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La memoria de la Otra Europa

Mito y Comunidad: G. Locchi

Mito y Comunidad: G. Locchi

(XIII Coloquio federal de GRECE, enero 1979)

Con un siglo de adelanto,  Friedrich Nietzsche había previsto  todos, o casi todos, los fenómenos que caracterizan nuestra época, como el ascenso del nihilismo anarquista, la epidemia neurótica, el auge extraordinario de un arte-espectáculo rebajado a un nivel circense o el comercio de la lujuria. La verificación de las profecías nietzscheanas debería despertar a los espíritus, invitarles a la reflexión. No ha sido así, lo cual es fatal. Cuando Nietzsche establecía para las sociedades occidentales un diagnóstico de decadencia, no hacía más que prever el desarrollo normal de la enfermedad. Ahora bien,  lo característico de esta enfermedad, la decadencia, es la ceguera que afecta al enfermo acerca de su propio estado. Cuanto más enfermo está, más sano cree estar. Una sociedad decadente es así tanto más progresista cuanto más avanza hacia el desenlace fatal de su enfermedad.

Echemos un vistazo a nuestro alrededor. Todos, desde el liberal más o menos avanzado al comunista más o menos atrasado, creen visceralmente en el progreso, están íntimamente convencidos de vivir una era de progreso e, incluso, del progreso definitivo. Se ven toda clase de fenómenos sociales que,  a través de la historia, han caracterizado siempre la agonía de los pueblos y las culturas. Desde el feminismo al fulgurante ascenso social de los histriones y de la gente del espectáculo, de la disgregación de las células sociales tradicionales (para nosotros, la familia), a las tentativas efímeras,  siempre repetidas, de remplazarlas por, no se sabe qué colectivos, del universalismo masoquista a la demolición de  toda norma social obligatoria para el individuo. Se ha llegado a la más absoluta incapacidad para aprender las lecciones de la historia, lo que a veces lleva a pensar que la historia carece de sentido.

Otro trazo característico de la decadencia avanzada es la mediocridad de los sentimientos. Se discute con saña, pero se tolera. Todavía se hace la guerra, fría si es posible, pero en nombre del amor, para liberar al otro. Es obligatorio odiar, pero se odia a la abstracción del Otro, nunca al otro en su realidad. Se odia, según el campo en que uno se encuentre, al terrible capitalismo occidental o al horrible régimen comunista, pero se ama al pueblo ruso, se ama al gran pueblo americano. Las sociedades decadentes ya no saben amar ni odiar, les ha invadido la tibieza, porque la vida les está abandonando, su fuerza vital casi ha desaparecido. Esa fuerza vital que da la vida a las sociedades, las organiza y las lanza al peligroso camino de la historia, y que puede recibir muchos nombres. Dostoïevski la llamaba Dios y decía que cuando un pueblo ha perdido su Dios, solo puede agonizar y morir. Friedich Nietzsche anunció a las sociedades occidentales que su Dios había muerto y que ellas también iban a morir. Paul Valery, a su manera, ha sentido la misma verdad. Para mí, "Dios" es una definición demasiado estrecha, demasiado "occidental", de lo que es la fuerza vital de una sociedad. Lo divino sólo es un elemento, un aspecto de esta fuerza vital que, más bien yo llamaría, en toda su complejidad, MITO.

Lo característico del mito, tal como yo lo entiendo, es el entrar en la historia creándose a sí mismo, es decir, creando y organizando sus propios elementos. El Mito es esa fuerza histórica que da vida a una comunidad, la organiza, la lanza hacia su destino. El Mito es, ante todo, un sentimiento del mundo, un sentimiento del mundo compartido y, en cuanto tal, él es y él crea objetivamente el lazo social y, al mismo tiempo, la norma comunitaria. Estructura la comunidad, la da su estilo de vida, estructura también las personalidades individuales. Ese sentimiento del mundo es, por otra parte, el origen de una visión del mundo, de las expresiones coherentes del pensamiento. La historia nos enseña que cada pueblo, cada civilización ha tenido su Mito. En la perspectiva abierta por nuestro presente social, se tiene la impresión de que los Mitos se ligan siempre a una fase primordial y superada del devenir humano. Que el Mito sea, por así decirlo, la manifestación propia de la infancia de la humanidad, es un lugar común de la reflexión histórica moderna. Es el punto de vista, inevitable, de un pensamiento que es el reflejo de la vejez de una civilización. Cuando el mito ha muerto, cuando se le mira desde fuera, aparece como un conjunto de creencias más o menos fantásticas, como una colección  de relatos imaginarios, extrañamente confusos, siempre contradictorios. Si se intenta, por la imaginación posterior, relacionarlo con la vida y la historia, el Mito parece moverse contra el sentido del tiempo, lo que hizo afirmar a Mircea Eliade que el Mito es nostalgia de los orígenes.  Pero no se puede estudiar la vida sobre un cadáver. Un  Mito vivo se reconoce por todo lo contrario, por el hecho de que es armonía, fusión y unidad de contrarios. Lo que quiere decir simplemente que los hombres que viven en el campo del Mito y que son organizados por él, no percibirán como contradictorio todo lo que parecerá contradictorio a los que están fuera. El Mito es viva fuerza creadora y lo demuestra justamente por esa creación que infatigablemente reduce y armoniza los contrarios. Hubo un nombre para esa virtud reductora de contradicciones: la fe. Racionalmente, estamos en un círculo vicioso, otra forma de contradicción: el Mito es sólo verdadero por la fe, pero la fe sólo vive del Mito, la fe sólo es creada por el Mito.

Los que vivimos el Mito conocemos bien este círculo vicioso, esa contradicción no es la única, porque el Mito está en todos aquellos para quienes éste es relevante y no cesa de crearse entre ellos y por ellos. Puesto que el Mito, en efecto, es creación incesante de sí mismo, es, bajo cualquier punto de vista, auto-creación. Lo es ya a nivel del lenguaje, que es el nivel donde se constituye el ser humano en ser social. Ilustres estructuralistas nos explican hoy que nosotros no hablamos, nosotros somos "hablados". Hablan evidentemente de ellos y para ellos, como representantes privilegiados de las sociedades actuales. Tienen razón: puesto que toda lengua, indiferente al Mito, al sentimiento del mundo que la ha creado, ya sólo puede ser hablada, en el sentido de que quienes la utilizan en realidad ya no hablan, sino que son "hablados". Cuando la lengua está todavía vivamente ligada a su raíz mítica, está todavía creándose, y, quienes la utilizan, todavía hablan y se hablan, lejos de cualquier Torre de Babel.

La lengua del Mito estructura los símbolos, crea todavía las cosas con las palabras. Cuando el Mito deja de hablar y como máximo todavía es hablado, a la armonía del símbolo le sigue la discordia de dos ideas opuestas, irreconciliables. Lo cual significa también, tautológicamente, que a la época del Mito le sucede la época de las ideologías, de ideologías que brotan de una misma fuente, y, sin embargo, siempre opuestas, que se esfuerzan vanamente en esperar su imposible síntesis por una "última ciencia" y en reencontrar así ese paraíso perdido que estaba asegurado por la armonía del Mito.

Puesto que es armonía de contrarios, el Mito es también el vínculo social por excelencia y, desde ese punto de vista, es legítimo hablar de él como religión. Vínculo social, el mito organiza la sociedad, la asegura la coherencia en el espacio y a través del tiempo. El Mito es más que una Weltanschauung [visión del mundo], es un sentimiento del mundo y además, al mismo tiempo, algo mejor: es un sentimiento de valor, una medida operativa. Me gustaría recordar aquí como un Mito puede organizar una sociedad, dictar la conducta a los hombres, el caso de los Helenos, que se encontraron de repente enfrentados a un problema desconocido para ellos. Los Helenos eran Indoeuropeos, su Mito era el Mito indoeuropeo, sobre la base del cual se habían organizado en sociedad de descendencia patrilineal, fundada sobre lo que podemos llamar el valor heroico. Cuando emigran a la península griega, se encuentran con una sociedad de descendencia matrilineal. Por razones, quizás contingentes, no destruyeron aquella sociedad extranjera. Hubo mezcla de pueblos, de civilizaciones. Lo cual supuso un grave problema: la oposición inconciliable entre dos concepciones de sociedad y de derecho. En la sociedad matriarcal, no son las mujeres quienes hacen la guerra y quienes detentan el poder, son también los hombres. Pero la legitimidad del poder viene de la mujer, sólo se es rey al casarse con la mujer que, por derecho, es heredera del poder por descendencia matrilineal. Así, en estas sociedades, el poder es siempre detentado por hombres elegidos por las mujeres. Ahora bien, si se puede pensar que los Helenos, al comienzo de la mezcla, obtuvieron el poder gracias al matrimonio, debían no obstante legitimarlo desde el punto de vista de su Mito, desde el punto de vista del derecho patrilineal. Un montón de relatos míticos nos hablan sobre esos conflictos y las mil maneras por las que los Helenos hicieron triunfar siempre su sistema de valores. La aventura de Edipo, la Orestiada, los mitos de Teseo, de Jasón, de Belerofonte, el propio mito del rapto de Europa, no son más que algunos ejemplos entre tantos otros. Y la supremacía del derecho paterno está simbolizada, en un Panteón que ciertamente pertenece a dos religiones míticas, por la presencia de Atenea, la diosa virgen, diosa guerrera pero también diosa de la sabiduría. Atenea no tiene madre, proclama "no ser más que de su padre", Zeus,  y es ella quien absuelve de todo a Orestes, quien, por vengar a su padre, se vio obligado a asesinar a su madre.

Esa relación íntima entre Mito fundador, sociedad, sistema de valores y norma social, nos permite hablar de la sociedad como de un organismo, de sociedad orgánica. Ese término de sociedad es hoy poco adecuado, como lo demuestra el hecho de que estamos obligados a adjetivarlo. Utilizaré, en adelante, comunidad para referirme a  sociedad orgánica, aún más, opondré estrictamente comunidad a sociedad, un poco a la manera en la que se opone un concepto límite al otro. Esta oposición de comunidad y sociedad no es nueva, fue hecha por sociólogos alemanes, especialmente por Ferdinand Tönnies. La intuición de esos sociólogos era acertada,  pero ha conducido siempre a conclusiones erróneas o a teorías igualmente confusas, porque la definición de comunidad en relación a  sociedad no era nunca dada sino de forma implícita.

Un Mito es siempre nostalgia de los orígenes, como dijo Mircea Eliade, pero también es siempre visión cosmológica de futuro, anuncia un fin del mundo, que puede ser también, a veces, el comienzo de una repetición del mundo y, como en algún caso que nosotros conocemos bien, regeneración del mundo.

El Mito, dicen también, no tiene tiempo. No lo tiene porque él es el tiempo, el tiempo de la historia. Así, la comunidad que él organiza es un organismo histórico que ocupa en todo momento las tres dimensiones del tiempo histórico. Una comunidad es un organismo vivo, que está a la vez en el pasado, en el presente y en el futuro. Una comunidad tiene una conciencia comunitaria, que es recuerdo, acción y proyecto a la vez.  A esta comunidad, la llamamos pueblo. Cuando un pueblo ha perdido la memoria de sus orígenes y, como dijo Richard Wagner, cuando deja de estar movido por una pasión y un sufrimiento común, deja de ser pueblo: se convierte en masa. Y la comunidad se convierte en sociedad. Como he dicho, comunidad y sociedad son conceptos-límite. Hay siempre un poco de masa en los mejores pueblos, como siempre hay un resto de pueblo en la masa más baja y vil. No hay duda, y esto nos hace agachar las orejas, de que vivimos en la época de las masas, de las sociedades masificadas. El individuo, sea el que sea, está divinizado en nombre de la igualdad. Todo individuo social tiene el mismo valor, la personalidad no es nunca tomada en consideración, por lo que ya no hay un sistema referencial de valor social. En una comunidad, por el contrario, el valor humano, que es siempre personalidad social, es medido por su grado de conformación a los tipos ideales propuestos por el Mito, que cada miembro de la comunidad lleva consigo como una especie de super-ego. Cuando el Mito se desmorona, cuando esos arquetipos ideales ya no son percibidos como tales, desaparece la unión comunitaria, de modo que, todo individuo es considerado como ideal en sí, por el simple hecho de que es un individuo. Lo que queda para mantener unida a lo que se ha convertido en sociedad, es el lazo siempre precario y contingente creado por la alianza de intereses egoístas de grupos de individuos, de clases, de partidos, de cultos, de sectas. La verdadera dimensión humana, que es dimensión histórica, se ha perdido; la sociedad de las masas en realidad ya no se preocupa ni del pasado ni del futuro, sólo vive en el presente y por el presente. Así, ya no se hace política, sólo economía, y economía de la peor calaña, condicionando todos los reflejos sociales. Sintomáticamente, la preocupación por el futuro, los horizontes del año 2000, sólo es invocada para justificar y avalar el fracaso económico del presente. Lo habéis comprendido, estamos hablando de nuestras sociedades occidentales. Esas sociedades en el seno de las cuales nacimos y vivimos, resultados de la gran ecúmene Cristiana, formada y conformada por el Mito judeo-cristiano. Ese Mito, junto a su Dios, murió hace mucho tiempo. Incluso la religión, tal y como transmite lo que todavía queda de las iglesias, está ideologizada, se ha convertido en ideología opuesta a otras ideologías brotadas de la misma fuente mítica, de ahora en adelante seca. Allí donde el Mito había organizado, armonizado y unido, dando así una significación y un contenido espiritual, es decir, humano, a la vida de los hombres,  las ideologías oponen, desunen, disgregan. La ideología rechaza el Mito por irracional y pretende ser ella racional y racionalmente fundada. En el fondo, de manera implícita o explícita, toda ideología pretende ser ciencia, ciencia del hombre también. Y, en esta búsqueda de racionalismo, toda ideología acaba transformándose en anti-ideología. La constatación de que una ideología no va nunca sin su ideología contraria, empuja a la búsqueda de una síntesis en una especie de neutralidad ideológica aparente,  sostenida por la estrafalaria convicción de que, en última instancia, incluso el hombre es cuantificable, de que todo puede ser calculado, de que la vida de una sociedad se reduce a un problema de gestión administrativa.

Las sociedades occidentales, por ejemplo, tienen la ilusión de reencontrar la armonía perdida, la fusión íntima de contrarios gracias a las virtudes de la tolerancia, deviniendo así esquizofrénicas y sumiendo en la esquizofrenia a los individuos más sensibles al clima social. El individuo occidental acaba siempre por tener mala conciencia, sobre todo a nivel de poder, porque está atormentado por dos exigencias opuestas, que él no sabría satisfacer conjuntamente, es decir: la exigencia de libertad individual y la exigencia de justicia social. El fraccionamiento presente en el seno de las sociedades se refleja en el corazón de los individuos, y tiene a veces consecuencias chistosas, como el caso de los liberales avanzados que desearían ser a la vez socialistas y el de los comunistas y socialistas que querrían ser también liberales. Si se hace burla del Mito, rechazado por irracional, instintivamente se desearía recuperar el equilibrio social, proponiendo Anti-Mitos con su ideal correspondiente, que sería el de los Antihéroes, ideal tan bien representado a nivel del consumo cotidiano de pseudos-valores sociales, por el artista desaliñado, peludo y un poco sucio si es posible.

Las sociedades comunistas, también resultantes del Mito judeo-cristiano, intentaron otra solución. Escogieron la intolerancia, en beneficio de una única ideología,  que ocupase el lugar del Mito. Pero, puesto que la ideología no es un Mito y, no puede ser operativa en el alma de los individuos, estos nunca se contentan con la norma ideológica. La consabida consecuencia es que la sociedad comunista es una sociedad de coacción. Para ser exactos: hay, en la sociedad comunista, a todos los niveles, una obligación de coacción, que hace que incluso el depurador acabe siendo depurado, mientras que en la sociedad demo-liberal se ha abogado por  una obligación de tolerancia, de la que incluso los delincuentes acaban por beneficiarse. Por otra parte, las sociedades comunistas, a pesar de ciertas apariencias "anti-económicas", sólo viven en el presente. La demostración de ello se ofrece, de forma periódica pero significativa, por la condena de todo presente dejado atrás, que asume los aspectos de una celebración ritual. El presente es siempre divinizado -de Lenin a Stalin hasta Mao- para ser inevitablemente condenado y abucheado desde el momento que cede su lugar a otro presente. Así, en suma, bien se puede decir que la ecuación social de la sociedad comunista da como resultado el mismo valor que la demo-liberal. Microscópicamente, a nivel de los individuos, la sociedad liberal es más atrayente, lo que explica el fenómeno de la disidencia en el seno de los regímenes comunistas, las fugas, y, por reacción, el muro de Berlín. Pero hay que señalar también que, en un nivel macroscópico, de la masa en cuanto tal, la fuga se produce sobre todo en sentido inverso y, por tanto, en la pos-guerra las sociedades socialistas se han multiplicado.

¿Qué hacer entonces? ¿a qué esperar? Permitirme volver una vez más a Nietzsche. Nietzsche nos dijo, entre los primeros que lo han hecho, que la civilización occidental había entrado en fase de agonía, una agonía de duración imprevisible, y que iba a morir. Las naciones europeas están condenadas o bien a salir de la historia como los Bororos tan queridos por Lévi-Strauss, o bien a morir históricamente y ver disolver su sustancia biológica en las naciones y pueblos por venir. En el fondo, todo el mundo en Europa es más o menos consciente de ello y es por ello que existe desde hace algún tiempo un discurso sobre Europa. Pero esta Europa es concebida como una prolongación de las actuales realidades sociales, como el último medio para salvar lo que está agonizando, lo que está condenado a morir, es decir, la civilización judeo-cristiana. Pero si una Europa ve la luz en un futuro, más o menos lejano, tendrá sentido, históricamente, sólo si es tal como Friedrich Nietzsche la deseaba, llevada y organizada por un nuevo Mito, fundamentalmente ajeno a todo cuanto existe hoy. Nosotros creemos saber que ese nuevo Mito ya esta ahí, que ya ha aparecido. Para ello hay signos, y signos detrás de los signos. En sus comienzos un Mito es siempre extremadamente frágil, su vida depende siempre de un puñado de hombres que ya lo hablan. En un estudio sobre lo que llamo música europea de Johan Sebastián Bach a Richard Wagner, he intentado mostrar cómo este Nuevo Mito, y la nueva conciencia histórica que lo porta han nacido, y mostrar el camino por el que este Nuevo Mito se ha dirigido hacia nuestro presente. Si todavía vive, sólo puede sobrevivir en virtud de la total fidelidad de aquellos que lo portan con su joven pasado. Sin duda, todavía no lo ha dicho todo, quizás sólo ha balbuceado. El Mito, cuando está vivo, siempre está dispuesto a hablar.

Hace XXV años

Hace XXV años

 JUAN IGNACIO: HACE YA XXV AÑOS. NI OLVIDAMOS NI PERDONAMOS

Redacción.- El 14 de diciembre de 2005 tendrá lugar el XXVº Aniversario del asesinato de nuestro amigo y camarada Juan Ignacio Rodríguez González. Los que fuimos sus compañeros de lucha y los que lo tuvimos como jefe político, no podemos pasar por alto esta fecha que permanece, a un cuarto de siglo vista, presente de manera indeleble en nuestros corazones.
 
Aquellos años en los que teníamos un ideal para vivir…
 
Juan Ignacio emergió como militante político en los últimos años del franquismo y principios de la transición. No procedía de nuestro ambiente, sino que militó durante un tiempo en la izquierda comunista. El proceso de transformación de sus ideas políticas tuvo lugar durante la transición, tras la muerte de Franco. Juan Ignacio ingresó en Fuerza Nueva en donde pronto se convirtió en uno de los líderes de la organización. Fundó la “Sección C”, verdadero servicio de orden del partido, cuyos distintivos eran diferentes a los del resto de la organización: camisa gris y boina negra.
 
En aquel período se curtió en numerosas luchas callejeras contra la extrema-izquierda, permanentemente adicta al ideal estalinista y a la intolerancia que siempre ha practicado contra sus adversarios políticos. Mal asunto para la extrema-izquierda, porque permanentemente fue batida sobre el terreno y puesta en fuga, incluso en situaciones de superioridad absoluta. En todas estas acciones de autodefensa, Juan Ignacio nunca dio un paso atrás y su personalidad y empuje hicieron que siempre, incluso los “primerizos” y menos lanzados, le siguieran hasta en las circunstancias más desfavorables.
 
En los años 77-80, buena parte de la juventud española optó por militar en formaciones patrióticas y antiestalinistas. Para todos los que, en aquel momento, optaron por esta opción, Juan Ignacio se convirtió pronto en un referente político. Especialmente, a partir del despegue de Fuerza Nueva, durante el verano de 1977. Lamentablemente, el partido cometió suficientes errores políticos y de conducción, que todo el formidable potencial de energías patrióticas que logró movilizar Blas Piñar, quedó dilapidado a la vuelta de pocos años.
 
En 1977, cuando nosotros mismos militábamos en la Delegación catalana de Fuerza Nueva, percibimos el problema interior del partido: un excesivo escoramiento hacia el nacional-catolicismo que no iba a ser entendido por el pueblo español, además de unas formas paramilitares (inadecuadas en una democracia formal como la que se inauguraba en aquellos momentos en España) y unas referencias constantes al franquismo, entonces en pleno desmantelamiento, que hacían mirar atrás más que hacia el futuro. Tras nuestra expulsión del partido, Fuerza Joven de Catalunya se desvinculó del mismo, creándose el Frente Nacional de la Juventud. En Madrid, ocurrió un proceso similar, quizás sólo diferente en los elementos detonantes de la crisis y apenas un año después.
 
En 1978, 300 militantes de Fuerza Joven de Madrid y de la Sección C, se dan de baja de Fuerza Nueva y fundan el Frente de la Juventud. La dirección del partido, mal aconsejada, había juzgado conveniente comprar un palacete como sede central. El edificio era desproporcionado para un partido como Fuerza Nueva que, en aquel momento, tenía solamente un diputado. Juan Ignacio y el Secretario General de Fuerza Nueva, José de las Heras Hurtado, habían aconsejado que, en lugar de esa faraónica sede, el partido comprara locales en los barrios en donde tenía más implantación, a fin de reforzar las secciones locales. Así mismo, existía un proyecto de editar un diario del partido. Todas estas iniciativas quedaron desactivadas en cuanto se compró el palacete en cuestión. La polémica no estaba exento de un trasfondo estratégico: se trataba de potenciar una “dirección fuerte” o bien unas “delegaciones fuertes”. Para Juan Ignacio y para Pepe de las Heras, esta segunda opción respondía mucho mejor a la situación del partido y aseguraba su crecimiento en las bases. Para el entorno de Blas Piñar, era mucho más importante priorizar una sede central para reforzar el peso de esa misma dirección. A 28 años vista de aquella polémica, no tenemos más remedio que recordar la lucidez de Juan Ignacio y de Pepe de las Heras. Sin embargo, la discusión (que, en el fondo, era estratégica) generó una primera fisura interior en el partido, especialmente en la Delegación de Madrid que, finalmente, seis meses después, desembocó en la ruptura de 300 militantes madrileños y la Delegación vallisoletana. Así nació el Frente de la Juventud.
 
Era evidente que entre el FNJ barcelonés (que había logrado extenderse a Gerona, Zaragoza, Navarra, Asturias, etc.) y el FJ, necesariamente debía de operarse una aproximación. Ésta fue imposible mientras el FNJ estuvo dirigido por Ramón Graells Bofill que no estaba dispuesto a integrarse en una dirección en la que, sin duda, ocuparía un lugar secundario. Tras la ruptura del FNJ, el sector mayoritario (y todas las delegaciones) esta organización se integró en el FJ a principio de 1979 y, como tal, participamos en el Primer Congreso del Partido ese mismo año. De ese congreso, surgió una nueva dirección en la que Juan Ignacio Rodríguez ocupaba el cargo de Secretario General, José de las Heras fue elegido presidente del partido y nosotros mismos ocupamos el cargo de Secretario Político.
 
En aquel momento, el Frente de la Juventud era el grupo patriótico extraparlamentario más potente. Con buenas relaciones de amistad y camaradería con la Primera Línea de Falange y dotado de una dirección con amplia experiencia política y militante. De hecho, la riqueza del FJ eran sus militantes, siempre dispuestos a cualquier sacrificio y a la aventura más arriesgada para tirar adelante la organización. La edad media no superaba los 25 años y buena parte de la militancia estaba formada por chicas.
 
No vamos a mitificar aquella época: se cometieron errores, tanto de dirección como de táctica; en nuestro descargo podemos decir que todos, incluidos los dirigentes del FJ éramos excesivamente jóvenes, carecíamos de suficiente experiencia política y, por lo demás, procedíamos de una organización en la que no existía ni formación política, ni técnica de la militancia. Así pues, debíamos de partir casi necesariamente de cero.
 
Eran los tiempos en los que la “euroderecha” concentraba al MSI, al PFN francés y a FN. A medida que el FJ fue avanzando en su trayectoria resultaba evidente que la organización tenía un techo limitado en tanto que “organización juvenil”. Fue entonces (hacia finales de 1980) cuando concebimos la posibilidad de transformar al FJ en un partido. A partir de entonces, hubiera sido posible converger en un “Frente Nacional” con la organización de la que habíamos salido y con los falangistas de la Primera Línea.
 
El asesinato de Juan Ignacio y su contexto histórico
 
Desgraciadamente, ya no hubo tiempo para nada más. La primera delegación del FJ desarticulada fue la barcelonesa. Resultaron detenidos una veintena de militantes y nosotros mismos tuvimos que partir para un largo y azaroso exilio. De todas formas, dado que los delitos de los que se nos acusaba –manifestación ilegal- no eran objeto de persecución en otros países y, por tanto, no había riesgo de extradición, seguimos viajando por todo el mundo, teniendo como base París, con nuestro propio pasaporte. Sin embargo, el 17 de noviembre de 1980, determinado servicio de seguridad español hizo llegar unos informes intoxicadores a la policía francesa en la que nos acusaba de haber cometido atentados criminales en Francia. Dichos informes, completamente falsos, no fueron tomados en serio por los servicios de seguridad franceses, pero si llegaron al Partido Comunista de Francia, el cual, a través de su ominoso diario “L’Humanité”, compendio de falsedades, infamias y mentira, aireó que nos encontrábamos viviendo en París y que habíamos cometido atentados en Francia.
 
A raíz de este episodio, vimos nuestra libertad reducida en el vecino país, debimos entrar en la clandestinidad más rigurosa y abandonar Francia durante una temporada, alejándonos del teatro español. Menos de un mes después, ya fuera de Francia, nos llegaba la noticia del asesinato de Juan Ignacio y poco después la detención de José de las Heras y de una treintena de militantes del Frente de la Juventud. Esa operación liquidó completamente en pocas semanas, a lo esencial de la organización, que afrontó los graves sucesos del 23-F con la totalidad de sus cuadros en la cárcel o en el exilio.
 
Quedan, por supuesto, muchas cosas por decir y buena parte de ellas, no nos corresponde a nosotros, sino a quien las vivió más de cerca. Está claro que, han pasado 25 años, un cuarto de siglo y que no todos los protagonistas de aquellos sucesos, están dispuestos hoy a hablar públicamente, ni siquiera, en algunos casos, a reconocer que militaron en su juventud en una organización “políticamente incorrecta”. Mensaje enviado para el que lo tiene que recoger.
 
El asesinato de Juan Ignacio no fue un incidente aislado o una casualidad: sino que hay que inscribirlo dentro de la oleada represiva que sufrió el FJ en apenas unas semanas. Para los que estábamos militando en aquella época, era evidente que el FJ era vulnerable y que podía haber sido desarticulado un año y medio o dos antes, sin embargo lo fue en un momento muy concreto de la historia de España. Algunos fuimos afortunados: pudimos regresar del exilio y ser exonerados de todas las acusaciones que pesaban sobre nosotros; otros debieron prolongar durante más años su exilio o los años de cárcel y, finalmente, Juan Ignacio, resultó asesinado.
 
En estos párrafos, hemos sintetizado el marco histórico-político en el que tuvo lugar el asesinato de Juan Ignacio. Insistimos: no nos corresponde a nosotros, decir lo que queda por decir. A quien le resta hablar, apelaremos a dos valores: el honor y la lealtad. El honor consiste en hacer aquello que estamos obligados a hacer por nuestra condición o situación; la lealtad es el mantenimiento de lo que se ha asumido. Sinceramente, creo que Juan Ignacio se merece algo más que el silencio vergonzante.
 
Mi visión personal de Juan Ignacio
 
La primera vez que conocí a Juan Ignacio fue durante un mitin de Blas Piñar en el Palacio de los Deportes de Barcelona. Coincidió con el “Día de Andalucía” y los grupos de la izquierda radical intentaron aproximarse al lugar del mitin. Nosotros respondimos abriendo los maleteros de los coches y distribuyendo los cócteles molotov y las barras de hierro; por su parte, Juan Ignacio y la Sección C, respondió de la misma manera. Miré a ver quien dirigía el grupo y entonces me lo presentaron. Inmediatamente nos pusimos de acuerdo: unos defenderían el acceso al Palacio de los Deportes por la calle Lérida y otros se adelantarían hasta percibir el riesgo de la manifestación izquierdista. En aquellos momentos de tensión (en el interior del local unas 5000 personas escuchaban a los oradores) todos respondimos como se esperaba de militantes políticos. La exaltación del combate, la seguridad en nuestra propia gente, el saber que no íbamos a dar un paso atrás, la sonrisa en los labios, crearon en nosotros una sensación de hermandad. En los años siguientes, tuvimos ocasión de reforzar ese criterio.
 
De hecho, solamente he considerado dos jefes políticos dignos de tal nombre, en mi vida de militante político. Uno de ellos era Juan Ignacio. Tenía una intuición extrema, sabía mantener la discreción de aquello que debía permanecer al abrigo de curiosos, era un líder con energía suficiente como para sacar lo mejor de sus camaradas, su carácter era amable, fraterno, entrañable para sus camaradas; se advertían estos valores desde que se estrechaba su mano: la extendía siempre y la apretaba transmitiendo su vigor, acompañaba ese gesto adelantando la otra mano y chocándola con el otro brazo del interlocutor, aumentando la sensación de camaradería. Era un militante valiente en la acción, consciente de los riesgos y de hasta donde podía llegarse, nunca sometió a la militancia a situaciones en las que no estuviera seguro de que íbamos a salir airosos. Era un buen táctico y su perspicacia política le hacía intuir por donde podían venir los riesgos y cómo protegerse de ellos.
 
En una organización militante como el FJ, lo más importante eran las relaciones humanas. Juan Ignacio, en esto era el perfecto militante, animaba las veladas en los bares hasta altas horas de la noche, después de largas pegadas de carteles; todos siempre encontrábamos en sus palabras algún motivo para animarnos; las carcajadas, francas y rotundas, en torno a interminables jarras de cerveza, hicieron que la amistad y la camaradería fueran en el FJ el cimiento que garantizara la cohesión vincular de la organización.
 
Lamenté mucho el asesinato de Juan Ignacio. Sobre todo lamenté no poder estar cerca de mis camaradas, cuando me llegó la noticia de su asesinato, encontrándome alejado a 6.000 km de la patria. Desde no importa dónde, llamé a la sede de Madrid, me contestó Beatriz, confirmándome la tragedia. No era la primera vez que me habían comunicado el asesinato de un amigo y camarada, pero puedo juraros que experimenté una sensación de rabia como nunca antes había sentido.
 
En el XXVº Aniversario del asesinato de Juan Ignacio
 
Una de las pocas alegrías políticas que he recibido estos últimos años, ha sido la noticia de la constitución de la Comisión de Homenaje en el XXV Aniversario del Asesinato de Juan Ignacio. Algunos no nos avergonzamos de lo que dejamos atrás. Hemos, indudablemente, evolucionado políticamente. Muchos, lamentamos algunos de los episodios que vivimos en el pasado y, simplemente, lo único que podemos decir como justificación es: “éramos jóvenes, demasiado jóvenes”. Pero lo hecho, hecho está y ni vamos a silenciarlo, ni vamos a ocultarlo, ni vamos a negarlo. Fuimos militantes del Frente de la Juventud hace 25 años. Algunos evolucionamos hacia otras posiciones. Evolucionamos, no traicionamos.
 
Creo que en este XXVº Aniversario sería preciso no perder la perspectiva de lo que se pretende: en lo personal, yo recuerdo a Juan Ignacio con mucha frecuencia. Creo que con él presente, la evolución de nuestro ambiente político hubiera sido distinta y creo que pertenecía a una raza de líderes y militantes, desgraciadamente hoy ausente. No sé si hubiera evolucionado hacia las posiciones de “autonomía histórica” que hoy sostenemos algunos exmilitantes del FJ. Lo que sí sé es que Juan Ignacio hubiera seguido siendo nuestro entrañable amigo y camarada.
 
Y esto es lo que no podemos olvidar: que su asesinato sigue impune. Veinticinco años son muchos años para la impunidad. Este aniversario debería de servir para que los que fuimos sus camaradas entregáramos al Ministerio de Justicia y al Ministerio del Interior, dos peticiones para la reapertura de las investigaciones y, sobre todo, una explicación de por qué éste sigue siendo EL ÚNICO CRIMEN POLÍTICO IMPUNE DE TODA LA TRANSICIÓN.
 
Yo quiero saber quién asesinó a Juan Ignacio Rodríguez González. Quiero saber por qué fue asesinado. Y no me importa en absoluto tener que dar el paso al frente. Así que pido a otros camaradas que deberían darlo también, seguramente antes que yo, para que recuerden los valores de honor y lealtad que un día hicimos nuestros y que todavía hoy, probablemente, nos mantienen en pie en un mundo que no es como el que ni nosotros ni Juan Ignacio quisiéramos.
 
Insisto, creo que Juan Ignacio se lo merecía y que los aniversarios deben servir, además de para reunir a sus antiguos camaradas, para EXIGIR la reapertura de la investigación hasta dar con quienes ordenaron el asesinato.
 
Este crimen no puede permanecer impune por más tiempo. 

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Recordamos la URL de la Comisión de Homenaje a Juan Ignacio Rodríguez González y animamos a todos nuestros lectores a participar en los actos que tendrán lugar en la fecha del XXV Aniversario de su asesinato:

http://www.juanignacio-justicia.tk/ 


© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

La Muerte del Héroe

La Muerte del Héroe

"JR, el protagonista de esta novela, ha llegado a Centroamérica huyendo de la justicia española. En la Barcelona de la Transición ha militado en grupos y grupúsculos de carácter violento de la extrema derecha, participado en asaltos y palizas contra militantes de la izquierda. Detenido en relación con un atentado con un paquete bomba, aprovecha la libertad condicional para huir a Guatemala, donde entra en contacto con los grupos paramilitares. y desde allí viaja a un país cercano donde la guerrilla revolucionaria lucha contra los gobiernos de derechas. Al fin, matará a su primer hombre. sentirá el poder de las armas de fuego y conocerá directamente las conspiraciones de todo tipo que sacuden a un pais en guerra civil.

En contacto con la violencia que ansiaba descubre la camaraderia y la traición. Participa activamente en un atentado mortal contra un ministro del gobierno y es herido gravemente..."

Titulo: "La Muerte del heroe y otros sueños Fascistas"

Autor: Juan Carlos Castillón

Editorial: Debate (2001)

Valle de los Caidos (1969)

Valle de los Caidos (1969)

Juan Ignacio ¡¡No al olvido!!

Juan Ignacio ¡¡No al olvido!!

Publicado en FE Digital (nº 11 Noviembre 2005)

    Pasaban diez minutos de la medianoche en aquella fría madrugada de Diciembre en Madrid, cuando un taxi se detenía delante del número 19 de la calle Antonio Acuña.

    Juan Ignacio había estado hasta ese momento reunido con los camaradas y después se habían ido al cine, en uno de aquellos raros momentos de tregua que la frenética actividad política como Secretario Nacional del Frente de la Juventud le permitía. Acababa de despedirse momentos antes de otro camarada, con quien había compartido parte del trayecto en el mismo taxi. – Bueno, hasta mañana- –Hasta mañana, Juan. ¡Arriba España!-

    Mañana tenían que operarle de la fractura de la muñeca fruto de un accidente de automóvil y aquello no dejaba de ser un incordio. Pero en fin, el caso era liberarse pronto de la dichosa escayola.

    Juan Ignacio descendió tranquilo y confiado, bastante molesto por tener el brazo izquierdo en cabestrillo y extrajo las llaves del bolsillo. Nunca pudo pensar que, mientras se disponía a abrir la cerradura del portal, aquellos serían los últimos instantes de su vida. En el momento en que abre la puerta, siente por detrás un fuerte empujón y, sin posibilidad alguna para defenderse, se desequilibra y cae al suelo en el interior del portal.

    Juan Ignacio nunca más pudo levantarse de allí. En cuestión de pocos segundos, cuatro disparos del nueve largo sobre su cabeza acaban con su vida.

    Era la fatídica madrugada del 12 de Diciembre de 1980.

    Han pasado ya, efectivamente, veinticinco años. ¡Veinticinco años, qué pronto se dice!. Quienes compartimos con Juan Ignacio González esos momentos y esa época de lucha política, éramos muy conscientes de que aquello no era un juego, que la situación en España podía dar un vuelco en cualquier momento y que, derivase para donde derivase la dirección de la marea política, los patriotas teníamos la convicción de que a nosotros nos tocaría casi con toda seguridad pagar una cuota de sangre y cárcel. Y realmente así fue.

    Desgraciadamente, fue a Juan Ignacio a quien le tocó pagar ese tributo de sangre a sus veintiocho años de edad, después de haber dedicado su vida por entero a la lucha por España.     Antiguo Jefe Provincial de Fuerza Joven de Madrid, en Junio de 1978 es uno de los dirigentes que protagoniza y encabeza la creación del Frente de la Juventud.

    El Frente, desde sus comienzos, se constituye en la principal punta de lanza de la confrontación directa de la juventud patriota contra el sistema, y la dinámica de activismo, movilización y presencia intensiva en la calle se mantuvo incansable hasta su disolución dos años más tarde del asesinato de su Secretario Nacional, tras una brutal represión por parte del gobierno de la UCD en la que no fue ajena aquella famosa afirmación del Ministro del Interior de la época, Juan José Rosón de que “el Frente de la Juventud era la organización más peligrosa en el escenario político español, después de ETA”.

    Estaba claro que la estrategia de confrontación terminante y directa contra el Estado habría de costarle muy cara al Frente de la Juventud. Tanto fue así que a la orden de ejecución y posterior asesinato de Juan Ignacio, le siguió semanas después un encarnizado proceso de persecución hacia los militantes del Frente, que llevó a decenas de ellos al exilio, a la prisión y en algunos casos, también a la tortura.

    Pero lo auténticamente escarnecedor de todos aquellos acontecimientos es que a día de hoy aun no se ha sentado a nadie en el banquillo de los acusados por el asesinato vil y cobarde de nuestro camarada. Resulta absolutamente increíble constatar que los asesinos de Juan Ignacio ejecutaron su crimen con total impunidad y que se pasean por la calle o se acercan a nuestro lado con toda tranquilidad, con la confianza de que el inexorable transcurrir del tiempo relegue definitivamente al olvido los hechos de una época que muchos quisieran obviar, como si aquí no hubiera pasado nada, como si esta democracia hubiera sido fruto de un consenso de todo el pueblo español representado por los políticos y bajo el paraguas de la monarquía, pese al alboroto y al tumulto de unos cuantos jóvenes ultras que hoy ya no son nada. Sin embargo, muy por el contrario, tenemos que decir que la historia de la llamada transición se escribió con sangre, sangre generosa y joven, entre la que se encuentra la de Juan Ignacio González.

    Como decíamos antes, han transcurrido 25 años desde que a Juan Ignacio González le asesinaran cobardemente.

    Ciertamente, los demás tuvimos -con posterioridad- tiempo suficiente para analizar los errores cometidos, para emprender o no otros derroteros, para disfrutar de nuestros hijos, para seguir sintiendo que más que nunca nos duele España, para volver atrás la mirada y constatar, con orgullo y desesperanza, que “luchamos y perdimos” –como reza el título escrito por el coronel Otto Skorzeny-, para ver con rabia y desolación que la España por la que murió Juan Ignacio hoy está en trance de desaparición y también incluso pensar que todos los sacrificios sufridos pudieron haber sido en vano. Pero a Juan Ignacio una mano asesina, truncándole la vida, le privó de poder sentir todo esto y en aquella fría madrugada de Diciembre, para él todo terminó.

    Miramos atrás, Juan Ignacio, y no queremos quedarnos con la imagen de aquel portal ensangrentado, ni con la de millares de jóvenes acompañando tu féretro llevado a hombros por tus camaradas, ni con el desconsuelo de tus familiares y de tus compañeros más cercanos. Nos quedamos con tu ideal de entrega, tu ánimo siempre dispuesto para la lucha, tu mirada clara, tus ideales imperecederos y tu amor a España.

    Veinticinco años después, camarada, aquí nos tienes nuevamente. No te hemos olvidado, en absoluto. Nadie podrá acallar nuestra exigencia de que se haga justicia y que se esclarezca, de una vez y para siempre, quién fue el autor material y el inspirador intelectual de tu asesinato. El 17 de Diciembre formaremos a tu lado, te recordaremos con más firmeza que nunca, cantaremos en tu honor otra vez aquellas viejas canciones de camaradería, guerra y amor, y en el acto político que se organizará en homenaje a tu memoria, tendrás reservada en la tribuna de honor una silla vacía, un brazalete del Frente y una boina negra.

    No sabemos si ese día estaremos muchos o pocos recordándote, ya sabes que el número nunca nos importó, pero una cosa sí es segura: que allí vamos a procurar que estén los mejores y que todos sentiremos como algo cierto y palpable tu presencia a nuestro lado.

Juan Ignacio González
¡PRESENTE!

Para mas información: http://www.juanignacio-justicia.tk


20 DE NOVIEMBRE DE 1988

20 DE NOVIEMBRE DE 1988

Si hay que resaltar una fecha histórica, de todo el calendario "ultra", esta es y con mayusculas el 20N.

Viendo los últimos años, apenas 3000 asistentes y unos oradores en horas bajas ( o decrépitas). Nadie parece recordar que fueron las mayores concentraciones públicas que se celebraron en España durante años. Siendo verdaderos test de inquietud para el gobierno de turno.

Lamentablemente, no tenían de que preocuparse. Solo unos pocos, muy pocos, intentaron darle un sentido mas revolucionario.

laotraeuropa@hotmail.com Foto cedida por un camarada de Asturias.

FRONTON DE ANOETA (21 de mayo de 1978)

FRONTON DE ANOETA  (21 de mayo de 1978)

En la foto parte del servicio de orden de Fuerza Nueva en Anoeta.

laotraeuropa@hotmail.com

La Primera Linea de FE JONS ¿1979?

La Primera Linea de FE JONS   ¿1979?

Nosotros hemos encontrado esta vieja foto; en ella se puede ver formada a la Primera Linea de FE JONS en la esplanada del Valle de los Caidos, creemos que puede ser del año 79. Ya sería casualidad que alguien nos pudiera dar mas detalles y que nos contase algo mas de aquel momento.

laotraeuropa@hotmail.com