacas desencadenadas, que, por su parte, tienen muchas características comunes con el deseo de muerte; tienen también igual significación, por su relación con las vírgenes que conducen héroes al asalto en la batalla, a las «Walkyrias» y las «Fravashi». Así, las «Fravashi» son descritas en los textos sagrados, por ejemplo, como "las aterradoras, las todopoderosas", "aquellas que escuchan y dan la victoria al que las invoca"; o, para decirlo ya más claramente, a aquel que las invoca en el interior de sí mismo.De ahí a la última con la normal consciencia ordinaria. Así es como ellas, Furias y Erinias, nosreflejan una manifestación especial de desencadenamiento y de irrupción demoníaca -y las Diosas de la Muerte, «Walkyrias», «Fravashi», etc..., se relacionan con las mismas situaciones; en la medida en que son posibles a través de un combate heroico- de igual forma la Diosa de la Victoria es la expresión del triunfo del yo sobre este poder. Indica la tensión victoriosa respecto de una condición situada más allá del peligro, inserto en el éxtasis y en las formas de destrucción sub-personales, un peligro siempre emboscado detrás del momento frenético de la gran acción dionisiaca, y también, de la acción heroica. El impulso hacia un estado espiritual realmente supra-personal, que nos hace libres, inmortales, interiormente indestructibles, lo ilustra la frase "Convertir dos en uno" (los dos elementos de la esencia humana) que se sintetiza pues en esta representación de la consciencia mítica. Pasemos ahora al significado dominante de estas tradiciones heroicas primordiales, es decir, a esta concepción mística de la victoria. Aquí la premisa fundamental es que una correspondencia eficaz entre física y metafísica, entre visible e invisible fue conocida allí donde los actos del espíritu en la victoria efectiva. Entonces todos los aspectos materiales de la victoria militar se convierten en expresión de una acción espiritual que ha suscitado la victoria, en el punto en que exterior e interior se tocan. La victoria aparecería como signo tangible para una consagración a un renacimiento místico acometido en el mismo dominio. Las Furias y la Muerte, que el guerrero había afrontado materialmente en el campo de batalla, se le oponen también, interiormente, más en el plano espiritual, bajo la forma de una irrupción amenazante de las fuerzas primordiales de su ser. En la medida en que triunfe sobre ellas, la victoria es suya. En este contexto se explica también la razón por la que cada victoria toma especial significado sacro en el mundo ligado a la tradición. Y de esta forma el jefe del ejército, aclamado en los campos de batalla, ofrecía la experiencia y la presencia de esta fuerza mística que le transformaba a él. El sentido profundo del carácter supra-terrestre emergente de la gloria y de la heroica divinidad" del vencedor se hace así más comprensible; y de ahí, el hecho de que la antigua tradición romana del triunfo tuviese rasgos más sacros que militares. El simbolismo recurrente en las tradiciones arias primordiales de Victorias, «Walkyrias» y otras entidades análogas que guían al "cielo" el alma del guerrero...;así como el mito del héroe victorioso como el HERACLES dorio que obtiene de NIKE "la Diosa de la Victoria", la corona que le hace partícipe de la inmortalidad olímpica. Este símbolo se manifiesta ahora bajo una luz muy diferente y en adelante resulta claro que es totalmente falso y superficial este modo ignorante de ver, que no querría distinguir en todo esto nada más que simples "poesía", retórica y fábula. La teología mística actual enseña que en la Gloria se cumple la transfiguración espiritual santificante, y toda la iconografía cristiana rodea la cabeza de los santos y mártires de la aureola de la gloria. Todo nos indica que se trata de una herencia aunque muy debilitada de nuestras tradiciones heroicas más elevadas. La tradición ario-iraniana, ya conocía, de hecho, el fuego celeste entendido como gloria -«Hvareno»-, que desciende sobre los reyes y verdaderos jefes, los hace inmortales y les permite llevar así el testimonio de la victoria... La antigua corona real de rayos simbolizaba, exactamente, la gloria como fuego solar y celeste. Luz, esplendor solar, gloria, victoria, realeza divina, son esas imágenes que se encontraban en el seno del mundo ario, en la más estrecha relación; no como abstracciones o invenciones del hombre sino con el claro significado de fuerzas y dominios absolutamente reales. Y en este contexto, la Doctrina Mística de la Lucha y de Victoria representa para nosotros un vértice luminoso de nuestra común concepción de la acción en el sentido tradicional.

Esta concepción tradicional nos habla hoy; de forma todavía comprensible para nosotros -a condición naturalmente, de que nos desviemos de sus manifestaciones exteriores y condicionadas por el tiempo-. Entonces, al igual que en el presente, se quiere así superar esta espiritualidad cansina, anémica o basada en simples especulaciones abstractas o en mortecinos sentimientos piadosos, y a la vez que se sobrepasa también la degeneración materialista de la acción. ¿Se puede encontrar para esta tarea mejores puntos de referencia que los ideales mencionados del ario primordial?. Pero hay mucho más. Las tensiones materiales y espirituales son comprimidas hasta tal punto en el Occidente de estos últimos años que no pueden ser ya resueltos más que a través del combate. Con la guerra actual, una época va dominadas y transformadas en la dinámica de una nueva civilización tan sólo por unas ideas abstractas, unas premisas universalistas o por medio de mitos ya conocidos irracionalmente. Ahora, una acción mucho más profunda y esencial se impone, para que mucho más allá de las ruinas de un mundo subvertido y condenado, una nueva época comience para Europa. Sin embargo, en esta perspectiva mucho dependerá de como el individuo pueda dar forma a la experiencia del combate; es decir, si estará a la altura de asumir heroísmo y sacrificio como propia catarsis, como un medio de liberación del despertar interior. No solamente para la salida definitiva, y victoriosa de los sucesos de este período tempestuoso, sino aun también para dar una forma y un sentido al orden que surgirá de la victoria. Esta tarea de nuestros combatientes -interior, invisible apartada de gestos y grandes palabras-, tendrá un carácter decisivo. Es en la batalla misma donde es necesario despertar y templar esta fuerza que, más allá de la tormenta de la sangre y de las privaciones favorecerá, con un nuevo esplendor y una paz todopoderosa, la nueva creación. Por esto, se debería aprender hoy sobre el campo de batalla, la acción pura, una acción no solamente en el sentido de ascesis viril sino también de gran purificación y de camino hacia formas superiores de vida, válidas en si mismas y por ellas mismas; éso que no obstante, tiene en cierta forma, el sentido de una vuelta a la tradición primordial del ario-occidental. Desde los tiempos antiguos resuenan todavía hasta nosotros las palabras: "la vida, como un arco;el alma, como una flecha; y el espíritu absoluto, como una diana a traspasar". Ya que aquel que, todavía hoy, vive la batalla en el sentido de esta identificación, este persistirá en pie allí donde los otros caerán; tendrá una fuerza invencible. Este hombre nuevo vencerá en sí, todo el drama y toda oscuridad, todo el caos y representará la llegada de los nuevos tiempos, el comienzo de un nuevo desarrollo... Este heroísmo de los mejores, según la tradición aria primordial, puede realmente, asumir una función evocadora; es decir, la función de restablecer de nuevo el contacto, adormecido desde hace muchos siglos, entre mundo y supra-mundo. Entonces el combate no se convertirá en una horrible gran carnicería, no tendrá el sentido de un destino desesperado, condicionado únicamente por el único deseo de ganar poder, sino que será la prueba del derecho y de la misión de un gran pueblo. Entonces la paz no significará un ahogo en la oscuridad burguesa cotidiana, ni el alejamiento de la tensión espiritual de la lucha en batalla, sino que tendrá, todo lo contrario, el sentido de un cumplimiento de ella. Es también, y justo es por ella, que queremos hacer nuestra, de nuevo, la profesión de fe de los antiguos; tal como se expresa y muy bien, en las siguientes palabras: "La sangre de los héroes es más sagrada que la tinta de los sabios y las plegarias de los devotos". Que éso se encuentra justamente en la base profunda de la concepción tradicional, y según la cual, en la "guerra santa" operan mucho más fuertes que los individuos las místicas fuerzas primordiales de la raza. Estas fuerzas de los orígenes crean los imperios .

NOTAS:

(1) «Wildes Herr»: Grupo salvaje, horda tempestuosa

(2) Gylfaginning

(3) Bhagavad-Gitâ III,43 (Trad. de Emile Senart, París 1967)

(4) Corán VI, 76

(5) Corán XLVII

(6) «De laude novae militiae»

(7) Bhagavad-Gitâ II, 2

(8) II, 37

(9) III, 30

(10) II, 38

(11) Mârkandeya-purâna, XLII, 7, 8

(12) "Acompañante", literariamente

(13) Bruckmann; Indogerm. Forschungen. XVIII, 433 Q.C.K

Acerca del Movimiento Tacuara

Acerca del Movimiento Tacuara

Dos formas de ver la historia por Roberto Bardini

El domingo 16 de noviembre, el diario La Nación, de Buenos Aires, publicó un comentario de Luis Alberto Romero sobre dos libros más o menos recientes que tratan el mismo tema. El artículo de Romero se titula “Años de plomo” y se refiere a Tacuara, historia de la primera guerrilla urbana argentina, de Daniel Gutman (editorial Vergara-Grupo Zeta, 333 páginas) y Tacuara: la pólvora y la sangre, de mi autoría (editorial Océano, 254 páginas). Desde ya pido disculpas por dedicar este espacio a un tema que me toca de cerca.
 

La Nación es un diario de tendencia liberal conservadora. Desde hace más de un siglo representa a los sectores agrícola-ganaderos, es portavoz de la llamada “alta sociedad” –si por eso se entiende a la Sociedad Rural y al Jockey Club, entidades de los terratenientes locales– y vocero de la Unión Industrial Argentina. Periódico antiperonista y, en general, antipopular, se alineó con la última dictadura militar (1976-1983), aplaudió el desguace neoliberal encabezado por el incalificable Carlos Menem y hoy coloca bajo el microscopio al presidente Néstor Kirchner, a quien considera casi un rojo.

Tacuara es un fenómeno que, a 37 años de su extinción, permanece en una especie de “noche y niebla” para las nuevas –y no tan nuevas– generaciones. Todavía hoy cuando se menciona al movimiento juvenil que conmovió la década de los 60 en Argentina, periodistas e intelectuales caen el lugar común y la frase hecha: “grupo nazi” o “banda fascista”. En cambio, en un artículo titulado “Los jóvenes fascistas descubren su país”, publicado en el semanario uruguayo Marcha en 1967, Eduardo Galeano observó prematura y lúcidamente,:

Del mismo tronco original provienen los tacuaras que terminaron en el peronismo de izquierda y los que se sumaron al peronismo de derecha, los que abrazaron el marxismo-leninismo y los que ofician de guardaespaldas de ciertos burócratas sindicales; los que pintan, todavía, en los muros, cruces svásticas y consejos: “Degüelle un comunista por día”. De la misma fuente salieron las viudas de Hitler y los devotos de Perón, Mao y Fidel. (...) Definiéndose por lo que rechazaba, pero sin una idea clara de lo que buscaba, de ideología prestada, imprecisa y contradictoria, Tacuara continuó desprendiendo, hasta el fin, subgrupos que se fueron separando como consecuencia de la lucha interna de tendencias (...). Casi todos los grupos terroristas de derecha que han sobrevivido, provienen de aquella matriz, y dentro del peronismo hay núcleos de todos los matices, desde los marxistas hasta los rosistas, que salieron de Tacuara: todas las posiciones y todas las actitudes reflejan hoy, desde la desintegración, lo que fue aquella heterogénea congregación de jóvenes furiosos unidos por sus mitos y su estilo.
Al final de mi libro (y pido otra disculpa por autocitarme) menciono el caso de muchos ex tacuaras que se desgajaron del tronco original y en los años 70 continuaron militando en otras organizaciones políticas, armadas o no:
Hoy, a la distancia, son mirados con rencor por los nacionalistas a secas, con desconfianza por los sectores “liberales” o “democráticos” y con desdén por los izquierdistas “científicos”. El imaginario colectivo argentino, estimulado por formadores de opinión –locales y foráneos– “tramposos”, tiende a mezclar en el mismo lodo a los nacionalistas ultramontanos que colaboraron con la dictadura militar y a los nacionalistas revolucionarios masacrados por esa misma dictadura.

El norteamericano David Rock, por ejemplo, llega al colmo de la simplificación. Según él, “los nacionalistas mantuvieron vivas arcaicas ideas clericales y escolásticas (...). Sus consignas se convirtieron en un medio para lanzar a las masas a la calle. Indujeron, a su vez, a los militares a verse a sí mismos como «la última aristocracia» y como los guardianes de «un territorio sagrado y del estilo de vida Occidental y Cristiano», que sólo debían responder ante Dios y la Historia”.

Hubo, sin embargo, nacionalistas que se diferenciaron notoriamente de estos esquemas y esa diferenciación los llevó al “encierro, el destierro o el entierro” como a miles de otros militantes populares. Entonces Rock los denomina “ultraizquierdistas”.

Luis Alberto Romero es hijo del historiador José Luis Romero (1909-1977), considerado un “ humanista”. Es profesor en Historia (Universidad Nacional de Buenos Aires), profesor de Historia General en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA y docente de las maestrías en Ciencias Sociales de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) y de la Universidad Nacional de Tucumán. Ha publicado Sectores populares, cultura y política: Buenos Aires en la entreguerra (con Leandro Gutiérrez, 1995), Volver a la historia (1997), Grandes discursos de la historia argentina (con Sylvia Saítta, 1998) y Argentina. Crónica social del siglo XX. Ha sido director académico de la colección "Historia visual argentina", publicada por el diario Clarín, y de la colección "Los nombres del poder", del Fondo de Cultura Económica.

Mi amigo Néstor Gorojovsky, del Partido de la Izquierda Nacional, escribió acerca de él en un mensaje divulgado el 12 de noviembre de 2002 por internet:

“El historiador Luis Alberto Romero es uno de los figurones indiscutibles del mortecino Olimpo gorila. Heredero y albacea intelectual del reaccionario medievalista y «socialista» ilustrado José Luis, quien fuera el hombre de la Revolución Libertadora en la Universidad de Buenos Aires, Luis Alberto no ha llegado a los kilates académicos de su progenitor. Pero sí mantuvo intacto el gorilismo y el odio a la causa nacional democrática. Es así que, cuando en 1983 el Proceso Militar transmutó en Proceso Constitucional, Luis Alberto Romero se convirtió en uno de los principales referentes universitarios del alfonsinato. En ese carácter, y mientras sus conmilitones sufrían el permanente acoso de la clase trabajadora liderada por Saúl Ubaldini, Romero buscaba refugio en los tiempos pre-peronistas, indagando la construcción de un sujeto histórico obrero pacífico e integrado”.
Luego de leer el comentario de Romero en La Nación, me llegó un mensaje de Rolando Mermet (rmermet@yahoo.com.ar), del Centro de Estudios Nacionales Arturo Jauretche, donde a fines de marzo de 2003 presenté Tacuara: la pólvora y la sangre. En ese mensaje, Mermet incluye el texto que leyó Roberto Baschetti, uno de los presentadores del libro. Y aclara que ese escrito –al que, con atrevimiento, titulé “Anatemas y estigmas al por mayor”– permaneció inédito desde aquel día. Gracias a Rolando, RODELU ofrece una novedad a sus lectores.

Baschetti es técnico en Publicidad y sociólogo. Primer Director del Centro de Investigaciones de la Biblioteca Nacional (CIBINA), de Buenos Aires, publicó más de diez obras de historia política argentina, entre las que se destacan Documentos de la Resistencia Peronista 1973-1976, Rodolfo Walsh, vivo, Documentos 1970-1973: de la guerrilla peronista al gobierno popular y Eva Perón - Bibliografía 1936-2002. También ha escrito colaboraciones para libros que analizan la influencia del Che Guevara y John William Cooke en el proceso revolucionario argentino. Actualmente trabaja en un libro sobre la vida y la militancia del poeta montonero Francisco “Paco” Urondo.

Así es que hoy decidí ceder mi espacio en rodelu a los comentarios de Romero y Baschetti, convencido de que uno y otro encarnan dos formas distintas de ver la historia. Seguramente hay otras perspectivas para analizar el pasado reciente, pero ofrezco las que ahora tengo a mano. Los lectores de esta publicación electrónica no mastican vidrio y podrán sacar su propias conclusiones.


Años de plomo

Luis Alberto Romero

La coincidente aparición de dos libros periodísticos referidos a Tacuara nos permite conocer en detalle una organización política poco estudiada, importante por sus acciones espectaculares en la década posterior a la caída de Perón, y sobre todo, por haber sido la escuela de varios militantes de notoria actividad luego de 1966.

En sus años de esplendor, a principios de los años sesenta, el Movimiento Nacionalista Tacuara tenía una organización extendida y laxa, que acogía militantes con experiencias y expectativas variadas. Antes que una agrupación orgánica, fue un plexo de movimientos y corrientes. Recogió en primer lugar la militancia católica nacionalista, fuerte en los años anteriores a 1946 y revitalizada en 1955. Eran viejos cuadros, formados junto al padre [Julio] Meinvielle o a algunos intelectuales europeos nostálgicos del III Reich, que habían recalado en nuestro país. A ellos se sumaron muchos jóvenes con escasa formación política, quizá proveniente de las lecciones de algún profesor enrolado en el revisionismo histórico.

Para muchos, fue la primera experiencia política, estimulada por la reacción contra el gobierno militar de la Revolución Libertadora, al que se acusaba de liberal, antinacional y antipopular. La creciente atracción del peronismo proscrito y los aires revolucionarios de la Revolución Cubana alentaron la incorporación de nuevos contingentes e hicieron crecer la agrupación. En un momento, las nuevas opciones políticas --como la Revolución Cubana-- pusieron de manifiesto diferencias de ideas y objetivos. Comenzó entonces el proceso de división y finalmente cada uno de los militantes buscó un rumbo distinto.

Por entonces, Tacuara apareció asociada con algunos hechos espectaculares y reveladores: el asalto al Policlínico Bancario en 1963, el asesinato de Raúl Alterman en 1964, quizá por ser judío, quizá por ser comunista, el "Operativo Cóndor" (un aterrizaje en las Islas Malvinas en 1966). Ya los grupos estaban diferenciados y los destinos fueron notablemente diversos. Algunos de quienes pasaron por Tacuara llegaron a los partidos armados; otros, al peronismo duro o al matonismo sindical. Muchos rodearon al general [Juan Carlos] Onganía y algunos aparecieron entre las bandas parapoliciales o las fuerzas del terrorismo estatal. El subjefe de Tacuara, Joe Baxter, terminó militando en el ERP [Ejército Revolucionario del Pueblo] mientras que el jefe, Alberto Ezcurra Uriburu, tomó los hábitos y junto al Vicario Castrense hizo en 1976 la apología del terrorismo de Estado. Otro dato significativo: el 20 de junio de 1973, en Ezeiza había ex militantes de Tacuara a la cabeza de uno y otro bando.

Tamaña dispersión, largamente testimoniada en estos dos volúmenes, tiene que ver con lo que aparece como el rasgo más característico de Tacuara. No los unía una ideología, en el sentido más clásico del término, sino una actitud, un sentimiento y una forma de entender la acción política, en términos de "tono sostenido", camorra, agresión, violencia física y finalmente terrorismo. Un arco que sus militantes recorrieron quizás un poco antes que otros, pero que en definitiva fue similar al de una buena parte de la sociedad argentina en la década del setenta.

Los dos libros aquí comentados son diferentes y en cierto modo complementarios. Bardini militó en Tacuara cuando era un adolescente de catorce años. Su testimonio, a la distancia, combina los recuerdos –corroborados por una buena investigación periodística– con sus experiencias posteriores, que lo llevan a resignificar algunas de sus vivencias juveniles. Su trabajo muestra la riqueza, pero a la vez los límites y los riesgos que tiene el uso de la memoria de los protagonistas para los investigadores. Gutman es un joven periodista, que enfoca la cuestión de manera distanciada. Su libro, ampliamente apoyado en la prensa y en entrevistas, carece de la pasión y las vivencias del de Bardini, pero la exposición es ordenada, clara y metódica.

Ambos libros se encuadran en el género periodístico. Una investigación histórica requiere además una crítica más exhaustiva de las fuentes y testimonios, y sobre todo, una contextualización más amplia del problema: los procesos sociales y culturales que se cruzan en la experiencia de Tacuara son complejos y diversos. Las obras de Gutman y de Bardini contribuyen con una primera versión, un borrador, de este fragmento del pasado reciente. Hay en ellos una invitación al trabajo de los historiadores profesionales, que están comenzando a incursionar sistemáticamente en esta etapa de nuestro pasado reciente


Anatemas y estigmas al por mayor

Roberto Baschetti

Tacuara: “Variedad de caña maciza, de hasta 10 metros de alto y de follaje muy denso, con la corteza lisa y sin espinas, con abundantes ramificaciones en sus nudos”. Ésa es la definición que puede encontrarse en el Diccionario del español de Argentina, editado por Gredos.

Repasemos parte de la definición: “Caña maciza, corteza lisa y sin espinas, con abundantes ramificaciones en sus nudos”, una excelente

aproximación por la metáfora a esa otra tacuara, mezclada con pólvora y con sangre, que da el título a este magnifico libro de Roberto “Tito” Bardini.
Porque lamentablemente, pólvora y sangre fueron elementos que en abundancia y con generosidad se desparramaron por todo el contorno de nuestra argentina a partir de 1955, cuando un golpe de estado oligárquico, dio por tierra con el segundo gobierno constitucional de Juan domingo Perón e inauguro una serie de dictaduras militares y/o gobiernos civiles debilitados y digitados desde los Estados Unidos.

El sistema, hábil para detectar a los revolucionarios y aislarlos del conjunto, hizo caer sobre los muchachos de tacuara anatemas, estigmas y excomuniones al por mayor. “Bandidos, delincuentes, terroristas, fascistas, nazis, desequilibrados mentales” fueron solo algunos de los adjetivos calificativos que les regaló la prensa del establihsment para denigrarlos. Veremos que no todos sus componentes eran iguales y pensaban del mismo modo.

Los acusadores, parecían olvidarse que en Argentina la violencia política no nació con los tacuaras, sino como dije antes, con la interrupción del orden constitucional. Veamos la cantidad de hechos de violencia que se sucedieron con anterioridad al 29 de agosto de 1963, fecha del asalto al Policlínico Bancario por el Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara (mnrt):

1. Bombardeos a Plaza de Mayo en junio de 1955. Único caso en la historia, en que las fuerzas armadas de un país (en este caso aeronáutica y marina) bombardean a connacionales a cielo abierto.

2. Golpe militar del 16 de septiembre de 1955 (Revolución Libertadora) que derroca a un presidente constitucional elegido democrática y libremente por el 62.49% de los votos.

3. Intervención y conculcación de derechos a la Confederación General del Trabajo, que por entonces nuclea a casi 6 millones de trabajadores

4. Instauración del decreto ley 4161 que prohíbe al peronismo.

5. Robo del cadáver de Eva Perón por fuerzas armadas que se decían “occidentales y cristianas”.

6. Adhesión al Fondo Monetario Internacional, con lo que comienza nuestra larga marcha hacia la degradación económica.

7. Fusilamiento de soldados y civiles peronistas en junio de 1956, sin juicio previo.

8. En 1958, [Arturo] Frondizi sube con los votos peronistas y traiciona el mandato popular y el pacto establecido con Perón

9. En consonancia con los dictados del FMI, Álvaro Alsogaray lanza un plan económico de austeridad (que será de austeridad para los trabajadores solamente y de acumulación de riquezas para la oligarquía terrateniente y las empresas extranjeras).

10. En enero de 1959, es ferozmente reprimida la toma y posterior huelga del frigorífico Lisandro de la Torre defendido por los trabajadores para evitar su desnacionalización.

11. Frondizi apela a leyes represivas e implanta el Plan Conintes (Conmoción Interna del Estado).

12. El 18 de marzo de 1962 gana la elección a gobernador en la provincia de Buenos Aires, la fórmula peronista Framini-Anglada. Frondizi anula las elecciones.

13. El gobierno de [José María] Guido (1962-1963) tiene el triste privilegio de provocar el primer secuestrado-desaparecido de la argentina: Felipe Vallese, militante de Juventud Peronista y delegado gremial metalúrgico.

Como bien dice en el prólogo del libro José Steinsleger: “¿Cómo éramos? Éramos violentos. Violentados más que violentos. antes de cumplir los 10 o 15 años asistimos al inicio sangriento de la desintegración nacional que hoy sigue legal y pacíficamente por lo social”.

 Los jóvenes de Tacuara, como tantos otros jóvenes, pelean por cambiar el mundo de acuerdo a su ideología y a la visión que tiene del mismo. Desconfían y aborrecen a esa democracia liberal que solamente ha logrado hundir aun más al país. Y están convencidos (los de Tacuara y muchos otros jóvenes más que luego vendrán) que solamente la muerte puede apartarlos de su cometido: “Patria o muerte”, dicen los seguidores de Fidel y el Che; “Perón o muerte, viva la patria”, dirán los muchachos de la jp setentista; “A vencer o morir por la Argentina”, exclamarán los jóvenes del prt-erp para ese mismo tiempo; “Volveremos vencedores o muertos”, afirman ahora, estos pibes de la cruz de Malta.

Al respecto resulta muy útil exhumar un artículo de John William Cooke, aparecido en Marcha, con motivo de que la justicia de Uruguay debía pronunciarse sobre la extradición de José Luis Nell, requerido por la justicia argentina como presunto integrante del comando del mnrt que asaltó el Policlínico Bancario de Buenos Aires. Allí dice Cooke: “La trayectoria de Nell ejemplifica la de muchos jóvenes que iniciaban su vida política hace mas o menos una década en medio de las frustraciones de una argentina manejada por una minoría rapaz que abdicaba de nuestra autodeterminación política y económica, mientras el pueblo, súper explotado y proscrito, no lograba traducir su protesta en una lucha efectiva por la toma del poder. debo omitir referirme al complejo de circunstancias que llevó a un sector de la juventud a ver en las organizaciones nacionalistas de extrema derecha el camino para terminar, por medio de la acción directa, con este estado de cosas. Pero, en la medida que los impulsaba un auténtico fervor popular y patriótico, fueron percibiendo la naturaleza de ese nacionalismo violento, reaccionario y folklórico, que tras el fuego de su retórica no ofrecía un programa revolucionario sino saldos y retazos ideológicos trasplantados a los fascismos europeos. Sus núcleos paramilitares, lejos de ser dispositivos de combate revolucionario, eran engranajes del establishment…”

Pibes que, como bien explica Bardini, “tienen entre 14 y 16 años, la mayoría pertenece a la clase media y son considerados chicos bien. Muchos son alumnos de colegios religiosos que antes estaban reservados a la oligarquía terrateniente o a la alta burguesía provincial”. Pero concluido el conflicto entre enseñanza laica o libre “un nuevo aluvión juvenil –cito nuevamente a Bardini- llega de los barrios periféricos y desborda la capacidad de absorción de tacuara. Lo nuevo ahora, son los apellidos tanos, gallegos y sirio-libaneses, las solicitudes de afiliación que llegan de Flores, Lanús, Quilmes, Avellaneda: es el medio pelo”

Andrés Castillo aclara sobre su incorporación a esa organización que “casi todos los chicos del barrio entran a Tacuara, pero nosotros –ahí adentro- seguíamos manteniendo nuestra identidad peronista. Nos integramos por el tema del nacionalismo, de la violencia, de la verdad de los puños y las pistolas, por encima de lo racional…”.

A partir del fenómeno peronista, entonces, también en Tacuara tal como sucede en sus antípodas políticas (en el Partido Socialista y en el Partido Comunista, por ejemplo), comienzan a dividirse las aguas.

Roberto Bardini con paciencia de artesano va desgranando, en este libro que hoy presentamos, cada una de las diferentes alternativas que ofrecía aquella Tacuara original: la ruptura hacia la derecha de la Guardia Restauradora Nacionalista, el nacimiento del Movimiento Nueva Argentina funcional al peronismo, el surgimiento del Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara (MNRT), desde donde muchos de sus militantes se integrarán al peronismo revolucionario, es decir, a la tendencia revolucionaria del peronismo.

A posteriori, Bardini se preocupa en Tacuara, la pólvora y la sangre por recuperar las biografías de aquellos militantes más paradigmáticos que comenzaron su militancia política en dicha organización. Queridos compañeros como Alfredo Ossorio, Jorge Caffatti, Tomislav Rivaric, Carlos Dasso, Edgardo Salcedo, Joe Baxter y José Luis Nell, entre tantos otros.

Un Joe Baxter lúcido e implacable en sus definiciones, que supo apuntar al enemigo agazapado, cuando en un acto realizado en Filosofía y Letras afirma: “No solo hay liberalismo cipayo e izquierdismo cipayo: hay también nacionalismo cipayo”, que son aquellos que “creen que la batalla por la soberanía argentina se jugó en la Cancillería de Berlín en 1945”. Para luego afirmar: “Hay una tradición nacionalista equivocada que hace que muchos militantes nacionalistas terminen siendo delatores policiales o fuerzas de choque de la oligarquía”. Concluirá su alegato advirtiendo: “Hacer antisemitismo ahora es crear un problema artificial de tipo divisionista. El problema no se da entre blancos y negros, católicos y judíos, sino entre explotadores y explotados”.

Un Tomislav Rivaric que, apresado por su participación en el asalto al Policlinico Bancario (29 de agosto de 1963), tuvo la valentía de no deslindar responsabilidades, pese a los graves cargos que afrontaba.

El juez que entendía en la causa lo interrogó de la siguiente manera:

- Dígame, Rivaric, ¿usted se bajó antes del vehículo porque se arrepintió y no quiso participar de la segunda parte del delito?

Posiblemente, Tomi, como cariñosamente lo apodaban sus compañeros, hubiese podido ocultar la verdad para lograr más rápidamente su libertad o reducir sustancialmente la pena, si respondía afirmativamente a la pregunta del juez. Sin embargo, su respuesta fue un ejemplo de compromiso con su causa:

- No, señor juez, yo me bajé del vehículo porque ya había cumplido mi parte y porque así lo había dispuesto la organización.

La importancia fundamental del libro que hoy presentamos radica en que aniquila, destruye, pulveriza a todos esos formadores “tramposos” de opinión –de aquí y del exterior– que se empeñan, se afanan y tergiversan para poder mezclar en el mismo lodo, por meter en la misma bolsa, a los nazionalistas ultramontanos que colaboraron con la última dictadura militar, por ejemplo, con los nacionalistas populares y revolucionarios, secuestrados, torturados y desaparecidos por esa misma dictadura. Los primeros –nazis y fascistas– defendían la perpetuidad de un orden injusto y desigual, arcaico y ultramontano por donde se lo mire. Los segundos peleaban por una patria justa, libre y soberana, con salud, trabajo y educación para todos, “combatiendo al capital” como dice la olvidada estrofa de la Marcha Peronista y también luchando y presentando batalla contra el imperialismo donde quiera que el mismo se encuentre.

Roberto Bardini, dando a conocer el libro de su autoría, Tacuara, la pólvora y la sangre, que hoy nos reúne y nos convoca, sigue asumiendo el compromiso de decir la verdad, de ponerse del lado del pueblo y de enfrentar a los poderosos, aunque le cueste, como alguna vez, amenazas contra su vida, la persecución despiadada y el exilio obligado.

20 de Noviembre de 2003

© Roberto Bardini
Copyright © 2003 Movimiento Bambú

La Polvora y la Sangre

La Polvora y la Sangre

"Tacuara", 1963: El asalto al policlínico bancario autor: Roberto Bardini

Poco antes de las 11 de la mañana del jueves 29 de agosto de 1963, una ambulancia con la sirena encendida llegó al estacionamiento del Policlínico Bancario, ubicado en el barrio de Flores, frente a la plaza Irlanda. El conductor y su acompañante vestían guardapolvos blancos y declararon al guardia de la entrada que traían a un enfermo. El custodio observó que en la parte trasera del vehículo un hombre de rostro pálido yacía dormido en la camilla, cubierto por una sábana, y les permitió entrar.

Casi inmediatamente arribó al lugar una camioneta IKA de la Dirección de Servicios Sociales Bancarios con 14 millones de pesos de la época (alrededor de 100.000 dólares) destinados al pago de los sueldos del personal. A bordo del vehículo venían dos empleados administrativos custodiados por un sargento de la Policía Federal.

Dentro del policlínico, alrededor de cien personas -entre médicos, enfermeras y trabajadores- formaban fila ante la ventanilla de cobranzas. Como de costumbre, dos oficinistas salieron del edificio y se dirigieron a la camioneta para recibir los paquetes con el dinero.

-¡Quietos! ¡Esto es un asalto! se escuchó de pronto.

Las miradas del suboficial y de los cuatro empleados se volvieron hacia un joven rubio que empuñaba una ametralladora PAM. Paralizados momentáneamente no alcanzaron a ver a otros dos muchachos que los apuntaban con pistolas, escondidos entre los coches estacionados.

Ante un movimiento del policía, el rubio disparó una ráfaga: dos ordenanzas murieron en el acto mientras el sargento y los tres oficinistas rodaban por el suelo, heridos. Las personas que caminaban por el lugar se arrojaron cuerpo a tierra o corrieron hacia el edificio.

Repentinamente, aparecieron los dos jóvenes que estaban ocultos, tomaron los paquetes con el dinero y los subieron a la ambulancia que había llegado antes. En pocos minutos más todos los asaltantes huyeron.

A partir de la alarma, la División Robos y Hurtos de la Policía Federal citó a un testigo presencial, a dos empleados de la agencia de automotores donde quince horas antes se había alquilado la ambulancia y al chofer del vehículo, a quien le habían aplicado dos inyecciones a través del pantalón para adormecerlo (era el hombre pálido que yacía en la camilla de la parte posterior).

En la Sección Identificación, un comisario dibujante y experto en retratos hablados logró una descripción detallada de los asaltantes.

Los investigadores les mostraron a los testigos voluminosos álbumes con fotos de delincuentes con antecedentes. Al anochecer de ese mismo jueves 29 de agosto, la certeza era casi total: el asalto había sido cometido por dos conocidos malhechores con una extensa trayectoria al margen de la ley.

EL PIBE DE LA AMETRALLADORA

Al día siguiente, la Policía Federal hizo el anuncio: Félix Arcángel Miloro y Salustiano Franco eran los responsables del robo.

Miloro, alias El pibe de la ametralladora, tenía 27 años, medía un metro ochenta y cinco, y había sido integrante de la célebre banda de Jorge Villarino, hasta formar su propio grupo. El diario Clarín lo describió así: Bien parecido, alto, siempre sonriendo y vestido a la moda, su exterior recuerda antes al twist que a la pistola 45.

Franco, alias Salunga, tenía 33 años y todos sus hermanos eran delincuentes. Dos de ellos habían sido apresados en 1960, luego de un asalto en Barracas y un tiroteo con policías que se prolongó hasta Constitución.

La Policía Federal informó que muchos de los billetes de $ 5.000 eran de la serie “A” y su numeración iba desde el 04.578.001 hasta el 04.583.000.

La División Robos y Hurtos movilizó a sus 144 agentes tras los rastros de Miloro y Franco, consultó informantes, policías retirados, ladrones de segunda categoría y prostitutas, ordenó allanamientos y detenciones, e intensificó lo que en la jerga del periodismo policial se designa eufemísticamente como intensos interrogatorios.

No era para menos: según Clarín, el asalto al Policlínico Bancario “al constituirse por su importancia en el número uno de los ocurridos en nuestra capital en todos los tiempos, ha calado hondo en el ánimo de magistrados y funcionarios

Finalmente, un soplón dio la dirección de una vivienda en la provincia de Córdoba. El 10 de septiembre de 1963, alrededor de cien agentes federales se dirigieron velozmente al lugar. El aguantadero fue ubicado y rodeado. Adentro estaban Miloro y otro delincuente conocido como El gaitero Zarantonello; los acompañaba Ana Carbó, amiga de ambos.

Un oficial de policía ordenó a los gritos que se entregaran y que no intentaran escapar. Los pistoleros no se rindieron ni huyeron. Versiones posteriores indicaron que resistieron con coraje; un rumor aseguró que fueron literalmente masacrados.

Lo cierto es que el tiroteo duró media hora y cuando todo concluyó los cuerpos de El pibe de la ametralladora y El gaitero parecían coladores. En comparación, Ana Carbó fue casi afortunada: una ráfaga le arrancó la pierna izquierda.

El expediente del asalto fue cerrado y archivado.

LA TACUARA REVOLUCIONARIA

Seis meses después trascendió que Félix Arcángel Miloro había sido acribillado a balazos por error. El pibe de la ametralladora no había tenido ninguna vinculación con el asalto al Policlínico.

El joven rubio que empuñaba la PAM en la mañana del 29 de agosto se llamaba José Luis Nell Tacci (*) , descendía de irlandeses y era estudiante de Ciencias Jurídicas y Sociales. Sus compañeros lo apodaban Pepelu vivía en el barrio de Flores y uno de sus mejores amigos era un estudiante de Derecho y ex cadete del Liceo Militar General San Martín, llamado Envar El Kadri.

Otro de sus amigos, era José Joe Baxter, de 24 años, también estudiante de abogacía y empleado de Teléfonos del Estado. Nell y Baxter habían caído presos varias veces pero no eran delincuentes: eran militantes del Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara (MNRT).

Hasta entonces Tacuara estaba considerado como un activo grupo juvenil con gran inserción en los colegios secundarios de Buenos Aires, cuyos integrantes profesaban el revisionismo histórico y cuestionaban el sionismo.

Lo nuevo, ahora, era el agregado de Revolucionario a la denominación Movimiento Nacionalista. El asunto dio un giro de 180 grados, y de Robos y Hurtos pasó a la Dirección de Coordinación Federal y a la División de Orden Político.

Nell
, de 22 años de edad, estaba cumpliendo con el servicio militar en una base de la Fuerza Aérea en Río Gallegos (Santa Cruz). Al principio de su conscripción era chofer del ministerio de Defensa, pero fue enviado al sur como castigo al comprobarse que usaba automóviles del Ejército para -asuntos particulares (sus jefes, claro, aún no sabían en qué consistían esos -asuntos). Encapuchado y aún vistiendo el uniforme de soldado, Nell fue trasladado en avión a Buenos Aires el 26 de marzo.

En el aeroparque lo esperaba una custodia integrada por carros de asalto de la Guardia de Infantería, agentes de civil con armas largas y motociclistas del Cuerpo de Tránsito, que lo llevó directamente al Departamento Central de Policía, donde lo interrogaron hasta altas horas de la madrugada.

El 4 de abril de 1964, la Policía Federal informó que de enero a noviembre de 1963 los miembros del Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara habían protagonizado -cuarenta y tres hechos terroristas. Ahora se trataba de ataques a los centinelas de la Escuela Superior de Guerra, la Dirección General de Remonta y Veterinaria del Ejército, el Tiro Federal Argentino y el destacamento de guardia del Aeroparque -Jorge Newberry-, con el objetivo de apoderarse del armamento. También habían robado municiones de un camión de la firma Duperial-Orbea y de la fábrica de armas Halcón.

Los nuevos tacuaras también habían realizado atentados contra la fábrica Philips, estaciones de servicio ESSO, supermercados Minimax y empresas de origen británico y norteamericano. Según la policía, se habían descubierto planes para atacar la guarnición militar de Campo de Mayo y efectuar acciones de sabotaje contra la usina central de SEGBA (Servicios Eléctricos del Gran Buenos Aires), un gasoducto ubicado en La Plata y depósitos de Shell.

En allanamientos a varios domicilios se habían encontrado, además, una imprenta y volantes de apoyo a la Confederación General del Trabajo y a la Juventud Peronista.

Con relación a las nuevas pistas del asalto al Policlínico, la Policía Federal divulgó una extensa lista de dieciocho detenidos y once prófugos.

La lista de detenidos, publicada en el vespertino, La Razón, era la siguiente: Jorge Caffatti, Lorenzo Posse, Gustavo Posse, Tomislav Rivaric, Horacio Rossi, Mario Duaihy, Alfredo Ossorio, Osvaldo Vanzini, Dámaso Fernández, Luis Arean, Nelson Latorre, Adolfo Infante, Alberto Pascual Fürpass, Horacio Bonfanti, José Luis Nell, Luis Barbieri, Carlos Fuentes y Eduardo Álvarez. Los prófugos eran Federico Russo, Amílcar Fidanza, Horacio Iglesias, Alfredo Roca, Ricardo Viera, Rubén Rodríguez, Luis Alfredo Zarattini, Jorge Cataldo, Carlos Arbelos, José Baxter y Juan Carlos Brid.

Algunos de los detenidos y prófugos no habían participado del asalto pero eran buscados por otros hechos.

Casi todos eran estudiantes que trabajaban, pertenecían en su mayoría a la clase media, se
definían como peronistas y, detalle para ser tomado en cuenta, la edad promedio era de veinte años.

______________
(*) Jose Luis Nell es uno de los personajes del ultimo filme de Luis Coco Barone, la excelente  LOS MALDITOS CAMINOS, donde se habla de la vida de Nell, del sacerdote tercermundista Carlos Mugica, y de la mujer que fue asistente amadisima de Mugica y esposa de Jose Luis Nell, Lucia Cullen. En esta pelicula, se narran los sucesos del asalto al Policlinico Bancario y se entrevista a sus protagonistas, como es el caso del intelectual peronista Alfredo Ossorio.

No los olvidamos

No los olvidamos

UGO VENTURINI (MSI – Genova 18.04.70 Muerto de una pedrada lanzada por los izquierdistas durante un mitin de G Almirante)
CARLO FALVELLA (F.d.G. – Salerno 07.07.72 Muerto a cuchilladas por un militante anarquista mientras le sujetaban otros dos izquierdistas)
STEFANO E VIRGILIO MATTEI (MSI – Roma 16.04.73 Asesinados por militantes izquierdistas de la organización "Poder Obrero")
GIUSEPPE SANTOSTEFANO
(CISNAL – Reggio Calabria 31.07.73 Asesinado por militantes comunistas durante un acto del PCI)
MANUELE ZILLI (F.d.G. – Pavia 03.11.73 Asesinado por los golpes recibidos tras una agresión comunista)
GIUSEPPE MAZZOLA, GRAZIANO GIRALUCCI (MSI – Padova 17.06.74 Asesinados durante una incursión de las "Brigadas Rojas" a la sede del MSI de la federación de Padua)
MIKIS MANTAKAS (FUAN – Roma 28.02.75 Asesinado a tiros durante un asalto rojo a la sede del MSI de Ottaviano-Prati)
SERGIO RAMELLI (F.d.G. – Milano 29.04.75 Golpeado hasta morir por 10 militantes de "Vanguardia Obrera"
MARIO ZICCHIERI (F.d.G. – Roma 29.10.75 Asesinado a golpes de barras de hierro por un comando izquierdista frente a la sede del MSI del barrio Prenestino)
ENRICO PEDENOVI (MSI – Milano 29.04.76 Asesinado a tiros por militantes de izquierda)
ANGELO PISTOLESI (MSI – Roma 28.12.77 Asesinado a tiros por izquierdistas)
ROBERTO CRESCENZIO (simpatizante – Torino 01.10.77 Quemado vivo por los izquierdistas en el asalto al bar "Angel Azul")
FRANCO BIGONZETTI, FRANCESCO CIAVATTA (F.d.G. – Roma 07.01.78 Acribillados a balazos delante de la sede del MSI de Acca Larentia)
STEFANO RECCHIONI (F.d.G. – Roma 07.01.78 Asesinado por la policia a las pocas horas de la muerte de sus dos camaradas, cuando se produjo un grave enfrentamiento al ver como un periodista lanzaba una colilla sobre la sangre vertida de Bigonzetti y Ciavatta)
FRANCO ANSELMI ( Simpatizante – Roma 06.03.78 muerto en enfrentamiento con izquierdistas)
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RICCARDO MINETTI (F.d.G. - Roma 20.04.1978 Arrestado por la policia tras un enfrentamiento producido a la salida de un funeral, su cuerpo fue encontrado posteriormente, sin que se aclarasen las causas)
ALBERTO GIAQUINTO (FUAN – Roma 10.01.79 Asesinado tras la explosion de una bomba que estalló durante una ceremonia de recuerdo por los camaradas caidos en Acca Larentia)
STEFANO CECCHETTI (F.d.G. – Roma 10.01.79 Asesinado a tiros por militantes comunistas)
FRANCESCO CECCHIN (F.d.G. – Roma 29.05.79 Asesinado a tiros por militantes comunistas)
ANGELO MANCIA (MSI – Roma 12.03.80 Asesinado de dos tiros en la espalda y uno de gracia en la nuca realizados por un comando izquierdista)
MARTINO TRAVERSA (simpatizante – Bari 12.03.80 Asesinado a golpes por militantes izquierdistas)
NANNI DE ANGELIS ( T. P. – Roma 05.10.80 Muerto en la carcel en extrañas circunstancias. En un principio se habló de suicidio. Al final se demostró que no fué así)
ALESSANDRO ALIBRANDI ( ex FUAN di Via Siena – Roma 05.12.81 Asesinado por la policia)
GIORGIO VALE ( T. P. –  Roma 05.05.82 Asesinado por la policia durante el registro de un apartamento)
PAOLO DI NELLA (F.d.G. – Roma 02.02.83 Asesinado a golpes por un grupo izquierdista, murió 7 dias despues, los cuales estuvo en coma)

Para saber mas: http://www.cuorineri.it/

Sobre Patria y Libertad

Sobre Patria y Libertad

 ENTREVISTA: Con Roberto Thieme (Patria y Libertad)

 

Roberto Thieme guarda la estampa del guerrillero apuesto. Por algo un día enamoró a Lucía, la hija mayor de Pinochet. Guerrillero del movimiento ultraderechista Patria y Libertad de 1973, decidido a derrocar a su enemigo, Allende y la Unidad Popular. De aquel guerrero queda un hombre que dice: "La memoria de los pueblos se construye con la historia fidedigna".
Hace tiempo que el ex jefe del frente militar nacionalista está por saldar cuentas con el pasado. Estar con Thieme es estar de cara a esa historia, tan frescamente recordada por algunos, tan interesadamente olvidada por otros.
El hombre que un día de 1972 introdujo 100 fusiles automáticos desde Argentina sabe que las cuentas se saldan asumiendo los actos, y por ello ‘desclasifica’ información guardada. Cuenta cómo, en julio de 1973, en una reunión, la Armada le presentó a Patria y Libertad un plan de sabotajes a puentes, oleoductos, torres de energía y fuentes de combustible, poniendo a su disposición explosivos y conducción técnica, a cambio de que su movimiento aportara ‘la mano de obra’.


Inteligencia Naval
El plan se realizó y Thieme sostiene que uno de los oficiales de la Armada presentes en la cita fue el entonces capitán Hugo Castro, el mismo que luego fue ministro de Pinochet y brazo derecho del vicealmirante José Toribio Merino.
También revela que la siguiente "solicitud" fue que él, personalmente, asesinara a dirigentes de izquierda, entre ellos al líder socialista Carlos Altamirano, lo que Thieme rechazó.
Hoy dice estar convencido de que, en el camino para derrocar a Allende, fue la inteligencia naval la que ideó y planificó el crimen del edecán presidencial, capitán de navío Arturo Araya. Por ello se aparta radicalmente de la tesis de que este fue un hecho fortuito, como lo estableció el proceso que el Juzgado Naval de Valparaíso instruyó en la década de los ’70.
Roberto Thieme, 63 años, se apresta a presentar sus memorias a mediados de este año, donde, dice, "desclasificará" más información de aquel tiempo de revolución y pólvora. "Hoy no represento a nadie. He evolucionado desde un nacionalismo corporativista hacia un nacionalismo popular, de filosofía humanista laica", dice, mirando siempre a los ojos.

¿En qué momento Patria y Libertad aceleró su colaboración con las fuerzas militares, realizando acciones armadas para aumentar el debilitamiento del gobierno de Allende y apurar el golpe de Estado?
Ocurrió con el fracaso del paro de octubre de 1972 para derrocar al gobierno de Allende, tras lo cual las Fuerzas Armadas se integran al gobierno de la UP. En noviembre de 1972, el Consejo Político de Patria y Libertad percibió la posibilidad de una división de las Fuerzas Armadas, que podía llevar a una guerra civil, y decidió establecer una política militar. Tuve la misión de crear esta milicia nacionalista. Primero se llamó Frente de Operaciones y luego se avanzó hacia una estructura militar creada por un marino experto. Pasaron a llamarse Brigadas Operacionales de Fuerzas Especiales.

¿Cuál es el primer contacto entre Patria y Libertad y militares para participar en acciones directas?
El primer intento de Patria y Libertad fue con un sector del ejército, comprometidos altos mandos a lo largo de Chile, en la intención de tomar La Moneda y derrocar al gobierno, en lo que se llamó el Tancazo del 29 de junio de 1973. La inteligencia del ejército lo detectó y hubo que abortarlo, aunque alcanzaron a salir algunos tanques a la calle. Como Arturo Prat, Patria y Libertad apoyó de todas maneras como pudo.

¿Qué ocurrió entonces?
Eso marcó el fin político de Patria y Libertad, y su directiva nacional sale al exilio. Yo estuve clandestino en Argentina desde febrero de 1973 (intentando crear un campamento de instrucción paramilitar en Mendoza). Pero pronto regresé clandestino a Chile a hacerme cargo de la organización que quedó de Patria y Libertad. Nos declaramos en la clandestinidad. Estamos en el 15 ó 16 de julio de 1973.

¿Cómo y cuándo se inició el contacto entre Patria y Libertad y la Armada para derrocar a Allende?
Unos días después de la mitad de julio de 1973 me contactaron dos comandantes de la Marina [activos] que respondían al mando del entonces vicealmirante José Toribio Merino [a la fecha comandante de la I Zona Naval de Valparaíso]. El comandante en jefe de la Armada era todavía el almirante Raúl Montero, un constitucionalista, pero Merino ya tenía el control de operaciones de la Marina. En una reunión, los comandantes me informan que el 25 de julio de 1973 se inicia un nuevo paro nacional de transporte de varios gremios y otras fuerzas. Me dicen que ahora sí que ese paro apunta definitivamente a derrocar a Allende.

¿Qué le pidieron a Patria y Libertad los enviados de Merino?
–Dijeron que como el gobierno de Allende pudo contrarrestar con infraestructura el paro nacional anterior (octubre 1972), y que como se había visto que paralizar el país era difícil, la Marina, o este sector rebelde, necesitaba iniciar una serie de atentados y sabotajes para entorpecer los flujos de combustibles, energía eléctrica, corte de algunos puentes y oleoductos.

¿Le pidieron a Patria y Libertad realizar estos atentados?
Sí. Ahora, en estos contactos con la Armada fue clave un capitán retirado, ex comando e infante de Marina con cursos de contrainsurgencia y operaciones de comandos en Estados Unidos, llamado Vicente Gutiérrez, nombre real, con alias Javier Palacios. Patria y Libertad lo contrató a principios de 1973 para entrenar nuestras brigadas.

¿Qué hizo Gutiérrez después del golpe?
Fue el brazo derecho de Manuel Contreras en el sector civil de la Comisión DINA, reclutando mucha gente de Patria y Libertad desde el mismo Frente de Operaciones que él entrenó. Fueron los primeros agentes civiles de la DINA.

¿Qué le respondió a los enviados de Merino?
Que teníamos falencia operativa, pero la Marina necesitaba mano de obra, porque me dijeron que para realizar estos sabotajes, la logística, la inteligencia y los materiales los ponía la Armada.

¿La Armada puso las armas y los explosivos?
Los explosivos, porque armas teníamos. Estos sabotajes no eran atentados contra personas. Sólo contra infraestructura del estado.

¿Quién más participó con usted en esa reunión con los dos comandantes?
Este instructor Vicente Gutiérrez y mi brazo derecho en Patria y Libertad, Miguel Cessa, ya fallecido.

¿Cuál fue el primer sabotaje?
Se llamó "La noche de las mangueras largas", precisamente en las horas en que asesinan al comandante Arturo Araya. Se trataba de cortar las mangueras de abastecimiento de combustible de los servicentros más importantes en Santiago. Después, vino la etapa de los oleoductos de Concón y de Concepción. La gente de la Armada siempre nos indicó cómo volarlos, a qué hora. Y esto no paró más.

¿Los atentados los realizó sólo gente de Patria y Libertad o también participaron oficiales de la Marina?
A través de mi mando, el contacto Vicente Gutiérrez y Miguel Cessa; la Armada siempre nos explicó los detalles técnicos para realizar las voladuras. No participan físicamente oficiales de Marina.

¿Qué otro sabotaje hubo?
La voladura de unas torres de alta tensión cuando Allende hablaba en cadena nacional. Se hizo un operativo de ingeniería para volar las torres determinadas y producir un apagón. Fue el primer apagón que se hizo en Chile y abarcó desde La Serena a Puerto Montt. No lo digo con orgullo, pero así se dieron las cosas.

¿Quiénes eran los emisarios de Merino portadores del plan?
Uno de ellos fue Hugo Castro, brazo derecho de Merino. Debe haber tenido grado de capitán de navío o fragata, porque era comandante. El otro no recuerdo. Dijeron que el paro nacional se iniciaba el 25 de julio y había que actuar rápido, comenzando por sabotear el combustible. Así entramos la noche del 26 de julio [1973] al asesinato del edecán de Allende, el comandante Araya.

¿El crimen del edecán fue un hecho fortuito, como lo determinó la investigación del Juzgado Naval de Valparaíso, o un complot, como se presume hoy en la nueva investigación judicial?
No tengo elementos de prueba, pero sin duda, luego de lo que se ha conocido en el tiempo y bajo un análisis básico de inteligencia, mi convicción absoluta es que el crimen del edecán Araya fue una operación altamente sofisticada de la inteligencia naval, que también tuvo un móvil.

¿Cuál fue ese móvil?
El grave problema que tenía la Marina era el mando del almirante Montero, constitucionalista, versus la estrategia golpista de Merino. Había que crear un hecho que quebrara el mando en la Marina y que a la vez provocara un efecto sicológico en Allende.

¿Crear en la Armada un clima en contra de Montero para que al golpe se sumaran los sectores de la Marina que lo seguían?
Ese fue el otro móvil, el político. Tocarle el alma a la Armada asesinando al edecán naval. Está claro que el disparo que mató al edecán vino desde otro lugar y ángulo que el que se dijo. No provino desde abajo con el arma que habría disparado [René] Claverie. Y esto nos lleva a un francotirador profesional en el contexto de un complot, lo que es clásico en este tipo de operaciones.

¿Vincula el crimen del edecán con las peticiones que la Armada hizo a Patria y Libertad en esa reunión?
Sin duda que calza. Y ahí aparece otro elemento. A medida que vamos cumpliendo las metas de sabotajes, se radicaliza el proceso en el país, pero todavía el golpe no llega. Entonces empecé a recibir presiones para atentar contra la vida de dirigentes de izquierda, entre ellos Carlos Altamirano. Me entregan el domicilio y todos los datos de las personas.

¿De quién venían esas peticiones?
De Vicente Gutiérrez.

Por lo tanto, ¿cree que venían del sector mayoritariamente golpista de la Armada liderado por Merino?
Creo que sí, porque Gutiérrez no actuaba solo: su verdadero mando era la Armada y no Patria y Libertad. Como no fue suficiente el asesinato del edecán Araya, había que crear más conmoción para el golpe. Ahí decidimos como movimiento parar los sabotajes y no acepté esa última petición. El 25 de agosto de 1973 me entregué, porque estaba clandestino desde mi regreso de Argentina.

¿A quiénes más se le pidió matar?
Específicamente a Altamirano y genéricamente a otros altos dirigentes de la izquierda.

¿Quiénes?
Había otros.

¿Qué rol jugó Jorge Ehlers Trostel en el crimen del edecán?
Jorge Ehlers fue un ex oficial de Marina con altas conexiones sociales con el establishment de la Armada. Él fue el coordinador entre el grupo que actuó y la Armada. Él entregó algunas armas a esos jóvenes, indicándoles que fueran justamente al sector donde vivía el edecán a provocarlo para que saliera al balcón. Todo eso no pudo ser casual.

12 de febrero de 2006

Santiago, Chile. El ex jefe militar del movimiento Patria y Libertad, Roberto Thieme, dio a conocer en sus memorias un plan de sabotajes de la Armada para derrocar al gobierno socialista de Salvador Allende en 1973, incluida la orden de asesinar al entonces presidente del Partido Socialista, Carlos Altamirano.
Thieme, de 63 años y ex marido de Lucía Pinochet, la hija mayor del general (r) Augusto Pinochet, dio una serie de precisiones acerca de los sabotajes y ataques previos al derrocamiento de Allende, que integran las memorias que publicará a mediados de año.
El ex militar confesó que en julio de 1973 recibió de la Armada un plan de sabotajes a puentes, oleoductos, torres de energía y fuente de combustible, además de explosivos y conducción técnica, a cambio de que su movimiento aportara ‘la mano de obra’.
La colaboración entre Patria y Libertad y las fuerzas militares se intensificó a partir del fracaso del paro patronal de octubre de 1972 y que derivó en la incorporación de las Fuerzas Armadas al gobierno de la Unidad Popular.
Pero clave en las intenciones de la marina fue el asesinato al edecán presidencial, el capitán de navío Arturo Araya.

El Tanquetazo de 1973
Previamente, un sector del ejército planificó tomar el palacio presidencial de La Moneda, el 29 de junio de 1973, en lo que se conoció como el ‘tanquetazo’, pero "la inteligencia del Ejército lo detectó y hubo que abortarlo, aunque alcanzaron a salir algunos tanques a la calle", manifestó el ex militar.
Los dirigentes del movimiento tuvieron que salir del país y Thieme se exilió en Argentina, desde donde regresó clandestinamente a mediados de julio de 1973.
"Unos días después de la mitad de julio de 1973 me contactaron dos comandantes de la marina que respondían al mando del entonces vicealmirante José Toribio Merino (a la fecha comandante de la I Zona Naval de Valparaíso)" y que luego integró la Junta Militar, explicó.
El comandante en jefe de la armada era todavía el almirante Raúl Montero, un constitucionalista, pero Merino ya tenía el control de operaciones de la marina.
"En una reunión, los comandantes me informan que el 25 de julio de 1973 se inicia un nuevo paro nacional de transporte de varios gremios y otras fuerzas. Me dicen que ahora sí que ese paro apunta definitivamente a derrocar a Allende", comentó.
Los enviados de Merino dijeron que "como el gobierno de Allende pudo contrarrestar con infraestructura el paro nacional anterior (octubre 1972), y que como se había visto que paralizar el país era difícil, la marina, o este sector rebelde, necesitaba iniciar una serie de atentados y sabotajes para entorpecer los flujos de combustibles, energía eléctrica, corte de algunos puentes y oleoductos", prosigue.
El primer sabotaje se hizo la misma noche que se asesinó a Araya y consistió en "cortar las mangueras de abastecimiento de combustible de los servicentros más importantes en Santiago. Después, vino la etapa de los oleoductos de Concón y de Concepción. La gente de la Armada siempre nos indicó cómo volarlos, a qué hora. Y esto no paró más", explicó.

El Primer Apagón
Otro sabotaje fue la voladura de unas torres de alta tensión cuando Allende hablaba en cadena nacional. "Se hizo un operativo de ingeniería para volar las torres determinadas y producir un apagón. Fue el primer apagón que se hizo en Chile y abarcó desde La Serena a Puerto Montt. No lo digo con orgullo, pero así se dieron las cosas", aseguró Thieme.
El ex líder del movimiento afirmó que "a medida que vamos cumpliendo las metas de sabotajes, se radicaliza el proceso en el país, pero todavía el golpe no llega. Entonces empecé a recibir presiones para atentar contra la vida de dirigentes de izquierda, entre ellos Carlos Altamirano. Me entregan el domicilio y todos los datos de las personas".
"Como no fue suficiente el asesinato del edecán Araya, había que crear más conmoción para el golpe. Ahí decidimos como movimiento parar los sabotajes y no acepté esa última petición. El 25 de agosto de 1973 me entregué, porque estaba clandestino desde mi regreso de Argentina", concluyó.
"Hoy no represento a nadie. He evolucionado desde un nacionalismo corporativista hacia un nacionalismo popular, de filosofía humanista laica", aseguró el controvertido líder del grupo que encabeza hace más de 30 años el actual jefe del equipo jurídico que defiende a Pinochet, el abogado Pablo Rodríguez.

12 de febrero de 2006

Orientaciones. Julius Evola

Orientaciones. Julius Evola

Publicado por la biblioteca Evoliana  

I

Es inútil hacerse ilusiones con las quimeras de un optimismo cualquiera: en nuestros días nos encontramos al final de un ciclo. Desde hace ya siglos, primero imperceptiblemente, después como el movimiento de una masa que se desploma, son múltiples los procesos que han destruido en Occidente todo ordenamiento normal y legítimo de los hombres, que han falseado incluso la más alta concepción de la vida, de la acción, del conocimiento y del combate. El movimiento de esta caída, su velocidad, su aspecto vertiginoso, ha sido llamado “progreso”. Y a este “progreso” se han dedicado himnos, y se tuvo la ilusión de que esta civilización -civilización de materia y de máquinas- era la civilización por excelencia, a la cual habría estado preordenada toda la historia anterior del mundo: finalmente, las consecuencias últimas de todo este proceso fueron tales que provocaron, en algunos, un despertar.

Se sabe dónde, y bajo qué símbolos, se intentaron organizar las fuerzas de una posible resistencia. Por un lado, una nación que desde su unificación no había conocido más que el mediocre clima del liberalismo, de la democracia y de la monarquía constitucional, tuvo la osadía de recoger el símbolo de Roma como base para una nueva concepción política y para un nuevo ideal de virilidad y de dignidad. Por otro lado, en otra nación, que en el Medievo había hecho suyo el principio romano del Imperium, fuerzas análogas se despertaron para reafirmar el principio de autoridad y la primacía de todos aquellos valores que tienen sus raíces en la sangre, en la raza y en los instintos más profundos de una estirpe. Y mientras que en otras naciones europeas algunos grupos se orientaron en el mismo sentido, una tercera fuerza se alineó en el mismo campo de combate en el continente asiático: la nación de los samurai, en la que la adopción de las formas externas de la civilización moderna no había lesionado la fidelidad a una tradición guerrera, centrada en el símbolo del Imperio solar de derecho divino.

No se pretende que, en estas corrientes, la distinción entre lo esencial y lo  accesorio fuese clara, que en ellas las ideas tuvieran paralelamente una adecuada convicción y cualificación en la persona, ni que hubieran sido superadas algunas influencias de aquellas mismas fuerzas a las que se debía combatir. El proceso de purificación ideológica habría podido tener lugar en un segundo tiempo, una vez que hubieran sido resueltos algunos problemas políticos inmediatos e inaplazables. Pero, incluso así, era evidente que estaba tomando cuerpo una concentración de fuerzas en abierto desafío frente a la llamada civilización “moderna”, tanto para las democracias herederas de la revolución francesa como para la encarnación del límite extremo de la degradación del hombre occidental: la civilización colectivista del Cuarto Estado, la civilización proletaria del hombre-masa anónimo y sin rostro. La velocidad se aceleró, se acentuó la tensión hasta que Ilegó el choque armado de las fuerzas en pugna. Lo que prevaleció fue el poder bruto de una coalición que no retrocedió ante la más híbrida alianza de intereses y la más hipócrita movilización ideológica para aplastar a un mundo que estaba poniéndose en pie y que intentaba afirmar su derecho. Dejamos al margen el hecho de saber si nuestros hombres estuvieron o no a la altura de su empresa, si se cometieron errores en cuanto al sentido de la oportunidad, de la preparación completa, de la medida del riesgo, ya que esto no compromete al significado profundo de la lucha que se produjo. Del mismo modo, no nos interesa saber que hoy la historia se vengue de los vencedores, que, por una justicia inmanente, las potencias democráticas, tras haberse aliado con las fuerzas de la subversión roja para Ilevar la guerra hasta el insensato extremo de la rendición incondicional y de la destrucción total, vean volverse contra ellas a sus aliados de ayer, peligro éste mucho más temible que el que querían conjurar.

Lo único que cuenta es que hoy nos encontramos en medio de un mundo en ruinas. Y la pregunta que debe plantearse es la siguiente: ¿existen aún hombres en pie en medio de estas ruinas? ¿Y qué deben o pueden hacer aún?

II

Aquí tenemos que restringir los horizontes y limitarnos a lo que atañe a nuestra nación. En primer lugar, debemos reconocer claramente que las destrucciones que hoy en día nos rodean son más bien de carácter moral y espiritual que de naturaleza material, económica o social. No hay nada que no se pague: el destino relativamente mejor -si lo comparamos con las otras naciones vencidas- que la traición y la deserción nos han deparado (2) tiene su contrapartida en un desfallecimiento interior, en un marasmo ideológico, en un decaimiento del carácter y de toda verdadera dignidad (3). Reconocer esto significa también reconocer que el problema principal, el fundamento de cualquier otro, es de naturaleza interior: rebelarse, renacer interiormente, darse una forma, crear en sí mismos un orden y una rectitud. Nada han aprendido de las lecciones del pasado reciente quienes hoy todavía se ilusionan a propósito de las posibilidades de una lucha puramente política y sobre el poder de tal o cual fórmula o sistema, si no se parte, ante todo, de una nueva cualidad humana. Es éste un principio que hoy, más que nunca, debería aparecer con una evidencia absoluta: si un Estado tuviera un sistema político o social que, en teoría, valiera corno el más perfecto, pero en el cual la substancia humana fuese deficiente, entonces este Estado descendería antes o después al nivel de las sociedades más bajas, mientras que, por el contrario, un pueblo, una raza capaz de engendrar verdaderos hombres, hombres de intuición justa y de instinto seguro, alcanzaría un alto nivel de civilización y se mantendría en pie, firme frente a las más arduas y calamitosas pruebas, incluso aunque su sistema político fuera deficiente o imperfecto. Hay que adoptar, pues, una precisa posición contra el falso “realismo político”, que piensa sólo en términos de programas, de problemas, de organización de partidos, de recetas sociales y económicas. Todo esto es contingente y no esencial. La medida de lo que aún puede ser salvado depende, por el contrario, de la existencia o no de hombres que vivan no para predicar fórmulas, sino para ser ejemplos; no para ir al encuentro de la demagogia y del materialismo de las masas, sino para despertar diferentes formas de sensibilidad y de interés. A partir de lo que, pese a todo, sobrevive aún entre las ruinas, reconstruir lentamente un hombre nuevo, animarlo gracias a un determinado espíritu y una adecuada visión de la vida, fortificarlo mediante la adhesión férrea a ciertos principios. Este es el verdadero problema.


III

En el plano espiritual, existe efectivamente algo que puede servir como orientación para las fuerzas de la resistencia y del alzamiento: es el espíritu legionario. Se trata de la actitud de quienes supieron elegir el camino más duro, de quienes supieron combatir aun siendo conscientes de que la batalla estaba materialmente perdida, de quienes supieron revivir y convalidar las palabras de la antigua saga: La fidelidad es más fuerte que el fuego, saga a través de la cual se afirma la idea tradicional de que es el sentido del honor y de la vergüenza, y no las exiguas medidas extraídas de pequeñas moralinas, lo que crea una diferencia substancial y existencial entre los seres, casi como entre una raza y otra (4).
Ahora es preciso separar este espíritu de las fórmulas ideológicas más o menos problemáticas que en aquel período fueron esbozadas y que algunos, hoy, erróneamente toman por lo esencial, haciendo de ellas su bandera; ese espíritu debe ser aceptado en su estado puro y extenderlo del tiempo de guerra al tiempo de paz, de esta paz que no es más que una tregua y un desorden malamente contenido, hasta que se determine una discriminación y un nuevo frente de batalla en formación (5). Éste debe realizarse en términos mucho más esenciales de los que se dan en un “partido”, que puede ser sólo un instrumento contingente en previsión de determinadas luchas políticas; incluso en términos más esenciales también que los representados por un simple “movimiento”, si por “movimiento” se entiende solamente un fenómeno de masas y de agregación, un fenómeno cuantitativo más que cualitativo, basado más en factores emocionales que en la severa y franca adhesión a una idea. De lo que se trata es más bien de una revolución silenciosa, de origen profundo, que debe resultar de la creación, en el interior del individuo, de las premisas de ese orden que, después, tendrá que afirmarse también en el exterior, suplantando fulminantemente, en el momento justo, las formas y las fuerzas de un mundo de decadencia y de subversión. El “estilo” que debe imperar es el de quien se mantiene sobre posiciones de fidelidad a sí mismo y a una idea, en un recogimiento profundo, en un rechazo por todo compromiso, en un empeño total que se debe manifestar no sólo en la lucha política sino también en toda expresión de la existencia: en las fábricas, en los laboratorios, en las universidades, en las calles, en el dominio personal de los afectos y los sentimientos. Se tiene que Ilegar al punto en que el tipo humano del que hablamos, que debe ser la sustancia celular de nuestras tropas en formación, sea reconocible, imposible de confundir, diferenciado, y pueda decirse de él: “he aquí alguien que actúa como un hombre del movimiento”.

Esto mismo quiso hacer la revolución de ayer, pero varios factores lo impidieron (6). Hoy, en el fondo, las condiciones son mejores, porque no existen equívocos y basta mirar alrededor, desde la calle al parlamento, para que las vocaciones sean puestas a prueba y se obtenga, claramente, la medida de lo que nosotros “no” debemos ser. Ante un mundo podrido cuyo principio es: “haz lo que veas hacer”, o, también, “primero el vientre, el pellejo (tan citado por Malaparte), y después la moral”, o también: “éstos no son tiempos en que se pueda uno permitir el lujo de tener un carácter”, o, en fin: “tengo una familia que alimentar”, nosotros oponemos esta norma de conducta, firme y clara: “No podemos actuar de otra forma, éste es nuestro camino, ésta es nuestra forma de ser”. Todo lo que de positivo se podrá obtener hoy o mañana nunca se logrará mediante la habilidad de los agitadores y de los políticos, sino a través del natural prestigio y el reconocimiento de los hombres de la generación anterior, o, mejor aún, de las nuevas generaciones, hombres que serán capaces de todo ello y que suministrarán una garantía en favor de su idea.


IV


Es, pues, una substancia nueva la que debe afirmarse, en sustitución de aquella, podrida y desviada, creada en el clima de la traición y de la derrota, mediante un lento avance más allá de los esquemas, de los rangos y de las posiciones sociales del pasado. Se trata de una figura nueva que debemos tener ante los ojos para poder medir la propia fuerza y la propia vocación. Esta figura, es importante y fundamental reconocerlo, no tiene nada que ver con las clases en tanto que categorías sociales y económicas, ni con los antagonismos que les son relativos. Dicha figura podrá manifestase tanto bajo la forma del rico como del pobre, del obrero como del aristócrata, del empresario como del investigador, del técnico, del teólogo, del agricultor, del hombre político en sentido estricto. Pero esta nueva substancia conocerá una diferenciación interna, la cual será perfecta cuando, de nuevo, no quepan dudas acerca de las vocaciones a las que seguir y sobre las funciones de la obediencia y del mando, cuando un prístino símbolo de autoridad absoluta reine en el centro de las nuevas estructuras jerárquicas.

 

Esto define una dirección tan antiburguesa como antiproletaria, una dirección totalmente liberada de las contaminaciones democráticas y de las mentiras “sociales” y, por consiguiente, dirigida hacia un mundo claro, viril, articulado, hecho por hombres y por jefes de hombres. Despreciamos el mito burgués de la “seguridad”, de la mezquina vida estandarizada, conformista, domesticada y “moralizada”. Despreciamos el vínculo anodino propio de todo sistema colectivista y mecanicista y de todas las ideologías que confieren a los confusos valores “sociales” primacía sobre los valores heroicos y espirituales, por medio de los cuales se debe definir, para nosotros, en todos los dominios, el tipo del hombre verdadero, de la persona absoluta. Algo esencial será conseguido cuando se despierte nuevamente el amor por un estilo de impersonalidad activa, en el que lo que cuenta es la obra y no el individuo, por el cual seamos capaces de considerar como algo importante no a nosotros mismos, sino a la función, la responsabilidad, la tarea que se acepta, el objetivo perseguido. Allí donde este espíritu se afirme se simplificarán muchos problemas de orden también económico y social, los cuales quedarían sin solución si se afrontaran desde el exterior, sin la previa eliminación de la infección ideológica que ya, de partida, perjudica todo retorno a la normalidad e incluso la misma percepción de lo que significa normalidad.


V

No sólo como orientación doctrinal, sino también respecto al mundo de la acción, es importante que los hombres alineados en el nuevo frente reconozcan con exactitud la concatenación de las causas y de los efectos y la continuidad esencial de la corriente que ha dado vida a las varias formas políticas que hoy se debaten en el caos de los partidos. Liberalismo, democracia, socialismo, radicalismo, en fin, comunismo o bolchevismo no han aparecido históricamente sino como grados de un mismo mal, como estadios que prepararon sucesivamente el complejo proceso de una caída. El principio de esta caída se sitúa en el punto en el que el hombre occidental rompió los vínculos con la tradición, desconoció todo símbolo superior de autoridad y de soberanía, reivindicó para si mismo como individuo una libertad vana e ilusoria, se convirtió en un átomo en vez de en parte integrante de la unidad orgánica y jerárquica de un todo. El átomo, finalmente, tenía que chocar contra la masa de los restantes átomos, de los demás individuos, y quedar envuelto en medio de la emergencia del reino de la cantidad, del puro número, de la masa materializada, no teniendo otro dios que la economía soberana. Y este proceso no se detiene a medio camino. Sin la revolución francesa, el liberalismo y la revolución burguesa no se habrían dado el constitucionalismo y la democracia; sin la democracia, no habrían surgido ni el socialismo ni el nacionalismo demagógico; sin la preparación puesta en marcha por el socialismo, no se habrían producido ni el radicalismo ni, finalmente, el comunismo. El hecho de que estas varias formas hoy se presenten una junto a otra o antagónicamente no debe impedir reconocer a un ojo atento que esas formas se mantienen unidas, se enlazan, se condicionan recíprocamente, y solamente expresan los distintos grados de una misma corriente, de una misma subversión del orden social normal y legítimo. Así, la gran ilusión de nuestro tiempo es creer que la democracia y el liberalismo sean la antítesis del comunismo y tengan el poder de contrarrestar la marea de las fuerzas bajas, de lo que en la jerga de ciertos sindicalistas se Ilama el movimiento “progresista”. Se trata de una ilusión: es como si alguien dijese que el crepúsculo es la antítesis de la noche, que el grado incipiente de un mal es la antítesis de su forma aguda y endémica, que un veneno diluido es la antítesis de ese mismo veneno en su estado puro y concentrado. Los hombres de gobierno de esta Italia “liberada” no han aprendido nada de la historia más reciente, cuyas lecciones se han repetido por todas partes hasta la monotonía, y continúan su juego conmovedor con concepciones políticas caducas y vanas en un carnaval parlamentario, cual danza macabra sobre un volcán latente. Pero para nosotros, en cambio, debe ser característico el coraje del radicalismo, el “no” dicho a la decadencia política en todas sus formas, sean de izquierda, sean de una presunta derecha. Y, sobre todo, se debe ser consciente de que con la subversión no se pacta, que hacer concesiones hoy significa condenarse y ser arrollado completamente mañana. Intransigencia de la idea, por lo tanto, y rapidez en avanzar con las fuerzas puras cuando Ilegue el momento adecuado.
Esto implica, naturalmente, desembarazarse además de la distorsión ideológica, desgraciadamente expandida entre una gran parte de nuestra juventud, y en función de la cual se aprueban coartadas destinadas a destrucciones ya consumadas, manteniendo la ilusión de que esas destrucciones, después de todo, son necesarias y servirán al “progreso”; se cree que se debe combatir por cualquier cosa “nueva”, oculta en un indeterminado porvenir, en vez de por las verdades que ya poseemos, porque estas verdades, aunque bajo diversas formas de aplicación, siempre y en todas partes han servido de base a todo tipo recto de organización social y política. Rechazad estos caprichos y reíros de quien os acuse de “antihistóricos” y “reaccionarios”. No existe la Historia como entidad misteriosa escrita con mayúscula. Son los hombres, mientras estos son realmente hombres, quienes hacen y deshacen la historia; el así Ilamado “historicismo” es más o menos lo mismo que lo denominado en los ambientes de izquierda “progresismo”, y éste sólo fomenta hoy la pasividad frente a la corriente que aumenta y empuja siempre hacia abajo. Y en cuanto al “reaccionarismo”, preguntad: ¿Qué queréis, que mientras vosotros actuáis, destruyendo y profanando, nosotros no reaccionemos, sino que nos quedemos mirandoos y más aún, os animemos diciendo: bravo, continuad? Nosotros no somos reaccionarios, porque la palabra no es lo suficientemente fuerte y, sobre todo, porque partimos de lo positivo, representamos lo positivo, valores reales y originarios que no necesitan de ningún “sol del mañana”.

Frente a nuestro radicalismo, en particular, aparece irrelevante la antítesis entre el “Este” y el “Oeste”, entre el “Oriente”’ rojo y el “Occidente” democrático, y asimismo nos parece trágicamente irrelevante incluso el eventual conflicto armado entre estos dos bloques. De cara a un tiempo inmediato, subsiste ciertamente clara la elección del mal menor, porque la victoria militar del “Este” implicaría la destrucción física inmediata de los últimos exponentes de la resistencia. Pero, en el plano ideológico, Rusia y América del Norte deben considerarse como las dos garras de una misma tenaza que se va apretando alrededor de Europa. En dos formas distintas, pero convergentes, actúan estas fuerzas extrañas y enemigas. Las formas de estandarización, de conformismo, de nivelación “democrática”, de frenesí productivo, de más o menos tiránico y explícito “brain trust”, de materialismo práctico en el seno del americanismo, pueden servir sólo para allanar el camino para la fase posterior, que está representada, sobre la misma dirección, en el ideal puramente comunista del hombre-rnasa. El carácter distintivo del “americanismo” es que su ataque a la cualidad y a la personalidad no se realiza mediante la brutal coacción de una dictadura marxista y de un pensamiento de Estado, sino casi espontáneamente, a través de las vías de una civilización que no conoce otros valores más altos que la riqueza, el rendimiento, la producción ilimitada, que es lo que por exasperación y reducción al absurdo eligió Europa, y en ella los mismos motivos han tomado forma o la están tomando. Pero el primitivismo, el mecanicismo y la brutalidad están tanto en una como en otra parte. En un cierto sentido, el “americanismo” para nosotros es más peligroso que el bolchevismo, por ser una especie de caballo de Troya. Cuando el ataque contra los valores residuales de la tradición europea se efectúa en la forma directa y desnuda propia de la ideología bolchevique y del estalinismo, aún se despiertan reacciones, ciertas líneas de resistencia que, aunque caducas, se pueden mantener. De otro modo suceden las cosas cuando el mismo mal actúa en forma más sutil y las transformaciones acontecen imperceptiblemente en el plano de las costumbres y de la visión general de la vida, como sucede en el caso del americanismo. Sufriendo ligeramente esta influencia bajo el signo de la libertad democrática, Europa se predispone ya a su última abdicación, tanto que podrá incluso suceder que no haya necesidad de una catástrofe militar, sino que por vía “progresiva” se Ilegue, tras una última crisis social, más o menos al mismo punto. De nuevo, a mitad del camino nada se puede detener. El americanismo, lo quiera o no, trabaja a favor de su aparente enemigo, el colectivismo.

VI

No sin relación con esto, nuestro radicalismo de la reconstrucción exige que no se transija no sólo con ninguna de las variedades de la ideología marxista o socialista, sino tampoco con aquello que en general se puede Ilamar la alucinación o el demonismo de la economía. Se trata aquí de la idea de que en la vida individual y colectiva el factor económico sea lo más importante, real, decisivo; que la concentración de los valores e intereses en el plano económico y productivo no sea la aberración sin precedentes del hombre occidental moderno, sino algo normal, no una brutal y eventual necesidad, sino algo que se desea y se exalta. En este círculo cerrado y oscuro se encuentran atrapados tanto el capitalismo como el marxismo. Debemos romper este círculo. Mientras no se sepa hablar más que de clases económicas, de trabajo, de salarios, de producción, mientras se piense que el verdadero progreso humano, la verdadera elevación del individuo, está solamente condicionado por un particular sistema de distribución de la riqueza y de los bienes y tenga relación con la pobreza y el bienestar, con el estado de la prosperity o con el socialismo utópico, se permanecerá siempre en el mismo plano de lo que debe combatirse. Nosotros afirmamos que todo aquello que es economía e interés económico como mera satisfacción de la necesidad animal ha tenido, tiene y siempre tendrá una función subordinada en una humanidad normal; que más allá de esta esfera debe diferenciarse un orden de valores superiores, políticos, espirituales y heroicos, un orden que -como ya hemos dicho- no conoce y ni siquiera admite “proletarios” o “capitalistas” y que sólo en función de dicho orden se deben definir aquellas cosas por las que vale la pena vivir y morir; un orden que debe establecer una verdadera jerarquía, diferenciar nuevas dignidades y, en la cumbre, entronizar la superior función del mando, del Imperium.

Así, a este respecto, van a desarraigarse muchas malas hierbas que han crecido también en nuestras filas. ¿Qué significa, si no, ese discurso del “Estado del Trabajo”, del “socialismo nacional”, del “humanismo del trabajo” y similares? ¿qué significan esas llamadas más o menos explícitas a una involución de la política dentro de la economía, recogiendo así una de esas tendencias problemáticas hacia un “corporativismo integral” y, en el fondo, acéfalo, que en el fascismo ya encontró, afortunadamente, el paso obstruido? ¿Qué es eso de considerar la formula de la “socialización” como una especie de fármaco universal y elevar la “idea social” a símbolo de una nueva civilización que, quién sabe cómo, debería estar más allá tanto del “Este” como del “Oeste”?

Éstos -es necesario reconocerlo- son puntos oscuros presentes en no pocos espíritus que, también, por otra parte, se encuentran en nuestro mismo frente. Con lo cual ellos piensan que se mantienen fieles a una consigna “revolucionaria”, mientras que en realidad obedecen sólo a sugestiones más fuertes que ellos mismos, de las que está saturado un ambiente político degradado. Y entre tales sugestiones se encuentra la misma “cuestión social”. ¿Cuándo se tomará conciencia de la verdad, es decir, de que el marxismo no ha surgido porque haya existido una cuestión social objetiva, sino que la cuestión social surge -en numerosísimos casos- sólo porque existe un marxismo, vale decir, artificialmente, y sin embargo, en términos casi siempre insolubles, por obra de los agitadores, de los famosos “excitadores de la conciencia de clase”, sobre los que Lenin se ha expresado muy claramente, puesto que ha refutado el carácter espontáneo de los movimientos revolucionarios proletarios?

Es partiendo de esta premisa desde donde se debería actuar, en el sentido antes mencionado de la desproletarización ideológica, de la desinfección de las partes aún sanas del pueblo del virus político socialista. Sólo entonces, una y otra reforma podrá ser estudiada y realizada sin peligro, según la verdadera justicia.

De este modo, como caso particular, se verá según qué espíritu la idea corporativa puede ser de nuevo una de las bases de la reconstrucción: el corporativismo no tanto como un sistema general de equilibrio estático y casi burocrático que mantenga la idea nociva de opuestas formaciones clasistas, sino como voluntad de encontrar, en el mismo seno de la empresa, esa unidad, esa solidaridad de fuerzas diferenciadas que la prevaricación capitalista (con el tipo más reciente y parásito del especulador y del capitalista financiero), por un lado, y la agitación marxista, por otro, han perjudicado y roto. Es necesario restituir a la empresa una forma de unidad casi militar, en la cual al espíritu de responsabilidad, a la energía y a la competencia de quien dirige, se acompañen el de la solidaridad y la fidelidad de las fuerzas laborales asociadas alrededor de él en la común empresa o misión. Si se considera su aspecto legítimo y positivo, tal es entonces el sentido de la “socialización”. Pero esta designación, como se ve, es poco apropiada, pues es más bien de una reconstrucción orgánica de la economía y de la empresa de lo que se debería hablar, y deberíamos guardarnos, usando esta fórmula con simples objetivos de propaganda, de adular el espíritu de sedición de las masas transformado en “justicia social” proletaria (7). En general, debería recuperarse el mismo estilo de impersonalidad activa, de dignidad, de solidaridad en la producción, que fue el estilo propio de las antiguas corporaciones o gremios de artesanos y profesionales (8). Pero, repitámoslo, a esto se debe Ilegar partiendo desde el interior. Lo importante es que, contra toda forma de resentimiento y de rivalidad social, cada uno sepa reconocer y amar su propia función, aquella que verdaderamente es conforme a su propia naturaleza, reconociendo así los límites dentro de los cuales puede desarrollar sus potencialidades y conseguir una perfección propia; porque un artesano que desempeña perfectamente su función es indudablemente superior a un rey que se desvía y que no está a la altura de su dignidad.

En particular, podemos admitir un sistema de competencias técnicas y de representaciones corporativas para sustituir al parlamentarismo de los partidos; pero debe tenerse presente que las jerarquías técnicas, en su conjunto, no pueden significar nada más que un grado en la jerarquía integral: se refieren al orden de los medios, que han de subordinarse al orden de los fines, al cual por tanto corresponde la parte propiamente política y espiritual del Estado. Hablar, pues, de un “Estado del trabajo” o de “la producción” equivale a hacer de la parte un todo, a reducir, por analogía, a un organismo humano a sus funciones simplemente físico-vitales. Una tal elección, oscura y obtusa, no puede ser nuestra bandera, al igual que tampoco la idea social. La verdadera antítesis, tanto frente al “Este” como frente al “Oeste”, no es el “ideal social”. Lo es, en cambio, la idea jerárquica integral. Respecto a esto, ninguna incertidumbre es tolerable.


VII

Si la idea de una unidad política viril y orgánica formó ya parte esencial del mundo que fue vencido -y se sabe que, entre nosotros, se evocó de nuevo el símbolo romano- debemos también reconocer los casos en los cuales esta exigencia se desvió y abortó hacia la dirección equívoca del “totalitarismo”. Esto, de nuevo, es un punto que se debe ver con claridad, a fin de que la diferencia entre los frentes sea precisa y no se suministren armas a quienes quieren confundir las cosas. Jerarquía no es jerarquismo (un mal éste que, desgraciadamente, intenta extenderse en nuestros días), y la concepción orgánica nada tiene que ver con una esclerosis de la idolatría del Estado ni con una centralización niveladora. En cuanto a los individuos, la verdadera superación, tanto del individualismo como del colectivismo, se da solamente cuando los hombres se encuentran frente a los hombres, en la diversidad natural de su ser y de su dignidad, teniendo gran importancia el antiguo principio de que “la suprema nobleza de los jefes no es la de ser amos de siervos, sino señores que también aman la libertad de quienes les obedecen” (9). Y en cuanto a la unidad que debe impedir, por regla general, toda forma de disociación y de absolutización de lo particular, tiene que ser esencialmente espiritual, debe ser y tener una influencia central orientadora, un impulso que, según los dominios, asume las más diferentes formas de expresión. Ésta es la verdadera esencia de la concepción “orgánica”, opuesta a las relaciones rígidas e intrínsecas propias del “totalitarismo”. En este marco, la exigencia de la libertad y de la dignidad de la persona humana, que el liberalismo sabe concebir solamente en términos individualistas, igualitarios y privados, puede realizarse integralmente. Es en este espíritu en el que se van a encuadrar las filas de la nueva alineación y en el que las estructuras de un nuevo ordenamiento político-social van a ser estudiadas, para dar unas claras y firmes articulaciones (10).

Pero estas estructuras necesitan de un centro, de un punto supremo de referencia. Es necesario un nuevo símbolo de soberanía y de autoridad. La consigna a este respecto debe ser precisa, puesto que no podemos admitir tergiversaciones ideológicas. Se debe decir claramente que aquí no se trata del así Ilamado problema institucional sino de modo subordinado; se trata, ante todo, de aquello que es necesario para lograr una “atmósfera” específica que haga posible el fluido que debe animar toda relación de fidelidad, de dedicación, de servicio, de acción desinteresada, hasta superar verdaderamente el gris, mecanicista y torcido mundo político y social actual. En este camino hoy se acabará en un callejón sin salida si no se es capaz de asumir una especie de áscesis de la idea pura. Para numerosos espíritus, la percepción clara de la dirección justa le viene perjudicada tanto por algunos antecedentes poco felices de nuestras tradiciones nacionales como por las trágicas contingencias de un pasado reciente. Estamos dispuestos a admitir la incoherencia de la solución monárquica, si se piensa en aquellos que hoy en día sólo saben defender el residuo de una idea, un símbolo vacío y desvirilizado, como lo es el de la monarquía constitucional y parlamentaria. Pero, del mismo modo, debemos declarar nuestro rechazo de la idea republicana. Ser antidemócrata por un lado, y por otro defender “ferozmente” (tal es desgraciadamente la terminología de algunos exponentes de una falsa intransigencia) la idea republicana es un absurdo que salta a los ojos: la república (en su representación moderna, pues las repúblicas antiguas fueron aristocracias -como en Roma- u oligarquías, éstas a menudo con carácter de tiranías) pertenece esencialmente al mundo surgido tras el jacobinismo y la subversión antitradicional y antijerárquica del siglo XIX. Que se la deje entonces a ese mundo, que no es el nuestro (11). En cuanto a Italia, es inútil jugar al equívoco en nombre de una presunta fidelidad al fascismo de Saló, pues si por esta razón se debiera seguir la falsa vía republicana, se sería precisamente infiel a algo superior, se echaría por la borda el núcleo central de la ideología del Ventenio, es decir, su doctrina del Estado como autoridad, poder, imperium.

Ésta es la doctrina que se debe seguir, sin consentir en descender de nivel ni hacer el juego a ningún grupo. La concreción del símbolo, por ahora, puede quedar indeterminada. Decir solamente: Jefe, Jefe del Estado. Aparte de esto, el principal y esencial deber es preparar silenciosamente el ambiente espiritual adecuado para que el símbolo de la autoridad intangible sea percibido y reasuma su pleno significado: a tal símbolo no podría corresponder la estatura de cualquier revocable “presidente” de la república, ni tampoco un tribuno o jefe popular, detentador de un simple poder individual informe, privado de un carisma superior, de un poder basado de hecho en la fascinación precaria que ejerce sobre las fuerzas irracionales de la masa. Este fenómeno, llamado por algunos “bonapartismo”, ha sido interpretado justamente no como lo contrario de la democracia demagógica o “popular”, sino como su lógica conclusión: el “bonapartismo” es una de las sombrías apariciones de la spengleriana “decadencia de Occidente”. Ésta es otra piedra de toque y una prueba para los nuestros: la sensibilidad respecto a todo esto. Ya un Carlyle había hablado “del mundo de los siervos que quieren ser gobernados por un pseudo-Héroe”, y no por un Señor.


VIII

En un análogo orden de ideas debe ser precisado otro punto. Se trata de la posición que se debe tomar frente al nacionalismo y a la idea genérica de patria. Esto es especialmente oportuno en cuanto que hoy, muchos, intentando salvar aun lo que puede ser salvado, querrían hacer valer de nuevo una concepción romántica, sentimental y al mismo tiempo naturalista de la nación, idea extraña a la más alta tradición política europea y poco conciliable con la misma concepción del Estado de la que se ha hablado. Concretamente hablando, dado que se asiste en nuestros días a la formación de grandes bloques internacionales definidos por una idea, no se puede entender que algunos puedan insistir en la formula de una piadosa “pacificación nacional” y de una “solidaridad de los hijos de una tierra común”, cuando hemos visto cómo la idea de patria ha podido ser invocada entre los nuestros retórica e hipócritamente, por las facciones más opuestas, e incluso por quienes están a sueldo de la subversión roja (12). Pero más esencial es la cuestión de principio. El plano político, en tanto que tal, es el de las unidades superiores con respecto a las unidades definidas en términos naturalistas, como es el caso de aquellas que corresponden a las nociones genéricas de nación, patria y pueblo. En este plano superior, lo que une y divide es la idea, una idea encarnada por una determinada elite y tendente a concretarse en el Estado. Por ello, la doctrina fascista -fiel en ello a la mejor tradición política europea-, otorga a la Idea y al Estado la primacía sobre la nación y el pueblo, y estima que nación y pueblo no adquieren un sentido y una forma y no participan en un grado superior de existencia más que en el interior del Estado. Justamente, es en períodos de crisis como el actual que es necesario mantenerse firmes en esta doctrina. Es en la Idea donde debe ser reconocida nuestra verdadera patria. Lo que cuenta hoy no es el hecho de pertenecer a una misma tierra o de hablar una misma lengua, sino el hecho de compartir la misma idea. Tal es la base, el punto de partida. A la unidad colectivista de la nación -des enfants de la patrie- (13)en la forma en que ha predominado cada vez más a partir de la revolución jacobina, oponemos algo que se asemeje a una Orden, hombres fieles a los principios, testimonios de una autoridad y de una legitimidad superiores procedentes precisamente de la Idea. Aunque hoy seria deseable, en cuanto a los fines prácticos se refiere, avanzar hacia una nueva solidaridad nacional, no se debe descender, para alcanzarla, a ningún tipo de compromiso; la condición sin la cual todo resultado sería ilusorio es que se aísle y tome forma un frente definido por la Idea, en tanto que idea política y visión de la existencia. Otro camino, hoy en día, no existe: es necesario que, de entre las ruinas, se renueve el proceso de los orígenes, aquel que, basado en las elites y en un símbolo de soberanía y de autoridad, hizo unirse a los pueblos dentro de los grandes Estados tradicionales, como otras tantas formas surgiendo de lo informe. No se debe entender que este realismo de la idea significa mantenerse en un plano que es, en el fondo, infrapolítico: el plano del naturalismo y del sentimentalismo, por no decir claramente el de la retórica patriotera.
Y en el caso de que quisiéramos igualmente apoyar nuestra idea en las tradiciones nacionales, habría que estar atentos, pues existe toda una “historia nacional” de inspiración masónica y antitradicional especializada en atribuir el carácter nacional italiano a los aspectos más problemáticos de la historia de Italia, comenzando con la rebelión de las Comunas apoyadas por el güelfismo. Así, toma relieve una “italianidad” tendenciosa, en la cual nosotros, que hemos escogido el símbolo romano, no podemos ni queremos reconocernos. Esa “italianidad” se la dejamos, con mucho gusto, a quienes, con la “liberación” y el movimiento partisano, han celebrado el “segundo Risorgimiento”.
Idea, Orden, elite, Estado, hombres de Orden. Éstos son los términos en los que debe mantenerse la línea fundamental, mientras sea posible.


IX

Es necesario ahora hablar del problema de la cultura, aunque no demasiado extensamente. En efecto, la cultura no debe ser sobrevalorada. Lo que Ilamamos “visión del mundo” no se basa en los libros; es una forma interior que puede encontrarse con más autenticidad en una persona sin una particular cultura que en un “intelectual” o en un escritor. Se puede imputar como hecho nefasto de la “cultura libre”, al alcance de todo el mundo, el que el individuo esté indefenso frente a los influjos de todo género, incluso cuando es incapaz de mostrarse activo frente a ellos, de discriminar y juzgar según un criterio justo.
Pero no es éste el lugar de extenderse sobre tal punto. Baste decir que, en el estado actual de las cosas, existen corrientes específicas contra las cuales los jóvenes de hoy deben defenderse interiormente. Ya hemos hablado de un estilo de rectitud y de una actitud interna. Tal estilo implica un justo saber, y en especial los jóvenes deben darse cuenta de la intoxicación operada en toda una generación por parte de las variedades convergentes de una visión de la existencia distorsionada y falsa, variedades que han incidido en las fuerzas internas precisamente en el punto donde su integridad sería más necesaria. De una forma u otra, estas toxinas continúan hoy actuando en la cultura, en la ciencia, en la sociología, en la literatura, como otros tantos focos de infección que deben ser denunciados y neutralizados. Aparte del materialismo histórico y el economicismo, sobre los cuáles ya se ha hablado, también son principales núcleos de infección el darwinismo, el psicoanálisis, el existencialismo, el neo-rrealismo.

Contra el darwinismo se debe reivindicar la dignidad fundamental de la persona humana, reconociendo su verdadero lugar, que no es el de una particular y más o menos evolucionada especie animal entre tantas otras que se habría diferenciado por “selección natural” y que permanecería ligada a orígenes bestiales y primitivos, sino a un estatuto tal que virtualmente la eleve por encima del plano biológico. Aunque hoy no se hable demasiado del darwinismo, su substancia perdura. El mito biológico darwinista, en una u otra de sus variantes, mantiene su valor preciso de dogma, defendido por los anatemas de la “ciencia” en el seno del materialismo de la civilización marxista y de la americana. El hombre moderno se ha acostumbrado a esta concepción degradada y se reconoce en ella tranquilamente, la encuentra natural.

Contra el psicoanálisis, debe prevalecer el ideal de un Yo que no abdica, que quiere permanecer consciente, autónomo y soberano frente a la parte nocturna y subterránea de su alma y frente al demonio de la sexualidad; que no se siente ni “reprimido” ni psicológicamente escindido, sino que realiza un equilibrio de todas sus facultades humanas, ordenadas hacia la realización de un significado superior de la vida y de la acción. Puede ser señalada una convergencia evidente: el descrédito arrojado sobre el principio consciente de la persona, el relieve dado por el psicoanálisis y otras escuelas análogas al subconsciente, a lo irracional, al “inconsciente colectivo”, etc., corresponden, en el individuo, exactamente a lo que representan, en el mundo social e histórico moderno, el movimiento surgido desde abajo, la subversión, la sustitución revolucionaria de lo superior por lo inferior y el desprecio por todo principio de autoridad. Sobre dos planos diferentes actúa la misma tendencia, y los efectos no pueden sino integrarse recíprocamente.

En cuanto al existencialismo, incluso aunque veamos en él propiamente una filosofía -una confusa filosofía- hasta hace poco reducida a pequeños grupos de especialistas, es necesario reconocer en él el estado del alma de una crisis erigida en sistema y adulada, la verdad de un tipo humano roto y contradictorio, que sufre como angustia, tragedia y absurdo una libertad por la cual no se siente elevado, sino más bien condenado, sin salida y sin responsabilidad, en el seno de un mundo privado de valor y de sentido. Y todo esto cuando ya un Nietzsche había indicado un camino para conquistar un sentido de la existencia, incluso frente al más exasperado nihilismo; un camino para quien, más allá de estas complicaciones y laceramientos, sabe darse a sí mismo una ley y un valor absoluto (14).

Finalmente, se deben tomar posiciones contra el así Ilamado neorrealismo, en el cual se identifica la existencia en general con sus aspectos más bajos e irracionales, complaciéndose en una especie de autosadismo. Y en esto hay quien ve una especial “liberación”, afín verdaderamente a la “liberación” política que se resuelve no en una elevación sino en una postración y degradación general. Contra esto se debe tener presente que la verdadera realidad de la existencia no reside sino allí donde ésta se subordina a algo que va más allá, y que deja tras de sí, en virtud de la voluntad de un “más”, aquello que está vinculado al elemento puramente humano (15).

Tales deben ser las direcciones a seguir, que no deben ser intelectualizadas, sino vividas, integradas en su significado inmediato a la vida interior y a la propia conducta. No es posible rebelarse mientras se permanezca, de un modo u otro, bajo la influencia de estas formas de pensar falsas y desviadas. Pero, una vez desintoxicados, se puede adquirir la claridad, la rectitud, la fuerza.


X

En la zona que está entre la cultura y la costumbre existe una actitud que debe ser precisada. Lanzada por el comunismo, la consigna de la antiburguesía ha sido recogida en el campo de la cultura por ciertos ambientes intelectuales de “vanguardia”. En esto hay un equívoco. Dado que la burguesía ocupa una posición intermedia, existe una doble posibilidad de superar a la burguesía, de decir “no” al tipo burgués, a la civilización burguesa, al espíritu y a los valores burgueses. Una de estas posibilidades corresponde a la dirección que conduce todavía más bajo, hacia una subhumanidad colectivizada y materializada, con su “realismo” marxista: valores sociales y proletarios contra la “decadencia burguesa” e “imperialista”. La otra posibilidad es la dirección de quien combate a la burguesía para elevarse efectivamente por encima de ella. Los hombres del nuevo frente serán, ciertamente, antiburgueses, pero en razón de su concepción superior, heroica y aristocrática de la existencia; serán antiburgueses porque despreciarán la vida cómoda; antiburgueses porque seguirán no a quienes prometen ventajas materiales, sino a quienes lo exigen todo de si mismos; antiburgueses, en fin, porque no tendrán la preocupación de la seguridad, sino que amarán la unión esencial entre la vida y el riesgo, en todos los niveles, haciendo suya la inexorabilidad de la idea desnuda y de la acción precisa. Otro aspecto aun por el cual el hombre nuevo, substancia celular del movimiento que despierta, será antiburgués y se diferenciará de la generación precedente será su rechazo hacia toda forma de retórica y de falso idealismo, su desprecio hacia todas las grandes palabras que se escriben con mayúscula, hacia todo aquello que es sólo gesto, golpe de efecto, escenografía. Renuncia y autenticidad por el contrario, nuevo realismo en la exacta apreciación de los problemas que se impondrán, de modo que lo importante no será la apariencia, sino el ser, no la palabrería, sino la realización, silenciosa y precisa, en sintonía con las fuerzas afines y en adhesión al mandato proveniente de lo alto.
Quien contra las fuerzas de izquierda no sabe reaccionar sino en nombre de los ídolos, del estilo de vida y de la mediocre modalidad conformista del mundo burgués, ya ha perdido, por anticipado, la batalla. No es este el caso del hombre erguido, que ya pasado por el fuego purificador de las destrucciones externas e internas. Políticamente, este hombre no es el instrumento de una pseudo-reacción burguesa. Se remite, por regla general, a las fuerzas e ideales anteriores y superiores al mundo burgués y a la era económica, y es apoyándose en ellos que traza las líneas de defensa y consolida las posiciones desde donde partirá, súbitamente, en el momento oportuno, la acción de la reconstrucción.

También a este respecto queremos retomar una consigna no realizada: porque se sabe que en el período fascista hubo una tendencia antiburguesa que habría querido afirmarse en un sentido similar. Desgraciadamente, tampoco aquí la substancia humana estuvo a la altura de las circunstancias. E incluso se supo hacer una retórica de la anti-retórica.


XI

Consideremos brevemente, por último, el tema de las relaciones entre las fuerzas íntegras, que no han abdicado, y la religión dominante. Para nosotros, el Estado laico, en cualquiera de sus formas, pertenece al pasado. En particular, nos oponemos a uno de sus disfraces, el que en ciertos ambientes se presenta como el “Estado ético”, producto de una débil, espurea, vacía y confusa filosofía “idealista”, aliada antaño al fascismo, pero que, por su naturaleza, es tal que puede dar un apoyo comparable, en el marco de un simple juego “dialéctico”, al antifascismo de un Croce. Esta filosofía no es más que un producto de la burguesía laicista y humanista, sumada a la inflada presunción del “libre-pensamiento” de un “profesor de liceo” en trance de celebrar la infinidad del “Espíritu absoluto” y del “Acto Puro”: nada hay de real, de claro, de duro, en esta filosofía (16).

Pero si bien nos oponemos a tales ideologías y al Estado laico, tampoco aceptamos un Estado clerical o clericalista. El factor religioso es necesario como fundamento para una verdadera concepción heroica de la vida, la cual debe ser esencial para nuestra lucha. Es necesario sentir en nosotros mismos la evidencia de que más allá de esta vida terrestre existe una vida más alta, ya que solamente quien siente de este modo posee una fuerza inquebrantable e indoblegable, y sólo él será capaz de un impulso absoluto -mientras que, cuando esto falta, el desafío a la muerte y el desprecio de la propia vida es posible sólo en momentos esporádicos de exaltación o en el desencadenamiento de las fuerzas irracionales; no hay disciplina que se pueda justificar, en el individuo, sin un significado superior y autónomo. Pero esta espiritualidad, que debe estar viva entre los nuestros, no tiene necesidad de formulaciones dogmáticas obligadas, de una confesión religiosa determinada; el estilo de vida que debe desarrollarse no es, en modo alguno, el del moralismo católico, el cual no va más allá de una domesticación “virtuísta” (17) del animal humano; políticamente hablando, esta espiritualidad no puede sino sentir desconfianza hacia todo lo que puede deducirse de ciertos aspectos de la concepción cristiana -humanitarismo, jusnaturalisrno, igualdad, ideal del amor y del perdón, en lugar del ideal del honor y de la justicia-. Ciertamente, si el catolicismo fuera capaz de apartarse del plano contingente y político, si fuese capaz de hacer suya una elevación ascética, y, si fuera capaz, justamente sobre esta base, como en una continuación del espíritu del mejor Medievo de los cruzados, de hacer que la fe fuese el alma de un bloque armado de fuerzas, de una nueva Orden templaria compacta e inexorable contra las corrientes del caos, del abandono, de la subversión y del materialismo práctico del mundo moderno -ciertamente, en este caso, e incluso en el caso en que, como condición mínima, el catolicismo permaneciera fiel a la posición del Syllabus, no habría ni un instante de duda en cuanto a la opción a seguir. Pero tal como están las cosas, dado el nivel mediocre y, en el fondo, burgués y mezquino al cual prácticamente ha descendido en la actualidad todo lo que es religión confesional, dada la sumisión modernista y la cada vez mayor apertura a la izquierda de la Iglesia post-conciliar del “aggiornamento”, para nuestros hombres bastará la pura referencia al espíritu, y valdrá precisamente como la evidencia de una realidad trascendente, que debe ser invocada no por evasión mística o como coartada humanitaria, sino para infundir nueva fuerza a nuestra fuerza, para presentir que nuestro combate no es puramente político, para atraer una invisible consagración sobre un nuevo mundo de hombres y de jefes de hombres.

Éstas son algunas orientaciones esenciales para la lucha en la que se va a combatir, escritas sobre todo con especial atención para la juventud, a fin de que ésta recoja la antorcha y la consigna de quienes aun no han renunciado, aprendiendo de los errores del pasado, sabiendo discriminar y prever todo lo que se ha experimentado y que aun hoy se experimenta en cuanto a situaciones contingentes. Lo esencial es no descender al nivel de los adversarios, no limitarse a seguir simples consignas, no insistir en demasía sobre lo que depende del pasado y que, aun siendo digno de ser recordado, no tiene el valor actual e impersonal de una idea-fuerza; en fin, no ceder a las sugestiones del falso realismo politiquero, problema éste de todos los “partidos”. Ciertamente, es necesario que nuestras fuerzas tomen parte también en la lucha política y polémica del cuerpo a cuerpo, para crearse todo el espacio posible en la situación actual (18). Pero más allá de esto, es importante y esencial que se constituya una elite, que, con aguerrida intensidad, definirá, con un rigor intelectual y una intransigencia absolutos, la idea en función de la cual es preciso unirse, y afirmará esta idea sobre todo en la forma del hombre nuevo, del hombre de la resistencia, del hombre erguido en las ruinas. Si nos es dado superar este período de crisis y de orden vacilante e ilusorio, sólo a este tipo de hombre corresponderá el futuro. Pero incluso aunque si el destino que el mundo moderno se ha creado, y que ahora lo arrolla todo, no pudiera ser contenido, gracias a tales premisas las posiciones interiores permanecerán intactas: en cualquier circunstancia, lo que deberá ser hecho será hecho, y perteneceremos así a esa patria a la que ningún enemigo podrá nunca ocupar ni destruir.

 




Note
1) La presente traducción corresponde a la edición publicada en 1950 de Orientamenti. No obstante, hemos indicado a pie de nota las variaciones que Evola introdujo en la edición de 1971.
2) El autor se refiere a la traición de Badoglio, jefe del Estado Mayor, que firmó el armisticio con los aliados en el norte de Siracusa, en Sicilia, el 3 de septiembre de 1943.
3) El punto 2 de la ed. de 1971 comienza así: Una tal cuestión supera de hecho las fronteras de ayer, pues está claro que vencedores y vencidos están desde entonces en el mismo plano y que el único resultado de la Segunda Guerra Mundial ha consistido en rebajar a Europa al rango de objeto de las potencias y de los intereses extra-europeos. Es necesario, por otra parte, reconocer que la devastación que nos rodea es de carácter esencialmente moral. Nos encontramos en una atmósfera de anestesia moral generalizada, de profundo desarraigo, a pesar de todas las palabras de orden en uso en una sociedad democrática de consumo: el debilitamiento del carácter y de toda verdadera dignidad, el marasmo ideológico, el predominio de los intereses más bajos, la vida del día a día, he aquí lo que caracteriza, en general, al hombre de post-guerra. Reconocer esto, etc.
4) En la ed. de 1971 se incluye aquí el siguiente párrafo: Por otra parte, en todo esto se perfila la realización de aquellos para quienes el fin aparece como un medio y el reconocimiento del carácter ilusorio de los múltiples mitos deja intacto lo que supieron conquistar por sí mismos, en las fronteras de la vida y la muerte, más allá del mundo de la contingencia.

 

5) En la ed. de 1971 este párrafo comienza así: Estas formas del espíritu pueden ser los fundamentos de una nueva unidad. Lo esencial es asumirlas, aplicarlas y extenderlas desde el tiempo de guerra al tiempo de paz, etc.

6) La ed. de 1971 dice: Esta consigna, que fue la de las fuerzas que soñaron con dar a Europa un orden nuevo, pero que a menudo fue en su realización falseada y obstaculizada por múltiples factores, debe ser hoy día retomada. Y hoy, en el fondo…, etc”.

7) La ed. del 71 dice: El único verdadero objetivo es la reconstrucción orgánica de la empresa, y para realizar este objetivo no es necesario recurrir a fórmulas destinadas a estimular, en el marco de sucias maniobras electorales y propagandísticas, el espíritu de sedición de las masas disfrazado de “justicia social. En general, etc.
8) En la ed. de 1971 se añadió el párrafo siguiente: El sindicalismo, con su “lucha” y con sus auténticos chantajes, de los que no se nos ofrecen hoy sino demasiados ejemplos, debe ser proscrito.

9) En la ed. de 1971 se suprimió esta última frase.

10) En la ed. de 1971, la frase es ligeramente diferente: Es en este espíritu que deben ser estudiadas las estructuras de un nuevo orden político y social, de sólidas y claras articulaciones.

11) En la ed. de 1971 se incluye la siguiente frase: Por regla general, una nación antaño monárquica que se convierte en una república no puede ser considerada sino como una nación caída.

12) En la ed. de 1971 la frase es ligeramente diferente: “Abstracción hecha de que la idea de patria sea invocada entre nosotros, de manera retórica e hipócrita, por las facciones más opuestas, e incluso por los representantes de la subversión roja, concretamente hablando esta concepción no está a la altura de la época, pues, por un lado, se asiste a la formación de grandes bloques supranacionales, mientras que, por otro, aparece cada vez más necesario encontrar un punto de referencia europeo, capaz de unir fuerzas, más allá del inevitable particularismo inherente a la concepción naturalista de la nación y, aun más, del “nacionalismo”.

13) En francés en el original.

14) La ed. del 71 cambia ligeramente: Todo ello, mientras que ya el mejor Nietzsche había indicado una vía para dar un sentido a la existencia, para darse una ley y un valor intangible frente a un nihilismo radical, al encuentro de un existencialismo positivo y, según su expresión, de “naturaleza noble”.

15) Este párrafo sobre el neorrealismo fue suprimido en la ed. de 1971.

16) La última frase fue eliminada en la ed. del 71.

17) La expresión está tomada de Vilfredo Pareto (1848-1923), autor de un libro titulado “El mito virtuísta y la literatura inmoral” (1911).

18) En la ed. del 71 se añade: …y para contener el avance, de otro modo no neutralizado, de las fuerzas de izquierda.

Carta al Papa. León Degrelle

Carta al Papa. León Degrelle

Nuestro mas sincero agradecimiento a la asociación de amigos de León Degrelle, http://www.leondegrelle.org porque gracias a su obra la figura del camarada caido no se perderá en el olvido. Asi mismo recomendamos a nuestros lectores participen en todos los actos que dicha asociación está organizando en el centenario.

En el exilio, a 20 de mayo de 1979

A SU SANTIDAD EL PAPA JUAN PABLO II

CIUDAD DEL VATICANO

Muy Santo Padre :

Yo soy León Degrelle, el Jefe del Rexismo belga, antes de la segunda Guerra Mundial, y durante ésta, el Comandante de los Voluntarios belgas del Frente del Este, luchando en la 28» división de la Waffen SS "Wallonie". Ciertamente esto no es una recomendación a los ojos de la gente. Pero yo soy católico como usted y me creo, por este hecho, autorizado a escribiros, como a un hermano en la fe.

He aquí de qué se trata : la prensa anuncia que con motivo de vuestro próximo viaje a Polonia entre el 2 y el 12 de Junio de 1979, S.S va a concelebrar la misa con todos los obispos polacos en el antiguo campo de concentración de Auschwitz. Yo encuentro, os lo digo de antemano, muy edificante que se rece por los muertos, sean cuales sean y donde sea, incluso delante de unos hornos crematorios flamantes, de ladrillos refractarios inmaculados.

Pero me asaltan ciertas aprensiones, a pesar de todo. S.S, es polaca. Esta condición aparece sin cesar, y es humano, en vuestro comportamiento pontifical. Si os impresionan fuertemente viejos resentimientos de patriota que participó de lleno en su juventud en un duro conflicto bélico, podríais estar tentado de tomar partido, una vez hecho Papa, en disputas temporales, que la historia no ha esclarecido aún suficientemente. ¿Cuáles fueron las responsabilidades exactas de los
diversos beligerantes en el desencadenamiento de la II Guerra Mundial?.

¿Cuál fue el papel de ciertos provocadores?. Vuestro presidente del Consejo de Ministros, el Coronel Beck, que todo el mundo sabe que era un personaje bastante sospechoso, ¿se comportó acaso en 1939 con toda la ponderación deseada?. ¿No rechazó con demasiada soberbia ciertas posibilidades de entendimiento? ¿Y después? ¿La guerra fue verdaderamente tal como se ha dicho?. ¿Cuáles fueron las faltas, e incluso los crímenes de unos y de otros? ¿Se han sopesado siempre con objetividad las intenciones? ¿No se ha desvirtuado a la ligera o con mala fe, porque la propaganda lo reclamaba, la doctrina del adversario atribuyéndole unos proyectos y endosándole unos actos cuya realidad puede estar sujeta a numerosas dudas?.

A pesar de que la Iglesia siempre está mucho mejor informada que nadie, a través de dos mil años de circunspección ha evitado siempre las posturas precipitadas, y ha preferIdo juzgar siempre sobre hechos probados, con calma, después de que el tiempo ha separado el grano de la cizaña, los furores y las pasiones. Especialmente, la Iglesia siempre se distinguió por una moderación extrema, a lo largo de la II Guerra Mundial. Siempre se guardó cuidadosamente de propagar locas elucubraciones que corrían entonces.

Muy Santo Padre, sobre vuestro suelo patrio -- en Auschwitz particularmente --, afectado, quizás, por ciertas visiones incompletas y partidarias del pasado ¿va usted simplemente a rezar?... Temo sobre todo, que vuestros rezos, e incluso vuestra simple presencia en esos lugares, sean inmediatamente desvirtuados de su sentido profundo, y sean utilizados por propagandistas sin escrúpulos, que los harán servir, escudándose en vos, para las campañas de odio, a base de
falsedades, que emponzoñan todo el asunto de Auschwitz desde hace más de un cuarto de siglo. Sí, falsedades.

Después de 1945 -- abusando de la psicosis colectiva que, a base de habladurías incontroladas, había transtomado a numerosos deportados de la II Guerra Mundial -- la leyenda de las exterminaciones masivas de Auschwitz ha alcanzado al mundo entero. Se han repetido en millares de libros incontables mentiras, con una rabia cada vez más obstinada. Se las ha reeditado en colores, en películas apocalípticas que flagelan furiosamente, no sólo la verdad y la verosimilitud, sino incluso el buen sentido, la aritmética más elemental, y hasta los mismos hechos.

Usted, Muy Santo Padre, fue, según se dice, un resistente a lo largo de la II Guerra Mundial, con los riesgos físicos que comporta un combate contrario a las leyes internacionales. Ciertas personas añaden que usted estuvo internado en Auschwitz como tantos otros, usted ha salido de allí, ya que usted es actualmente Papa, un Papa que, con toda evidencia, no huele demasiado al famoso gas Zyklon B. Su Santidad, que ha vivido en estos lugares, debe saber, mejor que cualquier otro, que esos gaseamientos masivos de millones de personas nunca fueron realidad. S.S, como testigo de
excepción, ¿ha visto personalmente efectuar una sola de estas grandes masacres colectivas, tan repetidas una y otra vez por propagandistas sectarios?...

Ciertamente, se sufrió en Auschwitz. En otras partes también, Todas las guerras son crueles. Los centenares de miles de mujeres y niños atrozmente corbonizados por orden directa de los Jefes de Estado aliados, en Dresde, Hamburgo, Hiroshima y Nagasaky, tuvieron unos padecimientos mucho más horribles que los sufridos por los deportados políticos o los resistentes (entre ambos, el 25 por ciento de la población total de los campos), objetores de conciencia, anormales sexuales o criminales de derecho común (75 por ciento de la población concentracionaria) que padecían, y a veces morían, en los campos de concentración del III Reich.

El agotamiento les devoraba. El hundimiento moral eliminaba las fuerzas de resistencia de las almas menos templadas. Las crueldades de ciertos guardianes desnaturalizados, alemanes, y mas a menudo no alemanes, de los "kapos" y otros deportados convertidos en verdugos de sus compañeros, se sumaban a la amargura de una promiscuidad multitudinaria. Cabe pensar que en algún campo hubiese algún chiflado que procediera con experiencias de muerte inéditas o fantasías monstruosas en torturas o asesinatos.

Sin embargo, el calvario de la mayor parte de los exiliados, habría terminado felizmente el día tan esperado del inicio de la paz, sino se hubiera abatido sobre ellos, a lo largo de las últimas semanas, la catástrofe de epidemias exterminadoras, ampliadas aún más por los fabulosos bombardeos que destrozaban las líneas de ferrocarril y las carreteras, enviaban a pique los barcos cargados de presos, como ocurrió en Lübeck. Estas operaciones aéreas masivas destruían las redes eléctricas, los conductos y depósitos de agua, cortaban todo abastecimiento, imponían por doquier el hambre, hacían imposible todo transporte de evacuados. Las dos terceras partes de deportados muertos a lo largo de la II Guerra Mundial, perecieron entonces, víctimas del tifus, de la disentería, de hambre, de las esperas interminables sobre las trituradas vías de comunicación. Las cifras oficiales lo establecen.

En Dachau, por ejemplo, según las mismas estadísticas del Comité lntemacional, murieron en Enero de 1944, 54 deportados; en Febrero de 1944, 101; pero en el mes de Enero de 1945 murieron 2.888, y, en febrero de 1945 murieron 3.977. Sobre el total de 35.613 deportados muertos en este campo de 1940 a 1945, 19.296 fallecieron durante los últimos 7 meses de hostilidades; y queda demostrado que el terrorismo aéreo aliado no tenía ya ninguna utilidad militar, pues la victoria de los aliados, al principio de 1945, ya estaba totalmente asegurada. Y por tanto, ya no era necesario de ningún modo, dicho terrorismo aéreo aliado. Sin esta loca y brutal trituración a ciegas, millares de internados hubiesen sobrevivido, en lugar de convertirse -entre Abril y Mayo de 1945- en macabros objetos de exposición, alrededor de los cuales bullían manadas de necrófilos de la prensa y del cine, ávidos de fotos y películas con ángulos y vistas
sensacionales, y de un rendimiento comercial asegurado. Unos documentos visuales, cuidadosa y previamente retocados, sobrecargados, deformados, y generadores de crecientes odios.

Estos correveidiles de la información hubiesen podido, también, tomar kilómetros de fotografías similares de cadáveres de mujeres y niños alemanes, cien veces más numerosos, muertos exactamente de la misma manera, de hambre, de frío o ametrallados sobre los mismos helados vagones al descubierto, y sobre los mismos caminos ensangrentados. ¡Pero esas fotos, igual que las de la inmensa exterminación de las ciudades alemanes, que nos decubrirían seiscientos
mil cadáveres, ya se guardarían bien de darlas a conocer! Hubiesen podido turbar los ánimos y sobre todo, templar los odios. Y la verdad es que el tifus, la disentería, el hambre, los contínuos ametrallamientos aéreos, golpeaban indistintamente, en 1945, tanto a los deportados extranjeros como a la población civil del Reich, todos atrapados por unas abominaciones propias del fin del mundo.

Por lo demás, Muy Santo Padre, en lo que se refiere a una voluntad formal de genocidio, ningún documento ha podido aportar la menor prueba oficial de ello, desde hace más de 30 años. Mas especialmente, en lo que concierne a la pretendida cremación, en Auschwitz, de millones de judíos en fantasmales cámaras de gas de Zyklón B, las afirmaciones lanzadas y constantemente repetidas desde hace tantos años, en una fabulosa campaña, no resisten un examen científico serio.

Es descabellado imaginar, y sobre todo pretender, que se hubieran podido gasear en Auschwitz 24.000 personas por día, en grupos de 3.000, en una sala de 400 metros cúbicos, y menos aún, a 700 u 800 en unos locales de 25 metros cuadrados, de 1.90 metros de altura, como se ha pretendido a propósito del campo de Belzec; 25 metros cuadrados o lo que es lo mismo, la superficie de un dormitorio. Usted, Santo Padre, ¿lograría meter 700 u 800 personas en vuestro
dormitorio?

Y 700 a 800 personas en 25 metros cuadrados, esto hace 30 personas por cada metro cuadrado. Un metro cuadrado, con 1,90 metros de altura ¡es una cabina telefónica! ¿Su Santidad sería capaz de apilar a 30 personas en una cabina telefónica de la Plaza San Pedro o del Gran Seminario de Varsovia, o en una simple ducha?. Pero si el milagro de los 30 cuerpos plantados como spárragos en una cabina telefónica o el de las 800 personas apiñadas alrededor de vuestra cama se hublese realizado, un segundo milagro tenía que haberse producido inmediatamente, pues las 3.000 personas ¡el equivalente de dos regimientos! hacinadas tan fantásticamente en la habitación de Auschwitz, o las 700 u 800 personas apretujadas en Belzec a razón de 30 ocupantes por metro cuadrado, ¡hubiesen perecido casi al instante, asfixiadas, por carencia de oxígeno! ¡No hubieran hecho falta las cámaras de gas! Todos habrían dejado de respirar, incluso antes de que se hubiese terminado de hacinar los últimos, que se cerrasen las puertas y se esparciera el gas por la sala. ¿Y cómo se hacía esto último? ¿Por unas hendiduras ? ¿Por unos agujeros? ¿Por una chimenea? ¿Bajo forma de aire caliente? ¿Con vapor? ¿Vertiéndolo sobre el suelo? ¡Cada uno cuenta lo contrario del otro! ¡EI Zyklón B no alcanzándo más que a cadáveres, no hubiese representado la menor utilidad! De todas maneras, el Zyklón B es, como toda persona interesada en la ciencia puede saber, un gas de empleo peligroso, inflamable y adherente. También veintiuna horas de
espera hubiesen sido necesarias, e incluso indispensables, antes de que se hubiese podido retirar el primer cuerpo de la fantástica sala.

Sólo después se hubieran podido extraer, como se han complacido en contárnoslo, con miles de detalles escabrosos todos los dientes de oro, todas las fundas de plomo en las que escondían, se dice, diamantes, de cada lote de seis mil mandíbulas rígidas -- ¡tres mil personas! -- , contraídas tras la muerte, o de 48.000 mandíbulas diarias si se creen las cifras oficiales de 24.000 gaseados cotidianos solamente en Auschwitz.

Muy Santo Padre, por muy santo que sea Su Santidad, ¡Usted soportará al dentista alguna vez, con más o menos resignación! ¿Os han extraído un diente? ¿Dos dientes? ¿Se os han instalado en una silla de dentista con potentes reflectores, enfocados sobre las mandíbulas con útiles perfeccionados y con un paciente que se presta a sus prescripciones?. Pues bien, la extracción, en unas óptimas condiciones, tarda su tiempo. ¿Un cuarto de hora?, ¿Media hora?. En Auschwitz, según las leyendas, a los cadáveres que yacían en el suelo, era necesario abrirles, con muchas
dificultades, las mandíbulas endurecidas, descontraerlas, y tratarlas mediante instrumental necesariamente primitivo. Con ocho operadores en total: es la cifra oificial. Y después tenían que examinarlos sin luz apropiada, a ras del cemento, y no solamente un punto enfermo de la dentadura, ¡sino las dos mandíbulas enteras!, ¡Arrancar, vaciar. limpiar! ¿Puede hacerse esto en menos tiempo que en casa del especialista, perfectamente equipado?, Dígnese Su Santidad tomar un lápiz. A razón de un cuarto de hora por dentadura y con ocho individuos a pleno rendimiento en la operación se podría llegar a 16 cadáveres tratados por hora, es decir, 160 en una jornada de 10 horas sin un minuto de reposo. Piense Su Santidad incluso en un estajanovista de las dentaduras, y doble el ritmo de las extracciones, lo que es además materialmente imposible: esto supondría 320. Entonces, Muy Santo Padre, ¿cómo imaginar cremaciones de 3.000 judíos
de una sola vez?, ¿Y las jornadas de 24.000 gaseados con Zyklón B, que representarían 48.000 dentaduras para vaciar o sea más de 760.000 dientes a examinar diariamente?. Simplemente ateniéndose a los seis millones de judíos muertos -- algunos han doblado y triplicado la cifra, que la propaganda machaca contínuamente en nuestros oídos --, estos extractores de mandíbulas hubiesen seguido, unos años después de la guerra, en plena actividad.

Estas extracciones, solamente estas extracciones, en diez horas de labor ininterrumpida, ¡hubiesen absorbido un trabajo de 1.875 jornadas de todo el equipo de 8 individuos!

Pero además, estas extracciones sólo eran una formalidad preliminar. Hacía falta también rapar millones de cabelleras. Después, antes de pasar los cadáveres al horno. se procedía -- según lo que todos los "historiadores" de Auschwitz afirman ex cátedra -- al examen de todos los anos y todas las matrices, de cuyo fondo se trataba de recuperar los diamantes y las "joyas" que hubieran podido ser escondidas. ¿Se imagina usted esto Muy Santo Padre?. ¡Seis millones de anos, tres o cuatro millones de matrices limpiados a fondo, cuando se nos ha explicado que, después de los
gaseamientos masivos, los cuerpos chorreaban de excrementos, de sangre femenina y de otras inmundicias! En estos órganos sucios, los dedos, las manos de los operadores, debían revolver todo, descubrir los supuestos diamantes escondidos, extraerlos pegajosos, lavarlos, lavarse ellos, 24.000 veces por día (los anos), 15 ó 20.000 veces por días (las matrices). ¡Es una locura!. ¡Todo esto es de locos! Y no hablemos de las actividades complementrias: fábricas de abonos
y fábricas de jabones, de las cuales el delirante profesor Poliakov habla sin pestañear.

Estas operaciones de gaseamiento, de corte de pelo, de extración de dientes, de limpieza de órganos, realizados sobre seis millones de judíos, o siete millones, o sobre quince millones según el Padre Riquet, o sobre veinte millones -- ¡es decir más que los judíos existentes entonces en el mundo entero! -- según el diccionario Larousse, seguirían todavía si se admitieran como exactas las afirmaciones "oficiales" de los manipuladores de la "historia" de Auschwitz. ¡Entonces, sí
que tendría Ud., Muy Santo Padre, que taparse la nariz cerca de las cámaras de gas, y transpirar al calor de los hornos de Auschwitz, en el transcurso de su misa concelebrada!.

Si se hubiese multiplicado el número de cadáveres reales y normales por diez, o por veinte, la estafa de los muertos hubiese podido conservar un cierto aspecto de verosimilitud. Pero al igual que hemos visto en el caso del gaseamiento de 700 a 800 personas por dormitorio, al mentir demasiado se llega a lo grotesco. Era precisa la insondable y apenas imaginable estupidez de las masas, para que semejantes extravagancias hayan podido ser inventadas, contadas, difundidas a los cuatro vientos, filmadas y CREIDAS.

"¡Yo creo -- declara bravamente un personaje de Holocuasto -- todo lo que se cuenta sobre ello!". ¡Declaración ejemplar!.

Entonces. Muy Santo Padre, ¿cómo imaginar un instante que en Auschwitz, en la hora de la concelebración, mientras que todos los corazones, estrechados por el amor de Dios y de los hombres, van a participar en la renovación del sacrificio, un sacerdote, un Papa podría, en el momento en que levanta el cáliz hacia el cielo, ser consciente de que está encubriendo bajo su patio un despliegue de un odio tan bestial y de unas mentiras tan extravagantes, que están en el
extremo opuesto de la enseñanza patética de Cristo?, ¡No! ¡Ciertamente no!, ¡No es posible!. Vuestro mensaje, a cien pasos de la falsa cámara de gas de Auschwitz, no puede ser más que un mensaje de caridad, de fratemidad, igualmente de la verdad, sin la cual toda doctrina se hunde. Usted va a Auschwitz para recogeros, emocionado, en uno de los altos lugares del suirimiento humano cuyas causas y cuyos responsables serán fijados verdaderamente, objetivamente, con
el tiempo, por una Historia serena, y no recurriendo a testimonios obtenidos por la fuerza y a unas divagaciones de farsantes.

El Papa está por encima de todo esto.

Está al lado de las almas que sufrieron, de las que, en el sufrimiento, se elevaron espiritualmente, pues no existe pena, ni calvario, ni agonía que no pueda llegar a ser sublime. Por ejemplo, en los campos de batalla de la II Guerra Mundial en que tantos millones de soldados cayeron tras horribles sufrimientos, e igualmente en los campos de trabajo, en que tantos murieron victimas de intereses que no entendían pero que los aniquilaban : el sacrificio, el dolor físico y moral, la terrible
angustia, convirtieron a miles de almas, que en circunstancias normales se hubiesen perdido en la mediocridad, en gloriosos ejércitos de héroes espirituales. Así fue en Auschwitz. Fue así en el Frente del Este, a lo largo de los años de lucha y de inmolación de millones de jóvenes europeos que, de 1941 a, 1945, hicieron frente heróicamente al empuje del comunismo. Seguramente, a través de toda la historia de los hombres, se han cometido atrocidades. Auschwitz, de todas maneras, no habrá sido ni el primer caso, ni el último. Nosotros lo vemos de sobra en la hora actual, cuando son masacrados tantas mujeres y niños sin defensa, aplastados en los campos palestinos por la aviación de lsrael, ejecutando la ley del Talión sobre unos inocentes, en memoria de los cuales, no se cantará probablemente nunca una misa concelebrada... Numerosas potencias han abusado muchas veces de su poder. Numerosos pueblos han perdido la cabeza. No uno especialmente. Pero sí todos. Al lado de corazones puros y desinteresados que ofrecieron su juventud a un ideal, Alemania, tuvo, como todo el mundo, su lote de seres detestables, culpables de violencias inadmisibles. ¿Pero qué país no ha tenido los suyos?

La Francia de la Revolución Francesa, ¿no ha inventado el Terror, la Guillotina, los ahogamientos en el Loira? ¡Napoleón no deportó, pero sí movilizó por la fuerza a centenares de millares de civiles de los países ocupados, enviados a la muerte por su gloria! ¡Cincuenta y un mil nada más que en Belgica! ¡Es decir, más que los belgas que murieron a lo largo de la I Guerra Mundial o en los campos de concentración del III Reich!. Más cerca de nosotros, un De Gaulle ¿no presidió, en
1944-45, la masacre de decenas de millares de adversarios bautizados como "colaboradores"?. Más recientemente aún, en Indochina, en Argelia, Francia ¿no hacinó a centenares de millares de prófugos, de rehenes, de simples civiles arrestados masivamente, en campos de concentración extremadamente duros en donde tampoco faltaron los sádicos? Un General francés hizo incluso el elogio público de la tortura, ¿Y la Gran Bretaña, con sus bombardeos de ciudades libres como Copenhague? ¿Sus ejecuciones de cipayos atados en la boca de los cañones; su aplastamiento de los boers; sus campos de Concentración del Transvaal o con millares de mujeres y niños muertos en una miseria indecible? ¿Y Churchill, desencadenando sus abominables bombardeos de terror sobre la población civil del Reich, la calcinación por fósforo en las cuevas, aniquilando en una sola noche alrededor de doscientos mil mujeres y niños en el gigantesco crematorio de Dresde? "Alrededor de", porque no se ha podido hacer una estimación aproximada más que calculando el
peso de las cenizas.

¿Y los EE.UU? ¿No han elevado su potencia gracias a la esclavización de millones de negros marcados al fuego ardiente como bestias, y gracias a la exterminación casi íntegra de los pieles rojas propietarios de los terrenos ansiados?, ¿No han sido ellos los lanzadores de la bomba atómica? Ayer aún, ¿no han contado, entre sus tropas de Vietnam, con indiscutibles verdugos?. Y no insistimos sobre las decenas de millares de víctimas de la tiranía de la URSS y de los
Gulags actuales, de los cuales, temo que no se dirá nada ni que usted visitará nunca como lo ha hecho con el campo de Auschwitz, vacío de todo ocupante desde hace decenas de años.

En Auschwitz, nadie lo negará, la vida ha sido dura, a veces muy cruel. Pero en los campos de los vencedores de 1945, los sádicos y los verdugos prosperaron rápidamente con igual abundancia, pero con muchas menos excusas, si se admite que una guerra mundial pueda albergar unas excusas...

Santo Padre, yo no querría empañar el placer que usted va a tener al encontrarse en su pais. ¡Pero cuidado! Vuestra patria valerosa, de la cual usted ha exaltado la elevación moral al glorificar a su admirable patrón San Estanislao, ¿no ha conocido ella también sus horas de crímenes y de envilecimiento?. En el momento en que usted va a pisar el suelo polaco de Auschwitz que recuerda especialmente la última tragedia judía, resultaría poco decente -- si quiere ser justo -- no
evocar otros judíos innumerables muertos anteriormente por todo vuestro territorio, en unos progroms horribles, torturados, asesinados, colgados durante siglos por vuestros propios compatriotas. ¡Estos no han sido siempre unos ángeles, a pesar de ser tan católicos!.

Yo oigo todavía al Nuncio Apostólico de Bruselas, el que fue después Cardenal Micara, anteriormente Nuncio en Varsovia, cuando me contaba, en su excelente mesa, cómo los campesinos polacos crucificaban a los judíos en las puertas de sus granjas. "¡Estos cochinos judíos!", exclamaba, bastante poco evangélicamente el untuoso prelado.

Estas palabras fueron pronunciadas tal cual, creame.

La Iglesia ella misma, Muy Santo Padre, ¿Ha sido siempre tan blanda? Incluso en pleno siglo XVIII, ella quemaba aún a los judíos con gran aparatosidad. En plena ciudad de Madrid, particularmente. Pero ella, ¡los quemaba vivos!. La Inquisición no ha sido un pacífico redil. Las masacres de los albigenses se perpretaron bajo la égida de Santo Tomás de Aquino. Los
asesinatos de la noche de San Bartolomé causaron la alegría del Papa, vuestro predecesor, que se levantó en plena noche para festejar, con un Tedeum entusiasta tan alegre acontecimiento, ¡y ordenó incluso conmemorarlo con una medalla!. ¿Y las treinta mil llamadas brujas, calcinadas piadosamente a lo largo de la Cristiandad? Incluso en el pasado siglo, el papado restablecía aún en Roma el Ghetto. En el fondo, Muy Santo Padre, que no valemos mucho bien seamos
Papas o Ayatollas, parisinos o prusianos, soviéticos o neoyorquinos. ¡No hay por qué ser exageradamente orgullosos! Todos nosotros hemos sido, en nuestros malos momentos, tan salvajes los unos como los otros. Esta equivalencia no justifica nada ni a nadie. Ella incita, sin embargo, a no distribuir con demasiada impetuosidad o benevolencia las excomuniones Y las absoluciones.

Sólo se rechazará el salvajismo humano respondiendo al odio con la fratemidad. El odio se desarma, como todo se desarma, pero no ofreciéndolo contínuamente con salsas cada vez más picantes. Ni excrementándolo y exasperándolo, como en el caso de Auschwitz, a fuerza de exageraciones locas, de mentiras y de falsas confesiones llenas de contradicciones flagrantes arrancadas por la tortura y el terror en las prisiones soviéticas o americanas, pues tanto valían las unas como las otras en los tiempos odiosos de Nuremberg.

Algunos hubiesen podido pensar que los filibusteros del exhibicionismo concentracionario y los falsarios que hicieron del asunto de los "seis millones" de judíos, la estafa financiera más remuneradora del siglo, iban a poner en fin un término a esa explotación. Gracias a todo el aparato de la grandiosa ceremonia religiosa que va, en vuestra presencia, a desplegarse entre los falsos decorados del plató de Auschwitz, en medio de un gigantesco baqueteo de televisión y de prensa, se intentará todo para convertiros en avalista indiscutido de estos cheques del odio. Vuestro nombre vale su peso en oro, para todos estos gangsters. Saldrá en el mundo entero, como si el primer Holocausto no fuera suficiente, un Holocausto número 2 que no habrá costado un millón de dólares como el otro, ya que Vuestra Santidad habrá suministrado absoluta y gratuitamente, a unos indecentes escenógrafos, la más fastuosa de las figuraciones.

El Holocausto número 1, cualquiera que haya sido su difusión y su impacto entre los tontos, no ha sido más que un gigantesco alboroto hollywoodiano, de una rara vulgaridad, y destinado ante todo a vaciar centenas de millones de bolsillos de espectadores no advertidos. Pero los estragos no podían ser más que pasajeros; se debería rápidamente notar que las extravagancias eran bufonescas, no resistirían al examen concienzudo de un historiador. Por el contrario, vuestro Holocausto, Muy Santo Padre, filmado con una gran pompa en Auschwitz, por un Papa en carne y hueso, revestido de toda la majestuosidad pontifical y ungido de veracidad, de cara a un altar inviolable, sobre todo en la hora del Sacrificio, este Holocausto número 2 arriesga aparecer a los ojos de una cristiandad burlada por unos manipuladores sacrílegos, como una confirmación casi divina de todas las elucubraciones montadas por unos usureros llenos de odio.

Ya vuestra evocación ante las tumbas polacas de Montecasino, de una guerra de la cual -- si se cree lo que ha dicho la prensa internacional -- S.S, no ha retenido más que ciertos aspectos fragmentarios y partisanos, ha inquietado a muchos fieles. Vuestra comparecencia ostentosa en Auschwitz no puede sino inquietar más aún, Muy Santo Padre, pues no es dudoso que se os va a "utilizar". Es tan evidente que revienta los ojos. Unos filibusteros de la prensa y de la pantalla han
decidido hacerle caer, con la mitra por delante, con vuestra sotana blanca toda nueva, en esta trampa de Auschwitz. Sin embargo esta ceremonia religiosa no puede representar a vuestros ojos, ciertamente, en la hora de la concelebración, otra cosa que una llamada a la reconciliación, y de ninguna manera una llamada al odio entre los hombres.

Homo homini lupus, dicen los sectarios. Homo homini frater, dice todo cristiano que no es un hipócrita. Nosotros somos todos hermanos, el deportado que sufre detrás de las alambradas, el soldado intrépido crispado sobre su ametralladora. Todos los que hemos sobrevivido a 1945, Ud., el perseguido convertido en Papa, yo, el guerrero convertido en perseguido, y millones de seres humanos que hemos vivido de una manera u otra la inmensa tragedia de la II Guerra Mundial con
nuestro ideal, nuestros anhelos, nuestras debilidades y nuestras faltas, debemos perdonar, debemos amar. La vida no tiene otro sentido. Dios no tiene otro sentido. Entonces, de verdad, ¡qué importa el resto! El día que Ud. celebre la Misa en Auschwitz a pesar de las imprudencias espirituales que puedan comportar unas tomas de posiciones de un Papa en unos debates históricos no conclusos, y a pesar de los fanáticos del odio que, sin tardanza, van a explotar la
espectacularidad de vuestro gesto, yo uniré desde el fondo de mi exilio lejano mi fervor al vuestro. Soy, Muy Santo Padre, filialmente vuestro.

León Degrelle

Cristianismo: El comunismo...

Cristianismo: El comunismo...

 Cristianismo: El comunismo de la antiguedad. Alain de Benoist

En El Anticristo, Nietzsche no duda en afirmar que «el cristianismo nos ha frustrado los frutos de la civilización antigua», y desarrolla así su afirmación: «Ese Imperio romano que se alzaba en aere perennius constituía la organización más grandiosa que jamás haya sido llevada a cabo en condiciones tan difíciles, junto a la cual todas las tentativas anteriores y posteriores no son más que fragmentos, chapuzas, diletantismo; Y esos santos anarquistas convirtieron en "obra pía" la destrucción del "mundo"; es decir, de ese Imperio romano, hasta que no quedase piedra sobre piedra (...). El cristianismo fue el vampiro del Imperio romano; él redujo a la nada, de la noche a la mañana, esa inmensa proeza: la de haber desbrozado el terreno para una gran civilización que podría desarrollarse sin prisas. ¿Es que aún no lo hemos comprendido? El Imperio romano que hoy conocemos, que la historia de las provincias romanas nos hace conocer cada vez mejor, esa admirable obra de arte de gran estilo, era sólo un comienzo. Su construcción había sido calculada para que los milenios demostrasen su solidez; y hasta hoy no se ha vuelto, a construir así, ni siquiera se ha soñado hacerlo en tales proporciones sub specie aeterni.

Aquella organización fue lo bastante sólida para resistir a los malos emperadores, pues el básico principio de toda gran arquitectura es que el azar de las personas no debe influir en semejantes cosas, pero no lo fue para resistir a la corrupción de la especie más corrompida, la del cristiano... Esa plaga de parásitos clandestinos que, a favor de la noche, la niebla y el equívoco, se insinuaba a cada uno por separado hasta despojarlo de su seriedad para los cosas auténticas, de su instinto de las realidades, esa banda afeminada y dulzona de cobardes, fue robándole una tras otra las "almas" a aquel inmenso edificio, arrebatándole aquellas naturalezas preciosas, viriles, aristocráticas, que sentían la causa de Roma como propia y ponían en ella toda su seriedad, todo su orgullo. Fueron las sordas maniobras de esos santurrones, la zorrería de esos conventículos, ideas tan lúgubres como las de infierno, sacrificio de los inocentes, unión mística en la sangre que se bebe, pero sobre todo el fuego, lentamente atizado, de la venganza, del desquite de los chândâlas, lo que acabó con Roma.

Es la misma especie de religión que ya había combatido Epicuro, en su forma anterior. Leed a Lucrecio y comprenderéis contra qué luchaba Epicuro: no contra el paganismo, sino contra el "cristianismo", quiero decir contra la perversión de las almas mediante las ideas de culpa, de castigo y de inmortalidad. combatía los cultos subterráneos, todo aquel cristianismo latente. Negar la inmortalidad era ya en su época una auténtica liberación...»

En su relato de las guerras contra los persas, Herodoto atribuye el éxito de las pequeñas ciudades griegas frente al poderoso Imperio iranio a la «superioridad intelectual» de sus compatriotas. ¿Habría explicado igualmente su decadencia por su «inferioridad»? La cuestión de saber por qué desaparecen las culturas y se derrumban los imperios ha acuciado siempre a historiadores y filósofos. En 1441, Leonardo Bruni hablaba de la vacillatio del Imperio romano; su contradictor, Flavio Biondo, prefería el término inclinatio (que resumía, para el hombre del Renacimiento, el abandono de las antiguas costumbres).

El debate estaba ya planteado: ¿fue destruido el Imperio o se derrumbó solo? Para Spengler, las alternancias que se dan en la historia son efecto de una fatalidad. Las causas identificables de una decadencia son solo causas segundas. Acentúan, aceleran un proceso, pero sólo pueden intervenir cuando ese proceso se ha iniciado. Aunque también cabe pensar que ninguna necesidad interna fija un final a las culturas: cuando mueren, es porque alguien las mata. Conocida es la opinión de André Piganiol: «La civilización romana no murió de muerte natural. Fue asesinada.» (L'Empire chrétien,1947). En este caso, la responsabilidad de los «asesinos» es completa. No obstante, podemos admitir que sólo estructuras ya muy debilitadas, carentes de energía, se abandonan al golpe que las hiere, al enemigo en acecho. Voltaire, que fue, tras Maquiavelo, uno de los primeros en hablar de ciclos históricos, decía que el Imperio romano había caído simplemente porque existía, «dado que todo debe tener un fin» (Diccionario filosófico, 1764).

No trataremos de averiguar aquí si la caída de Roma era o no irremediable, ni siquiera de identificar todos los factores que contribuyeron a provocarla, sino de examinar qué responsabilidad tiene en esa caída el naciente cristianismo.

Es bien sabido que fue el británico Edward Gibbon(1737-1794) quien primero estableció esa responsabilidad, en los capítulos XV y XVI de su History of the Decline and Fall of the Roman Empire, cuyos seis gruesos volúmenes aparecieron entre 1776 y 1778. Antes que él, en 1576, Löwenklav había defendido al emperador Juliano, cuyo talento, templanza y generosidad alababa, abriendo así una brecha en la doctrina que pretendía que los emperadores cristianos habían sido, por el sólo privilegio de su fe, superiores a los paganos. Poco después, el jurisconsulto y diplomático Grocio (1583-1645) haría suya la tesis de Erasmo sobre el origen germánico de las aristocracias neolatinas. Por último, en 1743, Montesquieu atribuía la decadencia y caída de Roma a diferentes factores, tales como la extinción de las viejas familias, la pérdida del espíritu cívico, la degeneración de las instituciones, la colusión entre el poder administrativo y las fortunas procedentes de los negocios, la fuerte natalidad de la población extranjera, la vacilante lealtad de las legiones, etc. Con mejor documentación que sus predecesores, Gibbon tomó de nuevo todos esos elementos, dispuesto a escribir una «historia sin prejuicios». Sus conclusiones, teñidas de una ironía heredada de Pascal, siguen siendo válidas en esencia.

En el siglo XIX, Otto Seeck (Historia de la decadencia del mundo antiguo, 1894), partiendo de una idea de Montesquieu, así como de ciertas consideraciones de Burckhardt (en su Época de Constantino, 1852-1853) y de Taine, insistió en un factor biológico y demográfico: la desaparición de las élites (Ausrottung der Besten), acompañada por la senescencia de las instituciones y la importancia cobrada por la plebe y la muchedumbre de esclavos, que constituyeron la primera clientela de los predicadores cristianos. Esta tesis fue adoptada por M.P. Nilsson (Imperial Rome,1926), tras haber sido confirmada por Tenney Frank, quien, tras examinar unas 13.900 inscripciones funerarias, llegó a la conclusión de que, a partir del siglo II, el 90% de la población de Roma era de origen extranjero (American Historical Review, XXI, 1916, pág. 705).

En Marco Aurelio (1895), Renan hizo suya una de las fórmulas de Nietzsche: «Durante el siglo III, el cristianismo succiona como un vampiro a la sociedad antigua.» Y añadía esta frase, que tantos ecos despierta hoy: «En el siglo III, la Iglesia, al acaparar la vida, agota a la sociedad civil, la sangra, hace en ella el vacío. Las pequeñas sociedades mataron a la gran sociedad» (págs. 589 y 590). En 1901, Georges Sorel (1847-1922) publicaba un ensayo sobre La ruina del mundo antiguo. «La acción de la ideología cristiana -afirmaba- rompió la estructura del mundo antiguo a la manera de una fuerza mecánica que obrase desde su interior. Lejos de poder decir que la nueva religión infundió nueva savia en un organismo envejecido, podríamos afirmar que lo dejó exangüe. Cortó los lazos que existían entre el espíritu y la vida social y sembró por doquiera gérmenes de quietismo, desesperanza y muerte.»

Por su parte, Michael Rostovtzeff (Social and Economic History of the Roman Empire, 1926), oponiéndose en ciertos puntos a Seeck, y también a Max Weber (Orígenes sociales de la decadencia de la civilización antigua, l896), planteaba una cuestión esencial: «¿Es posible extender una civilización elevada a las clases bajas sin degradar su nivel, sin diluir su valor hasta el punto de hacerlo desaparecer? ¿No está toda civilización, desde el momento en que empieza a penetrar en las masas, abocada a la decadencia?»

Ortega y Gasset iba a responderle, en La rebelión de las masas: «La historia del Imperio romano es también la historia de la subversión, del imperio de las masas, que absorben y anulan a las minorías dirigentes y se colocan en su lugar.»

Esta panorámica (1) quedaría incompleta si omitiésemos señalar tres obras aparecidas a comienzos de siglo y que nos parece anuncian el auge de la crítica moderna: L'intoleránce religieuse et la politique (Flammarion, 1911), de Bouché-Leclercq; La propagande chréthienne et les persecutions (Payot, 1915), de Henri-F. Secrétan, y Le christianisme antique (Flammarion, 1921), de Charles Guignebert.

El cristianismo, «religión oriental por sus orígenes y sus caracteres fundamentales» (Guignebert), se infiltró en la Europa antigua de modo casi subrepticio. El Imperio romano, tolerante por naturaleza, no le prestó atención durante mucho tiempo. En la Vida de los doce Césares, de Suetonio, leemos a propósito de un acto de Claudio: «Expulsó de Roma los judíos, que estaban en continua efervescencia por instigación de un tal Crestos.» En conjunto, el mundo grecolatino permaneció en un principio cerrado a la predicación. El elogio de la debilidad, de la pobreza, de la «locura», le parecía algo insensato. En consecuencia, los primeros centros de propaganda cristiana se instalaron en Antioquia, en Éfeso, en Tesalónica y en Corinto. En estas grandes ciudades, en las que esclavos, artesanos e inmigrantes se mezclaban con los mercaderes, todo era objeto de compra y venta, y predicadores e iluminados, en número cada vez mayor, rivalizaban en seducir a unas abigarradas e inquietas muchedumbres, fue donde los primeros apóstoles encontraron terreno abonado.

A. Causse, que fue profesor en la facultad de teología protestante de la Universidad de Estrasburgo, escribe: «Si los apóstoles predicaban el Evangelio en las plazuelas de los pueblos no era sólo por una sabia política misionera, sino porque la nueva religión era acogida más favorablemente en esos medios nuevos que por las viejas razas apegadas a su pasado y a su suelo. Los verdaderos griegos iban a permanecer durante mucho tiempo ajenos y hostiles al cristianismo. Los atenienses habían acogido a Pablo con una indiferencia irónica: "¡Ya nos lo contarás otro día!", y habrían de transcurrir muchos años antes de que los viejos romanos abandonasen su aristocrático desprecio por aquella detestable superstición. La primera Iglesia de Roma era muy poco latina, y en ella apenas se hablaba el griego. Pero los sirios, los asiáticos y toda la muchedumbre de los graeculi recibían con entusiasmo el mensaje cristiano» (Essai sur le conflit du christianisme primitif et de la civilisation, Ernest Leroux, 1920).

J. B. S. Haldane, que consideraba el fanatismo como una de las «cuatro invenciones verdaderamente importantes hechas entre el año 3000 antes de nuestra era y el 1400» (The Inequality of Man, Famous Books, Nueva York, 1938), atribuía su paternidad al judeocristianismo. Yavé, el dios de los desiertos de Arabia, es un dios solitario y celoso, exclusivo y cruel, que preconiza la intolerancia y el odio. «¿No odio, ¡oh Yavé!, a los que te aborrecen y me enardezco contra tus enemigos? Los aborrezco y los tengo por enemigos.» (Salmo 139,21 y 22). Jeremías implora: «Les darás su merecido, ¡oh Yavé!..., y ¡tu maldición será con ellos!

Los perseguirás con ira y los exterminarás de debajo del cielo.» (Lamentaciones, 111, 64-66). «De cierto, ¡oh Dios!, harás morir al impío.» (Salmo 139, 19). «Y por tu misericordia disiparás a mis enemigos, y destruirás a todos los adversarios de mi alma...» (Salmo 143, 12). La Sabiduría, que personifica lo infinitamente bueno, amenaza: «También yo me reiré de vuestro infortunio, me mofaré cuando sobrevenga vuestro espanto.» (Prov.I, 26). El Deuteronomio habla de la suerte que debe reservarse a los "idólatras": «Si tu hermano, hijo de tu madre, tu hija, o la mujer que descansa en tu seno, o el amigo tuyo, que es como tú mismo, te incitara en secreto diciendo: "¡Vamos y sirvamos a otros dioses!" que no conoces..., antes le habrás de matar; tu mano descargará en él primeramente para hacerle morir, y después la mano de todo el pueblo. Cuando oigas que en una de las ciudades que Yavé te concede para habitar se dice que han surgido hombres indignos que han seducido a sus conciudadanos diciendo: " ¡Vamos y sirvamos a otros dioses!" que no conoces, indagarás, y si ves que es cierta tal abominación, herirás a filo de espada a los habitantes de esa ciudad; la consagrarás al exterminio, así como a cuanto en ella exista. Juntarás todo su botín en medio de su plaza y quemarás en el fuego totalmente la ciudad y toda su presa a honra de Yavé, tu Dios. Así quedará convertida en perpetuo montón de ruinas, sin ser reedificada...» (Deut. XIII).

En el Evangelio, Jesús dice, cuando vienen aprenderle: «...porque todos los que tomen espada, a espada perecerán.» (Mateo XXVI, 52). Pero antes había afirmado: «No penséis que he venido a traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada. Porque he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra; y los enemigos del hombre serán los de casa.» (Mateo X, 34-36). También había pronunciado la frase que es divisa de todos los totalitarismos: «El que no es conmigo, contra mí es.» (Mateo XII, 30).

La Iglesia primitiva aplicará escrupulosamente tales consignas. Incrédulos y paganos son infrahombres a los ojos de los apóstoles. San Pedro los compara a «animales irracionales, nacidos para presa y destrucción» (2 Pedro II, 12). Jerónimo aconseja al cristiano converso patear el cuerpo de su madre si ésta trata de impedirle que la abandone para siempre a fin de seguir la enseñanza de Cristo. En el año 345, Fermicus Maternus hace de la matanza un deber: «La ley prohíbe, santísimos emperadores, perdonar ni al hijo ni al hermano. Obliga a castigar a la mujer que amamos tiernamente y a hundirle el hierro en el seno. Pone las armas en la mano y manda volverlas contra los amigos más íntimos...»

En adelante, la práctica evangélica de la caridad estará estrictamente subordinada al grado de adhesión a misterios y dogmas. Europa será evangelizada por el hierro y el fuego. Herejes, cismáticos, librepensadores y paganos serán, renovando el gesto de Poncio Pilato, entregados al brazo secular para ser sometidos a suplicio y muerte. La denuncia se verá recompensada con la atribución de los bienes de las víctimas y de sus familias. Los «que habiendo entendido el juicio de Dios...-había escrito san Pablo-, son dignos de muerte» (Romanos, I, 32). Tomás de Aquino precisa: «El hereje debe ser quemado.» Uno de los cánones adoptados en el Concilio de Letrán declara: «No son homicidas quienes matan herejes» (Homicidas non esse qui heretici trucidant). Por la bula Ad extirpenda, la Iglesia autorizará la tortura. Y, en 1864, Pío IX proclamará todavía en el Syllabus: «Anatema sea quien diga que la Iglesia no tiene derecho a emplear la fuerza, que no tiene ningún poder temporal directo o indirecto.» (XXIV).

Voltaire, que sabía sumar, había hecho la cuenta de las víctimas de la intolerancia religiosa desde los comienzos del cristianismo hasta su época. Teniendo en cuenta las exageraciones y descontando mucho en beneficio de la duda, halló un total de 9.718.000 personas que habían perdido la vida ad majorem Dei gloriam. Junto a esa cifra, el número de cristianos muertos en Roma bajo el signo de la palma (símbolo del martirio y la resurrección gloriosa en el cristianismo primitivo) resulta insignificante.

«Gibbon cree poder afirmar -escribe Louis Rougier- que el número de mártires en toda la extensión del Imperio romano, a lo largo de tres siglos, no llegó al de los protestantes ejecutados en un solo reinado y exclusivamente en las provincias de los Países Bajos, donde, según Grocio, más de cien mil súbditos de Carlos V murieron a manos del verdugo. Por conjeturales que sean estos cálculos, puede afirmarse que el número de mártires cristianos es pequeño comparado con las víctimas de la Iglesia durante quince siglos: destrucción del paganismo bajo los emperadores cristianos, lucha contra los arrianos, los donatistas, los nestorianos, los monofisitas, los iconoclastas, los maniqueos, los cátaros y los albigenses, Inquisición española, guerras de religión, dragonadas de Luis XIV, pogroms de judíos...

Ante tales excesos, podemos preguntarnos, con Bouché-Leclercq, "si los beneficios del cristianismo (por grandes que sean) no se han visto de sobra compensados por la intolerancia religiosa que tomó del judaísmo para difundirla por el mundo"...»(Celse contre les chrétiens, Copernic, 1977).

Los antiguos creían en la unidad del mundo, en la intimidad dialéctica del hombre con la naturaleza. Su filosofía natural estaba dominada por las ideas de devenir y de alternancia. Los griegos asimilaban la ética a la estética, el kalôn al agathôn, el bien a la belleza, y con justicia ha escrito Renan: «Un sistema en el que la Venus de Milo no es más que un ídolo es un sistema falso, o al menos parcial, porque la belleza vale casi tanto como el bien y la verdad. Con tales ideas es inevitable una decadencia en el arte.» (Les apótres, pág. 372). El «hombre nuevo» del cristianismo profesaba una visión de las cosas muy diferente. Llevaba en sí un conflicto, no el cotidiano que forma la trama de la vida, sino un conflicto escatológico, absoluto: el divorcio del mundo.

El cristianismo primitivo extiende la idea mesiánica presente en el judaísmo bajo una forma exacerbada, debida a una espera milenaria. En las palabras atribuidas a Jesús encontramos citas literales de las visiones del Libro de Enoc. Para los primeros cristianos, el mundo, simple etapa, valle de lágrimas, lugar de dificultades y tensiones insoportables, necesita una compensación, una visión radiante que justifique (moralmente hablando) la impotencia de aquí abajo. Por eso la tierra aparece como el campo en que se enfrentan las fuerzas del Mal y del Bien, el príncipe de este mundo y el Padre celestial, los poseídos por el demonio y los hijos de Dios: «Y ésta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe.» (I Juan V, 4). La idea de que el mundo pertenece al Mal, más tarde característica de ciertos gnósticos (los maniqueos), aparece con frecuencia en los primeros escritos del cristianismo. El propio Jesús afirmaba: «No ruego por el mundo..., como tampoco yo soy del mundo» (Juan XVII, 9-14). San Juan insiste: «No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la vanagloria de la vida no proviene del Padre, sino del mundo.» (I Juan II, 15 y 16.) «No os extrañéis si el mundo os aborrece.» (lbid. III,13). «Sabemos que somos de Dios, y el mundo entero está bajo el maligno.» (lbid. V, 19.) Más tarde, la regla de san Benito enunciará como precepto que los monjes deben «hacerse extraños a las cosas del mundo» (A saeculi actius se facere alienum). En la Imitación de Cristo leemos: «El verdaderamente sabio es el que, para ganar a Cristo, considera basura y estiércol todas las cosas de la tierra.» (I, 3, 5).

En medio del gran renacimiento artístico y literario de los dos primeros siglos, los cristianos se mantenían, en su calidad de extraños que se complacían en serlo, indiferentes o, más frecuentemente, hostiles. La estética bíblica rechaza la representación de las formas, la armonía de las líneas y los volúmenes; en consecuencia, sólo tenían una mirada de desdén para las estatuas que adornaban plazas y monumentos. Por lo demás, para ellos cualquier cosa era objeto de odio. Las columnatas de los templos y los paseos cubiertos, los jardines con sus fuentes y los altares domésticos donde chisporroteaba una llama sagrada, las ricas mansiones, los uniformes de las legiones, las villas, los navíos, las calzadas, las obras, las conquistas, las ideas: en todas partes veía el cristiano la marca de la Bestia. Los padres de la Iglesia no condenaban sólo el lujo, sino cualquier obra de arte profana, los atuendos de colores, los instrumentos musicales, el pan blanco, los vinos extranjeros, las almohadas de plumas (¿acaso no había descansado Jacob su cabeza sobre una piedra?) e incluso la costumbre de cortarse la barba, en la que Tertuliano ve «una mentira contra el propio rostro» y un impío intento de mejorar la obra del Creador.

El rechazo del mundo se hacía aún más radical entre los cristianos primitivos porque estaban convencidos de que la Parusía (la vuelta de Jesucristo al final de los tiempos) iba a tener lugar de inmediato. Era el propio Jesús quien se lo había prometido: «De cierto os digo que algunos de los que están aquí, que no gustarán la muerte hasta que hayan visto al Hijo del hombre viniendo en su reino.» (Mateo XVI, 28). «De cierto os digo que no pasará esta generación hasta que todo esto acontezca.» (Mateo XXIV, 34). En vista de ello, repetían a más y mejor la buena nueva. Mas el fin de todas las cosas se acerca.» (I Pedro IV, 7). «Ya es el último tiempo.» (I Juan II, 18). Pablo vuelve una y otra vez sobre esta idea. A los hebreos: «No perdáis, pues, vuestra confianza, que tiene grande galardón... Porque todavía un poquito y el que ha de venir vendrá, y no tardará»(Hebr.X,35-37). «No dejando de congregarnos... sino exhortándonos, y tanto más cuanto veis que aquel día se acerca» (lbid.,X,25). A los tesalonicenses: «Teneos firmes, porque se acerca el advenimiento del Señor.» A los corintios: «Hermanos, el tiempo es corto; resta, pues que los que tienen esposa sean como si no la tuviesen...» (I Cor.VII, 29). A los filipenses: «El Señor está cerca. Por nada estéis afanosos...» (Fil. IV, 5 y 6).

En su diálogo con Trifón, Justino afirma que los cristianos van a ser muy pronto reunidos en Jerusalén, y que será para mil años (LXXX-LXXXII). En el siglo II, el frigio Montanus declara entrever la inminencia del fin del mundo. En el Ponto, campesinos cristianos abandonan sus campos para esperar el día del juicio. Tertuliano reza pro mora fines, «para que se retrase el fin». Pero pasaba el tiempo y no ocurría nada. Las generaciones desaparecían, una tras otra, sin haber visto el glorioso advenimiento; y ante la continua demora de sus esperanzas escatológicas, la Iglesia, dando una prueba de prudencia, acabó por resignarse a situar la Parusía en un «más allá» indeterminado. Hoy sólo los Testigos de Jehová repiten a fecha fija: «El año que viene en la Jerusalén de los cielos.»

La doctrina cristiana implicaba una revolución social. En efecto, afirmaba por vez primera no que el alma existe (lo que no la hubiese hecho original), sino que todos poseen una idéntica al nacer. Los hombres de la cultura antigua, que si nacían en una religión era por nacer en una patria, tendían más bien a pensar que, al adoptar un comportamiento caracterizado por el rigor y el dominio sobre sí mismos, podría ocurrir que llegasen a forjarse un alma, pero que ésta era una suerte sin duda reservada a los mejores. La idea de que todos los hombres pudiesen ser gratificados con ella de un modo indiferente y por el solo hecho de existir les resultaba chocante. El cristianismo sostenía, por el contrario, que todo el mundo nacía con un alma, lo que equivalía a decir que los hombres nacían iguales ante Dios.

Por otra parte, en su rechazo del mundo, el cristianismo se presentaba como heredero de una vieja tradición bíblica de odio a los poderosos, de exaltación sistemática de los «humildes y los pobres» (anavim ébionim), cuyo triunfo y desquite sobre las civilizaciones inicuas y orgullosas habían anunciado profetas y salmistas. En el Libro de Enoc, muy divulgado en el siglo I en los medios cristianos (se le cita en las epístolas de Judas XV, 4, y de Bernabé: XV), se lee: «El Hijo del hombre hará levantar a los reyes y los poderosos de sus lechos y a los fuertes de sus sitiales; quebrará su fuerza... Derribará a los reyes de sus tronos y de su poder. Hará volver la cara a los fuertes, y los cubrirá de vergüenza...» (Enoc XLVI, 4-6). Jeremías se complace en imaginar a las futuras víctimas en forma de animales de matadero: «Sepáralos, ¡oh Yavé!, como ovejas para el matadero y resérvalos para el día de la matanza.» (Jer. XII,3.) A las mujeres de los poderosos, a las que llama «vacas de Basán» (Am. IV, I), Amós les predice: «Yavé ha jurado por su santidad: Vendrán días sobre vosotras en que os levantarán con anzuelos, ya vuestra descendencia con arpones de pesca.» (IV, 2). Los salmos esbozan el principio de la lucha de clases, y el mismo espíritu inspirará «a los primeros grupos de cristianos y más tarde a las órdenes monásticas» (A. Causse,op.cit.). «En el fondo, no hay en los salmos más que un solo tema –dice Isidore Loeb-, que es la lucha del pobre contra el malvado, y su triunfo final gracias a la protección de Dios, que ama al uno y detesta al otro.» (Littérature des pauvres dans la Bible). El pobre es siempre víctima de una injusticia. Se le llama el Humilde, el Santo, el Justo, el Piadoso. Es desgraciado, presa de todos los males; está enfermo, inválido, solo, abandonado, relegado a un valle de lágrimas, riega su pan con lágrimas, etc. Pero soporta su dolor, lo busca incluso, porque sabe que tales pruebas son necesarias para su salvación, que cuanto más humillado sea más triunfará, cuanto más sufra más verá un día sufrir a otros. En cuanto al malvado, es rico, y su riqueza siempre es culpable. Es feliz, construye ciudades, desempeña funciones sociales preeminentes, manda los ejércitos; pero en la misma proporción en que domina será un día castigado.

«Tal es el ideal social del profetismo judío -dice Gérard Walter-: una especie de nivelación general que hará desaparecer toda distinción de clase y conducirá a la creación de una sociedad uniforme, de la que estará proscrito todo privilegio, cualquiera que sea. Este sentimiento igualitario, llevado a sus últimos límites, va unido al de la animosidad irreductible contra los ricos y los poderosos, que no serán admitidos en el futuro reino. La humanidad ideal de los tiempos que se anuncian comprenderá a todos los justos sin distinción de credo ni nacionalidad.» (Les origines du communisme, Payot, 1931). El segundo libro de los Oráculos sibilinos pinta a la humanidad regenerada en una nueva Jerusalén bajo un régimen estrictamente comunista: «Y la tierra será común a todos, no habrá ya ni muros ni fronteras. Todos vivirán en común y la riqueza será inútil. Entonces ya no habrá ni pobres ni ricos, ni tiranos ni esclavos, ni grandes ni pequeños, ni reyes ni señores, sino que todos serán iguales.» (Or. sib. II, 320-326).

A la vista de ello, se comprende mejor que en un primer momento el cristianismo les haya parecido a los antiguos una religión de esclavos y de heimatlos, vehículo de una especie de «contracultura», que sólo logra éxito entre insatisfechos, desclasados, envidiosos y revolucionarios avant la lettre: esclavos, artesanos, bataneros, cardadores, zapateros, mujeres solas, etc.

Celso describe a las primeras comunidades cristianas como «un amasijo de gentes ignorantes y crédulas mujeres, reclutados entre la hez del pueblo», y sus adversarios apenas tratan de desengañarle en este punto. Lactancio predica la igualdad en las condiciones sociales: «No hay equidad allí donde no hay igualdad.» (Inst. VII, 2). Bajo Heliogábalo, Calixto, obispo de Roma, recomienda a los conversos casarse con esclavas 2.

Por eso no hay para el cristiano idea más odiosa que la de patria: ¿Cómo servir a la vez a la tierra de los padres y al Padre que está en los cielos? La salvación no depende del nacimiento, ni de la pertenencia a la ciudad, ni de la antigüedad de la estirpe, sino exclusivamente del respeto a los dogmas. A partir de entonces, basta con distinguir a los creyentes de los incrédulos, y cualquier otra frontera debe desaparecer. Pablo lo subraya con insistencia: «Ya no hay ni judío ni griego, ni hombre ni mujer.. Hermas, que gozó en Roma de gran autoridad, condena a los conversos a un perpetuo exilio: "Vosotros, los servidores de Dios, vivís en una tierra extraña. Vuestra ciudad está muy lejos de ésta.» (Sim. I, I).

Tal disposición de espíritu explica la reacción romana. Celso, patriota preocupado por la salud del Estado, que presiente el debilitamiento del Imperium y la disminución del sentimiento cívico que el triunfo del igualitarismo cristiano podría provocar, comienza su Discurso verdadero con estas palabras: «Una nueva raza de hombres nacidos ayer, sin patria ni tradiciones, coligados contra todas las instituciones religiosas y civiles, perseguidos por la justicia, tachados de infamia por todos y que se glorían de esa común execración: eso son los cristianos. Facciosos que pretenden hacer rancho aparte y separarse de la sociedad común.» Y Tácito, que dice son detestados por sus «abominaciones» (flagitia), los acusa del crimen de «odio al género humano». «Apenas reprimida -dice- esta execrable superstición volvía a desbordarse no sólo en Judea, cuna de la plaga, sino en la misma Roma, donde cuantos horrores e infamias existen afluyen de todas partes y hayan crédito...»

El principio imperial es en esta época instrumento de una concepción del mundo que se lleva a cabo en forma de un vasto proyecto. Gracias a él, la pax romana reina en un mundo ordenado. Lleno de admiración, exclama Horacio: " El buey vaga seguro por los campos que fecundan Ceres y la Abundancia, mientras los nautas surcan por todas partes los mares apacibles.» En Halicarnaso, una inscripción tripartita en honor de Augusto proclama: «Las ciudades florecen en medio del orden, la concordia y la riqueza.» Pero para los cristianos primitivos el Estado pagano es obra de Satán.

El Imperio, supremo símbolo de una fuerza orgullosa, no es más que arrogancia digna de mofa. La armoniosa sociedad romana es declarada sin excepción culpable, pues su resistencia a las exigencias monoteístas, sus tradiciones, su modo de vida, son otras tantas ofensas a las leyes del socialismo celestial. Y como culpable, debe ser castigada; es decir, destruida. La literatura cristiana de los dos primeros siglos exhala, como una larga queja, su rosario de anatemas. Con febril impaciencia, los apóstoles predican la "hora de la venganza», «para que se cumplan todas las cosas que están escritas» (Lucas XXI, 22). Anuncian, como lo harán tras ellos los padres de la Iglesia, la inminencia del desquite, de la «gran noche», en que todo quedará patas arriba. La epístola de Santiago contiene una llamada a la lucha de clases: «¡Vamos ahora, ricos! Llorad y aullad por las miserias que os vendrán. Vuestras riquezas están podridas y vuestras ropas están comidas por la polilla.» (V,1-2).

Santiago, que ha leído el Libro de Enoc, anuncia terribles torturas a ricos y paganos. Imagina el juicio final como un «toque a degüello», «una especie de inmenso matadero al que serán arrastradas por millares las personas acomodadas, bien gordas y lucidas y con todas sus riquezas encima, y el júbilo le invade al saborear la perspectiva de verlos ir uno a uno devolviendo lo mal adquirido antes de pasar a alimentar con su grasa la formidable carnicería que entrevé en sueños» (Gérard Walter,op.cit.). Sobre todo, acusa a los ricos de deicidio: «Condenasteis y matasteis al Justo.» (V, 6.) Esta tesis, que hace a Jesús la víctima, no de un pueblo, sino de una clase, no tardará en hacerse popular. Tertuliano escribe: «Los tiempos están maduros para que Roma acabe entre las llamas. Va a recibir el salario que sus obras han merecido» (De la oración, 5).

El Libro de Daniel, escrito entre 167 y 165 antes de nuestra era, y el Apocalipsis de san Juan son las dos grandes fuentes en que bebe este santo furor. San Hipólito (hacia 170-235), en su Comentario sobre Daniel, sitúa el fin de Roma hacia el año 500 y lo atribuye al auge de las democracias: «Los dedos de los pies de la estatua del sueño de Nabucodonosor representan las democracias que se avecinan, y que se separarán unas de otras como los diez dedos de la estatua, en los que el hierro estará mezclado con arcilla.» Hacia 407, san Jerónimo, en otro Comentario sobre Daniel, define el fin del mundo como «el tiempo en que el reino de los romanos deberá ser destruido». Otros autores repiten tales profecías: Eusebio, Apolinar, Metodio de Olimpo...

El ardor revolucionario contra Roma, «ciudad maldita», «nueva Babilonia», «gran ramera», no conoce límites. La urbe es el último avatar de Leviatán y Behemot. En todos estos apocalipsis, misterios sibilinos y profecías de doble sentido, en toda esta trepidación mental, hipersensible a los «símbolos» y los «signos», en toda esta literatura salmódica, hallamos más imprecaciones de las que habrían hecho falta para calentar los espíritus, sacudir las imaginaciones e incluso armar manos todavía indecisas. Esto explican las acusaciones que, en el año 64, siguen al incendio de Roma.

El Deuteronomio mandaba a los siervos de Dios degollar a las poblaciones incrédulas e incendiar sus ciudades en honor de Yavé, y Jesús había repetido la imagen: «El que en mí no permanece, será echado fuera como sarmiento que se seca, y lo recogen y lo echan al fuego y arde.» (Juan XV, 6). Y, en efecto, desde Roma hasta las hogueras de la Inquisición, es mucho lo que va a arder. La sagrada piromanía se ejercitará sin descanso. «Esta idea (que el mundo de los impíos será destruido por el fuego) -dice Bouché-Leclercq- la habían recibido los cristianos de los videntes judíos, de aquellos profetas y sibilistas que invocaban tan pronto al rayo como a la tea, al hierro como al fuego sobre las ciudades y los pueblos enemigos de Israel. Jamás la imaginación ha quemado tanto como en las profecías de Isaías y de Ezequiel, la más rica colección de anatemas que haya dado nunca la literatura religiosa.» «En esta opinión de un incendio general -añade Gibbon- la fe de los cristianos venía a coincidir con la tradición oriental (...).

El cristiano, que basaba su creencia no tanto en los falaces argumentos de la razón como en la autoridad de la tradición y en la interpretación de la Escritura, esperaba con terror y confianza el acontecimiento, estaba seguro de su inminencia ineluctable; y como esta idea solemne ocupaba permanentemente su espíritu, consideraba cuantos desastres sobrevenían en el Imperio como otros tantos síntomas infalibles de la agonía del mundo.»

Esta certidumbre, la de que era necesario que el Imperio se derrumbase para que llegase el Reino, explica los encontrados sentimientos de los primeros cristianos frente a los bárbaros. Es indudable que, en un primer momento, se sintieron tan amenazados como los romanos. Ambrosio, obispo de Milán, distingue entre los enemigos exteriores» (hostes extranei) y lo interiores (hostes domestici). Para él, era a los godos a quien Ezequiel se refería al hablar del pueblo de Magog. Pero, en una segunda etapa, esos mismos bárbaros, que no tardarían en ser evangelizados, se convirtieron en auxiliares de la justicia divina. Los cristianos no podían admitir que su suerte estuviese ligada a la de una «Babilonia de impudicia.» Por eso, el Carmen de Providentia o los Commonitorium de Orencio apenas se interesan más que por los «enemigos interiores.» En el siglo III, en su Carmen apologeticum, un autor cristiano, Comodiano, habla de los germanos (más precisamente de los godos) como «ejecutores de los designios de Dios». En el siglo siguiente, Orosio afirma a su vez que las invasiones de los bárbaros son «juicio de Dios» que sobrevienen «en castigo de las culpas de los romanos» (poenaliter accidisse). Es el equivalente de las «plagas» de que se había servido Moisés para culpar al faraón.

El 24 de agosto del año 410, Alarico, rey de los visigodos, tras asediar Roma durante varias semanas, penetra de noche en la ciudad por la porta Salaria. Es una patricia conversa, Proba Faltonia, de la familia de los Anicios, la que, tras enviar a sus esclavos a ocupar la puerta, la hace entregar al enemigo. Los visigodos son cristianos y la solidaridad espiritual e ideológica ha dado sus frutos. Los Anicios, de los que Amiano Marcelino (XVI, 8) dice que tenían fama de insaciables, eran conocidos como fanáticos del partido católico. El saco de Roma que siguió fue descrito por los autores cristianos con amables trazos. Se alabó la «clemencia» de Alarico. «¿Es que los vencidos eran culpables?», preguntará Georges Sorel. Del jefe visigodo, dice san Agustín que fue el enviado de Dios y el vengador del cristianismo.

Orecio cuenta que sólo murió un senador, y además por su culpa («no se había dado a conocer»); que a los cristianos les bastaba hacer el signo de la cruz para ser respetados, etc. «Tan atrevidas mentiras -dice Augustin Thierry- fueron admitidas más tarde como hechos indiscutibles». (Alarico).

Hacia el año 442, es Quodvulteus, obispo de Cartago, quien pretende que los estragos de los vándalos son pura justicia. En uno de sus sermones, se esfuerza por consolar a un fiel que se ha quejado de las devastaciones: «Sí, me dices que el bárbaro te lo ha quitado todo... Veo, comprendo, medito: a ti, que vivías en el mar, un pez más grande te ha devorado. Espera un poco: vendrá un pez aún mayor que devorará al que devora, despojará al que despoja, tomará al que toma (...). Esta plaga que hoy padecemos no durará siempre: en verdad, está en manos del Todopoderoso». Por último, a fines del siglo V, Salviano de Marsella afirma que «los romanos han sufrido sus penas por el justo juicio de Dios».

En el siglo II, la Ciudad se había visto invadida por cultos extranjeros. Se había alzado en el Palatino un templo a la Gran Madre, en el que oficiaban fanatici. El contagio moral hizo lo demás. «Por la brecha abierta en la barrera que cierra el horizonte de la vida terrestre iban a penetrar toda clase de quimeras y supersticiones, salidas del inagotable depósito de la imaginación oriental.» (Bouché-Leclercq). Fueron las baccanalia, los ritos con misterios, el culto isiaco, el de Mitra, y por último el cristianismo. Sobre las tumbas se leía cada vez con mayor frecuencia la mención: «El último de su familia». La estirpe de Pompeyo había desaparecido en el siglo II, como la de Augusto y la de Mecenas. Roma no estaba ya en Roma; en el Tíber iban a desembocar todos los ríos de Oriente. Sólo mucho más tarde, en el Renacimiento, observará Petrarca (1304-1374) que la «época negra» (tenebrae) de la historia romana había coincidido con la era de Teodosio y Constantino; mientras que en el norte de Europa, a comienzos del siglo XVI, Erasmo (hacia 1469-1536) afirmaba, aunque se decía «miliciano de Cristo», que los verdaderos bárbaros de los tiempos antiguos, los «auténticos godos», habían sido los monjes y escoliastas de la Edad Media.

En su ensayo sobre El fin del mundo antiguo (op. cit.), Santo Mazzarino recuerda con toda justicia que, hasta época reciente, la cultura del Bajo Imperio nos ha parecido siempre «cualitativamente inferior a la de las épocas de grandes civilizaciones que la han precedido». Pero hoy, dice, ya no ocurre igual: «Todas las voces del mundo romano "decadente", entre los siglos III y VI, se nos han hecho accesibles». A la inversa, «del decadentismo, el expresionismo y otras categorías modernas de la crítica literaria o artística podemos decir que son otros tantos caminos para conocer el mundo del Bajo Imperio (...). El parentesco entre nuestra época y ese mundo es un hecho en el que todos pueden estar de acuerdo». Y pregunta por último: «Esta revaloración de la poesía y el arte del Bajo Imperio, ¿hasta qué punto podemos extenderla a las manifestaciones de orden social y político?» Curiosamente, Mazzarino, para quien vivimos probablemente en el mejor de los mundos posibles, extrae de esta observación la moraleja de que la idea de decadencia es ilusoria. En ningún momento llega a pensar que, si el Bajo Imperio parece hoy más digno de aprecio a nuestros contemporáneos, es porque encuentran en él estigmas que les son familiares, porque el período actual remite como ningún otro a la imagen de las tenebrae de que hablaba Erasmo, y es esta semejanza la que nos ha puesto en condiciones de apreciar lo que generaciones anteriores, de mejor salud, no podían ver.

En efecto, el estudio de las condiciones en que murió el Imperio romano no tiene sólo un interés histórico y abstracto. El parentesco entre ambas coyunturas, el paralelo que tan a menudo se traza entre aquellas condiciones y las que hoy prevalecen, lo hace profundamente actual. Por la demás, son muchos los que admiten, con Louis Rougier, que «la ideología revolucionaria, el socialismo, la dictadura del proletariado, se derivan del pauperismo de los profetas de Israel. En la crítica de los abusos del antiguo régimen por los oradores de la Revolución, en el proceso al régimen capitalista por los comunistas de nuestros días, resuena el eco de las furibundas diatribas de Amós y Oseas contra la marcha de un mundo en el que la insolencia del rico oprime al justo y desuella al pobre; como resuenan también los ásperos vituperios de la literatura apocalíptica judía y cristiana contra la Roma imperial» (op. cit.).

A un Celso no le sería difícil identificar todavía hoy a «una nueva raza de hombres, nacidos ayer, sin patria ni tradiciones..., coligados contra todas las instituciones..., perseguidos por la justicia..., facciosos que pretenden hacer rancho aparte... y se glorían de la común execración». Otra vez, en el mundo occidental, unos fanatici, que a veces viven «en comunidad», verdaderos apátridas, hostiles a toda estructura ordenada, a toda ciencia, a toda jerarquía o frontera, a toda selección, se separan del mundo y denuncian a la «Babilonia» de los tiempos modernos. Al modo como las primeras comunidades cristianas proclamaban la abolición de todas las categorías naturales en beneficio exclusivo de la ecclesia de los creyentes, hoy se extiende un neocristianismo que anuncia el inminente advenimiento de una nueva parusía, de un mundo igualitario unificado por la superación de las «viejas querellas», la socialización del Amor y la huida hacia adelante en la demora de lo «social». El 30 de diciembre de 1973, el hermano Roger Schutz, prior de Taizé, declaraba: «Por encima de todo, tiene que haber Amor, porque el Amor es quien nos da unidad».

El cristianismo antiguo rechazaba el mundo. La Iglesia de la época clásica distinguía el orden de lo alto del de aquí abajo. El neocristianismo, trasladando audazmente sus esperanzas seculares del cielo a la tierra, laiciza su teodicea. Ya no celebra las nupcias solemnes de los conversos con el Esposo místico, sino los desposorios de Cristo y la humanidad por intercesión del Espíritu universal del socialismo. También él rechaza el mundo, pero sólo el actual, afirmando que puede ser «cambiado», que debe sucederle otro y que la unión mesiánica de los «desfavorecidos» puede, mediante su inteligente intervención, realizar aquí abajo el viejo sueño de los profetas de la Biblia: detener la historia y hacer que desaparezcan injusticias, desigualdades y tensiones: «Hoy más que nunca, el espíritu griego, convertido en espíritu científico, y el espíritu mesiánico, transformado en espíritu revolucionario, se oponen de modo irreductible. La existencia de unos sectarios y fanáticos en frío a quienes la participación subjetiva en un cuerpo de verdades reveladas, en una gnosis, da, a sus propios ojos, derechos sobre todo y sobre todos, derecho a hacerlo todo y permitírselo todo, persiste en plantear una cuestión de vida o muerte a una sociedad que está al borde, no ya de la guerra de religión, sino de una forma cercana a esa plaga histórica: la guerra de civilización.» (Jules Monnerot, Sociologie de la révolution, Fayard, 1969).

Ciertos críticos repiten contra la civilización y la cultura europeas las palabras de Orosio y Tertuliano contra Roma: los reveses que hoy sufren son el castigo por sus culpas pasadas. Paga por su «orgullo», su riqueza, su poder, sus conquistas. Los bárbaros que van a saquearla le harán expiar los sufrimientos del Tercer Mundo, la ambición impotente y la humillación de los mal dotados. Sobre sus ruinas se edificará la Jerusalén de los nuevos tiempos. Entonces veremos desaparecer «el velo de luto que velaba a todos los pueblos, el sudario que cubría todas las naciones» (Isaías XXV, 7).

Volvemos a tropezamos con la misma interpretación moralizante de la historia. Pero ni la historia ni el mundo están gobernados por una moral. El mundo es mudo: gravita en silencio. En su ensayo sobre La cuestión judía, afirmaba Marx que sólo el comunismo podría «realizar de manera profana el fondo humano del cristianismo», señalando así las «insuficiencias revolucionarias» de la doctrina cristiana («religión de los esclavos, pero no revolución de los esclavos») y las afinidades entre ambos sistemas proféticos, el espiritual y el terrestre. Roger Garaudy explicita estas palabras recordando que el cristianismo fue «un elemento disgregador del poder romano». Y añade: «La hostilidad al culto imperial, la negativa a participar en él y, más aún, la prohibición a los cristianos de servir militarmente al Imperio en una época en que el reclutamiento se hacía cada vez más difícil y en que el número de cristianos aumentaba de día en día, prohibición que subsistió hasta el siglo IV, tenía un claro significado revolucionario. Por lo demás, hay en el personaje de Cristo, magnificado por la imaginación colectiva de los primeros cristianos, y heredero de; numerosos mesías semejantes al "Señor de justicia" esenio, un innegable aspecto revolucionario.» (Marxisme du XXe siecle, La Palatine, 1966). Engels, que nos recuerda que, «como todos los grandes movimientos revolucionarios, el cristianismo fue obra de las masas populares», notó también el parentesco entre ambas doctrinas: la misma certidumbre mesiánica, la misma esperanza escatológica, la misma concepción de la verdad (bien percibida por O. Tillich), etc. En el cristianismo primitivo, ve «una fase totalmente nueva de la evolución religiosa, llamada a convertirse en uno de los elementos más revolucionarios de la historia del espíritu humano» («Contribution a l'histoire du christianisme primitif», en Marx y Engels, Sur la religion, selección de textos, Ed. Sociales, 1960).

Y es que a sus ojos, el cristianismo es el non plus ultra de la religión, la «consumación» (en el sentido de la Aufhebung) de cuantas religiones le precedieron. Convertido en la «primera religión universal posible» (Engels, Bruno Bauer y el cristianismo primitivo), es también, por la fuerza de las cosas, la última: todo término marca una cesura, que implica otro comienzo. Tras el cristianismo, suponiendo que haya un «después», no puede venir ya otra cosa que su superación.

Joseph de Maistre ha dicho: «EI Evangelio fuera de la Iglesia es un veneno», y el padre Daniélou: «Si separamos el Evangelio de la Iglesia, pierde los estribos». Estas palabras cobran todo su sentido hoy, cuando la Iglesia, nuevo catoblepas 3, parece querer dar por abolida su historia para volver a sus orígenes. A lo largo de dos milenios se habían implantado en el seno de la Iglesia unas estructuras de orden que, a la vez que la adaptaban a la mentalidad europea, permitían poner en forma, razonar, el peligroso mensaje evangélico.

Suavizado el «veneno», los fieles se habían mitridatizado. Hoy, el neocristianismo quiere poner esos dos milenios entre paréntesis, para volver a las fuentes de una religión verdaderamente universal y dar mayor impacto a su mensaje. De modo que, si es cierto que vivimos el «fin» de la Iglesia (no, seguramente, el del Evangelio), ese fin adopta la forma del regreso a un comienzo. El Evangelio (la pastoral) se separa cada vez más de la Iglesia (la dogmática). Pero se trata de una simple repetición: se tiende a hacer volver a los católicos a las condiciones «revolucionarias» en y por las que fue creado el cristianismo primitivo. De ahí el interés de la ojeada histórica que, mostrándonos lo que ocurrió, nos dice al mismo tiempo lo que nos espera.

(Febrero de 1977)

Notas:

1. Sobre el mismo tema pueden consultarse dos libros recientes: Bryce Lyon, The Origin of the Middle Ages. Pirenne’s Challenge to Gibbon, W.W. Norton & Co., historiographique, Gallimard, 1973.

2. El propio Calixto (hacia 155-222) había sido esclavo. La Iglesia lo canonizó, así como a su adversario, el antipapa Hipólito, a pesar de que éste le había tratado de «anarquista» (anomos).

3. Animal del que habla Plinio el Viejo, de aspecto tardo y estúpido y que mataba con la mirada (N. Del traductor).