Ruhe in Frieden Kamerad, immer in unsere Herzen!
Ante la infamia Descansa en paz camarada, ¡Siempre en nuestros corazones!
Ante la infamia Descansa en paz camarada, ¡Siempre en nuestros corazones!
Mi querido Jean:
Te quiero mucho, lo sabes, como hermano y como amigo, y siento darte tal disgusto. Pero como comprenderás, estoy obligado a hacer lo que voy a hacer.
Siempre he lamentado que el hombre no haya alcanzado la plenitud y que el artista no sea un hombre de acción. En algunos momentos, he sentido la dolorosa desazón por no ser más que la mitad de un hombre: de no haber tenido estas tres o cuatro pequeñas enfermedades y el miedo a ser relegado a ciertos trabajos subalternos, me habría alistado en las Waffen SS.
Siento la placidez de mezclar mi sangre con la tinta y convertir, bajo todos los puntos de vista, la tarea de escribir en algo serio. Claro, no hay peligro de muerte, pero esa seriedad acabará por saldarse de una manera definitiva.
Aunque hubiese sido el escritor más importante y mi trabajo me hubiese deparado un gran sufrimiento, siempre habría sido mejor que esta muerte voluntaria.
Hay cosas que deben morir en la Europa de estos tiempos que corren. Y no quiero sobrevivir a ellas. Quiero dejar bien claro mi apego. Jamás fui germanófilo, pero consideré que Alemania, para bien o para mal, ha representado gracias al hitlerismo algo que creo concernía a una cierta Francia nórdica, normanda, gala o franca y a la que pertenecemos.
Una cierta presencia, un cierto estilo, una cierta mezcla de aristocratismo y llaneza, lo esencial de la monarquía, la aristocracia y el pueblo.
Desde 1929 me consideré definitivamente socialista y confiaba en que el hitlerismo llevase a cabo el socialismo, de una manera consciente o no. Creía que la guerra lo obligaría a ello; aunque fue todo lo contrario: la guerra hizo que lo dejase de lado.
Tan sólo creo en los grandes hombres en tanto que mitos: Hitler no ha estado a la altura, pero los otros —como Napo[león]—, tampoco.
A partir de ahora, parte de esos valores estará representada por Rusia. No creo en el comunismo ni tampoco en el nacionalsocialismo. He combatido durante demasiado tiempo al comunismo en Europa como para unirme a sus filas. Lo saludo, pero me voy; y además no me fío ni un pelo de los comunistas franceses.
Me alegra la idea de irme, ya que he despreciado mucho a los franceses y me parece que ahora los despreciaría aún más. ¡Pobre De Gaulle! Quizás sea injusto despreciar a los franceses; a todos los pueblos les llega su hora.
He ido hasta lo más profundo de mi nación, de todas las naciones. Más racista que nacionalista.
Ojalá hubiera sido inglés o alemán o ruso —nórdico al fin y al cabo—. Francia está demasiado mezclada con lo meridional.
En el fondo, la política siempre fue algo secundario para mí; mis reflexiones más graves se centraban en la filosofía religiosa: en ella he hallado un placer enorme y definitivo durante estos últimos años. No en vano, gracias a sus enseñanzas, considero fácil esta despedida. Me considero preparado para emprender la marcha.
Me alegra acabar así, en la plenitud de mi consciencia ante los embates de la enfermedad —cada vez más cercana— y la vejez.
He superado el cristianismo y me siento movido hacia esa cumbre en la que confluyen las otras grandes religiones. Me siento henchido de pensamiento ario (hindú, griego) y el islam y el cristianismo son tan sólo meros complementos, pruebas.
Me mato: ninguna ley superior lo acepta; todo lo contrario. Mi muerte es un sacrificio libremente consentido que me evitará ciertas debilidades, ciertas inmundicias. Y sobre todo, no estoy dispuesto a ofrecer mis últimos días a la política (la prisión, etc.), pues me abstraería de mis ideas más elevadas, a las que quiero dedicar estos instantes.
No creo ni en Dios ni en el alma. Creo en la eternidad de un principio supremo y perfecto para el que el mundo no es más que apariencia vana. Una apariencia encantadora en la que me he solazado como nadie. He disfrutado de los hombres, las mujeres, las plantas —en especial de los árboles—… de todo —y de las casas, mi querido arquitecto—, pero después de tantos años, me interesa mucho más la esencia que se oculta tras todo eso. Me he embriagado de manera maravillosa y ahora tan sólo siento una tremenda alegría por dejarlo atrás.
No guardo ninguna queja o arrepentimiento: estoy saturado de apariencias y aspiro a alcanzar la esencia, la esencia de lo indecible.
Aprovecho la ocasión que se me brinda. La amenaza de muerte, tras estos cinco años, me ha hecho vivir con más intensidad y me ha permitido disfrutar y entender todo como no me hubiera sido posible si hubiera optado por una vía más peligrosa, la de la audacia más áspera.
Espero que todo te vaya bien, que reemprendas tu oficio, que no tengas problemas por mi culpa, que puedas desarrollar tus ideas y tu manera de ser como sueles hacer.
Me alegra pensar que te quedarás con mi biblioteca, mis libros y que velarás por mi obra.
Mis amigos te darán cuantas indicaciones precises: Suzanne Tézenas dispone de ciertos papeles e indicaciones para ti.
Christiane, que ha sido maravillosamente buena y tierna conmigo, te verá más adelante y te entregará otras. Siempre te atenderá.
Querido amigo, me hubiera encantado envejecer a tu lado, pero la suerte no lo ha dispuesto así.
Con un abrazo desde lo más profundo de mi corazón y de mi ser,
Tu hermano Pierre
10 de agosto de 1944
Fuente: La biblioteca fantasma
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El pensamiento filosófico-político-teológico de don Nicolás Gómez Dávila (Bogotá, 1913 - 1994), acaso uno de los contados reaccionarios auténticos de nuestro tiempo, surge como reacción -y nunca mejor dicho- a una crisis intelectual, religiosa y estética cuyas invariablemente nefastas consecuencias vertebran el corazón de su arrollador discurso crítico: esa crisis es la del siglo XX, con todo cuanto ello implica.
Toda la obra del colombiano es un intento serio y apasionado de dinamitar de raíz unos códigos malditos que han trastornado la esencia inmutable de lo humano a través de los siglos (y, por extensión, de lo divino), pero también de fundamentar una alternativa intelectual sólida a la inanidad de nuestro presente.
Filósofo inacabado, o pensador consecuente que renunció a la fatua pretensión de subirse al púlpito de los voceros filosóficos, Gómez Dávila nunca llegó a dejar por acabado -léase por escrito- un sistema filosófico propiamente dicho, en el caso de que hubiera tenido tal pretensión, lo que no habría dejado de resultar irónico en un pensador de su talla y clarividencia, nada dogmático ni concluyente si es leído inteligentemente, simplemente lúcido.
Como Nietzsche, como el mejor Cioran, recurrió a la chispa ingeniosa e inflamable del aforismo, capaz de incendiar la más extensa superficie sólo con su fricción. Pero en lugar de llamar a tales brotes de genialidad aforismos, los denominó escolios, aproximándose de este modo a Spinoza. Pensador, por tanto, fragmentario, Gómez Dávila ofrece por el contrario un discurso filosófico de absoluta coherencia e integridad, cuya profundidad intelectual y agudeza paradójica no conoce parangón entre los filósofos y pensadores del área de la hispanidad de época contemporánea (tanto de España como de Hispanoamérica). Sus referentes, por otra parte, no dejan lugar a dudas sobre la hondura de pensamiento que participa de su discurso: Tucídides, Tomás de Aquino, Montaigne, Juan Donoso Cortés, Jacob Burkhardt, son algunos de sus eximios maestros confesos.
Miniaturista del verbo antes que escritor, pensador que no erudito, y artista de las palabras mejor que mero filósofo, Gómez Dávila ejemplificó con su preclara posición filantrópica uno de los más notables, coherentes y afortunados ejemplos de dignidad ética, estética y, si se quiere, espiritual, que se recuerden. Ignorado durante decenios, su vida silenciosa y monacal, apartada del mundanal ruido, de los mezquinos ambientes intelectuales, de las miserables futesas académicas, fue mucho más allá de tales convenciones; su negativa reiterada a publicar y a codearse con el poder; su grandeza de ánimo y agudo sentido del deber para con uno mismo, le llevaron a hacer de su existencia un verdadero ejercicio estético, de “reaccionario auténtico”: recluido en su mansión entre las paredes de una fabulosa biblioteca de treinta mil volúmenes, aprovechó su situación acomodada y dedicó su vida por entero al complejo ejercicio del pensamiento. El resultado más visible de tales esfuerzos fue su obra magna, recuperada hoy en día para nuestra suerte -gracias al empeño, reste decir, de gente como Ernst Jünger, Botho Strauss o Franco Volpi, entre otros entusiastas-, y que bajo el título de Escolios a un texto implícito, acoge uno de los más prodigiosos, valiosos e imperecederos ejemplos del esfuerzo del pensamiento humano.
Este brevísimo escrito en torno al pensamiento reaccionario de don Nicolás, por descontado, está dedicado a su persona y obra.
Ars longa, vita brevis.
Me veo obligado a decir yo y no, nosotros.
Preferiría decir nosotros, pero soy un intelectual acostumbrado a ir por cuenta propia y, además, los franceses se muestran tan divididos allá donde se reúnen que no conviene decir nosotros a la hora de referirse a ellos o a algunos de ellos ni tampoco dar la cara por nadie que no sea uno mismo.
Sin embargo, quiero hablar de algo que, de algún modo, ha sido colectivo y que, a despecho de la diversidad de procedencia, opinión, carácter, móviles o fines, justifica su nombre en medida suficiente: la colaboración.
Quiero hablar de ello porque, tras el mes de agosto de 1944, no se ha permitido a nadie que hable con el menor conocimiento, el menor recuerdo, el menor sentimiento humano ni la menor verosimilitud. Han bastado la fácil maledicencia o la calumnia más grosera. Y para hacer mayor gala de tal satisfacción, tan sólo se ha recurrido a las acusaciones de los periódicos y a las de las tribunas o de los tribunales, realizadas —salvo ciertos protagonistas legendarios— por comparsas sin voz o representantes mediocres o bastante convencidos de su bajeza. Naturalmente, se han confesado culpables; no se les pedía más.
Por eso estoy aquí. No me considero culpable.
Para empezar, no reconozco vuestra justicia. Vuestros jueces y vuestros jurados han sido elegidos de un modo que evita la propia idea de justicia. Preferiría la corte marcial —sería más sincero por vuestra parte, menos hipócrita—. Y por si fuera poco, ni la instrucción ni el proceso se llevan a cabo según las reglas sobre las que se asienta vuestra concepción de la libertad.
Por lo demás, no me lamento por comparecer ante una justicia sumaria, arbitraria, partisana; una justicia que reúne casi todos los rasgos de una justicia fascista o comunista. Tan sólo afirmo que, para justificarse plenamente ante mis ojos, las obras de vuestra pretendida revolución deberían estar a la altura de su pompa jurídica. De momento, la revolución de la que se ufana la Resistencia vale tanto como la revolución de la que presumía Vichy. La Resistencia sigue siendo una fuerza mal determinada y mal justificada por la reacción, el antiguo régimen de la democracia parlamentaria y el comunismo, en la medida en que participa de todos ellos y no se constituye en una verdadera fuerza.
Voy a ser condenado, como tantos otros, por algo efímero y bastante transitorio, de lo que en el futuro nadie se atreverá a reivindicar sin vacilación o miedo.
No me considero culpable. Afirmo que me he comportado como puede y debe hacerlo un intelectual y un hombre, como un francés y un europeo.
Y ahora, no pienso rendiros cuentas. De acuerdo con mi rango, lo haré a Francia, a Europa y al hombre.
Discurso
Para explicar mis ideas, seguiré el orden de los acontecimientos.
1. Antes de la guerra
Siempre he sido nacionalista e internacionalista al mismo tiempo.
No internacionalista a la manera pacifista y humanitaria, ni tampoco universalista, sino en el marco de Europa. Ya en mis primeros poemas, escritos en trincheras y hospitales entre 1915 y 1916, me declaré patriota francés y patriota europeo.
Siempre he rechazado el odio intelectual hacia algún pueblo. Mis primeros poemas se titulaban Denuncia de los soldados europeos o A vosotros, alemanes («No os odio, pero me opongo a vosotros con la fuerza de las armas»).
Tras la guerra, continué, me preocupé por Francia, por su vida, por su orgullo y al mismo tiempo puse mis esperanzas en la Sociedad de Naciones.
Al principio pensaba que el capitalismo podría reformarse por sí mismo. Luego renuncié a esa creencia ingenua y me consideré socialista entre 1928 y 1929.
Mis libros Medida de Francia, Ginebra o Moscú, o Europa contra las patrias dan testimonio de la constancia de ese sentimiento ambivalente aliado a un espíritu crítico gracias a Dios lo suficientemente despierto.
He escudriñado todos los partidos de Francia y no puedo más que despreciarlos. Ni la vieja derecha ni la vieja izquierda me satisfacen. Soñé con ser comunista, pero no se trataba más que de un acto de desesperación.
A partir de 1934 mis dudas y mis vacilaciones llegaron a su fin. En febrero de aquel año rompí definitivamente con la vieja democracia y el viejo capitalismo. Pero el desembarco de los comunistas en el Frente Popular, junto a radicales y socialistas, me alejó de ellos. Me habría gustado juntar a los manifestantes del 6 y el 9 de febrero, los fascistas con los comunistas.
Creí hallar esa fusión en Doriot en 1936. Al fin la derecha y la izquierda se encontraban. Pero me decepcionó el pseudofascismo francés del mismo modo en que otros perdieron la confianza en el Frente Popular. Un doble fiasco que benefició a un viejo régimen moribundo que aún coleaba.
Y hete aquí lo que ansiaba hacer por Doriot y mis camaradas del Partido Popular Francés: rehacer una Francia fuerte, libre del Parlamento y las camarillas; lo bastante fuerte para imponer a Inglaterra una alianza en la que reinasen la igualdad y la justicia. Francia e Inglaterra deberían entonces volverse hacia Alemania para emprender unas negociaciones en las que primasen la firmeza y la comprensión. O le concedíamos colonias o la lanzábamos sobre Rusia. De ese modo habríamos podido intervenir en el conflicto a su debido tiempo.
Después de que Doriot hubiese fracasado como un vulgar La Rocque, nos hallamos en una situación muy comprometida. Después de un Múnich al que apoyé sin alegría, con desprecio, abandoné el partido y me encerré en mi biblioteca, a la espera de que sobreviniese la catástrofe.
Tuve una visión muy lúcida de lo acaecido en 1939 y 1940. Sabía que era imposible una revolución en Francia, hecha por los franceses. La revolución tan sólo podía venir de fuera. Y así lo creo de nuevo, pero en 1940 mantuve la esperanza contra todo pronóstico.
2. Después de la guerra
Yo, el intelectual
Actué con plena conciencia, en medio del camino de la vida, según la idea de que me comportaba como un intelectual. Un intelectual, un clérigo, un artista, no es un ciudadano como los demás. Posee derechos y deberes más elevados que el resto.
Por eso tomé una decisión audaz; sin embargo, en momentos de gran tribulación, un individuo cualquiera se halla en la misma situación que el artista. El Estado no ofrece ninguna dirección fiable para alcanzar un objetivo tan alto. Así fue en 1940. El mariscal nos ofrecía la unidad, pero nada más: una sombra sin contenido. Y aun así, hubo valientes que fueron a París y otros, a Londres.
Los de Londres fueron más felices, aunque de momento no se ha dicho la última palabra.
Estuve en París y algunos nos comprometimos a ir más allá de lo nacional, a enfrentarnos a la mayoría de la opinión pública, a ser una minoría vista sin saber a qué atenerse, con dudas, desconfianza… Y maldita cuando las pesas inclinaron la balanza en El Alamein y Stalingrado.
Tal es la tarea del intelectual, al menos de algunos de ellos: ir por delante de los acontecimientos, tantear la suerte asumiendo el riesgo, explorar los caminos de la Historia. Tanto peor si se equivocan. Desempeñan una función necesaria: distanciarse de la masa. Da igual si van por delante, por detrás o a un lado. Siempre lejos. El mañana está hecho de algo muy distinto al hoy. El mañana está hecho de lo que ve la mayoría, pero también la minoría.
Una nación no posee una sola voz: es un concierto. Es preciso que siempre haya una minoría; y nosotros la éramos. Perdimos y nos declararon traidores: es justo. Vosotros seríais los traidores si vuestra causa hubiese sido derrotada.
Y Francia no habría dejado de ser Francia ni Europa, Europa.
Soy uno de esos intelectuales cuyo papel consiste en pertenecer a la minoría.
¡Con la minoría, siempre! De hecho, hay muchas minorías. No existe la mayoría. Del mismo modo como se disolvió la de los cuarenta, se disolverá la vuestra.
Las minorías:
a) La resistencia.
b) La vieja democracia.
c) Los comunistas.
Estoy orgulloso de haber pertenecido a esos intelectuales. Dentro de un tiempo, se volverá a nosotros para escuchar otra voz que la oficial. Y esa débil voz cobrará fuerza.
Nunca he querido ser uno de esos intelectuales que mide sus palabras. Podría haber escrito en la clandestinidad —es más: lo he pensado—; escribir en zona libre, en el extranjero.
Pero no, hay que asumir responsabilidades, formar parte de grupos impuros, admitir la ley política que obliga a aceptar aliados despreciables y odiosos. Por lo menos hay que ensuciarse los pies; nunca las manos. Jamás me las ensucié; sólo los pies.
No hice nada con esa gente. La frecuenté para que me juzgaseis hoy, para ponerme a la altura de esos juicios corrientes, vulgares. Juzgad, como decís, porque sois jueces o jurados.
Me he puesto a vuestra merced, seguro de que escaparé, llegado el momento, fuera del tiempo.
Por ahora, juzgadme y sin compasión, pues a ello he venido.
No escaparéis; ni yo tampoco.
Sed fieles al orgullo de la Resistencia como yo lo soy al de la Colaboración. No hagáis trampas, pues yo no las hago. Condenadme a la pena capital.
Nada de medias tintas. Antes era fácil pensar. Ahora ya no tanto. No sucumbáis ante lo fácil.
Sí, soy un traidor. Sí, he suministrado inteligencia al enemigo. Entregué inteligencia francesa al enemigo. No es mi culpa si el enemigo no ha sido inteligente.
Sí, no soy un patriota cualquiera, un nacionalista obtuso: soy un internacionalista.
No sólo soy francés: soy europeo.
Y vosotros también, da igual si lo sabéis o no. Hemos jugado y yo he perdido.
Exijo la muerte.
Fuente y traducción: la biblioteca fantasma