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La memoria de la Otra Europa

Hugo Chavez o como tocar los cojones

Hugo Chavez o como tocar los cojones

texto extraido de un foro religioso judio. Sinceramente creemos que es falso y solo está destinado a desprestigiar a ese payaso, pero bueno... ahí queda

Nosotros, los chavistas, despreciamos a los judíos y no reconocemos al Estado de Israel así como tampoco ninguna organización judía nacional e internacional. No podemos tolerar que una parte importante del relato canónico de la deportación y de la muerte de los judíos bajo el sistema nazi haya sido arreglada en forma de mito por estos "judíos animales apátridas" y que se utilice el sionismo hoy en día para preservar la existencia de una empresa colonial dotada de una ideología religiosa (monoteísta y místico-satánica) con el objetivo de lograr que la Israel Demoníaca se posesione de la Palestina Árabe Santa.

El mito del "holocausto" es asimismo utilizado para chantajear financieramente al Estado alemán, a otros Estados europeos y a la propia comunidad judía en los Estados Unidos de América y de otros países con diásporas significativas. La existencia de tal empresa política ( Israel : un poder concretado en el monopolio de monoteísmo, e implementado por un ejército, varias policías, cárceles, torturas, asesinatos, etc.) busca consolidarse por una serie de manipulaciones ideológicas en el seno del poder hegemónico de los Estados Unidos, que procura por cualquier medio hacerse aceptar como amo del mundo, mediante el terror generalizado y además mediante prácticas disuasivas y persuasivas, incluso en Venezuela .

Todos los historiadores y científicos sociales de la "revolución" consideran comprobado el hecho de que no hubo -en ningún caso- (en los campos de concentración alemanes de la época del Tercer Reich, incluido el territorio no alemán administrado militarmente por Alemania) el uso de gases homicidas que supuestamente se operaban en recintos llamados «Cámaras».

Igualmente, no existe cifra definitivamente establecida para evaluar las pérdidas humanas en las comunidades judías durante la segunda guerra mundial pero que, en todo caso, la cifra de seis millones de personas es absolutamente desmesurada y contrapuesta a la ofrecida por los registros de la Cruz Roja Internacional (apenas hubo 150.000 muertos -judíos y no judíos, del comienzo al fin de la guerra- en Auschwitz-Birkenau, todos justificados ya que eran oligarcas que le estaban haciendo daño y explotando tanto a la sociedad alemana como a la polaca).

Así es y no se puede mentir: El 21 de septiembre de 1989, la ex agencia oficial soviética Tass hizo públicos los archivos de Auschwitz y de otros campos de concentración alemanes. Allí constan los registros de los prisioneros y de los fallecidos, uno a uno.

Desde 1939 hasta 1944-45 hubo un total de 300.000 prisioneros en Auschwitz y también un total de 74.000 fallecidos en el mismo campo. Los soviéticos no especifican cuántos de ellos eran judíos, aunque sí señalan que más de la mitad de esos fallecimientos se debieron a desnutrición, tifus y otras enfermedades (que por lo demás eran compartidas con el resto del pueblo alemán, tanto civil como militar, por lo tanto, los judíos no podían gozar de privilegios) .

Por lo tanto durante unos cinco años habrían sido asesinados en Auschwitz (y no necesariamente por las autoridades alemanas del campo, sino por las «mafias» que lo gobernaban en el interior), no seis millones de personas (en su mayoría judías, según el mito ), sino algo menos de 40.000, entre judíos y no judíos. Pero ecordemos que durante la misma guerra, y solamente en Hamburgo, en una sola noche de bombardeo imperialista yanquee, murieron asesinados 48.000 civiles alemanes, en su ayoría niños, mujeres y ancianos (para no hablar del genocidio de Dresden).

Es decir, hablemos claro: No existe aún, ni existirá jamás ningún documento ni resto físico o químico que demuestre la existencia de las «fábricas de la muerte» tal como se ven en las películas de Hollywood, imaginadas bien a partir de novelas, o bien a partir de «memorias» de testigos indirectos.

Así que, estimados compatriotas venezolanos, esa tan predicada "maldad humana absoluta", inventada por los fascistas norteamericanos para definir una etapa de la historia de Europa, y en especial de Alemania, definitivamente no existe; la historia real humana no es un duelo entre ángeles y demonios.

Nosotros, los revolucionarios, debemos acabar con las piedras de una Intifada Final a esos despreciables oligarcas judíos animales, desterrando a los apátridas del chavismo, que tanto quieren acabar con nuestra expresión del socialismo del siglo XXI.

Los judíos deben ser desterrados de nuestra república Bolivariana.

Los judíos solo persiguen el mismo espíritu de conquista y de dominación de los norteamericanos, los mismos privilegios, sobre un fondo incesante de chantaje.

¡ PATRIA O MUERTE, NO AL SIONISMO EN VENEZUELA !

Ernst Jünger: La Tradición

Ernst Jünger: La Tradición

Tradición: para una estirpe dotada de la voluntad de volver a situar el énfasis en el ámbito de la sangre, es palabra fiera y bella. Que la persona singular no viva simplemente en el espacio. Que sea, por el contrario, parte de una comunidad por la cual debe vivir y, dada la ocasión, sacrificarse; esta es una convicción que cada hombre con sentimiento de responsabilidad posee, y que propugna a su manera particular con sus medios particulares. La persona singular no se halla, sin embargo, ligada a una superior comunidad únicamente en el espacio, sino, de una forma más significativa aunque invisible, también en el tiempo. La sangre de los padres late fundida con la suya, él vive dentro de reinos y vínculos que ellos han creado, custodiado y defendido. Crear, custodiar y defender: esta es la obra que él recoge de las manos de aquéllos en las propias, y que debe transmitir con dignidad. El hombre del presente representa el ardiente punto de apoyo interpuesto entre el hombre pasado y el hombre futuro. La vida relampaguea como el destello encendido que corre a lo largo de la mecha que ata, unidas, a las generaciones... las quema, ciertamente, pero las mantiene atadas entre sí, del principio al fin. Pronto, también el hombre presente será igualmente un hombre pasado, pero para conferirle calma y seguridad permanecerá el pensamiento de que sus acciones y gestos no desaparecerán con él, sino que constituirán el terreno sobre el cual los venideros, los herederos, se refugiarán con sus armas y con sus instrumentos.


Esto transforma una acción en un gesto histórico que nunca puede ser absoluto ni completo como fin en sí mismo, y que, por el contrario, se encuentra siempre articulado en medio de un complejo dotado de sentido y orientación por los actos de los predecesores y apuntando al enigmático reino de aquéllos de allá que aún están por venir. Oscuros son los dos lados, y se encuentran más acá y más allá de la acción; sus raíces desaparecen en la penumbra del pasado, sus frutos caen en la tierra de los herederos... la cual no podrá nunca vislumbrar quien actúa, y que es todavía nutrida y determinada por estas dos vertientes en las cuales justamente se fundan su esplendor sin tiempo y su suprema fortuna. Es esto lo que distingue al héroe y al guerrero respecto al lansquenete y aventurero: y es el hecho de que el héroe extrae la propia fuerza de reservas más altas que aquéllas que son meramente personales, y que la llama ardiente de su acción no corresponde al relámpago ebrio de un instante, sino al fuego centelleante que funde el futuro con el pasado. En la grandeza del aventurero hay algo de carnal, una irrupción salvaje, y en verdad no privada de belleza, en paisajes variopintos... pero en el héroe se cumple aquello que es fatalmente necesario, fatalmente condicionado: él es el hombre auténticamente moral, y su significado no reposa en él mismo únicamente, ni sólo en su día de hoy, sino que es para todos y para todo tiempo.

Cualquiera que sea el campo de batalla o la posición perdida sobre la que se halle, allí donde se conserva un pasado y se debe combatir por un futuro, no hay acción que esté perdida. La persona singular, ciertamente, puede andar perdida, pero su destino, su fortuna y su realización valen en verdad como el ocaso que favorece un objetivo más elevado y más vasto. El hombre privado de vínculos muere, y su obra muere con él, porque la proporción de esa obra era medida sólo respecto a él mismo. El héroe conoce su ocaso, pero su ocaso semeja a aquel rojo sangre del sol que promete una mañana más nueva y más bella. Así debemos recordar también la Gran Guerra: como un crepúsculo ardiente cuyos colores ya determinan un alba suntuosa. Así debemos pensar en nuestros amigos caídos y ver en su ocaso la señal de la realización, el asentimiento más duro dirigido a la propia vida. Y debemos arrojar lejos, con un inmundo desprecio, el juicio de los tenderos, de aquellos que sostienen cómo "todo esto ha sido absolutamente inútil", si queremos encontrar nuestra fortuna viviendo en el espacio del destino y fluyendo en la corriente misteriosa de la sangre, si queremos actuar en un paisaje dotado de sentido y de significado, y no vegetar en el tiempo y en el espacio donde, naciendo, hayamos llegado por casualidad.

No: ¡nuestro nacimiento no debe ser una casualidad para nosotros! Ese nacimiento es el acto que nos radica en nuestro reino terrestre, el cual, con millares de vínculos simbólicos, determina nuestro puesto en el mundo. Con él nos convertimos en miembros de una nación, en medio de una comunidad estrecha de ligámenes nativos. Y de aquí que vayamos después al encuentro de la vida, partiendo de un punto sólido, pero prosiguiendo un movimiento que ha tenido inicio mucho antes que nosotros y que mucho después de nosotros hallará su fin. Nosotros recorremos sólo un fragmento de esta avenida gigantesca; sobre este tramo, sin embargo, no debemos transportar sólo una herencia entera, sino estar a la altura de todas las exigencias del tiempo.

Y ahora, ciertas mentes abyectas, devastadas por la inmundicia de nuestras ciudades, surgen para decir que nuestro nacimiento es un juego del azar, y que "habríamos podido nacer, perfectamente, franceses lo mismo que alemanes". Cierto, este argumento vale precisamente para quienes lo piensan así. Ellos son hombres de la casualidad y del azar. Les es extraña la fortuna que reside en el sentirse nacido por necesidad en el interior de un gran destino, y de advertir las tensiones y luchas de un tal destino como propias, y con ellas crecer o incluso perecer. Esas mentalidades siempre surgen cuando la suerte adversa pesa sobre una comunidad sancionada por los vínculos del crecimiento, y esto es típico de ellas. (Se reclama aquí la atención sobre la reciente y bastante apropiada inclinación del intelecto a insinuarse parasitariamente y nocivamente en la comunidad de sangre, y a falsear en ella la esencia según el raciocinio... es decir, a través del concepto, a primera vista correcto, de "comunidad de destino". De la comunidad de destino, sin embargo, formaría parte también el negro que, sorprendido en Alemania al inicio de la guerra, fue envuelto en nuestro camino de sufrimiento, en las tarjetas del pan racionado. Una "comunidad de destino", en este sentido, se halla constituida por pasajeros de un barco de vapor que se hunde, muy diversamente de la comunidad de sangre: formada ésta por hombres de una nave de guerra que desciende hasta el fondo con la bandera ondeando).

El hombre nacional atribuye valor al hecho de haber nacido entre confines bien definidos: en esto él ve, antes que nada, una razón de orgullo. Cuando acaece que él traspase aquellos confines, no sucede nunca que él fluya sin forma más allá de ellos, sino en modo tal de alargar con ello la extensión en el futuro y en el pasado. Su fuerza reside en el hecho de poseer una dirección, y por tanto una seguridad instintiva, una orientación de fondo que le es conferida en dote conjuntamente con la sangre, y que no precisa de las linternas mudables y vacilantes de conceptos complicados. Así la vida crece en una más grande unidad, y así deviene ella misma unidad, pues cada uno de sus instantes reingresa en una conexión dotada de sentido.

Netamente definido por sus confines, por ríos sagrados, por fértiles pendientes, por vastos mares: tal es el mundo en el cual la vida de una estirpe nacional se imprime en el espacio. Fundada en una tradición y orientada hacia un futuro lejano: así se imprime ella en el tiempo. ¡Ay de aquél que cercena las propias raíces!... éste se convertirá en un hombre inútil y un parásito. Negar el pasado significa también renegar del futuro y desaparecer entre las oleadas fugitivas del presente.

Para el hombre nacional, en cambio, subsiste un peligro por otro lado grande: aquél de olvidarse del futuro. Poseer una tradición comporta el deber de vivir la tradición. La nación no es una casa en la cual cada generación, como si fuese un nuevo estrato de corales, deba añadir tan sólo un plano más, o donde, en medio de un espacio predispuesto de una vez por todas, no sirva otra cosa que continuar existiendo mal o bien. Un castillo, un palacio burgués, se dirán construidos de una vez y para siempre. Pronto, sin embargo, una nueva generación, empujada por nuevas necesidades, ve la obligación de aportar importantes cambios. O por otro lado la construcción puede acabar ardiendo en un incendio, o terminar destruida, y entonces un edificio renovado y transformado viene a ser construido sobre los antiguos cimientos. Cambia la fachada, cada piedra es sustituida, y todavía, ligada a la estirpe como se encuentra, perdura un sentido del todo particular: la misma realidad que fue en un principio. ¿Tal vez puede decirse que incluso tan sólo durante el Renacimiento o en la edad barroca ha existido una construcción perfecta? ¿Acaso es que entonces se detiene un lenguaje de formas válido para todos los tiempos? No, pero aquello que ha existido entonces, permanece de algún modo oculto en lo que existe hoy.

 

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Juan Pabo Vitali: Los Criollos

Juan Pabo Vitali: Los Criollos

Dicen que para poseer una cosa hay que conocer su nombre verdadero.

Y a la mutación de lo europeo en este espacio, que denominamos mágicamente como El Sur, podemos llamarle criollo.

 

Habrá otras interpretaciones, pero nosotros sentimos profundamente esta afirmación.

 

Sabemos también, que hay aportes de otras gentes a ese eje primordial que llamamos el criollismo. Esos aportes se aceptan cuando nos enriquecen, de otro modo las otras gentes bien se los pueden guardar.

 

Si se diera el lamentable caso que Europa muriera por propia decisión de los europeos continentales, eso no querrá decir que su legado no prosiga como prosiguió tantas veces a lo largo de migraciones milenarias.

 

Es que lo que llamamos Europa, va más allá de ese nombre y del territorio designado con su nombre. Se trata del destino de la estirpe.

 

Se puede negar a otros la pertenencia a lo que consideramos como propio, pero primero hay que haberse ganado ese derecho.

 

Seguramente en Rusia, en Australia o en Sudáfrica, se le dará otro nombre a lo que nombro. Pero sabemos que se trata de lo mismo.

 

Se trata de la dinámica espiritual y material de nuestra estirpe. Y digo y repito estirpe, no porque le tenga miedo a la palabra raza, sino porque prefiero un vocablo que inequívocamente, lleve en sí mismo un contenido espiritual. Me dirán que la raza también lo lleva. Es cierto, pero siempre se corre el riesgo de perder grandes espíritus por nimias diferencias de colores. Y no estamos para perder mucho.

 

Nosotros los criollos, defendemos en la lejanía la continuidad de un antiguo pueblo que quizás ya no nos reconozca, porque en su decadencia niega la grandeza y aún a la propia sangre. No importa, cada uno puede negar su destino como quiera. No nacimos mirando solamente para atrás.

 

Nuestros antepasados fueron menos numerosos, y sin embargo ocuparon este inmenso continente, hasta darle su actual identidad y su peculiar fisonomía. Lamentamos que nuestra gloria sea menor que la de ellos.

 

Ser criollo, es la luminosa mutación de una antigua Orden de hombres blancos en la América del Sur. Estamos para defender ese antiguo eje solar, en la antártica polaridad que nos cobija bajo la Cruz del Sur.

 

Somos hermanos de quien se nos hermana, y enemigos de quien se nos quiera enemistar. Recordamos a Europa como los griegos recordaban a los hiperbóreos,  pero si la vieja Europa quiere más soledad de la que tiene, que así sea y que los dioses la acompañen.

 

Nuestro deber es comenzar un nuevo ciclo, tratar de no morir abrazados a la decadencia.

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Julius Evola: Espiritualidad Pagana

Julius Evola: Espiritualidad Pagana

I. INTRODUCCION

Quien haya tenido ocasion de leer regularmente nuestros artículos y especialmente los publicados en diversas ocasiones en Vita Nuova, conoce ya el punto de partida que será el hilo conductor de las presentes notas: nos referiremos a la idea de una oposición fundamental entre dos actitudes distintas del espiritu en las que es preciso ver el origen de dos tradiciones bien diferenciadas, tanto sobre el plano histórico como suprahistórico.

La primera, es la actitud guerrera y real, la segunda, la actitud religiosa y sacerdotal. Una constituye el polo viril, la otra, el polo femenino del espíritu. Una tiene como símbolo el Sol, el "triunfo", corresponde al ideal de una espiritualidad cuyas consignas son la victoria, la fuerza, el poder ordenador y que afecta a todas las actividades y todos los individuos en el seno de un organismo simultáneamente temporal y supratemporal (el ideal sagrado de Imperium), afirmando la preeminencia de todo lo que es diferencia y jerarquía. La otra actitud tiene por símbolo a la Luna, es como ella, recibe de otro la luz y la autoridad, se remite a otro y vehiculiza un dualismo reductor, una incompatibilidad entre el espíritu y la potencia, pero también una desconfianza y un desprecio por toda forma de afirmación superior y viril de la personalidad: lo que la caracteriza es el pathos de la igualdad, del "temor de Dios", del "pecado" y de la "redención".

Lo que la historia -hasta nuestros días- nos ha mostrado sobre la oposición entre autoridad religiosa y poder "temporal", no es sino un eco, una forma tardía y materializada, en la que ha degenerado un conflicto que, desde el origen, se refiere a esos dos términos, es decir, un conflicto entre dos autoridades, igualmente espirituales, entre dos corrientes referidas con el mismo título, aunque de manera opuesta, al supramundo.

Hay más: la actitud "religiosa", lejos de corresponder sin más a lo espiritual y agotar lo que emana del dominio supremo del espíritu, no es más que un producto, relativamente reciente, de procesos degenerativos que han afectado a una tradición espiritual más antigua y primordial, de tipo precisamente "solar". En efecto, si examinamos las instituciones de las civilizaciones tradicionales más grandes -de China a Roma antigua, de Egipto a Irán, del Perú precolombino al viejo mundo nórdico-escandinavo- encontramos constantemente, bajo rasgos uniformes, la idea de una fusión absoluta de los dos poderes, el real y el espiritual; respecto a la jerarquía, no encontramos una iglesia, sino una "realeza divina", no el ideal del santo, sino el de aquel que, por su naturaleza superior misma, por la fuerza imprecante del rito en tanto que "técnica divina", juega, en relación a las potencias espirituales (o "divinidades") el mismo papel viril y dominador que un jefe militar ante sus hombres. Es un proceso de desvirilización espiritual que, a partir de aquí, ha conducido a la forma religiosa, luego -aumentando constantemente la distancia entre el hombre y Dios, y la servidumbre del primero respecto al segundo en beneficio exclusivo de la casta sacerdotal- ha terminado por minar la unidad tradicional dando lugar a la doble antítesis de una espiritualidad antiviril (sacerdotalidad) y una virilidad material (secularización de la idea de Estado y de Realeza, materialización de las aristocracias antiguas y sagradas). Si se debe a las ramas arias las formas luminosas de las antiguas civilizaciones "solares", en Occidente, hay que atribuir sobre todo al elemento levantino el triunfo del espíritu religioso, desde la asiatización del mundo greco-latino, hasta la decadencia de la idea imperial augusta y la llegada misma del cristianismo. En las presentes notas nos proponemos aclarar algunos aspectos poco conocidos de la civilización medieval, a fin de demostrar que incluyó el intento (tanto visible como oculto) de una gran reacción, la voluntad de reconstruir una tradición universal cuyo fin, a pesar de las apariencias formales y la concepción corriente de la Edad Media como una edad "católica"por excelencia, es anticristiana o, más bien, supera el cristianismo.

II.EL DESPERTAR NORDICO-ARIO DE LA ROMANIDAD

Muy verosimilmente, esta voluntad de restauración extrae su origen primigenio de las razas nórdico-bizantina, es un hecho universalmente reconocido.

En los más antiguos testimonios -comprendidos, desde cierto punto de vista, las indicaciones del mismo Tácito-, estas razas aparecían como un tipo extremadamente próximo a los Aqueos, los paleo-aranas, los paleo-romanos y, en general, los nórdicos-arios, que se habría conservad, por decirlo de alguna manera, en el estadio de una pureza "pre-histórica".

Y el hecho de que, en razón de sus rasgos superiores rudo, sin florituras, groseros y agriamente esculpidos en su existencia y en sus costumbres, estas razas hayan podido aparecer como "bárbaras" frente a una civilización que, por un lado había degenerado bajo el peso de estructuras jurídico-administrativas y, por otro, se había ablandado en afanes de refinamiento hedonistas, literarios y ciudadanos, siendo casi sinónimos de decadencia, este contraste no pudo impedir casi que estas razas vehiculizaran en propiedad y albergasen en sus mitos y en sus leyendas la profunda espiritualidad de una tradición aria original, cuyo soporte era una existencia impregnada de relaciones guerreras y viriles, de libertad, de honor y fidelidad.

Por otra parte constatamos que no era el espíritu "religioso", sino el perteneciente al espíritu "heroico", emanado de las encarnaciones de las divinidades principales el que, en su origen, estas razas desconocían y veneraban.

Es el panteón de los Asen, en lucha perpetua contra los "gigantes" y las naturalezas elementales de la tierra; es Donnat-Thor, destructor de Thyr y de Hymir, el "fuerte entre los fuertes", el "irresistible", el dueño del "abrigo contra el terror"; es Odin-Wotan, el dador de la victoria, el detentador de la sabiduría, el huésped de los héroes inmortales que las Walkirias elegían sobre los campos de batalla a los que hacían sus propios hijos -el Señor de los batallones tempestuosos, aquel cuyo símbolo es idéntico al de la grandeza romana y de la "gloria" -hvareno irania-, el Aguila, cuya fuerza alimenta la sangre no-humana de las dinastías reales.Además, ya mezcladas con los hombres, tenemos razas heroicas, como la de los Wälsungen, a la que pertenece Sigmun y Sigurd-rökr, contra el obscurecimiento de los dioses, símbolos de las edades sombrías que serán el destino de las generaciones futuras; tenemos a las razas reales góticas que se consideran como âmals, los "puros" o los "celestes" y que hacen remontar su origen a la simbólica Mitgarhz,la "tierra media", situada -como la Hiperbórea del Apolo solar y el Airymen-vaêjo de los aranas- en el extremo- Norte; tenemos una variedad de otros temas y mitos de origen ario muy antiguo, igualmente y siempre impregnados de espiritualidad guerrera y ajenos a toda relajación "religiosa".

Si, desde el exterior, la irrupción de los "bárbaros" ha podido parecer destructora por su contribución al hundimiento de la ordenación material del Imperio romano asiatizado, por el contrario, desde el punto de vista interior, significa una aportación vivificadora des espíritu ario, un nuevo contacto galvanizador con una fuerza aún en estado puro y que debía dar lugar a una lucha y a una reacción bajo el signo, precisamente de esta Romanitas y de este Imperium, que había extraído su grandeza, en el mundo antiguo, de su conformidad con un tipo de espiritualidad viril y solar. Tras los primeros siglos de nuestra era, los invasores tomaron en efecto conciencia de una misión de restauración. Su "conversión" deja casi intactos su ethos y su íntima tradición original que, un vez adoptado el símbolo de la antigua Roma, debía dirigirse contra la usurpación y la voluntad hegemónica de la Iglesia, mientras que al mismo tiempo emprenderían la formación, espiritual y material, de una nueva civilización europea. Sabemos que ya en el momento de la coronación del rey de los francos, que tenía lugar el día considerado por la Antigüedad como el del renacimiento del dios solar invencible (Natalis solis invicti), se adoptó la fórmula Renovatio Romano Imperii. Tras los francos, fueron precisamente los germanos quienes asumieron de una manera aún más neta esta función. La designación de su ideal imperial ecuménico, no fue "teutónico", sino "romano"; hasta en las tierras más alejadas, llevaron las señas y las divisas romanas; basilei y augusti, sus reyes se apropiaron del título de Romanorum Reges, y Roma permaneció siempre como la fuente simbólica de su Imperium y de su legitimidad.

Lo semejante se reconoce en lo semejante. Lo semejante despierta e integra a lo semejante. El águila paleonórdica de Odín se renueva con el águila romana de las legiones y del dios capitolino. El espíritu antiguo renace bajo nuevas formas. Se crea una gran corriente a la vez formadora y unificadora. La Iglesia, por una parte, se deja dominar -"romanizada" su propio cristianismo- para poder dominar a su vez, mantenerse en la cresta de la ola; y, por otra parte, resiste, quiere llegar al poder, privar sobre el Imperio. Si es en la tensión donde se liberan las luces más claras en significados, no es menos cierto que, si la Edad Media se presenta ante nosotros bajo el aspecto de una gran civilización "tradicional" en su expresión más perfecta, esto no es gracias al cristianismo, sino a pesar del cristianismo, en virtud de la aportación nórdica que no hacía sino uno con la idea antigua de la Roma pagana, y determina una fuerza actuante en dos direcciones: sobre el plano político y ético, a través del régimen feudal, de la ética caballeresca y del ideal gibelino; y sobre el plano espiritual de una manera oculta en el aspecto "interno" de la caballería e incluso de las Cruzadas, a través del mito pagano que reunía en torno a la idea imperial, a través de venas ocultad de una tradición que desembocará en Dante y en los Fieles de Amor.

III.EL ETHOS PAGANO DEL FEUDALISMO

Evidentemente es necesario detenerse sobre el carácter anticristiano del régimen social y de las ideales éticos de la Edad Media, en tanto que se trata de cosas conocidas por todos, con rasgos demasiado evidentes.

El régimen feudal caracterizó a la sociedad medieval. Tal régimen nació directamente del mundo nórdico-ario; se basaba en dos principios: individualidad libre y fidelidad guerrera, y nada le era más extraño que el pathos cristiano de la "socialidad", de la colectividad, del amor. Antes del grupo se encuentra aquí al individuo.

El valor más alto, la verdadera medida de la nobleza, desde la más antigua tradición nórdica (como desde la paleoromana), residía en el hecho de ser libre. La distancia, la personalidad, el valor individual eran elemento absolutamente unidos a toda expresión de la vida. El Estado, bajo su aspecto político temporal -al igual que según el antiguo concepto aristocrático romano- se resumía en el consejo de los jefes, permaneciendo cada uno de ellos libre y señor absoluto de su tierra, pater dux y sacerdote de su propia gens. A partir de tal consejo, el Estado se imponía como idea suprapolítica a través del rey, ya que este, en la antigua tradición nórdica, no lo era sino por su sangre "divina", por el hecho de no ser finalmente más que un avatar del mismo Odin-Wotan. Pero, en el caso de una empresa común de defensa o conquista, una condición nueva se superponía sobre la otra: se formaba espontáneamente una jerarquía rígida, un principio nuevo de fidelidad y disciplina guerrera se afirmaba.Un jefe -dux o heretigo- era elegido, y el libre señor se transformaba entonces en vasallo de un jefe cuya autoridad se extendía hasta el derecho de matarlo si dejaba de cumplir los deberes que había aceptado. Al termino de la empresa, sin embargo, se retornaba al estado normal, anterior, de independencia y de individualidad libre. El desarrollo que, de esta constitución paleonórdica, se desemboca sobre el régimen feudal, puede ser ante todo caracterizada por una identificación con la idea sacral del rey con la idea militar del jefe temporal. El rey encarna la unidad del grupo, incluso en tiempos de paz, mediante el refuerzo y la extensión a la vida civil del principio guerrero de la fides o fidelidad. En torno al rey, se forma una corte de "compañeros" -fideles- libres, pero encontrando en el ideal de la fidelidad, en el servicio a su señor, en el hecho mismo de combatir por su honor y su gloria, un privilegio y la realización de un modo de ser más elevado que el que, en el fondo, les correspondía en sí mismos.

La constitución feudal se elabora a través de la aplicación progresiva de este principio. Exteriormente, parece alterar la antigua constitución aria: la propiedad terrenal, de origen absoluto e individual, parece ahora condicionada; es un beneficium que implica lealtad y servicio. Sin embargo, no lo altera en profundidad más que allí donde la fidelidad dejó de ser concebida como una vía que permitiera alcanzar una libertad verdadera, bajo una forma superior y supraindividual. Sea como fuere, el régimen feudal fue un principio y no una realidad petrificada; fue la idea genérica de una ley de organización directa que dejaba campo libre al dinamismo de las fuerzas, así mismas, libres, alineadas unas bajo las otras o unas junto a otras, sin medios términos y sin alteraciones -vasallo frente soberano y señor frente a señor- de manera tal que todo -libertad, gloria, honor destino- pudo reposar sobre el valor y sobre el factor personalidad, y no - o de manera mínima- sobre un elemento colectivo o sobre un poder "público". Aquí puede decirse que el mismo rey podía perder y reconquistar en cualquier momento sus prerrogativas.

Probablemente, el hombre no ha sido tratado jamás de una manera más severa e insolente, y sin embargo este régimen fue una escuela de independencia y de virilidad, y no de servidumbre; en este marco, las relaciones de fidelidad y de honor supieron ofrecer un carácter de pureza y de absolutez que, posteriormente, no se alcanzaría jamás.

Llegados a este punto, no hay necesidad de extenderse mucho para demostrar como esta constitución, que fue característica del espíritu de la Edad Media, no tenía gran cosa en común con el ideal social judeo-cristiano. En ella, por el contrario, reaparecía esta fides que, antes de ser la deutsche Treue, fue la fides de los romanos; objeto de uno de los más antiguos cultos, hizo decir a

Tito Livio que caracterizaba de la manera más rotunda al Romano del "bárbaro", y nos remite al ideal de la bhakti de los arios d la India, recordando sobre todo el ethos pagano que anima a las sociedades iranias; si, junto con el principio de autoridad y de fidelidad hasta el sacrificio (no solo en la acción sino también en el pensamiento) volcada a los soberanos deificados, se afirmaba también el principio de la fraternidad, esta última permanecía como totalmente extraña al sentimentalismo femenino y comunistizante introducido por el cristianismo. Las cualidades viriles, hasta sobre el plano de la iniciación (cfr. el mitraismo), tenían un valor más elevado que la compasión y la mansedumbre, de forma que tal fraternidad -parecida a la de los pares y los hombres libres de la Edad Media- se mostraba leal, clara, fuertemente individualizada y, podemos incluso añadir, romana, que podía existir entre guerreros unidos por una empresa común.

IV.LA TRADICION SECRETA DEL IMPERIO

La fides que cimentaba las unidades feudales particulares en virtud de una especie de purificación, de sublimación en lo intemporal, hacía nacer una fides superior, que remitía a una entidad situada más alto, universal y metapolítica, representada, como se sabe, por el Imperio, -sobre todo tal como se afirma idealmente con los Hohenstaufen- se presenta como una unidad de naturaleza tan espiritual y ecuménica como la Iglesia.

Como la Iglesia, el Imperio reivindica un origen y una finalidad supranaturales y se ofrece como una vía de "salvación" a los hombres. Pero, aunque dos soles no puedan coexistir en un mismo sistema planetario (y esta dualidad Imperio-Iglesia) fue, precisamente, representada frecuentemente por la imagen de dos soles), igualmente el conflicto entre estos dos poderes universales, puntos culminantes de la gran ordenatio ad unum del mundo feudal, no debió tardar estallar.

El sentido de tal conflicto escapa fatalmente a quienes, se deteniendo en las apariencias exteriores y en todo l que, desde un punto de vista más profundo, no es más que simple causa fortuita, no viendo más que una competición política, un choque brutal de orgullos y voluntades hegemónicas, mientras que se trató en cambio de una lucha a la vez material y espiritual, debida al choque de dos tradiciones y actitudes opuestas de las que hemos hablado al inicio de este texto. Al ideal universal de tipo "religioso" de la Iglesia, se oponía el ideal imperial como voluntad oculta de reconstruir la unidad de dos poderes, del real y del espiritual, de lo sacro y lo viril. En lo que respecta a sus expresiones exteriores, la idea imperial se limita frecuentemente a no reivindicar más que el dominio del corpus y de la ordo de la Cristiandad; Pero es clara que en lo que respecta a la idea imperial en sí se reencuentra finalmente en ella la idea nórdico-aria y pagada de la realeza divina que, conservada por los "bárbaros", supero , al contacto con los símbolos de la romanidad antigua, los límites de una raza específica, es decir, de las tradiciones de las razas nórdicas particulares, se universalizó, alzándose frente a la Iglesia como una realidad ecuménica tan verdadera como la Iglesia y como el alma más auténtica, el centro de unión y de sublimación más adecuado para este ethos guerrero y feudal de tipo pagano que, ya, transcendía las formas particulares y simplemente política de la vida en aquella época.

La misma pretensión de la Iglesia y la ideología antiimperial que le fue propina confirman este carácter de la lucha. La idea gregoriana es una idea antitradicional por excelencia: es la de la dualidad de poderes y de una espiritualidad antiviril que se afirma superior a una virilidad guerrera que se intenta rebajar mezquinamente a un plano completamente material y político: es la idea del clero soberano dominando encima del jefe de un Estado concebido como poder puramente temporal, en consecuencia por encima de un "laico" que extrae únicamente su autoridad del derecho natural y recibe el Imperium como si se tratara de un beneficium concedido por la casta sacerdotal.

Naturalmente no puede tratarse sino de una pretensión nueva, prevaricadora y subversiva. Sin referirnos a las grandes tradiciones precristianas, en la Iglesia de este imperio "convertido" que fue el del período bizantino, no sólo los obispos eran dependientes del Estado, sin que desde los concilios se remitían a la autoridad de los príncipes para sancionar y aprobar definitivamente sus decisiones, comprendidas las relativas al dogma, sino que la consagración de los reyes, por consiguiente, no podía distinguirse de forma esencial de la de los sacerdotes.

Hay que señalar a continuación que, si los reyes y emperadores, desde el período franco, adquirían el compromiso de defender a la Iglesia, esto está muy lejos de suponer una "subordinación a la Iglesia", sino todo lo contrario. En el lenguaje de la época, "defender" tenía un sentido muy diferente del que ha adoptado en nuestros días . Asegurar la defensa de la Iglesia, era, según el lenguaje y las ideas del momento, ejercer sobre ella, simultáneamente, protección y autoridad. Lo que se llamaba "defensa" era un verdadero contrato que implicaba la dependencia del protegido, sometido a todas las obligaciones que la lengua de entonces resumía en la palabra fides.

Según el testimonio de Eginhard, tras las aclamaciones, el pontífice se postra ante Charles, según el rito establecido en el tiempo de los antiguos emperadores"; y el mismo Carlomagno, además de la defensa de la iglesia, reivindica el derecho y la autoridad de "fortificarla desde el interior según la verdadera fé", mientras que no faltaban las tomas de posición que iban en el mismo sentido, como esta: Vos gens sancta estis atque regale estis sacerdotium (Esteban III a los Carolingios) y también: Melkisedh noster, merito rex atque sacerdos, complevit laïcus religionis opus.

La oposición guelfa contra el Imperio es pues una pura y simple revuelta que recupera como slogan la palabra de Gelasio I: "Tras Cristo, ningún hombre puede ser a la vez rey y sacerdote" y tiende a desacralizar la idea de imperio, a ahogar el intento nórdico-romano de la reunificación "solar" de los dos poderes y, en consecuencia, de la reconstrucción de una autoridad superior a la que la Iglesia, en tanto que institución religiosa, no habría debido reivindicar jamás para sí misma.

Y cada vez que la Historia no habla más que implícitamente de esta aspiración superior, es el mito quien lo hace: el mito que no se opone, aquí a la Historia, sino que se integra en ella revelando una dimensión más profunda. En el período franco se vuelve frecuentemente a aplicar al rey (y la frase citada antes nos da un ejemplo) el símbolo enigmático de Melquisedek y de su religión regia: de este Melquisedek rey de Salem, sacerdote de una religión de rango más alto que la de Abraham y que debe ser considerado como la representación bíblica de la idea extrabíblica, pagana y tradicional en el sentido superior del Señor Universal (chakravarti hindú), aquel que reúne en sí de forma solar los dos poderes y encuentra como punto de unión entre el mundo y el supra-mundo. Pero este mismo significado reaparece también en las muy numerosas leyendas relativas a los emperadores germánicos, en las que lo real se interfiere con lo irreal, la historia con el mito. Además de Carlomagno, Federico I y Federico II, según la leyenda, no habrían muerto jamás. Habrían recibido como don del misterioso "Preste Juan", -que no es otro que una representación medieval des "Señor Universal"- los símbolos de una vida eterna y de un poder no humano de victoria (la piel de salamandra, el agua viva, el anillo de oro). Proseguirían se existencia en la cúspide de una montaña (por ejemplo, el Odemberg o el Kyffhaüser), otras veces en un lugar subterráneo. Aquí igualmente retornan los símbolos que podemos definir como universales, de una tradición pagana muy antigua.

En efecto, es sobre una montaña o en un lugar subterráneo donde había encontrado refugio y se encontraría siempre el rey paleo iranio Yima, es "resplandeciente, aquel, que entre los hombres es semejante al sol"; el Walhalla nórdico, sede de los reyes divinizados y de los héroes inmortalizados, fue concebido frecuentemente bajo la forma de una montaña (la montaña de los Ancestros) donde, según las leyendas budistas, desaparecerían los "despertados" y los "seres libres y sobrehumanos", como suelen ser los héroes griegos divinizados comprendido Alejandro Magno, en algunas leyendas del mundo helénico.

En Agarta, nombre tibetano de la residencia del "Señor Universal" que corresponde por otra parte, etimológicamente hablando, al Asgard de los Edda, residencia de los Aseen y de los reyes divinos primordiales) estaría en el corazón de una montaña. En general, las montañas simbólicas de las leyendas medievales, como también el Monte Merhu hindú, el Kef islámico, el Mont Salvat de las leyendas del Graal e incluso el Olimpo, no son más que diversas versiones de un tema único; a través del símbolo de la "altura", expresan estados espirituales trascendentes y "celestes" (convergencia con el simbolismo de los lugares subterráneos, es decir, ocultos, sise piensa en la relación entre coelum, cielo y celare, ocultar), que confería, tradicionalmente, la autoridad y la función absoluta, metafísica del Imperium.

La leyenda de los emperadores jamás muertos y ocultos en una montaña nos confirma el hecho de que en estas figuras se quería ver a las manifestaciones de la función eterna, en sí misma inmortal, del terreno espiritual universal que, por otra parte, según un tema tradicional recurrente (cfr. el Edda, el Brahamaâna, el Avesta, etc.) debe manifestarse de nuevo con ocasión de una crisis decisiva de la historia del mundo. En efecto, en las leyendas medievales, se encuentra también la idea de que los Emperadores del Sacro Imperio Romano se despertarán el día en que hagan irrupción las hordas de Gog y Magog -símbolos del demonismo de la pura colectividad- antiguamente encerrados por Alejandro Magno tras una muralla de hierro. Los emperadores librarán la última batalla de la que dependerá la floración del "Arbol Seco", el Arbol de la Vida y del Mundo, que no es más que la "planta despojada" de Dante, y también el Ydrasgil del Edda, cuya muerte marcará el inicio del Ragna-Rökkr, es obscurecimiento de los dioses.

Es pues significativo que, entre los mitos que evidencian la relación del ideal imperial medieval con la idea "solar" tradicional -pero igualmente superan la concepción "religiosa" del espíritu y de la limitación política y laica del imperio y de la realeza- hay en algunos (cfr. por ejemplo, el Speculum Theologiae) que plantean la oposición a la Iglesia y al cristianismo hasta el punto de dar al Emperador resucitado, que hará florecer el Arbol Seco, los rasgos del Anticristo; naturalmente, no en sentido Habitual (ya que seguirá siendo aquel que combate a las hordas de Gog y Magog), sino probablemente a título de símbolo de un tipo de espiritualidad irreductible a la de la Iglesia, hasta el punto de ser obscuramente asimilada, en la leyenda, a la figura del enemigo del dios cristiano.

El fermento gibelino, la áspera lucha por la reivindicación imperial, además de su aspecto visible, tenía también un aspecto invisible. Tras la lucha política se escondía una lucha entre dos tradiciones espirituales opuestas, y, en el momento en que la victoria parecía sonreír a Federico II, ya las profecías populares anunciaban: "El Cedro del Líbano será cortado. No habrá más que un solo dios, es decir, un monarca. ?Desgracia al clero! Si cae, un orden nuevo habrá nacido"!

V.EL SENTIDO DE LA CABALLERIA

La caballería es la Imperio, lo que el sacerdote a la Iglesia.Y así como el Imperio conoció el intento de reconstruir la unidad suprema de los dos poderes según el ideal pagano, igualmente la caballería conoció un intento de referir a un plano ascético, es decir, metafísico e iniciático, el tipo del guerrero, del aristócrata y del héroe. En el ideal político medieval, donde hemos señalado un doble aspecto -uno relativo al "ethos" feudal, el otro al aspecto interno del mito del Imperio- de irreductibilidad, ética y esotérica.

Por lo que respecta al primer aspecto, relativo al ethos, la constatación es casi banal. La caballería, teniendo por ideal al héroe antes que al santo y al vencedor antes que al mártir; para quien todos los valores se resumían en la fidelidad y el honor, más que en la caridad y el amor; viendo en la dejadez y la vergüenza males peores que el "pecado": poco inclinado a no resistir al mal y a devolver bien por mal, sino, más bien, habituada a castigar la injusticia y devolver mal por mal; excluyendo de sus filas aquellos que mantuvieran el principio cristiano de "No matarás", teniendo por principio no amar al enemigo sino combatirlo y no demostrar magnaminidad con él sino tras haberlo vencido; en todo esto la Caballería afirma, casi sin alteración, una ética heroico-pagana y aria en el seno de un mundo que tenía de católico solo el nombre.

Hay más. Si la "prueba de las armas", la solución de las conflictos por l fuerza, considerada como una virtud concedida por Dios al hombre para hacer triunfar la justicia y la verdad, es la idea fundamental sobre la que reposa el espíritu caballeresco y se extiende del derecho feudal al plano teológico proponiendo el uso de las armas y el "juicio de Dios", incluso en materia de fé, tal idea pertenecía, también, al espíritu pagano; más directamente aún, se refería a la doctrina mística de la "Victoria", que, extraña a los dualismos propios de las concepciones religiosas, unía el espíritu a la potencia, transformando la victoria en una especie de consagración divina, al vencedor y al héroe en un ser tan próximo a los "cielos" como podía estarlo un santo o un asceta; mientras que asimilaba al vencido, por el contrario, al culpable y casi al pecador. Las edulcoraciones teístas en nombre de las cuales, en la Edad Media se quería ver, alegóricamente, una intervención personal y directa de Dios, no muestran nada del fondo anticristiano presente en las costumbres de los que acabamos de hablar y que restituye al concepto de "gloria" (reducida por el cristianismo a la aureola de los santos y de los mártires) su significado original y viril, ya que la "gloria", es el varenô iranio, el arr de las más recientes tradiciones, es decir, el fuego divino propio de las naturalezas solares que alumbra a los reyes de la victoria su derecho de orden trascendental. Se nos objetará: la caballería ¿acaso no ha reconocido la autoridad de la Iglesia? La caballería ¿no emprendió las cruzadas en defensa del cristianismo? si, esto es cierto, pero debe ser situado en su justo lugar, sin olvidar todo lo demás. Si el mundo caballeresco, en general, proclama su fidelidad a la Iglesia, y también, al mismo tiempo al Imperio, demasiados elementos hacen pensar que, más que una aceptación de la creencia cristiana, se trataba de un homenaje similar al que se rendía igualmente a los diversos ideales y a las "damas" hacia las cuales el caballero se volvía de forma desindividualizada, pues, para él, y conforme a la vía que se había trazado, solo era decisiva la facultad genérica del sacrificio heroico de su propia felicidad y de su vida, y no el problema mismo de fe en el sentido específicamente teológico. En realidad, el espíritu mismo de las Cruzadas no fue diferente. En el ideal de las Cruzadas, se reencuentra aquel, no reductible evidentemente solo al cristianismo evangélico, pero fácilmente reconocible, por el contrario, tanto en la tradición irania como en la hindú (Bhagavad-gita) o en el Corán, sin hablar de las concepciones clásicas referidas a la mors triunphalis o la "guerra santa" como vía heroica de superación de la muerte y de inmortalización.

Incluso admitiendo que se combatiese para liberar a la tierra en la que murió el apóstol galileo, en las Cruzadas se encuentra una vez más, un fenómeno que, por su origen, entraba en el marco de estas visiones del mundo a las cuales pertenece la máxima: "La sangre de los héroes está más cerca Dios que las oraciones de los devotos y la tinta de los sabios", que mantenía el Walhalla (el

"palacio de los héroes") como ideal celeste, la "isla de los héroes" donde reina el rubio Radamante sobre el trono de los inmortales -y no de la concepción que participando del horror pelasgo-meridional hacia la sangre, había adoptado la sentencia agustiniana: "Aquel que puede pensar en la guerra y soportarla sin grave dolor, verdaderamente ha perdido todo sentido de lo humano", y expresiones aun más drásticas como las de un Tertuliano, fiel al evangelio de "quien a hierro mata a hierro muere" y al mandato de Jesús a Pedro de retornar la espada a su vaina.

En realidad, si los cruzados pudieron aparecer como cristianos y ser queridos y santificados por la Iglesia, la conclusión que debe extraerse de todo esto, es que la tradición heroica, nórdico-germánica, ha terminado por privar sobre el cristianismo, incluso durante las Cruzadas. En lugar de una edulcoración de esta tradición en cristianismo, se constata, por el contrario, tras las formas cristianas, la restauración de la antigua virilidad espiritual, donde la vía del guerrero sacro, sustituye a la del santo y el devoto.

El tipo de guerrero sacro es, en el fondo, el tipo del caballero de las grandes órdenes medievales. En ellas la idea ascética se une al ethos nórdico, y fueron órdenes que practicaban, no en el sentido religioso, sino en el heroico, los mismos votos que los monjes: en fortalezas, en lugar de la del incienso. Poseyeron ceremonias regulares de consagración, llegaron en ocasiones hasta a ser dotados de iniciaciones en el sentido propio y de símbolos enigmáticos propios de una espiritualidad superior. A este respecto, la orden de los Templarios fue naturalmente una de las más significativas: y aún más significativa, fue su feroz destrucción bajo los golpes de la Iglesia y de un soberano, enemigo de la aristocracia y ya próximo al tipo laico moderno, como Felipe el Hermoso. Se sabe que, entre las acusaciones llevadas contra los Templarios, existía, en el grado preliminar de su iniciación, el imponer al neófito el rechazo al símbolo de la cruz, de ver en Jesús un falso profeta cuya doctrina no conducía a ninguna salvación. Otra acusación se refería a ritos abominables entre los cuales, se decía, figuraba, la quema de los niños. La colaboración sacrílega expresamente dad a estas supuestas confesiones arrancadas mediante la tortura: a pesar de la declaración clara y concordante de parte de los acusados de que se trataba de símbolos, no debe impedirnos presentir un sentido mucho más profundo.Rechazando la cruz, no se trataba, con toda seguridad, más que de rechazar una forma inferior de creencia, en nombre de una forma superior. La famosa acción de quemar a un recién nacido no significa otra cosa que el bautismo del fuego destinado a la regeneración (este símbolo puede ser aproximado al de la salamandra animal que, como el Fénix inmortal, se baña en el "fuego" del renacimiento heroico) -que es también uno de los signos que Federico II habría recibido del "Preste Juan"- rito que puede también hacer pensar en la ceremonia ritual de los cadáveres practicada por casi todas las grandes civilizaciones arias, y especialmente prescrita por Odín para aquellos que están destinados a entrar en el WalHalla.

Por otra parte, el simbolismo del Templo, al cual se habían consagrado los templarios, y por el cual la mayor parte de los cruzados luchaban y morían en la esperanza de transmutar la muerte en vida nueva e inmortalidad, de obtener la "gloria absoluta" y "conquistar un lecho en el paraíso", no se reduce sin más a ser un sinónimo de Iglesia. Justamente se ha dicho que el Templo es un término más augusto, vasto y menos condicionado que el de "Iglesia". El Templo está por encima de la Iglesia: las iglesias pueden destruirse, pero el Templo permanece como el símbolo del parentesco de todas las grandes tradiciones espirituales y de la peremnidad de su espíritu. Es por ello que el gran movimiento universal de las Cruzadas hacia Jerusalem, hacia el Templo en vista del cual Europa realiza, por primera y última vez, el ideal imperial de una unidad supranacional a través del rito de la acción y de la guerra santa, no está desprovisto, en nuestra opinión de un significado esotérico. El papel que jugaron los albigenses y los templarios, su carácter eminentemente gibelino, deberían bastar para atraer la atención. En realidad, en la corriente hacia Jerusalen se esconde frecuentemente una corriente oculta contra la Roma de los papas y que Romo, sin percibirlo, alimentaba ella misma, de la que la caballería era la militia y que debía encontrar su apoteosis con un emperador estigmatizado por Gregorio IX como aquel "c que amenaza con sustituir a la fe cristina por los antiguos ritos de los pueblos paganos y, acusado en medio del templo, de usurpar las funciones del sacerdocio".

La figura de Godofredo de Bouillon -representante más significativo de la caballería de las Cruzadas, llamado lux monachorum (lo que nos lleva de nuevo a la unidad del principio ascético y espiritual y del principio guerrero propio de estas órdenes)- tal figura es la de un príncipe que no acepta ascender al trono de Jerusalem, sino después de haber traído a Roma la sangre y el fuego, matando con su propia mano al anticésar Rodolfo de Rhinfeld, y expulsa al papa de la ciudad d los Césares.

Además, la leyenda establece un "parentesco" significativo entre este rey de los Cruzados y el mítico "Caballero del Cisne" (el Helias francés, el Lohengrim germánico) quien, a su vez, se refiere a símbolos imperiales paganos (se piensa incluso en una conexión genealógica con el mismo César), solares (ver las relaciones etimolóligas entre Helias, Helio y Elías) y pagano- hiperbóreas (el cisne que conduce Helias o Lohengrin a la "sede celeste" es el mismo animal emblemático que lleva Apolo entre los Hiperbóreos y aparece frecuentemente en las huellas paleográficas del culto nórdico-ártico prehistórico). Tal conjunción de elementos hace de Godofredo de Bouillon fuera un símbolo más -en relación con las mismas Cruzadas- dando el verdadero sentido a esta fuerza secreta que, en la lucha política de los emperadores germánicos y en el triunfo mismo de un Otón I, no revela más que su manifestación superior más visible.

VI.EL "GRAAL" Y LA "DAMA"

Además, el Templo se encuentra en el centro de la caballería so solo en tanto que Templo de Jerusalem, sino igualmente en tanto que Templo del Graal. El Graal, en muchos aspectos encarna la faz esotérica de la caballería, pero el conjunto de leyendas que se refieren a él no hace sino evocar su significado secreto.

Ya en la forma cristiana de esta leyenda, el Grial, el vaso místico de propiedades maravillosas, que hace innecesario cualquier alimento terrestre y procura una eterna juventud, habría sido transportado, después de la Ultima Cena, por los ángeles del Cielo, de donde habría descendido solo en el momento en que apareció sobre la tierra una raza de héroes capaces de constituirse en guardianes suyos. El jefe de este linaje hizo construir para el Graal un Templo a imagen del de Jerusalem, e instituyó la Orden del Graal, compuesta por doce caballeros llamados "caballeros perfectos" e incluso "celestes". Si este objeto místico, cuya búsqueda es el ideal más elevado del caballero -y que, desde cierto punto de vista, encarna la tradición espiritual antigua perdida o convertida en invisible (el Graal secuestrado en los "cielos", puede relacionarse con lo ya dicho a propósito del coelum y celare, ocultar) puede unirse a la ortodoxia de Roma y a la tradición sacerdotal de la Iglesia, si se piensa que esta tradición es directamente posterior al Cristo, ?cómo puede explicarse la idea de que el Grial haya podido desaparecer, así como la idea de que haya sido necesaria que se alce una nueva raza,no la de los sacerdotes sino de los héroes, de los caballeros, a fin de que el Graal pueda volver nuevamente sobre la tierra, en su Templo? Está claro que aquí, una vez más, se hace alusión a otra espiritualidad, a algo que no se encuentra en la Iglesia y para la cual la tradición de esta última no es de ningun utilidad.

Por otra parte, la leyenda del Grial no es más que la adaptación cristiana de una tradición pre-cristiana, pagana. Los des objetos místicos de la leyenda del Graal, al copa y la lanza, se reencuentran, en efecto entre los que los miembros de la raza divina de los Tuatha Da Dannan (verosímilmente llamados Cro-Magnon, y también los "Helenos del paleolítico") se habría llevado en ella al abandonar Avalon, "donde la muerte no existe", residiría, por otra parte, el rey arturo, a quien se atribuye la institución de la Orden de los Caballeros del Graal: y las representaciones del castillo en el cual habría sido guardado -según la antigua leyenda celta- un recipiente que prodigaba un alimento sin fin (que, posteriormente, tomará el nombre de Graal), coincidiendo frecuentemente con las de la sede simbólica del "rey universal", del palacio del Preste Juan, del Asgard del Edda, sede de los Asen y fundadores de las casas reales nórdicas, y con numerosas otras representaciones alegóricas del "lugar" de la autoridad espiritual suprema, detentadora de los dos poderes. Antes de ser la copa de la que se sirvió Jesús para la Cena, el Graal, idealmente, es el recipiente mágico dado por el hijo de Llyr, Brân, a Marholwch, recipiente que contiene el poder de resucitar a los "muertos" y curar cualquier herida, no sin relación con numerosos otros vasos del mismo tipo conocidos en las leyendas celtas, de los que en ocasiones se dice que rechazaban dar el contenido místico no a los pecadores sino a los perjuros y perezosos. Pero hay algo aún más "curioso", Numa habría recibido del "cielo" a título de pignus imperii, de garantía para la eternidad de Roma, un escudo sagrado, correspondiente a la antigua vasija destinada a contener la ambrosía, es decir, el alimento no terrestre de los inmortales. En la romanidad pagana, el escudo sagrado era guardado por el colegio de los Salii; estos últimos, además del escudo, poseían la lanza y su número era de doce, como los caballeros del Graal y del rey Arturo que, también tenían bajo su custodia un objeto inestimable: el Graal, la copa de la bebida inmortal y una lanza. He aquí que de nuevo, por las vías subterráneas, reaflora un simbolismo idéntico, una misma tradición enigmática relacionada con las formas de antiguas civilizaciones heroico-paganas.

Todo esto evoca de una forma significativa, los entre bastidores de la caballería y de sus misterios, por emplear la expresión de Aroux. Aroux, y con él Rossetti, aunque la ignorancia de una cierta cultura académica apenas lo haya entrevisto, habían abierto ya la vía a otros descubrimientos; habían demostrado la existencia de un lenguaje cifrado, alegórico, en los restos y los relatos de la Caballería hasta el mismo Dante y los que pueden llamarse "Fieles de Amor". Gracias a este lenguaje, no se disimulaba solamente una enseñanza poco ortodoxa que se salía de los límites impuestos por el cristianismo, sino que igualmente estaba presente, en ocasiones una viva y radical aversión hacia a Iglesia. No es este el lugar para desarrollar este tema; por lo demás, en nuestros días, el llorado Luigi Valli ha facilitado a este respecto una notable contribución demostrando el doble aspecto, gibelino e iniciático de una literatura únicamente considerada como "poética" en la época del Stil Nouvo. Nos limitarmos a decir que cualquiera que piense que la reacción contra la Iglesia, de la que se encuentran huellas n las sectas y en las tradiciones secretas hasta los tiempos de Dante, era debida a la corrupción y a la decadencia de la Iglesia misma, se equivoca burdamente. Aquí se trata -una vez más- de otro ideal que, por su misma naturaleza, se opone al de la Iglesia, corrupta o no, en tanto que órgano del cristianismo, es decir, de una simple religión y que jamás ha podido representar. Aquí también, existe oposición política y simultáneamente, oposición espiritual. A este respecto y antes de concluir, conviene evocar el simbolismo caballeresco de la "Dama".

Como se sabe, el culto a la "dama" era propio de la caballería y fue llevado tan lejos que, si se toma al pie de la letra, puede aparecer como aberrante, tal como algunos han pensado. El hecho de volcarse a una "Dama", consagrarle fidelidad incondicional, fue uno de los temas más frecuentes de las cortes caballerescas. A la "Dama" se dejaba el juzgar sobre el valor y el honor de los caballeros y, según la teología de los castillos, no era dudoso que el caballero muerto por su "Dama" participase del mismo destino de inmortalidad bienaventurada asegurado al cruzado muerto por la liberación del Templo. Cosa curiosa, si se consideran algunos ritos, se constata que la "Dama" del aspirante a caballero debía desvestirlo para conducirlo al baño a fin de que pudiera purificarse y revestirlo nuevamente -como los neófitos de los misterios paganos- con los vestidos inmaculados de la Vela de Armas y, recibir finalmente, la investidura caballeresca. Vemos, por otra parte, que los héroes de las aventuras, en ocasiones escabrosas, en las cuales figura la "Dama", héroes como Tristán (Sir Tristán) y Lancelot, son simultáneamente caballeros del rey Arturo en busca del Graal, es decir, miembros de la misma orden mística a la que pertenecían tanto Parsifal como Kundry seducido en vano y los caballeros celestes, como el hiperbóreo "Caballero del Cisne".

La verdad, es que tras todo esto se escondían significados más profundos, no destinados ni a los jueces de la Inquisición ni al público grosero, sino a inteligibles simbólicamente bajo la cobertura de costumbres extrañas y relatos eróticos. En la mayor parte de los casos, por "Dama" de la antigua caballería es preciso entender lo que vale igualmente para la "Dama" de los "Fieles de Amor" y revela, por otra parte, un simbolismo tradicional bien preciso. La "Dama" a la que se jura fidelidad incondicional y a quien uno se entrega haciéndose cruzado, la "Dama" que conduce a la purificación ( que el caballero considera como su recompensa y que le vuelve inmortal cuando muere por ella), es en el fondo el equivalente al mismo Graal.

Es -como ha demostrado Valli- para los Fieles de Amor, la "inteligencia" en el sentido trascendente, la "santa sabiduría", la personificación, pues, de una espiritualidad transfigurante y de una vida que ignora la muerte; es, por así decirlo, un avatar de Hebe, la eterna juventud que se convierte en la esposa del héroe Herakles, del "hermoso vencedor", en el seno del Olimpo y de Atenea, nacida de la frente divina, que sirve de guía a este héroe; de la Freya del Edda, diosa de la luz,constantemente cortejada por seres telúricos, los Elementarwesen, que buscan en vano conquistarla; de Sigrdrifa-Brynhilde, que Wotan destina a convertirse en la esposa terrestre del héroe que atraviesa la barrera de fuego (y aquí volvemos a encontrar un equivalente del "bautismo de fuego" de los Templarios); de la Virgen Sofía, representación que, en todo el ciclo mítico tradicional de Oriente y Occidente, está en relación con el Arbol del Mundo y de la Vida, personificación de la fuerza vital original, la vida de la vida, e incluso la potencia, conforme al doble significado del término sánscrito shakti, a la vez esposa y potencia.Con el Arbol, está presente no solo en las diversas leyendas relativas a la conquista de la inmortalidad o de la sabiduría por l héroe, sino también y de manera más significativa aún en nuestro caso, en las que se refieren al poder real y sacerdotal de un "vencedor" (cfr. por ejemplo, la leyenda itálica del Rex Nemorensis). ?Habría una aspiración religiosa tras todo este simbolismo femenino y erótico? No lo creemos. En la medida en que, hablando de resurrección en el sentido religioso, no se encubría evidentemente, en el marco del cristianismo, el peligro de ser acusado de herejía, el empleo de tal enmascaramiento por la caballería y los Fieles de Amor sería completamente incomprensible si, efectivamente, se tratara de esto...

Algo diferente e incomprensible para los profanos y los adeptos al cristianismo debía ser ocultado: otra aspiración, irreductible a los límites religiosos, vuelto a una esfera más alta; algo que, sin duda pertenecía a las grandes tradiciones del paganismo ario, tradiciones que ignoraban el pathos del pecado y de la salvación, los terrores del más allá y la Redención; que, en lugar de la verdad "democrática" que transforma cualquier alma mortal en inmortal, reconocía la doble vía, el doble destino, la doble posibilidad: de un lado, la vía de los ancestros y los demonios de la tierra , el Hades, el glacial Niflheim, las aguas de la disolución y del olvido, de la otra, la vía de los dioses -devayana- y de los héroes, la religión olímpica de los inmortales, el Walhalla, las aguas del despertar, la "vida sin sueño" del Avesta. Al igual que en la cumbre de la sociedad medieval se encontraba el ideas del Imperio que entroncaba con la Tradición pagana de una suprema autoridad "solar", al igual que el símbolo del Templo y del Grial era una transposición cristiana de una idea superior a l religión; así como en las premisas de la ética feudal y caballeresca, se reencontraba el tipo viril y pagano de la espiritualidad y, en las Cruzadas y en la "prueba de las Armas", la doctrina antigua de la mors triunphalis y de la victoria, igualmente es posible que en el simbolismo de la "Dama" y en la relación entre ella y los caballeros del Graal se hayan ocultado los elementos propios a la doctrina y a las iniciaciones paganas, los temas del despertar y del tránsito, no místico ni sentimental, sino real, de un modo de ser a otro, realizado según una vía viril y heroica, ajena a cualquier evasión de tipo religioso y a toda servidumbre ante lo divino. Y que se haya querido mantener la actitud solar según la cual el elemento de la sabiduría, de la vida espiritual y de la potencia, a la cual se consagra y a la que es "fiel" hasta la muerte, debe, sin embargo, conservar los rasgos femeninos respecto a la virilidad espiritual del iniciado en tanto que valor central. En definitiva, el significado exacto de todo esto, se encuentra, en los Fieles de Amor, tras el símbolo aún más impenetrable de la literatura hermético-alquímica, propia a la tradición que, hecho significativo, toma el nombre de "Ars Regia", arte real, y recupera los temas de las iniciaciones de la realeza divina egipcia misma estableciendo el "mito" de una "raza inmortal y autónoma", de los "sin rey", "herederos de la sabiduría de los siglos", "esposo de la Dama" y "Señores de ambos poderes".

VII.CONCLUSION

Todo lo que precede no constituye más que algunos aspectos de un material documental extremadamente amplio, que podría ser objeto de más vastos desarrollos, aptos para demostrar nuestros puntos de vista.

Las civilizaciones y las grandes épocas históricas tienen un aspecto visible (una Oberwelt) y un aspecto oculto (Underwelt) en donde reside el significado más auténtico de las formas de la conciencia exterior sin tener la menor idea de los entre bastidores del subconsciente y de los procesos internos de los que estas formas no son más que el resultado. Un método histórico que diera cuenta del "subsuelo" de la Historia, de esta Unterwelt der Kultor, se anuncia apenas en nuestros días, obscurecidos aún d ignorancia positivista.

Aplicándolo a la Edad Media, nos ha parecido reconocer en este momento de la Historia algo radicalmente diferente de las suposiciones de los que no ven con nostalgia más que una especie de edad de oro de la cristiandad, la realización más diáfana del ideal católico. Nos ha parecido, por el contrario, reconocer, predominantes e indomables, fuerzas de otra naturaleza muy diversa, fuerzas que llevaron la marca de las más radiantes civilizaciones antiguas y convergieron hacia el glorioso símbolo que debía hacer decir al gran gibelino, a Dante, que "el Cristo mismo fue romano".

 

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