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La memoria de la Otra Europa

Rincones de Europa: La Carlina (Constantina)

Rincones de Europa: La Carlina (Constantina)

 

Enigmático palacete visible desde todos los puntos del pueblo, y muy especialmente desde el Castillo, y que, poco a poco, aún sin contar con la antigüedad de éste o de la Torre, se ha ido convirtiendo en otro símbolo de Constantina, hartamente fotografiada, pintada, reproducida en azulejos... y popularmente conocida como “El Castillo Blanco”.

Esta finca, hasta hace nada propiedad de la Caja San Fernando de Sevilla, ha sido donada en arte al ayuntamiento de Constantina. En concreto, nos referimos a la parte donde están las construcciones de la Piscina Pública, las antiguas y ruinosas, pero todavía en pie, viviendas sociales de la Carlina. El resto, lo más hermoso y enigmático, es decir, la parte de la finca donde perduran las construcciones de las viviendas del guarda, las casas de los americanos, la torre roja ( que era otra vivienda que albergó a un militar de color y su familia), y el palacete con su torre ha sido vendida a la Congregación de las Hermanas Jerónimas del Convento de Ntra. Sra. De los Ángeles de Constantina.

De La Carlina, primero te sobrecoge la explanada de entrada hecha a modo de anfiteatro romano, con sus gradas adornadas con grandes tinajas de barro. El blanco palacete dispone de un gran patio lateral donde estaban las cocheras, al que se accedía desde la casa por las cocinas.

La belleza de los jardines que rodean la casa era pasmosa. Se cuentan hasta catorce fuentes de diferentes formas, cada una de ellas adornadas con preciosos azulejos de arabescos y sevillanos, pintados a mano, y los surtidores de las fuentes eran todos de cerámica en unos colores realmente bonitos. Los arriates que en su día albergaran ricas plantas, hechos con lozas de barro y acabados en plintos de azulejos de colores, así como los bancos, igual que todo el soleado jardín.

En la explanada principal de este inusual vergel, se encuentran dos albercas o piscinas de caprichosas formas y aderezadas con azulejos de diferentes motivos y colores. Las entradas delantera y postrera del jardín se jalonan con dos grandes pórticos entre neoclásicos y mudéjares coronados por ánforas picudas de cerámicas y figuras esculpidas. En el de la entrada, además, existe un mosaico al más puro estilo romano –con el mapa de la añorada Bélgica- que en la cara opuesta alberga la siguiente inscripción:

“Je goustaray le bien que je vería present. Je prendrey les douceurs à quoy je suis sensible. Le plus abondamment qu’il me sera posible” (“Disfrutaré del bien que vea presente. Tomaré los placeres a los cuales soy sensible. Lo más abundantemente que me sea posible”).

En el pórtico del fondo del jardín, otra inscripción, ésta del poeta García Lorca, a ambos lados de una hornacina que albergaba, en tiempos, una escultura de piedra: “AIRE DE ROMA ANDALUZA LE DORABA LA CABEZA”.

Las casas de los americanos, aunque recubiertas de grandes zarzales, subsistían casi indemnes, con sus amplios ventanales, construidas en alto sobre la pequeña ladera, con sus magníficos porteríos de madera y sus solados de bellos azulejos y su sorprendente, práctica y moderna distribución. Sus paredes ya están llenas de pintadas y corazones rayados de los que quisieron “inmortalizar” su presencia en estos lares. Muchos cristales, grifos, puertas y demás ya aparecen semidestruidos.

La desolación total llega esta primavera cuando las Monjas Jerónimas ya habían realizado un arduo trabajo de limpieza de maleza y cortado los gigantescos eucaliptos que se habían apoderado de la típica postal de Constantina, y de nuevo podía verse desde todos los puntos de la parte alta del pueblo, incluso divisarse desde la carretera de El Pedroso. Comprobar el estado de expolio absoluto al que habían sometido el bellísimo vergel, de donde habían sido arrancados: los azulejos, parte de los solados, los surtidores de las fuentes, las figuras esculpidas que habitaban por todos los rincones, las columnas, las ánforas de cerámicas que culminaban los cierres del jardín, las celosías de obra que los adornaban y un larguísimo etcétera de destrucción y vandalismo sin fin.

Ahora toda la casa y la torre están abiertas de par en par porque ya no le quedan puertas, ni las rejas de las ventanas. Al entrar se comprueba con mayor tristeza la hermosura que habían guardado, también, aquellas paredes: una amplísima cocina, dormitorios y baños para el personal de servicio, la biblioteca, con su techumbre hundida en al que aún puede reconocerse parte del artesonado de ricas maderas que había adornado la parte central y los laterales de la estancia, el enorme comedor con rico suelo de mármol rojizo, con tres testeros de paredes revestidas de un impresionante retablo de noble madera, medio arrancado, y sin embargo, aún indemne a la polilla. Este retablo se interrumpía para dejar espacio a óleos de renombre, sin duda, pues en uno de esos huecos seguía escrito: “Zurbarán” y una fecha. Todas las estancias de la casa y de la torre sorprenden por sus ventanas. Sus preciosos solados, sus plintos, los estucados de las paredes en lindos colores, los cuartos de baño... todo destruido. Arrancadas las piezas de los baños, las puertas de las habitaciones, de los armarios empotrados, los mosaicos de azulejos, los plintos de madera de las escaleras, grifos, cables...

Cada estancia de la Torre se compone de una estancia completa con dormitorio, sala de estar y baño. Todas diferentes, bellísimas, con unas vistas maravillosas a un enclave natural paradisíaco.

¿Cómo es posible que se haya dejado destruir un patrimonio tan singular? Es imposible que las Monjas Jerónimas puedan acometer una restauración de La Carlina, sólo podrán remodelarla, ya no se podrá recuperar lo que había.

Léon Degrelle: Dueño y señor de La Carlina

Hay mucha gente en Constantina que conoció al artífice de La Carlina y a sus hijas, incluso a su hijo trágicamente fallecido. Éste no es otro que LÉON DEGRELLE, más conocido para Constantina como “Don Juan el de La Carlina”. Pero, sin duda, gran parte de la gente ignora la verdadera importancia y lo extraordinario de la vida de este personaje histórico. Lo que siempre se dijo de él es que se trataba de un jefe nazi, belga, que se refugió en Constantina tras la II Guerra Mundial, huyendo de una condena de muerte y que fue amparado por el régimen franquista.

Muchas leyendas giran en torno a sus idas y venidas a esconderse cuando venían a buscarlo la INTERPOL, incluso se habla de una avioneta escondida en la que se marchaba. También que trajo consigo grandes tesoros en obras de arte y mucho dinero de os saqueos de los nazis por Europa durante la Gran Guerra, y poco más. Mucho de leyenda y poco de verdad. Aunque si bien todos los que lo conocieron y lo trataron le respetaban y le apreciaban sinceramente.

Léon Degrelle fue sin duda artífice y protagonista de parte de la historia. Sobre todo pensando que el destino hizo que fuera a parar precisamente allí, a Constantina.

¿Por qué no intentar, aunque haya que romper para eso algún tabú, conocer algo más del personaje que construyó un magnífico y hermoso palacete, un grupo de viviendas para los americanos que montaban el EVA-3, en los años cincuenta, que celebró en su casapalacio de Constantina las bodas de sus hijas (un gran acontecimiento social de aquellos tiempos) y que fue el principal protagonista de tantas y tantas vivencias curiosas y especiales que tuvieron lugar en aquellos años? Una persona que dio trabajo a mucha gente del pueblo, en aquella época y que aportó conocimientos y cultura. ¿Por qué no destacar la parte positiva que sin duda encierra y tratar de conservarla en lugar de destruirla como han hecho con La Carlina? ¿Es razonable en el siglo XXI limitarnos a una única visión, hasta tal punto de no querer saber nada de su vida y de su obra? ¿No estamos hartos de presumir de tolerancia y respeto hacia todas las ideologías, razas y condiciones humanas? ¿Por qué entonces provoca un rechazo tan agresivo el estudio y la consideración de un personaje al que nadie puede negar su carácter histórico?

“Léon Degrelle firma y Rúbrica” , es un interesante documento sobre toda su vida, en el que Degrelle transcribe literalmente la entrevista que le realizó el periodista francés Jean Michel Charlier, para una serie de documentales televisivos llamados “Dossier Noirs”, y que es recomendable para todos aquellos que quieran conocer su vida, porque, como dijeron en el diario Le Fígaro de París:”más allá de toda polémica, es un documento para la historia”o el diario Le Soir de Bruselas:”Degrelle fue excepcional por su vitalidad, su elocuencia magnética y su valor militar. Un personaje fuera de serie, asombroso manipulador de la opinión pública”. Y el Deutscher Anzeiger de Munich:”Degrelle no se arrepiente de nada, señalan escandalizados algunos periódicos. Pero ¿De qué iba a arrepentirse?”

Consultando el libro “Léon Degrelle y el Rexismo” de Eric Norling, se pueden observar notas biográficas transcritas literalmente:

“Nació en 1906 en Bouillon-sur-Semois, Bélgica, es una de las figuras más destacadas de la historia política de Europa del siglo XX. Con menos de treinta años era ya uno de los políticos más destacados de su Bélgica natal. Su movimiento REX movía masas en una cruzada contra la corrupción política y sentía como la llamada “enfermedad del siglo XX, el fascismo”, como dijera Mussolini, también le atrapaba. De él han tenido que reconocer sus enemigos que era ciertamente uno de los tribunos más destacados de su generación en Europa. Al estallar la II Guerra Mundial y la cruzada contra en comunismo, Degrelle no duda en tomar parte el primero. Condecorado con las más altas distinciones al valor existentes, jamás otorgadas antes a un no alemán. Degrelle sufre durante el conflicto una evolución ideológica que le hace ir de un populismo socialcristiano al Nacionalsocialismo más radical donde el componente europeísta será esencial y donde la lealtad a la figura de Adolfo Hitler jugaba un papel central. Juramento de lealtad del que nunca se retractará y que se convirtió en un punto sin retorno haciendo suya la máxima: MI HONOR SE LLAMA FIDELIDAD, hasta su muerte acaecida en Málaga en 1.994 ”.

Su biografía en la Enciclopedia Espasa, añade que cuando Bélgica fue liberada por los aliados en 1.944, fue condenado a muerte por alta traición pero que pudo exiliarse a Noruega primero y a España después, donde protegido por el régimen de Franco y donde finalmente nacionalizó.

Además, por su libro (“Firma y Rúbrica”) se ha podido saber que se ofreció por medios diplomáticos a ser extraditado a Bélgica, pero exigía un juicio, cosa que le negaron siempre, pues querían ejecutarlo, por ello nunca regresó. Tuvo suerte de que en su época, el gobierno de Franco se negara a extraditar prisioneros de guerra ante los precedentes de otros extraditados que fueron ejecutados bajo juicios sumarísimos.

También contestó en este libro a las preguntas de su entrevistador sobre los numerosos intentos de secuestro que se perpetraron contra él, unos por parte del gobierno belga y otros por asociaciones de judíos, aunque siempre los evitó. También en Constantina: “... Cuando ellos creían que estaban a punto de ganar la partida, cuando ya las líneas telefónicas de ni propiedad de Constantina ya habían sido cortadas por los cómplices comunistas y todos los perros de la vecindad habían sido envenenados para que no hubiera la menor alerta, cuando mis raptores llegaron a la fase final, ¡catapún!, la policía española se les echó encima. (...) Una última tentativa de secuestro fue preparada por barbouzes del general De Gaulle. (...) Los secuestradores del general no tuvieron más suerte que sus precesores belgas o israelíes. Fueron detenidos por la policía española junto a la misma valla de mi propiedad ”.

Buscando más datos sobre su vida en el exilio, se sabe qu etras estrellarse su avioneta en la playa de La Concha de San Sebastián, tras curarse en un hospital militar, se traslada, según sus propias declaraciones a un paraje perdido de Sierra Morena, a veinte kilómetros del pueblo más cercano, y con un viejo teléfono de manivela realizó sus primeras operaciones de negocios. Contribuyó a montar una industria metalúrgica cerca del Guadalquivir. Efectuó excelentes operaciones de importación de algodón de Australia y luego se hizo constructor: “Proporcioné techo incluso a cincuenta familias de una base americana. Pues sí. Y a la aventura no le faltó picante. Todos aquellos militares americanos querían fotografiarse a mi lado con mi guerra y mis condecoraciones del frente del Este. Asistieron en masa a las bodas de mis dos hijas a las que llevé al altar con todas mis cruces gamadas al viento. La prensa internacional publicó, horrorizada, las fotos.”

Naturalmente se refiere a “las casas de los americanos” de La Carlina, y a la celebración de las bodas de sus hijas Ana y Godlieve. Concretamente Ana se casó con un hijo de D. Servando Balaguer, el recordado dentista de Constantina, en el verano de 1.962.

Anne Degrelle de Balaguer contó lo que sufrió su familia tras el exilio de su padre, si bien, pone mucho énfasis en declarar y demostrar que nunca le culparon por ello, ni sus hijos ni su esposa. Su madre, la esposa de Léon Degrelle, fue condenada a diez años de cárcel por el mero hecho de ser su esposa. Anne cuenta que su padre quiso cambiarse por ella, pero todos los amigos le aconsejaron que no lo hiciera pues lo ejecutarían a él y no la liberarían a ella. También los padres de Degrelle fueron perseguidos. Así ellos, los cinco hijos, fueron a vivir con la abuela materna a una finca al sureste de Francia, donde fueron criados y educados sin ningún tipo de relación ni de referencia paterna, por temor a que los niños también sufrieran la persecución. Anne recuerda que de vez en cuando aparecía en la finca un coche con matrícula de España y que inmediatamente los quitaban de en medio. Eran emisarios de su padre para saber de su familia. Cuando el único varón de la casa se hizo mayor, quiso venir a conocer a su padre, con tan mala fortuna que sólo estuvo seis meses, desde el verano de 1.957 hasta febrero de 1.958 por su prematura y desgraciada muerte en accidente de moto.

En la Semana Santa de ese mismo año, la esposa de Degrelle, que sacrificó toda su vida por proteger a su familia, envió a Anne a España para que consolara a su padre. Más concretamente a Constantina, a La Carlina. Ella confiesa que su padre la conquistó y Constantina y La Carlina la subyugaron. Se quedó a vivir con su padre, aunque a veces se marchaba a trabajar dando clases de francés en Madrid. Luego, en el verano siguiente vinieron sus tres hermanas y la madre.

Ella confiesa que el primer sitio donde llegó su padre fue a Majalimar y que luego compró la pequeña finca de La Carlina que, por aquel entonces, era una viña y ya se denominaba así, que sólo poseía un pequeño cortijo que fue lo primero que restauró y que luego pasaría a ser la casa de los guardeses: “una encantadora familia que tenía tres hijos varones, con los que yo me bajaba a comer pan con tocino, con chorizo, con aceite...”

Anne cree que las obras que empezó sobre el año 1.952, porque cuando ella llegó en 1.958 ya estaba terminada, aunque aún fueron llegando cosas: los cañones, que vinieron de Cádiz, las columnas con los bustos de los emperadores romanos...: “Yo no sé, la verdad, de dónde y cómo consiguió las cosas que tenía en La Carlina. Sí sé que fue un apasionado del arte y de la arqueología y trabajaba muchísimo.

Mi padre construyó ese hermoso lugar para nosotros, para sus hijos, con la idea de que allí nos pudiéramos reunir todos.”

Tanto su padre como ella adoraron Constantina desde el principio y la gente del pueblo, y en particular los más humildes, siempre se portaron muy bien con ellos. Recuerda que el día de San Juan era muy emotivo pues su padre recibía muchos regalos de la gente: pollos, gallinas, tocino, queso, vino... y recuerda el barrio de La Morería y las pequeñas tiendas de comestibles donde se podía comprar un duro de pimentón, un duro de cominos... Para ella, aún más especial, porque allí conoció a su marido, Juan Servando Balaguer Parreño.

De por qué y cómo perdieron la finca contó que su padre, nunca se había dedicado a los negocios hasta entonces. Él había pretendido vivir de sus libros y de sus conferencias, pero no fue así. No pudo afrontar los gastos que le sobrevinieron al derrumbarse parte de la construcción de las casas de La Carlina (las que están junto a la piscina pública que años después se entregaron sin agua corriente ni luz, como viviendas sociales) por mala construcción que hizo el contratista, pues se derrumbaron con una tormenta. Ya los americanos se habían marchado y no se habían vuelto a alquilar sus casas, de manera que al no poder pagar le embargaron la propiedad. Léon Degrelle se marchó sobre el año 1.963. Pudo llevarse sus cosas más valiosas y apreciadas pero no todo. Anne recuerda la hermosa mesa que regía el gran comedor, hecha con un tronco entero y cómo primero se había construido la mesa y luego la estancia que la albergaba. Ella junto con su marido y su hija mayor Natalie, fueron los últimos huéspedes de La Carlina en la Semana Santa de 1.964.Ya por entonces había empezado el expolio de las casas de los americanos.

Y esta es, a grandes rasgos, la que podemos calificar, por lo menos, como romántica y extraordinaria historia de La Carlina. Un patrimonio que no se sabe porqué se ha dejado destruir de una manera atroz. Un hermoso lugar que se podría haber conservado para Constantina y para el mundo, como hotel o parador o como museo de cultura y arte. Seguro que si hubiese estado en otro lugar lo habrían mantenido y aprovechado decentemente o tal vez, si su mentor no hubiese sido quien fue. Una pena. Sí, una gran pena da ver aquello totalmente destruido.

Esperemos que las Monjas Jerónimas realicen un buen trabajo de restauración y remodelación de lo que aún queda.

Fuente y estupendas fotografias

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Semblanza del escritor Angel María Pascual

Semblanza del escritor Angel María Pascual

 

Cuenta Rafael García Serrano que estando en el frente de Somosierra recibió el primer número del periódico Arriba España, donde aparecía una colaboración suya. Le echó un vistazo y quiso adivinar que el editorial, titulado Con las Cinco Flechas en el Yugo, era obra de un joven sacerdote intelectual, ganador en 1937 del premio Mariano de Cavia, Fermín Yzurdiaga; pero el artículo Oración a tres Caballeros, «traslucía la prosa gentil de Ángel María Pascual», un joven con fama de muy inteligente, suave e irónico como persona, fino y culto como escritor, que nació en la ciudad de Pamplona, «más que ciudad, ciudadela», escribió él más tarde, el 18 de diciembre de 1911. Fue, al parecer, un niño prodigio que recibió una educación muy disciplinada de sus padres y profesores. Estudió siempre por libre y no le costó ningún trabajo sacar los estudios adelante gracias a su clara inteligencia y a su desmedida afición por la lectura. A estos dos hombres se les unirían después en el periódico, Pedro Laín Entralgo, Luís Rosales, Gonzalo Torrente Ballester, Luís Felipe Vivanco, Carlos Foyaca, etc. Más tarde –alternando manteles, tertulias y devotas audiencias en San Sebastián–, se incorporaría a ellos Eugenio d’Ors, que en el nuevo diario de Pamplona reemprende la escritura cotidiana del Glosario.

Cuando Ángel María Pascual finaliza el bachiller decide estudiar la carrera de Arquitectura, pero por circunstancias muy diversas no llegó a realizarla, aunque siempre tuvo una gran afición por el dibujo. Cursó estudios de Derecho y se doctoró en Filosofía y Letras, a la vez que también estudió Magisterio. Dominó varias lenguas: «el latín, el griego, el francés, el inglés y el vasco», y hay quien dice que poco antes de morir estaba aprendiendo el japonés. Además de la lectura, escribía, dibujaba, rebuscaba en los archivos, y tocaba el piano. Hacia el año 1925 comenzó a colaborar en el Diario de Navarra, de la mano de su mentor el sacerdote Fermín Yzurdiaga, en unas secciones que llevaban por títulos Cymbalum Mundi y Tijerefonemas; «hacían página no sé –dice García Serrano– si semanal, decenal o quincenal, muy bien compuesta de texto y con nuevos gustos tipográficos, más influidos por Cruz y Raya que por la Revista Occidente, por así decirlo para definirla, aunque la verdad es que esta página bien pudiera ser, a lo que recuerdo, anterior a Cruz y Raya. Se adivinaba el gusto por la Obra Bien Hecha y pronto supe que don Fermín y Ángel María, además de falangistas, eran dorsianos, como muy bien lo demostrarían llevándose, ya en tiempo de la guerra, al propio don Eugenio a Pamplona, donde su Glosario sentó plaza en Arriba España». Pero su colaboración más importante fue la sección Silva curiosas de historias, con una periodicidad diversa. El primer artículo lo publicó el 4 de junio de 1931, bajo el seudónimo de Biyek; el último, 26 de noviembre de 1938, salió publicado en el diario Arriba España. En 1987 se publicó una serie de estos artículos, que seleccionó y prologó Miguel Sánchez-Ostiz quien, al referirse al autor, escribe: «De su generación ha sido el que peor suerte ha tenido. Cierto que tiene algunos títulos publicados; pero con excepción de Capital de tercer orden (1947) y Glosas a la ciudad, publicadas en 1963 y de forma incompleta, su obra se convirtió rápidamente en algo inencontrable, inaccesible, una mera curiosidad literaria, cuando no en algo proscrito».
Cuando se funda Falange Española, Ángel María Pascual es de los primeros que van a formar parte de ella. Después, tras una brevísima estancia en el frente durante la guerra civil, funda, junto con el sacerdote Yzurdiaga, el diario Arriba España, del que fue director y redactor jefe, y que había comenzado siendo solamente semanario. Asimismo, Ángel María Pascual, fue el editor y artífice, que además cuidó desde el punto de vista gráfico, de la revista Jerarquía, la revista negra de Falange, y que para Guillermo Díaz-Plaja «sorprendió por su gracia y por su sabiduría. Traía este prosador la gran tradición de la que se llamó en tiempos escuela del Pirineo (Basterra, Mourlane, Sánchez Mazas, Quadra Salcedo) entendida como una actualización lírica del gran saber humanístico; como un entronque con lo ecuménico romano en su doble signo católico e imperial. Traía también Ángel María Pascual un gusto por la fantasía histórica, viendo el revés de los tapices, un poco a la manera de Benjamín Jarnés». También sorprendió por su impecable tipografía, fruto, como señalaba el propio Ángel María Pascual en el número 3, del deseo «de lanzar el pensamiento de los intelectuales nacionalsindicalistas de un modo acorde, exaltado y grave, como en los coros de las grandes abadías se levanta el canto de la mañana».

Los cuatro números de Jerarquía correspondieron al invierno de 1936, octubre de 1937, marzo de 1938 y un ultimo simplemente fechado en 1938. La revista representó «las dimensiones ideológicas del peculiar momento de Falange –el ferviente heroísmo y la defensa de los valores religiosos–, pero también supuso la aportación de un grupo joven y valioso, preocupado en la búsqueda del ethos del perfecto militante. A este respecto –escolio obligado de la frase joseantoniana el hombre es portador de valores eternos– contribuyeron artículos de Alfonso García Valdecasas, Pedro Laín Entralgo, Ángel María Pascual y Juan Pablo Marco». Tampoco faltaron las colaboraciones de Gonzalo Torrente Ballester, Eugenio Montes, Eugenio d’Ors, ni los poemas de Luís Rosales, Luís Felipe Vivanco, Dionisio Ridruejo, Agustín de Foxá, Ramón de Basterra, etc.

Fue colaborador frecuente del semanario El Español, que dirigía Juan Aparicio. Sus Cartas de Cosmosía, en este semanario, eran breves artículos de actualidad, literarios y políticos, desde su posición falangista. Tenía otro tipo de colaboraciones en este mismo semanario, como aquellas líneas que dedicó a Matías Montero cuando se cumplieron trece años de su asesinato: «Nadie podía imaginar que aquella muerte subrayada por las más graves palabras de José Antonio, había de promover una disputa sobre el estilo y sin embargo la produjo, porque la violencia y el estilo, la lucha y la poesía, las armas y las letras están muy próximas en la metafísica de España». También colaboró, con breves artículos, en las revistas Santo y Seña, Juventud, La estafeta literaria, y algún cuento que publicó, por ejemplo, en la revista Vértice como el titulado Rayo Verde, que comenzaba así: «Ya no recuerdo si era otoño o fin de verano, pero todos los cristales de la bahía y los mástiles de los navíos estaban amarillos de tarde…».

Mientras seguía con sus colaboraciones literarias en los distintos medios, él seguía empeñado en publicar sus versos que algunos críticos dicen que estaban muy lejos de los Luís Felipe Vivanco o Luís Rosales, por ejemplo, ni a la altura de sus prosas más imaginativas, ni tampoco de sus fantásticas viñetas que ilustraban muchos de sus trabajos. Pero él estaba empeñado en publicarlos y así se lo dice a Dámaso Santos en una carta que le escribe el 15 de agosto de 1946:

Queridísimo Dámaso:
Acabo de acabar mi primer libro de versos. ¿No te extraña la noticia?

Su título es Capital de Tercer Orden (Versos del Amor de disgusto).

Se compone de 19 poesías. Varias en endecasílabo libre y otras en asonante con varia medida. Hay una lira, dos pareados, un romance y un soneto.

Son de tono amargo y muy impuros (te digo en cuanto sea pura la poesía de Rosales).
Pero si Dios quiere editarlo. Tú recibirás el segundo ejemplar. Y ahora una pregunta: ¿Hay alguna casa distribuidora de ediciones? Cuando me contestes a esto escríbeme mucho de ti y sobre tu obra…

Miguel Sánchez-Ostiz, prologuista de la tercera edición de Capital de tercer orden, dice que los versos de Ángel María Pascual son «desgarrados que resultan extraños en la visión y en la pluma de alguien tachado de delicado, de esteticista, de hacedor de virguerías, incluso con un cierto desdén –como por ejemplo Laín Entralgo–, y sólo de eso. Son versos violentos incluso, se sienten en ellos las cosas vistas, se ve la trama zarrapastrosa de país del que Tovar o Ridruejo hablarían algunos años después». Este punto de vista no parece coincidir mucho con lo que un día preguntaba Eugenio d’Ors: «¿y los versos mientras tanto; los versos, adivinados en sus noches negras de Pamplona, que nos habían de entregar, por fin, el secreto de una fidelidad donde todos empezaban a ver un poco de suicidio?». Pesadilla es el título de uno de esos poemas:

En la noche aletargada
se ha oído un grito de mujer…
¿Qué puede ser?
¿Que puede
ser?
Una carrera, una sombra.
¿Sonó un tiro?, luego pasos.
Pasos.
¿Qué puede ser?
Tímidos balcones se abren
parando al amanecer.
¡El rondín de la Secreta!
¿Qué puede ser?
Dígame: ¿Qué puede
ser?
Una vieja encamisada
asoma su candelero.
Con las solapas subidas
sale el vecino del tercero.
Por favor, ¿qué puede ser?
Rebullos de voces yertas
caen por los barandales.
¿Qué puede ser?
Extendida entre dos sillas
desiguales
con un chal sobre la cara
la llevan a todo correr.
¿Está muerta? Las canillas
le bailan. ¿Qué puede
ser?...

Es evidente que Ángel María Pascual tuvo bastante influencia de Eugenio d’Ors, primero a través del sacerdote Fermín Yzurdiaga, y después a causa del trato personal con el propio escritor. Así lo reconoce el mismo Pascual cuando contesta a un cuestionario que la revista La Estafeta Literaria le presentó, y que llevaba por título: «¿Cuándo, cómo y por qué comenzó a dedicarse a la Literatura?»:

Creo necesaria antes una confesión. Estas palabras solemnes: literatura, cultura, sabiduría, arte, me asustan mucho. Yo veo la literatura a través de los oficios humildes y gloriosos de la tipografía y del periodismo que imprimen su carácter artesano violento, ofensivo, actual y tendencioso a todo lo que sus siervos podamos lanzar por otros caminos de las letras.

¿Cuándo? En 1928, siendo todavía estudiante, a los diez y siete años.

¿Cómo? Escribiendo artículos sobre política internacional, sobre artes viejas y nuevas, y sobre humildes, inéditas y antiguas historias de Pamplona, que yo, lleno entonces de ilusiones casi medievales, soñaba que fuesen, para mi ciudad, una sombra de istorie fiorentine.

¿Por qué? Por las lecciones diarias de inquietud y buen gusto que recibía de don Fermín Yzurdiaga, y porque en su mesa de trabajo abrí por primera vez unos meses antes La Gaceta Literaria, de Ernesto Jiménez Caballero, y los volúmenes del Glosario, de Eugenio d’Ors.

El propio Giménez Caballero nos habla también de ese influjo de d’Ors: «Muy influido por don Eugenio estuvo Ángel María Pascual, el sobresaliente de Jerarquía, el verdadero Ángel de Fermín Yzurdiaga. Todo el teoricismo de don Eugenio sobre lo sindicalista, las fórmulas que vuelan, la categoría y la anécdota artesanal, Ángel María logró aplicarlo en la confección de su revista y en sus propios escritos. Pero Ángel María se nos marchó al cielo prematuramente».

Ese influjo orsiano, podemos verlo en los artículos que publicó, desde octubre de 1945 hasta abril de 1947, en el diario Arriba España bajo el título Glosas a la ciudad y que son, sin ningún género de duda, lo más valioso de Pascual. Las glosas aparecían firmadas con el seudónimo de Atelier, y sólo en 1947, poco antes de morir, aparecen firmadas con su nombre y apellido. En una de sus Glosas critica a Ernesto Hemingway con motivo de su novela The Sun Also Rises, que más tarde se publicó en español con el título de Fiesta: «Hemingway –escribe Pascual– tiene prestigio en la literatura norteamericana. Pero conseguirlo debe de ser allí muy fácil, porque Fiesta exhala una idiotez inimaginable. Cuando quiere presentar un diálogo irónico hay que bostezar sin remedio. Sus personajes están tomados de aquella sociedad rica, cosmopolita, escéptica y errante que trajo consigo la “prosperidad” de la anterior postguerra, entre el primer jazz, los ritmos de Picasso y de la judería alemana, y los viajes a “for-fait” de la “Coook”. Lo único terriblemente serio en ese ambiente es Pamplona con su “Plaza Mayor”, su “Paseo” de anochecer y su Catedral, donde el protagonista tiene, al fin, que arrodillarse». Así, pues, Pamplona tuvo la suerte de que pocas ciudades tuvieran un cronista como él. De ella fue teniente alcalde y presidente de la Comisión de Gobierno del Ayuntamiento que se ocupaba de los principales problemas que tenía el consistorio.

También prestó su colaboración en la prensa del Movimiento con algunos artículos; no fueron muchos, es cierto, pero los suficientes para recordarnos su admiración por José Antonio: «Desde el momento en que José Antonio alza su bandera, su primer cuidado tiende a restablecer un sistema completo de ideas católicas y españolas: el predominio del hombre, el respeto a su libertad profunda, la urgencia a una justicia social basada en las enseñanzas del Evangelio para dar a cada hombre la dignidad inherente a sus valores eternos, y por último, la absoluta originalidad de la Falange frente a cualquier sistema extranjero: frente al socialismo, donde lo clasificaban las “derechas”, y frente al fascismo donde lo clasificaban simultáneamente los que por esa visión parcial de la vida se decían “las izquierdas”».

Además de las obras ya citadas, Pascual es autor de novelas o narraciones como Amadís (1943), Catilina (1948), San Jorge o la política del dragón (1949) y de un cuento o fábula que lleva por título Don Tritonel de España (1944). De Amadís, que fue representada en el teatro por estudiantes falangistas del SEU, se puede decir que es una pura fantasía literaria en la que el autor recrea al propio personaje Amadís de Gaula transportándolo a la época que le tocó vivir a Ángel María Pascual tratando de introducir al mismo tiempo personajes contemporáneos como Rafael Sánchez Mazas, Luys Santa Marina, Giménez Caballero, Eugenio d’Ors, Ramiro de Maeztu que son otros tantos homenajes a ellos. Amadís, que muy bien puede ser José Antonio como lo demuestra lo que escribe al final de sus días cuando cansado se sienta en la mesa, coge la pluma, mira con ojos dolientes el papel y redacta, con inspiración templada: «Pido a Dios que al juzgar mi alma no le aplique la medida de mis méritos, sino la de su infinita misericordia… Espero que todos perciban el dolor de que se haya vertido tanta sangre por no habernos abierto una brecha de serena atención entre la saña, de un lado, y la antipatía, del otro […]. Que los camaradas que me precedieron en el sacrificio me acojan como el último de ellos […]. En cuanto a mi próxima muerte, la espero sin jactancia, porque nunca es alegre morir a mi edad, pero sin protesta. Acéptela Dios Nuestro Señor en lo que tenga de sacrificio para compensar en parte lo que ha habido de egoísta y vano en mucho de mi vida […]. Dios haga que su ardorosa ingenuidad no sea aprovechada en otro servicio…». El mismo año en que comenzaba a escribir Amadís se casó con Josefina Ripa con la que tuvo tres hijos.

Una vez que finalizó Amadis escribió Catilina que trata de la justicia social, el intento de crear un orden social nuevo, y que al parecer le costó muchos disgustos y amarguras. El original se lo remite a Rafael García Serrano para que haga gestiones ante Carlos María Rodríguez de Valcárcel y vea la forma de que pueda publicarse; pero por olvido, o por las razones que sean, a García Serrano se le pasa hacer esta gestión y motiva que más tarde le envié una carta bastante patética:

Creo Rafael que te costaría muy poco después de recibir esta carta mía coger Catilina y llevarlo por fin a Valcárcel. Hazme por caridad este pequeño favor y te prometo no volver a molestar en la vida. Es poco el camino que hay desde San Bernardo hasta Alcalá.

Pascual no vería publicado su Catilina, acaso su mejor obra, ni tampoco San Jorge o la política del dragón, una fábula llena de personajes conocidos donde Agustín de Foxá «con un ligero sofoco, va al lugar donde yace el Dragón lleno de endecasílabos libres, candentes, pánicos, al óleo, para escribir un poema corto», Adriano del Valle, «con una botella verde que lleva dentro un navío, va por la orilla del río cogiendo nenúfares y cazando alondras con liga mientras Luís Rosales, en un bosquecillo de follaje gris y transparente, sobre el trazo negro de los jóvenes troncos, escribe:

Contigo, abril, Primavera
el nombre nace contigo.

Don Tritonel de España un libro de bolsillo «de tu camisa azul –dice el autor– estará bordado el haz de flechas bajo el yugo durante unos días irá dentro de él este pequeño libro que empiezo a escribir en la noche de Santiago bajo su camino de estrellas. La luna y el silencio llenan las altas horas. Vibra el canto de un gallo. La primera campana de maitines salta en el dormido aire. Una vaga claridad se insinúa sobre la cima negra de los montes. Comienza el alba». Y en este libro de bolsillo, de 37 páginas, en el que pide acabar con los Grandes de una Patria pequeña; para sustituir a los Grandes de España por la Grandeza de España, vuelve a recordar al fundador de Falange: «La España típica comienza con los Borbones, con nuestro descenso por el camino de las vergüenzas. La España típica nace con el primer contrabandista de tabaco de Gibraltar, porque Gibraltar es ya nuestro mal inglés. Es la España de la gaita que todos conocen en vez de preferir –según una genial imagen de José Antonio– la lira que nadie ha visto pero que ocupa la cima de los instrumentos. Ninguno como ella acompañó los versos y amansó las fieras».

El día 1 de mayo de 1947, cuando contaba con 35 años de edad, murió Ángel María Pascual y Eugenio d’Ors le dedicó un recuerdo en el diario Arriba que tituló Noches de Pamplona, noches del tiempo de la guerra. Al día siguiente, en el mismo periódico, otra vez el insigne pensador va a recordar a Pascual publicando y recordando su poema titulado Envío con que se cierra el libro de versos Capital de tercer orden, y que según el autor del Glosari, debe citarse íntegramente porque aunque «parece el autor dirigir este Envío a un camarada. Ya se entenderá que es a sí mismo»:

A ti, fiel camarada, que padeces
El cerco del olvido atormentado.
A ti, que gimes, sin oír al lado
aquella voz segura de otras veces.
Te envío mi dolor. Si desfalleces
al acoso de todos y, cansado,
ves tu afán como un verso malogrado,
bebamos juntos en las mismas heces.
En tu propio solar quedaste fuera.
Del orbe de tus sueños hacen criba.
Pero, allí donde estés, cree y espera.
El cielo es limpio y en sus bordes liba
claros vinos del alba, Primavera.
Pon arriba tus ojos. Siempre arriba.

D’Ors sigue escribiendo de este hombre que él entendía que «era nuestro», por eso dice: «¿De un grupo, un partido? ¿De una ciudad? No. De una raza. De la raza de los cultivadores del amor en disgusto». Y termina con estas palabras: «Para las greyes, se había formulado antes un grito de alistamiento. Se invitaba con él a lo más sumido y oscuro en ellas, a los proletarios. Nosotros invitaríamos a inteligencia a lo más claramente exento de las mismas, a los solitarios. Diríamos: ¡Solitarios del mundo, uníos! Por lo menos, y por hoy, los de las dos Españas».

El semanario El Español, en donde él tantas veces había colaborado, «el colaborador más asiduo» –decía el propio semanario–, recoge la noticia del fallecimiento con estas palabras: «Ángel María Pascual ha muerto. Ángel María era joven –treinta y seis años (sic)– y seguía disciplinadamente la suerte de España desde un rincón provinciano al que no había querido renunciar. Su último libro, muy reciente, Capital de tercer orden, ofrecía quizá parte de esta su clave, el secreto de su localización geográfica. Navarro de nacimiento y de entraña, constante y entusiasta, puro y ortodoxo, era desde hacía años redactor-jefe del diario Arriba España de Pamplona, y uno de los escritores más fluidos e intencionados de las últimas generaciones…». A continuación anunciaba que sus páginas centrales del próximo número, que pensaban sería la próxima semana, estarían dedicadas a la obra y figura «de este magnífico camarada», pero el número siguiente no se publicó hasta seis años después, es decir, hasta el año 1953 (segunda época del semanario) y ya entonces no hubo ni una sola línea dedicada a Ángel María Pascual.

 

Autor: José Mª García de Tuñón Aza

Juan Van Halen entrevista a Rafael Garcia Serrano

Juan Van Halen entrevista a Rafael Garcia Serrano

 

Le caí bien y desde aquel momento se notó. Ya entonces supe que la entrevista la salva el entrevistado y la cobra el entrevistador.
Rafael García Serrano estaba siempre en guardia, como si mantuviese la alerta del parapeto. Tenía una mirada interrogante, muy viva. Era culto, acogedor y sin dobleces. Atesoraba una coherencia vital que inquietaba a los acomodaticios y una sinceridad que molestaba a los mentirosos. Ya entonces su reino no era de este mundo y no quiero pensar cómo se sentiría ahora en esta España de pinochos zigzagueantes. A lo mejor la muerte le vino a su tiempo y además para bien, evitándole disgustos, aunque él no se hubiese acoquinado.
Rafael producía una cierta incomodidad en ciertas personas que él conocía de antiguo, desde antes del diluvio, pero nunca sintió la necesidad de complacer a los complacientes. No tuvo que descargar su conciencia –Descargo de conciencia tituló Laín el libro en el que entonó su mea culpa político– pidiendo perdón a quienes nunca piden perdón. No había por qué. Jamás calló aunque por ello recibiera papirotazos y sinsabores; de los primeros se defendió con su bien afilada pluma; supo recibir los segundos con indulgencia que no dañaba su entereza. Era un idealista sin complejos, como el del soneto de Ángel María Pascual, su amigo. Como buen navarro, le encantaba la fiesta de los toros –es delicioso su libro de relatos Los toros de Iberia– y nunca apostó por los cabestros.
Luego le seguí como articulista acerado de prosa impecable. Era un tiempo de grandes articulistas, algunos de ellos raptados ya por la muerte, otros ninguneados por el olvido, y no pocos, vivos y muertos, tiznados por la envidia, que es el vicio nacional. Rafael García Serrano tenía a veces asperezas de legionario y su estilo literario no admitía tributos a la ñoñería; escribía “a trancas y barrancas y echando el carro por el pedregal” como aconsejaba Azorín, escritor con el que no podrían encontrársele afinidades apreciables. Parecía escribir cabalgando, como Garcilaso.
Lo primero que leí de Rafael fue Eugenio o la proclamación de la primavera, una novelita –el diminutivo atiende sólo a su extensión– militante, ilusionada, sin concesiones a la melancolía. La novela de los diecinueve y veinte años. Dice que Eugenio, su amigo y protagonista de la narración, es “el muerto que yo hubiera querido ser”. Afortunadamente no lo fue, aunque estuvo a un paso de serlo; recibió una herida de guerra y convaleciente en un hospital avanzó en la construcción de su Eugenio, la historia de un muchacho que nada tiene que ver con el ideal que parece desear Marina Geli, consejera de Salud de Cataluña.
La novela más conocida de Rafael es La fiel infantería, luego llevada al cine, y con numerosas ediciones. Recibió el Premio Nacional de Literatura, lo que no la libró de ser retirada de las librerías por la censura. Así se movían quienes se empeñaban en ser más papistas que el Papa. La fiel infantería y Madrid, de Corte a checa, de Foxá, son las dos grandes novelas de la Guerra Civil desde la perspectiva de los nacionales. Foxá es otro personaje políticamente incorrecto. Se ejerce sobre él una persecución post mórtem por los sucesores ideológicos de quienes fueron a su casa para darle matarile en las tapias de la Casa de Campo y le dejaron en paz cuando enseñó su pasaporte diplomático y su nombramiento de cónsul de la República en Bombay. Un miliciano se dirigió a sus colegas: “Vámonos, casi nos cargamos a un indio”. Tal cual.
Rafael García Serrano publicó una obra muy interesante en el mimo de las palabras, Diccionario para un macuto, que debería haberle abierto las puertas de la Real Academia, aunque esa venerable institución no ha cambiado demasiado desde que se meó en sus tapias el joven Alberti. A veces, como el lago Ness, es más conocida por sus monstruos que por sus bellezas. Pienso en Galdós, derrotado en su primer intento de ingresar en la Academia por un señor Commelerán, que en nombre y fama literaria no ha resultado inmortal, pero que ganó aquella votación.
Como novelista brilla en las descripciones, en el andamiaje de las situaciones y en el retrato de sus personajes. Plaza del Castillo, Los ojos perdidos, Cuando los dioses nacían en Extremadura, entre otras, son grandes novelas.
Recuerdo a Rafael en su salsa de gran conversador; hablamos mucho. Aprendí de él y conocí su generoso apoyo a los jóvenes que queríamos abrirnos camino al olor de las linotipias como él lo había hecho de muchacho al olor de la pólvora.

Fuente

El Alcazar: Acoso y derribo (II) La pluma de Garcia Serrano

El Alcazar: Acoso y derribo (I) La pluma de Garcia serrano

Casi un siglo despues, Alemania sigue pagando la derrota en la guerra civil europea de 1914

Casi un siglo despues, Alemania sigue pagando la derrota en la  guerra civil europea de 1914

 

Alemania da por concluida la Primera Guerra Mundial tras pagar las últimas deudas

Berlín, 3 oct (EFE).- Alemania celebra hoy el 20 aniversario de la unificación nacional, pero también el fin de la Primera Guerra Mundial al abonar los últimos pagos de deuda por las llamadas reparaciones de la Primera Guerra Mundial, 92 años después del fin del primer gran conflicto bélico que asoló el continente europeo.

Se trata de un pago de 69,9 millones de euros que se encuentran reflejados en el punto 2.1.1.6 de los presupuestos del Estado para 2010 para cumplir con el Tratado de Londres de 1953 y que no podían abonarse antes de que el país recuperara su unidad y soberanía.

El pago de las reparaciones de guerra que las potencias aliadas vencedoras establecieron en el Tratado de Versalles de 1919 tras el gran conflicto bélico quedó en suspenso por Alemania durante la Segunda Guerra Mundial por orden del régimen nacionalsocialista de Adolf Hitler.

Después de 1945 la República Federal de Alemania asumió la continuidad del pago de una gran parte de la deuda acumulada por las reparaciones de guerra, que abonó en su totalidad hasta el año 1983.

Sin embargo, el Tratado de Londres establecía que el abono de un total de 125 millones de euros para el pago de los intereses de empréstitos extranjeros quedaran en suspenso hasta la reunificación de Alemania, que se produjo el 3 de octubre de 1990.

El abono de las últimas deudas por las reparaciones de guerra se reanudó en 1996 y su último plazo se paga oficialmente este domingo, fecha en la que puede darse por concluida, por lo menos financieramente, la Primera Guerra Mundial para Alemania.

El Tratado de Versalles de 1919 exigió de Alemania el pago de 20.000 millones de marcos de oro hasta abril de 1921 como primeras reparaciones de guerra, cifra que aumentó a 296.000 millones de marcos de oro a pagar en 42 años tras la Conferencia de Boulogne de junio de 1920.

Sin embargo, en años posteriores y tras distintas conferencias la exigencia del pago de reparaciones de guerra a Alemania por parte de los aliados varió varias veces mas y se vio afectado por la fortísima inflación que sufrió el país a mediados de los años 20 del siglo pasado.

Tras la suspensión del pago de las reparaciones por los nazis y el fin de la Segunda Guerra Mundial, el Tratado de Londres de 1953 redujo a la mitad la deuda alemana y hasta 1983 la República Federal de Alemania abonó 14.000 millones de marcos para compensar los daños causados en el conflicto bélico.

Sin embargo, el pago de los intereses por un total de 251 millones de marcos para los años 1945 a 1952 fue aplazado en la capital británica hasta que Alemania volviese a ser un país unificado.

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29 S: Atacando librerias