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La memoria de la Otra Europa

De un tiempo, de un país

Presidente Juan Domingo Perón en la Academia Argentina de Letras

Presidente Juan Domingo Perón en la Academia Argentina de Letras

El 12 de octubre de 1947, el entonces presidente pronunció un discurso en el cual exaltó la obra de España en América, denunció la “leyenda negra” sobre la Conquista y reivindicó “el Día de la Raza, instituido por Hipólito Yrigoyen”

No me consideraría con derecho a levantar mi voz en el solemne día que se festeja la gloria de España, si mis palabras tuvieran que ser tan sólo halago de circunstancias o simple ropaje que vistiera una conveniencia ocasional. Me veo impulsado a expresar mis sentimientos porque tengo la firme convicción de que las corrientes de egoísmo y las encrucijadas de odio que parecen disputarse la hegemonía del orbe, serán sobrepasadas por el triunfo del espíritu que ha sido capaz de dar vida cristiana y sabor de eternidad al Nuevo Mundo.

No me atrevería a llevar mi voz a los pueblos que, junto con el nuestro, formamos la Comunidad Hispánica, para realizar tan sólo una conmemoración protocolar del Día de la Raza.

Únicamente puede justificarse el que rompa mi silencio, la exaltación de nuestro espíritu ante la contemplación reflexiva de la influencia que, para sacar al mundo del caos que se debate, puede ejercer el tesoro espiritual que encierra la titánica obra cervantina, suma y compendio apasionado y brillante del inmortal genio de España.

Espíritu contra utilitarismo

Al impulso ciego de la fuerza, al impulso frío del dinero, la Argentina, coheredera de la espiritualidad hispánica, opone la supremacía vivificante del espíritu.

En medio de un mundo en crisis y de una humanidad que vive acongojada por las consecuencias de la última tragedia e inquieta por la hecatombe que presiente; en medio de la confusión de las pasiones que restallan sobre las conciencias, la Argentina, la isla de paz, deliberada y voluntariamente, se hace presente en este día para rendir cumplido homenaje al hombre cuya figura y obra constituyen la expresión más acabada del genio y la grandeza de la raza.

Y a través de la figura y de la obra de Cervantes va el homenaje argentino a la Patria Madre, fecunda, civilizadora, eterna, y a todos los pueblos que han salido de su maternal regazo.

Por eso estamos aquí, en esta ceremonia que tiene la jerarquía de símbolo. Porque recordar a Cervantes es reverenciar a la madre España; es sentirse más unidos que nunca a los demás pueblos que descienden legítimamente de tan noble tronco; es afirmar la existencia de una comunidad cultural hispanoamericana de la que somos parte y de una continuidad histórica que tiene en la raza su expresión objetiva más digna, y en el Quijote la manifestación viva y perenne de sus ideales, de sus virtudes y de su cultura; es expresar el convencimiento de que el alto espíritu señoril y cristiano que inspira la Hispanidad iluminará al mundo cuando se disipen las nieblas de los odios y de los egoísmos.

Por eso rendimos aquí el doble homenaje a Cervantes y a la Raza.

Homenaje, en primer lugar, al grande hombre que legó a la humanidad una obra inmortal, la más perfecta que en su género haya sido escrita, código del honor y breviario del caballero, pozo de sabiduría y, por los siglos, de los siglos, espejo y paradigma de su raza.

Destino maravilloso el de Cervantes que, al escribir El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, descubre en el mundo nuevo de su novela, con el gran fondo de la naturaleza filosófica, el encuentro cortés y la unión entrañable de un idealismo que no acaba y de un realismo que se sustenta en la tierra. Y además caridad y amor a la justicia, que entraron en el corazón mismo de América; y son ya los siglos los que muestra, en el laberinto dramático que es esta hora del mundo, que siempre triunfa aquella concepción clara del riesgo por el bien y la ventura de todo afán justiciero. El saber “jugarse entero” de nuestros gauchos es la empresa que ostentan orgullosamente los “quijotes de nuestras pampas”.

En segundo lugar, sea nuestro homenaje a la raza a que pertenecemos.

Para nosotros, la raza no es un concepto biológico. Para nosotros es algo puramente espiritual. Constituye una suma de imponderables que hace que nosotros seamos lo que somos y nos impulsa a ser lo que debemos ser, por nuestro origen y nuestro destino. Ella es lo que nos aparta de caer en el remedo de otras comunidades cuyas esencias son extrañas a la nuestra, pero a las que con cristiana caridad aspiramos a comprender y respetamos. Para nosotros, la raza constituye nuestro sello personal, indefinible e inconfundible.

Para nosotros los latinos, la raza es un estilo. Un estilo de vida que nos enseña a saber vivir practicando el bien y a saber morir con dignidad.

Nuestro homenaje a la madre España constituye también una adhesión a la cultura occidental. Porque España aportó al occidente la más valiosa de las contribuciones: el descubrimiento y la colonización de un nuevo mundo ganado para la causa de la cultura occidental.

Su obra civilizadora cumplida en tierras de América no tiene parangón en la Historia. Es única en el mundo. Constituye su más calificado blasón y es la mejor ejecutoria de la raza, porque toda la obra civilizadora es un rosario de heroísmos, de sacrificios y de ejemplares renunciamientos.

Su empresa tuvo el sino de una auténtica misión. Ella no vino a las Indias ávida de ganancias y dispuesta a volver la espalda y marcharse una vez exprimido y saboreado el fruto. Llegaba para que fuera cumplida y hermosa realidad el mandato póstumo de la Reina Isabel de “atraer a los pueblos de Indias y convertirlos al servicio de Dios“. Traía para ello la buena nueva de la verdad revelada, expresada en el idioma más hermoso de la tierra. Venía para que esos pueblos se organizaran bajo el imperio del derecho y vivieran pacíficamente. No aspiraban a destruir al indio sino a ganarlo para la fe y dignificarlo como ser humano…

Era un puñado de héroes, de soñadores desbordantes de fe. Venían a enfrentar a lo desconocido; ni el desierto, ni la selva con sus mil especies donde la muerte aguardaba el paso del conquistador en el escenario de una tierra inmensa, misteriosa, ignorada y hostil.

Nada los detuvo en su empresa; ni la sed, ni el hambre, ni las epidemias que asolaban sus huestes; ni el desierto con su monótono desamparo, ni la montaña que les cerraba el paso, ni la selva con sus mil especies de oscuras y desconocidas muertes. A todo se sobrepusieron. Y es ahí, precisamente, en los momentos más difíciles, en los que se los ve más grandes, más serenamente dueños de sí mismos, más conscientes de su destino, porque en ellos parecía haberse hecho alma y figura la verdad irrefutable de que “es el fuerte el que crea los acontecimientos y el débil el que sufre la suerte que le impone el destino”. Pero en los conquistadores pareciera que el destino era trazado por el impulso de su férrea voluntad.

Como no podía ocurrir de otra manera, su empresa fue desprestigiada por sus enemigos, y su epopeya objeto de escarnio, pasto de la intriga y blanco de la calumnia, juzgándose con criterio de mercaderes lo que había sido una empresa de héroes. Todas las armas fueron probadas: se recurrió a la mentira, se tergiversó cuanto se había hecho, se tejió en torno suyo una leyenda plagada de infundios y se la propaló a los cuatro vientos.

Y todo, con un propósito avieso. Porque la difusión de la leyenda negra, que ha pulverizado la crítica histórica serie y desapasionado, interesaba doblemente a los aprovechados detractores. Por una parte, les servía para echar un baldón a la cultura heredada por la comunidad de los pueblos hermanos que constituimos Hispanoamérica.

Por la otra procuraba fomentar así, en nosotros, una inferioridad espiritual propicia a sus fines imperialistas, cuyas asalariados y encumbradísimos voceros repetían, por encargo, el ominoso estribillo cuya remunerada difusión corría por cuenta de los llamados órganos de información nacional. Este estribillo ha sido el de nuestra incapacidad para manejar nuestra economía e intereses, y la conveniencia de que nos dirigieran administradores de otra cultura y de otra raza. Doble agravio se nos infería; aparte de ser una mentira, era una indignidad y una ofensa a nuestro decoro de pueblos soberanos y libres.

España, nuevo Prometeo, fue así amarrada durante siglos a la roca de la Historia. Pero lo que no se pudo hacer fue silenciar su obra, ni disminuir la magnitud de su empresa que ha quedado como magnífico aporte a la cultura occidental.

Allí están, como prueba fehaciente, las cúpulas de las iglesias asomando en las ciudades fundadas por ella; allí sus leyes de Indias, modelo de ecuanimidad, sabiduría y justicia; sus universidades; su preocupación por la cultura, porque “conviene –según se lee en la Nueva Recopilación– que nuestros vasallos, súbditos y naturales, tengan en los reinos de Indias, universidades y estudios generales donde sean instruidos y graduados en todas ciencias y facultades, y por el mucho amor y voluntad que tenemos de honrar y favorecer a los de nuestras Indias y desterrar de ellas las tinieblas de la ignorancia y del error, se crean Universidades gozando los que fueren graduados en ellas de las libertades y franquezas de que gozan en estos reinos los que se gradúan en Salamanca”.

Su celo por difundir la verdad revelada porque –como también dice la Recopilación– “teniéndonos por más obligados que ningún otro príncipe del mundo a procurar el servicio de Dios y la gloria de su santo nombre y emplear todas las fuerzas y el poder que nos ha dado, en trabajar que sea conocido y adorado en todo el mundo por verdadero Dios como lo es, felizmente hemos conseguido traer al gremio de la Santa Iglesia Católica las innumerables gentes y naciones que habitan las Indias occidentales, isla y tierra firme del mar océano”.

España levantó, edificó universidades, difundió la cultura, formó hombres, e hizo mucho más; fundió y confundió su sangre con América y signó a sus hijas con un sello que las hace, si bien distintas a la madre en su forma y apariencias, iguales a ella en su esencia y naturaleza. Incorporó a la suya la expresión de un aporte fuerte y desbordante de vida que remozaba a la cultura occidental con el ímpetu de una energía nueva.

Y si bien hubo yerros, no olvidemos que esa empresa, cuyo cometido la antigüedad clásica hubiera discernido a los dioses, fue aquí cumplida por hombres, por un puñado de hombres que no eran dioses aunque los impulsara, es cierto, el soplo divino de una fe que los hacía creados a la imagen y semejanza de Dios.

Son hombres y mujeres de esa raza los que en heroica comunión rechazan, en 1806, al extranjero invasor, y el hidalgo jefe que obtenida la victoria amenaza con “pena de la vida al que los insulte”.

Es gajo de ese tronco el pueblo que en mayo de 1810 asume la revolución recién nacida; esa sangre de esa sangre la que vence gloriosamente en Tucumán y Salta y cae con honor en Vilcapugio y Ayohuma; es la que bulle en el espíritu levantisco e indómito de los caudillos; es la que enciende a los hombres que en 1816 proclaman a la faz del mundo nuestra independencia política; es la que agitada corre por las venas de esa raza de titanes que cruzan las ásperas y desoladas montañas de los Andes, conducidas por un héroe en una marcha que tiene la majestad de un friso griego; es la que ordena a los hombres que forjaron la unidad nacional, y la que aliente a los que organizaron la República; es la que se derramó generosamente cuantas veces fue necesario para defender la soberanía y la dignidad del país; es la misma que moviera al pueblo a reaccionar sin jactancia pero con irreductible firmeza cuando cualquiera osó inmiscuirse en asuntos que no le incumbían y que correspondía solamente a la nación resolverlos; de esa raza es el pueblo que lanzó su anatema a quienes no fueron celosos custodios de su soberanía, y con razón, porque sabe, y la verdad lo asiste, que cuando un Estado no es dueño de sus actos, de sus decisiones, de su futuro y de su destino, la vida no vale la pena de ser allí vivida; de esa raza es ese pueblo, este pueblo nuestro, sangre de nuestra sangre y carne de nuestra carne, heroico y abnegado pueblo, virtuoso y digno, altivo sin alardes y lleno de intuitiva sabiduría, que pacífico y laborioso en su diaria jornada se juega sin alardes la vida con naturalidad de soldado, cuando una causa noble así lo requiere, y lo hace con generosidad de Quijote, ya desde el anónimo y oscuro foso de una trinchera o asumiendo en defensa de sus ideales el papel de primer protagonista en el escena rio turbulento de las calles de una ciudad.

Señores:

La historia, la religión y el idioma nos sitúan en el mapa de la cultura occidental y latina, a través de su vertiente hispánica, en la que el heroísmo y la nobleza, el ascetismo y la espiritualidad, alcanzan sus más sublimes proporciones. El Día de la Raza, instituido por el Presidente Yrigoyen, perpetúa en magníficos términos el sentido de esta filiación. “La España descubridora y conquistadora –dice el decreto–, volcó sobre el continente enigmático y magnífico el valor de sus guerreros, el denuedo de sus exploradores, la fe de sus sacerdotes, el preceptismo de sus sabios, las labores de sus menestrales y con la aleación de todos estos factores, obró el milagro de conquistar para la civilización la inmensa heredad en que hoy florecen las naciones a las cuales ha dado, con la levadura de su sangre y con la armonía de su lengua, una herencia inmortal que debemos de afirmar y de mantener con jubiloso reconocimiento”.

Si la América olvidara la tradición que enriquece su alma, rompiera sus vínculos con la latinidad, se evadiera del cuadro humanista que le demarca el catolicismo y negara a España, quedaría instantáneamente baldía de coherencia y sus ideas carecerían de validez. Ya lo dijo Menéndez y Pelayo: “Donde no se conserva piadosamente la herencia de lo pasado, pobre o rica, grande o pequeña, no esperemos que brote un pensamiento original, ni una idea dominadora”. Y situado en las antípodas de su pensamiento, Renán afirmó que “el verdadero hombre de progreso es el que tiene los pies enraizados en el pasado”.

El sentido misional de la cultura hispánica, que catequistas y guerreros introdujeron en la geografía espiritual del Nuevo Mundo, es valor incorporado y absorbido por nuestra cultura, lo que ha suscitado una comunidad de ideas e ideales, valores y creencias, a la que debemos preservar de cuantos elementos exóticos pretenden mancillarla. Comprender esta imposición del destino, es el primordial deber de aquellos a quienes la voluntad pública o el prestigio de sus labores intelectuales, les habilita para influir en el proceso mental de las muchedumbres. Por mi parte, me he esforzado en resguardar las formas típicas de la cultura a que pertenecemos, trazándome un plan de acción del que pude decir –el 24 de noviembre de 1944– que “tiene, ante todo, a cambiar la concepción materialista de la vida por una exaltación de los valores espirituales”.

Precisamente esa oposición, esa contraposición entre materialismo y espiritualidad, constituye la ciencia del Quijote. O más propiamente representa la exaltación del idealismo, refrenado por la realidad del sentido común.

De ahí la universalidad de Cervantes, a quien, sin embargo, es precio identificar como genio auténticamente español, mal que no puede concebirse como no sea en España.

Esta solemne sesión, que la Academia Argentina de Letras ha querido poner bajo la advocación del genio máximo del idioma en el IV Centenario de su nacimiento, traduce –a mi modo de ver– la decidida voluntad argentina de reencontrar las rutas tradicionales en las que la concepción del mundo y de la persona humana, se origina en la honda espiritualidad grecolatina y en la ascética grandeza ibérica y cristiana.

Para participar en ese acto, he preferido traer, antes que una exposición académica sobre la inmortal figura de Cervantes, palpitación humana, su honda vivencia espiritual y su suprema gracia hispánica. En su vida y en su obra personifica la más alta expresión de las virtudes que nos incumbe resguardar.

Mientras unos soñaban y otros seguían amodorrados en su incredulidad, fue gestándose la tremenda subversión social que hoy vivimos y se preparó la crisis de las estructuras políticas tradicionales. La revolución social de Eurasia ha ido extendiéndose hacia Occidente, y los cimientos de los países latinos del Oeste europea crujen ante la proximidad de exóticos carros de guerra. Por los Andes asoman su cabeza pretendidos profetas, a sueldo de un mundo que abomina de nuestra civilización, y otra trágica paradoja parece cernirse sobre América al oírse voces que, con la excusa de defender los principios de la Democracia (aunque en el fondo quieren proteger los privilegios del capitalismo), permitan el entronizamiento de una nueva y sangrienta Tiranía.

Como miembros de la comunidad occidental, no podemos substraernos a un problema que de no resolverlo con acierto, puede derrumbar un patrimonio espiritual acumulado durante siglos. Hoy, más que nunca, debe resucitar Don Quijote y abrirse el sepulcro del Cid Campeador.

Juan Domingo Perón

 

Fuente: Radio Cristiandad

Vive peligrosamente: Domenico Leccisi

Vive peligrosamente: Domenico Leccisi

Domenico Leccisi Molfetta, nació el 20 de mayo de 1920 y murió en Milán el 2 de noviembre del 2008. Miembro del Partido Nacional Fascista (PNF) y luchador de la República Social Italiana, fundó después de la Segunda Guerra Mundial con Rana y Mauro Antonio Parozzi el Partido democrata Fascista.

Conocedor del paradero de la tumba de Benito Mussolini, en la noche entre el 22 y 23 de abril 1946 se convirtió en protagonista de un gesto dramático al robar el cuerpo del Duce, para darle digna sepultura y evitar su profanación.

Una vez robado, el cadáver fue mantenido en un lugar secreto y luego entregado a dos hermanos menores del Angelicum en Milán, donde fueron recuperados por las autoridades. 


Los restos fueron transportados al convento capuchino de Cerro Maggiore, cerca de Legnano, donde permanecieron hasta 1957, cuando el gobierno los devolvió a la familia de Mussolini , lo que les permite viajar a Predappio. Leccisi fue detenido por la policía el 31 de julio de 1946. El superintendente de Milán Vincenzo Agnesina así se dirigió a él: 

 
"Ganamos la carrera por su captura, a los criminales del Ejército Rojo que opera clandestinamente en el interior de los cuerpos de policías. Si hubiera caído en sus manos, no estaría aquí ahora delante de mí. " 

Se convirtió en una figura muy conocida en los círculos neofascistas italianos, Leccisi fue diputado nacional por el Movimiento Social Italiano de 1953 a 1963: en la Cámara de Diputados ocupó un puesto en la X Comisión (Industria y Comercio) durante la segunda legislatura y la Comisión VII (Defensa ) durante la tercera legislatura. Partidario del fascismo de "izquierdas" , tuvo constantes enfrentamientos con los dirigentes del MSI. negandose publicamente a aceptar la traición a los ideales del fascismo por parte de la última cupula misina. En 1958 estuvo con Togliatti, uno de los principales defensores de la llamada "Operación Milazzo", que en Sicilia, hizo posible la alianza administrativa entre el MSI y el PCI. 

Al final de la tercera legislatura, en 1963, el MSI, premió a Leccisi con   su exclusión de las elecciones siguientes. Regresó con el tiempo a la actividad pública, siendo concejal en Milán. Despues se retiró a la vida privada en esa ciudad, donde, en los últimos años de su vida, se declaró opuesto a la transformación del MSI en la Alianza Nacional. murió a los 88 años debido a problemas respiratorios y cardíacos.

 

 


01-09 -1957 Predappio-Cementerio de San Cassiano. . Entierro del Cuerpo de Benito Mussolini Teodorani De izquierda a la familia Vanni, Rosetta Teodorani, Edda Mussolini, Ciano Marzio Donna Rachele, Cian Dindina, Romano Moschi, Mussolini Romano, Fabrizio Ciano. Guard: Tremaglia Mirko, Zatelli Romano, Alberto Resmini, Giancarlo Zonchi, Giorgio Pisano

Fuente: Circulo Domenico Leccisi pagina web del Circulo

 



Pinochet: La película (documental)

Sabra y Chatila: Cuando los mismos de siempre hacen lo único que saben hacer ... causar dolor

 

Documental que muestra la responsabilidad del entonces ministro de defensa, Ariel Sharon, en la masacre de los campos de refugiados de Sabra y Chatila, perpetrado por la falage libanesa desde el 16 al 18 de septiembre de 1982.

Subtitulado en castellano.

León Degrelle: Dossier noir (1978)

 

Otras partes de la entrevista: parte 2, parte 3, parte 4 por desgracia en frances.

Entrevista realizada por Jean-Michel Charlier y bajo la denominación de "Dossier noir" para el canal FR-3 (Francia) en 1978.

Que en España fue editada por Dyrsa en 1986 con el titulo de "León Degrelle: firma y rubrica". Y posteriormente reeditada por Editorial Ojeda con el título de "León Degrelle, autorretrato de un fascista" (2003 una segunda edición) siendo el libro secuestrado por el estado antifascista. 

8 de mayo de 1945: Erase un fragmento de un Heinkel 111

8 de mayo de 1945: Erase un fragmento de un Heinkel 111

De cómo un joven donostiarra cogió un trozo del avión nazi de Léon Degrelle que se estrelló en La Concha en 1945 y lo conservó durante más de 60 años.

DV. Los periódicos ni tan siquiera hablaron de ello. Ni al día siguiente, ni en posteriores. ¿Acaso no es noticiable el hecho de que un avión nazi realice un aparatoso aterrizaje de emergencia en la playa de La Concha con cinco pasajeros? ¿Cómo es posible que la prensa de la época no reflejara un acontecimiento que, en la actualidad, forma parte de la memoria visual e histórica de San Sebastián?

Todo ocurrió en la mañana del 8 de mayo de 1945 cuando un Heinkel 111 irrumpió súbitamente en los cielos donostiarras. Había partido en la medianoche de ese mismo día, desde una improvisada pista de despegue cercana a Oslo, Noruega, y cruzado media Europa sin repostar. En su interior viajaban cinco personas. Ninguna resultó muerta tras el violento posado en el arenal de la Bella Easo, aunque una de ellas, la más importante del pasaje, tuvo que pasar 15 meses ingresado en el Hospital Militar Mola, en el edificio que alberga los actuales Juzgados, en Duque de Mandas.
 
El herido en cuestión era Léon Degrelle, político fascista belga y amigo íntimo de Adolf Hitler que, al igual que sus compañeros, huyó de la derrota. El día anterior, el Alto Mando Alemán había anunciado la rendición incondicional de todas las tropas, finiquitando así las hostilidades de la II Guerra Mundial en el Viejo Continente. Europa volvía a ser libre y Degrelle no tenía cabida en ella, de ahí su apresurada y épica huida.
 
Así, lo último que podía convenir a España y al régimen de Franco es que el país se convirtiera -como así resultó ser, en algunos casos- en una vía de escape para las figuras más prominentes del régimen alemán. De ahí que el accidente no quedara reflejado en ninguno de los cuatro periódicos que, por aquel entonces, se publicaban en la ciudad. Nadie escribió noticia alguna sobre ello, ni tan siquiera una breve línea, ni tan siquiera una letra.
 
No ocurrió así con los donostiarras que se acercaron al lugar. Pocos minutos después del accidente, decenas de personas se arremolinaron en torno al aeroplano para contemplar ese prodigio que había caído del cielo. Aunque la marea baja había facilitado el aterrizaje, el piloto no pudo evitar chocar contra una de las rocas que emergen en la parte más occidental de la playa. El impacto, a más de 300 kilómetros hora -según las memorias del propio Degrelle- provocó que la nave se desviara hacia el mar, donde, finalmente, se paró. Los primeros en tomar contacto con el avión y los accidentados fueron varios marineros que ayudaron a evacuar a los heridos. Minutos después, comenzaría a llegar la marabunta de gente.
 
El colegio desierto
 
José María S. A. contaba con 17 años por aquel entonces. La mañana del 8 de mayo acudió al colegio del Sagrado Corazón, ubicado en la calle Sánchez Toca. Cuando llegó, no vio alma alguna, por lo que pensó que, erróneamente, había asistido a las clases en un día festivo. No fue así: pronto le informaron de que un avión acaba de hacer un aterrizaje forzoso en la bahía de la Concha, donde se encontraban sus compañeros de clase. José María marchó corriendo a la playa con la esperanza de ser testigo del acontecimiento y fue en las inmediaciones del actual edificio del Eguzki donde halló el Heinkel 111, recién estrellado, sutilmente anclado en la orilla. La tripulación ya había sido evacuada pero, todavía, no se había creado el pertinente cordón de seguridad. Por no haber, no había ni policías que evitaran que niños y curiosos se acercaran a la nave.
 
Así, José María y otros niños aprovecharon para arrancar varios trozos del avión de Degrelle, íntegro tras el aterrizaje, pero con numerosas abolladuras y desgarros en su fuselaje. Tras el choque con la roca, el aeroplano había acabado en la orilla del mar, de ahí que los niños se mojaran sus pantalones bombacho en pos de los codiciados fragmentos. José María logró el suyo tras mucho forzar el armazón del avión, regresó al colegió a las nueve de la mañana -donde se le dispensó a él y a sus compañeros una severa reprimenda- y guardó el trocito durante los siguientes 64 años. Este donostiarra octogenario recuerda a la perfección todos los hechos y los recita con la misma precisión con la que están volcados en los libros de historia o en las propias memorias de Degrelle, que tituló el capítulo en el que se enmarcan estos hechos De Stalingrado a San Sebastián. Mientras tanto, nos muestra la reliquia del Heinkel 111, pequeña, casi diminuta, centimétrica, y, todavía, con algunos restos de la pintura gris del fuselaje original.
 
Tras el accidente, los restos del avión fueron trasladado a Logroño -lo sabemos gracias a la documentación que nos facilitó al respecto Ramón Barea, autor del libro Gipuzkoa 1940 sobre la presencia nazi en el Territorio Histórico- y Léon Degrelle se quedó en España hasta el fin de sus días.
Años después, José María S.M. cursó la carrera de Arquitectura Técnica y hoy en día disfruta, junto a su esposa, de la jubilación. Por supuesto, guarda con cariño el modesto fragmento de aquel avión que huyó de Noruega en el crepúsculo de la II Guerra Mundial, atravesó media Europa y cayó en la bahía de La Concha hace exactamente 64 primaveras.

Serrano Suñer: Misa por Mussolini (ABC: 7-5-1954)

Serrano Suñer: Misa por Mussolini (ABC: 7-5-1954)

Es ya ley de la vida histórica que cuando cae un gigante –y no es seguro que los gigantes tengan que caer más fatalmente que los pequeños, pero si más notoriamente-, todos los enanos del contorno se sienten como “autoagigantados” y, respirando con nueva suficiencia, se ponen a considerar cuánto más inteligentes y sagaces fueron ellos que el caído. Así, cuando tras su declinación política y humana, Benito Mussolini fue asesinado, todos los enanos trascendentes de la tierra parecieron crecer (y, desde luego, ellos así lo creyeron) unos cuantos palmos en evidencia y sabiduría. Pero lo cierto es que él –ellos no son objeto de este artículo- había sido un gigante de verdad, elevado por su propio esfuerzo desde la pequeña herrería de Predappio, donde trabajara en la fragua de su padre –pasando por sus experiencias de albañil, de maestro de escuela, de periodista y de soldado-, hasta las más altas cumbres del Poder. De un poder que el ejerció egregiamente, con vocación de hacer Historia, cualesquiera que fueran sus flaquezas, errores o injusticias, que ésas –fuera del falso mundo de la propaganda- son cosas inseparables de la condición humana.

El asumió y ejerció ese poder con ánimo creador y no como el tirano, para quien el Poder, o su disfrute, son fines en sí mismos. Nadie podrá negar –a la hora de juzgar su obra- que ensayó el replanteo de la vida pública italiana y de su estructura estatal sobre bases nuevas y con aspiraciones de alto alcance. Que alentó la vida entera de su pueblo, mejoró su economía, humanizó las relaciones entre el capital y el trabajo, depuró el estilo popular de la vida, sacudió la pereza y el conformismo y abrió horizontes a la juventud, despertando en ella el orgullo de su ascendencia romana con invocaciones que acaso fueran artificiosas y retóricas, pero que estuvieron a punto de engendrar realidades muy ciertas. ¿Qué luego vino la catástrofe? Ello es verdad (son los genios los que conocen los grandes errores y… los grandes aciertos); mas también lo es que no faltó mucho para que llegase el triunfo, y a muy bajo precio por cierto.

Sin embargo no es ésta prueba última, azarosa, aventurada y, si se quiere, imprudente de su fortuna, la que nos da la medida de su estatura, sino, ante todo, su espíritu de creación y su intuición sobre la fatalidad de un orden nuevo, Italiano esencial, radical (en esto como en todo), prefirió la ley al arbitrio y la precisión de un orden jurídico a la holgura de una voluntad sin límite. El Derecho y el encuadramiento del orden moral estuvieron entre sus primeras y más urgentes preocupaciones, como dan de ello testimonio estos dos hombres: Alfredo Rocco y Giovanni Gentile.

Rocco, el “guardasigilli” del Estado fascista, no fue el hombre de ocasión que ocupa como de relleno el Ministerio de Justicia, a la manera de un departamento suntuario o de buenas apariencias. Herederos de la tradición jurídica más ilustre del mundo, reverentes con la Jurisprudencia, sabedores de que la Justicia es el eje de marcha de toda comunidad civilizada, Mussolini y su ministro buscan el concurso de las mentes más cultivadas del campo jurídico para plantearse, sin trampantojos, mentiras ni falsificaciones, el problema de la reforma de las leyes anteriores y la promulgación de un nuevo ordenamiento positivo; y su labor, que va desde la reforma del código sustantivo hasta el de procedimiento civil, se realiza de un modo responsable y serio, sorteando la peligrosa mezquindad de silenciar o eliminar ningún valor importante.

En el orden general del pensamiento, Gentile –uno de los hombres del moderno idealismo italiano- preside una larga etapa de la creación mussoliniana. (Por cierto que, apartado luego de la actividad política, disidente, pero fiel, sucumbió a manos de “la resistencia”, oyendo de sus verdugos estas palabras: “No te matamos a ti, matamos tus ideas”.)

Y ni siquiera faltó el contrapeso o la censura de un Benedetto Croce, situado en una oposición franca y decidida, que, respetado en su libertad intelectual, pudo, desde su altura, escribir y desdeñar lo que quiso (y tengo idea de que, si bien nuca lo ocupara, incluso se le respetó su escaño de senador -¡qué distinta, filósofo, la generosidad de unos y otros!-), constituyendo un lujo del fascismo, como, con buen humor, lo calificara un día el propio Mussolini, en conversación conmigo.

* * *

A la luz de estas realidades es como yo sigo viendo a aquel gran hombre que un día cayó para siempre. Entonces su carga humana de limitaciones y debilidades –esgrimida por todas las gentecillas del orbe- comenzó a contar más que su grandeza. Unos se apresuraron a escarnecerle, otros a regatear sus méritos, no pocos a pagar sus buenas obras con la mala moneda del olvido. Eran aquellas las horas en que imperaba en el mundo “civilizado” la mentalidad criminal de Nüremberg, y sus ejecuciones sombrías multiplicaban las defecciones, las “conversaciones” y las ingratitudes.

Entonces un puñado de fieles –fieles religiosa y políticamente-, italianos y españoles, se reunieron para organizar –un poco como en ambiente de catacumbas- una sencilla misa por el alma de aquel hombre, tan aclamado en otros tiempos y confesado por muy pocos después de su muerte. Recuerdo que, en el tercer aniversario, nos reunimos en una iglesia de Madrid regentada por una Comunidad que cuida la liturgia con gran esmero. De pronto, a la hora de la elevación, el órgano –en manos, sin duda, de algún exaltado fascista- atacó de un modo vivaz y jactancioso las notas de “Giovinezza” se ha vuelto a tocar, pero ahora de forma inolvidable y con tal adecuación que a todos nos ha conmovido. Parecía como si el tiempo, en su acción depuradora, hubiera conseguido fundirlo y acomodarlo todo: la unción religiosa y el liricismo civil, el ambiente de intimidad y recogimiento de la capilla donde orábamos y las ásperas emociones de los viejos desfiles y “Adunatas” en Piazza Venecia, en la Vía dell´Imperio o en Foro de Mussolini. El hábil manejo del contrapunto por un organista inteligente hizo brotar lentamente, en una armonización de tonalidad honda y solemne, con afortunadas variaciones temáticas de la misma melodía, la vieja canción que en su estado originario había sido aclimatada al aire libre y al clamor de las multitudes. Así, en este otro tono, el mismo himno ya no resultaba atrevido, sino nostálgico y ritual. Ni distraía nuestra piedad ni turbaba nuestro recogimiento, sino que los ahondaba emotivamente. Y nos relevaba claramente que ninguna razón había ya para no añadir a la ofrenda de nuestras oraciones del himno de una juventud cristiana y de un régimen que reconcilió en Letrán al Estado con la Iglesia.

Era justo y decoroso que aquel himno que jubilosamente saludara tantas veces al Duce entre aclamaciones y banderas, en las horas en que él tuvo la mayor ilusión de su pueblo, contribuyese ahora –dulcificado- a acendrar su recuerdo. Los años no transcurren en balde, y entre la “Giovinezza” irruptora de hace unos años y esta de 1954 algo ha pasado; la pasión se desvanecido y la emoción queda. Lo que fue causa para tomar partido es ya objeto de Historia y de sosegada evocación.

Fuente: Fundación Serrano Suñer

Jacques Doriot: Acto del Parti Populaire Français, Paris 1941

 

Y sobre la formación de la L.V.F  (1941) entre los oradores Marcel Deat y el propio Doriot.