De un tiempo, de un país
Rudolf Hess, mártir de la paz
El 17 de agosto es un día importante para todos los que creemos en la paz constructiva y justa, y en la hermandad entre todos los pueblos de Europa.
El 17 de agosto de 1987 fue asesinado en la prisión de Spandau, y tras 42 años de presidio, Rudolf Hess, estrangulado por sus carceleros ingleses a la edad de 93 años.
Pero, ¿quién era Rudolf Hess?
Rudolf Hess había nacido el 26 de abril de 1894 en Alejandría (Egipto). Pronto se fue a vivir a Alemania, de donde eran sus padres. Cuando estalla la I Guerra Mundial, en 1914, él tenía 20 años y se alistó voluntario para luchar por su Patria, siendo piloto de combate y participando en numerosos combates aéreos donde demostró su valor y pericia como piloto de guerra. Después de la guerra, en 1920, y con 26 años ingresó en el Partido Nacional-Socialista Obrero Alemán (N.S.D.A.P.) Tres años después, el 9 de noviembre de 1923, participó en el “putsch” de Munich, por lo que fue condenado, junto con Hitler a cuatro años de prisión, condena que fue posteriormente reducida a trece meses en la cárcel de Landsberg, donde colaboró con Hitler en la redacción del “Mein kampf”. Ambos abandonaron la prisión de Landsberg en el año 1924. A comienzos de los años 30 fue nombrado Presidente del Comité Central del NSDAP. Cuando el Partido conquista el Estado democráticamente en 1933, Hess fue nombrado Ministro sin cartera. Fue igualmente secretario particular y lugarteniente de Hitler. Rudolf Hess pronunció numerosos y brillantes discursos en su calidad de uno de los principales líderes del Partido. Pero, si Hess fue el gran mártir del Nacional-Socialismo fue debido a una misión que llevó a cabo y cambió su vida para siempre.
Situémonos en aquel momento histórico. Una vez comenzada la Segunda Guerra Mundial, después de la derrota inglesa en Creta y del victorioso contraataque del Mariscal Erwin Rommel en África del Norte, la situación volvió a empeorar para la URSS, en vigilia de un ataque general de la Wehrmacht. Inglaterra no podía echarle más capotazos al toro alemán para desviarle de su objetivo. Turquía, desoyendo las indicaciones de Londres y Washington, había firmado un pacto de no-agresión con Alemania, mientras Bulgaria, que había participado, con sus tropas, en la ocupación de las dos Macedonias, griega y yugoslava, relevando en tal misión a las tropas alemanas e italianas, Rumania, Eslovaquia, y Finlandia, directamente amenazadas por Moscú, se adherían al Pacto Tripartito. Croacia seguiría más tarde, ya que en abril de 1941, bajo la presidencia del croata Ante Pavelic, se constituyó el Estado croata independiente, que permanecería fiel a su alianza con el III Reich hasta el final de la guerra. Hungría ocupó el Bánato, mientras en Serbia y Eslovenia se establecían gobiernos locales de tipo fascista. Suecia y España habían firmado su neutralidad, lo mismo que Suiza, Portugal e Irlanda, si bien España, más que neutral era “no beligerante” pero favorable al Eje, y en el caso de Irlanda, mantuvo su neutralidad simpatizante con la Alemania NS, resistiendo terribles presiones de todo orden de su poderoso vecino inglés.
No quedaban más cipayos europeos para morir por Inglaterra y, a la larga, por Moscú y Wall Street. Roosevelt no había aún podido vencer la formidable oposición del Senado y del Congreso norteamericanos, reacios a dejarse enredar en una guerra ajena.
En aquel momento, y antes de decidirse a poner en marcha el mecanismo de la “Operación Barbarroja”, adelantándose al esperado ataque de la URSS a Alemania, Hitler quiso hacer una enésima tentativa para llegar a un cese de hostilidades con Inglaterra.
El 10 de mayo de 1941, Rudolf Hess, lugarteniente del Führer y líder del NSDAP, arriesgó su vida para lograr la paz. Pilotando un “Messerschmitt”, logró burlar la vigilancia de las patrullas de la RAF y aterrizó en Escocia. Su propósito era entrevistarse con el duque de Hamilton, antiguo amigo suyo y muy influyente en la Corte. Hess confiaba en que el duque de Hamilton le ayudaría a conseguir una entrevista con Jorge VI y con Churchill para convencerles de que “el Führer no quiere continuar esta guerra insensata” y de que “el verdadero enemigo está en Rusia”. (“Prisioner of Peace”, versión inglesa de “England-Nürnberg-Spandau”, por Frau Ilse Hess)
Hess proponía, nuevamente, una paz-empate, a condición de que se dejaran manos libres a Alemania frente a la URSS. Como garantía de las intenciones del Reich de cumplir lo pactado, el mismo Hess se ofrecía como rehén. No hay que olvidar que, en el momento en que Hess se presentó en Inglatera con su misión de paz, Alemania aparecía como muy probable vencedora. Inglaterra había sido batida en todas partes, en Francia, en Bélgica, en Noruega, en Yugoslavia, en Grecia, en Creta, en Libia, … incluso en los mares. Todos sus cipayos continentales habían sido sucesivamente arrollados, y Roosevelt seguía sin conseguir envolver a Norteamérica en el conflicto, al lado de Albión. En 1941 Alemania era la clara vencedora en todos los frentes. Y en ese momento de superioridad militar evidente, el vencedor tendió la mano al vencido.
Pero Hess no consiguió entrevistarse con el Rey, ni con Churchill, que lo mandó encarcelar mientras estaba viendo una película de “los hermanos Marx”. En vez de considerar, al menos, la posibilidad de detener la matanza entre pueblos europeos y, en caso de desacuerdo, permitirle regresar a su Patria, el gobierno británico trató al mensajero de paz, que fue allí en misión de paz, como un prisionero de guerra corriente y, más tarde, como un criminal de guerra, en la farsa y la parodia pseudojurídica de Nürnberg.
El duque de Hamilton, rompiendo, por fin, un silencio que le fue impuesto durante veinte años, dijo, el 25 de abril de 1962 que “ciertamente, la guerra habría podido terminar en 1940, pero la mejor oportunidad la facilitó el vuelo de Hess, en mayo de 1941”.
A parte de la negativa de aceptar la propuesta de paz del emisario de Hitler, lo que llama la atención en este caso es la manera de proceder de Inglaterra para con un emisario que se presentó voluntariamente. Los mensajeros de paz eran respetados incluso por los pieles rojas. A.J.P. Taylor, un conocido escritor inglés, al que ni con la más calenturienta imaginación puede tildarse de “pro-nazi”, reconoció que el trato dado a Hess constituye una “negra mancha sobre nuestro honor”. El propio Winston Churchill en “Historia de la Segunda Guerra Mundial” (Vol. III) manifestó estar muy contento de “no ser directamente responsable de la manera como se trató a Hess… enviado de paz que vino a estas islas por su propia voluntad”.
Hitler, tal como estaba convenido en caso de fracasar la acción y misión de Hess, hizo publicar un comunicado oficial declarando que su lugarteniente, Rudolf Hess, padecía, desde hacía algún tiempo, una progresiva enfermedad mental. Hitler reconoció tácitamente su participación en la misión de paz de Hess cuando, al dar instrucciones a Wolff para establecer contactos de paz con los angloamericanos, le dijo: “Ya sabe Ud que, en caso de fracasar en su misión, me veré obligado a negarle, como en el caso de Hess”.
Después del final de la guerra, y durante la parodia y farsa jurídica de Nürnberg, Rudolf Hess, que había ido por su propia voluntad a Inglaterra a ofrecer la paz, fue condenado a cadena perpetua por “criminal de guerra”.
Fuentes oficiales inglesas, para cubrirse ante el propio pueblo británico, llegaron a afirmar que la oferta de paz de Hess no podía tomarse en consideración, no sólo por razones políticas, sino sobre todo porque Hess estaba loco. En tal caso no se comprende y es inconcebible que a un loco se le encarcelara y se le mantuviera de por vida en una prisión, y no en un establecimiento psiquiátrico. Y también es inconcebible el trato indigno que se dio a un anciano enfermo, custodiado en la fortaleza de Spandau, metido en una celda exigua, racionándosele el número de pasos que podía dar al cabo del día, que no podía exceder de 1500 pasos diarios, que se contaban con un pasómetro atado a una pierna. Sólo podía recibir una visita al mes, de quince minutos de duración.
En cierta ocasión, en la que Frau Ilse Hess consiguió entregar a su marido, subrepticiamente, unas tabletas de chocolate, hubo un diputado laborista inglés que se levantó en la Cámara de los Comunes para interpelar al gobierno por no haber protestado oficialmente por la negligencia de los vigilantes y carceleros de la prisión de Spandau. También se le censuraba la correspondencia, como si creyeran que, desde el interior de su celda estuviera preparando una insurrección “nazi” en cualquier lugar del mundo. Las tropas soviéticas, norteamericanas, francesas e inglesas llevaban la vigilancia en Spandau. Comunismo y democracia aliados para mantener preso a un anciano en la prisión-castillo de Spandau con capacidad para 600 reclusos, y donde se encontraba sólo un anciano, pero un anciano que ha vencido ideológicamente a sus carceleros. El trato dado a Hess fue indigno e inhumano, y sobre este tema se han escrito numerosos libros documentadísimos como el de “Rudolf Hess, el prisionero de Spandau”, escrito por el norteamericano Eugene Bird, que fue uno de sus guardianes, y que es tal vez el mejor de los libros que se ha escrito sobre este tema, lo que invalida cualquier argumentación basada en la ignorancia. Los “altos poderes morales” de este planeta conocían muy bien el maltrato dado a Hess.
No podían no saberlo ni alegar ignorancia culpable. Y ninguno pidió, oficialmente, la liberación del llamado “prisionero de la paz”, ni siquiera una mejora en el trato que se le dio. El Obispo de Canterbury y los Papas Juan XXIII y Paulo VI tuvieron tiempo, pese a sus múltiples ocupaciones, para pedir clemencia en pro de terroristas convictos y confesos y hasta les sobró tiempo para “olvidarse” de mandar pésames por la muerte de las víctimas de tales terroristas. En 1953, por ejemplo, ciertas altísimas dignidades católicas, cuya buena fe fue ciertamente abusada por pescadores en aguas turbias, protestaron por la ejecución del agente comunista y chequista Julián Grimau, en España, al que se le reprocharon más de veinte crímenes en las checas, y nada dijeron nunca del caso de Rudolf Hess, que era un caso que clama al cielo, y nunca mejor dicho, como tampoco dijeron nada por la ejecución de Bastien-Thiry, un militante nacionalista francés, que sólo intentó asesinar al General Charles De Gaulle, que había sido acusado de alta traición en julio de 1940 por deserción, y contó con el indecoroso apoyo de la judería internacional para que representase su voluntad como jefe de Estado francés, el “general micrófono” y el resistente radiofónico que resistía “heroicamente” y radiofónicamente desde Londres, donde daba por la BBC las listas de franceses a asesinar (ejecutar decía él) por los “maquis” en la Francia del Mariscal Petain, y el que firmó la sentencia de muerte del poeta y escritor francés Robert Brasillach únicamente por sus ideas, y el campeón del entreguismo después de la guerra, al entregar todas las colonias francesas. La paja y la viga…
Y es que la infiltración masónica en ciertas esferas católicas y, más aún, protestantes, no constituye ninguna novedad, y nada tiene de nuevo que ciertos altos consejeros bebían y siguen bebiendo sus informaciones en aguas no demasiado puras. Y por ello, no consideraron útil hacer, siquiera, un pequeño gesto en pro de Hess, pese a habérseles solicitado repetidamente mediante innumerables campañas para la libertad de Hess, campañas apolíticas que no tuvieron más slogan que el de “Libertad para Rudolf Hess”, realizadas por personas de distintas nacionalidades que sólo pedían la libertad de un anciano enfermo que estaba en prisión por haber realizado una oferta de paz durante la guerra, y que sólo pretendían denunciar la hipocresía y el cinismo de un mundo que habla incesantemente de derechos y libertades y que mantenía a un anciano enfermo en prisión. Pero esta vez el vencedor no tendió la mano al vencido. Es humano. Demasiado humano, que diría Nietzsche.
Al fin y al cabo, ni Hess ni sus dispersos seguidores podían turbar las serenas digestiones de tan elevadas instancias morales ni poner en peligro la cotización de las acciones del Banco del Espíritu Santo - (No se trata de una broma irreverente. El “Banco di Spirito Santo” pertenece a la realidad, no a la ficción) -, pero los patronos de los señores terroristas sí pueden hacerlo. Es triste, pero real. E igualmente puede decirse de esa ONG que se presenta como la única organización defensora de los “derechos humanos”, Amnistía Internacional, y que nunca, a lo largo de los 42 años que duró el cautiverio de Rudolf Hess, pidió clemencia en este caso. Sí lo hizo para pedir la libertad de Nelson Mandela, que estuvo muchos menos años en prisión en Sudáfrica, y no por ser negro, sino por haber sido el dirigente de una organización terrorista llamada “Congreso Nacional Africano”, autora de atentados, asesinatos, sabotajes, etc, y hoy reconvertida en un respetable partido político igualmente defensor de los “derechos humanos” de ellos.
Finalmente, Rudolf Hess fue asesinado en la prisión de Spandau el 17 de agosto de 1987, estrangulado por sus carceleros ingleses, y la prisión fue derribada. Los papeles y documentos sobre este caso, en poder de los servicios secretos británicos no podrán ser desclasificados hasta dentro de muchos años, cuando este triste caso ya no pueda tener ninguna repercusión importante.
La última campaña pro-libertad de Rudolf Hess se realizó tras conocerse su muerte con el lema “Rudolf Hess ha muerto. Ahora ya es libre”. Desde entonces, sus seguidores de distintas nacionalidades celebran homenajes al mártir de la paz todos los 17 de agosto en Wunsiedel, el pueblo alemán en cuyo cementerio descansa en paz.
Autor: Eduardo N Publicado en Nuevo Orden
Discurso de Rudolf Hess
La División Azul en el frente
Los asesinos de Lorca, vendetta familiar
Cuando estuve en Valderrubio, el pueblo donde ocurrieron los hechos dramatizados en La Casa de Bernarda Alba, un pueblo antes llamado Asquerosa, analogía de Acqua Rosa, en latín Agua roja, departí algo con los nativos, que habían hecho casa museo lorquiano en la villa. Ahora me casan algunas piezas sobrantes. El padre de Federico hacía, no sé si esporádicamente, de prestamista particular. Y cuando se presta dinero en la familia, suelen pasar estas cosas. España entera está llena de estas envidias, a caballo entre la usura de unos, el aprovechamiento de otros, y la inquina en todos. La indiferencia es tomada por desprecio, y una mirada perdida, como portadora de odio.
Acaso haya que pensar que la salida de la casa de los Rosales no fuera tan dramática, si el fulano aquel de la CEDA, cuyo nombre también prefiere ignorar esta crónica, acudiera acompañado por estos primos lejanos, de los que Federico no podía desdecirse delante de las mujeres de los falangistas granadinos.
El caso es que agonizando la tiniebla de aquella noche agosteña, lo sacaron junto al maestro cojo y al banderillero. Antes de que amaneciera, les bajaron del camión, y los tirotearon, seguramente por la espalda. Una venganza familiar disfrazada de suceso de guerra, criminal suceso de guerra, me apresuro a distinguir. Lorca fue víctima de esa España nagra y profunda, enraizada en una ruralidad pobre y violenta, de la que no era detentadora exclusiva Puerto Hurraco, aquel pueblo de Extremadura de hace algún año. Fue protagonista, malhadado protagonista, de un suceso primo hermano del de Bodas de Sangre o la Bernarda; un suceso sangriento, propio de una España ignorante y hambrienta, siciliana, en la que su pecado fue ser hijo de quien era, no ser él mismo quien él mismo era. Vale.
La marcha sobre Roma
Una aproximación a los albores del fascismo
Acercarse con curiosidad al fascismo a finales de nuestro siglo no es fácil. Son muchas las dificultades que se alzan entre el afán de conocimiento de las nuevas generaciones, y una información veraz y exacta del fenómeno fascista. Entre todas las dificultades, la primera que hallamos es la pérdida de significado del término fascista. Hoy en día, este significante no pasa de ser un epíteto vacío de contenido real, generalmente asimilado al empleo irracional de la violencia, al carácter autoritario de una persona o institución independientemente de cuál sea su ideología o significado político. Lo mismo sirve para descalificar al concejal que pretenda cerrar a una hora más temprana los locales nocturnos que a la dictadura que haga al caso, ya sea el militar de una república bananera o el reyezuelo tribal de alguna república del África negra. Utilizada así, esta expresión descalifica intelectualmente más al que lo lanza como ofensa, generalmente el politiquillo de turno, que al que lo recibe, generalmente como un tremendo insulto síntesis de todas las maldades.
La segunda dificultad, que sólo surge para aquellos que intentan forjarse su propio criterio, radica en la obtención de información veraz y suficiente entre la aluvión de propaganda generado por las potencias vencedoras en la última guerra mundial.
La tercera, y quizás más importante, es la de establecer qué es realmente el fascismo. ¿Es posible dar una definición del mismo? ¿Pueden englobarse en una misma categoría sistemas y regímenes tan dispares como el de la España de Franco y el heterogéneo y confuso ideario del partido falangista que le sirvió de soporte, el ‘Estado Novo’ de Salazar, la Croacia de Ante Pavelic, la Francia petenista o la del antiguo comunista Doriot, o los clásicos: el nacionalsocialismo alemán y el fascio italiano? Parece difícil, cuando menos, lograr reducir a la unidad en una categoría sistemática lo que ya nació como cauce de muy diversas corrientes, procedentes casi todas ellas del romanticismo y del irracionalismo del siglo anterior. Quizás pueda afirmarse, sin intención de dar una definición completa y acabada, ni de polemizar, que el fascismo es fundamentalmente un intento de dar respuesta a los problemas del hombre desde una perspectiva comunitaria, no colectivista, en la que el elemento espiritual y psicológico de los hombres no sea ignorado.
Mas, ¿cómo surgió el fascismo? Setenta y cinco años después, pocos parecen recordar que el fascismo tuvo su origen en la conjunción de distintas ideas, hechos y circunstancias sociales. En cuanto a las ideas, su paternidad debe atribuirse por igual al romanticismo nórdico y a la idea de romanidad clásica, y si no siempre reconocieron la paternidad de Hegel o de Nietzsche, ninguno negó la de Spengler, que estaba en el espíritu de la época. Venían a representar un regreso a lo sacro y al misticismo, frente al ideal agnóstico o ateo del liberalismo o del marxismo. El mismo léxico fascista toma elementos teológicos para su formación, como el carácter ‘carismático’ de sus líderes. En cuanto a los hechos, el fascismo no puede ser concebido sin la Gran Guerra y la crisis del socialismo, que dará lugar al comunismo soviético y al socialismo revolucionario bajo el nombre de fascismo. Por último, en cuanto a las circunstancias sociales, debe recordarse la crisis del Arte provocada por el marchantismo extraeuropeo y las vanguardias que representarán una ruptura con los sentimientos populares, ruptura que sólo será salvada por la incorporación de las nuevas artes y técnicas, como el cine o la publicidad, y el empleo por primera vez masivo y moderno de los medios de comunicación.
El fascismo, que pretendía ser una jerarquía, una tradición y un culto a la autoridad, supo hallar el equilibrio entre una absoluta modernidad en un marco tradicional de retorno a la esencia de cada pueblo, complaciéndose, en el caso italiano, en escoger como telón de fondo de sus celebraciones públicas las más genuinas ruinas romanas. Pero entremos en la época.
El tiempo previo a la Gran Guerra: la crisis del socialismo
En 1913, Mussolini era uno de los más radicales dirigentes del Partido Socialista Italiano y el joven director del diario del partido, Avanti. En él escribía: "Nosotros consideramos los acontecimientos con una satisfacción legítima, la misma satisfacción que ha de sentir el artista contemplando su propia obra. Si el proletariado italiano está adquiriendo una psicología, más ofensiva y feroz se lo debe a nuestro periódico". En aquel tiempo, el que sería Duce del fascismo, consolidaba su posición en el partido socialista e imponía la radicalización revolucionaria del socialismo en Italia. Aún no había sonado en Sarajevo el pistoletazo que acabaría con la vida del Archiduque Francisco Fernando, heredero de la corona del Imperio Austrohúngaro, y con la política al modo en que era entendida en el S. XIX, dando la señal de salida al concepto de política absoluta e inmisericorde que ha caracterizado al S.XX.
En 1914, los trabajadores de todos los países europeos marcharían a los frentes de batalla marcando con su paso el fin del internacionalismo socialista, dejando el socialismo convertido en mera pantomima socialdemócrata dominada por la masonería. El 18 de octubre, en las páginas del socialista Avanti, su director Mussolini dirá: "¿Es que queremos ser, como hombres o como socialistas, espectadores inertes de este drama grandioso?". Dos días después dimite de su cargo despreciando la indemnización económica que le correspondía, y funda Il Popolo d’Italia. En el congreso del 24 de noviembre hará una renovada profesión de fe socialista ante los delegados de toda Italia, de los que se despedirá con estas palabras: "¡Vosotros hoy me odiáis porque todavía me amáis! Estoy solo. Pero yo soy fuerte a pesar de estar solo. Es más: os diré que soy fuerte precisamente porque estoy solo. La decisión de abandonar el partido fue tomada decididamente al entender que ya no representaba los intereses de los trabajadores italianos".
El Mussolini de la guerra
Con el abandono del partido por parte de Mussolini y de los delegados que le eran afines, se inicia con una renovada profesión de fe socialista una nueva etapa del socialismo italiano que advertirá, igual que el francés, que la verdadera lucha de clases no se da entre clases sociales, entre clases económicas de un mismo pueblo, sino entre clases de hombres y de naciones. Así llegará a hacerse intervencionista, la guerra, el ideal de la Patria, de la identidad nacional, lo último que el capitalismo puede arrancar a los miserables, debía ser defendido de los internacionalismos representados por la usura y el comunismo.
Las naciones ricas, capitalistas, burguesas y plutócratas, explotan y esquilman a las humildes, incapaces o menos poderosas. Mussolini se convierte progresivamente en el defensor de una nueva clase de explotados: la de los italianos. Su prosa se verterá fieramente en el periódico alrededor del cual gira la vida política italiana: "La propaganda antiguerrera la ejercen los bellacos: los curas, los jesuitas, los burgueses, los monárquicos. ¡Los neutrales jamás dominaron los acontecimientos, sólo los padecieron! ¡Sólo la sangre pone en movimiento la rueda sonora de la Historia! ¡Lo inevitable se cumplirá: los viejos mundos de la vida política y social de Italia se convertirán en polvo miserable! No querer distinguir entre guerra y guerra y pretender oponerse a todas las guerras, sean las que sean, es una conducta propia de imbéciles".
El 24 de mayo de 1915 Italia entró en guerra contra Austria y Alemania. El 2 de septiembre Mussolini llegaba al frente, en el 11º Regimiento de Bersaglieri, como soldado. Previamente había rehusado el grado de oficial que le correspondía. Ascendido a cabo por méritos en el campo de batalla, Mussolini cayó en combate, como dijo de él el Morning Post británico: "lleno de heridas como César".
"Vittoria nostra, tu non sarai mutilata"
De nuevo en Milán tras el fin de la contienda, durante la celebración de la victoria se dirigió a los ‘arditi’, los soldados de asalto: "¡Arditi! ¡Compañeros de armas! Yo os defendí cuando los cobardes filisteos os difamaban...". Luego añadió: "El relámpago de vuestros puñales y el diluvio de vuestras bombas harán justicia de todos los miserables que pretendan cortar el camino a una Italia más grande". Contestaron levantando sus puñales: "A noi! A noi!". Se acababa de inventar el saludo ritual fascista.
Italia había entrado en guerra para recuperar su propio ‘Gibraltar’, tierras irredentas ocupadas por extranjeros cuyo símbolo fue Fiume. La decepción italiana al final del conflicto fue terrible, el 98 de Italia dejaba a cuatro millones de proletarios y trabajadores italianos, que sólo tenían sus medallas, sus heridas y sus recuerdos de guerra, sin aquello por lo que arriesgaron sus vidas: ‘la Nación, la Patria, la Italia más grande’. El 16 de enero de 1919, Mussolini, el único portavoz autorizado de los ex combatientes, grita: "¡Señores del Gobierno, señores de la clase dirigente!: ¡tenéis que escucharnos!". Sin embargo, la gran burguesía hacía oídos sordos a las reivindicaciones populares, celosa de sus beneficios obtenidos mediante la especulación durante la guerra. Mussolini repetía sin cesar: "Venimos proclamando la necesidad de dar un contenido social interno a la guerra, no solamente para recompensar a las masas que han defendido a la Nación, sino también para vincularlas al porvenir de la Nación, y a su prosperidad".
La fundación del fascismo
El 21 de marzo de 1919 se forma en Milán el primer Fascio Milanese di Combattimento, a cuyo frente estaba el triunvirato formado por Ferrucio Vecchi, Michele Bianchi y Benito Mussolini. Sus miembros provenían de diversas fuerzas políticas. El día 23 se fundó la organización nacional, los Fasci Italiani di Combattimento. En ellos formaban anarcosindicalistas, republicanos, conservadores, socialistas disidentes, nacionalsindicalistas, futuristas como Marinetti, intelectuales como Giuseppe Bottai y hombres de acción como Roberto Farinacci. Los ‘arditi’ prestaron al movimiento su estilo y formas, la camisa y el fez negro con la calavera y el puñal, a todo lo cual se incorporó la frase populachera del dialecto romano ‘me ne frego!’ —¡qué me importa!—, con el entusiasmo de Mussolini, que escribió: "El orgulloso lema de los ‘squadristi’, escrito sobre las vendas de una herida, no es solamente una expresión de filosofía estoica o simplemente el resumen de una doctrina política: es la educación a la batalla, a la aceptación de los riesgos que ésta conlleva, es un nuevo estilo de vida ideal".
Del bautismo de fuego a Fiume
El 15 de abril de 1919 se produjo una concentración en la Arena de Milán. Exaltada la masa por los discursos de sus cabecillas, cien mil socialistas y anarquistas se dirigieron a la plaza del Duomo por la Via Mercanti con intención de aplastar a los escasos fascistas allí congregados. A su encuentro salieron los estudiantes del Politécnico, algunos fascistas y futuristas, el choque fue violentísimo y se saldó con varios muertos. Como represalia, los fascistas atacaron el Avanti, protegido por el ejército. En la acción murió un soldado. Aquella noche, Mussolini fue aclamado por el pueblo milanés bajo los balcones de Il Popolo d’Italia.
El 25 del mismo mes llegó el mensaje de Wilson con su infame y humillante decisión, servilmente acatada por el Gobierno. Wilson, presidente de los EE UU, se mostró inflexible durante la Conferencia de Paz: "Fiume no será nunca para Italia". Desde el 16 de mayo, la ciudad quedó bajo control de la Sociedad de Naciones. Mussolini viajó a Fiume para hablar contra Wilson y el Tratado de Versalles en el Teatro Verdi de la ciudad. Después del discurso, Host Venturi formó en el Campo de Marte un batallón de voluntarios con los asistentes al mitin. La tensión se puso de manifiesto en el choque entre los soldados franceses de la Sociedad y los de Italia. D’Annunzio, con 287 voluntarios y ‘arditi’, ocupó Fiume el 12 de septiembre al grito de: "Fiume o morte!". En octubre convocó un referéndum. Sobre 7155 votantes, 6999 votaron a favor de reintegrarse en Italia.
El ‘golpe’ de la izquierda y la crisis económica
A principios de 1920, el anarquista Enrico Malatesta, intentaría establecer un acuerdo con el Partido Socialista encaminado a efectuar su propia ‘Marcha sobre Roma’. Descubierto por Mussolini y publicado en Il Popolo d’Italia, los socialistas, sorprendidos, dieron marcha atrás temporalmente. Trotsky advertiría a los comunistas italianos: "La única carta seria la han perdido ustedes; el único hombre que hubiera podido hacer la revolución en serio".
Tras la caída del gobierno Nitti, el gobierno sucesivo de Giolitti ordenó la evacuación de Albania, permitió la ocupación de las fábricas, y después de firmar el Tratado de Rapallo con Yugoslavia, mandó bombardear a D’Annunzio para expulsarlo de Fiume.
En el verano de 1920 la huelga agraria causó la pérdida de la cosecha en la llanura del Po. Los piquetes marxistas dominaban la situación, los fascistas se enfrentaron a ellos asaltando las Cámaras del Trabajo, los locales socialistas y las Municipalidades. Bolonia, Ferrara y Módena cayeron bajo el control de los escuadristas.
En 1921 las huelgas se sucedieron hasta llegar a paralizar a Italia, aumentaron la miseria y el paro, se cerraron las fábricas izando sobre ellas la bandera roja con el martillo y la hoz, los miembros de la ‘guardia roja’, organización militarizada del Partido Socialista, fueron armados con fusiles y bombas de mano y adiestrados en los patios de las fábricas. Se crearon oficinas de prensa, cooperativas y se llegó a emitir moneda. Por último, los socialistas más radicales crean el Partido Comunista. Los choques con las escuadras fascistas eran inevitables. El 3 de abril, Mussolini, que ya empieza a ser llamado Duce, en el escenario del Teatro Comunale de Bolonia dirá: "Si la burguesía no sabe defenderse por sí sola, que no espere que la defendamos nosotros. Nosotros defendemos a la Nación. Queremos la fortuna material y moral del pueblo". La poetisa Ada Negri vio a los camisas negras como: "Jóvenes de cuerpo y alma tan resplandeciente que más bien parecen jóvenes reyes". Se reprodujeron las incursiones fascistas y las escaramuzas callejeras por toda Italia. La violencia alcanzó la intensidad de una guerra civil. Así se detuvo el intento golpista de la izquierda.
Los fascistas, al Parlamento
El 13 de mayo de 1921 se convocaron elecciones generales. Treinta y cinco fascistas entraron en el Parlamento, entre ellos Roberto Farinacci, Dino Grandi y Mussolini. Este último, en su discurso, se ofreció a todos para colaborar: "El fascismo no predica ni practica el anticlericalismo. Hay que reducir el Estado a su expresión puramente jurídica y política. La violencia no es para nosotros un sistema. Estamos dispuestos a desarmarnos si vosotros lo hacéis también. Y sobre todo, hemos de desarmar los espíritus".
El Primer Ministro Bonomi creyó poder detener los enfrentamientos por medio de medidas de fuerza. En Sazarna y en Módena, numerosos escuadristas fueron torturados por la policía o asesinados los comunistas. Se firmó a instancias de Mussolini el Pacto de Pacificación con los socialistas, al que no se adhirieron los comunistas, que continuaron con los ataques a los fascistas y a los restantes grupos nacionalistas. El acuerdo entró en vigor sin llegar a menguar el clima de guerra civil.
Fundación del Partido Nacional Fascista
El 4 de noviembre de 1921 se organizó la ceremonia al ‘milite ignoto’ —soldado desconocido—. Cuatro días después, en el Congreso del Fascio, se funda el Partido Nacional Fascista. Mientras, el Gobierno de Bonomi era paulatinamente desbordado por la extrema izquierda. La incapacidad de los partidos democristianos y liberales para mantener a raya a la revolución marxista, forzaba la intervención de las escuadras fascistas, no con el fin de mantener el orden establecido, como era deseo de las clases burguesas, sino para evitar una revolución de signo opuesto al propio. Ante las agresiones sufridas, el 15 de noviembre se denuncia el Pacto de Pacificación. El PNF proclama: "Nosotros sustituiremos al Estado cada vez que éste se muestre incapaz de combatir las causas y los elementos de la desintegración interior".
1922: el año definitivo
Durante este año, la crisis económica continuaba con toda su gravedad, cayó el gobierno Bonomi y se formó el gobierno de Luigi Facta, un hombre aún más mediocre que su predecesor. En la primavera, cuarenta mil braceros fascistas al mando de Italo Balbo ocuparon Ferrara como protesta por las miserables condiciones de vida. Los sindicatos socialistas injuriaron a los que habían sido sus miembros. Los jornaleros, más de 400.000, se habían pasado a los sindicatos fascistas en toda la península italiana. La ofensiva alcanzó en junio su cenit. En julio, decía Mussolini: "Nuestros adversarios continúan llamándonos bandidos, canallas, bárbaros, esclavistas, bandoleros, vendidos. Nos importa un bledo. Vosotros publicáis, señores, inútiles palabras injuriosas. Nosotros os contestamos saboteando política y sindicalmente vuestros huesos. Con quirúrgica inexorabilidad".
El día 20 de julio es asesinado en Rávena un fascista por la izquierda. Italo Balbo y Dino Grandi ocupan la ciudad con miles de trabajadores fascistas. Los comunistas y socialistas declaran la huelga general. Durante el entierro de la víctima, al paso del cortejo fúnebre, se producen disturbios provocados por varios disparos efectuados desde la Casa del Pueblo, con pobres resultados para los agitadores marxistas que verían su sede devastada.
El 31 de julio, el sindicato socialista, que veía debilitada su fuerza por el abandono masivo de los obreros para engrosar el fascista, proclama, en una vuelta más de tuerca dentro de la táctica marxista del golpe de estado, la huelga general. Los fascistas dieron un ultimátum a la Confederación General del Trabajo y se dispusieron a frustrar la acción de la izquierda. El Gobierno mostró su ineptitud para dominar la situación, de nuevo se produjeron choques por toda Italia entre las milicias socialcomunistas y las fascistas.
A finales de julio de 1922, más de 700.000 trabajadores se habían afiliado a la Confederazione Nazionalle delle Corporazioni, sindicato del PNF. La derrota de la izquierda era evidente.
No toda la prensa democrática era hostil al fascismo. Éste contaba con las simpatías de la mayor parte de la opinión pública y de buena parte de la prensa sindicalista y católica, en especial entre las clases medias, disminuyendo la influencia y el apoyo entre las clases altas conforme se acercaban al poder. Como ejemplo, entre julio y septiembre de 1921 las subvenciones recibidas por el PNF descendieron un 20%.
La decisión final
Mussolini inició una campaña de propaganda con un discurso en Udine el 20 de septiembre. Por primera vez no planteaba el derrocamiento de la monarquía como un fin inexcusable. Realizaba así un desplazamiento de la monarquía hacia una posición de no beligerancia frente al fascismo. Mussolini sabía que sus ‘camisas negras’ no podían enfrentarse con éxito al Exercito Reale, y que colocando al trono al margen de las incipientes hostilidades se aseguraba la neutralidad de los militares.
A finales de mes, los fascistas junto con algunos elementos nacionalistas, ocuparon Bolzano y Trento. El día 6 de octubre, Mussolini consideraba junto a Balbo la ejecución de una incursión contra Roma que condujera al Partido Fascista al poder. El 7 de octubre, con el fin de contribuir a una imagen de moderación, Bianchi negaba, durante una entrevista publicada en el Giornale d'Italia, la inminencia de un movimiento revolucionario fascista. Al tiempo, en el medio rural, los ‘carabinieri’ y la gendarmería, al compás del resto de la sociedad rural, se inclinaban claramente por los fascistas.
El día 16 de octubre, el Duce convocó a los jefes de las milicias en la sede del Fascio provincial en la calle San Marco de Milán. Acudieron: Mussolini, Grandi, de Vecchi, de Bono, Balbo, Teruzzi, Fara, Igliori, Ceccharini, Farinacci y Bianchi. Estos dos últimos, decididos partidarios de la insurrección, apoyaban la propuesta de Balbo y de Mussolini de hacerse con el poder en un golpe de audacia. Grandi, por el contrario, mantenía una táctica legalista. De Bono y de Vecchi adujeron la falta de preparación de la Milicia y la necesidad de aguardar un periodo de tiempo. Se decidió unificar el mando de la Milicia y la entrega de su jefatura a un triunvirato compuesto por Balbo, de Vecchi y el general de Bono, un militar de carrera recientemente retirado del servicio tras ejercer la jefatura del Ejército en Verona. Se decidió la insurrección en el primer momento que resultase posible. Acerca de la estrategia a utilizar, se decidió la formación de tres columnas: una cerca de Civitavecchia; otra en las proximidades de Monterotondo, para los contingentes de Emilia, Venecia y Lombardía, y la última en Tívoli, para las tropas de Marches, Abruzos, el Lacio y las regiones del Sur, el cuartel general estaría en Perugia, y las reservas se situarían en Foligno. Por último, Mussolini decidió que en cuanto comenzasen las acciones militares la jefatura del Partido debería resignar todas sus funciones en un cuadrunvirato integrado por los comandantes de la Milicia a los que se sumaría el Secretario del Partido, Bianchi.
El 22 del mismo mes se reunían en Bordighera los jefes de la Milicia para elaborar los planes del operativo. Su convicción acerca del triunfo se vio ratificada al conocer el triunfo en las elecciones locales de Reggio Emilia, un síntoma del apoyo popular que les confirmaba en sus planes de insurrección.
Se había convocado para el 24 de octubre en Nápoles el congreso del Partido, al que asistieron más de 40.000 fascistas. La primera reunión se efectuó en el teatro San Carlos. Al margen de reiterar el respeto por la corona, Mussolini dijo: "Nosotros los fascistas no pensamos entrar en el Gobierno por la puerta de servicio; nosotros los fascistas no pensamos renunciar a nuestra formidable progenie ideal contra un plato de lentejas ministeriales. Porque nosotros tenemos la visión que podemos llamar histórica del problema frente a la otra visión, que se puede llamar política y parlamentaria (...) Se trata de injertar en el Estado liberal toda la fuerza de las nuevas generaciones italianas hijas de la guerra y de la Victoria. (...) Esto es esencial a los fines del Estado. Y no sólo del Estado sino también de la Historia y de la nación (...) Por esto hemos reunido, encuadrado y férreamente disciplinado a nuestras legiones: porque si el choque hubiera de decidirse sobre el terreno de la fuerza, la victoria sea para nosotros. Nosotros somos dignos de ella". Al final del discurso, las siete mil personas que ocupaban el teatro expresaron un delirante entusiasmo. Por la tarde, minuciosamente preparado por el Foglio d’Ordine nº1 del mando de la milicia fascista, se celebró un gran desfile desde el campo de deportes hasta la plaza de San Ferdinando. Allí, vestido de negro y con una banda cruzada con los colores de Roma, Mussolini pasó revista a las legiones de camisas negras. Éstas prorrumpieron en gritos: "¡Roma! ¡Roma!: ¡Todos a Roma!". Mussolini improvisó: "Yo os digo con toda la solemnidad que el momento requiere: o nos entregan el gobierno o iremos nosotros a Roma para conquistarlo. Ya es sólo cuestión de días, quizá de horas. ¡Hay que coger por el cuello a la miserable clase dirigente!".
La noche del día 24 de octubre de 1922, el Presidente del Gobierno, Luigi Facta, telegrafió al rey: "Yo creo que ya ha sido abandonado todo proyecto de marcha sobre Roma". A la misma hora, en el hotel Vesuvio de Nápoles, Mussolini y los cuadrunviros —de Bono, Balbo, de Vecchi y Bianchi— establecían la movilización general de los camisas negras para el día 27 próximo, y el asalto a Roma para el 28 a las ocho de la mañana, el Congreso finalizó el día 26, los jefes de la Milicia habían partido hacia sus unidades el día anterior".
Las fuerzas políticas liberales desunidas y atemorizadas, maniobraron tratando de impedir lo que se perfilaba como inevitable. Giolitti ofrecía a los fascistas una modesta participación en un gobierno dirigido por él. El 27 de octubre, el prefecto de Milán telefoneó a Facta informando de que Giolitti buscaba una acuerdo con los fascistas. A la vez Mussolini llamaba a Salandra para inquirir si, en el caso de que se produjera la dimisión de Facta se le permitiría formar nuevo Gobierno. Salandra le instó a viajar a Roma para discutirlo. Mussolini se negó.
La primera noche de la movilización, las escuadras fascistas habían ocupado la mayor parte de las ciudades armados con fusiles, pistolas y algunas pocas granadas y ametralladoras, para las que apenas había munición. Con grandes dosis de audacia se hicieron con el control de los medios de comunicación, oficinas de Correos, Prefecturas, etcétera. Los cuadrunviros habían establecido su cuartel general en el Hotel Brufani de Perugia, tal y como estaba planeado. Al tiempo, Mussolini, para no alertar al gobierno, se dejaba ver en el Teatro Manzoni asistiendo a una representación de ‘El Cisne’ de Molnar. A lo largo de todo el día habían estado llegando noticias alarmantes a Roma. El gobierno Facta se reunió y acordó su dimisión. El Primer Ministro marchó a ver al rey. Tras la entrega de su renuncia, que fue rechazada, habló de la necesidad de defender Roma y de proclamar el ‘estado de sitio’. El rey consideró esta proclamación como una medida imprudente y prematura.
En Perugia las tropas fascistas estaban acuarteladas y su dominio de la situación era absoluto. Los cuadrunviros creyeron oportuno suspender la acción durante cuarenta y ocho horas. Cuando Farinacci recibió la orden en Crémona, se puso en contacto por teléfono con Mussolini y le advirtió del desastre que en un momento así podía producir la indecisión. Mussolini se mostró de acuerdo. Lo cierto era que el plan no se había ejecutado conforme a lo acordado y tan sólo se habían producido diversos choques violentos esporádicos, y además al cuadrunvirato le faltaba de Vecchi que aún estaba en Roma regateando acuerdos. La confusión reinaba en el mando revolucionario.
Mussolini envió a Constancio Ciano a Roma a continuar las negociaciones. Éste debía pedir como mínimo las carteras de Gobernación, Justicia, Guerra, Trabajo, Educación y Obras Públicas, así como la disolución del Parlamento. Esto no era más que una maniobra táctica. Antes de que Ciano llegase a Roma se agravó la inestabilidad política de Facta. A las 3:30 de la madrugada, Bianchi telefoneaba al secretario del dimitido Primer Ministro conminando a Facta para que no provocase un derramamiento de sangre innecesario. A las 5:00 de la madrugada, Facta convocó al Gabinete urgentemente. En contra de su opinión, se decidió la proclamación del ‘estado de sitio’ a mediodía. A las 8:30 horas de la mañana la proclama figuraba en las paredes de la ciudad de Roma. El Consejo ordenó al general Pugliese, comandante militar de Roma, la defensa a ultranza de la capital con sus 25.000 hombres. Facta se dirigió a entrevistarse nuevamente con el rey en Villa Savoia con el fin de que firmase la declaración. El rey, decidido a no agravar la situación, y sintiéndose seguro en su posición, se negó a acceder a la petición del hasta entonces Jefe del Gabinete. Facta admitió su escasa autoridad tras su dimisión. De nuevo ante sus ministros, Facta se mostró decepcionado. Ante la presión de éstos, volvió a visitar al rey con la pretensión de que se declarase el ‘estado de guerra’, obteniendo idénticos resultados. Víctor Manuel III se negó a firmar una vez más sabiendo que era la forma más conveniente de actuar para salvar su Corona. Su respuesta fue: "No voy a constituir un Gobierno durante la violencia, lo abandono todo y me voy al campo con mi mujer y con mi hijo".
El Estado Mayor fascista estaba casi aislado de las acciones desarrolladas en provincias. Sólo mantenían contacto con las columnas que caminaban, bajo un frío severo y una lluvia torrencial, hacia Roma. La marcha dio comienzo entre grandes dificultades. Apenas estaba armada la décima parte de los hombres que se dirigieron a Roma. Al término del día 27 los fascistas se apostaban en Santa Marinella, Monterotondo, Tívoli y otras localidades cercanas a Roma, con tropas llegadas de Milán, Turín, Génova, Bari y Palermo. A las 0:45 del día 28, llega la noticia de la declaración del ‘estado de sitio’ y la orden de detener a los dirigentes del movimiento. En ese momento se hizo caso omiso de esta noticia. Ya habían caído Florencia, al mando de Farinacci, una ciudad a la que se había llegado a llamar ‘Fascistopolis’, Verona, Trieste, Venecia, Padua, Piacenza, Ferrara, Bolonia, Módena...
El 28 de octubre transcurrió entre negociaciones. Federzoni solicitó de Mussolini su presencia en Roma para tomar parte en unas conversaciones en Palacio. Éste, sabedor de la debilidad del gobierno, contestó que no le era posible abandonar Milán. En su lugar llegó a Roma Constanzo Ciano con la petición ya señalada. Mientras tanto, el rey se entrevistaba con los antiguos políticos y con De Vecchi, autoerigido portavoz del fascismo en Roma. El resultado de estas consultas fue el encargo a Salandra de formar gobierno. Salandra planeó integrar al Duce en el gobierno. Una vez más, Mussolini rehusó el ofrecimiento.
Las dos principales líneas de ferrocarril del Norte habían sido cortadas dejando incomunicada la ciudad por tren. Hacia el mediodía del día 28 era clara la falta de coherencia y de combatividad del Gobierno. Al inicio de la noche, el general Pugliese retiró las tropas a sus acuartelamientos. Todavía el día 29 el liberal Salandra hizo un último intento de formar gobierno con la participación de Mussolini, un compromiso radicalmente rechazado por éste. Salandra, habiendo comprendido su fracaso, le hizo saber al rey la conveniencia de encargar al líder fascista la formación de gobierno. A primeras horas de la tarde del día 29, el general Cittadini telefoneó al Duce fascista transmitiéndole el encargo del rey de formar Gobierno. Mussolini exigió un telegrama, un parte por escrito de su victoria. Cuando lo recibió, no habiendo tren para trasladarse a Roma, pasó la tarde preparando una edición especial de Il Popolo d'Italia. Después, ordenó a Cesare Rossi la destrucción de los locales del Avanti y del Gustizia. Al caer la noche llegaba al Quirinal. Allí recibió, solemnemente, el encargo de formar gobierno.
En realidad, el aspecto militar de la Marcha fue un rotundo fracaso, el mando de la Milicia no tuvo el control sobre la situación en ningún momento. A las inmediaciones de Roma sólo pudieron llegar unos catorce mil hombres, al margen de los tres mil en la reserva de Foligno, mal armados, sin alojamiento ni apoyo logístico de ningún género, y en clara desventaja numérica frente a las fuerzas del Ejército, bien armadas, descansadas y con suficientes pertrechos. Afortunadamente para los fascistas nunca llegaron a tener que combatir, fue la voluntad firme y decidida de Mussolini lo que derribó un parlamentarismo que ya estaba maduro para la desintegración.
El nuevo Gobierno quedó formalmente constituido el día 31 de octubre de 1922, con tres ministros fascistas, dos socialdemócratas y con otros de diversas tendencias, desde la derecha a la izquierda, pero excluida la extrema izquierda, y con Mussolini como presidente, ministro del Interior y de Asuntos Exteriores de forma interina. El cuadrunvirato no había demostrado ninguna capacidad durante la revolución. Tan sólo De Vecchi se había mostrado útil, y de hecho fue el único de sus cuatro miembros que entró en el gobierno. Mussolini ordenó avanzar a sus columnas y entrar en Roma. En realidad, era innecesario, mas quiso recompensar así a los que le habían seguido. Las legiones fascistas desfilaron por las calles de Roma: desde la Piazza del Popolo, pasando por el estrecho Corso Umberto, hacia la Piazza Venezia, subiendo por el empinado desfiladero de la Via 4 de Novembre para llegar ante el balcón del Quirinal y formar en posición de firmes en absoluto silencio, desfile que se prolongó durante más de seis horas. Después de la gran parada, el nuevo Duce ordenó el regreso de los fascistas a sus casas. El mismo día 31, los camisas negras iniciaron la vuelta a sus puntos de origen desde la Estación Termini en sesenta trenes especiales. Comenzaba el mito de la puntualidad de los trenes fascistas. Así, con una revolución incruenta, se inició un nuevo periodo de la Historia: la Era Fascista, veinte años de Italia con sus luces y sus sombras.
Autor: Francisco José Fernandez
El viento divino o la muerte voluntaria
Nuestra sombría discusión fue interrumpida por la llegada de un automóvil negro que venía por la carretera, rodeado de las primeras sombras del crepúsculo". Rikihei Inoguchi, oficial del estado mayor y asesor del grupo Aéreo 201 japonés, charlaba con el comandante Tamai sobre el giro adverso que había tomado la guerra. Aquel día, 19 de octubre de 1944, había brillado el Sol en Malacabat, un pequeño pueblo de la isla de Luzón, en unas Filipinas todavía ocupadas por los ejércitos de Su Majestad Imperial, Hiro-Hito. "Pronto -recuerda Inoguchi- reconocimos en el interior del coche al almirante Takijiro Ohnishi..." Era el nuevo comandante de la fuerzas aeronavales japonesas en aquel archipiélago. "He venido aquí -dijo Ohnishi- para discutir con ustedes algo de suma importancia. ¿Podemos ir al Cuartel General?"
El almirante, antes de comenzar a hablar, miró en silencio al rostro de los seis oficiales que se habían sentado alrededor de la mesa. "Como ustedes saben, la situación de la guerra es muy grave. La aparición de la escuadra americana en el Golfo de Leyte ha sido confirmada (...) Para frenarla -continuó Ohnishi- debemos alcanzar a los portaviones enemigos y mantenerlos neutralizados durante al menos una semana". Sin una mueca, sentados con la espalda recta, los militares de las fuerzas combinandas seguían el curso de las palabras del almirante. Y entones vino la sorpresa.
"En mi opinión, sólo hay una manera de asegurar la máxima eficiencia de nuestras escasas fuerzas: organizar unidades de ataque suicidas compuestas por cazas Zero armados con bombas de 250 kilogramos. Cada avión tendría que lanzarse en picado contra un portaviones enemigo... Espero su opinión al respecto".
Tamai tuvo que tomar la decisión. Fue así como el Grupo Aéreo 201 de las Filipinas se puso al frente de todo un contingente de pilotos que enseguida le seguirían, extendiéndose el gesto de Manila a las Marianas, de Borneo a Formosa, de Okinawa al resto de las islas del Imperio del Sol Naciente, el Dai Nippon, sin detenerse hasta el día de la rendición.
Tras celebrar una reunión con todos los jefes de escuadrilla, Tamai habló al resto de los hombres del Grupo Aéreo 201; veintitrés brazos jóvenes, adolescentes, "se alzaron al unísono anunciando un total acuerdo en un frenesí de emoción y de alegría". Eran los primeros de la muerte voluntaria. Pero, ¿quién les mandaría e iría con ellos a la cabeza, por el cielo, y caer sobre los objetivos en el mar? El teniente Yukio Seki, el más destacado, se ofreció al comandante Tamai para reclamar el honor. Aquel grupo inicial se dividiría en cuatro secciones bautizadas con nombres evocadores: "Shikishima" (apelación poética del Japón), "Yamato" (antigua designación del país), "Asahi" (Sol naciente) y "Yamazukura" (cerezo en flor de las montañas).
Configurado de este modo el Cuerpo de Ataque Especial, sólo restaba buscarle una identidad también muy especial, como indicó oportunamente Inoguchi; y fue así como se bautizó a la "Unidad Shimpu". Shimpu, una palabra repleta de la filosofía del Zen. En realidad no tiene ningún sentido, es una mera onomatopeya, pero es otra de las formas de leer los ideogramas que forman la palabra KAMIKAZE, "Viento de los Dioses".
"Está bien -asintió Tamai-. Después de todo, tenemos que poner en acción un Kamikaze". El comandante Tamai dio el nombre a las unidades suicidas japonesas, llamando a sus componentes los "pilotos del Viento Divino".
La escuadrilla Shikishima, al frente de la cual se hallaba el teniente Seki, salió, para ya no regresar, el 25 de octubre de 1944, desde Malacabat, a las siete y veinticinco de la mañana. Sobre las once del día, los cinco aparatos destinados divisaron al enemigo en las aguas de las Filipinas. El primero en entrar en picado y romperse súbitamente, como un cristal, fue el teniente Seki, seguido de otro kamikaze a corta distancia, hundiendo el portaviones "St.Lo", de la armada norteamericana. Ante los ojos incrédulos de los yanquis, los restantes tres pilotos se lanzaron a toda velocidad en su último vuelo, a 325 kilómetros por hora en un ángulo de 65 grados, hundiendo el portaviones "Kalinin Bay" y dejando fuera de combate los destructores "Kitkun" y "White Plains". Siguiendo su ejemplo, la unidad Yamato emprendió vuelo un día después, el 26 de octubre, al encuentro certero con la muerte, después de brindar con sake y entonar una canción guerrera por aquel entonces muy popular entre los soldados:
"Si voy al mar, volveré cadáver sobre las olas.
Si mi deber me llama a las montañas,
la hierba verde será mi mortaja .
Por mi emperador no quiero morir en la paz del hogar".
Tras el primer asombro, un soplo gélido de terror sacudió las almas del enemigo, los soldados de la Tierra del Dólar.
Lo asombroso del Cuerpo Kamikaze de Ataque Especial no fue su novedad, ni siquiera durante la Segunda Guerra Mundial. Fue su especial espíritu y sus numerosísimos voluntarios lo que les distinguió de otras actitudes heroicas semejantes, de igual o superior valor. La invocación del nombre del Kamikaze despertaba en los japoneses la vieja alma del Shinto, los milenarios mitos inmortales anclados en la suprahistoria, y recordaba que cada hombre podía convertirse en un "Kami", un dios viviente, por la asunción enérgica de la muerte voluntaria como sacrificio, y alcanzar así la "vida que es más que la vida".
De hecho, la táctica del bombardeo suicida ("tai-atari") ya había sido utilizada por las escuadrillas navales en sus combates de impacto aéreo contra los grandes bombarderos norteamericanos. Pero aisladamente. Asímismo, otros casos singulares de enorme heroísmo encarando una muerte segura tuvieron lugar durante esa guerra. Yukio Mishima, en sus "Lecciones espirituales para los jóvenes samurai", nos narra una anécdota entre un millón que, por su particular belleza, merece ser aquí recordada. Y dice de este modo: "Se ha contado que durante la guerra uno de nuestros submarinos emergió frente a la costa australiana y se arrojó contra una nave enemiga desafiando el fuego de sus cañones. Mientras la Luna brillaba en la noche serena, se abrió la escotilla y apareció un oficial blandiendo su espada catana y que murió acribillado a balazos mientras se enfrentaba de este modo al poderoso enemigo".
Más lejos y mucho antes, también entre nosotros, tan acostumbrados a la tragedia de antaño, de siempre, en la España medieval, se produjo un caso parecido a este del Kamikaze, salvando, claro está, las distancias. Con los musulmanes dominando el sur de la Península, surgieron entre los cristianos mozárabes, sometidos al poder del Islam, unos que comenzaron a llamarse a sí mismos los "Iactatio Martirii", los "lanzados", los "arrojados al martirio", es decir, a la muerte. Los guiaba e inspiraba el santo Eulogio de Córdoba, y actuaron durante ocho años bajo el mandato de los califas, entre el año 851 y el 859. Su modo de proceder era el siguiente: penetraban en la mezquita de manera insolente, siempre de uno en uno, y entonces, a sabiendas de que con ello se granjeaban una muerte sin paliativos, abominaban del Islam e insultaban a Mahoma. No tardaban en morir por degollamiento. Hubo por este camino cuarenta y nueve muertes voluntarias. El sello lo puso Eulogio con la suya propia el último año.
Tampoco se encuentra exenta la Naturaleza de brindarnos algún que otro ejemplo claro de lo que es un kamikaze. De ello, el símbolo concluyente es el de la abeja, ese insecto solar y regio que vive en y por las flores, las únicas que saben caer gloriosas y radiantes, jóvenes, en el esplendor de su belleza, apenas han comenzado a vivir por primavera. Igual que la abeja, que liba el néctar más dulce y está siempre dispuesta para morir, así actúa también el kamikaze, cayendo en a una muerte segura frente al intruso que pretende hollar las tierras del Dai Nippon. El marco tiene todos los ingredientes para encarnar el misterio litúrgico o el acto del sacrificio, del oficio sacro.
En "El pabellón de oro", Yukio Mishima describe una misión simbólica. Una abeja vela en torno a la rueda amarilla de un crisantemo de verano (el crisantemo, la flor simbólica del Imperio Japonés); en un determinado instante -escribe Mishima- "la abeja se arrojó a lo más profundo del corazón de la flor y se embadurnó de su polen, ahogándose en la embriaguez, y el crisantemo, que en su seno había acogido al insecto, se transformó, asimismo, en una abeja amarilla de suntuosa armadura, en la que pude contemplar frenéticos sobresaltos, como si ella intentase echarse a volar, lejos de su tallo". ¿Hay una imagen más perfecta para adivinar la creencia shintoísta de la transformación del guerrero, del artesano, del príncipe, del que se ofrenda en el seno del Emperador, a su vez fortalecido por el sacrificio de sus servidores? Desde hace más de dos mil seiscientos años, el Trono del Crisantemo (una línea jamás ininterrumpida) es de naturaleza divina: ellos son descendientes directos de la diosa del Sol, Amaterasu-omi-Kami; los "Tennos", los emperadores japoneses, son las primeras manifestaciones vivientes de los dioses invisibles creadores, en los orígenes, de las islas del Japón. No son los representantes de Dios, son dioses... por ello, Mishima, en su obra "Caballos desbocados", define así, con absoluta fidelidad a la moral shintoísta, el principio de la lealtad a la Vía Imperial (el "Kodo"): "Lealtad es abandono brusco de la vida en un acto de reverencia ante la Voluntad Imperial. Es el precipitarse en pleno núcleo de la Voluntad Imperial".
Corría el siglo XIII, segunda mitad. El budismo no había conseguido todavía apaciguar a los mongoles, cosa de lo que más tarde se ha ufanado. Kublai-Khan, el nieto de Temujin, conocido entre los suyos como Gengis-Khan, acababa de sumar el reino de Corea al Imperio del Medio. Sus planes incluían el Japón como próxima conquista. Por dos veces, una en 1274 y otra en 1281, Kublai-Khan intentó llegar a las tierras del Dai Nippon con poderosos navíos y extraordinarios efectos psíquicos y materiales; y por dos veces fue rechazado por fuerzas misteriosas sobrehumanas. Primero, una tempestad y después un tifón desencadenados por los kami deshicieron los planes del Emperador de los mongoles. Ningún japonés olvidaría en adelante aquel portentoso milagro, que fue recordado en la memoria colectiva con su propio nombre: "Kamikaze", viento de los kami, Viento Divino.
El descubrimiento del país de Yamato, al que Cristobal Colón llamaba Cipango, y que fue conocido así también por los portugueses y después por los jesuitas españoles, por los holandeses e ingleses que les siguieron en el siglo XVI, no fue del todo mal recibido por los shogunes del Japón. Sin embargo, un poco antes de mediados de la siguiente centuria, el shogunado de Tokugawa Ieyashu había empezado a desconfiar de los "bárbaros" occidentales, por lo que decide la expulsión de los extranjeros, impide las nuevas entradas y prohibe la salida de las islas a todos los súbditos del Japón. En 1647 se promulga el "Decreto de Reclusión", por el cual el Dai Nippon se convertiría de nuevo en un mundo interiorizado, en un país anacoreta. Japón se cerró al comercio exterior y a las influencias ideológicas de Occidente, ya tocado irreversiblemente por el espíritu de la modernidad. De esta forma es como se vivió en aquellas tierras hasta bien entrado el siglo XIX, de espaldas a los llamados "progresos". Japón ignorará también el nacimiento de una nueva nación que para su desgracia no tardará en ser, con el tiempo, la expresión más cabal de su destino fatídico, como le sucedería igualmente a otros pueblos de formación tradicional. La nueva nación se autodenominará "América", pretendiendo asumir para sí el destino de todo un continente. Intolerable le resultará al Congreso y al presidente Filemore la existencia de un pueblo insolente, fiel a sí mismo, obstinado en seguir cerrado por propia voluntad al comercio y a las "buenas relaciones". Japón debía ser abierto, y, si fuera preciso, a fuerza de cañonazos. Todo muy democráticamente. Todavía hoy, en el Japón moderno y americanizado, los barcos negros del almirante Perry son de infausta memoria.
Los estruendos de la pólvora y el hierro hicieron despertar bruscamente a muchos japoneses, para quienes la presencia norteamericana indicaba con claridad que la Tierra del Sol Naciente había descendido a los mismos niveles que las naciones decadentes, de los que antes estuvieron preservados. Muchos pensaron que la causa de tal desgracia le venía al Dai Nippon por haberse olvidado de los descendientes de Amaterasu, del Emperador, recluido desde hacía centurias en su palacio de Kioto. Por ello se alzó enseguida una revuelta a los gritos de "¡Joy, joy!" (¡fuera, fuera!, referido a los extranjeros) y de "¡Sonno Tenno!" (¡venerad al Emperador!). La restauración Meiji de 1868 se apuntaló bajo el lema del "fukko", el retorno al pasado. Pero la tierra de Yamato tuvo que aceptar por la fuerza la nueva situación y ponerse a rivalizar con el mundo moderno, pero sin perder de vista su espíritu invisible, al que siguió siendo fiel. Cuando Yukio Mishima escribe sobre esa época, piensa lo que otros también pensaron como él. Y, así, anota: "Si los hombres fuesen puros, reverenciarían al Emperador por encima de todo. El Viento Divino (el Kamikaze) se levantaría de inmediato, como ocurrió durante la invasión mongola, y los bárbaros serían expulsados".
Año de 1944. Mes de octubre. El Japón se encuentra en guerra frente a las potencias anglonorteamericanas. La escuadra yanqui está cercando las islas Filipinas, y en sus aguas orientales se aproxima, golpe tras golpe, hacia el mismo corazón del Imperio... El almirante Onhisi concibe la idea de lanzar a los pilotos kamikaze...
El mismo día en que el Emperador Hiro-Hito decide anunciar la rendición incondicional de las armas japonesas y se lo comunica al pueblo entero por radio (¡era la primera vez que un Tenno hablaba directamente!), el comandante supremo de la flota, vicealmirante Matome Ugaki, había ordenado preparar los aviones bombarderos de Oita con el fin de lanzarse en vuelo kamikaze sobre el enemigo anclado en Okinawa. Era el 15 de agosto de 1945. En su último informe, incluyó sus reflexiones finales...: "Sólo yo, Majestad, soy responsable de nuestro fracaso en defender la Patria y destruir al ensoberbecido enemigo. He decidido lanzarme en ataque sobre Okinawa, donde mis valerosos muchachos han caído como cerezos en flor. Allí embestiré y destruiré al engreído enemigo. Soy un bushi, mi alma es el reflejo del Bushido. Me lanzaré portando el kamikaze con firme convicción y fe en la eternidad del Japón Imperial. ¡Banzai!". Veintidós aviadores voluntarios salieron con él, sólo por seguirle en el ejemplo de su última ofrenda. No estaban obligados. La guerra había concluido. Pero... no obstante, tampoco podían desobedecer las órdenes del Emperador, que mandaba no golpear más al adversario. Se estrellaron en las mismas narices de los norteamericanos, que contemplaron atónitos un espectáculo que no podían comprender... Ugaki hablaba del Bushido -el código de honor de los guerreros japoneses-. ¿Acaso no es el kamikaze, por esencia y por sentencia, un samurai?
En los botones de sus uniformes, los aviadores suicidas llevaban impresas flores de cerezo de tres pétalos, conforme al sentido del viejo haiku (poema japonés de dieciséis sílabas) del poeta Karumatu:
"La flor por excelencia es la del cerezo,
el hombre perfecto es el caballero"
El cerezo es una flor simbólica en las tierras japonesas, nace antes que ninguna otra, antes de iniciarse la primavera, para, en la plenitud de su gloria, caer radiante; es la flor de más corta juventud, que muere en el frescor de su belleza. Siempre fue el distintivo de los samurai.
Al encenderse los motores, los pilotos kamikaze se ajustaban el "hashimaki", la banda de tela blanca que rodea la cabeza con el disco rojo del Sol Naciente impreso junto a algunas palabras caligrafiadas con pincel y tinta negra, al modo como antaño lo usaron los samurai antes de entrar en batalla, al modo como cayeron los últimos guerreros japoneses del siglo XIX con sus espadas catana siguiendo al caudillo Saigo Takamori frente a los "marines" del almirante Perry. En la mente fresca y clara, iluminada por el Sol, no había sitio para las turbulencias. Sobre todos, unos ideogramas se repetían hasta la saciedad: "Shichisei Hokoku" ("Siete vidas quisiera tener para darlas a la Patria"). Eran los mismos ideogramas que por primera vez puso sobre su frente Masashige Kusonoki cuando se lanzó a morir a caballo, en un combate sin esperanzas, allá por el siglo XIV; los mismos ideogramas que se colocó alrededor de la cabeza Yukio Mishima en el día de su muerte ritual.
Yukio Mishima, obsesionado por la muerte ya desde su niñez y adolescencia, estuvo a punto de ser enrolado en el Cuerpo Kamikaze de Ataque Especial. Se deleitaba pensando románticamente que si un día se le diera la oportunidad se ser un soldado, pronto tendría una ocasión segura para morir. Sin embargo, cuando fue llamado a filas y se vio libre de ser incorporado al tomársele erróneamente por un enfermo de tuberculosis, el mejor escritor japonés de los tiempos modernos no hizo nada por deshacer el engaño del oficial médico, saliendo a la carrera de la oficina de reclutamiento. Aquello, pese a todo, le pareció a Mishima un acto de infamante cobardía, como lo confesará más tarde en repetidas ocasiones. El desprecio de su propia actitud fue uno de los factores de menor importancia en el día de su "seppuku" (el "hara-kiri", el suicidio ritual), pero que le llevó a meditar durante años sobre la condición interior del kamikaze. Para Mishima no cabía la menor duda: aquellos pilotos que hicieron ofrenda de sus vidas, con sus aparatos, eran verdaderos samurai. En "El loco morir", afirma que el kamikaze se encuentra religado al Hagakure, un texto escrito entre los siglos XVII y XVIII por Yocho Yamamoto, legendario samurai que tras la muerte de su señor se hizo ermitaño. El Hagakure llegó a ser el libro de cabecera de los samurai, el texto que sintetizó la esencia del Bushido. En cinco puntos finales, venía a decir:
- El Bushido es la muerte.
- Entre dos caminos, el samurai debe siempre elegir aquél en el que se
muere más deprisa.
- Desde el momento en que se ha elegido morir, no importa si la muerte
se produce o no en vano. La muerte nunca se produce en vano.
- La muerte sin causa y sin objeto llega a ser la más pura y segura,
porque si para morir necesitamos una causa poderosa, al lado
encontraremos otra tan fuerte y atractiva como ésta que nos impulse a vivir.
- La profesión del samurai es el misterio del morir.
Para el hombre que guarda la semilla de lo sagrado, la muerte es siempre el rito de paso hacia la trascendencia, hacia lo absoluto, hacia la Divinidad; por esa razón suenan, incluso hoy, sin extrañezas, las primeras palabras del almirante Ohnisi en su discurso de despedida al primer grupo de pilotos kamikaze constituido por el teniente Seki:
"Vosotros ya sois kami (dioses), sin deseos terrenales..."
Ya eran dioses vivientes, y como tales se les veneraba, aunque todavía "no hubieran muerto"; porque, sencillamente, "ya estaban muertos". Los resultados de sus acciones pasaban al último plano de las consideraciones a evaluar. No importaban demasiado... Aunque realmente los hubo: durante el año y medio que duraron los ataques kamikaze, fueron hundidos un total de 322 barcos aliados, entre portaviones, acorazados, destructores, cruceros, cargueros, torpederos, remolcadores, e, incluso, barcazas de desembarco; ¡la mitad de todos los barcos hundidos en la guerra!
Para Mishima, el caza Zero era semejante a una espada catana que descendía como un rayo desde el cielo azul, desde lo alto de las nubes blancas, desde el mismo corazón del Sol, todos ellos símbolos inequívocos de la muerte donde el hombre terreno, que respira, no puede vivir, y por los que paradójicamente todos esos hombres suspiran en ansias de vida inmortal, eterna. "Hi-Ri-Ho-Ken-Ten" fue la insignia de una unidad kamikaze de la base de Konoya. Era la forma abreviada de cuatro lemas engarzados: "La Injusticia no puede vencer al Principio. El Principio no puede vencer a la Ley. La Ley no puede vencer al Poder. El Poder no puede vencer al Cielo".
Aquel 15 de agosto de 1945, cuando el Japón se rendía al invasor, el almirante Takijiro Ohnishi se reunió por última vez con varios oficiales del Estado mayor, a quienes había invitado a su residencia oficial. ¿Una despedida? Los oficiales se retiraron hacia la medianoche. Ya a solas, en silencio, el inspirador principal del Cuerpo Kamikaze de Ataque Especial se dirigió a su despacho, situado en el segundo piso de la casa. Allí se abrió el vientre conforme al ritual sagrado del seppuku. No tuvo a su lado un kaishakunin, el asistente encargado de dar el corte de gracia separándole la cabeza del cuerpo cuando el dolor se hace ya extremadamente insoportable... Al amanecer fue descubierto por su secretario, quien le encontró todavía con vida, sentado en la postura tradicional de la meditación Zen. Una sola mirada bastó para que el oficial permaneciera quieto y no hiciera nada para aliviar o aligerar su sufrimiento. Ohnishi permaneció, por propia voluntad, muriendo durante dieciocho horas de atroz agonía. Igonaki, Inoguchi y otros militares que le conocían que el almirante, desde el mismo instante en que concibiera la idea de los ataques kamikaze, había decidido darse la muerte voluntaria por sacrificio al estilo de los antiguos samurai, incluso aunque las fuerzas del Japón hubieses alcanzado finalmente la victoria. En la pared, colgaba un viejo haiku anónimo:
"La vida se asemeja a una flor de cerezo.
Su fragancia no puede perdurar en la eternidad".
Poco antes de la partida, los jóvenes kamikaze componían sus tradicionales poemas de abandono del mundo, emulando con ello a los antiguos guerreros samurai de las epopeyas tradicionales. La inmensa mayoría de ellos también enviaron cartas a sus padres, novias, familiares o amigos, despidiéndose pocas horas antes de la partida sin retorno. Ichiro Omi se dedicó, después de la guerra, a peregrinar de casa en casa, pidiendo leer aquellas cartas. su intención era publicar un libro que recogiese todo aquel material atesorado por las familias y los camaradas, y fue así como muchas de aquellas cartas salieron a la luz. Bastantes de éstas y otras fueron a parar a la base naval japonesa de Etaji. Allí también peregrinó Yukio Mishima, poco antes de practicarse el seppuku, releyéndolas y meditándolas. Una, sobre las otras, le conmovió, actuando en su interior como un verdadero koan (el "koan" es, en la práctica del budismo Zen, la meditación sobre una frase que logra desatar el "satori", la iluminación espiritual). Mishima tuvo la tentación de escribir una obra sobre los pilotos del Viento Divino, y así apareció su obra "Sol y Acero". Un breve párrafo de estas cartas y algunos otros de las tomadas por Omi son las fuentes de esta antología:
"En este momento estoy lleno de vida. Todo mi cuerpo desborda juventud y fuerza. Parece imposible que dentro de unas horas deba morir (...) La forma de vivir japonesa es realmente bella y de ello me siento orgullo, como también de la historia y de la mitología japonesas, que reflejan la pureza de nuestros antepasados y su creencia en el pasado, sea o no cierta esa creencia (...) Es un honor indescriptible el poder dar mi vida en defensa de todo en lo creo, de todas estas cosas tan bellas y eminentes. Padre, elevo mis plegarias para que tenga usted una larga y feliz vida. Estoy seguro que el Japón surgirá de nuevo".
Teruo Yamaguchi.
"Queridos padres: Les escribo desde Manila. Este es el último día de mi vida. Deben felicitarme. Seré un escudo para Su Majestad el Emperador y moriré limpiamente, junto con mis camaradas de escuadrilla. Volveré en espíritu. Espero con ansias sus visitas al santuario de Kishenai, donde coloquen una estela en mi memoria ".
Isao Matsuo."Elevándonos hacia los cielos de los Mares del Sur, nuestra gloriosa misión es morir como escudos de Su Majestad. Las flores del cerezo se abren, resplandecen y caen (...) Uno de los cadetes fue eliminado de la lista de los asignados para la salida del no-retorno. Siento mucha lástima por él. Esta es una situación donde se encuentran distintas emociones. El hombre es sólo mortal; la muerte, como la vida, es cuestión de probabilidad. Pero el destino también juega su papel. Estoy seguro de mi valor para la acción que debo realizar mañana, donde haré todo lo posible por estrellarme contra un barco de guerra enemigo, para así cumplir mi destino en defensa de la Patria. Ikao, querida mía, mi querida amante, recuérdame, tal como estoy ahora, en tus oraciones".
Yuso Nakanishi
"Ha llegado la hora de que mi amigo Nakanishi y yo partamos. No hay remordimiento. Cada hombre debe seguir su camino individualmente (...) En sus últimas instrucciones, el oficial de comando nos advirtió de no ser imprudentes a la hora de morir. Todo depende del Cielo. Estoy resuelto a perseguir la meta que el destino me ha trazado. Ustedes siempre han sido muy buenos conmigo y les estoy muy agradecido. Quince años de escuela y adiestramiento están a punto de rendir frutos. Siento una gran alegría por haber nacido en el Japón. No hay nada especial digno de mención, pero quiero que sepan que disfruto de buena salud en estos momentos. Los primeros aviones de mi grupo ya están en el aire. Espero que este último gesto de descargar un golpe sobre el enemigo sirva para compensar, en muy reducida medida, todo lo que ustedes han hecho por mí. La primavera ha llegado adelantada al sur de Kyushu. Aquí los capullos de las flores son muy bellos. Hay paz y tranquilidad en la base, en pleno campo de batalla incluso. Les suplico que se acuerden de mí cuando vayan al templo de Kyoto, donde reposan nuestros antepasados".
Autor: Isidro Juan Palacios
El comandante y la décima musa
La fascinante historia de D'Annunzio en Fiume
Quizá sería más justo conocer a D´Annunzio por su amplia y rica obra literaria. Alguien ha dicho que él "dió fondo a todas las posibilidades de la literatura" y que tuvo "una fe absoluta en el valor de la literatura" (1). Pero el nombre de este Leonardo da vinci de las letras está indisolublemente unido a la acción, a Fiume. Antes de ponerme a redactar estas líneas he rebuscado por curiosidad en varias librerías, tratando de conocer qué puede leer el público en español de D´Annunzio; sólo he podido encontrar una edición de los "Cuentos del río Pescara" en Alianza Ed. (col. Alianza Tres), otra del "Canto nuevo", bilingüe, de Ed. Lumen y una tercera, traducción al catalán de "El placer" de Ed. 62... Aunque me consta que ha habido otras ediciones de obras suyas una conclusión se impone: uno de los escritores italianos más importantes de este siglo, reverenciado en vida por sus compatriotas, que mantienen hoy tan vivo su interés por él como para conmemorar ampliamente el 50 aniversario de su muerte, es –en España- un autor del samiszdat (2).
Mientras que en nuestro país se conmemora de forma prácticamente institucional el mítico mayo del 68, queriéndonos imponer la idea de que aquel gigantesco "bluf" fue uno de los momentos estelares de la historia nadie parece querer recordar que fue D´Annunzio quien acuñó la idea de "la imaginación al poder". Pero entremos en materia. La aventura de D´Annunzio en Fiume es inseparable de su participación en la I Guerra Mundial e, incluso más, de su actividad en el movimiento intervencionista. En un mundo intelectual dominado por el discurso irenista como el de hoy, casi cuesta trabajo imaginarnos a un intelectual de prestigio predicando ardorosamente la participación de su país en una guerra. Hay que anotar, en primer lugar, que en 1914 la guerra era una realidad que tiene poco que ver con el conflicto concebido por los estrategas actuales (con armas de destrucción masiva –químicas y nucleares- y sistemas de armas convencionales basados en tecnologías de punta, capaces de destruir al enemigo sin tan siquier verlo) y casi se parecía más a la que se había librado en la Edad Media. Hoy estar a favor de una guerra es predicar la llegada del Apocalipsis, ya que existe en la actualidad la temible posibilidad de acabar con toda forma de vida en el planeta, derivada de la ideología igualitaria-pacifista que, en su deseo de abolir la historia, de suprimir el conflicto ha creado los medios para conseguir que la próxima guerra sea la última... No era esta la modalidad de guerra que se presentaba ante los intervencionistas italianos; sin duda sería una guerra cruel, pero estaría muy lejos de toda posibilidad de aniquilación masiva.
Pero aún queda otra pregunta: ¿por qué entrar en guerra? En el intervencionismo italiano debemos distinguir entre una corriente de izquierdas y otra de derechas. Los últimos veían en la guerra una posibilidad para Italia de recuperar las regiones irredentas: una típica guerra nacionalista. Mucho más interesante fue el intervencionismo de izquierda, donde confluyeron futuristas (Marinetti), sindicalistas revolucionarios (Panunzio, Michels) y socialistas disidentes (Mussolini). Los futuristas, en su ferviente deseo de acabar con la moral pequeño-burguesa, estaban dispuestos a todo con tal de liquidar aquel mundo y no dudaban en predicar que la guerra era "la única higiene del mundo" (3). Los sindicalistas revolucionarios y socialistas disidentes habían descubierto que las masas obreras eran enteramente permeables a las ideas nacionalistas con motivo de la guerra italo-turca por Libia (en 1911) y habían extraído de ahí una lección importante: la nacionalidad era más eficaz como motor de la movilización de las masas que las ideas de clase. Si se conseguía llevar a los italianos a la guerra, venciendo la oposición del Parlamento, éste quedaría totalmente desacreditado, y con él todo el sistema de dominación político construido por la burguesía, abriendo así la posibilidad a una crisis revolucionaria (4). La guerra era sí entendida y presentada como una guerra revolucionaria.
D´Annunzio participaba en esta última tendencia. Aunque había iniciado una breve carrera política en las filas de la derecha, en una famosa ocasión abandonó su escaño para dirigirse "hacia la Vida", sentándose entre los diputados de la izquierda. La más conocida contribución de D´Annunzio a la causa intervencionista fue la "Oración de Quarto" (5), magnífica pieza oratoria, con una significativa transvaloración implícita de las bienaventuranzas del Sermón de la Montaña, en la mejor tradición de la religiosidad pagana:
"Bienaventurados los que tienen, porque podrán dar más, porque podrán arder. Bienaventurados los que tienen veinte años, una mente casta, un cuerpo templado y una madre animosa. Bienaventurados aquellos que, esperando y confiando, no disipan sus fuerzas, sino que las preservan con la disciplina del guerrero (...) Bienaventurados los que tienen hambre de gloria, porque serán saciados (...) Bienaventurados los puros de corazón, felices al retornar victoriosos, porque verán la nueva faz de Roma, la frente coronada de Dante, la belleza triunfal de Italia" (6).
Después de pronunciar palabras tan encendidas cabía esperar que D´Annunzio se alistara como soldado... pese a que contara ya con más de 50 años (nació el 12 de marzo de 1863). Esto no desanimó al celebrado poeta, que movió todos los hilos de sus influencias hasta conseguir ser alistado. Su hoja de servicios militar resulta abrumadora: tres Cruces al Mérito de Guerra, una Medalla de Bronce al Valor Militar, tres ascensos por méritos en campaña, Cruz de Oficial de la Orden Militar de Saboya, seis Medallas de Plata y la codiciadísima Medalla de Oro al valor Militar. Lo más singular es que en los años de guerra D´Annunzio sirvió en las tres ramas de las Fuerzas Armadas. En tierra combatió como oficial de Lanceros (no fue casual, desde luego, su elección de la Caballería) y en el mar como tripulante de lanchas torpederas. En una audaz incursión en las bases adriáticas de la Marina de guerra austro-húngara echó a pique un acorazado enemigo. El fue quien redefinió las siglas, M.A.S., de estas frágiles embarcaciones que de "motoscafo antisomergibili" (lanchas motoras antisubmarinos) pasaron a representar un épico "motto". "memente audere semper" ("recordar siempre el ser audaces"). Pero sus aventuras más celebradas las vivió en el aire. Eran otros tiempos, eran los tiempos del Barón Rojo. Hoy un piloto de "Thomcat" puede disparar, gracias a la sofisticada electrónica de su avión, hasta 14 misiles letales hacia enemigos que ni tan siquiera tiene al alcance de la vista; entonces el solo hecho de atreverse a montar en aquellos frágiles aparatos exigía dosis de valor más que considerables. Pilotando un hidroavión, D´Annunzio perdería un ojo en un amerizaje forzoso. Su hazaña más famosa consistió en dirigir una escuadrilla que, tras sobrevolar los Alpes, bombardeó Viena... con propaganda redactada por el poeta. Toda la mística del "beau geste" está reunida en este hecho: desafiar los colosales Alpes, a la aviación y la artillería antiaérea enemigas, tan sólo para demostrar su voluntad y su audacia.
La guerra fue una catarsis para D´Annunzio, que la sufrió acosado por el estruendo de la artillería en enfangadas trincheras, meciéndose en solitario en su lancha en medio de la oscuridad de las noches del Adriático y frágilmente orgulloso a bordo de su endeble avión. El poeta se había transmutado en el poeta-soldado y los italianos ya no dejarían de conocerlo salvo con esta definición. Pero el tiempo de los guerreros pasó y llegó el de los políticos. Tras la derrota de los Imperios centrales se reúnen las Conferencias de Paz (7) que deben definir las fronteras de Europa. Y pronto Italia va a sufrir un amargo descubrimiento: sus aspiraciones nacionales no son admitidas. En el llamado "Pacto de Londres", el Reino Unido y Francia habían reconocido a Italia la anexión de amplias regiones en la costa adriática, en Dalmacia. Pero los grandes vencedores del conflicto, los Estados Unidos, por obra y gracia de su presidente Woodrow Wilson, no reconocían aquel pacto. "La América de W. Wilson era la América del proceso a Sacco y Vanzetti (8) y esta América estaba difícilmente dispuesta a hacer concesiones importantes a los representantes italianos en las Conferencias de Paz" (9).
Un nuevo estado iba a crearse en los Balcanes, Yugoslavia. De hecho no era sino un "cocinado geopolítico" de dudosa viabilidad y estabilidad, tanto ayer como hoy mismo, y sería más apropiado llamarlo Gran Servia. Conviene recordar que Servia había sido el detonante del conflicto por su enfrentamiento con el Imperio Austro-Húngaro y ahora, vencidos los Imperios Centrales, había que premiar su dedicación a la causa aliada. La más profunda indignación sacudió a los excombatientes italianos. La rabia más feroz afloraba en sus expresiones. Tanta sangre vertida, tanta angustia, esfuerzo, dolor, ¿para qué? Sólo D´Annunzio supo dar una expresión magistral a esos sentimientos: "Nuestra victoria no será mutilada".
D´Annunzio había arrastrado, con su oratoria y con su ejemplo, a miles de hombres hasta los campos de batalla. Permitir ahora que las Conferencias de Paz traicionaran las aspiraciones de aquellos oscuros soldados era romper vilmente los silenciosos lazos de fidelidad establecidos entre los combatientes. En su "Lettera ai Dalmati" (enero de 1919) el poeta-soldado escribía:
"Hemos combatido por la Italia Grande. Queremos la Italia Grande (...) Yo y mis compañeros no queremos ser italianos en una Italia chocha por las influencias transatlánticas de Wilson, ni de una Italia amputada por la cirugía transalpina de Clemencau (...) estoy dispuesto a sacrificar todo amor, toda amistad, toda conveniencia por la causa de la Dalmacia italiana. Me tendréis con vosotros hasta el fin".
La situación era explosiva. Los EUA amenazaban con interrumpir toda ayuda económica (vital en aquellos momentos) si el Gobierno italiano persistía en reclamar la Dalmacia. Pero el gobierno que, como es habitual –casi diría que atávico- en la democracia italiana, se hallaba en una situación de extraordinaria debilidad política, difícilmente podía renunciar a una aspiración tan ampliamente compartida por el pueblo italiano. La inestable y potencialmente revolucionaria situación (la Europa de la primera postguerra mundial era campo abonado para toda suerte de experiencias revolucionarias) se complicaría extraordinariamente si el gobierno no acogía el clamor popular a favor de la Dalmacia italiana. Este clamor popular encontraba su mejor mentor en D´Annunzio. Aunque había nacido en Pescara, en los Abruzzos, el poeta-soldado era un veneciano adoptivo. Y, el 25 de abril de 1919, en la Plaza de San Marcos, el corazón de una Venecia que había construido su imperio en el Adriático, D´Annunzio volvía a alzar su voz ante un público expectante:
"Hoy, en todos los puertos de las ciudades dálmatas, en los muros de la ardiente Fiume, el libro está cerrado (10). Si lo reabrimos, lo haremos por la página donde está escrito, con la sangre de Montello, con la sangre de Vittorio Veneto, como sobre la puerta de Rovigo, VICTORIA TIBI MARCE, VICTORIA TIBI INTEGRA ITALIA" (11).
Días después, en mayo, bajo el recuerdo de la entrada de Italia en la guerra, tres años antes, vestido con su uniforme de Lanceros y con un parche sobre su ojo vacío, arengaba a las masas en el "Augusteo" de Roma:
"Nuestro mayo épico vuelve a comenzar y de nuevo estoy ante vosotros. Una vez más, yo estoy dispuesto y vosotros también (...) Levantaos, levantaos de nuevo con todo vuestro ardor contra los que os deshonran, contra los políticos que os traicionan... Allí, en las rutas de Istria y de Dalmacia, construidas por los romanos, ¿no oís el paso cadencioso de un ejército en marcha? Los muertos avanzan más rápido que los vivos. ¿Qué esperáis para uniros a ellos?".
Y en la tarde del 6 de mayo, desde el Capitolio, se dirige a más de 50.000 absortos oyentes:
"El heroísmo ha resplandecido durante cuatro años de guerra se ha extinguido en todas partes, salvo en Italia. Todo aquello que ha arrojado los destellos más vivos no es ahora sino carbón apagado, bueno tan sólo para escribir sobre un muro blanco las cotizaciones de la Bolsa".
Llegados aquí se hace imprescindible alguna información sobre la ciudad de Fiume. Situada geográficamente en la costa croata, había pertenecido a la doble corona austro-húngara. Si Trieste había sido la salida al mar de Viena, Fiume lo había sido para Budapest. Ciudad de gran interés estratégico y económico, estaba habitada por croatas y húngaros pero, sobre todo, por italianos, que eran el grupo nacional que impulsaba el desarrollo de la ciudad. Si el lector desea localizarla en el mapa debe buscarla bajo su actual nombre de Rijeka, en el extremo oriental del itsmo de la península de Istria. Durante los años de pertenencia al Imperio había tenido un estatuto de autonomía muy amplio, que garantizaba a los italianos el dominio de la ciudad. Ahora el nuevo Estado yugoslavo pensaba incorporarla a su soberanía y el fin de su italianidad se presagiaba como inminente. Los fiumanos eran, de entre todos los italianos que poblaban las costas dálmatas (había fuertes colonias en Pola, en Zara, en Spalato, en Ragusia...) los más decididos a mantener libre y viva su italianidad.
La lucha por Fiume se inició en octubre de 1918. Fuertes contingentes italianos se hallaban desplegados en toda la Dalmacia, ocupando los despojos del Imperio Austro-Húngaro hasta que se firmara la Paz. Pero el día 28 tropas yugoslavas entraron en la ciudad. Los ciudadanos italianos reaccionaron constituyendo un Consejo Nacional que proclamó su voluntad de unirse a Italia y pidió ayuda en este sentido a los soldados del III Ejército italiano. Buques de guerra italianos anclaron en el puerto y, simultáneamente, la crisis devino internacional. Los franceses apoyaban, casi sin reservas, a los yugoslavos, ya que esperaban transformarse en la potencia hegemónica en los Blacanes, gracias a una estrecha alianza con la nueva nación y con Rumanía. Los ingleses, como siempre, practicaban una política más sibilina: Fiume era un gran puerto, con importantes astilleros y si no caía en manos italianas los navieros y comerciantes del Reino Unido (que veían con temor el crecimiento de la marina italiana) harían mejores negocios en los Balcanes que con una Fiume italiana. La opinión de los EUA, ya la hemos visto.
Por espacio de varios meses se vivió una guerra fría internacional en la ciudad. Fiume era campo de lucha de agentes yugoslavos, norteamericanos, franceses, ingleses e italianos. La ciudad fue ocupada por tropas de todos los aliados: contingentes franceses, ingleses y norteamericanos flanqueaban a los italianos. Y las relaciones entre los antiguos aliados se hicieron crecientemente tensas. A lo largo del verano de 1919 hubo varias explosiones de violencia, incluyendo choques armados entre soldados italianos y franceses, con un saldo de varias decenas de muertos. Mientras, los diplomáticos reunidos en los alrededores de París eran incapaces de encontrar una solución al conflicto de intereses. Si el conflicto preocupaba en las Cancillerías europeas, en Italia apasionaba hasta al último hombre de la calle. El gobierno se debatía entre un moderado apoyo a los irredentistas, cuyas manifestaciones masivas e intransigentes eran una baza más en sus negociaciones en París, y el temor a que el movimiento se desbordase y, tomando un cariz revolucionario, subvirtiera el sistema político.
La explicación de este temor está en los veteranos de guerra, que se habían convertido en un grave problema: se les habían hecho grandes promesas a los soldados (participación política, repartos de tierras, etc.) que el gobierno ahora no estaba en condiciones o no estaba dispuesto a conceder. El país atravesaba una espantosa crisis económica (en 1921 el coste de la vida había aumentado en un 560% respecto a 1914). Los soldados echaban la culpa de sus males y de los de Italia a la inepcia y venalidad de los políticos. Las críticas eran especialmente feroces entre los "Arditi" (las tropas de asalto) que habían sido la elite del Ejército. Estos soldados, que habían vivido la guerra como una aventura épica, estaban ahora dispuestos a transferir sus energías a la vida política, combatiendo tanto al gobierno liberal como a la oposición socialista, que siempre se había opuesto a la guerra y denostado a los combatientes. En 1919 los "Arditi" habían asaltado, codo a codo con los fascistas, la sede del periódico socialista "Avanti". Pero si el líder socialista Turati los calificaba de mercenarios en manos de la reacción, el gobierno prohibía a sus soldados la lectura de "L´Ardito" (el periódico de los "Arditi") por considerarlo bolchevique.
Los italianos de Fiume estaban dispuestos a usar la explosiva situación interna de Italia a su favor. Los intervencionistas de le pre-guerra y los veteranos "Arditi" eran sus aliados naturales. A lo largo de la primavera y el verano de 1919 se tramaron varios complots para realizar una conquista violenta de la ciudad, a la sazón ocupada por contingentes inter-aliados. Implicados en ellos aparecían autoridades militares, líderes nacionalistas (como Federzoni), miembros de la Casa reinante (como el Duque de Aosta), sindicalistas revolucionarios y fascistas. Pero si un nombre sonaba era el de D´Annunzio. El gobierno trataba de alejar el peligro ofreciéndole al poeta-soldado medios para la realización de un sueño largamente acariciado: un vuelo en solitario entre Italia y Japón. "Era un proyecto propio del genio del poeta y le habría permitido finalmente visitar Oriente, con todos los exóticos misterios que le esperaban (años después D´Annunzio se volvió de nuevo hacia Oriente en busca de inspiración, cuando había llegado a la conclusión de que Occidente era ya estéril y de que sólo Oriente poseía la sabiduría y la profundidad capaces de revitalizar la creatividad europea). Los hombres del gobierno vieron en el vuelo la posibilidad de mandar al poeta lejos de las fronteras italianas y animaron por todos los medios posibles este sueño, mandándole a Venecia, donde vivía, un cortejo de generales y almirantes para pedirle que volara a Japón" (12).
Sin duda D´Annunzio no trataba sino de lanzar una cortina de humo sobre sus verdaderos propósitos. La situación en Fiume le obsesionaba, porque no dejaba de empeorar. Con los grandes mítines ya comentados de Venecia y Roma, pese a su eco y a la masiva audiencia, no había logrado hacer caer al gobierno de Roma, ni siquiera modificar la actitud de éste hacia Fiume. Había que decidirse a una acción directa, en el mismo Fiume, antes de que fuera tarde. Y el tiempo trabajaba en su contra. La Comisión Inter-aliada que se ocupaba de los problemas de la ciudad había dado varias órdenes significativas: disolver la "Legión Fiumana" creada por el Consejo Nacional italiano de la ciudad, y también el Consejo mismo, así como sustituir en la ciudad a las tropas italianas allí establecidas, consideradas demasiado próximas a los ideales irredentistas, por otras unidades. El gobierno, presidido por Nitti, estaba dispuesto a cumplir estas disposiciones y fueron emitidas las oportunas órdenes a las tropas, pertenecientes a una de las unidades italianas de más largas y gloriosas tradiciones, los "Granatieri di Sardegna". El 25 de agosto de 1919 se producía la evacuación del primer contingente, entre gigantescas manifestaciones de los fiumanos, que imploraban a los soldados que no les abandonaran. Estos dejaron atrás la ciudad con el corazón encogido y los ojos llenos de lágrimas de rabia. Apenas salidos de la ciudad un grupo de oficiales decidió conjurarse y pasar al ataque. Siete oficiales juramentados ("¡Fiume o Muerte!") se dirigen a D´Annunzio para que encabece el movimiento rebelde. Aunque el poeta-soldado se hallaba aquejado por una altísima fiebre, parte precipitadamente hacia Ronchi, donde los oficiales rebeldes le esperan. Lo hace tan rápido que no da tiempo a que le alcance el único hombre político con el que había estado íntimamente en contacto los últimos meses, Benito Mussolini (los "Granatieri di Sardegna" habían ofrecido en fechas anteriores la posibilidad de liderar su revuelta al escritor Sam Benelli, al líder sindicalista revolucionario Enrico Corridoni, al jefe del partido nacionalista Luigi Federzoni, auno de los descendientes del héroe nacional, Peppino Garibaldi, y al mismo Mussolini).
Alea iacta est. La suerte estaba echada. D´Annuzio, al frente de un reducido número de soldados rebeldes (186 granaderos) sale desde Ronchi (cerca de Trieste), hacia Fiume. La "Marcha de Ronchi" es el primer acto de la epopeya. Es el día 12 de septiembre. Cuando esta Marcha sobre Fiume acabe, ese mismo día, la columna del soldado-poeta habrá crecido con sucesivas incorporaciones espontáneas hasta 2.250 soldados. En vez de oponerse a su paso, los hombres –que reconocen al héroe por sus medallas y sus cicatrices- se unen a él. En cuanto a las unidades militares de otras nacionalidades, comprenden que oponerse a esta aguerrida y bien pertrechada tropa es una temeridad y abandonan el campo. D´Annunzio entra en Fiume aclamado frenéticamente por unas multitudes que están al borde de la histeria. Sus cálculos habían sido ciertos: ha bastado una demostración de valor y orgullo para que las potencias coaligadas contra Italia retiren sus peones del terreno de juego.
Benoist-Mechin, a mi parecer justificadamente, ha puesto en relación estos hechos con otros que él mismo ha estudiado minuciosamente en su magistral "Historia de Alemania y de su Ejército". Me refiero a la marcha de los "Freikorps" alemanes hacia el Báltico: "la marcha de los Arditi sobre el Adriático se realiza mientras los Cuerpos Francos alemanes progresan hacia el Báltico, a través de Curlandia. Estas dos aventuras son estrictamente contemporáneas (...) es de esos raros momentos de la Historia en las que una fracción del Ejército, rechazando el seguir jugando el papel al que el Estado quería reducirlo- el de guardián y protector de una situación dada- se lanza a la aventura de abrir el camino a un nuevo Derecho humano" (13). En efecto, si el 12 de septiembre los "Arditi" tomaban Fiume, el 6 de octubre del mismo año los hombres de los Cuerpos Francos ocupaban Dunaburg (Daugavpils, en Letonia). ¿Es sólo la resistencia de Europa Occidental ante el avance de los eslavos? No lo creo: "la patria ardía en aquellos corazones atrevidos", como escribió Von Salomon. Pero no sólo para defender sus límites, sino también, y aún más, para renovar su misma vida nacional, tanto política como culturalmente. Pero volvamos a Fiume.
Los "Arditi" que entran en Fiume cantando hasta enronquecer su himno, "Giovinezza", se juntan con los voluntarios de la "Legión de Fiume". Del Palacio de Gobierno se arrían todas las banderas, salvo la italiana. D´Annunzio es designado "Comandante". El poeta-soldado se dirige desde el balcón a las masas, inaugurando un ritual que se hará característico:
"Italianos de Fiume (...) En un mundo loco y vil, Fiume es hoy el signo de la libertad; en un muno loco y vil hay sólo una cosa pura: Fiume; hay una sola verdad: Fiume; hay un solo amor: Fiume. Fiume es como un faro luminoso que brilla en un mar de abyección".
¿No suena un poco exagerado todo esto para lo que parece ser apenas uno más de los innumerables conflictos fronterizos que en el mundo han existido, existen y existirán? Muchos han explicado esta oratoria recurriendo tan sólo al característico estilo ampuloso de parte de su obra literaria. Pero esto, por sí solo, es absurdo. No entenderemos jamás la epopeya de Fiume si no nos acercamos al pensamiento del poeta. "En la contraposición delineada por D´Annunzio entre Fiume y el resto del mundo se manifiesta una concepción elitista que desde hacía tiempo caracterizaba los escritos y declaraciones públicas edel poeta. Para D´Annunzio el mundo se dividía en dos campos, incluso podríamos hablar de dos niveles de realidad moral, cuyos símbolos eran Fiume y Roma. Fiume, donde se había expresado en un único acto de heroísmo viril la voluntad de un pueblo oprimido; y Roma, que se limitaba a vegetar, como de costumbre, entre las rutinarias preocupaciones por los asuntos de Estado, es decir, donde se desarrollaba una política manejada por viejos estadistas enclaustrados en cuatro paredes y entre la vulgaridad del mundo post-bélico" (14). Fiume no era un pedazo de tierra. Fiume era un símbolo, un mito, algo que quizá no pueda entenderse en nuestros días, en una época tan refractaria al mito y a los ritos. La empresa de Fiume tiene más de rebelión cultural que de anexión política. No está de más señalar aquí que ocupando Fiume, D´Annunzio se proponía darle una bofetada a Woodrow Wilson, el hombre que había frustrado las esperanzas italianas ("el mentiroso cuya sonrisa descubre treinta y dos falsos dientes") ¿Simple exabrupto contra una potencia extranjera poco amiga? No, D´Annunzio tenía razones íntimamente más profundas: desde lo más íntimo de su alma odiaba a "esa pseudocivilización fundada en el culto al dólar".
Pero estoy desviándome del hilo de esta exposición. D´Annunzio sí que valoraba los ritos y los mitos. La experiencia de Fiume fue elocuente en este punto. Apenas llegado a la ciudad empezó a orear un ritual, una liturgia, destinada a tener unos ecos muy amplios. Ante los ojos de los civiles de Fiume y de sus legionarios desplegó una bandera italiana que había llevado uno de sus amigos, oficial de infantería, cuando murió en combate. Con este símbolo sagrado galvanizó la voluntad de aquellos hombres, haciéndoles jurar que lucharían hasta la muerte. El culto a los héroes caídos por el ideal ocuparía en adelante el lugar central de una liturgia fiumana. No menos significativo fue que entre las primeras medidas del Comandante estuviera el diseñar un símbolo para Fiume. Y ese símbolo fue el de la llama de fuego; símbolo que ya había sido utilizado por los "Arditi" en la guerra y que entroncaba perfectamente con la definición danunziana de Fiume como "ciudad-holocausto". Pero sin duda lo más famoso y trascendente habría de ser la nueva forma de liderazgo político, basada en las arengas a las masas, que se convertían en un auténtico diálogo entre el poeta-soldado y un gran conjunto de hombres y mujeres, que respondían unánimemente a sus preguntas y secundaban con una sola voz sus invectivas y sus gritos de guerra. Esta comunicación electrizante (mejor diríamos comunión) convertía cada mitin en un plebiscito. Las masas eran arrastradas por una oratoria creadora y brillante a una nueva forma de manifestación política, más noble y trascendente que la anodina anécdota de depositar un voto de papel en una urna. Los hombres que gritaban hasta enroquecer los estentóreos "Eia!, Eia!, Alalaaa!" –el célebre grito de guerra danunziano-, se sentían partícipes de una comunidad orgánica de ideales y voluntades y se vinculaban a un líder carismático que sabía captar cuál era su genuina voluntad mucho mejor que cualquier político al uso. La regeneración de la política que muchos, empezando por Max Weber, han considerado necesaria para que el mundo no caiga en manos de los burócratas, tuvo en Fiume uno de sus primeros y más afortunados ejemplos.
Volvamos a temas más prosaicos. ¿Cómo reaccionó Italia y el mundo ante la conquista de Fiume? En Roma fue el momento del pánico. El gobierno y los parlamentarios temían una "marcha sobre Roma" de D´Annunzio y sus legionarios. En las Cancillerías extranjeras se dudaba sobre si todo esto no sería una maniobra apoyada clandestinamente por el gobierno italiano, para dar más fuerza a sus negociaciones, o bien se temía el inicio de una revolución que fuera el final de la débil democracia italiana. Sorprendentemente, nada ocurrió. El Comandante, ingenuamente, pensó que su gesto bastaría para levantar a los italianos contra Nitti y esto, evidentemente, no sucedió. Nitti aprovechó la coyuntura y reaccionó declarando fuera de la ley a D´Annunzio y a sus legionarios, así como decretando el bloqueo a la ciudad, con el apoyo del parlamento.
Se abría un largo período de 16 meses, a lo largo de los cuales Fiume y su Comandante desafiaron a Italia y al mundo. "Más que molestias impuestas al gobierno fiumano, convertido en ilegal por las autoridades de Roma, el verdadero obstáculo de la empresa de Fiume fue la larga espera" (15). Los primeros días fueron aún exultantes: las tropas italianas destinadas a cercar la ciudad –al mando de un personaje que se hará famoso, el general Badoglio- desertaban y se incorporaban a los legionarios fiumanos en tan gran cantidad que el Comandante tuvo que rechazar a unidades enteras, por carecer de medios para abastecerlas. Desde Italia llegaban testimonios de apoyo y, aunque el gobierno censuraba la prensa para impedir manifestaciones de solidaridad, el periódico milanés "Il Popolo d´Italia", dirigido por Mussolini, sostenía ardorosamente la causa fiumana. El líder del futurismo, Filippo Tommaso Marinetti, fue uno de los primeros en visitar la Fiume liberada. También lo haría, más tarde, Guglielmo Marconi, el inventor de la radiodifusión. Hubo otros muchos, pero la visita más significativa sería la de Mussolini (el 7 de octubre) quien se esforzó por hacer comprender a D´Annunzio que no podía encerrarse en Fiume, que debía lanzarse sobre Roma, desembarcando sus soldados en los puertos del Adriático, para abolir después la monarquía y tomar el poder. En ese momento aquello era aún imposible, pero D´Annunzio cometió aquí su primer error histórico. ¿Por qué el Comandante no se aprovechó de la ocasión, se pregunta Benoist-Mechin? "Se le veía dudar, contemporizar, perder un tiempo precioso. Pero no era audacia lo que le faltaba. Lo había probado. Esta vez parece haber pecado de exceso de presunción. En vez de saltar sobre su presa, adueñándose por la fuerza de Roma, parece haber imaginado que el Rey, viniendo hasta él, le ofrecería el poder sobre una bandeja. En esto es en lo que se equivocó". Mussolini, un profundo admirador de D´Annunzio, era sin embargo un hombre realista. Y de hecho no confiaba ni en la capacidad de análisis político del Comandante ni en sus dotes de organizador. Conquistar Fiume no debía tener otro objetivo que saltar de allí con destino a Roma. Y eso no lo vio el poeta-soldado.
De hecho, D´Annunzio miraba en dirección contraria: hacia la costa dálmata. El conde Nino De Fangogna había desembarcado inesperadamente con un grupo de seguidores en la ciudad de Trau el 25 de septiembre y, aunque había sido obligado a reembarcar por los marines norteamericanos, pareció por un momento que el ejemplo podía extenderse. El Comandante tenía sus ojos puestos en Zara y en Pola. La visita de Corridoni, para animarle a marchar sobre Venecia, no tuvo más éxito que la de Mussolini. Esto no quiere decir que el Comandante no comprendiera que era vital para sus proyectos el hacer caer al gobierno de Nitti, pero era esta una tarea que confió a los políticos del Consejo Nacional italiano de Fiume. Eran estos unos políticos de viejo cuño, sólo preocupados por la anexión de su ciudad al Reino de Italia y ajenos a todo proyecto revolucionario, que no dudarían en negociar con Badoglio y con los políticos de Roma, incluyendo al gobierno, con tal de conseguir sus pragmáticas aspiraciones.
Los hombres del entorno inmediato del Comandante eran de una naturaleza totalmente distinta. Uno de ellos se hacía notar especialmente: Guido Keller. Había sido uno de los ases de la aviación italiana en la guerra y en Fiume destacó por organizar un grupo de singulares piratas que era capaz de adueñarse de cualquier barco, italiano o extranjero, que navegase por las aguas comprendidas entre el Estrecho de Messina y Venecia. En el Fiume cercado la llegada de los buques capturados era motivo de una alegría indescriptible, no sólo porque contribuía a solventar la penuria de abastecimientos de la ciudad (por causa del bloqueo establecido por el gobierno) sino -aún más- por lo que estos hechos tenían de desafío y reafirmación de su voluntad. Estas incursiones no se limitaban al mar. En tierra, los hombres de Keller fueron capaces de interceptar las líneas de comunicaciones enemigas, manteniendo así puntualmente informado al Comandante. Incluso se dio un golpe de mano para capturar a uno de los más destacados enemigos de la empresa dannunziana en Fiume, el general Nigra -uno de los comandantes de las tropas que cercaban la ciudad- quien una vez en presencia del Comandante se vio obligado a retractarse públicamente... En otra ocasión, ya hacia el final de la aventura fiumana, Keller voló en solitario hasta Roma para lanzar un orinal sobre la sede del Parlamento. El mismo D´Annunzio participaba en operaciones similares y así, el 14 de noviembre, desembarca en la ciudad de Zara (bajo administración militar italiana) para anexionarles simbólicamente por unas horas.
En la ciudad misma el ambiente no podía ser mejor. Fiume parecía vivir una fiesta permanente: "La vida en la Fiume dannunziana era un continuo espectáculo (...) esta eterna fiesta contribuía a mantener el apoyo de los legionarios y de los ciudadanos a los planes del Comandante. La eficacia de la movilización de las masas fiumanas será mejor valorada si se la considera sobre el fondo de la grave situación económica que padecía la ciudad y teniendo en cuenta las dificultades sociales que gravitaban sobre Fiume en el otoño e invierno de 1919" (16). En efecto, la otrora activa ciudad portuaria y mercantil estaba paralizada. Los suministros escaseaban. La moneda se había hundido. Y el panorama italiano evolucionaba en sentido totalmente contrario al deseado por el Comandante, ya que Nitti había sido capaz de ganar las elecciones de noviembre de 1919.
En esta situación desesperada eran pocos los hechos que llevaban hasta Fiume la esperanza. Y el más relevante de ellos fue la arribada del buque mercante "Persia". Cargado hasta reventar de armas y municiones, el buque había sido fletado para llevar estos suministros al Ejército Blanco del Almirante Koltchak, que en Siberia combatía a los bolcheviques. Pero, en vez de dirigirse hacia Vladivostok, su comandante, el Capitán Giuletti, había puesto su proa en el rumbo de la ciudad asediada de Fiume. Giuletti no era un capitán cualquiera de la marina mercante: era el presidente de la "Gente del Mare", el sindicato socialista de los marinos. Y también un amigo íntimo de Enrico Malatesta. El suceso estaba destinado a tener amplias consecuencias. Hasta entonces las fuerzas nacionalistas conservadoras habían constituido el sector más amplio de los que apoyaban a D´Annunzio (junto con los ex-intervencionistas de izquierda). Pero estas fuerzas habían sido incapaces de derribar a Nitti. Ahora eran los hombres de izquierda los que empezaban a prestarle un apoyo capital y D´Annunzio –en consonancia con este hecho- iba a reorientar su política en sentido netamente radical.
Para empezar, el Comandante quiso situar el conflicto en una nueva perspectiva internacional. El discurso del 24 de octubre (titulado "Italia y Vida") marcó la nueva época. En él, D´Annunzio, tras repasar la lucha por la anexión de Fiume a Italia en sus distintas fases, daba un nuevo enfoque al problema que la ciudad-holocausto suponía en la política mundial:
"Podremos perecer todos bajo las ruinas de Fiume; pero de las ruinas emergerá, vigilante y activo, el Espíritu. Desde la Irlanda del indómito "Sinn Fein" hasta la bandera islámica de Egipto, todas las insurrecciones del Espíritu contra los devoradores de carne cruda y contra los explotadores de pueblos inermes se encenderán con nuestra chispa (...) Todos los expoliados de todas las especies se reagruparán bajo nuestro signo. Y los inermes serán armados. Y la fuerza se opondrá a la fuerza. Y la nueva Cruzada de todas las naciones pobres y empobrecidas contra las naciones usurpadoras y acumuladoras de toda riqueza, contra la raza de los depredadores, contra la casta de los usureros que explotaron ayer la guerra y hoy la paz, la novísima cruzada, restablecerá la verdadera justicia, crucificada por un maníaco gélido con catorce clavos (17) (...) Fiumanos, italianos, cuando gritasteis que la historia escrita con lo más generoso de la sangre italiana no podía cerrarse en París (...) anunciasteis el fin del mundo viejo. Por eso vuestra causa es la más grande y la más bella que se opone hoy a la demencia y a la villanía en el mundo (...) Vuestra causa acoge hoy a las razas blancas y a las naciones de color, concilia a los seguidores del Evangelio y del Corán (...) Toda insurrección es un esfuerzo de creación. No importa que sea truncada por la sangre, porque los supervivientes la transmitirán al porvenir".
Alejándose de forma tan elocuente del nacionalismo pequeño burgués de los miembros del Consejo Nacional, el Comandante se acercaba a los ideales de revolución mundial de Giuletti y Malatesta; y se hacía eco a la vez de la teoría de la "nación proletaria" desarrollada por Roberto Michels y otros sindicalistas revolucionarios, como nuevo modelo de Estado Nacional que debería arrancar su lugar al sol en el concierto internacional a los imperialismos de las naciones plutocráticas. Micahel A. Ledeen ha interpretado estos hechos presentando al Comandante como un profeta del tercermundismo avant la lettre. Quizá sea más exacto decir que en él, después de siglos de hablarse incansablemente de los derechos del hombre, aparece por vez primera la temática de los derechos de los pueblos.
Esta nueva orientación suponía un cambio radical en la actitud hacia los vecinos eslavos. Yugoslavia, el Estado artificial surgido de los sueños expansionistas servios y de los oscuros intereses geopolíticos de las potencias occidentales, no era tan sólo el enemigo de Fiume. También lo era de los nacionalistas croatas, montenegrinos, macedonios y albaneses. El Comandante empezaba a comprender que poco podía esperar de un pueblo italiano que seguía votando a Nitti. Quizá la salvación de Fiume procediera de las nacionalidades eslavas que veían cómo el poderío de Servia crecía amenazador.
Mientras D´Annunzio evolucionaba hacia esta nueva forma de pensar, los líderes dell Consejo Nacional proseguían frenéticamente sus negociaciones con Roma. Pero la autonomía decisoria de Nitti era mínima. Sin el apoyo financiero de los EUA el país iría al caos económico. Y los norteamericanos seguían inflexibles en su oposición a la anexión de Fiume. Aún así el Consejo Nacional fue capaz de llegar a unos acuerdos de mínimos con el Gobierno a finales de noviembre. Se contempla en ellos la anexión de la ciudad dentro de determinadas condiciones. Tras algunas vacilaciones, D´Annunzio rechazó este "modus vivendi". Muchos de los apacibles burgueses de Fiume se sentían satisfechos con él, pero no los hombres como Keller y sus guerreros (no podemos calificar de soldados, en el sentido usual de la palabra, a los singulares especímenes reunidos en torno suyo y que formaban la Centuria "La Disperata"). D´Annunzio y sus legionarios se resistían a aceptar un fin tan prosaico para una aventura tan fascinante. Aunque el pueblo de Fiume votara –como en efecto votó- a favor del acuerdo, el Comandante se negó a aceptarlo y a finales de diciembre se suspendían todas las negociaciones con Roma y con Badoglio. El 31 de diciembre de 1919 el Comandante volvía a dirigirse a las masas:
"Hoy se cumple un año milagroso: no el año de la Paz, sino el año de la Pasión (...) no el año de Fiume, sino el de la marcha de Ronchi. Versalles significa juventud, belleza, novedad profunda. Contra una Europa que vacila, se tambalea y balbucea; contra una América que no consigue desembarazarse de la mitad de un mentecato que ha sobrevivido a la enfermedad vengadora (18) (...) contra todos y contra todo, nosotros tenemos la gloria de dar nombre a este año de fermentos y de tormentos (...) No hay lugar de la tierra donde el alma humana sea más libre y novedosa que en estas orillas (...) celebremos esta creación y preservemos este privilegio".
Lo decisivo de este giro ha sido clarividentemente subrayado por Ledeen: "D´Annunzio había decidido dar un significado nuevo a su aventura adriática; un significado mucho más vasto que el propósito de "completar" la Italia victoriosa y defender el derecho a la autonomía de los fiumanos". Para alcanzar estos propósitos el Comandante invitó a Alceste De Ambris a venir a su lado, con el propósito explícito de redactar una Constitución para Fiume. De Ambris, líder del sindicalismo revolucionario (era secretario general de la "Unione Italiana del Lavoro"), intervencionista de izquierda y por algún tiempo enlace entre el Comandante y Mussolini, fue nombrado Jefe del Gabinete del Comandante.
Desde septiembre a diciembre D´Annunzio se había apoyado en los hombres del Consejo Nacional (Giurati, Sinaglia), pero estos hombres de derecha conservadora sólo habían actuado con calma y prudencia, buscando el pacto. En cambio, hombres de izquierdas como Giuletti y De Ambris prestaban un apoyo entusiasta y comprometido. En la mente del Comandante llegó a fraguarse la idea de una marcha sobre Roma codo con codo con las fuerzas políticas de izquierda. Malatesta y Bombacci (19), sondeados, dieron su apoyo, pero el Partido Socialista se negó en redondo.
El nuevo rumbo, inequívocamente revolucionario, entusiasmaba a Keller y a sus hombres. Mientras los legionarios conservadores y monárquicos abandonaban la ciudad, los restantes (en general veteranos "arditi") aspiraban a metas cada vez más ambiciosas, Keller organizaba a sus "orgullosos y salvajes" guerreros en el grupo "Yoga", definido como "unión de espíritus libres tendentes a la perfección". Fiume estaba inmóvil, como en una postura de yoga, pero en su seno se iban creando las fuerzas espirituales renovadoras que el mundo esperaba.
Y el mismo Comandante profundizaba en su peculiarísima concepción de la actividad política: "D´Annunzio en Fiume –escribe Ledeen- estaba empeñado en la creación de un nuevo tipo de liturgia que tendría la máxima importancia en la evolución de las fiestas públicas y en el desarrollo de la política de masas en el mundo contemporáneo. Pero las formalidades exteriores (las cotidianas marchas al campo con los soldados, los discursos desde el balcón, el diálogo con las masas, la invención de nuevas fiestas "cívicas") no habrían sido por sí solas suficientes para mantener a los legionarios en ese constante entusiasmo característico de los hombres del mundo de Keller. En el curso de 1920 D´Annunzio creó una nueva visión del mundo, que acabó por ser el lenguaje "oficial" de Fiume".
Definitivamente, la empresa de Fiume ya no era la de los venerables pequeño-burgueses nacionalistas. Y la novedad no era tan sólo la subyugante liturgia diseñada por el Comandante. Fiume era también un laboratorio de ideas y proyectos políticos, algunos realmente ambiciosos: la redacción de una nueva Constitución y la creación de la Liga de Naciones antiimperialistas (una réplica a la ginebrina Sociedad de Naciones) eran los proyectos más ambiciosos y , junto a ellos, los planes, más antiguos, para realizar una conquista revolucionaria del poder en Italia, los tendentes a desmembrar el Estado yugoslavo y los intentos de crear unas fuerzas armadas de nuevo cuño, con un carácter más acorde con el espíritu "freikorps" de los guerreros libres de "La Disperata".
La "Liga de Fiume" debía ser la concreción del deseo del Comandante de oponerse al "complot de ladrones y estafadores privilegiados" de la Sociedad de Naciones. D´Annunzio soñaba con unir bajo la bandera de Fiume desde irlandeses a hindúes, pasando por húngaros y egipcios: todos los pueblos sometidos a los imperialismos vencedores y también los pueblos humillados por los tratados de paz firmados en los suburbios de París. Leon Kochnitzky, un poeta belga llamado a Fiume en el otoño de 1919, y nombrado Jefe de la Oficina de Relaciones Exteriores, fue el impulsor del proyecto, estableciendo contactos con distintos grupos nacionales con vistas a la organización de un congreso internacional. Aunque llegaron adhesiones de Irlanda, de Egipto y de la India, y se establecieron contactos firmes con numerosas nacionalidades balcánicas, las angustiosas penurias financieras de Fiume impidieron realizar el Congreso, y a fines de abril de 1920 la idea podía darse ya por abortada. Pero nadie puede negar la trascendencia de este intento, que se adelantó en varias décadas a la Conferencia de Bandung y a la aparición con contornos precisos del Tercer Mundo (movimiento en cuya génesis estuvieron, precisamente, los países en que D´Annunzio había pensado: la India, Egipto y Yugoslavia... convertida hasta entonces en Estado Federal) apuntando, además, hacia una política que cada día más vemos como la única positiva para el futuro de Europa: la alianza entre el Viejo Continente y el Tercer Mundo.
Idéntica suerte siguieron las muy avanzadas negociaciones realizadas con líderes albaneses, croatas y montenegrinos para apoyar los levantamientos nacionalistas en todos esos países: el Comandante jamás logró disponer de la masa de armas y dinero que tales proyectos exigían. Los acuerdos con estos nacionalistas balcánicos preveían que las en las nuevas organizaciones estatales surgidas de las revueltas habría un amplio margen de autonomía cultural y política para las nacionalidades minoritarias que quedaran incluidas en las nuevas fronteras.
Pero si era materialmente imposible echar los cimientos de un nuevo orden internacional, no había tantos inconvenientes para fijar un nuevo modelo de estructura estatal. Aunque estoy de acuerdo con De Ferette en que "el proyecto de Constitución nace de la situación inconexa en que se encontraban los poderes del Comandante, del Consejo Nacional y de la Autoridad Militar" sería un error, y grave, el limitarse a ver en esta sorprendente Constitución, conocida como Carta del Carnaro (20) el intento por regular las relaciones entre el poeta-soldado y los pequeño-burgueses del Consejo Nacional. Como ha subrayado Benoist-Mechin, la Carta del Carnaro, publicada el 27 de agosto de 1920, "está muy lejos de ser un Código Civil o de los preceptos del Derecho Romano" y su análisis llenará de perplejidad a cualquier estudiante de Derecho Constitucional.
Aunque partía de un texto original de De Ambris, la redacción definitiva correspondía al Comandante. El título oficial del texto, "Reggenza Italiana del Carnaro. Disegno di un nuovo ordinamento dello Stato Libero de Fiume" ("Regencia Italiana del Carnaro. Proyecto de un nuevo ordenamiento...") no es, lo subraya Benoist-Mechin, casual: "D´Annunzio ha evitado hacer una Constitución estática, simple "constatación" de un estado de cosas determinado. No quiso imponer a los hombres los límites de una ley-marco inmutable y rígida, sino proponerles una Constitución susceptible de una evolución constante. No una obra acabada sino destinada, voluntariamente, a no estar acabada nunca, lo que es algo muy distinto".
La Constitución estaba bajo la advocación de la Décima Musa. ¿Cuál es esta Musa? En el curso de un viaje a Grecia, al oráculo de Apolo en Delfos, el poeta se había quedado extasíado ante la estatua de una mujer joven en cuyo basamento se leía: ENERGEIA. D´Annunzio narraba así a Benoist-Mechin la impresión que aquello le produjo:
"Era una Musa, me dije con una iluminación súbita; la Décima Musa, ¡la Musa Energía! La Antigüedad no la había reconocido porque aquella época estuvo limitada y como cerrada en sí misma. La Antigüedad no cantaba alabanzas más que de las obras acabadas. La Décima Musa es la de los tiempos modernos, la del futuro, la del porvenir. Sus hermanas son estáticas, sólo ella es dinámica. Sin ella Clío se inmovilizaría y Melpómene estaría muda. Ella inspira las revoluciones y los "coups de force" victoriosos, todo lo que no existe aún y aspira a nacer. Es la Musa del esfuerzo, del dinamismo creador, la Musa de las comunidades emergentes y de los pueblos en génesis. Inspira las fuerzas misteriosas que yacen en el fondo de las colectividades humanas y actúa en ellas como la levadura, asegurando su ascensión. Es lírica, porque todo lo que en el mundo hay vivo es poesía: el canto, la danza, el trabajo, el combate. En fin, esta Musa es la Imaginación, es decir, la percepción consciente de lo que podría ser. Sin ella las multitudes no serían sino tristes agregados de individuos, aplastados por la opresión y la mentira. Ella infunde a los Estados la fuerza necesaria para hacer que los pueblos que gobiernan alcancen a ser lo que realmente deben: una plenitud ascendente. Hasta aquí el mundo no ha conocido más que nueve Musas. No había descubierto la Décima, porque el grado de evolución que le permite tener conciencia de ella no se había alcanzado. Hoy es de otra manera, porque esta conciencia se despierta. El siglo XX se distingue de los precedentes por la irrupción de la Décima Musa en los asuntos públicos. Será el siglo de la energía. O bien perecerá por sus excesos o bien sabrá integrarla en sus instituciones. Será un giro decisivo: se traducirá por la instauración de LA IMAGINACIÓN EN EL PODER. Es lo que intenté hacer an la Constitución que proyecté para Fiume... Era una hija de la Décima Musa. No era sino el comienzo..."
El proyecto constitucional del Comandante se abría con una declaración "de la voluntad perpetua del pueblo" donde exponía las razones históricas, culturales y morales de la italianidad de Fiume y presentaba a la ciudad como ejemplo para la renovación de Italia. La preceptiva declaración de derechos del hombre, común a todas las Constituciones redactadas después de la norteamericana y la francesa era así sustituída por una declaración de los derechos del pueblo, de la nación. A continuación se establecían los Fundamentos de la nueva Constitución. Leamos:
"La Regencia del Carnaro es un gobierno intrínsecamente popular. Res populi. Este gobierno tiene por fundamento el poder del trabajo productivo y por normas directrices las formas más amplias y variadas de autonomía, tal como fueron aplicadas en los cuatro siglos gloriosos del período de las comunas italianas" (21).
Basándose en las fuerzas populares productivas, el Comandante soñaba con un modelo de Estado descentralizado, donde la persona disfrutaría de todas las garantías del Estado liberal (la Carta desarrollaba la protección de las libertades individuales, el habeas corpus, la igualdad ante la ley, etc.) y de las por entonces aún inéditas ventajas del Estado-Providencia y el Estado Socialista (se recogían los derechos a la educación gratuita, a la asistencia sanitaria, al seguro de desempleo, a las pensiones, etc.) pero en el que el sacrosanto principio liberal de la propiedad privada estaría limitado:
"Aunque el Estado considera el uso de la propiedad como la más útil de las funciones sociales, no considera la propiedad como un derecho absoluto (...) el único título legítimo de un medio de producción o cambio es el trabajo".
Tras exponer los Fundamentos, la Carta desarrollaba los deberes y derechos de los ciudadanos, de los municipios y de las corporaciones. También aquí el tono de las palabras es totalmente ajeno al que estamos habituados a leer en un documento institucional. Al hablar de los ciudadanos, por ejemplo, leemos:
"La vida es bella y digna sólo cuando es vivida grave y magníficamente por el hombre enteramente renovado por la libertad. El hombre completo es aquel que sabe reinventar cada día su propia "virtud" (22) y ofrecer cada día a sus hermanos un nuevo don".
Y las palabras no son la única novedad. Una aportación fundamental es el reconocimiento de las corporaciones -colectivos de los trabajadores y profesionales de las distintas actividades económicas- como órganos del Estado. Las Constituciones al uso dan existencia jurídica estatal a las colectividades geográficas de hombres (los municipios, las provincias, las regiones) pero no reconocen a las colectividades laborales. Para el Comandante, las corporaciones, órganos integrantes del Estado, debían gozar no obstante de una autonomía absoluta y en ningún caso ser empleadas como correas de transmisión del poder ejecutivo. Todos los ciudadanos debían pertenecer a una de las diez corporaciones previstas; cada una de ellas sería libre para darse sus propios estatutos, contaría con sus propios recursos y órganos directivos; también serían –en un rasgo muy dannunziano- las responsables de organizar sus propias festividades cívicas, diseñando sus rituales, y encargadas de honrar a sus propios héroes y mantener el recuerdo de sus muertos.
El genio dannunziano, que atribuyó a las nueve primeras corporaciones distintas categorías de trabajadores y empleados, reservó la décima corporación para los hombres inspirados por la Décima Musa:
"Esta corporación es el receptáculo de las formas misteriosas que actúan como una levadura en el fondo de un pueblo que trabaja para asegurar su ascensión. Casi es una figura votiva consagrada a este genio desconocido, a la aparición del hombre nuevo, a las transfiguraciones ideales de los trabajos y los días, a la liberación del espíritu realizado en el esfuerzo, a las conquistas obtenidas por el sudor y la sangre. Está representada en el Panteón cívico por una lámpara siempre encendida, que ostenta una vieja inscripción toscana de la época comunal, sorprendente alusión a una forma espiritualizada del trabajo humano: FATICA SENZA FATICA".
En cuanto a las municipalidades, modeladas según el ejemplo de las Comunas italianas del Bajo Medioevo y el Renacimiento, gozarían también de una amplia autonomía. El poder legislativo se articulaba en dos cámaras –una de ellas formada por representantes de las corporaciones- que se reunirían por breves períodos y cuyos debates debían ser "de una brevedad lacónica"... Como se puede ver, un futuro muy negro para nuestros parlanchines políticos profesionales y para los leguleyos inveterados. El gobierno sería elegido por las cámaras y dirigiría la administración. Para casos de emergencia nacional y a imitación de la República romana se preveía la figura de un dictador temporal, que sería el Comandante (D´Annunzio o quien le sucediese en el cargo). En un modelo estatal tan descentralizado, gracias a las corporaciones y las municipalidades, las dimensiones y atribuciones del poder ejecutivo quedaban automáticamente limitadas. Finalmente, el poder judicial se articulaba en distintos tipos de tribunales, y sólo en los superiores las plazas de jueces estaban reservadas a hombres de formación académica jurídica.
La Carta también regulaba otros aspectos de la vida comunitaria. En el capítulo de defensa se preveía un ejército popular nacional, con un breve servicio militar. La Cultura era objeto de una atención prioritaria ya que, como se leía en el texto, "para todo pueblo de noble origen la cultura es la más luminosa de las armas de largo alcance", y para Fiume amenazada de perder su identidad cultural en una región predominantemente eslava:
"la cultura es más que un arma: es una fuerza indomable, como el derecho y la fe".
El Comandante fue siempre un hombre de letras y un hombre de acción. Como nos sugiere la figura del Doncel de Sigüenza, como vemos en los literatos del Siglo de Oro español, ha habido siempre hombres creadores que han sabido combinar admirablemente las letras y las armas. A imagen y semejanza de un Garcilaso, soldado del César Carlos y poeta insuperable; de un Cervantes, combatiente de los Tercios de su Católica Majestad Felipe II en Lepanto y suprema gloria de la prosa castellana, D´Annunzio supo siempre que las armas, que la acción, debían estar al servicio de la Cultura. "La Cultura es un bálsamo contra la corrupción, un viático contra la degradación", leemos en la Carta, donde se afirma expresamente que "la Regencia Italiana del Carnaro coloca en la cúspide de sus leyes la cultura del pueblo". La Constitución establecía qué centros académicos debían ser creados y qué tipos de materias debían ser cursadas...
Sorprende en la Carta la amplitud de los derechos individuales reconocidos a los ciudadanos: igualdad ante la ley, derecho al voto, derecho de petición a las autoridades y las cámaras, posibilidad de revocar y de pedir responsabilidades a todo tipo de cargos públicos, todo tipo de derechos asistenciales sociales. No menos sorprendente es el grado de descentralización del Estado, articulado en numerosas instancias intermedias (municipios y corporaciones). Pero lo que nos deja definitivamente boquiabiertos son capítulos como los referidos a la Edilidad y a la Música, frutos del genio dannunziano. Muchísimo antes de que los epígonos de mayo del 68 pasaran de las barricadas a la nouvelle cuisine française o a la pasión por el diseño y de que, donde habían puesto los maximalistas afanes revolucionarios instalaran ahora el discurso sobre la "calidad de vida", la Carta del Carnaro ya contemplaba aspectos tales como la generalización del deporte, la protección del entorno ecológico y la mejora de la calidad de vida como objetivos estatales.
"Un Colegio de Ediles –leemos- se crea en la Regencia. Es elegido con discernimiento entre los hombres de gusto, de experiencia y de educación moderna. Más que inspirarse en la edilidad romana este Colegio hace revivir la función de los "oficiales propuestos para el ornamento de la ciudad" que en las Comunas de nuestro siglo XIV trazaban las perspectivas de una avenida o de una plaza con el mismo gusto musical que el que inspiraba el austero ordenamiento de un desfile republicano o la alegre decoración de un carnaval (...) Este Colegio de Ediles estudiará el medio de devolver al pueblo el amor por las bellas líneas y los bellos colores en los objetos que utilizan en su vida cotidiana".
Hoy parece ya aceptada la idea de que una parte de los gastos públicos de las administraciones debe emplearse en promover actividades culturales de masas. Por desgracia esto sólo conduce en nuestros días a chabacanos conciertos de rock y a financiar ampliamente a intelectuales y artistas próximos al gobierno de turno. Con un sentido mucho más elevado, D´Annunzio ya había intuido la importancia de lo que en nuestros días es presentado por las administraciones como su "oferta cultural" (una expresión bien significativa de la mentalidad mercantil imperante) y en el capítulo dedicado a la Música (algo inimaginable en cualquier Constitución que no sea la fiumana) escribía:
"En la Regencia Italiana del Carnaro la Música es una institución religiosa y social. Cada mil o dos mil años brota de las profundidades de un pueblo un himno inmortal. Un gran pueblo no es solamente el que crea un Dios a su imagen y semejanza, sino aquel que crea un himno para su Dios".
No fue casualidad que uno de los últimos eventos de la Fiume dannunziana fuera un gran concierto protagonizado por el maestro Toscanini, invitado, junto a su orquesta, por el Comandante, para "respirar el aire más resonante del mundo". ¡Qué gran Constitución será aquella que, como la de Fiume, regule cómo y dónde deben crearse orquestas, teatros y masas corales!
Un texto como este (calificado por unos como "monumento capital en la historia de la utopía" y por otros como "constitución prefascista") despertó el entusiasmo de los dannunzianos incondicionales como Keller. En un texto donde comentaba la Carta, el líder del grupo "Yoga" y comandante de "La Disperata" escribía que la tarea del Estado moderno era la de volver a dar significado al trabajo, degradado desde el comienzo de la Revolución Industrial, al hacerlo mecánico y repetitivo, rebajando al hombre de creador a herramienta. El trabajo debía ser valorado y honrado: "El trabajo –escribía Keller- será un placer, una de las necesidades humanas". Se comprende así mejor la algo críptica frase "Fatica senza fatica" (que podríamos ahora traducir como "trabajo sin esfuerzo"). Ledeen toma de nuevo la palabra: "Situar al trabajo como realización de las energías creadoras del hombre, tal fue el objetivo de la Regencia. La estructura corporativa que De Ambris ideó para el nuevo Estado estaba destinada a dar a cada hombre el máximo posible de participación en el mundo de su trabajo (...) Además, la Carta garantizaba una vasta gama de servicios y derechos tendentes a hacer más digna así la vida del trabajador". Pero la dignificación del trabajo (presentado como hace Ernst Jünger en "Der Arbeiter" [ El Trabajador] como héroe de los tiempos modernos) no era sino un peldaño hacia la aparición del hombre superior que D´Annunzio, uno de los mayores nietzscheanos de Italia, soñó siempre:
"He querido –declararía el Comandante años más tarde- establecer un equilibrio entre las dos tendencias fundamentales del hombre: la sed de libertad y la necesidad de asociación, porque sin ella no existiría la sociedad".
Benoist-Mechin ha desarrollado más explícitamente esta idea básica del pensamiento dannunziano: "Este doble proceso hacia la libertad y la asociación existe permanentemente en el hombre y genera una especie de movimiento pendular. En un primer momento el hombre se abalanza hacia la periferia. En tanto que individuo, aspira a organizar su vida con el máximo de independencia. Pero pronto, otra fuerza, actuando en sentido inverso, le lleva hacia el centro, donde reencuentra a sus semejantes y establece lazos con ellos. En la primera fase toma conciencia de su identidad. En la segunda, conquista su plenitud e imprime a su vida un carácter ascensional. La mejor Constitución es, pues, aquella que permita este doble movimiento ejercerse con el mínimo de limitaciones, evitando a la vez los peligros que se presentan en los dos extremos del péndulo: la disolución en el anarquismo y la fosilización en la tiranía" (23). Comprendemos así mejor esta Constitución que es anti-estatista, laica, con amplísimas libertades individuales y grandes avances sociales, pero que en vez de ser una Constitución inorgánica e individualista, como todas las Constituciones modernas, es patentemente orgánica y federadora, como ha subrayado Benoist-Mechin. Ello se debe a que, como anota el historiador francés, "los tres pilares en los que reposa son las Comunas (Municipalidades), las regiones y las corporaciones". No deja al individuo solo y desnudo ante la ley, sino que lo inserta en un haz de realidades vivas y concretas que dan más riqueza y diversidad a su vida. No lo deshumaniza, despojando al hombre de su complejidad para no dejar de él más que un esquema abstracto. Le anima a desarrollar todas sus potencialidades, otorgándole un conjunto de funciones y responsabilidades. La Constitución de Fiume, en fin, asegura el predominio del desarrollo sobre el crecimiento, del despliege de la capacidad creadora del hombre en vez de la proliferación de las cosas" (24).
La Constitución de Fiume no era el producto de una fantasía febril, ni el resultado del "dilettantismo" de un esteta metido a revolucionario. Creo que la breve ojeada que le hemos echado bastará para convencer al lector de que nos hallamos ante un auténtico texto revolucionario en la historia de las ideas políticas. De hecho esto lo comprendieron muy bien sus coetáneos enemigos ya que, no por casualidad, coaligaron a partir de ese momento sus esfuerzos para acabar con la experiencia fiumana. Los primeros ataques procedieron del mismo Consejo Nacional, firmemente conservador, que, en las mismas fechas en que se proclamaba la Constitución, pasó a enfrentarse frontalmente con las organizaciones sindicalistas de la ciudad, que contaban con el apoyo del Comandante. A la vez, el Partido Socialista daba orden a sus afiliados en Fiume de no apoyar a D´Annunzio y la dirección del PSI rechazaba la invitación de éste para que secundara su política. Leon Kochnitzky escribía, amargado: "una responsabilidad tremenda recae sobre los dirigentes del PSI". Benoist-Mechin –de nuevo- da en el clavo al escribir: "La tentativa fiumana, como sabemos, no tuvo futuro. Ni los capitalistas ni los socialistas tenían interés en dejarla instaurar ni siquiera en los estrechos límites de la Regencia del Carnaro. Podía haberse extendido como una mancha de aceite. Los historiadores que estudian los hechos de Fiume no han insistido más que en las reivindicaciones italianas frente a Yugoslavia, en la polémica entre los delegados italianos y los representantes de las potencias Occidentales en la Conferencia de París, en el duelo entre D´Annunzio y el gobierno romano. Pero ¿basta esto para entender todo?". No, desde luego que no basta. Las fuerzas políticas de derecha e izquierda, dentro de Fiume, en Italia y también a escala internacional, harían todo lo posible para acabar con el mal ejemplo que el poeta-soldado estaba dando.
Para desgracía del proyecto dannunziano había, además de la fuerte oposición de sus enemigos (casi podríamos decir que existió conspiración en su contra), graves problemas internos, fundamentalmente los derivados del agotamiento de las energías de los legionarios fiumanos. El "impasse" en el que se debatía la cuestión fiumana quebraba el ánimo de aquellos hombres, de temperamento activista. La situación italiana no mejoró porque, aunque finalmente cayó Nitti, su sucesor –Giolitti- no abandonó su oposición frontal a D´Annunzio. Y, aún más, supo atraerse hacia su coalición parlamentaria a los fascistas. El pueblo italiano, por otra parte, se desinteresaba cada día más de la suerte de sus connacionales de Fiume. Finalmente, el nuevo jefe de gobierno supo llegar a un acuerdo diplomático con Yugoslavia. El tratado de Rapallo, firmado en noviembre de 1920, establecía las fronteras italo-yugoeslavas. Zara, la ciudad dálmata que un año antes había ocupado simbólicamente D´Annunzio, quedaba incorporada a Italia; Fiume pasaba a ser una Ciudad Libre; y se reconocía a los italianos de las restantes ciudades dálmatas el derecho a mantener su pasaporte italiano. La mayor parte de las fuerzas políticas que habían apoyado la aventura fiumana (los nacionalistas de Ferderzoni, los ahbitantes de Fiume, incluso De Ambris y Mussolini) consideraban que los intereses italianos quedaban bastante bien parados. Quienes se habían levantado contra la "victoria mutilada" veían al menos una parte de sus aspiraciones satisfechas (25). El Comandante no. El no había combatido por un pedazo de tierra sino por crear un hombre nuevo en un mundo nuevo. Su sueño era anexionar Italia a ese microcosmos innovador que fue Fiume. Podemos comprender su desolación. Se sintió traicionado por todos, cayó en un profundo abatimiento. Y el gobierno aprovechó la ocasión para darle la puntilla. El 21 de diciembre de 1920 las tropas del gobierno se desplegaron en torno a la ciudad y pidieron la rendición. Ante la negativa, el día 26 la Marina de guerra italiana hizo acto de presencia en la rada y cañoneó el palacio donde residía el Comandante. Fue la "Navidad Sangrienta". En esta miniguerra civil morirían 22 legionarios fiumanos y 25 soldados gubernamentales. El Comandante capituló, no por falta de valor personal, sino porque –como le diría De Ambris al mismo D´Annunzio- todo había cambiado desde los días de la Marcha sobre Fiume: "En el momento de la marcha de Ronchi, contigo tenías dos inmensas fuerzas morales: la desesperada voluntad de Fiume y el consenso de una gran parte de la opinión pública italiana. Estas dos fuerzas hoy no existen ya". Prolongar el sacrificio de sus legionarios y el de los civiles de Fiume era una actitud sin sentido y sin futuro. Acababa el año 1920 y D´Annunzio celebraba su última ceremonia tras 16 meses en Fiume: un acto religioso en memoria de los caídos.
¿Qué trascendencia tuvo la aventura de D´Annunzio en Fiume? Para muchos la respuesta es simple: el Comandante fue el San Juan Evangelista del fascismo de Mussolini, el creador de su liturgia, de sus rituales. Resulta imposible negar la filiación dannunziana de una gran parte del fascismo. Es lo que muchos no le perdonarán jamás (26). No está demás recordar, sin embargo, que Lenin lo definió como "el único revolucionario de Italia", que Gramsci buscó un acercamiento al poeta-soldado y que el también comunista Bordiga trató de levantar a los veteranos de Fiume contra el fascismo ascendente. Incluso se ha anotado recientemente su vinculación con la extrema izquierda italiana contemporánea, refractaria a la vía parlamentaria y partidaria de la lucha armada: "Basta con leer los escritos de Toni Negri y de Franco Pipperno, los líderes de Autonomía Obrera y Poder Obrero, para darse cuenta de quienes son hoy los verdaderos herederos del poeta-soldado" (27). Decir que D´Annunzio fue el San Juan Evangelista del fascismo será decir poco o nada trascendente mientras que sigamos careciendo de una buena definición de lo que en realidad fue el fascismo. Mientras se siga viendo en él "la dictadura terrorista del gran capital", como dijo en su día Dimitriv, definir a D´Annunzio como fascista es absurdo. Quizá sea la adecuada comprensión de la experiencia de Fiume una de las vías para acceder a un conocimiento más correcto de lo que fue y lo que significó el fascismo.
En todo caso, la experiencia de Fiume trasciende también los límites del fascismo. Ha sido Michael A. Ledeen quien ha sabido situar mejor la experiencia dirigida por el Comandante en un amplio contexto: "Por dieciséis meses D´Annunzio gobernó la ciudad de Fiume y la mantuvo a despecho del mundo entero. No se trata sólo de unos hechos fascinantes y atractivos por derecho propio, sino también de un modelo verdaderamente revelador y sugestivo, puesto que Fiume, bajo D´Annunzio, representó un microcosmos del mundo político moderno y un análisis del Fiume dannunziano es una gran ayuda para explicar gran parte del comportamiento político de las sociedades Occidentales después de la Gran Guerra. El tipo de manipulación política elaborado por D´Annunzio ha sido el precedente de afortunados movimientos de masas en los decenios siguientes (...) somos los herederos de una tradición política que, en gran parte, se desarrolló en los 16 meses en los cuales Fiume estuvo bajo el control del poeta. La edad de la política de masas ha sido una realidad gracias a los hombres que han aprendido cómo forjar a las masas en un bien afiliado cuerpo político y, entre ellos, D´Annunzio ocupa un lugar importante".
Todo el electrizante ritual dannuziano permitía lograr un crisol donde ideas y fuerzas antes opuestas podían fundirse. "Fiume fue uno de los primeros gobiernos –afirma Ledeen- que consiguió una nueva forma política de consenso. D´Annunzio consiguió convencer a fuerzas aparentemente contrapuestas de que su gobierno era el que representaba mejor sus intereses (...) La esencia de la idea política de D´Annunzio consistió en la intuición de que intereses contrastados podían encontrar su superación, incluso su "sublimación" en un movimiento de nuevo tipo". La Liga de Fiume y la Carta del Carnaro (ese "código napoleónico reescrito por un Ezra Pound" como alguien ha escrito) son dos ejemplos de estas afirmaciones.
Aún podemos llegar más lejos. "La revuelta capitaneada por D´Annunzio estaba dirigida contra el viejo orden existente en Europa Occidental y fue realizada en nombre de la creatividad y de la virilidad juvenil (...) la esencia de tal revuelta fue la liberación de la personalidad humana". Son palbras de Ledeen. Tan ambiciosos sueños son incomprensibles sin acercarse directamente a la figura de D´Annunzio; lo que, por otra parte, debe conducirnos al objetivo final de este artículo: analizar el papel del intelectual y de la Cultura en nuestro tiempo.
Él, que no era una líder político en el sentido clásico, ni tampoco un intelectual volcado en el análisis socio-político, demostró que el artista capaz de establecer el lenguaje de la política ejerce, de hecho, un gran poder. Su ingente capacidad mitopoiética hizo girar en torno a sus ideales –a su favor o en su contra- toda la vida política italiana. Supo cubrir, además, el vacío que ordinariamente se abre entre los intelectuales y las masas. En resumen, D´Annunzio va más allá del modelo de intelectual "engagé", presentándosenos como el prototipo de creador en la letra y en la acción.
Pero ¿qué lleva a un creador literario hasta la acción política revolucionaria? La Revolución Liberal (en lo político) y la Revolución Industrial (en lo económico-social) han supuesto la aparición de la sociedad de masas. Pero de masas amorfas controladas por intereses mercantiles: es la sociedad del consumismo. La literatura y el arte no han podido escapar a la lógica implacable de las leyes de la oferta y la demanda y de la máxima rentabilidad como objetivo supremo. ¿Qué arte y qué literatura suministrar a las masas? Un arte y una literatura plebeyizadas. Es el mundo del "best-seller", en el que el artista es valorado por la cotización que sus obras puedan alcanzar en una subasta, o por el número de ejemplares vendidos, independientemente de su calidad intrínseca. La comercialidad es el valor supremo. D´Annunzio se rebeló siempre contra esta perversión. En su obra literaria y en su epopeya fiumana hay un denominador común: el afán por transformar a las masas plebeyizadas del mundo contemporáneo en una comunidad orgánica de hombres y mujeres elevados por la cultura. Sólo en una sociedad donde la persona haya sido así dignificada, el poeta, el creador, podrá liberarse de la dictadura del mercader, desplegar su potencialidad creadora en vez de obsesionarse por el éxito de ventas.
Cuando, el 1 de marzo de 1938, moría Gabriele D´Annunzio, Europa perdía a uno de sus más notables creadores contemporáneos, a un apóstol de la imaginación y de la energía, a un hombre que supo entender que lo que nuestro siglo necesita es, antes que nada y por encima de todo, una Revolución Cultural.
NOTAS
(1) Son opiniones de G. Barbieri Squarotti, recogidas por Juan Arias, en "El País", 2.3.1988.
(2) No es éste un artículo donde se pretenda estudiar la obra literaria de Gabriele D´Annunzio, pero imprescindible, para una adecuada comprensión de su figura, reseñar sucintamente sus libros.
En poesía sus principales títulos son "Primo Vere" (1878), "Canto Nuovo" (1882), "Intermezzo di Rime" (1883), "La Chimera" (1885-1888), "Elegie Romane" (1887-1891), "Odi Navali" (1891-1893), "Poema Paradisíaco" (1893) y, sobre todas ellas, "Laudi del Cielo, del mare, della terra e degli Eroi" (1902-1912).
En el capítulo de teatro destacan "La Citta morta" (1898), "La Gioconda" (1899), "Francesca de Rimini" (1902), "La Nave" (1908) y "Fedra" (1909).
La novela fue el género de otras obras: "Il piacere" (1889), "Giovani Episcopo" (1892), "L´innocente" (1893), "Il triunfo della morte" (1880-1894), "Le vergini delle rocce" (1894) e "Il fuoco" (1899).
Escribió también en francés, con títilos como "La Pisanelle" y –sobre todo- la obra de teatro "Le martyre de Saint-Sebastien". Otros libros suyos son "Per la Morte di Carducci" (1907), "La Leda senza cigno" (1916), "Notturno" (1921), "Il venturiere senza aventura" (1924), "Il sudore di sangue" (1931)... Sus discursos a favor de la causa fiumana y los pronunciados en la ciudad dálmata están recogidos en "Il livro ascetico della Giovane Italia" (1926).
(3) F.T. Marinetti, "Manifiestos y textos futuristas" Ediciones del Cotal, Barcelona, 1978. Cfr. Pág. 62.
(4)Cfr. Mi artículo "Sergio Panunzio", REVISION, vol. III, nº 1.
(5) El nombre de "Oración de Quarto" deriva del lugar desde donde, en 1860, Garibaldi partió con sus "camisas rojas" hacia la conquista de Sicilia.
(6) Las arengas intervencionistas de D´Annunzio aparecen recopiladas en "Per piu grande Italia; Orazione e Messagi", 1915.
(7) La Paz entre los Imperios Centrales y las Potencias Aliadas se realizó gracias a una serie de tratados negociados y firmados en distintas localidades de los alrededores de París: Versalles (con Alemania), Saint-Germain (con Austria), Neuilly (con Bulgaria), Trianon (con Hungría) y Sevres (con Turquía).
(8) El caso de los italianos Sacco y Vanzetti fue mucho más que un ejemplo de error judicial. Acusados, juzgados y ejecutados por un delito que no habían cometido, su caso reveló la xenofobia latente en los países anglosajones contra los hombres de origen latino.
(9) Micahel A. Ledeen, "D´Annunzio a Fiume", Edizioni Laterza, Roma, 1975.
(10) Esta alusión resulta difícilmente comprensible sin conocer una peculiaridad del símbolo heráldico de la ciudad de Venecia, el león de San Marcos. Cuando la ciudad estaba en guerra el libro del Evangelio que el león lleva entre sus garras se representaba cerrado, mientras que cuando se halla en tiempo de paz el libro se representa abierto.
(11) Montello y Vittorio Veneto son los nombres de dos de las principales victorias italianas en la I Guerra Mundial. Rovigo es una ciudad del Veneto, en la carretera de Venecia a Bolonia. El "Victoria a ti, Marcos" es –de nuevo- una alusión al santo patrón de Venecia.
(12) Ledeen, op. cit.
(13) "Benoist-Mechin presente l´imagination au pouvoir ou la Constitution de Fiume" La Pensee Nationale, nº 9, noviembre-diciembre de 1975.
(14) Ledeen, op. cit.
(15) Guillaume de Ferette, "Autosie d´un itineraire politique: Gabrielle d´Annuzio",Defenese de l´Occident, nº 138 y nº 139 (marzo y junio de 1976)
(16) Ledeen, op. cit.
(17) Alusión al "Programa de los 14 puntos" del presidente Woodrow Wilson, donde se definían los objetivos norteamericanos para la postguerra.
(18) Alusión a la grave enfermedad padecida por el presidente Wilson, interpretada por D´Annunzio como un castigo divino.
(19) Enrico Malatesta fue uno de los discípulos italianos de Bakunin. "Anarcocomunista", vivió una vida revolucionaria muy agitada a partir de las insurrecciones anarquistas italianas de 1874, participando en actividades políticas revolucionarias, además de en su país, en Argentina, Francia, Gran Bretaña, EUA y España (donde organizó grupos anarquistas en Madrid y en Andalucía). Durante los primeros años del fascismo italiano editó "Pensero e volonta" (1924-1926). Murió en 1932, en Roma. Ha sido definido como uno de los mayores revolucionarios italianos de la era contemporánea. Nicola Bombacci fue otro de los grandes revolucionarios italianos de la primera mitad del siglo XX. Líder del ala "maximalista" del Partido Socialista, fue después uno de los fundadores del PCI, del cual ostentó cargos directivos hasta 1924. El aplastamiento por parte del terror estalinista de los auténticos revolucionariosbolcheviques le fue apartando del comunismo. Su acercamiento progresivo al fascismo culminó con su adhesión plena a la República Social italiana. Fue ejecutado por partisanos comunistas al final de la guerra.
(20) Carnaro es el nombre italiano de la región donde se encuentra Fiume.
(21) Las ciudades italianas del bajo Medioevo y del Renacimiento (la Florencia de los Médicis, el Milán de los Sforza, la Venecia de los Dogos, etc.) fueron siempre para el Comandante ejemplos de comunidades políticas en las que el arte y la cultura brillaron de manera inigualable.
(22) La palabra italiana "Virtu" no puede ser traducida directamente por la española "virtud" ya que implica también "valor", "carácter", "energía". Se comprende mejor por relación a la idea griega de la "arete".
(23) Estas ideas de D´Annunzio enlazan perfectamente con el modelo de análisis político de Ludwig Van Bertalanffy, la "teoría sistemática". Van Bertalanffy rechazaba la separación entre las ciencias que se ocupan de lo órganico y de lo inorgánico. Su concepto clave es el de "sistema", definido grosso modo como una unidad en la que existen fuertes tendencias que niegan la entropía del universo, o tendencia constante existente en la materia hacia el máximo grado de desorganización, como han demostrado las leyes de la termodinámica. Pero van Bertalanffy ha recordado que existen, en la materia y en las sociedades, tendencias que niegan la entropía (neguentrópicas). D´Annunzio supo captar instintivamente lo que Van Bertalanffy iba a teorizar en 1937: el doble juego de las tendencias entrópicas y las neguentrópicas existentes en toda sociedad, que tienden a equilibrarse (en un proceso de homeostasis) que mantiene la unidad.
(24) De nuevo encontramos aquí una notable anticipación dannunziana sobre la evolución del pensamiento contemporáneo. El antropólogo francés Louis Dumont, en sus libros donde ha analizado la génesis de la ideología occidental, ha llamado abrumadoramente la atención sobre el hecho de que ésta, individualista y economicista, desemboca en una sociedad donde la posesión de cosas (la "reificación" o "cosificación") se erige en valor supremo, en vez de colocarse como tal las relaciones hombre/hombre y hombre/sociedad, a través de las cuales el hombre se realiza y despliega. El crecimiento (la multiplicación de los objetos que han de ser producidos y adquiridos) prima así sobre el desarrollo orgánico de la sociedad y del hombre. Cfr. "Homo Aequalis. Génesis y apogeo de la ideología económica", Taurus.
(25) En 1923 Mussolini anexionó Fiume, lo que fue reconocido diplomáticamente por Yugoslavia en 1924. En 1944 Tito la incorporó a la República Federal de Croacia, una de las integrantes de la Federación Yugoslava.
(26) Leonardo Sciascia, "D´Annunzio, el fascismo y su eco", El País, 31.1.1988.
(27) Juan Arias, "Revisión en Italia de la figura de D´Annunzio en el 50 aniversario de su muerte", El País, 2.3.1988.
Publicado en REVISION, vol. IV, nº2, octubre 1990
Autor: Carlos Caballero Jurado