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La memoria de la Otra Europa

De un tiempo, de un país

El otro holocausto: Campos de concentración británicos en la guerra angloboer

Los años de plomo en Argentina: Reportaje en La Nueva Provincia a Arturo Larrabure

Los años de plomo en Argentina: Reportaje en La Nueva Provincia a Arturo Larrabure

 

Me llamo Arturo Cirilo Larrabure, soy el hijo del Cnl Argentino del Valle Larrabure
Mi padre era ingeniero químico militar, tenía el grado de mayor del Ejército Argentino. Se desempeñaba como Subdirector de la Fábrica de Pólvoras y Explosivos de Villa María (Cba), cuando a los 42 años de edad fue secuestrado por un grupo terrorista fuertemente armado autodenominados “Decididos de Córdoba”, pertenecientes al Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) de extracción trotskista. Esto sucedió el 11 de agosto de 1974, en pleno gobierno democrático de Isabel Perón, recuerdo que el Tte Grl Juan Domingo Perón había muerto el 1 de julio de ese año, el país era un caos. Comienza así para mi padre, nuestra familia y todos nuestros seres queridos un largo, inhumano y trágico cautiverio.
Esos 372 días de encierro en condiciones infrahumanas han quedado grabadas para siempre en mi memoria. La agonía, el no saber nada, la desesperanza, las torturas y vejaciones son características terribles de las violaciones a los derechos humanos a los que fue sometido. Escribió ocho cartas, solicitadas en los diarios de la época, siempre de familiares y amigos. Vacío de intervención presidencial hace que uno reflexione profundamente la cantidad de culpables de distinta índole que tuvo ésta muerte. La documentación hallada al encontrarse la “cárcel del pueblo”, es testigo fiel de sus últimos meses de vida. Basta mirar el lugar en las imágenes para preguntar dónde había quedado el trato de prisionero de guerra, rompiendo con la convención de Ginebra, hojas del libro de guardia de los “jóvenes encapuchados”, una poesía titulada “Soledad, desesperanza”, más de veinte hojas escritas por mi padre, fórmulas químicas, ecuaciones, nuestros nombres, dibujos, cálculos matemáticos, encierran la prueba cabal de tanto sufrimiento.

El testimonio de otro secuestrado, un industrial rosarino, el diario personal escrito por mi padre a escondidas de los carceleros aparecidos dos años después de su asesinato muestran escenas incuestionables de hasta dónde la barbarie y la crueldad pueden llegar, las dimensiones de la “cárcel del pueblo” ( 2,20 de largo, 2 de alto y aproximadamente 1 de ancho) , el lugar, los diálogos con sus secuestradores ponen de manifiesto la clara fidelidad de mi padre a los valores que supo transmitir a lo largo de toda su vida, coherencia entre el decir y el hacer. Todo esto, traspolado a nuestros días, donde algunos legisladores se cambian de partidos, dónde las altas autoridades dicen una cosa y hacen otra, nos evidencia que seguimos caminando por senderos violentos y trágicos. Inseguridad, secuestros, desaparecidos, pobreza, marginalidad, cabe replantearse si después de treinta años estamos mejor y si hemos aprendido la lección. Las conclusiones están a la vista.

Porqué se decidió a escribir un libro sobre su padre? Cuál fué su motivación íntima?

Siempre supe y quise hacerlo. No era el tiempo. Cuando hablaba del tema con mis seres queridos me invadía una profunda tristeza ante lo inexplicable, no quería que mis heridas se reabrieran, mi madre supo cuidarnos, nos puso un manto de pseudo-olvido que nos permitió desarrollarnos sin odios ni rencores, El paso del tiempo curaba, cicatrizaba y yo miraba hacia delante, no me había quedado detenido en aquel tiempo, en aquella década. Pero algo cambió en mí el 24 de mayo del 2004 al enterarme de la creación del Museo de la Memoria de la ESMA, sentí la necesidad de contar nuestra historia. La parcialidad obsesiva, manipulando miles de mentes hoy indigna y conduce a una reacción justa, pero debía ser equilibrada, ecuánime, con sus más y sus menos, con sus pros y sus contras. Así renació muy fuerte la idea del libro. Las heridas se reabrieron y después de muchos meses de trabajo pude publicar ésta obra, titulada “Un canto a la Patria”, buscando el homenaje trascendente a mi padre.

Dejar por escrito para que miles de personas puedan conocer la vida, secuestro, cautiverio y asesinato de mi padre ya no me quitará el sueño.

Está todo a la vista. Los jóvenes de hoy, cuando sientan la necesidad de buscar por sí mismos que sucedió en ésa trágica época encontraran en éstas páginas elementos que los harán cavilar y pensar, replantearse muchos interrogantes.

Hay algo que es claro en ésta tragedia, el mensaje superador de mi padre: “Aún suceda lo peor no deben odiar a nadie, y devolver la bofetada poniendo la otra mejilla”, “Si están todos juntos sean fuertes, no tengan muchas esperanzas de volverme a ver con vida”, “Arriba al ánimo, a no bajar la guardia”.

Son éstos mensajes claros y que hoy siguen sonando en mis oídos. En determinado momento de su cautiverio, supo que no saldría con vida y comenzó a prepararse y a prepararnos para el buen morir. Todo lo tienen a la vista en el libro, han aparecido algunas cosas más con el tiempo. He realizado un fotolog , http://fotolog.terra.com.ar/larrabure, pueden mirarlo, verán inclusive comentarios de fanáticos que siguen sin entender el mensaje de mi padre , conciliador, profundo, de paz, de amor El libro trata de construir, de ser positivo.

Tiene el mensaje de perdón grabado a fuego aún para aquellos que terminarían estrangulando a mi padre.

Qué repercusiones cree que ha tenido el libro? Está satisfecho?

El libro superó todas mis más optimistas expectativas, hay 10000 ejemplares recorriendo hogares, pasando de mano en mano, los padres les piden a los hijos que lo lean, que no se dejen llevar por tantas mentiras cómo les dicen en el colegio. Muestra, no impone. Es bastante gráfico, está lleno de imágenes.

Es un libro de historia argentina muy bien documentado con diarios de la época y muchas cosas más. Hace unos meses en las cadenas de Cúspide logro ser en su rama el libro más vendido del país. Increíble, yo no lo hubiera imaginado, los jóvenes están ávidos por conocer toda la verdad. La completa y no la parcial, la real y no la inventada. En éste momento en que muchos callan éste canto de fé, de amor, éste alarido que estremece la pseudotranquilidad del monte despierta corazones entumecidos, almas dormidas y mentes frágiles. Ya los jóvenes cuando lo leen se preguntan por qué tanto esfuerzo parcial en los colegios, tanto bombardeo en los medios, no será que se trata de imponer algo que no es verdad, no será una memoria incompleta, injusta y mentirosa.

Este sólo ejemplo de mi padre, el Cnl Larrabure, destruye éstos treinta años de llenarle la cabeza a los jóvenes.

Cuál será su próximo paso?

Invité públicamente y a lo largo de todo el libro a que otros familiares se animarán a hablar, algunos ya lo venían haciendo, otros han aparecido, dejaron de lado su dolor, vencieron el miedo, sacaron sus palabras a la luz.

Hace pocos meses nació la Asociación de Víctimas del Terrorismo en la Argentina, de donde soy uno de sus miembros. Nucleamos a todas las víctimas del terrorismo no sólo de la década del 70 si no también anteriores y posteriores, hay muchas, más de lo que la gente común imagina, más de 1000 asesinatos, más de 21000 atentados, hay mucha gente que quedó anclada a sus terribles recuerdos y paralizada, nosotros, los convocamos a que se nos unan, los escucharemos, los trataremos de reconfortar, de mostrarles que una forma de superar el dolor es hablar de el, lo que el Estado no nos dio nunca, que es protección y seguridad, jamás se ocupó de nosotros, es más nos olvidó. con mucho esfuerzo intentamos hacerlo. Es una Asociación apolítica, sin fines de lucro, se maneja sólo con nuestros recursos y donaciones, no tiene el apoyo oficial. Nació y está caminando. Junto a la Comisión de Homenaje Permanente por los muertos de la subversión que encabeza Ana Lucioni, y otras agrupaciones que apoyaron, hicimos el acto en plaza San Martín del 5 de octubre, nosotros también recordamos a nuestros muertos, y ya no desde el silencio, nos mostraremos en público, utilizaremos pancartas y reclamaremos por nuestros derechos olvidados. Eso es también tener memoria. Ante la negativa oficial de nuestras más altas autoridades nacionales, no nos queda otro camino que reabrir las causas de nuestros padres y familiares. Ana Lucioni ya lo ha hecho en éstos días, yo haré lo mismo, aunque sea duro volver al pasado, no nos han dejado alternativa, propusimos una amplia amnistía, ofrecimos nuevamente nuestra mejilla y nuestro corazón abierto. Estamos paralizados treinta años atrás.

Creímos en la misericordia como bien superior a la justicia, ofrecimos nuestro perdón, que se olviden los agravios, delitos y crímenes cometidos por ambos sectores. La amnistía no es viable por que no hay voluntad politica para ello.

Entonces la reconciliación sin impunidad se buscara para ambos sectores , caminaremos por ese sendero también nosotros.

Será volver al pasado. El Dr. Sacheri, presidente de nuestra Asociación, denunció, pidiendo que se aparte al actual secretario de derechos humanos Eduardo Luis Duhaulde de su cargo por estar involucrado en los hechos del 70.

Repito, no queríamos esto, no nos dejan alternativa. El país debe encontrar la paz,

Aceptamos entonces reconciliación sin impunidad, nosotros, las víctimas no somos culpables de nada.

Cuál es el mensaje que Ud. querría dejarles a los jóvenes que no vivieron aquella época de los setenta?

Que la violencia no es ni será el camino. Que el odio y el rencor no conduce a nada bueno, que se debe sublimar el dolor y la afrenta por sentimientos positivos y nobles. Que el dialogo fecundo, abierto, claro, sin dobles mensajes lleve a reflexión.

Por favor recuerden esto que les digo

Desde el 25/05/73 hasta el 23/03/76, en pleno Gobierno elegido democráticamente, el terrorismo cometió 5.097 atentados (cinco por día).

Ocasionó 1358 muertos, 900 desaparecidos y 3270 casos de Habeas Corpus. Esto sucedió durante el Gobierno Constitucional peronista.

Durante la democracia, no se dictó ninguna condena a ningún terrorista. Mas aún, se amnistió a centenares de terroristas detenidos con anterioridad; se anuló la Cámara Federal (mataron a su Juez, Jorge Quiroga) creada para juzgar actividades terroristas y se derogó toda la Legislación tipificante de delitos terroristas.

Es hora de hablar claro, nos hemos visto impulsados a reabrir las causas de nuestros familiares. Lamento sinceramente las consecuencias que esto pueda tener. Al reabrir, la causa de mi padre pondré algunas condiciones, que mi abogado, está preparando para hacer conocer públicamente.

Para finalizar me gustaría transcribir uno de los tantos mensajes de mi padre.

“A Dios, que con tu sabiduría omnipotente has determinado

este derrotero de calvario,

A Tí te invoco permanentemente para que me des fuerzas.

A mi muy amada esposa, para que sobrepongas tu abatido espíritu

por la fe en Dios.

A mis hijos, para que sepan perdonar.

Al Ejército Argentino, para que fiel a su tradición, mantenga enhiestos y orgullosos los colores patrios.

Al pueblo argentino, dirigentes y dirigidos, para que la sangre inútilmente

derramada los conmueva a la reflexión para dilucidar y determinar con claridad que somos hombres capaces de modelar nuestro destino, sin amparo de ideas y formas de vida foráneas totalmente ajenas a la formación del hombre argentino.

A mi tierra argentina, ubérrima y acogedora,

escenario infausto de luchas fraticidas…

Para que cobije mi cuerpo y me dé paz.”

Escrito por el Cnel. Larrabure durante su cautiverio a manos de extremistas del E.R.P. (11 de agosto de 1974 – 23 de agosto de 1975)

Fuente: La Nueva Provincia (B.Blanca)

Autor: Arturo Larrabure

I colori del nero: Claudio Mutti

I colori del nero: Maurizio Murelli

I colori del nero: Alessandra Colla

I colori del nero: Mario Tuti

La Legión: Los primeros años

¿Sociedad de Naciones? ¡Comunidad de Pueblos! (Berlín julio de 1941)

¿Sociedad de Naciones? ¡Comunidad de Pueblos! (Berlín julio de 1941)

Lo que fue imposible a Ginebra y será posible en el porvenir

¿Hace en realidad sólo nueve años de todo esto? En el gran mirador de cristales del antiguo palacio de la Sociedad de Naciones, en Ginebra, se sentaban los 14 miembros del Consejo de la Sociedad, una tarde de febrero de 1932, en torno a la gigantesca mesa en forma de herradura. Las tribunas de espectadores y periodistas estaban casi vacías, pues en el orden del día figuraba un solo punto: «Protesta alemana contra Lituania en asuntos relacionados con la administración del país de Memel.»

Por la mañana, durante una importante reunión de la comisión de la gran Conferencia del Desarme, un periodista francés había permanecido un momento en pie ante la tablilla con el orden del día para la sesión de la tarde y murmuró, dando la vuelta con aire aburrido: «Ah bas, une querelle allemande.» Y como él pensaban no sólo la mayoría de los periodistas, sino también la mayor parte de los miembros de un alto consejo de la Sociedad de Naciones. El Presidente de esta reunión, el canoso abogado francés Paul Boncour, entonces ministro de Relaciones Exteriores, jugueteaba somnoliento con el pequeño martillo, cuyos golpes sobre la mesa presidencial anunciaban el principio y el fin de cada sesión con las fórmulas sacramentales «La séance est ouverte», o «La séance est fermée». El representante de China, que el día precedente había sido aún objeto del interés mundial durante los debates sobre la empresa japonesa de Shanghai, dormía profundamente, pero con tal exquisitez que se había intentado admirar su cómoda actitud como una realización artística. Los dos representantes lituanos conversaban quedamente en alemán en el extremo inferior de la gran herradura. Este hecho sólo podía asombrar al observador ignorante de que el Dr. Zaunius, ministro del Exterior, había sido asesor prusiano y de que el ministro en Berlín, Sidzikauskas, también hablaba mejor alemán que lituano.

Y en medio de este cuadro de una paz visiblemente aburrida en torno al verde friso de la mesa de deliberaciones leía el secretario de Estado Alemán von Bulow, en exquisito francés diplomático, la protesta del Gobierno alemán contra la vergonzosa violencia ejercida contra gentes alemanas por el Gobierno del minúsculo Estado lituano. Leía con la seguridad plena de que estos aburridos señores de la «Societé des Nations» no pensaban en poner remedio efectivo ni hubiesen estado de hecho y prácticamente, además, en condiciones de hacerlo.

¿Qué hubieran podido hacer?

La Sociedad de Naciones del año 1919 era una construcción de los autores de los tratados del arrabal parisino, que no estaba seguramente mal pensada de antemano, pero que adolecieron de faltas ingénitas, pues presidieron su nacimiento dos ideas fundamentales que se excluían mutuamente. La idea de la Liga de Naciones había surgido, por una parte, del horror estremecido de un mundo que había tenido que soportar durante cuatro años y medio la más cruenta de todas las guerras; por otra, las grandes potencias deseaban crear entre los sedicentes Estados vencedores un instrumento que les colocase en condiciones de transformar su concepción ideológica de una nueva estructuración de Europa y del mundo. Si los ideales políticos tan larga y ruidosamente proclamados por los estadistas aliados como sus fines de guerra hubieran establecido realmente una nueva ordenación europea, justa y razonable, no hubiesen sido necesarios la inquietud amarga y el temor consecuencia, primero, de las permanentes cadenas impuestas en los acuerdos de paz a las potencias centrales ni, después, crear en la Sociedad de Naciones un gremio destinado a ejercer vigilancia sobre los encadenados.

Pero, naturalmente, no se quería ni se podía, por otra parte, arrojar por completo por la borda, ante la propia opinión pública, ni tampoco ante las potencias centrales vencidas, aquellos ideales democráticos por los que se había pretendido tener que luchar durante cuatro años y medio. Por consiguiente, las formas democráticas se tenían que guardar mientras fuese posible en el pacto de la Sociedad de Naciones como expresión visible de la victoriosa ideología democrática.

Aquel ominoso artículo 16

Todas estas insuperables contradicciones internas fueron situadas unas junto a otras, con bastante independencia, en el articulado del pacto. Así se explica la promesa de desarme y así se explica también –juntamente con otras contradicciones lógicas del cuerpo del tratado– aquel ominoso artículo 16 que hablaba del compromiso de ayuda de los miembros de la Liga contra cualquier perturbador de la paz. La labor práctica de la Sociedad de Naciones en todos los grandes problemas políticos tenía que ser paralizada de antemano por estas contradicciones y sobre todo porque no sólo se exigía unanimidad en las decisiones del Consejo o del Pleno, sino especialmente porque no había un poder ejecutivo, que en caso de necesidad pudiera hacer cumplir por la violencia una decisión o una sentencia del Consejo.

Esta situación se hizo ya perceptible en los primeros años después de 1919 en forma extraordinariamente mortificante y perjudicial para el prestigio de la Liga. En todos los problemas de la delimitación de fronteras en el Este de Europa, que había quedado pendiente por completo en los tratados de paz, la Sociedad de Naciones tuvo que presenciar inactiva cómo sus tentativas de solución y decisiones eran rechazadas y desacatadas por los interesados –en primera línea por Polonia. Esto puede aplicarse también tanto al territorio de Sulwalki y al litigio de Wilna, como al problema de la Ucrania occidental. En todos estos casos, Polonia, miembro de la Liga de Naciones, no se preocupó en lo más mínimo por las decisiones de Ginebra.

No deja de relacionarse con esta situación que los círculos que tomaron realmente en serio la idea de la Sociedad de Naciones estudiaran cada vez con más interés el proyecto de proporcionar «dientes» a la Liga mediante un convenio internacional complementario, es decir, ponerle en situación de poder dar vigencia a sus decisiones, en caso de necesidad, por medio de la fuerza. El artículo 16 del pacto no era suficiente para esto porque –consciente o indeliberadamente– contaba con la aceptación teórica de claras relaciones jurídicas en el caso de perturbarse la paz y partía del supuesto de que el «agresor» era un concepto definido en todos los casos. En realidad, las cosas no se presentaban nunca con tan inequívoca claridad. Especialmente, por ejemplo, en el caso de que la Sociedad de Naciones pronunciase un fallo en virtud del cual el Estado A debiese emprender algo efectivamente en favor del Estado B. Si el primero desacataba el fallo y no actuaba, tenía que surgir la pregunta de si el Estado B debía ser considerado agresor de acuerdo con el pacto de Ginebra cuando intentase mediante la violencia ejecutar la sentencia de la Liga o del Consejo.

Teoría y práctica

En teoría –como se intentó de hecho más tarde en el acta arbitral de Ginebra de 1928– se podía sustentar la tesis de que todo Estado que se sustrajese al procedimiento arbitral para la solución de litigios internacionales o desacatase un laudo y o una decisión del Consejo, tenía que ser considerado como agresor. Pero esta teoría tropezó en la práctica con dificultades insuperables. Los Estados miembros de la Liga ginebrina, en primer término, eran verdaderos complejos exclusivamente independientes y soberanos con naturales intereses vitales de carácter político y dotados además, cuando menos, de ambiciones políticas absolutamente propias que se oponían con mucha más frecuencia que se hubieran cubierto con ellas.

Como el pacto de la Sociedad de Naciones no contenía una definición clara y coactiva del concepto «agresor», que hubiera bastado para dar vida propia a las prescripciones del artículo 16, fue necesario concertar acuerdos internacionales complementarios sobre esta decisiva cuestión. Pero tales acuerdos no pudieron lograrse prácticamente ni estaban siquiera dentro de las posibilidades políticas imaginables. En primer lugar, el círculo de los miembros de la Sociedad era demasiado amplio. En realidad, tenía que parecer injusto que algún miembro sudamericano tuviera que actuar en el Este de Europa o en Asia en favor de una acción decidida por la Liga. Por otra parte, tenía que dar motivo a graves reflexiones que una instancia internacional recibiese derecho a resolver sobre problemas de soberanía tan eminentemente nacionales como la intervención militar o de las fuerzas económicas de un Estado.

La absurda idea del Ejército de la Sociedad de Naciones

Sin embargo, el famoso protocolo ginebrino de 1924, cuyo padre espiritual fue MacDonald, entonces primer ministro inglés, intentó crear un acuerdo adicional al pacto de la Sociedad de Naciones que diese a la Liga un poder ejecutivo real. Tentativa que, naturalmente, estaba condenada al fracaso absoluto, aunque no hubiese sido muy hábilmente saboteada, a iniciativa de Francia, por los Estados de las Pequeñas Ententes y otros satélites franceses.

Pero aún era más absurda la idea de un «Ejército de la Sociedad de Naciones», surgida con el transcurso de los años en las formas más diversas. Semejante Ejército, sobre cuyo posible –o, mejor dicho, imposible– valor militar no es necesario gastar una palabra, no podía nunca llevarse a efecto porque las grandes potencias militares –entonces Francia sobre todo– debían poseer siempre, de acuerdo con el principio democrático de la paridad, adoptado en esta extraña institución, una decisiva superioridad que tenía que excluir de antemano el empleo de este órgano ejecutivo de la Liga de Naciones contra intereses de tales grandes potencias. Por consiguiente, Francia e Italia, como grandes potencias terrestres, e Inglaterra, como potencia marítima, continuaban al margen de las atribuciones ejecutivas de la Sociedad ginebrina; prescindiendo de que disponen siempre de suficientes medios de coacción política para impedir por anticipado la aprobación de una sentencia unánime del Consejo, adversa a sus intereses.

Pero, por otro lado, durante todo el tiempo de vida efectiva del organismo de Ginebra, precisamente la cuestión de apoyo dimanada del artículo 16 acarreó siempre disputas cuando se trataba de realizar la promesa de desarme contenida en el pacto. Como no hay un órgano ejecutivo internacional para las decisiones de la Liga –se argumentaba– tenemos cuando menos que mantener nuestros recursos militares nacionales con la fuerza necesaria para cumplir los deberes que nos impone el artículo 16. Por consiguiente, no podemos proceder al desarme o sólo en medida insignificante.

Pero con ello se había abandonado y reducido prácticamente al absurdo el supremo principio ideal de toda la Liga: la igualdad democrática de todos sus miembros dentro de la Sociedad. Las grandes potencias, que habían realizado la guerra mundial con la consigna de tales ideales democráticos, paralizaron con su peso el democrático y nivelador golpe de péndulo de los trabajos de la Liga, porque sus intereses individualistas de Estado figuraban naturalmente en primer término y la maquinaria política de la Sociedad de Naciones no era de ninguna manera el instrumento de una quimérica democracia mundial, sino –en lo fundamental– el instrumento de su política de Estado.

Decisiones y acuerdos enérgicos –sobre el papel

Como es natural, la impotencia de la Sociedad de Naciones, surgida de estas consideraciones fundamentales, pasó de los grandes problemas políticos también a aquella esfera de trabajo de la institución que no tenía ningún carácter político y en la cual se hubiera podido esperar que fuera la primera en dar resultados positivos. Lo mismo si se trataba del problema de reprimir el tráfico abusivo de estupefacientes o de medidas sobre la trata internacional de blancas.

Estos y en otros terrenos de trabajo que podríamos llamar «neutrales» eran los más adecuados para la labor de las comisiones. Seguramente, hoy yacen todavía en los archivos del Palacio de la Sociedad ginebrina, cuidadosamente ordenados, muchos quintales de valioso material científico, sobre todo de naturaleza estadística. Sin embargo, tan pronto como se trataba de deducir consecuencias prácticas de estos valiosos informes volvía a aparecer el habitual cuadro de Ginebra. En algunos terrenos especiales, como la represión del tráfico de estupefacientes, incluso se tomaron y aprobaron decisiones enérgicas. Pero, como cada una de ellas necesitaba para realizarse de un nuevo instrumento contractual internacional, puesto que las resoluciones de la Liga no tenían fuerza coactiva para sus miembros, en su calidad de Estados soberanos, todos estos acuerdos bosquejados por la Sociedad de Naciones no pasaron nunca del papel. Como había siempre varios Estados que se negaban a ratificar uno de tales convenios, existían tan grandes brechas en la red de los acuerdos planeados que con el transcurso del tiempo retiraban su ratificación incluso aquellos países que al principio la habían otorgado.

Así llegó Ginebra a convertirse en bolsa política

Esta situación, como es natural, se hizo más sensible en el aspecto de la gran política, en el cual, casi siempre, nunca se llegó a decisiones realizables de la Asamblea o del Consejo porque en casi todos los casos, los intereses políticos de los miembros discrepaban demasiado diametralmente, por anticipado, cuando había que lograr la necesaria unanimidad. Pero incluso cuando, después de terribles intrigas y vergonzosas transacciones, se lograba un proyecto efectivo de acuerdo –como en el caso del protocolo ginebrino de 1924– era aún más reducido que antes el número de miembros que en su calidad de Estados soberanos reconocían, mediante la ratificación, el carácter obligatorio del protocolo. El llamado de Ginebra, quizá el trabajo más trascendental de la Asamblea en el sentido de la idea rectora de la Liga, ha sido ratificado en el trascurso del tiempo sólo por muy pocos Estados y entre ellos ninguna gran potencia.

La consecuencia de estos continuos fracasos fue precisamente el creciente cansancio de los Estados pequeños y medianos, que comprendían cada vez más claramente que la institución de Ginebra nunca estaría en condiciones de llenar la misión originariamente asignada de juez arbitral reconocido en el mundo. Las sesiones del Consejo, celebradas cuatro veces al año, y la reunión anual del pleno de la Liga fueron decayendo cada vez más al nivel de bolsas políticas internacionales; cierto que aún se acudía regularmente a Ginebra, pero ya no para participar en los verdaderos trabajos de la Sociedad, sino porque allí se reunían los estadistas y políticos destacados de todos los países y había ocasión de celebrar conversaciones sin compromiso.

Cualquier observador atento podía advertir lo rápidamente que se hundía el prestigio de la institución en que incluso los círculos que pretenden haber sido por su ideología democrática los más enérgicos defensores de los verdaderos ideales de la Liga comenzaron hacia el año 1927 a considerar el carácter bursátil de toda la actividad ginebrina lo más esencial del organismo internacional. Era natural que semejantes manejos bursátiles, cuyo peso principal estribó ya pronto no en las salas de reunión de las comisiones y del Consejo y todavía menos en la tribuna oratoria del Pleno, sino en los pasillos y en los salones de refrescos o en el recinto de los hoteles ginebrinos, tuvieran como fruto casi exclusivo el rumoreo político. La gran prensa internacional encontró en ello la mejor coyuntura que podía imaginar y de manera gradual se cargó el acento en dirección del periodismo internacional irresponsable, que encontró aquí su mayor florecimiento, aunque no siempre el más delicado. A este florecimiento tenía que agradecer por completo la Sociedad de Naciones que su prestigio entre la opinion pública de muchos de los países asociados fuese constantemente consolidado a pesar de innumerables y notorios fracasos de la institución; pues la gran prensa no podía documentar mejor su poderío que mediante los tónicos que –en su propio interés– administraba gustosamente y con frecuencia al cuerpo de la Liga ginebrina, ya lamentablemente achacoso.

Naturalmente, no es posible dentro de la limitación de un artículo de revista exponer toda la historia clínica de la idea matriz de la Asamblea de Naciones. Después de que este organismo había fracasado en todos los grandes problemas que le fueron sometidos, desde el de crear un aparato ejecutivo para su propio fortalecimiento hasta su catástrofe en la cuestión del desarme y en el problema del conflicto chino-japonés, Inglaterra logró en 1935, con la ayuda de Francia y la Unión Soviética, llevar a efecto contra Italia algo así como una gran acción armónica de la Liga de Naciones. Pero incluso estas tristemente célebres «sanciones» mostraban en realidad, al considerarlas más detenidamente, sólo la impotencia del organismo ginebrino, pues casi fue tan grande el número de participantes en las sanciones como el de las reservas y restricciones que se hicieron por todas partes.

El sello: Traslado a los Estados Unidos

Después de la retirada de las tres grandes potencias alemana, japonesa e italiana, a las que siguió pronto otra serie de Estados, y del fracaso de las sanciones anti-italianas, la Liga de Naciones no tardó en aparecer como un cadáver incluso a los ojos de quienes continuaban creyendo por las más diversas razones en el éxito de cualesquier tentativas de resurrección. En realidad, sólo fue el sello que sancionaba una sentencia de muerte ya cumplida, que a fines de 1939 los restos de la secretaría de la Sociedad abandonasen el nuevo y fastuso Palacio de la rivera del lago Lemán y se trasladasen a los Estados Unidos, que nunca habían sido miembro de la Liga de Ginebra.

No se repetirá el experimento de la Sociedad de Naciones, erróneo en su principio y desafortunado en la ejecución. Tampoco los más fieles partidarios de la idea rectora de esta institución pueden tener reflexivamente este deseo.

Los fundamentos espirituales de la nueva Comunidad de Pueblos

Pero el desenlace de esta guerra traerá consigo el desenlace de una nueva asociación de pueblos europeos que no descansará sobre una construcción exangüe, sino sobre hechos políticos, económicos y sociales de peso decisivo.

Es lógico que aún no pueda precisarse en detalle la forma de esta nueva comunidad europea, instituida bajo la protección de las potencias del Eje. Sin embargo, ya se esbozan los fundamentos espirituales sobre los cuales puede construirse y se edificará esta comunidad. Mientras no haya terminado la guerra puede parecer casi temerario hablar de esta comunidad de los pueblos europeos, pues hay todavía una serie de países en el viejo Continente que lloran como una pérdida el derrumbamiento del viejo desconcierto y el fin de una eterna contienda en el reducido ámbito europeo. Este duelo de quienes han sido derrotados en la lucha por un ídolo increiblemente peligroso y sufren aún hoy las consecuencias del descalabro, es tal vez comprensible desde el punto de vista humano. Pero estos sentimientos deben ceder ante el interés bien entendido de todo el espacio occidental, pues en un mundo que cuenta política y económicamente con grandes espacios y continentes no hay ya lugar, por consideraciones prácticas, para un obstinado particularismo democrático.

Europa tendrá que luchar aún duramente después de eliminar definitivamente la influencia inglesa de nuestro continente para ocupar el lugar que le corresponde en el mundo. En esta lucha es necesaria una fusión de todas las fuerzas. Pero sabemos que también la más brillante fusión organizadora debe fracasar hoy a la larga si no es impulsada por una viva fuerza espiritual. Por tanto, la comunidad de pueblos europeos sólo cobrará vida real cuando se apoye en la realidad de una práctica social internacional que asegure a todos los miembros de la nueva asociación de destinos, la plaza que corresponde a su esencia, su valor y su capacidad social para la comunidad.

En lo concerniente a las formas de esta comunidad de pueblos europeos, hoy sólo puede decirse con seguridad: su punto de partida se diferencia radicalmente de las situaciones internacionales de que surgió el fracasado experimento de la Sociedad de Naciones y así se evitará por anticipado mediante la realidad política aquella contradicción interna propia de una construcción cimentada sobre teorías trasnochadas. Las potencias del Eje, como directoras políticas y espirituales de la nueva Europa, podrán abordar su reconstrucción con gran seguridad interior. Pero la nueva comunidad no sólo surge a la vida interiormente fuerte, sino que tendrá en los victoriosos Ejércitos de las potencias del Eje una protección de los pueblos edificada sobre la idea de una clara ordenación social y dispondrá con ello de aquellos «dientes» cuya falta determinó, no en último término, el derrumbamiento de la desdichada Sociedad de Naciones.

F. W. von Oertzen Berlín, primera quincena de julio de 1941