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La memoria de la Otra Europa

Una voz en el desierto

De la Fraccion del Ejercito Rojo a la Comunidad Popular; entrevista a Horst Mahler

De la Fraccion del Ejercito Rojo a la Comunidad Popular; entrevista a Horst Mahler

Christian Bouchet (Lutte du Peuple-Internet), entrevistó para la revista antagonista francesa Dualpha al nacional-revolucionario Horst Mahler, antiguo líder del ’68 alemán y miembro de la RAF (Rote Armee Fraktion, Fracción del Ejército Rojo) Mahler es un antiguo miembro del grupo "Baader Meinhof" que llama a una batalla contra el capitalismo, definido como enemigo del género humano, y que sostiene que solamente los Estados Nacionales pueden ponerlo en jaque.

En su número del 27 de agosto de 2000, el periódico francés "Le Monde" publicó una noticia imposible a sus propios ojos: el antiguo "terrorista" de extrema izquierda Horst Mahler se había pasado a las filas de la extrema derecha. Una noticia que ha estremecido a los biempensantes... pero los ha estremecido un poco tarde, porque la "primicia" era en verdad vieja... algo más de año y medio, cuando a finales de 1998 Mahler hizo pública su decisión. Con posterioridad a esa fecha, Horst Mahler se ha expresado en las páginas de la revista revisionista alemana "Sleipnir", ha participado en numerosas manifestaciones y reuniones públicas y ha creado el Movimiento de Reagrupación Nacional para luchar contra la entrada en Alemania de los inmigrantes extraeuropeos.

La pregunta que todos los progresistas biempensantes se han hecho -empezando por su ex-abogado, un cierto Schroeder Gerhard (sí, el mismísimo canciller)- es: ¿Qué diablos ha sucedido con el "compañero" Horst, hasta ahora volcado en su empeño por la causa palestina?

Pero antes que lanzarse al juego interminable de las introspecciones y los recuerdos, en los que se ha volcado la gran prensa, en esta entrevista nos interesamos por la razones de este cambio de camisa. Una vez sabido que Christian Bouchet -a quien nuestros lectores conocen bien como animador de la revista "Lutte du Peuple"-, había entrevistado a Horst Mahler para la revista "Dualpha", decidimos reproducir este coloquio en su integridad.

El itinerario político de Horst Mahler es cuando menos inesperado, y merece ser relatado. Este salesiano, que procede de una familia nacional-socialista, siempre estuvo interesado en la política. Su recorrido comienza en las Juventudes Socialistas, y de allí emigró a la principal organización de la extrema izquierda alemana durante los años sesenta, la SDS (Sozialistischer Deutscher Studentenbund, Liga de los Estudiantes Socialistas Alemanes). En 1968 es uno de los principales portavoces de las revueltas estudiantiles. Su corazón late irresolublemente hacia la izquierda, y, por la virulencia de sus manifestaciones, encarna rápidamente a los ojos de la derecha conservadora la imagen del Gran Satán. Su empeño como abogado de los terroristas del grupo de extrema izquierda "Baader Meinhof" lo realiza con tal entusiammo que será condenado a dieciseis años de prisión. Ahora, en 1998, Mahler expresa sus tesis, embarazosas para sus viejos amigos y que le valen el aplauso de la oposición nacional. En particular, su interpretación de las revueltas de 1968 son las que provocan el desconcierto. En ellas Horst Mahler ve una "segunda revolución alemana contra el dominio mundial del capitalismo" (la palabra embarazosa es aquí "segunda"). Aquellas revueltas, sostiene, dieron nacimiento a las dos alas nacional-revolucionarias: la Nueva Izquierda y la Nueva Derecha. No sorprende, por lo tanto, que tales reflexiones irriten a ciertos viejos militantes de la extrema izquierda. Johannes Agnoli, quien participó activamente en el famoso Congreso sobre el Vietnam en Berlín, en febrero de 1968, donde se encontraba en el podio entre Peter Weiss y Erich Fried, ha recordado esta veta nacional-revolucionaria: "No tiene nada de sorprendente", dice, "Dos hebreos y un italiano se preocupaban nada menos que por el destino de la nación alemana". Retrospectivamente, Till Meyer y Michael "Bommi" Baumann recuerdan que entonces los análisis se hacían en términos de clase, y no de raza.

Algunos antiguos compañeros de lucha de Mahler comparten sus anáisis. Por ejemplo Bernd Rabehl, quien fue muy próximo a Rudi Dutschke, o también personas como Günther Maschke, entonces cabeza del movimiento estudiantiul vienés, o bien Reinhold Oberlercher, principal teórico de la SDS de Amburgo. El fenómeno ha sido sufientemente tratado en un trabajo de Klaus Wolschalg ("Bye-Bye ’ 68... Renegaten der Linken", "Adios 68... los renegados de la izquierda", Ediciones Leopold Stocker). Horst Mahler es un hombre sereno, bajo de estatura, lúcido y humanamente muy simpático, que seduce a los militantes nacionalistas alemanes que asisten a sus reuniones, donde expone su itenerario político con mucha franqueza, evidenciando los puntos decisivos y los errores de su recorrido. Sus explicaciones carecen del halo del misterio, exponiendo, como siempre, alto y claro sus argumentos. Su pensamiento, en efecto, es en extremo políticamente incorrecto. Horst Mahler se alza contra la invasión de Alemania y de Europa, a la cual opone la concepción de la "Comunidad Popular" ("Volksgemeinschaft"), y llama a la lucha contra el capitalismo privado de valores y enemigo del género humano, al cual solamente los Estados Nacionales pueden poner en jaque.

 

Señor Mahler, durante los años setenta, usted era considerado un militante particularmente radical de la extrema izquierda. En la actualidad, para algunos de sus viejos compañeros es usted un traidor y un renegado. ¿Quién ha cambiado, ellos o usted?

Es difícil emitir un juicio. Las calificaciones de "derecha" o de "izquierda" se evaluan de diferente manera, dependiendo del puesto en el que uno se encuentra. En cuanto lo que a mí concierne, prefiero decir aquello que pienso y que deseo, dejando pare los demás esa voluntad y esta tarea de poner etiquetas. La idea nacional siempre ha formado parte de las preocupaciones de la "izquierda". Durante los años sesenta, siempre sostuvimos y apoyamos el movimiento para la liberación de Vietnam, tomamos una clara postura para defender el derecho de los vietnamitas de ser los dueños de sí mismos. Incluíamos el internacionalismo en la lucha por el derecho de las naciones. Queríamos sustraer a Alemania tanto del dominio de los yanquis como de los soviéticos. ¿Estábamos, quizás condicionados por nuestra historia, obligados a decir a todoslos pueblos: "venid con nosotros e instalaros aquí, ocupad nuestro puesto"? No. Defendíamos el derecho de organizar nuestra vida por nosotros mismos, tal y como nosotros podamos llegar a concebirla.

¿Es usted, entonces, un xenófobo?

Los extranjeros son algo parecido a un poco de sal en la sopa. ¿Pero le gusta a usted la sopa salada? Si en algunas aulas, como se ha constatado, el 80 o el 90% de los alumnos de origen extranjero son incapaces de expresarse en un alemán correcto, entonces es legítimo que los padres alemanes trasladen a los niños a otros colegios donde reciban una enseñanza de superior calidad.

Usted ha afirmado que "El derecho a una patria forma parte de los derechos del hombre". ¿No es esta, quizás, una posición de derechas?

Al contrario. Esto forma parte de los ideales de la izquierda: empeñarse tanto en los derechos de otros pueblos como en los del pueblo propio. No es la expresión de una ideología inhumana, sino al contrario una manifestación de sana salud, el que un pueblo defienda su propia patria y restrinja las influencias extranjeras. Si esto es considerado extremismo, pregunte entonces por qué los nacional-socialistas tuvieron una repercusión tal. Ellos utilizaron unas ideas que tenían una vasta resonancia en el corazón de los electores. No pueden ponerse fuera de la ley unas ideas, valores y leyes solo porque Hitler hiciese un uso abusivo de ellos.

Usted ve en las revueltas de 1968 un "impulso nacional-revolucionario". ¿Puede decirnos en qué fundamenta su análisis?

Estas tesis fueron desarrolladas por Bernd Rabehl durante sus conferencias en Munich y Bogenhausen. En ellas se delinea como, en el seno del movimiento del 68, las opiniones sobre estas consideraciones divergían considerablemente. Rudi Dutschke y Bernd Rabehl manifestaron claramente una preocupación nacional. Llamábamos a una lucha de liberación en el exterior. A mi entender, el nacionalismo defendido por el movimiento del 68 era sano en cuanto que defendía el derecho de autodeterminación, en particular el derecho del pueblo vietnamita a disponer de sí mismo. Combatíamos la política americana de exterminio y la sumisión de Alemania Occidental a tal política. Para mí, está claro que si nos resistíamos a una política que había condenado a la muerte a dos millones de ciudadanos vietnamitas, que no deseaban sino otra cosa que la voluntad de decidir lo que era bueno para sí mismos, entonces, en tanto que alemanes, condicionados por nuestra historia, deseabamos que Alemania operase por la vía de la justicia.

¿No se pudiera ver, en esta toma de posición en favor del pueblo vietnamita, una forma de nacionalismo sustitutivo?

Pienso que no. En aquella época, aquel y no otro era el frente. Habíamos tomado posición en lo que considerábamos una guerra civil mundial. Nos situábamos a la vanguardia, en nuestro país, para gritar nuestra oposición al enemigo número uno de la humanidad: el capitalismo americano.

La hermana de Rudi Dutschke piensa que su difunto hermano se retorcería en su tumba si le escuchase. ¿Qué piensa usted?

Pienso que conocía muy mal a su hermano, en su faceta de hombre político, quiero decir. Personalmente, creo que si Rudi estuviese todavía entre nosotros, ratificaría esto que yo sostengo.

Señor Mahler, usted fue condenado a una pena muy dura por haber sostenido a un grupo terrorista de extrema izquierda. Hoy día, ¿cuál es su opinión sobre la violencia política?

He expuesto en diversas ocasiones cuál fue nuestra experiencia en este campo. Aquella forma de lucha tuvo el efecto contrario al que esperábamos. En lugar de suscitar una especie de conciencia popular, provocó la destrucción del grupo que la había sostenido. Esta constatación fue para mí determinante. En lugar de acercarnos al pueblo, la violencia nos condujo a la misantropía. No encarnamos la libertad, la justicia y la solidaridad, que eran los motivos de nuestra lucha, sino que nos convertimos en una banda de asesinos caracterizados políticamente. Los mismos miembros del grupo sufrieron esta evolución. Un militante considerado como poco fiable, debía ser ajusticiado, aunque no hubiese cometido ningún acto de traición. Un grupo que llega a este tipo de comportamientos no puede edificar en el mañana una sociedad mejor.

¿Qué opina, a la inversa, de la violencia ejercida por el Estado en sus confrontaciones con los grupos de oposición radical?

Hablando sobre los casos de persecución gubernativa de los cuales tengo conocimiento y constancia, el Estado alemán ha llegado al punto de socavar los mismos fundamentos de la democracia, criminalizando con todas las armas que posee a su alcance la simple expresión de ideas y la asociación de personas.

Usted ha dicho que, a sus ojos, los sostenedores de la resistendcia nacional, actualmente encarcelados, son los mártires de la renovación alemana. Esta afirmación le ha sido inmediatamente reprochada. ¿Puede aclararla para nuestros lectores?

Para mí, el mártir es quien lucha por sus ideas y acepta cualquier sufrimiento en nombre de ellas. En este sentido, todos aquellos que son condenados por expresar unas ideas consideradas como delito puede ser considerados en la categoría de mártir. Esta calificación, evidentemente, no se aplica a las personas cuyos argumentos son un bate de beisbol. Parto del principio de aquellos que tienen de Alemania una visión positiva y se han propuesto luchar por su renacimiento. Si son encarcelados por este motivo, son los mártires de la causa nacional. Esto no quiere decir que comparta su óptica en cuanto a los medios y las vías que usen para alcanzar sus objetivos. Durante la época de los sucesos del 68 reivindiqué para nosotros el estatuto de presos políticos. Consideraba que éramos, en cierto sentido, los mártires del mundo por el cual combatíamos. Mi posición, hoy, no ha cambiado, sigue siendo la misma. Solamente la parcialidad puede despertar el estupor de algunas personas. Pero ello me es indiferente.

¿Qué piensa Horst Mahler de la represión que sufren los "negacionistas"?

Es insoportable. Se llega a criminalizar a personas que, en la defensa de estas opiniones, llegan a renunciar a su carrera profesional. Aunque algunas de estas opiniones puedan llegar a ser aberrantes, estas personas las creen. Por ello esta represión me parece antitética a toda libertad intelectual. Niegan el holocausto porque ello representa para ellos el horror absoluto. No soportan la idea de que algunos alemanes deban responder por tales crímenes, y sostienen que ellos se encontraban dotados de un sentido moral. Creyéndose víctimas de una injusticia, asumen su convicción de patriotas, asumiendo también el riesgo de acabar en prisión.

¿Condenados por motivos políticos...?

Los presos políticos son para mí los ciudadanos -poco importa si de la derecha o de la izquierda- que se preocupan por el bien común, y que por tal motivo asumen el riesgo de cometer delitos de opinión. Ello es lo que a mis ojos les hace simpáticos... y es por ello por lo que rechazo toda ghettización. ¿Quién pretende decidir sobre qué se debe o no se debe discutir?

Sus iniciativas contra la doble nacionalidad han suscitado parecidos clamores. ¿Puede hablar sobre el tema?

Sostengo que todo el pueblo alemán está amenazado de verse sumergido si se instalan entre nosotros poblaciones alógenas y heterogeneas sobre el plano cultural, poblaciones musulmanas cuyo ritmo de natalidad es tal que corramos el riesgo de ser numéricamente minoritarios en apenas medio siglo. Estimo que un pueblo se funda sobre todo sobre la sustancia cultural que le hace vivir. La presencia en nuestro suelo de culturas alógenas, representadas por millones de individuos, me parece una amenaza para nuestra existencia. Es un tema que me preocupa en extremo, y creo que otras personas piensan como yo y luchan para frenar esta evolución.

¿Se puede impedir la doble nacionalidad?

Ya hemos dado un paso en tal sentido, aunque tímido (*). Los partidos representados en el Bundestag tienen una mísera opinión de sus electores. Todos intentan encontrar una obligatoriedad para imponer la doble nacionalidad, pero el tribunal constitucional podría invalidar esta perversión. Si la doble nacionalidad llega a imponerse, nos encontraremos ante un problema gigantesco. Pienso que nos estamos jugando la paz civil. Los partidos representados por nuestros políticos tienen sobre este asunto una responsabilidad inmensa, una terrible carga.

¿Quiénes son sus aliados en esta lucha?

Todos los alemanes que intentan seguir siendo alemanes. Y pienso que todos aquellos que hoy en día se esfuerzan en concebirse a sí mismos como alemanes ayudan a la idea del renacimiento nacional en la medida en que ayudan a consolidar en los espíritus el sentimiento de que el pueblo alemán también tiene derecho a la existencia, y que nadie puede ofenderse si se les pide que retornen a sus países de origen.

¿Un partido es un buen instrumento para alcanzar sus objetivos políticos?

De ningún modo.

¿Puede precisar su pensamiento?

Los partidos son laboratorios de propaganda para los intereses particulares. Además, yo no soy el único en afirmar esto, personas muy competentes han expresado esta idea con anterioridad. El Estado es un prisionero. Debería encarnar el interés general, pero este interés general no está representado en el Estado ni en el parlamento. Los partidos desean ganar elecciones, y esto no pueden conseguirlo sino haciéndose querer por los intereses particulares. Los grupos de interés, los lobbies, vigilan constantemente para que los partidos recojan los sufragios de las personas sobre las que tienen influencia, y también para que los partidos cumplan sus compromisos con estas personas. En la práctica, la política así concebida es una combinación de intereses particulares, donde el interés general siempre es dejado aparte. La bancarrota del Estado es un claro ejemplo: el Estado ha dilapidado durante mucho tiempo la economía de sus ciudadanos, y está fuera de cuestión que un día pueda reembolsarlas. Las gentes han comprendido que el Estado ya no puede representar su prerrogativa natural: asegurar el bienestar de todos. Y esto es así porque ningún partido puede asegurar una sociedad de libertad.

¿El Movimiento de Reagrupación Nacional, que usted ha creado, está abierto a todos?

Es un movimiento, no es un partido. Debe estar abierto a todos. Su objetivo más urgente es limitar los flujos migratorios actuales y bloquear la nueva ley sobre la doble nacionalidad. Todos aquellos que quieren impedir el proyecto de la doble nacionalidad, desde el ministro y presidente bávaro Stoiber hasta el antiguo jefe del NPD, Deckert, pueden tomar parte en el Movimiento. Solamente el pueblo tienen el derecho de decidir el propósito del derecho de nacionalidad, no los grandes partidos, ni el Congreso Nacional Israelita.

¿Teme ser tratado como "fascista", o piensa como nuestros lectores que la representación del nacional-socialismo ha sido difamada y falseada con fines políticos?

Usted mezcla en su pregunta dos cosas muy diferentes. No temo la evocación de Auswitch, esa maza blandida contra los intereses generales de los alemanes y de otros pueblos. Necesitamos neutralizar ese arma, necesitamos afrontarla y no dejarnos intimidar. Sin duda, la imagen del nacional-socialismo ha sido falseada, en particular no se hacen diferencias entre las preocupaciones legítimas del pueblo alemán en 1933 y aquello que el movimiento hitleriano llevó o no llevó a la práctica. Hemos llegado a una situación en la la que se piensa que todo aquello que ha podido decir el nacional-socialismo, y más particularmente Hitler y sus sostenedores, es tabú por el simple hecho de quien lo ha dicho, no por sí mismo. Este es el error, porque aunque han tomado formas diferentes, los problemas siguen siendo los mismos. Considero que es esencial devolver al ámbito de una economía nacional aqello que hoy día está en las manos de un capitalismo mundial sin reglas; es necesaria una economía al servicio del pueblo. Hoy en día, la persona existe solamente en la medida en que pueda ser de utildad para el sistema. Esta forma de sociedad es inhumana. Es necesario ponerle fin, lo que a mi entender implica un reforzamiento del principio de la nacionalidad. Esta demanda tomó forma en Alemania durante los años 30. Pero no solamente en Alemania. En otros Estados europeos se intentó imaginar una vía socialista no comunista para encarnar los ideales nacionales. Estas tendencias eran muy fuertes en los mismos Estados Unidos. La política de Roosevelt, que los tribunales invalidaron parcialmente por atentar contra la constitución americana, no estaban en el fondo muy lejanas de las medidas económicas de los nacional-socialistas. Todo esto hoy en día es ocultado y silenciado. Ahora, nuevamente ha llegado el tiempo en que dejemos de doblegarnos.

 

NOTA: El amplio movimiento de resistencia a la doble nacionalidad que se ha desplegado en Alemania, en particular los sucesos ocasionados por una petición de la CSU de Baviera contra el proyecto socialista, han provocado una ligera modificación del texto inicial. En su versión actual como proyecto de ley para implantar el "Jus Solis", todos los extranjeros nacidos en Alemania recibirían automáticamente la doble nacionalidad, y a la edad de 23 años deben optar por una sola nacionalidad. En su proyecto inicial, todos los extranjeros nacidos en suelo alemán recibirían desde su nacimiento la nacionalidad alemana y podrían conservar de forma vitalicia su nacionalidad de origen.

(Traducción de Sanyago Rivas)

RBN (Madrid)

Recuerdo a Nicola Pasetto

Psicopatología del antifascismo. Análisis de una enfermedad del alma

Psicopatología del antifascismo. Análisis de una enfermedad del alma

 

Infokrisis.- Amadeo Bordiga, secretario general del Partido Comunista Italiano en los años 20 y disidente del stalinismo decía literalmente: “Lo peor del fascismo será el antifascismo”. Esta sentencia queda confirmada por el seguimiento de las páginas “antifas” de la web. Hasta la aparición del Internet, el antifascismo era un residuo impenetrable al que solamente sus últimos mohicanos prestaban atención. Internet lo ha convertido en la ventana abierta de una patología social, relativamente compleja en unos casos y más simple que el mecanismo de un botijo en otros. Hela aquí expuesta para los lectores de infokrisis.

Pero ¿qué es el fascismo?

Hablando con propiedad, el fascismo fue el movimiento político italiano creado por Benito Mussolini de procedencia socialista, por los futuristas y por los nacionalistas italianos después de la Primera Guerra Mundial y que gobernó Italia durante 20 años, cohabitando con la monarquía de los Saboia y teniendo una prolongación de apenas dos años en la República Social Italiana. Así pues, históricamente no hubo más fascismo que éste.

Desde el punto de vista de las tipologías políticas se conoce por generalización abusiva como “fascismo” a los movimientos que, en líneas generales, tienen un alto grado de similitudes con el fascismo italiano y en esto entran movimientos muy diversos, todos los cuales tienen como características comunes: nacionalismo, movimiento de masas, interclasismo, respuesta al comunismo y voluntad de llevar a la práctica una política social avanzada que pudiera rivalizar con la agitada por la izquierda. Las componentes de estos movimientos, que se dan en todas las formas de fascismo, proceden de sectores de la izquierda, de la burguesía y de los excombatientes de la Gran Guerra. Debemos al profesor Zeev Sternhell un formidable estudio sobre estos movimientos en su libro “Ni derechas, ni izquierdas”, no traducido en España y del que hace unas semanas publicamos en infokrisis un capítulo.

La tesis de Sternhell afirma que el roce con el poder y el ejercicio del poder, contaminaron al fascismo y lo desviaron de su esencia original. Por tanto, no es en Italia ni en Alemania donde puede estudiarse formas químicamente puras de fascismo, sino en Francia donde éste movimiento no llegó al poder (y por tanto, no rectificó su línea según las componendas necesarias en toda gestión del poder), pero sí tuvo una larga gestación ideológica muy anterior que se inicia con disidentes del socialismo (desde Proudhom a Henry de Man), con la aparición del nacionalismo integral de Maurras y con los llamados “no conformistas de los años 30” (el grupo Ordre Nouveau, Esprit, etc.). Para Sternhell no hay duda de que el fascismo fue un movimiento político de nuevo cuño, alternativa a la derecha y a la izquierda. Debemos recordar que el esfuerzo de objetividad en Sternhell es todavía más apreciable en la medida en que es de nacionalidad judía y profesor de la universidad de Tel Aviv.

Pero existe una tercera forma de fascismo, que más que una catalogación política o ideológica supondría un adjetivo de propaganda lanzado contra tal o cual adversario. Se sabe, por ejemplo, que contra más virado a la izquierda está un partido, más amplio considera el espectro “fascista”. Para HB “fascismo” es, desde el PSOE hasta la falange, pasando por el PP, el PNV y el turista que pasaba por ahí y que no había sido recibido con un aurresku. Antes de la II Guerra Mundial vimos a los estalinistas llamar “social-fascistas” a los partidos socialdemócratas y, por extensión, fascismo sería toda forma de anticomunismo o de actitud de prevención contra el comunismo.

Quienes consideran la primera definición de fascismo se centran en el análisis histórico rigorista; quienes asumen la segunda, preferencialmente, contemplan los aspectos ideológicos y doctrinales del fascismo. Ambas son posturas razonables que no presuponen una adhesión a los principios del fascismo ni a ninguna organización fascista. Es la tercera opción de la que ha salido el antifascismo entendido como psicopatología, esto es “enfermedad del alma” o “perversión de la mente”.

Si usted es “antifa”, usted tiene un problema

Seamos claros: hasta la caída del Muro de Berlín, ser anticomunista implicaba denunciar a un sistema que había recluido a su población en la miseria y creado el universo concentracionario más grande de la historia, que amputaba las libertades políticas y que ni siquiera era capaz de avanzar decididamente por la vía del desarrollo. Si el comunismo era la quintaesencia de la dictadura… el stalinismo era la forma más perversa y degradada de dictadura. El ciclo del comunismo duró desde 1917 hasta el 9 de noviembre de 1989 cuando las masas saltan sobre el Muro de Berlín y desaparece la República Democrática Alemana.

A partir de ese momento, ser “anticomunista” empezaba a ser algo obsoleto y periclitado. En la Francia de hoy donde el otrora poderosísimo PCF es un despojo o en España en donde los herederos del PCE se preocupan solo del carril bici y de la memoria histórica hemipléjica, ser anticomunista es una resaca de un movimiento político que se extinguió hacia 1989, hace sólo 18 años. Pero es que el fascismo histórico desapareció en 1945, hace la friolera de 62 años.

Por tanto, en la mentalidad de quien se define como “antifa” hay algo averiado y sombrío. Que el antifa no es el único sometido a la patología social que vamos a definir es claro y cristalino. Determinadas formas de antisemitismo entran también dentro de la misma patología. La diferencia estriba en que en Palestina sigue habiendo matanzas, que el poder del judaísmo norteamericano está en el origen de las peores maniobras expansionistas de aquella potencia y que, dos mil años de recelos del catolicismo hacia el judaísmo no se extinguen en unas décadas.

Antifascismo uno y múltiple

El antifascismo es un fenómeno único en la historia reciente de las ideas. De hecho, ya hemos dicho que no es una idea, sino una “patología del alma”. De la misma forma que se utiliza el concepto de “Síndrome de inmunodeficiencia Adquirida” para etiquetar a un paquete de distintas enfermedades que pueden o no manifestarse en el aquejado por determinado virus, el antifascismo aparece solamente en organismos en los que el virus de lo políticamente correcto ha calado hondo. Y, por eso mismo, se manifiesta de distintas formas, unas son razonables y otras son extremas y, por tanto, equivalentes a los peores estragos de una enfermedad terminal.

Lo importante, en cualquier caso, es señalar que el antifascismo sólo aparece en mentes aplanadas (y aplatanadas) por lo políticamente correcto y sólo en ellas. Una mente que trabaja con parámetros aceptables de racionalidad, lógica, sentido común y capacidad para encadenar silogismos, nunca aceptará ni el pensamiento único, ni lo políticamente correcto.

Así pues, en toda forma de antifascismo hay una renuncia: a esforzarse en ir más allá del límite marcado por lo políticamente correcto, como si esa frontera fuera un finís térrea, más allá del cual solamente existe un territorio incógnito que más vale no adentrarse ni conocer. Lo políticamente correcto son las lentes correctivas que, hechas con la montura del apriorismo, impiden ver la realidad tal cual es, esto es, con objetividad.

Existen tres tipos de antifascismo:

1)     El antifascismo inercial: es el propio del ciudadano medio que sigue pasivamente la política, no se preocupa ni por adoptar una posición activa –salvo en muy determinadas ocasiones, siempre en episodios de masas– ni por las causas últimas, le basta con que los “líderes de opinión” sean más o menos antifascistas como para adherirse a esa corriente general. A fuerza de oír hablar de “fascismo” y de identificarlo con el mal absoluto, su falta de energía mental le lleva a aceptar la consigna atribuida al Gran Hermano: “No pienses, el gran hermano piensa por ti”. Y el Gran Hermano dice que el fascismo es malvado, por tanto, hay que condenarlo. Es una forma de ser antifa, pero sin ejercerlo. Una parte sustancial de la sociedad está aquejada de esta enfermedad del alma que, en el fondo, no es sino una forma de pereza trasladada al plano de las ideas.

2)     El antifascismo político: es mucho más consciente que el anterior, habitualmente es utilizado por los agitprop de los partidos para lanzar la acusación de “fascista” sobre el adversario. También por determinadas ONGs que tildan de “fascismo” a todo aquel que discute sus razonamientos. En el extremo más bajo de este grupo se encuentran gentes como Esteban Ibarra, paniaguado del régimen cuyos Informes Rayen sobre el racismo y la xenofobia incitan al escepticismo. Para Ibarra y su ONG “Movimiento contra la Intolerancia”, la prensa oculta la realidad: el fascismo está vivo y activo y ataca desde la sombra. No importa que le prensa no lo registre, cualquier llamada telefónica a la miserrima sede de su grupo (el dinero de las subvenciones no es para pagar una sede, sino para pagar… ¿a quién aparte de a Ibarra?) de alguien que dice que ha tenido noticia de que un primo de un cuñado, de un hermano del portero de la casa en donde vive el chico que sale con mi hermana, ha oído que en la discoteca en la que se emporra cada sábado ha habido una trifulca y un “pelao le ha metido dos buchantes a un nano que lo dejado cucufati”… Ese dato queda registrado en los Informes Rayen para mayor gloria del método científico y del periodismo de investigación. Resulta un misterio el porqué Ibarra no recorta cada día la prensa y no considera las agresiones de los Latin Kings y la media docena de tribus urbanas más como “agresiones racistas”, cotejadas por lo demás por miles de testigos, atestados policiales y demás. Es lo que tiene subvencionar a las ONGs, que luego están obligadas a demostrar que sirven para algo. Y, de hecho, Ibarra utiliza todos estos datos sesgados, surgidos de nadie sabe donde (¿para qué explicarlo? El fascismo es intrínsecamente perverso, por tanto cualquier cosa que se ponga en su debe es rigurosamente cierto e incluso resulta legítimo inventar episodios inexistentes para concienciar sobre el mal absoluto). A todo esto, Ibarra identifica sobre todo a los pelaos con fachas, algo, como mínimo, aventurado, erróneo, poco científico y distorsionado (valdría más calificarlos de “tribu urbana” en lugar de “movimiento político”) simplemente para justificar las generosas subvenciones de las que vive y que pagamos usted y yo, por cierto.

3)     El antifascismo visceral: Ibarra es la sal gruesa del antifascismo político, pero luego está la sal petri (el guano, la mierdecilla excremencial, para ser más claro). Ibarra, en el fondo, tiene una razón profunda para su antifascismo: gracias a él puede extender la gorra y justificar la subvención, pero ¿y los que hacen del antifascismo el eje de su vida? Si le pedís a un ocupa que se defina políticamente, lo primero que os dirá es “Colega, yo soy antifa”. Luego habrá un largo silencio en el que percibiréis como único riesgo que la baba se le acumule y termine resbalando por el labio inferior de una boca en expresión perpleja y, como con la relajación de haberse fumado el último canuto. Eso es todo. La variedad superior es la que une independentismo a antifascismo. En este sentido vale la pena ver las webs de los independentistas catalanes y vascos en donde el primitivismo y el irracionalismo propio de todo nacionalismo (el nacionalismo es sólo víscera, sentimiento, emotividad y mitología ad hoc) se unen las consideraciones antifas. Para un independentista, facha es todo aquel que no se muestra del todo decidido a meter a un país en la centrifugadora. Alguien que hable castellano en Catalunya es un “facha” y, poco importa, si tiene argumentos suficientes como para negarse a aprender catalán o renunciar voluntariamente a hablarlo. Es facha y punto. Hace poco, yendo en el tren entablé conversación con el tipo de al lado, de aspecto suficientemente tosco y primitivo como para hacer de él un “objeto analizable de sociología práctica”. Era ocupa y hablábamos sobre lo caro de la vivienda. En un momento dado, afirma que “los fachas especulan con la vivienda”. Le pregunté que entendía por fachas, el espécimen sociológico se descompuso, me miró como a un extraterreste y balbuceó: “Los fachas, ostia, el PP”. A todas luces el PP tiene tanto de facha como la Vicepresidenta del Gobierno de Miss Mundo. El tipo funcionaba a base de porros y las cinco horas de tren eran suficientes como para que sintiera el síndrome de abstinencia al no poder fumar. Así que seguí adelante: “Y ¿hay muchos fachas en Barcelona?”. Me dijo que estaba lleno. Que cerca de su casa había un local. Vivía en Gracia así que no acertaba a intuir de qué local estaba hablando. Seguí preguntando hasta que, finalmente, me lo situó: “Si, cohone, el cuartel de los picos”. Vale. Los picos, la Guardia Civil también es facha. Lo más sorprendente es que la cosa no terminó ahí: también Artur Mas era fascista, e incluso Carod-Rovira y luego ya descendió a los abismos de la marginalidad: si, porque hay “ocupas” y “ocupas”; determinados ocupas también son “fascistas” pues no en vano se niegan a abrir sus casas a otros ocupas. La cuestión es que mi espécimen no era un caso aparte, hay muchos como él en la geografía ocupa de nuestro país. Ahí están en webs y en blogs. El hecho de que estén como las maracas de Machín y, en sí mismos, sean una muestra de los destrozos que ha causado el sistema educativo español, unido al consumo desmesurado de porros y a la falta de competitividad social, no implica que sean minorías exiguas.

Podríamos hablar de una cuarta variedad de antifascismo, minoritaria y, esta sí, exigua, que nos impide unirla a las tres anteriores. Es el antifascismo del que hacen gala algunos que conocen perfectamente el fondo ideológico del fascismo, pero temen mostrar su adhesión a él, o bien son conscientes de su incapacidad para ser fascistas. He visto periodistas que hubieran amado tener una vida aventurera como muchos de los “fascistas” a los que han conocido. Investigaban sus andanzas para sorprenderse de hasta qué punto algunos militantes que en los años setenta y ochenta seguían fieles al fascismo, eran capaces de asumir. Para estos el “vivir peligrosamente” era un estilo de vida, mucho más que una frase hecha o una consigna. Conozco más de media docena de periodistas que responden a esta característica, muestra excesivamente pequeña como para que de ella se pueda extrapolar una categoría universal.

Así mismo, he visto a otros militar en grupos fascistas en los años 60, hacerlo con obstinación y convicción ideológica, hasta el día en que llegaron a la universidad y percibieron que en aquella época o se era militante de izquierdas o resultaba imposible llegar a fin de curso sin ser agredido. Además, en aquella época, los grupos de izquierda, como reclamo principal, tenían chicas… había gente incapaz de ligar y de tener el aplomo suficiente para acercarse a una mujer, que solamente podía experimentar ese calor, en un grupo de izquierdas (claro está que a partir de 1977, el grueso de militancia política femenina se decantó hacia Fuerza Nueva especialmente en Madrid, coincidiendo esta decantación con la desmovilización de la izquierda militante). Muchos militaron en esos grupos de izquierda –y los pobres chicos de Bandera Roja, entre los que se encontraba Jiménez Lozanitos antes asumir el liberalismo como doctrina-, leyeron obras infumables de Nikos Poulantzas, de Debray, o las soporíferas resoluciones de la IV Internacional, simplemente para poder ir de intelectuales ante las ricashembras de la izquierda y llamar su atención recitando las mejores filípicas antifascistas. A todos estos –que no fueron pocos pero que ya no son– les podemos llamar “antifascistas por vía vaginal”. “Quico el progre” (el personaje ideado por el fallecido Perich) tenía mucho de esto y no era, desde luego, una caricatura, sino la quintaesencia de los pobres diablos que recorrían la hoy mitificada “oposición democrática al franquismo”

La psicopatología del antifascismo

El alma antifascista, hoy, en el siglo XXI, oscila entre el complejo de culpabilidad y la frustración. De hecho, el propio antifascismo –especialmente el de sal gruesa y el de sal petri– queda comprendido entre ambos.

Un complejo de culpabilidad consiste en albergar la íntima convicción en el subconsciente de que se es culpable (por cualquier motivo: por pensar como un proletario y vivir como un burgués, por no vivir de papá y de mamá, pero ser incapaz de demostrarles aprecio, estima y cariño, por solidarizarse con la última “lucha de liberación” que se da en el último rincón del globo, pero ser incapaz de ir más allá, de esforzarse algo más o de llevar la solidaridad hasta extremos concretos y apreciables, y así sucesivamente.

Hay un hecho sociológico que vale la pena señalar: la abundancia de cristianos comprometidos o de individuos que han recibido una educación cristiana, que pueden encontrarse en ambientes antifascistas. De hecho, todo el independentismo catalanista actual tiene una matriz boy-scout que deriva de órdenes religiosas que en los años 60-90 inspiraron a este movimiento y le imbuyeron valores “cristianos”.

Los cristianos “comprometidos” han sido educados en la noción de “pecado”. El pecado es una falta por acción, omisión, pensamiento, etc. Un ser humano, peca simplemente por el hecho de levantarse de la cama, cuando preferiría seguir descansando (pecado de pereza). La noción de pecado y la imposibilidad de escapar al pecado, induce a un complejo de culpabilidad permanente.

Habitualmente, los complejos de culpabilidad crean un descenso en la autoestima que puede llegar incluso a la depresión o al suicidio. Desde el punto de vista psicológico es fundamental que quien está aquejado de un complejo de culpabilidad sea capaz de reconocer, mucho más que de albergarlo en los corredores más sombríos de su psique. La vida psicológica sana y normal es incompatible con la existencia de profundos complejos de culpabilidad. El proceso mental con el que la mente se resguarda de los efectos deletéreos de estos complejos es mediante la sublimación de los mismos: “Si, yo soy culpable porque me mato a pajas… si, yo soy culpable porque no hago lo suficiente por los niños del Brasil, si, yo soy culpable por que el mundo sufre y yo estoy aquí tan contento viviendo de papá y mamá… pero –y aquí viene la sublimación– hay otros que son MAS CULPABLES QUE YO: los fascistas, por ejemplo”.

Este proceso de sublimación conduce a la primera forma de antifascismo psicológico. ¿Qué es un antifa? Muy sencillo: alguien que se sabe culpable de algo, que ha desterrado ese complejo a las profundidades de su subconsciente y que cubre esa culpabilidad forjando la imagen de alguien más “culpable” que él.

Peor luego está el complejo de frustración. Es normal que todos, en la vida alberguemos ciertas frustraciones. Tenía un amigo cuya mamá quería que fuera Papa. Lo juro. La criatura no llegó a monaguillo. La madre le había inducido durante sus primeros quince años de vida con tanto énfasis su “vocación de papable” que, el pobre hombre, todavía hoy, no puede evitar un evidente complejo de frustración que ha sublimado comiendo. Va por los 140 kilos y seguirá engordando hasta el estallido final. A otros antifas les pasa exactamente lo mismo.

Podemos establecer una diferencia por edades. Habitualmente, antifas de más de 50 años responden a las mismas características: divorciados –se casaron con aquella chica que estaba en la célula del partido que se pudieron, finalmente, llevar al catre explicándoles las teorías de Antonio Gramsci, cuando la chica, en realidad, necesitaba otra cosa mucho más directa y portentosa-, amargados, sus hijos no les hacen ni caso –les han educado esmeradamente según los principios de la progresía y ahí están dándole al canuto o pateándose la pasta de papá–, han visto como todos sus ideales, sin excepción, se han hundido: ni revolución proletaria, ni proletariado revolucionario, ni el socialismo ni el comunismo han demostrado nada particularmente esperanzador en España, ya no creen en reformas sociales, ni siquiera en horizontes esperanzadores a nivel personal, se les ha hundido completamente el marxismo, son conscientes de que han estado defendiendo un detritus ideológico por el que no valía la pena ni perder dos minutos, y ya no tienen grandes esperanzas.

Carecen de futuro, por tanto, miran solo al pasado. Su vida ha sido una frustración permanente. De aquel pasado ya no queda nada: algunos miembros del PSUC fueron ministros del PP, los que quedan en el PCE o en el PSUC es porque no han encontrado el mejor momento para pasarse al PSOE, donde estaba el “mogollón”, donde “se pillaba”. Y estos, todavía, siguen más amargados. Lo único que les queda de su pasado es el recuerdo de que el “antifascismo” daba un sentido a su vida hasta 1976. Hoy el franquismo no existe, pero en algún pueblo, en algún lugar recóndito de la geografía española, ellos están dispuestos a encontrar una placa de una calle con el nombre de un jefe de centuria de Falange caído en una ignota batalla. El antifascismo une en estas pobres y peripatéticas figuras, el eco remoto de su juventud con algo de lo que hoy todavía se habla: la memoria histórica, la culpabilidad del fascismo, etc.

Hay otros, los de sal gruesa, que ven las cosas desde otro punto de vista. Son los más jóvenes. Muchos de ellos no se sienten competitivos, son verdaderos fracasos, subproductos de las leyes de educación promulgadas desde 1973. Para ellos, el “facha” es el “triunfador” (sea quien sea: desde Artur Mas, Carod-Rovira hasta el nano del cocodrilo en la parodia del pijauta del PP). No es que conciban la lucha de clases entre explotados y explotadores, es que la han traslado al terreno del éxito o el fracaso. El éxito representa el “fascismo”. Por eso es odiado. La frustración lleva al odio incondicional, irracional, visceral, sin apelación. Esa falta de competitividad ideológico, personal, política, social, una característica demasiado evidente en todas las webs y blogs antifascistas.

Y luego están los antifas que, además, son independentistas. La pirueta de estos es notable: unen a la frustración personal, la frustración que atribuyen a una nación. La Catalunya que fue una parte del Reino de Aragón, no gana, batallas en solitario, desde el siglo XIII. Todas las conmemoraciones catalanistas lo son de derrotas, sublimando esas derrotas se oculta el complejo de frustración del independentismo. “El día que Catalunya sea libre, volverán los mejores tiempos” ¿cuáles? No importa, eso ocurrirá el día en que Catalunya sea libre. Entonces, la frustración desaparecerá porque no habrá con quien compararla. El independentismo reconstruirá la historia de Catalunya a partir de una única “victoria” a partir de la que se iniciará la “verdadera historia”: con la misma independencia. Es el viejo sueño mesiánico: la historia empieza conmigo, antes mío no hay nada. ¿Qué me impide ser yo mismo? La España fascista.

En realidad, el antifa independentista cubre el pasado mediante la reconstrucción de una historia ad usum delphini, y cubre el futuro (una Catalunya independiente es tan viable como un puesto de gominolas dentro de una clínica para diabéticos) situando el hecho triunfal de la independencia de Catalunya como un fin de la historia y una entrada en tiempos míticos en los que Catalunya “será rica i plena”.

Lo dicho ¿Es usted antifa? Muchacho, está usted como las maracas de Machín. Míreselo porque usted lo que tiene es un problema grande y no es precisamente el fascismo, sino su vida misma.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

Guillaume Faye: La enfermedad del pacifismo

Guillaume  Faye: La enfermedad del pacifismo

 

El conflicto: la base del orden del mundo. La filosofía présocratica, básicamente organizada en torno a la aceptación de la vida, de sus leyes, y más generalmente en torno a la idea de armonía con la naturaleza y el cosmos, consideraba el conflicto como principio creativo y lo constituía como polo de toda una concepción-del-mundo. Así hicieron también todas las civilizaciones paganas, en primer lugar la de la India: allí, como lo mostraron Jean Varenne, Alain Daniélou y Louis Dumont, el concepto de conflicto impregna la filosofía de la vida. 

Tales intuiciones son corroboradas con resplandor por el conjunto de las ciencias contemporáneas: la astrofísica explica el mundo por el concepto de "lucha energética", la biología se organiza en torno a la confrontación selectiva entre los organismos, la etología y la genética hacen hincapié en la agresividad inter -e intraespecífica como elemento capital de la filogenesis, la sociología ve en el conflicto uno de los motores de la organización social, la polemología reconoce a la guerra un estatuto fundamental en la dinámica de las civilizaciones. 

Ahora bien, la gran característica de la concepción cristiana del mundo es la negación del conflicto y como lo vio Nietzsche, la negación de la vida en general y su calificación de participante perverso y provisional frente a la "verdadera" esencia del hombre. En la medida en que la civilización occidental, en tanto que secularización del cristianismo, desea en su proyecto global evitar el conflicto en todas sus formas, se puede decir que combate uno de los primeros principios de toda vida. Fin de las guerras, fin de la lucha de clases (el marxismo solo concibe la suya como la "última" antes de la implantacion de la sociedad sin clases), fin de las tensiones sociales y selecciones: el proyecto occidental parece mortífero. Organizar la pacificación general de la humanidad, o solo reconocer como única forma legítima del conflicto la competencia comercial del liberalismo es, por otra parte, predicar para las sociedades humanas una "supranaturaleza" de carácter antivital, es querer construir un hombre "prometeico" que escaparía a la ley biológica y "cósmica" del conflicto, es pues negar la humanidad del hombre. 

Y de hecho, en nuestra sociedad, el concepto de conflicto tiene mala prensa. Evoca, además de los tormentos de la guerra, las crisis sociales,  huelgas, discusiones domésticas, manifestaciones, resumidamente la "violencia", esa realidad odiada por nuestros contemporáneos. El conflicto cristaliza todos los rechazos del tiempo presente hacia todo lo que perturba un ideal social de armonía feliz. 

Una observación incluso superficial de las sociedades occidentales actuales nos dice que estan dominadas por una ideología de la seguridad. Ésta ocupa un gran lugar en las preocupaciones del Estado benefactor; que ha abandonando sus prerrogativas coercitivas, su autoridad política y soberana directa, sus métodos tradicionales de "soberanía", el Estado moderno dirige a la sociedad, como lo vieron Max Weber, Jürgen Habermas o Michel Maffelosi, por medio de tecnoestructuras policéntricas y al parecer no directivas que proceden de la racionalización de lo social. Esta tendencia está obviamente vinculada al proyecto global de homogeneización e individualización de las sociedades. 

Ahora bien, en este proceso, la seguridad desempeña un gran papel, a la vez ideológico y práctico. La tecnoestructura oficial, no solamente ya no es vista como autoritaria y represiva, sino que funda su legitimidad sobre la protección; es ella que ordena y globaliza las peticiones sociales estructurandolas a su cuenta, como lo vio Lucien Sfez; es ella que programa las redes de protección económica y sociales, pero sobre todo es ella que produce una muy potente normativa de la seguridad en la sociedad; esta normativa está tan presente que no percibimos a menudo ya su extraordinario autoritarismo. Percibimos mal que una de sus funciones es recuperar en favor de las autoridades públicas una soberanía que en su ejercicio directo sería considerada antidemocrática. Códigos de carreteras, seguros obligatorios en todos los ámbitos de la vida, normativas en el trabajo o en el deporte, racionalización de la vida urbana, normas de higiene pública de carácter profiláctico: no se terminaría de mencionar todas las prohibiciones y los incentivos legales que tienen por objeto maximizar la seguridad, que sea biológica, física, etc. Una "economía" de la seguridad, a menudo muy rentable, cuyo centro está constituido por los seguros, pero en la cual es necesario incluir los Reglamentos bancarios (seguridad financiera), hace así parte integral de la economía general. 

Sin embargo, esta búsqueda reglamentaria de la seguridad, tentativa de construcción de una "sociedad segura", choca con dos contradicciones. La primera afecta la seguridad pública y la criminalidad: aquí, el humanitarismo dominante intenta difícilmente coexistir con un crecimiento de las demandas de protección contra la criminalidad y con el peso cada vez más importante de las policías en las sociedades occidentales. Se asiste, de hecho, a una doble dinamica contradictoria: debilitamiento de las represiones de la criminalidad ordinaria, por la influencia creciente de la ideología de los Derechos humanos, e incremento de la sensibilidad pública frente a la inseguridad física y a la protección contra el robo (concepto de importancia particular en la sociedad de consumo donde la propiedad de objetos como automóviles, equipos electrónicos, etc se convirtio en un valor social básico). La segunda contradicción es más general: frente a la sociedad asegurada aparece el fenómeno de una subida de la agresividad individual; el comportamiento cada vez mas condenable de los automovilistas, la involución de las relaciones humanas en las empresas y las administraciones, la pequeña criminalidad urbana en desarrollo, constituyen algunos ejemplos que permiten certificarlo. 

Esta contradicción se explica fácilmente: la sociedad asegurada, en efecto, es un producto de la sociedad individualizada establecida desde hace tiempo por el Estado igualitario y racionalizador y por los teóricos del Contrato Social. Este Estado y esta sociedad individualistas, si quieren ser protectores, si centran en torno al bienestar y la seguridad total su legitimidad social, si fundan su legitimidad institucional y política sobre la garantía de la no violencia ("sociedad organizada"), separan al mismo tiempo al individuo de sus comunidades de pertenencia que tenían precisamente por función canalizar la agresividad individual y protegerle contra la violencia. El individuo experimenta entonces un sentimiento de inseguridad puesto que se encuentra solo ante los poderes públicos anónimos y una "sociedad" que le amenaza, que es enorme, masiva, la de las calles de la gran ciudad, la de la burocracia, el banco, los transportes públicos, del hospital, etc de ahí viene la esquizofrenia que, como lo ha descrito Arnold Gehlen, caracteristica de nuestro tiempo: por un lado, una ideología social protectora donde la idea de seguridad y la no violencia se convirtió en un valor obligatorio, un leitmotiv constante; por otro, una agresividad individual y un sentimiento de inseguridad que incrementa a causa de la atomización social de una civilización con determinación antiorgánica. Es en las grandes naciones industriales, los Estados Unidos, Francia, Italia, Alemania, Gran Bretaña, etc, que la mezcla de miedo y agresividad, de pacifismo social y conflictos diarios, de armonicismo y de antiarmonicismo concreto es más aguda. 

Nuestra sociedad asegurada reconstituye sin embargo de manera salvaje, subrepticia, ilegítima, el conflicto y la violencia, a través de las múltiples porosidades que permanecen en la vida programada como espacio de paz social. Pero esa violencia "reconstituida" no aparece en el campo político, el cual parece definitivamente dedicado al espectáculo y la superficialidad, definitivamente privado de su esencia polémica y perfectamente ajustado a la exigencia de paz social y neutralización de las peleas. La recurrencia del conflicto se manifiesta por ejemplo en los holocaustos automóvilisticos de fin de semana o en el retorno de una violencia urbana ritual, la de las bandas de adolescentes. Pero vivido de tal manera, el conflicto no se integra, pierde todo "sentido" social y se convierte obviamente en pura violencia; ya no es creativo de socialidad: el miedo manifestado ante la pequeña criminalidad urbana por los ciudadanos medios refuerza su aislamiento y no genera solidaridad. La ideología social dominante, aunque acepta de manera turbia y avergonzada estas fuerzas ilegítimas de violencia como un exutorio psicológico, intenta sin embargo darles una explicación que se organiza en torno al concepto de accidente. El conflicto, cuando aparece, se considera como accidental, como dependiente de una patología social o de una "fatalidad": así el paradigma de una sociedad naturalmente transparente, serena, pacífica, racional, es preservado, y el hombre social conserva su calidad afirmada de ser pacífico, no agresivo. No es la agresividad lo que explica la delincuencia urbana, sino "el accidente", siempre reparable, de "desórdenes sociales" debidos al entorno, al paro, a la ausencia de asistencia social, etc; así mismo no es la agresividad de los conductores lo que explica las numerosas muertes durante las temporadas de vacaciones, sino en primer lugar el alcohol, el mal estado de los vehículos, el incumplimiento de los Reglamentos, etc. No se trata de impugnar esta clase de explicaciones; que cubren obviamente "causas" observables o "desencadenantes" en el origen de los fenómenos en cuestión; pero hay que señalar que los hechos conflictuales se interpretan como simples consecuencias patológicas, anormales, de incidentes y de la imperfección técnica de la maquinaria social, y a este respecto, susceptibles de ser reparados, rectificados. 

La sociedad industrial occidental se caracteriza pues, en su conciencia esquizofrénica, por tres características principales sobre el problema de la violencia y el conflicto: en la ideología, se les censura, ilegitimados; reaparecen en lo cotidiano bajo formas "desintegradas" en tanto que individuales; en tercer lugar, los "límites máximos de percepción" de la violencia y el conflicto se reducen: aunque más intensos que hace una veintena de años, la criminalidad pública y los ataques a la seguridad urbana son mucho menos notables que en las sociedades preindustriales, pero sin embargo no se integran psicológicamente, se perciben como insoportables. La insuperable contradicción entre una moral no conflictual y la persistencia del conflicto, y además, del conflicto individualizado, se rechaza al margen de toda instancia comunitaria, constituye la característica patológica que una psicología social podría calificar de "rechazo o negación del síntoma".

Es necesario observar de más cerca la naturaleza y el origen de este rechazo del conflicto, rechazo que da lugar, como acabamos de verlo, a la "violencia", resultado perverso de esa filosofía que pretende eliminar toda "fuerza" en las relaciones humanas. El rechazo del conflicto se manifiesta en primer lugar a través de la ideología común de la vida garantizada: en una sociedad determinista y racional, controlada por la economía, las previsiones y las estadísticas, el riesgo, es decir, el conflicto con las "cosas", es decir,  la confrontación de los riesgos, se considera perverso. La figura del Jugador no domina ya desde hace tiempo nuestra civilización; el Jugador, el buscador de riesgos, que nos regresa al espíritu rechazado de Dionysos, el tentador, el Diablo que se atreve a poner en juego su seguridad y la de los otros, no es más que un "aventurero", se opone radicalmente al humanitarismo determinista de nuestro tiempo. 

Hace algunas décadas, en los medios de comunicación, ecos de toda sociedad, que se han convertido en lugares de prosa o imágenes grises a pesar de la violencia cromática de las ilustraciones, la confrontación se redujo considerablemente. La sátira virulenta se hace rara y nula; la critica y el ataque no forman ya parte de las costumbres admitidas. La amonestación mas pequeña es objeto de denuncias por difamación. La esfera donde se ejercen los discursos públicos quiere ser, a imagen del universo de la publicidad comercial, "agradable", "humana", etc. La desaparición de la legitimidad del conflicto en los medios de comunicación corresponde a la hegemonia de un academicismo humanitario que dicta todos los discursos. Este psiquismo traiciona un deseo de un consenso negado. El miedo a todo conflicto, el sueño de fraternalismo no corresponden por otra parte a sentimientos "comunitarios", sino a un profundo egoísmo. Se trata "efectivamente" de ser como todo el mundo, pero al mismo tiempo de preservar su hedonismo individual. Se substituyó al polo altruismo/combate, característica del psiquismo comunitario, con el polo egotismo/universalismo pacífico. Mientras que una mentalidad agonal se realiza al mismo tiempo, generalmente, porque el verdadero altruismo hacia el prójimo es siempre poco numeroso, los pacifismos y los fraternalismos humanitarios modernos son caracteristica de individuos profundamente "aburguesados", es decir, muy penetrados de la mentalidad del consumidor y el homo economicus calculador. La moral comercial del interés justifica por otra parte el temor al conflicto y un fraternalismo general cuyo verdadero fundamento no es ético, sino económico, es decir, en tanto se cree que el conflicto perturba el curso normal de la comodidad individual y del "bienestar" garantizados por la tecnocracia. 

La democracia tecnócratica quiere ser entonces "consensual" y pretende substituir los antagonismos ideológicos y las luchas políticas con una homogeneidad, basada no en la "persuasión" (es decir, sobre la victoria de una opinión sobre otra luego de una confrontación), sino sobre la neutralidad de la administración técnica de las cosas. La filosofía antipolémica del mundo, que observa este último como gobernado por una mecánica, sin riesgos y sin historia, se reproduce en la transparencia tecnócrata; para esta última, la sociedad debe tomar la forma de una "maquinaria eficiente"; no son ya el conflicto o el riesgo generadores de ideas, vida, innovaciones, en la perspectiva de la democracia tecnócrata, sino, muy al contrario, el orden tranquilo y programado de una inmutable naturaleza de las cosas. El orden, es por supuesto, reproducir el orden eternamente. Pensamos por nuestra parte que el orden, en ese sentido no conflictual, es un concepto quimérico. El orden no es más que una consecuencia dinámica de los desórdenes, cada uno los cuales generan un orden que pronto es destruido. La evolución biológica como la historia de las sociedades siguen tal proceso: el conflicto crea un orden; al fin de otro conflicto, un nuevo orden aparece, a su vez es desafiado de nuevo. La coherencia global del conjunto nace de equilibrios conflictuales, conflicto-cooperacion retomando la expresión aplicada a la vida económica por François Perroux. Al no hacer caso de este "principio de orden" y al descuidar la fecundidad del desorden conflictual, la democracia tecnócrata no hará cesar el conflicto (así como el igualitarismo no pondra término a las desigualdades), sino que, al contrario se prepara a convertirse en su víctima. Para dominar el hecho conflictual, es necesario no solamente admitirlo, sino integrarlo. Los dos conceptos relacionados de la evolución y el conflicto, al contrario, son disociados por las ideologías del progreso y el desarrollo. La entropía, característica del mundo actual y su civilización mundial, es la consecuencia de ese progresismo cuyas principales finalidades es eliminar de la escena de la historia las competiciones entre los pueblos, las confrontaciones políticas y geopolíticas, las divergencias culturales. Pero aparece también una demagogia diferencialista que solo preve las pluralidades bajo el ángulo popular de la cohabitación no competitiva, de la suma igualitaria de sectores yuxtapuestos. La pluralidad verdadera, viva, es, al contrario, un campo de oposiciones, estrategias contrarias, antagonismos. 

Más allá de las causas directamente sociales, el rechazo del conflicto se explica por la base judeocristiana sobre la cual se construyeron las mentalidades y las ideologías modernas. En la perspectiva bíblica, el carácter combativo de la vida se considera como una desdicha frente a la cual la salvación (individual) promete liberarnos. La existencia pecaminosa, este valle de lágrimas que es el mundo terrenal, fue iniciado por un conflicto: el asesinato de Abel por Caïn que vino a destruir la armonía pacífica de la edad de oro. La historia humana se confunde entonces con la busqueda de la unidad de la humanidad original, condenada desde entonces a la diferencia competitiva y a la confrontación entre los pueblos, y también en el trabajo, visto como lucha contra una naturaleza que oculta sus beneficios. Los valores guerreros, de la victoria y del poder, etc, son confundidos con manifestaciones ridículas de orgullo, retos a un Dios radicalmente separado del mundo terrestre, es decir, leyes polémicas de la vida. El único conflicto legitimo es el de la guerra apocalíptica, el último combate, el conflicto destinado a exterminar al enemigo de Dios, al enemigo absoluto. 

Tal estructura mental prepara los espíritus a dos tipos de sentimientos, que encontramos en toda la historia occidental. El primero, es la mala conciencia ; en efecto, así invalidado, el conflicto, cualquiera que sea su naturaleza, guerra o lucha, no va a ser aceptado. Los impulsos agresivos en tanto que necesidades de defensa y seguridad van a entrar en contradicción con la moral. Paradójicamente, las fuerzas conflictuales no van inhibirse sino a percibirse como pecados, y a este respecto, se encontrarán enloquecidas, puesto que ningún orden social las integrará, ni les proporcionará normas. Y esto sucede en tanto que el conflicto no es reconocido como cruzada, guerra santa; lo que tendrá como efecto la ruptura de toda codificación moral y fomentar el fanatismo. Se lucha por la verdad y no "por juego" o "por práctica", los hombres presos de tal mentalidad practican una agresividad propulsiva; y así paradójicamente, el conflicto se vuelve "inhumano". 

Es interesante constatar que nuestra civilización vivió los conflictos más fatales cuando éstos eran causados por las religiones o las ideologías universalistas, humanitarias, pacifistas, etc. Los monoteísmos del Amor absoluto o del fraternalismo dogmático han dado lugar, clasicamente, al fanatismo belico. Cuando el enemigo es el enemigo absoluto, el no hombre, el "promotor de guerra", el último culpable a eliminar antes de alcanzar la paz universal, un esquema comun por ejemplo al cristianismo y al comunismo, el conflicto se convierte en una cruzada fatal. Las guerras de religiones y los genocidios del siglo XX fueron frutos del cristianismo o las ideologías que derivan de él. Dieron lugar en la historia a más guerras y destrucciones de poblaciones que los sistemas políticos y religiosos que ignoraban el humanismo igualitario y que reconocían todo conflicto como legítimo. Como la esclavitud que duró hasta el siglo XIX en la gran democracia puritana y bíblica del otro lado del Atlántico, las guerras más ásperas de nuestro tiempo son fruto directamente de la conjunción de los monoteísmos, de visiones del mundo que proponen como finalidad la realización de un mundo de fraternidad absoluta, de Resolución definitiva de antagonismos, y que colocan a la felicidad individual en la cumbre de su escala de valores. Una mayor tolerancia se observa, al contrario, en las ideologías que colocan en la cumbre de su escala de valores al grupo y su voluntad de poder. La tolerancia y el realismo controlan en efecto sus estrategias, que algunos califican de "cinismo"; las relaciones de fuerza son menos fatales que las leyes morales. ¿Y hoy día, no sabe que solo "el equilibrio del terror", es decir, la creencia en la posibilidad del conflicto y la determinación de llevarlo, pudo, hasta ahora, preservarnos del holocausto nuclear? 

Contra los tabúes filosóficos y las creencias políticas de nuestro tiempo, según la evolución científica más reciente, desde la polémologia a la etología, es mejor a nuestro modo de ver intentar integrar el conflicto en las relaciones sociales y políticas, sin acariciar la esperanza irreal de hacerlo cesar algun día. 

Es necesario reconocer que el conflicto es creador de socialidad, que en el mismo se tejen los vínculos comunitarios por las reagrupaciones y las polaridades que crea. Que sea agonal, como en la rivalidad, la competencia o la pelea, o polemiza y es susceptible de llegar hasta lo que está en juego de la vida, como en la lucha política, militar o religiosa, el conflicto moviliza los sentimientos e intensifica las pertenencias. La sociología de las empresas, por no citar más que este ejemplo, mostró bien el papel regulador de los conflictos y competencias internas, e incluso su función de estímulo del trabajo cuando un equipo está en competencia o en desacuerdo con otro sobre un objetivo. El conflicto permanece positivo y de "estructuración" mientras una autoridad sepa arbitrarlo y mantenerlo bajo el límite máximo que desintegraría el vinculo social. 

Es necesario recordar a este respecto toda la contribución de la etologia moderna sobre la función de la agresividad y el conflicto que constituye, en nuestra filogenesis, el principal factor de organización social. La agresividad intraespecífica, la enemistad (y la amistad que resulta como contrapartida), la oposición polémica entre grupos, etc, caracterizan el comportamiento de los primates y fundan sus vínculos sociales. Los hombres no poseen a este respecto ninguna diferencia, y nuestra herencia genética nos impulsa a entrar en conflicto con nuestros congéneres, tanto para definirnos como para actuar. Un grupo humano se define en primer lugar contra un vecino que lo amenaza, que debe amenazarlo, y tiende incluso a polémisar de manera antropomórfica los retos del entorno y los obstáculos elaborados por la naturaleza. El hombre busca las agresiones a las que debe responder con una contraagresión y organiza su amor o su amistad en función de una "defensa" de los objetos contra la enemistad o la amenaza de un tercero. La dimensión agonal (conflicto contenido) de las relaciones humanas estructura la vida interior de los grupos, mientras que su dimensión polémica (amenaza de legitimidad de la muerte) determina las pertenencias "políticas". A este respecto, la polaridad amigo- enemigo encuentra sus raíces inmediatas en la antropología y la biología etologica. La sociología del conflicto o la ciencia política nos parecen incomprensibles si no se basan en el estudio filogenético del comportamiento conflictual y sus funciones. Así como la competencia intraespecífica es el factor central de la evolución, así mismo el conflicto permanece como un comportamiento sin el cual no se entender ni los hechos sociales, ni de los hechos políticos, ni de la historia. Konrad Lorenz concuerda con Héraclito al reconocer que el conflicto era la materia de la vida, su principio déterminador. La concordancia de las concepciones del mundo no cristianas, de la India a Grecia, que admiten el conflicto como parte de la estructura real y lo integran en las cosmogonías, hoy es validada completamente por las ciencias de la vida. La filosofía y la antropología anti-conflictual del cristianismo y las ideologías occidentales se ven invalidadas, y las visiones del mundo "paganas" se revelan paradójicamente más adaptadas al nuevo espíritu científico que la racionalidad armonicista del igualitarismo. 

Así pues, una sociedad organizada en torno a la negación del conflicto, que proyecta erradicarlo definitivamente de la raza humana, la civilización occidental, prolongación del cristianismo, se instaura como figura central de la Decadencia. La Jerusalén celestial, la decadencia, el ocaso de la vida, está descendiendo sobre la tierra. 


 
Libros principales de Guillaume Faye: 

Le Système à tuer les peuples. Copernic 1981. 189 pags.

Contre l'économisme. Le Labyrinthe 1983. 67 pags. (brochure)

La nouvelle société de consommation. Le Labyrinthe 1984. 59 pags. (brochure)

L'Occident comme déclin. Agir 1985. 85 pages. (brochure)

Nouveau discours à la nation européenne. Albatros 1985, 164 pags. Préface de Michel Jobert. Deuxième édition complétée : l'Aencre 1999.

Les Nouveaux enjeux idéologiques. Le Labyrinthe 1986.

L'Archéofuturisme. L'Aencre 1998. 260 pags.

La colonisation de l'Europe. L'Aencre 2000. 350 pags.

Pourquoi nous combattons. L'Aencre 2001. 236 pags.

Guillaume Faye nació en 1949. Fue, con Alain de Benoist, uno de los principales animadores del GRECE (Groupement de Recherche et d'Etude sur la Civilisation Européenne/ Grupo de Investigación y Estudio de la Civilización Europea) y de la Nueva Derecha, que dejó en 1986, prefiriendo seguir su propia vía de "provocador nietzscheano. Su libro La colonisation de l'Europe (2000), que denuncia el peligro mortal de la inmigración afro-magrebina y del Islam, le valió un juicio, en el que se acuso de "peligro a la seguridad del Estado".  Es que el Sistema, que conduce al pueblo europeo a la catástrofe, le no gusta ser criticado... 

[Este texto fue extraido del ensayo de Guillaume Faye, L'Occident comme déclin, 1985.]

Publicado en Textos de la Nueva Derecha

Marx, Engels y otros racistas formidables

Marx, Engels y otros racistas formidables

Karl Marx es el héroe de algunos líderes de sindicatos y organizaciones de derechos civiles, incluidos aquellos que organizaron las recientes protestas en EEUU contra el proyecto de ley sobre inmigración. Es fácil ser marxista si no se han leído sus escritos.

Escribe Walter Williams que la mayoría de la gente reconoce que las predicciones de Marx sobre el capitalismo resultaron un fiasco. Lo que la mayoría no sabe es que Marx era un racista y un antisemita de tomo y lomo.

Marx escribió, acerca de la anexión de California por parte de EEUU luego de la guerra que enfrentó a este país con México: "Sin violencia jamás se ha conseguido algo en la historia". Y a continuación se preguntaba: "¿Es una desgracia que la espléndida California fuera arrebatada a los vagos mexicanos, que no sabían qué hacer con ella?". Por su parte, el coautor del Manifiesto comunista, Friedrich Engels, añadía: "Hemos sido testigos de la conquista de México, y nos hemos alegrado. Es en interés del propio México que quede bajo la tutela de Estados Unidos". Puede uno encontrarse con gran parte de las ideas de Marx en un libro escrito por el ex comunista Nathaniel Weyl y titulado Karl Marx, Racist (1979).

En una carta que dirigió en de julio de 1862 a Engels, Marx se refería a su rival político Ferdinand Lassalle, asimismo socialista, en los siguientes términos: "Para mí está completamente claro ahora, como lo prueban la forma de su cráneo y su pelo, que desciende de los negros de Egipto, suponiendo que su madre o su abuela no se mezclaran con la negrada. Esta unión de judaísmo y germanismo sobre una base negra tiene que producir un producto peculiar. La protuberancia del colega es, asimismo, la propia de la negrada".

Engels compartía gran parte de la filosofía racial de Marx. En 1887 el yerno de Marx, Paul Lafargue, se postuló para concejal en un distrito parisino que contaba con un zoo. Engels sostenía que Paul tenía "un octavo o un doceavo de sangre de negrazo". En una carta fechada en abril de 1887 y dirigida a la esposa de Paul, Engels escribía: "Al estar, en su calidad de negro, un paso más cerca del reino animal que el resto de nosotros, sin duda es el representante más adecuado para ese distrito".

Aunque mucho menos reivindicado que Marx, Thomas Carlyle es otra figura histórica inapreciable. Carlyle es conocido por aplicar a la economía el apelativo descalificatorio de "ciencia funesta" (dismal science), una inversión del término "gaya ciencia", o "gay saber", con que en aquel entonces (1849) se aludía al conocimiento que servía para introducir mejoras en la vida.

La mayoría de la gente ha aprendido, incorrectamente, que el término "ciencia funesta" hacía referencia a las agoreras predicciones de Thomas Malthus de que la población mundial crecería más rápidamente que el suministro de alimentos, lo que condenaría la Humanidad a la pobreza y la hambruna perpetuas. Mi colega de la Universidad George Mason, el profesor Davy Levy, y Sandra Peart cuentan la verdadera historia en su libro The Secret History of the Dismal Science: Economics, Religion and Race in the 19th Century, de 2001.

Carlyle empleó por primera vez el término "ciencia funesta" en un panfleto que publicó en 1849 y que llevaba por título An Occasional Discourse of the Nigger Question. Allí atacaba las ideas de Adam Smith, John Stuart Mill y otros economistas del libre mercado y el Gobierno limitado por su creencia en la igualdad fundamental del hombre y por su oposición a la esclavitud. Que la economía asuma que todo el mundo es igual y que todos merecen igualmente la libertad resultaba ofensivo para Carlyle, y le llevó a calificar a la economía de "ciencia funesta".

Carlyle sostenía que los negros eran subhumanos, "ganado bípedo" que necesitaba la tutela de los blancos, poseedores de la "fusta benéfica", si iba a contribuir al bien de la sociedad. Carlyle no era, en modo alguno, el único en denunciar la economía por sus posturas contrarias a la esclavitud y en favor de la igualdad.

Una figura no menos histórica, y muy socorrida en Navidad, Charles Dickens, compartía las posiciones de Carlyle en lo relacionado con la esclavitud y con los negros.

Marx, Engels, Carlyle y Dickens, todos ellos compartían una creencia inmemorial que ha prevalecido hasta nuestros días: algunas personas están dotadas de una sabiduría y una inteligencia sobresalientes y tienen por cometido imponerlas a las masas por la fuerza.

Publicado en Periodista Digital

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