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La memoria de la Otra Europa

Una voz en el desierto

En la red: Informe Vestrynge

En la red: Informe Vestrynge

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Ante la infamia: Pedro Varela ¡¡Libertad, ya!!

Ante la infamia: Pedro Varela ¡¡Libertad, ya!!

Toda verdad necesita de alguien que la proclame

En la red: El día que Muguruza dejó de fumar

En la red: El día que Muguruza dejó de fumar
Una furgoneta aparcada tres días consecutivos en la mismísima puerta de un hotel donde se realizaban unas jornadas de disidentes, con distintos ocupantes cada día -nosotros también somos aficionados a la fotografía- despertaba la sonrisa socarrona de los que por allí estuvimos y nos trasladaba a uno de los temas recurrentes en nuestro pequeño mundo, la cana y los infiltrados.
La infiltración en los grupos ultras es un hecho lógico, el sistema se defiende de sus enemigos y disfruta de todos los medios que la sociedad, vía impuestos, pone a su disposición.
Un funcionario de policía no tiene por qué ser necesariamente un mercenario, de hecho, la mayoría no lo son.
Pero normalmente la inmensa mayoría de los seleccionados para los “servicios secretos” suelen estar desprovistos de escrúpulos y siempre tienen más interés en cumplir con las ordenes del gran hermano que con las que su juramento lleva implícito; y así nos encontramos con curiosidades bochornosas como “el faisán” en el que unos policías advierten a los terroristas de la inmediata detención por parte de otros policías que sí estaban más atentos a sus obligaciones para con su pueblo, que con las que marcaba la estrategia política.
Desde los tiempos de Carrero y su servicio de información, al que se le llamaba genéricamente “Presidencia” hasta hoy en día, la infiltración por parte del Estado en los grupos patriotas ha sido un juego de niños para éste.
En el primer lustro de los 70, “Presidencia”  solía mandar al País Vasco a actuar contra objetivos perfectamente localizados a militantes falangistas que se dirigían desde Madrid a cuarteles de la Guardia Civil, donde ya el comandante de puesto estaba al corriente de las ordenes y facilitaba “los medios” .
Fue el comienzo de una guerra sucia contra ETA que todos los gobiernos posteriores mantuvieron de una u otra manera y que el PSOE convirtió en un esperpento con el GAL de Amedo y Domínguez, aunque sería más correcto de decir de Vera, Barrionuevo y de quien este señor, a la sazón ministro de interior, recibiera las órdenes.
Algunos de aquellos altruistas falangistas, adscritos pero sin nómina ni recompensa personal, fueron lamentablemente utilizados en el conocido como “caso Atocha”, sirviendo de chivo expiatorio a una muy bien organizada campaña para legalizar al PCE.
En estas fechas podemos situar lo que muy certeramente el camarada Martín Ynestrillas ha dado en llamar “la transición de plomo”. Y aquí es donde podemos dar por inaugurada oficialmente la declaración de los fascistas como nuevos enemigos del Estado y donde comienza oficialmente la infiltración, o bien de chotas o directamente policial.
Se abría la veda.
Nadie se ha librado históricamente de este seguimiento; recuerdo por ejemplo que en el consejo editorial de Fuerza Nueva estuvo muchos años, escribiendo bajo pseudónimo, uno de los elementos que más información filtró y que más daño hizo tanto a nuestras ideas como a muchos camaradas.
El asesinato de Juan Ignacio González (falangista y “viajero” de los de aquel primer lustro), secretario nacional de la organización Frente de la Juventud, se enmarcaría posiblemente en la anteriormente citada guerra sucia contra ETA, como molesto nexo de unión entre los “servicios secretos” del Estado y un comando “ultra” que debería equilibrar adecuadamente la balanza de muertos, para rebajar un poco el molesto ruido de sables. Y de paso hacer ver a los etarras que su santuario francés les protegía tan solo “oficialmente”.
Tampoco es descartable que se pretendiera utilizar de alguna manera a la ultra en la pantomima que fue el 23-F, al fin y al cabo, todos sabemos que un golpe de estado no tiene porque ser necesariamente llevado a cabo por el ejército, tenemos buenos ejemplos en los últimos años del franquismo (con el Caudillo enfermo y traicionado por sus más próximos), en el magnicidio en la persona del almirante Carrero o en la autoinmolación de las cortes franquistas tras el juramento del nuevo rey. Y más recientemente, las bombas en los trenes de los supuestos islamistas ha dejado un nauseabundo olor a goma quemada de alguno que se pasó de frenada.
La discreta furgoneta que nos inmortalizaba hace unos días en las jornadas disidentes, provocaba en nosotros el chiste fácil, “si nos tenéis a todos en Facebook, capullos “,  pero a mí me trajo a la memoria la conversación que tuve hace unos años con un periodista vasco, especialista en el “entorno abertzale“.
Me decía este señor -y es de los bien informados- que para ETA hay un antes y un después del día en el que Muguruza dejó de fumar.
Antes de aquel día, ETA asumía que tenía como único enemigo al Estado español y a las fuerzas de seguridad de éste como su brazo armado. A los fachas apenas nos consideraba como cipayos ocasionales de los primeros y nos situaban muy certeramente en unas fuerzas manipulables y controladas en todo momento por el aparato policial.
La noche de la mala digestión de los batasunos, propiciada por el inolvidable Ángel Duce, todo aquello se les vino abajo.
Descubrieron que por mucho que consiguieran la rendición del Estado -algo impensable en aquellas fechas y a punto de hacerse realidad actualmente- siempre tendrían enfrente a dos grupos de irreductibles que, por no seguir criterios políticos sino de valores y sentimientos, jamás les darían tregua: las víctimas y los patriotas.
Ni olvido ni perdón, es el grito de guerra. Y es contundente.
Muchos gudaris se despiertan con las sábanas mojadas; ¿su pesadilla? el día en que Muguruza cayó fulminado.
La certeza por parte del Estado, gobierne quien gobierne, de que esto es así, hace que la vigilancia y la infiltración entre los patriotas no solo no se haya descuidado, sino que va “in crescendo” y más a la vista de la deriva que están tomando los acontecimientos en el País Vasco.
Los políticos etarras exigen “garantías de salud” para sus presos cuando -éste es un hecho firmado- sean excarcelados.
El sistema no podría asumir que se produjera una fuerza igual pero de sentido contrario ante la aberración histórica que han negociado.
La vigilancia y la infiltración, secularmente presente en nuestras filas, va a ser prioridad para  los “servicios secretos”.
El Estado abrirá sus cloacas para intentar dar un golpe definitivo a los patriotas.
¿Lo conseguirán?   Mmmmmmmmmmm, antes Muguruza vuelve a fumar.
Y va a ser que no.
Juan Antonio López Larrea

Pedro Varela ¡¡Libertad!!

Carta de Pedro a los asistentes a las VI jornadas de la disidencia (Madrid 211)

Cita obligada: Jornadas disidentes (Madrid)

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No olvidamos a nuestros heroes, no perdonaremos a estos miserables

No olvidamos a nuestros heroes, no perdonaremos a estos miserables

Sr. Director.:

En la oscuridad de la noche, mucho antes de que el corneta de guardia tocara diana en La Plaza de España coruñesa --allí donde jugué de pequeño—se escucharon pasos. Sorprendido, grité: "¡ Alto ¿Quién vive? ¡ ". Por respuesta, sólo se oyó las voces de los tres operarios que hablaban entre si de una tal “Memoria Histórica “ y, junto a una pala excavadora, se disponían a desmontarme.

"¡ Santo y Seña !", vociferé con energía, pero sólo el silencio respondió a mis palabras. Recordé después de tanto tiempo aquella frase que inculqué a mis valientes caballeros legionarios cuando su integridad corría peligro: "¡ A mi la Legión !". Nunca falló.

La camaradería hacia que todos a una se ofrecieran en defensa del necesitado. Pero, en esta ocasión, nadie acudió a mi solicitud. Ante mi amarga sorpresa, aquellos audaces, temerarios y curtidos solados que un día instruí no aparecieron en mi auxilio. Volví a repetir: "¡ A mi la Legión ! ". Esta vez con más fuerza, pero nadie acudió.

Con el tiempo, me han dicho que esa frase se encuentra en desuso, ya que no es políticamente correcta. Si, ya me habrán reconocido, soy el General José Millán-Astray y Terreros, aquel que un día fundó uno de los cuerpos más gloriosos de nuestros ejércitos, el Tercio de la Legión, el que combatió en múltiples campañas en Marruecos, el primer novio de la muerte y el mutilado por la Patria.

Ahora me encuentro envuelto en una lona en el interior de una caja y en un sucio almacén municipal esperando cuál será mi destino final ante la desidia de aquellos que un día creyeron en mí ciegamente.

¿ Ya no recuerda la comisión para la restauración de la Memoria Histórica cuando el ilustrísimo general Gutiérrez Mellado, vicepresidente del primer Gobierno democrático en la Transición, solicito a mi hija uno de mis uniformes y mis condecoraciones ( siete Cruces laureadas de San Fernando colectivas, 22 Medallas Militares colectivas, Cruz de Guerra Francesa con palma de oro, 22 Cruces Laureadas individuales, y 211 Medallas Militares Individuales) para dar mayor realce y relieve, según el, al Museo Nacional del Ejército?.

¿ Que Memoria Histórica es la que arresta a un combatiente muerto, mientras homenajea a personajes vivos de oscuro pasado ?. Nunca entendí te tapias de cementerios ni de pelotones de fusilamientos. Sólo me preocupe de saber de trincheras y de lucha cuerpo a cuerpo.
A estos desmemoriados y expertos en historia selectiva les diría que yo presidía aquella plaza por ser el fundador allá por 1.920 del Tercio de Extranjeros, más tarde denominado Legión Española. Esa Unidad que cada año, ante su marcial desfile, allá por donde va, recoge la aclamación, el aplauso, y hace vibrar de emoción al pueblo español.

La misma que, con mi nombre ( X Bandera de la Legión Millán Astray del Tercio Alejandro Farnesio), se encuentra en la actualidad desplegada en diversos lugares del mundo como Afganistán, representando a nuestro Ejército, luchando y defendiendo con honor y valor, la paz y la libertad de los pueblos. ¡ Que gran incongruencia, e injusticia!.

En la soledad de este triste y abandonado almacén, sigo gritando: "¡ A mi la Legión!", pero nadie acude en mi auxilio. Todo esto se lo contó al que suscribe su General Millán Astray, mientras dormía. ¡ Solo fue un sueño!.


Articulo publicado en el Diario EL MUNDO el día 24 de Marzo de 2.010, firmado por Don Antonio Lozano Herrera. Tomares (Sevilla).

La Llama corona las cumbres de los Alpes

Tribuna de Europa: Hoy, 28 de Septiembre de 2011, los militantes del Movimiento Social Republicano, rendimos sentido homenaje a Julius Évola, filósofo e ideólogo italiano, que para tantos de nosotros ha sido un referente ideológico y un ejemplo de forma de vida.

El lugar elegido es el Monte Rosa, en los Alpes, paraje donde vivió experiencias que ayudarían a formar su pensamiento y su espíritu, alejados de la vida mecanizada, burguesa y banal de “las llanuras” sumidas en una decadencia spengleriana.

Es aquí, en la altura de la montaña, donde vivieron héroes y dioses para tantísimas civilizaciones, y es aquí donde vivió parte de su vida Julius Évola, y aquí es donde reposan sus cenizas tras su muerte, como si se cerrara un ciclo, permitiendo que su alma, despojada ahora de materia, reviva la gloria que se obtiene enfrentándose a la grandeza de la montaña, disfrutando eternamente del Paradesha.

Con este texto, esperamos ayudar a que la sabiduría de Évola no se pierda para las generaciones venideras, dedicando parte de un poema de Maleripa al maestro:

Yo soy de la raza del León, el rey de las fieras;

mi morada fue siempre la nieve de las alturas;

por eso, toda preocupación, por lo que a mí concierne, es superflua.

Escuchadme a mí, el viejo,

y a las estirpes futuras transmitiréis la Doctrina…

Julius Évola (Roma, 19 de mayo de 1898 – ibídem, 19 de julio de 1974):

“La montaña enseña el silencio, aparta de la cháchara, de las palabras inútiles, de las inútiles y exuberantes efusiones”.

“El fundamento general para el simbolismo de la montaña es simple: asimilada la tierra a todo lo que es humano (como, por ejemplo en las antiguas etimologías que hacen proceder ‘hombre’ de humus), las culminaciones de la tierra hacia el cielo, transfiguradas en nieves eternas -las montañas- deben presentarse espontáneamente como la materia más adecuada para expresar mediante alegorías los estados trascendentes de la conciencia, las superaciones interiores o las apariciones de modos supra-normales del ser, a menudo representados figuradamente como ‘dioses’ y deidades. De donde tenemos no sólo los montes como ’sedes simbólicas’ -tomemos nota- de los ‘dioses’, sino que también tenemos tradiciones, como las de los antiguos arios del Irán y de Media que, según Jenofonte, no conocieron los templos para su divinidad, sino precisamente sobre las cumbres; sobre las cimas montañosas ellos celebraban el culto y el sacrificio al Fuego y al Dios de la Luz: viendo en ellas un lugar más digno, grandioso y analógicamente más próximo a lo divino que cualquier construcción o templo hecho por los hombres.”

“La fórmula indo-aria de consagración de los soberanos: ‘Permanece firme e inquebrantable… no cedas. Sé inconmovible como la montaña. Permanece firme como el cielo mismo y mantén firmemente el poder en tu puño’.”

“Idea, Orden, Élite, Estado, Hombres de Orden, estas son las líneas que debemos mantener mientras sea posible.”

“Si el destino que el mundo moderno se ha forjado, y que ahora lo arrolla todo, no pudiese ser contenido, deberán mantenerse las posiciones internas: sean cuales fueren las situaciones exteriores, lo que pueda ser hecho se hará y perteneceremos entonces a aquella patria que ningún enemigo podrá nunca ocupar ni destruir.”

Releyendo a Jose Antonio: Germanos contra bereberes (1936)

Releyendo a Jose Antonio: Germanos contra bereberes (1936)

1. ¿Qué fue la Reconquista ? Un criterio superficial de la victoria tiende a considerar España como una especie de fondo o substratum permanente sobre el cual desfilan diversas invasiones, a las que nos hacen asistir como solidarios con aquel elemento aborigen. Dominación fenicia, cartaginesa, romana, goda, africana... De niños hemos presenciado mentalmente todas esas dominaciones en calidad de sujetos pacientes; es decir, como miembros del pueblo invadido. Ninguno de nosotros, en su infancia romancesca, ha dejado de sentirse sucesor de Viriato, de Sertorio, de los numantinos. El invasor era siempre nuestro enemigo; el invadido nuestro compatriota.

Cuando la cosa se considera más despacio, ya al apuntar la mañana, cae uno en esta perplejidad: después de todo -se pregunta- no sólo mi cultura, sino aún mi sangre y mis entrañas ¿tienen más de común con el céltico aborigen que con el romano civilizado? Es decir, ¿no tendré un perfecto derecho, aún por fuerza de la sangre, a mirar la tierra española con ojos de invasor romano; a considerar con orgullo esta tierra no como remota cuna de los míos sino como incorporada por los míos a una nueva forma de cultura y de existencia? ¿Quién me dice que, en el sitio de Numancia, hay dentro de las murallas más sangre mía, más valores de cultura míos, que en los campamentos sitiadores?



Quizá podamos entender esto señaladamente bien los que procedemos de familias que hayan visto nacer muchas de sus generaciones en la América hispana. Nuestros antepasados trasatlánticos, como nuestros actuales parientes de allá, se sienten tan americanos como nosotros españoles; pero saben que su calidad americana les viene como descendientes de los que dieron a América su forma presente. Sienten a América como entrañablemente suya porque sus antepasados la ganaron. Aquellos antepasados procedían de otro solar, que ya es, para sus descendientes, más o menos extranjero. En cambio la tierra en que actualmente viven, siglos atrás extranjera, es ahora la suya, la definitivamente incorporada por unos remotos abuelos al destino vital de su estirpe.

Estos dos puntos de vista descansan sobre dos maneras de entender la patria: o como razón de tierra o como razón de destino. Para unos, la patria es el asiento físico de la cuna; toda su tradición es una tradición espacial, geográfica. Para otros, la patria es la proyección física de un destino; la tradición, así entendida, es predominantemente temporal, histórica.


2. Con esta previa delimitación de conceptos cabe resumir la cuestión inicial: ¿qué fue la Reconquista ? Ya se sabe: desde el punto de vista infantil, el lento recobro de la tierra española por los españoles contra los moros que la habían invadido. Pero la cosa no fue así. En primer lugar, los moros (es más exacto llamarles «los moros» que «los árabes»; la mayor parte de los invasores fueron berberiscos del norte de África; los árabes, raza muy superior, formaban solamente la minoría directora) ocuparon la casi totalidad de la Península en poco tiempo más del necesario para una toma de posesión material, sin lucha. Desde Guadalete (año 711) hasta Covadonga (718) no habla la Historia de ninguna batalla entre forasteros e indígenas. Hasta el reino de Todomir, en Murcia, se constituyó por buenas componendas con los moros, toda la inmensa España fue ocupada en paz; España, naturalmente, con los «españoles» que habitaron en ella. Los que se replegaron hacia Asturias fueron los supervivientes de entre los dignatarios y militares godos; es decir, de los que tres siglos antes habían sido, a su vez, considerados como invasores. El fondo popular indígena (celtibérico, semítico en gran parte, norteafricano por afinidad en otra, más o menos romanizado todo él) era tan ajeno a los godos como a los agarenos recién llegados. Es más, sentían muchas más razones de simpatía étnica y consuetudinaria con los vecinos del otro lado del estrecho que con los rubios danubianos aparecidos tres siglos antes. Probablemente la masa popular española se sintió mucho más a su gusto gobernada por los moros que dominada por los germanos. Esto fue el principio de la Reconquista ; al final no hay ni que hablar. Después de seiscientos, de setecientos, de casi (en algunos sitios) ochocientos años de convivencia, la fusión de sangre y usos entre aborígenes y bereberes era indestructible; mientras que la compenetración entre indígenas y godos, entorpecida durante doscientos años por la dualidad jurídica y, en el fondo, rehusada siempre por el sentido racial de los germánicos, no pasó nunca de ser superficial.



La Reconquista no es, pues, una empresa popular española contra una invasión extranjera; es, en realidad, una nueva conquista germánica; una pugna multisecular por el poder militar y político entre una minoría semítica de gran raza -los árabes- y una minoría aria de gran raza -los godos-. En esa pugna toman parte bereberes y aborígenes en calidad de gente de tropa unas veces y, otras veces, en actitud de súbditos resignados de unos y otros dominadores, quizá con marcada preferencia, al menos en gran parte del territorio, por los sarracenos.

Hasta tal punto es la Reconquista una guerra entre partidos y no una guerra de la independencia que a nadie se le ha ocurrido nunca llamar «españoles» a los que combatían contra los agarenos, sino «los cristianos» por oposición a «los moros». La Reconquista fue una disputa bélica por el poder político y militar entre los pueblos dominadores, polarizada en torno de una pugna religiosa.



Del lado cristiano, los jefes preminentes son todos de sangre goda. A Pelayo se le alza en Covadonga sobre el pavés como continuador de la Monarquía sepultada junto al Guadalete. Los capitanes de los primeros núcleos cristianos tienen un aire inequívoco de príncipes de sangre y mentalidad germánica. Más: se sienten ligados desde el principio a la gran comunidad catolicogermánica europea. Cuando Alfonso el Sabio aspira al trono imperial no adopta una actitud extravagante: pleitea, con el alegato de la madurez política de su reino, por lo que podía alentar desde siglos antes en la conciencia de príncipe cristianogermánico de cada jefe de los citados reconquistadores. La Reconquista es una empresa europea, es decir, en aquella sazón, germánica. Muchas veces acuden de hecho, para guerrear contra los moros, señores libres de Francia y de Alemania. Los reinos que se forman tienen una planta germánica innegable. Acaso no haya Estados en Europa que tengan mejor impreso el sello europeo de la germanidad que el condado de Barcelona y el reino de León.

3. En esquema -abstracción hecha de los mil acarreos e influencias recíprocas de todos los elementos étnicos removidos durante ochocientos años-, la Monarquía triunfante de los Reyes Católicos es la restauración de la Monarquía góticoespañola, católicoeuropea, destronada en el siglo VIII. La mentalidad popular distinguía entonces difícilmente entre nación y rey. Por otra parte, considerables extensiones de España, singularmente Asturias, León y el Norte de Castilla habían sido gemanizadas, casi sin solución de continuidad, durante mil años (desde principios del siglo V hasta finales del XV, sin más interrupción que los años que van desde el Guadalete hasta el recobro de las tierras del norte por los jefes godocristianos) sin contar con que su afinidad étnica con el norte de África era mucho menor que la de las gentes del sur y levante. La unidad nacional bajo los Reyes Católicos es, pues, la edificación del Estado unitario español con el sentido europeo, católico, germánico, de toda la Reconquista , y la culminación de la obra de germanización social y económica de España. No se olvide esto, porque quizá por ahí va a encontrar la «constante bereber» su primera rendija para la rebelión.

En efecto, el tipo de dominación árabe era preponderantemente político y militar. Los árabes tenían vagamente el sentido de la territorialidad. No se adueñaban de las tierras, en el sentido jurídicoprivado. Así pues, la población campesina de las comarcas más largamente dominada por los árabes (Andalucía, Levante) permanecía en una situación de libre disfrute de la tierra, en forma de pequeña propiedad y, acaso, de propiedades colectivas. El andaluz aborigen, y la población bereber que nutrió más copiosamente las filas árabes, gozaba, pues, una paz elemental y libre, inepta para grandes empresas de cultura, pero deliciosa para un pueblo indolente, imaginativo y melancólico como el andaluz. En cambio, los cristianos germánicos traían en la sangre el sentido feudal de la propiedad. Cuando conquistaban las tierras erigían sobre ellas señoríos, no ya pluralmente politicomilitares como los de los árabes, sino patrimoniales al mismo tiempo que políticos. El campesino pasaba, en caso mejor, a ser vasallo; tiempo adelante, cuando por la atenuación del aspecto jurisdiccional, político, los señoríos van subrayando su carácter patrimonial, los vasallos, completamente desarraigados caen en la condición terrible de jornaleros.
La organización germánica, de tipo aristocrático, jerárquico, era, en su base, mucho más dura. Para justificar tal dureza se comprometía a realizar alguna gran tarea histórica. Era, en realidad, la dominación política y económica sobre un pueblo casi primitivo. Toda aquella enorme armadura -Monarquía, Iglesia, aristocracia- podía intentar la justificación de sus pesados privilegios a título de cumplidora de un gran destino en la Historia. Y lo intentó por doble camino: la conquista de América y la Contrarreforma.

4. Es un tópico (puesto en circulación por la literatura «bereber» de que se hablará más tarde) el decir, que la conquista de América es obra de la espontaneidad popular española, realizada casi a despecho de la España oficial. No se puede sostener esa tesis en serio. Muchas de las expediciones se organizaron, ciertamente, como empresa privada; pero el sentido de la cristianización y colonización de América está contenido en el monumento de las Leyes de Indias, obra que encierra el pensamiento constante del Estado español a través de vicisitudes seculares. Y la conquista de América es también una tesis catolicogermánica. Tiene un sentido de la universalidad sin la menor raíz celtibérica y bereber. Sólo Roma y la Cristiandad germánica pudieron transmitir a España la vocación expansiva, católica, de la conquista de América. Lo que se llame el espíritu aventurero español, ¿será español de veras en el sentido aborigen o bereber, o será una de las señales de sangre germánica? No se desdeñe el dato de que, aún en nuestros días, las regiones de donde sale mayor número de emigrantes, es decir, de aventureros, son las del Norte, las más germanizadas, las más europeas, las que, desde su punto de vista castizo y pintoresco, podrían llamarse menos españolas. En cambio, es todavía abundantísimo el número de andaluces y levantinos que se trasplanta a Marruecos, a Orán, a Argelia y que vive allí absolutamente como en su casa, como una cepa que reconoce la tierra lejana de donde arrancaron a su ascendiente. Esta derivación meridional y levantina hacia África no tiene la menor homogeneidad con las expediciones colonizadoras hacia América. Incluso África y América han sido constantemente como las consignas de dos partidos políticos y literarios españoles. De dos partidos que coinciden exactamente en casi todos los instantes con el liberal y el conservador; el popular y el aristocrático; el bereber y el germánico. Era casi cosa obligada que un escritor aristocrático, antieclesiástico, antimonárquico, incorporase a su repertorio frases como ésta: «Más valía que la Monarquía española, en vez de extenuar a España en la empresa de América, hubiera buscado nuestra expansión natural, que es África». Al lado de la conquista de América, la España germánica (doblemente germánica ahora bajo la dinastía de los Habsburgo) riñe en Europa el combate católico por la unidad. Lo riñe y, a la larga, lo pierde. Y, como consecuencia, pierde a América. La justificación moral e histórica de la dominación sobre América se hallaba en la idea de la unidad religiosa del mundo. El catolicismo era la justificación del poder de España. Pero el catolicismo había perdido la partida. Vencido el catolicismo, España se quedaba sin título que alegar para el imperio de Occidente. Su credencial estaba caducada. Ya lo vió el astuto Richelieu que, para hundir a la casa de Austria, no vaciló en auxiliar a los paladines de la reforma. Sabía muy bien que la piedra angular de los Habsburgo era la unidad católica de la Cristiandad.



Y así, perdida la partida en Europa primero, en América después, ¿qué tarea de valor universal alegaría la España dominadora -Monarquía, Iglesia, aristocracia- para conservar su situación de privilegio? Falta de justificación histórica, dimitida toda función directiva, sus ventajas económicas y políticas quedaban en puro abuso. Por otra parte, con la falta de empleo, las clases directoras habían perdido el brío, incluso de la propia defensa. Se observa una colección de fenómenos, semejantes en extremo a la decadencia de la monarquía visigótica. Y la fuerza latente, nunca extinguida, del pueblo bereber sometido, inicia lentamente su desquite.

5. Porque, aún en las horas cenitales de la dominación, la «constante bereber» no había dejado de existir y de obrar nunca. Los pueblos superpuestos, dominador y dominado, germánico y aborigen bereber, no se habían fundido. Ni siquiera se entendían. El pueblo dominador vigilaba el no mezclarse con el dominado (hasta 1756 no se deroga una pragmática de Isabel la Católica que exigía probar pureza de sangre, es decir, condición de cristiano viejo, sin mezcla de judío o moro, aún para desempeñar modestísimas funciones de autoridad). El pueblo dominado, entre tanto, detesta al dominador. Con un giro típico, adopta respecto de los dominadores apariencia de sumisión irónica. En Andalucía se llega a los más exagerados extremos de adulación; pero bajo esa adulación aparente se venga la más desdeñosa zumba hacia el adulado. Esta actitud, la burla, es la más dulcemente resignada que adopta el pueblo desposeído. Más arriba aparece ya el odio y, sobre todo, la afirmación permanente de la separación. En España la expresión «el pueblo» guarda siempre un tono particularista y hostil. El «pueblo hebrero» comprendía naturalmente, a los profetas. El «pueblo inglés» incluye a los lores, ¡a buena hora permitiría un inglés consciente que no le considerasen solidarizado, bajo la denominación popular de inglés, con los primeros jerarcas del país! Aquí no: cuando se dice «el pueblo» se piensa decir lo indiferenciado, lo incalificado, lo que no es aristocracia, ni Iglesia, ni milicia, ni jerarquía de ninguna especie. El mismo don Manuel Azaña ha dicho: «no creo en los intelectuales, ni en los militares, ni en los políticos; no creo más que en el pueblo». Pero entonces los intelectuales, los militares, los políticos, como los eclesiásticos y los aristócratas ¿no forman parte del pueblo? Sin especificar, se alude al sojuzgado, al sustraído a su siempre añorada existencia primitiva, indiferenciada, antijerárquica y que, por lo mismo, detesta rencorosamente toda jerarquía, característica del pueblo dominador.
Tal realidad ha penetrado todas las manifestaciones de la vida española, incluso las de apariencia menos popular. Por ejemplo, el fenómeno europeo de la Reforma tuvo en España una versión reducida, pero absolutamente impregnada de la pugna entre germánicos y bereberes, entre dominadores y dominados. En España no se dió un solo caso de hereje príncipe, como en Francia o en Alemania. Los grandes señores se mantuvieron aferrados a su religión de castas. Todo hereje, pequeño burgués, o letrado, era como un vengador de los oprimidos; en su disidencia alentaba más que un tema teológico una incurable inquina contra el aparato oficial, formidable, de Monarquía, Iglesia, aristocracia...



Y así hasta las fechas más recientes. La línea bereber, más aparente cada vez según ve declinar la fuerza contraria, asoma en toda la intelectualidad de izquierda, de Larra hacia acá. Ni la fidelidad a las modas extranjeras logra ocultar un tonillo de resentimiento de vencido en toda la producción literaria española de los cien últimos años. En cualquier escritor de izquierdas hay un gesto morboso por demoler, tan persistente y tan desazonante que no se puede alimentar sino de una animosidad personal, de casta humillada. Monarquía, Iglesia, aristocracia, milicia, ponen nerviosos a los intelectuales de izquierda, de una izquierda que para estos efectos empieza bastante a la derecha. No es que sometan aquellas instituciones a crítica; es que, en presencia de ellas, les acomete un desasosiego ancestral como el que acomete a los gitanos cuando se les nombra a la bicha. En el fondo los dos efectos son manifestaciones del mismo viejo llamamiento de la sangre bereber. Lo que odian, sin saberlo, no es el fracaso de las instituciones que denigran, sino su remoto triunfo; su triunfo sobre ellos, sobre los que la odian. Son los bereberes vencidos que no perdonan a los vencedores -católicos, germánicos- haber sido los portadores del mensaje de Europa. El resentimiento ha esterilizado en España toda posibilidad de cultura. Las clases directoras no han dado nada a la cultura, que en ninguna parte suele ser su misión específica. Las clases sometidas, para producir algo considerable desde el punto de vista de la cultura, tenían que haber aceptado el cuadro de valores europeo, germánico, que es el vigente; y eso les suscita una repugnancia infinita por ser, en el fondo, el de los odiados dominadores.

Así, grosso modo, puede decirse que la aportación de España a la cultura moderna es igual a cero, salvo algún ingente esfuerzo individual, desligado de toda escuela, y algún pequeño cenáculo inevitable envuelto en un halo de extranjería.


6. Tras las escaramuzas tenía que llegar la batalla. Y ha llegado: es la República de 1931; va a ser, sobre todo, la República de 1936. Estas fechas, singularmente la segunda, representan la demolición de todo el aparato monárquico, religioso, aristicrático y militar que aún afirmaba, aunque en ruinas, la europeidad de España. Desde luego la máquina estaba inoperante; pero lo grave es que su destrucción representa el desquite de la Reconquista , es decir, la nueva invasión bereber. Volveremos a lo indiferenciado. Probablemente se ganará en placidez elemental en las condiciones populares de vida. Acaso el campesino andaluz, infinitamente triste y nostálgico, reanude el silencioso coloquio con la tierra de que fue desposeído. Casi media España se sentirá expresada inmejorablemente si esto ocurre. Desde luego, se habrá conseguido un perfecto ajuste en lo natural. Pero lo malo es que entonces será pueblo único, ya dominador y dominado en una sola pieza, un pueblo sin la más mínima aptitud para la cultura universal. La tuvieron los árabes; pero los árabes eran una pequeña casta directora, ya mil veces diluida en el fondo humano superviviente. La masa, que es la que va a triunfar ahora, no es árabe sino bereber. Lo que va a ser vencido es el resto germánico que aún nos ligaba con Europa.




Acaso España se parta en pedazos, desde una frontera que dibuje, dentro de la Península , el verdadero límite de África. Acaso toda España se africanice. Lo indudable es que, para mucho tiempo, España dejará de contar en Europa. Y entonces, los que por solidaridad de cultura y aún por misteriosa voz de sangre nos sentimos ligados al destino europeo, ¿podremos transmutar nuestro patriotismo de estirpe, que ama a esta tierra porque nuestros antepasados la ganaron para darle forma, en un patriotismo telúrico, que ame a esta tierra por ser ella, a pesar de que en su anchura haya enmudecido hasta el último eco de nuestro destino familiar?.




Prisión de Alicante, 13 de agosto de 1936

Cuadro de la pintora Elvira Santiso 

nota: Aunque ya fué publicado en su día por la Otra Europa, aprovechamos la cercania de Noviembre para editarlo nuevamente.