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La memoria de la Otra Europa

Ernesto Milá: Ultramemorias (Vol. I)

Ernesto Milá: Ultramemorias (Vol. I)

Infokrisis.- EMInves acaba de editar la obra de Ernesto Milà, ULTRAMEMORIAS, Volumen I, subtitulado HISTORIA PINTORESCA DE 40 AÑOS DE EXTREMA-DERECHA. La obra completa se compone de dos volúmenes (la fecha de aparición del Volumen II está establecida para el 15 de septiembre de 2011).Se ha intentado evitar que esta obra fuera otra "historia" de la extrema-derecha en los últimos 40 años y se ha optado por dar unas pinceladas suficientes para describir cómo fue aquel tiempo y cuál fue el papel que le tocó representar a la extrema-derecha. Se desvelan algunos misterios de la época (el origen del terrorismo ultra, aspectos del 23-F) y se explica, finalmente, por qué fracasó todo un ambiente político que no supo adaptarse al tiempo que se aproximaba. Se trata de un testimonio personal, pero también supone la descripción de una época y de las ilusiones que pudieron ser y no fueron. El estilo es frecuentemente irónico, con pinceladas de humor, pero no se olvida el rigor en las explicaciones de las situaciones y en la descripción de los personajes. A pesar de tratarse de "memorias", el autor ha procurado no hablar solamente de sí mismo, sino, como puede leerse en el subtítulo, de un "fresco pintoresco de 40 años de extrema-derecha".
 
Descripción de la obra:
- Tamaño: 15 x 23 cm
- Páginas:  360 páginas
- Portada: peliculada
 
Precio de venta al público:
- 22,00 euros + 3,00 euros de gastos de envío
- Descuentos del 50% por compras de más de 9 ejemplares
Pedidos:  - eminves@gmail.com
 
INDICE DEL VOLUMEN I
Prefacio e intención         
 
Introducción
Recordando a Enzo desesperadamente         
Capítulo I
Falangistas valerosos        
Pinceladas de la época          
Una Guardia de Franco suicida        
Un juicio crítico rápido sobre el franquismo        
Un aparte sobre la izquierda falangista         6
La izquierda falangista y la anarquía        
Stanley Payne desmoralizando a intelectuales azules        
En el Círculo Doctrinal José Antonio      
Miserias del “hedillismo”        
Últimos coletazos del mundo falangista         

Capítulo II
Detenciones, cárcel, exilio          

En primera plana a mi pesar...        
Detenido en Montparnasse       
En la prisión parisina de La Santé        
Allí donde empezaron mis problemas: Barcelona 1971        
Camino del exilio        

Capítulo III
Intrahistoria ultra en el arranque de la transición        

En Fuerza Nueva       
Montejurra 76 dentro de la recomposición de la ultra       
Era jueves y la tarde había caído en las Ramblas...        
Las “fuerzas nacionales” frente a la transición        
Otro paréntesis sobre “Pertur”        
El falso diario de Argala. Así funcionaba el SEDEC        
Pequeña introducción al golpismo y a los golpeteros        
El I Congreso de Fuerza Nueva        
La irrelevante levedad del Frente Nacional de la Juventud       
Un par de provocadores        
El nacimiento del Frente Nacional de la Juventud        
Un mal giro en el Caso Papus       
El día a día activista del FNJ       
Diseñando la estrategia de la ultraderecha        
Desfile de ultras extranjeros por Barcelona        
Con el “jefe del Estado Mayor del gobierno italiano en el exilio”...        
París, la interminable        
Una zona del París mágico       
Golpistas de opereta y cursillos de pichiglás        
La muerte del FNJ, como su vida: aburrida y sin historia        

Capítulo IV
El Frente de la Juventud y el atajo golpista (1ª Parte)      

¿Qué fue la transición?       
Hybris activista       
Algunas pinceladas previas sobre el Frente de la Juventud       
El membrillo que llevó a la crisis       
Los alegres muchachos y muchachas del Frente de la Juventud       

Plan de la obra: Volumen II

Capítulo IV. El Frente de la Juventud y el atajo golpista (2ª Parte)

Capítulo V. 23–F, el fin de la transición
Capítulo VI.Lo que quedó de la ultraderecha
 
Capítulo VII. Tipologías insólitas
1. El camarada alcoholizado
2. El camarada delincuente
3. El camarada maricón
4. El camarada chivato
5. Los odiadores

Capítulo VIII. Vida sexual de la ultra 

Coda

Anexo: Psicopatología de la ultraderecha

 

Fuente: Infokrisis

Hess: Ni el odio ni la mentira podrán borrar nuestra memoria

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Rafael Garcia Serrano y el cine (IV): Los ojos perdidos

Rafael Garcia Serrano y el cine (IV): Los ojos perdidos

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Cine: El otro árbol de guernica

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Giménez Caballero: Carta a un compañero de la Joven España (1929)

Giménez Caballero: Carta a un compañero de la Joven España (1929)

Corrigiendo las últimas pruebas de este libro, architaliano, de Curzio Malaparte {(1) «En torno al casticismo de España». Prólogo y traducción de E. Giménez Caballero, Caro Raggio, editor.}, me llega una carta desde Goteborg, desde archiescandinavia. La carta es de un muchacho español como yo, que ha sido estudiante de letras como yo, embebido de tradición germanizante y occidental como yo, soldado como yo, lector universitario en una región nórdica de Europa como yo, y que se ha encontrado de pronto –en la vuelta fatal de nuestra generación– a Italia: como yo.

«Estoy atravesando la crisis del lector, españolizándome y sintiéndome cada vez más desinteresado de lo que no es español. Está aquí de lector de italiano Ercole Reggio, discípulo de Giovanni Gentile, con no sé qué cargo en el Instituto que le invitó a usted a conferenciar en Roma. Me está saturando de fascismo de buena ley. ¿No puede La Gaceta Literaria empujar en este movimiento de Sur contra Norte? Conviene llamar la atención de la gente hacia Italia. ¿Por qué no publicar en las ediciones de La Gaceta una traducción de Italia contra Europa, de Malaparte? Yo podría hacerla, y ponerla un prólogo. También convendría poner en español algunos estudios cortos de G. Volpe, el historiador; buenos ejemplos de historia en marcha, llena de vida. En España estamos perdidos. No interesa la historia ni la política. Yo fui de los que dijeron «no» en una encuesta de usted sobre política, hace un año. Y hoy diría «si». No a lo presente, claro, sino a lo que vendrá si nosotros sembramos... ¿Cuándo tendremos nosotros una España contra Europa?»

La contestación a esta carta, trémula de clarividencias inquietas, parida entre hielos y dolicocéfalos rubios, con una fiebre contenida, que es el mejor signo de los auténticos movimientos de generaciones nuevas, quiero verificarla en este prólogo mío, que hoy es una simple epístola sincrónica a un camarada lejano; pero que mañana pudiera ser una manifestación para muchos camaradas circuntornados.

Esa crisis del lector español –asaeteado de derrotas y pesimismos españoles, por una herencia, atroz, tres siglos, de criticismos, de dudas, de desconfiamos y de cobardías– la he sentido yo. No digo como nadie: sí como el que más. Ahí está, en un cajón, el libro mío que reflejó esa crisis –crisis que aún me persiste, y en la que debato mis horas más agudas. Un libro titulado El Fermento, novela autobiográfica del lector español, del pensionado español, del español que va a Europa, en misión patria, para reportar la levadura, el fermento europeo que habría de regenerarnos. Recuerdo que este libro, escrito de un tirón, tras mi primero, Notas marruecas de un soldado, se lo ofrecí una remota tarde a Pío Baroja, en la misma imprenta donde va a salir este prólogo. Baroja me dio una evasiva, sin verlo. Yo lo arrojé a una. esquina de mi estancia, y ahí está, sin moverse. Quizá ya para nunca.

Pero me puse a vivir y a actuar con la substancia de aquel libro. Por matrimonio, por lazo de sangre, corté amarras con el Norte. Por literatura, no cesé de bogar y bracear –nadador en campeonato único– hasta que logré un periódico como cualquiera de eso que se venía llamando Europa, hasta que logré que eso que se venía llamando Europa, me llamase a mí, no a recibir, sino a ofrecer. Como a un cualquier conferenciante de una cualquier alta cultura europea. No como al suramericano para mediatizarle con una beca, para sugerirle motivos de un libro galicista, anglosajonista o italicista, sino como a un español que tenía detrás de sí espíritu bastante para no aceptar ningún préstamo, si no lo deseaba. Que tenía, entre otras cosas, detrás de sí –querido camarada de Goteborg– una España contra Europa en la historia y en la literatura. Antes que Italia. Antes de que usted o yo pudiéramos pensar en traducir el libro de Malaparte, la Italia contra Europa, antes de que la palabra fascio irradiase sus divergencias por la nueva historia europea de la trasguerra.

Nudo y haz; Fascio: haz. O sea nuestro siglo XV, el emblema de nuestros católicos y españoles reyes, la reunión de todos nuestros haces hispánicos, sin mezclas de Austrias ni Borbones, de Alemanias, Inglaterras, ni Francias; con Cortes, pero sin parlamentarismos; con libertades, pero sin liberalismos; con santas hermandades, pero sin somatenismos.

Nodo, culmen, haz. Ya vio este fascismo Unamuno: «aquel culmen del proceso histórico de España, aquel nodo en que convergieron los haces del pasado para divergir de allí.»

¿Cuáles, los haces españoles de hoy? ¿Dónde? Sin duda era imposible hoy –todavía– la vuelta a ejecutar el nudo hispánico, porque apenas existían las divergencias, los haces. Por eso es un error decisivo considerar la situación actual de España como fascista.

Situación defensiva más que agresiva. De policía severa más que de irrespetuosos condotieros, de aventureros terribles, de infanzones arriscados.

Desde luego tiene razón Ortega y Gasset, al soñar que son precisas todas las divergencias previas, todos los regionalismos preliminares, todos los separatismos –sin asustarnos de esta palabra–, para poder tener un verdadero día el nodo central, un motivo de hacinamiento, de fascismo hispánico.

Por nubarrones disgregadores que anublen el horizonte, ningún patriota sincero deberá temer que nos arranque alguien nuestro yo.

Antes que Ortega –propulsor de las grandes comarcas– ya vio, también esto, Unamuno, al considerar los brotes de divergencias peninsulares. «No tienen otro sentido hondo los pruritos de regionalismo, más vivaces cada día, pruritos que siente Castilla misma; son síntomas del proceso de españolización de España, son prodromos de la honda labor de unificación. Y toda unificación procede al compás de la diferenciación interna y el compás de la sumisión, del conjunto todo, a una unidad superior a él.»

Eran débiles aún los disturbios, las divergencias, anteriores al 13 de Septiembre de 1923, en España. Reflejos, más que procesos. Retruques, más que golpes directos. Agracidad, más que madurez, sin bastante sentido nacional y radical aún.

Compárese la España multiforme del Cuatrocientos, la España prehacista, rica en partidismos, en feudalismos, en separatismos, en «Españas diversas y contrarias» –y esta España del novecientos, uniformada, provincial, centralista (no centralizada)– y se verá la diferencia de posibilidades duraderas.

Compárese tal misma España provincial y la Italia prefascista, y se verá que aquélla era un sueño gris, con despertares iluminados y subitáneos, que se apagaban y realumbraban breves momentos, mientras ésta –la Italia, anterior al Cisneros italiano, que es Mussolini– era un hervidero de ansias, de fascios, de haces, de minorías y estados, de tendencias unitarias, nunca bien conseguidas: un hervidero de risorgimento. Un risorgimento preparado por intelectuales, profesores, estudiantes, viejos republicanos, facciosos y garibaldinos, por gentes ilustres y conscientes, que en un momento dado supieron fundir todas sus ideologías oficiales y dispares en una sola –y única– entrañable.

¿Dónde han estado nuestro D’Annunzio, nuestro De Sanctis, nuestro Croce, nuestro Rajna, nuestro D’Ovidio, nuestro Corradini, nuestro Marinetti, nuestro Bontempelli, nuestro Missiroli, nuestro Gentile, nuestro Pirandello?

Pues sencillamente: han estado... aparte. Porque existían. Porque existen. Sustituyamos nombres y veremos que frente a Rajna o D’Ovidio, hay un Menéndez Pidal, creador de nuestra épica nacionalista; frente a Croce o Missiroli, hay un Ortega, creador de nuestra Idea nazionale; un D’Ors, amante de la Unidad; frente a D’Annunzio, Marinetti y Bontempelli, un Gómez de la Serna, creador del sentido latino y modernísimo de España, straccittadino y strapaesano a un tiempo; frente a Pirandello, un Baroja, un «Azorín», regionalistas como punto de partida en su obra y elevadores del conocimiento nacional de una tierra, creadores de anchos espejos; frente a Gentile, un Luzuriaga, en posibilidad de experimentos enérgicos, de instrucción... Frente a tantos otros, ilustres hacedores de nuestra Italia, un Maeztu, o un Araquistain, un Marañón, un Zulueta, un Sangróniz, un Castro, un Salaverría; &c. Y frente a Malaparte... Pero, ¿por qué frente a Malaparte? Malaparte detrás de él, siguiéndolo con respeto en muchas de sus afirmaciones. Delante de Malaparte, Miguel de Unamuno.

No en vano he titulado esta traducción –querido camarada, de Goteborg–, «En torno al casticismo... de Italia». Un título unamunesco. Por no hacerla aparecer con el titulo francés de L’Italie contre l’Europe... Otro título unamunesco también. Porque así como antes de que el fascismo de hoy surgiese en Italia hubo el hacismo de la España cuatrocentista, del mismo modo: antes de que Malaparte pensara su Italia contra Europa, pensó Unamuno su España contra Europa.

¡Qué gran asombro el mío al llegar a Roma –esa Roma tan absolutamente ignorada por mí, por nosotros, por toda una España de tres siglos– y encontrarme en aquella estancia de la vía Sixtina, despachito de La Voce, un fiero fascista –rodeado de señales de luchas y agresiones, espadas de esgrima, revólveres, piolets de montaña y alpe– que me pregunta como primera, única e interesante cosa: ¿E il vostro Unamuno? ¿Y sus grandes ensayos sobre vuestro casticismo?

Aquel fiero fascista joven era Curzio Malaparte, que sabía, antes de escribir sus piezas de política bélica, nacional y religiosa, existente en España, un espíritu, un alto espíritu, que se había propuesto las mismas radicales cuestiones suyas: «No europeizar a España, españolizar a Europa», «no Norte contra Sur, sino Sur contra Norte»; «bien, abrir todas las ventanas a los vientos europeos, pero retorno al chapuzón de lo castizo, de la intra-historia, de la tradición, de la humanidad oceánica, silenciosa y eterna de España» . «Alerta a vidas como la de Loyola».

Casticismo, bárbaro septentrión, civilizadísimos, Loyola, catolicismo, contrarreforma: todos términos existentes en los ensayos de Unamuno y que luego reaparecerían, por analogía o sincronismo, en la prosa heráclida de Curzio Malaparte.

¡Qué tragedia, y qué error esta bipartición triste de España en los de acá y los de allá! No ver, los que se llaman de Unión Patriótica, en esos que se llaman liberales, latente una gran España, una sacra continuidad, no por ser liberales, sino por soñar con amor, fervor y conocimiento, en una España abierta. Una stracittá. Y no ver los que se llaman liberales que –en muchos de éstos que se llaman de Unión Patriótica– puede existir un fondo sano y rudo y eterno de casticismo, de mantillo terruñero, de autoctonía sagrada, de España cerrada. Un Strapaese.

He ahí la fórmula del patriotismo exacto dada por el mismo Unamuno: «El desarrollo del amor al campanario sólo es fecundo y sano cuando va de par con el desarrollo del amor a la patria universal humana; de la fusión de estos dos amores, sensitivo sobre todo el uno, y el otro sobre todo intelectual, brota el verdadero amor patrio».

Y en otro lugar: «El regionalismo y el cosmopolitismo, son dos aspectos de una misma idea, y los sostenes del verdadero patriotismo; que todo cuerpo se sostiene del juego de la presión externa con la tensión interna».

Por consiguiente –hoy– en España: ningún miedo a la corriente cosmopolita de Moscú; ningún miedo tampoco a la corriente casticista de Roma. Ninguna de las dos nos arrancarán nuestro yo. Sino que lo fortificarán, lo revelarán. En el siglo XV, nuestro hacismo, se forjó al compás de esas dos mismas corrientes: por un lado, el franciscanismo comunista y universal; por otro lado, la expulsión del infiel, del moro. Abrir España con San Francisco. Cerrar España con Santiago.

El resultado fueron nuestros fascistas, que se llamaron exactamente; comuneros.

¡Los comuneros, sí; los seguidores de reyes españoles auténticos, de reyes naturales, los que dieron su cuello por defender la entrada de alemanes, franceses y holandeses! Por defender a España de eso que bajo el nombre de luteranismo, reforma, enciclopedismo, liberalismo, democracia, socialismo –en suma– nordismo, iba a sepultar para siglos en la decadencia y la abyección, a la comunísima y universalísima y catolicísima España, hacedora de la primera nación de Europa, inauguradora de Europa –conquistadora, en nombre de la Europa de entonces que era España –de todo eso que se llama hoy Nuevo Mundo, país del progreso y de la civilización.

El mérito de Malaparte en Italia ha consistido en señalar, sin vacilaciones, una vía de conducta que en España ya había señalado Unamuno, con vacilación.

La salvación de Italia –dice Malaparte– está en la Contrarreforma: en depurar y expulsar todo el espíritu enemigo de la Reforma, que toma aspecto religioso porque es, en el fondo, profundamente político.

Donde Malaparte dice: «espíritu de la Reforma», hay que traducir tres naciones: Francia, Inglaterra, Alemania. O sean tres vencedores por tres siglos de España e Italia.

¿Cómo es –se pregunta Malaparte, crispado– una España e Italia, estos dos países civilizados hasta la Reforma, son, a partir de la Reforma, los países bárbaros, los trogloditas, y los otros, los auténticamente bárbaros, pasan a ser los civilizadísimos? ¿No habrá en el fondo de esa subversión una simple falta de verdad, una treta política, lanzada intencionadamente por los vencedores?

Nada de asimilaciones –reafirma bravamente Malaparte–. Nada de europeizaciones de Italia y de España. Italia, como España y como Rusia, son inaptas, por naturaleza, para asimilar el espíritu nórdico y occidental, se traicionarían, se perderían irremisiblemente. Nada de pasar por la vergüenza de una Reforma, de un Liberalismo, de una Democracia: formas nórdicas y occidentales que repugnan a nuestra íntima constitución.

Italia, contra Europa. España, contra Europa. Rusia, contra Europa. Y en eso estarán sus funciones esencialmente europeas.

 Yo sé que ha de causar escándalo en nuestros inmediatos antepasados –querido camarada de Goteborg– el que nosotros, como saliendo de un sueño de tres siglos, tornemos las miradas del Norte y del Occidente –ídolos de otras generaciones–, tendiéndolas decididos al Sur y al Oriente. Las dos vías eternas y auténticas de la auténtica y eterna España. Porque Moscú –hoy– pudiera ser para nosotros el Monte Carmelo de ayer, el fermento cristiano, oriental, que hará falta siempre a España para activar su circulación. Santa Teresa y San Juan de la Cruz, al atacar al luterano, a Europa, tuvieron más de comunistas cristianos que de otra cosa.

El nihilismo ortodoxo de San Juan de la Cruz, la fe en la noche oscura del alma, fue algo como genuinamente ruso de España. Si España acierta a ver en Rusia lo que Rusia trae de cristiano y de universal y separarlo de lo que trae de judaico y anticristo –no tiene por qué temerla.

Del mismo modo, en la Roma de hoy puede alentar el espíritu castizo de San Ignacio. Malaparte, a quien únicamente compara con Loyola, es a Mussolini. Contrarreforma.

Loyola, el castizo pariente de Unamuno, el venerable sueño de Unamuno, el del chaleco negro, cerrado y loba blanca, el primer hacista o fascista en lucha contra Norte y Occidente.

Causará escándalo que nosotros descubramos a Italia –querido compañero–. Esa Italia mediterránea, ridícula, fracasada y superficial, de nuestros mayores. Esa Italia que sólo conocíamos por el bel canto y la filología románica. Como la hubiera podido conocer un escandinavo. ¡Nosotros españoles, nosotros que hablamos romano, que surgimos de la barbarie ibera, gracias a Roma, que dimos a Séneca y Lucano y a San Isidoro, que aprendimos a hacer versos corteses en Lombardía, que aprendimos humanismo en Nápoles, en Bolonia, y guerras en el Milanesado, que produjimos a Góngora, la esencia máxima del cultismo latino... en el preciso momento –ese, de Góngora– en que la Reforma –los nórdicos y los occidentales– intervenían en nuestra amistad y relación, en nuestro nodo mediterráneo, separándonos y extrañándonos para tres siglos, haciéndonos que sólo nos encontrásemos –españoles e italianos– en un común desprecio de aldea natal y alabanza de corte europea.

¡No somos europeos, no somos europeos! –hemos plañido lacrimosamente, durante tres siglos, españoles e italianos. ¡Pobres italianos! –decían los españoles, riéndose–. ¡Pobres españoles! –exclamaban riéndose los italianos–. Y se despreciaban ferozmente.

Pero, entre tanto, españoles e italianos, querían españolizar e italianizar Suramérica, la América latina.

Grandmontagne me decía una noche en San Sebastián: «Yo tengo en mi casa un colchón para tumbarme a patalear de risa cuando oigo que quieren aquí europeizar a España y españolizar allí a América».

Sólo nosotros –querido camarada de Goteborg– podemos empezar ya a darnos cuenta del porvenir de eso que se ha llamado el hispanoamericanismo, o el latinoamericanismo, o el iberoamericanismo.

¡Qué terminachos esos! ¡Qué cosa absurda esa! ¡Qué imperialismo pobre y fantástico ese!

Términos que respondían y responden a una España, a una Italia, a un Portugal, vueltos por tres siglos a Europa, dominados y gozados tres siglos por Europa, y que creyeron llegada su hora ecuménica en el momento de saberse bien la lección nórdica y occidental.

Mientras nosotros estemos pendientes del «espíritu de la Reforma», como diría Malaparte (de Francia, Inglaterra, Alemania), ¿cómo vamos a pretender que los suramericanos, descendientes nuestros, estén pendientes de nosotros y no de Norteamérica, donde alienta con multiplicada fuerza el «espíritu de la Reforma», el espirita de Francia, Inglaterra y Alemania? A una España que sólo cree en la cultura nórdica, ¿cómo va a responder sinceramente una América que crea en una cultura del Sur, en una cultura española?

Mientras nosotros estemos pendientes del último libro francés, o inglés, o alemán, ¿cómo vamos a pretender que Portugal nos mire con respeto, y que Gibraltar deje de ser un quiste?

Mientras nosotros –los colonizadores de América– estemos pendientes de los métodos colonistas de Llautey, ¿cómo vamos a resolver con grandeza el problema de Marruecos, de África?

Si Méjico va significando algo frente a Yankilandia, es porque en Méjico no hacen ya caso de meridianos, y potencian por vía rusa o india la esencia cristiana, humana, universal que llevan en la sangre hispánica de sus venas.

Nuestra generación tiene una enorme misión, querido camarada. Quizá una ingratísima misión. Volver proas y tajar mares. Atravesar tormentas, odios, incomprensiones y bajezas. Rectificar brújulas. Y doblar cabos de buenas esperanzas.

Nuestra hora no es de hoy ni de mañana.

Hoy no seríamos comprendidos y atendidos en esta unidad, aún no natural en nuestro país. Forzada.

Mañana, la reacción liberalizante, tampoco nos comprenderá ni nos atenderá. Pero las vías están abiertas. Las rutas, señaladas. Vengan subversiones, desmembramientos inquietudes, conmociones, luchas.

Nuestro espíritu español, archiespañol, de hacistas, de comuneros futuros, está ya vigilante y no morirá. Resucitará magnifico en venideras generaciones, en un porvenir otra vez ecuménico y humano.

Entretanto, ábrannos brechas, preparemos haces, flechas, nodos. Traduzcamos, prediquemos, estudiemos. Conozcamos a fondo, bien a fondo, ahí en el Norte y Occidente, los escondrijos del enemigo.

Yo, director y fundador de La Gaceta Literaria, no he querido infiltrar de ninguna, otra política que la purísima de la cultura, esta publicación honesta, generosa, estrictamente literaria, que siendo universalista es también peninsular. Y por eso este libro sale fuera de sus ediciones, a una editorial libre.

Pero no hay que olvidar –querido camarada de Goteborg– que si usted fue uno de los jóvenes que hoy se arrepienten de haber dicho no a la política, yo fui el único en aquella famosa encuesta que no dijo su palabra.

Hoy exclamo mi sí rotundo fuera de mi periódico, sin dañarlo, respetándolo amorosamente. Yo, escritor que ama la literatura, pura, por misticismo profesional. Pero que antes, como Curzio Malaparte –camarada sincrónico italiano– intervine en guerra, me intervino la justicia y el rigor de aquellos que se llamaban liberales, por creerme derrotista, cuando no hacía mis Notas marruecas sino lo que Curzio Malaparte en su Rivolta dei santi maledetti: cantar la infantería proletaria, cantar el primer fascismo, el que abominaba de una era histórica, liberalizante, corroída, irresoluta, bellaca, de verdadero antiguo régimen europeo.

Y convocar a todos los jóvenes espíritus de nuestro país para preparar el resurgimiento hispánico –nuestro risorgimento–, aprovechando todas las fuerzas auténticas del pasado y porvenir. No las falaces, las que pasarán como pasa –y cuando pasa– la vida de un hombre.

Que esta epístola a usted –amigo y compañero de Goteborg–, además de servir de prólogo a Curzio Malaparte, sirva de algo más; de carta ancha, magna, para los jóvenes muchachos españoles que quieran pasar por ella su conciencia en madrugada.

Fuente

Revista Vertice (1937-1946)

Revista Vertice (1937-1946)

Con fecha «abril 1937» se publicó en Guipúzcoa («en los talleres de la Excma. Diputación de Guipúzcoa, en la ’Nueva Editorial S. A.’, Casa Navarro y del Teso y en la ’Editorial Itxaropena’ de Zarauz») el primer número de Vértice, revista nacional de la Falange. Gran formato (355×280mm), magníficos papeles y cartulinas, impresión de lujo, subido precio («3 ptas. el ejemplar»), cuidados fotograbados, más de ciento veinte páginas (sin numerar), buena parte de ellas ocupadas por anuncios que buscaban mostrar actividad económica y apoyos empresariales, fotografías, dibujos a todo color, mapas, partituras, textos de Federico de Urrutia, Dionisio Ridruejo, Carmen de Icaza, Martín Almagro, José María Usandizaga, Benito Perojo... hasta una traducción de Aldous Huxley, &c., ofrecía, tras el Sumario, tres páginas de retratos donde, a toda plana, aparecen José Antonio, el Generalísimo y Manuel Hedilla. Primer plano del rostro del Ausente, ligeramente desenfoncado, y sobreimpreso con grandes tipos: «JOSÉ ANTONIO». Franco, montado sobre su caballo, en fotografía con dedicatoria autógrafa, fechada dos meses antes: «A la revista Vértice, Francisco Franco. Salamanca, 7-2-937», y el pie «El Excmo. Sr. D. Francisco Franco Bahamonde, Jefe del Estado español y Generalísimo de los Ejércitos Azules de Tierra, Mar y Aire, que desde hace nueve meses combaten por España, contra las fuerzas internacionales de la anti-patria». Manuel Hedilla, primer plano de su rostro, de perfil, con el yugo y las flechas de fondo, y dedicatoria autógrafa: «Para la revista ’Vértice’ a la que deseo un gran futuro. ’Arriba España’. M. Hedilla», y un sobrio pie, «Manuel Hedilla». La cubierta es una magnífica acuarela de Carlos Sáenz de Tejada: tres blancas palomas de la Paz revolotean entre banderas: la bicolor de España, la de Falange con el yugo y las flechas de las JONS, la roja de Alemania con su cruz gamada nazi, la real de Italia con la cruz blanca sobre fondo rojo de la casa de Saboya, la de Portugal; banderas portadas triunfantes por uniformados sin armas, uno de ellos muestra la rama de olivo símbolo de la Victoria y de la vida, hasta se adivina un turbante moro en uno de los abanderados...

Pero mientras en Guipúzcoa se ultimaba la impresión de este primer número de Vértice, en Salamanca se producían acontecimientos determinantes para el curso de la guerra de España, al acumular Franco la jefatura del Partido a la del Estado: el día 18 de abril se reunía el III Consejo Nacional de Falange, que ratificaba como Jefe Nacional y sucesor de José Antonio, fusilado cinco meses antes, al austero Manuel Hedilla... mientras Ernesto Giménez Caballero redactaba a toda prisa el Decreto de unificación, que firmaba Franco el día 19 y era publicado por el Boletín Oficial del Estado de 20 de abril de 1937, disponiendo que Falange Española y Requetés se integren, bajo la Jefatura de S. E. el Jefe del Estado, en una sola entidad política, de carácter nacional, que se denominará «Falange Española Tradicionalista de las JONS» quedando disueltas las demás organizaciones y partidos políticos. Manuel Hedilla, Martín Almagro y otros falangistas fueron detenidos; Hedilla fue condenado a muerte, y aunque se le indultó, quedó apartado entonces de la vida pública. Vértice tuvo que añadir tras la cubierta, al encuadernar su primer número, media página vertical con el siguiente texto: «¡¡muy importante!! Las disposiciones recientísimas del Jefe del Estado unificando a la Falange y al Requeté, que habrán conmovido a todo el ámbito nacional en un profundo sentimiento de españolismo, nos han sorprendido con el primer número de Vértice a punto de salir a la calle. Y como el proceso de tirada de las portadas en color es muy duradero y complicado, no nos es posible preparar otras cubiertas ateniéndonos a las últimas órdenes que regulan los subtítitulos de las revistas o periódicos españoles. La primera y segunda portada están ya tiradas por entrar en máquina juntas, por lo que esperamos de las autoridades militares y del público en general nos perdonen esta aparente infracción en gracia al volumen y esfuerzo enorme que supone haber creado una revista como Vértice que no puede improvisarse y que ofrecemos emocionados a la consideración de todos nuestros compatriotas. Vértice es ya y será siempre la gran revista nacional, honra y orgullo de nuestra nueva España.» Y así, con Hedilla detenido, se difundió el número primero de Vértice, con su retrato como segunda jerarquía viva del sistema... y es que la foto de Manuel Hedilla no podía arrancarse sin más, pues ocupa el verso de la misma hoja que en su recto soporta el retrato del Jefe del Estado jinete, recien elevado a la jefatura de la nueva Falange Española Tradicionalista de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalistas.

El número 2 de Vértice, mayo de 1937, todavía ofrece en su cubierta como subtítulo: «Revista Nacional de la Falange», aunque impresa en tinta roja, a la izquierda del Sumario, la página titulada «la revista habla» repite explicación: «Recordamos que como el proceso de tirada de las portadas en color de Vértice es muy duradero y complicado, no nos fue posible preparar otras cubiertas que se atuvieran a las últimas órdenes que regulan los subtítulos de las revistas o periódicos españoles. Del mismo modo que la primera, la segunda portada de la revista estaba ya tirada, por lo que, como ya dijimos, esperamos de las autoridades y del público nos perdonen esta aparente infracción, que quedará subsanada a partir de nuestro tercer número, correspondiente al mes de Junio». En efecto, la cubierta del número 3 de Vértice ya pregona: «Revista Nacional de la Falange Española Tradicionalista y de las J. O. N. S.», y en su interior se justifica el retraso de unos días en la aparición del número por la «espera obligada para recoger una completa información gráfica de la toma de Bilbao y una avería reciente en el suministro de fluido eléctrico». Aunque el número 4 prescinde en su cubierta de todo subtítulo, quizá para que mejor destaque sobre el fondo negro el dibujo de un casco de acero y la dedicatoria en letras rojas del que se presenta como número extraordinario (julio-agosto 1937, 6 pesetas): «Al Ejército.» Los retrasos obligan a tachar en la cubierta del número 5, que recupera el subtítulo ampliado, el nombre del mes de agosto, y en la página interior dedicada al Sumario se hace figurar que corresponde a los meses de «Septiembre-octubre del año 1937, II Año Triunfal»; éste Sumario destaca ahora un nombre: «Confeccionador: Tono.» Responsabilidad que en el número siguiente, el 6 (noviembre 1937), queda redefinida: «Dirección artística: Tono.» Los retrasos y dificultades se resuelven con otro número extraordinario, el 7-8 (diciembre de 1937 y enero de 1938), aunque Vértice no puede aparecer ni en febrero ni en marzo de 1938.

El número 9 (abril de 1938) hace figurar un nuevo nombre: «Director: Manuel Halcón. Dirección artística: Tono», e informa a los lectores que la revista utiliza ahora papel español, y que su precio sube de 3 a 4 pesetas: «Vértice a sus lectores. Nuevamente Vértice asoma en estas líneas su inquietud de superación. Como así prometió a sus lectores en el primer número, ni hemos regateado esfuerzos, ni hemos reparado en sacrificios, para lograr que la Revista Nacional de la Falange, llegara a ser el exponente digno de nuestra Prensa y de nuestra Cultura. Ya allí anunciábamos, como una de las deficiencias que estaba en nuestro propósito el subsanar, que el papel empleado en aquellos números, sería sustituido por otro superior, vencidas las dificultades que entonces se nos oponían y cuando éste pudiera ser adquirido sin recurrir a la importación del extranjero. Desde ahora, Vértice aparecerá, editado con papel ’couché’ fabricado especialmente por ’La Papelera Española’, y su precio será de cuatro pesetas. Esperamos que el público acogerá con satisfacción esta diferencia de precio ampliamente compensada, orgullosos todos los españoles de que la Revista Nacional de F. E. T. y de las JONS, haga llegar nuestra voz a todos los rincones del mundo, en un marco y en una tribuna, digna de la Nueva España de Franco. ¡Arriba España!» El último número de 1938 (el 17, diciembre), es también el último en el que figura Tono a cargo de la dirección artística (es decir, el fecundo dibujante y escritor Antonio Lara de Gavilán, Jaén 1896-Madrid 1978).

Manuel Halcón Villalón-Daoiz (Sevilla 1900-Madrid 1989) siguió dirigiendo Vértice durante todo 1939, el «Año de la Victoria», una vez terminada la guerra el 1º de abril de 1939 (los números 18, 19 y 20, de enero, febrero y marzo, hacen figurar: «III Año Triunfal»; a partir del nº 21, abril de 1939: «Año de la Victoria»). El último número de 1939 (el 27, noviembre-diciembre) informa del nuevo domicilio de Vértice, que se ha trasladado de San Sebastián a Madrid (Avenida de José Antonio, nº 62).

En el primer número de 1940 (el 28, impreso en Sucesores de Rivadeneyra, Madrid), figura ya el nombre del nuevo director de Vértice, Samuel Ros (Valencia 1904-Madrid 1945), quien sigue en el puesto en el último número del siguiente año (50-51, noviembre-diciembre 1941). Vértice se mantuvo hasta que la Delegación de Prensa y Propaganda de la F.E.T. y de las J.O.N.S. decidió dejar de publicarla, a principios de 1946, número 83. Contó la revista con varios suplementos, números dobles y extraordinarios.

Fuente

Así fue posible… Antecedentes de la II Guerra Mundial

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Cine: Tasio (1984)

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