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La memoria de la Otra Europa

Séneca o los fundamentos estoicos del fascismo (FE enero de 1934)

Séneca o los fundamentos estoicos del fascismo (FE enero de 1934)

Córdoba fue el núcleo matricular de la España romana. Repitámoslo. De Córdoba salieron los dos Césares famosos: Trajano, conquistador del Danubio. Y Adriano, conservador máximo de todas las conquistas del Imperio.

Pero de Córdoba salió algo que nos interesa más para nuestro estudio. La familia Annea: una de las más representativas de lo que Roma sería ante el mundo del espíritu antiguo. Aquella familia Annea: que dio a Marco Anneo Séneca, el Retórico. A Lucio Annea Séneca, el Filósofo. Y a Marco Anneo Lucano, el poeta.

Dejemos al retórico Marco, padre del filósofo. (Así como a otro notable retórico cordobés: Marco Portio Latrón). Y para después, al poeta Lucano. Y ahora concentrémonos, con todo nuestro ímpetu y clarividencia, en la figura decisiva de Séneca el filósofo: vértice de nuestro estudio en estas primeras relaciones espirituales de España con Roma.

Ya que es la figura de Séneca la que deseamos destacar –enérgica y máximamente significativa– en la España romana del mundo antiguo.

¿Qué representó Séneca para Roma? ¿Y Roma para Séneca? No quiero referirme sólo con esto a la opinión que los romanos tuviesen de Séneca o Séneca de Roma. {(1) En algunas de sus obras, Séneca alude concretamente a su estimación de Roma: «Una ciudad es que, sin duda alguna, puede considerarse como la mayor y más hermosa del mundo.» «De ella puede afirmarse que es universal y que puede pasar revista a todas las otras ciudades» (Consolación a Helvia, VI). A Séneca se debe la definición del mundo antiguo: el mundo antiguo llegaba hasta donde «romana pax desinit». Hasta donde Roma llegaba.}

Yo quiero al decir esto pensar en que no se ha visto todavía con claridad y exactitud –por nadie– lo que estos españoles antiguos a lo Trajano y Séneca, representaron para Roma.

Y es algo tan evidente y alucinante, que se me escapa de la pluma y de la boca el poderlo blandir.

Trajano y Séneca, en el mundo antiguo romano, representaron lo mismo que Carlos V y Loyola en el mundo católico romano, y quizá lo mismo de otras figuras incógnitas aún, que habrán de aparecer a su tiempo en el mundo social romano, que ahora se desarrolla.

Representaron los españoles ante Roma –pagana y cristiana– el «sentido máximo de catolicidad». «El supremo esfuerzo de la universalidad», cuando Roma comenzaba a perecer en su clasicismo nacionalista y en su estrictez católica.

Séneca, para Roma antigua, fue algo así como Loyola en la Roma cristiana. Los que la levantan en vilo, como titanes, y la muestran al orbe, cuando el orbe se iba fatigando de contemplar la urbe sacra, cuando el mundo comenzaba a mirar al Oriente evangélico y luego al Occidente luterano.

No es un azar que Séneca surja en Roma, en la llamada «edad de plata». Loyola, al final del Renacimiento, en el «barroco».

Es decir: cuando las cumbres romanas encanecían de nieves invernales. Cuando la vejez se aproximaba, y, con la vejez, la muerte.

Tengo mucho ansia por escribir alguna vez todo un libro sobre nuestro Séneca. Ese libro, que ya debiera existir en una España que tuviera conciencia de su hispanidad. Me ensayé hace años con una pequeña tesis para un examen de Filosofía. Luego, siempre que he podido, he vuelto a Séneca, lleno de una atracción en la que se mezclan el entusiasmo y la antipatía.

Para mí Séneca es una de esas figuras españolas que yo he llamado verticilares. Que son como vértices. Es decir: cimas donde se biselan dos vertientes: una que asciende, y otra que declina. Ese siglo verticilar me parece el más característico de los grandes representantes del espíritu español. Lo es Séneca en el mundo antiguo. Un Arcipreste de Hita o un Alfonso X en el Medieval. La Celestina, en el Renacimiento. Cervantes en nuestra edad áurea. Quevedo en el Barroco. Goya y Jovellanos en el siglo XVIII. Larra, Ganivet, en el XIX. Hoy, un Unamuno.

Séneca llega a Roma, como llegaron los otros españoles de la época: en calidad provincial: a educarse. Es decir, con un sustrato bárbaro, de lejanías deformadas y ruralidades subconscientes. Con ese sentimiento concentrado luego falsamente llamado «complejo de inferioridad», del que arrancan siempre, como explosiones, los ímpetus, lo revolucionario. La timidez desbordada en ímpetus, es lo que suele caracterizar al provinciano con talento. Hoy a Trajano, a Séneca, se les hubiese denominado arribistas. Y es que comportaban el impulso fresco, virgen, de su natividad bárbara, a un mundo demasiado capitalicio ya, y fatigado. Demasiado batido y peinado por una cultura ciudadana. Lo esencial en Séneca no fue su sabiduría. Sino su barbarie. Esto, que puede sonar a paradoja, es una gran verdad. Yo entiendo por barbarie de Séneca la aportación que hizo de un espíritu contrario y subversivo al imperante en la civilización normativa de Roma.

Séneca, que pasa por uno de los ejemplares más perfectos del hombre romano antiguo, no lo fue más que a medias. Y en la parte más externa y superficial.

A mí Séneca me recuerda esos rusos de tipo Dostoyewski que usan la cultura de la época con ademanes correctos, ordinarios, confundibles con los de cualquier otro hombre de la calle. Pero que al usar de ella, la abusan, al abrazarla, la estrangulan. La túnica de Séneca no era diferente de las túnicas que cruzaban por el foro o que aparecían en los escenarios plautinos. Como la chaqueta de Dostoyewski se confundía en París o Berlín, con las de los transeúntes más vulgares y de todos los días. Y, sin embargo, Dostoyewski, con sus novelas imitadas de originales europeos, preparó la revolución bolchevique, la ruina de Occidente. Y Séneca, con sus filosofías imitadas de Grecia, preparó el Cristianismo, la ruina del imperio cesáreo.

La vida y la obra de Séneca es algo tan dramático y paradójico, que sólo un español que vaya sabiendo el secreto de lo español, puede, en el fondo, comprenderlas.

Es indudable que Séneca significó por un lado la maximalidad del espíritu antiguo: la virtud, el culto al héroe, el respeto de las jerarquías. Pero no es menos indudable que Séneca fue el primer sensible al nuevo espíritu que iba a avecinarse, al espíritu más anticesáreo: el de los débiles, los enfermos, los esclavos, los inferiores, los cobardes, el espíritu de masas gregarias de los «humillados y ofendidos», que diría luego Dostoyewski.

Por eso en Séneca se encuentran igualmente los fundamentos de una filosofía de la voluntad, de la virtud pagana, del Héroe, que las bases de una doctrina de resignación, de despojamiento, de la pobreza y de lo miserable que es la vida.

Y es que la clave de Séneca no es sólo la época en que florece, tan apta para esa incertidumbre, para ese barroquismo moral. La clave de Séneca es que Séneca era un alma de Córdoba (llena de gérmenes orientales, de renunciación y nihilismo), con cultura y educación griega, occidental, «europea». Y en ese choque de entrañas cordobesas con dialécticas áticas, surge su patético y dramático sentido de la vida: el senequismo.

Algo tan complejo y hermoso, que el senequismo parece haber quedado como el sustrato definidor de toda una filosofía española que no existe, que no existe más que en nuestro aire, nuestra sangre, y entre las páginas estremecidas de los mejores espíritus de España.

Ese cruce y patetismo del genio del Oriente y del genio del Occidente, tan característico y definidor del genio de Séneca, era, sin embargo, el mismo crismático de Roma. Por eso Séneca representa a Roma fundamentalmente, en sus fundamentos más permanentes, no en los contingentes y pasajeros de «lo antiguo» o de «lo moderno».

Nadie entenderá de veras a Séneca, si lo enfoca de otro modo. Todo lo más tomará de Séneca la vertiente que mejor le vaya a sus particularismos políticos o ideales.

Séneca, por eso, sufrió a lo largo de la historia, deformaciones interpretativas, singularistas e incompletas.

Unos, potenciaron su aspecto puramente cristianizante. Otros, su aspecto liberal, individualista y demoníaco.

Toda una corriente que empieza en San Pablo y quizá termina en el socialismo actual, quiso ver exclusivamente en Séneca el filósofo de los humildes y los pobres de la vida.

Se sabe que es apócrifo el Epistolario cruzado entre Séneca y San Pablo, en los orígenes del Cristianismo. Lo cual lo estudiaron Fléury, en «Séneque et Saint Paul», y Aubertín en «Rapports supposés de Senéque et de St. Paul». Pero el hecho de que no se escribiera en realidad, no quiere decir que no hubiera podido escribirse idealmente. Tan es así, que los cristianos lo dieron por escrito, y tuvieron de Séneca una veneración cercana a la de un Padre de la Iglesia. San Agustín le envidiaba su ardor de mílite moral. «Ha hecho por la patria de la tierra lo que no hacemos nosotros por la patria del cielo», escribió en su Ciudad de Dios (V, 18) (Walter Burley, en pleno siglo XIV, le creía cristiano a Séneca.) San Jerónimo le llamada maestro Séneca. En el Concilio de Trento se le citó.

El cristianismo vio en Séneca todo lo que había en él de defensa ardorosa de lo débil e inválido para esa cosa tan ardua que es atravesar este valle de lágrimas. Non est delicatares vivere, había dicho Séneca.

La vida misma de Séneca había sido la de «un pecador» a la cristiana. Enfermo, cobarde, adúltero, traidor en ocasiones, solitario, soberbio, este alma constantemente atormentada luchó de modo desesperado por ponerse a flote, por serenarse, por encontrar una paz divina y una felicidad que era casi la cristiana. Dios para Séneca no fue el Dios cristiano, no estaba en la ultratumba. Pero Séneca, con el instrumento de la «virtud», algo así como el cilicio espiritual de los anacoretas, buscó una consolación inefable, un aniquilamiento final y decisivo, un «nihil admirari», un acallamiento tan absoluto de las pasiones, que Séneca se acercó no sólo al evangelio, a un Dios Padre Todopoderoso, sino a los mismos orígenes orientales del Evangelio: a un paraíso nihilista, al de Buda, al nirvana. Era su esencia cordobesa, oriental, la que a ello le empujaba. Hasta tal punto, que andando el tiempo, otro cordobés ilustre, el filósofo Abenhazan, se hermanaría con él en esos sentimientos. Eso lo vio muy bien el investigador de Abenhazan, nuestro Miguel Asín y Palacios: «Sin grande esfuerzo podrían encontrarse pensamientos de Abenhazán análogos, hasta en la forma de expresión, a sentencias de su paisano Séneca; sin embargo, no estimo que tal analogía se deba a nexo real y directo entre el pensador musulmán y la tradición senequista española, sino más bien a influjo de los moralistas árabes del Oriente.»

Es indudable que en la doctrina estoica de Grecia y Roma tuvo que tener el Oriente un influjo más decisivo del que se cree. Quizá está estudiado ese influjo. Yo no lo sé, pero lo intuyo y me complacería que alguien me lo indicare. Lo cierto es que en Séneca, con mucha más fuerza que en Zenón, en Atalo, en Epicteto o en Marco Aurelio, surge ese sentido moral tan contrario al típico de Occidente, creador, optimista, fuerte, demoníaco.

El estoicismo fue una filosofía para vencidos y para humillados, o para almas reblandecidas y románticas.

Fue la filosofía de un esclavo: Epicteto. De un político fracasado: Cicerón. De un príncipe soñador: Marco Aurelio. De un tísico y asmático, desterrado y condenado a muerte, como Séneca, que despreciaba el cuerpo. («Da a tu cuerpo lo suficiente para ir tirando». «Creo haber padecido todas las enfermedades, hasta las más peligrosas. Pero ninguna tan terrible como ésta que los médicos llaman la 'meditación de la muerte' (el asma).»

Séneca es el cantor de la muerte, el filósofo que mejor acaricia la «agonía y tránsito de la muerte», como diría luego otro senequista nuestro, el beato Avila. Siempre la tiene presente: «Mi disposición de ánimo al escribir esta carta es como si la muerte hubiese de llamarme mientras estoy escribiendo», escribe a Lucilio en la Epístola LXI. Y toda su preocupación es cómo habrá de distribuirse el tiempo, [9] que es un camino o viaje hacia la muerte (De temporis usu).

Junto a la contemplación de la muerte, la de la pobreza: «El camino más corto para poseer riquezas es despreciarlas.» Y junto a la pobreza y la muerte, el consuelo de la enfermedad: «Morirás porque vives, no porque estás enfermo.»

Muerte, pobreza, enfermedad, ¿no fueron las tres pruebas de Sakyamuni, de Gautama, del más eminente representante del genio de Oriente Buda? O bien, ¿no es ese sentir senequista el mismo, bíblico, de Job? «Todo se debe soportar con paciencia.» «¿Estoy enfermo? Disposición es del destino. ¿Han muerto mis esclavos? ¿Me apremian mis acreedores? ¿Se ha derrumbado mi casa? ¿Me sobrevienen pérdidas, heridas, desgracias y temores? Común es todo esto, amigo, y debe acontecer. La Providencia lo ordena y no la casualidad.» ¿No es esto Job? ¿No es esto el fatalismo esencial de Oriente? Por eso una de las claves de Séneca es su concepción del Sino, de lo Fatal, del Hado. «Darse y obedecer al Hado»: he ahí su consigna «Sequere naturam».

Pero precisamente en ese «sequere naturam» es donde el Catolicismo, alarmado abandonaría a Séneca, para los herejes y los paganos. Nuestro tratadista Antonio de Torquemada, lo puso bien en claro en su «Jardín de flores curiosas» (1573).

Además, Séneca representó para el Cristianismo –por lo demás, como los otros estoicos– el tipo del futuro confesor, del cura de almas. No sólo en casa de los ricos y los poderosos, sino cerca de todo el que sufría. Los Consuelos de Séneca a Marcia, a su madre Helvia y a Polibio, son los libros más cristianos escritos antes del Cristianismo. La prueba es que tuvo imitadores como Boecio en De consolatione, autor que tendría una larga influencia en las literaturas románicas medievales.

Y como los «Consuelos» de Séneca, fueron sus concepciones de la Vida beata, feliz, su tratado de la Ira, de los Beneficios: yacimientos de moral cristiana.

Creer que Séneca representó a lo largo de la Edad Media y luego en el Renacimiento solamente una precursión del liberalismo, del laicismo pagano, es un error, como ya avancé hace un momento. De ahí que en pleno Renacimiento reformista, en que los heréticos trataban sacar de Séneca sólo la parte individualista y rebelde, haya ingenios católicos que busquen la adecuación y armonía de las dos vertientes senequistas por mí señaladas.

Esa fue la tarea de un Justo Lipsio, bastante afortunada. Y, la menos dichosa, de nuestro gran Quevedo. Quizá es hoy la misma mía, interrumpida un día español del siglo XVII por el autor del «Nombre, origen, intento, recomendación y descendencia de la doctrina estoica».

Si los cristianos vieron en Séneca un evangélico, ¿qué vieron luego los renacentistas y los criticistas –Petrarca, Erasmo, Montaigne, Kant– para exaltarle a un puesto magno de precursor? Vieron la otra vertiente senequista. La puramente pagana: la humanista. De ahí que pueda afirmarse, con la misma razón, que del cristianismo, que Séneca fue un antecedente imprescindible del humanismo en el Renacimiento.

El renacer del neo-estoicismo durante el siglo XVI, fue ya estudiado por L. Zanta.

Pero ese renacer tenía fuentes anteriores a ese siglo. Ya Averroes, en la España del siglo XIII –otro cordobés– niega la recompensa ultraterrena para el hombre justo. Era la idea axial de Séneca en lo que se refería a un ultramundo, a la inmortalidad del alma y a la existencia de Dios. Era el clásico «materialismo» senequista, como hubiera dicho un descendiente de esa teoría: Carlos Marx.

Para el Séneca humanista, pagano y revolucionario, el Hombre era él centro del cosmos. Y la Razón, un principio autónomo. La Razón era el instrumento único para combatir esos grandes enemigos del hombre que se llaman las pasiones: «movimientos absurdos, alógicos, irracionales y contra la naturaleza del alma.» El Hombre que lograba mediante el ejercicio de la Virtud, de la Razón, combatir esos enemigos, alcanzaba el sumo grado beato de felicidad: la apatía, la impasibilidad. Ese hombre, era el Sabio.

El Mundo para este Séneca racionalista, que predica la autonomía de la moral, era un orden fatal, al que había que adecuarse. Seguir el Sino, la Naturaleza: sequere naturam. Ese sino englobaba a los hombres y a los dioses con igual fuerza. Existía una predestinación. Por eso el luteranismo se alzó con esa teoría.

El premio de la virtud en sólo la virtud consiste. Y ese fue el secreto de la concepción Kantiana de la Moral. El secreto de Séneca. Y el que quiso adivinar Petrarca en su «De remediis utriusque fortunae» que tanto influiría en todos los Renacimientos europeos, singularmente en el español. Pero realizar en la vida humana la felicidad por medio de la virtud era una quimera. De ahí las flaquezas de todos «los humanistas» que les conducía, como le condujeron a Séneca, a la atmósfera típica de esa concepción vital: el pesimismo. Y el suicidio.

Séneca no se suicidó voluntariamente. Le suicidó Nerón. Pero él se abrió las venas con la misma impasibilidad –impasibilidad o rencor endemoniado– con que Sócrates bebiera la cicuta.

El suicidio era la máxima libertad del hombre: la de poder quitarse la vida voluntariamente. Y como todo lo que era voluntario era honestus, el suicidio resultaba algo decente. Por eso Séneca se pondría siempre de moda en las épocas de suicidios literarios. En la época de La Celestina y de la Cárcel de Amor. En la época kantiana del Werther. Y luego en la schopenhaueriana de Figaro y Ganivet y del Andrés del Arbol de la Ciencia barojiano.

¡La libertad! «Nada es honesto cuando se hace por acción, contra el propio querer. Todo lo honesto es voluntario», había dicho Séneca. ¿No estaba ahí toda la doctrina del individualismo contra un Estado coactivo, contra una religión dogmática? ¿No estaba ahí Erasmo, y luego Voltaire? ¿No estaba ahí, en esa preformación del sabio, todo el superhombre de Nietzsche?

El hombre podía identificarse con Dios. He ahí el gran secreto milenario del genio de Occidente, que Séneca interpretó con su Sabio. El satanismo de Adán, de Prometeo, de Sócrates, de Fausto: El Hombre sobre Dios.

En España –ese Séneca– alboreó, a finales del siglo XV, suscitado por el humanismo petrarquesco e italiano, bajo la Corte de Juan II. Ya en 1482 se interpretaban los Proverbios de Séneca como hizo Díaz de Toledo.

En el año de 1491 tradujo a Séneca el obispo Alonso de Cartagena, de origen judío por cierto. «Cinco libros de L. A. Séneca.» Y tuvo tres ediciones más esa traducción: 1510 (Toledo), 1530 (Alcalá) y 1551 (Amberes).

Sus Epístolas aparecieron en cuatro ediciones sucesivas de 1502, 1510, 1529 y 1551. Y una antología senequista que fue muy leída por los españoles fue la de «Las Flores», traducidas por el erasmista Juan Martín Cordero (1555). Y el Pinciano escribe sus famosas «Castigationes» senequistas en 1536.

Las traducciones y comentarios sobre Séneca abundaron durante todo el siglo XVII. Se atribuye sentido senequista a Cervantes, a Mateo Alemán, a Calderón, a Quevedo, a muchos de nuestros místicos. Y en el XIX resucita con cierta originalidad y gracia, en el «Idearium», de Angel Ganivet. «Cuando yo, siendo estudiante, leí las obras de Séneca me quedé aturdido y asombrado, como quien perdida la vista y el oído, los recobrara repentina e inesperadamente» dice Ganivet en ese libro. «Yo soy entusiasta admirador de Séneca», afirma en «El porvenir de España». El suicidio de Séneca le da motivo para algunas humoradas sobre la sangría suelta, en el agua, como medicina. Pero le da otro motivo mucho más serio: el de suicidarse en las aguas del Vilna.

Recientemente, con el triunfo del «liberalismo» más completo de la historia española en el Gobierno republicano de Azaña (1931-1933), la vuelta a Séneca se ha reproducido, como buscando un apoyo humanista, anticristiano. La representación de la tragedia «Medea», traducida por Unamuno, en el anfiteatro romano de Mérida y ante el Palacio Real de Madrid, ha sido muy significativa. «Medea» era el rencor que incendia palacios, templos, que asesina y embruja con tenacidad inextinguible, como una ménade o una fuerza natural. Es decir: un poco, como la España pagana, laica, bárbara anticatólica, que Azaña soñó con instaurar.

Hemos visto, pues –de modo sucinto, pero claro–, las dos vertientes del genio de Séneca el cordobés. Por una vertiente, Séneca resulta como un oriental, como un cristiano primigenio. Por la otra, un perfecto hombre antiguo, pagano, bárbaro. De una ladera, Séneca es el consolador de los débiles, de los doloridos, de las masas, vencidas y decadentes, de almas que poblaban el imperio en sus postrimerías. De otra ladera, Séneca es el revalorizador de lo individual hasta hacer heroica la vida del Sabio. Por un lado, Séneca ve el nihilismo del cosmos. Por otro, sólo salva la virtud del héroe para hacer frente a esa nada cósmica.

Todo esto –y otras cosas– me ha llevado a pensar muchas veces en el fondo estoico que nutre el actual Fascismo. Me ha llevado a meditar sobre el fundamento que pudiera tener el Fascismo en las doctrinas de Séneca el cordobés.

No se crea, que, al decir yo esto, es porque deseo, arbitraria y patrióticamente, dar una base genuinamente española a la nueva doctrina universalista, salida de la ciudad eterna. Quien conozca mis teorías sobre el Fascismo, como «nueva catolicidad», sustentadas en libros anteriores, no podrá extrañarse de tal pensamiento mío.

Yo afirmo que el Fascismo tiene una amplia base estoica en general, y, concretamente: senequista.

Una de las características esenciales del Fascismo es su antidemocracia, que lo es, a su vez del senequismo. «Argumentum pessimi turba est», dijo Séneca en De vita beata II. Luego Petrarca, imbuido por Séneca, lo expresó, eso mismo, de tal forma, que llegó a nuestra «Celestina» en el siglo XV: «Ninguna cosa es más lejos de verdad que la vulgar opinión.» Y Erasmo, redondeó esa máxima de Séneca al decir: «La verdad es que el juicio común de la gente nunca jamás fue ni es regla muy cierta ni muy derecha para regirse hombre por ella.»

Es lo que diría luego Mussolini con otras palabras: «Il fascismo nega che il numero, per il semplia fatto di essere numero possa dirigere le societá umane».

Otra característica genuina –quizá la más pura– del Fascismo es la de considerar la vida como una lucha.

«Il Fascismo concepisce la vita como lotta», dijo Mussolini. «Vida est militia homonis superterram», había dicho Séneca. «Per noi fascisti, la vita e un combatimento continuo incessante, che noi accetiamo con grande corazzio...» Puro senequismo. «Lo primero que le aconsejó es que una y muchas veces traiga a la memoria que toda la vida de los mortales no es aquí sino una perpetua guerra», dijo un gran intérprete de Séneca en el Renacimiento. El hombre, el fascista –dice Mussolini– deberá «conquistarse quella vita che sia veramente degna di lui». «Una vida feliz es aquella que es digna de su naturaleza.» «Cada uno es el artesano de su vida», había dicho Séneca. «Fare ditutta la propia vita tatto il propio capolavoro», diría luego Mussolini. Ese carácter práctico, ético, de la vida, que se había señalado a la filosofía de Séneca es el que aparece como estructura del Fascismo: «Questa concezion positiva della vita e evidentemente una concezione ética», «vita seria, austera, religiosa: in un mondo sorretto dalle forze morale», «Il fascista didegna la vita comoda», «Il nóciolo della filosofia fascista: noi siamo contro la vita comoda». Senequismo esencial: esencia de la vita beata, del Caballero Cristiano que diría el Renacimiento, traduciendo el concepto del Varón virtuoso, siempre en guardia contra los acontecimientos, endurecido contra toda comodidad engañosa. «Yo aprecio en más los bienes de trabajo, los que cuentan fatiga y se basan en la acción, luchando constantemente contra la Fortuna», «Vencer la costumbre», aconseja Séneca a Lucilio. Y esto otro: «Es necesario habituar el ánimo por medio de continuos, incesantes ejercicios.»

La concepción que del hombre tiene el Fascismo, como ser dotado para alcanzar las más altas cimas de la Voluntad por medio de ejercicios heroicos, es, en el fondo, la de Séneca. Donde Séneca escribe «el sabio», «el varón fuerte», hay que escribir hoy el «Duce», el «Führer», el «Héroe». Séneca es, mucho antes que Nietzsche, el gran forjador de la voluntad como poderío.

«La fuerza de las cosas adversas no mueve el corazón del varón fuerte; antes está firme en su estado. Porque es más poderoso que todas las cosas que fuera le acaecen. No digo yo que no las sienta, mas digo que las vence», traduce nuestro Cartagena en 1551.

Era ese un concepto que recogería Séneca, el Petrarca, León Bautista Aberti, Maquiavelo, Montaigne, y llegarían, a través de Nietzsche, hasta Mussolini. ¡Amar lo difícil! ¡Vivir en peligro!, ha repetido el Duce más de una vez.

Así decía Séneca en De Providencia, haciendo resaltar el heroísmo de Fueton: «Porque estas cosas que me piensas espantar más me avivan. Y allí me place estar donde el mismo sol ha miedo. Porque al hombre bajo y [10] para poco pertenece buscar lo seguro. Por lo alto va la virtud.» He ahí Séneca: ¡Contra lo seguro! ¡Contra la vida cómoda!

Ese concepto del «ardito», del «héroe», del «sabio senequista», comportó, en la Roma del siglo I, el mismo concepto de «aristocracia natural», de «realeza natural», que el Fascismo traería al mundo de hoy.

«¿Quién, pues, es el noble? Aquel a quien naturaleza ha hecho para la virtud.» «No estimo a uno por hombre diferente del vulgo, habiendo respeto al lugar y preeminencia que posee, sino al corazón que veo que tiene...» Y luego nuestro Vives ajustaría: «La verdadera y firme nobleza nace de virtud.»

Esta tesis senequista es la base de «la nueva jerarquía fascista». Séneca descubre así a su héroe, a su Duce: «Tal hombre será equilibrado y pleno de ordenación uniendo, a su natural majestad, un sentido de piedad en todas sus acciones.»

El Fascismo no emplea hoy la palabra virtud para designar lo que Séneca designaba con ella. Pero utiliza otra tan sinónima que su reiteración en todos los discursos y doctrinarios fascistas la hace equivalente: «fática.» Cuando el Duce emplea el término «fática» se refiere exactamente a la misma concepción que Séneca tenía de la Virtud. Al esfuerzo, trabajo, al coraje, a la tensión que el vivir, el varón fuerte necesita para vencer esa cosa dura y difícil que es la vida. «Non est delicata res viverlo.»

No debo olvidar que este estudio mío no puede tocar más a fondo un tema como éste que aquí va englobado en otro más general. Pero para terminar este apunte de «senequismo y fascismo», transcribiré las expresas alusiones de Benito Mussolini: «Se il fascismo non fosse una fede, come darebbe lo stoicismo e il coraggio ai suvi fregani?» (Muss. Vincoli di sangue, «Popolo d'Italia», 19 gen. 1922).

«L'orgoglioso motto squadrista me ne frego, scrit o sulle berde di una ferita, e un atto di filosofia non soltanto stoica, e il sunto di una dottrina non soltante politica: e l'educazione al combattimento, l'accettazione dei rischi che esso comporta, e un nuovo stile di vita.» (Muss. La dottrina del Fascismo, treves Milano 1932.)

El Fascismo, como el senequismo, «puodo stile di vito» es, en el fondo, el estilo eterno de Roma. La concepción que luego de Séneca, se llamaría cristiana, y hoy, fascista. O sea de que la vida es milicia. Frente al Oriente, donde la vida es despojamiento absoluto, y al Occidente, donde la vida, según Fausto, «es acción», Roma la concibe a través de sus más geniales hijos (Séneca, Loyola, Mussolini), como combate, como virtud, como fe, como fatiga. Por algo se da uno la pena de considerar el fascismo doctrina nueva para España, como una vieja sabiduría donde España dio sus mejores frutos. Como el viejo secreto, hoy cada vez más nuevo, que a Roma musitara el gran cordobés Lucio Anneo Séneca, por los años primeros de la rea del Cristo.

Autor: E. Giménez Caballero

¿Sociedad de Naciones? ¡Comunidad de Pueblos! (Berlín julio de 1941)

¿Sociedad de Naciones? ¡Comunidad de Pueblos! (Berlín julio de 1941)

Lo que fue imposible a Ginebra y será posible en el porvenir

¿Hace en realidad sólo nueve años de todo esto? En el gran mirador de cristales del antiguo palacio de la Sociedad de Naciones, en Ginebra, se sentaban los 14 miembros del Consejo de la Sociedad, una tarde de febrero de 1932, en torno a la gigantesca mesa en forma de herradura. Las tribunas de espectadores y periodistas estaban casi vacías, pues en el orden del día figuraba un solo punto: «Protesta alemana contra Lituania en asuntos relacionados con la administración del país de Memel.»

Por la mañana, durante una importante reunión de la comisión de la gran Conferencia del Desarme, un periodista francés había permanecido un momento en pie ante la tablilla con el orden del día para la sesión de la tarde y murmuró, dando la vuelta con aire aburrido: «Ah bas, une querelle allemande.» Y como él pensaban no sólo la mayoría de los periodistas, sino también la mayor parte de los miembros de un alto consejo de la Sociedad de Naciones. El Presidente de esta reunión, el canoso abogado francés Paul Boncour, entonces ministro de Relaciones Exteriores, jugueteaba somnoliento con el pequeño martillo, cuyos golpes sobre la mesa presidencial anunciaban el principio y el fin de cada sesión con las fórmulas sacramentales «La séance est ouverte», o «La séance est fermée». El representante de China, que el día precedente había sido aún objeto del interés mundial durante los debates sobre la empresa japonesa de Shanghai, dormía profundamente, pero con tal exquisitez que se había intentado admirar su cómoda actitud como una realización artística. Los dos representantes lituanos conversaban quedamente en alemán en el extremo inferior de la gran herradura. Este hecho sólo podía asombrar al observador ignorante de que el Dr. Zaunius, ministro del Exterior, había sido asesor prusiano y de que el ministro en Berlín, Sidzikauskas, también hablaba mejor alemán que lituano.

Y en medio de este cuadro de una paz visiblemente aburrida en torno al verde friso de la mesa de deliberaciones leía el secretario de Estado Alemán von Bulow, en exquisito francés diplomático, la protesta del Gobierno alemán contra la vergonzosa violencia ejercida contra gentes alemanas por el Gobierno del minúsculo Estado lituano. Leía con la seguridad plena de que estos aburridos señores de la «Societé des Nations» no pensaban en poner remedio efectivo ni hubiesen estado de hecho y prácticamente, además, en condiciones de hacerlo.

¿Qué hubieran podido hacer?

La Sociedad de Naciones del año 1919 era una construcción de los autores de los tratados del arrabal parisino, que no estaba seguramente mal pensada de antemano, pero que adolecieron de faltas ingénitas, pues presidieron su nacimiento dos ideas fundamentales que se excluían mutuamente. La idea de la Liga de Naciones había surgido, por una parte, del horror estremecido de un mundo que había tenido que soportar durante cuatro años y medio la más cruenta de todas las guerras; por otra, las grandes potencias deseaban crear entre los sedicentes Estados vencedores un instrumento que les colocase en condiciones de transformar su concepción ideológica de una nueva estructuración de Europa y del mundo. Si los ideales políticos tan larga y ruidosamente proclamados por los estadistas aliados como sus fines de guerra hubieran establecido realmente una nueva ordenación europea, justa y razonable, no hubiesen sido necesarios la inquietud amarga y el temor consecuencia, primero, de las permanentes cadenas impuestas en los acuerdos de paz a las potencias centrales ni, después, crear en la Sociedad de Naciones un gremio destinado a ejercer vigilancia sobre los encadenados.

Pero, naturalmente, no se quería ni se podía, por otra parte, arrojar por completo por la borda, ante la propia opinión pública, ni tampoco ante las potencias centrales vencidas, aquellos ideales democráticos por los que se había pretendido tener que luchar durante cuatro años y medio. Por consiguiente, las formas democráticas se tenían que guardar mientras fuese posible en el pacto de la Sociedad de Naciones como expresión visible de la victoriosa ideología democrática.

Aquel ominoso artículo 16

Todas estas insuperables contradicciones internas fueron situadas unas junto a otras, con bastante independencia, en el articulado del pacto. Así se explica la promesa de desarme y así se explica también –juntamente con otras contradicciones lógicas del cuerpo del tratado– aquel ominoso artículo 16 que hablaba del compromiso de ayuda de los miembros de la Liga contra cualquier perturbador de la paz. La labor práctica de la Sociedad de Naciones en todos los grandes problemas políticos tenía que ser paralizada de antemano por estas contradicciones y sobre todo porque no sólo se exigía unanimidad en las decisiones del Consejo o del Pleno, sino especialmente porque no había un poder ejecutivo, que en caso de necesidad pudiera hacer cumplir por la violencia una decisión o una sentencia del Consejo.

Esta situación se hizo ya perceptible en los primeros años después de 1919 en forma extraordinariamente mortificante y perjudicial para el prestigio de la Liga. En todos los problemas de la delimitación de fronteras en el Este de Europa, que había quedado pendiente por completo en los tratados de paz, la Sociedad de Naciones tuvo que presenciar inactiva cómo sus tentativas de solución y decisiones eran rechazadas y desacatadas por los interesados –en primera línea por Polonia. Esto puede aplicarse también tanto al territorio de Sulwalki y al litigio de Wilna, como al problema de la Ucrania occidental. En todos estos casos, Polonia, miembro de la Liga de Naciones, no se preocupó en lo más mínimo por las decisiones de Ginebra.

No deja de relacionarse con esta situación que los círculos que tomaron realmente en serio la idea de la Sociedad de Naciones estudiaran cada vez con más interés el proyecto de proporcionar «dientes» a la Liga mediante un convenio internacional complementario, es decir, ponerle en situación de poder dar vigencia a sus decisiones, en caso de necesidad, por medio de la fuerza. El artículo 16 del pacto no era suficiente para esto porque –consciente o indeliberadamente– contaba con la aceptación teórica de claras relaciones jurídicas en el caso de perturbarse la paz y partía del supuesto de que el «agresor» era un concepto definido en todos los casos. En realidad, las cosas no se presentaban nunca con tan inequívoca claridad. Especialmente, por ejemplo, en el caso de que la Sociedad de Naciones pronunciase un fallo en virtud del cual el Estado A debiese emprender algo efectivamente en favor del Estado B. Si el primero desacataba el fallo y no actuaba, tenía que surgir la pregunta de si el Estado B debía ser considerado agresor de acuerdo con el pacto de Ginebra cuando intentase mediante la violencia ejecutar la sentencia de la Liga o del Consejo.

Teoría y práctica

En teoría –como se intentó de hecho más tarde en el acta arbitral de Ginebra de 1928– se podía sustentar la tesis de que todo Estado que se sustrajese al procedimiento arbitral para la solución de litigios internacionales o desacatase un laudo y o una decisión del Consejo, tenía que ser considerado como agresor. Pero esta teoría tropezó en la práctica con dificultades insuperables. Los Estados miembros de la Liga ginebrina, en primer término, eran verdaderos complejos exclusivamente independientes y soberanos con naturales intereses vitales de carácter político y dotados además, cuando menos, de ambiciones políticas absolutamente propias que se oponían con mucha más frecuencia que se hubieran cubierto con ellas.

Como el pacto de la Sociedad de Naciones no contenía una definición clara y coactiva del concepto «agresor», que hubiera bastado para dar vida propia a las prescripciones del artículo 16, fue necesario concertar acuerdos internacionales complementarios sobre esta decisiva cuestión. Pero tales acuerdos no pudieron lograrse prácticamente ni estaban siquiera dentro de las posibilidades políticas imaginables. En primer lugar, el círculo de los miembros de la Sociedad era demasiado amplio. En realidad, tenía que parecer injusto que algún miembro sudamericano tuviera que actuar en el Este de Europa o en Asia en favor de una acción decidida por la Liga. Por otra parte, tenía que dar motivo a graves reflexiones que una instancia internacional recibiese derecho a resolver sobre problemas de soberanía tan eminentemente nacionales como la intervención militar o de las fuerzas económicas de un Estado.

La absurda idea del Ejército de la Sociedad de Naciones

Sin embargo, el famoso protocolo ginebrino de 1924, cuyo padre espiritual fue MacDonald, entonces primer ministro inglés, intentó crear un acuerdo adicional al pacto de la Sociedad de Naciones que diese a la Liga un poder ejecutivo real. Tentativa que, naturalmente, estaba condenada al fracaso absoluto, aunque no hubiese sido muy hábilmente saboteada, a iniciativa de Francia, por los Estados de las Pequeñas Ententes y otros satélites franceses.

Pero aún era más absurda la idea de un «Ejército de la Sociedad de Naciones», surgida con el transcurso de los años en las formas más diversas. Semejante Ejército, sobre cuyo posible –o, mejor dicho, imposible– valor militar no es necesario gastar una palabra, no podía nunca llevarse a efecto porque las grandes potencias militares –entonces Francia sobre todo– debían poseer siempre, de acuerdo con el principio democrático de la paridad, adoptado en esta extraña institución, una decisiva superioridad que tenía que excluir de antemano el empleo de este órgano ejecutivo de la Liga de Naciones contra intereses de tales grandes potencias. Por consiguiente, Francia e Italia, como grandes potencias terrestres, e Inglaterra, como potencia marítima, continuaban al margen de las atribuciones ejecutivas de la Sociedad ginebrina; prescindiendo de que disponen siempre de suficientes medios de coacción política para impedir por anticipado la aprobación de una sentencia unánime del Consejo, adversa a sus intereses.

Pero, por otro lado, durante todo el tiempo de vida efectiva del organismo de Ginebra, precisamente la cuestión de apoyo dimanada del artículo 16 acarreó siempre disputas cuando se trataba de realizar la promesa de desarme contenida en el pacto. Como no hay un órgano ejecutivo internacional para las decisiones de la Liga –se argumentaba– tenemos cuando menos que mantener nuestros recursos militares nacionales con la fuerza necesaria para cumplir los deberes que nos impone el artículo 16. Por consiguiente, no podemos proceder al desarme o sólo en medida insignificante.

Pero con ello se había abandonado y reducido prácticamente al absurdo el supremo principio ideal de toda la Liga: la igualdad democrática de todos sus miembros dentro de la Sociedad. Las grandes potencias, que habían realizado la guerra mundial con la consigna de tales ideales democráticos, paralizaron con su peso el democrático y nivelador golpe de péndulo de los trabajos de la Liga, porque sus intereses individualistas de Estado figuraban naturalmente en primer término y la maquinaria política de la Sociedad de Naciones no era de ninguna manera el instrumento de una quimérica democracia mundial, sino –en lo fundamental– el instrumento de su política de Estado.

Decisiones y acuerdos enérgicos –sobre el papel

Como es natural, la impotencia de la Sociedad de Naciones, surgida de estas consideraciones fundamentales, pasó de los grandes problemas políticos también a aquella esfera de trabajo de la institución que no tenía ningún carácter político y en la cual se hubiera podido esperar que fuera la primera en dar resultados positivos. Lo mismo si se trataba del problema de reprimir el tráfico abusivo de estupefacientes o de medidas sobre la trata internacional de blancas.

Estos y en otros terrenos de trabajo que podríamos llamar «neutrales» eran los más adecuados para la labor de las comisiones. Seguramente, hoy yacen todavía en los archivos del Palacio de la Sociedad ginebrina, cuidadosamente ordenados, muchos quintales de valioso material científico, sobre todo de naturaleza estadística. Sin embargo, tan pronto como se trataba de deducir consecuencias prácticas de estos valiosos informes volvía a aparecer el habitual cuadro de Ginebra. En algunos terrenos especiales, como la represión del tráfico de estupefacientes, incluso se tomaron y aprobaron decisiones enérgicas. Pero, como cada una de ellas necesitaba para realizarse de un nuevo instrumento contractual internacional, puesto que las resoluciones de la Liga no tenían fuerza coactiva para sus miembros, en su calidad de Estados soberanos, todos estos acuerdos bosquejados por la Sociedad de Naciones no pasaron nunca del papel. Como había siempre varios Estados que se negaban a ratificar uno de tales convenios, existían tan grandes brechas en la red de los acuerdos planeados que con el transcurso del tiempo retiraban su ratificación incluso aquellos países que al principio la habían otorgado.

Así llegó Ginebra a convertirse en bolsa política

Esta situación, como es natural, se hizo más sensible en el aspecto de la gran política, en el cual, casi siempre, nunca se llegó a decisiones realizables de la Asamblea o del Consejo porque en casi todos los casos, los intereses políticos de los miembros discrepaban demasiado diametralmente, por anticipado, cuando había que lograr la necesaria unanimidad. Pero incluso cuando, después de terribles intrigas y vergonzosas transacciones, se lograba un proyecto efectivo de acuerdo –como en el caso del protocolo ginebrino de 1924– era aún más reducido que antes el número de miembros que en su calidad de Estados soberanos reconocían, mediante la ratificación, el carácter obligatorio del protocolo. El llamado de Ginebra, quizá el trabajo más trascendental de la Asamblea en el sentido de la idea rectora de la Liga, ha sido ratificado en el trascurso del tiempo sólo por muy pocos Estados y entre ellos ninguna gran potencia.

La consecuencia de estos continuos fracasos fue precisamente el creciente cansancio de los Estados pequeños y medianos, que comprendían cada vez más claramente que la institución de Ginebra nunca estaría en condiciones de llenar la misión originariamente asignada de juez arbitral reconocido en el mundo. Las sesiones del Consejo, celebradas cuatro veces al año, y la reunión anual del pleno de la Liga fueron decayendo cada vez más al nivel de bolsas políticas internacionales; cierto que aún se acudía regularmente a Ginebra, pero ya no para participar en los verdaderos trabajos de la Sociedad, sino porque allí se reunían los estadistas y políticos destacados de todos los países y había ocasión de celebrar conversaciones sin compromiso.

Cualquier observador atento podía advertir lo rápidamente que se hundía el prestigio de la institución en que incluso los círculos que pretenden haber sido por su ideología democrática los más enérgicos defensores de los verdaderos ideales de la Liga comenzaron hacia el año 1927 a considerar el carácter bursátil de toda la actividad ginebrina lo más esencial del organismo internacional. Era natural que semejantes manejos bursátiles, cuyo peso principal estribó ya pronto no en las salas de reunión de las comisiones y del Consejo y todavía menos en la tribuna oratoria del Pleno, sino en los pasillos y en los salones de refrescos o en el recinto de los hoteles ginebrinos, tuvieran como fruto casi exclusivo el rumoreo político. La gran prensa internacional encontró en ello la mejor coyuntura que podía imaginar y de manera gradual se cargó el acento en dirección del periodismo internacional irresponsable, que encontró aquí su mayor florecimiento, aunque no siempre el más delicado. A este florecimiento tenía que agradecer por completo la Sociedad de Naciones que su prestigio entre la opinion pública de muchos de los países asociados fuese constantemente consolidado a pesar de innumerables y notorios fracasos de la institución; pues la gran prensa no podía documentar mejor su poderío que mediante los tónicos que –en su propio interés– administraba gustosamente y con frecuencia al cuerpo de la Liga ginebrina, ya lamentablemente achacoso.

Naturalmente, no es posible dentro de la limitación de un artículo de revista exponer toda la historia clínica de la idea matriz de la Asamblea de Naciones. Después de que este organismo había fracasado en todos los grandes problemas que le fueron sometidos, desde el de crear un aparato ejecutivo para su propio fortalecimiento hasta su catástrofe en la cuestión del desarme y en el problema del conflicto chino-japonés, Inglaterra logró en 1935, con la ayuda de Francia y la Unión Soviética, llevar a efecto contra Italia algo así como una gran acción armónica de la Liga de Naciones. Pero incluso estas tristemente célebres «sanciones» mostraban en realidad, al considerarlas más detenidamente, sólo la impotencia del organismo ginebrino, pues casi fue tan grande el número de participantes en las sanciones como el de las reservas y restricciones que se hicieron por todas partes.

El sello: Traslado a los Estados Unidos

Después de la retirada de las tres grandes potencias alemana, japonesa e italiana, a las que siguió pronto otra serie de Estados, y del fracaso de las sanciones anti-italianas, la Liga de Naciones no tardó en aparecer como un cadáver incluso a los ojos de quienes continuaban creyendo por las más diversas razones en el éxito de cualesquier tentativas de resurrección. En realidad, sólo fue el sello que sancionaba una sentencia de muerte ya cumplida, que a fines de 1939 los restos de la secretaría de la Sociedad abandonasen el nuevo y fastuso Palacio de la rivera del lago Lemán y se trasladasen a los Estados Unidos, que nunca habían sido miembro de la Liga de Ginebra.

No se repetirá el experimento de la Sociedad de Naciones, erróneo en su principio y desafortunado en la ejecución. Tampoco los más fieles partidarios de la idea rectora de esta institución pueden tener reflexivamente este deseo.

Los fundamentos espirituales de la nueva Comunidad de Pueblos

Pero el desenlace de esta guerra traerá consigo el desenlace de una nueva asociación de pueblos europeos que no descansará sobre una construcción exangüe, sino sobre hechos políticos, económicos y sociales de peso decisivo.

Es lógico que aún no pueda precisarse en detalle la forma de esta nueva comunidad europea, instituida bajo la protección de las potencias del Eje. Sin embargo, ya se esbozan los fundamentos espirituales sobre los cuales puede construirse y se edificará esta comunidad. Mientras no haya terminado la guerra puede parecer casi temerario hablar de esta comunidad de los pueblos europeos, pues hay todavía una serie de países en el viejo Continente que lloran como una pérdida el derrumbamiento del viejo desconcierto y el fin de una eterna contienda en el reducido ámbito europeo. Este duelo de quienes han sido derrotados en la lucha por un ídolo increiblemente peligroso y sufren aún hoy las consecuencias del descalabro, es tal vez comprensible desde el punto de vista humano. Pero estos sentimientos deben ceder ante el interés bien entendido de todo el espacio occidental, pues en un mundo que cuenta política y económicamente con grandes espacios y continentes no hay ya lugar, por consideraciones prácticas, para un obstinado particularismo democrático.

Europa tendrá que luchar aún duramente después de eliminar definitivamente la influencia inglesa de nuestro continente para ocupar el lugar que le corresponde en el mundo. En esta lucha es necesaria una fusión de todas las fuerzas. Pero sabemos que también la más brillante fusión organizadora debe fracasar hoy a la larga si no es impulsada por una viva fuerza espiritual. Por tanto, la comunidad de pueblos europeos sólo cobrará vida real cuando se apoye en la realidad de una práctica social internacional que asegure a todos los miembros de la nueva asociación de destinos, la plaza que corresponde a su esencia, su valor y su capacidad social para la comunidad.

En lo concerniente a las formas de esta comunidad de pueblos europeos, hoy sólo puede decirse con seguridad: su punto de partida se diferencia radicalmente de las situaciones internacionales de que surgió el fracasado experimento de la Sociedad de Naciones y así se evitará por anticipado mediante la realidad política aquella contradicción interna propia de una construcción cimentada sobre teorías trasnochadas. Las potencias del Eje, como directoras políticas y espirituales de la nueva Europa, podrán abordar su reconstrucción con gran seguridad interior. Pero la nueva comunidad no sólo surge a la vida interiormente fuerte, sino que tendrá en los victoriosos Ejércitos de las potencias del Eje una protección de los pueblos edificada sobre la idea de una clara ordenación social y dispondrá con ello de aquellos «dientes» cuya falta determinó, no en último término, el derrumbamiento de la desdichada Sociedad de Naciones.

F. W. von Oertzen Berlín, primera quincena de julio de 1941

Alain de Benoist: La Alemania de Von Salomon

Alain de Benoist: La Alemania de Von Salomon

En una de las más bellas mansiones de Elbdeich, entre Schleswig y Hamburgo, rodeada por un bosquecillo de abetos y decorada de blanco y verde, falleció el 9 de agosto de 1972 el escritor Ernst von Salomon. Durante la vigilia, no dejó de mostrar su inquietud ante una tormenta que parecía no tener fin.

"Nunca haber sido deshonrado, esto es no sufrir", escribía Walter Rathenau en sus Reflexiones. Según esta máxima, Ernst von Salomon no habría sufrido en su vida.

La obra de von Salomon es la historia de su vida y, al mismo tiempo, la historia de Alemania. La una se confunde con la otra; no pueden evocarse separadamente. Ambas comienzan en las postrimerías de la Primera Guerra Mundial.

La escuela de cadetes

29 de octubre de 1918. Alemania del Norte. La Tercera Escuadra de la Armada Imperial, anclada en el puerto de Kiel, entra en insurrección. Los portavoces han formulado reivindicaciones revolucionarias y amenazan con fusilar a los oficiales. Estamos ante una especie de Potemkin alemán, espartaquista para más señas. Los insurrectos se apoderan de la ciudad. El 5 de noviembre aparece un primer Consejo de Marinos y Soldados. El movimiento se extiende, una detrás de otra, por las ciudades de la antigua Liga Hanseática: Hamburdo "la roja", Lübeck, Wilhelmshafen, Bremen y, por fin, Berlín.

Guillermo II abdica el día 9. Esa misma tarde, el socialdemócrata Scheidemann proclama la República, y pocas horas más tarde, el líder de los espartaquistas, Karl Liebknecht, anuncia la creación de una "República Alemana de los consejos", traducción más o menos aproximada de la expresión rusa "república soviética" ("soviet" quiere decir "asamblea" o "consejo"). Al día siguiente, una asamblea repleta de obreros y soldados elige un Consejo de Comisarios del Pueblo.

"El 10 de noviembre –escribe Gilbert Badia–, el poder real, en toda Alemania, está en manos de los consejos de obreros y de soldados. Se crean más de 10.000 en todo el país. Pero estos consejos están compuestos por elementos muy dispares, generalmente dominados por los militares más activos y violentos. No puede afirmarse que hayan sido elegidos" (Historia de la Alemania contemporánea, 1962).

Un vago antimilitarismo inunda el país. Los oficiales son atacados en la calle. Von Salomon, que lleva desafiantemente su uniforme, recuerda en las primeras páginas de Los réprobos cómo él mismo fue molido a palos: "Me vi rodeado por medio centenar de personas, muchas de ellas mujeres. Un anciano con aspecto burgués, encasquetado en un sombrero gris de estilo americano, me golpeó en la cabeza con su paraguas. Se hechó a reír y muchos le imitaron. Al comprobar que le miraba fijamente a los ojos, con los puños apretados, el grupo guardó un silencio de muerte. –Quítate ese uniforme, muchacho, me dijo. Mi mirada podía taladrarlo hasta la nuca, mientras me mordía la comisura de los labios. –Quítate ese uniforme, repitió marcando esta vez lentamente todas las sílabas. De pronto, todo el grupo se abalanzó sobre mí. Intenté sacar la bayoneta, pero ya fue tarde".

Ernst von Salomon tenía entonces 16 años.

Había nacido en Kiel, el 25 de septiembre de 1902. Su familia paterna era originaria de Francia; los ancestros de su madre eran italianos, de Venecia. Un Louis-Frédéric de Salomon había participado en el complot de Pichegru contra Napoleón. Su padre, nacido en Inglaterra, acababa de morir en el frente. Su madre era rusa de nacimiento. Ambos eran prusianos por afinidad. "Si no hubiese sido prusiano de nacimiento, habría sido prusiano de elección" (El cuestionario).

Tras estudiar unos pocos años en una institución de Karlsruhe, Ernst von Salomon entró a los 12 años en la Escuela de Cadetes del emperador, un verdadero Pritaneo prusiano. Educación en la disciplina del acero, que sería minuciosamente relatada en Los cadetes. Pero el desastre de 1918 hace que su universo se derrumbe. La noticia de la firma del armisticio es recibida en la academia como una puñalada trapera: todas las tradiciones de la Alemania imperial acaban de sucumbir. Ernst, conmovido, permaneció seis días en la cama.

Poco después, de improviso, los soldados volvieron del frente. Agotados, deprimidos, hambrientos, desfilan en desorden por las calles, mudos, como fantasmas. "Eran soldados, eran hombres que obedecían a una llamada interior, una llamada secreta de la sangre y del espíritu. De un modo o de otro, eran voluntarios, hombres que habían elegido la ruda fraternidad de las armas, que habían encontrado en la guerra una patria. Patria, pueblo, nación. Son grandes palabras, pero cuando las pronunciábamos sonaban falsas. Porque la patria estaba en ellos, y en ellos habitaba la patria".

Solamente subsistía la mística de la guerra, del heroísmo y de la muerte. Y esta idea únicamente se encarnaba en los "réprobos" (Geächteten): los proscritos de los cuerpos francos (Freikorps), de los que la Alemania vencida tenía necesidad para mantener viva una cierta idea de la patria. Ernst Von Salomon empaquetó sus escasas pertenencias en un petate, cruzó a zancadas el patio de la academia y marchó a enrolarse voluntario.

Los cuerpos francos logran salvar la República

En una obra convertida en un clásico, Die deutsche Freikorps, 1918-23 (1936), F.W. von Oertzen explica que los cuerpos francos tenían un doble origen. Por una parte, las tropas formadas en 1918-19 para hacer frente a la agitación espartaquista; por la otra, las que, después de la guerra, fueron enviadas a los países del Báltico.

Marine Droz, profesora de la universidad de la Sorbona, relata: "En diciembre de 1918, el ejército regular, minado por la propaganda espartaquista, fue incapaz de tomar Berlín. El gobierno, presidido por el nuevo canciller Ebert, estaba, de facto, prisionero de los sublevados" (El nacionalismo alemán, de 1871 a 1939, 1967).

En estas condiciones, el gobierno concluye un pacto secreto con el estado mayor. El ejército se encargaría de sostener al gobierno socialdemócrata, y éste de reprimir a los espartaquistas.

Von Salomon, al principio de Los réprobos, relata cómo el general Märker, apoyado por el ministro socialdemócrata Noske, reagrupó en una misma formación a los voluntarios encargados de restablecer el orden y de defender las fronteras.

La noche entre el 7 y el 8 de noviembre de 1918, en Munich, se proclama la República. El rey Luis III huye al Tirol. Un gobierno socialista le sucede, presidido por el agitador Kurt Eisner, fugado de la prisión un mes antes. Bajo su autoridad, Baviera va a conocer unas semanas de locura. Pero el 27 de febrero de 1919, Eisner es asesinado por un joven monárquico, el conde de Arco-Valley.

Un mes más tarde, Bela Kun instaura una dictadura comunista en Hungría. El movimiento triunfa en Baviera y Austria. El 7 de abril de proclama la Comuna de Munich. Un poeta neurótico Ernst Töller, toma el control de un "Consejo de Comisarios del Pueblo", del cual también forman parte los rusos Levien y Axelrod. La locura cede el paso al terror. Los presos comunes son liberados, y los comunistas fusilan a todos los sospechosos en plena calle.

Mientras tanto, el 2 de marzo, Lenin ha creado la Tercera Internacional. El 29 de junio se firma el Tratado de Versalles, aceptado por la república de Weimar.

Los primeros cuerpos francos aparecieron en Westfalia. A finales de 1919 contaban con más de 300.000 hombres. Gracias a ellos el orden pudo ser restablecido. Berlín es recuperado. Los sublevados comunistas se rinden en Sajonia, Turingia y Hamburgo. En Weimar, la Asamblea Constituyente es escoltada por los "cazadores" del general Märker.

En Munich, unos durísimos combates oponen los cuerpos francos del coronel Ritter von Epp al ejército rojo de Rudolf Eglhofer. En la madrugada del 30 de abril, los rehenes, miembros la mayoría de la Sociedad Thule, son masacrados y sus cadáveres, descuartizados, son esparcidos por las calles de la ciudad. El 2 de mayo, la cervecería Mathöser, cuartel general de los comunistas, es tomada al asalto. La ciudad es liberada. El 6 de mayo, los cuerpos francos se retiran de Munich. En recompensa a los servicios prestados, cada uno recibe, sin distinción de grado, diez marcos, dos salchichas y un pan.

Después del asesinato de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo (15 de enero de 1919), los espartaquistas han perdido el control de los consejos obreros. La socialdemocracia retoma el poder. La República de Weimar se instala en una calma tensa.

Es un tiempo de contrastes. Von Salomon escribe: "Agotados y hambrientos por la marcha, oíamos el son de las melodías negras que escapaba de los bares y las salas de fiesta, donde las hijas de los burgueses se divertían bailando danzas sensuales. A lo lejos, de cuando en cuando, el chasquido de un fusil, disparado por alguno de los camaradas más alejados, rompía el cuadro de esta escena".

Más lejanos aún se encontraban los hombres del "Baltikum", los deseperados de la patria.

El Baltikum

Al día siguiente del armisticio, Alemania había sido autorizada a mantener sus tropas en los países bálticos: los aliados temían una expansión de la Rusia soviética. El general Rüdiger von der Goltz, antiguo jefe de la Unión de Sociedades Patrióticas de Alemania, tuvo entonces la idea de recuperar en el Este lo que su país había perdido en el Oeste. Presentado en Letonia con poderes especiales, retoma por su cuenta, modernizándola, la política de los caballeros teutónicos.

"Su plan fue rápidamente trazado –relata Dominique Venner: atraer y asentar en Curlandia a todos los soldados desmovilizados que no encontraban trabajo y transformar la región en una vasta colonia militar y agrícola, en donde los soldados-campesinos, encuadrados por sus oficiales, estarían prestos a tomar las armas en cualquier momento".

Los soldados desmovilizados comienzan a afluir. "La patria –escribe von Salomon– solamente continúa brillando en unos pocos cerebros iluminados".

En febrero de 1919, von der Goltz dispone de 20.000 hombres. En sus memorias, diría: "Tenía cuatro enemigos a combatir: el ejército bolchevique, los consejos de soldados, el gobierno letón germanófobo y los aliados. Siguiendo los preceptos de la escuela de guerra, tomé la resolución de no combatir contra todos a la vez, sino uno detrás de otro, comenzando por los bolcheviques" (Meine Sendung in Finnland und im Baltikum, 1920).

La ofensiva comienza el 1 de marzo. Libau, Mouravievo, Mitau son ocupadas después de una serie de combates sangrientos. El 22 de mayo, los cuerpos francos entran en Riga, donde liberan a unos 2.000 rehenes que los bolcheviques utilizaban para extorsionar a sus familias.

Pero la aventura no tendrá continuación. En 1920 Francia y Alemania deciden favorecer la constitución de un gobierno letón. Los aliados exigen que los cuerpos francos del Baltikum sean repatriados.

La decisión es extremadamente mal recibida. Un buen número de oficiales rechazan simple y llanamente obedecer. El cuerpo franco del germano-lituano Gerhart Rossbach, que ha reconquistado a los polacos la ciudad de Culmsee, en la Prusia Oriental, anuncia que "no tiene intención de disolverse" (Rossbach transformará su unidad en una comunidad de trabajo, en Pomerania). Otros voluntarios se hacen nacionalizar rusos y constituyen una especie de ejército blanco, que continuará la guerra en la región de Riga. Otros se instalan en los países bálticos. La mayor parte retornan a Alemania.

En el espacio de unos pocos meses, la cólera del joven von Salomon y sus amigos se dirige hacia una República que ellos mismos habían salvado del comunismo. El general von der Goltz, ante sus hombres, exclama: "No podía adivinar que me entregaron un sable roto, ni que mi enemigo habría de ser mi propio gobierno y mi propio pueblo".

Escribe Dominique Venner: "En el caos alemán, en medio de los enfrentamientos entre las clases y los partidos, los cuerpos francos aparecieron como la única encarnación del Estado. Eran los únicos que disponían de la necesaria fuerza. Eran los únicos que se mostraban indiferentes a los conflictos de interés. Eran reclamados por todos, pero no eran bienvenidos para nadie. A su paso, el desorden terminaba, las ciudades quedaban pacificadas y la República retomaba el control.  Acostumbrados a vivir en condiciones extremas, rechazaban las tentaciones del modo de vida burgués, su calma y su confort".

A la repugnancia por el humanismo y las instituciones burguesas, muchos añadían el gusto por la guerra y la nostalgia de la acción. "Llevaban la guerra en la sangre. La guerra les poseía, la guerra les dominaba, la guerra no les dejaba escapar".

Anota Marine Droz: "En los cuerpos francos se desarrolló una mentalidad particular: mentalidad de gentes completamente desarraigadas y desheredadas, que no querían para ellas más salud que la persistencia de las hostilidades. Muchos de los voluntarios de los cuerpos francos habían pertenecido al Movimiento de la Juventud (Jugendbewegung) o a las tropas de choque. Tenían la convicción de que el ejército había sido traicionado y que Alemania había recibido una puñalada por la espalda, que el ejército no era responsable de la derrota. Muchos no conocían otra cosa que la guerra, y era natural que no lograsen acomodarse ni quisieran vivir en un mundo en paz".

El rencor de los "soldados perdidos"

Para un soldado que ama su oficio, ser cazador es siempre mejor que ser presa. Dice von Salomon: "No sabíamos lo que queríamos, ni queríamos lo que sabíamos. Nos marchitábamos en la confusión, pues teníamos la sensación de no saber qué hacer con nuestro tiempo" (Los réprobos).

La ideología no contaba nada: "Hacer, hacer no importa qué, no importa cómo, ser revoltoso por principio, expresar la propia energía por todos los medios, por todas las audacias: la sangre jamás corre en vano>>. Más tarde, el héroe de La aldea pronunciará una palabra decisiva: < 

Como en todos los casos de "soldados perdidos", la historia terminó en un "putsch". En marzo de 1920, el "putsch" Kapp-Lütwitz corresponde al punto culminante del rencor de los cuerpos francos.

Los aliados habían exigido la disolución de la brigada Ehrhardt. Fundada por un capitán de corbeta, héroe de la Marina Imperial, este cuerpo, que había representado un importante papel, era visto como un centro de agitación nacionalista. Su jefe, Hermann Ehrardt, gozaba de una gran popularidad, y sus hombres habían compuesto para sí un himno de rabia y de cólera: Hakenkreuz am Stallhelm!

Amenazada en su existencia, la brigada Ehrhardt decidió reaccionar. El 12 de marzo, los cuerpos francos marchan sobre Berlín. El canciller Ebert es obligado a entregar la ciudad. Dos oficiales, Kapp y Reichswehr, intentan hacer "bascular" la Reichswehr (el ejército estatal). Pero los cuadros del ejército vacilan. La situación no tarde en degradarse. Una huelga general, que paraliza la capital, pone fin a la empresa.

Ernst von Salomon, que había participado en el "putsch", describe el disgusto que provocaba en sus compañeros toda actividad política "legalista". Para tratar con los traidores a la patria (Vaterlandsverräter), decretaban, solamente valían los medios radicales.

Reducidos al "paro", algunos activistas se enrolaron en el pequeño ejército de 100.000 hombres que los aliados habían autorizado en Alemania. Otros entraron en los Einwohnerwehren, auxiliares de la Reichwehr que constituían una especie de policía local, oficialmente disueltos en 1921. La mayoría de ellos se refugiaron en el seno de asociaciones de antiguos combatientes, de clubes de tiro, de sociedades deportivas o culturales.

En un clima que es difícil de imaginar hoy en día, aparecieron una gran multitud de pequeños partidos, movimientos diminutos y grupúsculos, legales y clandestinos: Wikingbund, Bund (liga) de los amigos del Edda, Bund de Franconia, Bund de los lobos combatientes (Wehrwolf Bund), Bund Arminius, Wandervogel Aryen, Nerothed Wandervogel, Partido de la Encarnación de la Resistencia del Pueblo y la Nación, Partido Pangermano, Asociación para el Resurgimiento de los Caballeros Teutones, Círculo de Estudios del Rig Veda, etc., etc., etc.

En agosto de 1920, unas 20 asociaciones secretas bávaras se fusionaron y constituyeron la Organización Escherich, comúnmente conocida como la "Orgesch". Allí pueden encontrase muchos antiguos miembros del Stahlhelm (el "Casco de acero"), del Oberland Korps, de la Jungdeutscher Order, de la Liga de los Lobos Combatientes, etc.

Poco después, aparece la Organización Cónsul (OC), implantada un poco por todas partes por el capitán Ehrhardt y animada clandestinamente por el jefe de la policía de Munich, Pöhner. Su palabra de orden: "No más negociaciones".

Escribe von Salomon: "La imagen que se tiene de la OC es que su mano se extiende por todas partes. Pero lo que extraña e inquieta a la vez es que a la ruidosa indignación haya de oponerse el susurro de una sociedad secreta, y que la angustia apurada se acompañe de una satisfacción perversa. Hay instantes en que, incluso en el corazón del más modesto y leal de los funcionarios, los rumores fantásticos que corren sobre la OC hacen vibrar los entusiasmos".

En 1921 surge una nueva aventura. Polonia, forzada por los aliados, intenta apoderarse de una parte de la Alta Silesia. Por medio de un referéndum, la población se pronuncia, el 4 de marzo, por la pertenencia a Alemania. Pero Varsovia no acepta los resultados. Los civiles alemanes son encarcelados, torturados y fusilados. El general Le Rond, presidente de la Comisión de Control Interaliada, es favorable a los polacos. Reagrupados bajo las órdenes del general Hofer, 15.000 hombres de los cuerpos francos se constituyen en grupos de autodefensa (Selbstschutze), organizan la defensa de las villas y la protección de sus habitantes.

Weimar, sin embargo, los desaprueba. La frontera del Reich se cierra detrás de ellos. El 24 de noviembre, el ministro del Interior ordena la disolución de los Selbstschutze y el desarme de los voluntarios. Los hechos del Baltikum se reproducen.

Recuerda von Salomon: "Amenazaron a los polacos con la aprobación universal y a nosotros con la prisión. Habíamos ofrecido al gobierno, como un regalo, una victoria preciosa. Pero la dejaron caer por tierra, para ser pisoteada".

Gerhardt Rossbach, de regreso de la Alta Silesia, comienza a crear sus propias células en el interior de la Reichwehr: las Reichwehrblock Rossbach (RWBR). Los "réprobos" se dispersan una vez más.

Schlageter y Rathenau

Se les reencuentra en 1923, en el Ruhr, ocupado desde el mes de enero por tropas francesas y belgas bajo el mando del general Degoutte. La ocupación es extremadamente impopular, hasta conseguir la unanimidad de la opinión contra ella, tanto de los obreros como de los jefes de fábrica. Los cuerpos francos animan un movimiento de resistencia, en donde Leo Schlageter habría de convertirse en un símbolo.

Schlageter, como von Salomon, había participado en el "putsch" Kapp y en los combates de Silesia. Miembro del Korps Havenstein, también era, desde 1922, militante del NSDAP (Nationalsozialistische Deutsche Arbeiter Partei). El 1923 hizo saltar un puente del ferrocarril de Calkum, paralizando el tráfico organizado por los ocupantes. Arrestado por los franceses, sería fusilado el 26 de mayo después de un juicio sumarísimo, en Golzheimer, al norte de Dusseldorf. Sus compañeros serían deportados a Cayena.

Diez años más tarde, Schlageter sería declarado héroe nacional, levantándose por toda Alemania monumentos en su nombre. Su tumba se encuentra en Schönau, su villa natal.

Comenta Venner: "Incluso los comunistas celebraron la memoria de Schlageter, presentándolo como un héroe perdido. La política exterior soviética buscaba por esa época una alianza con Alemania contra Polonia, Francia y el Oeste en general. La idea de una alianza entre las naciones favorecía una posible revolución nacional-bolchevique en Alemania. El terreno parecía propicio para un nuevo asalto comunista contra la República de Weimar".

Paralelamente, los cuerpos francos crean una serie de tribunales secretos, inspirándose en la Santa Vehme, misteriosa institución nacida en el siglo XII, en Westfalia. En un capítulo de Los réprobos, precisamente titulado "La Santa Vehme", von Salomon relata la ejecución (fallida) de un espía.

Entre 1919 y 1922 se producen un total de 354 atentados políticos. El 26 de enero de 1920, Matthias Erzberger, ministro de Hacienda y jefe del Zentrum (el partido católico), que no ha dejado de reclamar la estricta aplicación de las cláusulas del Tratado de Versalles, es asesinado por dos miembros de la Organización Cónsul, los tenientes de marina Heinrich Tillessen y Heinrich Schulz. Arrestados, los dos "réprobos" reivindican su acto con fiereza.

El 24 de junio de 1922, Walther Rathenau, ministro de Asuntos Exteriores en el segundo gabinete Wirth, abandona su villa de Grünewald en un auto camino de Berlín. En un recodo, otro automóvil, que estaba aguardando, le deja pasar y le sigue. Al poco, los tiradores de marina Kern y Fischer, mientras adelantan de nuevo al vehículo de Rathenau, disparan sus revólveres y arrojan dos granadas de mano. Rathenau, que intenta escapar a pie, es rematado sobre el asfalto.

El germanista Edmond Vermell ha incluido a Rathenau entre los doctrinarios de la revolución conservadora alemana, al lado de Thomas Mann, Oswald Spengler y Keyserling.

Adepto a la vez de Bergson y de Nietzsche, soñaba con un "reino del alma" en donde el hombre mecanizado, el Zweckmensch (el hombre que no persigue sino fines exteriores a su propia vida) sería considerado una anormalidad. Subordinaba la "verdadera democracia" a la instauración del Volkstaat (el Estado adaptado a la vida sustancial del pueblo), y había construido toda una filosofía sobre la curiosa oposición entre "una raza del miedo, morena e intelectual" y una "raza rubia dominadora, valiente y sin espíritu".

"Hay que desconfiar –decía– de las ideas que se apoyan en demostraciones, y no se dejan guiar por la voz interior que habla con severidad y no dice sino la verdad" (¿Adónde se dirige el mundo?, 1920).

Rathenau era un cúmulo de contradicciones interiores. Atraído tanto por el capitalismo como por el comunismo, soñaba con un mundo racional fundado sobre la economía y con una era que pusiera fin a las patrias, mientras no dejaba de asumir posiciones aparentemente opuestas.

Para los nacionalistas alemanes, Rathenau era, ante todo, el símbolo de la derrota y de sus consecuencias. Miembro del partido socialdemócrata, había aceptado la dirección del ministerio de Reparaciones. Después, siendo ya ministro de Asuntos Exteriores, había firmado en Rapallo el acuerdo germano-soviético por el cual Alemania y la URSS reanudaron sus relaciones diplomáticas, acuerdo que también inauguraba una política de colaboración entre la Reichwehr y el Ejército Rojo.

Durante sus exequias, el canciller Wirth landó su célebre desafío: "¡He aquí al enemigo que destila veneno por las arterias del pueblo! ¡Aquí está ese enemigo! Y no hay duda, ¡está a la derecha!"

Al día siguiente, la policía ofrece un millón de marcos a quien facilite la captura de Kern y Fischer. Poco después la recompensa asciende a cuatro millones y medio de marcos. Son finalmente localizados en un castillo propiedad del escritor Hans Stein. El primero es abatido por los disparos, el segundo se suicida.

Ernst von Salomon había comprado el coche con el cual los dos oficiales habían cometido el atentado. Detenido después de la muerte de Rathenau, fue condenado a cinco de reclusión por su "participación activa" en el atentado. Después de tres años en la penitenciaría de Kiel, sería amnistiado en 1928.

En la cárcel escribió el boceto de su primer gran libro: Los réprobos.

Los réprobos

La publicación de Los réprobos, en 1929, ejerció una verdadera fascinación en el mundo intelectual de la época. Los militantes políticos de todas las orillas descubren en la obra el eterno romanticismo de la acción. Drieu la Rochelle, en sus Notas para comprender el siglo, evocará con nostalgia "al combatiente de la Gran Guerra formado en los Sturntruppen, más tarde alistado en los cuerpos francos, al terrorista asesino de Rathenau, al boy-scout, al Wandervogel errante de casa de la juventud a casa de la juventud, de un lado a otro de Europa, enamorado de los paisajes desconocidos".

En los alrededores e 1960, los militantes y los golpistas de todo género, réprobos y abandonados ellos también, releyeron con pasión estas páginas en donde se describía el rostro fraternal de los grandes activistas del pasado: "Éramos locos, pero conscientes de nuestras acciones. Sabíamos que seríamos abatidos por la cólera de todas las gentes que se agitaban en torno a nuestras cohortes temerarias. Pero si una locura fue alguna vez un método, esa fue la nuestra. No nos resignábamos a una época que renunciaba a todo. Escupíamos un "no" a la cara de la Alemania de nuestro tiempo, comentando entre susurros como habría de sonar ese "sí" a la Alemania que habría de venir. Nuestra locura era una orgullosa obstinación. Estábamos preparados para soportar las consecuencias de nuestra obstinación. Un hombre no puede hacer más".

Durante medio siglo von Salomon vivió a la sombra de Rathenau. Pocos meses antes de su muerte, con ocasión del cincuentenario del atentado, en una emisora de radio, Ernst Jünger le preguntó con su voz cadenciosa: "¿Por qué no tiene el coraje de admitir que Rathenau fue muerto porque era judío?" Von Salomon, como siempre, había respondido: "Porque no es cierto".

En 1932, von Salomon se trasladó a Francia. Pasó seis meses en los Pirineos atlánticos, en San Juan de Luz. Aquellos recuerdos dieron luz a una nueva novela llena de ironía, titulada Boche in Frankreich ["boche" es un término despectivo francés para señalar a los alemanes. NdT]: "Todos los franceses que me escuchan hablar en francés sonríen compasivamente. Hablo el francés como mi amigo el comisario de policía de San Juan de Luz, que pasó dos años en un campo de prisioneros de guerra, habla el alemán. Juro que nunca más abusaré de mis conocimientos de la lengua francesa con el objeto de hacerme entender en esta tierra".

La República de Weimar disfruta la relativa clama de su plena madurez. En Berlín, los cabarets están permanentemente abarrotados. Pero más de seis millones de parados deambulan por las calles, mendigando y malviviendo. El 30 de enero de 1933, Adolf Hitler se convierte en el nuevo canciller.

De la autoridad a la totalidad

Muchos de los antiguos miembros de los cuerpos francos se encuentran ahora en las filas del partido nacionalsocialista. Desde 1920, precisa Uwe Lohalm (Völkischer Radikalismus, 1970), la Liga para la Defensa y el Ataque (Schutz und Trutzbund) ha tendido una especie de puente entre los cuerpos francos y el NSDAP. El programa de la Wikingbund, emanación semilegal de la Organización Cónsul, está prácticamente calcado del presentado por el movimiento hitleriano.

Reinhard Heydrich, el futuro jefe del Leibstandarte Adof Hitler (la guardia personal de Hitler), había sido miembro del Schutz und Trutzbund. Su superior inmediato, Himmler, había pertenecido al Einwohnerwehr de Munich. Rudolf Hess había pasado por el cuerpo franco Regensburg. Martin Bormann fue el tesorero de la comunidad de trabajo de Rossbasch, en 1922. Sepp Dietrich, el organizador de la Gestapo, procedía del cuerpo farnco Oberland; Constantin Hierl, jefe del Servicio de Trabajo después de 1933, del cuerpo franco de Augsburgo.

Pero sería un grave error no ver en los cuerpos francos más que una simple "cantera" de nazis. Entre los voluntarios de 1919 y 1921 también se encuentran un gran número de oponentes (de derecha) al régimen nacionalsocialista.

Desde su llegada al poder, Hitler había hecho arrestar al conde de Arco-Valley miembro influyente de la Sociedad Thule, quien fuera el asesino de Kurt Eisner. Durante la "noche de los cuchillos largos", el 30 de junio de 1934, numerosos antiguos jefes de los cuerpos francos fueron ejecutados: Karl Ernst, Edmund Heines, Oskar Stable, August Schneidhuber, Hans Peter von Heydebreck, Hans Hayn, Fritz von Krausser –y también Werner von Fichte, bisnieto del autor de los Discursos a la nación alemana, veterano del Baltikum y de la Alta Silesia. Otros, como Wilhelm Canaris o Wolf Heindrich Helldorf, figuran entre los conjurados del 20 de julio de 1944. El capitán Ehrardt rompió con Hitler en 1923. Adversario declarado del nazismo, vivió refugiado en Suiza durante la Segunda Guerra Mundial. Froedrich Wilhelm Heinz, antiguo miembro de la OC, había preparado un atentado contra Hitler en 1938. Gerhardt Rossbach por poco escapó a su ejecución.

Como una buena parte de los alemanes del norte, von Salomon tienen cierta desconfianza ante los "bebedores de cerveza" de Baviera. Las "catedrales de luz" de Nuremberg llaman su atención, pero sin hacerle vibrar. Como Ernst Jünger y los adeptos al "socialismo prusiano", prefiere guardar las distancias frente a un movimiento que le parece demasiado plebeyo. Más que un nacionalismo revolucionario, profesa un aristocratismo rígido.

Más tarde diría: "Consideraba una infame traición al verdadero objetivo el intento de Hitler de desplazar el acento decisivo del Estado al pueblo, de la autoridad a la totalidad".

Su hermano, Bruno von Salomon, habría de llegar más lejos. Después de haber lanzado la revista Der Aufbruch, se uniría al partido comunista en los últimos años de la República. Su estado espiritual correspondía al de un cierto número de intelectuales alemanes que, hacia 1930, rompieron violentamente con la burguesía y que consideraban que una guerra de revancha contra Occidente solamente podría hacerse con el apoyo de la Unión Soviética. Estos intelectuales (Ernst Niekisch, Karl-Otto Paetel) formaron parte de los diversos grupos nacional-bolcheviques que abarcaban desde la "izquierda nazi" de Strasser hasta el "ala nacional" del KPD (Partido Comunista Alemán), en muchas ocasiones basculando una y otra vez entre estas dos grandes formaciones políticas –las llamadas "células bistec" (pardas por fuera y rojas por dentro) y "células ciruela" (rojas por fuera, pero de hueso pardo).

A pesar de las ofertas que le son hechas, Ernst von Salomon rechaza "tener un puesto" en el III Reich. Prefiere retirarse al "exilio interior", trabajando como experto en manuscritos para la editorial Rowohlt. "Exilio interior" en donde también se refugiaron Hans Johst, Ernst Wiechert, Agnes Miegel, Hans Carossa, Emil Strauss, Ernst Jünger y su hermano Fritz-Georg Jünger, Kolbenheyer y, sobre todo, Hans Grimm, el autor de Volk ohne Raum ("Pueblo sin espacio").

El 9 de septiembre de 1935, Pierre Drieu La Rochelle llega a Berlín. Desde allí, escribe a una amiga: "Ayer tarde pude conversar con el escritor alemán que más admiro: Erns von Salomon, quien pasó varios años en prisión por la muerte de Rathenau. Habla con mucha fuerza y franqueza. Es algo bello ver a un hombre más allá de los sucesos. Lo dio todo para crear este régimen y ha rechazado todos los honores: un verdadero aristócrata. Entre ambos ha surgido algo así como un fluido cómplice; era fácil percatarse que nos entendemos el uno al otro".

Treinta años más tarde, el nacionalsocialismo permanecía en von Salomon como un recuerdo indeciso. Poco antes de su muerte, durante una conversación, celebraba los hechos de armas de las Waffen-SS. Pero subrayó: "Esos hombres no tenían nada en común con el nazismo".

En El cuestionario, el antiguo cadete imperial se confesaba incapaz de dar una opinión sobre el extraño "cabo de Bohemia" que fue capaz de resumir en veinte años la historia de veinte siglos: la lucha por el poder, el Imperium, el crepúsculo de los dioses: "Ese Führer venido de las sombras que no encontrará par en la historia".

Año 1945. Comienza la depuración. Ernst von Salomon es nuevamente arrestado, esta vez por los norteamericanos. Se le acusa, por error, de pertener al Werwolf, la guerrilla nazi que hostigaba al ocupante.

Los aliados han creado no menos de 262 comisiones de desnazificación. Para establecer las responsabilidades exactas de siete millones de militantes del partido nazi, hacen distribuir doce millones de ejemplares de un "cuestionario" compuesto por 125 preguntas detalladas. No responder implica no acceder a la cartilla de racionamiento ni al permiso de trabajo.

Von Salomon emplea cuatro meses en contestar cada pregunta de forma extendida, dando forma a un nuevo libro: "El cuestionario". En él retrata una vez más su pasado, con una tal franqueza que escandalizaría a numerosos lectores, sobre todo entre las autoridades de ocupación. A su muerte, el semanario Der Spiegel aun denunciaría su "rabia" y su "insufrible falta de humildad".

1929: la revuelta campesina

Después de El cuestionario, von Salomon publica La aldea, su única verdadera novela.

El libro se sitúa en la región de Schleswig-Holstein, al norte del Elba. Dunas, diques, praderas conquistadas al mar. Paisaje de "polders", como en Frisia y los Países Bajos. País rural, en donde la llanura (Geest) se opone a los Marschen.. Bajo la República de Weimar, el pequeño campesinado, arruinado, trabaja únicamente para intentar sobrevivir. Los precios de los productos industriales aumentan regularmente cada año, mientras que los productos agrícolas, devaluados, no dejan de bajar. A comienzos de 1929 estalla la revuelta. Un grupo de campesinos toma el control de la protesta. El líder se llamaba Klauss Heim, "un hombre grueso, tan fuerte como uno de sus bueyes con unos pocos cabellos grises asomando del sombrero que jamás se quitaba".

"-¿Qué hemos de hacer?, preguntaban los campesinos a Klauss Heim, primero entre los iguales. Y Heim contestaba una y otra vez: -Ayudarnos a nosotros mismos".

Los nacionalsocialistas aprovechan el suceso para implantarse en el Norte de Alemania, hasta ahora muy reticente a sus proyectos. El 7 de marzo de 1929, en el pueblo de Wöhrden, los comunistas tienden una emboscada a un grupo de "camisas pardas". Del choque resultan 2 muertos y 23 heridos. 6.000 personas acuden a los funerales, entre ellas el propio Hitler acompañado por el jefe de las SA y el Gaulaiter Lohse. Ese mismo día 500 campesinos se afilian al NSDAP. En las elecciones de julio de 1932, los nacionalsocialistas obtienen el 76% de los sufragios de la región.

Otro personaje de la novela, Hinnerk, es a la vez nacionalsocialista y comunista. "Es necesario –dice– establecer como ley suprema la única ley decente: la camaradería. Hay quien afirma que existe una camaradería de derechas y otra de izquierdas, una nacionalista y otra socialista. Yo le pongo etiquetas a las cosas importantes".

En 1960 aparece El destino de A.D. –relato verídico, afirma von Salomon. A.D. nació en 1901. Oficial de la Reichwehr durante la Primera Guerra Mundial, fue acusado, erróneamente, de simpatías comunistas. Arrestado y encarcelado, fue transferido por los nazis a un campo de concentración. Pero en 1945 es nuevamente detenido por los norteamericanos, acusado erróneamente de colaborar con el III Reich. Nueva condena y nuevo encarcelamiento, seguido de nueva liberación. Así, durante toda su vida, A.D. no dejó de ser un peón en actos que nunca había cometido, viviendo "a la sombra de la historia".

Von Salomon relata la vida de A.D. de un modo frío en impasible, que en nada recuerda al estilo ardiente de Los réprobos. Y es que, con el tiempo, ha aprendido a observarse a sí mismo.

"Creemos en el instante en que se decide toda una vida, creemos en la felicidad de las decisiones rápidas", había escrito en Los réprobos. De hecho, considerado por todos como un hombre de acción, von Salomon había sido "un observador apasionadamente comprometido". A.D. no había conocido ninguna de las aventuras en las que participó von Salomon.

Superar el pasado

Sin dejar de acusarse a sí mismo, y siempre a contratiempo, Ernst von Salomon parece haber tenido una vida excepcional, en cuanto su propia vida se confunde con los sucesos en los que participó. Viviendo demasiado tarde o demasiado pronto, encarna perfectamente todas las contradicciones de la vieja y muerta Alemania imperial. Su existencia fue el reflejo de una época, y si su persona fue objeto de tantas polémicas es porque se ha querido ver esa época a través de él.

En su Portaretratos de los aventureros (1965), Roger Stéphane asocia a Ernst von Salomon con T.E. Lawrence y André Malraux. En él reconocemos, junto a Ernst Jünger, al mayor escritor alemán del siglo XX.

Dice al final de El destino de A.D.: "Quienquiera que encuentre hoy en día a A.D., tenga presente que se encuentra ante un hombre que, durante veintisiete años, ha sido la víctima expiatoria de los pecados de su tiempo: un hombre que, en medio de los problemas de nuestro pasado no superado, no ha podido superar su propio pasado. Un hombre de una cierta edad, discretamente vestido de gris, con un audífono en la oreja derecha, fijo sobre la gruesa montura de sus gafas. Suele pasear con su perro, un perro de talla media y de raza indefinible, deteniéndose pacientemente con él en cada esquina de la calle".

En 1972, Ernst von Salomon había, por fin, superado su propio pasado. Era un hombre mediado y corpulento, de ojos vivaces y con un eterno "foulard" gris sobre su camisa.

"Soy un alemán sin Alemania –decía–, un prusiano sin Prusia, un monárquico sin rey, un socialista sin socialismo, y también sería un demócrata si tuviese una democracia. La guerra, la revolución, el combate de las ideas, todo me lo he bebido como el alcohol".

Traducción de Santiago Rivas

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