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La memoria de la Otra Europa

Juan Pablo Vitali: Lupus domine

Juan Pablo Vitali: Lupus domine

        

 Sus ojos transparentes atravesaban la reja como cortándola. La carga de hielo de su mirada resultaba peligrosa, pero a la vez atrayente, hipnótica; como un rayo de luz surgido de las entrañas de un iceberg, donde moraran corazones congelados por  milenios.            Inquieto, intentaba aligerar la tensión de su destino, encapsulado en la densidad de aquel ignoto cuadrado.Las nubes oscuras lo llamaban, pero él no podía ir; entonces la tristeza y la ira poblaban su alma de una energía devastadora, que en ocasiones lo devoraba.Por momentos me parecía ser él, y que él también era yo, en cierto sentido.Mi experiencia en prisión, y en transitar las márgenes más filosas de lo que llaman civilización, nos acercaba. ¿Acaso no había lugar donde la mano perseguidora del hombre no nos alcanzara?. Mi pensamiento vagaba por las mismas sendas que su instinto, percibiendo ambos, al unísono, la devastación de las praderas, de las islas irremediablemente hundidas, de los riscos que van perdiendo sus antiguo filo. Ya nadie remonta los ríos. Los océanos carecen de misterios.Los dólmenes se figuran una expresión de barbarie. Las gentes niegan su propio idioma.Él, intentaba decirme algo cada mañana, sosteniendo en mis ojos su expresiva mirada, hasta que las sombras lo llevaban nuevamente al redil, y acaso a los senderos remotos de su origen. Yo desconocía las coordenadas geográficas de su Patria, mas no hacía falta saberlas, para imaginar aquel lugar que de alguna forma ignorada nos pertenecía.La estela de fuego de cuatro ojos encontrándose: dos azules, los de él, y dos verdes, los míos, encendía vectores de guerra en el sol crepuscular.Los árboles centenarios que poblaban las amplias avenidas del predio, asistían a la repetida escena de su mirada sin tiempo, sumergiéndose en las primeras tinieblas de la noche.Los arquitectos masones que trazaron la ciudad, y diagramaron sus fuentes y sus plazas, arrojaron a éste rincón de sus planos, algunas cosas negadas u olvidadas por su doctrina, pero que aún así, maduraron por fuera de la metódica razón en que confiaban. Cosas que estaban allí, aún antes que sus compases soñaran trazaran una línea.Los movimientos circulares de la manada se relacionaban unos con otros, y la rotación de su energía llegaba hasta mi espíritu, afín a ella y bien dispuesto a recibirla.Peregrinas ideas pasaban por mi mente. La noche venía una y otra vez, y las antiguas rejas daban la impresión de conservar en sí, hechos y situaciones ignorados, vividos a través de los años en el vasto perímetro.Al filo de la hora en que los portones se cierran, caminaba hacia la salida sin hacer ningún ruido; iba al encuentro de la bestialidad mecánica de la calle, cuyos animales atravesaban la tarde, émulos de antiguas manadas perdidas de su ruta.Los pequeños carteles de hierro, amojonaban la senda a cada paso con su viejo latín oxidado, tributo a la sapiencia de los naturalistas del ochenta.Mis días eran páginas iguales, en la soledad nocturna del altillo. Detrás de los sugestivos y numerosos libros apilados en la pieza, se escondían multitud de autores desconocidos, vencidos finalmente por los misterios que les arrancaran la vida. Las madrugadas avanzaban sobre el cuarto atiborrado de tiempo. Las luces del día esperaban que el tren, produjera finalmente la hendidura por la que habitualmente ingresaba al mundo en las mañanas. Al rato, con el sol renacido, la yerba crujía en el mate de la virola de plata, y luego, los pasos fatigaban el  empedrado siempre en  la misma dirección. Nunca encontraba al líder durmiendo. Él velaba, como un caballero cuya única gloria fuera velar. Acaso su misión consistía en invocar, a través de la elipse de sus pasos, a los dioses de sus antiguas posesiones, y a las manadas de sus congéneres pasados, cuyos lares moran todavía en lugares desconocidos por nosotros.Quizá sólo sean mitos futuros, recreándose ahora mismo con nutrientes de una materia cuya conducta desconocemos. Unas pocas leyendas, perduraban todavía en las montañas que la orden gris hubo abandonado. Busqué los pocos hombres y los libros que pudieran recordarlas. Y comprendí las analogías entre ellos y yo; supe también que hay mucho más oculto en este mundo, de lo que la gente imagina. Siempre a la misma hora, un empleado municipal arrojaba la carne dentro de la jaula con desprecio. Pero aquel día esa hora parecía distinta: una rara inquietud habitaba el aire. Sé que mi mirada ponía incómodo a aquel hombre, y lo confirmé cuando tuve que entablar una  inquisitiva charla con el policía de consigna. El agente dio un rodeo – no se atrevió a hacer preguntas directas, que hubieran resultados violentas e infundadas -. Fue un diálogo tonto y sencillo. A poco se fue convencido de que no existía en mi actitud, transgresión legal alguna. En realidad era así, tomando en cuenta los aspectos jurídicos formales. Al otro día y al siguiente del improvisado interrogatorio, la sonrisa irónica del empleado consiguió realmente molestarme, y algunos gestos y comentarios de aquella caterva humana que eran sus compañeros, rayaban en la provocación. Opté por el silencio, por una aparente sumisión absoluta. Reflexioné entonces profundamente sobre la ignorancia y la maldad de los hombres, y me impuse un duro auto control para calmarme, y poner en orden mis pensamientos.Insatisfecho con mi actitud, el empleado opta por una abierta actitud provocadora, y comienza a arrojar con fuerza, los pesados huesos con carne sobre el lomo de los lobos grises, que a cada golpe aúllan de dolor. El miserable me mira de soslayo, esperando alguna reacción de mi parte. Nada, no hago nada.Todo ese día me quedo dialogando mentalmente con el líder, que comienza a aullar con toda la manada cuando el sol se esconde.           Esto exacerba al grupo humano referido anteriormente, que a cierta distancia, ensaya  pasos de  baile soeces, y algunos eructos y gestos obscenos dirigidos a mí.Por la noche, por un motivo que puedo sospechar, pienso en Rumania y en su idioma dulce, enclavado en sólido latín. Sueño con sus montañas y me veo caminando con precisión por sus senderos. En el sueño, llevo el cabello largo y una ropa extraña, una espada de empuñadura adornada con gemas, y una cruz latina sobre el pecho.Tomo entonces algunas decisiones que parecen gestarse fuera de mí. Todo el día me persiguen las voces rumanas, y unas fogatas que luchan contra la niebla eterna. Tomo mi puesto cotidiano en la lomada, sin preocuparme por el rocío, que busca mis huesos con sus agujas de hielo.  La cuadrilla municipal hoy no está de humor, hace lo justo, se mueve con una prudencia desconocida, puede deberse a algún vago temor, acaso al frío. Mi rostro está quieto, y trato de no desviar la mirada hacia ellos por ningún motivo. El líder está mortalmente inmóvil, ni siquiera se sacude los restos de escarcha, que la helada depositó sobre su pelaje como en una cima nevada. La manada lo acompaña en su quietud.Todo el día transcurre así, inmóvil. Quietud de águila quieta, de garzas quietas, de árboles sin hojas,  y de muros arañados por generaciones de bestias encerradas.Recibo la niebla con la primera oscuridad, es como una ceremonia, ya nada se oye, que no sea amortiguado por vidriadas gotas de agua sobre la vegetación. Sólo una veintena de ojos se atreven a brillar de fijo azul entre la bruma.La situación me favorece, mi prolongada paciencia recibirá su recompensa. Ningún ruido percibe el oído humano. Sólo fue necesario un preciso movimiento sobre la cerradura  del  viejo candado. En tantos descuidos incurrían habitualmente los negligentes empleados, que no haberlo cerrado esa noche no provocaría el asombro de nadie. Por todo un año había mantenido bien guardada aquella llave, desde que cayera del bolsillo agujereado del encargado, en uno de sus alcohólicos descuidos.Una gran paz me invadió entonces, y recuerdo lo bien que dormí aquella noche.Al otro día encontré el zoológico cerrado. La gente, horrorizada, comentaba que una veintena de lobos habían escapado, devorando a algunos trabajadores que tomaban su turno por la mañana. Nadie más que ellos, por fortuna,  resultó herido. Luego de su nefasta tarea –así decía la información periodística- los animales permanecieron en la lomada  que está ubicada frente a su jaula, e ignorando algunos niños y ancianos que permanecían inmóviles de miedo, caminaron por largo rato en círculo olisqueando la gramilla, para dispersarse luego con rumbo ignorado. Pese a los esfuerzos de la policía al llegar al lugar –continuaba la información- ningún rastro se halló de ellos, esto último dio pie a las más diversas y disparatadas conjeturas, como ocurre siempre en estos casos. La causa penal y el correspondiente sumario administrativo se cerraron –como resulta lógico- sin ningún imputado, ya que la imputación hubiera recaído, sin duda, sobre alguno de los occisos, que eran, precisamente, quienes tenían la responsabilidad de mantener cerrado el candado de la jaula de los peligrosos animales. Las autoridades municipales manifestaron que vistos los acontecimientos, no repondrán los ejemplares perdidos en el hecho.   

Una buena iniciativa: Radio Bandera Negra (España)

Suráfrica: Nostalgia Boer

Testimonio: Yo fui mercenario en Bosnia

Testimonio: Yo fui mercenario en Bosnia

 La Guerra de Bosnia sobrecogió al mundo durante meses: las matanzas de la guerra civil fueron escena cotidiana en los periódicos y la televisión.

Al otro lado de las cámaras, en el polvo y el fuego del campo de batalla, una singular humanidad mataba y se hacía matar. No eran serbios ni croatas ni bosnios, sino franceses, ingleses, alemanes, españoles: los mercenarios. Uno de ellos, el francés Gaston Besson, contó su historia. ¿Quiere usted saber cómo vive una guerra un soldado de fortuna? Besson lo cuenta.

 “Ninguno de los mercenarios por mí conocidos responde a la definición que de ellos da el Larousse: ´Soldado que sirve por dinero a un gobierno extranjero`. Los mercenarios que he tratado, y con quienes a veces he compartido la vida, combaten de los veinte a los treinta años para rehacer el mundo. Hasta los cuarenta se baten por sus sueños y por esa idea que de sí mismos se han inventado. Después, si no se han dejado la piel en la lucha, se resignan a vivir como todo el mundo -a vivir mal, porque no cobran ningún retiro- y mueren en su lecho de una congestión o una cirrosis hepática. El dinero nunca les interesa, la gloria rara vez, y se preocupan muy poco de la opinión que merecen a sus contemporáneos. En esto es en lo que se distinguen de los demás hombres”.

Con esas palabras comienza Jean Lartéguy su novela Los Mercenarios, reeditada después como Sangre en las colinas, una de las varias obras que dedicó a los conflictos bélicos en los que se vio envuelta Francia tras la II Guerra Mundial. Y una mezcla entre algún personaje de esas novelas y el propio Lartéguy nos parece el protagonista, real, de la historia que a continuación les contamos.

 

Se llama Gaston Besson. Mitad reportero, mitad mercenario. Tras ser instructor de guerrillas en Surinam, Laos y Camboya, volvió a Francia e intentó vivir en la “normalidad”. Fracasó. Se aburrió y vagó observando las imágenes de guerra por la ex-Yugoslavia. Se fue a Croacia siguiendo a un compañero periodista. Con la vaga idea de hacer fotos, llego a Vinkovci. La ciudad estaba en ruinas. La atmósfera era apocalíptica. Al mismo tiempo, era presa de un inmenso arrebato nacionalista, un combate loco por la libertad. Gentes que no sabían combatir se hacían destripar en el frente. Pasó una semana con ellos en sus trincheras.

De la cámara al kalashnikov

Una noche, durante un ataque, cambio la cámara de fotos por un Kalashnikov. Ya había combatido antes y tenía instrucción profesional, al contrario que aquellos croatas. Aquello no era un ejercito “…c’`etait un bordel!”. Al poco se incorpora a los comandos del sexto batallón del HOS (Hrvatske Obrambene Snage), las fuerzas de defensa croata, en Vinkovci. Instalados en los sótanos, salían por la noche, de incursión en tierra de nadie, infiltrándose en las líneas serbias, para sabotear o sustraer carros de combate y morteros. Al principio, cuenta Besson, sirvió bajo las órdenes de un tipo apodado “Chicago”, un loco iracundo que había pasado dos años en los Estados Unidos. Las órdenes de “Chicago” eran cualquier cosa: salir justo delante de las líneas serbias y entablar combate a ciegas. Una locura. Besson se desentendió de aquél e intentó formar él mismo a sus hombres.

 

En noviembre y diciembre de 1991, los combates se recrudecieron. Después, con la tregua, la milicia del HOS comenzó a recibir cada vez menos armas de Zagreb, donde se temía un golpe de estado por parte de sus propias unidades. Al final de marzo del 92, el Cuartel General del HOS en Zagreb sufrió un atentado bomba con resultado de 5 muertos y 12 heridos. No se comentó nada. Fue el fin del HOS. Mientras, en el frente, Besson comandaba un pelotón de 12 hombres, de los cuales sobrevivieron solo dos. Avanzaban por terreno minado. Besson había destruido un carro, pero los suyos se toparon de golpe con el relevo de la guardia. Cuando las bengalas luminosas cruzaron el cielo, se vieron en medio de un campo de minas saltadoras batido por el fuego cruzado de ametralladoras. Una carnicería.

Los mercenarios

 

Fue el fin de la Guerra en Croacia, pero no para nuestro protagonista. Muchos bosnio-croatas habían regresado ya a Bosnia. Besson volvió a Zagreb, incorporándose a una unidad especial croata: los boinas verdes. Dirección: Herzegovina. Comandaba una sección de 30 hombres. Las tres cuartas partes eran croatas venidos de los Estados Unidos, de Australia y dos franco-croatas. Había sólo tres verdaderos extranjeros: un holandés, un  inglés y un veterano legionario francés, sargento primero, que llegaría a general. Todos hablaban francés por la radio. Había muchos legionarios franceses en la unidad. Veteranos militares que habían estado en activo 8 ó 10 años. Eran una mezcla de soldados veteranos y aventureros idealistas: muchos ingleses ultraconservadores, o laboristas ultracabreados, algunos franceses, alemanes… se cruzó con pocos neonazis. 500 extranjeros en total, unos 70 permanentes.

Pocos jóvenes como Besson. Aquellos que quieren batirse superan normalmente la treintena. Hay una ruptura en sus vidas, un lío, una mala jugada, así que deciden ir a bailar con la muerte. Pero tienen a menudo una vida y un trabajo en otra parte. Si no resultan heridos o muertos, vuelven al cabo de dos o tres meses. Recuerda Besson el extraordinario caso de un británico, mitad inglés, mitad español, con el pelo muy largo. Un militar veterano que tenía un bar en Filipinas. Un día, un amigo le habló de Vukovar. Partieron los dos hacia Hong Kong, cogieron un tren hasta Moscú y de allí llegaron a Yugoslavia. Fue gravemente herido. Tenía metralla alrededor del corazón y los médicos le habían prohibido moverse. Se incorporó inmediatamente, sin embargo, a la unidad de Besson y siguió combatiendo. Un día desapareció en dirección a España y no lo volvió a ver.

 

Y como Lartéguy recuerda en Les Mercenaires, éstos no se baten fundamentalmente por dinero. El sueldo, según recuerda este extraordinario personaje real, era de 14.500 dinares, o sea 1.200 francos, al principio de la Guerra. Después de la devaluación de la moneda croata, el equivalente a 300 francos. No…on ne se battait pas pour l’argent… En Bosnia la paga no existía. Había “clubs” encargados de repartir el dinero que venía de los croatas en el extranjero. Cuando volvían tres meses a Zagreb, después de tres meses en el frente, les daban 1.500 francos, que gastaban en pagar un hotel decente y diez días de borrachera. Para olvidarlo todo.

Besson perdió nueve amigos en la contienda. Pierre, veterano legionario de espíritu aventurero, ni tonto ni listo, fascinado por la historia bélica; no sabia por qué fue allí, supone que buscando la aventura de su vida. La encontró. Murió al ser alcanzado por una bala en la cabeza, en una ocasión en que se vieron cercados por carros enemigos. Tardaron dos horas en retornar a las líneas croatas. Hubo otros 12 heridos, y el segundo muerto, François, de 27 años, murió desangrado en cinco minutos tras ser alcanzado por dos balas en el muslo. Besson comenta que lo quería mucho y fue un gran golpe para él. Recuerda también a Jean Louis, veterano del ejército francés, muerto en diciembre del 91. Y a John, que no sabía tampoco qué hacía allí, muerto quince días después de llegar.

 

Esta unidad no era de las que hacía guardias. Iban por libre. Buscando la acción, siempre, sin más reflexiones. Dice Besson que, al principio, sus móviles eran el idealismo, la defensa de un país atacado a diez contra uno, resistir, defender las aldeas y ciudades. Después no quedaron más que los camaradas y la guerra por la guerra. Añade: “En combate no había marihuana, ni anfetaminas. No, no me gustan las pastillas. Soy así. Tengo este nervio por naturaleza. Pero desde que salimos del frente nos convertimos en alcohólicos acabados. En Zagreb estaba borracho las veinticuatro horas del día”. El mercenario describe el embrutecimiento que produce en el hombre semejante vida. Cada paso por el frente cambia una parte nueva en tu interior. Siempre hay algo que se deja atrás. Así que bebían. Bebían para olvidar el miedo a la muerte. Bebían para olvidar a los civiles, a los que evitaban a toda costa.

Los desastres

 

Cuando los croatas querían traducir las historias sobre masacres y violaciones, pasaban, indiferentes. No querían entender ni saber. Dice no haber sido testigo de tales masacres. Solo recuerda cadáveres frente a las casas, algunos sin ojos ni orejas… era común. Sobre todo tras los combates, llegaba gente de la retaguardia a ensañarse con los cadáveres. Nada podía ya conmover a Besson y sus hombres. No quería saber nada. Aclara que los serbios no eran peores que los croatas. La diferencia está en el dejar hacer, el desorden, la impunidad total de los culpables frente a los soldados. Por supuesto, añade, había violaciones y ejecuciones sumarias entre los croatas, pero durante el combate, y jamás a sabiendas ni ante los ojos de los oficiales.

Zeric, al Norte de Tuzla, estaba cercado por los croatas al principio de la guerra. Había una hermosa carretera de asfalto que evitaba horas de marcha por la montaña. Para utilizarla se pusieron de acuerdo con la población serbia. Sin problemas. Hasta el día en que llegó el ejército serbio. Los aldeanos de Zeric se rebelaron y masacraron a tres o cuatro familias croatas que vivían allí. Capturaron un jeep que pasaba por la zona y a su conductor, “Millo”, un germano-croata camarada de Besson. Lo encontraron con las manos clavadas en la puerta de un establo. Los otros prisioneros les contaron los detalles: palazos, quemaduras de cigarrillos… Le aplicaron el potro, al estilo medieval, en la plaza del pueblo, delante de los oficiales serbios. Cuando encontraron a “Millo” había indicios en sus manos de haber sangrado mientras las clavaban… lo cual quería decir que lo habían clavado a la puerta mientras aún vivía.

 

Besson también reconoce haber ejecutado él mismo a prisioneros, durante el combate, una sola vez. Tenían que retomar Zeric y su carretera de asfalto. Por una vez, habían recibido un carro y algunos morteros. Había que aprovecharlos. Atacaron la aldea. Progresaban casa por casa, arbusto tras arbusto… Los serbios con el mismo uniforme que ellos… La aldea que cae y es tomada… Y cae… la fatiga… la tensión… clásico. En la radio, Besson oyó que habían sido capturados dos milicianos serbios armados. Cumpliendo su papel de oficial, fue a inspeccionar a los prisioneros. El ambiente indicaba que no iban a salir vivos de allí: demasiado vivo el recuerdo de “Millo”. Si los enviaba a retaguardia, alguien los mataría por la espalda detrás del primer arbusto. Y en ese caso, tendría que castigar a sus hombres por incumplimiento de órdenes, cosa que no quería, pero que no podía evitar. Había que mantener el orden y no mostrarse débil. Así que tomó él mismo la responsabilidad y los ejecutó allí mismo, de un disparo en la cabeza a cada uno. Era la solución más lógica en su situación, desde una lógica tradicional militar. Besson no teme que le acusen de asesino por aquello. Le da igual, pues sigue confiando en su propio criterio. Hablaba también de cómo remataban a los heridos y a los indecisos en el fragor del combate. No podían permitirse el lujo de hacer prisioneros en medio de aquellas situaciones de fuego.

Sin embargo, recuerda una de las pocas aldeas serbias que se tomaron: 800 civiles cercados, prisioneros. No pasó nada. Ni siquiera incendiaron el pueblo. Los civiles estaban muertos de miedo. Encontraron un libelo de propaganda serbia que hablaba de los crímenes de los ustachis, los croatas proalemanes apoyados por el Eje en la II Guerra Mundial. Besson lo califica de extraordinariamente manipulador. Calmaron sus miedos y convivieron con ellos. Comiendo y viviendo bajo el mismo techo. Pese a que cada día salían a combatir contra sus compatriotas serbios, hubo una buena relación. La parte surrealista de la guerra.

Surrealista como la imagen que conserva nuestro amigo de un miliciano serbio, caminando al descubierto por la carretera, con todo en llamas a su alrededor, la mirada de loco como buscando algo en el suelo, entre los cadáveres, en medio de la pelea, con el fusil en bandolera… Tras unos segundos de duda, Besson interrumpió su desquiciado paseo de un certero disparo a la cabeza. ¿Quú otra cosa podía hacer? ¿Hacerle prisionero, poniendo a uno de sus hombres o a sí mismo en peligro para conseguirlo? No. Matar era la rutina. Había que disparar y hacer blanco mientras se pudiese. El armamento serbio era muy superior. En Mostar, cada porción de tierra esta batida por una ametralladora. Allí estaba Besson, haciendo cara a la muerte. A su muerte. Y no iba a darle ninguna ventaja.

 

Afirma no haber tirado jamás sobre civiles. Cuando patrullaban en Mostar, había un grupo de refugiados que fueron tiroteados por snipers serbios. “Los durmientes”. Hombres y mujeres. Se habían dejado cercar por el enemigo y estaban apostados en los inmuebles. Mataban hombres, mujeres y niños, sin discriminación. Una contra-propaganda desastrosa. Atraparon un total de 15 de ellos. En una operación peligrosa, “limpiando” habitación tras habitación, edificio por edificio. En lento y fatigoso avance… en un silencio sólo interrumpido por el ruido de las puertas echadas abajo y el tiroteo, que proseguía si encontraban personal armado en su interior que ofreciese resistencia. La unidad de Besson capturó a dos, que entregó a las autoridades croatas, y mató a uno. También admite haber conocido la satisfacción de la venganza tras la muerte de sus amigos. No se arrepiente de ese sentimiento.

Cuando los observadores y cascos azules de la ONU se interpusieron entre ellos y la artillería serbia, que seguía funcionando, infiltraron varias veces sus líneas. Sabotearon su material y dispararon sobre sus cascos azules, sin matar. No podían dejarse machacar por los serbios gratis.

 

Después, cuando Zagreb intentaba borrar las huellas de la guerra y retomar los negocios, un oficial croata como Besson no podía salir de uniforme sin hacerse parar cada 200 metros por la policía militar.

Fue herido en cuatro ocasiones: por granada anticarro, obús de mortero, el derrumbe de una casa que lo dejó en coma… Tenía metralla de obús por todo el cuerpo. Estaba cansado. Habían matado a su amigo François. Necesitaba oxígeno y se fue a París de permiso. Una noche estaba de borrachera con un amigo. Tuvieron un accidente en coche tras saltarse un semáforo en rojo. Se rompió una rodilla y lo enyesaron para un año. Fue entonces cuando acabaron sus acrobacias y fue entrevistado por Jean-Paul Mari. Gracias a esa entrevista de 1993 nos llega este relato sobre él, Gaston Besson, mercenario francés.

Publicado en: El Manifiesto

Bachir Gemayel: Las Falanges Libanesas (I)

Bachir Gemayel: Las Falanges Libanesas (II)

El mundo al reves. Al final los Comunistas defienden la segregación racial. Se echan de menos los cordones sanitarios y los conciertos proderechos humanos.

El mundo al reves. Al final los Comunistas defienden la segregación racial. Se echan de menos los cordones sanitarios y los conciertos proderechos humanos.

Un distrito de Roma aprueba autobuses escolares separados para niños gitanos

Roma.-  El pleno de un distrito municipal de Roma ha aprobado una moción presentada por el partido Refundación Comunista en la que se pide al concejal para las escuelas que se separen a los niños gitanos en los autobuses escolares, debido a enfrentamientos registrados en los últimos días.

 La moción fue aprobada con los votos de los gubernamentales Refundación Comunista e Izquierda Democrática (SD) y del centro derecha, mientras que el Partido Demócrata (PD), el más importante de la coalición en el poder votó en contra.

El caso ha ocurrido en el distrito VII de Roma, uno de los tradicionales feudos comunistas de la capital italiana -que engloba los barrios obreros de casas populares de Centocelle, Prenestino, Quarticciolo, Alessandrino y la Rustica- y ha levantado una fuerte polémica.

"Pensaba que estábamos en la época de incluir y no de excluir. No podemos volver a los tiempos de Rosa Louise Park", afirmó la concejala Maria Coscia, del PD.

Rosa Louise Park fue una activista estadounidense (1913-2005) que se convirtió en símbolo del movimiento civil tras negarse en 1955 a ceder a un blanco el asiento del autobús en el que viajaba.

El jefe de los concejales del PD en el ayuntamiento de Roma, Pino Bataglia, pidió hoy a Refundación Comunista y al SD que dieran marcha atrás, tras afirmar que ese voto "no es sólo profundamente incoherente, sino también una preocupante señal de confusión sobre los valores fundamentales que nos deben unir".

Bataglia subrayó su negativa a la discriminación de los niños.

La moción fue aprobada después de que un grupo de padres exigieran la separación en autobuses tras una pelea registrada recientemente.

Según los padres, los niños gitanos se comportaron de manera "demasiado enérgica" y aunque en el autobús viajaban dos acompañantes adultos no lograron apaciguarles.

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Un distrito de Roma aprueba autobuses escolares separados para niños gitanos

Roma. (EFE).- El pleno de un distrito municipal de Roma ha aprobado una moción presentada por el partido Refundación Comunista en la que se pide al concejal para las escuelas que se separen a los niños gitanos en los autobuses escolares, debido a enfrentamientos registrados en los últimos días.

La moción fue aprobada con los votos de los gubernamentales Refundación Comunista e Izquierda Democrática (SD) y del centro derecha, mientras que el Partido Demócrata (PD), el más importante de la coalición en el poder votó en contra. El caso ha ocurrido en el distrito VII de Roma, uno de los tradicionales feudos comunistas de la capital italiana -que engloba los barrios obreros de casas populares de Centocelle, Prenestino, Quarticciolo, Alessandrino y la Rustica- y ha levantado una fuerte polémica.

"Pensaba que estábamos en la época de incluir y no de excluir. No podemos volver a los tiempos de Rosa Louise Park", afirmó la concejala Maria Coscia, del PD. Rosa Louise Park fue una activista estadounidense (1913-2005) que se convirtió en símbolo del movimiento civil tras negarse en 1955 a ceder a un blanco el asiento del autobús en el que viajaba.

El jefe de los concejales del PD en el ayuntamiento de Roma, Pino Bataglia, pidió hoy a Refundación Comunista y al SD que dieran marcha atrás, tras afirmar que ese voto "no es sólo profundamente incoherente, sino también una preocupante señal de confusión sobre los valores fundamentales que nos deben unir".

Bataglia subrayó su negativa a la discriminación de los niños. La moción fue aprobada después de que un grupo de padres exigieran la separación en autobuses tras una pelea registrada recientemente. Según los padres, los niños gitanos se comportaron de manera "demasiado enérgica" y aunque en el autobús viajaban dos acompañantes adultos no lograron apaciguarles.

De ahí que solicitaran que se volviese a la situación de hace años, cuando los escolares gitanos viajaban al colegio en un autobús y el resto en otro.

Publicado en la Vanguardia

Chile: Patria y Libertad (El Himno)