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La memoria de la Otra Europa

De un tiempo, de un país

In memoriam: José María Arrizabalaga Arcocha 33 años despues

In memoriam: José María Arrizabalaga Arcocha 33 años despues
Nueve disparos rompieron el silencio de la tarde en la biblioteca municipal de Ondárroa. Era el 27 de diciembre de 1978. Y quien quebrantó tan abruptamente el silencio, descerrajando nueve tiros cobardemente sobre su víctima desarmada, se dejó abierto el libro; el libro que fingía estar leyendo, el libro que no leía, el libro que no leyó y con el que disimulaba sus designios criminales.

Cuando encontró la ocasión favorable, el pistolero perpetró su cobarde asesinato, apretando el gatillo a bocajarro y su pistola alevosa escupió nueve balas del 9 milímetros Parabellum sobre su víctima. Después de cometer su atentado, el sicario se dio a la fuga.

Exánime, en el suelo, yacía José María Arrizabalaga Arcocha, Jefe de las Juventudes Tradicionalistas del Señorío de Vizcaya, que había entregado su alma a Dios. Jose Mari no tuvo tiempo para coger en sus manos la cadena del Rosario que siempre llevaba consigo.

Jose Mari era un bizarro ejemplar de la raza vasca. Un auténtico vasco que no tenía que falsificar sus apellidos para serlo. Un verdadero vasco que había mamado desde la cuna el amor a la Santa Religión y a España. Y por eso lo mataron los esbirros del extranjero.

A las cinco y media de la tarde la parroquia de Santa María de Ondárroa estaba a tente bonete. Una muchedumbre de vecinos se había congregado para el funeral. Con la rabia concentrada, alguno sin poder contenerse las lágrimas, la feligresía asistió al funeral: todos eran familiares y vecinos de Ondárroa y, entre los asistentes, no faltaban tampoco vecinos nacionalistas.

Sobre el féretro, la bandera rojigualda. En el féretro, el cadáver de Jose Mari Arrizabalaga, amortajado con el uniforme del Requeté, tocado con su boina encarnada, le habían puesto Santo Rosario en las manos y un paño anudado a su cabeza que le pasaba por debajo de sus viriles barbas.

A cencerros tapados quisieron darle sepultura. La Guardia Civil acordonó Ondárroa, obturando los accesos a la Muy Noble y Leal Villa. La Policía Armada se apostaba en las inmediaciones del templo parroquial. El párroco Jesús Garitaonaindía pidió que cesara la violencia. El celebrante, Padre Basterrechea, no pronunció homilía. Su Alteza Real Don Sixto Enrique de Borbón-Parma había querido asistir al sepelio, pero la Guardia Civil se lo impidió.

Años de vergüenza y asco. Años de insoportable discurso aborregado y embustero. Años de democracia dicharachera e inútil. Años de impostura, de guerra sucia encomendada a mercenarios y socialistas robando de los fondos reservados, dándole a los terroristas el gusto de justificar lo injustificable. Años... ¿Qué digo años? ¡Décadas, Señor Nuestro! ¡Décadas de intolerable pacifismo de gallos capones! Pobre España, ¿en manos de quién estás?

José María Arrizabalaga Arcocha tenía 27 años cuando ETA lo mató. Hoy se cumplen 32 años de aquel asesinato político. Pero si algo tenemos los tradicionalistas es memoria, y un corazón reverente para venerar a nuestros Caídos. Por eso mismo no olvidamos. Con todo lo que esa incapacidad de olvido trae consigo.

 

Fuente: Hispanismo.org

Abelardo Pons: Sobre Juan Ignacio

Abelardo Pons: Sobre Juan Ignacio

Hoy he amanecido a ocho mil Kilometros de mi Patria. Me encuentro, en una tierra maravillosa, pero desgraciadamente no estoy disfrutando de las playas paradisiacas.
Estoy forzosamente exiliado de los míos, para poder llevar a mi familia, los garbanzos, que estos miserables niegan al castigado pueblo español.
Desgraciadamente, hay todavía varios exiliados del Frente, que sus terribles delitos todavía no han prescrito, por esta manipulada e infame justicia. Para no hacerles daño, omito sus nombres, pero vaya nuestro recuerdo y admiración para estos patriotas que treinta años después siguen siendo perseguidos.
Lejos de mi Patria, pero mas cerca si cabe, de mis recuerdos. Juan Ignacio, como no podía ser menos, hoy preside mi memoria.
Quinientos desahucios diarios, patriotas en prisión, insolidaridad de las regiones de España, usura medieval disfrazados de banqueros, historia reinventada por analfabetos, Reyes felones y corruptos, terroristas excarcelados y dueños del poder de facto.
Hoy 12 de Diciembre, si que hay algo que celebrar. Y no es la muerte, ni el asesinato impune realizado por el putrefacto sistema. Celebramos que uno de los “Grandes” que ha dado nuestra Patria, se sentirá orgulloso, por que el derramamiento de su sangre, ha servido de abono, para marcar el camino de rebeldía y el sendero de nuestra lucha.
Juan Ignacio, hoy se amontonan cantidad de recuerdos, de momentos maravillosos que compartimos. Tuve el grato honor, durante muchos años, de estar a tus órdenes.
Compartimos momentos buenos, momentos buenísimos, pero también momentos duros, muy duros.

 


Viste caer a muchos de tus muchachos, palizas brutales, emboscadas, linchamientos. Y tu, nunca dejaste tirado, a ninguno de ellos. Siempre supiste dar respuesta adecuada a los miserables te tocaran a los tuyos.
Recuerdo también aquellos camaradas heridos de bala, Cecilio, Sacarino, Victor, siempre te preocupaste de que estuvieran acompañados en sus largas recuperaciones en el hospital, para que nunca se sintieran solos.
No puedo callar la indignación que te causaban los cobardes y terribles asesinatos de los delincuentes de la ETA. Siempre que te fue posible, nos desplazamos, para acompañar a las victimas, darles fuerzas y consuelo, y manifestarles que no estaban solas. Por las tardes, y por las noches, te encargabas de organizar que algún barucho de mala muerte, desapareciera del casco viejo. Nunca faltó la acción de castigo correspondiente para la basura etarra. Recuerdo aquellos terribles momentos, era duro, muy duro ver la soledad y el desprecio que eran sometidos los familiares de nuestros asesinados. Era increíble ver, como hombres de la Policía Nacional y Guardias Civiles, esperaban tu llegada, para que limpiaras lo que ellos no se atrevían a hacer.
Intentaron sin éxito acobardarte, te detuvieron sin pruebas, te aplicaron la infame Ley antiterrorista, elaborada para terminar con los patriotas, te colgaron, te torturaron, te amenazaron. Y no consiguieron nada.

 


Tu espíritu, era cada día más combativo y luchador. Presumo de haber tenido el honor de estar detenidos juntos, incluso de compartir celda. Eso para mi, no tiene precio. Tu fortaleza en esos momentos, era sencillamente asombrosa. No te amilanabas, y conseguías que los torturadores bajaran la cabeza, pues no se atrevían a mirarte a la cara. Yo he sido testigo.Después de torturarte, siempre buscaban una excusa para disculparse y decir lo buenos que habían sido. No tengo dudas de que lo hacían “por si acaso” no fuera que diese la vuelta la tortilla.
Nunca olvidaré la fiesta que me hicisteis cuando me liberaron de la cárcel.
Tu cumpleaños y el mio eran seguidos, y también lo hemos celebrado juntos. Recuerdo ese magnifico perro que tenías, creo era un sheter irlandés, ese día se bebió en mi casa una botella de Wiski, el pobre animal estaba dormido y abrazado a la botella. A la hora de divertirse, seguías siendo el número uno.
Pero te hiciste peligroso para el sistema, según palabras del inefable “Rosón”, la ETA y el Frente de la Juventud eran los mayores peligros de la democracia.
No solo, el sistema canalla, te asesinó. Además intentaron manchar tu memoria con absurdas difamaciones, como el arreglo de cuentas. ¡Miserables canallas y asesinos!
¡Creéis que el tiempo ha borrado vuestros abominables delitos!.
Dormir con un ojo abierto, por que la justicia llegará irremediablemente, y ya no os lo dice un niño, como a los que torturabais y amenazabais. Esos niños se han hecho hombres.


BRASIL 12 de diciembre de 2012.


Abelardo Pons.

Yo no olvido: Mario Leal ¡¡Presente!!

Yo no olvido: Mario Leal ¡¡Presente!!

A la una y cuarto de la madrugada del viernes 6 de diciembre de 1985 la banda terrorista ETA asesinaba en Mondragón (Guipúzcoa) al guardia civil MARIO MANUEL LEAL BAQUERO. El agente se encontraba en el interior de su vehículo, vestido de paisano, en el aparcamiento de la vieja estación de Renfe de Mondragón, cuando tres miembros del grupo Txantxagorri de ETA lo vieron y decidieron, sobre la marcha, asesinarlo. Los pistoleros, que iban encapuchados, acribillaron a Mario a muy corta distancia con armas automáticas, según agentes de la Ertzaintza, cuyo puesto local estaba a escasos doscientos metros del lugar del atentado. El guardia civil recibió media docena de impactos de bala y falleció en el acto. En el lugar de los hechos se recogieron siete casquillos de bala del calibre 9 milímetros parabellum, marca FN del año 1979.

Los dos pistoleros de la banda huyeron en dirección a Vitoria en un Renault 5 de color verde en el que les esperaba un tercer terrorista. Nada más conocerse la noticia, efectivos de la Guardia Civil montaron controles en los alrededores de Mondragón.

A las dos de la madrugada el cuerpo del guardia civil continuaba todavía en el interior del vehículo en el que fue ametrallado, a la espera de que el juez procediera al levantamiento del cadáver. A primera hora de la mañana del 6 de diciembre quedó instalada la capilla ardiente en el cuartel de la Guardia Civil de Arechavaleta. A las cinco de la tarde el féretro con los restos mortales de Mario cubierto con la bandera de España fue llevado a la Iglesia de la Asunción de la localidad guipuzcoana, donde se celebró el funeral. Al mismo asistieron el director general de la Guardia Civil, general Sáenz de Santamaría, y el delegado del Gobierno, Ramón Jáuregui, además de otras autoridades civiles y militares, mandos de la Policía y representantes de partidos políticos.

La indiferencia y el desprecio con el que los vecinos de Arechavaleta presenciaron las honras fúnebres por el guardia civil asesinado escasas horas antes fueron descritos por Ramón Jáuregui en su libro El país que yo quiero. Memoria y ambición de Euskadi (Planeta, 1994):

Entramos en la iglesia y estamos solos. Delante, los guardias compañeros, las autoridades, el alcalde y la familia; los bancos, detrás, virtualmente vacíos. Al salir y ver el cuadro se me pasó por la cabeza una escena de la película La muerte de Mikel. Todo el pueblo de Aretxabaleta asistía al espectáculo desde la plaza, impasibles, como si con ellos no fuera la cosa; incapaces de sentir sencillamente pena por el dolor que desfilaba delante, que expresaban los familiares (...). Arriba, en un balcón sobre la plaza, algunas risas, en chirigota hacia el ceremonial, mientras la procesión se ponía en marcha (citado por Alonso, R., Florencio Domínguez, F., y García Rey, M. Vidas Rotas, Espasa 2010, pág. 549).

Los autores del asesinato de Mario Leal fueron los mismos que mantuvieron secuestrado a José Antonio Ortega Lara en Mondragón durante 532 días. Una de las pistolas que se incautó en el zulo donde mantuvieron al funcionario de prisiones fue utilizada en el asesinato del guardia civil. En marzo de 2000 la Audiencia Nacional condenó como autores del asesinato de Leal Baquero a José Miguel Gaztelu Ochandorena, José Luis Erostegui Bidaguren y Jesús María Uribetxeberria Bolinaga a sendas penas de 33 años de cárcel por el asesinato del guardia civil.

Mario Manuel Leal Baquero tenía 29 años. Era natural de Avilés (Asturias), estaba destinado en el cuartel de Arechavaleta desde dos años antes de ser asesinado, y estaba pendiente de ser trasladado a Asturias. Estaba casado y tenía una niña, Beatriz. En julio de 2008 el Ayuntamiento de Avilés acordó dedicar una calle en memoria del agente asesinado. Su hermano, Rubén Leal, ha participado en actos de la Rebelión Cívica liderada por Francisco José Alcaraz, presidente de Voces contra el Terrorismo, como el que tuvo lugar en Madrid el 5 de febrero de 2011. El PP de Avilés incluyó al padre del agente asesinado, Manuel Leal Pereira, en un puesto testimonial de su candidatura municipal a las elecciones de mayo de 2011, como forma de rendir homenaje a las víctimas del terrorismo.

 

Fuente: Libertad Digital

La Conquista del estado (2ª època)

La Conquista del estado (2ª època)

Para leer la colección completa, 90 paginas de prensa nacional-revolucionaria en el Madrid de mediados de los 80

Releyendo a Jose Antonio: Germanos contra bereberes (1936)

Releyendo a Jose Antonio: Germanos contra bereberes (1936)

1. ¿Qué fue la Reconquista ? Un criterio superficial de la victoria tiende a considerar España como una especie de fondo o substratum permanente sobre el cual desfilan diversas invasiones, a las que nos hacen asistir como solidarios con aquel elemento aborigen. Dominación fenicia, cartaginesa, romana, goda, africana... De niños hemos presenciado mentalmente todas esas dominaciones en calidad de sujetos pacientes; es decir, como miembros del pueblo invadido. Ninguno de nosotros, en su infancia romancesca, ha dejado de sentirse sucesor de Viriato, de Sertorio, de los numantinos. El invasor era siempre nuestro enemigo; el invadido nuestro compatriota. 

Cuando la cosa se considera más despacio, ya al apuntar la mañana, cae uno en esta perplejidad: después de todo -se pregunta- no sólo mi cultura, sino aún mi sangre y mis entrañas ¿tienen más de común con el céltico aborigen que con el romano civilizado? Es decir, ¿no tendré un perfecto derecho, aún por fuerza de la sangre, a mirar la tierra española con ojos de invasor romano; a considerar con orgullo esta tierra no como remota cuna de los míos sino como incorporada por los míos a una nueva forma de cultura y de existencia? ¿Quién me dice que, en el sitio de Numancia, hay dentro de las murallas más sangre mía, más valores de cultura míos, que en los campamentos sitiadores? 



Quizá podamos entender esto señaladamente bien los que procedemos de familias que hayan visto nacer muchas de sus generaciones en la América hispana. Nuestros antepasados trasatlánticos, como nuestros actuales parientes de allá, se sienten tan americanos como nosotros españoles; pero saben que su calidad americana les viene como descendientes de los que dieron a América su forma presente. Sienten a América como entrañablemente suya porque sus antepasados la ganaron. Aquellos antepasados procedían de otro solar, que ya es, para sus descendientes, más o menos extranjero. En cambio la tierra en que actualmente viven, siglos atrás extranjera, es ahora la suya, la definitivamente incorporada por unos remotos abuelos al destino vital de su estirpe. 

Estos dos puntos de vista descansan sobre dos maneras de entender la patria: o como razón de tierra o como razón de destino. Para unos, la patria es el asiento físico de la cuna; toda su tradición es una tradición espacial, geográfica. Para otros, la patria es la proyección física de un destino; la tradición, así entendida, es predominantemente temporal, histórica.


2. Con esta previa delimitación de conceptos cabe resumir la cuestión inicial: ¿qué fue la Reconquista ? Ya se sabe: desde el punto de vista infantil, el lento recobro de la tierra española por los españoles contra los moros que la habían invadido. Pero la cosa no fue así. En primer lugar, los moros (es más exacto llamarles «los moros» que «los árabes»; la mayor parte de los invasores fueron berberiscos del norte de África; los árabes, raza muy superior, formaban solamente la minoría directora) ocuparon la casi totalidad de la Península en poco tiempo más del necesario para una toma de posesión material, sin lucha. Desde Guadalete (año 711) hasta Covadonga (718) no habla la Historia de ninguna batalla entre forasteros e indígenas. Hasta el reino de Todomir, en Murcia, se constituyó por buenas componendas con los moros, toda la inmensa España fue ocupada en paz; España, naturalmente, con los «españoles» que habitaron en ella. Los que se replegaron hacia Asturias fueron los supervivientes de entre los dignatarios y militares godos; es decir, de los que tres siglos antes habían sido, a su vez, considerados como invasores. El fondo popular indígena (celtibérico, semítico en gran parte, norteafricano por afinidad en otra, más o menos romanizado todo él) era tan ajeno a los godos como a los agarenos recién llegados. Es más, sentían muchas más razones de simpatía étnica y consuetudinaria con los vecinos del otro lado del estrecho que con los rubios danubianos aparecidos tres siglos antes. Probablemente la masa popular española se sintió mucho más a su gusto gobernada por los moros que dominada por los germanos. Esto fue el principio de la Reconquista ; al final no hay ni que hablar. Después de seiscientos, de setecientos, de casi (en algunos sitios) ochocientos años de convivencia, la fusión de sangre y usos entre aborígenes y bereberes era indestructible; mientras que la compenetración entre indígenas y godos, entorpecida durante doscientos años por la dualidad jurídica y, en el fondo, rehusada siempre por el sentido racial de los germánicos, no pasó nunca de ser superficial. 



La Reconquista no es, pues, una empresa popular española contra una invasión extranjera; es, en realidad, una nueva conquista germánica; una pugna multisecular por el poder militar y político entre una minoría semítica de gran raza -los árabes- y una minoría aria de gran raza -los godos-. En esa pugna toman parte bereberes y aborígenes en calidad de gente de tropa unas veces y, otras veces, en actitud de súbditos resignados de unos y otros dominadores, quizá con marcada preferencia, al menos en gran parte del territorio, por los sarracenos. 

Hasta tal punto es la Reconquista una guerra entre partidos y no una guerra de la independencia que a nadie se le ha ocurrido nunca llamar «españoles» a los que combatían contra los agarenos, sino «los cristianos» por oposición a «los moros». La Reconquista fue una disputa bélica por el poder político y militar entre los pueblos dominadores, polarizada en torno de una pugna religiosa. 



Del lado cristiano, los jefes preminentes son todos de sangre goda. A Pelayo se le alza en Covadonga sobre el pavés como continuador de la Monarquía sepultada junto al Guadalete. Los capitanes de los primeros núcleos cristianos tienen un aire inequívoco de príncipes de sangre y mentalidad germánica. Más: se sienten ligados desde el principio a la gran comunidad catolicogermánica europea. Cuando Alfonso el Sabio aspira al trono imperial no adopta una actitud extravagante: pleitea, con el alegato de la madurez política de su reino, por lo que podía alentar desde siglos antes en la conciencia de príncipe cristianogermánico de cada jefe de los citados reconquistadores. La Reconquista es una empresa europea, es decir, en aquella sazón, germánica. Muchas veces acuden de hecho, para guerrear contra los moros, señores libres de Francia y de Alemania. Los reinos que se forman tienen una planta germánica innegable. Acaso no haya Estados en Europa que tengan mejor impreso el sello europeo de la germanidad que el condado de Barcelona y el reino de León.

3. En esquema -abstracción hecha de los mil acarreos e influencias recíprocas de todos los elementos étnicos removidos durante ochocientos años-, la Monarquía triunfante de los Reyes Católicos es la restauración de la Monarquía góticoespañola, católicoeuropea, destronada en el siglo VIII. La mentalidad popular distinguía entonces difícilmente entre nación y rey. Por otra parte, considerables extensiones de España, singularmente Asturias, León y el Norte de Castilla habían sido gemanizadas, casi sin solución de continuidad, durante mil años (desde principios del siglo V hasta finales del XV, sin más interrupción que los años que van desde el Guadalete hasta el recobro de las tierras del norte por los jefes godocristianos) sin contar con que su afinidad étnica con el norte de África era mucho menor que la de las gentes del sur y levante. La unidad nacional bajo los Reyes Católicos es, pues, la edificación del Estado unitario español con el sentido europeo, católico, germánico, de toda la Reconquista , y la culminación de la obra de germanización social y económica de España. No se olvide esto, porque quizá por ahí va a encontrar la «constante bereber» su primera rendija para la rebelión. 

En efecto, el tipo de dominación árabe era preponderantemente político y militar. Los árabes tenían vagamente el sentido de la territorialidad. No se adueñaban de las tierras, en el sentido jurídicoprivado. Así pues, la población campesina de las comarcas más largamente dominada por los árabes (Andalucía, Levante) permanecía en una situación de libre disfrute de la tierra, en forma de pequeña propiedad y, acaso, de propiedades colectivas. El andaluz aborigen, y la población bereber que nutrió más copiosamente las filas árabes, gozaba, pues, una paz elemental y libre, inepta para grandes empresas de cultura, pero deliciosa para un pueblo indolente, imaginativo y melancólico como el andaluz. En cambio, los cristianos germánicos traían en la sangre el sentido feudal de la propiedad. Cuando conquistaban las tierras erigían sobre ellas señoríos, no ya pluralmente politicomilitares como los de los árabes, sino patrimoniales al mismo tiempo que políticos. El campesino pasaba, en caso mejor, a ser vasallo; tiempo adelante, cuando por la atenuación del aspecto jurisdiccional, político, los señoríos van subrayando su carácter patrimonial, los vasallos, completamente desarraigados caen en la condición terrible de jornaleros. 
La organización germánica, de tipo aristocrático, jerárquico, era, en su base, mucho más dura. Para justificar tal dureza se comprometía a realizar alguna gran tarea histórica. Era, en realidad, la dominación política y económica sobre un pueblo casi primitivo. Toda aquella enorme armadura -Monarquía, Iglesia, aristocracia- podía intentar la justificación de sus pesados privilegios a título de cumplidora de un gran destino en la Historia. Y lo intentó por doble camino: la conquista de América y la Contrarreforma.

4. Es un tópico (puesto en circulación por la literatura «bereber» de que se hablará más tarde) el decir, que la conquista de América es obra de la espontaneidad popular española, realizada casi a despecho de la España oficial. No se puede sostener esa tesis en serio. Muchas de las expediciones se organizaron, ciertamente, como empresa privada; pero el sentido de la cristianización y colonización de América está contenido en el monumento de las Leyes de Indias, obra que encierra el pensamiento constante del Estado español a través de vicisitudes seculares. Y la conquista de América es también una tesis catolicogermánica. Tiene un sentido de la universalidad sin la menor raíz celtibérica y bereber. Sólo Roma y la Cristiandad germánica pudieron transmitir a España la vocación expansiva, católica, de la conquista de América. Lo que se llame el espíritu aventurero español, ¿será español de veras en el sentido aborigen o bereber, o será una de las señales de sangre germánica? No se desdeñe el dato de que, aún en nuestros días, las regiones de donde sale mayor número de emigrantes, es decir, de aventureros, son las del Norte, las más germanizadas, las más europeas, las que, desde su punto de vista castizo y pintoresco, podrían llamarse menos españolas. En cambio, es todavía abundantísimo el número de andaluces y levantinos que se trasplanta a Marruecos, a Orán, a Argelia y que vive allí absolutamente como en su casa, como una cepa que reconoce la tierra lejana de donde arrancaron a su ascendiente. Esta derivación meridional y levantina hacia África no tiene la menor homogeneidad con las expediciones colonizadoras hacia América. Incluso África y América han sido constantemente como las consignas de dos partidos políticos y literarios españoles. De dos partidos que coinciden exactamente en casi todos los instantes con el liberal y el conservador; el popular y el aristocrático; el bereber y el germánico. Era casi cosa obligada que un escritor aristocrático, antieclesiástico, antimonárquico, incorporase a su repertorio frases como ésta: «Más valía que la Monarquía española, en vez de extenuar a España en la empresa de América, hubiera buscado nuestra expansión natural, que es África». Al lado de la conquista de América, la España germánica (doblemente germánica ahora bajo la dinastía de los Habsburgo) riñe en Europa el combate católico por la unidad. Lo riñe y, a la larga, lo pierde. Y, como consecuencia, pierde a América. La justificación moral e histórica de la dominación sobre América se hallaba en la idea de la unidad religiosa del mundo. El catolicismo era la justificación del poder de España. Pero el catolicismo había perdido la partida. Vencido el catolicismo, España se quedaba sin título que alegar para el imperio de Occidente. Su credencial estaba caducada. Ya lo vió el astuto Richelieu que, para hundir a la casa de Austria, no vaciló en auxiliar a los paladines de la reforma. Sabía muy bien que la piedra angular de los Habsburgo era la unidad católica de la Cristiandad. 



Y así, perdida la partida en Europa primero, en América después, ¿qué tarea de valor universal alegaría la España dominadora -Monarquía, Iglesia, aristocracia- para conservar su situación de privilegio? Falta de justificación histórica, dimitida toda función directiva, sus ventajas económicas y políticas quedaban en puro abuso. Por otra parte, con la falta de empleo, las clases directoras habían perdido el brío, incluso de la propia defensa. Se observa una colección de fenómenos, semejantes en extremo a la decadencia de la monarquía visigótica. Y la fuerza latente, nunca extinguida, del pueblo bereber sometido, inicia lentamente su desquite.

5. Porque, aún en las horas cenitales de la dominación, la «constante bereber» no había dejado de existir y de obrar nunca. Los pueblos superpuestos, dominador y dominado, germánico y aborigen bereber, no se habían fundido. Ni siquiera se entendían. El pueblo dominador vigilaba el no mezclarse con el dominado (hasta 1756 no se deroga una pragmática de Isabel la Católica que exigía probar pureza de sangre, es decir, condición de cristiano viejo, sin mezcla de judío o moro, aún para desempeñar modestísimas funciones de autoridad). El pueblo dominado, entre tanto, detesta al dominador. Con un giro típico, adopta respecto de los dominadores apariencia de sumisión irónica. En Andalucía se llega a los más exagerados extremos de adulación; pero bajo esa adulación aparente se venga la más desdeñosa zumba hacia el adulado. Esta actitud, la burla, es la más dulcemente resignada que adopta el pueblo desposeído. Más arriba aparece ya el odio y, sobre todo, la afirmación permanente de la separación. En España la expresión «el pueblo» guarda siempre un tono particularista y hostil. El «pueblo hebrero» comprendía naturalmente, a los profetas. El «pueblo inglés» incluye a los lores, ¡a buena hora permitiría un inglés consciente que no le considerasen solidarizado, bajo la denominación popular de inglés, con los primeros jerarcas del país! Aquí no: cuando se dice «el pueblo» se piensa decir lo indiferenciado, lo incalificado, lo que no es aristocracia, ni Iglesia, ni milicia, ni jerarquía de ninguna especie. El mismo don Manuel Azaña ha dicho: «no creo en los intelectuales, ni en los militares, ni en los políticos; no creo más que en el pueblo». Pero entonces los intelectuales, los militares, los políticos, como los eclesiásticos y los aristócratas ¿no forman parte del pueblo? Sin especificar, se alude al sojuzgado, al sustraído a su siempre añorada existencia primitiva, indiferenciada, antijerárquica y que, por lo mismo, detesta rencorosamente toda jerarquía, característica del pueblo dominador.
Tal realidad ha penetrado todas las manifestaciones de la vida española, incluso las de apariencia menos popular. Por ejemplo, el fenómeno europeo de la Reforma tuvo en España una versión reducida, pero absolutamente impregnada de la pugna entre germánicos y bereberes, entre dominadores y dominados. En España no se dió un solo caso de hereje príncipe, como en Francia o en Alemania. Los grandes señores se mantuvieron aferrados a su religión de castas. Todo hereje, pequeño burgués, o letrado, era como un vengador de los oprimidos; en su disidencia alentaba más que un tema teológico una incurable inquina contra el aparato oficial, formidable, de Monarquía, Iglesia, aristocracia... 



Y así hasta las fechas más recientes. La línea bereber, más aparente cada vez según ve declinar la fuerza contraria, asoma en toda la intelectualidad de izquierda, de Larra hacia acá. Ni la fidelidad a las modas extranjeras logra ocultar un tonillo de resentimiento de vencido en toda la producción literaria española de los cien últimos años. En cualquier escritor de izquierdas hay un gesto morboso por demoler, tan persistente y tan desazonante que no se puede alimentar sino de una animosidad personal, de casta humillada. Monarquía, Iglesia, aristocracia, milicia, ponen nerviosos a los intelectuales de izquierda, de una izquierda que para estos efectos empieza bastante a la derecha. No es que sometan aquellas instituciones a crítica; es que, en presencia de ellas, les acomete un desasosiego ancestral como el que acomete a los gitanos cuando se les nombra a la bicha. En el fondo los dos efectos son manifestaciones del mismo viejo llamamiento de la sangre bereber. Lo que odian, sin saberlo, no es el fracaso de las instituciones que denigran, sino su remoto triunfo; su triunfo sobre ellos, sobre los que la odian. Son los bereberes vencidos que no perdonan a los vencedores -católicos, germánicos- haber sido los portadores del mensaje de Europa. El resentimiento ha esterilizado en España toda posibilidad de cultura. Las clases directoras no han dado nada a la cultura, que en ninguna parte suele ser su misión específica. Las clases sometidas, para producir algo considerable desde el punto de vista de la cultura, tenían que haber aceptado el cuadro de valores europeo, germánico, que es el vigente; y eso les suscita una repugnancia infinita por ser, en el fondo, el de los odiados dominadores. 

Así, grosso modo, puede decirse que la aportación de España a la cultura moderna es igual a cero, salvo algún ingente esfuerzo individual, desligado de toda escuela, y algún pequeño cenáculo inevitable envuelto en un halo de extranjería.


6. Tras las escaramuzas tenía que llegar la batalla. Y ha llegado: es la República de 1931; va a ser, sobre todo, la República de 1936. Estas fechas, singularmente la segunda, representan la demolición de todo el aparato monárquico, religioso, aristicrático y militar que aún afirmaba, aunque en ruinas, la europeidad de España. Desde luego la máquina estaba inoperante; pero lo grave es que su destrucción representa el desquite de la Reconquista , es decir, la nueva invasión bereber. Volveremos a lo indiferenciado. Probablemente se ganará en placidez elemental en las condiciones populares de vida. Acaso el campesino andaluz, infinitamente triste y nostálgico, reanude el silencioso coloquio con la tierra de que fue desposeído. Casi media España se sentirá expresada inmejorablemente si esto ocurre. Desde luego, se habrá conseguido un perfecto ajuste en lo natural. Pero lo malo es que entonces será pueblo único, ya dominador y dominado en una sola pieza, un pueblo sin la más mínima aptitud para la cultura universal. La tuvieron los árabes; pero los árabes eran una pequeña casta directora, ya mil veces diluida en el fondo humano superviviente. La masa, que es la que va a triunfar ahora, no es árabe sino bereber. Lo que va a ser vencido es el resto germánico que aún nos ligaba con Europa. 




Acaso España se parta en pedazos, desde una frontera que dibuje, dentro de la Península , el verdadero límite de África. Acaso toda España se africanice. Lo indudable es que, para mucho tiempo, España dejará de contar en Europa. Y entonces, los que por solidaridad de cultura y aún por misteriosa voz de sangre nos sentimos ligados al destino europeo, ¿podremos transmutar nuestro patriotismo de estirpe, que ama a esta tierra porque nuestros antepasados la ganaron para darle forma, en un patriotismo telúrico, que ame a esta tierra por ser ella, a pesar de que en su anchura haya enmudecido hasta el último eco de nuestro destino familiar?. 




Prisión de Alicante, 13 de agosto de 1936

Francisco Torres: 70 años del fusilamiento de Jose Antonio (2006)

Francisco Torres: 70 años del fusilamiento de Jose Antonio (2006)

La mitificación y la mixtificación, los relatos heroicos y la retórica que hizo estático el momento histórico, son los responsables de la falta de un relato completo y ajustado a la realidad del último José Antonio; del hombre que es, por decisión política, recluido en prisión poco después del triunfo electoral del Frente Popular; del hombre para quien la izquierda ha señalado un destino: la cárcel. Seguir los rastros de José Antonio en las semanas que discurren desde marzo hasta noviembre de 1936 se ha convertido, en mi oficio de historiador, en un reto. Poco a poco, documento tras documento, archivo tras archivo, se va haciendo la luz; las piezas van encajando para reconstruir unos meses cruciales.

El 20 de noviembre de 1936 José Antonio era asesinado por un piquete formado apresuradamente sin esperar a los Guardias de Asalto. Caía tras comparecer ante un Tribunal Popular, en un juicio con sentencia señalada y pactada de antemano por el propio Indalecio Prieto. La documentación es, en este punto, incontrovertible. La brillante defensa de José Antonio hizo posible que su hermano Miguel se salvara de la ejecución, pues la petición de pena de muerte era para ambos. La superioridad dialéctica de José Antonio, porque la jurídica de nada valía ante un Tribunal Popular, hizo que la deficiente redacción de la sentencia, la fragilidad de las pruebas del fiscal (varias de ellas meros recortes de periódico) y los errores dieran suficientes elementos para admitir un aplazamiento de la condena. Los plazos se cumplieron. El Consejo de Ministros trató la ejecución en la tarde del 19 de noviembre, por lo que las versiones de Largo Caballero ("nos sorprendió la noticia de la ejecución discutiendo el tema") son falsas. En el Consejo de Ministros la confirmación fue mayoritaria. Esa fue la posición de Largo Caballero secundada por Indalecio Prieto (el erróneamente calificado de "amigo de José Antonio"). La confirmación de la sentencia y la ejecución inmediata siguieron las normas establecidas.

 

Madrugada de un 20 de Noviembre, en la Casa Prisión de Jose Antonio


Textualmente, en la documentación del Tribunal Especial Popular de Alicante, figura el siguiente resumen: "Se dictó sentencia en 18 de noviembre de 1936 condenándole a la pena de muerte. En telegrama del mismo día 18 de noviembre el Excmo. Sr Presidente del Consejo de Ministros y Ministro de la Guerra interesa con urgencia se le remita testimonio literal de la misma sentencia, lo que se efectuó el propio día según consta en la providencia de igual fecha. En telegrama de 19 de noviembre el Excmo Sr. Presidente del consejo de Ministros y Ministro de la Guerra participa a los efectos del Decreto de 2 de Junio de 1931 que el Gobierno queda enterado de haberle sido impuesta la pena de muerte a José Antonio Primo de Rivera y Saenz de Heredia. Por la providencia del día 19 de noviembre se acuerda unir el telegrama, y que se participe de su contenido por medio de oficio al Gobernador Civil de la provincia de Alicante y a la Comisión Provincial de Justicia a los efectos consiguientes". Este texto es la confirmación del enterado dado por Largo Caballero.


Piquete de ejecución

Aunque es difícil precisar el transcurso del tiempo en la noche del 19 al 20 de noviembre podemos reconstruir, hora a hora, los acontecimientos. La versión tradicional adolece de algunos errores o distorsiones.

A las once de la noche se comunicó a José Antonio que iba a ser ejecutado. Según las declaraciones, aproximadamente a la misma hora, Guillermo Toscano Rodríguez, dirigente anarquista de la CNT andaluza que había llegado a la prisión como miliciano, pero que dada su posición actuaba como jefe de milicias anarquistas en la misma, que había obtenido de José Antonio una cierta confianza (quizás no tuviera otro remedio porque desde octubre estaba ante su celda), recibía o conocía, según su testimonio, la orden de ejecución del jefe de la prisión, Adolfo Crespo Orrios, que era consecuencia de la cursada por el gobernador civil. La ejecución tendría lugar al amanecer.

Conmemoración del Día del Dolor, el 20 de Noviembre.

Guillermo Toscano era el hombre designado por la CNT y la FAI para vigilar a José Antonio. A sus órdenes estaban los milicianos José Pantoja Muñoz, Luis Serrat Martín, apodado "el vaquería", Manuel Beltrán Saavedra y Francisco Perera. La documentación indica que Toscano asumió el protagonismo de la ejecución designando los integrantes del piquete. Además de los citados, todos ellos ejecutados tras la guerra, formaron: Andrés Gallego Pozo, el portugués; Pascualet, Antonio Pastor, Becerra y varios guardias de asalto entre los que figuraba Federico Esteve Navarro. El pelotón de ejecución era básicamente anarquista. En el mismo figuraban un sargento y tres soldados del 5º Regimiento de milicias y cuatro guardias de asalto.


Parece evidente que el anarquismo había decidido asumir el "honor y el protagonismo" de fusilar a José Antonio. Guillermo Toscano y sus milicianos fueron designados por la FAI para vigilar a José Antonio. Se habían instalado cerca de su celda en octubre armados con fusiles mauser y pistolas facilitados por la organización anarquista, aunque la llave de la celda estaba en poder del director de la prisión. En las horas previas a la ejecución ninguna decisión pasó por el oficial de prisiones de servicio, Enrique Araujo. El piquete, realmente, debía estar compuesto por Guardias de Asalto. A las dos de la mañana el capitán Eduardo Rubio Funes recibió la orden de formar el piquete de guardias para la ejecución y trasladarse a la prisión provincial de Alicante. La hora fijada para la misma era las seis de la mañana. A las cinco cuarenta y cinco el piquete salió con destino a la prisión. Según los testimonios, José Antonio ya había sido fusilado cuando llegaron. Existen algunas diferencias en las declaraciones; según parece la ambulancia del Ayuntamiento que debía llevar los cadáveres tardó en llegar. El capitán de las fuerzas de Asalto dio orden de escoltar la ambulancia para evitar que la asaltaran. El testimonio del guarda del cementerio avala esta posibilidad, porque tuvo que recurrir a la autoridad para evitar el despojo de los cadáveres.

 

 

Acto falangista en el Cementerio de Alicante en honor a José Antonio


La responsabilidad de la forma en que se ejecutó-asesinó a José Antonio debe ser pues imputada al director de la prisión y a los milicianos anarquistas. Unas veinticinco personas estuvieron presentes; algunas fuentes elevan el número hasta cuarenta. Según algunos testimonios, el director de la prisión ordenó tomar fotos y hubo una cierta "algazara". A pesar de todo no parece que los cadáveres fueran profanados, aunque la pluma de José Antonio acabó en manos de Toscano. Franco en persona trataría de que ésta se recuperara para entregarla a los familiares de José Antonio.

La ejecución

Son de sobra conocidos los detalles comunes de las últimas horas de José Antonio. Pocas dudas debían caber al fundador de la Falange sobre su suerte; los Tribunales Populares, desde el mes de septiembre, se habían pronunciado invariablemente por la ejecución de los falangistas. Dentro de la cárcel hacía tiempo que dependía de los anarquistas. El interlocutor directo, por encima del director de la prisión, era el citado Guillermo Toscano.
José Antonio era consciente de que su vida pendía ya de un hilo. En torno al 10 de noviembre pidió al juez Enjuto un notario para protocolarizar su testamento. El fiscal, el secretario del juzgado y el notario, Mariano Castaños, se trasladaron a la prisión. José Antonio entregó su primer testamento (hasta la fecha ilocalizado). Por fuentes indirectas sabemos que se componía de dos partes. En las disposiciones de índole privada instituía como herederos a sus hermanos y establecía un legado para su tía. La parte política exasperó al fiscal, Vidal Gil Tirado, quien prohibió al notario registrarla:


Vidal: Eso no es un testamento.
José Antonio: ¿Tampoco va a permitirme eso?

José Antonio insistió y entregó las cuartillas a Mariano Castaños, quien personalmente, pese al riesgo, en cumplimiento de su función, lo transcribió porque los oficiales que le acompañaban se negaron. Sin embargo se prohibió al notario su protocolarización. Según testimonio de Tomás López Zafra, en la parte política hacía "historia del nacimiento de la Falange y su desenvolvimiento en la vida nacional. Razona por qué crea la Falange, su concepción de la misma y su misión en lo futuro".


El 18 de noviembre, José Antonio pide a Toscano que le faciliten un confesor. El Tribunal ha dictado sentencia y sabe que el plazo de ejecución es muy breve. El artículo 633 del Código de Justicia Militar dice que se le leerá la sentencia al ponerle en capilla; el 635 indica que la ejecución tendrá lugar en las veinticuatro horas siguientes al enterado del gobierno. Un "sacerdote viejecito", José Planelles Marco, daría la última absolución al fundador de la Falange. Después redactaría su segundo testamento. El día 19, mediante once cartas, se despide de catorce personas. De sus familiares: Fernando, Carmen, la tía Carmen, el tío Antón, Julián Pemartín y Sancho Dávila. De sus camaradas y amigos: Serrano Suñer, Fernández-Cuesta, Ruíz de Alda, Valdes Larrañaga, Sánchez Mazas, Carmen Werner. De sus pasantes: Garcerán, Sarrión y Cuerda. Dos de ellos, Fernando Primo de Rivera y Julio Ruíz de Alda han sido asesinados por el Frente Popular. Las cartas revelan que José Antonio no cree ya en la posible conmutación de pena o aplazamiento de la ejecución.


El Tribunal o la Comisión de Orden Público, o ambos, deciden que José Antonio no sea ejecutado en solitario. El porqué de esta decisión es difícil de precisar. Se podría alegar que se trataba de contribuir a diluir cualquier duda sobre la legalidad del proceso aparentando normalidad. Lo que sí parece evidente es que fue el azar el que seleccionó a los requetés Vicente Muñoz Navarro y Luis López López, y a los falangistas Ezequiel Mira Iniesta y Luis Segura Baus. Según la documentación algunos de ellos estaban en trámite de conmutación de pena.
En torno a las seis de la mañana entraron en la celda de José Antonio, Guillermo Toscano y el director de la prisión. El fundador de la Falange pudo despedirse de su hermano Miguel, al que entregó algunas cosas. Según los testimonios vestía un traje negro, sobre el mismo un abrigo. El pelo rapado. Se produjo la escena de la entrega del abrigo. José Antonio se colocó en la posición. Aunque Gil Pecharromán reconstruye la escena y anota que el sargento (¿) dio las órdenes, los documentos indican que José Antonio extendió el brazo y gritó ¡Arriba España!, lo que desencadenó, sin orden previa, el fuego de los milicianos. También existe controversia sobre quién dio el tiro de gracia a José Antonio. Guillermo Toscano se autoinculpó en una de sus declaraciones, pero según el capitán Casimiro Romero fue un tal Becerra el que lo realizó.


José Antonio fue enterrado en la mañana del 20 de noviembre junto con los dos falangistas y los dos requetés. Otros diez cadáveres fueron depositados en la fosa. El guardia del cementerio, José Santoja, que había conseguido que no se saqueara el cadáver, en los meses siguientes señaló como la tumba otra fosa para proteger el cadáver. Allí permaneció hasta el 4 de abril de 1939.

Autor: Francisco Torres

Fotos: Proceden de la web Alicante Vivo

Gustavo Morales: Falangistas contra Franco, los azules fusilados en 1942

Gustavo Morales: Falangistas contra Franco, los azules fusilados en 1942

El año en que los camisas azules cayeron en el paredón de los nacionales, a la par que el Estado seguía usando el acompañamiento coreográfico nacionalsindicalista

Finalizada la Guerra Civil, en plena Segunda Guerra Mundial, en distintos puntos de España se sucedieron los incidentes. Algunos falangistas manifestaron abiertamente su rebeldía ante un régimen que no consideraban el suyo; algunos de ellos acabaron frente a un pelotón de fusilamiento de los nacionales, sus camaradas de armas. El fracaso de la última experiencia azul de entonces desde dentro del sistema, los sindicatos de Gerardo Salvador Merino, llevó a algunos falangistas a instalarse en la clandestinidad y la acción subversiva.

Hay casos llamativos por el apellido. Marciano y Pedro Durruti, hermanos de Buenaventura, el líder anarquista asesinado el 20 de noviembre de 1936, eran falangistas. Pedro había sido miembro del grupo anarquista leonés Paz y Amor en septiembre de 1932. Cayó en las sacas republicanas. El caso más interesante es el de Marciano, quien ingresó en Falange en febrero de 1936, avalado por José Antonio Primo de Rivera, y el 1 de abril le entregaron el carnet número 1.501 de FE de las JONS. Su hermana Rosa Durruti le bordó el yugo y las flechas. Marciano realizó gestiones para un encuentro entre Buenaventura Durruti, líder de la Federación Anarquista Ibérica, y Primo de Rivera. Marciano a punto «estuvo de ser estrangulado por su propio hermano cuando le llegó con la embajada» (Garcival 2007). Sí hubo un encuentro con Ángel Pestaña el 3 de mayo de 1935. A la reunión con el líder sindicalista asistieron José Antonio y Diego Abad de Santillán. La reunión la facilitó la amistad existente entre el líder sindical, Marciano Durruti y el falangista Lluys Santa Marina, inventor de la camisa azul. Pestaña se había separado del anarquismo con el Manifiesto de los Treinta y criticó frontalmente a Moscú, donde estuvo como delegado en una reunión de la Internacional: «Pueblos encaminados a la libertad no darán nunca déspotas».

Marciano tuvo aún peor suerte con las derechas. En 1937 fue detenido por los nacionales y encerrado en el penal leonés de San Marcos, donde ya estuvo Quevedo. Más tarde, el grafista Siro habló de él: «Me metieron en la cárcel con Durruti. A él lo fusilaron. Me dijeron: a usted le toca mañana. Les propuse que mejor montábamos un periódico. Me sacaron de la cárcel y creamos Proa. Lo hice yo. No había visto una linotipia, pero la necesidad crea el órgano. Hasta que apareció uno que me denunció por rojo. Yo era sindicalista».{1} «Según el sumario del consejo de guerra celebrado contra él entre el 21 y el 22 de agosto de 1937, Marciano Durruti iba proclamando con absoluto descaro, en público y en privado, ideas corrosivas como... la subordinación del Ejército a la Falange»{2}. Fue el sumario 405/37:

«RESULTANDO que Marciano Pedro Durruti Domingo, vecino de León, que fue elemento de confianza de la organización anarquista y por ello y su participación en una huelga ilegal encarcelado en 11 de diciembre de 1933 y que en 10 de octubre de 1934 estuvo detenido a disposición del Comandante Militar de esta Plaza por considerársele como directivo y complicado en el movimiento sedicioso de aquellos días y ser elemento muy significado de la FAI, ingresó posteriormente en Falange Española de Madrid. La suposición de que fue a esta última organización con el propósito único de servir de enlace con la de su procedencia y al servicio de ésta, aparece robustecida con la desaparición del fichero puesto bajo su custodia y que según rumor insistente fue a parar a la Dirección General de Seguridad y del cual se tomaron los datos para practicar detenciones y fusilar ya iniciado el Movimiento a un buen número de afiliados a la JONS de Madrid, y probada plenamente con su conducta posterior.
RESULTANDO que iniciado el Movimiento Nacional apareció de nuevo en León procedente de zona roja y de nuevo consiguió ser admitido en Falange captándose la confianza de los Jefes, y abusando de ella y firme en sus ideas arraigadas de marxista, no desperdició ocasión de difundirlas buscando desmoralizar y escindir la apretada y compacta retaguardia Nacional; y así, el día 4 del corriente mes y sobre las veintitrés o las veinticuatro horas se presentó en el domicilio del Alcalde de Armunia Don Lucio Manga Rodríguez en unión de otros individuos y en presencia del Alcalde citado y otros dos vecinos del pueblo hizo las manifestaciones de que él sabía que en aquella localidad se había notado entre el vecindario cierto malestar con ocasión de celebrarse el aniversario del Movimiento Nacional atribuyéndolo a que el pueblo indicado en su mayoría era contrario a aquél. Que había que trabajar y llevar a Falange el mayor número de personas, importando poco que fueran socialistas o comunistas, puesto que el objeto era crear un partido fuerte para en su día hacerse dueños del poder y que todos los mandos fueran falangistas, ya que el Ejército, en el que había demasiadas estrellas, quería mangonear, siendo así que el saludo debía hacerlo el Ejército a Falange. Que la campaña debía comenzar con el desprestigio de la Guardia Civil poniendo en circulación la especie de que en los primeros días del Movimi= ento había cometido asesinatos, abandonando en el monte los cadáveres de sus víctimas. Añadió, para mejor convencer a sus oyentes, que contaban con los Guardias de Asalto y estaba preparado en Valladolid el personal designado para ocupar los cargos y que era necesario realizar estos planes antes de terminar la guerra, siendo preferible morir en la retaguardia que morir en el frente, conceptos que repitió el día 14 del corriente mes en el Café Central, en presencia de varios individuos...
FALLAMOS que debemos condenar y condenamos a Marciano Pedro Durruti Domingo como autor responsable de un delito de adhesión a la rebelión con circunstancias agravantes, a la pena de MUERTE.»

Marciano Durruti, con 26 años de edad, «bajo y fuerte como un legionario romano», fue fusilado por un pelotón vestido de azul en El Ferral de Bernesga, León, a las seis de la tarde del 22 de agosto de 1937. La acusación real era participar en la conspiración hedillista. La derecha hizo correr el rumor de que era «un atracador como su hermano Buenaventura».

Marciano fue asesinado en zona nacional, de nada le sirvió el carnet falangista ni el apellido. Acaso fueron agravantes en León. Muchos pensaron que su ingreso en Falange se había producido para salvar la vida, como ocurrió en otros casos y que dio origen a la expresión «failangista». Marciano coincidió con José Antonio en la cárcel Modelo de Madrid. Pero mientras el líder falangista era trasladado a Alicante, Marciano Durruti fue liberado gracias a gestiones de su madre que usó la fuerza del apellido probablemente ante la CNT-FAI. En cuanto pudo, Marciano se pasó a zona nacional pero cometió el error de volver a León donde era conocido por sus andanzas anteriores, de carácter anarcosindicalista.

Narciso Perales se refiere al fusilamiento: «Yo, también como tú soñé toda mi vida con la revolución. Pero es obvio que no con la de Buenaventura Durruti, sino con la de José Antonio, con la que también soñaron Pedro Durruti, falangista antiguo, fusilado en Barcelona [sic], al comenzar la guerra, y Marcelo [sic] Durruti, fusilado en León por los enemigos de la Falange, poco después de su incorporación a ella. Estoy seguro de que la muerte brutal de sus dos hermanos fue para él [Buenaventura] –que era ante todo un hombre bueno– un terrible dolor que sólo pudo mitigar en el fragor de la lucha» (de Guzmán 1977).

Otras fuentes{3}, como Perales y Siro, hablan de otro hermano falangista, Pedro Durruti:

«El día 22 de agosto se produce un asalto de milicianos republicanos a la Cárcel Modelo de Madrid con la liberación de presos comunes y el asesinato de numerosos políticos de derechas o falangistas, como Melquíades Alvarez, José María Albiñana Sanz, Fernando Primo de Rivera, Pedro Durruti (falangista y hermano de Buenaventura Durruti), el general Osvaldo Capaz Montes (el general Capaz fue quien tomó posesión del territorio de Ifni para España), el aviador falangista del vuelo Plus Ultra Ruiz de Alda, los ex ministros y diputados José Martínez de Velasco, Manuel Rico Avello y Ramón Álvarez Valdés, el ex comunista y actual falangista Enrique Matorras y el militar José Fanjul Sedeño, entre otros. Fue efectuado por la checa oficial de Fomento [...] con la ayuda de milicianos de la checa del Cine Europa. Comenzó como un registro el día 21 y la matanza continuó el día 23. Se buscó como excusa un incendio que fue provocado por presos comunes [...]. Ante los incidentes acudieron a la prisión el director general de Seguridad y prisiones, Manuel Muñoz, y el ministro de Gobernación, general Sebastián Pozas, que no tomaron ninguna medida [...]. Los bomberos apagaron el fuego, los milicianos dejaron en libertad a los presos comunes, hicieron salir a los funcionarios de prisiones y comenzó la matanza [...] continuó con las grandes sacas de noviembre (principalmente Paracuellos del Jarama)»{4} «Pedro Durruti cayó en las sacas republicanas de las cárceles de Madrid en 1936» (Cervera Gil).

El falangista J. Pérez de Cabo, autor del libro Arriba España, prologado por José Antonio Primo de Rivera en agosto de 1935{5}, es fusilado por un pelotón del Ejército en Valencia, en 1942. No fue el único. Pérez de Cabo fue el primero en escribir un libro sobre Falange. De él dice Primo de Rivera:

«Cierta mañana se me presentó en casa un hombre a quien no conocía: era Pérez de Cabo, el autor de las páginas que siguen a este prólogo. Sin más ni más me reveló que había escrito un libro sobre la Falange. Resultaba tan insólito el hecho de que alguien se aplicara a contemplar el fenómeno de la Falange hasta el punto de dedicarle un libro, que le pedí prestadas unas cuartillas y me las leí de un tirón, robando minutos al ajetreo. Las cuartillas estaban llenas de brío y no escasas de errores. Pérez de Cabo, en parte, quizá –no en vano es español–, porque estuviera seguro de haber acertado sin necesidad de texto alguno, veía a la Falange con bastante deformidad. Pero aquellas páginas estaban escritas con buen pulso. Su autor era capaz de hacer cosas mejores. Y en esta creencia tuve con él tan largos coloquios, que en las dos refundiciones a que sometió su libro lo transformó por entero. Pérez de Cabo, contra lo que hubiera podido hacer sospechar una impresión primera, tiene la virtud rara entre nosotros: la de saber escuchar y leer. Con las lecturas que le suministré y con los diálogos que sostuvimos, hay páginas de la obra que sigue que yo suscribiría con sus comas. Otras, en cambio, adolecen de alguna imprecisión, y la obra entera tiene lagunas doctrinales que hubiera llenado una redacción menos impaciente. Pero el autor se sentía aguijoneado por dar su libro a la estampa, y ni yo me sentía con autoridad para reprimir su vehemencia, ni en el fondo, renunciaba al gusto de ver tratada a la Falange como objeto de consideración intelectual, en apretadas páginas de letras de molde. El propio Pérez de Cabo hará nuevas salidas con mejores pertrechos, pero los que llevamos dos años en este afán agridulce de la Falange le agradecemos de por vida que se haya acercado a nosotros trayendo, como los niños un pan, un libro bajo el brazo»{6}.

El falangista Pérez de Cabo era un teórico en ciernes del nacionalsindicalismo. Francisco Blanco da cuenta de los proyectos que presenta ante secretario general de Falange Española:

«En uno de los informes emitidos por el falangista Juan Pérez de Cabo para el Secretario General Fernández-Cuesta, se calificaba a Méjico de ‘el pueblo mejor preparado para nuestra Revolución’. Ilusionado de un pueblo mestizo que ‘admiran al héroe por instinto, porque descienden de dos pueblos heroicos’ y además ‘[…] les seduce la gesta heroica de la España nacional’. Pérez de Cabo, conocedor de las colonias españolas americanas pensaba que la revolución falangista era fácilmente exportable a aquel país. Llegó incluso a esbozar un plan de ‘nueva conquista de Méjico’, a partir de la toma de los sindicatos CROM (Confederación Regional Obrera Mejicana) –de carácter nacional y sindical– y de la FROC (Federación Regional Obrera Comunista) a la que apuntilla Pérez de Cabo ‘cree ser comunista. Pero no lo es’. El terreno lo suponía abonado este teórico del falangismo: Ejército favorable, veteranos de la revolución también y una colonia española simpatizante con el movimiento español rebelde aunque ‘Ninguno tiene la menor idea de nuestra doctrina’. Planes, en donde la impresión de aventurerismo no queda ausente, pero que revelan a un profundo conocedor y sobre todo a un activista de gran originalidad. Análisis en los que esperaba hasta la comprensión y apoyo yanqui en el movimiento obrero–militar que se conseguiría y en donde llegaba a ver al Presidente Roosevelt casi como un aliado (‘[…] pues Roosevelt es, quizás sin sospecharlo, un pretotalitarista’). Estas ideas cuanto menos sorprenden porque muestran una realidad diferente a la que hemos tenido sobre aquel país. La utopía creadora y revolucionaria de Pérez de Cabo no iba a llegar en absoluto. Pero junto a ese hiperoptimismo que más parece fruto de la euforia romántico-revolucionaria, se observa una visión ‘diferente’, tanto en cuanto a las pretensiones del autor del Arriba España como a la que tradicionalmente se mantiene sobre Méjico. La nación que no reconoció nunca al Régimen de Franco, que propuso su condena internacional, que fue lugar predilecto del exilio republicano, resultó también ser uno de los espacios donde la Falange se movió con mayor intensidad. En 1939 el Sinaia, el Ipanema y el Mexique llevaban a Méjico tres barcos cargados con exilados y a cargo de la SERE. Ese mismo año y al terminar la guerra civil española, el responsable falangista Alejandro Villanueva, experto conocedor de las Falanges de América, llegaba a hablar de un 95% de la colonia ‘simpatizantes de nuestra España’».{7}

Pérez de Cabo trabajaba en ‘Auxilio Social’ de Valencia cuando le acusaron de apoderarse de fondos. Dicen que vendió en el mercado negro unas partidas de trigo para obtener financiación para la Falange clandestina en 1942. Había estado en diciembre de 1939 en la fundación de Falange Auténtica en la casa madrileña del coronel Emilio Rodríguez Tarduchy, jefe de Provincias de la Falange originaria, que había sido miembro de la Unión Patriótica del general Primo de Rivera y de la Unión Militar Española. La primera Junta de Mando quedó formada por el presidente, el propio Rodríguez Tarduchy; el secretario, el periodista González de Canales; y los vocales Daniel Buhigas, ex jefe de Falange de Villagarcía y anterior miembro de la Vicesecretaría de Acción Popular; Ricardo Sanz, de Asturias; Ventura López Coterilla, de Santander; Luis de Caralt, de Barcelona; José Antonio Pérez de Cabo, de Levante; Gregorio Ortega Gil, de Canarias, y Ramón Cazañas, nombrado jefe de Melilla por José Antonio y quien intentó canjearle por familiares del general Miaja. González de Canales pidió a Pérez de Cabo que resolviera el problema de financiación. La solución le costó la vida.

Armando Romero indica que fue el general Varela, deseoso de acabar con la «insolencia falangista» quien descubrió la acción de Pérez de Cabo y forzó su juicio y su condena a muerte. En la misma página de un periódico que anuncia su ejecución, se publica la concesión de una medalla al valor por su heroísmo en la guerra. Pérez de Cabo buscaba dinero para la Junta Política clandestina. «Debe tratarse de uno de los pocos casos en que una infracción administrativa se saldaba con la pena capital»{8}. En la pugna entre militares y falangistas, éstos pagaban con la muerte. En 1942 Narciso Perales y Patricio González de Canales vuelven a ser detenidos. Otros falangistas lo pasarán peor.

El 16 de agosto de ese año en el Santuario de Nuestra Señora de Begoña de Bilbao el bilaureado general Varela asiste a Misa en sufragio por las almas de los requetés muertos del Tercio Nuestra Señora de Begoña en la Guerra Civil. Los hombres con boinas rojas son centenares. Después de la misa, los carlistas se reunieron fuera de la iglesia coreando consignas monárquicas y cantando estribillos antifalangistas, se oían gritos de «¡Viva el Rey!», «¡Viva Fal Conde!», «¡Abajo el Socialismo de Estado!», «¡Abajo la Falange!», e incluso dijeron haber oído los falangistas «¡Abajo Franco!». Tres falangistas bilbaínos paseaban con sus novias por las inmediaciones. Berastegui, Calleja y Mortón. Ante la algarabía tradicionalista, gritan «¡Viva la Falange!», y «¡Arriba España!», lo que los carlistas tuvieron por provocación, enzarzándose en una ensalada de golpes. Pasaron por la zona otros cinco falangistas, que acudían a Archanda, para ir después a Irún, a recibir a algunos repatriados de la División Azul. Eran Jorge Hernández Bravo, Luis Lorenzo Salgado, Virgilio Hernández Rivaduya, Juan José Domínguez, Roberto Balero y Mariano Sánchez Covisa. Al pasar por Begoña, apercibidos de la paliza que les daban los carlistas a sus camaradas, por inferioridad numérica, ante los gritos de las novias, acudieron en su ayuda. Juan José Domínguez dispersó a los carlistas tirando dos granadas. Los falangistas fueron a denunciar los hechos en la comisaría de Policía. Y los carlistas hicieron lo mismo, cargando la mano, al acusar a los falangistas de «ataque al Ejército», por la presencia de Varela, quien, en el vestíbulo del hotel Carlton de Bilbao prometió: «Se hará justicia. Yo me encargo de ello».

En el juicio se tuvo en cuenta el hecho de que los veteranos falangistas estuvieran presentes allí y de que llevasen armas, incluidas granadas de mano, «indicaba su intención premeditada de provocar disturbios»{9}. Uno de ellos, Juan Domínguez, inspector nacional del SEU, lanzó una granada que no explotó y, a continuación, otra que explosionó e hirió a varios de los presentes. Alfredo Amestoy cifra el resultado en «70 heridos leves, carlistas en su mayoría. El general Varela, presente, se adjudicó sin razón ser él el objetivo del supuesto atentado». «Los falangistas Domínguez y Calleja, que han sido detenidos, son dos ex divisionarios que han ido expresamente a cazarle (…) Varela habla con varios colegas de armas que están en sintonía y extraen la conclusión de que el momento es oportunísimo para asestar el golpe de gracia a la Falange» (Palacios 1999: 387) Varela aprovechó el incidente como una oportunidad para acusar a la Falange en general y a Serrano Suñer en particular. Explicó el caso como un ataque falangista contra el Ejército, envió a tal efecto un comunicado a los capitanes generales de toda España, sin consultar con Franco. Varela y otros generales exigían una compensación inmediata, hasta el punto de que la conversación grabada entre Varela y Franco fue tan exaltada que sobrepasó los límites de las buenas maneras. En ella Varela acusa a Franco de no gritar nunca «Viva España» a lo que el Generalísimo le contesta: «Porque doy el ‘Arriba España’ (…) es un grito más dinámico (…) mientras que el ‘Viva España’ es un grito decadente».{10}

Los carlistas agrandaron las cifras a 117 heridos, tres de ellos graves, 25 con pronóstico reservado y cuatro de ellos muy graves de los que, más tarde, murieron tres a consecuencia de las heridas recibidas: Francisco Martínez Priegue, Roberto Mota Aranaga y Juan Ortuzar Arriaga.

El general Castejón, al que Varela presenta como camisa vieja lo que niega el propio Franco, presidió el consejo de guerra y firmó la sentencia el 24 de agosto. El resultado fue la condena de los falangistas Hernando Calleja, subjefe provincial de FET de Valladolid; Juan Domínguez, inspector nacional del SEU; Hernández Rivadulla, periodista, y Mariano Sánchez Covisa, excombatiente de la División Azul. Dos de ellos fueron condenados a muerte, el vieja guardia de Valladolid Hernando Calleja Calleja y Juan José Domínguez. Calleja salvó la vida por ser caballero mutilado de guerra.

Los esfuerzos llevados a cabo por figuras relevantes de la Falange, como Narciso Perales, Miguel Primo de Rivera, Girón, Valdes, Guitarte, Ridruejo, Tovar e incluso por el führer Hitler, que concedió a Domínguez una prestigiosa condecoración alemana, no sirvieron para salvar la vida del falangista, al que se llegó a difamar como espía de Inglaterra. De nada le valió a Domínguez su calidad de ‘vieja guardia’, muy activo en la creación del falangismo andaluz. «En Sevilla, Narciso Perales y Juan Domínguez ponían a punto una sección local, integrada por una treintena de estudiantes, que se revelaría enseguida de las más activas de la naciente Falange»{11}. Tampoco le tuvieron en cuenta los servicios prestados en ocasiones señaladas, antes de la guerra, como el tiroteo de Aznalcóllar, donde Narciso Perales y él habían arrebatado la bandera enemiga en el ayuntamiento de Aznalcóllar, rescatando a la par a varios camaradas, en medio de una refriega de tiros del 9 largo. Durante la guerra, Domínguez pasó repetidas veces de una zona a otra en la Guerra Civil, en misiones de información{12}.

El 20 de agosto de 1942 Franco presidió una concentración falangista en Vigo. En ella habló de peleas mezquinas, de torpes luchas entre hermanos y se refirió a que en España intentan retoñar pasiones y miserias. Tres días después en La Coruña, el mismo Franco se pregunta: «Camaradas del Ejército y de la Falange, ¿habrá diferencias que puedan desunirnos?». Evidentemente las había{13}. Los militares tenían a uno de los suyos en el poder y no lo querían compartir; los falangistas habían sido la vanguardia en la lucha contra la sangrienta república y ponían la forma que vestía al nuevo Estado y algunos creían que también aportaban parte de la esencia.

Serrano Suñer cuenta que le dijo a Franco: «Desde luego es intolerable que la intervención irresponsable de media docena de falangistas en una concentración en la que se grita ‘¡Viva el rey!’ y hasta –creo– algún ‘¡Muera Franco!’, se presente como una pugna entre la Falange y el Ejército [...] A ese chico no se le puede matar. Ya sé que por mucho que allí se gritara a favor del rey, eso no le autoriza a tirar una bomba. Pero no ha habido muertos, él no es más que un alocado idealista, y lo hizo además porque creía que iban a matar a un compañero. Hay que castigarlo, sin duda, pero el castigo no puede ser la muerte». Lo fue.

Cuando el obispo de Madrid le pidió al Caudillo clemencia para Juan José Domínguez, Franco le contestó enigmático que tendría que condecorarlo pero ha de ejecutarle.

El 1 de septiembre de 1942 Domínguez fue fusilado. Cuando ya estaba en capilla le permitieron coger a su hija Mari Celi, que a los cuatro meses era tan pequeña que pudo pasar entre dos barrotes de la celda. Alentó Juan José a su viuda, una gallegoleonesa del pueblo de Cacabelos, y le comunicó que seguía firme en su fe y moriría brazo en alto.

«Cuando fue colocado ante el piquete de ejecución, en el verano del 42, Juan José Domínguez cantaba el Cara al sol [...]. Fue el mismo día que Hitler concedía al ‘mártir’, acusado en España de ser espía británico, la Cruz de la Orden del Águila Alemana»{14}. Acaso sea un factor más que impulsó al general Varela a exigir dureza. El militar, que llegó de soldado a capitán general, era más carlista y anglófilo tras su matrimonio con la tradicionalista millonaria vasca Casilda Ampuero.

La Falange de Bilbao –más mujeres que hombres, como ha contado la viuda de Juan José Domínguez– se hizo cargo del cadáver del falangista, estuvo allí enterrado hasta que la familia lo llevó a una sepultura propia, en el cementerio del pueblo madrileño de Galapagar.

Serrano Suñer lo explicaba así poco antes de morir: «Lo de Begoña fue un suceso lamentable, pero no hubo ni fuerza ni unión ni para salvar a Domínguez ni para mantener el poder. En aquel momento vivíamos con un dinamismo trepidante, pero Franco, en seguida, se dio cuenta de que esos falangistas que parecían tan intransigentes, los Arrese, los Fernández-Cuesta, los Girón, venían a comer de la mano. Y ése fue el principio del fin. El gran amigo de todas las horas, Dionisio Ridruejo, dimitió de todos sus cargos el 29 de agosto y lo mismo hizo Narciso Perales, Palma de Plata y el tercer hombre en el mando de la Falange después de José Antonio y Hedilla. Fue por eso por lo que yo propuse que la Falange fuera ‘dignamente licenciada’» (Amestoy 2002).

Celia Martínez, la viuda de Domínguez, reconoce: «Narciso Perales se movió lo indecible, pero con su dimisión el día 29, por la pena de muerte a mi marido, ya no tuvo influencias. Incluso fue confinado». En 1942, siendo gobernador civil de León, Perales dimite y es desterrado durante más de un año en el Campo de Gibraltar. Desde allí maniobra para espiar la base británica de Gibraltar y analiza la posibilidad de volar el polvorín. La rebeldía contra Franco y la exigencia de llevar a cabo el proyecto nacionalsindicalista tenía aliados evidentes y no entre los anglosajones. Hicieron planes audaces y limitados dada su capacidad. Como dijimos, en 1943 Perales intervino en sabotajes en Gibraltar que costaron la vida de dos jóvenes españoles de 23 y de 19 años como vimos en el epígrafe anterior «División Azul».

La bomba de Begoña se politizó íntegramente. Por un lado estaban los que rodeaban a Franco, en especial Arrese, que pensaban que había que castigar al camisa vieja para complacer al Ejército. Por otro, la gente de Girón, entonces y siempre el rebelde Narciso Perales. Algunos jefes del carlismo franquista y del falangismo militante, como protesta, abandonan las filas de FET y de las JONS.

Hay otros casos de falangistas muertos en la inmediata postguerra. Son casos de lenta investigación. «José Fernández Fernández, Vieja Guardia de la Falange, Medalla Militar Individual, asesinado el 28 de agosto de 1942, contra las tapias del cementerio de Alía, junto con sus padres y otros vecinos de las localidades de La Calera y Alía (Extremadura), por cuestionar la autoridad del entonces teniente coronel de la Guardia Civil, Manuel Gómez Cantos, al intentar evitar que fusilara a toda aquella gente».{15} Estos casos evidencian que los roces fueron muchos. De forma especial cuando los falangistas empezaron a comprender que las promesas postbélicas de un Estado nacionalsindicalista eran como la definición del horizonte: una línea imaginaria que a medida que uno se acerca, se va alejando. El poder lo detentaban quienes tenían las armas y Franco sobre todos.

«La desradicalización que estaba llevando a cabo [José Luís] Arrese entre las bases de la Falange era un proceso lento y progresivo que necesitaría algunos años para completarse. Mientras tanto, seguía creciendo el resentimiento de los oficiales hacia los falangistas en general y Serrano en particular. Algunos de los generales más abiertos le exigieron personalmente a Franco que echara a su cuñado del Gobierno. Los falangistas radicales mantuvieron reuniones subversivas con los oficiales del Partido Nazi, mientras generales destacados comentaban entre ellos sobre la necesidad de llevar a cabo cambios básicos en el Gobierno español. El General Antonio Aranda, el mayor entrometido de la comandancia, alardeaba con los diplomáticos británicos –de quienes, al parecer, recibió enormes sobornos– de ser el líder de una ‘junta de generales que planeaba derrocar a Franco’, aunque no hay duda de que era una exageración»{16}.

Para Franco los falangistas seguían comportándose como niñatos a quienes gustaban las broncas y las bravuconadas. Así se lo expresará con desprecio el Caudillo a su médico personal: «Vicente, los falangistas, en definitiva, sois unos chulos de algarada»{17}. Para Franco todas estas algaradas azules no harían sino deteriorar más el prestigio de España en el exterior. A principios de ese mes, Franco había desencadenado la crisis ministerial. El 2 de septiembre de 1942, siguiendo la táctica fernandina de ‘golpe al burro negro y golpe a burro blanco’, el Caudillo había cesado a Valera en el Ministerio del Ejército, a Galarza en Gobernación y a Serrano en Asuntos Exteriores{18}. Franco eliminaba las presencias más molestas cuando era necesario acercarse a los Aliados y también se deshacía de las espigas más altas de su Gobierno, oyendo los tañidos de la campana de Huesca. En el caso de Serrano también pesó su adulterio abierto y fructífero. Varela como ministro del Ejército y Galarza de Gobernación habían manifestado excesiva independencia en una dictadura cuando tras el incidente de Begoña despacharon mensajes a los capitanes generales y gobernadores civiles de toda España sin consultar con Franco.

Por el referido fusilamiento, como quedó dicho, dimitieron los falangistas Narciso Perales y Dionisio Ridruejo. Éste había escrito al comprender la diferencia entre el partido real y la promesa azul: «La Falange (…) no es ni siquiera una fuerza. Está dispersa, decaída, desarmada, articulada como una masa borreguil (…) De la ‘Falange esencial’ no me voy»{19}. Franco quiso dar satisfacción a los camisas viejas, comprendía que el fusilamiento había sido necesario para calmar a sus compañeros de armas pero se estaba produciendo un terremoto en el partido único. Nombró a Blas Pérez González, amigo de José Antonio Girón, para sustituir a Galarza en las responsabilidades de interior. «El elegido para Gobernación no se quitaba el uniforme de Falange ni para dormir y era amigo de Girón» (Merino 2004). Blas Pérez González había sido catedrático de Derecho en la Universidad de Barcelona y era comandante del Cuerpo Jurídico Militar. «Varela era más difícil de sustituir y Franco terminó por poner en su puesto al general Carlos Asensio, que era proalemán, pero muy leal y eficaz»{20}. Por consejo de Carrero Blanco, para evitar la imagen de una crisis con vencedores y vencidos, también fue destituido Serrano Suñer el dos de septiembre de 1942, que dejó de ser ministro de Asuntos Exteriores y presidente de la Junta Política de FET.

Los sinsabores de los falangistas no habían acabado ese año. Rafael García Serrano, voluntario falangista navarro, ganó el premio nacional de literatura ‘José Antonio Primo de Rivera’ con su novela La fiel infantería, sobre la vida en los frentes. A pesar del galardón recibido su obra fue censurada por el clero. Fue editada, casi completa, en 1964, unos 22 años después.

Aunque no quedan huellas aparentes en los periódicos de la época de las actuaciones falangistas rebeldes, sí las hay en los expedientes gubernativos. «La existencia de rebeldes falangistas en torno a una ‘Falange Auténtica’ queda demostrada por los intentos de reprimirla desde el Ministerio de Gobernación. En 1943, el antifalangista Galarza cursaba al Ministro Secretario General un escrito en el que se interesaba por las relaciones entre miembros de una denominada ‘Falange Auténtica’ y la Secretaría General del Movimiento, ya que se iba a proceder contra aquéllos».{21} La represión no fue multitudinaria. Los reclusos falangistas fueron concentrados en la prisión de Alfaro, en Logroño. Los militantes detenidos en otras cárceles estaban acusados de delitos comunes, como fue el caso de Pérez de Cabo.

No sería el único año de la represión contra los falangistas revolucionarios, que Franco había iniciado en 1937, pero sí fue el año en que los camisas azules cayeron en el paredón de los nacionales, a la par que el Estado seguía usando el acompañamiento coreográfico nacionalsindicalista.

Notas

{1} Entrevista a Siro de Verónica Viñas, en:
www.diariodeleon.es /reportajes/noticia.jsp?CAT=3D345&TEXTO=3D4306775].

{2} Gonzalo Garcival, «El hermano falangista de Durruti», Crónica El Mundo, 1º abril 2007.

{3} foros.diariovasco.com/foroshist/read.php?v=3Dt&f=3D2&i=3D90346&t=3D90346

{4} Testimonios perso.wanadoo.es/jorgegroj/testimonios.htm

{5} José Antonio Primo de Rivera, Obras Completas
www.rumbos.net/ocja/jaoc0137.html

{6} José Antonio Primo de Rivera, Obras Completas, pag. 648/649, www.plataforma2003.org/diccionario-falange/diccionario_p.htm.

{7} Francisco Blanco, ‘La proyección de la Falange en México’, El Rastro de la Historia, nº 11. [www.rumbos.net/rastroria/rastroria11/lindo_querido.htm].

{8} Francisco Blanco, «Hacia una historia del FES», El Rastro de la Historia, nº 14. [www.rumbos.net/rastroria/rastroria04/Historia_FES_III.htm].

{9} Diccionario falangista
www.plataforma2003.org/diccionario-falange/diccionario_b.htm#begoña,atentado

{10} La conversación está recogida por Laureano López Rodó en el anexo de La larga marcha hacia la monarquía. Aparece extractada en La España totalitaria de Jesús Palacios.

{11} Julio Gil Pecharroman, José Antonio Primo de Rivera, retrato de un visionario, Temas de Hoy, Madrid 1996, página 179.

{12} ‘Juan-José Domínguez: falangista fusilado por Franco’, El Rastro de la Historia, nº 12 [www.rumbos.net/rastroria/rastroria12/dominguez_.htm].

{13} Laureano López Rodó, La larga marcha hacia la monarquía, Plaza & Janés, Barcelona 1979, pág. 31

{14} Alfredo Amestoy, ‘El falangista que fusiló Franco’, El Mundo (1/09/2002) [www.el–mundo.es/cronica/2002/359/1030952812.html].

{15} El ave fénix maldita [www.falange-autentica.org/article.php?sid=3D299].

{16} Stanley G. Payne, ‘Tensión política interna. España época: primer franquismo 1942 Franco y la Segunda Guerra Mundial’,
http://www.artehistoria.jcyl.es/histesp/contextos/7386.htm

{17} Vicente V. Gil, Cuarenta años junto a Franco, Planeta, Barcelona 1981, página 31.

{18} César Vidal, «Enigmas de la historia y 4. ¿Intentó Hitler derribar a Franco?», revista.libertaddigital.com/articulo.php/1275767536

{19} Jesús Palacios, La España totalitaria. Las raíces del franquismo: 1934-1946, Planeta, Barcelona 1999, pág. 396-398.

{20} Heleno Saña, El franquismo sin mitos, Ediciones Grijalbo, Barcelona 1982, pág. 267.

{21} Francisco Blanco et al «Hacia Una Historia Del F.E.S. (II)» El Rastro de la Historia, nº 3, [www.rumbos.net/rastroria/rastroria03/historia_FES_II.htm].

Fuente

El falangista que fusiló Franco

El falangista que fusiló Franco


Cuando fue colocado ante el piquete de ejecución, en el verano del 42, Juan José Domínguez cantaba el «Cara al sol». Las balas amigas acabaron con la vida del único falangista fusilado por el Caudillo. Fue el mismo día que Hitler concedía al «mártir», acusado en España de ser espía británico, la Cruz de la Orden del Águila Alemana. Sesenta años después, la viuda de Domínguez y el «cuñadísimo», Serrano Suñer, se dan la mano y cuentan toda la verdad

ALFREDO AMESTOY


Durante 60 años se negó a darle la mano. Hoy, incluso se la ha besado. Él es un anciano que el día 12 de septiembre cumplirá 101 años. Ella pronto será octogenaria. Y no es que la aún guapa mujer Celia Martínez, gallegaleonesa de Cacabelos, haya olvidado que en aquel terrible agosto de 1942 nadie, ni siquiera el todopoderoso Ramón Serrano Suñer, pudo salvar la vida de su joven marido Juan José; lo que ocurre es que el tiempo le ha enseñado muchas cosas.

¿Cómo podía entender ella entonces, con 19 años, que la mujer de Serrano Suñer, la hermosa y dulce Zita, no hablara con su hermana Carmen, la esposa de Franco, para que el Caudillo conmutara la pena de muerte que un tribunal militar había puesto a su marido? ¿Es que Serrano Suñer no era capaz de hacer algo por Juan José? No este Serrano Suñer, venerable y beatífico centenario, sino el hombre de 41 años que hablaba con Hitler y con Mussolini, ministro de Asuntos Exteriores que tenía una División (la Azul) combatiendo en Rusia y medio millón de falangistas controlando Gobierno, municipios y sindicatos en España.

Celia no lo podía entender. Ahora, Ramón se lo ha explicado en su casa de Marbella en presencia de los hijos: el embajador Fernando Serrano Suñer, de 70 años, y Mari Celi, la hija del falangista fusilado que a los cuatro meses era tan pequeña que pudo pasar entre dos rejas para que su padre la besara en la celda cuando ya estaba en capilla.

Todo había comenzado el 16 de agosto de 1942, con los sucesos de Begoña. El choque entre falangistas y tradicionalistas se saldó, tras el lanzamiento de una granada de mano por los primeros, con más de 70 heridos leves, carlistas en su mayoría. El general Varela, presente, se adjudicó sin razón ser él el objetivo del supuesto atentado (la granada se arrojó en el exterior de la basílica bilbaína cuando Varela aún no había pisado la calle).

El suceso, que serviría a Franco para domeñar a la Falange y destituir a los tres ministros más influyentes del Régimen (Galarza, de Gobernación; el anglófilo Varela, del Ejército y cada vez más carlista por su matrimonio con la tradicionalista y riquísima vasca Casilda Ampuero, y Ramón Serrano Suñer, de Exteriores), se saldó con el sacrificio de Domínguez. De los ocho falangistas implicados en la pelea con los carlistas, dos fueron condenados a muerte, Calleja y Domínguez, pero a Calleja se le conmutó la pena capital por ser caballero mutilado y haber perdido una pierna en la Guerra Civil.

Franco aprovechó lo ocurrido para reafirmar su poder personal, aprovechándose del pulso entre el Ejército (con el apoyo de monárquicos y la derecha más reaccionaria) y la Falange, el partido único.Relevó a su cuñado, el germanófilo Suñer, tres días después de que, por el referido fusilamiento, dimitieran los falangistas puros Narciso Perales y Dionisio Ridruejo. Cuenta Girón que se atribuyó a Carrero Blanco la sugerencia del cese de Ramón Serrano Suñer. Algo que Franco quería, pero no sabía cómo hacer desde muchos meses antes. Hoy, Serrano Suñer, a punto de cumplir 101 años, resume en la clave de lo que ocurrió:

-«Lo de Begoña fue un suceso lamentable, pero no hubo ni fuerza ni unión ni para salvar a Domínguez ni para mantener el poder.En aquel momento vivíamos con un dinamismo trepidante, pero Franco, en seguida, se dio cuenta de que esos falangistas que parecían tan intransigentes, los Arrese, los Fernández Cuesta, los Girón, venían a comer de la mano. Y ése fue el principio del fin. El gran amigo de todas las horas, Dionisio Ridruejo, dimitió de todos sus cargos y lo mismo hizo Narciso Perales, Palma de Plata y el tercer hombre en el mando de la Falange después de José Antonio y Hedilla. Fue por eso por lo que yo propuse que la Falange fuera "dignamente licenciada"».

Girón siempre se opuso a ello, y eso explica quizá que la viuda de Domínguez lo haya defendido siempre. Para Celia es intocable.«Si no llega a ser por Girón, no sé qué hubiera sido de mi hija y de mí. Narciso Perales se movió lo indecible, pero con su dimisión el día 29, por la pena de muerte a mi marido, ya no tuvo influencias.Incluso fue confinado; pero siempre conté con él. José Antonio Girón trató de convencer a Franco, pero ya estaba todo envenenado.Un grupo numeroso de generales, manejados por Varela, le amenazaban con ir a El Pardo, exigirle la disolución de la Falange y el establecimiento de una dictadura militar. Franco llegó a decirle a Girón no ya que mi marido era un espía británico, sino que era un agente al servicio de los americanos».

Gracias a Girón, madre e hija pudieron viajar en coche hasta Bilbao para despedir a Domínguez. «Llegamos el 31de agosto; precisamente cuando se daba a conocer la sentencia que tenía ya el enterado de Franco». Se alojaron en el hotel Alemania. Una falangista, Emilia Santos, de la Sección Femenina, les llamó el día 2, a las ocho de la mañana, para decirles que habían oído una descarga procedente de la prisión de Lerrínaga. A la viuda no le dejaron ver el cadáver. Se la llevaron a Madrid.

Al día siguiente fue el entierro. Una docena de falangistas de Bilbao, más mujeres que hombres, presenciaron cómo se sepultaba el cuerpo en una fosa gratuita cavada en un descampado del cementerio de Derio. Al cabo del tiempo, sus restos fueron exhumados para trasladarlos a una sepultura más digna. Allí permaneció hasta 1988, cuando su viuda, Celia, adquirió una sepultura en el camposanto de Galapagar, en Madrid.

La Falange de Bilbao se ocupó durante muchos años de que no faltaran nunca cinco rosas en la tumba de Domínguez y que su hija Mari Celi no echara en falta vestidos, juguetes y, luego, libros.«Vivimos de una paga que me consiguió Girón, en un piso de la Obra Sindical del Hogar que él me facilitó y estiramos durante 10 años las 90.000 pesetas que nos dieron para salir adelante».

Aún recuerda la viuda cómo circuló el rumor de que habían recibido en desagravio nueve millones de pesetas. «Esa fue la última patraña urdida en torno a Juan José, un hombre fuera de serie que fue inmolado como un cordero». Había nacido en Sevilla. En los años 30, de acuerdo a la lírica dannunziana, el peligro era lo que luego se llamó activismo. Juan José nació para el activismo y para la actividad. De familia humilde, huérfano de padre (de padre y de madre cuando le fusilan a los 26 años), fue seducido por el mensaje joseantoniano con apenas 16 años y decide trasladarse a Madrid para escuchar el discurso del fundador de la Falange.Lo hace en bicicleta y con un duro en el bolsillo.

Su historial comienza antes de la Guerra Civil. En Aznalcóllar intentó quitar la bandera republicana izada en el Ayuntamiento. Abren fuego sobre él y Narciso Perales (quien salvó la vida de Arrese cuando le iba a fusilar Queipo de Llano y quien intentó salvar la vida de Domínguez inutilmente cuando le iba a fusilar Franco). Es José Antonio Primo de Rivera personalmente quien le defiende en los tribunales por aquello.

Durante la guerra bate una auténtica marca cruzando, en misiones arriesgadas, seis veces de la zona nacional a la zona roja, con los correspondientes retornos. Fue capturado en varias ocasiones.Poseía, concedidas por José Antonio, dos condecoraciones: Aspa Roja y Aspa de Plata.

El 1 de abril de 1940, en la madrileña Castellana y mientras se celebra el primer desfile de la Victoria, conoce a una muchacha que le enloquece. Ella tiene 18 años; él, 23. Domínguez sigue a la chica hasta su casa, en Sagasta, 19. Se llama Celia, pero él siempre la llamará Piruchiña. Domínguez enseguida deja a las claras su carácter valeroso. Lo hizo cuando, pocos días después, sube a hablar con su madre para decirle que quiere casarse con su hija, y cuando, 16 meses más tarde, le escribe desde la celda, 10 horas antes de la ejecución, para decirle: «Querida Piruchiña Te ruego, a ser posible, que te unas en matrimonio con cualquiera de mis camaradas del actual cautiverio que te harán feliz y cuidarán de nuestra pequeña con el mismo celo y cariño que yo pudiera hacerlo».

Tras el 39, Domínguez se dedicó al Servicio de Información. Las condiciones económicas en que vivía hacen descartar su condición de agente doble. Hicieron creer a Franco que trabajó para el Intelligence Service americano. Según su viuda, en 1942 se dedicó al trazado del cable de Francia a la Línea de la Concepción.¿Para controlar el paso de submarinos ingleses por el Mediterráneo o para preparar un ataque alemán a Gibraltar?

Ignorar qué pasaba en el mundo a finales de julio de 1942, impide comprender los rocambolescos sucesos de Begoña. El 15 de julio, Alemania ya tenía preparada la Operación Ilona para invadir, primero, el País Vasco y, luego, toda España. El 7 de junio, el Führer había comentado que «los curas y los monárquicos se habían confabulado para hacerse con el poder en España». Si la Guerra Civil estallara otra vez no le extrañaría, decía, «ver a los falangistas obligados a hacer causa común con los rojos para librarse de esa basura monárquicoclerical».

¿Fue esta información, que ignoraban incluso los falangistas que actuaron en Begoña, la que obligó a Franco a sacrificar a Domínguez? Porque, en el fondo, él, como Calleja, Rivadulla, Hernández Bravo y los demás, habían reaccionado en Begoña cuando oyeron «¡Viva el rey!», «¡Abajo el socialismo de Estado!», e incluso «¡Muera Franco!». La situación demencial de aquellos días se concreta en la respuesta de Franco al obispo de Madrid, que le pide el indulto. «Tendría que condecorarle, pero le tengo que fusilar».

Hitler, desde Alemania, pondría en ridículo al Caudillo concediendo a Juan José Domínguez, el mismo día de su ejecución, el 1 de septiembre de 1942, la Cruz de la Orden del Águila Alemana.

Celia, la viuda, sabe que su marido fue fusilado por «razones de Estado». En 1964, el general Castejón, el militar que presidió el consejo de guerra y firmó la sentencia a muerte, le confesó: «Firmé en contra de mi voluntad». El hombre le había solicitado una entrevista para pedirle perdón y descargar su mala conciencia.

Sólo la víctima estuvo a la altura de las circunstancias. Juan José Domínguez llegó al extremo de negarse a aceptar una fuga que se había preparado. «Se consiguieron», explica Celia, «dos millones de pesetas para comprar a dos funcionarios de prisiones.Tenían un barco para la huida, que hundirían para simular un naufragio. Los guardianes estaban dispuestos, pero era tal el pavor que le entró a Jorge Hernández Bravo, por las represalias que podrían tomar contra él, que mi marido renunció a perjudicarle con la fuga».

En el testamento que redactó la noche antes de morir, llegó a justificar «la inconsciencia de Franco y la debilidad impropia de un general». Celia -también su hija- siempre ha estado orgullosa de su marido. «Murió cantando el Cara al sol y con la camisa azul, pero sólo la primera estrofa, porque la Guardia Civil tuvo buena puntería. Apenas pudo terminar de decir: "Ella había bordado aquella camisa en rojo ayer"».

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