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La memoria de la Otra Europa

Adriano Romualdi: El Fascismo

Adriano Romualdi: El Fascismo

En esta posguerra dentro del campo de la Derecha han aparecido innumerables evocaciones del Fascismo y de sus hombres. Se trata casi siempre de publicaciones de gusto oleográfico y sentimental que exaltan el Fascismo como un mito sin discutir las ideas con seriedad y profundidad. El valor de este nuevo libro podría por ello consistir sólo en esto: ser el primer libro italiano, en el que, partiendo de posiciones rigurosamente de Derecha, si hace un análisis crítico del fenómeno del Fascismo. El libro tiene tanto más valor en cuanto el autor es Evola, es decir el único autor de la Derecha italiana de proporciones europeas del que recientemente ha a aparecido en Francia la traducción de Cabalgar el Tigre y de Los hombres y las ruinas.

El punto de vista de Evola, aquél desde el que traza su análisis, es el de la Derecha. No la derecha económica o la derecha sentimental, ésa de los intereses o de las nostalgias, sino la pura Derecha como principio político que, con su estructura autoritaria, jerárquica, aristocrática ha inspirado a los Estados de la civilización europea tradicional. Es con el metro de esta Derecha con el que Evola mide el Fascismo distinguiendo lo que en el mismo es correcoto y lo que en cambio no.

Es necesario decir enseguida que la valoración de conjunto es positiva. Evola reivindica al Fascismo el mérito de haber reafirmado la idea de Estado en una época en la que sólo se tiene en cuenta a la sociedad, el pueblo, el número; de haber contrapuesto el puro principio político a las instancias económico-sociales; de haber exaltado la función de las minorías heroicas contra las masas brutas y vociferantes. En los orígenes el Fascismo se sumerge todavía en la confusión ideológica. El intervencionismo en la Primera Guerra Mundial, en el que el Fascismo tiene su origen, presenta escorias libertarias, jacobinas, masónicas. Pero del intervencionismo surgirá la generación del frente con su renovado culto a la disciplina, a la autoridad del honor guerrero. También la otra fuente originaria del Fascismo, el nacionalismo, tenía evidentes taras populistas. Pero también eso será purificado en la experiencia fascista donde la nación no es sentida como la masa del pueblo, sino por el contrario como cualidad étnica y orgánica. Al final de esta “depuración” del nacionalismo Mussolini podrá escribir que “no es la nación la que crea el Estado sino que es el Estado el que crea la nación”.

Por lo demás, el nacionalismo está completamente superado en el mito imperial del Fascismo. Pues, reivindicando su derecho a guiar no sólo a pueblos no europeos (los abisinios), sino también a pueblos europeos (los albaneses, los croatas, los montenegrinos, los griegos), se proyectaba más allá de las limitaciones del nacionalismo dieciochesco. El Nuevo Orden europeo, encabezado por Italia y Alemania se proponía como un orden supranacional instituido por naciones imperiales. En aquellos años Evola escribía: “Es necesario ir más allá de un internacionalismo destructor y de un nacionalismo patriótico porque la concepción de Imperio o de Reich, está más allá de lo uno y de lo otro, si se conecta con la idea de una raza capaz de crear y dirigir una unidad jerárquica superior en la cual las unidades particulares técnica y nacionalmente definidas no sean disueltas en sus caracteres específicos, sino llevadas a participar en un más elevado nivel espiritual”. El Fascismo elige como símbolo de su vocación imperial la imagen de Roma. Era, escribe Evola, “un querer echar un puente sobre una serie de siglos, para retomar el contacto con la única herencia verdaderamente válida de toda la historia desarrollada en suelo italiano”. El mito romano debía ser un modelo de fuerza disciplinada de combativa severidad. Desgraciadamente, por ciertas inclinaciones histriónicas del alma italiana, a menudo corrió el riesgo de quedarse en la retórica.

La reivindicación del Estado como forma espiritual que imprime a partir de sí a una materia humana, un estilo militar, la superación del eudemonismo burgués bajo el signo del amor al peligro y al deber son las características positivas del Fascismo. Pero al lado de éstas se encuentran los otros elementos menos nobles. Así pues encontramos el “ducismo”, en el cual el justo respeto por el jefe degeneraba en servilismo adulador. Se debería más tarde pagar caro el 25 de julio ** cuando se verá cómo la falta de crítica interna y de verdadera libertad habían desvirtuado al Fascismo. El Fascismo, ahogado en la personalidad genial de Mussolini, no logró crear una elite de jerarcas auténticamente libres y responsables, capaces de tomar iniciativas y responsabilidades, incluso cuando el jefe hubiese flaqueado.

También la exaltación nacional que el Fascismo supo crear en torno a la figura del Duce, es observada críticamente. La misma se centraba más en un hombre que en una idea, más en un individuo, que un una sólida aristocracia política. Así sucedión que desaparecido el hombre, caído su mito, cesó también la carga magnética que mantenía juntas a fuerzas diversas y contrapuestas.

Escribe Evola a este respecto: “Se debe tener presente que, por muy intenso que pueda ser el magnetismo creado mediante tal vía, no por ello deja de tener carácter efímero… la aglomeración que de tal modo se produce es comparable a la adhesión de tantas partículas de metal atraídas por un imán: pero, cuando la corriente se termina, cuando el campo magnético viene a menos, instantáneamente todas las partículas de metal se separan…”. Por lo demás, el propio Mussolini, en la época de la República Social tuvo palabras de dura crítica para los siervos y los aduladores que le habían creado una cortina en torno a él impidiéndole tomar contacto con la realidad.

Más adelante Evola reseña las relaciones que se establecieron entre el Fascismo y la economía. La forma económica de la auténtica Derecha no es el capitalismo, es decir, una concepción anárquica y liberal de la vida económica que en última instancia tiene la responsabilidad del nacimiento del socialismo.

En la Europa tradicional existían sólidas organizaciones corporativas animadas por un espíritu medieval de honor profesional y de fidelidad. El Fascismo buscó hacer revivir un orden corporativo. Pero este ordenamiento permanece abstracto y burocrático, si queda reducido a un mero estado de arbitraje entre emprendedores y trabajadores. Mejor fue lo que se hizo en Alemania nazi donde la misma estructura de las empresas es reorganizada instituyendo relaciones de solidaridad y fidelidad entre empresarios (Betriebsführer) y su “séquito” (Gefolgschaft). De todos modos, aun con tales limitaciones, el Fascismo supo hacer revivir el espíritu económico de la verdadera Derecha, hostil tanto a la anarquía económica liberal como al igualitarismo socialcomunista.

Aquí Evola inserta una precisión para ciertos mitómanos del proletariado, llegados por casualidad a las filas fascistas y que, por falta de una sensibilidad ideal, parecen no darse cuenta de que todo pathos social y populista está en abierta contradicción con el ethos heroico, autoritario, jerárquico del verdadero Fascismo. El Fascismo cree en la justicia social entendida como justa superación de todo arbitrio y anarquía económica bajo el signo positivo del Estado. Pero eso es incompatible con el llamado “socialismo nacional”, si con este término se quiere entender un ideal escuálido, insignificante y pequeño burgués. Escribe Evola: “El socialismo es socialismo, y el añadirle el epíteto nacional es un engaño en los términos de un caballo de Troya… Realizado el socialismo nacional… se pasará al socialismo sin epítetos, y así sucesivamente porque la marcha sobre un plano inclinado no se detiene a mitad camino. En su tiempo el Fascismo italiano fue de hecho uno de los regímenes más avanzados y precursor en medidas sociales. Pero el corporativismo del ventenio, en lo que el mismo tiene de válido debe interpretarse esencialmente en el marco de una idea orgánica antimarxista, por lo tanto fuera de todo lo que legítimamente se puede llamar socialismo. Propiamente y sólo con este criterio el Fascismo habría podido ser una tercera fuerza, una tercera posibilidad europea opuesta tanto al comunismo como al capitalismo”.

Y con esta cita que cierta extraña gente no releerá nunca lo suficiente, cerramos el examen de esta obra. Para Evola este breve ensayo es un libro de poco esfuerzo, pero, por la claridad y la audacia de los planteamientos se sitúa como siempre por encima de todo lo que viene siendo escrito sobre este tema en el campo de la Derecha. Publicando esta obra la editorial Giovanni Volpe rinde un ulterior y valiente servicio a la causa de la cultura de Derecha.

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(Prólogo a la Edición italiana de Il Fascismo visto dalla destra de Julius Evola*)

da http://www.geocities.com/Athens/Troy/1856/Romualdi.htm

(Il Secolo d´Italia, Roma, 7 de noviembre de 1964).

* Editado en castellano por Ediciones Heracles bajo el título Más allá del fascismo.

** El 25 de julio de 1943 fue la fecha en la cual el Consejo Supremo del Fascismo italiano en una “democrática” votación, por simple mayoría, le quita el voto de confianza a Benito Mussolini y de este modo allana el camino al rey y al General Badoglio para su posterior defenestración y encarcelamiento.

(Traducción al castellano a cargo de Enrique Ravello)

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