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La memoria de la Otra Europa

Una voz en el desierto

Luis del Pino: (Apuntes para una crisis) Infiltrar, controlar, desactivar

Luis del Pino: (Apuntes para una crisis) Infiltrar, controlar, desactivar

 

¿Quién quema retratos de los Reyes?

La respuesta a esa pregunta es: ¿y qué más da? Lo que verdaderamente importa no es quién quema los retratos de los Reyes, sino quién paga a los que los queman. En otras palabras, la pregunta verdaderamente relevante es: ¿quién ha puesto en marcha esa campaña y qué objetivos espera conseguir?

Ya advertí en un artículo anterior que los Servicios del Estado tenían información puntual de lo que iba a ocurrir en Gerona, cuando se produjo la quema del primer retrato. A pesar de lo cual no se impidió. Para entender qué está pasando, y qué puede llegar a pasar, es necesario primero comprender algunos aspectos importantes del funcionamiento y objetivos de los Servicios del Estado españoles.

Permítanme que plantee la cuestión comenzando por una pregunta aparentemente irrelevante. ¿Se ha preguntado usted alguna vez por qué no existe una extrema derecha en España? ¿Es que acaso la extrema derecha española está formada por personas con menor capacidad organizativa que en otros países o en otras partes del propio espectro político español?

La respuesta es que la extrema derecha no existe en España porque el Estado lleva treinta años dedicando una ingente cantidad de recursos a evitar que pueda llegar a existir. Los servicios de información de la Policía o del CNI han dispuesto de abundante personal específico y de los suficientes medios como para controlar todo lo que se movía a la derecha de Alianza Popular, primero, y del Partido Popular, después. Dentro de la Policía funcionaron, desde finales de los 70, la Brigada Antigolpe y la Brigada de Involución, brigadas en las que, por cierto, jugaron un papel relevante algunos de los mandos policiales cuyos nombres aparecen después en las investigaciones del 11-M. El CNI, por su parte, no escatimó esfuerzos para la infiltración en las extremas derechas de distinto pelaje que han pululado por el panorama político de nuestro país. Por decirlo de manera jocosa, si la extrema derecha no existe en España es porque cinco de cada cuatro afiliados a grupúsculos de extrema derecha trabajan para los propios Servicios del Estado.

Esa tarea de infiltración fue dirigida, desde el principio, a dos objetivos distintos: obtener información sobre los distintos grupos de extrema derecha y asegurar su no consolidación en un partido que pudiera tener una mínima posibilidad de representación parlamentaria. La manera de garantizar que no apareciera una opción electoral sólida de extrema derecha consistió en ir dinamitando desde dentro los grupos existentes, provocando una atomización que, en la práctica, equivale a dejar reducidas a la nada sus aspiraciones electorales. El caso más evidente es el de Falange, donde se indujeron desde fuera escisiones, escisiones de las escisiones y escisiones de las escisiones de las escisiones, hasta conseguir que existieran no menos de media docena de "Falanges" de distintas especies. Lo mismo ha sucedido con los partidos de corte neonazi o con los de orientación lepenista.

Dinamitar desde dentro cualquier grupo que represente una amenaza es sencillo. Cuanto más bunkerizada está una formación política, cuanto más radicales son sus planteamientos, cuanto más antisistema es su discurso, más sencillo resulta aprovechar las debilidades humanas para provocar enfrentamientos personales, luchas por el mando o discusiones puristas sobre los "principios" del partido. Ni siquiera hace falta, en realidad, aprovechar las debilidades de ese grupo que ha sido infiltrado: ¿qué impide, por ejemplo, que dos de tus agentes infiltrados se enzarcen en una lucha ficticia y la disfracen de enfrentamiento ideológico? Esa lucha ficticia, provocada ex-profeso por tus infiltrados, terminará inevitablemente contagiándose al resto del grupo, que no es consciente de estar siendo manipulado. El resultado final es, casi siempre, la desactivación del grupo.

Toda la panoplia de técnicas de infiltración y atomización de grupos potencialmente molestos es conocida y está estudiada, y se aplica tanto a formaciones políticas como, también, a grupos de carácter violento o con tentaciones terroristas. Y esas técnicas no sólo se han aplicado en España a la desarticulación de la extrema derecha. El mismo procedimiento se ha seguido, desde los Servicios del Estado, con todas las organizaciones situadas a la izquierda del PCE, primero, y de IU, después.

¿Es lícito que los Servicios del Estado dediquen sus esfuerzos a impedir que puedan consolidarse determinadas opciones políticas? La verdad es que se trata de una discusión interesante. Por un lado, muchos nos sentiríamos tentados de felicitarnos de que se inviertan recursos públicos en evitar el crecimiento de los extremismos. ¿A quién puede parecerle mal, por ejemplo, que se evite a cualquier precio que el nazismo pueda resurgir de sus cenizas?

El problema surge cuando esa labor de infiltración y control se extiende a otros ámbitos del espectro político o de los movimientos ciudadanos. No me consta (y por tanto no puedo afirmarlo) que los Servicios del Estado hayan dinamitado también, por ejemplo, los partidos de corte ecologista. Pero, si uno analiza el panorama actual de esos partidos dentro del espectro político español, resulta muy llamativa la proliferación de movimientos, muy al estilo de lo que sucede con Falange. La pregunta inevitable es: ¿esa proliferación de movimientos ecologistas es casual, o también ha sido inducida desde los Servicios del Estado para evitar la aparición de un partido ecologista fuerte?

Donde sí me consta que los Servicios del Estado han actuado de manera consciente es, por ejemplo, en el campo de las asociaciones de víctimas del terrorismo, donde se ha intentado aplicar exactamente las mismas técnicas de infiltración y control para desactivar la resistencia a la Hoja de Ruta puesta en marcha tras el 11-M. Aunque, en este caso, el fracaso de esa labor de neutralización de las víctimas ha sido clamoroso.

Y aquí es donde surge el dilema moral. Si la infiltración y desactivación de los movimientos de corte neonazi nos parece a todos un objetivo loable, ¿podemos decir lo mismo de la infiltración y desactivación de los partidos ecologistas o de las asociaciones de víctimas? ¿Qué sucede cuando los Servicios del Estado, en lugar de limitar su actividad de infiltración a los grupos potencialmente peligrosos, amplía el ámbito de su actuación y comienza a dinamitar cualquier tipo de partido, o de movimiento ciudadano, que represente un peligro para el poder de turno o para el simple statu quo?

Esa posible conversión de los Servicios del Estado en un instrumento de dominación social es la primera de las grandes preguntas que cabría plantearse con respecto al papel de esos Servicios del Estado en nuestro actual sistema democrático. En términos abstractos, cabría plantear esa pregunta de la forma siguiente: ¿están haciendo esos Servicios del Estado cosas que no deberían hacer en un régimen democrático?

Pero hay una segunda pregunta muchísimo más inquietante que ésa, y que enlaza directamente con las reflexiones que apuntaba al principio del artículo. En términos abstractos, la pregunta sería: ¿están dejando de hacer los Servicios del Estado otras cosas que sí deberían hacer? Dicho así, no suena muy inquietante, ¿verdad? Pero déjenme que les plantee la pregunta en términos más concretos:

Sabemos que los Servicios del Estado han invertido una ingente cantidad de recursos en desarticular esas potenciales amenazas al Estado llamadas "extrema derecha" y "extrema izquierda". ¿Podría alguien explicarnos, entonces, por qué no se ha invertido una cantidad de recursos similar en infiltrar, controlar y desactivar esas otras amenazas al Estado llamadas "nacionalismos radicales"?

¿Por qué los Servicios del Estado no han invertido sus esfuerzos en infiltrar, controlar y dinamitar, por ejemplo, los movimientos nacionalistas radicales en Galicia, en Cataluña o en el País Vasco? ¿De quién han partido las órdenes para desarticular a cualquier precio a la extrema derecha y a la extrema izquierda, al mismo tiempo que se "dejaba hacer" a organizaciones políticas cuya vocación declarada es la voladura de la Constitución y la ruptura de la Nación española? ¿Por qué se han dedicado los esfuerzos a dinamitar, por ejemplo, a la AVT, en lugar de a ERC?

La pregunta es todavía más inquietante cuando se constata que, en realidad, los Servicios del Estado sí que se han infiltrado desde hace treinta años en los movimientos nacionalistas radicales. Pero esa labor de infiltración no se ha dirigido a acabar con esos movimientos, sino justamente a lo contrario: a consolidarlos en una opción con posibilidades electorales. Dejando aparte el caso vasco, donde el fenómeno terrorista hace que la situación sea infinitamente más compleja, en Cataluña y en Galicia la labor de los Servicios del Estado ha ido dirigida, precisamente, a consolidar ERC y BNG como opciones nacionalistas radicales. En Cataluña, por ejemplo, se ha puesto especial cuidado en evitar que una dispersión del voto independentista radical diera al traste con las posibilidades electorales de ERC. En Galicia, donde el BNG está compuesto de una multiplicidad de grupúsculos que serían presa fácil de una operación de atomización bien diseñada, se ha intentado por todos los medios consolidar esos grupúsculos en un frente unificado que garantizara la obtención de representación parlamentaria.

Así que podemos replantear la pregunta anterior de una manera mucho más cruda: ¿Por qué los Servicios del Estado no sólo no han dinamitado, sino que han contribuido a mantener los nacionalismos radicales? ¿Para qué es útil, a quién sirve, el mantenimiento de la presión nacionalista? ¿Quién marca, en realidad, los objetivos de los Servicios del Estado? ¿Estamos seguros de que los Servicios del Estado trabajan realmente para el Estado?

Volvamos ahora a la cuestión que planteaba al principio y analicemos lo que está pasando en Cataluña, y en toda España, con la ofensiva contra la Corona. Esas quemas de imágenes de los Reyes no son algo improvisado. Se trata, por el contrario, de una campaña perfectamente orquestada y perfectamente temporizada.

Una campaña que dio comienzo con el inexplicable secuestro de la revista El Jueves, secuestro que dio publicidad a una viñeta que, de no ser por ello, nunca hubiera llegado a ser vista por un número significativo de personas. Campaña que ha continuado con la aprobación de mociones en favor de la III República por parte de PSOE e IU en diversos ayuntamientos. Campaña que tiene su plasmación gráfica más llamativa en esas quemas de retratos de los Reyes.

Decía al principio que la primera de las quemas, en Gerona, era conocida por los Servicios del Estado antes de que se produjera, a pesar de lo cual no se impidió. Permítanme que vaya un poco más lejos y que pregunte con toda la crudeza: ¿están participando colaboradores de los Servicios del Estado en la organización o implementación de esa campaña de quema de retratos? ¿Están participando en esas quemas, directa o indirectamente, algunas de las personas que trabajan para esos Servicios del Estado desde el ámbito de las organizaciones independentistas radicales catalanas? ¿Qué información tiene, por ejemplo, el CNI sobre los movimientos que han hecho posible esa campaña?

Si yo fuera el PP, solicitaría por vía parlamentaria que se remita a la Comisión de Secretos Oficiales toda la documentación que el CNI haya elaborado para analizar o informar de esos ataques contra la institución monárquica. Y creo que tampoco estaría de más que alguien iniciara las acciones judiciales oportunas para que quedara constancia de quién o quienes están permitiendo esas quemas. Por ejemplo, creo que sería muy interesante conocer cuál es la cadena de mando que permitió que la primera de las quemas se produjera en Gerona. Más que nada, para que cada cual tenga que hacer frente a sus responsabilidades cuando llegue el momento de pedirlas.

La pregunta que quedaría por responder es la siguiente: ¿qué objetivo se persigue con esa campaña de ataque contra la figura de los Reyes? En realidad, no es un único objetivo, sino varios. Entre otras cosas, pretenden disfrazar de ataque a la Monarquía lo que no es sino un asalto frontal, a bayoneta calada, tanto a la Nación como al edificio constitucional en que ésta se plasma. Pero responder en condiciones a esa pregunta nos llevaría muy lejos, así que dejaremos el análisis para un futuro artículo.

 

Fuente: Blog de Luis del Pino

La Verdad sobre el Holocausto: Tour por Auschwitz (1992)

En 1992 un joven judío visita Auschwitz para conocer de primera mano lo ocurrido en ese campo de exterminio durante la segunda guerra mundial. Sus conclusiones y hallazgos no han podido ser refutados, ni siquiera por el mismo. En esta serie de 7 videos realiza un tour guiado por el famoso "campo de exterminio" en Polonia, ingresa a la cámara de gas y entrevista al director del Museo de Auschwitz.

 

Juan Pablo Vitali: El socialismo..., ¿este humanismo?

Juan Pablo Vitali: El socialismo..., ¿este humanismo?

 

La palabra “socialismo” responde sin duda a un origen: es hija de la modernidad. Quiere decir muchas cosas y termina no queriendo decir casi nada. Sin embargo por encima de las distintas interpretaciones y usos del vocablo, sobrevuela su verdadera esencia, la íntima profundidad de su origen filosófico.

 
La historia del socialismo y de sus variados enfoques es bastante conocida. Lo que es menos comprensible es la adjudicación del nombre a fenómenos históricos anteriores a la existencia del mismo y de su sentido esencial, algo que no puede entenderse fuera del marco de la modernidad. Nos referimos a cuando se habla del socialismo platónico, del socialismo de los primeros cristianos, o de todo lo que se quiere denominar como socialista, pero está situado en tiempos y espacios históricos que no necesitaban ni conocían esa palabreja moderna, aplicable a hombres también modernos.
 
La idea aquí expuesta es que más allá de las pretendidas diferencias entre socialismos, existe en la palabra un sustrato materialista y reaccionario, desde que su nacimiento es precisamente una reacción de tipo material que el homo œconomicus asume como parte de una clase, como estrato social en un sistema de engranajes de producción a los que hay que ajustar sin cambiar lo esencial: el profundo economicismo del sistema.
 
Podría decirse que el socialismo no es más que el germen de un totalitarismo, donde lo socialeconómico prevalece siempre sobre una sociedad orgánica, que debería articularse en torno a tipos humanos con vocaciones, preferencias, cultura, historia y espiritualidad, aunque también participen de la vida económica.
 
Las estructuras de una sociedad organizada políticamente de un modo no determinado excluyentemente por la economía, no necesita el socialismo ni sus criterios. Por eso puede buscarse otro u otros términos para denominar la búsqueda de justicia, teniendo en cuenta la particular identidad y la forma de vida de esa comunidad. Porque el sentido de justicia es anterior y será también posterior al socialismo, y no necesita de tal nombre para poder ejercerse.
 
El sentido materialista del socialismo siempre tiende a lo totalitario, pero hay otro sentido de la palabra tanto o más nocivo: el sentido utópico del socialismo, que mientras nivela al hombre de un modo materialista y reaccionario, busca convencernos de su dimensión humanitaria y cuasi religiosa, de la búsqueda de una igualdad mística extraña por completo a la esencia de lo humano. Así, en medio de un utopismo irracional que no lleva a sitio alguno, termina beneficiando a aquellos que en nombre de tales abstracciones imponen su autoridad tiránica, su ideal antinatural que nunca veremos realizado.
 
No digo que aún llamándose socialistas algunas personas no hayan hecho cosas buenas, pero me temo que lo bueno por ellos realizado sea justamente lo que tiene que ver con el intento de retornar a la dimensión integral del hombre, tanto en lo individual como en lo comunitario, apartándose de la injusta nivelación que nos propone el socialismo frente a la injusticia del capitalismo.
 
Pertenecí una vez al extinto movimiento político que tomó el nombre de justicialismo. El sentido de la justicia y en particular de la justicia social, no necesitó entonces de la palabra socialismo, que quedó fuera de uso aún para las luchas obreras que iban en pos de un tipo de justicia real en un contexto preciso, no sólo en sus dimensiones exclusivamente económicas. Eso ocurrió en medio del intento de conformar una comunidad organizada que privilegiara las organizaciones libres del pueblo, a las que el estado les otorgó un marco legal sin necesidad de asfixiarlas en su dinámica.
 
Quizá influenciado por esta experiencia personal, siempre desconfié de la palabra socialismo. Palabra salida de las entrañas mismas del sistema que dice enfrentar, contraponiendo su igualitarismo social esclavizante, al individualismo igualmente gris y esclavizante del capitalismo.
 
Es que para los teóricos materialistas del dominio, la política trata siempre de sustraer poder e identidad a una comunidad, para imponer un sistema desde arriba y limitar nuestras vidas a una dialéctica destructiva y excluyente de nuestra forma de ser, de nuestras posibilidades creadoras, de nuestra dimensión humana integral, y de la propia política como forma de organización y de protección de las personas.
 
Fuente

Jean Raspail: La patria traicionada por la República (Le Figaro)

Jean Raspail: La patria traicionada por la República (Le Figaro)

 

He dado vueltas en torno al mismo tema como un perro amaestrado en torno a un paquete con trampa. Es difícil tratarlo de forma directa sin que os estalle en la cara. Se corre peligro de muerte civil. Se trata sin embargo de la pregunta fundamental. He tenido mis dudas. Sobre todo porque en 1973, al publicar El Campamento de los Santos ya he contado todo sobre el asunto. No tengo gran cosa que añadir, salvo que creo que el guiso ya está preparado.

Porque estoy convencido de que nuestro destino como franceses está sellado, porque «En mi casa están en su casa » (Mitterrand), en el seno de « una Europa cuyas raíces son tan musulmanas como cristianas» (Chirac), porque la situación es irreversible hasta el cambio definitivo de los años 2050, cuando los franceses de origen constituyan solamente la mitad (la más avejentada) de la población del país, estando compuesto el resto por africanos, magrebíes o negros y por asiáticos de todas partes originarios de la reserva inextinguible del tercer mundo, con el Islam, integristas y djihadistas incluídos, como elemento dominante, y esto no habrá hecho más que empezar.

No sólo Francia está concernida. Toda Europa camina hacia la muerte. No faltan las advertencias – informe de la ONU (que se alegra de ello), trabajos incontestables en especial de los demógrafos Jean-Claude Chesnais et Jacques Dupâquier –, pero son sistemáticamente ocultadas y la Oficina de Estadística juega a la desinformación. El silencio casi sepulcral de los medios de comunicación, de los gobiernos y de las instituciones comunitarias sobre la quiebra demográfica de la Europa de los Quince es uno de los fenómenos más importantes de nuestra época. Cuando se produce un nacimiento en mi familia o en casa de unos amigos, no puedo contemplar este bebé sin inquietarme por lo que le está preparando la incuria de los gobernantes y a lo que deberá hacer frente en su fase adulta...

Hay que contar con que los franceses de origen, machacados por el tam-tam incesante de los derechos humanos, de la « acogida al distinto », del «compartir» tan grato a nuestros obispos, etc., encuadrados por todo un arsenal represivo de leyes supuestamente «antiracistas», condicionadas desde la primera infancia al « mestizaje » cultural y de comportamiento, a los imperativos de la «Francia plural» y a todas las derivas de la antigua caridad cristiana, no tendrán otra salida que bajar la cerviz y fundirse sin rechistar en el nuevo molde de “ciudadano” francés del futuro. De todas formas no hay que desesperar del todo. Sin duda subsistirán lo que en etnología se denominan islotes, fuertes minorías, quizá una quincena de millones que aún hablarán nuestro idioma en su integridad y que se empañarán en permanecer fieles a nuestra cultura y nuestra historia tal como nos han sido transmitidas de generación en generación. Esto no les resultará fácil.

Frente a las distintas “comunidades” cuya formación estamos presenciando sobre las ruinas de la integración (o mejor dicho, a la inversa : somos nosotros los que nos estamos integrando al “distinto” y no al revés) y que en 2050 estarán definitiva y sin duda institucionalmente establecidas, se tratará de alguna forma de una especie de comunidad francesa de la continuidad. Ésta se basará en las familias, su natalidad, su endogamia de supervivencia, sus colegios, sus redes paralelas de solidaridad, quizá incluso en sus zonas geográficas, sus porciones de territorio, sus barrios, sus plazas de seguridad y, por qué no, su fe cristiana, y con un poco de suerte católica, si este cimiento consigue sostenerse.

Lo que no llego a comprender y que me sume en un estado de perplejidad, es cómo y por qué tantos franceses informados y tantos políticos coinciden de forma metódica, contumaz, no me atrevo a decir que cínica, a la inmolación de cierta Francia (evitemos el calificativo de eterna que revuelve las buenas consciencias) en el altar del humanismo utópico exacerbado. Me planteo la misma pregunta a propósito de todas esas omnipresentes asociaciones de derecho a esto y a aquello, y de todas esas ligas, esas sociedades de pensamiento, esas oficinas subvencionadas, esas redes de manipuladores infiltrados en todos los engranajes del estado (educación, magistratura, partidos políticos, sindicatos, etc.), esos incontables demandantes, esos medios de comunicación correctamente consensuales y todos esos « inteligentes » que día tras día inoculan impunemente su sustancia anestesiante en el organismo aún sano de la nación francesa.

Entre la marea de referencias que acumulo en gruesos expedientes de apoyo de esta tesis, he aquí una que bajo una apariencia inocente aclara en gran medida la extensión de los daños. Está tomada de un discurso de Laurent Fabius al congreso socialista de Dijon, el 17 de mayo de 2003 : « Cuando la Mariana (figura femenina símbolo de la república francesa) de nuestros ayuntamientos adopte el bello rostro de una joven francesa procedente de la inmigración, ese día Francia habrá dado un paso en la dirección de hacer vivir plenamente los valores de la República... »

Ya que hemos empezado con las citas, he aquí dos, para concluir: «No existen bombas atómicas en el mundo para detener la marea formada por los millones de seres humanos que un día partirán de la parte meridional y pobre del mundo, para irrumpir en los espacios relativamente abiertos del rico hemisferio septentrional, en búsqueda de supervivencia. » (Presidente de Argelia Bumedian, marzo de 1974.)

Y esta otra, tomada del Canto XX del Apocalipsis: «La era de los mil años se acaba. He aquí que salen las naciones que están en los cuatro rincones de la tierra y que igualan en número a la arena del mar. Saldrán de expedición sobre la superficie de la tierra, irrumpirán en el campamento de los santos y en la ciudad bien amada. »

Hispanismo.org

Arturo Pérez-Reverte: La carga de los tres reyes

Arturo Pérez-Reverte: La carga de los tres reyes

 

ya ni siquiera se estudia en los colegios, creo. Moros y cristianos degollándose, nada menos. Carnicería sangrienta. Ese medioevo fascista, etcétera. Pero es posible que, gracias a aquello, mi hija no lleve hoy velo cuando sale a la calle. Ocurrió hace casi ocho siglos justos, cuando tres reyes españoles dieron, hombro con hombro, una carga de caballería que cambió la historia de Europa. El próximo 16 de julio se cumple el 798 aniversario de aquel lunes del año 1212 en que el ejército almohade del Miramamolín Al Nasir, un ultrarradical islámico que había jurado plantar la media luna en Roma, fue destrozado por los cristianos cerca de Despeñaperros. Tras proclamar la yihad –seguro que el término les suena– contra los infieles, Al Nasir había cruzado con su ejército el estrecho de Gibraltar, resuelto a reconquistar para el Islam la España cristiana e invadir una Europa –también esto les suena, imagino– debilitada e indecisa.

Los paró un rey castellano, Alfonso VIII. Consciente de que en España al enemigo pocas veces lo tienes enfrente, hizo que el papa de Roma proclamase aquello cruzada contra los sarracenos, para evitar que, mientras guerreaba contra el moro, los reyes de Navarra y de León, adversarios suyos, le jugaran la del chino, atacándolo por la espalda. Resumiendo mucho la cosa, diremos que Alfonso de Castilla consiguió reunir en el campo de batalla a unos 27.000 hombres, entre los que se contaban algunos voluntarios extranjeros, sobre todo franceses, y los duros monjes soldados de las órdenes militares españolas. Núcleo principal eran las milicias concejiles castellanas –tropas populares, para entendernos– y 8.500 catalanes y aragoneses traídos por el rey Pedro II de Aragón; que, como gentil caballero que era, acudió a socorrer a su vecino y colega. A última hora, a regañadientes y por no quedar mal, Sancho VII de Navarra se presentó con una reducida peña de doscientos jinetes –Alfonso IX de León se quedó en casa–. Por su parte, Al Nasir alineó casi 60.000 guerreros entre soldados norteafricanos, tropas andalusíes y un nutrido contingente de voluntarios fanáticos de poco valor militar y escasa disciplina: chusma a la que el rey moro, resuelto a facilitar su viaje al anhelado paraíso de las huríes, colocó en primera fila para que se comiera el primer marrón, haciendo allí de carne de lanza.

La escabechina, muy propia de aquel tiempo feroz, hizo época. En el cerro de los Olivares, cerca de Santa Elena, los cristianos dieron el asalto ladera arriba bajo una lluvia de flechas de los temibles arcos almohades, intentando alcanzar el palenque fortificado donde Al Nasir, que sentado sobre un escudo leía el Corán, o hacía el paripé de leerlo –imagino que tendría otras cosas en la cabeza–, había plantado su famosa tienda roja. La vanguardia cristiana, mandada por el vasco Diego López de Haro, con jinetes e infantes castellanos, aragoneses y navarros, deshizo la primera línea enemiga y quedó frenada en sangriento combate con la segunda. Milicias como la de Madrid fueron casi aniquiladas tras luchar igual que leones de la Metro Goldwyn Mayer. Atacó entonces la segunda oleada, con los veteranos caballeros de las órdenes militares como núcleo duro, sin lograr romper tampoco la resistencia moruna. La situación empezaba a ser crítica para los nuestros –porque sintiéndolo mucho, señor presidente, allí los cristianos eran los nuestros–; que, imposibilitados de maniobrar, ya no peleaban por la victoria, sino por la vida. Junto a López de Haro, a quien sólo quedaban cuarenta jinetes de sus quinientos, los caballeros templarios, calatravos y santiaguistas, revueltos con amigos y enemigos, se batían como gato panza arriba. Fue entonces cuando Alfonso VII, visto el panorama, desenvainó la espada, hizo ondear su pendón, se puso al frente de la línea de reserva, tragó saliva y volviéndose al arzobispo Jiménez de Rada gritó: «Aquí, señor obispo, morimos todos». Luego, picando espuelas, cabalgó hacia el enemigo. Los reyes de Aragón y de Navarra, viendo a su colega, hicieron lo mismo. Con vergüenza torera y un par de huevos, ondearon sus pendones y fueron a la carga espada en mano. El resto es Historia: tres reyes españoles cabalgando juntos por las lomas de Las Navas, con la exhausta infantería gritando de entusiasmo mientras abría sus filas para dejarles paso. Y el combate final en torno al palenque, con la huida de Al Nasir, el degüello y la victoria.

¿Imaginan la película? ¿Imaginan ese material en manos de ingleses, o norteamericanos? Supongo que sí. Pero tengan la certeza de que, en este país imbécil, acomplejado de sí mismo, no la rodará ninguna televisión, ni la subvencionará jamás ningún ministerio de Educación, ni de Cultura.

 

XL semanal

Eduardo Arroyo: La policía del pensamiento cabalga desbocada

Eduardo Arroyo: La policía del pensamiento cabalga desbocada

 

Acaba de llegarme la noticia de que el último número de la revista "Play Boy", en su edición portuguesa, muestra a Jesucristo en un burdel. ¿Eso no ofende a un colectivo?

Por su parte, el diario El Mundo ha "informado" a sus lectores acerca del tratamiento "polémico" de la publicación y su "periodista" –anónimo- explica en tono irónico que Play Boy ha optado por mostrar el lado canalla del líder cristiano". Además, cierra la noticia diciendo que "habrá quienes estén deseando hacerse con el último número, pues los 28.000 dólares que se pagaron por el sándwich con la imagen de la Virgen María demuestran que los ´protagonistas´ de la Biblia cotizan muy alto". El número de la revista Play Boy portuguesa intenta homenajear al "escritor" José Saramago y a su "libro" titulado El Evangelio según Jesucristo.

Advierta el lector la profusión de comillas en estas líneas introductorias. Y es que considero que todas estas cosas son solo mera apariencia: el diario El Mundo no ha informado de nada. Solo explica que existe la mierda y te pone una foto para que la veas en tu casa. Lejos de esa estupidez de que "el público tiene derecho a saber", nadie ha pedido que un detritus encuadernado –que no "periódico" o "revista"- me explique las taras mentales de un tratante de basura y por eso tampoco creo que "el público tenga derecho" a saber nada. Amparándose en la "libertad de expresión", Play Boy intoxica a millones y ofende a más millones aún de gente sencilla, mientras que el escribiente –"periodista" le dicen- se ampara en que una amplia mayoría –porque eso de ser mayoría no sirve de mucho si no coincide con los criterios de la ideología dominante- no puede defenderse, para ironizar sobre "el lado canalla del líder cristiano".
Por desgracia para todos ellos, hay muchos que , como yo, creemos que es imprescindible no leer el periódico y que sentimos un hondo desprecio por la mayoría de los "periodistas" al uso. Tampoco creemos que los libros de Saramago sirvan más que de monumento a la extraordinaria estafa moral de alguien que se escudó en las tropelías del capitalismo para reivindicar el genocidio comunista, intentando rehabilitar una falseada preeminencia moral de la ideología más criminal de todos los tiempos. Así, en lo que a mi respecta, Saramago, El Mundo, Play Boy –el portugués o el polaco- se igualan en un totum revolutum indiferenciado que explica muy bien la altura a la que rayan los tiempos. Pero lo que más me sorprenden es que decididamente proliferan las prohibiciones de los que luchan por "la libertad" y así, el Grupo Intereconomía –que en mi opinión ha cometido honradamente la estupidez de declararse de "derechas"- ha sido multado por un spot supuestamente hiriente con el colectivo homosexual. Para nuestro ministro de industria –aquél que hizo el ridículo en las elecciones al Ayuntamiento de Madrid- "ni este Gobierno ni ningún otro está censurando a nadie ni mucho menos cercenando la libertad de expresión".

La frase de Sebastián es sólo un ejemplo más de ese intento de machacarte y encima ir de víctima y rebela cómo el manejo de la historia de acuerdo con un ideario fabricado a conveniencia permite utilizar la coerción del Estado contra el otro en nombre de la "libertad" o incluso –si llega el caso- organizar un sistema de campos de concentración en Siberia en nombre de la "emancipación" humana. Y es que el cinismo de Miguel Sebastián –o del denominado COGAM, que pide el cierre de la cadena- no es sino un ejemplo más de cómo medra la ideología dominante. El spot de Intereconomía hablaba de "364 días de orgullo de gente normal y corriente", una frase considerada por una "ciudadana andaluza" como "ejemplo clarísimo de intolerancia y homofobia por presentar a los homosexuales como personas que no son normales y corrientes". Pero las burlas gays contra religiosos nunca han sido proporcionalmente reprendidas pese a que la gente religiosa es un "colectivo" sin duda mayoritario. Es decir, que si eres homosexual y piensas que los que no lo son resultan, cuando menos, sospechosos de "fanatismo" e "intolerancia" , entonces te respalda el imaginario del pensamiento "PC"; si por el contrario no eres homosexual y atisbas un ápice de duda sobre la tesis oficial –es decir, que la homosexualidad es tan normal como ir al cine- entonces procede contra ti… el Ministerio de Industria.

Este esquema es el mismo, en líneas generales, que sostiene las ideas de los grandes fanáticos de hoy. Philip Pullman, el ateo beligerante autor de La brújula dorada explicaba allá por el año 2002 a su entrevistador Huw Spanner, que le preguntaba por los genocidios de los regímenes ateos, que "sí, pero funcionaban exactamente igual [que una religión]. Tenían un libro sagrado que explicaba la historia de un modo tan trascendental que cualquier otra explicación resultaba incuestionable. Había grandes profetas –Marx, Engels, Lenin, Stalin, Mao Tse-Tung- tan por encima de la raza humana que podían muy bien ser exaltados como dioses. Eran tratados igual que el Papa. Cada palabra que decían, cada cosa que tocaban, era sagrada; sus cuerpos debían ser preservados y debían ser contemplados al pasar con silencio. El hecho de que proclamasen que no hay Dios no les hace diferentes: era una religión y actuaban de la manera en que lo haría un sistema religioso totalitario" . En otras palabras, la culpa siempre es de otro y si lo que yo sostengo conduce a resultados nefastos, se debe a una interpretació n errónea. De semejante estafa moral ha vivido la izquierda reciclada en todo el mundo, de manera que tras perpetrar los peores crímenes, se salvaba la idea personalizando los resultados. No era culpa del marxismo sino, del "estalinismo" o de un cierto "dictador" cubano o coreano.

El problema es que mientras que la condena a unos se basa en suposiciones, otros quedan eximidos pese a ostentar el peor de los curricula. A la respuesta anterior de Pullman, Spanner repregunta diciendo: "Bueno, quizás. Pero usted insiste en que el problema con el monoteísmo es que conduce a la gente a comportarse de modo opresivo. A partir de la evidencia del último siglo, puede decirse que el ateísmo, también conduce a la gente a comportarse de ese modo. Y no ha habido autoridad cristiana que haya matado alguna vez las decenas de millones que mató Stalin". Pullman, ni corto ni perezoso, responde: "No, ¡pero dádles una oportunidad! Si la tuvieran…". La falta de evidencias se llena con la suposición teórica, prescindiendo así de los datos que no interesan.

Por desgracia el caso de Pullman no es único. El pasado 3 de marzo, Benjamin D. Wiker ha permitido que el escritor conservador americano Dinesh D´Souza corrigiera al enajenado Richard Dawkins y le explicara un poco de historia. Dawkins sostenía que el genocidio comunista no tuvo lugar en nombre del ateísmo y D´Souza le explica que la criminal persecución religiosa no fue algo casual sino una consecuencia directa del ateísmo profesado por los ideólogos y líderes marxistas.

Sebastián, Saramago, Pullman, Dawkins o el COGAM, además de un largo etcétera, no son sino evidencias palpables del modo en que funciona la ideología dominante. Uno acusa a otro y lo demuestra con su prensa y sus medios; después, legalmente te exterminan si pueden. Y al candor de esa propaganda medran todos ellos. De ahí la importancia de las "memorias históricas" manipuladas y de las invenciones sostenidas a todo trance.

Tampoco es nada casual, por ejemplo, las conclusiones maquilladas a las que se llega en el informe oficial Europol sobre el terrorismo en la UE, conocido como TE-SAT (EU Terrorism and Trend Report 2009), que puede descargarse en la red. El informe cuantifica el origen de todos los "ataques" exitosos, fracasados y frustrados durante 2009 en la UE, así como su filiación política. Sorprendentemente, hubo 0 atentados islamistas, 397 separatistas, 28 izquierdistas y anarquistas y 0 por extremistas de derechas. De los 397 separatistas, 293 han tenido lugar en España, con lo que podemos suponer que esos 293 podrían agruparse tanto con los "separatistas" como con los "izquierdistas" .

Algo así puede verse en los tres informes que he consultado (2007, 2008 y 2009), donde es fácil concluir que el principal origen de la violencia política es la izquierda y los anarquistas, pese a que las leyes contra la violencia política son siempre e invariablemente contra la extrema derecha en todos los países de la unión. Sin que cause sonrojo, el informe de Europol de 2009 dice en su página 12 que "en línea con sus legislaciones nacionales, un número de estados miembros informaron de las actividades de los grupos izquierdistas y anarquistas como de extremismo y no terrorismo".

¿Les suena?

En la red: Eduardo Arroyo

En la red: Eduardo Arroyo

Una visión realista de Vic: políticos y periodistas papando moscas

O no tienen ni idea o se alimentan de tópicos o, peor aún, las dos cosas. Nunca un tema dejó ver el divorcio entre la gente normal y la clase de los opinólogos y los próceres.

La decisión –y la claudicación- del Ayuntamiento de Vic de no empadronar a los inmigrantes ilegales ha recorrido el país como la pólvora. Existe un descontento creciente con la inmigración que traen los políticos y que soportan los españoles de a pié, un descontento que cada vez va a ser más difícil silenciar.

Recuerdo escasamente que hace un par de semanas, un familiar atendía a la célebre tertulia de El Gato al Agua, donde se debatía sobre el asunto. El poco tiempo que ví creí diferenciar dos tipos de argumentos: los que se oponían a la medida sin más y reiteraban la consabida cháchara a favor de la inmigración, por un lado, y, por otro lado, los que desde las posiciones del PP hacían bascular la crítica hacía la suicida política de "papeles para todos" del PSOE, como si el gobierno de Aznar no hubiera procedido en su momento a varias "regularizaciones masivas". Así, mientras los políticos y los periodistas debatían sobre ideas que no eran esencialmente diferentes, la encuesta en tiempo real que se mostraba en la parte baja de la pantalla mostraba un perfil bastante claro. A la pregunta de "¿Se debe empadronar a los inmigrantes ilegales sin papeles?", un 80% respondía que no. Alguien me hizo notar que, de todas las tertulias a las que había asistido –y pueden creerme que él es asiduo de ese programa-, esta era con diferencia la vez en que el público se había decantado con más claridad. Sorprendentemente, el rechazo de plano a las tesis de lo "políticamente correcto" no tenía una representació n clara y diáfana en la tertulia.

Esta anécdota ilustra perfectamente un hecho que a nuestros dirigentes político mediáticos no gusta encarar y que consiste en que la inmigración solo interesa a las élites dirigentes de izquierda –partidos políticos y sindicatos-, a los medios de comunicación, y a los complejos industriales y financieros. Al pueblo llano no le motiva en absoluto.

A este respecto, durante la semana se han podido leer algunos ejemplos de hasta qué punto puede llegar la corrupción intelectual de nuestra clase político-mediá tica. Por ejemplo, en La Razón hemos podido leer el artículo titulado Sin papeles (15/1/2010), a cargo de Ernesto Sáenz de Buruaga. El conocido presentador se despachaba con la siguiente deducción: "Pero ahora que tenemos la sensibilidad a flor de piel, con el terremoto en el paupérrimo Haití y, como seres humanos, ¿cómo debemos, desde la prosperidad de Occidente, desde la opulencia del norte frente al sur, afrontar el hecho de que alguien que se muere de hambre y cuya esperanza de vida en su tierra no llega a cuarenta años, no pueda desplazarse libremente en busca de un futuro? Cuando en esos países, de los que nos llegan, se mueren de hambre mientras que nosotros tenemos como causa de mortalidad un exceso de alimentación y multiplicamos dietas y medicamentos para combatir las enfermedades que originan. Y damos donativos para atenderles cuando están lejos y les miramos de reojo cuando les tenemos en nuestras calles. Complicado problema, compleja solución".

Es difícil concentrar en pocas líneas tanta demagogia. Al parecer, la catástrofe de Haití en el Caribe justifica –o casi- la quiebra de la ley en nuestro país. Buruaga, por si fuera poco, aduce una de las armas más deletéreas que minan los cimientos mismos de nuestra sociedad -el complejo de culpa-, basada en la ya asumida ideología izquierdista del "tercermundismo" , según la cual la "riqueza" cae, al parecer, del cielo y hay unos pocos sinvergüenzas que se adueñan injustificadamente de ella. De acuerdo con los Buruagas de toda laya –por desgracia no solo es él-, la prosperidad crece en los árboles y no tiene nada que ver con muchas generaciones de trabajo inteligente. En consecuencia, una persona que cuida su línea, que sigue una dieta o que generosamente cree que con su pequeña aportación está de verdad ayudando a los demás, debería sentir vergüenza a causa de un hambre o un terremoto que ella no ha provocado y con lo que en realidad no tiene nada que ver. Es difícil encontrar un argumento más moralmente corrompido. Al final las elegantes invectivas, la vergüenza y el oprobio siempre caen sobre el baqueteado y machacado pueblo español que tiene la culpa –directa o indirectamente- del hambre en África central, de los huérfanos de China, del terremoto de Haití o de las enfermedades que asolan América central.

Buruaga, por supuesto, no es capaz de esgrimir otro tipo de crítica según la cual vivimos en un sistema en el que los pueblos y las personas son meros activos económicos, que se trasfieren de unas regiones a otras de acuerdo con las necesidades del mercado. Ese sistema esgrime la retórica "antiracista" como estrategia idónea de neutralizar la reacción popular frente a la desnacionalizació n de las comunidades étnicas o históricas, una retórica que usa así mismo como soporte la cantinela internacionalista de la izquierda, demostrando una vez más como "izquierdas" y "derechas" se complementan en la obra de sojuzgamiento que prepara el capitalismo global. El problema es que Buruaga, con su actitud periodística de crítica superficial, que permite que todo, absolutamente todo, siga igual que estaba, puede adscribirse más a los responsables de esta situación que a los que la sufren. Pero esto, sin duda, le privaría de su pretendido estatus de oráculo moral.

Algo parecido ocurre con el penoso y absurdo texto que Alfonso Ussía ha escrito, también en La Razón, titulado Vic (20/1/2010). Ussía se despacha con los mismos sofismas que Buruaga contra un ayuntamiento que pensaba –hasta que se ha bajado los pantalones- que una persona que se encuentra en nuestro país incumpliendo nuestras leyes debe, en consecuencia, sufrir el rigor de las mismas, como le sucede a cualquier español de a pié. Ussía no alcanza a entender que el que los españoles fueran inmigrantes no justifica la inmigración actual de la misma manera que un robo no justifica otro robo. Acostumbrado a la batalla dialéctica contra la obviedad –como sus brillantes artículos contra la lacra terrorista- Ussía recula ante ideas más complejas, que exigen un sentido de la Historia y una conciencia nacional mucho más profunda que las delirantes alabanzas a "Juan III". Por eso no entiende que la balcanización multiétnica –que eso es a lo que nos enfrentamos- lejos de ser una "riqueza" como dicen los medios y los capitalistas, es la muerte de los pueblos y el sufrimiento sin fin de inmigrantes y no inmigrantes. Se trata de algo que está al servicio de todo aquello que no interesa a las personas, sea cual sea su condición.

Y esto a la "derecha". A la "izquierda" ya sabemos lo que suele haber. Pero últimamente surge de vez en cuando un personaje "progresista" , de esos que a la "derecha" le gusta integrar en su "ghetto" porque no la insulta de manera vergonzante y porque de cuando en cuando reivindica algunas de sus ideas. No porque la "izquierda" se haya derechizado sino justamente por lo contrario.

Este papel lo he visto cumplir a la perfección a Joaquín Leguina en Telemadrid. Para Leguina la inmigración es muy necesaria y sería una catástrofe prescindir de los trabajadores extranjeros. En boca de Leguina, poco menos que nuestro sistema económico debe la vida a los inmigrantes por el trabajo que no queremos hacer –no a ese precio, claro- y por el que ellos nos hacen a nosotros. Naturalmente Leguina se calla lo que a nosotros nos cuesta la inmigración: la cantidad de prestaciones que reciben a menudo sin haber cotizado ni un año, las sumas de dinero que se les destina por el mero hecho de ser inmigrantes, la legión de recursos sanitarios que consumen y los millones de euros que cuestan los asuntos de inseguridad, una inseguridad que –es cierto- no está causada por todos los inmigrantes pero que sí se asocia poderosamente al hecho de la inmigración. Y esto por no decir los miles de millones de euros que, con nuestro potencial productor y nuestras infraestructuras, en vez de quedarse aquí, salen todos los años de nuestro país para financiar a verdaderos estados parásitos.

En resumen, a "izquierdas" y "derechas" hay un amplísimo sector de nuestro país que no encuentra portavoz y frente al cual, políticos, periodistas y financieros de todo pelaje están dispuestos a superar esas diferencias que parecen insuperables a la hora de solucionar los problemas de los ciudadanos "autóctonos" para hacer sonar todas las alarmas y desencadenar la más irracional de las histerias. Por eso es inevitable que se contemple a los valientes outsiders que polarizan los odios de la opulenta clase política. Estos días, el caso de Vic ha hecho saltar a la palestra a la agrupación Plataforma per Catalunya. Los insultos y las etiquetas no pueden impedir que el mensaje de esta agrupación encuentre acogida entre los vicenses por la sencilla razón de que la inmigración, lejos de ser ese escenario idílico con el que nuestras élites sueñan para ejercer su caridad y su bonhomía democráticas, constituye un drama para los españoles y para los inmigrantes, a los que se atrae con el espejismo de un estado de cosas que no existe. Acostumbrados a sobrevivir a costa de lo que sea, están también dispuestos a sobrevivir a costa de nuestros complejos, vergüenzas y auto-odios, que ellos interpretan como lo que son: la debilidad de una sociedad decrépita.

Por eso es inevitable que muchos piensen que la Plataforma per Catalunya representa más a los intereses de los vicenses que el alcalde claudicante de Vic o un PSC o una ERC que le bailan el agua a la estrategia del capital global. Con los hechos, y no con la retórica, esta Plataforma ejerce la verdadera portavocía de un pueblo al que los demás solo representan teóricamente.

En otra situación análoga, en la tertulia de la COPE, ha correspondido al director de este periódico, Antonio Martín Beaumont, el honor de aportar sensatez y una visión realista de la inmigración ante unos contertulios que, desde la inopia de un catolicismo ideológico y distorsionado -en el fondo, desvinculado de la racionalidad y de los hechos-, esgrimen una supuesta "compasión" para justificar la explotación, la injusticia y todos los síntomas posibles de un estado de patología social.

Y es que la única esperanza con la que el pueblo español –y Occidente entero- cuenta para sobrevivir, si es que quiere tener un futuro, no está en los buruagas, los ussías, los leguinas o los partidos al uso. Tampoco está en los pseudocatolicismos lloriqueantes, incapaces de sacar los pies del tiesto pero que venden una receta edulcorada, fabricada en los laboratorios de la izquierda, para consumo de todos los que creen en cualquier sofisma adornado con oropeles religiosos. Está, sencillamente, en los que no se venden. En aquellos que son capaces de enfrentar la realidad tal y como es. En definitiva, en aquellos que buscan la verdad a cualquier precio. Este es, sin duda, el heroísmo más radical de nuestro tiempo.

El Semanal Digital

LA LEALTAD TIENE UN NOMBRE LOS DIOSES TIENEN UN HÉROE

LA LEALTAD TIENE UN NOMBRE LOS DIOSES TIENEN UN HÉROE

Resulta difícil, incluso ahora, hablar de Hess y olvidar su muerte. Han pasado ya siete años desde su asesinato, y sin embargo pareciera haber sido sólo ayer.

Para quienes escribimos Pendragón, la historia que vamos a relatar sintetiza nuestra continua lucha por ser leales a la causa. En el mundo del señor oscuro, la figura de Hess brilla con una luz tan intensa que aún el enemigo debe reconocer su pureza y meditar profundamente en torno a ella.

Debe hacerlo pues, así como él, hay muchos -a su propio nivel y en sus propios términos- que serán leales a la causa hasta sus propias muertes.

Ello es parte del profundo desprecio hacia esta civilización, y también del compromiso absoluto hacia la venidera.

Porque vendrán hombres mejores, en mejores tiempos por mejores hombres. Y porque la sangre vertida por uno sólo que sea leal hasta el fin, significará la eterna derrota de los asesinos del héroe.

De los abyectos siervos del señor oscuro.

Rudolf Walter Richard Hess, nació el 26 de abril de 1894, en Alejandría, Egipto. Su familia era propietaria de una empresa de exportaciones e importaciones, gracias a la cual habían logrado un posición económica bastante sólida.

Desde niño, Rudolf recibió una firme educación teutónica. En 1908 fue alumno del “Pädagogium” de Godesberg-am-Rhein. De 1910 a 1914 estudió lenguas extranjeras en la Suiza francesa y luego ingresó a un colegio comercial en Hamburgo.

Al estallar la Primera Guerra Mundial, Hess, al igual que millones de jóvenes alemanes, tuvo la oportunidad de enrolarse, e ingresó al 1er regimiento Bávaro de infantería. Fue herido en 1916.
Una vez restablecido, participó en los combates de Rumania. Fue nuevamente herido en el año 1918. Posteriormente, en 1919, estuvo dedicado a actividades comerciales, estudios históricos y económicos. En 1921 volvió a ser herido al participar en la liberación de Munich.

Desalentado, producto del estado en que se encontraba Alemania después de la guerra, nació en él un fuerte sentimiento de justicia. Justicia por su patria, más que por el estado de miseria en que quedó su familia.

Indignado por los términos del Tratado de Versailles, Hess buscó la forma de poder lograr la verdadera justicia que deseaba.

Fue así como descubrió el Partido Nacional Socialista Obrero Alemán y, después de escuchar hablar por primera vez a Hitler una noche de abril de 1920, decidió integrarse a la organización.

El 1º de julio se convirtió en el décimo sexto miembro del recién fundado Partido Nacional Socialista, el que era considerado como un grupo radical marginal de unos pocos cientos de miembros.
Desde el comienzo, la dedicación de Hess iba más allá que la de un miembro normal del partido. Al cabo de unos meses, ya había formado un vínculo especial con Hitler.

En 1924, ambos fueron sentenciados a 5 años de prisión después de fracasar el intento por derrocar al gobierno bávaro, en lo que se conoció como el Putsch de la Cervecería.
Fue encerrado junto al Führer en la cárcel de Landsberg.

Allí, Hess se convirtió en el compañero más cercano de Hitler, y ayudó directamente a la creación de Mein Kampf. Ambos fueron liberados al cabo de un año.

Hess se transformó en el secretario privado del Führer, y su desempeño fue tan notable, que espontáneamente se formó un grupo de partidarios propio. De 1925 a 1932, Hess estuvo constantemente al lado de Hitler, desde las reuniones con los industriales alemanes para recaudar fondos, hasta las convocatorias masivas.

Cuando el Führer asumió el poder en 1933, Hess fue nombrado Ministro del Reich. Pronto se destacó entre los miembros del Gobierno porque nunca empleó su rango para enriquecerse a sí mismo o a su familia.

El primer compromiso de Hess era con el partido, cosa que demostró en los primeros años de gobierno Nacionalsocialista. En vista de lo anterior, llegó a ser conocido como la conciencia del partido. No deseaba la guerra inminente y sus funciones eran más bien las de planificador y primer hombre de confianza del Führer, segundo en la línea de poder del partido.

En 1937, mientras se realizaban preparativos para las intervenciones militares en las fronteras del Reich, Hess estuvo apartado por un breve tiempo.

Su esposa estaba embarazada, y el 18 de noviembre, mientras Hess se encontraba en el refugio montañés del Führer, en Berghof, recibió la noticia de que tenía un hijo, al que decidió llamar Wolf -Lobo- en honor a Hitler, pues éste era el nombre que había usado en los primeros tiempos de lucha política. El propio Führer fue el padrino del niño, y asistió a la ceremonia de bautismo según el rito nacionalsocialista.

El 10 de mayo de 1941, Hess viajó a Escocia con el motivo principal de restaurar la paz y evitar que el conflicto bélico se hiciera mundial. Se ha señalado que fue aconsejado por Albrecht Haushofer, quien estaba en contacto con el Duque de Hamilton -un alto oficial de la Royal Air Force-, ante lo cual Hess decidió realizar el viaje para verle y presentar su iniciativa de paz.

Otro de los implicados en el contacto habría sido el ex Rey Eduardo VII de Inglaterra, el cual por esa época vivía en Francia. Él se habría comunicado con su hermano el Rey Jorge, quien estaría al tanto y a favor de la misión de Hess.

Cabe destacar que, ya que tanto Haushofer como su hijo, funcionario del Ministerio del Exterior Alemán -judío por madre- estaban al tanto del viaje de Hess, la información acerca del vuelo pudo haber seguido líneas paralelas.

Por una lado el Duque de Hamilton, por otro, los servicios de inteligencia ingleses a través de Haushofer, su hijo, o los propios judíos.

Haushofer integraba la resistencia contra el Führer, y -evidentemente- la información pudo llegar a los judíos a través de su hijo o su esposa. Esto es relevante, porque Hess podía haber llegado a hablar directamente con Lloyd George, a quien conocía en persona, y que lo había visitado en Alemania en 1936. Si Haushofer intervino en la decisión sobre el contacto, las cosas se aclaran un poco.

Según su hijo Wolf, Hess sostenía abiertamente que le guerra significaría la caída del Imperio Británico -como efectivamente sucedió-. El no podía entender por qué Inglaterra no se aliaba con Alemania.

Wolf piensa que la visión geopolítica de su padre acerca de esta alianza era el motivo principal del viaje a Inglaterra, al respecto señala enfáticamente:

"El principal motivo era restaurar la paz y evitar la segunda guerra mundial. En una oportunidad pude plantearle una pregunta histórica a través de canales no oficiales en Spandau. La pregunta fue: ¿Podemos suponer que no habría habido ataque a Rusia si tu misión de paz a Gran Bretaña hubiese tenido éxito?".

La respuesta fue: "¡Sí, por supuesto!".

Wolf posee esta respuesta por escrito.

No obstante lo anterior, también se ha señalado que la base del contacto -que entra en el terreno del esoterismo Hitleriano- habría sido que Hess era un iniciado de la Orden de Thule -la versión germana de la Golden Dawn (Alba Dorada) bretona-, por lo que la comunicación se habría dado en planos distintos a los puramente políticos, pues se ha señalado que el Duque de Hamilton pertenecía a la Golden Dawn.

Es bien sabido que -en un comienzo- el Führer no tenía intención de atacar directamente a Inglaterra. Reconocía la relativa equivalencia racial de Albión -la blanca-, también Engeland -la tierra de los angeles- con Alemania y la esfera de naciones europeas de origen Indo-Ario (tema que trataremos en próximos números). Ello quedó de manifiesto en la playa de Dunkerque, cuando el ejército inglés estaba en manos de la decisión del Führer. Esta "especial deferencia" debió tener motivos más que puramente políticos o militares.

En la esfera de la esoteria nacional-socialista, la lucha contra la tierra de Merlín y Arturo significaba una especie de fratricidio espiritual (más evidente aún en lo físico), a lo que sólo se debía llegar como última consecuencia.

Ya fuese por los motivos anteriores, o quizá más probablemente por otros que aún desconocemos, Hess, pilotando un caza Messerschmitt de dos motores que había equipado con tanques de combustible extra, se dirigió directamente hacia la finca escocesa del duque de Hamilton, a mil quinientos kilómetros de distancia.

Dejó atrás a su esposa Ilse y a Wolf, que por entonces ya tenía tres años y medio.
La navegación de Hess, de noche y sin equipo moderno, fue muy eficiente. Logró llegar a dieciocho kilómetros de la finca del Duque.

Descendió en paracaídas al suelo y al encontrar a un agricultor en un campo cercano, pidió que lo llevaran ante Hamilton.

Inicialmente, Churchill se rehusó a creer la noticia de que el secretario de Hitler había llegado al campo para negociar una paz separada. Cuando los oficiales británicos se reunieron con Hess, oyeron una propuesta que les pareció poco realista, y que ya habían rechazado anteriormente.
Churchill se negó a reunirse con Hess e inmediatamente lo arrestó como prisionero de guerra, en lugar de tratarlo como a un ministro del gabinete, como él exigía.

Se afirma que no existen pruebas sustanciales de que Hitler hubiese estado al tanto del viaje de Hess a Escocia. Lo cierto es que a la mañana siguiente del vuelo, el Führer recibió un mensaje de Hess en el que éste le informaba de la misión y le indicaba que -si algo salía mal- “Usted puede negarme en cualquier momento... decir que soy loco”.

Durante varios días los británicos no difundieron una sola palabra acerca de la llegada de Hess, y Hitler esperaba que no hubiese llegado, que el avión se hubiera estrellado en el mar del Norte. Cuando finalmente los británicos anunciaron que Hess era prisionero, Hitler ordenó que fuera borrado de la memoria del partido, que todos los cuadros de él fueran removidos de cada oficina del NSDAP y que todos cuantos lo ayudaron fueran castigados.

Dentro del año, Hess fue eliminado oficialmente del partido. Fueron arrestados asistentes, ordenanzas, secretarios y choferes. Algunos estuvieron en campos de concentración hasta 1944. Wolf estima que estas medidas fueron planeadas anticipadamente por Hitler en caso de que la misión de Hess fracasara.

El 15 de junio, un mes después de su llegada, y viendo la evidente negativa de negociar de los británicos, Hess intenta un suicidio. Se lanza desde un rellano de un primer piso, quebrándose el fémur.

Temerosos de otro intento de suicidio, así como de cualquier posibilidad de rescate, los británicos aislaron a Hess en una remota finca de campo con un contingente de tropa, un médico y varios psiquiatras.

Durante su confinamiento, sufrió una serie de enfermedades, que los británicos calificaron como “psicosomáticas”. Sin embargo, el hijo de Hess, Wolf, mediante cartas enviadas por su padre, se enteró del trato que su éste recibía en la prisión por parte de los guardias, lo que podría haber acarreado más de algún deterioro físico y mental. La luz no era apagada durante las noches, y las rondas que los guardias realizaban eran tan ruidosas, que le impedían descansar.

También existe una carta del 15 de septiembre de 1949, en que un capitán de Spandau reconoce haber destruido "por razones de seguridad" las drogas que le habrían dado a Hess durante su prisión en Inglaterra. Se han publicado los diarios de los guardianes, entre 1941 y 1945, que demuestran que le daban drogas y lo envenenaban. Finalmente, lo mismo se afirma en el libro "El hombre más solo del mundo" del Coronel norteamericano Eugene Bird, quien fuera director de Spandau y logró ganar la confianza de Hess.

El 30 de agosto de 1945, Hess es acusado, junto con otros veinte miembros del partido, como criminal de guerra. Debido al vuelo de Hess de 1941 a Inglaterra, el caso en su contra se hizo complicado para los aliados. Los cargos que se le imputaban se referían a acciones que se habrían llevado a cabo en Rusia y en campos de concentración alemanes, mientras él estaba preso en una cárcel británica. No estuvo presente en ninguna de las conferencias de Hitler cuando se discutían los planes para la defensa.

Había estado fuera de Alemania durante la guerra. Pero de todos modos Hess fue acusado en los cuatro cargos del proceso de Nuremberg: “conspiración para librar una guerra agresiva”, “delitos contra la paz”, “crímenes de guerra” y “crímenes contra la humanidad”.

La esencia del caso en contra de Hess fue que había sido “un temprano y rendido partidario de Hitler” (N.R.: en justicia, también debía acusarse al 98% de los alemanes de este cargo) y que “había apoyado lealmente las medidas represivas tomadas contra los judíos”.

Hess fue el último acusado trasladado a Nuremberg, donde llegó el 8 de octubre de 1945. Para entonces Hess, de cincuenta y un años, había estado en una cárcel británica desde mayo de 1941 hasta el final de la guerra, es decir, todo el tiempo que duró la II Guerra Mundial.

Los británicos sabían que él sería un acusado difícil cuando en enero de 1944 le escribió una carta a su esposa, Ilse, afirmando:

“He perdido por completo la memoria; todo lo pasado se ha desdibujado como si estuviera detrás de una niebla gris. Ya no puedo recordar siquiera las cosas más comunes. Por qué ha sucedido esto, no lo sé” (algo tendrían que ver las drogas que se le administraban en ello).

En Nuremberg, la amnesia continuó. Aunque los fiscales eran muy escépticos sobre su pérdida de memoria, Hess actuó de manera convincente durante los interrogatorios y en el juicio: no recordaba su vuelo a Inglaterra y no reconocía a Göering o a Karl Haushofer ni a ninguno de sus secretarios. Cuando se le mostró una fotografía donde aparecía él con Ilse y Wolf, los reconoció pero no pudo recordar ningún detalle.

Aconsecuencia de la incapacidad que demostró para recordar casi todo lo que fuera de importancia, la contribución de Hess a su defensa fue mínima, aunque el doctor Alfred Seidl, su abogado, presentó todos los argumentos legales necesarios afirmando la inocencia de su cliente.

Hess se negó a testimoniar en su propia defensa y no se llamó a ningún testigo.

El mayor impacto del juicio se produjo cuando el doctor Seidl presentó el protocolo secreto del Pacto de No Agresión Soviético-Germano del 23 de agosto 1939. Este pacto incluía un protocolo adicional que revelaba que, a cambio de la no agresión, Rusia podría quedarse con Estonia y Letonia, además de Finlandia y Besarabia. Esta prueba ponía en evidencia que Rusia no tenía derecho alguno para juzgar a ningún acusado por los mismos crímenes que ella había cometido, y por lo tanto, el tribunal no era competente. Sin embargo, estos hechos fueron ignorados por el tribunal, pero la revelación del protocolo de todos modos aplicó un fuerte golpe de propaganda para los rusos. Ellos culparon a Hess por la revelación y nunca se lo perdonaron.

Tampoco Hess ayudó en su propio caso cuando se le dio la oportunidad de hacer una declaración final. Fue la primera declaración de Hess en el juicio y sorprendió a personal del tribunal porque su estado mental se había estado empeorando, con la incapacidad de recordar de un día al otro. Hess ofreció un discurso vago, criticando a algunos de sus coacusados por sus “desvergonzadas expresiones sobre el Führer” y comparando el juicio con los juicios de purga en Moscú de la década del ’30. Göering tiró repetidamente de la manga de Hess mientras le susurraba: “¡Calle! ¡Calle!”. Hess lo ignoró.

Finalmente, cuando sólo habían pasado veinte minutos, el tribunal lo interrumpió y solicitó una rápida conclusión. Hess se quejó de que al testimoniar no se le hubieran formulado todas las preguntas que él deseaba contestar. Entonces concluyó con voz firme:

“Se me permitió trabajar por muchos años de mi vida bajo el más grande hijo que ha producido mi pueblo en su historia de mil años. Estoy feliz de saber que he cumplido mi deber con mi pueblo, mi deber como alemán, como Nacionalsocialista, como leal seguidor del Führer.

No lamento nada. Si debiera comenzar todo de nuevo, volvería a actuar como lo hice, aun cuando supiera que al final debería morir en la hoguera.

No importa lo que haga la gente, algún día estaré en el tribunal del Eterno. Le responderé a Él y sé que Él me juzgará inocente”.

Como Hess no se arrepintió de nada, su actitud generó antipatía. Ninguno de los jueces estaba dispuesto a considerar con indulgencia a un hombre que públicamente reafirmaba su fe en Hitler y estaba orgulloso de no tener remordimientos. Los dos delegados rusos votaron por la ejecución, los dos norteamericanos y uno de cada par de los jueces británicos y franceses votaron por la encarcelación de por vida. Un delegado francés sentenció darle veinte años y el juez británico restante se abstuvo.

La sentencia final fue de prisión perpetua.

Hess fue el único acusado que fue hallado culpable -además de la conspiración- de sólo dos de los denominados “crímenes contra la paz”. Fue juzgado con las mismas bases que todos los demás. Nadie validó el hecho de que estuvo en Alemania sólo durante los nueve primeros meses de la guerra.

De los sentenciados, Hess también fue el único que se negó a ver a su familia. Le escribió a su esposa: “Me he negado firmemente a encontrarme contigo o con toda otra persona en las circunstancias que considero muy poco dignas”.

Después de la sentencia, le fueron arrebatados todo el material de lectura y de escritura de su celda. Durante el invierno, la calefacción fue cerrada por tres días. El 17 de octubre de 1946, Hess sufrió un violento ataque de calambres intestinales. Siete veces pidió un médico, antes de que llegara uno -cinco horas después de su ataque. Aunque sólo le dieron bicarbonato de soda, al día siguiente los guardias norteamericanos se rehusaron a darle medicina.

Posteriormente, Hess fue trasladado varias veces de celda, cada una de las cuales carecía de calefacción y tenían ventanas rotas. El 20 de octubre de 1946, Hess presentó un petitorio de catorce puntos quejándose de deficiencias y hostigamientos. Pero antes que se trataran esos puntos, el 18 de julio de 1947, él y sus compañeros de prisión fueron trasladados a Berlín-Spandau.

Spandau, un edificio parecido a una fortaleza, fue construido por el Káiser Guillermo en 1875, y fue pensado para albergar a seiscientos prisioneros. Durante el gobierno Nacionalsocialista sirvió como centro de interrogatorios. En 1947, los siete convictos y los NS sobrevivientes eran los únicos habitantes de Spandau.

A cada uno se le conocía por un número, y Hess se convirtió, por los siguientes cuarenta años de su vida, en el prisionero número 7.

Luego de la muerte de su madre, en octubre de 1951, Hess expresó signos de tristeza. En una carta escrita a su hijo Wolf, dice: “Es un mundo triste, lleno de sufrimiento acechando en el trasfondo, siempre pronto a atacarnos de repente, que culmina en la inmensa solemnidad de la hora de la muerte".

Las reglas de la prisión eran -por decirlo de algún modo- estrictas. Hasta diciembre de 1948, los prisioneros no podían conversar entre ellos sin que se los castigara y, hasta 1956, tampoco podían recibir ninguna visita.

A partir de esa fecha, se les permitió recibir una visita personal de quince minutos cada dos meses y -si estaban enfermos- podían quedarse en la cama sin violar las reglas.

Por su parte, en junio de 1947, Ilse, la esposa de Hess, fue recluida en un campo de desnazificación en Göggigen, cerca de Augsburg, no siendo liberada sino hasta después de quince meses.

A mediados de la década del ’50, el número de prisioneros se redujo a tres. Konstantin von Neurath, el protector de Bohemia y Moravia, fue el primero en ser liberado en 1954. Tenía ochenta y un años y su sentencia de quince años fue reducida a ocho por su mala salud. Vivió otros dos años.
En 1955, Erich Raeder, ex almirante en jefe de la marina, fue liberado tras cumplir nueve años de su sentencia a cadena perpetua. La razón de la temprana liberación también fue la mala salud, y vivió otros tres años en libertad.

En 1956, el almirante Karl Dönitz -legalmente (incluso, democráticamente) el sucesor de Hitler en el poder- fue liberado tras cumplir toda su condena de diez años.

Finalmente, en 1957, Walter Funk, sucesor de Schacht como presidente del Reicshbank y ministro de Economía, fue dejado en libertad, a pesar de su condena a prisión perpetua, tras cumplir once años. También su salud urgió a su liberación, tras lo cual vivió otros tres años.
En 1966, tanto Albert Speer como Baldur von Schrach cumplirían su sentencia a veinte años de cárcel.

Hess sería el último y el único prisionero de Spandau. Su familia tuvo la esperanza de que fuera liberado, ya que era inadmisible la mantención de la fortaleza para mantener allí a un solo hombre. Wolf e Ilse comenzaron una lucha abierta por su libertad. El 1º de octubre de 1966, fecha en que fueron liberados los dos últimos compañeros de Hess, emitieron una Declaración a todas las personas pensantes del mundo. Ésta solicitaba que la sentencia de Nuremberg debía considerarse cumplida después de veinticinco años y afirmaba que el largo encarcelamiento de Hess era una: “situación cruel, hasta ahora desconocida en los anales del derecho moderno, y ni fue prevista ni deseada por la Corte de Nuremberg”.

El destino que a Hess le había correspondido, fue “un subsiguiente agravamiento de la sentencia impuesta originalmente, y tal vez sea un proceso de extinción más terrible incluso que las ejecuciones de Nuremberg”.

En 1967, un grupo de ciudadanos internacionales dieron su apoyo al movimiento de “Liberación para Rudolf Hess”. Se reunieron más de cuatrocientas mil firmas en cuarenta paises, entre las cuales se encontraban las de algunos judíos importantes, que se adhirieron por motivos estratégicos.
Mientras Wolf Hess luchaba en generar una opinión pública favorable para libertar a su padre, el doctor Seidl, abogado de Hess, trataba de mejorar las condiciones de Spandau. Incluido en la propuesta de “privilegios especiales” de Seidl, de nueve puntos, estaba que se le permitiera a Hess usar un reloj, pasar sesenta minutos en el jardín en lugar de 30, tener un timbre en la celda para llamar a un guardia en caso de enfermedad, poder hacer su propio té o café así como tomar más de un único baño semanal, y poder decidir por sí mismo cuándo apagar la luz de la celda.

Los aliados acusaron recibo de la carta de Seidl pero no hicieron los cambios por otros cuatro años.
En 1969, la salud de Hess empeoró. Contaba ya con setenta y cinco años. A mediados de noviembre sufrió de insoportables dolores de estómago y comenzó a rechazar el alimento. Cuatro días después fue llevado al Hospital Militar Británico en Berlín, donde se le diagnosticó una úlcera al duodeno perforada. Las cuatro potencias custodias consideraron innecesario informar a la familia de Hess.

Luego de esta experiencia, Hess decide finalmente ver a su familia. El 8 de diciembre de 1969, solicita al directorio de Spandau “una visita de mi esposa y mi hijo, si es posible en la mañana del 24 de diciembre. Es la primera visita en 28 años y por lo tanto solicito que no haya testigos presentes en la habitación al comienzo del encuentro”.

Hess ofreció permitir que los aliados grabaran la entrevista, prometió no estrechar la mano de su esposa o su hijo y preguntó si durante la media hora de tiempo permitido podrían hacer un almuerzo de Navidad, “con testigos presentes”. Los aliados aprobaron la solicitud para el encuentro, pero ninguno de los privilegios.

Hess recibió a su familia en un cuarto de trece metros cuadrados, al que se accedía mediante un pasillo en el cual había cuatro guardias con ametralladoras. Su hijo relata el encuentro así: “Cuando entramos en el cuarto, él estaba sentado a una mesa ubicada en el centro. Mi madre empezó a precipitarse hacia él, pero le recordé que no se permitía estrecharle la mano. Se lo veía sorprendentemente bien. Aunque estaba delgado, no se lo veía demacrado y lucía un buen color en el rostro, tal vez por las transfusiones de sangre. A pesar de que los cuatro directores y un guardia estaban sentados alrededor de nosotros, pudimos charlar bien con él.

El estaba muy alerta. Todos nos controlamos muy bien, dada la situación. Me daba cuenta de que mi madre estaba al borde de las lágrimas, pero mi calma ayudó a que se controlara. Yo me había acostumbrado a ejercitar la autodisciplina con los años y eso me resultó útil en ese encuentro”.
El guardia empezó a hacer una cuenta regresiva cuando todavía quedaban cinco minutos. Cuando Wolf e Ilse Hess se marchaban, miraron hacia atrás y vieron a Rudolf Hess apoyado en la mesa y agitando una mano en señal de saludo.

Durante varios meses Hess estuvo en el hospital. Pese a la manipulación sionista de la prensa impedía que el caso fuera dado a conocer, los medios se interesaron por la historia y se creó presión para la posible liberación, especialmente en Gran Bretaña. Sin embargo, el 13 de marzo de 1970, toda esperanza se esfumó cuando, a los setenta y siete años, y apenas recuperado de una peligrosa enfermedad, Rudolf Hess fue devuelto a la cárcel de los aliados.

Cada año, los británicos, los norteamericanos y los franceses afirmaban que estaban dispuestos a liberar a Hess, pero lo soviéticos rechazaban la propuesta. Sin embargo, nadie puede probar que hubiese alguna intención para aprobar la liberación, pues las reuniones de las cuatro potencias eran secretas y nunca se hicieron públicas las minutas.

A Hess se le prohibió el acceso a la información sobre la guerra y el Nacionalsocialismo. Además, se monitoreaba severamente el contacto mundano con su familia. Se le permitía escribir una sola carta por semana a un miembro inmediato de la familia. El máximo de 1300 palabras siempre fue censurado. Las mismas restricciones fueron aplicadas a la familia. Una vez por mes -dos veces en diciembre, para Navidad- recibía una sola visita de una hora de un pariente inmediato. Esa visita debía ser solicitada con dos semanas de anticipación y la hora y la fecha la determinaban las autoridades de Spandau. En general, los cuatro directores estaban presentes en todas las reuniones familiares.

Mientras las conversaciones eran en alemán, siempre había intérpretes presentes. Todo contacto personal estaba prohibido. Si se violaba alguna de esas normas, la reunión se interrumpía de inmediato. En una ocasión, cuando Hess nuevamente fue hospitalizado, instintivamente su hijo le tendió el brazo y tomó la mano de su padre para un apretón rápido pero firme. Fue la primera y la última vez que Hess tocó a su hijo desde que éste tenía tres años. Como consecuencia de ese apretón, los británicos reprendieron a Wolf oficialmente y le advirtieron que toda otra actividad prohibida podría acarrearle la prohibición de ver al padre.

Desde mayo de 1941, hasta su muerte, es decir, casi medio siglo, Hess vio a su hijo en 102 oportunidades, por un total de tiempo acumulado correspondiente a cuatro días, siempre en presencia de guardias y guardianes de la cárcel.

El 22 de febrero de 1977, Hess trató de cortarse una de las arterias con un cuchillo. Estuvo próximo a la muerte, pero luego siguió una larga recuperación. El 28 de diciembre de 1978, sufrió un ataque que lo dejó casi ciego del ojo derecho y con la vista deteriorada en el izquierdo.

El 4 de enero de 1979, por instancia de Wolf y del doctor Seidl, Hess escribió a los directores de Spandau y por primera vez personalmente solicitó su libertad. Su petición fue breve:

“Debido a las malas condiciones de mi salud y porque me gustaría ver a mis dos nietos, solicito que se me libere de la prisión. Estoy convencido de que sólo me queda poco tiempo de vida y deseo señalar que en otros tres casos hubo una liberación prematura”.

La petición de Hess fue seguida de cuarenta días de silencio hasta que se le informó oralmente que se rechazaba lo solicitado.

Al año siguiente, en noviembre, Rudolf Hess volvió a solicitar la liberación. Después de tres semanas, los aliados volvieron a rechazar el pedido. En agosto de 1982, a los ochenta y ocho años, Hess tuvo un ataque de pleuresía que puso en riesgo su vida. Este se vio complicado por un dramático deterioro del corazón causado por dos pequeños ataques. Se quejaba incesantemente de dificultades respiratorias, de calambres intestinales y de visibles erupciones de la piel. En este estado, Hess decidió agregar condiciones a su pedido de liberación. Informó a los directores que aceptaría, al ser liberado, no expresar ninguna opinión política ni histórica ni tener relación alguna con la política. Esta vez las tres potencias occidentales contestaron por escrito, todas rechazando la petición. Una vez más, los soviéticos ignoraron por completo la solicitud de Hess.

El 17 de agosto de 1987, a las dieciséis y diez minutos -según el informe médico- Rudolf Hess dejó de existir. Hubo distintas versiones oficiales acerca de las causas de su muerte. La más difundida fue que el prisionero de 93 años "se había suicidado ahorcándose con un cable eléctrico". Pero inmediatamente surgieron otras versiones que contradecían la primera.

Como sabemos, posteriormente se comprobó que su muerte no había sido suicidio, -sino un premeditado asesinato cometido por agentes del MI5 inglés-, como hasta hoy aseguran los informes oficiales.

Al rememorar esa fecha, hoy nos queda la sensación agridulce de que -si bien no hay nada que el enemigo deje de hacer para vencer nuestro ideal- ese día cometió uno de los mayores errores en el camino hacia su derrota: el mundo -pese a lo que se diga- no creyó en sus palabras. Por primera vez desde 1945 la verdad fue nuevamente saboreada. Y la verdad fue dicha desde un principio por Hess.

Porque en sus propias palabras:

"Se me permitió trabajar por muchos años de mi vida bajo el más grande hijo que ha producido mi pueblo en su historia de mil años. Estoy feliz de saber que he cumplido mi deber con mi pueblo, mi deber como alemán, como Nacionalsocialista, como leal seguidor del Führer. No lamento nada. Si debiera comenzar todo de nuevo, volvería a actuar como lo hice, aun cuando supiera que al final debería morir en la hoguera. No importa lo que haga la gente, algún día estaré ante el tribunal del eterno. Le responderé a El y sé que El me juzgará inocente".

Extraido de la web de Acción Chilena:

http://www.accionchilena.cl/Historia/