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La memoria de la Otra Europa

Enrique de Aguinaga: ¿Quién se ha reconciliado conmigo?

Enrique de Aguinaga: ¿Quién se ha reconciliado conmigo?

Primero, el verbo. El verbo reconciliar significa el acto de volver a conciliar lo que estuvo conciliado y, por cualquier causa, dejó de estarlo. Es decir, que la reconciliación exige una previa conciliación. No cabe reconciliar lo que nunca estuvo conciliado. En este último supuesto, se trataría, no de reconciliar, sino de conciliar, según prescribe la Academia: “componer y ajustar los ánimos de quienes estaban opuestos entre sí”.

¿Por ventura, los ánimos de quienes se opusieron en la guerra civil (para unos Cruzada; para otros sublevación facciosa) estuvieron alguna vez conciliados, antes que se desatasen en las intentonas de 1930 (sublevación de Jaca), 1932 (sanjurjada) y 1934 (revolución de octubre), previas al estallido de 1936, en el que (todo hay que decirlo, aunque sea una obviedad) el que suscribe no ha tenido arte y ni parte?

La guerra civil ya estaba en Fernando de Castro, que, en 1866, avisa a la Real Academia de la Historia que “España verá ensangrentarse sus ciudades y sus campos en una guerra civil, religiosa....” O en Luis Araquistain, que, en 1915, proponía “exteriorizar la guerra civil que palpita en las entrañas del pueblo español”. O en Francisco Largo Caballero, que, en 1933, en medio de la República, proclama que “estamos en plena guerra civil, que inexorablemente tomará caracteres cruentos” . O en José Maria Gil Robles, que la considera “absolutamente inevitable”. O en Juan Ignacio Luca de Tena, que no sólo la considera inevitable, sino también “trágicamente necesaria para salvar a nuestra Patria del caos” .

Se trata, pues, de conciliar o reconciliar, si se quiere, las dos partes que finalmente se enfrentaron abruptamente en guerra abierta y feroz. No se trata, ahora, de reconciliar los dos términos de la dicotomía revolucionaria de Largo Caballero (“burgueses y proletarios”) porque la evolución histórica y, con ella, la instalación de una clase media que no existía, la han superado.

Se trata de reconciliar a los vencedores y a los vencidos de aquella guerra, no tanto en sí mismos, progresivamente reducidos por la inexorabilidad del tiempo, como en los que de algún modo mantienen el enfrentamiento, por trasmisión de una y otra parte, en forma de franquismo y antifranquismo. Por lo pronto, mis hermanos mayores, Álvaro y Vicente, alférez provisional y capitán de milicias, vencedor y vencido, ya están reconciliados para siempre, en el mismo nicho del cementerio de Ceares, en Gijón.

Frente a la sociedad adulta, visceral, damnificada e irreductible, de la posguerra, es el Frente de Juventudes la primera plataforma de reconciliación en un movimiento que merece más estudio, que evidentemente se inspira en la invocación testamentaria de José Antonio Primo de Rivera (“Ojalá fuera la mía la última sangre española que se vertiera en discordias civiles”) y que está presente en la dedicatoria de “Diccionario para un macuto” (Rafael García Serrano, 1964 ) : “A Francisco Franco, el general de mi juventud. Y a todos los que entonces quisieron una España nueva, la quisieran como la quisieran y desde donde la quisieran”.

Tras el indulto general, a los veinticinco años de paz (marzo de 1964), tales disposiciones progresan, primero, en la amnistía del gobierno de UCD (1977) y, después, en la declaración del gobierno socialista, en el cincuentenario de la guerra (1986), que con cautela elegante elude las causas y, en cuanto a las consecuencias, dice, sin calificación ni condena, “que desembocó en una dictadura que rigió la vida del país por espacio de casi cuatro décadas”.

La declaración de 1986 honra la memoria de cuantos con su esfuerzo y con su vida contribuyeron a la defensa de la libertad y de la democracia y, “asimismo, recuerda, con respeto, a quienes desde posiciones distintas a las de la España democrática, lucharon por una sociedad diferente a la que también muchos sacrificaron su propia existencia. El Gobierno socialista considera que la guerra civil española es definitivamente historia y desea que el L aniversario selle definitivamente la reconciliación de los españoles”.

Se propone así la reconciliación, como una superación de la recurrente dialéctica franquismo-antifranquismo, con testimonios por ambas partes:

“El franquismo está muerto y bien muerto. Ahora hay que acabar también con el antifranquismo. No tiene ya ningún sentido” (Joaquín Leguina, 1986)

“Ser hoy franquista es un anacronismo, pero ser antifranquista hoy es una tontería. Mientras perdure la dialéctica franquismo-antifranquismo, España seguirá viviendo una etapa de transitoriedad insegura” (Antonio Castro Villacañas, 1986)

Y una solemne exhortación del Rey (1979):

“Abandonemos la obsesión del pasado próximo para atribuirle todos los males o todos los bienes; el complejo de haberlo vivido en la colaboración o en la disparidad; la crítica de lo que ya está superado o el afán de resucitarlo; el deseo de revancha destructiva o la conservación a ultranza de lo que no es sustancial ni oportuno; y pensemos, unidos. en construir el mejor de los futuros” .


Sobre esta base, la exaltación o la condena asimétricas de la subversión socialista de 1934 o del levantamiento militar de 1936 (Pío Moa), del genocidio de Paracuellos o de la represión de los vencedores (Casas de la Vega), de las Brigadas Internacionales o de la División Azul (Gironella) , del exilio de Sánchez Albornoz o el de Ortega y Gasset (Luna Gijón) , de las Casas del Pueblo incautadas o de los templos arrasados (Cesar Vidal), de la excavación de las cunetas o de los miles de sacerdotes y religiosos inmolados (Gabriel Jackson) no son, por supuesto, factores de reconciliación nacional. Condenar al adversario es exactamente lo contrario de reconciliar.

El acuerdo de los grupos parlamentario en la Comisión Constitucional del Congreso de los Diputados (20 de noviembre de 2002) en sintonía con la declaración del gobierno de 1986, tiene una parte clara y positiva por la que se mantienen el espíritu de reconciliación nacional y se manifiesta “el reconocimiento moral a todas las victimas de la guerra civil”, sin distinción ni condenación alguna.

Y tiene otra parte condenatoria referida directamente a “la represión de la dictadura franquista” e interpretativamente a “la utilización de la violencia con la finalidad de establecer regímenes totalitarios”. Pero de ello no se deduce llanamente la condenación global del franquismo, no solo porque, en la tesis de Solzjenitsyn , Pio Moa y tantos otros, no se clasifica como régimen totalitario (sí lo era la dictadura del proletariado de la violencia de 1934), sino, sobre todo, porque el llamado franquismo es la premisa de “nuestra sociedad democrática”, que, de otro modo, debería haberse retrotraído a la situación interrumpida por la guerra, y que no se ha retrotraído “porque no se interrumpió un idilio democrático” (Delgado-Gal) o porque “fue el comienzo de una lucha entre el Occidente y el Comunismo” (Calvo Serer)

La guerra es la gran interrupción. Por eso, en cuanto a los ejércitos contendientes, es curioso que Franco ganase la guerra con la organización del Ejército republicano, resultante de las reformas de Azaña, mientras que la Republica lo suprime y lo sustituye por el llamado “Ejercito popular”, creado el 16 de octubre de 1936 (Fernández Vargas).

El preámbulo del acuerdo de 20 de noviembre diluye el alzamiento de 1936 en el “endémico” enfrentamiento civil de la sociedad española y afirma que “nada queda de él porque consciente y deliberadamente, se quiso pasar página para no revivir viejos rencores, resucitar odios o alentar deseos de revancha”; para no caer, dicho vulgarmente, en la clásica “vuelta de tortilla”.

“La reconciliación no puede consistir simplemente en invertir la versión de los vencedores” (Sánchez Cámara) “ La reconciliación entre las dos Españas no pude consistir en quitar la razón a la victoriosa para dársela a la derrotada , ya que en una guerra civil no hay vencedores ni vencidos” (Seco Serrano)

A quienes se sorprendan de la vigencia del franquismo como premisa, les recuerdo la dolorida perplejidad de Julián Marías: “Me preocupa indeciblemente que, a los sesenta años del final de la guerra civil, se siga mintiendo sobre ella, sus orígenes o sus consecuencias”. Y les invito a revisar tres tópicos de la situación, para restablecer las realidades postergadas:

1. Que “la democracia actual procede del franquismo y no de la oposición antifranquista (Pio Moa), porque al régimen actual no le dio el ser ninguna guerra, sino el régimen anterior cuyas instituciones se abrieron para dar cabida en ellas a los excluidos hasta entonces” (Aquilino Duque), porque ni el Rey ni Fernández Miranda ni Suárez se pueden clasificar en el “exilio interior”.

2. Que la “transición”, en lugar de la pretendida “ruptura”, supone una idea de continuidad y de herencia, representadas en quien por tres veces asumió la Jefatura del Estado (julio de 1974 y octubre de 1975, interinamente, y noviembre de 1975, definitivamente); continuidad y herencia proclamadas por el presidente Suárez en su exhortación en pro de la Ley para la reforma Política (referéndum de 15 de diciembre de 1976), que significó partidos políticos, Constitución y, en suma, sistema democrático: “No significa en absoluto que ignoremos nuestro inmediato pasado. Significa que lo asumimos, pero que lo asumimos con responsabilidad. Significa que recogemos su herencia, pero la recogemos con la exigencia de perfeccionarla y acomodarla a las demandas actuales de la gran familia nacional (...) Tenemos derecho moral y legal a pedir el sí, porque el cambio se efectúa desde la legalidad, por los procedimientos previstos en la Constitución [Leyes Fundamentales]”.

3. Que es falso el enfrentamiento entre “dictadura y monarquía constitucional”, en cuanto que son sobreabundantes la pruebas de que la dictadura no tenia voluntad de perduración y el propio dictador anuncia al presidente Nixon (1970) el reinado de Juan Carlos I y el establecimiento de la democracia (“la que ustedes quieren”), según el testimonio de Vernon Walters , cuidadosamente ocultado por la censura invisible.

En este marco, el antifranquismo ha ejecutado la freudiana “muerte del padre” (Esparza), ha creado “el gran chivo expiatorio” y ha decretado la doctrina del “mal absoluto”, lo que si, en cualquier caso, es una irracionalidad, lo es más para un régimen que, objetivamente, nos ha legado, en lo económico, la industrialización; en lo social, la clase media; y, en lo político, el Rey; al tiempo que, hipotéticamente, nos ha salvado del comunismo, al menos en la apreciación del doctor Marañón, que establece en el comunismo y el anticomunismo “los auténticos polos de la lucha”.

Particularmente, Santiago Álvarez (1913-2002), el prohombre comunista, y yo, joseantoniano de filas, nos reconciliamos con la amnistía para periodistas (1976) y quedamos reconciliados, amigos y “comensales simpáticos”. Pero me pregunto ¿quién más se ha reconciliado conmigo? No refiero, ahora, la pregunta a ninguno de los seis firmantes del acuerdo de 20 de noviembre, en la seguridad de que nunca he tratado de imponer nada por la violencia ni he participado en represión alguna, sino, más bien, todo lo contrario.

Pienso, sí, en el derecho a la libertad de expresión como forma de reconciliación y más concretamente en el normal estudio y presentación del ser histórico de José Antonio Primo de Rivera (el gran adalid de la síntesis), cuyo centenario se conmemora en este año 2003, acosado por todo género de proscripciones asimétricas . Pienso en que se pueda cantar “Cara al Sol” con la normalidad que se canta “La Internacional”.

Pienso en el auto de fe de las inencontrables “Obras Completas de José Antonio”. Pienso en el rector que prohíbe un ciclo de conferencias organizado por los estudiantes. Pienso en el concejal que pide mi “excomunión”, por joseantoniano. Pienso en el Departamento universitario que boicotea una tesis doctoral sobre “José Antonio, la derecha y el fascismo”. Pienso en los directores que vetan inicuamente la replica a los agravios. Pienso en las manos negras que han machacado las propuestas de cursos de verano. Pienso en los tabúes, ninguneos, y tantas otras formas sibilinas de censura invisible y, en definitiva, de condena y persecución.

Pienso (¿ilusoriamente?) en la reconciliación que, veinticinco años después, anima la nueva propuesta de Adolfo Suárez (2002): “Hay que llevar a la calle los valores de nuestra Constitución. Hay que hacer de ellos nuestros hábitos normales de convivencia”.

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