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Testimonio: Yo fui mercenario en Bosnia

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 La Guerra de Bosnia sobrecogió al mundo durante meses: las matanzas de la guerra civil fueron escena cotidiana en los periódicos y la televisión.

Al otro lado de las cámaras, en el polvo y el fuego del campo de batalla, una singular humanidad mataba y se hacía matar. No eran serbios ni croatas ni bosnios, sino franceses, ingleses, alemanes, españoles: los mercenarios. Uno de ellos, el francés Gaston Besson, contó su historia. ¿Quiere usted saber cómo vive una guerra un soldado de fortuna? Besson lo cuenta.

 “Ninguno de los mercenarios por mí conocidos responde a la definición que de ellos da el Larousse: ´Soldado que sirve por dinero a un gobierno extranjero`. Los mercenarios que he tratado, y con quienes a veces he compartido la vida, combaten de los veinte a los treinta años para rehacer el mundo. Hasta los cuarenta se baten por sus sueños y por esa idea que de sí mismos se han inventado. Después, si no se han dejado la piel en la lucha, se resignan a vivir como todo el mundo -a vivir mal, porque no cobran ningún retiro- y mueren en su lecho de una congestión o una cirrosis hepática. El dinero nunca les interesa, la gloria rara vez, y se preocupan muy poco de la opinión que merecen a sus contemporáneos. En esto es en lo que se distinguen de los demás hombres”.

Con esas palabras comienza Jean Lartéguy su novela Los Mercenarios, reeditada después como Sangre en las colinas, una de las varias obras que dedicó a los conflictos bélicos en los que se vio envuelta Francia tras la II Guerra Mundial. Y una mezcla entre algún personaje de esas novelas y el propio Lartéguy nos parece el protagonista, real, de la historia que a continuación les contamos.

 

Se llama Gaston Besson. Mitad reportero, mitad mercenario. Tras ser instructor de guerrillas en Surinam, Laos y Camboya, volvió a Francia e intentó vivir en la “normalidad”. Fracasó. Se aburrió y vagó observando las imágenes de guerra por la ex-Yugoslavia. Se fue a Croacia siguiendo a un compañero periodista. Con la vaga idea de hacer fotos, llego a Vinkovci. La ciudad estaba en ruinas. La atmósfera era apocalíptica. Al mismo tiempo, era presa de un inmenso arrebato nacionalista, un combate loco por la libertad. Gentes que no sabían combatir se hacían destripar en el frente. Pasó una semana con ellos en sus trincheras.

De la cámara al kalashnikov

Una noche, durante un ataque, cambio la cámara de fotos por un Kalashnikov. Ya había combatido antes y tenía instrucción profesional, al contrario que aquellos croatas. Aquello no era un ejercito “…c’`etait un bordel!”. Al poco se incorpora a los comandos del sexto batallón del HOS (Hrvatske Obrambene Snage), las fuerzas de defensa croata, en Vinkovci. Instalados en los sótanos, salían por la noche, de incursión en tierra de nadie, infiltrándose en las líneas serbias, para sabotear o sustraer carros de combate y morteros. Al principio, cuenta Besson, sirvió bajo las órdenes de un tipo apodado “Chicago”, un loco iracundo que había pasado dos años en los Estados Unidos. Las órdenes de “Chicago” eran cualquier cosa: salir justo delante de las líneas serbias y entablar combate a ciegas. Una locura. Besson se desentendió de aquél e intentó formar él mismo a sus hombres.

 

En noviembre y diciembre de 1991, los combates se recrudecieron. Después, con la tregua, la milicia del HOS comenzó a recibir cada vez menos armas de Zagreb, donde se temía un golpe de estado por parte de sus propias unidades. Al final de marzo del 92, el Cuartel General del HOS en Zagreb sufrió un atentado bomba con resultado de 5 muertos y 12 heridos. No se comentó nada. Fue el fin del HOS. Mientras, en el frente, Besson comandaba un pelotón de 12 hombres, de los cuales sobrevivieron solo dos. Avanzaban por terreno minado. Besson había destruido un carro, pero los suyos se toparon de golpe con el relevo de la guardia. Cuando las bengalas luminosas cruzaron el cielo, se vieron en medio de un campo de minas saltadoras batido por el fuego cruzado de ametralladoras. Una carnicería.

Los mercenarios

 

Fue el fin de la Guerra en Croacia, pero no para nuestro protagonista. Muchos bosnio-croatas habían regresado ya a Bosnia. Besson volvió a Zagreb, incorporándose a una unidad especial croata: los boinas verdes. Dirección: Herzegovina. Comandaba una sección de 30 hombres. Las tres cuartas partes eran croatas venidos de los Estados Unidos, de Australia y dos franco-croatas. Había sólo tres verdaderos extranjeros: un holandés, un  inglés y un veterano legionario francés, sargento primero, que llegaría a general. Todos hablaban francés por la radio. Había muchos legionarios franceses en la unidad. Veteranos militares que habían estado en activo 8 ó 10 años. Eran una mezcla de soldados veteranos y aventureros idealistas: muchos ingleses ultraconservadores, o laboristas ultracabreados, algunos franceses, alemanes… se cruzó con pocos neonazis. 500 extranjeros en total, unos 70 permanentes.

Pocos jóvenes como Besson. Aquellos que quieren batirse superan normalmente la treintena. Hay una ruptura en sus vidas, un lío, una mala jugada, así que deciden ir a bailar con la muerte. Pero tienen a menudo una vida y un trabajo en otra parte. Si no resultan heridos o muertos, vuelven al cabo de dos o tres meses. Recuerda Besson el extraordinario caso de un británico, mitad inglés, mitad español, con el pelo muy largo. Un militar veterano que tenía un bar en Filipinas. Un día, un amigo le habló de Vukovar. Partieron los dos hacia Hong Kong, cogieron un tren hasta Moscú y de allí llegaron a Yugoslavia. Fue gravemente herido. Tenía metralla alrededor del corazón y los médicos le habían prohibido moverse. Se incorporó inmediatamente, sin embargo, a la unidad de Besson y siguió combatiendo. Un día desapareció en dirección a España y no lo volvió a ver.

 

Y como Lartéguy recuerda en Les Mercenaires, éstos no se baten fundamentalmente por dinero. El sueldo, según recuerda este extraordinario personaje real, era de 14.500 dinares, o sea 1.200 francos, al principio de la Guerra. Después de la devaluación de la moneda croata, el equivalente a 300 francos. No…on ne se battait pas pour l’argent… En Bosnia la paga no existía. Había “clubs” encargados de repartir el dinero que venía de los croatas en el extranjero. Cuando volvían tres meses a Zagreb, después de tres meses en el frente, les daban 1.500 francos, que gastaban en pagar un hotel decente y diez días de borrachera. Para olvidarlo todo.

Besson perdió nueve amigos en la contienda. Pierre, veterano legionario de espíritu aventurero, ni tonto ni listo, fascinado por la historia bélica; no sabia por qué fue allí, supone que buscando la aventura de su vida. La encontró. Murió al ser alcanzado por una bala en la cabeza, en una ocasión en que se vieron cercados por carros enemigos. Tardaron dos horas en retornar a las líneas croatas. Hubo otros 12 heridos, y el segundo muerto, François, de 27 años, murió desangrado en cinco minutos tras ser alcanzado por dos balas en el muslo. Besson comenta que lo quería mucho y fue un gran golpe para él. Recuerda también a Jean Louis, veterano del ejército francés, muerto en diciembre del 91. Y a John, que no sabía tampoco qué hacía allí, muerto quince días después de llegar.

 

Esta unidad no era de las que hacía guardias. Iban por libre. Buscando la acción, siempre, sin más reflexiones. Dice Besson que, al principio, sus móviles eran el idealismo, la defensa de un país atacado a diez contra uno, resistir, defender las aldeas y ciudades. Después no quedaron más que los camaradas y la guerra por la guerra. Añade: “En combate no había marihuana, ni anfetaminas. No, no me gustan las pastillas. Soy así. Tengo este nervio por naturaleza. Pero desde que salimos del frente nos convertimos en alcohólicos acabados. En Zagreb estaba borracho las veinticuatro horas del día”. El mercenario describe el embrutecimiento que produce en el hombre semejante vida. Cada paso por el frente cambia una parte nueva en tu interior. Siempre hay algo que se deja atrás. Así que bebían. Bebían para olvidar el miedo a la muerte. Bebían para olvidar a los civiles, a los que evitaban a toda costa.

Los desastres

 

Cuando los croatas querían traducir las historias sobre masacres y violaciones, pasaban, indiferentes. No querían entender ni saber. Dice no haber sido testigo de tales masacres. Solo recuerda cadáveres frente a las casas, algunos sin ojos ni orejas… era común. Sobre todo tras los combates, llegaba gente de la retaguardia a ensañarse con los cadáveres. Nada podía ya conmover a Besson y sus hombres. No quería saber nada. Aclara que los serbios no eran peores que los croatas. La diferencia está en el dejar hacer, el desorden, la impunidad total de los culpables frente a los soldados. Por supuesto, añade, había violaciones y ejecuciones sumarias entre los croatas, pero durante el combate, y jamás a sabiendas ni ante los ojos de los oficiales.

Zeric, al Norte de Tuzla, estaba cercado por los croatas al principio de la guerra. Había una hermosa carretera de asfalto que evitaba horas de marcha por la montaña. Para utilizarla se pusieron de acuerdo con la población serbia. Sin problemas. Hasta el día en que llegó el ejército serbio. Los aldeanos de Zeric se rebelaron y masacraron a tres o cuatro familias croatas que vivían allí. Capturaron un jeep que pasaba por la zona y a su conductor, “Millo”, un germano-croata camarada de Besson. Lo encontraron con las manos clavadas en la puerta de un establo. Los otros prisioneros les contaron los detalles: palazos, quemaduras de cigarrillos… Le aplicaron el potro, al estilo medieval, en la plaza del pueblo, delante de los oficiales serbios. Cuando encontraron a “Millo” había indicios en sus manos de haber sangrado mientras las clavaban… lo cual quería decir que lo habían clavado a la puerta mientras aún vivía.

 

Besson también reconoce haber ejecutado él mismo a prisioneros, durante el combate, una sola vez. Tenían que retomar Zeric y su carretera de asfalto. Por una vez, habían recibido un carro y algunos morteros. Había que aprovecharlos. Atacaron la aldea. Progresaban casa por casa, arbusto tras arbusto… Los serbios con el mismo uniforme que ellos… La aldea que cae y es tomada… Y cae… la fatiga… la tensión… clásico. En la radio, Besson oyó que habían sido capturados dos milicianos serbios armados. Cumpliendo su papel de oficial, fue a inspeccionar a los prisioneros. El ambiente indicaba que no iban a salir vivos de allí: demasiado vivo el recuerdo de “Millo”. Si los enviaba a retaguardia, alguien los mataría por la espalda detrás del primer arbusto. Y en ese caso, tendría que castigar a sus hombres por incumplimiento de órdenes, cosa que no quería, pero que no podía evitar. Había que mantener el orden y no mostrarse débil. Así que tomó él mismo la responsabilidad y los ejecutó allí mismo, de un disparo en la cabeza a cada uno. Era la solución más lógica en su situación, desde una lógica tradicional militar. Besson no teme que le acusen de asesino por aquello. Le da igual, pues sigue confiando en su propio criterio. Hablaba también de cómo remataban a los heridos y a los indecisos en el fragor del combate. No podían permitirse el lujo de hacer prisioneros en medio de aquellas situaciones de fuego.

Sin embargo, recuerda una de las pocas aldeas serbias que se tomaron: 800 civiles cercados, prisioneros. No pasó nada. Ni siquiera incendiaron el pueblo. Los civiles estaban muertos de miedo. Encontraron un libelo de propaganda serbia que hablaba de los crímenes de los ustachis, los croatas proalemanes apoyados por el Eje en la II Guerra Mundial. Besson lo califica de extraordinariamente manipulador. Calmaron sus miedos y convivieron con ellos. Comiendo y viviendo bajo el mismo techo. Pese a que cada día salían a combatir contra sus compatriotas serbios, hubo una buena relación. La parte surrealista de la guerra.

Surrealista como la imagen que conserva nuestro amigo de un miliciano serbio, caminando al descubierto por la carretera, con todo en llamas a su alrededor, la mirada de loco como buscando algo en el suelo, entre los cadáveres, en medio de la pelea, con el fusil en bandolera… Tras unos segundos de duda, Besson interrumpió su desquiciado paseo de un certero disparo a la cabeza. ¿Quú otra cosa podía hacer? ¿Hacerle prisionero, poniendo a uno de sus hombres o a sí mismo en peligro para conseguirlo? No. Matar era la rutina. Había que disparar y hacer blanco mientras se pudiese. El armamento serbio era muy superior. En Mostar, cada porción de tierra esta batida por una ametralladora. Allí estaba Besson, haciendo cara a la muerte. A su muerte. Y no iba a darle ninguna ventaja.

 

Afirma no haber tirado jamás sobre civiles. Cuando patrullaban en Mostar, había un grupo de refugiados que fueron tiroteados por snipers serbios. “Los durmientes”. Hombres y mujeres. Se habían dejado cercar por el enemigo y estaban apostados en los inmuebles. Mataban hombres, mujeres y niños, sin discriminación. Una contra-propaganda desastrosa. Atraparon un total de 15 de ellos. En una operación peligrosa, “limpiando” habitación tras habitación, edificio por edificio. En lento y fatigoso avance… en un silencio sólo interrumpido por el ruido de las puertas echadas abajo y el tiroteo, que proseguía si encontraban personal armado en su interior que ofreciese resistencia. La unidad de Besson capturó a dos, que entregó a las autoridades croatas, y mató a uno. También admite haber conocido la satisfacción de la venganza tras la muerte de sus amigos. No se arrepiente de ese sentimiento.

Cuando los observadores y cascos azules de la ONU se interpusieron entre ellos y la artillería serbia, que seguía funcionando, infiltraron varias veces sus líneas. Sabotearon su material y dispararon sobre sus cascos azules, sin matar. No podían dejarse machacar por los serbios gratis.

 

Después, cuando Zagreb intentaba borrar las huellas de la guerra y retomar los negocios, un oficial croata como Besson no podía salir de uniforme sin hacerse parar cada 200 metros por la policía militar.

Fue herido en cuatro ocasiones: por granada anticarro, obús de mortero, el derrumbe de una casa que lo dejó en coma… Tenía metralla de obús por todo el cuerpo. Estaba cansado. Habían matado a su amigo François. Necesitaba oxígeno y se fue a París de permiso. Una noche estaba de borrachera con un amigo. Tuvieron un accidente en coche tras saltarse un semáforo en rojo. Se rompió una rodilla y lo enyesaron para un año. Fue entonces cuando acabaron sus acrobacias y fue entrevistado por Jean-Paul Mari. Gracias a esa entrevista de 1993 nos llega este relato sobre él, Gaston Besson, mercenario francés.

Publicado en: El Manifiesto

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