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Testimonio: Mercedes Sanz Bachiller

Testimonio: Mercedes Sanz Bachiller

Procedente de una familia bien vallisoletana, quedó huérfana a los catorce años y entró a estudiar interna en un colegio de monjas francesas de Valladolid. En 1931 se casó con Onésimo Redondo, uno de los fundadores de La Falange. En el año 1936 tenía ya tres hijos y estaba embarazada del cuarto. A la semana de comenzar la guerra, su marido fue asesinado. La noticia le hizo perder el hijo que esperaba. Con este trauma personal a cuestas, ideó y fundó el Auxilio Social, una institución creada para ayudar a los niños y mujeres de ambos bandos víctimas de la guerra.

Soy madrileña de Chamberí. Por casualidad, porque mis padres fueron una temporada a Madrid por negocios. Mi historia es francamente triste. Me quedé huérfana a los catorce años. Mi padre murió cuando yo tenía tres años y un poco después murió mi madre. Mis padres estaban separados, algo un poco raro para la época. Mi padre era un hombre de una inteligencia privilegiada y con una imaginación extraordinaria. Debió morir con treinta y pocos años, y ya había ido tres veces a Argentina. Esto ahora es normal, pero entonces no lo era. Se tardaba un mes en ir a Argentina. Era un espíritu inquieto, un aventurero con ganas de conocer el mundo y de no quedarse en el pueblo. Nació en Montemayor de Pililla, en Valladolid.

Mi madre era una mujer de terruño. Muy amante del campo, pero del campo de labrar. Mi familia era gente de fincas y de mulas y vacas. Yo continué con esa afición. Luego tuve la suerte de casarme con Onésimo, que también era un hombre de campo. Primero hizo las oposiciones a abogado del Estado, pero le suspendieron en el último ejercicio, injustamente, en mi opinión, porque ya estaba totalmente involucrado en una línea de derechas. Entonces se dedicó a organizar el sindicato de remolacheros de Castilla la Vieja.

En esos días los fabricantes de azúcar abusaban de los agricultores y pagaban la remolacha a muy bajo precio. Onésimo creó un sindicato que reunía a todos los agricultores (de Valencia, Zamora, Valladolid, Segovia...) y se pusieron de acuerdo para no sembrar en todo un año. El equivalente a una huelga. Eso puso a las fábricas en una situación difícil. Al final llegaron a un acuerdo y se empezó a pagar más del doble de lo que se estaba pagando anteriormente por la tonelada de remolacha.

Mi madre murió cuando yo tenía catorce años. Yo había ingresado interna en el colegio de las monjas francesas a los nueve. Creo que mi madre ya no se encontraba muy bien y quiso que estuviese habituada al internado para que cuando ella desapareciese el tránsito fuera menos duro. Mi tutor era un hombre muy recto y frío. Bellísima persona y muy caritativo, pero no era cariñoso. Así es la vida. El problema fue que no tenía casa. Bueno, casas tenía, era propietaria de casas, pero no tenía hogar. Es muy distinto una casa a un hogar. Era una chica de catorce años sin padre, sin madre, sin hermanos, sin tíos, sin abuelos... sin nada. ¡Qué iba a tener! Además, mis casas eran de muchas habitaciones, con paneras, corrales, bodegas... imposible vivir sola ahí. Eso sí, tenía muchas amigas. Yo era simpática, abierta y estaba ávida de cariño. Las niñas me adoraban. Todo el mundo decía: «Merceditas puede venir el domingo a casa». Se salía un domingo sí y otro no, y todas se peleaban porque fuera a su casa el domingo que me correspondía. Pero mis grandes amigos, los que me acogieron en su casa y fueron como mis segundos padres o mis tutores, fueron los Alonso Las Heras Pimentel, una familia de Valladolid muy importante, que habían sido ya amigos de mis bisabuelos por asuntos de fincas y cosas de esas. Vivían en una casa que era del Banco Hispanoamericano.

Un hermano de Onésimo, el mayor, era el director del banco y, como tal, tenía derecho a un piso en la misma finca. Era una casa magnífica y muy bonita. En la puerta de al lado vivían los Alonso Pimentel. Los domingos que me tocaba iba a su casa llegaba siempre a la hora de almorzar y, a esa misma hora, llegaba Onésimo, que vivía con su hermano. Siempre coincidíamos en el ascensor.

Un día Onésimo le dijo a don Millán Alonso Pimentel: «Viene de vez en cuando a casa de usted una chica con uniforme negro... Es tan mona, que la querría yo conocer». Y él le contestó: «Pero si es que le conviene a usted como novia esa chica». «Pero si no la conozco», dijo él. «Mire, es una chica huérfana que está interna en las francesas, que es el mejor colegio de Valladolid. El sábado que viene pase usted a tomar café y así la conoce». Don Millán era, además, el presidente del sindicato remolachero, de manera que conocía muchísimo a Onésimo. Ese sábado apareció y, después de tomar café, me dijo: «¿Tú vas a misa?» «Sí, todos los días» contesté. «Pues yo también. ¿Y a que misa vas?» Afirmé: «Voy a misa de nueve a los jesuitas». Me dijo: «Pues nada, mañana nos vemos allí». Al día siguiente nos vimos en misa. Yo tenía entonces 18 años. En aquella época, para poder comulgar no se desayunaba. Íbamos en ayunas y, generalmente, cuando un chico quedaba en verte en misa, tenía luego la delicadeza de invitarte a desayunar un chocolate con churros o algo así. Era un momento feliz para una chica. Así que me invitó a desayunar y luego me dijo: «¿Por qué no damos un paseo por aquí, por el Campo Grande?» Y mirándome, mirándome, me preguntó: «Oye, Merceditas, ¿tú te querrías casar conmigo?» ¡Así lo dijo! Entonces me quedé mirándole y le dije: «¡Pues sí!» Onésimo era un hombre apuesto, moreno, tenía en aquel momento 25 o 26 años. Tenía los hombros más bonitos que los de su amigo José Antonio Primo de Rivera, que era un poco más caído de hombros. Yo le veía muy atractivo. Además, yo estaba tan sola... sin padre, sin madre, sin nada, que cuando me dijo aquello, me gustó y pensé: «De todas maneras, en estos meses también puedo reflexionar y decir que no más adelante. Todavía no vamos al altar, así que hay tiempo».

Fueron poco más de seis meses de noviazgo. Yo me enamoré realmente de Onésimo por sus cartas. Tuvimos un noviazgo en el que él tenía muchísimo trabajo con el sindicato. Viajaba sin parar y las cartas que me escribía eran literariamente tan bonitas... Una manera de expresar el amor y la bondad... Porque él era una persona muy virtuosa en todos los sentidos y, además, era apuesto, algo que siempre gusta a una mujer. Yo tenía 18 años y tampoco estaba mal.

Nos casamos el 11 de febrero de 1931 y el 10 de agosto de 1932 se produjo el movimiento militar de Sanjurjo. A Onésimo le vinieron a buscar y le dijeron: «Vete de España, porque van a venir a matarte». Él no había formado parte del movimiento, porque no era militar, pero sí era simpatizante. Se marchó a Portugal, a Curía, y, poco después, fui yo. Hasta que me marché estuve viviendo ocho días en una finca de los Calero. Era una finca de secano a la que se accedía por un camino de tierra. Si venía un automóvil, levantaba mucho polvo y se veía de lejos. Entonces me escondían en la buhardilla.

Cuando llegué a Portugal, los jesuitas nos dejaron una de sus habitaciones. Onésimo era abogado, pero esos días sólo cobraba lo poco que le llegaba del sindicato remolachero. Bueno, también tenía lo del bastanteo que hacía para el banco de su hermano, consistía en hacer una valoración del patrimonio de la gente que moría. Se pagaba muy poco, pero bueno, también la vida era distinta y éramos jóvenes.

Yo estaba siempre regateando con las portuguesas. «Un coello, que era un conejo, tres escudos». Y yo les decía: «¡Con uno y medio tienen de sobra!» Esos años salió mucha gente de Madrid por miedo. Era gente de dinero que vivía en el hotel de Estoril a todo lujo. Nosotros vivimos primero en el hotel Londres gracias a las rentas de mi patrimonio, pero al poco tiempo, ya no podíamos gastar tanto y nos fuimos a una pensión muy buena. Los portugueses son muy respetuosos con quienes tienen una carrera universitaria. El doctor Onésimo era para ellos una persona importante. Le llamaban el Señor Doctore. Íbamos a tener una niña, mi hija, que tiene ya setenta años, la actual condesa de Labajos. Nació en una pensión y, además, con fórceps y sin ninguna anestesia, ¡y con un cuarto de baño que tenía que compartir con alguno de los otros señores de allí! He pasado muchas cosas. ¡Y que todavía la gente me criticase después por casarme de nuevo!

Onésimo murió el 24 de julio en el pueblo de Labajos. Lo mataron una semana después de producirse el alzamiento militar. Yo creo que fue una cosa preparada. No sé. Hay un gran misterio alrededor de esto. No se sabe si hasta lo asesinó alguien casi nuestro... Es una barbaridad decir esto, pero José Antonio estaba en la cárcel, había cierta rivalidad entre las JONS y La Falange, y la verdad es que Onésimo el día anterior había ido y vuelto sin tener ningún problema. Iba al Alto del León a dar ánimo a los combatientes falangistas. Fue en coche con su escolta, bueno, con un chico, porque a él no le gustaba llevar escolta, con el conductor, que era un íntimo amigo, y con su hermano Andrés Redondo, que luego lo sustituyó como jefe de La Falange. Ellos tres se salvaron, se metieron por los trigos y pudieron escapar. Pero él no, porque, además, les hizo frente.

Sucedió así: Al llegar a Labajos les pararon unos individuos que iban en un camión vestidos con camisas azules. Dijeron que eran de la columna de Mangada, pero la verdad es que no se sabe quienes eran. Se detuvieron, porque el camión de los milicianos estaba atravesado en la carretera, de manera que el coche no podía continuar. Entonces empezaron a pegarles tiros.

«¡Al de los cordones! ¡Al de los cordones!», gritaban. Lo decían por Onésimo, que llevaba cordones. Primero le hirieron en las piernas y cayó. Desde el suelo, les decía a sus asesinos: «Estáis confundidos, yo no vengo en contra vuestra. Yo vengo a liberaros de muchas cosas que no son justas. Jamás mataré a un hombre con alpargatas». Eso lo decía siempre, porque la alpargata era el calzado habitual de la gente más humilde. Entonces dijeron: «Dale en la cabeza». Y lo remataron. Lo dejaron tirado en el suelo, cubierto de sangre. La vida es así. Hacía tres días que había salido de la cárcel de Ávila.

Me quedé viuda con 25 años. ¡Era una niña! Y con tres hijos. Había tenido ya un aborto y cuando me enteré de que lo habían matado perdí también el hijo que esperaba. De manera que tuve cinco embarazos en cinco años y medio y, además, otra vez estaba sola. O sea que la guerra, para mí, tuvo siete días de felicidad. ¡Qué poco me duró la felicidad! En esos primeros días pensábamos que la guerra iba a durar una semana o una batalla, poco. Jamás pensamos en una guerra civil. Yo enseguida me puse a trabajar. Como creíamos que sería una cosa breve, al Auxilio Social le pusimos el nombre de Auxilio de Invierno. Javier Martínez de Bedoya era ya mi más estrecho colaborador, pero no éramos novios ni nada. Viví los tres años de guerra dedicada en cuerpo y alma a Auxilio Social. Después de la guerra, en el año 1939, me casé por segunda vez con Javier. Yo tenía ya 29 años. Mi boda fue muy criticada, porque yo entonces era la viuda de un héroe. En aquel momento, a Onésimo se le consideraba un héroe con una gran exaltación y con un gran reconocimiento. Sin embargo, hoy ya casi nadie sabe quién es Onésimo Redondo.

Javier era un discípulo de Onésimo. Trabajábamos juntos y nos enamoramos. Tenía un año menos que yo y cinco menos que Onésimo; era mucho más joven. He sido felicísima con él. Hemos cumplido cincuenta años de matrimonio, que ya es raro. Era hijo de un notario y cuando le dijo a su padre: «Mira, me voy a casar con Mercedes», él le dijo: «Ya sabes lo que queremos a Mercedes en esta casa, la queremos muchísimo, pero piensa, hijo mío, que tiene tres hijos, y te quedas con una carga grande». Él dijo: «Eso es precisamente lo que me lleva al matrimonio. Quiero ser el padre de los hijos de Onésimo. La persona que más he querido en este mundo y que más admiro».

El 30 de octubre de 1936 se inauguraron ocho comedores de Auxilio de Invierno. Era tal la fe que se tenía en la guerra y tan grande el deseo de liberarnos del comunismo, que la gente no es que respondiese con toda su alma, respondía con todo su corazón, con toda su mente y con todo. Así es más fácil hacer las cosas. Recibí ayudas y colaboración de todo el mundo. Mi única enemiga, porque fuimos un poco enemigas, fue Pilar Primo de Rivera. Son pequeñas cosas que hay en la vida. Nos queríamos mucho, pero tuvimos problemas porque ella era muy absorbente y yo era mujer y tenía el Auxilio Social y ella quería que todo lo que hiciese una mujer le perteneciera y eso no era así. Yo siempre digo que era más inteligente de lo que parecía. No era tonta y estaba preparada. Era la hija de un dictador y en su casa no se respiraba precisamente un ambiente analfabeto, sino todo lo contrario. Pero era mucho menos humilde de lo que la gente creía porque la veían vestida, no mal, descuidada. Yo consideraba que la mujer debía ser siempre femenina, pero ella no. Tenía un poco de calva la pobrecilla, pero no era tan fea. No era ni tan tonta ni tan humilde. Era descuidada. Es una cuestión de coquetería.

Dicen que yo copié el Auxilio Social de Alemania. Mi idea original fue dar de comer a los niños de España. Yo no había estado nunca en Alemania, y, además, como se puede comprender, de julio a octubre no me moví prácticamente de Valladolid. ¡Si no se podía pasar! ¡Estábamos prácticamente en guerra mundial! Surgió de una manera espontánea. Yo pensaba: «¿Cómo vamos a permitir que los niños pasen hambre?» Pasaban hambre sencillamente porque sus padres habían sido rojos y estaban en la cárcel o porque sus padres habían muerto en el frente. Lo merecieran o no, así era. Entonces pensé: «¿Quién llevará el pan a esos hogares? Nosotros tenemos que sustituir esto por algo que ayude a estos niños a comer». Para mí, entre los niños no hay rojos, ni blancos, ni azules, ni morados. Para mí, el niño es el niño, sea de la clase que sea, y lo mismo me da que proceda de una familia anarquista, que su padre esté en la cárcel o que haya muerto en el frente. Más motivo para darle de comer. Entonces se nos ocurrió la idea de las huchas. Eso sí fue por imitación. Javier lo había visto en Alemania y se le ocurrió copiarlo. En nuestras huchas ponía «Auxilio Social» con unas letras que nos había hecho un dibujante alemán. Parece una bobada, pero era importante que estuvieran bien diseñadas, con un emblema que se viera bien y que la gente reconociera. Hoy esto está a la vista de todos pero entonces todavía no. Con esto se recaudó mucho, pero no era suficiente, de modo que creamos «la ficha azul», una especie de suscripción que te pasa el banco y no te das ni cuenta. Con eso, poquito a poco, se hace mucho. Luego, además, tuve una importantísima ayuda del exterior. Eso sí que lo monté yo, con Carmen de Icaza.

Carmen de Icaza, era mayor que yo y guapísima. Era hija de un embajador mexicano que se había casado con una española, una mujer muy rica y muy guapa, que dicen que fue el amor de Alfonso XII. Conocía a muchísima gente; había vivido en Alemania siendo su padre embajador. Hablaba muy bien el alemán y el inglés. Yo dominaba el francés. Con ella organicé los Comités de Ayuda a Auxilio Social. Uno de los comités estaba presidido por la reina Victoria Eugenia, que vivía en Londres. La finalidad de esto era que la gente del extranjero colaborara, porque en aquella época nuestra guerra era una de las cosas más importantes que estaban pasando en el mundo, de manera que si se organizaba un garden party o una obra de teatro, se hacía a beneficio de Auxilio Social. También se hacían rifas presididas por personas importantes, que son las que tienen amistades, lo lógico. También me ayudaron mucho los cuáqueros. Son una especie de religión que no son ni católicos ni judíos, pero son amigos de la humanidad, de los necesitados. Son muy generosos. Sólo nos pusieron una condición: que la misma ayuda que diesen para la zona nacional la querían hacer para la zona roja. A mí me pareció bien. Para mí todos eran españoles. Entonces, de cada barco que llegaba a Alicante, la mitad era para Auxilio Social y la otra mitad para la zona roja. A medida que se iba extendiendo la zona nacional, nos correspondía una proporción mayor de lo enviado. Esto no fue cualquier cosa. Tuvimos barcos enteros, ¡barcos! Es bonito y también es historia.

Una cosa verdaderamente tremenda fue encontrarme con muchas niñas y jóvenes que se habían quedado embarazadas de los soldados. Unos serían de la parte nacional y otros de la parte roja, daba lo mismo. Entonces hicimos una maternidad. Con esto también tuve problemas con Pilar Primo de Rivera. En aquel momento eso de ser madre soltera estaba bastante mal visto. Los conventos y las instituciones religiosas, de las que también sufrí muchas críticas, no las acogían porque no tenían fondos, y por otros motivos. Entonces, estas mujeres venían a mí, y Pilar se indignaba. Yo le decía: «Piensa que tú eres soltera y que no has pasado por la experiencia de tener hijos. ¡Que yo he tenido cuatro, hija mía! Y entonces, una chica de este tipo, cuando se acerca a mí, me habla, o yo le puedo hablar, de una manera que tú no puedes: primero, porque algunas cosas las desconoces y, segundo, porque hasta te da cierto pudor. En mí confían de una manera más amplia, así que tenemos que poner esa maternidad». Yo creo que llegó a comprenderlo. Pilar sólo me llevaba dos años, pero no era cuestión de la edad. Eran mi experiencia y la suya, que era nula. Yo era una mujer muy moderna para mi época, quizás porque mi formación era francesa y Francia siempre ha ido un paso por delante.

Cuando terminó la guerra en el año 39 me casé y, a los diez meses, tuve otra hija, de manera que para mí la vida cambió totalmente. No obstante me han seguido ocurriendo cosas interesantes y he seguido conociendo a mucha gente.

Al acabar la guerra, Franco se encontró con una España deshecha, quemada por todas partes, y lo primero que tuvo que hacer fue reparar las vías de comunicación, los edificios y dar de comer a la gente. Tuvimos ayudas, claro. Una de ellas de Argentina. Vino Eva Perón y me encargaron atenderla todo el tiempo que estuviera en España. Era una mujer interesante. Era fuerte, orgullosa de haber triunfado, porque no cabe duda de que triunfó y, claro, como había sido vedette, tenía cierta coquetería. Hacía preguntas interesantes. Me acuerdo que me dijo: «¿Usted qué cree: Es mayor la mortalidad entre los hijos de las mujeres que trabajan, o entre los de las que no trabajan?»

La guerra fue absolutamente inevitable. Toda Asturias estaba armada, pero armada en milicias organizadas. Y Rusia quería apoderarse de España. La prueba es que sin la ayuda de Rusia la guerra no hubiera durado ni un mes. Lo que me da pena de la juventud actual es que no pueda comprender la Guerra Civil. No era, ni mucho menos, un deseo de ir unos socialistas frente a unos falangistas... No era eso. La Guerra Civil fue una estrategia, sobre todo de Rusia, que entonces era la gran potencia, para apoderarse del Mediterráneo. Nosotros hicimos la guerra para que España no fuese una Albania. Para eso la hicimos. Los que nos levantamos lo veíamos así. La fe, el entusiasmo y el horror de entrar en el comunismo hicieron milagros. Se ganan muchas batallas por amor y por decisión.

Al acabar la guerra quedó una simiente comunista. Franco debió estar tres o cuatro años más, hasta consolidar una democracia, y luego debió marcharse. Quizás el poder hace más que la ambición. Era un hombre honrado, pero no cabe duda de que le pudo el poder.

Publicado en El Mundo

Testimonio: Manuel Valdés Larrañaga

Testimonio: Manuel Valdés Larrañaga

Amigo íntimo de José Antonio Primo de Rivera, fundador de la Falange Española y miembro de su primer Consejo Nacional. En febrero de 1936, fue detenido junto a José Antonio y otros destacados dirigentes de la Falange. Al comenzar la guerra se encontraba en la cárcel Modelo de Madrid, pero se libró milagrosamente de la muerte. Desde la cárcel organizó el espionaje y el servicio de información de la falange en Madrid, lo que se llamó la quinta columna. Después de la guerra desempeñó importantes cargos políticos y fue nombrado embajador.

Estudié arquitectura en Barcelona y Madrid. Soy doctor en Arquitectura. Fui muy aficionado al deporte y llegué a ser campeón nacional de natación. Desde muy joven me dediqué a la política y milité en organizaciones monárquicas, hasta que, en 1931, conocí a José Antonio Primo de Rivera, del que me hice amigo íntimo. En 1933 se fundó Falange Española. Yo formé parte de su primer Consejo Nacional. Luego fui el primer jefe nacional del SEU y el miembro más joven de la Junta Política de la Falange que, al poco de iniciarse la guerra, se vio sensiblemente reducida por los asesinatos en la cárcel Modelo de Madrid. Yo también estaba allí, pero me libré milagrosamente de la muerte.

En las elecciones de febrero de 1936 me presenté por Asturias en la candidatura de Falange. La campaña electoral que hicimos por toda la región asturiana fue un éxito y sirvió para darnos a conocer como un movimiento nuevo y muy distinto a lo que significaba la CEDA, muy vinculada en el Principado al viejo caciquismo rural. Debido a lo exiguo de nuestros medios económicos, nuestra pretensión era exclusivamente de propaganda y de presencia política, sin esperar un resultado importante de votos. Sin embargo, quedó izada nuestra bandera de enganche, y bien alta, como la historia se encargó de demostrar.

El día de la fundación de la Falange Gallega, José Antonio me manifestó su descorazonamiento por las pretensiones meramente electorales de los gallegos con la siguiente frase: «los que nos quieren no nos comprenden y los que nos comprenden no nos quieren». Para poner remedio a este estado de cosas, en los actos públicos de la campaña asturiana puse en práctica la siguiente táctica: de entrada, los teloneros lanzaban un ataque frontal a la CEDA por su vinculación al progresismo masónico, lo que producía la inmediata salida del acto de los caciques del lugar, dando entrada, movidos por la curiosidad, a los que habían quedado fuera. Esto originaba un interesante cambio de público.

Al regresar a Madrid tras las elecciones y temiendo la persecución que se preveía contra nosotros, me fui a vivir a casa de un amigo. Pese a todo, fui detenido el 13 de marzo de 1936. Al llegar a la dirección general de seguridad ya se encontraban allí detenidos José Antonio y otros miembros de Falange. Al día siguiente ya estábamos en la galería de presos políticos de la cárcel Modelo de Madrid. Para no dejarnos libres se nos procesó con la pretensión de declarar asociación ilícita a Falange. También se nos quiso procesar como encubridores de los asesinos del catedrático de Derecho Jiménez de Asúa, llevado a cabo por algunos de sus propios alumnos, que, si bien algunos eran simpatizantes, no tenían dependencia o filiación con Falange.

La vida en la cárcel antes del 18 de julio estaba perfectamente programada. José Antonio había elaborado un plan que comenzaba con la misa a las ocho de la mañana. Como los políticos no estábamos sujetos a los horarios de los presos comunes, bajábamos al patio cuando lo desalojaban los demás reclusos. Aparte de las visitas en el locutorio general, recibíamos visitas en horas extraordinarias con la autorización previa del director. Las tardes las dedicábamos al estudio y la lectura. La comida nos la servían de distintos restaurantes de Madrid. A veces era el cocinero del suegro de José Antonio el que nos la servía. Finalmente, para simplificar, nos la traían de una taberna próxima de un tal Ananías, un personaje judaizante y cobarde, que cuando la cárcel pasó a manos de los milicianos denunció que Alejandro Salazar era quien pagaba nuestra comida, lo que le costó la vida a Alejandro.

Al Gobierno le inquietaba el gran número y la calidad de las personas que visitaban diariamente a José Antonio, y decidieron trasladarlo a la cárcel de Alicante, feudo político del director general de seguridad y de la propia masonería a la que él pertenecía. La sorpresa por el traslado y lo intempestivo de la hora dieron lugar a un duro enfrentamiento entre José Antonio y el propio director de la cárcel, el sr. Elorza, que ordenó maniatarle. José Antonio respondió diciéndole: «Con la misma cuerda que manda atar a sus detenidos algún día le ahorcarán».

El distanciamiento físico no pudo entorpecer la normal comunicación entre José Antonio, su Junta Política y los que trabajaban en la calle, ahora dirigidos por su hermano Fernando. Día a día seguíamos los preparativos del Movimiento. Tuvimos varias reuniones para discutir la conveniencia o no de que Falange participara en el Movimiento. Yo era de los que defendía nuestra participación, ya que partía del principio de que nuestra gente, participáramos o no, iría de todas formas al Movimiento. Gracias a confidentes, también teníamos informaciones precisas de cómo iba evolucionando la política en el campo marxista, así como de sus propósitos. Entre estas informaciones nos llegó una que nos pareció disparatada y que, tristemente, luego se confirmó: el propósito de crear Tribunales de Salud Pública, vulgarmente llamados Chekas.

Gracias a estos canales, el día 16 de julio por la tarde recibimos una comunicación de puño y letra de José Antonio en la que se nos anunciaba que el 17 por la noche comenzaría el Movimiento en Marruecos. La suerte estaba echada. Sabíamos que de no triunfar rápidamente el Movimiento en Madrid la junta política de Falange quedaría en una difícil situación que, como poco, nos llevaría a ser los últimos en ser liberados.

A partir del 18 de julio el panorama cambió radicalmente: se suprimieron las visitas, nos quitaron los aparatos de radio, se limitaron los paseos por el patio y los oficiales de prisiones se volvieron hoscos y represivos.

Entre nosotros crecía la angustia al ver que pasaban las horas y los días sin que la guarnición de Madrid se movilizara. Por fin, el día 20 tuvimos conocimiento de que el general Fanjul se encontraba en el Cuartel de la Montaña con todo listo para ponerse al frente de la sublevación de Madrid. El general, más político que militar, en vez de asumir una sublevación con todos los medios a su alcance, se limitó a encerrarse en el Cuartel, reduciendo el hecho a un pronunciamiento decimonónico que fue resuelto con escasos tiros y funestas consecuencias. El pensar que con una simple cuartelada cumplía con su compromiso de conjurado fue un error que costó muchas vidas entre presos políticos y militares y la suya propia. Con su fusilamiento en los primeros días de agosto se inició una larga serie de juicios y ejecuciones entre la guarnición militar de Madrid.

Visto lo visto, me pregunto si no debió ser el general Villegas el que se pusiera al frente de la sublevación con un plan de actuación militar que supiera unir a la totalidad de las fuerzas y que hubiera sabido sumar a la Guardia Civil y a los guardias de asalto. Un plan que se hubiera ejecutado el mismo día 18 de julio, aprovechando el desconcierto de las primeras horas y el compromiso de la totalidad de las unidades y la sagrada hermandad de la familia militar. La valiente comparecencia de todos los jefes y oficiales ante los tribunales que juzgaron la rebelión demostró que había auténtica madera para haber escrito una página gloriosa de haber tenido el mando adecuado. Lo que hubiera evitado una guerra civil y mucha sangre.

Desde la cárcel oímos perfectamente el tiroteo desde primeras horas de la mañana hasta su término al mediodía. Después se hizo un silencio que quedó roto por la llegada a la Modelo de los coches de la Guardia de Asalto repletos de militares de todas las graduaciones que venían en un estado lamentable. En días sucesivos se fue incrementando la llegada de detenidos tanto civiles y militares como políticos hasta convertirse en una auténtica riada humana.

Entre los políticos que ingresaron había desde ex ministros, hasta ex presidentes de gobierno, pasando por líderes de partidos políticos, republicanos incluidos. Todos ellos fueron fusilados en los siguientes meses sin juicio previo. Entre ellos estaba Melquiades Álvarez, fundador del Partido Reformista, un santón de la democracia y del republicanismo que, por un extraño conducto, recibía incluso prensa extranjera. Del periódico francés Le Temp nos leía con énfasis decimonónico la marcha de las operaciones militares. Cuando nos leyó el paso del estrecho de las unidades nacionales, lleno de entusiasmo y admiración por el general Franco, exclamó: «¡Éste va a ser un segundo Espartero!» Refiriéndose a la que él consideraba la máxima figura de nuestra historia moderna, el fundador del progresismo en España.

Para juzgar a la guarnición de Madrid se constituyó un tribunal especial presidido por un magistrado, Mariano Gómez, y completado con un jurado popular formado por milicianos del PSOE, de las JSU y de la Agrupación Anarquista. Por su actuación sangrienta y desalmada se la conoció como La Columna Gómez.

El día 22 de agosto, los presos comunes, atendiendo a un plan instrumentado entre La Pasionaria y un recluso comunista conocido como Doctor Muñiz, simularon un incendio en el cual quemaron los ficheros, mataron a algún oficial de prisiones y posteriormente escaparon. La huida del resto de los funcionarios permitió la entrada de grupos, previamente organizados, gritando que los presos políticos y los militares sublevados querían escaparse. Así la cárcel quedó en manos del populacho y nosotros a su absoluta merced.

Al día siguiente, desde las ventanas de la galería de políticos, vimos cómo alguno de los presos comunes que abandonaban la cárcel prendía fuego al cuarto donde estaban los ficheros. Aquel día ni salimos al patio ni comimos y, a partir del medio día, ya no vimos a ningún oficial de prisiones. A media tarde, desde las ventanas y azoteas de las casas contiguas, comenzó el ametrallamiento del patio de la 1ª galería, donde estaban ubicados los militares sublevados, provocando un muerto y varios heridos. Al mismo tiempo, en nuestra galería irrumpieron una especie de comisarios que trataban de atemorizarnos diciendo que habían quemado la cárcel (sin decir quién) y que no sabían lo que allí podía pasar. Más tarde, cuando casi había anochecido, entraron milicianos armados con mosquetones y pistolas y se apropiaron de todo aquello que pudiera tener algún valor. El registro nos dejó perplejos y sospechamos que algo grave podía pasar. Ya de noche y entre la luz de las velas con las que paliábamos la falta de luz eléctrica volvieron a irrumpir otra vez los milicianos diciendo: «no queremos vuestro dinero, queremos vuestras vidas». Entre culatazos nos trasladaron a la 1ª galería, que había quedado desierta, ya que a todos los militares detenidos se les había ubicado en el patio.

El espectáculo recordaba a las estampas de la Revolución Francesa: ex presidentes del Gobierno, ex ministros, políticos, aristócratas y presos en general tirados por el suelo o medio sentados esperando su suerte. Reflejando en sus rostros la angustia de una muerte segura. Frente a nosotros, milicianos y mujerzuelas que se paseaban entre los presos con un morboso deseo de sangre.

Entre los milicianos que pululaban había unos campesinos de Jaén que llevaban sombreros de paja de ala ancha y otros de tipo más urbano con pañuelo rojo al cuello y zapatos 'entaconados', que parecían proceder de los barrios bajos de la capital. Había también mujeres desgreñadas de ojeras grisáceas que nos miraban como si fuéramos seres extraños. Todos ellos como emergidos de las entrañas de la tierra. Seres a los que no había visto antes, ni volvería a ver.

Hacia medianoche, después de un detenido reconocimiento hicieron la primera saca eligiendo a los de más edad: Martínez de Velasco, ex presidente del Gobierno y ex ministro; Melquiades Álvarez, ex presidente de la cámara de diputados; Álvarez Valdés, ex ministro de justicia y el Dr. Albiñana, fundador del Partido Social Popular. Los cuatro ancianos subieron la escalera con la mirada perdida, insensibles a los culatazos de los milicianos y a los insultos de las mujeres. Al cabo de una hora oímos la descarga de su fusilamiento. Más tarde supe que durante esa hora los milicianos hicieron, según su manera y estilo, una especie de juicio sumarísimo popular antes de proceder a fusilarlos en los sótanos de la cárcel.

Un buen rato después hubo otra saca que incluía también a ex ministros y parlamentarios. Y, ya casi al alba, se produjo una tercera, de la que no pudieron librarse ni Andrés de la Cuerda, secretario de José Antonio, ni su propio hermano Fernando Primo de Rivera, entre otros.

Durante aquella interminable noche toda mi obsesión era buscar la manera de que al día siguiente se pudiera identificar mi cadáver, por lo que decidí anotar mi nombre en la camisa. Luego pensé que había hecho una estupidez e intenté borrarlo. Me vino la idea de que si llegaba el amanecer podría salvarme. Y así fue. También pensaba en las tropas del general Franco, que no podían estar distantes, ya que sabíamos que ese mismo día se habían librado combates en Maqueda, un pueblo de la provincia de Toledo.

A primera hora de la mañana se nos hizo saber que podíamos estar tranquilos, que se habían acabado los fusilamientos. Unos tribunales especiales nos juzgarían a todos los presos políticos y el que no tuviese una culpabilidad determinada se iría a su casa o al frente.

Desde aquel 22 de agosto nuestra situación cambió sustancialmente. El personal de prisiones fue sustituido por milicianos del PSOE y de las agrupaciones anarquistas. La dirección de la cárcel pasó a manos de un político marxista y las sacas nocturnas continuaron.

El comienzo de la guerra había coincidido con la celebración en una plaza vecina a la cárcel de una de las típicas verbenas de barrio. A pesar de los acontecimientos no fue trasladada y todos los días oíamos la musiquilla del tiovivo que, indiferente a nuestra tragedia, nos recordaba como la vida seguía.

A los pocos días comenzaron los juicios, para lo cual necesitaban rehacer los ficheros de los detenidos. Al preguntarme por mi nombre dije llamarme José María Batllé Larrañaga y surtió efecto el engaño, ya que cuando al poco tiempo comparecí ante la cheka lo hice bajo esa supuesta identidad. Dije ser un aparejador de Bilbao de paso por Madrid al que habían detenido en un café de la calle de Alcalá por indocumentado. Debieron creerme, ya que mi comparecencia no tuvo consecuencias. No fue así para tantos otros que eran llamados ante el siniestro tribunal a cualquier hora del día y de la noche. Esto hizo que la vida entre septiembre y octubre se convirtiera en una auténtica tortura. Por la noche sólo conseguíamos conciliar el sueño a medias, porque el menor ruido de pasos sobre el suelo metálico nos hacía despertar sobresaltados. Esto podía pasar hasta dos y tres veces en una misma noche. La emoción y curiosidad que experimentábamos son de muy difícil descripción. Cuando los pasos se acercaban a la altura de nuestra celda... y luego seguían... O cuando se detenían en puertas próximas... O cuando la que abrían era la nuestra y preguntaban por alguno de los allí presentes.

Al irse acercando las tropas nacionales a Madrid los trabajos de la cheka fueron acelerándose y extendiéndose desde primeras horas de la mañana hasta bien avanzada la noche. Llegó un momento en que las sacas se hacían a suertes sobre el fichero, de manera que un día les tocaba a los de la C y otro a los de la R. Comenzaron, además, a sacar a mucha gente de la cárcel. Los menos para ser trasladados a otras, los más a un destino mucho más siniestro: Paracuellos del Jarama.

A principios de noviembre se produjo la llegada a la cárcel de la Brigadas Internacionales y
al poco tiempo, la víspera del ataque nacional por el Puente de los Franceses, de la columna
de Durruti. El ruido de los transportes militares y la intranquilidad que nos produjo aquella
situación nos hizo pasar la noche en vela. Efectivamente, a la mañana siguiente, la cárcel
comenzó a ser bombardeada, hecho que fue aprovechado por algunos para escapar. Otros se
refugiaron en los tejados esperando la llegada salvadora de las tropas nacionales, pero fueron
apiolados allí mismo. Algunos se ofrecieron como camilleros y consiguieron escapar e incluso
pasarse a las líneas nacionales en pleno ataque. En medio de ese caos llegó herido el propio
Buenaventura Durruti, que tras ser asistido, volvió al frente de su columna. Al terminar la
mañana, en camilla, y escoltado por un grupo de anarquistas, volvió su cadáver. Al parecer, con
algunos tiros en la espalda.

Al renacer la calma a la mañana siguiente, se decidió evacuarnos a la totalidad de los presos.
Sin haber amanecido aún se nos mandó formar en la galería advirtiéndonos de que dejáramos
cualquier utensilio personal con el pretexto de lo limitado del espacio en los autobuses.
Todo indicaba que nuestro destino era Paracuellos y, efectivamente, la columna de autobuses
enfiló por la calle de Alcalá. Al llegar a la altura del Retiro, la columna recibió ordenes nuevas y
cambió de dirección. Milagrosamente fuimos realojados en la cárcel de Porlier. Luego supe que
aquella mañana nuestro traslado fue imposible debido al intenso bombardeo que estaba
sufriendo la carretera que llevaba a Paracuellos, prolongación de la calle de Alcalá.

En Porlier nos alojaron en un sótano al que llamaban Galería Provisional en unas condiciones
higiénicas y de hacinamiento terribles. A los pocos días estuve a punto de ser puesto en
libertad gracias al encargado de negocios de la Embajada de Argentina en Madrid, pero en el
último momento aquello se frustró debido a la casualidad de que el funcionario que vino a
buscarme había estado anteriormente destinado en la Modelo y descubrió mi auténtica identidad.

Justo cuando peor parecía que iba a irme, todo quedó olvidado gracias a que en ese
momento la autoridad carcelaria destapó, en medio de un gran revuelo, una trama de mercadeo
con la libertad y la vida de los internos por parte de los responsables de la cárcel, que fueron
inmediatamente depuestos y, a su vez, encarcelados. Esto me permitió volver a ser por un
tiempo José María Batllé y ser trasladado a la 6ª galería, en unas condiciones mucho mejores.
Incluso me entregaron un petate para dormir.

A finales de abril del 37 me trasladaron inesperadamente a la cárcel de Duque de Sexto,
donde se me comunicó que iba a ser juzgado sumarísimamente por rebelión militar bajo mi
auténtica identidad. Tras un aplazamiento, que me permitió preparar mi defensa, fui juzgado y
condenado a veinte años de internamiento en un campo de trabajo por auxilio a la rebelión,
algo muy distinto a la inicial petición fiscal de pena de muerte. Indudablemente la deriva que
había tomado la guerra había hecho que las condenas se vieran suavizadas por la prudencia.
Este criterio no debía de ser compartido por Cazorla, el Director General de Seguridad,
quien ordenó mi secuestro y traslado a una cárcel clandestina en un palacete de la calle Serrano.
Salvé la vida gracias a que en una dependencia cercana se hallaba también secuestrado Raimundo Fernández Cuesta. Para combatir la piorrea usaba un colutorio que le preparaban en
una determinada Farmacia. Raimundo convenció a sus captores para que se lo proporcionaran
y el farmacéutico, al serle requerido, se dio cuenta de que el destinatario no podía ser más que
Fernández Cuesta. Tirando de ese hilo y con la activa colaboración del Ministro de Justicia Irujo
dieron con nosotros y fuimos devueltos a nuestras respectivas cárceles.

El episodio de mi juicio y posterior secuestro y liberación despertaron en el director de la
cárcel una reacción de humana simpatía y de respeto, que se materializaron en una serie de
favores, visitas y contactos con el mundo exterior que fueron para mí de extraordinario interés. Gracias a esto, pude ser trasladado al Hospital Prisión, un lugar mucho más indicado para comenzar la reorganización clandestina de Falange. Aparte de un régimen penitenciario mucho más laxo y tolerable, la pieza fundamental para mi propósito fue, de nuevo, el propio director de la prisión, un anarquista llamado Primitivo Requena, que me autorizó a recibir en su despacho, y a solas, a quien quisiera. Esta situación nos permitió crear una organización verdaderamente eficaz en el auxilio a nuestros camaradas y en la colaboración con nuestros servicios de información. En pocos meses llegó a contar con miles de militantes.

Dos años más tarde, cuando se produjo el golpe de estado del coronel Casado, le propuse a
Requena que abriera las puertas de la cárcel para evitar la posible matanza que la entrada de
los comunistas podría producir entre los presos. A cambio él se vendría conmigo a un refugio
seguro. Mi propuesta fue aceptada y así me vi por fin libre y listo para preparar la entrada de las tropas nacionales en Madrid. Vinieron entonces unos días de febril actividad que culminaron en una reunión con todos los jefes de las distintas banderas y algunos asesores militares para hacer un estudio exhaustivo de todos los supuestos de actuación en adelante.

Cuando todo quedó perfectamente dispuesto, pensé que lo mejor que podía hacer era pasar
a la zona nacional valiéndome de los pasos de que disponía el Servicio de Información del
Ejército Nacional. Justamente la víspera de mi partida, Antonio Garrigues me concertó una
entrevista con el nuevo miembro del Consejo Nacional de Defensa, Julián Besteiro, a fin de
explorar su postura ante las negociaciones para poner fin a la guerra. A última hora de la tarde
llegué a su despacho que se encontraba en los sótanos del Ministerio de Hacienda. En la habitación, que más bien parecía una celda, se encontraba acostado y en pijama el propio Besteiro, demacrado y enfermo. Escuché con atención sus pretensiones y sus ideas de cómo debía llevarse a cabo la rendición, pero me di cuenta de que, desgraciadamente, todos sus buenos deseos llegaban demasiado tarde. Al final me confesó que era un hombre que terminaba sus días aplastado por todo aquello que había defendido. Besteiro era un hombre honrado, el
último romántico de la política. Al despedirse dijo conocer mi intención de pasarme y me previno contra las patrullas comunistas.

Unos días después y tras agotadoras jornadas de marcha llegué a Burgos. Me instalaron en
el hotel Condestable, centro de la vida política de la capital de la España nacional. El hormigueo
de políticos, periodistas y financieros que allí encontré causaron mella en mi ingenuidad
falangista. Aquel clima distaba mucho del espíritu de servicio que en la Falange aprendimos
de José Antonio. Permanecí unos días en Burgos y me entrevisté con un sin fin de autoridades.
Incluso, tuve el alto honor de ser recibido por su Excelencia el Generalísimo Franco. Pero, dadas
mis obligaciones, no me fue posible desplazarme a Oñate, donde mis padres habían pasado
toda la guerra. Pude, eso sí, hablar por teléfono con ellos.

El día 28 de marzo de 1939 se me comunicó mi nombramiento como Jefe provincial de
Madrid y que ante la inminente entrada de nuestras tropas debía de ir allí a hacerme cargo de
mi puesto. Partí de inmediato y, dos días después, el pueblo de Madrid recibía a las distintas
unidades victoriosas de Franco con profundas muestras de alegría y lágrimas de emoción.
Después de la guerra desempeñé diversos cargos políticos y fui embajador. De las cosas de
las que estoy más orgulloso es de haber gestionado directamente en Alemania la vuelta de los
voluntarios de la División Azul tras la segunda Guerra Mundial.

Pienso que la guerra fue inevitable y que la posguerra siguió el único camino posible para
la recuperación de España, fruto de ello es la España actual. Franco no sólo salvó a España, sino
que la transformó socialmente, y, después de la victoria, España desembocó en una estructura
social más justa, sin parangón con lo anterior ni precedente alguno. Los españoles, gracias a
todo esto adquieren una nueva mentalidad y le prestan sus derechos al trabajo, a la sanidad
pública y a todas las prestaciones de la seguridad social. A pesar de que la posguerra fue dura,
nos veíamos avanzar día a día. No se dejó resquicio alguno para la demagogia marxista al convertir al proletariado en clase media, fuente de estabilización social. Ahora las cosas se olvidan y tergiversan, pero es porque todavía está muy próxima la historia y porque se ha contado de una manera sectaria, con un aparato de poder que necesitaba esa manipulación para instalarse, pero llegará ese período de estudio sereno y reflexivo de los acontecimientos que devolverá hechos y nombres al lugar que les corresponde. Estoy seguro de que así sucederá con aquella época, que fue la nuestra y con el hombre que fue nuestro guía y capitán.

Publicado en El Mundo

Leon Degrelle


LEON DEGRELLE histoire
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Documental: Irish History