El baul de los recuerdos
Homenaje a Juan Ignacio (2005)
Marcha en Honor a Rudolf Hess. Hessmarsch 2004
Sobre Patria y Libertad
ENTREVISTA: Con Roberto Thieme (Patria y Libertad)
Roberto Thieme guarda la estampa del guerrillero apuesto. Por algo un día enamoró a Lucía, la hija mayor de Pinochet. Guerrillero del movimiento ultraderechista Patria y Libertad de 1973, decidido a derrocar a su enemigo, Allende y la Unidad Popular. De aquel guerrero queda un hombre que dice: "La memoria de los pueblos se construye con la historia fidedigna".
Hace tiempo que el ex jefe del frente militar nacionalista está por saldar cuentas con el pasado. Estar con Thieme es estar de cara a esa historia, tan frescamente recordada por algunos, tan interesadamente olvidada por otros.
El hombre que un día de 1972 introdujo 100 fusiles automáticos desde Argentina sabe que las cuentas se saldan asumiendo los actos, y por ello ‘desclasifica’ información guardada. Cuenta cómo, en julio de 1973, en una reunión, la Armada le presentó a Patria y Libertad un plan de sabotajes a puentes, oleoductos, torres de energía y fuentes de combustible, poniendo a su disposición explosivos y conducción técnica, a cambio de que su movimiento aportara ‘la mano de obra’.
Inteligencia Naval
El plan se realizó y Thieme sostiene que uno de los oficiales de la Armada presentes en la cita fue el entonces capitán Hugo Castro, el mismo que luego fue ministro de Pinochet y brazo derecho del vicealmirante José Toribio Merino.
También revela que la siguiente "solicitud" fue que él, personalmente, asesinara a dirigentes de izquierda, entre ellos al líder socialista Carlos Altamirano, lo que Thieme rechazó.
Hoy dice estar convencido de que, en el camino para derrocar a Allende, fue la inteligencia naval la que ideó y planificó el crimen del edecán presidencial, capitán de navío Arturo Araya. Por ello se aparta radicalmente de la tesis de que este fue un hecho fortuito, como lo estableció el proceso que el Juzgado Naval de Valparaíso instruyó en la década de los ’70.
Roberto Thieme, 63 años, se apresta a presentar sus memorias a mediados de este año, donde, dice, "desclasificará" más información de aquel tiempo de revolución y pólvora. "Hoy no represento a nadie. He evolucionado desde un nacionalismo corporativista hacia un nacionalismo popular, de filosofía humanista laica", dice, mirando siempre a los ojos.
¿En qué momento Patria y Libertad aceleró su colaboración con las fuerzas militares, realizando acciones armadas para aumentar el debilitamiento del gobierno de Allende y apurar el golpe de Estado?
Ocurrió con el fracaso del paro de octubre de 1972 para derrocar al gobierno de Allende, tras lo cual las Fuerzas Armadas se integran al gobierno de la UP. En noviembre de 1972, el Consejo Político de Patria y Libertad percibió la posibilidad de una división de las Fuerzas Armadas, que podía llevar a una guerra civil, y decidió establecer una política militar. Tuve la misión de crear esta milicia nacionalista. Primero se llamó Frente de Operaciones y luego se avanzó hacia una estructura militar creada por un marino experto. Pasaron a llamarse Brigadas Operacionales de Fuerzas Especiales.
¿Cuál es el primer contacto entre Patria y Libertad y militares para participar en acciones directas?
El primer intento de Patria y Libertad fue con un sector del ejército, comprometidos altos mandos a lo largo de Chile, en la intención de tomar La Moneda y derrocar al gobierno, en lo que se llamó el Tancazo del 29 de junio de 1973. La inteligencia del ejército lo detectó y hubo que abortarlo, aunque alcanzaron a salir algunos tanques a la calle. Como Arturo Prat, Patria y Libertad apoyó de todas maneras como pudo.
¿Qué ocurrió entonces?
Eso marcó el fin político de Patria y Libertad, y su directiva nacional sale al exilio. Yo estuve clandestino en Argentina desde febrero de 1973 (intentando crear un campamento de instrucción paramilitar en Mendoza). Pero pronto regresé clandestino a Chile a hacerme cargo de la organización que quedó de Patria y Libertad. Nos declaramos en la clandestinidad. Estamos en el 15 ó 16 de julio de 1973.
¿Cómo y cuándo se inició el contacto entre Patria y Libertad y la Armada para derrocar a Allende?
Unos días después de la mitad de julio de 1973 me contactaron dos comandantes de la Marina [activos] que respondían al mando del entonces vicealmirante José Toribio Merino [a la fecha comandante de la I Zona Naval de Valparaíso]. El comandante en jefe de la Armada era todavía el almirante Raúl Montero, un constitucionalista, pero Merino ya tenía el control de operaciones de la Marina. En una reunión, los comandantes me informan que el 25 de julio de 1973 se inicia un nuevo paro nacional de transporte de varios gremios y otras fuerzas. Me dicen que ahora sí que ese paro apunta definitivamente a derrocar a Allende.
¿Qué le pidieron a Patria y Libertad los enviados de Merino?
–Dijeron que como el gobierno de Allende pudo contrarrestar con infraestructura el paro nacional anterior (octubre 1972), y que como se había visto que paralizar el país era difícil, la Marina, o este sector rebelde, necesitaba iniciar una serie de atentados y sabotajes para entorpecer los flujos de combustibles, energía eléctrica, corte de algunos puentes y oleoductos.
¿Le pidieron a Patria y Libertad realizar estos atentados?
Sí. Ahora, en estos contactos con la Armada fue clave un capitán retirado, ex comando e infante de Marina con cursos de contrainsurgencia y operaciones de comandos en Estados Unidos, llamado Vicente Gutiérrez, nombre real, con alias Javier Palacios. Patria y Libertad lo contrató a principios de 1973 para entrenar nuestras brigadas.
¿Qué hizo Gutiérrez después del golpe?
Fue el brazo derecho de Manuel Contreras en el sector civil de la Comisión DINA, reclutando mucha gente de Patria y Libertad desde el mismo Frente de Operaciones que él entrenó. Fueron los primeros agentes civiles de la DINA.
¿Qué le respondió a los enviados de Merino?
Que teníamos falencia operativa, pero la Marina necesitaba mano de obra, porque me dijeron que para realizar estos sabotajes, la logística, la inteligencia y los materiales los ponía la Armada.
¿La Armada puso las armas y los explosivos?
Los explosivos, porque armas teníamos. Estos sabotajes no eran atentados contra personas. Sólo contra infraestructura del estado.
¿Quién más participó con usted en esa reunión con los dos comandantes?
Este instructor Vicente Gutiérrez y mi brazo derecho en Patria y Libertad, Miguel Cessa, ya fallecido.
¿Cuál fue el primer sabotaje?
Se llamó "La noche de las mangueras largas", precisamente en las horas en que asesinan al comandante Arturo Araya. Se trataba de cortar las mangueras de abastecimiento de combustible de los servicentros más importantes en Santiago. Después, vino la etapa de los oleoductos de Concón y de Concepción. La gente de la Armada siempre nos indicó cómo volarlos, a qué hora. Y esto no paró más.
¿Los atentados los realizó sólo gente de Patria y Libertad o también participaron oficiales de la Marina?
A través de mi mando, el contacto Vicente Gutiérrez y Miguel Cessa; la Armada siempre nos explicó los detalles técnicos para realizar las voladuras. No participan físicamente oficiales de Marina.
¿Qué otro sabotaje hubo?
La voladura de unas torres de alta tensión cuando Allende hablaba en cadena nacional. Se hizo un operativo de ingeniería para volar las torres determinadas y producir un apagón. Fue el primer apagón que se hizo en Chile y abarcó desde La Serena a Puerto Montt. No lo digo con orgullo, pero así se dieron las cosas.
¿Quiénes eran los emisarios de Merino portadores del plan?
Uno de ellos fue Hugo Castro, brazo derecho de Merino. Debe haber tenido grado de capitán de navío o fragata, porque era comandante. El otro no recuerdo. Dijeron que el paro nacional se iniciaba el 25 de julio y había que actuar rápido, comenzando por sabotear el combustible. Así entramos la noche del 26 de julio [1973] al asesinato del edecán de Allende, el comandante Araya.
¿El crimen del edecán fue un hecho fortuito, como lo determinó la investigación del Juzgado Naval de Valparaíso, o un complot, como se presume hoy en la nueva investigación judicial?
No tengo elementos de prueba, pero sin duda, luego de lo que se ha conocido en el tiempo y bajo un análisis básico de inteligencia, mi convicción absoluta es que el crimen del edecán Araya fue una operación altamente sofisticada de la inteligencia naval, que también tuvo un móvil.
¿Cuál fue ese móvil?
El grave problema que tenía la Marina era el mando del almirante Montero, constitucionalista, versus la estrategia golpista de Merino. Había que crear un hecho que quebrara el mando en la Marina y que a la vez provocara un efecto sicológico en Allende.
¿Crear en la Armada un clima en contra de Montero para que al golpe se sumaran los sectores de la Marina que lo seguían?
Ese fue el otro móvil, el político. Tocarle el alma a la Armada asesinando al edecán naval. Está claro que el disparo que mató al edecán vino desde otro lugar y ángulo que el que se dijo. No provino desde abajo con el arma que habría disparado [René] Claverie. Y esto nos lleva a un francotirador profesional en el contexto de un complot, lo que es clásico en este tipo de operaciones.
¿Vincula el crimen del edecán con las peticiones que la Armada hizo a Patria y Libertad en esa reunión?
Sin duda que calza. Y ahí aparece otro elemento. A medida que vamos cumpliendo las metas de sabotajes, se radicaliza el proceso en el país, pero todavía el golpe no llega. Entonces empecé a recibir presiones para atentar contra la vida de dirigentes de izquierda, entre ellos Carlos Altamirano. Me entregan el domicilio y todos los datos de las personas.
¿De quién venían esas peticiones?
De Vicente Gutiérrez.
Por lo tanto, ¿cree que venían del sector mayoritariamente golpista de la Armada liderado por Merino?
Creo que sí, porque Gutiérrez no actuaba solo: su verdadero mando era la Armada y no Patria y Libertad. Como no fue suficiente el asesinato del edecán Araya, había que crear más conmoción para el golpe. Ahí decidimos como movimiento parar los sabotajes y no acepté esa última petición. El 25 de agosto de 1973 me entregué, porque estaba clandestino desde mi regreso de Argentina.
¿A quiénes más se le pidió matar?
Específicamente a Altamirano y genéricamente a otros altos dirigentes de la izquierda.
¿Quiénes?
Había otros.
¿Qué rol jugó Jorge Ehlers Trostel en el crimen del edecán?
Jorge Ehlers fue un ex oficial de Marina con altas conexiones sociales con el establishment de la Armada. Él fue el coordinador entre el grupo que actuó y la Armada. Él entregó algunas armas a esos jóvenes, indicándoles que fueran justamente al sector donde vivía el edecán a provocarlo para que saliera al balcón. Todo eso no pudo ser casual.
12 de febrero de 2006
Santiago, Chile. El ex jefe militar del movimiento Patria y Libertad, Roberto Thieme, dio a conocer en sus memorias un plan de sabotajes de la Armada para derrocar al gobierno socialista de Salvador Allende en 1973, incluida la orden de asesinar al entonces presidente del Partido Socialista, Carlos Altamirano.
Thieme, de 63 años y ex marido de Lucía Pinochet, la hija mayor del general (r) Augusto Pinochet, dio una serie de precisiones acerca de los sabotajes y ataques previos al derrocamiento de Allende, que integran las memorias que publicará a mediados de año.
El ex militar confesó que en julio de 1973 recibió de la Armada un plan de sabotajes a puentes, oleoductos, torres de energía y fuente de combustible, además de explosivos y conducción técnica, a cambio de que su movimiento aportara ‘la mano de obra’.
La colaboración entre Patria y Libertad y las fuerzas militares se intensificó a partir del fracaso del paro patronal de octubre de 1972 y que derivó en la incorporación de las Fuerzas Armadas al gobierno de la Unidad Popular.
Pero clave en las intenciones de la marina fue el asesinato al edecán presidencial, el capitán de navío Arturo Araya.
El Tanquetazo de 1973
Previamente, un sector del ejército planificó tomar el palacio presidencial de La Moneda, el 29 de junio de 1973, en lo que se conoció como el ‘tanquetazo’, pero "la inteligencia del Ejército lo detectó y hubo que abortarlo, aunque alcanzaron a salir algunos tanques a la calle", manifestó el ex militar.
Los dirigentes del movimiento tuvieron que salir del país y Thieme se exilió en Argentina, desde donde regresó clandestinamente a mediados de julio de 1973.
"Unos días después de la mitad de julio de 1973 me contactaron dos comandantes de la marina que respondían al mando del entonces vicealmirante José Toribio Merino (a la fecha comandante de la I Zona Naval de Valparaíso)" y que luego integró la Junta Militar, explicó.
El comandante en jefe de la armada era todavía el almirante Raúl Montero, un constitucionalista, pero Merino ya tenía el control de operaciones de la marina.
"En una reunión, los comandantes me informan que el 25 de julio de 1973 se inicia un nuevo paro nacional de transporte de varios gremios y otras fuerzas. Me dicen que ahora sí que ese paro apunta definitivamente a derrocar a Allende", comentó.
Los enviados de Merino dijeron que "como el gobierno de Allende pudo contrarrestar con infraestructura el paro nacional anterior (octubre 1972), y que como se había visto que paralizar el país era difícil, la marina, o este sector rebelde, necesitaba iniciar una serie de atentados y sabotajes para entorpecer los flujos de combustibles, energía eléctrica, corte de algunos puentes y oleoductos", prosigue.
El primer sabotaje se hizo la misma noche que se asesinó a Araya y consistió en "cortar las mangueras de abastecimiento de combustible de los servicentros más importantes en Santiago. Después, vino la etapa de los oleoductos de Concón y de Concepción. La gente de la Armada siempre nos indicó cómo volarlos, a qué hora. Y esto no paró más", explicó.
El Primer Apagón
Otro sabotaje fue la voladura de unas torres de alta tensión cuando Allende hablaba en cadena nacional. "Se hizo un operativo de ingeniería para volar las torres determinadas y producir un apagón. Fue el primer apagón que se hizo en Chile y abarcó desde La Serena a Puerto Montt. No lo digo con orgullo, pero así se dieron las cosas", aseguró Thieme.
El ex líder del movimiento afirmó que "a medida que vamos cumpliendo las metas de sabotajes, se radicaliza el proceso en el país, pero todavía el golpe no llega. Entonces empecé a recibir presiones para atentar contra la vida de dirigentes de izquierda, entre ellos Carlos Altamirano. Me entregan el domicilio y todos los datos de las personas".
"Como no fue suficiente el asesinato del edecán Araya, había que crear más conmoción para el golpe. Ahí decidimos como movimiento parar los sabotajes y no acepté esa última petición. El 25 de agosto de 1973 me entregué, porque estaba clandestino desde mi regreso de Argentina", concluyó.
"Hoy no represento a nadie. He evolucionado desde un nacionalismo corporativista hacia un nacionalismo popular, de filosofía humanista laica", aseguró el controvertido líder del grupo que encabeza hace más de 30 años el actual jefe del equipo jurídico que defiende a Pinochet, el abogado Pablo Rodríguez.
12 de febrero de 2006
Hace XXV años
JUAN IGNACIO: HACE YA XXV AÑOS. NI OLVIDAMOS NI PERDONAMOS
Redacción.- El 14 de diciembre de 2005 tendrá lugar el XXVº Aniversario del asesinato de nuestro amigo y camarada Juan Ignacio Rodríguez González. Los que fuimos sus compañeros de lucha y los que lo tuvimos como jefe político, no podemos pasar por alto esta fecha que permanece, a un cuarto de siglo vista, presente de manera indeleble en nuestros corazones.
Aquellos años en los que teníamos un ideal para vivir…
Juan Ignacio emergió como militante político en los últimos años del franquismo y principios de la transición. No procedía de nuestro ambiente, sino que militó durante un tiempo en la izquierda comunista. El proceso de transformación de sus ideas políticas tuvo lugar durante la transición, tras la muerte de Franco. Juan Ignacio ingresó en Fuerza Nueva en donde pronto se convirtió en uno de los líderes de la organización. Fundó la “Sección C”, verdadero servicio de orden del partido, cuyos distintivos eran diferentes a los del resto de la organización: camisa gris y boina negra.
En aquel período se curtió en numerosas luchas callejeras contra la extrema-izquierda, permanentemente adicta al ideal estalinista y a la intolerancia que siempre ha practicado contra sus adversarios políticos. Mal asunto para la extrema-izquierda, porque permanentemente fue batida sobre el terreno y puesta en fuga, incluso en situaciones de superioridad absoluta. En todas estas acciones de autodefensa, Juan Ignacio nunca dio un paso atrás y su personalidad y empuje hicieron que siempre, incluso los “primerizos” y menos lanzados, le siguieran hasta en las circunstancias más desfavorables.
En los años 77-80, buena parte de la juventud española optó por militar en formaciones patrióticas y antiestalinistas. Para todos los que, en aquel momento, optaron por esta opción, Juan Ignacio se convirtió pronto en un referente político. Especialmente, a partir del despegue de Fuerza Nueva, durante el verano de 1977. Lamentablemente, el partido cometió suficientes errores políticos y de conducción, que todo el formidable potencial de energías patrióticas que logró movilizar Blas Piñar, quedó dilapidado a la vuelta de pocos años.
En 1977, cuando nosotros mismos militábamos en la Delegación catalana de Fuerza Nueva, percibimos el problema interior del partido: un excesivo escoramiento hacia el nacional-catolicismo que no iba a ser entendido por el pueblo español, además de unas formas paramilitares (inadecuadas en una democracia formal como la que se inauguraba en aquellos momentos en España) y unas referencias constantes al franquismo, entonces en pleno desmantelamiento, que hacían mirar atrás más que hacia el futuro. Tras nuestra expulsión del partido, Fuerza Joven de Catalunya se desvinculó del mismo, creándose el Frente Nacional de la Juventud. En Madrid, ocurrió un proceso similar, quizás sólo diferente en los elementos detonantes de la crisis y apenas un año después.
En 1978, 300 militantes de Fuerza Joven de Madrid y de la Sección C, se dan de baja de Fuerza Nueva y fundan el Frente de la Juventud. La dirección del partido, mal aconsejada, había juzgado conveniente comprar un palacete como sede central. El edificio era desproporcionado para un partido como Fuerza Nueva que, en aquel momento, tenía solamente un diputado. Juan Ignacio y el Secretario General de Fuerza Nueva, José de las Heras Hurtado, habían aconsejado que, en lugar de esa faraónica sede, el partido comprara locales en los barrios en donde tenía más implantación, a fin de reforzar las secciones locales. Así mismo, existía un proyecto de editar un diario del partido. Todas estas iniciativas quedaron desactivadas en cuanto se compró el palacete en cuestión. La polémica no estaba exento de un trasfondo estratégico: se trataba de potenciar una “dirección fuerte” o bien unas “delegaciones fuertes”. Para Juan Ignacio y para Pepe de las Heras, esta segunda opción respondía mucho mejor a la situación del partido y aseguraba su crecimiento en las bases. Para el entorno de Blas Piñar, era mucho más importante priorizar una sede central para reforzar el peso de esa misma dirección. A 28 años vista de aquella polémica, no tenemos más remedio que recordar la lucidez de Juan Ignacio y de Pepe de las Heras. Sin embargo, la discusión (que, en el fondo, era estratégica) generó una primera fisura interior en el partido, especialmente en la Delegación de Madrid que, finalmente, seis meses después, desembocó en la ruptura de 300 militantes madrileños y la Delegación vallisoletana. Así nació el Frente de la Juventud.
Era evidente que entre el FNJ barcelonés (que había logrado extenderse a Gerona, Zaragoza, Navarra, Asturias, etc.) y el FJ, necesariamente debía de operarse una aproximación. Ésta fue imposible mientras el FNJ estuvo dirigido por Ramón Graells Bofill que no estaba dispuesto a integrarse en una dirección en la que, sin duda, ocuparía un lugar secundario. Tras la ruptura del FNJ, el sector mayoritario (y todas las delegaciones) esta organización se integró en el FJ a principio de 1979 y, como tal, participamos en el Primer Congreso del Partido ese mismo año. De ese congreso, surgió una nueva dirección en la que Juan Ignacio Rodríguez ocupaba el cargo de Secretario General, José de las Heras fue elegido presidente del partido y nosotros mismos ocupamos el cargo de Secretario Político.
En aquel momento, el Frente de la Juventud era el grupo patriótico extraparlamentario más potente. Con buenas relaciones de amistad y camaradería con la Primera Línea de Falange y dotado de una dirección con amplia experiencia política y militante. De hecho, la riqueza del FJ eran sus militantes, siempre dispuestos a cualquier sacrificio y a la aventura más arriesgada para tirar adelante la organización. La edad media no superaba los 25 años y buena parte de la militancia estaba formada por chicas.
No vamos a mitificar aquella época: se cometieron errores, tanto de dirección como de táctica; en nuestro descargo podemos decir que todos, incluidos los dirigentes del FJ éramos excesivamente jóvenes, carecíamos de suficiente experiencia política y, por lo demás, procedíamos de una organización en la que no existía ni formación política, ni técnica de la militancia. Así pues, debíamos de partir casi necesariamente de cero.
Eran los tiempos en los que la “euroderecha” concentraba al MSI, al PFN francés y a FN. A medida que el FJ fue avanzando en su trayectoria resultaba evidente que la organización tenía un techo limitado en tanto que “organización juvenil”. Fue entonces (hacia finales de 1980) cuando concebimos la posibilidad de transformar al FJ en un partido. A partir de entonces, hubiera sido posible converger en un “Frente Nacional” con la organización de la que habíamos salido y con los falangistas de la Primera Línea.
El asesinato de Juan Ignacio y su contexto histórico
Desgraciadamente, ya no hubo tiempo para nada más. La primera delegación del FJ desarticulada fue la barcelonesa. Resultaron detenidos una veintena de militantes y nosotros mismos tuvimos que partir para un largo y azaroso exilio. De todas formas, dado que los delitos de los que se nos acusaba –manifestación ilegal- no eran objeto de persecución en otros países y, por tanto, no había riesgo de extradición, seguimos viajando por todo el mundo, teniendo como base París, con nuestro propio pasaporte. Sin embargo, el 17 de noviembre de 1980, determinado servicio de seguridad español hizo llegar unos informes intoxicadores a la policía francesa en la que nos acusaba de haber cometido atentados criminales en Francia. Dichos informes, completamente falsos, no fueron tomados en serio por los servicios de seguridad franceses, pero si llegaron al Partido Comunista de Francia, el cual, a través de su ominoso diario “L’Humanité”, compendio de falsedades, infamias y mentira, aireó que nos encontrábamos viviendo en París y que habíamos cometido atentados en Francia.
A raíz de este episodio, vimos nuestra libertad reducida en el vecino país, debimos entrar en la clandestinidad más rigurosa y abandonar Francia durante una temporada, alejándonos del teatro español. Menos de un mes después, ya fuera de Francia, nos llegaba la noticia del asesinato de Juan Ignacio y poco después la detención de José de las Heras y de una treintena de militantes del Frente de la Juventud. Esa operación liquidó completamente en pocas semanas, a lo esencial de la organización, que afrontó los graves sucesos del 23-F con la totalidad de sus cuadros en la cárcel o en el exilio.
Quedan, por supuesto, muchas cosas por decir y buena parte de ellas, no nos corresponde a nosotros, sino a quien las vivió más de cerca. Está claro que, han pasado 25 años, un cuarto de siglo y que no todos los protagonistas de aquellos sucesos, están dispuestos hoy a hablar públicamente, ni siquiera, en algunos casos, a reconocer que militaron en su juventud en una organización “políticamente incorrecta”. Mensaje enviado para el que lo tiene que recoger.
El asesinato de Juan Ignacio no fue un incidente aislado o una casualidad: sino que hay que inscribirlo dentro de la oleada represiva que sufrió el FJ en apenas unas semanas. Para los que estábamos militando en aquella época, era evidente que el FJ era vulnerable y que podía haber sido desarticulado un año y medio o dos antes, sin embargo lo fue en un momento muy concreto de la historia de España. Algunos fuimos afortunados: pudimos regresar del exilio y ser exonerados de todas las acusaciones que pesaban sobre nosotros; otros debieron prolongar durante más años su exilio o los años de cárcel y, finalmente, Juan Ignacio, resultó asesinado.
En estos párrafos, hemos sintetizado el marco histórico-político en el que tuvo lugar el asesinato de Juan Ignacio. Insistimos: no nos corresponde a nosotros, decir lo que queda por decir. A quien le resta hablar, apelaremos a dos valores: el honor y la lealtad. El honor consiste en hacer aquello que estamos obligados a hacer por nuestra condición o situación; la lealtad es el mantenimiento de lo que se ha asumido. Sinceramente, creo que Juan Ignacio se merece algo más que el silencio vergonzante.
Mi visión personal de Juan Ignacio
La primera vez que conocí a Juan Ignacio fue durante un mitin de Blas Piñar en el Palacio de los Deportes de Barcelona. Coincidió con el “Día de Andalucía” y los grupos de la izquierda radical intentaron aproximarse al lugar del mitin. Nosotros respondimos abriendo los maleteros de los coches y distribuyendo los cócteles molotov y las barras de hierro; por su parte, Juan Ignacio y la Sección C, respondió de la misma manera. Miré a ver quien dirigía el grupo y entonces me lo presentaron. Inmediatamente nos pusimos de acuerdo: unos defenderían el acceso al Palacio de los Deportes por la calle Lérida y otros se adelantarían hasta percibir el riesgo de la manifestación izquierdista. En aquellos momentos de tensión (en el interior del local unas 5000 personas escuchaban a los oradores) todos respondimos como se esperaba de militantes políticos. La exaltación del combate, la seguridad en nuestra propia gente, el saber que no íbamos a dar un paso atrás, la sonrisa en los labios, crearon en nosotros una sensación de hermandad. En los años siguientes, tuvimos ocasión de reforzar ese criterio.
De hecho, solamente he considerado dos jefes políticos dignos de tal nombre, en mi vida de militante político. Uno de ellos era Juan Ignacio. Tenía una intuición extrema, sabía mantener la discreción de aquello que debía permanecer al abrigo de curiosos, era un líder con energía suficiente como para sacar lo mejor de sus camaradas, su carácter era amable, fraterno, entrañable para sus camaradas; se advertían estos valores desde que se estrechaba su mano: la extendía siempre y la apretaba transmitiendo su vigor, acompañaba ese gesto adelantando la otra mano y chocándola con el otro brazo del interlocutor, aumentando la sensación de camaradería. Era un militante valiente en la acción, consciente de los riesgos y de hasta donde podía llegarse, nunca sometió a la militancia a situaciones en las que no estuviera seguro de que íbamos a salir airosos. Era un buen táctico y su perspicacia política le hacía intuir por donde podían venir los riesgos y cómo protegerse de ellos.
En una organización militante como el FJ, lo más importante eran las relaciones humanas. Juan Ignacio, en esto era el perfecto militante, animaba las veladas en los bares hasta altas horas de la noche, después de largas pegadas de carteles; todos siempre encontrábamos en sus palabras algún motivo para animarnos; las carcajadas, francas y rotundas, en torno a interminables jarras de cerveza, hicieron que la amistad y la camaradería fueran en el FJ el cimiento que garantizara la cohesión vincular de la organización.
Lamenté mucho el asesinato de Juan Ignacio. Sobre todo lamenté no poder estar cerca de mis camaradas, cuando me llegó la noticia de su asesinato, encontrándome alejado a 6.000 km de la patria. Desde no importa dónde, llamé a la sede de Madrid, me contestó Beatriz, confirmándome la tragedia. No era la primera vez que me habían comunicado el asesinato de un amigo y camarada, pero puedo juraros que experimenté una sensación de rabia como nunca antes había sentido.
En el XXVº Aniversario del asesinato de Juan Ignacio
Una de las pocas alegrías políticas que he recibido estos últimos años, ha sido la noticia de la constitución de la Comisión de Homenaje en el XXV Aniversario del Asesinato de Juan Ignacio. Algunos no nos avergonzamos de lo que dejamos atrás. Hemos, indudablemente, evolucionado políticamente. Muchos, lamentamos algunos de los episodios que vivimos en el pasado y, simplemente, lo único que podemos decir como justificación es: “éramos jóvenes, demasiado jóvenes”. Pero lo hecho, hecho está y ni vamos a silenciarlo, ni vamos a ocultarlo, ni vamos a negarlo. Fuimos militantes del Frente de la Juventud hace 25 años. Algunos evolucionamos hacia otras posiciones. Evolucionamos, no traicionamos.
Creo que en este XXVº Aniversario sería preciso no perder la perspectiva de lo que se pretende: en lo personal, yo recuerdo a Juan Ignacio con mucha frecuencia. Creo que con él presente, la evolución de nuestro ambiente político hubiera sido distinta y creo que pertenecía a una raza de líderes y militantes, desgraciadamente hoy ausente. No sé si hubiera evolucionado hacia las posiciones de “autonomía histórica” que hoy sostenemos algunos exmilitantes del FJ. Lo que sí sé es que Juan Ignacio hubiera seguido siendo nuestro entrañable amigo y camarada.
Y esto es lo que no podemos olvidar: que su asesinato sigue impune. Veinticinco años son muchos años para la impunidad. Este aniversario debería de servir para que los que fuimos sus camaradas entregáramos al Ministerio de Justicia y al Ministerio del Interior, dos peticiones para la reapertura de las investigaciones y, sobre todo, una explicación de por qué éste sigue siendo EL ÚNICO CRIMEN POLÍTICO IMPUNE DE TODA LA TRANSICIÓN.
Yo quiero saber quién asesinó a Juan Ignacio Rodríguez González. Quiero saber por qué fue asesinado. Y no me importa en absoluto tener que dar el paso al frente. Así que pido a otros camaradas que deberían darlo también, seguramente antes que yo, para que recuerden los valores de honor y lealtad que un día hicimos nuestros y que todavía hoy, probablemente, nos mantienen en pie en un mundo que no es como el que ni nosotros ni Juan Ignacio quisiéramos.
Insisto, creo que Juan Ignacio se lo merecía y que los aniversarios deben servir, además de para reunir a sus antiguos camaradas, para EXIGIR la reapertura de la investigación hasta dar con quienes ordenaron el asesinato.
Este crimen no puede permanecer impune por más tiempo.
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Recordamos la URL de la Comisión de Homenaje a Juan Ignacio Rodríguez González y animamos a todos nuestros lectores a participar en los actos que tendrán lugar en la fecha del XXV Aniversario de su asesinato:
http://www.juanignacio-justicia.tk/
© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es